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viernes, 31 de julio de 2020

Biografía polaca del joven Karol Wojtyla.

Juan Pablo II. George Blazynski.
Cuarta edición en español.
Lasser Press. México. 1983
La gran mayoría de las biografías del papa Juan Pablo II que se han escrito hasta ahora y, muy probablemente, todas las que se escriban en el futuro, están y estarán concentradas en reseñar y analizar su largo pontificado de más de veinteséis años. Admirado por unos y criticado por otros, el papa polaco llegó a ser conocido mundialmente a partir de su elección como Pontífice Romano y será recordado por su desempeño en ese cargo.  Pero Karol Wojtyla fue papa solamente en las últimas décadas de su vida y pocos de los que se ocupan de su figura suelen prestarle mayor atención al hombre detrás del personaje, a sus raíces y las circunstancias en que nació, creció y se formó.
En este sentido, encontré particularmente valiosa y muy interesante la información que brinda el autor polaco George Blazynski en su libro titulado Juan Pablo II, cuya primera edición fue publicada en 1979, apenas un año después de la elección de Wojtyla como papa. En ese momento no había aún mucho que decir sobre su pontificado, que apenas iniciaba, de manera que la mayor parte del libro se ocupa precisamente en reseñar las primeras etapas de la vida del biografiado con el fin de mostrar quién era y de dónde venía este personaje que, por entonces, aún era un desconocido.
La narración es amena y fluida aunque, en la edición que tengo, publicada en México en 1983 por Lasser Press, la traducción tiene algunos tropiezos (verdaderamente pocos, a decir verdad), que supongo se deben a conceptos polacos a los que resultaba difícil encontrarle un equivalente en español. Otro detalle que llamó la atención fue que gran parte de las personas entrevistadas eran citadas como el Sr. M, la señora S, o el padre F. Por alguna razón, el autor o los propios entrevistados, consideraron conveniente que esas personas, que vivían en Polonia, gobernada entonces por un régimen comunista que era bastante policiaco, no fueran identificables a pesar de que sus declaraciones no tuvieran nada de políticas y fueran puramente anecdóticas.  
De hecho, una de las afirmaciones más repetidas en el momento de la elección de Wojtyla era que venía de un país comunista en que la Iglesia era perseguida. Al brindar coordenadas históricas y nacionales, el propio autor aclara que esa afirmación no es del todo exacta. En Polonia, a finales de la década de los setenta, de treinta y cuatro millones de habitantes, más de treinta y tres millones se declaraban católicos, estaban bautizados y frecuentaban la catequesis y los sacramentos. Dentro de esa apabullante mayoría estaban, irónicamente, hasta los propios cuadros, dirigentes y funcionarios del Partido Comunista. Los polacos estaban convencidos de que el sistema comunista era algo impuesto desde afuera y, por ello, consideraban que quienes desempeñaban cargos en el gobierno o en el partido comunista local, eran en el fondo patriotas que hacían lo mejor que podían dentro de las circunstancias existentes. Aunque hasta el propio Cardenal Primado Stefan Wyszynski, así como muchos otros sacerdotes incómodos, fueron arrestados y pasaron temporadas como prisioneros, lo cierto es que las autoridades eclesiásticas, con el propio Wyszynski a la cabeza, también hacían lo que podían dentro de las circunstancias existentes. Más que confrontación, entre la Iglesia y el Estado polaco existía un permanente estado de negociación en que cada parte calculaba en qué puntos podía ceder, hasta dónde y en qué momento. Esas negociaciones dieron sus frutos. En Polonia cada diócesis tenía su propio seminario, los aspirantes al sacerdocio eran tantos que muchos candidatos no eran admitidos, la Iglesia tenía editoriales, medios de comunicación y, como la cereza del pastel, la Universidad de Lublin, tenía la peculiaridad de ser la única universidad católica del mundo que funcionaba normalmente dentro del bloque comunista.
La explicación de este extraño fenómeno se encuentra en la historia. Como es sabido la II Guerra Mundial empezó con Polonia ocupada por la Alemania de Adolfo Hitler y terminó con Polonia ocupada por la Unión Soviética de Josef Stalin. Y si nos vamos más para atrás, vemos que durante siglos Polonia ha sufrido, alternativamente, el ataque del este y el ataque del oeste. Las fronteras polacas se han movido por las incursiones de los vecinos y hasta hubo épocas en que el país simplemente desapareció del mapa, al ser anexado a otras potencias. Buena parte de la identidad nacional polaca radica, precisamente, en su catolicismo, frente a los rusos, que son ortodoxos, y los alemanes, que son protestantes. Como el país no se vio sacudido ni por la Reforma ni por la Ilustración, desde tiempos medievales, los obispos polacos, además de pastores religiosos, han sido considerados por el pueblo como líderes sociales, sea cual sea el régimen político imperante.
Por cierto, una de las críticas que se le han hecho a Juan Pablo II es que en ocasiones parecía no comprender, como Pastor Universal, que la Iglesia, en distintas partes del mundo, Africa, Asia, América Latina, los Estados Unidos, los distintos países de Europa e, incluso, la misma Italia, a nivel social e histórico se había desarrollado de manera muy distinta a la de su Polonia natal, por lo que obispos, clero y fieles (incluyendo los más apegados al Magisterio) se movían dentro de una dinámica que a él, con frecuencia, le resultaba difícil de aceptar.
Karol Wojtyla junto a su padre, que se llamaba también Karol Wojtyla.
Pero no nos distraigamos con el Papa y concentrémonos en el hombre. Karol Josef Woytila nació en 1920, apenas dos años después de que Polonia, tras la Primera Guerra Mundial, volviera a aparecer como Estado independiente y soberano en el mapa de Europa. Fue parte entonces de la primera generación de niños nacidos con nacionalidad polaca en más de siglo y medio. Su padre, que también se llamaba Karol, era un capitán del ejército austrohúngaro que se había retirado con una pensión bastante baja, por lo que mantenía la familia con cierta estrechez económica. El abuelo paterno, Maciej Wojtyla, trabajaba como sastre en una aldea rural.  Su madre, Emilia Kaczorowska, era de Silesia, por lo que desde que aprendió a hablar pudo hacerlo en tres idiomas: polaco, alemán y checo. Aunque el pequeño Karol nació en una remota aldea de apenas quince mil habitantes donde todos hablaban polaco, su madre le hablaba mayormente en alemán y a veces también en checo, por lo que el niño, al igual que ella, creció hablando varios idiomas. Por ser políglota de nacimiento y por herencia, en la escuela secundaria, destacó en las clases, que eran verdaderamente difíciles para otros, de latín y griego clásico. Antes de cumplir los veinte años ya hablaba francés. Fascinado por los textos de San Juan de la Cruz, aprendió español. Recién ordenado sacerdote fue enviado a estudiar a Roma donde aprendió italiano. Pronto llegó a dominar también el inglés, el holandés y el portugués y, como era aficionado a las obras literarias, históricas y filosóficas, por su facilidad para los idiomas, desde joven tuvo oportunidad de leer los libros que le interesaban en la lengua original en que fueron escritos.
Su conducta juvenil, sin embargo, no era la del típico ratón de biblioteca. Como fue electo papa a los cincuenta y ocho años de edad, el autor del libro tuvo oportunidad de entrevistar a numerosos amigos, vecinos y compañeros de escuela, quienes lo recordaban como un muchacho alegre que cantaba bien, bailaba bien, tenía gracia para contar chistes, le gustaba ir de excursión y acampar en las montañas, era bueno nadando y remando, cuando jugaba futbol lo hacía como portero y era en verdad difícil meterle un gol y, como si fuera la cosa más normal del mundo, organizaba con sus amigos paseos de ciento cuarenta kilómetros en bicicleta. Tanto él como sus amigos eran pobres, pero se las arreglaban para divertirse. Por ejemplo, jugaban hockey con cualquier pelota, empujándola con la escoba que cada uno había tomado prestada de la casa.
Aunque ya era Papa, todos los entrevistados se referían a él como Lolek, el diminutivo de su nombre. Karol es Carlos en polaco, por lo que Lolek sería Carlitos. 
La casa donde nació Karol Wojtyla, hoy convertida en un museo en su memoria, es una mansión de varios pisos. Naturalmente, una residencia así estaba fuera del alcance de los recursos de un capitán retirado con una pensión mínima. En realidad, la construcción era un edificio de apartamentos en que numerosas familias alquilaban cuartos estrechos, mal ventilados y mal iluminados, muchos de los cuales no contaban ni siquiera con cañería y los habitantes debían traer el agua en baldes desde una pila común que había en el patio.
La madre de Karol murió cuando él tenía nueve años. Su único hermano, Edmundo, murió cuatro años después. Al quedarse solos padre e hijo, se trasladaron a vivir a la cercana ciudad de Cracovia, donde alquilaron una habitación en un sótano. El lugar era tan oscuro y estrecho que los vecinos lo llamaban "Las catacumbas". Al principio, el padre limpiaba, lavaba y cocinaba para que el hijo se dedicara a sus estudios, pero el señor enfermó y debió quedarse en cama. Por ese tiempo, Karol trabajaba en una cantera picando piedras con mazo y, al cobrar el sueldo, iba al mercado a comprar comida, pero debía recurrir a familias amigas, o a sus primas que vivían en el piso de arriba, para que le cocinaran lo que había conseguido y después poder llevárselo a su papá. Una tarde que fue a dejarle la cena, lo encontró muerto. Con apenas veinte años de edad, ya había perdido a toda su familia más cercana. De parientes, solamente le quedaban su tía Estefanía (hermana de su padre), con quien pasaba la Navidad y la Pascua, así como algunas primas. Una de ellas, María Wisdrowska, era su madrina. La señora aún vivía cuando su ahijado se convirtió en Papa y le parecía increíble que aquel niño recién nacido que ella había sostenido en sus brazos cuando recibía el agua del Bautismo se hubiera convertido en pastor universal de la Iglesia.
Karol Wojtyla en la Legión Académica, servicio militar
que debía cumplirse para entrar a la universidad.
El libro aclara dos puntos importantes. Hay una fotografía en que Karol Wojtyla aparece con uniforme, alineado con otros soldados. La imagen se ha prestado para interpretaciones erróneas y algunos han supuesto que el futuro Papa participó en la defensa de Polonia ante la ocuapción nazi. En realidad la foto es anterior al inicio de la guerra y se trata de lo que se llamaba "La legión académica", un breve servicio militar que debían prestar los estudiantes antes de ser admitidos a la universidad. El segundo punto es la razón por la que Karol trabajó, primero como peón en una cantera y luego como obrero en una fábrica de productos químicos. Además de la necesidad económica, ya que la devaluada y ya de por sí baja pensión del padre apenas daba para cubrir lo más elemental, en la Polonia ocupada por los nazis, si una patrulla alemana detenía en la calle a un hombre joven que no tuviera un trabajo fijo, corría el riesgo de que lo arrestaran y lo enviaran a un centro de trabajos forzados en condición de esclavo. El temible campo de concentración de Auschwitz era la opción más cercana. 
Cuando entró a la universidad, Karol, que era gran lector y hablaba ya varios idiomas, eligió la carrera de Filología polaca. Las clases del profesor Urbanczyk, gran autoridad en lingüística y literatura, eran muy exigentes y ponían a los estudiantes a sudar frío en cada examen oral. Karol admiraba la erudición del profesor pero no estaba de acuerdo con su método. En la Facultad de letras, entabló una gran amistad con un compañero de su misma edad, Juliusz Kydrynski, quien llegaría a convertirse en un escritor muy popular en Polonia. Poco después de la guerra, Kydrynski publicó una novela autobiográfica titulada Tapima, en que su amigo Karol aparece como personaje. El Karol de la novela es un joven alegre y optimista que trabaja en una cantera volando mazo y llevando piedras en carretillo.  
A diferencia de su amigo Kydrynski, Karol no escribía narrativa, sino poesía. Hay un poema juvenil suyo sobre las manos callosas y agrietadas de un peón que resulta en verdad conmovedor, entre otras cosas por el hecho de que el poema no tiene nada de pose artificial ni visión idílica, sino que en realidad fue escrito por Wojtyla con sus manos callosas y agrietadas de trabajador.
Desde que estaba en la primaria, además, Wojtyla era actor de teatro y, en su época de estudiante universitario llegó también a escribir obras dramáticas. En 1940, durante la ocupación nazi, se integró a un grupo llamado Rhapsody, que organizaba veladas para representar obras clásicas de la literatura polaca. Las funciones, que eran clandestinas, se realizaban en recintos pequeños y, en vista de que no contaban con escenografía, utilería, vestuario y ni siquiera espacio para moverse, se hacían solamente recitadas. Lo que se quería presentar, en todo caso, era el texto.
Karol Wojtyla en sus tiempos de obrero.
Después de la guerra, Wojtyla publicó sus poemas, obras teatrales, así como artículos de opinión y crítica literaria con el pseudónimo de Andrzej Jawien. No los publicaba con su nombre porque, como ya para entonces era sacerdote, no le parecía apropiado que sus feligreses se enteraran que su párroco dedicaba parte de su tiempo a escribir y comentar literatura, sobre todo por el hecho de que los más beatos de su comunidad le recriminaban sus constantes salidas al cine y al teatro.
Políglota, lector voraz y de intereses muy amplios, aficionado a las películas, los conciertos y las representaciones escénicas, Wojtyla, curiosamente, nunca tuvo radio ni televisor, porque consideraba que esos aparatos solamente servían para perder el tiempo.
Era muy sociable, le gustaba conversar con todo el mundo. Disfrutaba conocer gente nueva y no perdía el contacto con amigos de otros tiempos. Su mejor amigo de la infancia, Kluger, a quien visitaba todos los días, era judío hijo de rabino. Tenía amigos de barrio, de escuela, de deporte, de literatura, de teatro, de filología, de excursiones y estaba pendiente que ninguno se le desapareciera por mucho tiempo. Todos los años se reunía con sus compañeros de escuela primaria y, cuando fue nombrado obispo y, posteriormente, cardenal, la cita anual se celebraba en el Palacio Episcopal. Nunca olvidaba una cara ni un nombre y, cuando conocía a alguien se interesaba por saber detalles de su vida. En su afán de mantenerse al tanto de la andanzas de todas las personas que conocía, a veces se ponía demasiado preguntón y sus amigos de más confianza, para detener el interrogatorio, le hacían ver, en su propia cara, que uno de sus principales defectos era que le gustaba mucho el chismorreo.
Todos los que lo trataban sabían que Karol era creyente, que iba a Misa, que se detenía todos los días un momento en una iglesia para orar, pero ninguno creyó nunca que tuviera intenciones de ordenarse sacerdote. Con lo hablantín que era, se mostraba muy reservado con su espiritualidad, que procuraba mantener en privado, casi en secreto. En lo religioso, su gran guía y mentor no fue un cura sino un laico, Jan Tyranowski, un hombre viejo, pobre y sin estudios, que vivía solo, trabajaba de sastre y reparaba zapatos, con quien se reunía para rezar el rosario y compartir devociones. El estudiante brillante, el gran intelectual lector de filosofía, el erudito que dominaba más de media docena de idiomas, consideraba que aquel anciano analfabeto que vivía en la miseria era quien le mostraba la verdad de la fe y quien realmente lo acercaba a Cristo. El primer artículo publicado de Wojtyla, titulado "El apóstol" fue escrito en memoria de Tyranowski.
Nadie sabía que Wojtyla había tomado la decisión de ser sacerdote. Por el día trabajaba en la fábrica, vivía solo en un cuarto alquilado y los estudios eclesiásticos los realizaba a escondidas, en citas clandestinas con los formadores, que apenas daban tiempo para recibir textos, entregar la tarea y compartir unas cuantas palabras. El 6 de agosto de 1944, cuando ya los nazis la estaban viendo fea en todos los frentes, las patrullas de la Gestapo y de las SS se tiraron a las calles de Cracovia y, con sus ametralladoras, realizaron una matanza en la que solamente les perdonaron la vida a las mujeres, los niños y los ancianos. Los cadáveres de todos los hombres adultos que encontraron a su paso quedaron tendidos en la calle. Por si hechos como los de ese día, que fue conocido como Domingo Negro, llegaran a repetirse, el Arzobispo Adam Sapieha dispuso que todos los jóvenes que de manera secreta se preparaban para el sacerdocio, se trasladaran a vivir en el Palacio Episcopal.
Karol Wojtyla desapareció de la fábrica y del cuarto que alquilaba. En noviembre de 1946 fue ordenado sacerdote. Tuvo la intención de ingresar a la orden carmelita, pero el Arzobispo Sapieha tenía otros planes. Lo envió a Roma a sacar un doctorado y lo que vino luego ya es conocido. Fue profesor universitario, obispo, arzobispo, cardenal y finalmente, fue electo papa con el nombre de Juan Pablo II.
La imagen que ha quedado de él es la de un anciano que fue en vida, y sigue siendo tras su muerte, objeto de discusiones y controversias. Pero quienes se ocupan de él, hablan de Juan Pablo II, el papa, y no de Karol Wojtyla, el joven lector, deportista, dramaturgo, poeta, actor y políglota que nació y creció en la pobreza y que a los veinte años ya había perdido a su familia inmediata. Si no hubiera sido electo papa y, es más, incluso si no se hubiera ordenado sacerdote, tal vez no habría llegado a ser conocido más allá de Cracovia pero, en todo caso, seguiría siendo un personaje interesante.
INSC: 0175
Karol Wojtyla en una de sus habituales excursiones.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Arbol prohibido. Poesía de Marco Rodríguez Frese.

Arbol Prohibido. Marco Rodríguez Frese.
Impreso por Editorial Libros de México.
Premio del Ateneo Puertorriqueño. 1971. 
En el año 2005, durante I Festival de Poesía de Granada, Nicaragua, tuve el privilegio de conocer al poeta puertorriqueño Marcos Rodríguez Frese. Era un hombre simpático y jovial con quien compartí prolongadas conversaciones durante la semana que duró el encuentro. Debí confesarle, en el instante mismo en que fuimos presentados, que él era el primer poeta puertorriqueño que conocía. Le comenté que disfrutaba mucho las décimas de Salvador Tió, que era un gran admirador de Julia de Burgos y que había leído, naturalmente, a los tres Luises: Luis Llorens Torres, Luis Muñoz Rivera y Luis Pales Matos. Sin embargo, todos esos escritores habían muerto hacía ya varias décadas. De la poesía puertorriqueña de mediados del Siglo XX en adelante no conocía nada y ya estábamos en el Siglo XXI.
Marco, entonces, asumió la tarea de ponerme al día. Me habló de escritores, libros, grupos, revistas y movimientos literarios de los que nunca había escuchado hablar antes. Me aclaró que la poesía puertorriqueña, con el paso de los años, había ido tomando otros rumbos. Que aún se seguían leyendo los poemas clásicos, románticos, patrióticos y musicales de los modernistas y posmodernistas, pero que las nuevas generaciones (dentro de las cuales se incluía, pese a ser ya un señor de edad algo avanzada), habían optado por un lenguaje más llano y se ocupaban de temas más personales que regionales. Cuando, al escribir sobre temas amorosos, caían en lo cursi, lo hacían deliberadamente para darle al poema un toque irónico. Por la enorme belleza de la isla y la alta estima que los puertorriqueños tienen de su sociedad, el nacionalismo y los cantos al paisaje seguían apareciendo en la producción poética reciente pero tamizados con una nueva perspectiva.
“La próxima vez que nos veamos”, me dijo, “Te voy a dar revistas y libros de poesía puertorriqueña moderna.” “Es más”, agregó, “te voy a regalar uno de los pocos ejemplares que me quedan de la primera edición de mi libro Arbol prohibido, que ganó el Premio del Ateneo Puertorriqueño en 1969.”
A Carlos Porras con amistad y gratitud. Granada,
Nicaragua, 11 de febrero de 2006. Dedicatoria
que Marco escribió en el ejemplar que me obsequió
de Arbol Prohibido.
Su ofrecimiento me pareció muy amable y generoso, pero no creí que llegara a concretarse, ya que, cuando el encuentro terminó, Marco regresó a Puerto Rico y yo a Costa Rica sin que, pese a lo mucho que hablamos, llegáramos a intercambiar teléfonos, direcciones ni correos electrónicos.
Al año siguiente, 2006, de nuevo en Granada, Nicaragua, en el primer día del II Festival de Poesía, iba yo caminando por la Calle Atravesada cuando escuché que desde la acera en frente alguién gritó mi nombre y apellido. Era Marco. Tras el abrazo efusivo, mi amigo abrió su maletín y me dijo aquí: “Aquí está lo que te ofrecí.”
Publicado en México en 1971, Arbol prohibido es un libro breve y conciso en que el poeta, con voz serena, se refiere a su entorno más inmediato. Marco, quien aún no había cumplido los treinta años de edad cuando lo escribió, se muestra como un joven idealista, enamoradizo y soñador que mira con cierto desdén las intrascendentes escenas de la vida cotidiana. El lenguaje es contenido y no necesita, para manifestar emociones intensas, caer en excesos de vehemencia. Recurre de vez en cuando a uno que otro cultismo o referencia erudita y se permite, también, utilizar términos coloquiales, sin llegar, en ninguno de los dos casos, al abuso. Su poesía es de lenguaje tenue pero y emociones profundas.
Aunque Marco, miembro del grupo Guanajá, era asiduo participante en recitales, congresos y conferencias y sus poemas fueron publicados en revistas y antologías de numerosos países, solamente llegó a publicar dos libros: Arbol Prohibido y Todo el hombre, ambos en 1971, el mismo año en que se graduó de abogado. En el año 2012 publicó su antología personal titulada Redor poesía reunida 1968-2005.
Marco Rodríguez Frese nació en Cayey, en 1941, pero creció en Santurce. En su juventud fue Presidente de la Federación de Universitarios Pro Independencia de Puerto Rico. Además de poesía, escribió cuentos. En sus últimos años, fue vicepresidente del Festival de Poesía de Puerto Rico.
Durante casi una década, Marco y yo nos encontrábamos cada año, en el mes de febrero, en Granada, Nicaragua, para continuar nuestra charla inagotable sobre la poesía. Al despedirnos, en vez de dejarnos el número de teléfono o correo electrónico, simplemente decíamos “Después seguimos hablando". 
Marco falleció el 8 de abril de 2014.
Pese a todo el contenido social o romántico de su obra, Marco fue, ante todo, un explorador de lo profundo que está detrás de las escenas cotidianas y un poeta dispuesto a mostrar el alto valor de hasta la más mínima experiencia humana.

Sentida nota de duelo
(Fragmento)


Supongo que está bien que continuemos
diciendo cuentos tristes a la noche,
repasando la mano a la esperanza,
tratando de creer que todo es pasajero.

Y en verdad que no es nuevo
andarse por las ramas.
Lo mismo se resignan esos pájaros
para los cuales hubo un invierno crudo
y no hubo migración y allá te quedas
sin las bien ponderadas coyunturas.

“Qué hermoso es, cuando hay sueño,
dormir bien... y roncar como un sochante...
y comer y engordar! Y que desgracia
que esto solo no baste!”

...Aunque, acepto, soy malagradecido,
porque tampoco me consuela el llanto.


INSC: 1997
Marco Rodríguez Frese (1941-2014) Poeta y narrador puertorriqueño

sábado, 20 de agosto de 2016

Diablo guardián. Novela de Xavier Velasco.

Diablo Guardián. Xavier Velasco.
Alfaguara. México. 2003.
Desde principios de los años noventa, cuando empezó a publicar artículos y reseñas en diversos periódicos y revistas, Xavier Velasco fue ganando seguidores. Su fama, sin embargo, estaba limitada a la ciudad de México y, dentro de la gran urbe, solamente alcanzaba a ciertos círculos muy específicos. La publicación de Diablo Guardián, su segunda novela, en 2003, fue lo que hizo que su nombre llegara a ser conocido internacionalmente.
Diablo Guardián fue ampliamente leída y comentada en toda América Latina. Bastaba leer un par de líneas para quedar enganchado y, casi sin darse cuenta, devorar en apenas un par de días quinientas páginas de aventuras intensas, narradas, por los propios protagonistas, a ritmo acelerado. La novela, que recibió tantos elogios entusiastas como críticas severas, es uno de esos libros que, una vez empezado, no se puede abandonar. Incluso quienes hicieron comentarios negativos sobre ella acabaron leyéndola completa y eso, de alguna forma, tiene su mérito.
Toda la historia gira sobre dos personajes verdaderamente inolvidables: Violetta (con doble T) y Pig. Ambos, para decirlo de una vez, son un par de egoístas caprichosos sin escrúpulos a quienes no les importaría volar el mundo en pedazos si creyeran que podría resultarles divertido o placentero. Se meten en enredos verdaderamente serios, salen de una situación arriesgada para meterse en otra peor y, lejos de buscar sosiego y estabilidad, más bien parece que disfrutan bailar con los ojos cerrados al borde del precipicio.
En todo el libro no hay evolución ni redención. Pig y Violetta son los mismos desde el inicio hasta el final. Las experiencias vividas no los hacen mejores ni peores. No sabemos por qué son como son. Simplemente son así. Dos personas que transitan por la vida a alta velocidad sin prestar la más mínima atención a lo que atropellan en su camino. Incapaces de experimentar remordimientos, no tienen otra meta más que sobrevivir los tropiezos para continuar en lo suyo. La prostitución, el consumo de drogas, el abuso, la violencia, el robo, la estafa y la extorsión forman parte de su vida. Ni ellos, ni el lector que se interese por sus andanzas, se detienen un segundo a cuestionar moralmente nada de lo que ocurre. Hasta las situaciones más humillantes, en este libro no resultan ni siquiera bochornosas.
Pig y Violetta son perversos pero no llegan a ser repugnantes. Al leer sus aventuras se experimenta una extraña contradicción porque, aunque sus acciones sean injustificables e indefendibles, resulta imposible no reírse con ellos y, en el fondo, uno desea que todo les salga bien. Las víctimas de sus jugarretas, en todo caso, tampoco son unas inocentes palomitas.
Aunque la curiosidad morbosa por querer saber lo que vendrá luego es, sin lugar a dudas, una de las razones por las que este libro no puede abandonarse una vez empezado, el tono coloquial en que está escrito y los chispazos de humor presentes en cada página son también buenas razones para no soltarlo.
Tanto los personajes como el autor son mexicanos y, por ello, el libro está lleno de palabras y expresiones que quizá resulten desconocidas para lectores de otras nacionalidades. Sin embargo, como ya mencioné, la novela fue muy bien recibida en toda América Latina. Es una ingenuidad creer que, para trascender fronteras, una obra literaria debe estar escrita en lenguaje neutro. Los localismos, aunque puedan ocultar ciertos detalles a quienes no estén familiarizados con ellos, lejos de ser un obstáculo que impida comprender una narración, acaban impregnándole un delicioso sabor local a la historia.
Diablo Guardián es una novela sabrosamente escrita, que impresiona, entretiene y divierte. Pero su enorme atractivo y la popularidad que obtuvo han sido, por extraño que parezca, el argumento principal de quienes la critican. En literatura, como en muchas otras disciplinas, hay quienes creen que la exquisitez solamente puede ser apreciada por pocos. Aplauden los libros insoportables para el público en general y desprecian los que logran ser atractivos hasta para el común de los mortales. El simple hecho de que un libro logre un buen volumen de ventas, los hace arrugar la cara.
No sorprende, por tanto, que algunos hayan dicho que Diablo Guardián es una lectura fácil, llena de humor y aventuras descabelladas, cuyo argumento no pasa de ser un recuento de frivolidades narradas en clave morbosa. Para ellos, Xavier Velasco tiene méritos como entretenedor, pero no como literato.
La dedicatoria en mi ejemplar de
Diablo Guadián: "Para Carlos Porras,
por el lector que eres y que soy antes
que nada. Xavier Velasco."
Personalmente creo que quienes opinan así no fueron capaces de ir más allá de lo obvio. Tildan la novela de superficial, cuando en realidad lo verdaderamente superficial fue su lectura. Diablo Guardián es una caricatura. Una caricatura del consumismo, del mundo de las apariencias, del afán trepador de la clase media, del vacío que no se puede llenar con la embriaguez, de la hipocresía que hay detrás del altruismo, de la inconfesada ansia de reposo propia de quienes no pueden detenerse.
La novela, lo repito una vez más, es atractiva, fascinante, cautivadora y se lee a la misma velocidad con que Violetta y Pig entran y salen de los agujeros que ellos mismos cavan. Pero lo que valdría preguntarse es ¿Por qué? ¿Por qué nos interesa saber lo que hará una muchachita adolescente que cruza la frontera con cien mil dólares robados? ¿Por qué es tan entretenido que se hospede en un hotel lujoso de Nueva York del que sale solamente para ir a comer en los mejores restaurantes y comprarse ropa carísima? ¿Por qué cada vez que tiende una trampa estamos de su lado? ¿Por qué disfrutamos su venganza? ¿Por qué, en fin, un libro sobre dos personas que no saben, ni les interesa saber, la cantidad de leyes, normas, límites y preceptos a los que le han pasado por encima, llegó a ser tan popular?
Violetta y Pig no conocen frenos ni barreras, pero detrás de su aparente vida de fiesta hay un vacío, un dolor oculto quizá, que los obliga a vivir permanentemente en riesgo para poder convencerse, con cada suspiro de alivio, de que aún están vivos. Tal vez la mejor forma de apreciar la vida es vivir al lado de la muerte. Tal vez el egoísmo sea la forma más intensa de odiarse a uno mismo. 
En alguna parte del libro Violeta pronuncia estas palabras: "Un día me dijeron que la felicidad consiste en no querer moverse de donde uno está. Si eso es verdad, aquel fue el día más feliz de mi vida."
Si eso es verdad, un mundo donde nadie se queda quieto es un mundo donde nadie es feliz. Todos piensan en irse a otro sitio, hacer otra cosa, vivir de manera distinta. En la vida real, el desplazamiento debe hacerse sin quebrantar ciertas reglas, pero a la hora de ponerse a fantasear (y leer un libro es vivir una fantasía) más de uno quisiera tener el arrojo y la suerte de Pig y Violetta.
INSC: 1758
El novelista mexicano Xavier Velasco 

viernes, 27 de mayo de 2016

Julio Cortázar y su Vuelta al día en ochenta mundos.

La vuelta al día en ochenta mundos. Julio Cortázar.
Siglo XXI. México. 1986.
En noviembre y diciembre de 1872, el periódico Les Temps publicó por entregas la novela La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne. Al mes siguiente, enero de 1873, apareció la primera edición del libro con la versión completa. Poco antes de que transcurriera un siglo, Julio Cortázar le dio vuelta al título y llamó La vuelta al día en ochenta mundos al collage gráfico-literario que presentó en 1967. 
Además de la coincidencia de que ambos escritores fueran tocayos, no hay ninguna otra relación entre ambas obras. En la primera página del libro de Cortázar se menciona Phileas Fogg, el protagonista de la novela de Verne, pero los dos libros, como se dijo, son cosas totalmente distintas. El que le da la vuelta al mundo en ochenta días es una novela de aventuras con personajes protagónicos y una trama que se desarrolla paso a paso, mientras que el que le da la vuelta al día en ochenta mundos es una variada colección de dibujos, fotografías, recuerdos personales y notas sobre literatura, música y otros temas ociosos.
Tengo entendido que originalmente el libro de Cortázar apareció en dos tomos, pero no he podido averiguar hasta dónde llegaba el primero y dónde empezaba el segundo. El dato, en todo caso, carece de importancia, dado que la obra no tiene unidad y cada página se refiere a un asunto distinto. 
La vuelta al día en ochenta mundos es un verdadero cajón de sastre. Da la impresión de que Cortázar arrancó páginas al azar de su libreta de apuntes y de su álbum de recortes, las metió en una carpeta y se las entregó a su editor. El resultado es un libro que no puede reseñarse en conjunto, sino página por página. Ya sea que uno esté leyéndolo con agrado o con fastidio, al dar la vuelta a la hoja se encontrará en otro mundo. Tras una reflexión sobre los horarios viene una nota de boxeo, seguida por un artículo de jazz y, luego, por gajes del oficio de traductor. Hay una nota dedicada a Carlos Gardel y otra Jack el destripador. Se salta de lo sentimental a lo trágico y de lo cómico a lo sangriento. 
Contra lo que uno pudiera suponer por el título, no son ochenta artículos, sino cuarenta y seis, de los cuales hubo algunos que realmente disfruté. El chiste del velorio es muy divertido y la nota sobre el dilema de escoger entre "estimado" y "querido" cuando se escribe una carta a alguien que uno no conoce en persona es realmente ameno. Mi llamó particularmente la atención el de Hay que ser verdaderamente idiota, en que Cortázar se refiere a quienes van al teatro a disfrutar de lo que ven y no a filosofar sobre el contenido ni a evaluar el montaje. 
Cuando Cortázar escribe sobre música o deporte, lo hace con intensa pasión y amplio conocimiento. En cambio, cuando escribe sobre literatura, aunque suene contradictorio, se pone pesado y superficial al mismo tiempo. El comentario sobre Mallarmé es tan denso que no fluye y en el que se refiere a la novela Paradiso, de José Lezama Lima,  no fue más allá de lo evidente.
Por estar profudamente ilustrado con dibujos y fotografías, el libro, además de agradable, es bonito. La edición que tengo, realizada en México por Siglo XXI, es de letra grande, impresa en buen papel, con cubierta de tapa dura y generosa en imágenes a página completa. Como desde el inicio queda claro no es necesario ir en orden desde el principio hasta el final, uno tiene la libertad de picotear por aquí y por allá, pasando la mirada en zigzag y leyendo distraídamente como se hace con las revistas en la barbería o el consultorio del dentista.
No creo haber sido el único en haber leído este libro por partes, en diferentes momentos y a saltos para detrás y para adelante. Confieso que no leí completos varios artículos, simplemente porque, tras apenas un par de líneas, no lograron atrapar mi atención. La nota dedicada a la máquina para leer Rayuela, que incluye planos e instrucciones de uso, figura entre las de menor atractivo.
Irónicamente, La vuelta al mundo en ochenta días, apareció originalmente en el periódico, pero era un libro, mientras que La vuelta al día en ochenta mundos, ha tenido ediciones de lujo como libro, pero se lee como un periódico.
Julio Cortázar, autor de memorables cuentos, es hábil en el relato breve. Sus propuestas experimentales, como la novela Rayuela (en que los capítulos se pueden leer en cualquier orden) o 62 Modelo para armar (basada en el capítulo 62 de Rayuela, en que no sabe ni el motivo de los hechos ni las relaciones que existen entre los personajes), aunque fueron populares y atractivas en su momento, una vez pasado el asombro de la novedad, el público ha ido perdiendo el entusiasmo que alguna vez tuvo por ellas,  
La vuelta al día en ochenta mundos es una verdadera rareza en la que se encuentran episodios brillantes, Soy de la opinión de que el gran prestigio de Julio Cortázar no se debe a los libros sino a las páginas que escribió.
INSC:2179
Julio Cortázar. (1914-1984)

domingo, 24 de abril de 2016

Literatura mexicana del Siglo V (o XX).

Tiros en el concierto.
Christopher Domínguez Michael
Biblioteca Era. México, 1999.
La literatura mexicana del siglo XX es tan rica y variada que, si alguien pretendiera ser exhaustivo al comentarla en conjunto, correría el riesgo de no ofrecer más que una lista de autores y títulos. Quizá por ello el reconocido crítico Christopher Domínguez Michael, al hacer un repaso del desarrollo literario de su país durante el siglo XX, optó por concentrarse en solamente unas cuantas figuras que fueron protagonistas principales durante ciertos momentos clave.
Tiros en el concierto es una colección de ensayos reveladores e inquietantes cuya lectura, ciertamente cautivadora, facilita la comprensión de la literatura mexicana del último siglo. No se trata de uno de esos aburridos estudios de corte académico, que tanto abundan, obsesionados en poner etiquetas y en agrupar las obras por tendencias o generaciones. Es, más bien, un libro apasionado, escrito por un lector obsesivo y voraz, que conoce a fondo el tema y quien, tras mucho leer y mucho pensar, expone de manera sustentada y convicente, las conclusiones a las que ha llegado.
Para ser crítico literario, lo importante no es leer sino haber leído. Los juicios del crítico no son más que su opinión personal, pero cuando se trata de un crítico serio, inteligente y culto, como Christopher, hasta las valoraciones más subjetivas están sólidamente fundamentadas. Las reacciones llenas de entusiasmo o de rechazo, no responden al gusto, sino al criterio.
El subtítulo del libro, Literatura Mexicana del Siglo V, enigmático de primera entrada, responde al hecho de que los primeros documentos escritos en México en lengua española fueron las Cartas de relación de Hernán Cortés quien, en 1521, culminó la conquista de Tenochtitlan. El siglo XX, entonces, es el quinto de la literatura mexicana escrita en español.
En esa centuria intensa, México, además de vivir la primera revolución del siglo de las revoluciones, fue cuna de grandes literatos cuyas vidas, ideas, motivaciones, pretensiones e intensiones abarcaron todo un amplio espectro de gran diversidad.
La muestra que ofrece Christopher Domínguez, es bastante representativa.
Empieza por Alfonso Reyes, el sereno erudito helenista. Sigue con José Vasconcelos, cuyas actuaciones como revolucionario y político, así como sus devaneos filósoficos y teológicos, hacen que su vida sea más interesante y asombrosa que todas sus novelas juntas. Martín Luis Guzmán, autor de El águila y la serpiente, La sombra del caudillo y Memorias de Pancho Villa, es en buena medida el cantor épico de la revolución mexicana. Los poetas del grupo Los contemporáneos, exploran y difunden nuevas tendencias con resultados irregulares. Rubén Salazar Mallén, hecho a un lado por sus controversiales ideas fascistas y la vehemencia con que las proclamaba, es el típico escritor despreciado en vida y olvidado tras su muerte. En la esquina opuesta, José Revueltas, pese a ser comunista que pensaba con su propia cabeza era tan obediente al partido que retiró de circulación Los días terrenales por las críticas de los camaradas y, pese a ser oficialmente agnóstico o ateo, su obra El luto humano (sobre la Cristiada) es de gran contenido místico y está llena de referencias bíblicas.
Christopher Domínguez retrata a estos autores de cuerpo entero. La información que ofrece sobre sus vidas, brinda la clave para comprender las razones por las que cada uno fue abrazando sus particulares ideas éticas, estéticas y políticas. Cada uno de estos literatos tiene, como cualquier ser humano, aciertos notables y errores garrafales, facetas admirables y episodios oscuros. Los libros que publicaron, son reseñados tanto individualmente como dentro de una perspectiva de conjunto. La carrera de cada escritor traza una curva distinta que no siempre es ascendente. Hay quienes, tras debutar con el pie derecho, pierden el norte o el cuidado y cada libro que escriben está peor logrado que el anterior. Otros muestran, en su producción literaria, una secuencia de altos y bajos.    
Reyes, Vasconcelos, Guzmán, los contemporáneos, Salazar Mallén y Revueltas son mexicanos, pero sus actitudes, tanto humanas como literarias, tienen sus equivalentes en escritores de otras latitudes.
Los ensayos de este libro, facilitan la tarea de apreciar títulos fundamentales de la literatura mexicana, así como la de comprender la mentalidad de su autor y el contexto de la época en que fueron escritos.
Una vez trazadas las coordenadas de referencias, Christopher plantea interesantes consideraciones sobre la creación literaria en general, en que se vale, para brindar ejemplos, de los autores y obras reseñados. Su mirada no se ciñe a lo local y, en la segunda parte del libro, dedica un largo apartado a Stendhal, en el que, lejos de alejarse del tema de la literatura mexicana, aclara conceptos sobre su desarrollo.
Pese a brindar abundante información y plantear temas filosóficos profundos, el estilo conciso, provocador, contundente y apasionado de Christopher, permite que las más de quinientas páginas de Tiros en el concierto se lean con interés creciente y verdadero deleite. 
Al final, para que el lector cierre el libro con una sonrisa, hay un divertido cuento, titulado precisamente Tiros en el concierto, que es una verdadera obra maestra de ingenio y fino humor.
INSC; 1162

sábado, 2 de abril de 2016

Cuando un milagro es noticia.

El milagro costarricense de Juan
Pablo II. Valentina Alazraki.
Planeta. México. 2014.
La Iglesia tiene sus creencias y el periodismo tiene sus reglas. Para los creyentes, la posibilidad de que Dios intervenga y responda a los ruegos de los fieles con un milagro está siempre abierta. Los periodistas, aunque muchos de ellos lo olviden, por norma ética y profesional deben dar a conocer solamente hechos confirmados. ¿Cómo se supone, entonces, que un periodista (creyente o no) deba cubrir la noticia de un milagro?
Me he planteado esa pregunta tras leer El milagro costarricense de Juan Pablo II, libro escrito por la periodista mexicana Valentina Alazraki, quien desde 1974, es corresponsal de Televisa en el Vaticano.
Antes de entrar a comentarlo, vale la pena mencionar unos cuantos datos. Los cristianos de los primeros siglos se llamaban entre sí "Santos" y cuando alguno moría, especialmente si era martirizado, consideraban que iba directamente al Cielo, le rendían culto a su memoria y le solicitaban su intercesión ante Dios. Es decir, los primeros santos fueron declarados como tales por el propio pueblo. Luego se estableció que fueran los obispos los encargados de hacer la declaratoria de santidad, sistema que aún se mantiene en las iglesias orientales. 
En 1558, la Iglesia Católica Romana creó la Sagrada Congregación para la causa de los Santos, que sería a partir de entonces la institución encargada de estudiar, aprobar y rechazar los procesos de canonización. La declaratoria de santidad, originalmente rápida, local y decidida por el pueblo, pasó a estar reservada exclusivamente al Papa y el sistema se volvió lento y exigente.
Tras el fallecimiento de la persona que en vida tuvo fama de santidad, si sus devotos proponían que se le abriera una causa, se recopilaban testimonios y se estudiaban a fondo hasta sus más mínimas acciones y dichos. Si el asunto prosperaba, se le declaraba "Venerable", lo que significa que la Iglesia acepta que, en vida, esa persona practicó virtudes cristianas en grado heroico. Cuando, por intercesión del "Venerable", alguien era favorecido por un milagro, entonces se le declaraba "Beato". Si ocurría un segundo milagro, entonces se le declaraba "Santo", se le asignaba una fiesta en el calendario y se autorizaba a los fieles a rezarle.
Los escrutinios eran tan minuciosos que hasta la más mínima acción cuestionable podía retardar el proceso por siglos o cancelarlo por completo. Juan Pablo II suavizó bastante las normas, al punto que él canonizó más santos que todos sus antecesores juntos. Algunos de los personajes que elevó a los altares generaron, por diversos motivos, acalorados debates y cuestionamientos.
Cuando el papa polaco murió, en 2005, en el propio día de su funeral hubo personas que mostraban pancartas con la leyenda "Santo Súbito". Su proceso de canonización fue abierto ese mismo año y, en 2011, tras la aceptación de un primer milagro por su intercesión, fue declarado Beato. El segundo milagro aceptado por la causa y que remató el proceso de canonización tuvo como protagonista a una costarricense llamada Floribeth Mora.
La señora Mora padecía de un aneurisma que desapareció sin dejar secuelas. Ella atribuyó su curación a las oraciones que había elevado al Papa Juan Pablo II, de quien es gran devota y sostiene que fue curada el propio día de la beatificación del papa polaco. La señora Floribeth escribió su testimonio en una página en Internet que no requería de información de contacto para escribir en ella y, por eso, cuando los postulantes de la causa se interesaron en saber más sobre su caso, tuvieron ciertas dificultades en localizarla. Una vez en contacto con ella, le solicitaron dictámenes médicos en que constara tanto que había padecido el aneurisma como que ya no lo tenía. Médicos neurólogos, tanto en Costa Rica como en Roma, donde viajó para someterse a exámenes, consideraron inexplicable la situación. 
Cuando se dio a conocer el caso, fue tema de numerosos reportajes. Aunque hubo, inevitablemente, una que otra declaración salida de tono y algunas notas que explotaron lo insólito y melodrámatico de la situación, los periodistas costarricenses serios le dieron cobertura a la noticia con profesionalismo y distancia. Supieron informar sin involucrarse y consignar declaraciones sin suscribirlas. En el fondo, como ocurre con frecuencia en comunicación, todo es cuestión de forma. El asunto es saber separar lo que firma el periodista y lo que declaran las personas que consultó. Existe una gran diferencia entre decir "Ocurrió un milagro" y "La Iglesia considera milagroso tal acontecimiento". Y así como es importante dejar clara la diferencia entre los hechos que el periodista reporta y las interpretaciones que otros les den, es fundamental separar la opinión personal del reportero de la información que cubre. No se supone que el periodista discuta las creencias personales de una creyente, ni que cuestione la normas de la Iglesia, ni que ponga en duda los dictámenes médicos. Pero tampoco se supone que los consigne por escrito bajo su firma. Un profesional de la comunicación  tiene claro que su mayor arma (y su mayor escudo) es la distancia. Deberá escribir sobre Bancos, sin tener mayor conocimiento de Economía y Finanzas, sobre la Iglesia, sin saber de Teología o Derecho Canónico o sobre temas de salud, sin ser médico. Su trabajo, como comunicador, consiste en confirmar los datos que reporta, escribir con concisión y claridad, utilizar los términos adecuados incluso al referirse a disciplinas que no domine y consultar las fuentes idóneas para analizar e interpretar los hechos.
En este sentido, los estudiantes de periodismo deberían estudiar a fondo el libro de Valentina Alazraki para tomar nota de todo lo que no deben hacer. Resulta en verdad increíble que esta obra, pésimamente estructurada y terriblemente mal escrita, sea fruto de una periodista con más de treinta años de experiencia.
Alazraki falla hasta en lo más elemental, como es la confirmación de datos. Dice que, durante su visita a Costa Rica, en 1983, Juan Pablo II pernoctó en el Seminario Central (participó en una reunión allí, pero no pasó la noche), que oficio una misa con los jóvenes (tuvo un encuentro con ellos en el estadio, pero sin misa), que estuvo tres días en Costa Rica (fueron cuatro) entre otras docenas de datos erróneos que, en verdad, no eran tan difíciles de confirmar.
Por otra parte, pese a haber sido corresponsal en el Vaticano por más de treinta años, salta a la vista que no domina ciertos términos elementales. Un ejemplo: Todos los sacerdotes religiosos son clérigos, pero no todos los clérigos son religiosos. Se llaman religiosos a los sacerdotes que pertenecen a una orden. Alazraki, que por lo visto en treinta años no ha notado esta sutileza, en su libro llama "religiosos" a curas del clero secular. Ni siquiera tiene claro el significado de la palabra "laico", que define como: "gente no relacionada directamente con el clero".
La estructura gramatical de cada párrafo de este libro requiere con urgencia los auxilios de un corrector de estilo. Algunas torpezas son simples descuidos, como cuando aparece "entonces decidió entonces", pero hay otras en que la redacción atropellada se mezcla con el dato mal consignado hasta el punto de hacer casi imposible la comprensión. Vale la pena citar un botón de muestra: "Ese hombre, nacido en el mismo país que Juan Pablo II, fue posteriormente nombrado secretario del cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia, y luego secretario de Karol Wojtyla." Stanislaw Dziwisz fue secretario de Wojtyla desde 1966 hasta 2005. Tras la muerte del papa polaco, Dziwisz fue nombrado Arzobispo de Cracovia en 2005 y creado cardenal en 2006. Entonces, si "ese hombre" fue secretario del Cardenal Dziwisz, no pudo haber sido nombrado "luego" secretario de Karol Wojtyla. Ahora, si el final de la oración se refiere al propio Dziwisz, Alazraki enumera sus cargos en orden inverso al cronológico.
Pese a sus limitaciones estilísticas, Alazraki hace frecuentes intentos por darle un toque literario a la historia que cuenta y, en vez de escribir como periodista, lo hace como narradora omnisciente.
"Edwin estaba desesperado, no entendía por qué los médicos..." "Mientras, en su casa, Floribeth dormía después de recordar..."
En una novela es normal que el narrador lo sepa todo, incluyendo lo que piensan, sueñen o hagan sus personajes cuando están solos, pero un periodista que escribe sobre un hecho real no se supone que se permita esas licencias.
Cuando se refiere propiamente al milagro, queda claro que, además de por un corrector de estilo, habría sido conveniente que el libro hubiera sido revisado por un teólogo. La Iglesia misma es muy prudente y cuidadosa al hablar de asuntos milagrosos e inexplicables, pero Alazraki, a quien tal parece la tienen sin cuidado tanto el fondo como la forma de lo que escribe, se permite hacer afirmaciones que contradicen hasta la doctrina católica sobre el tema.
La cercanía que desarrolla la periodista con Floribeth (de quien sabe hasta lo que piensa o siente), es muy poco profesional. Alazraki declara que, después de conocerla, con frecuencia hablaba con ella para informarle cómo iba el proceso de canonización en Roma. ¿Y la sana distancia? ¿Y la reserva discrecional debida a las fuentes? Alazraki trabaja para Televisa, como corresponsal en el Vaticano. Como periodista acreditada debe cubrir un proceso y, a título personal, comparte información con alguien que es parte del proceso que cubre. La situación, para ciertos ingenuos, como yo, es grave. Pero bueno, de quien no domina ni las reglas elementales de gramática no se puede esperar que conozca normas de ética periodística.
El milagro costarricense de Juan Pablo II no es más que un libro de temporada. Todos sus errores y defectos, desde la primera página hasta la última, quizá se deban a que fue escrito a toda prisa. Si este libro no hubiera estado a la venta en Costa Rica en el año 2014, cuando Floribeth Mora y la canonización del Papa polaco eran la noticia del día, no se habría vendido. Disponible en librerías en el momento y lugar correcto, el público corrió a adquirirlo por ser el tema del momento. 
Valentina Alazraki es autora de otros libros: Juan Pablo II, viajero de Dios, Juan Pablo II y la Virgen de Guadalupe, La luz eterna de Juan Pablo II, México siempre fiel, Juan Pablo II, el santo que conquistó el corazón del mundo y En nombre del amor, memoria íntima de un hombre santo. Este último título, según consta en la información de la solapa, fue publicado por Planeta y ha sido un éxito de ventas.
No he leído ninguno de esos otros libros ni creo que llegue a hacerlo. Sospecho que si ha escrito repetidas veces sobre el mismo personaje, es porque sabe que hay un público numeroso dispuesto a comprar cuanto libro se publique sobre él. El hecho de que el sétimo libro suyo sobre Juan Pablo II sea tan descuidado, me lleva a pensar que Alazraki no considera que el público al que se dirige sea muy exigente.
INSC: 2728

miércoles, 23 de marzo de 2016

¿Qué le pasó a José Vasconcelos?

Tiros en el concierto.  Literatura Mexicana
del Siglo V. Christopher Domínguez.
Biblioteca Era, México.
 Segunda edición, 1999.
Todos los personajes históricos, incluyendo hasta los que han alcanzado las categorías de próceres o de héroes, tienen su lado oscuro. Los encargados de mantener el culto y la admiración por figuras ilustres suelen maquillar, o silenciar del todo, los aspectos cuestionables que pudieran manchar la imagen de quienes han subido al pedestal. Hay quienes, por el contrario, se deleitan en destacar las ideas o acciones más escandalosas de quienes gozan de la admiración general.
José Vasconcelos es un buen ejemplo. Filósofo, místico, revolucionario, político y novelista, llegó a ser conocido como "El maestro de América" por su intensa y fructífera labor en los campos de la educación y la extensión de la cultura. Las biografías oficiales y semioficiales de Vasconcelos, suelen concentrarse en su participación juvenil en el Ateneo, el protagonismo que tuvo antes, durante y después de la Revolución Mexicana, en la influencia que alcanzó su pensamiento en todo el continente y, con muy especial énfasis, en su labor como Ministro de Instrucción Pública y Rector de la Universidad Nacional.
Al leer esas biografías oficiales, da la impresión de que Vasconcelos no hizo ni dijo nada en los últimos treinta años de su vida. El periodo que va desde 1929, año en que perdió las elecciones presidenciales, hasta su muerte, en 1959, ni siquiera se menciona.
Los detractores de Vasconcelos, en cambio, suelen recordar que participó en oscuras conspiraciones políticas y subrayan que en muchos de sus escritos defendió posiciones racistas, despreció las culturas precolombinas y fue propagandista de la Alemania Nazi.
Con similar actitud que los de la acera apuesta, quienes remarcan los aspectos más oscuros e indefendibles de Vasconcelos, no mencionan su aporte a la alfabetización y el desarrollo cultural de México.
Ambas posiciones, por incompletas, llegan a ser injustas. Las figuras históricas deben ser recordadas y analizadas de manera integral. Pretender borrar de las biografías todas las virtudes o todos los defectos del personaje no ayuda a comprenderlo.
Por eso quedé muy impresionado por el largo y profundo estudio que Christopher Domínguez dedica a Vasconcelos en su libro Tiros en el Concierto. Con su brillante estilo, Christopher retrata a Vasconcelos de cuerpo entero y ofrece un panorama completo de su vida, su pensamiento, su obra, sus actuaciones y su ideario.
José Vasconcelos (1882-1959) nació en Oaxaca, pasó su infancia en Sonora y estudió durante su juventud en Campeche. Lector voraz y dotado de una extraordinaria inteligencia, llegó a convertirse en un exitoso abogado. Muy joven se integró a la actividad intelectual del recién fundado Ateneo mexicano. Lector de Herbert Spencer y amirador, con reservas, de Auguste Comte, se formó con pensamiento positivista y desarrolló, por otra parte, un obsesivo interés por las culturas clásicas griega y latina.
La rigidez del Porfiriato asfixiaba a los intectuales y la primera participación política de Vasconcelos fue dentro del Club Antirrelecionista, al que ingresó invitado por Francisco Madero. Cuando estalla la revolución, por un breve período estuvo al lado de Pancho Villa y estuvo a cargo, posteriormente, de importantes gestiones encargadas por Venustiano Carranza.
En 1920, Vasconcelos llega a ser rector de la Universidad Nacional y, al año siguiente, Secretario de Instrucción Pública. Desde estos puestos desarrolla su obra titánica. Vasconcelos aspiraba en la unidad iberoamericana pero, desilusionado del caos que siguió a la revolución y tras viajar por todo el continente, llegó a la conclusión de que el sueño de Bolívar no se concretaría por medio de la espada, sino del libro. El mayor problema de América Latina no era tanto el caciquismo o la injusta distribución de la riqueza, sino la ignorancia en que permanecía sumida la mayor parte de la población.
La educación pública, que era una responsabilidad municipal, Vasconcelos la convirtió en prioridad federal. Por toda la República Mexicana se levantaron escuelas, museos, teatros y bibliotecas. El Estado se convirtió en el mayor editor de libros de México. Hay quienes, con una sonrisa burlona, cuestionan la efectividad de que Vasconcelos haya puesto en manos de campesinos que acababan de dejar de ser analfabetos, ediciones de La Odisea o La Eneida, pero lo cierto es que la obra de difusión cultural que llevó a cabo tuvo alcances gigantescos. El Maestro, publicación dirigida personalmente por Vasconcelos, a la que llamaba "revista continental de cultura universal", llegó a circular en todos los países de América Latina. En uno de sus viajes, Vasconcelos tuvo la satisfacción de encontrar ejemplares de El Maestro en una escuelita rural de una remota aldea de Bolivia.
Respetado y admirado por todos los intelectuales latinoamericanos, a Vasconcelos le llovían los elogios. Su teoría de La Raza Cósmica (1925) era, a decir verdad, más aplaudida que estudiada o comprendida. Densa, ambigua, divagatoria y poco estructurada, la propuesta filosófica de Vasconcelos contenía una serie de prejuicios bastante peligrosos que nadie notó en su momento pero que salieron a relucir posteriormente.
Confiado quizá en que su prestigio y sus logros eran credenciales más que suficientes, en 1929 Vasconcelos se postula como candidato presidencial. El momento no podía ser más convulso. México llevaba ya tres años sumido en la guerra cristera. El presidente Plutarco Elías Calles no estaba dispuesto a entregarle el poder a quien, por muchos y fuertes motivos, consideraba su enemigo. Los resultados oficiales le dieron a Vasconcelos menos del diez por ciento de los votos. Los historiadores sostienen que, definitivamente, hubo fraude, pero no está claro si Vasconcelos ganó realmente esas votaciones. Defraudado, dolido e indignado, Vasconcelos se declara ganador, pero sus simpatizantes aceptan, resignados, la derrota.
Tras fracasar en su intento por llegar a la Presidencia, la figura de Vasconcelos inició su declive. Repasando su biografía, da la impresión de que, después de 1929, no había lugar en México para él. Christopher Domínguez sostiene que la sed de venganza lo trastornó. El Maestro de América, acabó esperando una reivindicación que nunca llegó, en un país en que cada vez menos lo tomaban en serio. Llegó al extremo de conspirar junto a Calles, su enemigo de la víspera, contra Lázaro Cárdenas.
Cuando publicó Ulises Criollo (1935), la primera de una serie de novelas autobiográficas en que expone sin modestia ni tapujos sus ideas, su vida y sus miserias, los lectores quedaron estupefactos ante aquellas ochocientas páginas de pasión política y pasión erótica en que Vasconcelos, de manera cruda, llegó a hacer públicas facetas íntimas de su vida personal.
Vendrían luego La Tormenta (1936), El Desastre (1938), El proconsulado (1939) y La Flama (1959).
La opinión de Christopher Domínguez sobre la obra de Vasconcelos es severa. Estos libros, extraña mezcla de opinión, arenga, panfleto, confesiones personales, catarsis, memorias y repaso histórico, aunque fueron leídas originalmente como testimonio, deben considerarse obras de ficción.
"Vasconcelos miente como buen testigo presencial", afirma Domínguez, para quien esta serie de obras no solamente ofrece una imagen tergiversada de hechos conocidos sino que cada entrega es peor que la anterior. La crítica que hace Christopher a La Flama es demoledora. Para él, "Vasconcelos vive peligrosamente y al escribir toma los mismos riesgos" y "En su vida hay más arte que en su obra".
Pero volvamos al pensamiento de Vasconcelos. Al igual que muchos intelectuales de los años veinte, Vasconcelos descreía, o al menos desconfiaba, de las democracias liberales. Resaltaba el concepto de "raza" como fundamento de la cohesión social y exaltaba el nacionalismo. Despreciaba a los masones, miraba con recelo a los judíos y se horrorizaba con verdadero pánico ante el comunismo bolchevique. Poniéndolo todo junto, no sorprende que Vasconcelos haya mirado con simpatía a Adolfo Hitler. De hecho, Vasconcelos estuvo al frente de Timón, la revista de propaganda nazi que publicó en México diecisiete números entre febrero y julio de 1940.
Apartado del protagonismo que una vez tuvo, cada vez más olvidado tanto en su país como fuera de él y alineado con los perdedores en la II Guerra Munidial, el pensamiento de Vasconcelos, expuesto de manera categórica por él mismo, lejos de moderarse, se volvió más amargo. En defensa de lo que consideraba cultura y civilización, aprobó que los conquistadores hubieran destruido ídolos y códices precolombinos. Después de haber sido divulgador de un humanismo clásico enraizado en la filosofía griega, Vasconcelos se convirtió en un místico que pretendía terciar en las discusiones de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos y acabó proponiendo una teología desfasada y anacrónica que a la que nadie, salvo Christopher Domínguez, que la analiza de manera admirable, se molestó en tomar en serio.
Vasconcelos rechazó la procreación, elogió la esterilidad y desarrolló una repulsión al cuerpo físico y a toda la parte orgánica de la existencia humana. El simple hecho de comer, era para él un acto asqueroso. En uno de sus últimos artículos, afirmó que lo mejor que le podría pasar al mundo es que la humanidad se destruyera a sí misma con la recientemente inventada bomba de hidrógeno.
¿Qué le pasó a José Vasconcelos? Arrojado, valiente, heroico y realizador de grandes logros antes de 1929. Amargado, pesimista y negativo después de las elecciones que perdió. Su frustración y resentimiento acabaron llevándolo a borrar con el codo prácticamente todas sus propuestas y acciones de juventud. Algunos, como ya se dijo, prefieren rendir tributo al joven e ignorar al viejo. Otros, minimizan sus acciones como revolucionario, rector de la Universidad y Secretario de Instrucción horrorizados ante las declaraciones de sus últimos años.
Christopher Domínguez brinda la visión más completa que he leído sobre el hombre, el literato, el filósofo, el teólogo y el político y, en cada faceta, descubre y demuestra revelaciones sorprendentes. La figura de Vasconcelos es tan compleja que en verdad recomiendo leer las más de cien páginas que, sobre él, aparecen en Tiros en el concierto poder comprenderlo mejor. La tesis que desarrolla Christopher Domínguez es que Vasconcelos quiso ser el padre de la patria, pero sus hijos no lo reconocieron.
Si Vasconcelos hubiera muerto en 1929, probablemente tendría más y mayores monumentos. Si sus enemigos lo hubieran matado, habían hecho de él un mártir. Al seguir viviendo tras haber sido marginado, acabó convertido en un fantasma de otra época que deambuló por el mundo real durante el resto de su vida como un alma en pena.
José Vasconcelos (1882-1959) Filósofo, novelista, revolucionario y gran
impulsor de la educación pública en México.
INSC: 1162

lunes, 11 de enero de 2016

El arpa y la sombra de Alejo Carpentier: dos vidas y un encuentro de fantasmas.

El arpa y la sombra.
Alejo Carpentier. Editores
Mexicanos Unidos, México, 1980. 
A finales del siglo XIX, hubo tres intentos por declarar santo a Cristóbal Colón. Pese a que la iniciativa contó con el apoyo entusiasta de los papas Pío IX y León XIII, secundados por ochocientos cincuenta obispos, no logró superar el minucioso examen de los expertos consultados y el expediente fue archivado con un NO rotundo. 
La biografía de Colón, en muchos aspectos impresionante, tenía grandes misterios y numerosos episodios muy cuestionables. Colón era reconocido como explorador osado y hombre rudo, valiente y terco, pero ni en vida ni tras su muerte se le llegó a atribuir fama de santo. No se supone que haya un santo sin devotos y Colón, fallecido en 1506, durante más de trescientos años no había tenido ninguno. 
La propuesta de su canonización no surgió en Italia, ni en España ni en ninguno de los países americanos sino, curiosamente, en Francia. En 1851 el conde Roselly de Lorges, por encargo del papa Pío IX, publicó el libro Historia de Cristóbal Colón, en que retrataba al Almirante como un instrumento de la Divina Providencia. Con entusiasmo desbordado, Roselly se atrevió a afirmar: "Cristobal Colón fue un santo, ofrecido por la voluntad del Señor, allí donde Satanás era un rey."
Como suele ocurrir, cuando alguien llega demasiado lejos, no tarda en aparecer otro que puede ir aún más allá. En 1884, ya durante el pontificado de León XIII, su tocayo, León Bloy, publica El revelador del Globo. Cristóbal Colón ante los toros, una minuciosa biografía del Almirante, escrita en tono de alabanza, en que sostiene que todas las acciones de Colón, incluyendo la introducción de la esclavitud en el Nuevo Mundo, fueron admirables. "La esclavitud" afirma Bloy, "fue una escuela de abnegación y mansedumbre."
Con semejantes defensores, no sorprende que la causa haya fracasado en sus tres intentos. El asunto no volvió a mencionarse y cayó en el olvido. 
En 1937, mientras preparaba una adaptación para radio de El libro de Cristóbal Colón de Paul Claudel, Alejo Carpentier se topó con la obra de Roselly, que atribuía virtudes sobrehumanas al Almirante y con el increíble libro de Bloy, en que, al referirse a la historia sagrada, ponía a Cristóbal Colón al mismo nivel que Moisés y San Pedro.
La lectura de ambas obras lo dejó perplejo y, de primera entrada, indignado. Sin embargo, como Carpentier era un gran apasionado de la historia y, muy especialmente, de los episodios más descabellados e inverosímiles de la historia, acabó interesándose en el tema. Estudió a fondo el proceso, investigó detenidamente la biografía de Colón y del Papa Pío IX, repasó documentos durante cuarenta años y, en 1978, publicó El arpa y la sombra, su novena y última novela.
La obra está dividida en tres partes: El arpa, La mano y La sombra. No recuerdo a quién le escuché la interpretación de que el arpa podría representar al Reino de los Cielos, la mano al mundo terrenal y la sombra a la oscuridad de la muerte.
El libro arranca con la historia del clérigo Giovanni María Mastai Ferreti, quien nació, hijo de un conde empobrecido, en Senigallia, Italia, en 1792, apenas un par de años después de la Revolución Francesa. Creció, por tanto, en un mundo de ideas nuevas y audaces. Los reyes, que habían tenido aseguradas las coronas sobre sus cabezas durante siglos, temblaban ante la posibilidad de perder, no solo la corona, sino también la cabeza. Se inventaban nuevas máquinas y la industria se desarrollaba a ritmo vertiginoso. Los estudiosos prestaban más atención a los filósofos ilustrados que a los padres de la escolástica. Napoleón mantenía a Europa en una zozobra constante. En América, la fundación de los Estados Unidos y la independencia de los países latinoamericanos demostraban que era posible prescindir de la monarquía y adoptar una legislación basada en la libertad individual. El joven Mastai, que era piadoso y devoto, pero también inteligente, culto y curioso, trataba de comprender la complejidad de esa época cambiante en que le había tocado nacer. 
A los treinta y un años de edad, tuvo la oportunidad de ver la otra cara del mundo. La Iglesia, en la América hispanoparlante, dependía de la corona española. Tras lograr la independencia política, las nuevas naciones procuraron también la independencia eclesiástica y, pese a que los próceres fundadores eran de pensamiento liberal y, en buena medida, anticlerical, se interesaron por establecer relaciones directas con la Santa Sede. La primera misión que envió el Papa a la América independiente tuvo como destino Chile y estuvo a cargo de monseñor Giovanni Muzi, quien se llevó al joven Mastai como secretario. 
Ni en sus más desbocadas fantasías había imaginado aquel cura que el mundo fuera tan grande. Primero, atravesar todo el océano Atlántico en un barco con tablas que crujían. Semanas enteras avanzando entre las olas sin más vista que un horizonte redondo y lejano. Al llegar a Buenos Aires, Mastai quedó con la boca abierta al contemplar el enorme río de la Plata. Tras unos días de descanso, de nuevo semanas enteras en medio de un horizonte redondo, esta vez en carreta, cruzando la pampa argentina hasta toparse con la barrera colosal de los Andes con sus cimas nevadas. Ya fuera en el mar, en la pampa o remontando la cordillera, parecía que aquel viaje era interminable. La misión llegó finalmente a Santiago de Chile, donde permanecería por dos años en medio de una comunidad católica, devota y obediente al Papa que estaba en Roma, allá, tan lejos.
De vuelta en Europa, durante el resto de su vida Mastai presumiría de su viaje a América y evocaría, con descripciones asombrosas, aquel océano, aquel río, aquella pampa y aquella cordillera. 
Giovanni María Mastai Ferreti. (1792-1878)
Papa Pío IX (1852-1878)
Cuando Giovanni María Mastai Ferreti llegó a ser Papa con el nombre de Pío IX, al recibir peregrinos sonreía complacido cuando le recordaban que él era el primer Papa en haber estado en el nuevo mundo. Su pontificado (1846-1878), fue el más largo de la historia y, también, uno de los más complejos. Fue el último Papa rey y el primer papa en ser fotografiado. Al inicio de la novela, Carpentier nos hace acompañarlo en la salida de una solemne ceremonia pontificia. El enorme cortejo se va arralando de salón en salón hasta que, tras quitarse los ornamentos, el papa queda solo en su despacho. Sobre la mesa descansa un expediente que ha repasado muchísimas veces. Esperan su firma y nadie se atreve apurarlo, pero el papa tiene sus dudas. Muchas veces ha tomado la pluma y se ha detenido antes de estampar el primer trazo. Recuerda su viaje y considera que sí, que se requiere un santo que sea como un coloso de Rodas con un pie a cada lado del océano y, aunque algo en su conciencia le indica que no debería hacerlo, finalmente firma el documento para iniciar el proceso de canonización de Cristóbal Colón.
En la segunda parte, viene un monólogo largo e intenso. Cristóbal Colón, el almirante de la Mar Océano, viejo, enfermo, amargado y lleno de rencores, siente que se acerca su hora y manda a llamar al confesor. Está dispuesto a decirle todo. Él, que ha escrito diarios minuciosos, que ha abierto querellas interminables, que ha mantenido correspondencia abundante y que, en fin, ha estampado su firma en cientos de folios, siempre se ha cuidado de no brindar ningún tipo de información referente a su persona. A nadie le ha revelado dónde nació ni qué hacía antes de recorrer las cortes en busca de patrocinio para emprender su viaje hacia el oeste más allá de las columnas de Hércules, donde se acababa el mundo. Tampoco ha dicho nunca por qué estaba tan seguro del éxito de su empresa cuando nadie más creía en ella. 
Colón, además de callar, ha mentido. Siempre, sobre todo y ante todos, ha mentido. La verdad de su vida, de sus viajes, de sus secretos, solamente él la conoce. Le mintió a la Reina Isabel, a los frailes, a los hermanos Pinzón. Rodrigo de Triana fue el primero en ver tierra, pero Colón dijo que no, que él la había visto antes, porque no podían ser otros ojos, sino los suyos, los primeros en contemplar la prueba de su éxito. Le mentía a la tripulación, para que creyera que aún estaban cerca de las Azores. Alteraba documentos, mapas, cuentas, reportes de gastos. En su informe a los reyes católicos, tras el viaje, exageró todo lo visto. Vivió en dos realidades. La que solamente él conocía y la que le comunicaba a los otros. Su mayor temor era ser descubierto, pero había jugado bien sus cartas.  Las autoridades se atrevieron a hacerlo a un lado en la administración de los dominios que él había ganado para la corona española. "Si le hubiera entregado las indias a los moros, no podrían en la corte mostrarme mayor desprecio". ¡Hasta le habían puesto cadenas! La corte le había otorgado su título de Almirante y le pagaba rentas, pero para él toda recompensa era poca.
Cristóbal Colón. Personaje fascinante y misterioso.
Escribió detalladas bitácoras, innumerables cartas y
documentos oficiales, pero nunca brindó mayor
información sobre sí mismo.
Así como exageró al hablar de sus hazañas, exageró  también al describir su pobreza. A veces ni él mismo podía distinguir lo que había vivido en realidad y lo que había inventado.
Pero Colón, en su lecho de muerte, está dispuesto a decir, por una vez en su vida, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Hace examen de conciencia y descubre, orgulloso, que de los siete pecados capitales solamente uno le ha sido siempre ajeno: el de la pereza. La soberbia, la avaricia, la codicia, la lujuria, la envidia y la gula han formado siempre parte de su vida, pero la pereza, jamás.
Magistralmente, Carpentier hace a Colón repasar toda su vida y reproduce, en el monólogo, el estilo, los giros y las expresiones que el propio Colón utilizaba en los diarios de sus viajes, al punto que, más que una novela escrita por un cubano en el siglo XX, a uno le parece estar leyendo un documento del propio navegante del siglo XV.
Finalmente, el confesor llega, pero Colón, aunque sabe que el cura está obligado al silencio por el secreto sacramental, no se atreve a asumir ni el más mínimo riesgo de que su imagen quede manchada ante la posteridad y, cuando acerca sus labios al oído del sacerdote, una vez más, empieza a mentir.
La tercera parte recopila los debates del fallido proceso de beatificación. La discusión se torna intensa y, en ocasiones, hasta violenta. Los apasionados argumentos de los postuladores de la causa no hacen más que acrecentar la resistencia de los opositores. Hay momentos en que las deliberaciones son verdaderamente ridículas pero, por increíble que parezca, así fueron. El fantasma de Colón, acompañado por el fantasma de Andrea Doria, presencia la discusión con interés, pero sin emoción. De todas formas, él ya está fuera del mundo.
La prosa de Carpentier, sobra decirlo, es una delicia. Musical, impactante, sorprendente. Todas sus novelas, de alguna u otra forma, están basadas tanto en la historia como en lo fantástico. Lo real maravilloso, decía él.
El intento de canonización de Cristóbal Colón es hoy, y lo será cada vez más en el futuro, difícil de comprender. Cristobal Colón es una figura histórica misteriosa. No hay certeza sobre el lugar dónde nació, ni siquiera su hijos supieron nunca lo que significaban los símbolos de su firma y, como siguió viajando después de muerto, tampoco se sabe en cuál de sus cuatro tumbas está sepultado. El propio Papa Mastai es un personaje complejo. Fue en un tiempo defensor de las libertades y luego promulgó el Sylabus. Benévolo en algunas aspectos y drástico en otros, cultivó tanto fieles devotos como enemigos violentos. Tuvo que salir huyendo disfrazado de Roma y, el día de su funeral, unos manifestantes intentaron apoderarse del ataúd para tirarlo al río. 
El papa Mastai, Cristóbal Colón y el fallido proceso de canonización, definitivamente merecían ser plasmados en una novela. ¿Qué más se le puede pedir a una novela además de personajes fascinantes e historias cautivadoras? Y si esos personajes existieron y esas historias ocurrieron, el deleite viene aderezado con el asombro. 
INSC: 1568
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