Mostrando las entradas con la etiqueta Memorias. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Memorias. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de noviembre de 2018

Las Ish de Fernando Muñoz. Historias de la familia Castro Saborío.

Las Ish. Fernando Muñoz Mora.
Guayacán. Costa Rica, 2010.
Las memorias familiares, si no se escriben, se pierden. Las nuevas generaciones se quedan sin conocer detalles sobre las vidas de sus ancestros porque quienes podrían habérselos contado acabaron llevándoselos a la tumba.
Cuando estudiaba en los Estados Unidos, a don Fernando Muñoz Mora le llamó la atención el gran interés que tienen los americanos, todos ellos hijos de inmigrantes, por conocer sus orígenes familiares.
En Costa Rica, donde todos los ticos, así sea en grado remoto, somos primos, damos por un hecho que siempre hemos estado aquí y, por desinterés, dejamos que caigan en el olvido las andanzas de los abuelos.
De vuelta a la patria, don Fernando Muñoz decidió escribir un libro con historias de su familia. De haber querido presumir, le habría sobrado material para hacerlo. Don Fernando es descendiente del conquistador español Juan Vásquez de Coronado, fundador de Costa Rica, así como del polémico Dr. Stefano Corti Roca, que en toda la historia de nuestro país ha sido la única persona en haber sido acusada ante la Inquisición. Entre sus ancestros figuran también el jurista guatemalteco Agustín Gutiérrez Lizaurzábal, el prócer de la Independencia Joaquín de Yglesias, además del General José María Cañas y don Pedro Saborío Alfaro, quienes fueron oficiales en la guerra contra los filibusteros de William Walker. Don Fernando es sobrino, en tercera generación, del escritor Carlos Gagini y, en quinta generación, del Presidente Juan Rafael Mora Porras
Entre sus familiares más cercanos, su bisabuelo, Gerardo Castro Méndez, fue fundador de la Cruz Roja Costarricense y, como abogado, compartió estudios y hasta bufete con don Ricardo Jiménez Oreamuno y don Cleto González Víquez.  Su tío bisabuelo, Genaro Castro Méndez, fue el inamovible administrador del Teatro Nacional en las primeras décadas del Siglo XX. Cuando murió, el puesto lo heredó su sobrino, Octavio Castro Saborío, hijo de Gerardo Castro Méndez y Amalia Saborío Yglesias, a quien don Fernando, que lo conoció de cerca, llamaba "Tío Pavo".  Octavio Castro Saborío fue administrador del Teatro Nacional durante treinta y tres años y, por su pasión por la historia, se empeñó en que se levantaran tres monumentos a figuras que admiraba. La estatua de Simón Bolívar, en el parque Morazán, la de Juan Rafael Mora, frente al correo y la de Bernardo Augusto Thiel, al costado sur de la Catedral, fueron erigidas por iniciativa y gestión de Pavo
Sin embargo, a pesar de la impresionante lista de personajes históricos que llenan su árbol genealógico, al escribir su libro, don Fernando optó por concentrar la atención en su abuelita Graciela  Castro Saborío y en sus tías Amalia, Aurelia y Estela Castro Saborío. 
Eran mujeres de su época, recatadas, hogareñas y discretas, pero tenían la particularidad de decir siempre lo que pensaban. En medio de una conversación formal, como eran todas en aquel tiempo, en determinado momento alguna de ellas soltaba un comentario que resultaba inoportuno por lo sincero. Estas salidas de tono acabaron creando leyenda, al punto de que el propio autor sospecha que, entre las muchas anécdotas que se cuentan de ellas, debe de haber una mezcla entre reales e inventadas.
Graciela Castro Saborío. Una de las Ish.
Abuela de don Fernando Muñoz Mora.
Un hermano de ellas, Gerardo Castro Saborío,  estaba casado con Francisca Pérez Calvo, hija de don Pedro Pérez Zeledón.  Los años pasaban y Francisca se mantenía siempre muy bella. Cuando alguien les comentaba lo bien que se mantenía su cuñada, ellas exclamaban: "Pachica, siempre tan linda. Diente que se le cae, diente que le ponen."
Don Gerardo Castro Méndez y doña Amalia Saborío Yglesias tuvieron dieciocho hijos. Vivían en una amplia casona con patio central en barrio Amón. Doña Amalia murió el 31 de diciembre de 1915, mientras se preparaba para asistir al baile de año nuevo en el Teatro Nacional. Don Gerardo falleció dieciséis años después. Cuando los hijos se fueron casando, la casa empezó a quedarse vacía y, al final, solamente vivían en ella, además del solterón de Pavo, las hermanas que nunca se habían casado o que ya habían enviudado.
Esta casona, medio vacía y muy silenciosa, es la que don Fernando Muñoz recuerda visitar con frecuencia cuando era niño. Junto con sus primos, fingía jugar en el corredor cuando, en realidad, lo que hacían era escuchar las conversaciones de los mayores. La puerta de la calle no tenía seguro y bastaba mover una perilla para entrar. Había una sala que nunca se abría, en la que había grandes cuadros y hasta un piano, que servía para recibir visitas importantes. En esa sala, en un mismo día, don Fernando pudo ver en persona a dos expresidentes, don Otilio Ulate Blanco y el Dr. Rafael Angel Calderón Guardia, que llegaron a dar el pésame cuando murió Pavo.
El libro incluye una simpática confesión. Cuando Pavo murió, don Fernando, que era entonces un niño, fue a registrar en su armario y acabó apropiándose de un singular tesoro: el bastón de su abuelo, Gerardo Castro Méndez, y el bastón del obispo Bernardo Augusto Thiel.
El tío Pavo, la abuela Graciela y las tías Amalia, Aurelia y Estela eran muy pacientes, cariñosos y consentidores. Nunca regañaban a los niños y los dejaban hacer lo que quisieran. Cuando regresaban a sus casas, sus padres se quejaban de que volvían insoportablemente malcriados.
Personaje inovidable es la tía Amalia Castro Saborío. Para ganar algún dinero, recibía comensales. Cocinaba muy bien, sus tamales eran famosos, y tenía la habilidad de cambiar los ingredientes de las recetas de cocina para alcanzar un resultado similar a un precio mucho más bajo. Criaba pájaros y parecía que hablaba con ellos. Intentó tener peces pero, como se le murieron, optó por llenar la pecera con pecesitos de plástico. Solterona, fantaseaba contando que se había casado con un marinero que se fue y nunca más volvió, historia seguramente tomada de alguna de las novelas románticas que le gustaba leer. Una vez, Amalia regresó del cine contando que la escena que más le había gustado fue en la que la protagonista bajaba las escaleras con un vestido lleno de lacitos rosados y celestes. Cuando le preguntaron cómo pudo reconocer los colores si la película era en blanco y negro, Amalia simplemente contestó: "¿Para qué querés la imaginación?".
El título del libro, "Las ish", corresponde al apodo que compartían las hermanas Castro Saborío. Don Fernando Muñoz las conoció y las recuerda. Muchos de sus sobrinos, sobrino nietos y buena parte de su enorme cantidad de primos posiblemente nunca hayan oído hablar de ellas. Estas simpáticas anécdotas, como tantas historias familiares, de no haber sido escritas, se habrían perdido.
INSC: 2791
Don Gerardo Castro Méndez y sus hijos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Los regalos de Navidad de Aquileo J. Echeverría.

A doña Marilyn Echeverría Zurcher de Sauter, hija de Gonzalo.


Aquileo Echeverría. Anécdotas,
Oscar Rosabal Echeverría. Universidad Nacional.
Costa Rica, (No indica el año).
Famoso por su ingenio y gran sentido del humor, Aquileo Echeverría fue siempre capaz de ponerle al mal tiempo buena cara. Con la audacia y rapidez de su mente, incluso en las situaciones más adversas, cada vez que estuvo en aprietos encontró la manera de caer de pie y salirse con la suya.
Las anécdotas que se cuentan de él son ingeniosas y algunas han llegado a ser ampliamente conocidas. Entre las más famosas está aquella de que llegaba tarde a su trabajo cuando era funcionario del gobierno. Enterado de la situación, el propio Presidente de la República, don Cleto González Víquez quiso confirmar por sí mismo la impuntualidad de Aquileo.  Una mañana don Cleto llegó temprano a la oficina de Aquileo y se sentó ante su escritorio. Las horas pasaban y el poeta no aparecía. Cuando, ya casi a la hora de salir a almorzar, Aquileo llegó y vio que el Presidente lo estaba esperando, sin inmutarse le dijo: "Don Cleto: ¡Aquí esta usted! ¡Toda la mañana he estado buscándolo!"
En otra oportunidad la situación fue a la inversa. Aquileo fue a visitar a don Cleto para solicitarle un pequeño préstamo que necesitaba con urgencia. Lo pasaron a su oficina pero esta vez era don Cleto quien tardaba en llegar. Sobre el escritorio había varias monedas de a peso. Cuando Aquileo finalmente optó por irse, dejó, bajo el montoncito de monedas, una pequeña nota: "Lo estuve esperando pero tuve que marcharme. Al irme, le he quitado un peso de encima."
La vida de Aquileo Echeverría fue breve. Como murió a los cuarenta y tres años de edad, cuando sus hijos estaban aún pequeños, ninguno de sus nietos tuvo oportunidad de conocerlo, pero las historias del abuelo fallecido eran repetidas constantemente en el seno familiar. 
Claudia, la hija mayor de Aquileo, contrajo matrimonio con el famoso futbolista Eladio Rosabal Cordero y de esa unión nació Oscar Rosabal Echeverría, maestro de escuela que solía repetir incansablemente las anécdotas que le contaron de su abuelo. Por iniciativa de Edwin León Villalobos, don Oscar escribió esas memorias familiares que fueron publicadas por la Universidad Nacional, de la que don Edwin era rector. 
El libro, como era de esperarse, se lee con una sonrisa de principio a fin. Una vez, en Heredia, organizaron un baile para el que los asistentes debían hacer alguna contribución. Aquileo se comprometió a llevar las flores. No estuvo claro al principio, pero se refería a su novia María Dolores y a su cuñada Delia, cuyos apellidos eran Flores Zamora. 
Como periodista, escritor de crónicas y poeta, Aquileo gozó de gran popularidad. Su gran amigo Rubén Darío, con quien había trabajado en el periódico La Unión, en San Salvador en 1889, llegó a decir, en el prólogo a la segunda edición de las Concherías publicada en 1909, que Aquileo era el único poeta de Costa Rica. Como comerciante, sin embargo, no tuvo éxito. La cantina La Amistad que montó en Guatemala, acabaron bebiéndosela sus amigos, a quienes no les cobraba. Su pulpería en el barrio la Pithaya de Heredia, cuyo rótulo decía: "Se venden escobas y otros comestibles", era realmente pobre. Un amigo que lo fue a visitar pudo hacer el inventario de un solo vistazo. Solamente había una escoba, dos latas de sardinas, dos botellas de guaro, confites y bollos de pan.
En Guatemala, una vez que estaba sin un centavo, fue a uno de los clubes más aristocráticos de la ciudad y tomó el bastón con empuñadura de oro que el general Orellana Estrada había dejado en la entrada mientras jugaba una partida de billar.  Lo mostró a los señorones que estaban en otro salón, a quienes les dijo que, por un apuro muy urgente, debía rifarlo. Todos le compraron números de la rifa que se efectuaría inmediatamente. Una vez hecho el sorteo, Aquileo anunció: "El ganador es... ¡El general Orellana Estrada! ¡Voy a entregárselo!"
Aquileo Echeverría Zeledón. (1866-1909).
De espíritu noble y temperamento sereno, Aquileo era muy amoroso con su familia. Una vez su hijo Gonzalo le respondió a la mamá y Aquileo, como castigo, empezó a azotarlo, cosa que nunca antes había hecho. Asustada por el llanto del niño, doña Dolores le pidió a Aquileo que dejara de pegarle. Aquileo le aclaró que todo era una farsa: "Le estoy pegando con su pantalón, lo que pasa es que este chiquito es muy gritón." Entonces el pobre niño le aclaró que en verdad le dolía, porque los bolsillos de su pantalón estaban llenos de piedras ya que había salido a cazar pájaros. Aquileo se disculpó por haberlo lastimado y lo recriminó diciéndole: "Bueno, Gonzalo, ahora sabe lo que sienten los pajaritos cuando usted les tira piedras."
El libro está lleno de revelaciones. Bautizado como Adolfo Aquileo Dolores de la Trinidad, incluso para sus contemporáneos era un misterio por qué firmaba Aquileo J. Echeverría. Cuando alguien le preguntó qué significaba la jota, Aquileo le aclaró que no significaba nada, pero esa letra le salía muy bonita.
Entre las memorias familiares aparecen, desde una detallada crónica de la boda, hasta la triste despedida de Aquileo a sus hijos. Cuando partió a España, en procura de recuperar su salud quebrantada, Aquileo le dio a cada uno de sus hijos una cajita llena de monedas de cinco céntimos. Les dijo que no los gastaran todos de una vez, sino que cada día tomaran un cinco para comprar melcochas o cajetas y les prometió que regresaría antes de que los cincos se acabaran. Asomado a la ventana del tren, Aquileo lloraba mientras agitaba su sombrero para despedirse de sus hijos, a quienes no volvió a ver. Ellos sin embargo, cada día contaron las cincos esperando su regreso.
Solo quedaron los recuerdos. Algunos realmente hermosos, como el de los regalos de Navidad. En la Nochebuena, Aquileo estaba sin un centavo y, con verdadera angustia, supo que Claudia le había pedido al Niño Dios una muñeca y Gonzalo, una bola. Los niños se fueron a acostar con la esperanza de encontrar sus regalos al día siguiente. A altas horas de la noche se levantaron sobresaltados al escuchar a sus padres gritando. "¡Cogélo!¡No lo dejés ir!" Le decía Aquileo a su esposa. Cuando los niños fueron a ver lo que ocurría, Aquileo les dijo que habían visto al Niño Dios entrar en la casa, trataron de atraparlo pero se les escapó. "Hicimos lo que pudimos", se disculpó.
Resignados a no tener regalos esa Navidad, los niños volvieron a la cama. Pero al despertar la mañana siguiente se llevaron la sorpresa de encontrar la muñeca y la bola que habían pedido. Con sus juguetes nuevos en las manos, Aquileo los llevó a dar un paseo. Entraron a un hospicio que había cerca de la Iglesia del Carmen en Heredia. Claudia y Gonzalo les prestaron sus juguetes a los huérfanos y, cuando llegó la hora de volver a casa, Aquileo les dijo que ellos debían estar agradecidos con Dios porque tenían papá y mamá, mientras que los huerfanitos no tenían familia. Entonces les pidió que dejaran sus juguetes en el hospicio, la bola para los niños y la muñeca para las niñas. Con cierta tristeza, los niños accedieron. Esa tarde, todos permanecieron en silencio. Claudia y Gonzalo en su cuarto y doña Dolores en la cocina. Tras dejar a los niños en casa, Aquileo había salido de nuevo. A la hora de la cena, Aquileo les pidió a sus hijos que le alcanzaran una caja de fósforos que había dejado sobre la cómoda y, para su sorpresa, se encontraron una muñeca y una bola más grandes que las que habían encontrado en la mañana. Aquileo entonces les dijo que Dios siempre recompensa a con creces a las personas generosas y solidarias.
¿Qué había pasado? Aquileo no tenía dinero esa Navidad y fue su hermano Félix quien había regalado la muñeca y la bola originales. Cuando el 25 de diciembre en la tarde volvió a recurrir a él, el asunto era más complicado porque los comercios estaban cerradas. "¿Cómo se te ocurrió hacer semejante cosa?" Le dijo su hermano, quien creía que el asunto no tendría arreglo. Sin embargo, tras contarle la historia a los dueños de la tienda, abrieron el establecimiento en día feriado solamente un momento para reponer los juguetes.
En muchos aspectos, la vida de Aquileo no fue fácil. En política, se alineó con el bando perdedor. No ganó dinero con su obra literaria y su trabajo como periodista tampoco fue bien pagado. Sus intentos por establecer algún tipo de negocio propio fracasaron y, siendo joven aún, tuvo serios problemas de salud que acabaron llevándolo a la tumba. Sin embargo, el recuerdo que dejó fue el de una persona permanentemente alegre. En medio de sus apuros y congojas encontraba siempre una razón para reír y hacer reír. No perdía la calma porque siempre tuvo claro que todo problema tiene solución y que las dificultades, aunque sean muchas, no son motivo para perder la alegría.
INSC:  2748

lunes, 11 de diciembre de 2017

Las anécdotas del padre Alberto Mata Oreamuno.

Semblanzas y anécdotas eclesiásticas.
Alberto Mata Oreamuno.
Costa Rica, 1988.
Cuando estaba cerca de cumplir los ochenta y cinco años de edad, Monseñor Alberto Mata Oreamuno acató la recomendación que recibía constantemente de parte de sacerdotes jóvenes y escribió un libro sobre personajes que había conocido y hechos que había presenciado o protagonizado durante su ya larga vida.
No se trata de sus memorias, que ya había publicado unos años antes, sino más bien de una recopilación de recuerdos, anécdotas y semblanzas que valía la pena dejar escritas para que fueran conocidas cuando ya no estuviera él para contarlas.
El libro, titulado Semblanzas y anécdotas eclesiásticas, que tiene tanto páginas jocosas como emotivas, está lleno de sorpresas. Algunas son francamente divertidas y otras son verdaderas revelaciones de gran importancia histórica.
Nacido en Cartago en 1904, el padre Mata era bisnieto, por el lado paterno, de Jacinta de la Fuente, hermana de Feliciana, la madre del obispo Anselmo Llorente La Fuente, primer obispo de Costa Rica, quien, según cuenta, se entretenía jugando partidas de naipe con sus tíos abuelos. Por el lado materno tenía cierto parentesco con Mons. Luis Javier Muñoz, el obispo de Guatemala que fue expulsado por el dictador Jorge Ubico.
Las primeras páginas están dedicadas a breves notas biográficas de los papas, de Pío IX a Juan Pablo II y, tras una nota sobre el cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930), vienen apartados sobre los obispos de San José, desde Mons. Llorente hasta Mons. Carlos Humberto Rodríguez Quirós.
Cuenta que era un niño de doce años de edad la primera vez que vio a los padres paulinos alemanes con quienes posteriormente recibiría su formación sacerdotal. El obispo Juan Gaspar Stork llegó a Cartago acompañado de los sacerdotes Carlos Trapp y Agustín Blessing, en agosto de 1916, para celebrar la fiesta de la Virgen de los Angeles. El santuario era entonces un amplio galerón de madera ya que el templo (como prácticamente toda la ciudad) había sido destruido por el terremoto de mayo de 1910 que solamente dejó media docena de casas en pie.
Alberto Mata Oreamuno.
(1904-1996)
Con sincera admiración y profundo afecto, menciona uno por uno los nombres de todos los paulinos alemanes que vinieron a Costa Rica. Aquellos religiosos eran serios, severos, estrictos, estudiosos, trabajadores, austeros y cultos. Hablaban varios idiomas y constantemente hacían gala de tener una memoria prodigiosa. No solo porque citaban la Sagrada Escritura, los cánones y las sentencias de los Padres y Doctores de la Iglesia sin consultar ningún libro, sino porque se sabían los nombres y los apodos de cada uno de los estudiantes de la secundaria y de los mayoristas. Cuando felicitaban a algún estudiante, lo llamaban por el nombre, pero cuando lo regañaban lo llamaban por el apodo. Tenían además un sexto sentido para darse cuenta de todo lo que ocurría dentro del Seminario. Una vez, en la biblioteca donde hacían la tarea, un estudiante cometió una falta de urbanidad (con ruido y mal olor) y el padre Felipe Vetter, desde el otro extremo del salón, señaló al responsable y le gritó: "Pezuña, ¡No sea cochino!"
El rector, padre José Ohlemüller, era una verdadera eminencia pero, en sus últimos años, ya senil, decía incongruencias. Una vez, un sacerdote joven se atrevió a mencionar el deterioro mental del padre Ohlemüller y el padre Wilhelm Hennicken, al oírlo, le espetó: "El padre Ohlemüller leyó y estudió muchísimo durante toda su vida, así que esté tranquilo porque eso no le va a pasar a usted."
Además del Seminario, había paulinos alemanes en distintos puntos del país. Dos residían permanentemente en Talamanca y otros dos estaban a cargo de todo el territorio de la actual diócesis de San Isidro de El General. El vicariato apostólico de Limón fue confiado también a ellos porque la Misa, que se celebraba en latín, tenía tres homilías: una en español, otra en inglés y otra en francés. El hecho de que sacerdotes tan bien preparados con títulos de prestigiosas universidades europeas se hubieran trasladado como misioneros a los lugares más remotos de Costa Rica fue siempre una gran inspiración para los seminaristas.
En cuanto al clero local, se menciona que, curiosamente, siempre han habido curas con el mismo apellido. Simultáneamente hubo tres Badilla, tres Volio que eran hermanos, tres Valenciano que eran primos, cuatro Zúñiga y cuatro Mata. Las anécdotas que se cuentan de ellos son bien divertidas. El padre Rafael Badilla era lo que podría llamarse un cura maicero. Párroco rural, le predicaba a los campesinos en su propio lenguaje porque él también era uno de ellos. En aquellos tiempos había unas ollas de hierro o de barro que, para manterlas estables sobre la leña del fogón, tenían tres patitas diminutas que eran como picos. Una vez el sermón del padre Badilla fue interrumpido por el llanto de un recién nacido y, para indicarle a la madre que lo amamantara, le gritó desde el púlpito: "¡Dale la pata de olla!"
Francisco de Paula Castillo Arcas, uno de los tres Castillos, era un sacerdote andaluz dicharachero y que tocaba la guitarra, que fue párroco de San Rafael de Oreamuno. Allí encausó y alentó la vocación de un jovencito llamado Víctor Manuel Sanabria Martínez. Cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo, el padre Castillo se jactaba de que, gracias a él, la Iglesia costarricense había llegado a tener tan brillante prelado. Sin embargo, Monseñor Sanabria, medio en broma medio en serio solía decir: "En el clero tenemos tres Castillos, pero de los tres no se hace un rancho."
Beato Fray Remigio de Papiol.
(1885-1937)
Naturalmente, no todo el libro está escrito en clave humorística. Verdaderamente emotivo es el recuerdo de Fray Remigio de Papiol, sacerdote capuchino al que el Padre Mata le servía de monaguillo cuando era niño. Ver de cerca el recogimiento con que el fraile celebraba la Santa Misa fue uno de los grandes estímulos que despertaron su vocación sacerdotal.
Nacido en Barcelona en 1885 con el nombre de Esteban Santacana Armengol, Fray Remigio de Papiol ejerció su ministerio en Filipinas, México, Bluefields en Nicaragua, Colón en Panamá y Cartago en Costa Rica. Compañero suyo de viaje fue el hermano Fray Casiano de Madrid, que acabó desarrollando una gran obra social en Puntarenas. Fray Remigio regresó a España y, tras haber ingresado durante un breve período a la Orden Cartuja, acabó residiendo en Madrid.
Cuando el padre Mata fue ordenado, le escribió comunicándoselo y Fray Remigio le respondió que rezaba constantemente por su monaguillo. Fray Remigio de Papiol murió mártir en 1937, víctima de la represión contra la Iglesia durante la Guerra Civil Española y fue beatificado por el Papa Francisco el 21 de noviembre de 2015.
En cuanto a datos importantes para la historia de Costa Rica, el libro reproduce la homilía que pronunció el padre Alfredo Hidalgo (reconocido calderonista) en el Te Deum cantado a propósito de la instalación de la Junta Fundadora de la Segunda República presidida por don José Figueres y que acabó generando un serio disgusto entre Monseñor Sanabria y el gobierno.
Monumento a Mons. Alberto Mata Oreamuno
en los jardines del Templo Parroquial de
Guadalupe de Goicoechea.
Sorprendente es la revelación de que Monseñor Carlos Gálvez, nacido en 1910, cuando tenía apenas nueve años de edad, mientras jugaba con sus amiguitos en una acera de Barrio Amón, fue testigo del asesinato del General Joaquín Tinoco y, por ser el mayor de los niños allí presentes, lo llamaron a brindar declaración ante el juzgado.
Las menciones que el padre Mata hace de su familia son en verdad conmovedoras. Último hijo de una familia numerosa, cuenta que nunca pudo ver sano a su padre, el poeta Félix Mata Valle, quien era abogado, fue diputado en varias oportunidades y pronunció un poema escrito por él mismo en el funeral del obispo Bernardo Augusto Thiel ya que, desde que tuvo memoria, ya su padre yacía postrado por el cáncer que, lentamente, acabó con su vida.
Don Félix Mata Valle le hizo la declaración de amor a la que sería su esposa, doña María Josefa Oremuno Ortiz, por medio de una carta. El libro reproduce el texto de la misiva, de octubre de 1878, en la que el joven enamorado le confiesa que desde hace tiempo la admira, que ha llegado a amarla y que fuera de ella no encuentra cómo llenar su alma y hacer latir su corazón. Le confiesa que es pobre pero que nunca le ha huido al trabajo y que sabe cuánto cuesta la vida como para alcanzar, no la riqueza, sino al menos cierta comodidad. Insiste en que no quiere incomodarla y se despide pidiéndole que disculpe su atrevimiento.
Al final viene el breve discurso pronunciado por el padre Mata el 24 de abril de 1988 en la inauguración del monumento que el pueblo de Guadalupe de Goicoechea erigió en su honor en los jardines del templo cuando era párroco don Oscar Fernández, quien luego sería obispo de Puntarenas. Aunque al principio se opuso a la idea, acabó aceptando el homenaje de la comunidad citando, eso sí, un versículo de Evangelio de San Lucas: "Siervos inutiles somos y hemos hecho lo que debiamos."
Por más cuidada que esté la edición, inevitablemente todos los libros tienen erratas, dedazos o palabras mal escritas. Guardo mi ejemplar con mucho cariño porque lo recibí directamente de las manos del padre Mata quien, antes de dármelo, corrigió con un lapicero los pequeños errores que se le habían escapado.
INSC: 1466

sábado, 1 de abril de 2017

Memorias del capitán Otto Escalante.

Memorias del Capitán Otto Escalante.
Un capítulo sobre la historia de la
aviación en Costa Rica. Ana C. Fonseca.
Guayacán, Costa Rica, 2007.
Por lo general, cuando los abuelos entretienen a sus nietos con relatos de su vida, lo hacen cómodamente sentados en un sofá, pero cuando el capitán Otto Escalante Wiepking compartía sus andanzas y aventuras con su nieta, Ana Fonseca, lo hacía dentro de la cabina de una avión en pleno vuelo.  Desde niña lo acompañó en sus viajes y escuchó sus historias, hasta que, ya siendo adulta, puso manos a la obra y las recopiló por escrito.
Memorias del Capitán Otto Escalante, un capítulo sobre la historia de la aviación en Costa Rica, es un libro tan agradable como revelador, que recoge, además de episodios personales y familiares, un valioso testimonio histórico sobre la guerra civil de 1948 así como un recuento del nacimiento, crecimiento y posterior desaparición de LACSA, Líneas Aéreas Costarricenses S.A.
Aunque la labor de Otto fue fundamental en el desarrollo de la aviación costarricense, no se le puede considerar dentro de los pioneros de la actividad, ya que pertenece a la tercera generación de pilotos del país. El primer aviador costarricense fue Tobías Bolaños Palma, quien se formó y ejerció en Francia entre 1916 y 1920. Tras sufrir un aparatoso accidente en que perdió una pierna, regresó a Costa Rica donde voló una única vez con tan mala fortuna que aterrizó en la copa de un árbol. Sobrevivió, pero no volvió a pilotear nunca.
Ya en la década de los años treinta hubo nuevos aviadores como Guillermo Núñez Umaña, Tobías Carrillo, Oscar Arana y Román Macaya.
Otto nació el 26 de octubre de 1921, minutos después de su hermana Olga. Los gemelos eran los primogénitos de Francisco Escalante y Eduviges Wiepking. La madre de Otto era alemana y trabajó como secretaria de don Carlos Kitzing y don Eberhard Steinvorth.
En 1928, con tan solo seis años de edad, vio a Charles Lindberg aterrizar en La Sabana. La primera vez que voló fue a los catorce años, también desde La Sabana, donde un aviador, a cambio de cinco colones, llevaba a los niños a dar una vuelta sobre San José.
Durante sus estudios en el Colegio Seminario, Otto hizo gran amistad con Gil Chaverri, Jorge Rossi, Danilo Jiménez Veiga y Daniel Oduber Quirós, pero no tenía claro que hacer con su futuro. Leía ávidamente novelas de aventuras y libros de filosofía y astronomía sin acabar de decidirse por una profesión. Eran los años de la II Guerra Mundial y un aviso en el periódico anunció que el gobierno de Estados Unidos ofrecía becas para formar pilotos de aviones. De los postulantes, solamente fueron aceptados Otto Escalante y Juan Victory Blanco, quienes partieron a Albuquerque, Nuevo México, de donde regresaron ya graduados.
Empezó haciendo viajes locales pero ya en 1943 realizó sus primeros vuelos internacionales a Tegucigalpa y New Orleans.
El 20 de mayo de 1944, contrajo matrimonio con María Cecilia Herrera Romero en la Iglesia del Carmen. Ofició la boda el padre Mariano Zúñiga, hermano del padre Ricardo Cayito Zúñiga. Ese día, cuenta Otto, por lo nervioso que estaba, se tomó el primer trago de su vida. El matrimonio tendría cuatro hijos, un varón y tres mujeres.
Aunque votó por el Dr. Calderón Guardia, pronto se desencantó de su gobierno. En las elecciones de 1944 fue cortesista y, dos años después, a la muerte de don León Cortés, desde una pequeña avioneta arrojó flores sobre el cortejo fúnebre.
En 1948, Frank Marshall lo contactó para una importante misión. El Dr. Arévalo, presidente de Guatemala, estaba dispuesto a facilitar armas a don José Figueres, pero se ocupaba un piloto que fuera a traerlas. Otto aceptó el encargo y el 12 de marzo, en cuanto las fuerzas rebeldes tomaron San Isidro del General, secuestraron un avión en el que partió de inmediato. Cuando llegó a Guatemala tuvo algunos inconvenientes debido a que el asunto no estaba del todo bien coordinado. El plan era tan secreto que nadie sabía de qué se trataba y Otto estuvo preso por unas horas. Una vez aclaradas las cosas, regresó con el primer cargamento de armas y oficiales. Trajo a dos dominicanos, seis hondureños y un nicaragüense, todos ellos militares de experiencia, que venían a brindar apoyo logístico a don Pepe. Uno de los hondureños, por cierto, se llamaba Francisco Morazán.
Durante las pocas semanas de conflicto, Otto realizó en total treinta viajes a Guatemala para traer armas y municiones. Tanto de ida como de vuelta tenía el cuidado de no pasar sobre Nicaragua, ya que Anastasio Somoza apoyaba a Calderón y a Picado.
También le correspondió a Otto bombardear Dominical y Puerto Cortés, donde las tropas del gobierno estaban reuniéndose con la esperanza de recuperar San Isidro. El gobierno también bombardeaba las tropas figueristas desde el aire con un DC 3 piloteado por un canadiense, que fue derribado el 1 de abril y cayó en las cercanías de San Ramón.
Fue Otto quien transportó las tropas que tomaron Limón y quien trajo a Gonzalo Facio y Daniel Oduber, que se encontraban fuera del país, al lado de don Pepe.
En 1955, le correspondió llevar tropas a Liberia para repeler la invasión procedente de Nicaragua y en 1959 transportó armas a Cuba para la guerrilla de Fidel Castro.
Otto Escalante Wiepking. (1921-2013).
El relato de estas aventuras militares es en verdad cautivador, pero el verdadero aporte de Otto Escalante a la aviación costarricense estuvo en el campo comercial. TACA (Transportes Aéreos de Centro América), fue fundada en Honduras, en 1931, por el neozelandés Lowell Yerex. Una vez terminada la II Guerra Mundial, Pan American Airways, para debilitar a TACA, se puso a fundar compañías aéreas nacionales: AVIATECA en Guatemala, SAHSA en Honduras, LANICA en Nicaragua, LACSA en Costa Rica y COPA en Panamá. LACSA fue fundada el 5 de octubre de 1945. Las acciones estaban repartidas en un cuarenta por ciento de PanAm, un veinte por ciento del Estado costarricense y el otro cuarenta por ciento para ser vendido entre inversionistas particulares. Con el paso de los años, el Estado llegó a tener hasta un treinta y tres por ciento de participación.
Otto empezó a trabajar en LACSA desde que se fundó. En 1958 llegó a ser subgerente y, desde 1960 hasta su retiro en 1989, ocupó la gerencia general. 
Durante el gobierno de su compañero de secundaria, Daniel Oduber Quirós, se planteó la intención de estatizar LACSA. Otto se opuso. De hecho, junto con Bruce Masís, Francisco Urbina, Carmen Naranjo y otros liberacionistas, formó el colectivo Acción Patria, que alertaba sobre el gigantismo estatal y la corrupción que, además de creciente, se estaba volviendo descarada. LACSA necesitaba capitalizarse, pero era difícil lograrlo. El mismo Otto cuenta que una vez fue a visitar a un rico cafetalero para invitarlo a invertir en LACSA, pero la respuesta que obtuvo fue: "Prefiero tener un billete de mil amarrado a una mata de café, que uno de cincuenta pegado al ala de un avión." 
PanAm estaba también en apuros y acabó regalando su participación en LACSA. Para 1990, la compañía estaba en manos de consorcios japoneses y no mucho después desapareció, como desaparecieron todas las líneas aéreas nacionales centroamericanas, que pasaron a ser del grupo TACA, con la excepción de COPA, que acabó siendo parte de Continental.
De 1993 a 1996, Otto fue asesor de AEROCOSTARICA pero, por diversos motivos la empresa no pudo crecer ni sostenerse.
En 1986, Otto fue nombrado embajador en Alemania, pero no asumió el puesto. Desempeñó cargos directivos en Coopesa y el Consejo Técnico de Aviación Civil.
El libro está lleno de datos sorprendentes. El primer aeropuerto que tuvo Costa Rica estuvo localizado en Chomes, Puntarenas, y funcionó de 1927 a 1931. Fue relevado por el de Lindora, que operó de 1931 a 1936. Durante la administración de León Cortés entró en funcionamiento el aeropuerto de La Sabana y en la de Otilio Ulate, el aeropuerto internacional Juan Santamaría. Estos datos son de dominio general. Lo que es poco conocido es que en la primera mitad del siglo XX, ante la falta de carreteras, el transporte aéreo era mucho más utilizado que en nuestros días. En Guanacaste había veintisiete pistas, en Limón cinco, en San Carlos doce, en el Valle del General siete y en el Pacífico sur nueve.
También, por supuesto, el libro está lleno de revelaciones personales. La que más me llamó la atención fue que a Otto, nunca lo trataron de don. Sus amigos, familiares y compañeros de trabajo lo llamaban por su nombre y hasta sus hijos y sus nietos lo llamaban simplemente Otto.
Poco después de haber leído el libro, me encontré por casualidad con Anita Fonseca. La felicité por haber escrito las memorias de su abuelo y me atreví a preguntarle por un incidente que esperaba encontrarme pero fue omitido. "No logro precisar el año, pero recuerdo que un avión comercial, uno de los grandes, se le salió de la pista y hasta apareció en el periódico, días después, una foto de tu abuelo en el hospital." Anita se encogió de hombros. "Otto no lo mencionó", me dijo. Y luego, con una gran sonrisa, agregó: "Tal vez no era algo que quisiera recordar."
El libro de memorias de Otto Escalante fue publicado en 2007. Otto murió el 28 de diciembre de 2013. Francamente espero que otros abuelos tengan, como él, la fortuna de que un nieto recopile las historias que le cuenta.
Además de la bandera costarricense, los aviones de LACSA, durante un tiempo
tenían pintada una rueda de carreta.

INSC: 2349

sábado, 3 de septiembre de 2016

Pío II: Único Papa que escribió sus memorias.

Así fui Papa. Pío II. Antonio Castro
Zafra. Argos Vergara. España. 1980.
Eneas Silvio Piccolomini (1405-1464) escribió alrededor de veinte libros sobre historia y geografía. Su obra Cosmografía, en la que consigna la ubicación de los continentes y la posición de los astros en el firmamento, llegó a ser un documento de consulta fundamental para los cartógrafos y navegantes de su tiempo. En la biblioteca de Cristóbal Colón, el ejemplar de la Cosmografía de Piccolomini estaba lleno de anotaciones escritas a mano en los márgenes y totalmente arrugado por el repaso constante. 
Piccolomini se ocupó también de otros temas: escribió un tratado sobre la importancia de la enseñanza de la gramática, un largo texto sobre Europa, libros de viajes por Escocia y Alemania, la biografía de Federico III, un par de obras de teatro y una novela amorosa.
Su vida fue tan diversa como su obra literaria. Estudió los clásicos latinos, fue poeta laureado, diplomático, secretario de un antipapa, de un emperador y de un papa. Nunca se casó, pero se sabe que tuvo dos hijos, uno en Escocia y otro en Estrasburgo, Francia. Se tiene constacia que el niño francés murió a los ocho años de edad pero no se sabe nada del escocés.  
Muy joven, al escuchar la predicación de San Bernardino de Siena, Eneas Silvio creyó sentirse llamado a la vida religiosa, pero el propio San Bernardino, que conocía bien la debilidad del muchacho por las mujeres, lo hizo desistir de la idea de ordenarse. Sin embargo, tras haber culminado una carrera exitosa como humanista, erudito y diplomático, Eneas Silvio optó por el sacerdocio. En seis semanas pasó de diácono a Obispo y, para hacer el cuento corto, en apenas doce años pasó de laico a Papa.
Al ser electo Romano Pontífice, en agosto de 1458, cuando le preguntaron cómo quería ser llamado, Eneas Silvio recordó que en la Eneida de Virgilio, su libro favorito, se llamaba Pío Eneas al protagonista y, por ello, decidió llamarse Pío.
La tarea que tenía al frente, como papa, no era nada sencilla. Los príncipes europeos se hacían la guerra constantemente y había que saber manejar bien las alianzas para evitar conflictos mayores, la curia romana era un centro de corrupción en que nadie confiaba en nadie, los obispos y el clero llevaban una vida disoluta y poco ejemplar y, para completar el cuadro, Constantinopla acababa de ser tomada por los musulmanes. Varios papas habían intentado, sin éxito, detener el avance islámico, establecer la paz entre las naciones europeas y emprender la reforma de costumbres. Pío II tampoco lograría avances significativos en ninguno de esos campos pero, al igual que sus antecesores, al menos lo intentó. 
Aunque los asuntos que debía atender eran muchos y muy complicados, Pío II encontró tiempo para dictar en latín unos apuntes autobiográficos a los que llamó Commentarii rerum memorabilium quae temporibus suis conigerunt (Comentarios de cosas memorables que ocurrieron en su tiempo). Dos semanas antes de su muerte, el papa revisó sus Commentarii y, tras aprobarlos, dispuso que no fueran publicados hasta que hubieran transcurrido cien años de su fallecimiento.  Según explica él mismo, lo único que pretendía al dejar escritas sus memorias era que quienes estudiaran su pontificado tuvieran su versión de los hechos para poder comprenderlos mejor.
Dejó escrito: "Si con la muerte se acaba todo, en nada puede ayudarme la fama del mundo. Si después de abandonar el peso del cuerpo seguimos viviendo, en la desgracia suprema no habrá placer alguno, ni siquiera el de la fama, y en la felicidad del cielo nadie crece por los elogios de los hombres."
Recuerda a sus padres Silvio y Vittoria, quienes tuvieron dieciocho hijos, pero nunca tuvieron vivos más de diez y, al final, solamente llegaron a ver adultos a tres: a Eneas Silvio y a sus hermanas Laudomia y Catalina. 
Cuarto hijo de un noble arruinado, Eneas Silvio pasó toda su infancia y juventud cultivando la tierra. Siendo niño, se dio un fuerte golpe en la cabeza, al que su familia atribuyó el despertar de una inteligencia prodigiosa. Su padre, que supo lo que era tener una gran fortuna y perderla, le aconsejó que estudiara todo lo que pudiera. "La cultura es un tesoro que nadie podrá arrebatarte", le dijo.
Luego de trabajar en los cultivos, el joven Eneas Silvio se aprendía de memoria los textos de Cicerón y Virgilio. Luego estudió a Terencio, Ovidio y Plauto hasta llegar a dominar a la perfección el latín.
Su padre, su maestro y su párroco le daban lecciones, pero los conocimientos de estos tres personajes tenían un límite al que el joven estudiante se aproximaba aceleradamente por sus ansias de saber. Aunque era el único hijo varón de la pareja, fue enviado a estudiar en Florencia.
Eneas Silvio Piccolomini se tomó el consejo de su padre muy en serio. Llegó a convertirse en una autoridad en Latín, Historia, Literatura, Filosofía, Geografía y Astronomía. Sus servicios eran solicitados por obispos, cardenales, príncipes y el propio Emperador. Sin embargo, Eneas Silvio nunca pudo hacer fortuna. Apenas tenía para ir pasando y cada vez que tenía que gastar sus últimas monedas, no tardaba en aparecer un nuevo encargo. El asunto tampoco lo preocupaba: "No le temo a la pobreza porque estoy acostumbrado a ella".
Su primera visita a Roma, sede de la civilización latina que tanto admiraba, fue una desilusión. En la ciudad eterna encontró más ruinas que edificios. Las casas eran de adobe y los habitantes ponían en las puertas cadenas y palos atravesados por miedo a los ladrones.
Eneas Silvio participó como experto en el Concilio de Constanza, en el que defendió la tesis de que la autoridad del Concilio está por encima de la del Papa. Formó parte también de un complot para secuestrar al Papa Eugenio IV. Luego se integró a la corte imperial y llegó a ser espía en Escocia.
Aunque en sus Commentarii evita brindar detalles sobre su vida privada y oculta episodios escabrosos y aventuras románticas, en algún momento confiesa que no es casto sino, solamente, un poeta. Piccolomini se oponía al celibato y consideraba conveniente y saludable que los sacerdotes tuvieran esposa e hijos.
Papa Pío II.
Pinta una imagen muy negativa del episcopado y del clero de su época, en la que abundaban obispos que ni siquiera residían en sus diócesis, clérigos que no atendían sus obligaciones y altos prelados que solamente se dedicaban a negociar beneficios.
Verdaderamente simpáticas son las páginas en que se refiere a las miserias de la corte. En aquella época no había normas de etiqueta. Al sentarse a la mesa no se sabía qué platos se iban a servir ni en qué orden. Como los sirvientes comían las sobras de los comensales, servían de primero los peores alimentos y los invitados, que no sabían si habría algo más después, se atiborraban de nabos, panes y sopa. Entonces, cuando venían las carnes bien adobadas y las salsas más exquisitas, como ya los convidados se habían saciado quedaba más para la servidumbre. Menciona que la carne de oso se servía con más frecuencia que la de vaca. En aquellos tiempos, las vacas se vendían a precio alto, pero para comer oso bastaba con ir al monte a cazarlo.
El papa Calixto III (Primer papa Borgia), nombró cardenal a Eneas Silvio motivado, en gran medida, por sus dotes intelectuales. Su nombramiento no fue muy bien visto en el Colegio Cardenalicio. "Nada molesta más a un cardenal que el nombramiento de nuevos cardenales", dijo Piccolomini.
A la muerte de Calixto III, era evidente que su sucesor sería el cardenal Doménico Capránica, un hombre culto, devoto, de vida y trayectoria intachable que, sin duda, podría por fin llevar a cabo la reforma que la Iglesia necesitaba con urgencia. Sin embargo, el cardenal Capránica murió repentinamente poco antes de que se convocara el Cónclave. No faltaron los rumores sobre un asesinato planificado y ejecutado a toda prisa.
En sus Commentarii, Piccolomini cuenta todos los detalles del Cónclave de agosto de 1458, incluyendo nombres, números de votos y maniobras desesperadas. De los veintiséis cardenales que formaban el Colegio, solamente dieciocho llegaron a tiempo para ingresar. Eran ocho italianos, cinco españoles, dos franceses, dos griegos y un portugués. Piccolomini iba tranquilo porque no tenía ninguna posibilidad de salir electo. Su vida personal, sus escritos sobre la supremacía del concilio, su afición a autores paganos, su rechazo del celibato y el hecho de ser autor de poemas, obras de teatro y una novela lo descalificaban para el pontificado. Su candidato era el cardenal Felipe de Bolonia y, desde la primera sesión, hizo público su voto y declaró que no iba a cambiarlo.
Para ser electo, se necesitaban dos tercios de los votos, es decir, doce votos. Se hacía una votación y si ninguno de los candidatos obtenía la cantidad de votos requerida, se abría la posibilidad de que los cardenales cambiaran su voto en voz alta. Hubo dos votaciones, ambas con humo negro. Los candidatos principales eran el cardenal de Rouen y el de Bolonia. 
La tercera noche del cónclave, el cardenal de Rouen esperó a cada elector en un lugar al que inevitablemente debían ir en algún momento. Ni más ni menos que en las letrinas. Allí fue convenciéndolos uno a uno de que su elección era inevitable ya que había obtenido la promesa de más de doce votos. Todos cayeron en la trampa y con tal de no quedar mal con el inminente nuevo Papa, fueron a acostarse dispuestos a darle su voto a la mañana siguiente. Piccolomini no fue a las letrinas debido a que estaba inmobilizado por la gota. Cuando la enfermedad se manifestaba, una de sus piernas quedaba totalmente paralizada. Al amanecer, el propio Felipe de Bolonia, su candidato, le informó a Piccolomini que el Cardenal de Rouen iba a ser electo por unanimidad. Ya en la sala del cónclave, Piccolomini tomó la palabra, dijo que el peor pecado que podía cometer un cardenal era escoger un papa indigno y, como quien no quiere la cosa, mencionó las letrinas e invitó a los cardenales a votar de acuerdo con su conciencia. El resultado de la elección fue de tres votos para Felipe de Bolonia, seis votos para el cardenal de Rouen y nueve para Piccolomini.  Dos cardenales que habían votado por Felipe de Bolonia cambiaron su voto por Piccolomini y cuando el cardenal Colonna se puso en pie, los partidario del cardenal de Rouen intentaron sacarlo de la sala para evitar la elección pero justo en la puerta Colonna gritó: "Voto por Piccolomini y lo hago Papa."
Alguien dijo: mundano, poeta, pobre, enfermo y Papa. Y Piccolomini, estupefacto, se echó a llorar. Recuerda que el rostro del Cardenal de Bolonia, su candidato, era el que mostraba mayor felicidad.
Uno de sus adversarios, para congraciarse con el nuevo Pontífice, al momento de felicitarlo le dijo que la única razón por la que no le había dado su voto era por su pierna paralizada. Piccolomini le contestó que ni él mismo tenía un concepto tan alto de su persona. "Al mirarme a mí mismo, encuentro muchos defectos más serios que mi pierna inútil."
Cuando le dieron a escoger joyas de sus predecesores, en son de broma preguntó si podrían traerle alguna de San Pío I, quien había sido Papa del año 140 al 155, cuando la iglesia era perseguida y los pontífices no usaban joyas.
Pío II era cargado en una silla porque no podía
caminar. El uso de la sede gestatoria se man-
tuvo por más de quinientos años. El último
papa en usarla fue Juan Pablo I en 1978.
El día de su coronación, la multitud se tiró sobre él y estuvo a punto de caer del caballo. El dolor de su pierna enferma era en ocasiones tan intenso que le impedía caminar, por lo que empezó a desplazarse en una silla cargada en hombros. Como elevado sobre las cabezas de los fieles, el Papa lucía visible e imponente, la costumbre de la entrada en un trono portátil se mantuvo por más de quinientos año. El último papa en usar la sede gestatoria fue Juan Pablo I en 1978.
En los Commentarii, Pío II se refiere en detalle a los asuntos que le tocó atender como Pontífice. Menciona que cuando era nuevo en el cargo, confiaba en sus colaboradores y firmaba cuanto documento le pusieran al frente. Luego descubrió que en muchos casos las resoluciones no se fallaban de acuerdo con estudios rigurosos sino por la cantidad de dinero recibido de las partes interesadas. Con cierta amargura confiesa que en toda la curia contaba apenas con seis personas de su absoluta confianza y que los cardenales, quienes supuestamente debían ser sus colaboradores más cercanos, se conviritieron en su mayor pesadilla. Ya como Papa, tuvo una perspectiva más amplia y detallada de la corrupción del clero. Recibió un informe sobre el superior de una orden religiosa que prostituía las vírgenes consagradas. "Apenas suelta una, toma a otra", decía el documento. La correspondencia con los monarcas no era respetuosa. Todos se mostraban arrogantes y caprichosos. Los obispos y los clérigos en general eran vanidosos e ignorantes y de no ser por las intrigas que urdían unos contra otros, se pasaban la vida sin hacer nada. Pío II trató de entender su época. Estudió a fondo el Islam, que dominaba todo el norte de África, varios reinos de España, la Tierra Santa y hasta la ciudad de Constantinopla. Para referirse a los cristianos que vivían entre los urales y el Atlántico, Pío II empezó a usar una palabra que luego se volvería muy popular: los llamó "europeos".
Naturalmente, el papa Piccolomini creía en Dios, pero no era un hombre muy devoto. Todas las mañanas asistía a Misa, pero muy raras veces la celebraba él mismo. Aún después de su elección como Papa, siguió siendo un filósofo, un humanista. Intentó convocar la novena cruzada para rescatar la Tierra Santa, pero los tiempos de las cruzadas ya habían pasado. Pío II murió en el puerto de Ancona, frente al mar Adriático, cuando se disponía embarcarse con tropas rumbo a Palestina. 
Según la disposición del propio papa, sus Commentarii, debían ser publicados cien años después de su muerte. Ya él había escuchado que en la ciudad alemana de Mainz se había inventado un sistema que permitiría reproducir los libros como si fueran naipes. Se refería a la imprenta de Guttenberg que imprimió la Biblia en 1456 y que ciertamente facilitó la producción editorial. Eneas Silvio Piccolomini nunca llegó a ver un libro impreso. Todos los libros que tuvo eran copiados a mano.
La edición de los Commentarii se realizó tarde e incompleta. En 1584 (ciento veinte años después de la muerte del Papa), el arzobispo de Siena mandó publicar las memorias de Pío II, pero como la obra estaba llena de episodios de corrupción en el clero, la censura eclesiástica suprimió ni más ni menos que dos tercios del original.
En 1980, Antonio Castro Zafra publicó con Argos/Vergara el libro Así fui Papa, basado en los Commentarii de Piccolomini. Esta obra incluye los episodios escabrosos, pero el traductor se tomó más libertades de las convenientes. Piccolomini, al estilo de Julio César, se refirió a sí mismo en tercera persona, pero Castro Zafra, no está claro con qué motivo, cambió el texto a primera persona. Los Comentarios fueron dictados sobre diferentes temas en distintos momentos y Castro Zafra, para facilitar la comprensión, los acomodó en orden cronológico e introdujo fragmentos de otros textos suyos. La lectura de Así fui Papa, es fluida y amena, pero no deja de incomodar el estar leyendo un texto del siglo XV retocado en el siglo XX. El mismo título Así fui Papa, es un gancho de ventas. ¿Quién habría comprado un libro titulado Comentarios de eventos memorables que ocurrieron en su tiempo?
Se conserva un diario del Papa Juan XXIII y numerosas cartas personales de Pablo VI. Juan Pablo II y Benedicto XVI, ya siendo papas, han concedido largas entrevistas en que se han referido a momentos específicos de sus vidas. Algo similar ha hecho el Papa Francisco. Sin embargo, los Commentarii de Pío II constituyen la única autobiografía legada por un Papa a la posteridad. Irónicamente, la versión definitiva fue aprobada por su autor en 1464 y esta es la hora en que aún no se ha publicado una versión íntegra.
INSC: 0341
Eneas Silvio Piccolomini (1405-1464) Papa Pío II de 1458 a 1464.

domingo, 14 de agosto de 2016

Dos libros del Dr. José Enrique Sotela Montagné.

Anécdotas, remembranzas y algo más.
Dr. José Enrique Sotela Montagné.
Mundo Gráfico, Costa Rica, 2006.
El Dr. José Enrique Sotela Montagné no pudo ir a su propia despedida de soltero. Cuando iba a contraer matrimonio con doña Tatiana González Taurel, el Dr. Carlos Manuel Gutiérrez Cañas organizó una fiesta por todo lo alto en su casa, que era ni más ni menos que el Castillo Azul, actual sede de la Presidencia Legislativa. Al llegar a la cita, sin haber puesto un pie dentro de la residencia, recibió el mensaje de que lo ocupaban con urgencia para una cirugía. En aquel tiempo solamente había seis médicos anestesiólogos en el país. Uno estaba de guardia en el San Juan de Dios, otro tenía gripe (razón más que suficiente para no entrar en un quirófano) y los demás estaban fuera de San José. 
"La única razón válida para negarse a participar en una cirugía es estar en otra cirugía", se dijo. Dio la media vuelta y se dirigió a cumplir con su deber. El asunto se complicó y la operación fue terminando a las cinco de la mañana del día siguiente, cuando ya la fiesta en su honor había terminado.
Tuve el privilegio de escuchar esta simpática historia directamente del Dr. Sotela unos cuantos años antes de que la incluyera en su libro Anécdotas, remembranzas y algo más, publicado en 2008. 
Hijo del poeta Rogelio Sotela y de la escritora Amalia Montagné Carazo, el Dr. Sotela Montagné tiene, como sus padres, la habilidad de escribir con fluidez y encanto.
En 1997 publicó Reseña histórica de la anestesia en Costa Rica, un libro de más de cuatrocientas páginas que, aunque de primera entrada pareciera dirigido a un público especializado, es tan interesante y ameno que quien empiece a hojearlo inevitablemente acabará leyéndolo completo. Hacer atractivo un tema muy particular para quienes nunca se habían interesado en él, es un mérito que pocos escritores tienen.
Resulta alentador descubrir que en Costa Rica los avances médicos no tardaban mucho en llegar. La anestesia, elaborada por William Morton, empezó a utilizarse en Masachussets en 1846. Casi inmediatamente su uso se extendió por Europa y, en 1875, apenas veintinueve años después de sus primeras aplicaciones , el Dr. Carlos Durán, médico graduado en Londres, la introdujo en Costa Rica. El Dr. Ricardo Jiménez Núñez, primer costarricense especializado en anestesiología, llegó a publicar un tratado sobre el tema en San José, en 1941. Las salas de recuperación fueron establecidas por el propio Dr Sotela en 1962, apenas diez años después de que John Lundy creara la primera unidad de este tipo en la Clínica Mayo. El Dr. Quirce Morales, fundó por su parte la unidad de cuidados intensivos y el Dr. Andres Vesalio Guzmán Calleja fue quien dio impulso a la especialización en anestesiología. Además de consignar nombres, fechas y acontecimientos, el libro hace un recuento de los cambios en las sustancias utilizadas para dormir al paciente, así como en la evolución de las técnicas y los equipos para aplicarlas.
Reseña histórica de la anestesia en Costa
Rica. Dr. José Enrique Sotela Montagné.
CCSS, Costa Rica, 1997.
Verdaderamente fascinantes son las páginas que dedica a la historia de los anestésicos. Desde que existe la medicina y la cirugía, ha habido esfuerzos por mitigar el dolor de los pacientes. Menciona referencias de indígenas americanos precolombinos tanto como citas de la Odisea. Cita a médicos de Grecia y Roma "SEDARE DOLOREM DIVINUM OPUS EST" (Sedar el dolor es obra divina), tanto como egipcios o asirios, para luego recorrer paso a paso todos los descubrimientos desde la Edad Media hasta la época actual. De la mandrágora aplicada por Dioscórides a Tiberio César, a la esponja soporífera inventada por Teodorico de Luca en 1236, del vitriolo al éter, de la morfina a la anestesia.
Al aplicar la anestesia, el Dr. Sotela dormía al paciente pero, al hablar sobre ella, más bien despierta el interés en el lector. Ahora bien, si con un tema tan especializado, don José Enrique fue capaz de lograr un libro ameno y entretenido, es fácil suponer la verdadera delicia que es su libro de anécdotas y remembranzas.
Empieza recordando que se graduó de bachiller en el Liceo de Costa Rica el 7 de diciembre de 1940 y, el 22 de enero del año siguiente, tomó el avión que lo llevaría a estudiar medicina en la ciudad de México. Compañeros suyos de facultad fueron Longino Soto Pacheco y Fernando Trejos Escalante. Manuel Aguilar Bonilla y Rodrigo Cordero iban más adelantados. La vida de estudiante fue austera pero entretenida. Alojados en pensiones modestas, aquellos ticos que acabaron siendo amigos de toda la vida mantenían una provisión de galletas en la mesita de noche por si les daba hambre a deshoras. El día que recibían el giro mensual amanecían con solamente el dinero del autobús para ir a recogerlo y su principal entretenimiento consistía en jugar futbol el domingo. Rara vez podían ir al cine pero sí tuvieron oportunidad de ver torear a Manolete.
Cuando estaba en tercer año de la carrera, don José Enrique recibió la triste noticia del fallecimiento de su padre, ocurrido en San José, el 13 de julio de 1943. Cuando se enteró, ya se habían realizado los funerales. En todo caso, no habría podido llegar a tiempo puesto que un viaje de México a Costa Rica, en aquellos años, incluso en avión demoraba más de un día debido a las escalas. Gracias a una beca de veinticinco dólares al mes, pudo continuar estudiando hasta graduarse.
Regresó a Costa Rica justo antes de que estallara la guerra civil. Pocos días después de que el asesinato del Dr. Carlos Luis Valverde conmocionara al país, una tropa de asalto, similar a la que había perpetrado aquel crimen, irrumpió en el Hospital San Juan de Dios y don José Enrique, solamente por pedirles a los soldados que tuvieran un poco de consideración y respeto hacia los pacientes, fue arrestado y trasladado a la Penintenciaría. Tuvo el honor, si se puede llamar así, de que en el mismo camión viajara, también como prisionero, don José María Zeledón, el autor de la letra del Himno Nacional, quien trabajaba en un puesto administrativo del hospital.
Aunque los enfrentamientos eran intensos, don José Enrique tuvo siempe claro que su profesión de médico estaba por encima de las pasiones políticas. Se mostró agradecido con el Dr. Calderón Guardia, su colega, quien, cuando era presidente, aprobó la beca que le permitió terminar sus estudios. Trató de cerca a don Otilio Ulate, en plena guerra civil salvó de la muerte a la esposa del líder comunista Arnoldo Ferreto, fue colaborador del gobierno de don Mario Echandi y formó parte del equipo médico que realizó una delicada operación a don José Figueres. También participó en una cirugía a don Walter Olsen, el suegro de don Pepe, realizada cuando el simpático viejito danés contaba ya ciento dos años de edad.
Tengo dedicados los dos libros del Dr. Sotela.
En el libro de anécdotas me escribió: Para don Carlos
Porras Jara, profesor de literatura y filología, quien
"con amor y paciencia" como dijo el poeta
Rogelio Sotela, pero sobre todo con enorme
vocación, logró compilar la obra poética de mi
padre. Afectuosamente, José Enrique Sotela
Abril del 2008/
En la carrera profesional de don José Enrique hubo grandes éxitos así como momentos dolorosos. Participó en el primer trasplante de riñón realizado en Centroamérica y formó parte del equipo médico que, en 1965, viajó a Honduras para atender a los pasajeros del accidente de autobús en que perdieron la vida treinta y un personas.
Pero más que en su experiencia como médico, el libro de anécdotas y semblanzas se ocupa, principalmente, de historias simpáticas y jocosas. Recuerda cuando llegó, a las dos de la tarde, a un remoto puesto fronterizo entre México y Guatemala y el único oficial a cargo en aquella lejanía se negaba a dejarlo pasar. Muy gentilmente, como era su estilo, don José Enrique le señaló el aviso que decía que la frontera se abría a las seis de la mañana y se cerraba a las seis de la tarde y el uniformado, sin inmutarse, simplemente le respondió: "Pos pa mí ya son las seis."
También cuenta cómo a veces las buenas acciones tienen recompensas inesperadas. Una vez, cuando fue a recoger a su esposa al aeropuerto, se ofrecieron a traer a San José a Moe Morton, un norteamericano que viajaba solo y que venía a hacer negocios a Costa Rica. Mientras Mr. Morton estuvo en el país, don José Enrique y doña Tatiana, además de presentarlo ante el presidente Francisco Orlich y al Ing. Claudio Volio Guardia, gerente del Banco Anglo Costarricense, le sirvieron de guías y asesores. Para corresponder a las atenciones recibidas, Mr. Morton invitó al Dr. Sotela y a su esposa a California, donde, para agasajarlos, los llevó al estreno de Motín a Bordo, en el que tuvieron la oportunidad de conocer a Marlon Brando y, como si eso fuera poco, terminaron la noche cenando con Kirk Douglas.
Además de su profesión de médico y su labor como conferencista internacional en foros especializados, don José Enrique prestó sus servicios a diversas instituciones de manera altruista y desinteresada. Cuando don Mario Echandi lo nombró miembro de la misión diplomática especial que asistiría al sesquicentenario de la independencia de México, tanto él como todos los demás miembros del grupo cubrieron con sus propios medios los gastos del viaje. Presidió la Junta Directiva del Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados sin cobrar dietas. Su afán de servir al país no respondía al deseo de obtener ganancias materiales sino al de contribuir con su aporte al bienestar general. Como esa actitud, lamentablemente, no es muy común, hubo quienes no la comprendieron.
Cuando se creó la Facultad de Medicina de la Universidad de Costa Rica, el Dr. Sotela fue uno de los profesores fundadores. A los pocos años hubo un cambio en el plan de estudios y los cursos que impartía don José Enrique, que estaban en primer año, pasaron al final de la carrera. Como consecuencia, se generó un largo paréntesis en su actividad docente. Los estudiantes que ingresaron con el plan viejo ya habían aprobado la materia y los de nuevo ingreso no tendrían que cursarla hasta el final de su carrera. Es decir, el Dr. Sotela, por su nombramiento de profesor en propiedad, estaría tres años recibiendo un sueldo de la Universidad sin impartir ningún curso. Aunque la situación era accidental e involuntaria y estaba dentro de lo legal, don José Enrique, por principio, se negó a recibir dinero a cambio de nada y cada mes donó a la Facultad de Medicina el sueldo que recibía como profesor. Esta acción, verdaderamente noble y admirable, lejos de generar aplausos, provocó un conflicto con las autoridades administrativas universitarias. La mentalidad cuadrada de los burócratas que llegan a las instituciones públicas a ver qué logran obtener en su provecho, fue incapaz de comprender el gesto de un aténtico caballero.
15 de mayo de 2008. Presentación del libro Poesía completa de Rogelio Sotela.
Preside el recinto el retrato del poeta Rogelio Sotela. A la izquierda, el Dr. José
Enrique Sotela y el escritor Alfonso Chase. A la derecha, don Hiram Sotela y el
poeta Mauricio Molina. Don José Enrique y don Hiram, hijos del poeta. Alfonso
y Mauricio fueron los presentadores del libro.
Rogelio Sotela (1894-1943), el padre de don José Enrique, es uno de los poetas costarricenses que más admiro y cuando, en el año 2000, me puse a recopilar su obra poética completa, tuve el placer de conocer y tratar de cerca a los hijos suyos que aún vivían. Todos ellos apoyaron mi iniciativa, pero con quienes me reuní con mayor frecuencia durante el proceso de recopilación de datos y textos fue con don José Enrique, su hermano don Hiram y su sobrina Marlen Sotela Borbón. Cuando, tras una espera que se prolongó más de lo esperado, el libro Poesía Completa de Rogelio Sotela salió publicado, don José Enrique me obsequió una hermosa pluma que conservo como uno de mis tesoros más preciados.
José Enrique Sotela Montagné nació el 15 de junio de 1922 y murió el 2 de agosto de 2016. Unas semanas antes de su muerte, el Colegio de Médicos y Cirujanos de Costa Rica, a propósito del aniversario número 75 de su fundación, le había tributado un homenaje por ser el miembro más antiguo de la institución.
La última vez que hablé con él fue en marzo, a cuatro meses de su fallecimiento. Amable, cortés y elegante, en nuestra breve conversación, que sería la última, hizo gala, como de costumbre, de su agudo ingenio y su extraordinario don de gentes. Cuando alguien como don José Enrique se va, uno lamenta no haberlo frecuentado más, pero queda agradecido por el privilegio de haberlo conocido de cerca. Repasar sus libros es, a partir de ahora, la única manera de seguir en contacto con el pensamiento, la cultura y el ameno verbo de este hombre que hizo tanto por el desarrollo de la medicina y del país en general.
INSC: 1667 2126
El último acto público en que participó el Dr. Sotela Montagné fue el homenaje
que le tributó el Colegio de Médicos por ser su miembro más antiguo. A sus noventa
y cuatro años de edad, el Dr. Sotela disertó ante sus colegas sobre lo fundamental
de la ética y el espíritu de servicio en el ejercicio de la medicina.
Foto tomada de Revista Costa Rica, número 113, 2016.


jueves, 21 de julio de 2016

Memorias del liceísta Walter Hernández Valle.

Años de primavera. Memorias de un
liceísta. Walter Hernández Valle.
Editorial Costa Rica, 2002.
En su libro Años de primavera, Walter Hernández Valle, repasa sus tiempos de estudiante en el Liceo de Costa Rica durante la década del cuarenta y, además de lo estrictamente personal y anecdótico, brinda un retrato íntimo sobre el San José de entonces.
La etapa de la secundaria suele dejar recuerdos imborrables que, con el paso de los años, acaban siendo evocados con nostalgia. Uno podría preguntarse si esa nostalgia guarda relación directa con el colegio en que se estudió o si se refiere más bien a la edad en que se pasó por las aulas. Como a la enseñanza media se entra siendo casi un niño y se sale siendo casi un adulto, muchas de las experiencias que se viven durante ese periodo acaban siendo determinantes en la vida.
Con tono bastante comedido y un sentido del humor más bien discreto, los veintiún relatos que incluyó Walter Hernández Valle en su libro se refieren a acontecimientos verdaderamente memorables que le tocó protagonizar o presenciar durante los cinco años transcurridos entre su primer día de clases en el Liceo y su graduación de bachiller.
La distancia de los años siempre es saludable en este tipo de libros y, a decir verdad, el autor esperó un tiempo más que prudencial para publicar el suyo. Hernández Valle estudió en el Liceo de Costa Rica de 1945 a 1949 y sus memorias aparecieron publicadas en el año 2002, cuando el Liceo, la ciudad, el país y el mundo eran totalmente distintos a los de sus tiempos de estudiante. 
El mundo, en aquel entonces, acababa de salir de la II Guerra Mundial. Costa Rica vivía graves conflictos políticos que desembocaron en una guerra civil. La ciudad de San José no pasaba de ser un pueblo grande en que las casas mantenían abierta, durante todo el día, la puerta de la calle. Y el Liceo, como era la única institución pública de enseñanza media para varones en la capital, recibía en sus aulas a jóvenes de familias ricas y pobres, a costarricenses por los cuatro costados y a hijos de inmigrantes recién llegados, a josefinos de los barrios cercanos y a muchachos de zonas alejadas como eran entonces Desamparados o La Uruca.
El uniforme gris, que aún se mantiene, incluía una chaqueta de solapa cruzada y botones metálicos y, además, un quepis. El libro empieza por allí, por el recuerdo del pantalón nuevo bien planchado y de las manos de su padre enseñándole a hacer el nudo de la corbata.
Pero más allá de los detalles nostálgicos y anecdóticos, salta a la vista el respeto con que la institución era vista en aquel entonces. El director del Liceo, don Alejandro Aguilar Machado, impresionaba a los estudiantes con su elevada oratoria. Los profesores eran figuras respetadas tanto dentro como fuera de las aulas. Uno de los más estrictos, según el libro, era el de Biología, don Joaquín Felipe Vargas Méndez. Cuenta don Walter que, al iniciar sus estudios de Medicina en Buenos Aires, se sorprendió al percatarse que prácticamente todos los contenidos de diversas materias ya los dominaba gracias a las clases de don Joaquín en la secundaria. A pesar de que abundaban las travesuras juveniles, los estudios se tomaban muy en serio. La caballerosidad era considerada tan importante como las calificaciones y los profesores inculcaban a los estudiantes valores altruistas y maneras correctas a todas horas, tanto con la palabra como con el ejemplo.
Entre los veintiún relatos independientes que conforman el libro, hay algunos verdaderamente memorables, como el de la persecución en bicicleta, desde el Liceo hasta Barrio México, para atrapar a quien había robado un timbre de bicicleta. Lo irónico del caso es que como el ladrón, naturalmente, iba a la cabeza del grupo, el mismo timbre robado le servía para abrir el paso.
Otras páginas simpáticas son las que recuerdan los apodos de los compañeros, la fundación del Deportivo Saprissa o la célebre rifa de un reloj de lujo en que, con mucho tacto y cortesía, quedó demostrada la solidaridad entre compañeros. Cuando Fernando Altmann Ortiz, que había obsequiado el reloj, anunció el número ganador, nadie reclamó el premio. Al revisar la lista, Altmann descubrió que ese número no se había vendido pero, en vez de repetir el sorteo, anunció que, según la lista, el ganador era fulanito de tal, un compañero tan pobre que ni siquiera había comprado un boleto de la rifa. El favorecido trató de decir que había un error, pero Altmann logró hacer que mantuviera silencio y aceptara el regalo. El asunto se trató con tal delicadeza y discreción, que los demás compañeros acabaron enterándose de lo sucedido medio siglo después, en la asamblea en que celebraron los cincuenta años de su graduación.
Quizá la historia más conmovedora e interesante sea Amores de estudiante. Con semejante título, uno podría suponer que se trata simple y llanamente del típico noviazgo entre adolescentes, es decir, un romance inocentón sin mayores complicaciones, pero la historia que se cuenta (con nombres ficticios por respeto a los protagonistas), fue realmente grave.
Como es fácil de suponer, él estudiaba en el Liceo de Costa Rica y ella en el Colegio de Señoritas. Se enamoraron bailando boleros en las melcochas y pronto llegaron a la conclusión de que no podían vivir el uno sin el otro. El muchachito, imberbe aún, llegó a la casa de su novia  a pedir su mano. Con voz todavía de niño, le manifestó a sus suegros que estaba dispuesto a dejar el Liceo para ponerse a trabajar y, ya casado, continuar estudiando de noche. Los padres de la muchacha no solo desairaron al pretendiente sino que le prohibieron a su hija cualquier contacto con él. 
Los enamorados, entonces, decidieron fugarse. Ella hizo los arreglos necesarios con una amiga que vivía en Puntarenas y ya estaba sentada al lado de su novio en el tren cuando llegó el papá furioso y se la llevó arrastrada para la casa luego del inevitable escándalo. El plan no se cumplió porque la amiga del puerto, para avisar que ya todo estaba listo, envió un telegrama que fue recibido por el padre de la novia. Para evitar intentos similares en el futuro, la muchacha fue enviada a California. El galán de la historia también acabó en el extranjero, pero bastante lejos de su amada. Nunca volvieron a verse, él se casó unos años después pero ella murió soltera.
El libro hace mención, por supuesto, a la compleja situación política de Costa Rica en los años cuarenta con una perspectiva sin lugar a dudas valiosa. El propio año en que el autor obtuvo su bachillerato, fue promulgada la Constitución de 1949. El padre de don Walter, el periodista Rubén Hernández Poveda, publicaba diariamente la crónica de las sesiones de la Asamblea Constituyente que luego recogió en el libro Desde la barra. 
Además de hechos sumamente conocidos y comentados sobre los gobiernos del Dr. Calderón Guardia y el Licenciado Teodoro Picado, el libro menciona acontecimientos minúsculos, casi domesticos, sobre los cuales, de no haber sido por esta obra, no nos habríamos enterado nunca.
Eso es lo valioso de la literatura testimonial, que recoge episodios que los historiadores no podrían encontrar en ningún archivo. Por eso mismo resultan deliciosas también las anécdotas del Benemérito de la Patria don Alejandro Aguilar Machado, del escultor Juan Manuel Sánchez, del historiador Carlos Monge Alfaro o del poeta José Basileo Acuña, que entonces formaban parte del equipo de profesores del Liceo.
Todos ellos pasaron a la historia de nuestro país por sus méritos, pero es gracias a libros de memorias como el de Hernández Valle que podemos aproximarnos a su perfil más humano,
El libro viene ilustrado con las caricaturas de los profesores que hacía Hugo Díaz en su época de liceísta. Estos dibujos, que permanecían inéditos hasta la publicación de este libro, fueron los primeros trabajos de don Hugo, quien llegaría a ser el caricaturista e ilustrador más reconocido del país.
La publicación de Años de primavera sirvió también como recordario para un centenario importante. En el prólogo, el historiador Rafael Obregón Loría menciona que el Liceo fue fundado en 1887 y su primera sede estuvo en la avenida segunda. No fue sino hasta 1903 que la institución se ubicó definitivamente en sus instalaciones actuales. El libro, publicado en 2002, llamó la atención de los liceístas sobre el centenario del edificio.
En las páginas finales viene la lista de los graduados en 1949. Entre los nombres conocidos están don Fernando Altmann Ortiz, quien fuera ministro de Salud a finales de los años setenta, el periodista Manuel Formoso Herrera y el filósofo Enrique Góngora Trejos. Todos ellos, tras la ceremonia de graduación, acabaron lanzándose, con zapatos, chaqueta y corbata, a las aguas de una fuente. Una etapa de sus vidas se había cerrado y, para anunciarlo a los vecinos, pasearon ruidosos y empapados por la ciudad.

"Casi al filo del mediodía y luego de una emotiva asamblea de despedida (...) abandonamos los predios del querido colegio y nos dirigimos, en bulliciosa y desordenada manifestación, hacia la explanada situada al frente de la iglesia de La Soledad. Allí cumplimos con una sagrada tradición liceísta de muchos años: lanzarnos a la fuente, rebosante de agua, que entonces existía en el lugar. Pasamos así a convertirnos en los tradicionales "mojaos" de aquel año."

"Largo rato permanecimos en la explanada, tratando de lanzar al agua a los compañeros que se rehúsaban a hacerlo voluntariamente, ante la mirada y la sonrisa condescendiente de los peatones que acertaban a pasar por el lugar."

"Después continuamos con aquella bulliciosa marcha por las principales calles del centro de San José, alegrando el ambiente citadino con canciones, bombetas, cohetes y "perseguidores" hasta muy entrada la tarde."


INSC: 1487
Los bachilleres del Liceo de Costa Rica de 1949, ya mojados, posan frente
a la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad.
Fotografía propiedad de Macú Cordero.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...