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sábado, 17 de diciembre de 2016

Máscara del delirio. Poesía de Zingonia Zingone.

Máscara del delirio. Zingonia Zingone.
Perro Azul. Costa Rica. 2006.
La obra literaria de Zingonia Zingone es tan internacional como su propia vida. Nació en Londres, Inglaterra, hija de padres italianos, pasó su infancia y buena parte de su juventud en Costa Rica, residió en Suiza y Nicaragua, terminó su formación profesional en Roma y, ya sea por motivos personales, laborales o literarios, viaja con frecuencia.
Su formación multicultural y multilingüe tiene sus ventajas. En los encuentros literarios que se realizan en América Latina, la invitan como escritora italiana, mientras que en los que se celebran en Europa la presentan como costarricense o nicaragüense.
Ha escrito poesía, novela, cuento, teatro y, por supuesto, crónicas de viajes. También ha publicado artículos en distintos países y ha sido promotora cultural, conferencista, editora y traductora.
Aunque estaba enterado de su intensa actividad literaria, no había tenido oportunidad de leer ninguna de sus obras y, cuando la conocí, me sentí  un poco apenado al confesarle que el único libro suyo que tenía en mi biblioteca era Máscara del delirio y que aún no lo había leído.
Su reacción fue tajante: me pidió que no lo leyera. Al ver mi cara de sorpresa, me explicó que ese libro era una obra de juventud que ya no la representaba, que su sensibilidad, su estilo y sus temas habían tomado otro rumbo y que preferiría que yo entrara en contacto con sus trabajos más recientes.
Hasta me dio la impresión de que estaba de alguna manera avergonzada de ese libro y arrepentida de haberlo publicado. Se disculpaba diciendo que Máscara del delirio, no era más que el arranque de una muchacha joven, ingenua y sentimental que escribía sus primeros versos.
Naturalmente, la solicitud de no leer el libro acabó generando el efecto contrario.
Los escritores, por lo general, suelen ser muy severos a la hora de juzgar sus primeros libros quizá porque, con el paso de los años, han cambiado tanto que ya no se reconocen en ellos. Cada cierto tiempo uno se convierte en otra persona. Si alguien de cuarenta años de edad tuviera la oportunidad de conversar con quien fue a los veinte o con quien será a los sesenta, es casi seguro que habrá más puntos de vista en que difieran que en los que estén de acuerdo.
Editado en 2006 dentro de la colección de poesía Perro Azul, Máscara del delirio no es, en todo caso, el primer libro de Zingonia Zingone, quien ya había publicado antes una novela, un poemario y una obra teatral. Es, eso sí, el primer libro que escribe y publica en español, ya que los tres anteriores aparecieron en italiano. El libro viene bien apadrinado y amadrinado. Blanca Castellón escribió el prólogo y Julio Valle Castillo el texto de la tapa. Abre con un epígrafe de Claribel Alegría, con quien Zingonia realizaría, posteriormente, importantes proyectos editoriales.
Máscara del delirio es un libro de poemas de amor o, más bien, de enamoramiento, que no es lo mismo. Estar enamorado puede ser una fascinación, un capricho, una obsesión, un deseo, una atracción o muchas otras cosas distintas al amor genuino que también es una posibilidad. Pero al echar la vista atrás y hacer un recuento de lo vivido, descubrimos que las personas a las que verdaderamente llegamos a amar no coinciden necesariamente con las que nos hicieron revolotear mariposas en el estómago.
El amor es como el calor de una brasa que, cuando el viento sopla, en vez de apagarse se aviva. El enamoramiento es más bien la luz de una bengala, tan intensa al inicio que deslumbra y ciega pero que se apaga tan repentinamente como se encendió. Llegamos a amar a quienes conocemos a fondo. Nos enamoramos de quienes aún no conocemos.
Algo hay, en este libro, de la muchacha joven, ingenua y sentimental que Zingonia mencionó que era al escribirlo pero, como bien anota Blanca Castellón en el prólogo, Zingonia "nos sorprende con una dosis de transparencia vital..." en la que "el lector puede recrearse con la visión agitada de sus entrañas y su reino interior."
Así es. A pesar de su título, Máscara del delirio es un libro sin máscaras ni tapujos, en que una mujer enamorada declara sin reservas la contrariedad en que está sumida, lo dolorosa que puede resultar la ausencia de quien espera que la acompañe, el gran valor que le otorga al más mínimo gesto y lo inusitado de los pensamientos que cruzan por su mente.
La realidad, lo concreto, sirve de base para crear fantasías. Ningún amante real que haya compartido el lecho puede ganar en la comparación con un amante imaginario que apenas se ha visto pasar de lejos.
Ni ella misma logra explicarse por qué, al mirar que el hombre al que le había hablado una única vez en su vida estaba acompañado por una mujer alta y morena, llegó a sentir una molestia que, definitivamente, solo podía llamarse celos.
"Nuesto amor es tan grande que me interesa saber todo lo que piensas", dice en un poema. Pero, "Seguramente te preguntas que pasará por esa mente/ si lo supiera te lo diría", declara en otro.
Es decir, quiero saber todo lo que tienes en tu mente, pero ni yo sé lo que tengo en la mía.
La promesa de no lavar nunca un pañuelo para que conserve el aroma que eternizará un instante. El recuerdo del primer día en que la imagen del ser idealizado llegó a convertirse en tema único de todos sus pensamientos. El reclamo de "¿Por qué no me dejaste dormir?" a quien pasó la noche en otro sitio. La declaración contudente de que "sin ti no hay más que espacios vacíos". 
Habrá quienes califiquen todo esto de ingenuo, pero el que nunca haya estado enamorado que arroje la primera piedra. 
Max Jiménez decía: "Escribiríamos mejor si no tuviéramos el miedo de que descubran lo que somos."  Zingonia tuvo la valentía de escribir sin ocultarse, de mostrar la maraña de emociones que, en determinado momento, la hizo sentir, como a cualquier otra persona enamorada, que se le acababa todo el aire del mundo. Su total honestidad con sus emociones de aquel momento, puede ser la causa de su pudor ante este libro en el presente.
Cuando se retorna a la serenidad, uno se avergüenza de las palabras melosas que dijo al estar enamorado, de los melodramas que armó al sentirse traicionado, del torrente de improperios que soltó cuando estuvo furioso y hasta de la euforia desbordada que lo invadió en los momentos de mayor alegría.  El común de los mortales vive diciendo: "Estuve alterado, pero ese no soy yo."
Hay, sin embargo, cierta clase de personas que, lejos de ocultar sus debilidades, sus dudas, sus angustias, sus anhelos, sus temores y sus sueños más descabellados, muestran, a quien quiera verlo, todo su interior y le hacen, además, un recuento de la experiencia que vivieron al estar en la cima, o en el abismo. Esas personas son, de más está decirlo, los poetas.
Cálido, dulce, franco, el libro de Zingonia fue, para mí, una lectura más que memorable, conmovedora. Los poemas, los mensajes, las epístolas y el relato de las páginas finales, titulado Intuición del Amor (o novelita de sueños desnudos), me permitieron asomarme de nuevo a ese pequeño mundo de ilusión y dolor por el que todos, alguna vez, hemos pasado.
Tal vez no hemos acabado enamórandonos de la persona a la que le arrugamos el automóvil, como en la novelita que cierra el libro, pero todos tenemos una o más de una historia similar que contar.
Confío en que Zingonia me perdone el haber leído el libro que me pidió que no leyera. Y, aunque en sus otras obras haya cambiado tema y tono, espero que mantenga siempre la honestidad y la belleza expresiva de las que hizo gala en Máscara del delirio.
Zingonia Zingone. Escritora, editora y traductora italocentroamericana.

INSC: 2026

sábado, 21 de mayo de 2016

La evolución poética en Costa Rica según Alberto Baeza Flores.

Evolución de la poesía costarricense.
1574-1977 Alberto Baeza Flores.
Editorial Costa Rica. 1978
La poesía es algo tan personal que resulta en verdad difícil referirse a ella cuando el marco es muy amplio. Entre los poetas puede haber afinidad de preocupaciones, recurrencia de temas, coincidencias de estilo e imitación de trucos, pero cada uno tiene su propio mundo (tanto real como imaginario), así como su manera particular de expresarlo. Los historiadores de la literatura, y muy especialmente los de la poesía, tienen claro que las corrientes estéticas no coinciden necesariamente con un período cronólogico. Hay poetas precursores y audaces que vivieron muchos años antes de que la forma que eligieron para expresarse se volviera común, así como hay poetas que optan por mantenerse apegados a normas de tiempos pasados y hasta remotos.
Se sabe que "El que mucho abarca poco aprieta" y, acatando la sabiduría del viejo refrán, quienes se ocupan de literatura tienen claro que la manera más apropiada de decir algo que sea digno de atraer y mantener la atención es referirse a un tema específico que se pueda observar a fondo. No faltan, sin embargo, las obras pretenciosamente enciclopédicas.
El libro Evolución de la poesía costarricense 1574-1977, de Alberto Baeza Flores, me llamó la atención por lo ambicioso. Antes de empezar a leerlo me puse a sacar cuentas: de 1574 a 1977 hay cuatrocientos tres años y el libro tiene cuatrocientas doce páginas. Supuse entonces que, pese a ser un libro gordo, su contenido no podría ir más allá de una mirada rápida y panorámica. Sin embargo, la obra no llegó ni a eso.
Para empezar, tiene un vacío de más de tres siglos. Los primeros versos escritos en Costa Rica de que se tiene noticia son los de Domingo Jiménez El Coplero,  conquistador español que nació en 1535 y murió en 1610, cuyas rimas satíricas hicieron enojar a las autoridades y lo hicieron salir huyendo de la ciudad de Cartago, de la que había sido alcalde. Siempre me ha parecido simpático que el primer poeta de mi país fuera perseguido por su sarcástico sentido del humor. Al referirse a él, Baeza cae en el mismo error que Abelardo Bonilla quien, con gran arrogancia, tildó de "mediocre" los versos de El Coplero y, en vez de presentar el autor, la obra y las circunstancias de la época, se pone a evaluar sus versos con el lápiz rojo del evaluador implacable.
De Domingo Jiménez solo quedan unas pocas páginas y durante los trescientos años siguientes no se publicó en Costa Rica ni un solo libro de poesía. Los poemas circulaban en hojas sueltas o aparecían en los periódicos. Indignado y ofendido de que en una antología publicada en España no se incluyera a ningún tico, Máximo Fernández mandó imprimir, en 1890, La Lira Costarricense, primer libro de poesía de Costa Rica, en que incluyó a varios autores, muchos de los cuales posteriormente editaron libros con sus poemas de manera individual.
Al igual que muchos otros investigadores, Baeza salta directamente de El Coplero a La Lira Costarricense. 
Ya en ese punto, Baeza propone clasificar la poesía costarricense en seis generaciones cronológicas, de las cuales la primera sería la de los del cambio del siglo XIX al XX (Aquileo Echeverría, Lisímica Chavarría et alia). Vendrían luego la de quienes publicaron en Repertorio Americano o Surco (Arturo Echeverría Loría, Francisco Amighetti, Max Jiménez et alia). La tercera sería la de los nacidos entre 1915 y 1930 (Alfredo Cardona Peña, Eunice Odio et alia).  En la cuarta estarían quienes nacieron entre 1930 y 1945 (Carmen Naranjo, Jorge Charpentier, Ana Antillón, Carlos Rafael Duverrán et alia). La quinta abarcaría a los nacidos entre 1946 y 1965 (Diana Avila, Lil Picado, Ana Istarú, Rosibel Morera et alia). Y la sexta y última a los poetas nacidos después de esa fecha que, más que jóvenes, serían niños o adolescentes, puesto que el libro fue publicado en 1978.
Al hacer la clasificación, me parece que Baeza optó por el camino fácil y equivocado. Ser contemporáneo no implica tener afinidad creativa. A nadie se le ocurriría agrupar pintores, escultores, músicos o arquitectos por su fecha de nacimiento. Agruparlos de esta forma, en vez de facilitar el retrato de conjunto, lo complica.
Incapaz de proponer una visión de conjunto, Baeza opta por referirse a cada poeta en particular. A la gran mayoría los menciona de manera apresurada mientras que a otros (Roberto Brenes Mesén, Isaac Felipe Azofeifa, Eunice Odio, Jorge Debravo y Alfonso Chase) les dedica extensos apartados. 
Detenerse en cada peldaño (y en algunos por bastante rato) no brinda una visión integral de la escalera.
El libro, además, se distrae con frecuencia del tema. Hay ocasiones en que, para dar una idea del contexto nacional o mundial, aparecen largas parrafadas en que se consignan datos de almanaque que no vienen al caso ni brindan aportes de importancia. 
Como dijo Oscar Wilde: "Cuando alguien pretende agotar un tema, lo único que logra es agotar a quienes le ponen atención". Uno comprende que, pese a que distinguieron principalmente como novelistas, los poemas de don Joaquín Gutiérrez Mangel y don Fabián Dobles merezcan ser mencionados, pero los poemas de don Alberto Cañas o de Daniel Oduber no pasan de ser datos curiosos.
Verdaderamente poco elegante, además de inexplicable, es el hecho de que Baeza se cite a sí mismo en tercera persona con nombre y dos apellidos. "Alberto Baeza Flores escribió una elegía..."
Pero lo verdaderamente extraño, entre todas las pérdidas de rumbo de este libro, es la atención excesiva que le presta a la astrología. Sobre este punto, vale la pena citarlo textualmente:

"Carlos Rafael Duverrán nace en San José de Costa Rica, con el signo de Tierra bajo la dominante de Venus, que es un planeta simbolizado por la diosa del amor, de las bellas artes y de la poesia. Freud es un hijo del signo Tauro, que es el de Duverrán."

Por distraerse en asuntos astrales, olvidó consignar la fecha de nacimiento de Duverrán, omisión que se repite en el caso de Mariamalia Sotela:

"Bajo el signo de Fuego, bajo el dominante de Júpiter, el planeta de la gran fortuna y la energía en estado puro, nace Mariamalia Sotela."

En el caso de Alfonso Chase, sí anotó el dato, pero se extendió más de lo necesario en el plano cósmico:

"Alfonso Chase nació en la ciudad de Cartago el 19 de octubre de 1945. Esto quiere decir que su signo es Libra, signo del aire bajo la dominante de Venus, punto de equilibrio entre el día y la noche, la luz y las sombras. (...) Ha nacido bajo el signo que marca la salida y la puesta del sol, Venus es la diosa de la belleza -es la Afrodita dela Mitologia griega- y es la dominante del signo Libra, que es el de Chase. El día del nacimiento de Chase corresponde ala influencia de Sagitario, noveno signo del Zodiaco."

No acabo de entender cómo, para comprender mejor el aporte de los libros de Alfonso a la evolución de la poesía costarricense, me pueda ser de utilidad saber que nació bajo el signo de Libra con ascendente Sagitario. En todo caso, si esa información es relevante, tal vez habría sido mejor que Baeza hubiera agrupado a los poetas por su signo zodiacal en vez de por su año de nacimiento. 
En la contraportada aparece el acta del jurado que le otorgó a este libro el Premio Editorial Costa Rica de Ensayo.
Enrique Macaya Lahmann, Roberto Murillo e Isaac Felipe Azofeifa, al otorgarle el galardón, consideraron como el principal mérito de esta obra su considerable labor de investigación. Curiosamente, no se supone que el género de ensayo se distinga por referencias y descargas abrumadoras de datos. De un ensayo, más bien, se espera todo lo contrario. Por otra parte, la abundante recopilación de títulos, autores y años de publicación, sería en todo caso el punto de partida y no la meta en una obra de este tipo. 
En el libro hay un larguísimo apartado que se dedica exclusivamente a elogiar, de manera laudatoria, la poesía de Isaac Felipe Azofeifa. Por ello, es poco elegante que don Isaac Felipe, como miembro del jurado, haya dado su voto para darle un premio a una obra en que se le lanzaban flores y se le quemaba incienso.
Evolución de la poesía costarricense, con todo y todo fue una lectura interesante. Me agradó la forma en que se refirió a don Rogelio Sotela, me pareció desmedida y desproporcionada la importancia que le dio a Brenes Mesén, consideré bastante pobres los comentarios sobre la poesía de Eunice Odio y me parecieron acertadas y reveladoras las apreciaciones sobre Jorge Debravo. Ya sea que estuviera de acuerdo o en desacuerdo con lo que leía, a todo lo largo del libro encontré siempre algo que mantuvo despierto mi deseo de seguir adelante. Alguien que lee poesía, siempre está dispuesto a prestar atención a lo que otros han descubierto en los mismos libros en que él se ha sumergido.
INSC: 2146

viernes, 13 de mayo de 2016

Costa Rica en los espejos de Stefan Baciu.

Costa Rica en seis espejos.
Stefan Baciu. Ministerio de Cultura,
Juventud y Deportes. Costa Rica.
1976.
No tengo claro cómo, cuándo ni por qué Stefan Baciu, un rumano que ejerció el periodismo en Brasil y luego fue profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Hawaii, se interesó en los escritores costarricenses. Según él mismo afirma, durante una recepción ofrecida por Rogelio Sinán, que entonces ocupaba un cargo diplomático en México, tuvo la oportunidad de conocer personalmente a Eunice Odio. También parece que visitó en repetidas ocasiones Costa Rica, donde frecuentaba a don Paco Amighetti, con quien mantuvo una asidua comunicación epistolar. Durante la década de los setenta y todavía incluso en los primeros años de los ochenta, de vez en cuando aparecía un artículo de Baciu en La Nación, casi siempre sobre artes o libros.
En 1976, el Departamento de Publicaciones del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, dentro de su serie Nos Ven, publicó Costa Rica en seis espejos, un libro de ensayos en que Baciu se ocupa de cinco poetas costarricenses. A Max Jiménez le dedica dos escritos y los restantes, uno por cabeza, tratan de Asdrúbal Villalobos, Francisco Amighetti, Jorge Debravo y Eunice Odio. 
La lectura, tanto del libro en general como de cada apartado en particular, es desconcertante por lo caótica. Salta a la vista que Baciu es un hombre culto que ha acumulado abundantes lecturas y experiencias, pero a la hora de consignar sus impresiones por escrito se le hace una maraña de referencias y acaba soltando ideas dispersas sin secuencia estructurada  ni argumento lógico. Mezcla impresiones y recuerdos personales con abundancia de citas textuales que, muchas veces, no vienen al caso. Intenta plantear una propuesta de lectura pero, ante la más mínima distracción, pierde el rumbo y salta de una cosa a la otra. 
El ensayo dedicado a Amighetti, por ejemplo, arranca con un rodeo tan extenso que acaba mencionado por primera vez a don Paco cuando ya lleva más de seis páginas de andarse por las ramas. En el de Jorge Debravo, nota en el poeta turrialbeño la influencia de Joaquín Pasos, Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal, la cual es bastante evidente, pero intenta establecer además un paralelismo con el expresionismo alemán (con el que Debravo difícilmente habría estado familiarizado) y se hunde en un intento de literatura comparada tan pesado como inoportuno. Con Eunice Odio y Max Jiménez se deja vencer por la carga anecdótica. Es verdad que Max Jiménez era un hombre muy adinerado y Eunice Odio tenía unos hermosos ojos verdes pero ¿eso qué tiene que ver con su poesía?
Don Paco Amighetti es el único de los autores que aún vivía en el momento en que el libro fue publicado. Asdrúbal Villalobos, un poeta herediano casi desconocido de las primeras décadas del Siglo XX, publicó solamente un libro en 1929. Max Jiménez, quien publicó su obra y expuso sus pinturas y esculturas en distintos países de Europa, Norte, Centro y Sur América, murió en Buenos Aires en 1947. Eunice Odio, quien no llegó a publicar un solo libro en Costa Rica (publicó en Guatemala, Argentina y El Salvador), murió en 1974 enMéxico, donde se dedicaba al periodismo y la crítica literaria y artística. La obra de Eunice no fue conocida en Costa Rica sino hasta varios años después de su muerte. Jorge Debravo, por su parte, falleció en un accidente de tránsito en 1967 con apenas veintinueve años de edad. De alguna forma, la vida de cada uno de estos poetas cuenta con material suficiente para convertirlos en leyenda. Allí están grandes artistas trotamundos (Max y don Paco), poetas poco conocidos (Villalobos y Eunice) y un hombre de orígenes humildes que logra notoriedad gracias a sus versos (Debravo). En Costa Rica, como en cualquier otro sitio, los poetas tienen orígenes y desarrollos diversos. Sin embargo, como ya se dijo, los ensayos de Baciu, carecen por completo de enfoque y de estructura y no pasan de ser un compendio de ideas sueltas que no logran brindar una imagen clara ni del autor, ni de su obra.
En escritura, como en docencia, la falta de esfuerzo en un extremo repercute en el lado opuesto. Los escritores y los maestros que se toman su trabajo en serio y preparan cuidadosamente sus exposiciones, reducen el esfuerzo de sus lectores y pupilos. Quienes, por el contrario, como Baciu, sueltan peroratas sin orden ni coherencia, acaban poniéndole el camino cuesta arriba al lector, quien debe esforzarse por entresacar, en medio de la palabrarería inoportuna, alguna idea o algún dato de interés.
En este libro se reproducen dos cartas que César Vallejo le escribió a Max Jiménez desde París. Una de noviembre de 1924 y la otra de diciembre de 1926. En ellas, Vallejo le agradece a Max su amistad y ciertos favores recibidos, entre ellos el que le haya permitido vivir en su apartamento parisino. El poeta peruano menciona que recibe constantemente el Repertorio Americano que editaba don Joaquín García Monge. Se incluye además una larga cita de Ernesto Moore, quien también fue huésped de Max en la capital francesa, que evoca detalles acerca de la amistad que existía entre los escritores latinoamericanos que vivían en París durante los años veinte.
Es triste decirlo pero, de no ser por la reproducción de estos documentos, el libro Costa Rica en seis espejos no tendría nada digno de ser recordado. Las únicas páginas que vale la pena leer, en este libro, son precisamente las que no escribió el autor.
INSC: 1165

martes, 27 de octubre de 2015

El domador de pulgas de Max Jiménez.

El domador de pulgas. Max Jiménez.
Editorial Costa Rica. 1999.
Otros domadores alquilaban brazos para alimentar a sus pulgas, pero al de esta historia le parecía una traición darle a sus pulgas otra sangre que no fuera la suya. Su brazo lleno de piquetes era la verdadera encarnación del amor que sentía por sus animales.
Un buen día decidió no exhibirlas más en el pequeño circo en que las ponía a tirar de una diminuta carreta o caminar por la cuerda floja. Prefirió dejarlas en libertad, dentro de su cuarto miserable, para que ellas hicieran con sus vidas lo que quisieran. El domador les daba su sangre, pero no sus palabras, y se limitó a observarlas sin intervenir en sus decisiones. Las pulgas se reprodujeron y la población llegó a ser numerosa. La comunidad se volvió compleja y cada pulga, a nivel individual, tomó su camino propio.
El domador se dio cuenta de que lo que hace falta en la vida es solo un impulso inicial. Sus pulgas dejaron de ser animalitos saltones y poco a poco fueron separándose en grandes masas, pequeños círculos y hasta pulgas solitarias. Cada pulga empezó a hacerse distinta a las otras. Los animales de la misma especie son difíciles de distinguir, pero llegó el momento en que no había una pulga igual a otra.
Por sus diferencias tan marcadas, empezaron a haber riñas, asesinatos y disputas de honor. Para el domador fue terrible darse cuenta de los actos de violencia que ocurrían en la comunidad de sus amadas criaturas, pero confió en que ellas mismas serían capaces de encontrar la solución a sus problemas. Por iniciativa propia, las pulgas crearon leyes, tribunales y presidios.
En la sociedad de las pulgas, algunas empezaron a destacarse por su talento, mientras que otras se degradaban por sus vicios. La pulga filósofa, por ejemplo, ocupaba su tiempo en reflexionar sobre asuntos profundos y elevados. Su vida era regida por la razón, las ideas y los principios. Solamente se comportaba como animal a la hora de aparearse, como si perdiera la gravedad de su pensamiento al quitarse los pantalones y solo fuera de capaz de recobrarla al recogerla de donde, al igual que los pantalones, la había dejado tirada al descuido.
Pulga artista, por su parte, agobiada desde su niñez por su absoluta conciencia, tenía una vida dolorosa. En todas partes y a cada momento se encontraba con un NO en mayúscula que, a fuerza de repetirse, y por la redondez de la O, acabó convirtiéndose en su mundo. Cada fracaso en el arte era un peldaño firme y eterno para desarrollar su inevitable impulso creativo. Solo quien tiene una gran fortaleza puede alcanzar lo sublime tras una larga cadena de fracasos. Había pulgas medio artistas, que se amoldaban a lo que fuera con tal de no complicarse la vida, pero la pulga verdaderamente artista se levantaba con fuerza como las olas del mar, sin importarle que cada arremetida acabara convertida en espuma.
Las pulgas se entretenían chismeando sobre los defectos de las otras. Cualquier desliz poco virtuoso era comentado con saña y entusiasmo. A la que no había caído, pero se balanceaba en la cuerda floja, las pulgas chismosas la empujaban con la lengua. Elogiaban a la pulgas virtuosas, pero no las respetaban 
La pulga buena era la peor de todas. Era imbécil, inútil, fastidiosa, aguafiestas y un estorbo para la comunidad, pero cada vez alguien se atrevía a mencionarlo, lo callaban de inmediato: "No digás eso, ¿no ves que es muy buena?" Y se le perdonaba estupidez tras estupidez, error tras error, solamente porque era muy buena. Las pulgas principales llegaron a convencerse que la lástima que inspiraba la palabrita "buena", era una alcahuetería que acabaría creando, a la larga, una sarta de inútiles. Inútiles de vida impecable, pero inútiles al fin y al cabo. Ser capaz de mostrar una vida intachable era, en la comunidad de las pulgas, el síntoma más evidente de absoluta ineptitud.
La pulga rey lo tenía bien claro y, por ello, procuraba destacarse por sus defectos que, al alcanzar límites verdaderamente fuera de lo común, acaban generando admiración entre las pulgas plebeyas. La pulga dictador, eliminaba sin clemencia a las pulgas peligrosas y, por sus grandes logros en esa delicada materia, era vitoreada por la multitud cada vez que se asomaba al balcón. La pulga lírica, que escribía poemas tan sublimes que nadie era capaz de apreciar en su verdadero valor, pese a ser incomprendida por las pulgas profanas, era severa e implacable a la hora de juzgar las creaciones de otras pulgas líricas.
Aunque la gran mayoría de las pulgas eran ordinarias y había entre ellas muchas definitivamente tontas, torpes y hasta dementes, llegaron a considerarse seres superiores cuya vanidad debía extenderse incluso más allá de su muerte. Muchas se hicieron aficionadas a las sesiones espiritistas para comunicarse con las pulgas del más allá. La pulga medium era una farsante. Una vez una pulguita joven le preguntó si podía ver cómo se encontraba su papá. La pulga medium, en medio del trance, le informó que su papá estaba muy bien porque había entrado al cielo. "¿Cómo? ¿Ha muerto?", exclamó asustada la pulguita, "Si antes de venir aquí lo dejé en la casa con un ligero dolor de cabeza". La pulga medium, sin inmutarse y con tono solemne le respondió: "Te he revelado una verdad muy delicada: tu verdadero padre está en el cielo."
La creación es una forma de rebelarse contra la muerte. El artista busca manifestarse, confirmar su vida dándosela a otros, por el temor de desaparecer completamente. Los libros tienen el sentido de almacenar vida, de salvar vida y quienes los escribieron no desearon otra cosa que continuar viviendo en sus páginas hasta el infinito.
El domador, que no escribía libros pero sí los leía, quiso perpetuar su vida a través de sus pulgas.  Ya no sabía cuántos años llevaba viviendo solamente para ellas. Su piel se había tornado de un color amarillento verdoso. Se había convertido en un espectro, en un cuento de vecindario. Se sabía que aún estaba vivo porque de vez en cuando se veía pasar una sombra a través de la ventana sucia llena de telarañas. 
El domador de pulgas, de Max Jiménez, es una novela con un final verdaderamente sorpresivo y lleno de simbolismos.
Quienes han comentado el libro, han repetido miles de veces, desde que se publicó la primera edición en 1935, que se trata de una alegoría de la sociedad y los caracteres humanos. Tal explicación, por evidente, resulta innecesaria, pero hay quienes no son capaces de resistir la tentación de recalcar lo obvio. No han faltado tampoco algunos que, aficionados al chisme arqueológico, sostienen que algunos episodios de la novela, como el del marido celoso que asesinó al amante de la pulga adúltera, están basados en hechos reales de personajes conocidos y prominentes de la época. Para ellos, la pulga rey es Alfonso XIII y la pulga dictador es Adolfo Hitler. Sobre la pulga buena, es decir, idiota, que llegó a ser presidente, no hay consenso acerca de quién pudo ser. 
Max Jiménez Huete. 1900-1947.
Es decir, mientras unos leen El domador de pulgas de manera superficial, limitándose a ver solamente lo que salta a la vista, otros miran con lupa hasta el más mínimo detalle en busca de claves históricas. Están también los que destacan la crítica social que plantea, así como su profundo contenido caricaturesco, estético, filosófico y hasta religioso.
El domador es una víctima que se inmola por las criaturas a las que ama. Una especie de Prometeo que le da el fuego de los dioses a los mortales. Las pulgas dejaron de ser animales y fueron convirtiéndose en seres humanos. Aunque chupan su sangre, no están agradecidas con el domador, más bien, en cuanto pueden confrontarlo, le reclaman lo que les hizo. Ellas eran felices y acabaron siendo desgraciadas. A la larga, como dice el propio Max en la primera página: "El destino es más fuerte que la voluntad."
Leer un libro de Max Jiménez es siempre una experiencia conmovedora y sorprendente. En un largo desfile de imágenes sugerentes, que se alternan de manera abrupta, en cada párrafo (casi en cada línea) se encuentra una frase contundente que golpea con fuerza y deja un eco como el de un martillazo sobre el yunque. 
¿Quién no ha sentido en el andar de las pulgas algo así como el andar de su conciencia?
Este libro, como todos los de Max, está lleno de angustia, de dolor y de soledad.
Don Paco Amighetti, quien fue su gran amigo, dejó escrito que Max tenía una extraordinaria lucidez que lo hacía reírse de todo lo que consideraba absurdo. Pero ese sentido del humor no lo puso en su obra. La risa, la alegría, y la frase ingeniosa en son de broma, las derrochó en sus tertulias. En sus libros dejó más bien su dolor y su drama, que fue volviéndose cada vez más amargo y más conciso. 
INSC: 1322

domingo, 4 de enero de 2015

Poesía de Quijongo de Max Jiménez.

Quijongo. Max Jiménez. Espasa Calpe,
España, 1933.
Además de dibujante, escritor, pintor, grabador, escultor y poeta,  Max Jiménez fue, a su manera, un filósofo y un místico. Tanto don Paco Amighetti como don Joaquín Gutiérrez dejaron escritos testimonios acerca de la conflictiva y dramática personalidad de Max. Puede decirse que era un incomprendido y un solitario. Su creatividad se encauzó por todas las vías posibles. En la plástica, hay quienes dicen que tuvo mayores méritos como pintor que como escultor y, en la literatura, algunos afirman que fue mejor narrador que poeta.  Es verdad que la obra narrativa de Max tiene más audacias formales que su poesía, pero no deja de ser una majadería acercarse su obra literaria con el fin de etiquetarla o evaluarla. Detrás de toda la obra de Max (la literaria y la plástica) siempre he vislumbrado un mundo enigmático, solitario y triste pero, eso sí, luminoso y atractivo. Un mundo al que vale la pena asomarse para intentar comprenderlo al menos un poco. 
Sus libros de poesía siempre me han parecido misteriosos. Hasta me atrevo a decir que prefiero sus escuetas y contundentes Candelillas. 
En 1919, poco después de terminar la secundaria, su padres lo enviaron a Londres para que estudiara Economía y Negocios pero, a los dos años, Max decidió cambiar de ciudad y de carrera y se dedicó al arte en París. En 1924 realizó sus primeras exposiciones de pintura en la capital francesa con muy buenas críticas. En París publicaría también, en 1929, Gleba, su primer libro de poemas. Sonaja y Quijongo, su segundo y tercer poemario, fueron publicados en España en 1930 y 1936 respectivamente. En 1936 publicó sus otros dos libros: Poesía en Costa Rica y Revenar en Santiago de Chile con la Editorial Nascimento.
He vuelto a leer Quijongo y, una vez más, el triste mundo de Max me ha conmovido e intrigado. Encuentro, en muchos de los poemas de este libro, un contraste violento entre un alma sensible y delicada que sufre al tener que existir en un ambiente ruidoso, amenazante y grosero. La paz, la calma, la serenidad, solo se disfruta momentáneamente. Es en Quijongo, por cierto, donde está incluido el famoso poema El mal del tiempo, que en Costa Rica se ha vuelto un verdadero clásico. Con cierta crueldad, cada vez que uno descubre que el proceso de envejecimiento no perdona a nadie, se repite el estribillo: "¡Qué daño el de los años!"
En el libro están también dos poemas, de tono y factura muy distintas, dedicados a dos ciudades también bastante diferentes: Nueva York y Toledo. Max escribe fascinado sobre Toledo, a la que entró con "cuatro siglos sobre el hombro", mientras que se refiere a Nueva York como "un hueso sin carne que perdió en las alturas el contacto con lo humano".
Uno de los pocos poemas alegres se titula En las bodas, en que se refiere al milagro de convertir el agua en vino. "El vino hace la fiesta..." "...que esta agua/ se torne en la alegría/ de estas gentes./ Que salga de la tierra/ la embriaguez que necesitan/ para lograr conciencia de la vida."
Salvo escasas excepciones, el libro es bastante doloroso. Max menciona "El ánimo sin jugo, cuando todo es lo mismo... Cuando el sol nada prende ni la noche hace noche; cuando vamos con cáscara que no siente pulpa." Y, tras lamentar la ausencia de un amigo, se declara: "Cansado de futuro: la ley de ir adelante, allá el fondo es obscuro, el pasado, brillante".
Como un asomo al mundo de Max, comparto estos dos poemas de Quijongo.

En la primera página del libro,
publicado en Madrid en 1933,
Max explica qué
significa quijongo:
"El quijongo, de mi patria, es un
instrumento musical sencillo:
un arco con una jícara adherida
 a la madera, la cual, manejada con
la mano izquierda, convierte en voces
los golpes dados sobre la cuerda."
"Es simple, y tiene el encanto de los
instrumentos que solamente pueden
ser tocados con el alma."

Mi fastidio

Como entrar en un túnel que no tiene salida,
como si el mundo fuera de un solo color,
sin que nadie se ausente eterna despedida
de mi propio fastidio cansado espectador.

Un no encontrar salientes en la rocosa vida
que justifique en algo nuestra razón de ser,
Empeño en llenar odres que no han de dar medida;
jornada eternamente, desde antes de nacer.

Hachazos oigo en el árbol: severo he de caer.




Una oración

Señor, no puedo ya en la vida soportar este fardo;
me has dado más tristezas de las que yo puedo llevar.
Yo ha mucho, mucho, mucho, que cultivo sólo el cardo.
Señor Omnipotente, yo quiero que me dejes un rato descansar.

Yo he oído que el mundo que Tú hiciste de lodo,
y que, seguramente, Tú has amasado en llanto,
a más de noche obscura diste la luz solar,
del huerto de tus penas ya me has dado el acanto.
Señor Omnipotente, yo quiero descansar.







viernes, 21 de noviembre de 2014

Las candelillas de Max.

Max Jiménez. 1900-1947
Max Jiménez fue un artista total: dibujante, grabador, pintor, escultor, novelista y poeta. Su vida fue intensa y corta. Su obra es amplia y rica. Publicó los libros de poesía Gleba (1929), Sonaja (1930), Quijongo (1933) y Revenar (1936).
Llama la atención que sus libros de poesía estén titulados con solamente una palabra. Max era amante de la brevedad y despreciaba la palabrería. Incluso cuando escribía artículos sobre arte o temas filosóficos, soltaba lo que tenía que decir sin preámbulo, sin explicaciones y sin consideraciones finales. La mayoría de sus cuentos son de una o dos páginas. Sus libros de narrativa Unos fantoches (1928), El domador de pulgas (1936) y El jaúl (1937) se caracterizan también por su economía de palabras. Max es capaz de describir todo un paisaje o de identificar plenamente a un personaje en tan solo un par de líneas.
Dejó escrito: "Tengo para mí, que todo relato puede hacerse en cuatro palabras, a menos de correr el riesgo de caer en lo fastidioso."
Pues bien, este escritor de pocas palabras, además de sus poemas, sus artículos, sus cuentos y su novela, escribió varias ideas sueltas, a las que llamaba "Candelillas". Max escribió mil sesenta y siete candelillas que presentó con un brevísimo prólogo. Comparto el prólogo y mis setenta y ocho candelillas favoritas.
Grabado de Max Jiménez para ilustrar
un capítulo de su libro El domador de
pulgas.

Prólogo.

 Si se encuentra que algunas de estas notas son oscuras estoy completamente de acuerdo con el lector.
Puede ser que a un precepto lo contradiga el otro, como la vida, que no se repite nunca.
Todas estas notas están escritas sobre la palabra probablemente y, de equivocarse, han cumplido en gran parte su cometido.

Max Jiménez.

Candelillas.

 1. Refrescar la memoria con la muerte, es el principio de la felicidad.
2. No muere la juventud si no tratamos de imponerle una edad a otra.
4. Si un vicio se abandona ha sido de gran utilidad.
11. No se debe gastar sinceridad en gentes inútiles.
13. El éxito está en no perder la fuerza de volver a empezar.
14. Perdonar es como autorizar la repetición del daño. Jesús no perdonó, perdonó su Padre.
15. Una amistad se constituye sobre un sin fin de momentos de duda.
18. Es menos malo cuando la adulación es comprada, porque es menos malo buscarla que recibirla.
Cabeza de negra. Escultura de Max Jiménez.
19. Pagarlo todo es perdonarlo todo.
23. Es difícil definir en dónde empieza el cariño y en dónde la necesidad.
25. Es difícil que al éxito externo de un hombre no lo acompañe una tragedia íntima.
29. De seguir creyendo que lo que esperamos habrá de llegar, hasta puede ser que llegue.
33. Yo sé que todo esto ya lo dijo el vecino.
34. Si recibiéramos lo que creemos merecer, ¿qué vamos a seguir haciendo?
38. Nada es tan desalentador como el pequeño triunfo.
41. Cuidadito que se está usted poniendo serio.
48. Pocos enemigos puede ser una mala señal, muchos puede indicar una vida muy útil.
53. Cuánta gentes evitarían fotografiarse en actos culturales si saliera el espíritu.
55. Cada día nos encontramos más solos, según crecen nuestras necesidades.
57. No se deberían aceptar limosnas.
65. Es lástima que los hombres no hubieran dejado vivir más a Jesús, o que Él hubiera querido seguir viviendo. Habría sido magnífico ver cómo habría pensado en la madurez. Murió en pleno optimismo.
73. Nuestras mejores obras las haremos cuando no esperemos nada.
85. La poesía moderna gongorina es como torear sin toro.
87. ¿La música? Pues lo que oye. ¿La pintura? Lo que ve.
91. Todo arte puede ser popular si hasta él llega el pueblo.
99. ¡Cuánto tiempo se economiza dejándose engañar!
101. Hace más daño el constante deseo de riquezas que la pobreza misma.
106. En el alcohol se consigue la libertad y el alcoholismo.
111. El verso, es cosa de agacharse y recogerlo en cualquier parte.
114. No se es amigo sólo por menear la cola.
Mujer que emerge de las aguas.
Óleo de Max Jiménez. 
115. La amistad termina cuando uno quiere pensar por los dos.
128. Está bien el trato con la muerte si no nos hace atropellar la vida.
134. Escribiríamos mejor si no tuviéramos el miedo de que descubran lo que somos.
148. Cuando empezamos a prescindir de nosotros es cuando los otros nos necesitan más.
149. También hay avaricias útiles: la del tiempo.
156. Hay presencias que manchan.
161. Las gentes muy cuidadas de su reputación es porque hace mucho la perdieron íntimamente.
166. Se nace para perseguido o perseguidor, aún en el aislamiento.
174. No hay enemigo inútil.
178. Magnífico síntoma es no poder pertenecer a un grupo.
186. Jamás presente aire de derrota porque lo derrotan.
192. La ramera puede tener más claros los afectos.
206. Es posible que el “chulo” sea el verdadero Don Juan.
214. Los hombres que tanto inclinan la espalda parece que quisieran volver a la posición de cuatro pies.
224. Este hombre siempre cuenta las cosas como sucedieron. El muy canalla.
226. La vida dura muchísimo menos de lo que creemos. Hay que quitarle la juventud y la vejez.
252. La soledad es el único medio de recobrar las fuerzas.
258. Es raro que después de que el hombre ha tenido un gran éxito no se tenga que tirar a la basura.
267. La irresponsabilidad puede parecerse a la libertad.
279. Es muy delicado abrir la puerta.
285. Probablemente las horas más trágicas de nuestras vidas son cuando repulsamos la compañía y la soledad nos repulsa.
Fertilidad. Óleo de Max Jiménez.
294. Se va siendo menos cobarde si lo reconocemos.
304. Crear es más fuerte que vivir; de allí que se pierda la noción de tiempo al producir.
308. El amor es el primer enemigo de la amistad.
333. Si en la política no se entierran los valores es porque no existen.
348. El prójimo a quien queremos favorecer generalmente es imaginario.
390. No hay mejor venganza que aparecer feliz.
402. El amor tiene el encanto de las cosas artificiales.
456. Las lágrimas son lágrimas solamente si se llora solo.
468. El talento es imperdonable.
469. Aceptar una mala situación es vencerla en parte.
479. Es triste no tener a quién respetar.
493. Es mejor leer siempre lo mismo.
519. Victorias son solamente las que ganamos dentro de nosotros mismos.
520. Los vicios no se abandonan, se cambian.
560. Hay épocas bastante aburridas en que todo nos sale bien.
594. La soledad hay que ganársela en la calle.
646. La violencia pierde todas las batallas.
689. Si nuestro dolor es compartible, no es dolor.
704. Afortunadamente lo escrito está escrito distinto para cada uno.
767. Los grandes ni nacen ni se hacen: los hacen los otros maltratándolos.
818. No siempre debe ser una obligación adaptarse a la imbecilidad ajena.
831. La adulación es como la conversación entre dos máscaras.
844. Cuando nos aconsejan lo que debemos hacer es porque el otro tiene miedo de hacerlo.
862. Hay gentes que solo son tolerables cuando sufren.
928. Nada es tan duro como volver a empezar.
1039. Da más compañía quien la compra que quien la vende.
1067. Todo pretencioso es pez en el anzuelo a quien hay que soltarle la cuerda.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un ensayo para iniciados.

Breve historia de la literatura
costarricense. Álvaro Quesada Soto.
Editorial Costa Rica.
Muchas veces los resultados no responden a las intenciones. El libro Breve historia de la literatura costarricense, de Álvaro Quesada Soto, a pesar de ser un texto interesante y profundo, difícilmente alcanzará a un público tan amplio como el que pretende. La intención del autor, manifiesta en la primera página, es conciliar cierto rigor académico "con un lenguaje comprensible y una exposición amena y fluida, atractiva para cualquier lector no especializado."
Semejante introducción hace nacer el optimismo, ya que con frecuencia da la impresión de que los especialistas escriben solamente para su gremio, olvidando que su tarea como intelectuales, además de analítica, debe ser divulgadora.
No obstante, el optimismo dura poco. El libro arranca con un tono didáctico e informativo pero, conforme avanza se va volviendo cada vez más doctoral y académico.
Se suponía que el texto iba dirigido a un público amplio, pero las menciones de obras y autores, tanto nacionales como de otros países, vienen sin la más mínima referencia que ayude a identificarlas.
Más adelante se habla del naturalismo francés o del realismo ruso sin detenerse a explicarlos ni siquiera brevemente.
Poco después menciona la influencia del idealismo arielista y acratismo tolstoiano, de nuevo sin explicaciones ni referencias, por lo que muy pronto queda claro que el libro que se escribió con la intención de servir de obra introductoria para el gran público, acabó convirtiéndose en un tratado para iniciado.
La Breve historia de la literatura costarricense, pese a lo que diga su primera página, es un trabajo de especialista para especialista. Y aceptando ese hecho se le encuentra explicación al tono del ensayo, carente de emoción y de entusiasmo y escrito con la frialdad impersonal característica de los documentos universitarios.
No se supone que los textos de historia literaria se adornen con  florituras y giros ingeniosos, pero no deja de sorprender que a quienes analizan la literatura (y se supone sensibles a ella) no muestren ninguna intención de elevar sus análisis al rango de género literario.  A veces da la impresión de que los análisis literarios fueron redactados por un notario o por un médico que levanta el acta de la autopsia.
El propio don Álvaro declara en su libro: "El ensayo, en el sentido tradicional del término, tiende a perder importancia en estos años, sustituido por la investigación científica o el estudio de corte académico, proveniente de profesores universitarios."
Es interesante que en todo el texto, salvo algunos versos del Vuelo Supremo de Julián Marchena, no hubo fragmentos de narraciones o poemas que merecieran ser citados por su belleza o valor expresivo, así fuera como ilustración.
Al principio explica ampliamente la tesis de que la formación de una literatura nacional era parte del proceso de crear una identidad nacional y, a partir de allí, en el resto del libro se le presta más atención a las estructuras y coyunturas históricas que al desarrollo de la literatura como arte y forma de expresión. El libro tiene una perspectiva más social que estética. La historia de Costa Rica es lo verdaderamente importante en esta obra y las manifestaciones literarias se consideran un fenómeno que responde a la situación social del momento, como si los escritores (todos los escritores de una generación) respondieran a los acontecimientos políticos y económicos para escoger el tema y la forma de plantearlo en un libro. Es verdad que en la creación literaria, como en cualquier otra actividad, el medio influye, pero desde la iniciativa misma de contar una historia o escribir un poema no deja de ser un impulso individual. 
En ningún momento le presta atención al tratamiento del lenguaje, al estilo o a la construcción y estructura de las obras literarias sino, únicamente, al tema del que tratan. De tal forma que, El jaúl de Max Jiménez y El sitio de las abras de don Fabián Dobles, dos novelas tan distintas en propuesta, estructura y lenguaje, no se aprecian por su riqueza expresiva sino solamente considerando su visión de la sociedad agraria. Si con el mismo criterio que se escribió esta historia de la literatura se escribiera una historia de la pintura o del cine, imagínense las obras diametralmente distintas en propuesta y tratamiento que acabarían metidas en el mismo saco.
Otro problema del libro, es que el autor más reciente que menciona es uno nacido en 1947, de lo que se infiere que los jóvenes escritores costarricenses (y jóvenes entiéndase a todos los nacidos después de ese año) no existen o, si existen, aún no han producido ni una obra digna de mencionar en una historia literaria de nuestro país. Esta omisión debe señalarse, puesto que otros estudios de literatura costarricense, como el de Margarita Rojas y Flora Ovares de 1995 o el de Alfonso Chase de 1975, sí incluyeron hasta los más inmediatos contemporáneos aunque su aporte a la literatura nacional estuviera todavía por verse.
El ensayo de don Álvaro es profundo, inteligente, bien sustentado, pero es una muestra de análisis literario considerando solamente la perspectiva social e ignorando el desarrollo de las formas de expresión. Los profesores y estudiantes universitarios sin duda le sacarán provecho, pero la intención de que sirviera como obra informativa e introductoria para un público amplio, definitivamente no podrá cumplirla.
Un libro breve sobre la historia de la historia de la literatura costarricense, concebido, escrito y desarrollado con una verdadera intención introductoria, es un trabajo que los estudiosos y académicos aún tienen pendiente.

INSC: 1167

lunes, 10 de noviembre de 2014

El texto y su circunstancia.

Senderos de identidad. Juan Durán
Luzio. Editorial Costa Rica, 2003.
Sería interesante averiguar si la costumbre de llamar "ensayo" a lo que debería llamarse "investigación" o "ponencia", es un fenómeno local o internacional. Lo cierto del caso es que aquí, en Costa Rica, el ensayo como género literario le ha cedido el paso (y el nombre) a la producción académica.
Mientras la investigación académica debe sustentarse en una concepción teórica y abundante bibliografía, desarrollarse con fiel apego a un método y exponerse con una frialdad desapasionada que, quiérase o no, acabará perjudicando su estilo y su atractivo, el ensayo, género situado en las antípodas de la investigación, tiende a reflexionar más que a demostrar. Michel de Montaigné, el creador del ensayo, creo el género precisamente como alternativa a la pedantería y erudición de los pesados estudios de los académicos de su época.
Otra circunstancia los diferencia. Mientras la investigación académica va dirigida a un público iniciado y, en muchos casos, especialista, el ensayo, sin importar su tema, va dirigido al público en general que, para disfrutarlo y comprenderlo, no debe disponer de más requisitos que su curiosidad.
En este sentido, los diez ensayos del libro Senderos de identidad, de Juan Durán Luzio, constituyen un valioso rescate del género en su sentido tradicional. Aunque el autor es profesor universitario, no incurrió en el erro, bastante común entre sus colegas, de presentar como ensayos escritos que no lo son.
Los diez apartados de su libro son realmente ensayos en el sentido clásico del término y esa es la primera cualidad que debe destacarse, especialmente en estos tiempos en que hasta la palabra misma se ha vuelto engañosa.
Aunque el libro tiene con más frecuencia de la estrictamente necesaria un soberano desplante de erudición y pese al hecho de no haber renunciado a la molesta costumbre de las justificaciones con citas textuales y notas al pie de página, perfectamente prescindibles en el género y que en buena medida entorpecen la lectura, lo cierto del caso es que estos ensayos brindan interesantes puntos de vista sobre momentos clave en el desarrollo de nuestra literatura.
El libro se fue haciendo poco a poco. Cada uno de los apartados es un texto autónomo y todos ellos fueron publicados previamente en espacios y años distintos. Ha sido una feliz idea editarlos en un solo tomo, ya que la lectura de todos ellos, en conjunto, de alguna forma facilita una visión panorámica sobre etapas diversas de la literatura costarricense.
Agrupados cronológicamente, no por el año en que fueron escritos sino por el tema al que se refieren, el primero trata sobre la visita que, en 1502, realizó Cristóbal Colón en su cuarto viaje a la costa caribe de lo que después sería Costa Rica.
¿Qué tiene que ver eso con la literatura costarricense? Pues que esa página en el diario del Almirante sería, sin lugar a dudas, el primer texto sobre nuestra tierra escrito en español.
Durán Luzio se concentra en el hecho, poco conocido y ciertamente menos divulgado, que Colón recibió como regalo de los habitantes locales a un par de niñas que, luego de vestirlas y darles regalos, devolvió a tierra. Sobre este episodio existen cuatro versiones que Durán compara con considerable ingenio y sentido crítico, aunque tal vez excesivamente concentrado en los detalles más mínimos.
Los ensayos siguientes se ocupan de una carta de Juan Vásquez de Coronado, una semblanza del ilustrado costarricense Liendo y Goicoechea y un aporte ciertamente interesante de don Florencio del Castillo en las Cortes de Cádiz a favor de los derechos de autor. Viene luego un artículo sobre Manuel Argüello Mora, nuestro primer novelista.
Interesantísimos, valiosos como documentos y sin lugar a dudas fruto de un profundo y meticuloso estudio, a estos ensayos iniciales se les puede reclamar, sin embargo, el ser demasiado historiográficos, el prestar quizá más atención al dato que a su relevancia.
Curiosamente, en Senderos de identidad, cuanto más próximo está en el tiempo el tema, más profunda es la reflexión y, cuanto más antiguo es el asunto del que se trata, más frecuente es la digresión a partir del dato curioso.
El fenómeno no deja de resultar paradójico, puesto que se supone que la distancia brinda la perspectiva que facilita el análisis.
En ensayo sobre la novela El problema, del guatemalteco Máximo Soto Hall, publicada en Costa Rica y la que podría considerarse su réplica, La caída del águila de Carlos Gagini, permite conocer cómo se plasmó en la ficción un debate que fue casi cotidiano en el cambio del Siglo XIX al XX, cuando algunos latinoamericanos veían la penetración de los Estados Unidos de América como una agresión que debía resistirse, mientras otros la miraban como el avance hacia un futuro inevitable y prometedor.
El escrito sobre la relación de la obra literaria de don Joaquín García Monge con las posiciones estéticas de Emile Zolá, es un ensayo admirable que aporta luces sobre una influencia poco considerada.
Así mismo, Duran Luzio hace justicia a Max Jiménez, al aproximarse a su novela El Jaúl, no desde la perspectiva temática, que la acaba reduciendo a una más de las novelas sobre la realidad rural de un pequeño pueblo, sino desde una perspectiva estilística que permite descubrir, a través del descarnado y en buena medida grotesco modo de relatar y describir los hechos, el gran valor de vanguardia de esta obra, ciertamente distante del naturalismo en el que, con cierta majadería, ha tratado de ubicársele.
Bastante hermoso es el ensayo dedicado a don Joaquín Gutiérrez, sin lugar a dudas el más emotivo de todos, en el que valiéndose de imágenes del ajedrez, narra las andanzas de nuestro gran escritor por las tierras de sus amores: su Costa Rica natal y su Chile adoptivo.
El más audaz de los ensayos es, sin lugar a dudas, el último, en el que hace la semblanza de la obra poética de Laureano Albán. A diferencia de los anteriores, cuidadosos y comedidos, en este ensayo se sueltan afirmaciones elogiosas bastante desbordadas, expuestas y sostenidas de manera poco convincente.
Aunque el dedicado a don Joaquín Gutiérrez está, como se dijo, escrito en un tono emotivo al que podríamos llamar incluso cariñoso, el dedicado a Laureano es el único abiertamente cargado de elogios.
Pero eso es, en fin, lo bueno del ensayo. A diferencia de la investigación académica, en que ciertas actitudes estarían fuera de lugar, en el ensayo tienen cabida el humor, la ironía, el rechazo abierto y visceral y la admiración desbordada. El ensayo no demuestra, sino que propone. El investigador llega a conclusiones, el ensayista manifiesta su opinión. Estos ensayos de Durán Luzio proponen atractivos temas de reflexión a partir de originales puntos de vista.
Quizá el mayor mérito de esta obra, sea el equilibrio con que la atención se divide entre la obra literaria y su momento histórico. Los artículos sobre literatura suelen distraerse en anécdotas extraliterarias o, en el extremo opuesto, concentrarse  en el texto sin prestar atención a su entorno. Con este libro, parodiando a Ortega y Gasset, descubrimos como las obras literarias son el texto y su circunstancia.

INSC: 1759

jueves, 6 de noviembre de 2014

De la vida a la literatura.

Los azules días. Joaquín Gutiérrez Mangel.
Editorial de la Universidad de Costa Rica
Costa Rica, 2000.
Aunque la vida de don Joaquín Gutiérrez fue larga y rica en experiencias, sus memorias, tituladas Los azules días, es un libro breve en que la vida de don Joaquín apenas se asoma. El libro, más que una autobiografía, es una colección de relatos autónomos sobre diversos momentos y personajes. Hay, por supuesto, una que otra anécdota personal pero, además de escasas, todas están ubicadas en su infancia y juventud. Cuenta la vez que su madre, que pintaba cuadros, lo castigó por haber metido mano a una de sus obras. Don Joaquín, en ausencia de su madre, tomó el pincel para agregarle un par de detalles al cuadro que su madre estaba pintando, con la esperanza de que ella no se diera cuenta. Doña Stella lo castigó, no por haber pintado en su cuadro, sino por haberlo hecho tan mal. En la casa de Limón, la familia tenía un mono como mascota y un exministro de seguridad como vecino. El exministro era calvo y usaba peluca y tenía la costumbre de quitársela a la hora de leer el periódico en la mañana para que su cráneo recibiera algo de sol. Un buen día el mono saltó al patio vecino y le robó la peluca. La empleada doméstica del vecino tocó la puerta para decir que por favor le devolvieran "eso". Don Joaquín y su hermano, haciéndose los tontos, solamente preguntaban qué era "eso", pero la empleada contestaba simplemente "eso, eso".
Los azules días, como todos los libros de don Joaquín, está lleno de sonrisas. En el libro no menciona nada de sus tiempos en la Unión Soviética ni en Vietnam, tal vez por haberse ocupado de ellos en otros libros. Tampoco habla de su trabajo en la editorial Quimantú, en Chile, en tiempos de Allende ni de la proeza que fue salir del país tras el golpe de Pinochet. Tampoco menciona su estrecha amistad con Pablo Neruda ni sus triunfos en el ajedrez. Sobre su familia, su esposa y sus dos hijas, tampoco se ocupa. Al escribir sus memorias, don Joaquín optó por llamar la atención sobre otros más que sobre sí mismo. Dedica un capítulo aparte a cada uno de los grandes personajes de su vida: a Monseñor Sanabria, su profesor de literatura, a don Joaquín García Monge, el mentor literario de su generación y a sus contemporáneos Yolanda Oreamuno, Carmen Lyra, Max Jiménez, Francisco Amighetti, Carlos Luis Fallas, Manuel Mora y Juan Manuel Sánchez.
Por tratarse de las memorias de un escritor, encontré en el libro dos revelaciones sorprendentes. La primera fue la influencia de su tío Agustín Gutiérrez Ross, tío Tin, quien tenía una imaginación extraordinaria y al caer la tarde, cuando regresaba a casa del trabajo, reunía en torno suyo a los sobrinos (don Joaquín incluido) para contarles historias de aventuras. El tío Tin iba inventando las historias conforme las iba contando pero, antes de empezar, secreteaba con la tía Carmen para saber cuáles sobrinos se habían portado bien y cuáles mal. A los que se habían portado bien, los ponía de capitanes de barcos que resistían el ataque de los piratas y a los que se habían portado mal los dejaba solos en el globo en que estaban dando la vuelta al mundo, o los ponía de cocineros mientras los que se portaban bien iban a cazar tigres y elefantes. Me pregunto hasta dónde habrán influido las historias del tío Tin en la vocación literaria de su sobrino.
El otro detalle que me llamó la atención, fue que encontré, en las memorias de don Joaquín, a varios personajes de sus novelas. Estoy seguro de que don Joaquín se inspiró en su padre, don Paco Gutiérrez Ross, para construir el personaje de don Héctor, el finquero de la novela Puerto Limón. Otro personaje de la misma novela, que aparece en las memorias, es el negro Tom Wilkelman, a quien don Joaquín presenta como su ángel de la guarda. Era un gigante, alto, fuerte y musculoso, que tomaba al pequeño Joaquín y lo montaba sobre sus hombros. Desde allí arriba, bien agarrado al cabello del peón, el futuro escritor avanzaba por la finca esquivando las ramas. Un trabajo frecuente, en una zona tan lluviosa como Limón, consistía en hacer zanjas que sirvieran como desagüe. Cuando Tom paleaba, lanzaba por lo alto la pelota de barro. A los otros peones se les volvía a llenar la zanja con el siguiente aguacero, pero no a Tom, gracias a la distancia a que podía lanzar su paletada. En la novela Puerto Limón, Tom maneja un motocar, pero a quien lea las memorias y la novela, no le cabrá duda de que se trata del mismo Tom.
En las memorias, don Joaquín recuerda a una perrita, Pirula, que fue la mascota consentida de su casa. La perra favorita de Federico, en la novela Murámonos Federico, también se llama la Pirula y, al igual que la del mundo real era capaz de sonreír.
Don Joaquín se encontraba en Moscú cuando le avisaron que su padre, don Paco, se encontraba muy enfermo. Envío inmediatamente un telegrama que decía: "Salgo mañana, llego ayer" y fue tomando aviones que lo fueran acercando a Costa Rica. Tuvo buena suerte con las conexiones y al día siguiente estaba tocando la puerta de la casa en San José. Lo recibieron con gritos de sorpresa, ya que arrivó apenas pocos minutos después de que llegara el telegrama. Don Joaquín cuenta cómo vio morir a su padre. Esa misma escena, en todos sus detalles, está en Murámonos Federico para contar la muerte de Colacho.
En otra entrada mencioné que el propio don Joaquín me contó que al Marqués, el personaje de su novela Te acordás hermano, no lo inventó, sino que lo conoció.
A veces, ante un libro lleno de historias asombrosas y personajes memorables, uno se asombra ante la imaginación de escritor, cuando es muy probable que esas historias y esos personajes, el escritor no los haya inventado, sino que se los haya encontrado a lo largo de su vida.

INSC: 1703

jueves, 4 de septiembre de 2014

Las cuatro bibliotecas.



Una vez, un electricista que llegó a hacer un trabajo a mi casa, tras observar los estantes de libros me preguntó “¿Por qué tiene usted tantos diccionarios?” Yo decidí contestarle dando un rodeo. “Yo tengo muchos diccionarios pero solamente tengo un alicate y un destornillador. Usted, que es electricista, supongo que tiene muchos alicates, muchos destornilladores y, tal vez, solamente un diccionario. Usted ocupa todos sus destornilladores y alicates como yo ocupo todos mis diccionarios por la misma razón: son mis herramientas”.

La respuesta me salió ingeniosa y clara y, durante un tiempo, la consideré acertada. La biblioteca que he ido reuniendo es mi caja de herramientas. Es importante mantenerla ordenada porque de nada sirve una herramienta que no se encuentra cuando se necesita. Sin embargo, luego me di cuenta de que la analogía no era del todo exacta. La caja de herramientas es solo parte de la biblioteca.
Dándole vueltas al asunto llegué a la conclusión de que mi biblioteca, como la de cualquier otra persona, está compuesta por cuatro bibliotecas distintas. A saber: La caja de herramientas, el jardín de las delicias, el cofre de tesoros y el polvazal.
En la caja de herramientas están los diccionarios, los libros de referencias, los calendarios históricos, los textos de teoría, la gramática y todos esas obras que sirven para confirmar datos o repasar conceptos. Los libros de la caja de herramientas no se leen con calma, sino que se consultan con prisa. A veces uno los repasa solo por curiosidad, pero no por mucho rato. En la caja de herramientas se busca un libro como quien busca el alicate y, una vez apretada la tuerca, vuelve a su sitio.
Pero no todo en la biblioteca son herramientas de uso práctico. Están también los libros del jardín de las delicias, a los que uno regresa una y otra vez  solamente por el placer de sumergirse de nuevo en el mundo fascinante y lleno de sensaciones que encierran. Estos son los libros que se retoman con frecuencia y, a menudo, el deleite de retomarlos hace que se posponga la lectura de nuevas adquisiciones. En cada reencuentro con ellos, uno descubre nuevas sorpresas y, al cerrarlos, no deja de asombrarse al descubrir que, a pesar de haberlos leído tantas veces, su capacidad de conmover y fascinar sigue siendo intensa. No son libros para el trabajo, sino para el descanso y, más que una herramienta útil son una flor perfumada.
Los de la caja de herramientas se consultan frecuentemente por necesidad. Los del jardín de las delicias se releen por placer. Curiosamente, los del cofre de tesoros casi nunca se tocan. Son libros raros, antiguos y, para su dueño, únicos en el mundo. Solamente salen del estante para impresionar a un visitante curioso quien, por lo general, tiene el atrevimiento de querer hojearlos con sus propias manos. En mi cofre particular de tesoros, tengo por ejemplo Memorias de un viaje a Suecia publicado en 1657. Nunca lo he leído porque, ciertamente, más que un libro es un objeto. He leído, por supuesto, Mamita Yunai de Carlos Luis Fallas y Revenar de Max Jiménez, pero los he leído en ediciones recientes. Los ejemplares de la primera edición de ambas obras que tengo en el cofre de tesoros no los toco nunca. En el cofre no hay herramientas ni flores perfumadas, sino joyas. Además de las rarezas inconseguibles que por azares del destino han caído en mis manos, guardo en el cofre de tesoros todos aquellos libros de gran valor sentimental para mí. Allí están los libros de cuentos que me regalaron en mi Primera Comunión, los que he recibido de seres queridos a lo largo de los años y los que tienen una dedicatoria cariñosa del puño y letra del autor que vale más que el libro mismo. Don Joaquín Gutiérrez, por ejemplo, me regaló un ejemplar de Puerto Limón en el que escribió: “A Carlos, con un tirón de orejas, su amigo Joaquín.”
Pero no todo en la biblioteca son herramientas, flores perfumadas y joyas. Las tres categorías juntas están en franca minoría frente al grueso de la colección que, hay que decirlo de una vez, es puro lastre. Mi biblioteca, como la de todos, está compuesta por cantidades de libros que no son útiles, ni placenteros , ni tienen gran valor ni material ni sentimental. Simplemente se han ido acumulando y, sobre ellos y alrededor de ellos, han ido acumulando polvo. Por eso llamo al cuarto grupo el polvazal. Cuando por algún motivo uno tiene que mover un libro del polvazal, es inevitable acabar estornudando ante los años de olvido y abandono. Ante el polvazal, surge siempre la interrogante: ¿Para qué conservo tanta cosa que ni me sirve ni me interesa? ¿Cómo vino esto a parar aquí? El origen del polvazal es misterioso.  Uno no recuerda haberlos comprado ni haberlos recibido de regalo pero lo cierto es que ahí están. Acumulando polvo y quitando espacio. Debido a la magnitud del polvazal, todas las bibliotecas son más pequeñas de lo que parecen. Los bibliotecólogos llaman al polvazal “la biblioteca pasiva”. Allí acomodan los libros que nadie solicita. En muchas bibliotecas, las fichas de la pasiva están disponibles, pero los libros están en un cuarto cerrado cuya puerta se abre solo de cuando en cuando para meter más libros destinados al olvido.
La caja de herramientas pertenece al día a día, el jardín de las delicias es el gustico del tiempo de ocio, el cofre de tesoros es el museo, pero el polvazal es el cementerio o, más bien, la morgue.
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