Mostrando las entradas con la etiqueta Adolfo Hitler. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Adolfo Hitler. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de julio de 2020

Biografía polaca del joven Karol Wojtyla.

Juan Pablo II. George Blazynski.
Cuarta edición en español.
Lasser Press. México. 1983
La gran mayoría de las biografías del papa Juan Pablo II que se han escrito hasta ahora y, muy probablemente, todas las que se escriban en el futuro, están y estarán concentradas en reseñar y analizar su largo pontificado de más de veinteséis años. Admirado por unos y criticado por otros, el papa polaco llegó a ser conocido mundialmente a partir de su elección como Pontífice Romano y será recordado por su desempeño en ese cargo.  Pero Karol Wojtyla fue papa solamente en las últimas décadas de su vida y pocos de los que se ocupan de su figura suelen prestarle mayor atención al hombre detrás del personaje, a sus raíces y las circunstancias en que nació, creció y se formó.
En este sentido, encontré particularmente valiosa y muy interesante la información que brinda el autor polaco George Blazynski en su libro titulado Juan Pablo II, cuya primera edición fue publicada en 1979, apenas un año después de la elección de Wojtyla como papa. En ese momento no había aún mucho que decir sobre su pontificado, que apenas iniciaba, de manera que la mayor parte del libro se ocupa precisamente en reseñar las primeras etapas de la vida del biografiado con el fin de mostrar quién era y de dónde venía este personaje que, por entonces, aún era un desconocido.
La narración es amena y fluida aunque, en la edición que tengo, publicada en México en 1983 por Lasser Press, la traducción tiene algunos tropiezos (verdaderamente pocos, a decir verdad), que supongo se deben a conceptos polacos a los que resultaba difícil encontrarle un equivalente en español. Otro detalle que llamó la atención fue que gran parte de las personas entrevistadas eran citadas como el Sr. M, la señora S, o el padre F. Por alguna razón, el autor o los propios entrevistados, consideraron conveniente que esas personas, que vivían en Polonia, gobernada entonces por un régimen comunista que era bastante policiaco, no fueran identificables a pesar de que sus declaraciones no tuvieran nada de políticas y fueran puramente anecdóticas.  
De hecho, una de las afirmaciones más repetidas en el momento de la elección de Wojtyla era que venía de un país comunista en que la Iglesia era perseguida. Al brindar coordenadas históricas y nacionales, el propio autor aclara que esa afirmación no es del todo exacta. En Polonia, a finales de la década de los setenta, de treinta y cuatro millones de habitantes, más de treinta y tres millones se declaraban católicos, estaban bautizados y frecuentaban la catequesis y los sacramentos. Dentro de esa apabullante mayoría estaban, irónicamente, hasta los propios cuadros, dirigentes y funcionarios del Partido Comunista. Los polacos estaban convencidos de que el sistema comunista era algo impuesto desde afuera y, por ello, consideraban que quienes desempeñaban cargos en el gobierno o en el partido comunista local, eran en el fondo patriotas que hacían lo mejor que podían dentro de las circunstancias existentes. Aunque hasta el propio Cardenal Primado Stefan Wyszynski, así como muchos otros sacerdotes incómodos, fueron arrestados y pasaron temporadas como prisioneros, lo cierto es que las autoridades eclesiásticas, con el propio Wyszynski a la cabeza, también hacían lo que podían dentro de las circunstancias existentes. Más que confrontación, entre la Iglesia y el Estado polaco existía un permanente estado de negociación en que cada parte calculaba en qué puntos podía ceder, hasta dónde y en qué momento. Esas negociaciones dieron sus frutos. En Polonia cada diócesis tenía su propio seminario, los aspirantes al sacerdocio eran tantos que muchos candidatos no eran admitidos, la Iglesia tenía editoriales, medios de comunicación y, como la cereza del pastel, la Universidad de Lublin, tenía la peculiaridad de ser la única universidad católica del mundo que funcionaba normalmente dentro del bloque comunista.
La explicación de este extraño fenómeno se encuentra en la historia. Como es sabido la II Guerra Mundial empezó con Polonia ocupada por la Alemania de Adolfo Hitler y terminó con Polonia ocupada por la Unión Soviética de Josef Stalin. Y si nos vamos más para atrás, vemos que durante siglos Polonia ha sufrido, alternativamente, el ataque del este y el ataque del oeste. Las fronteras polacas se han movido por las incursiones de los vecinos y hasta hubo épocas en que el país simplemente desapareció del mapa, al ser anexado a otras potencias. Buena parte de la identidad nacional polaca radica, precisamente, en su catolicismo, frente a los rusos, que son ortodoxos, y los alemanes, que son protestantes. Como el país no se vio sacudido ni por la Reforma ni por la Ilustración, desde tiempos medievales, los obispos polacos, además de pastores religiosos, han sido considerados por el pueblo como líderes sociales, sea cual sea el régimen político imperante.
Por cierto, una de las críticas que se le han hecho a Juan Pablo II es que en ocasiones parecía no comprender, como Pastor Universal, que la Iglesia, en distintas partes del mundo, Africa, Asia, América Latina, los Estados Unidos, los distintos países de Europa e, incluso, la misma Italia, a nivel social e histórico se había desarrollado de manera muy distinta a la de su Polonia natal, por lo que obispos, clero y fieles (incluyendo los más apegados al Magisterio) se movían dentro de una dinámica que a él, con frecuencia, le resultaba difícil de aceptar.
Karol Wojtyla junto a su padre, que se llamaba también Karol Wojtyla.
Pero no nos distraigamos con el Papa y concentrémonos en el hombre. Karol Josef Woytila nació en 1920, apenas dos años después de que Polonia, tras la Primera Guerra Mundial, volviera a aparecer como Estado independiente y soberano en el mapa de Europa. Fue parte entonces de la primera generación de niños nacidos con nacionalidad polaca en más de siglo y medio. Su padre, que también se llamaba Karol, era un capitán del ejército austrohúngaro que se había retirado con una pensión bastante baja, por lo que mantenía la familia con cierta estrechez económica. El abuelo paterno, Maciej Wojtyla, trabajaba como sastre en una aldea rural.  Su madre, Emilia Kaczorowska, era de Silesia, por lo que desde que aprendió a hablar pudo hacerlo en tres idiomas: polaco, alemán y checo. Aunque el pequeño Karol nació en una remota aldea de apenas quince mil habitantes donde todos hablaban polaco, su madre le hablaba mayormente en alemán y a veces también en checo, por lo que el niño, al igual que ella, creció hablando varios idiomas. Por ser políglota de nacimiento y por herencia, en la escuela secundaria, destacó en las clases, que eran verdaderamente difíciles para otros, de latín y griego clásico. Antes de cumplir los veinte años ya hablaba francés. Fascinado por los textos de San Juan de la Cruz, aprendió español. Recién ordenado sacerdote fue enviado a estudiar a Roma donde aprendió italiano. Pronto llegó a dominar también el inglés, el holandés y el portugués y, como era aficionado a las obras literarias, históricas y filosóficas, por su facilidad para los idiomas, desde joven tuvo oportunidad de leer los libros que le interesaban en la lengua original en que fueron escritos.
Su conducta juvenil, sin embargo, no era la del típico ratón de biblioteca. Como fue electo papa a los cincuenta y ocho años de edad, el autor del libro tuvo oportunidad de entrevistar a numerosos amigos, vecinos y compañeros de escuela, quienes lo recordaban como un muchacho alegre que cantaba bien, bailaba bien, tenía gracia para contar chistes, le gustaba ir de excursión y acampar en las montañas, era bueno nadando y remando, cuando jugaba futbol lo hacía como portero y era en verdad difícil meterle un gol y, como si fuera la cosa más normal del mundo, organizaba con sus amigos paseos de ciento cuarenta kilómetros en bicicleta. Tanto él como sus amigos eran pobres, pero se las arreglaban para divertirse. Por ejemplo, jugaban hockey con cualquier pelota, empujándola con la escoba que cada uno había tomado prestada de la casa.
Aunque ya era Papa, todos los entrevistados se referían a él como Lolek, el diminutivo de su nombre. Karol es Carlos en polaco, por lo que Lolek sería Carlitos. 
La casa donde nació Karol Wojtyla, hoy convertida en un museo en su memoria, es una mansión de varios pisos. Naturalmente, una residencia así estaba fuera del alcance de los recursos de un capitán retirado con una pensión mínima. En realidad, la construcción era un edificio de apartamentos en que numerosas familias alquilaban cuartos estrechos, mal ventilados y mal iluminados, muchos de los cuales no contaban ni siquiera con cañería y los habitantes debían traer el agua en baldes desde una pila común que había en el patio.
La madre de Karol murió cuando él tenía nueve años. Su único hermano, Edmundo, murió cuatro años después. Al quedarse solos padre e hijo, se trasladaron a vivir a la cercana ciudad de Cracovia, donde alquilaron una habitación en un sótano. El lugar era tan oscuro y estrecho que los vecinos lo llamaban "Las catacumbas". Al principio, el padre limpiaba, lavaba y cocinaba para que el hijo se dedicara a sus estudios, pero el señor enfermó y debió quedarse en cama. Por ese tiempo, Karol trabajaba en una cantera picando piedras con mazo y, al cobrar el sueldo, iba al mercado a comprar comida, pero debía recurrir a familias amigas, o a sus primas que vivían en el piso de arriba, para que le cocinaran lo que había conseguido y después poder llevárselo a su papá. Una tarde que fue a dejarle la cena, lo encontró muerto. Con apenas veinte años de edad, ya había perdido a toda su familia más cercana. De parientes, solamente le quedaban su tía Estefanía (hermana de su padre), con quien pasaba la Navidad y la Pascua, así como algunas primas. Una de ellas, María Wisdrowska, era su madrina. La señora aún vivía cuando su ahijado se convirtió en Papa y le parecía increíble que aquel niño recién nacido que ella había sostenido en sus brazos cuando recibía el agua del Bautismo se hubiera convertido en pastor universal de la Iglesia.
Karol Wojtyla en la Legión Académica, servicio militar
que debía cumplirse para entrar a la universidad.
El libro aclara dos puntos importantes. Hay una fotografía en que Karol Wojtyla aparece con uniforme, alineado con otros soldados. La imagen se ha prestado para interpretaciones erróneas y algunos han supuesto que el futuro Papa participó en la defensa de Polonia ante la ocuapción nazi. En realidad la foto es anterior al inicio de la guerra y se trata de lo que se llamaba "La legión académica", un breve servicio militar que debían prestar los estudiantes antes de ser admitidos a la universidad. El segundo punto es la razón por la que Karol trabajó, primero como peón en una cantera y luego como obrero en una fábrica de productos químicos. Además de la necesidad económica, ya que la devaluada y ya de por sí baja pensión del padre apenas daba para cubrir lo más elemental, en la Polonia ocupada por los nazis, si una patrulla alemana detenía en la calle a un hombre joven que no tuviera un trabajo fijo, corría el riesgo de que lo arrestaran y lo enviaran a un centro de trabajos forzados en condición de esclavo. El temible campo de concentración de Auschwitz era la opción más cercana. 
Cuando entró a la universidad, Karol, que era gran lector y hablaba ya varios idiomas, eligió la carrera de Filología polaca. Las clases del profesor Urbanczyk, gran autoridad en lingüística y literatura, eran muy exigentes y ponían a los estudiantes a sudar frío en cada examen oral. Karol admiraba la erudición del profesor pero no estaba de acuerdo con su método. En la Facultad de letras, entabló una gran amistad con un compañero de su misma edad, Juliusz Kydrynski, quien llegaría a convertirse en un escritor muy popular en Polonia. Poco después de la guerra, Kydrynski publicó una novela autobiográfica titulada Tapima, en que su amigo Karol aparece como personaje. El Karol de la novela es un joven alegre y optimista que trabaja en una cantera volando mazo y llevando piedras en carretillo.  
A diferencia de su amigo Kydrynski, Karol no escribía narrativa, sino poesía. Hay un poema juvenil suyo sobre las manos callosas y agrietadas de un peón que resulta en verdad conmovedor, entre otras cosas por el hecho de que el poema no tiene nada de pose artificial ni visión idílica, sino que en realidad fue escrito por Wojtyla con sus manos callosas y agrietadas de trabajador.
Desde que estaba en la primaria, además, Wojtyla era actor de teatro y, en su época de estudiante universitario llegó también a escribir obras dramáticas. En 1940, durante la ocupación nazi, se integró a un grupo llamado Rhapsody, que organizaba veladas para representar obras clásicas de la literatura polaca. Las funciones, que eran clandestinas, se realizaban en recintos pequeños y, en vista de que no contaban con escenografía, utilería, vestuario y ni siquiera espacio para moverse, se hacían solamente recitadas. Lo que se quería presentar, en todo caso, era el texto.
Karol Wojtyla en sus tiempos de obrero.
Después de la guerra, Wojtyla publicó sus poemas, obras teatrales, así como artículos de opinión y crítica literaria con el pseudónimo de Andrzej Jawien. No los publicaba con su nombre porque, como ya para entonces era sacerdote, no le parecía apropiado que sus feligreses se enteraran que su párroco dedicaba parte de su tiempo a escribir y comentar literatura, sobre todo por el hecho de que los más beatos de su comunidad le recriminaban sus constantes salidas al cine y al teatro.
Políglota, lector voraz y de intereses muy amplios, aficionado a las películas, los conciertos y las representaciones escénicas, Wojtyla, curiosamente, nunca tuvo radio ni televisor, porque consideraba que esos aparatos solamente servían para perder el tiempo.
Era muy sociable, le gustaba conversar con todo el mundo. Disfrutaba conocer gente nueva y no perdía el contacto con amigos de otros tiempos. Su mejor amigo de la infancia, Kluger, a quien visitaba todos los días, era judío hijo de rabino. Tenía amigos de barrio, de escuela, de deporte, de literatura, de teatro, de filología, de excursiones y estaba pendiente que ninguno se le desapareciera por mucho tiempo. Todos los años se reunía con sus compañeros de escuela primaria y, cuando fue nombrado obispo y, posteriormente, cardenal, la cita anual se celebraba en el Palacio Episcopal. Nunca olvidaba una cara ni un nombre y, cuando conocía a alguien se interesaba por saber detalles de su vida. En su afán de mantenerse al tanto de la andanzas de todas las personas que conocía, a veces se ponía demasiado preguntón y sus amigos de más confianza, para detener el interrogatorio, le hacían ver, en su propia cara, que uno de sus principales defectos era que le gustaba mucho el chismorreo.
Todos los que lo trataban sabían que Karol era creyente, que iba a Misa, que se detenía todos los días un momento en una iglesia para orar, pero ninguno creyó nunca que tuviera intenciones de ordenarse sacerdote. Con lo hablantín que era, se mostraba muy reservado con su espiritualidad, que procuraba mantener en privado, casi en secreto. En lo religioso, su gran guía y mentor no fue un cura sino un laico, Jan Tyranowski, un hombre viejo, pobre y sin estudios, que vivía solo, trabajaba de sastre y reparaba zapatos, con quien se reunía para rezar el rosario y compartir devociones. El estudiante brillante, el gran intelectual lector de filosofía, el erudito que dominaba más de media docena de idiomas, consideraba que aquel anciano analfabeto que vivía en la miseria era quien le mostraba la verdad de la fe y quien realmente lo acercaba a Cristo. El primer artículo publicado de Wojtyla, titulado "El apóstol" fue escrito en memoria de Tyranowski.
Nadie sabía que Wojtyla había tomado la decisión de ser sacerdote. Por el día trabajaba en la fábrica, vivía solo en un cuarto alquilado y los estudios eclesiásticos los realizaba a escondidas, en citas clandestinas con los formadores, que apenas daban tiempo para recibir textos, entregar la tarea y compartir unas cuantas palabras. El 6 de agosto de 1944, cuando ya los nazis la estaban viendo fea en todos los frentes, las patrullas de la Gestapo y de las SS se tiraron a las calles de Cracovia y, con sus ametralladoras, realizaron una matanza en la que solamente les perdonaron la vida a las mujeres, los niños y los ancianos. Los cadáveres de todos los hombres adultos que encontraron a su paso quedaron tendidos en la calle. Por si hechos como los de ese día, que fue conocido como Domingo Negro, llegaran a repetirse, el Arzobispo Adam Sapieha dispuso que todos los jóvenes que de manera secreta se preparaban para el sacerdocio, se trasladaran a vivir en el Palacio Episcopal.
Karol Wojtyla desapareció de la fábrica y del cuarto que alquilaba. En noviembre de 1946 fue ordenado sacerdote. Tuvo la intención de ingresar a la orden carmelita, pero el Arzobispo Sapieha tenía otros planes. Lo envió a Roma a sacar un doctorado y lo que vino luego ya es conocido. Fue profesor universitario, obispo, arzobispo, cardenal y finalmente, fue electo papa con el nombre de Juan Pablo II.
La imagen que ha quedado de él es la de un anciano que fue en vida, y sigue siendo tras su muerte, objeto de discusiones y controversias. Pero quienes se ocupan de él, hablan de Juan Pablo II, el papa, y no de Karol Wojtyla, el joven lector, deportista, dramaturgo, poeta, actor y políglota que nació y creció en la pobreza y que a los veinte años ya había perdido a su familia inmediata. Si no hubiera sido electo papa y, es más, incluso si no se hubiera ordenado sacerdote, tal vez no habría llegado a ser conocido más allá de Cracovia pero, en todo caso, seguiría siendo un personaje interesante.
INSC: 0175
Karol Wojtyla en una de sus habituales excursiones.

viernes, 28 de febrero de 2020

Costa Rica en la II Guerra Mundial.

Costa Rica en la Segunda Guerra Mundial.
Carlos Calvo Gamboa.
Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
San José, Costa Rica. 1983
Los grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial se libraron en distintos países de Europa, el norte de Africa y diferentes puntos del Oceáno Pacífico. Los efectos del conflicto armado, sin embargo, se hicieron sentir en todo el mundo. Aunque no hubo ningún enfrentamiento en el continente americano, todos los países de la región, de alguna manera, se vieron afectados, no solamente en asuntos económicos o políticos, sino incluso en su vida cotidiana. 
Todas las personas mayores con las que en algún momento pude conversar sobre esa época, coincidían en recordar una gran escasez de productos elementales. Muchas panaderías cerraron porque no había harina. Era muy difícil conseguir llantas nuevas o gasolina. En los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, los costarricenses se percataron de que la gran mayoría de artículos de consumo cotidiano eran importados. Hasta la manteca para cocinar, que venía en grandes latas cuadradas y que vendían en las pulperías por libras, empezó a escasear. Además del comercio, la agricultura también se contrajo. Los bananales de la zona cercana a Parrita y Quepos, que fueron sembrados poco antes de la guerra, empezaron a dar frutos justo cuando los barcos cargueros dejaron de navegar por el Pacífico. La producción de café, que era la principal actividad económica de Costa Rica, perdió de golpe a su principal comprador, que era Alemania. 
Dos barcos de guerra del eje, uno alemán y otro italiano, fueron hundidos por su propia tripulación en Puntarenas y una explosión en un carguero anclado en Limón desató una paranoia colectiva. Las familias alemanas, italianas y hasta españolas residentes en Costa Rica fueron perseguidas, muchos de sus miembros fueron encarcelados y deportados mientras sus propiedades eran confiscadas. La población en general vio limitados sus derechos, las Garantías Individuales fueron suspendidas y la policía recibió órdenes de hacer uso de la fuerza para suprimir cualquier manifestación pública. La economía se vino al suelo y el ambiente en general se tornó tenso. Todo lo que ocurría, se decía entonces, era a causa de la guerra que, pese a librarse tan lejos de Costa Rica, acabó cubriendo el país como una densa y oscura sombra.
El historiador Carlos Calvo Gamboa explora ampliamente esa complicada época en su libro Costa Rica en la Segunda Guerra Munidal, publicado en 1983 por la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. La obra es breve y, aunque no llega a profundizar en muchos de los temas que plantea, brinda valiosas revelaciones.
De primera entrada, se le puede reclamar el que no se haya referido con mayor amplitud a las actividades del Club Alemán de Costa Rica, dentro del cual funcionó una agrupación nazi. El tema se menciona, pero con demasiada timidez. Es una verdadera lástima que no se haya atrevido a dar nombres, porque si lo hubiera hecho, habría mostrado una situación sorprendente. Contra lo que comúnmente se piensa y se ha dicho, solamente algunos, realmente pocos, de los alemanes o descendientes de alemanes residentes en Costa Rica eran simpatizantes nazis y la mayor parte de los integrantes del grupo nazi que se reunía en el Club Alemán eran ticos. Algunos de ellos, por cierto, de reconocido prestigio. En su defensa, cabe señalar que estos nazis de primera hora en los años treinta, dejaron de serlo en los años cuarenta. Si se tragaron el cuento con la propaganda de la época del inicio, abrieron los ojos al contemplar lo que vino luego. 
Arthur Bliss Lane. (1894-1956)
Embajador de Estados Unidos en Costa Rica
de 1941 a 1942.
Tampoco le presta la atención que debiera a la figura de Arthur Bliss Lane (1894-1956), embajador de Estados Unidos en Costa Rica de 1941 a 1942. Graduado de Yale y diplomático de Carrera, Bliss Lane ocupó diferentes puestos en las embajadas americanas de Roma (poco antes del ascenso del fascismo), Varsovia, Londres, México y París. Era el jefe de la legación americana en Nicaragua en el tiempo en que fue asesinado Augusto César Sandino. Cuando el Presidente Juan Bautista Sacasa le pidió explicaciones a Anastasio Somoza sobre ese lamentable suceso, Tacho le echó el muerto a Bliss Lane quien, según él, le había dado la orden. Naturalmente, Bliss Lane negó rotundamente haber ordenado semejante cosa y afirmó que Tacho había actuado por iniciativa propia. En todo caso, su participación en el asunto nunca quedó clara. Después de Costa Rica, Bliss Lane fue Embajador en Colombia de 1942 a 1944 y, finalmente, embajador en Polonia en el último año de la Segunda Guerra Mundial. Profundamente defraudado por el hecho de que Polonia hubiera quedado sometida al comunismo, consideró que Polonia había sido traicionada. La guerra, que empezó por liberar a Polonia de los nazis, acabó dejando a Polonia dominada por los soviéticos. Bliss Lane escribió duras críticas contra los acuerdos de Yalta y acabó enemistado con Franklin D. Roosevelt. El asunto es que Bliss Lane era un hombre que no se andaba con rodeos y, durante los dos años que fue Embajador en Costa Rica, que coincidieron con la entrada de los Estados Unidos en la guerra, acabó desempeñando un papel protagónico. El Dr. Rafael Angel Calderón Guardia, entonces Presidente de la República, se mostró siempre dispuesto a cumplir dócilmente todo lo que Bliss Lane le dijera que debía hacerse y esta actitud sumisa, le valió severas críticas de sus adversarios políticos.
Un punto verdaderamente serio, que el libro no explora con profundidad, es el de las famosas "Listas Negras", suscritas por el Gobierno, que aparecían en los periódicos, indicando los nombre de personas y empresas con las que se debía cortar todo trato por ser enemigas de la libertad, la democracia y la causa aliada. Al igual que en el asesinato de Sandino, la participación de Bliss Lane en este asunto no está del todo clara y hay quienes sospechan que Bliss Lane fue el autor de esas listas.
Cualquier costarricense sabía, por ejemplo, que los Federspiel, los Lehmann y los Sauter eran impresores y libreros, que los Niehaus tenían una industria azucarera, que los Peters comerciaban café y que los Musmanni eran panaderos, pero tal parece que el Embajador norteamericano recién llegado justo en el año que su país entraba en guerra se asustó por los apellidos. El propio don Ricardo Jiménez Oreamuno se manifestó en contra de las listas negras, argumentando que los nombres que aparecían en ellas como sujetos peligrosos, eran en realidad trabajadores y empresarios ejemplares, muchos de ellos nacidos en Costa Rica.
El alegato del patriarca liberal, tres veces Presidente de la República, no fue escuchado y el gobierno arrestó y confinó en un campo de concentración, situado donde ahora se encuentra el Mercado de Mayoreo, a cuanta persona apareciera en la lista negra. Entre los cautivos se contaron, desde un caballero de reconocida conducta ejemplar e intachable, como don Eberhard Steivorth, hasta el joven padre adoptivo de la escritora Virginia Grutter que, irónicamente, se había radicado en Puntarenas huyendo de la Alemania Nazi. Todos los bienes de los detenidos fueron confiscados sin indemnización y pasaron a ser administrados por un organismo llamado Junta de Custodia de la Propiedad Enemiga, que empezó tomando control de todas las actividades financieras, agrícolas, comerciales e industriales de las empresas intervenidas y, al final, acabó vendiendo los activos por mucho menos de su valor. Hasta a un pobre japonés que tenía una pequeña nave en Puntarenas dedicada a la pesca y al turismo, le decomisaron el barquito. Un buque mercante alemán, el Wesser, anclado en Puntarenas, logró salir a tiempo rumbo a México. Otro, el Stella, no tuvo tanta suerte y, tras ser decomisado, el gobierno lo vendió en Nicaragua.
Cuando los presos fueron muchos, empezaron a enviarlos a campos de concentración en Estados Unidos. Lo delicado del asunto es que iban acompañados de sus esposas e hijos, que eran costarricenses. La escritora Virginia Grutter, que pasó una larga temporada de su juventud en uno de esos campamentos, se refiere al asunto en sus memorias. Tristemente célebre fue el caso de doña Esther Pinto de Amrheim. Era una verdadera ironía histórica que una descendiente de Tata Pinto, el marino portugués que tanto sirvió a Costa Rica y que llegó hasta a gobernar el país por un breve período tras la caída de Morazán, fuera recluida como prisionera simplemente por el apellido de su marido. Don Herberh Knhor planteó un recurso de Habeas Corpus, que fue votado de manera favorable por la Corte Suprema de Justicia. Presionados por el gobierno, que tenía las Garantías Individuales suspendidas, los magistrados se echaron atrás y, en un acto de coherencia, ante lo que consideraba un atropello a los derechos fundamentales de un ciudadano, el Presidente de la Corte, don Víctor Guardia Quirós, renunció a su cargo.
El libro relata con gran amplitud el hundimiento de dos buques de guerra, el Eisenach y el Fella,  uno alemán y otro italiano, anclados en Puntarenas. Ambas embarcaciones navegaban por el Pacífico cuando se enteraron de la noticia de que los Estados Unidos habían entrado en la guerra. En espera de órdenes, decidieron refugiarse en el puerto más cercano. Su presencia, como es fácil de imaginar, generó intranquilidad. Tal parece que el propio Bliss Lane fue quien le ordenó al gobierno que confiscara los barcos y encarcelara a los tripulantes. Un grupo de cincuenta guardias civiles armados con rifles fue enviado en tren a Puntarenas a cumplir la orden. Aunque de primera entrada la situación pueda parecer cómica, pudo haber tenido un final trágico. ¿Qué podían hacer cincuenta policías ticos, que eran campesinos con uniforme, frente a dos tripulaciones de soldados bien armados y entrenados que los superaban en número? Afortunadamente no hubo enfrentamiento. Enterados de los planes, los capitanes pidieron instrucciones y recibieron la orden de entregarse y hundir las naves. El hecho, que sorprendió y defraudó a las autoridades costarricenses, es perfectamente normal en la marina de guerra, ya que es preferible hundir un barco que abandonarlo en otras manos. El gobierno quedó entonces sin las naves que pretendía confiscar y con un numeroso grupo de prisioneros a los que fue bastante complicado sacar del país.
En cuanto a la famoso caso del vapor San Pablo, anclado en Limón, en el que murieron veinticuatro personas por una explosión el 2 de julio de 1942, hay en este libro dos inexactitudes demasiado grandes como para pasarlas por alto. En primer lugar, menciona repetidas veces la palabra "hundimiento" y, como es sabido, el San Pablo no fue hundido. Ni siquiera quedó inservible, ya que casi inmediatamente después de la explosión, apenas le repararon los daños sufridos, navegó a Panamá y continuó funcionando sin problemas durante años. En segundo lugar, en el libro se da por un hecho la leyenda urbana que circuló en ese tiempo, de que que el San Pablo fue torpedeado por un submarino alemán. El asunto acabó siendo pieza clave de la historia política de la década de los cuarenta porque dos días después, el 4 de julio, hubo manifestaciones de protesta contra el supuesto ataque que acabaron en saqueos de los negocios de alemanes, italianos y españoles de San José, A raíz de estos saqueos fue que don José Figueres Ferrer pronunció el famoso discurso por el que fue arrestado y expulsado del país. Hay historias similares, de submarinos alemanes atacando barcos anclados en otros países latinoamericanos. Sin embargo, investigaciones posteriores no le encuentran sentido a que los pocos submarinos con que Alemania disponía en 1941, anduvieran tan al sur de la zona en conflicto realizando ataques de un único tiro.  Por otra parte, no hay manera de explicarse cómo un torpedo pudo haber causado una explosión en la bodega de un barco sin lastimar el casco, como fue en el caso del San Pablo. La verdadera tragedia del Vapor San Pablo, y esto el libro lo explica muy bien, es que murieron veinticuatro humildes trabajadores, no hubo una investigación sobre los hechos y los familiares de las víctimas no recibieron indemnización alguna.
Durante los años de la guerra se intentó establecer en Costa Rica el cultivo de abacá y madera de balsa, pero esas iniciativas se quedaron en la intención. El gobierno americano facilitó recursos financieros, técnicos y de maquinaria para la construcción de la carretera interamericana. Se decía entonces que el propósito era establecer una ruta terrestre hasta el Canal de Panamá, pero cuando la guerra terminó la carretera ni siquiera había llegado al Cerro de la Muerte. A propósito de la visita a Costa Rica del Vicepresidente de Estados Unidos Henry Wallace se estableció el CATIE en Turrialba. Sin embargo, a nivel de seguridad interna, el principal cambio durante la guerra fue el establecimiento de un cuerpo militarizado de policía, llamado la Unidad Móvil, que efectuó operaciones represivas y, años después, se enfrentó a los rebeldes de don Pepe durante la guerra civil de 1948. Tras ser vencida, la Unidad Móvil dejó de existir.
Verdaderamente reveladores son los datos que este libro ofrece sobre la economía durante los años de guerra. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Algo parecido podría decirse de los números. Las tablas que aparecen en el capítulo quinto pintan un panorama desolador. Para resumirlas, basta decir que, en apenas cuatro años, el costo de la vida se duplicó, el dinero circulante se triplicó, el déficit fiscal aumentó sin control, la deuda externa llegó al doble y la economía en general cayó en picada. Al terminar la guerra, Costa Rica, que antes tenía un comercio diversificado con distintos países, acabó dependiendo de las compras de Estados Unidos, que se convirtió en su principal socio comercial. La producción para consumo interno tampoco anduvo muy bien y, de manera frecuente y creciente, el país debió importar hasta arroz, frijoles y azúcar. 
La lectura del libro Costa Rica en la Segunda Guerra Mundial, de Carlos Calvo Gamboa, permite descubrir, entre líneas, una revelación verdaderamente esclarecedora.  El Dr. Rafael Angel Calderón Guardia fue electo en 1940 por una amplia mayoría. Era un médico graduado en Europa querido y respetado por todo el país. Su primer año de gobierno fue brillante, con la fundación de la Universidad de Costa Rica y la Caja Costarricense de Seguro Social, así como con el tratado limítrofe con Panamá. Sin embargo, ya a mediados de su segundo año de gobierno su popularidad caía en picada y era cada vez mayor el número de quienes lo criticaban y adversaban. Después de la declaratoria de guerra de Costa Rica a Japón, el 8 de diciembre de 1941, y a Alemania e Italia, el 11 de diciembre siguiente (las mismas fechas de las declaraciones de guerra de Estados Unidos), los costarricenses empezaron a sufrir situaciones que les resultaban inaceptables. Escasez de productos básicos, aumentos de precios, cierre de negocios, garantías individuales suspendidas, listas negras, arrestos sin derecho a Habeas Corpus, expulsiones del país de ciudadanos nacidos en Costa Rica y confiscaciones de propiedades sin indemnización. La policía, que miraba hacia otro lado ante los saqueos y el vandalismo, disolvía reuniones y manifestaciones políticas por la fuerza. Si alguien cuestionaba la situación en que se vivía, se le respondía que todo era debido a la guerra. Si alguien criticaba al gobierno, se le tildaba se simpatizante nazi. Antes de la guerra, el Dr. Calderón Guardia gozaba del apoyo general. Por las políticas locales, durante la guerra, fue perdiendo simpatizantes y ganando adversarios. 
Muchos de los temas que este libro plantea, merecerían ser desarrollados más ampliamente. En la obra hay, además, un capítulo pendiente que podría ser más bien un libro aparte. Esperaba encontrar algún apartado en que se refiriera a los costarricenses que combatieron en la Segunda Guerra Mundial pero, lamentablemente, en ninguna parte se refiere a este tema. El prestigioso genealogista don Guillermo Castro Echeverría, que sirvió en el ejército norteamericano en Europa y que, al respecto, publicó un libro de memorias noveladas, contaba que fueron muchos los ticos que prestaron servicio en la infantería y muchos más los que sirveron en la marina. Sus nombres han sido recogidos en listas. Yo tengo una a la que no termino de agregar nombres y fechas. El libro sigue aún pendiente.
INSC: 0317
8 de diciembre de 1941. Tras el ataque a Pearl Harbor Costa Rica declara la Guerra
a Japón. De izquierda a derecha: Alfredo Volio Mata, Alberto Echandi Montero, el
Presidente Rafael Angel Calderón Guardia, Luis Demetrio Tinoco Castro, Carlos Manuel
Escalante, Durán, Mario Luján Fernández y Francisco Calderón Guardia.



jueves, 2 de enero de 2020

Puro Humo de Guillermo Cabrera Infante.

Puro  Humo. Guillermo Cabrera Infante. Ensayo.
Alfagura, España, 2000.
El primer cigarrillo que fumó Guillermo Cabrera Infante, a la tierna edad de ocho años, lo fabricó él mismo con hojas secas de árbol arrolladas en una página de cuaderno. A los catorce fumó su primer tabaco, un puro que lo mareó al punto de hacerlo caer en el suelo, donde acabó vomitando una baba espesa y amarga. Sin embargo, a pesar de esa incómoda experiencia, el escritor cubano fue fumador toda su vida. Su madre, bastante comprensiva, toleró que fumara confiando en que ese sería su único vicio.
La inseparable y permanente unión que mantuvo Cabrera Infante con los cigarros, acabó convirtiéndolo en un verdadero conocedor. 
Reconocido autor de novelas, cuentos, ensayos y artículos periodísticos, acatando la recomendación de sus amigos, quienes lo instaban a escribir sobre el que, de hecho y como había deseado su madre, era su único vicio, escribió un libro dedicado por entero al fumado.
Publicado originalmente en inglés, con el título Holly Smoke, en 1985, el libro, ingenioso, divertido y revelador, fue muy bien recibido en Inglaterra, donde Cabrera Infante residía. La versión en español se tardó quince años en aparecer y, traducida o, más bien, reescrita por el propio autor, fue publicada por Alfaguara en el año 2000 con el título de Puro Humo.
Se trata de una obra inclasicable en que hay un poco de todo. Empieza con el relato de los marinos de Cristóbal Colón quienes, mientras exploraban las Antillas en su primer viaje, quedaron asombrados al mirar hombres aspirando rollos de hierbas encendidas para luego expulsar el humo por la boca y la nariz. Los marineros que se atrevieron a probar tuvieron una experiencia similar a la de Cabrera Infante a los catorce años pero, a la larga, al igual que al escritor, el vicio acabó atrapándolos. Al Almirante Cristóbal Colón, el asunto  no le interesó y llegó a manifestar que no lograba comprender qué gusto o provecho podría obtenerse de aquella acción tan extraña. Lejos estaba de imaginar que una de las muchas consecuencias futuras de su viaje, sería que el hábito de fumar se extendiera por todo el mundo. 
Tras reseñar que el descubrimiento de América y del tabaco fueron simultáneos, se extiende en las diferentes formas de consumirlo. Dedica páginas enteras tanto a los puros como a los cigarrillos y también se refiere, de manera más breve, al extraño hábito de aspirar rapé, que era tabaco en polvo. Curiosamente, casi no presta atención a la práctica de mascar tabaco.
Los historias y los datos que menciona son más amenos que exactos. La veracidad de muchas de sus afirmaciones resulta con frecuencia más que dudosa pero, en todo caso, el libro no pretende ser una investigación minuciosa sino, más bien, una larga y amena charla alrededor de un tema ligero y sin mayor importancia. Al buen conversador no se le exige exactitud, sino amenidad. Los datos que brinda sobre semillas, cultivos, procesos, prácticas de fumado y hasta tipos de ceniza, inevitablemente se van olvidar. Lo que queda, a fin de cuentas, es el recuerdo del deleite que causó la forma en que fueron expuestos.
Verdaderamente deliciosas son las historias familiares que, de nuevo, no importa que sean reales o inventadas. Cuenta que su abuelo era madrugador. Se levantaba a las cinco de la mañana y se acostaba a las cinco de la tarde. La abuela, en cambio, era noctámbula. Se acostaba a la medianoche y se levantaba al mediodía. Los abuelos se llevaban bien, en las pocas horas en que coincidían despiertos. Cada uno tenía una relación particular con el tabaco. El abuelo siempre tenía un puro en la mano, pero fumaba solamente un tercio y lo apagaba. El cabo lo dejaba "para luego" y, por esa práctica, había puros a medio fumar por toda la casa. La abuela no fumaba pero mascaba tabaco y llevaba siempre en la mano una escupidera de cristal.
Desde mediados del Siglo XX hasta el día de hoy, la discusión más acalorada que puede haber en Cuba es entre revolucionarios y contrarrevolucionarios pero, dice Cabrera Infante, en los tiempos anteriores a la revolución, el tabaco, producto estelar de la isla, causaba discusiones más intensas que la política. Ya existían en ese tiempo verdaderos fanáticos del tabaco y furibundos críticos del fumado. A un tío abuelo de Cabrera Infante le molestaba tanto el humo de cigarro que, cuando supo que Adolfo Hitler había  promulgado la primera ley antitabaco del mundo, solamente por eso, se hizo nazi. La madre de Cabrera Infante era fumadora. Su padre no. De hecho el libro viene con una bella dedicatoria: "A mi padre quien, a los 84 años, aún no fuma."
Cabrera Infante no deja tema sin tocar. Menciona los procesos de semillas, cultivos y selección de hojas. Cuenta las historias de famosas marcas de tabaco como la de Jaime Partagás y H. Upman.  Niega el mito que los anillos de papel en los puros hayan sido creados para no manchar los guantes blancos de los dandies del Siglo XIX. Muy por el contrario, explica que lo primero que hay que hacer, desde el momento mismo en que se saca el tabaco de la caja, es retirarle el anillo.  Las normas de etiqueta sobre el fumado que menciona no dejan de ser sorprendentes. Por ejemplo, declara que encenderle el cigarrillo a alguien es una muestra de cortesía, pero que nunca, bajo ninguna circunstancia, se debe ofrecer a quien enciende un puro. Encender un puro, acalara, es una faena estrictamente personal. Al terminar de fumar, el cigarrillo se aplasta en el cenicero, pero el puro simplemente se deja quieto, sin aplastarlo.
Lector voraz y gran aficionado al cine, Cabrera Infante es exhaustivo al rememorar escenas de películas o de relatos en las que los protagonistas aparecen fumando. A lo largo de las más de cuatrocientas páginas del libro, salta de un asunto a otro pero, ya sea que se refiera a cine, historia, literatura o recuerdos personales, el fumado está presente en cada relato. Con verdadero dolor cuenta que en cierta ocasión estaba en compañía de un pequeño grupo que se disponía a ver una película cuando, sin previo aviso, llegó Fidel Castro y se acomodó en una butaca. Antes de que se apagaran las luces, Fidel lo miró fijamente y dijo: "¿Alguien aquí tendrá un tabaco?" Y Cabrera Infante no tuvo más remedio que darle uno de los que, muy visiblemente, asomaban en el bolsillo de su camisa.
Los asistentes no pudieron disfrutar de la proyección porque el comandante no dejó de hablar ni un momento. Incluso en una sala de cine, él tenía que ser el centro de atención. Aunque su cigarro estaba aún a medio consumir, lo tiraba, se volteaba al escritor y le decía "Dame otro." Cuando la película terminó y se encendieron las luces, a Cabrera Infante solamente le quedaba un puro en la bolsa de la camisa y Fidel, al verlo, se lo pidió para el camino. La anécdota retrata con exactitud la total falta de respeto que Fidel tenía por las demás personas y por la propiedad privada.
Existía la leyenda, sobra decir que totalmente falsa, que sostenía que los cigarros eran enrollados (torcidos es la palabra correcta) por mujeres hermosas que, para no empapar su ropa con sudor, trabajaban desnudas. Cuando era pequeño, el morboso y precoz Cabrera Infante se asomó al taller de una fábrica de tabacos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por hombres de rostro severo. Las pocas mujeres que había no eran jóvenes, ni bellas. Trabajaban en silencio y, para entretenerse, prestaban atención al hombre que, situado en una tribuna, leía un libro en voz alta.
Los tabaqueros no eran especialmente instruidos y la mayoría de ellos trabajaba solamente para mantener sus vicios. Sin embargo, eran personas de amplia cultura general y rico vocabulario debido a que los lectores que amenizaban su lugar de trabajo leían obras maestras de la literatura universal. En un principio el lector no recibía sueldo de la fábrica, sino que era pagado por los propios torcedores. Solo se le exigían dos cosas: que tuviera una pronunciación clara y que su voz fuera lo suficientemente fuerte como para ser escuchada claramente en la última fila. Cuando pusieron micrófono con amplificador, este segundo requisito ya no fue importante.
Tradicionalmente, las lecturas preferidas eran novelas francesas del Siglo XIX. Nuestra señora de París, de Víctor Hugo, y El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, eran tan populares que, una vez terminadas, por petición de los oyentes, se empezaban a leer de nuevo. Ambos escritores enviaron cartas de saludo a sus fieles seguidores de las fábricas de tabaco de Cuba. La marca de cigarros Montecristo, por cierto, tuvo su origen en la fascinación de los tabaqueros por la novela de Dumas.
Entre las muchas libertades que los cubanos perdieron tras el triunfo de la revolución, estuvo la de escoger las lecturas en las fábricas de tabaco y, al menos durante el período inicial, los pobres torcedores debieron hacer su trabajo escuchando aburridísimas novelas propagandísticas soviéticas.
Puro humo es un libro ameno y entretenido. Los juegos de palabras, a los que Cabrera Infante era tan aficionado y que, en esta obra, están presentes desde el mismo título, en repetidas ocasiones son más que forzados y su frecuencia, que es demasiado insistente, más que amenizar el relato, lo llena de tropiezos.
En todo caso, la lectura de Puro Humo es placentera, ante todo, por lo que tiene de políticamente incorrecta. Aceptémoslo: fumar tabaco es nocivo para la salud. Como decía Cristóbal Colón, no puede obtenerse ningún provecho de esa acción tan extraña. Sin embargo, el vicio del fumado ha atrapado a innumerables generaciones alrededor del mundo durante los últimos quinientos años y, aunque no exista justificación a su consumo, sobre el tabaco hay mucho decir y este libro lo dice casi todo.
INSC: 1876
Guillermo Cabrera Infante. (1929-2005).



domingo, 1 de noviembre de 2015

Pío XII. Papa durante la II Guerra Mundial.

El Papa de Hitler. John Cornwell. Editorial
Planeta. España. 2001.
Dice el viejo refrán que no hay que juzgar un libro por la portada. El Papa de Hitler, de John Cornwell, es un buen ejemplo. El título y la fotografía de cubierta son tan osados como engañosos.
Sobre la figura de Eugenio Pacelli, Nuncio Apostólico en Alemania de 1917 a 1929, Secretario de Estado del Vaticano de 1929 a 1939 y Papa, con el nombre de Pío XII, desde 1939 hasta 1958, se han publicado cualquier cantidad de obras que van desde estudios históricos serios y documentados hasta panfletos llenos de afirmaciones sin fundamento.
En vida, el Papa Pacelli gozó de gran prestigio, pero cinco años después de su muerte una obra teatral, El Vicario de Rolf Hochcuth,  abrió un debate que aún hoy está lejos de agotarse. El punto central de la discusión es que, aunque Pacelli realizó, en repetidas ocasiones, actos no solo valientes sino hasta heroicos a nivel personal y movilizó a todo el aparato de la Santa Sede y de la Iglesia europea en general,  para socorrer a los civiles durante la II Guerra Mundial, nunca pronunció un mensaje que, de manera clara y directa, condenara los atropellos cometidos por la Alemania Nazi. 
Quienes lo critican, sostienen que su silencio ante hechos que debió haber censurado, no obedeció a la prudencia ni a la falta de información, sino que respondía un pacto oculto entre la Santa Sede y el III Reich. Los más atrevidos, llegan a afirmar que Pacelli, a nivel personal, simpatizaba con los nazis. Quienes lo defienden, argumentan que así como no hay palabras contra los nazis, tampoco las hay a favor y que Pío XII, en todo caso, hizo mucho más de lo que dijo y sus acciones son más elocuentes que cualquier discurso. Ambos bandos tienen numerosos hechos para poner sobre el tapete.  Entre los innumerables libros y artículos que se han escrito sobre el tema, no se ha escuchado aún una voz desapasionada. Para unos fue un héroe que actuó con sabiduría y prudencia, mientras que para otros fue un cómplice de las atrocidades que no denunció.
En las polémicas sobre figuras históricas es común encontrar, entre otros muchos, tres tipos de autores: el torero de café, el profeta a posteriori y el sabelotodo. En España llaman toreros de café a quienes, cómodamente sentados alrededor de una mesa, dicen lo que debió haber hecho el matador en el ruedo. Sobra decir que ninguno de ellos ha tenido nunca un toro al frente. En el plano de la historia, hay quienes, con la misma facilidad de la tauromaquia de tertulia, juzgan a los protagonistas de los hechos sin considerar la complejidad del momento que debieron enfrentar.
Por otra parte, es muy fácil calificar las decisiones como acertadas o erróneas cuando todo ha pasado y se sabe en qué paró el asunto. Cualquiera es profeta a posteriori, pero quienes debieron tomar decisiones en determinado momento no contaban, como sus severos jueces, con la ventaja de saber cómo iban a terminar las cosas. Es absurdo que años, décadas o siglos después de los hechos, se les reclame a las figuras históricas el no haber sido capaces de ver el futuro.
El historiador sabelotodo, por su parte, es aquel que no se conforma con investigar y exponer una versión bien sustentada y razonable, sino que aspira a decir la última palabra. En historia, como en muchas otras áreas, es más serio hablar de posibilidades que de verdades. Ante hechos no probados o dudosos, confío mucho más en un historiador que sugiera "lo que pudo haber ocurrido..." que en uno que afirme "lo que en verdad ocurrió..."
Pero volvamos al libro de Cornwell. El título y el subtítulo, El Papa de Hitler, la verdadera historia de Pío XII, son, por decir lo menos, poco serios. La ilustración de la portada, además, podría generar confusiones. Se trata de una foto de 1929, en que el nuncio Pacelli abandona el Palacio Presidencial en Berlín. La capa episcopal puede confundirse fácilmente con el tabarro pontificio y los oficiales de guardia con uniforme prusiano tocados con el stahlhelm parecen soldados nazis. La combinación del título y la fotografía me pareció grotescamente engañosa. Sin embargo, recordando el adagio de no juzgar un libro por la portada, emprendí la lectura y me bastaron pocas páginas para convencerme de que, pese a su cubierta ciertamente cuestionable, tenía en mis manos una investigación profunda y minuciosamente documentada.
El autor de este libro no cae nunca en el error de editorializar como torero de café, ni como profeta a posteriori ni como historiador sabelotodo. Se limita a consignar hechos, proponer análisis y sugerir conclusiones.
Por su estilo conciso, fluido y claro, es capaz de brindar avalanchas de datos y meter en la danza a cientos de personajes sin abrumar al lector. Cornwell tiene la meritoria y rara habilidad de ofrecer un panorama integral de situaciones complejas de manera breve y diáfana. El libro se lee con interés creciente y tiene el enorme mérito de ser comprensible fácil de seguir para cualquier lector, incluyendo uno no muy familiarizado con los acontecimientos que se reseñan. Pocos historiadores son tan amigables con el público en general. Los comentarios y las apreciaciones personales que el autor se permite expresar, esporádicamente pero a todo lo largo del libro, dejan claro que Pío XII no le simpatiza. Sin embargo, Cornwell  se limita a consignar su opinión en pocas palabras y sin mayores alegatos. Me agrada el hecho de que un historiador opine francamente sobre lo que escribe. Dejar por escrito la posición personal me parece mucho más honesto que fingir imparcialidad. Lo que no debe hacer nunca el historiador es alterar datos o presentar como hechos lo que son suposiciones, pero si el material que ha reunido lo ha llevado a formarse una opinión, tiene todo el derecho de expresarla. Cornwell, en todo caso y como ya se dijo, nunca suelta el editorial y se concentra en exponer los acontecimientos tal y como constan en los documentos que consultó. Sus opiniones, como las de cualquiera, son discutibles, pero la rigurosidad de su investigación es muy respetable incluso para quienes, como yo, no compartan sus puntos de vista.
Tanto el personaje principal como la época en que le tocó vivir, son de una complejidad fascinante. Tanto en los histórico como en lo biográfico, Cornwell logra pintar un retrato verdaderamente completo y revelador.
Eugenio Pacelli, hijo de una familia de la aristocracia romana, era un hombre severo, misterioso y reservado que practicaba un misticismo ascético y llevaba una vida espartana. Era un lector infatigable, buen jinete, tocaba el violín y hablaba varios idiomas. Organizado y metódico hasta extremos obsesivos, planificaba su rutina diaria minuto a minuto, dormía solamente cinco horas, comía solo, no tenía amigos personales y nunca participaba en conversaciones ociosas. Tanto en sus discursos y correspondencia oficiales como en sus declaraciones improvisadas, solía expresarse con un estilo elíptico, muy elegante pero poco claro. A este hombre alto, pálido, flaco y de voz aguda, que hablaba lentamente pronunciando las palabras sílaba por sílaba, de salud frágil y modales refinados, le correspondió ser Papa en unos años en que el mundo se sumergió en una espiral de violencia que parecía de nunca acabar.
Había trabajado desde muy joven en la diplomacia vaticana. Vivió doce años en Alemania, primero en Munich y luego en Berlín y, como Nuncio Apostólico, fue el artífice del concordato con el Reich. Hitler había ocupado la Cancillería en enero de 1933 y el acuerdo se firmó en julio de ese año. Sin embargo, Pacelli y Hitler nunca se conocieron en persona ya que, en 1929, Pacelli había retornado a Roma al ser nombrado Cardenal Secretario de Estado del Vaticano.
El Concordato entre la Santa Sede y el III Reich le daba a la Iglesia católica ciertos beneficios, tales como un salario para los curas por parte del Estado así como garantías y subsidios para los centros de enseñanza católicos. A cambio, la iglesia se comprometía a ciertas concesiones, algunas de ellas verdaderamente pintorescas, como que en Alemania todo el clero estuviera formado exclusivamente por alemanes y no se permitiera el ministerio de sacerdotes de otras nacionalidades. Sin embargo, el punto más delicado del acuerdo fue la disolución del partido Zentrum. Desde la época de Bismark, a finales del Siglo XIX, los católicos alemanes tenían este partido político que llegó a ser la mayor fuerza política durante la República de Weimar, tras la I Guerra Mundial.
El partido liberal y el social demócrata eran minoritarios, por lo que la mayoría siempre la obtenía Zentrum, que era el que formaba gobierno. Poco a poco los votantes alemanes se fueron radicalizando y tanto el partido nazi como el comunista empezaron a contar con más apoyo popular. Estaba claro que si alguno de los dos llegaba al poder se acabaría la democracia parlamentaria. Los socialdemócratas intentaron realizar una coalición con los comunistas, pero los comunistas no aceptaron por que Stalin en persona se los prohibió. Los liberales eran minoría y a quien le tocaba inclinar la balanza era al partido Zentrum. Heinrich Brüning, líder del Zentrum, sostenía que, puestos a elegir, había que aliarse con los comunistas contra los nazis. Franz Von Pappen, otra importante figura del partido, sostenía la tesis contraria, que había que aliarse con los nazis contra los comunistas. El presidente del partido, Monseñor Ludwig Kaas, vivía en el Vaticano y desde allí dirigía por control remoto a la mayor fuerza política alemana.
El prelado Kaas, al igual que una amplia mayoría del alto clero europeo de entonces, apoyaba el fascismo. Aliado históricamente a las monarquías (de hecho era una de ellas), el papado desconfiaba de las democracias republicanas liberales y aborrecía el comunismo. En esas circunstancias, el fascismo que rechazaba las libertades características de la democracia, adversaba el comunismo y no se mostraba hostil a la Iglesia, gozó, al menos en su primera etapa, del apoyo de la diplomacia papal. Mussolini fue quien creó el Estado del Vaticano en 1929 y, poco después de fundado, el diminuto estado pontificio se entendió bien con las dictaduras fascistas, mientras que con los países democráticos las relaciones eran distantes y con los comunistas inexistentes.
Todos sabemos lo que pasó. Hitler llegó a ocupar la cancillería impulsado por Von Pappen quien, ingenuamente, creyó que podría manejarlo. El concordato fue firmado y el partido Zentrum acabó disuelto. Heinrich Brüning, que salió profeta, abandonó Alemania y se fue a Londres a pegar el grito al cielo. De todos los líderes políticos de la época, Brüning fue el único capaz de vaticinar lo que se iba a venir encima a la vuelta de unos años. Tras la muerte de Hindenburg y el incendio del Reichtag, Hitler tomó el poder absoluto y se desentendió tanto de la nobleza (Von Pappen y sus secuaces) como del concordato. Pío XI publicó la encíclica Mit Brennender Sorge, en que manifiestó su preocupación por el rumbo que estaba tomando Alemania, pero Hitler no iba a hacerle caso a un simple papel.
Pacelli, Secretario de Estado Vaticano, viajó a los Estados Unidos y se entrevistó con el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1936. El 2 de marzo de 1939, el día de su cumpleaños número sesenta y tres, Pacelli fue electo Papa. En setiembre de ese mismo año, tras la invasión nazi a Polonia, Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania. Días antes, Pío XII pronunció el famoso discurso en que dijo: "Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra."
Al menos en los primeros años, Pío XII creyó posible una solución negociada al conflicto. Mantuvo canales abiertos con todas las potencias beligerantes. La correspondencia con la Alemania nazi estaba llena de protestas y contraprotestas, pero nunca se rompió. También se mantuvieron las relaciones con la Italia fascista. Dentro del Vaticano había embajadas de Francia e Inglaterra. Cuando ya los Estados Unidos habían entrado en la guerra, el presidente Roosevelt envió un delegado permanente a la Santa Sede y, poco después, al propio Secretario de Estado americano a entrevistarse con el Papa. Lo asombroso del caso es que, como el Vaticano no tiene aeropuerto y era un país neutral, el Estado italiano, en guerra declarada con los Estados Unidos, debió permitir que un avión americano aterrizara en el aeropuerto de Roma y facilitar el paso de los enviados diplomáticos por las calles de su capital hasta el palacio apostólico.
Mientras la diplomacia vaticana mantenía comunicación con todas las potencias involucradas en la guerra, excepto, naturalmente, con la Unión Soviética, se estableció al mismo tiempo un servicio de asistencia para civiles desplazados. La residencia papal de Castelgandolfo acabó convertida, por disposición directa del Papa, en un albergue de refugiados. La capital italiana, durante los años de la guerra, empezó gobernada por el fascismo, luego fue ocupada por tropas alemanas, sufrió prácticamente una guerra civil entre distintos bandos revolucionarios y luego fue tomada por el ejército americano sin que el Papa se moviera de su sitio. Exigió, eso sí, que los cardenales salieran de Roma y se mantuvieran en un lugar seguro para que, en caso de que lo mataran, no tuvieran dificultad de reunirse para elegir a su sucesor.
En 1943, cuando Roma fue bombardeada, el Papa abandonó el Vaticano y se trasladó al sector bajo fuego para acompañar a los habitantes de la zona. A los pocos días, al efectuarse un segundo bombardeo, volvió a hacerlo. Era evidente que el Papa estaba dispuesto a morir al lado del pueblo romano. Tras esos dos gestos, los bombardeos cesaron. Se hicieron incluso bromas sobre el hecho de que aquel hombre, extremadamente flaco, fuera capaz de servir como escudo protector de una ciudad entera.
El retrato que hace Cromwell de Pío XII lo muestra como un hombre de carácter fuerte, amplia cultura y mente brillante, pero frío, poco emotivo, totalmente encerrado en su mundo interno, incapaz de realizar un gesto o pronunciar una palabra de manera espontánea. Pacelli pensaba en blanco y negro sin matices. Su visión de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto era tajante pero, a la hora de expresarse, calculaba el alcance que podrían tener sus declaraciones, así como todas las posibles interpretaciones que se les pudieran atribuir. Sus discursos, sus cartas y hasta sus conversaciones, como ya se dijo, estaban planteados de una forma tan elíptica y enigmática que, con frecuencia, parecían indescifrables.
Si esa fue su manera de expresarse durante toda su vida, ¿Por qué se le reclama el no haber pronunciado un discurso contundente durante la guerra? Reflexionar sobre la figura de Pío XII, no consiste en ponerse a especular sobre lo que pudo haber pasado si hubiera actuado de una manera distinta a cómo lo hizo. Imaginar otra historia alternativa puede ser un ejercicio de fantasía divertido pero no ayuda a comprender. Tampoco se trata de dictar cátedra de torero de café sobre lo que debió haber hecho o dejar de hacer. Es muy fácil juzgar lejos del lugar, lejos del momento, lejos de la responsabilidad y lejos de las consecuencias.
Para muchos, la prudencia de Pío XII fue complicidad y su ecuanimidad fue indiferencia. Pero para comprender su actitud, independientemente de como se la quiera calificar, el propio Papa dejó claras, desde el inicio de la guerra, las normas que regirían sus acciones y sus palabras. En cuanto a las acciones, procuraría aliviar el sufrimiento de todos de manera efectiva y discreta. En cuanto a las palabras, repetiría el mensaje eterno de Cristo, de amor, perdón, fraternidad, justicia y paz, pero no se referiría a ningún hecho en particular. En cada discurso, en cada aparición pública o transmisión radial, Pío XII, siempre en su estilo poético e indirecto, predicó los altos valores del Evangelio de manera general. Hablaba sobre la supeditación de lo político a lo moral, e insistía en la supremacía del individuo sobre el sistema. Los regímenes políticos son temporales mientras que el alma de cada persona es eterna. No condenó las deportaciones ni los asesinatos en masa, ni el bombardeo alemán sobre Londres, ni el bombardeo inglés sobre Dresden, ni el ataque japonés a Pearl Harbour, ni las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Ni siquiera dijo una palabra sobre el bombardeo aliado sobre Roma que tuvo la oportunidad de vivir muy de cerca. Pensándolo bien, si se hubiera puesto a mencionar una por una todas las atrocidades que ocurrieron durante su pontificado, no habría tenido tiempo de hacer otra cosa. 
La actitud de Pío XII durante la guerra genera y seguirá generando controversia.  Para unos, una figura misteriosa, fría y calculadora hasta extremos increíbles. Para otros, un hombre cuya profunda espiritualidad le permitió mantenerse ecuánime en una época convulsa en la que las masacres llegaron a ser parte de la vida diaria.
INSC: 2115

Eugenio Pacelli (1876-1958) Papa Pío XII (1939-1958).

martes, 2 de diciembre de 2014

Portugal en la II Guerra Mundial.

Lisboa 1939-1945. Neill Lochery.
Aguilar, España, 2013.
Mucho antes de que estallara el conflicto, el dictador portugués Antonio Oliveria Salazar comprendió que su país tenía mucho que perder y poco que ganar si se involucraba en la guerra y, aunque sus simpatías personales se inclinaban por el fascismo y la Alemania Nazi, mantuvo a Portugal fuera de la contienda. Salazar consideraba que el verdadero peligro era el comunismo y, como muchos otros en su momento, consideraba que Hitler era la barrera que protegería a Europa de un posible avance de la Unión Soviética. Por otra parte, Portugal tenía una antigua alianza con Inglaterra, que era además su mayor socio comercial. El ejército portugués era pequeño, no estaba bien equipado y habría sido incapaz de resistir un ataque, ya fuera británico o alemán. 
Aunque el Estado Novo, establecido por Salazar en 1932 era un régimen fascista, con policía represiva y poder centralizado, la personalidad de Salazar era muy distinta a la de Hitler, Mussolini o Franco. Nunca vistió uniforme militar, no organizaba desfiles interminables ni se metía a realizar aventuras insostenibles. Era un hombre inteligente, metódico y práctico y, prueba de ello, es que declaró a Portugal neutral en la II Guerra Mundial. 
Mantener esa neutralidad no fue fácil. Durante los seis años de guerra el gobierno portugués se vio sometido a fuertes presiones de ambos bandos y Lisboa, su capital, acabó convertida en un albergue de refugiados en tránsito y en un activo centro de espionaje. El libro Lisboa 1939-1945 del historiador escocés Neill Lochery, hace un recuento de los acontecimientos que sucedieron en la capital lusa relacionados con una guerra en la que se suponía que Prtugal no participaba. 
Mientras en otras capitales europeas, amenazadas con bombardeos y ocupaciones, se vivía en constante temor con alimentos, transporte y energía eléctrica racionada, en Lisboa la vida transcurría con normalidad, el alumbrado público estaba encendido toda la noche y el comercio con las colonias africanas garantizaba el abastecimiento. Cuando Alemania invadió Francia, muchísimas personas adineradas decidieron huir de Europa y corrieron a la frontera española. España les permitió pasar pero no quedarse, por lo que el tropel de refugiados del jet set cruzó directamente hasta Lisboa. De allí esperaban partir hacia los Estados Unidos, pero los cupos, tanto en los buques como en famoso Clipper de Pan Am, eran limitados. Además, obtener una visa implicaba un proceso lento y complicado, por lo que su estancia en Portugal se prolongó muchísimo más de lo que habían imaginado. Desde las suites de los hoteles de lujo hasta las más humildes piezas de las pensiones o posadas populares, todas las habitaciones de Lisboa estaban ocupadas por refugiados. Como la permanencia en Lisboa se hizo larga, los ricos debieron vender sus joyas y eran tantos los vendedores y tan pocos los compradores, que el precio de los diamantes se vino abajo. Hasta Peggy Gugenheim y Max Ernst, atrapados en Lisboa, debieron pedir prestado para sobrevivir la larga espera antes de partir hacia América.
Antonio de Oliveira Salazar. (1889-1970)
Gobernó Portugal de 1932 a 1968. Aunque fue
un dictador fascista y simpatizaba con Hitler,
logró mantener la neutralidad de Portugal
en la II Guerra Mundial.
Con la capital abarrotada, Salazar giró una circular a los cónsules portugueses en Francia para que no le dieran visa de ingreso a judíos. Aristides de Souza Mendes, cónsul portugués en el sur de Francia, ignoró la orden y autorizó la entrada a Portugal a un buen número de judíos. Lochery demuestra con datos que el número de visas otorgado es mucho menor al que se cree pero, en todo caso, su desobediencia a la orden directa de Salazar le costó su carrera y de Souza Mendes murió en la pobreza.
Entre los muchos atrapados en Portugal estuvo el Duque de Windsor, quien había sido rey de Inglaterra con el nombre de Edward VIII. Era un hombre en verdad extraño, engreído y bastante idiota que, además, simpatizaba con los nazis. Renunció al trono de Inglaterra para casarse con Wallis Simpson y tras la abdicación, se había ido a vivir a Francia. Cuando Francia fue ocupada por los alemanes, la pareja se trasladó a España, donde mantuvo una sospechosa, y hasta peligrosa, amistad con diplomáticos nazis. Los Duques, amigos personales del ministro de exteriores nazi Joachim von Ribbentrop, que habían cometido la imprudencia de ir a visitar a Hitler tras su salida de Inglaterra, se convirtieron en un verdadero dolor de cabeza para la inteligencia británica. Los nazis barajaron el plan de secuestrarlos con miras a lograr un arreglo entre Alemania e Inglaterra o, en último caso, devolver a Edward al trono como títere nazi. Churchill forzó al Duque a trasladarse a Portugal, donde estuvo jugando golf mientras Londres era blanco de bombardeos y, tras esquivar el plan alemán de secuestro, finalmente pudo fletarlo a las Bahamas.
A propósito de Churchill, en el libro se relata la muerte del actor inglés Leslie Howard, cuyo avión fue derribado por los nazis cuando volaba de Portugal a Inglaterra. Howard, quien era recordado por su participación en Lo que el viento se llevó, viajaba con su representante Alfred Chenhalls, quien era muy parecido a Winston Churchill. Además de rollizo, calvo y sonriente, Chenhalls tenía siempre en la mano un inseparable puro. Tal parece que un espía alemán lo vio en el aeropuerto de Lisboa y supuso que se trataba de Churchill. Los alemanes sabían que Churchill acababa de reunirse con Roosevelt en Casablanca, Marruecos, y supusieron que en su regreso a Londres había utilizado la ruta de Lisboa. El parecido de Chenhalls con Churchil y el mal ojo de un espía les costó la vida a todos los tripulantes de aquel avión de pasajeros.
Portugal fue durante la guerra un enorme hormiguero de espías. Por ser un país neutral, en las recepciones diplomáticas los embajadores de Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos debían saludarse y departir civilizadamente, pero el personal de sus respectivas oficinas era sospechosamente elevado. Se trataba de captar información y se ponían a circular rumores falsos. Se sobornaban funcionarios, se contrataban informantes, todo el mundo, en Portugal, era un espía o fingía serlo. Las conversaciones en los concurridos cafés, eran siempre en voz baja. Entre los espías británicos que trabajaron en Portugal durante la guerra, estuvo Ian Flemming, el autor de las novelas de James Bond. Su jefe, John Godfrey le sirvió de modelo para crear al personaje M. Su famosa novela Casino Royale, que fue llevada al cine está basada en sus experiencias como espía en el Casino de Estoril, donde los millonarios europeos atrapados en Portugal se sentaban a las mesas de juego en medio de espías americanos, británicos y alemanes.
Un caso divertido es el del español Juan Pujol, quien trabajaba como espía para los nazis y fingía estar en Inglaterra cuando en realidad estaba en Lisboa. Fue contratado como doble agente para la inteligencia británica y en 1944 fue condecorado por ambos bandos.
Un tema fundamental, al que el libro presta especial atención, es el del comercio de volframio producido en Portugal. El volframio es un mineral que se utiliza en la industria del acero y del que Portugal tenía importantes yacimientos. La neutralidad declarada le permitía vendérselo a ambos bandos, que lo necesitaban para sus fábricas de armamento. Naturalmente, ni a los ingleses ni a los alemanes les hacía mucha gracia que Portugal fuera tanto proveedor suyo como del bando enemigo, pero ambos tenían claro que si Portugal se negaba a venderle a uno, el otro acabaría invadiendo el país y la cosa se complicaría.
Neill Lochery. Historiador escocés.
Su especialidad es la historia del
Medio Oriente, pero su libro sobre
Portugal es una investigación
profunda y una lectura fascinante.
Salazar temía tanto un ataque inglés como uno alemán y ciertamente la tuvo difícil para lograr que los resentimientos de ambos países hacia su país no se pasaran de la raya. La tensión, a veces, estaba a miles de kilómetros de Lisboa, pero lo afectaba directamente. Portugal tenía el control de Timor oriental, en Asia y la inteligencia británica descubrió un plan japonés para invadir el territorio. Le ofreció a Salazar desplazar en el sitio tropas australianas y neozelandesas, pero Salazar temió que aquella acción podría desencadenar un ataque alemán sobre Portugal. Roosevelt, por su parte, lo presionaba para que permitiera el control americano sobre las islas Azores, también portuguesas, situadas a mitad del Atlántico, para establecer en ellas un centro de abastecimiento. En Timor, las cosas no pasaron a más, pero las Azores sí fueron cedidas temporalmente a la marina americana en 1943, cuando ya Alemania no podía reaccionar.
Incluso cuando tuvo claro que los aliados ganarían la guerra, Salazar mantuvo relaciones diplomáticas y comerciales con el III Reich. Cuando Hitler murió, Salazar envió sus condolencias y decretó duelo nacional por lo que las banderas ondearon a media asta en señal de luto. Solamente tres países manifestaron sus condolencias por la muerte de Hitler: Portugal, España e Irlanda.
Franco le debía grandes favores a Hitler. El sentimiento antibritánico de Eamon de Valera lo había llevado al extremo de hacer que Irlanda, también desde la neutralidad, apoyara la causa nazi. Pero las condolencias de Salazar ante la muerte de Hitler fueron las menos comprendidas y las más recriminadas por el Foreing Office británico.
En la posguerra, el anticomunismo de Salazar pesó más que cualquier resentimiento que pudieran guardar hacia él los ingleses y americanos. El viejo líder, metódico, solterón y de vida austera continuó rigiendo el país hasta 1968.
A pesar de su neutralidad o quizá precisamente por ella, Portugal fue uno de los grandes ganadores de la guerra. El país se enriqueció porque el precio del volfranio se disparó hasta las nubes y tanto la avalancha de refugiados como las actividades de espionaje llenaron la capital de joyas y divisas. Como parte de una jugada maestra, Salazar le exigía a Alemania que pagara sus compras de volframio con barras de oro. La parte final del libro explica ampliamente las complejas operaciones bancarias que permitieron que grandes cantidades de oro de los países ocupados por los nazis terminaran en poder del Estado portugués.
El libro de Lochery es una buena muestra de que la II Guerra Mundial está aún lejos de agotar su caudal de sorpresas y que la historia del conflicto es fascinante incluso en los escenarios en que no hubo batallas.
Ian Flemming,autor de las novelas de James Bond, fue espía en Portugal
durante la II Guerra Mundial. Sostiene en sus manos un ejemplar de Casino
Royale
, novela que escribió basada en sus experiencias en el Casino de Estoril.
INSC: 2691

sábado, 25 de octubre de 2014

Leni Riefensthal.

Five Lives. Leni Riefensthal. Excelente libro de
fotografías publicado por Taschen, Alemania
en el año 2000.
Tal vez su nombre no sea muy reconocido actualmente, pero en los años treinta Leni Riefensthal era admirada en todo el mundo por las innovaciones que introdujo a las tomas cinematográficas. A mediados de los años cuarenta fue totalmente olvidada, al punto que su nombre dejó de pronunciarse y su trabajo dejó de verse. En los setentas volvió a llamar la atención por sus fotografías y a finales de los ochenta, con la publicación de sus memorias, volvió a despertar discusiones que tenían medio siglo apagadas. 
Hija de un industrial bastante rico, Leni, nacida en 1903, decidió desde muy pequeña dedicarse al arte. Fue bailarina, y actriz tanto en teatro como en películas.
El cine la fascinó y apenas estuvo delante de una cámara, quiso también estar detrás, no solo de la cámara sino de todo el proceso. En 1932 cumplió su sueño y estrenó la película La luz azul de la que fue directora, productora, guionista y actriz principal. Entre los muchos espectadores que llegaron a considerar La luz azul su película favorita estaba un controversial líder político llamado Adolfo Hitler quien, al año siguiente, llegaría ser Canciller del Reich, primero y Führer con plenos poderes, poco después.
Hitler convocó a Leni a una cita y ella asistió sin saber para qué quería verla. Estuvo sentada esperando más de un cuarto de hora antes de que una puerta se abriera de golpe y apareciera Hitler caminando a paso apresurado hacia ella y con el rostro descompuesto por una expresión de angustia. Hitler estaba, más que contrariado, avergonzado. Le pidió disculpas repetidas veces. Nadie le avisó que ella ya había llegado y a eso se debió la espera. Una y otra vez, durante la entrevista e incluso en la despedida, Hitler se disculpó por la demora, consideraba imperdonable que una gran artista como ella lo hubiera tenido que esperar y, como si fuera un niño ante su maestra, llegó a prometer que no volvería a ocurrir. 
Aquel día nació una amistad que no se quebraría nunca. Hitler quería que Leni produjera películas propagandísticas que serían generosamente remuneradas por el Estado. Leni aceptó la propuesta inmediatamente. La cercanía de Leni con Hitler llegó a ser tan estrecha desde el inicio, que sus producciones cinematográficas fueron coordinadas enteramente por ella, sin la más mínima ingerencia del Dr. Goebbelsministro de propaganda del régimen por quien Leni tuvo siempre cierto recelo. El sentimiento, por cierto, era recíproco. 
Leni Riefensthal y Adolfo Hitler, una
amistad que nunca se rompió.
Las dos películas más famosas que realizó fueron La victoria de la fe, en 1933 y El triunfo de la voluntad, en 1934. Un detalle interesante, que no fue revelado sino muchos años después, es que en muchas de las concentraciones masivas Leni filmaba al público, pero no a Hitler. Las tomas de sus discursos se hacían posteriormente en un estudio en el que Hitler, como un actor subordinado a las indicaciones de la directora, hacía todo lo que Leni dispusiera ya que era ella, y solo ella, quien sabía cómo lograr la mejor imagen y el mejor efecto. 
En 1936 se celebraron en Berlín los juegos olímpicos y Leni filmó a los atletas de todas las disciplinas con miras a realizar el documental Olympia que fue estrenado en 1938. Con Olympia el nombre de Leni Riefensthal fue conocido y admirado en todo el mundo ya que logró llevar el lenguaje cinematográfico a un nivel hasta entonces insospechado. Las películas, todavía en los años treinta, fotografiaban a los actores de frente y de cuerpo entero. En Olympia, Leni ensayó diferentes perspectivas. Llegó al extremo de mandar a cavar un agujero en la pista de salto largo para que la cámara captara al atleta desde abajo. La edición y la calidad de la fotografía eran asombrosas. La creatividad y originalidad de las secuencias alcanzaban el nivel de una verdadera obra de arte. Leni decidió mudarse a Hollywood para continuar su carrera, pero llegó a los Estados Unidos casi al mismo tiempo que las noticias de la Kristallnacht (Noche de cristales rotos) que fue el acontecimiento que dio inicio a una oleada de agresión contra civiles y que puso al mundo en alerta sobre lo perverso y peligroso que podía ser el régimen nazi.
El cantante de los Rolling Stones, Mick
Jagger, con Leni en los tiempos en que
ella hacía retratos de famosos.
Varios personajes de la industria americana del cine, entre ellos Walt Disney, le manifestaron a Leni la admiración y respeto que tenían por ella como cineasta, pero le explicaron que, por las obras de propaganda que realizó para el partido nazi, jamás podría trabajar en Hollywood. 
Leni regresó a Europa e, incluso durante la guerra, recibió el apoyo financiero de Hitler para producir un par de películas. Ella siempre dispuso de todo el dinero que quiso, su sueldo era uno de los más altos del régimen, superior incluso al de los ministros. Cuando ya la derrota era evidente, tuvo la oportunidad de visitar y despedirse de Hitler, su gran amigo. Más tarde, declaró sin ningún pudor que lloró cuando se enteró de su muerte.
Al finalizar la guerra, Leni se quedó sin un lugar en el mundo, dividido entre democracias liberales y dictaduras comunistas, en ninguna de las cuales había espacio para una nazi. Debió hacer frente a acusaciones de haber utilizado prisioneros de campos de concentración como extras en sus películas. En cada interrogatorio y en cada entrevista, recalcaba su simpatía por Hitler y por la dictadura nazi.
Sin poder hacer películas, por no tener quien le financiara la producción, Leni se dedicó a la fotografía. Sus imágenes del pueblo africano Numa, publicadas en los setenta, son extraordinarias. Realizó también bellísimas fotografías submarinas. Por esa época, grandes celebridades pagaban lo que fuera por ser retratados por la cámara de Leni. Aunque los nazis generaban repudio, los historiadores del sétimo arte ya eran capaces de valorar por separado la obra de Leni entre lo propagandístico y lo cinematográfico. Por más nazi que fuera, su lugar en la historia del desarrollo del cine era innegable. 
Versión en español de las memorias
de Leni, publicadas por Lumen en 2013.
Se llegó a discutir, en el plano ético, si era justo castigar a una gran artista por haber puesto su arte al servicio de un tirano. Los estudiosos de la historia del cine no solo la elogiaban sino que recomendaban a los aspirantes a cineastas a aprender de ella. Sus películas de ficción y el documental Olympia, empezaron a ser proyectados, no solo para especialistas sino para el público en general. De sus películas de propaganda nazi, solamente se mostraban fragmentos para ilustrar determinada técnica. Tanto las escuelas como las salas de cine consideraban que sería imprudente ofrecer al público la proyección de una de esas películas completa. Tal presentación podría ser malinterpretada.
Conforme pasaban los años, se atenuaban los comentarios: "Sí, fue la propagandista de Hitler, pero indiscutibles es una de las grandes directoras de cine del siglo XX."
Cuando parecía que su figura y su obra serían reivindicadas y valoradas sin tomar en cuenta su faceta política, Leni publica, en 1986, sus memorias en las que no deja lugar a dudas de su constante simpatía por Hitler y su adhesión al régimen nazi. De hecho, publicó sus memorias en buena medida para contar esa otra versión de la historia (la de los perdedores) que nadie escribe, nadie publica y, por tanto, nadie conoce.
Pero la vida de Reifensthal fue larga. Cuando cumplió cien años, en 2003, permanecía, a pesar de su avanzada edad, fuerte, lúcida y activa. Las autoridades del sector cultural del gobierno alemán, analizaron durante meses si debían o no realizarle un homenaje. La guerra había terminado hacía cincuenta y ocho años, ella era una gran artista alemana pero... siempre estaba el pero. ¿Qué era lo más justo? ¿Homenajearla o dejarla sin homenaje? Las universidades, las academias de cine, los periódicos y las revistas se planteaban el mismo dilema. Al final, Leni celebró sus cien años con una fiesta privada, aparecieron reportajes muy cuidadosamente escritos en los medios, pero no hubo ningún homenaje.
Leni alcanzó a vivir más de un año más y murió en 2004 a los ciento un años de edad. La polémica sobre su persona, su obra su posición ideológica sigue, y probablemente seguirá, abierta e intensa.

Leni Riefensthal celebra su cumpleaños 101. Moriría pocas semanas después.




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...