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viernes, 6 de abril de 2018

La labor de una vida. Novela de Alberto Cañas.

Aquí y ahora. Alberto Cañas. Editorial
Costa Rica. Costa Rica, 1965. Incluye la
novela La labor de una vida.
Al romance entre un hombre viejo y rico, con una mujer pobre y joven, suele dársele, de manera casi automática,  la que pareciera es la explicación más evidente. El viejo anda en busca de placeres carnales con una joven de fresca belleza, mientras que la muchacha pretende que su amante, canoso y barrigón, le proporcione lujos y diversiones que ella no podría costearse.  Visto así, está claro que cada uno puede brindarle al otro lo que más le hace falta y la relación, mientras dure, será sostenida, en ambos extremos, por puro interés. La pasión y la generosidad suben y bajan juntas. A más cariñitos, más regalitos. A menor arrebato, menor patrocinio. 
Sin embargo, es probable que, en este tipo de relaciones, tanto él como ella, tengan otros motivos para estar juntos más allá del sexo y el dinero.
Don Alberto Cañas explora esa posibilidad en su novela La labor de una vida, que narra el romance entre Paco Castillo y Nina Molina. A Paco, ya con bastantes años encima, le ha ido bien en la vida, podría decirse que sin merecerlo, mientras que a Nina, en su breve existencia y también sin merecerlo, le ha tocado sufrir bastante. Para decirlo en términos costarricenses, Paco ha sido "derecho" mientras que Nina ha sido "torcida".
No faltará quien considere que una novela sobre el romance entre un viejo divorciado y una joven viuda no es más que literatura ligera. Al respecto cabe anotar que quien lea La labor de una vida simplemente para entretenerse y divertirse, no saldrá defraudado. La trama avanza a un ritmo acelerado que no deja espacio al tedio, cada uno de los personajes que aparece, así sea fugazmente, tiene su gracia y su encanto y la ráfaga de situaciones, absurdas y descabelladas pero muy comunes en este tipo de relaciones, están escritas de manera tan concisa y contundente que inevitablemente se acaban leyendo con una sonrisa en los labios.
Lo del supuestamente inevitable intercambio de sexo por dinero ni siquiera se menciona ya que, en el periodo que abarca la novela no se ha llegado a ese punto. Nina le da a Paco una que otra caricia y uno que otro beso, pero no pasa de allí. Paco, por su parte, la lleva a pasear y la invita a comer sin que que esas salidas impliquen gastos exorbitantes. 
Los detalles de cómo se conocieron y la forma gradual en que empezaron su relación son en verdad simpáticos pero tampoco vale la pena detenerse en ellos. Lo verdaderamente interesante es ir descubriendo por qué dos personas tan diferentes acabaron juntas. Más allá de la edad y el nivel de ingresos, los temperamentos y las experiencias de vida de Paco y Nina no podían ser más distintos. A Paco le había ido bien y a Nina le había ido mal pero, en ambos casos, eso fue un asunto de suerte más que de talento o esfuerzo.  Paco, propietario de una exitosa empresa comercial, era bastante tonto. Nina, empleada en un puesto humilde, era inteligente. Paco, que venía de una familia en que hubo hasta un prócer, cuyo horrible retrato su madre le enseñó a reverenciar desde que tuvo memoria, era ignorante. Nina, hija de un profesor de literatura, despeinado y con ropa mal planchada, era culta. Paco era débil, Nina era fuerte. Pero la mayor diferencia entre ellos radicaba en que Nina era una mujer independiente dispuesta a tomar sus propias decisiones que fue capaz, cada vez que lo consideró oportuno y necesario, de desafiar la autoridad de sus padres y de su marido, mientras que Paco había estado toda su vida bajo el control de su madre (que en la novela se llama simplemente "doña señora" porque el narrador confiesa que no hay manera que recuerde su nombre) primero, y de Elena, su esposa, después.
Pese a sus dificultades y su precaria situación económica, Nina había vivido a su manera, mientras que Paco, a pesar de sus millones, había estado sometido, casi sin darse cuenta, a la voluntad de otros. Su madre, Doña Señora, había dominado a Paco desde antes de concebirlo. Elena, su esposa, presumía ante sus amigas de tenerlo bajo control. Madre y esposa, no solo le escogían la ropa, las comidas y las actividades recreativas, sino que hasta lo obligaban a asistir a numerosos compromisos sociales y culturales sin tomarse la molestia de preguntarle si le interesaban o no.
Paco fue uno de esos niños que ni corren ni juegan, uno de esos colegiales de zapatos brillantes peinado con vaselina que nunca destacó ni en el estudio, ni en el deporte, ni en las travesuras; uno de esos maridos que no son más que la sombra de una señora que, por ser figura protagónica de la alta sociedad, tiene un compromiso distinto para cada día de la semana; uno de esos empresarios que acaban haciendo crecer el capital heredado por pura inercia.
Su divorcio, sobra decirlo, fue su liberación. Y mientras trataba de descubrir cómo se vive libremente, su mirada tropezó con las esculturales piernas de Nina. Sí, al principio la atracción fue puramente física, pero conforme la conociendo más a fondo, llegó a admirar su soltura al hablar y al actuar, su desenfado, su despreocupación, es decir, su libertad, que era lo que él andaba buscando.
Nina, por su parte, al principio también consideró el hecho de que una salida nocturna se disfrutaba más con alguien que, aunque no fuera muy buen bailarín, ordenaba todo tipo de bebidas y bocadillos sin preocuparse por el monto de la cuenta. Ella no pretendía ni aprovecharse de él ni crearle falsas expectativas, por lo que solamente aceptaba sus invitaciones de manera esporádica pero poco a poco fue encontrando atractivo a ese curioso animal, nacido y criado en cautiverio, que acababa de salir de la jaula y quería insertarse al mundo salvaje sin saber cómo. 
Aunque mantenían su relación en secreto ante sus respectivas amistades, llegó un momento en que se veían casi a diario. Ellos pertenecían a mundos distintos y, si la cosa continuaba, como todo indicaba que iba a suceder, sería inevitable que Nina le permitiera a Paco entrar en su mundo y Paco llevara a Nina a conocer el suyo. Ella, que tenía más arrojo, dio el primer paso. Un domingo, Paco faltó a su acostumbrado juego de golf semanal en el Country Club y se fue tomado de la mano de Nina a ver un partido de fútbol en el estadio. "A la gradería de sol", presumiría luego ante sus amigos, "que es donde uno se divierte más." 
Paco quedó encantado con el mundo de Nina. En las reuniones que organizaba su esposa para beber vinos caros y comer platos extraños con personajes importantes vestidos de etiqueta, Paco, que era anfitrión, se sentía excluido, casi expulsado del grupo. Pero la noche de año nuevo que pasó con Nina y su familia, comiendo carne asada en el patio de la casa, fue tan bien acogido que llegó a sentirse miembro de pleno derecho del clan.
Para introducir a Nina en su mundo, Paco preparó algo así como una escena de cenicienta. Invitó a Nina a un baile en el club más elitista, encopetado y exclusivo del país, al que asistiría toda la crema y nata, natilla y yogurt de la alta sociedad. Allí estarían todos los que viven preocupados por el qué dirán y todos los que siempre dicen algo. Le compró a Nina bolso, vestido, zapatos y joyas para que no desentonara. Todas las asistentes al baile irían arregladas de manera similar, pero Paco estaba seguro de que Nina acapararía todas las miradas por su frescura, belleza y juventud. Al entrar al salón del brazo de aquella hermosura, experimentó una deliciosa sensación de éxito al descubrir que Elena, su exesposa, a la que sentía la necesidad de eliminar de su vida, estaba allí presente. Paco sonreía satisfecho al imaginar los comentarios que, durante semanas, tal vez meses, todos quienes lo conocían acabarían repitiendo en cuanta oportunidad tuvieran.
Cuando la orquesta empezó a tocar música moderna y las parejas de viejitos fueron a sentarse, Paco supo que había llegado el momento de que Nina se luciera bailando los ritmos en que era especialista. Todos los presentes, con la boca abierta, quedaron perplejos, tanto por la gracia y el encanto de la muchacha, como por la audacia del destape de un Paco prácticamente irreconocible. Nunca lo habían visto sudoroso, nunca lo habían visto frenético, nunca lo habían visto despeinado y contento.
La novela queda abierta. No sabemos si Paco y Nina acabaron esa noche por primera vez en la cama, ni si su relación duró mucho o poco después de hacerse pública. Lo que sí queda claro, y es la principal razón por la que vale la pena leer esta novela, es que, más que un intercambio de sexo por dinero, el romance de Paco, viejo y rico, con Nina, pobre y joven, es la historia de dos personas que vivían en mundos distintos y, sin darse cuenta de lo compleja que era la situación, cada uno quería entrar al mundo del que el otro quería salir.
INSC: 2726

martes, 2 de enero de 2018

Corazón joven. Novela de Rafael Angel Troyo.

Corazón Joven. Rafael Angel Troyo.
Editorial Costa Rica,
Costa Rica, 1985
Poeta, novelista y compositor, Rafael Angel Troyo fue también un personaje singular cuyas excentricidades, ciertamente provocadoras, solían perturbar la monótona calma de la ciudad de Cartago durante los primeros años del Siglo XX. 
Tercer hijo de José Ramón Rojas Troyo y María de los Dolores Pacheco Ugalde, creció rodeado de comodidades, libros, obras de arte y conciertos musicales. Su padre, rico comerciante y cafetalero, propietario de grandes fincas en Agua Caliente, era un gran coleccionista de objetos precolombinos, de los que llegó a reunir, junto con su hermano Domingo, un buen número de piezas de oro y cerámica extraídas en la región de Osa. Su colección, donada en 1887, fue la base del Museo Nacional. Su mecenazgo, además de en la arqueología, fue también generoso en la música. Don José Ramón Rojas Troyo fue quien donó, en 1883. los instrumentos musicales a la Sociedad Euterpe, presidida por el maestro español José Campabadal, quien fundó una orquesta de cámara en Cartago.
En su casa, construida por el arquitecto italiano Francesco Tenca y decorada por el también italiano Paolo Serra, situada en los alrededores del parque Jesús Jiménez, se encontraba una de las más bastas bibliotecas de la ciudad. Juan de Dios Troyo, hermano de Rafael Angel, era ciego pero, a pesar de esta limitación, era un gran amante de la literatura y solía contratar maestros por horas para que fueran a leerle.
Cuando Rafael Angel Troyo terminó sus estudios en el Colegio San Luis Gonzaga, su padre lo envió a Estados Unidos para que aprendiera inglés y estudiara administración comercial. Sin embargo, lo que descubrió durante su permanencia en el país del norte fue su habilidad creativa. En New York escribió su primer libro Terracotas (1900) y compuso varias obras musicales que fueron muy celebradas. Mi princesita, Día de bodas y Marcha Triunfal fueron los títulos de sus primeras composiciones. También fue autor de piezas bailables. Un One Step de su autoría llegó a amenizar fiestas de la alta sociedad neoyorkina y, según cuenta su biógrafo Federico Mora, Troyo ejecutaba también un vals con silbidos acompañándose únicamente por enormes brazaletes de cascabeles colgados en sus muñecas.
Después de su estadía en New York se trasladó a París, donde residió una larga temporada y vivió también en Londres, Berlín y Roma.
En el barco de regreso a Costa Rica escribió su libro de poemas Ortos Estados del alma (1903). Más tarde publicaría Poemas del alma (1906) y Topacios, cuentos y fantasías (1907). Se conocen los títulos de dos libros que no llegó a terminar: Rosalba y La historia de un músico triste
Rafael Angel Troyo. Escritor, poeta y compositor.
(1875-1910)
La fortuna familiar era capaz de brindarle una vida económicamente holgada y, por ello, se aventuró en ambiciosos proyectos editoriales que, lejos de generarle ni un centavo de ganancia, más bien le causaron enormes pérdidas. Con Máximo Soto Hall y Ricardo Fernández Guardia publicó la revista Pinceladas.  Otras publicaciones suyas fueron la Revista Nueva con el hondureño Pastor Turcios, Musa Americana con José María Zeledón y el colombiano Pastor Ríos. Su último intento periodístico se llamó Bizancio que, como los anteriores, tuvo corta vida. Las revistas que intentó establecer fracasaron tanto por falta de lectores como de anunciantes.
En Cartago, Rafael Angel Troyo era un personaje conocido pero a decir verdad no muy querido. Sus excentricidades no eran bien vistas por los habitantes de la vieja metrópoli en la que, como recuerda Mario Sancho en sus memorias, hasta los más ricos acostumbraban llevar una vida hogareña y recatada. El paseo que daba Rafael Angel Troyo todas las tardes por la ciudad, montado en un elegante caballo peruano lo convertía en una figura pintoresca, sobre todo por el hecho de no llevar puesto el sombrero para que su larga melena se agitara con el viento. También llamaba la atención de los vecinos el hecho que el poeta, cuando decidía dar una caminata, tuviera como sitio predilecto el cementerio, en el que solía deambular entre las tumbas durante horas. 
Más que un artista que vivía a su manera, lo consideraban un ricachón vagabundo. Los chismosos decían que le faltaba talento y le sobraba dinero y llegaron a afirmar que había pagado a creadores pobres la composición de los poemas, cuentos y piezas musicales que presentaba como suyos. 
Las fiestas que ofrecía en su casa se caracterizaban por el derroche sin medida. Se bebía champán francés y se degustaba caviar ruso. En una oportunidad, la celebración de su cumpleaños acabó mal ya que tanto él como todos sus invitados fueron a dar a la cárcel. La fiesta fue convocada a las ocho de la noche en una funeraria que se encontraba al lado del Parque Central. Los ataúdes servían de mesas y presidía el recinto una lechuza disecada. A la media noche, decidieron realizar un desfile por las desiertas calles de la ciudad. El poeta llevaba en alto la lechuza, mientras que sus amigos, ya bastante ebrios, portaban cirios encendidos y aúllaban como seres de ultratumba. Los policías, que fueron a ver qué pasaba, al ver la procesión salieron huyendo. A la mañana siguiente recogieron a los participantes de las aceras en las que se habían quedado dormidos. Algunos parecían muertos y, al ser depositados en carretas de bueyes, las autoridades no tenían claro si enviarlos a la cárcel, al hospital o la funeraria de la que habían salido.
Tras la muerte de Rafael Angel Troyo tanto su persona como su obra cayeron en el olvido. Era, como decía don Alberto Cañas, un escritor ignorado en el doble sentido de la palabra. Ignorado, porque el público no sabía de él, e ignorado también porque los estudiosos no le prestaban atención. 
Más de setenta años después de su muerte, su nieto, el escritor Daniel Gallegos Troyo, encontró un ejemplar de Corazón Joven, la novela romántica que Rafael Angel Troyo había publicado en 1904. La puso a circular por medio de fotocopias y, acogida por don Beto, fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1985. 
Ambientada en Francia, relata la historia de Jorge Nodelle, un joven libertino que escapa del mundanal ruido de París y va a visitar a su vieja tía Gabriela, que vive en el campo. En casa de la tía conoce a Margarita, ahijada de Gabriela, de quien se enamora tan inmediata y perdidamente como solo en las novelas de esa época suele ocurrir. Si se centra la atención en la historia de amor de Jorge y Margarita, la novela no pasaría de ser un relato cursi y meloso. Paseos tomados de la mano, besos a escondidas, suspiros y miradas profundas que acaban, como era esperarse, en una boda de sueño como primer paso a un futuro prometedor.
Sin embargo, el personaje de más peso en la novela no es ninguno de los enamorados, sino la vieja tía solterona que, pese a que ama tanto a su sobrino como a su ahijada, ante el noviazgo y la boda que se avecina, sufre internamente de furiosos arranques de celos, de envidia, de frustración y de ira. Ella, solterona y virgen en la vejez, que nunca ha sabido, ni sabrá, lo que es ser amada ni deseada, encuentra, al mirar la felicidad de sus parientes, un recordatorio cruel que subraya la soledad de su propia vida. Se torna irascible, finge estar enferma, intenta incluso sabotear el enlace pero, al final, resignada, asiste como testigo a la boda que, pese a la rica decoración de la capilla y la belleza de la ceremonia, para ella fue una verdadera tortura.
Innegablemente, en muchos aspectos Corazón Joven es una novela romántica decimonónica. Inacabables descripciones de recintos, salas y jardines. Numerosas exclamaciones que empiezan con el infaltable "Oh". Diálogos recitados llenos de expresiones construidas con retruécanos. Paisajes bucólicos con pajarillos y flores en primavera, árboles desnudos y suelo cubierto de hojas secas en otoño y campanarios erguidos en medio del blanco paisaje del invierno.
La insistencia en describir el ambiente lujoso también es obsesiva: pisos de mármol, cubiertos y fuentes de plata, vestidos llenos de brocados.
Pero incluso en medio de tanta seda en la ropa y tanta flor en el jardín, Corazón Joven es una novela muy rica en el escenario psicológico que propone. La soledad de una anciana que nunca tuvo una relación ni romántica ni apasionada y la manera callada y digna en que carga en silencio su frustración.
Es famosa la polémica sobre el nacionalismo en la literatura que se desató en 1894 a raíz de la publicación de los cuentos de Ricardo Fernández Guardia quien, como Troyo, era afrancesado. Corazón Joven, ambientada en Francia, fue publicada apenas un año antes de que aparecieran las celebradas Concherías de Aquileo Echeverría. La literatura costarricense, a la larga, siguió la senda nacionalista y los estudiosos de la materia dejaron de prestarle atención a las obras de vocación cosmopolita. La publicación de Corazón Joven, exactamente un siglo después de la famosa polémica, llamó la atención sobre esa otra literatura costarricense a la que no se le presta la atención que merece.
El final de la vida de Rafael Angel Troyo fue trágico. Amante de la música, asistió al concierto que el coro del Hospicio de Huérfanos de Cartago ofrecía en la iglesia de los padres salesianos el 4 de mayo de 1910. Cuando empezaron las sacudidas del terremoto que destruyó la ciudad ese día, Troyo salió a la calle y un bloque de piedra del campanario cayó y le golpeó la cabeza. Con su melena empapada en sangre lo trasladaron al parque donde, acostado, agonizó acompañado por su esposa, Lidia Jurado Acosta, y sus tres hijos pequeños, René, Virginia y Luz Argentina. Toda la noche mantuvo los ojos abiertos y murió al día siguiente. Faltaban dos meses para que cumpliera los treinta y cinco años.
Uno de sus escritos, por cierto, parecía una premonición de sus últimos momentos:

"La tarde palideció. Y los altos montes, los valles y colinas se llenaron de silencio.
Desde la vera del camino, mi amada y yo, asistíamos a la muerte del sol y veíamos como después de ese gran incendio del crepúsculo que lo había iluminado todo con sus rojos fulgores, solo quedaban grupos de enormes sombras que pasaban enlutando la inmensa comba de los cielos.
En torno nuestro, las cosas iban perdiendo su real aspecto, para arroparse en ese fantástico velo que tiende el misterio de la noche.
En la bóveda celeste surgió la luna redonda y bella.
Y sobre nuestras cabezas pasó en rápido vuelo la última pareja de palomas que  venían del monte.
—¡Mira!— me dijo de pronto mi adorada —mira aquella estrella que vuela. Ya se ocultó en la luna... ¿Es acaso un pájaro del cielo que va huyendo de la noche?
—Sí —le contesté— es un ave de luz que va a su nido, a ese refulgente nido de plateadas hebras, que afanosa un día colgó del firmamento."

INSC: 1775.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Atavismo diabólico. Cuentos de Ricardo Blanco Segura.

Atavismo diabólico. Ricardo Blanco
Segura. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 1980.
En cada uno de los diecisiete relatos de este libro hay una puerta abierta a otra dimensión, un suceso inexplicable o una tragedia misteriosa. No son, precisamente, cuentos de terror, sino más bien asomos a otra realidad más allá de la evidente. Los involucrados en los extraños sucesos, no solamente no los buscan sino que ni siquiera los creen posibles. Dentro de la rutina de su vida cotidiana, se enfrentan a hechos insignificantes y. cuando se percatan que algo extraño está ocurriendo, casi siempre es ya demasiado tarde para escapar. Hay algunos personajes que se salvaron por un pelo y vivieron para contar la historia, pero la gran mayoría quedó atrapada en una nebulosa oscura.
Varios de los cuentos de esta obra tienen una estructura muy similar. Se presenta a un personaje oscuro e insignificante, uno más de la multitud sin nada particular que llame la atención y, poco a poco, se va conociendo algo de su vida, casi siempre marcada por la soledad y la pobreza. En determinado momento, el personaje entra en contacto con algo o alguien que, a la larga, acaba siendo un ser del otro mundo.  Esta repetición, acaba opacando hasta cierto punto la trama, ya que la hace previsible. Cuando al nuevo ocupante de un cuarto de pensión se le pide que no se acerque a la puerta al final del pasillo y, un día, al verla abierta, se encuentra que estaba ocupada por unos habitantes amistosos, uno ya sabe por dónde va la cosa. 
En algunos cuentos aparece la casa encantada y misteriosa, lúgubre, sucia y maloliente, en que habitan duendes, una bruja o un fantasma. Hay incluso una historia de una mujer que convive con un fantasma en una casa que ni siquiera existe. Otras veces se trata de un objeto, un ropero o un guante, que parecen tener grandes poderes y hasta vida propia. En una ocasión, una mujer venida del más allá conversa con un taciturno bebedor de cantina. Hay hasta una vampiresa que se asoma a la ventana en una de las señoriales casonas de barrio Amón.
A pesar del título, ninguno de los cuentos tiene que ver con atavismos y el único relato que podría clasificarse como diabólico es en el que una humilde muchacha de pueblo acaba emparejándose con un íncubo. Además de espantos sobrenaturales, en el libro hay narraciones de tipo psicológico y detectivesco. Un hombre al que le ha ido verdaderamente mal en la vida descubre, al hacer un repaso de su existencia, quién ha sido el responsable de todas sus desgracias. Un enamorado asesina a la mujer de sus sueños y logra hacer que todos crean que el cupable fue otro. 
Verdaderamente llamativo es el cuento en que un grupo de amigos realiza una excursión al campo para visitar un pequeño pueblo que, tras dar interminables rodeos por caminos rurales, solamente lograron mirar a lo lejos. Sin embargo, cuando el viaje termina, regresan a casa totalmente convencidos de que, aunque fuera sin darse cuenta, en realidad estuvieron en el sitio al que querían llegar.
Algunos relatos, más que cuentos fruto de la fantasía, parecen testimonios de experiencias propias. En dos de ellos, don Ricardo habla de su casa, situada en el barrio de La Soledad, en cuyo piso alto ocurrían hechos extraños. Una pequeña habitación repetidas veces fue encontrada vacía y cerrada por dentro.
Dos conocidos escritores aparecen en sendos episodios. En uno de ellos, don Alberto Cañas es visitado en su despacho por el protagonista de su obra teatral En agosto hizo dos años, mientras que en otro se cuenta la extraña muerte de Marco Retana, el autor de La noche de los amadores. Dicha muerte, por cierto, es ficción, puesto que Marco Retana no solo vivió para leer el relato de su desaparición física, en versión de Ricardo Blanco Segura, sino además escribió el texto de la tapa del libro en que aparece.
En su comentario, Retana destaca el hecho de que este tipo de literatura es poco común en la tradición costarricenses. Las antiguas leyendas de brujas, duendes y aparecidos, tal parece que no tuvieron mucho eco en los escritores ticos, quienes optaron más bien por el realismo.
Ricardo Blanco Segura.
(1932-2011)
Ricardo Blanco Segura, en todo caso, es un escritor atípico. Tras cursar estudios en el Seminario Mayor de San José, debió abandonar la carrera eclesiástica, sin haber llegado a ordenarse, y se dedicó a la docencia e investigación histórica. Publicó las biografías de Mons. Víctor Manuel Sanabria Martínez y de Esteban Lorenzo de Tristán, así como 1884 El Estado la Iglesia y las reformas liberales, Obispos Arzobispos y representantes de la Santa Sede en Costa Rica y su gran obra Historia Eclesiástica de Costa Rica
Con gran sentido del humor, publicó también dos libros de crónicas coloniales, La mujer del sargento y Entre pícaros y bobos, en los que relata episodios jocosos de otras épocas que encontró en los archivos durante sus investigaciones.
Atavismo diabólico sería, entonces, su único libro de ficción. Sin embargo, don Ricardo, a quien tuve el placer de conocer y por quien guardo un gran aprecio, era un conversador infatigable que tenía siempre algo que decir sobre casi cualquier tema y acostumbraba expresar sus contundentes opiniones con gran franqueza. En sus libros, tanto en los de Historia, las crónicas humorísticas y también en este libro de cuentos misteriosos, con frecuencia se aparta de la línea que lleva para dar rienda suelta a la opinadera. 
Algo o mucho de autobiográfico, por cierto, debe de tener El cráter de la ira, el último y más extenso de los cuentos del libro, en que se reproduce el diario de un seminarista inquieto y rebelde, que obtiene buenas calificaciones y hasta reconocimientos simplemente por repetir lo que se supone que tiene que decir, aunque en el fondo tenga serias dudas e incluso abiertos desacuerdos con la doctrina que ha llegado a dominar. Ni siquiera tiene claro hasta qué punto es creyente y, "al borde del paso definitivo", cuestiona todo lo aprendido y lo vivido en sus años de seminarista. Amante del arte, de la historia, del latín y de la música, disfruta todo lo que los oficios tienen de teatral, barroco y misterioso, pero el sentido trascendental que se supone está detrás de todo aquello no acaba de convencerlo. La liturgia, entonces, acaba siendo hermosa, pero hueca. Lector voraz, guarda escondidos los libros que le han prohibido que lea y los coteja con los solemnes tratados en que, según sus maestros, está contenida la verdad inamovible. El conflicto, que además de espiritual e intelectual ha llegado a ser emocional y hasta físico, acaba, como todos los de este libro, en un desenlace inexplicable.
Más que cuentos de terror, Atavismo diabólico es, a fin de cuentas, una larga reflexión sobre la posibilidad de que exista algo más que el mundo que percibimos por medio de los sentidos, escrita por alguien que, pese a dudar seriamente de que esa posibilidad sea real, ha tenido experiencias que apuntan hacia lo contrario.
INSC: 2054

miércoles, 26 de abril de 2017

Notas periodísticas de Gabriel García Márquez.

Entre Cachacos. Gabriel García Márquez.
Recopilación y prólogo de Jacques Gilard.
Editorial Oveja Negra. Colombia. 1982
La carrera periodística de Gabriel García Márquez inició en los periódicos El Nacional y El Heraldo, ambos de Barranquilla, así como en El Universal, de Cartagena. Pero fue a partir de su establecimiento en Bogotá, en que sus críticas de cine y sus reportajes sobre las tradiciones de la costa, publicadas en El Espectador, hicieron que su nombre y su estilo llegaran a ser ampliamente reconocidos.
García Márquez tenía apenas veintiséis años de edad cuando, en enero de 1954, invitado por Álvaro Mutis, se trasladó a la capital colombiana. Tras una breve temporada escribiendo colaboraciones, recibió la atractiva oferta de convertirse en redactor de planta de El Espectador, con un sueldo de novecientos pesos al mes. Antes, por cada colaboración, le pagaban tres pesos.
Los admiradores más fanáticos de su prosa (Jacques Gilard entre ellos), han pretendido recopilar hasta las notas sin firma que pudo haber redactado y se han abocado a revisar ejemplares de la época para reconocer el estilo de García Márquez en las secciones de sucesos, eventos sociales o noticias nacionales.  La tarea, de más está decirlo, además de agotadora, no promete lograr ninguna certeza. En un periódico, todos los redactores, y muy especialmente los jóvenes y novatos, deben estar dispuestos a escribir sobre lo que haga falta. Las notas de último momento las acaba escribiendo el primero que esté libre.
La primera tarea de García Márquez en el periódico, por cierto, fue escribir la columna Día a Día, que existía desde mucho antes de su entrada a la redacción y que aparecía sin firma. Solamente estuvo un mes a cargo de esa sección, ya que en febrero inauguró el espacio Estrenos de la semana, en que comentaba las películas que se proyectaban en la ciudad.
Más adelante, publicó reportajes sobre particulares facetas de la vida en los pueblos remotos de la costa, en los que ya se manifiesta su habilidad de mezclar lo insólito con lo cotidiano que acabaría siendo, posteriormente, la característica distintiva de sus novelas y relatos.
El libro Entre cachacos, tercer tomo de la obra periodística de García Márquez, editada por Oveja Negra, reúne la recopilación que hizo Jacques Girard de las notas publicadas en El Espectador durante los siete meses que el escritor trabajó en el periódico. Aunque el joven periodista logró hacerse de buen nombre y buen público con sus críticas de cine y sus asombrosos reportajes, en julio de 1954 abandonó la redacción y, unos meses después, partió rumbo a Europa.
Las críticas de cine de García Márquez reunidas en esta obra son una maravillosa muestra de que el análisis profundo es perfectamente compatible con el estilo ameno tanto como con la brevedad. Independientemente de que comente una película con pretensiones artísticas o un producto puramente comercial cuyo fin no es más que el mero entretenimiento, García Márquez logra brindar una idea general, llama la atención sobre detalles de producción sin enredarse con tecnicismos y, lo más importante, le deja claro al espectador lo que puede esperar (y lo que no) si se decide a ir a ver la película que fue tema de su reseña.
Una buena crítica de cine no depende de la calidad de la película, sino de la capacidad de apreciación de quien la comenta. En el libro vienen notas sobre musicales, melodramas, comedias y, con cierta frecuencia, películas de la II Guerra Mundial que, por entonces, se hacían por docenas. Aunque el grueso de la oferta en cartelera venía de Hollywood, también aparecen en Estrenos de la semana, producciones francesas, alemanas, italianas y mexicanas. Según parece, el comediante Fernandel, el cantante Bing Crosby y el galán Glenn Ford, a quien García Márquez define como "el actor que mayor bofetadas ha dado a sus compañeras de actuación", eran las estrellas del momento.
En aquellos tiempos, a diferencia de los actuales, el público iba al cine a disfrutar de una historia bien contada, bien fotografiada y bien actuada sin prestarle mayor atención a las imágenes sorprendentes creadas por "efectos especiales". Las modestas e incipientes mejoras tecnológicas acababan siendo, más bien, una distracción molesta. El cinemascope, por ejemplo, le resultó desagradable a García Márquez, quien consideró oportuno advertir a sus lectores que: "En una pantalla longitudinal hasta donde la fisiología óptica lo permite, se están proyectando tonterías embadurnadas de technicolor."
Como el cine es una obra realizada por un equipo con muchos involucrados, García Márquez, al señalar tanto los aciertos como los desaciertos, logra identificar a los responsables. En unas películas, descubre que actores con gran potencial fueron desperdiciados por el director, mientras que en otras destaca que a pesar de fallas evidentes y constantes, la propuesta, como conjunto es muy acertada. Menciona incluso una película, excelente en todos los aspectos, pero estropeada por el guión.
Los reportajes incluidos en el libro, más que trabajos periodísticos, se leen como relatos de literatura fantástica. La costa caribeña, donde García Márquez había nacido y crecido, era un mundo verde, cálido y húmedo, totalmente desconocido para la gran mayoría de los habitantes citadinos de las altas y frías tierras bogotanas. En la capital, los costeños eran considerados personas extrañas y medio salvajes. La desconfianza era correspondida y en la costa se decía que los cachacos (como llamaban a los de la ciudad) eran peligrosos y traicioneros, por lo que había que extremar precauciones al tratar con ellos.
García Márquez, al escribir para cachacos, ni siquiera intentó liberarlos de sus prejuicios sobre los remotos pueblos de la costa, total y permanentemente envueltos en bananales, selva, ríos y aguaceros. Más bien, por el contrario, acabó reafirmando la idea generalizada de que en aquella zona ocurrían acontecimientos insólitos y los pobladores mantenían creencias y tradiciones descabelladas.
Uno de los primeros reportajes que publicó trata sobre Jesusito, una imagen milagrosa que llegó a generar una devoción tan intensa que muchos, al morir, le heredaban sus tierras y ganado. Con semejantes aportes, en poco tiempo Jesusito llegó a ser inmensamente rico. Su fortuna crecía sin cesar pese a que los administradores de sus bienes no eran, precisamente, intachables. A la larga, a Jesusito le sucedió algo a lo que todo gran terrateniente está expuesto: fue secuestrado. La búsqueda y rescate de la milagrosa imagen, así como el juicio para aclarar lo ocurrido y castigar a los culpables, estuvo llena de complicaciones. La mayor de ellas fue que aparecieron falsos Jesusitos y resultó difícil identificar al auténtico.
Verdaderamente fascinante es la serie de reportajes sobre los ritos funerarios en los pueblos de la costa. Aunque había mujeres que eran plañideras profesionales, quienes a cambio de dinero, estaban dispuestas a gritar, llorar y hasta desmayarse para lamentar la muerte de alguien a quien nunca conocieron, los velorios y entierros, en la costa, eran una verdadera fiesta. El trabajo de las plañideras no era tanto llorar al muerto, sino rendirle homenaje a visitantes distinguidos. Cuando la concurrencia descubría que un visitante notable, por su influencia o su dinero, se presentaba en la capilla ardiente, de inmediato se le ordenaba a la plañidera que empezara a gritar. Verdaderamente famosa llegó a ser en esas funciones una mujer autoritaria y escuálida llamada Pacha Pérez, quien tenía la facultad alucinante de concentrar toda la vida de un hombre muerto en un prolongado y estridente alarido.
Otro personaje célebre, que no se separaba del féretro hasta darle sepultura, era Pánfilo, el rezador. Era un hombre gigantesco (García Márquez dice "arbóreo") y un poco afeminado, capaz de recitar oraciones durante horas con las manos juntas y la mirada fija en el techo. Su rezo era todo un espectáculo improvisado, puesto que las plegarias, las letanías, los misterios y hasta los santos invocados eran inventados por él mismo sobre la marcha. Pánfilo no tenía domicilio conocido. Se quedaba a vivir en la casa del último muerto hasta recibir noticias de uno nuevo.
Aislados en aldeas minúsculas y distantes, los habitantes de la zona encontraban en los velorios una ocasión para congregarse y divertirse. Se bebía aguardiente, se tocaba música, se bailaba y hasta se establecían noviazgos. Las mujeres que buscaban marido se ponían a enrollar tabaco y los hombres dispuestos a casarse se dedicaban a moler café. Los hombres y mujeres que realizaran la tarea más rápidamente, eran considerados los mejores partidos. En ese ambiente de fiesta, el único elemento que le daba a la muerte un aspecto macabro y pavoroso no era el cadáver, sino la horrible caja de tablas viejas sin cepillar que el carpintero armó a la carrera.
Son muchísimos los escritores que, siendo jóvenes, han ejercido el periodismo. Don Joaquín Gutiérrez sostenía que a un escritor, al trabajar como periodista "se le afloja la mano".  Don Alberto Cañas, por su parte, diferenciaba los oficios aclarando que: "el escritor piensa con la cabeza, mientras que el periodista redacta con los dedos." 
En el caso de García Márquez, en muchas de las críticas de cine y los reportajes con que deleitó a los cachacos desde las páginas de El Espectador de Bogotá en 1954, se pueden descubrir los orígenes del estilo y el contenido de las novelas que, después, lograron capturar la atención de lectores en todo el mundo.
INSC: 2735
Gabriel García Márquez (1927-2014), en la sala de redacción de El Espectador
de Bogotá, 1954.




sábado, 2 de enero de 2016

Corrupción en miniatura.

La soda y el F.C. Alberto Cañas.
Editorial Costa Rica. 1983.
Aunque estudió en la universidad y obtuvo su título de licenciado en Derecho, Lesmes Chaverri es un diputado maicero. No llegó a ocupar un escaño en el Congreso por sus méritos oratorios (que no tiene), ni por sus innovadoras ideas (que tampoco tiene), sino, simplemente, por sus aportes, verdaderamente modestos, pero notorios, en favor del progreso del cantón de San Luis, una pequeña comunidad alejada de la capital de la que ni siquiera es nativo.
Llegó a San Luis como abogado de una compañía minera que, según creían los lugareños, iba a ser una fuente de riquezas inimaginables pero que, a la larga, no pasó de ser intento frustrado. La compañía se fue, pero Lesmes se quedó ejerciendo su profesión en San Luis, donde se casó y estableció su hogar. Además de abogado con buena clientela, llegó a ser dirigente comunal, formó parte de la junta rural de crédito, presidió la municipalidad, se  empeñó en construir una plaza de deportes (con éxito) y en que el equipo local de fútbol ascendiera a la primera división (sin ningún éxito). Figura conocida en el cantón, logró la obtener la candidatura a diputado y acabó sentado en el Congreso, pero él, mejor que nadie, sabe que su carrera política no pasará de allí. No es una ni una ficha valiosa para su partido, que no lo toma muy en serio, ni un contrincante temible para el partido contrario, que ni se acuerda que existe.
Los proyectos que se discuten en el plenario sobre los grandes temas nacionales lo tienen sin cuidado. A Lesmes solo le interesa lograr que el gobierno realice obras en su pueblo, para poder presentarlas como fruto de su labor como diputado ante sus vecinos.
Tanto él, como los otros diputado maiceros, conocen el juego y saben cómo lograr sus propósitos. Aunque les hiere en su vanidad, tienen claro que sus intervenciones son objeto de burlas, que la prensa los considera diputados folclóricos y que los líderes parlamentarios de los diferentes partidos los miran por encima del hombro. Sin embargo, en los casos en que un proyecto no cuenta con el apoyo de una clara mayoría, su voto se torna valioso y ellos saben negociarlo bien. Cuando hay una votación reñida, ellos, los simplones diputados rurales, que no solo no han participado en el debate, sino que ni siquiera lo han entendido, son quienes, al final del proceso, pueden inclinar la balanza. En esas ocasiones, que suelen ser frecuentes, tanto los líderes del gobierno como los de la oposición, se les acercan con halagos y ofertas. Está claro que el voto de cada humilde diputado de provincias está en subasta y será entregado al mejor postor. Muchas veces el éxito o el fracaso de un tratado internacional o de una importante reforma judicial o administrativa, ha dependido de la reparación del puente o del cambio del techo de la escuela de un pueblito tan remoto que solamente sus habitantes podrían ubicar en el mapa.
La negociación de su voto es un juego de poder estimulante para Lesmes Chaverri, pero las largas deliberaciones del plenario lo aburren espantosamente. Cada vez que hay un debate sobre economía o administración pública, que suelen prolongarse por varios días, simula estar atento pero, aunque su cuerpo permanece inmóvil en la silla, su mente acaba divagando sobre cualquiera de sus muchas preocupaciones personales.
Le preocupa particularmente el futuro de su hijo Bernal quien a duras penas terminó la enseñanza secundaria y, ya en el umbral de la vida adulta, no da muestras de tener capacidad ni talento alguno. La posibilidad de que estudie una carrera está descartada. El muchacho no es muy brillante y su padre es el primero en reconocerlo. En San Luis, además, no hay muchas oportunidades de conseguir un buen empleo. Lo ideal sería montarle algún tipo de negocio, pero Lesmes Chaverri, abogado, dirigente comunal y ahora diputado de la República, no dispone del capital necesario para hacerlo. A la larga, sin embargo, gracias a una jugarreta ideada, planeada y ejecutada en solitario, logra hacer realidad su propósito.
La Soda de Chico Artavia, que empezó como una fonda más que modesta y luego pasó a ser cantina y salón de baile, es no solo uno de los negocios más rentables de San Luis, sino el centro social por excelencia (solo hay uno) en que los sanluiseños celebran sus bodas, cumpleaños, graduaciones y cualquier otro tipo de fiesta con asistencia masiva. Chico, el dueño, está dispuesto a vender, pero pide una cantidad de la que Lesmes Chaverri no dispone.
Pensó en buscar un préstamo pero, cuando se discutía el presupuesto de la República, se le prendió la lamparita y tuvo una mejor idea. Mientras los diputados nacionales se enfrascan en acaloradas discusiones sobre la distribución del gasto y la asignación de prioridades, a los diputados rurales solamente les interesa que en el presupuesto se incluya alguna partida específica para su comunidad. Por regla general, se les conceden para mantenerlos contentos ya que su voto puede ser decisivo en algún momento. Por regla general, también, se acostumbra darle el cheque al diputado para que lo entregue formalmente en su pueblo en una ceremonia, sino fastuosa, al menos sonada y colorida, en que los beneficiarios le agradecen el aporte como si su representante lo hubiera donado de su bolsillo y el diputado corresponde con un discurso en que afirma que obtener esos recursos tan necesarios fue más difícil que subir el Everest en velocípedo.
Lesmes Chaverri no tuvo que insistir mucho ante sus compañeros diputados para que se asignara una pequeña partida en el presupuesto para el San Luis Futbol Club. Tampoco le fue difícil lograr que el cheque le fuera entregado a él personalmente. Lo que nadie sabía es que el tal club deportivo había dejado de existir, ni que el propio Lesmes Chaverri, por medio de triquiñuelas legales, se había convertido en apoderado del Club. Otro detalle del que nadie se percató fue que, a la hora de aprobarse la partida, había un cero de más en el monto solicitado.
Los escándalos de corrupción en que suelen verse envueltos los políticos son por sumas astronómicas, esta pequeña novela es sobre un caso de corrupción de miniatura que, incluso en el remoto caso de haberse descubierto, no habría ocupado la primera página de los periódicos. Cuando de corrupción se trata, nadie repara en los mordiscos de ratón.
La soda y el F.C. es la novela menos conocida de don Alberto Cañas. También es la más modesta. No tiene el encanto nostálgico de Una casa en el barrio del Carmen, ni la audacia formal de Feliz Año Chaves Chaves, ni el atractivo histórico de Los Molinos de Dios. Se trata, podría decirse, de un divertimento que, pese a tener como tema central un acto de corrupción, no está escrito en tono de denuncia sino, más bien, en clave cómica.
De sus cuatro novelas, solamente Una casa en el barrio del Carmen, no menciona a San Luis, el pueblo que inventó don Beto como escenario de sus narraciones. Allí, en la lejana comarca fundada por dos tocayos, se evocan los versos del poeta bizco Sinoel Cascante, se repasan los chismes de los Melitones y los enamorados van a bañarse a la poza de los Shultze. Como soy curioso, una vez le pregunté a don Beto si el San Luis de sus libros está inspirado en el cantón de San Carlos y me respondió que no, que San Luis está inspirado en Naranjo, que él conoció siendo muy joven en sus vacaciones. Lo que nunca me atreví a preguntarle, a él que fue diputado en varias ocasiones, fue si la historia de La Soda y el F.C. en realidad ocurrió.
INSC: 1574


lunes, 31 de agosto de 2015

Los "pienses" de don Beto.

La exterminación de los pobres y otros
pienses. Alberto Cañas. Editorial
Costa Rica, 1979.

A mi amigo Sergio Arroyo.


Al igual que muchos otros, este señor compraba un número de lotería cada domingo pero nunca había logrado pegarse el premio mayor. Lo que hacía su caso muy particular era que en cada sorteo salía premiado el número que él había jugado la semana anterior. Cuando descubrió el fenómeno, trató de repetir el mismo número, pero en esa ocasión ganó el número que él había pensado comprar, pero no compró. Después de varios años de soportar esa barbaridad, llegó al punto de saber con certeza el número del premio mayor, pero sin poder ganarlo nunca. Los amigos con los que compartió el secreto, algo le daban de lo que obtenían y el señor siguió jugando, no por avaricia sino solamente para ayudar a otros.
Don Alberto Cañas fue quien imaginó esta trama pero, en vez de escribir el cuento, solamente compartió la idea.  Cuando don Beto era joven, departía en los ratos de ocio con sus vecinos de barrio Amón. A las reuniones llegaba un músico que decía cosas inverosímiles e incomprensibles y se ponía a improvisar melodías con la guitarra. Cuando alguien le preguntaba sobre unas y otras respondía: "Son pienses".
Si hacemos a un lado la teoría romántica de la inspiración, podríamos afirmar que el origen de toda obra literaria es un piense. Al escritor se le mete una idea en la cabeza y, tras darle vueltas, se percata de que esa idea, si se planteara y se desarrollara adecuadamente, podría convertirse en un buen relato. Lo único que faltaría sería escribirlo, pero a los escritores, como a todos los mortales, a veces les da pereza escribir.
El mismo don Beto pone este ejemplo: una señora va al mercado y, con la bolsa pesada en la que sobresalen ramas de apio, lechugas, berros y, tal vez, hasta un repollo, toma un taxi para volver a casa y el taxista la secuestra. No sabemos por qué lo hace. Pongámonos melodramáticos y supongamos que el marido de la señora ha tenido un enredo con la hija o la esposa del taxista, quien, al enterarse, decide secuestrar a la doña para asustarlo, sentirse poderoso, cobrarle un rescate u obligarlo a venir a verlo. Ustedes escogen. El secuestro dura un par de horas que, con diálogos ingeniosos, daría buen material para una breve, simpática y entretenida obra de teatro. Hay distintas posibilidades para plantear, desarrollar y cerrar la situación. Don Beto confiesa que ha analizado e intentado todas las que pasaron por su mente. Sin embargo, cualquiera que sea el rumbo que se le dé a la trama, inevitablemente acabará en el retorno de la señora sana y salva a su casa. Tal vez por ese inevitable y previsible final, don Beto, en vez de escribir el cuento o la obra de teatro, de nuevo, solamente comparte el piense. 
La exterminación de los pobres y otros pienses, publicado en 1979, es un libro atípico. Lo normal es que los escritores publiquen los relatos que han escrito y no las ideas sobre las que en algún momento pensaron escribir pero que finalmente renunciaron a hacerlo. No tengo noticia de que otro escritor haya hecho algo parecido. Siempre quise preguntarle a don Beto la motivación que lo empujó a publicar este libro pero, cuando me encontraba con él, nos poníamos a hablar de otras cosas y acabé quedándome con la duda. Supongo que los pienses se fueron acumulando en su cabeza; que escribió y destruyó varios borradores y que, finalmente, cuando desistió de la idea de desarrollarlos, se percató de que la única manera de quitárselos de encima era publicarlos. Una vez, Jorge Luis Borges le preguntó a Alfonso Reyes "¿Por qué publicamos?" y don Alfonso le respondió: "Publicamos para no pasarnos la vida entera corrigiendo borradores".
En el libro hay un poco de todo: historias románticas y trágicas, de contenido social, de ciencia ficción, distópicas y, muy especialmente, absurdas. Vale la pena hacer un repaso rápido. El relato que le da título al libro trata de una sociedad que, para acabar con la pobreza, esterilizó a todos los pobres. Los pobres se fueron muriendo sin que vinieran otros pobres a ocupar su lugar. Cuando murió el último pobre, al que le hicieron un entierro que acabó siendo famoso, la sociedad estaba compuesta solamente por ricos que trabajaban como pobres. 
Una maestra estaba enamorada del supervisor y el día que pretendía entregársele, el supervisor (hay que decir, en su favor, que tartamudeando y asustado) le propuso trasladarla a un mejor puesto a cambio de cierto favorcito. La maestra se rehusó, ofendida e indignada y el pobre supervisor nunca supo lo que se perdió.
Cierto personaje creía que la única manera de que una democracia funcionara era que en cada elección ganara el partido contrario al gobierno, de manera que fuera cual fuera el partido que resultara electo, al día siguiente de las votaciones este personaje se alineaba con la oposición. Al principio nadie le hacía caso, pero con el tiempo se volvió elocuente y todo el país siguió su ejemplo, por lo que, a pesar de que ningún partido logró reelegirse, la mismas personas gobernaron el país por años. 
En una sociedad del futuro, cuando alguien está hundido en deudas, opta por congelar a su esposa y sus hijos por unos cuantos meses. De esa forma gasta menos y logra nivelar sus finanzas. 
Un político viaja fuera del país y muere en un accidente. Todos los periódicos se llenan de artículos en que, hasta sus más enconados enemigos, elogian su talento, su inteligencia, su integridad y su gran valor humano. Tras una semana en que todo el país lamenta la irreparable pérdida, el político, que había fingido su muerte, regresa a lanzar su candidatura presidencial. 
En apenas 107 páginas, de las cuales siete tienen dibujos de Hugo Díaz y veintiuna están en blanco, este libro contiene treinta y ocho pienses. Se trata de cuentos propuestos pero no narrados. El asunto da para pensar. Uno agradece que los grandes autores hayan escrito sus narraciones en vez de publicarlas como pienses. Habría sido una lástima que Borges simplemente hubiera dicho: un hombre lo recordaba todo y otro escribió el Quijote de manera idéntica, palabra por palabra, a como lo hizo Cervantes.  La trama de los cuentos de James Joyce, de Edgar Allan Poe, de John Steinbeck o del mismo Anton Chejov, podría comprimirse en un par de líneas. Pero el mérito está en escribir los cuentos y no en pensarlos. 
Por otra parte, abundan los libros llenos de buenas ideas que, literariamente, no lograron cuajar. Los narradores torpes, escriben malos cuentos basados en buenos pienses. En su caso, más bien se les habría agradecido que se hubieran limitado a consignar el piense. 
De un tiempo acá se ha puesto de moda el microrrelato. Algunos son verdaderas joyitas a las que nada les falta ni les sobra, pero otros no son más que ideas sueltas que el autor no asumió el riesgo de desarrollar más a fondo. 
Volviendo al libro de don Beto, su lectura deja una sensación ambigua. No se trata de cuentos propiamente dichos, pero tampoco de ocurrencias sacadas de la manga. En cada piense, don Beto muestra el potencial creativo que ofrece la historia a quien estuviera dispuesto a contarla. El abanico de posibilidades es amplio y colorido. Sin embargo, y aquí está lo curioso, las narraciones de este libro no dan ganas de escribirlas, sino de pensarlas. Son llamativas como propuesta pero no como proyecto.
Siempre he creído que cada idea viene con la forma en que debe ser expresada. Hay quienes se ponen a escribir cuentos y luego se percatan de que están escribiendo una novela. Otros, que pretenden escribir una novela, a la larga desisten pero se dan cuenta que en el camino escribieron cuentos valiosos.  Abundan los casos en que un poema se convierte en relato, o una narración con muchos diálogos acaba transformándose en una obra teatral. El escritor no elige, sino que descubre, la forma que debe darle a las ideas que resuenan en su cabeza. De ser así, quizá el destino de las situaciones consignadas en este libro no podía ser otro más que pienses.
INSC: 0986 

viernes, 19 de junio de 2015

Feliz año Chaves Chaves, novela de Alberto Cañas.

Feliz año Chaves Chaves. Alberto Cañas.
Editorial Costa Rica, 1981
El 31 de diciembre es un día que suele estar cargado de nostalgia. La víspera de año nuevo uno no tiene la sensación de que algo empieza sino, más bien, de que algo termina, así sean solamente las vacaciones navideñas. Además, como la cuenta regresiva hacia la medianoche empieza desde el momento mismo en que uno se levanta, el día se hace larguísimo. Si se goza de buena compañía, el lento paso de las horas resulta menos tedioso, pero si los amigos, familiares o seres queridos están muertos o muy lejos y, para colmo de males, uno no hizo planes y no tiene ni la más mínima idea de dónde lo van a sorprender las campanadas de las doce, se corre el riesgo de amanecer a solas con los pensamientos que, por cierto, esa noche no suelen ser muy alegres.  De nada vale buscar a alguien: el 31 de diciembre es un día en que nadie aparece. Unos salieron de vacaciones a sitios lejanos y, los que se quedaron en la ciudad no hay forma de saber en dónde están. Uno llama por teléfono y nadie contesta o toca la puerta y la casa está sola.
Al joven diputado de provincias Bruno Chaves Chaves lo sorprendió el 31 de diciembre sin saber a dónde dirigir sus pasos. La única actividad que tenía programada para ese día era un almuerzo con unos señores importantes ("importantes para otros", pensaba, "porque ahora son como yo") del cual esperaba salir temprano y decidir luego si se iba a San Luis, su pueblo natal, o se quedaba en San José. Desafortunadamente el asunto se fue alargando. A las once de la mañana se sentaron en una mesa del club a tomar un aperitivo y ya eran más de las dos de la tarde, el litro de whisky iba para abajo de la mitad y nada que comían. Para acabar de hacerla, la conversación era un verdadero fastidio y Bruno, en vez de relajarse, se iba poniendo cada vez más tenso.  Estaba en compañía de tres hombres que le sonreían y lo adulaban (el único que no le palmoteaba la espalda era el del frente porque no tenía cómo). A veces daba la impresión de que querían decirle algo, que lo habían invitado con un propósito, pero las agujas del reloj seguían pasando sin que se decidieran ni a entrar en materia ni a pedirle al salonero otra cosa que más hielo.
Llegó el momento en que ni siquiera los escuchaba. Su mente se puso a repasar momentos de su juventud, no muy lejana, en que jugaba fútbol y era bueno para repartir puñetazos en los pleitos colegiales. Recordó el funeral de su padre y la vez que llevó a su primera novia a nadar en la poza de un cafetal donde, con el agua helada hasta la cintura y una nube de mosquitos zumbando alrededor, le dio un beso inolvidable. Tanto su padre muerto como la novia a la que nunca volvió a ver estaban definitivamente fuera de su vida, pero no de su mente. Su pensamiento también volvía de vez en cuando al presente. Sabía que los líderes del partido por el que había sido electo diputado y dentro del cual, hasta hace poco, parecía tener futuro, estaban pensando no solo en expulsarlo, sino en acabar con su carrera. Bruno, joven inteligente e idealista, ganó la diputación de San Luis con amplio margen de votos. Todo el pueblo, salvo su cuñado, que hizo hasta lo imposible por perjudicarlo, confió en el nuevo líder comunal que, parecía, estaba destinado a ser figura nacional. Bruno tenía la cabeza llena de sueños, ilusiones y buenos propósitos. Quería iniciar, junto con sus compañeros de generación, una nueva forma de hacer política pero, cuando empezó a recibir golpes bajos, no tuvo más remedio que devolverlos. Aprendió que, más que pronunciar discursos, era necesario poner a circular chismes, más que convencer con argumentos, había que saber planear una intriga. Cuando los propios líderes de su partido elogiaban su progresos en el dominio de las reglas del juego, sucedió lo imprevisto. Allá en San Luis, su pueblo, justo en el Cerro de la Concepción que parece una postal con sus árboles y vaquitas, se descubrió un yacimiento mineral. Una compañía transnacional, con el apoyo de los diputados del partido contrario, propuso un contrato para explotarlo. El partido de Bruno se oponía rotundamente. Los argumentos que se escucharon en el debate abarcaban toda la gama de tonos desde el nacionalismo más sentimental hasta el más frío sentido práctico. La compañía gastó un dineral en propaganda y, segú las malas lenguas, hasta en sobornos para lograr el contrato. En San Luis, hasta el tonto del pueblo se veía en un futuro no muy lejano nadando en dólares. El día de la votación, 28 de diciembre, el contrato fue aprobado gracias al voto decisivo de Bruno Chaves Chaves, que "traicionó" (la palabra resonaba en su cabeza) la línea de su partido. Bruno ni siquiera estaba de acuerdo con el contrato. Sabía que el cerro, y probablemente también su pueblo, desaparecería apenas iniciaran las excavaciones, pero no pudo votar de acuerdo con su conciencia y sus ideas por no enfrentarse a los vecinos de la comarca, conocidos de toda la vida, cuyos votos, a fin de cuentas, lo habían llevado hasta donde estaba.  
Los tres hombres que lo acompañaban ese medio día, no hacían más que elogiar su voto. Uno de ellos era el representante de la compañía minera y, los otros dos un par de acólitos locales. Ya sea por el hambre, el whisky, los recuerdos lejanos, las enemistades recientes, el sentimiento de culpa, los nubarrones en el horizonte o, muy probablemente, por la suma de todos esos factores, a Bruno Chaves se le colmó la paciencia, hizo una escena bastante grosera, soltó un discurso con palabrotas más dirigido a sí mismo que a sus compañeros de mesa, salió a la calle y se puso a caminar sin saber hacia dónde iba. Necesitaba compañía, es decir, alguien que lo escuchara, pero un 31 de diciembre uno no encuentra a nadie.
Días antes había conocido a una muchacha. Ni siquiera recordaba su nombre, pero se habían contado algo de sus vidas y la soledad de ambos los hizo creer que se comprendían.  Bruno, que en el tumulto de la capital se sentía como un árbol con las raíces al aire, creyó que la única persona que podría entenderlo sería precisamente alguien que no lo conociera. 
A María Eugenia, que así se llamaba la joven, también le habría gustado encontrarse con Bruno. Su 31 de diciembre no iba nada bien. Era una muchacha que se quedaba sin trabajo periódicamente y vivía con su madre, que no hacía más que ofenderla. El pulpero de la esquina, además, cuando la veía venir, salía a la puerta para gritarle las obscenidades más grotescas. Al final de la noche, que era también el final del año, Bruno y María Eugenia se encuentran, están un rato en los chinamos y el amanecer los sorprende en la carretera en un viaje que no se sabe en qué podrá parar.
Feliz año Chaves Chaves, publicada en 1981, es, en mi opinión, la novela más audaz de don Beto Cañas. Mientras en Una casa en el barrio del Carmen o Los Molinos de Dios,  también obras fascinantes, amenas y meritorias, la narración es bastante convencional y concentra en consignar los hechos, en Feliz año Chaves Chaves se nos invita a recorrer un laberinto de emociones y recuerdos, de ilusiones estrelladas contra la realidad, de paisajes bucólicos llenos de historias y situaciones absurdas así como de acontecimientos insignificantes que llegan a ser gran importancia. En esta novela se reflexiona con profundidad, ironía y gran sentido del humor, tanto sobre lo social en el sentido más amplio como sobre lo personal hasta el alcance más íntimo. Al relatar unas doce horas en las vidas de dos solitarios que acabaron pasando el año nuevo juntos, don Beto nos pasea por distintas épocas y paisajes y nos presenta un singular desfile de seres humanos de todo tipo. Gerardo el macuco, el pulpero vulgar, tacaño y cochino, la vieja que sonríe sin dientes, el chofer de bus enamorado en silencio, Negrodilo el de los mandados del líder, Jorgito Meneses el de las tretas, Alvin Finch y su sonrisa de cómo ganar amigos, el tuerto de Sinoel Cascante y tantos otros, son mucho más que sombras alrededor de Bruno y María Eugenia. Hasta los personajes que aparecen fugazmente llegan a ser memorables.  
El final de la novela queda abierto. No sabemos en qué paró ninguna de las historias que se cuentan. Podemos imaginarnos lo peor o inclinarnos por el final feliz. También queda abierta la posibilidad de que, al final, no ocurra nada que sea particularmente bueno ni malo y las cosas sigan más o menos como estaban. La novela termina al amanecer del 1 de enero y, como todos sabemos, el 1 de enero es un día muy distinto al 31 de diciembre. El 1 de enero no se piensa en el pasado, sino en el futuro. No se experimenta la sensación de que algo termina, sino de que algo empieza. Todo parece nuevo y fresco y da la impresión de que el reloj corre a toda prisa.
INSC: 0671

jueves, 26 de marzo de 2015

Una casa en el barrio del Carmen.

Una casa en el barrio del Carmen. Alberto Cañas.
Novela. Editorial Costa Rica. Cuarta edición.
1978.
Inevitablemente, las ciudades crecen y se transforman. El destino de los pequeños pueblos que rodean a las ciudades en crecimiento es convertirse en sus suburbios. Los barrios residenciales dentro del casco urbano, ya sean de casitas humildes y populares o de caserones de abolengo llenas de historia, tarde o temprano acabarán convirtiéndose en zonas comerciales. 
Los viejos habitantes del centro, que han pasado su vida entera en la misma casa, viven en un doble tiempo. De la puerta hacia afuera todo ha cambiado, los vecinos han muerto o se han ido a otro sitio. Cada vez el tumulto callejero es más numeroso pero con menos caras conocidas. Sin embargo, de la puerta hacia adentro el tiempo parece haberse detenido, ya que viven en el mismo espacio, con los mismos muebles y la misma rutina de toda la vida. 
Brígida y su hermano Eusebio, ambos solterones y ya de edad avanzada, son unos personajes de otra época que residen en una espaciosa casona esquinera en el Barrio del Carmen. Todo, en esa casa, empezando por sus habitantes, parece provenir de tiempos inmemoriales. Los espaciosos dormitorios tienen biombos, la enorme mesa ovalada del comedor está cubierta por un mantel tejido por la propia Brígida en sus lejanos años de juventud y, además de los bizcos retratos de los antepasados, las paredes están decoradas con viejas y oscuras pinturas al óleo. Rosa, la cocinera, de edad indefinible, trabaja en esa casa desde el nacimiento de Eusebio. A los dos hermanos y la doméstica los acompaña una lora que es el único ser viviente en la casa que, de vez en cuando, hace un poco de ruido. Hace años que dejaron de recibir visitas. De hecho, ya casi no conocen a nadie ni nadie los conoce. La única salida de Brígida es a la misa matutina en la iglesia del Carmen. Eusebio, que trabajó toda su vida como burócrata de medio pelo, acaba de pensionarse y no sabe qué hacer durante todo el largo día. 
Las perspectivas a futuro parecen evidentes. Brígida, Eusebio, la doméstica y la lora morirán eventualmente y, entonces, algunos parientes lejanos que ni siquiera los frecuentaban, harán todo lo que la ley les permita para apropiarse de la casona, tirar todos los trastos inservibles que haya dentro y vender el inmueble a precio de oro, ya que es amplio y está bien ubicado. 
Pero los acontecimientos se precipitan. Dos parientes, cada uno por su lado, deciden no esperar la muerte de Eusebio y Brígida y, jugándoles sucio, empiezan sendas maniobras para despojar a los ancianos de su propiedad. Los planes y las tácticas de cada uno de ellos son distintas, ninguno está al tanto de las movidas del otro, pero ambos esperan hacer el negocio de su vida a costa de los viejos y sin darles nada de las ganancias. 
Pablo Alvarado, cuñado de los viejos, había traspasado una hipoteca sobre la casona a un tercero para que la rematara. Su plan era que Brígida y Eusebio perdieran la casa para luego venderla, siempre por medio de terceros, a una institución del gobierno para que construyera un edificio de oficinas.
José Eduardo León, yerno de don Pablo, estaba haciendo lo suyo para que una compañía norteamericana se apropiara de la casona para convertirla en una estación de gasolina. Brígida y Eusebio, al percatarse de que existe el riesgo de perder su casa, tratan de mover sus contactos (que son casi inexistentes) para conseguir el dinero necesario para evitar el remate. El par de viejos ni siquiera saben de dónde vienen los tiros y, cómo hay dos procesos independientes, les resulta difícil comprender el panorama.
Esta novela breve de Alberto Cañas es de ritmo veloz y tensión creciente. Las descripciones de los espacios y situaciones, así como las historias particulares de todos los personajes son una delicia de ingenio y humor, pero don Beto no se detuvo más que lo estrictamente necesario en los detalles. Esta novela es pura acción acelerada y da la impresión de estar contada a toda prisa. No hay tiempo que perder: a Chebito y a Brígida se les acorta a cada minuto el plazo para encontrar una solución y uno, como lector, siente la misma angustia y la misma urgencia que ellos por llegar cuanto antes al desenlace. En cada página surge alguna esperanza de un final feliz y, en cada página también, parece que todo está perdido y que los viejos van a acabar en la calle. El final es sorpresivo y agridulce. Las maniobras truculentas se destapan y, gracias a un giro inesperado, Eusebio y Brígida logran tomar el sartén por el mango, la propiedad acaba vendiéndose pero el dinero acaba íntegro en sus manos. Ni Pablo Alvarado ni José Eduardo León ganan un centavo. Brígida y Eusebio cayeron en una trampa pero, como los gatos, cayeron de pie.
Aunque don Beto Cañas es muy respetado en Costa Rica como periodista y como dramaturgo, muchos consideran que sus novelas no son de gran relevancia. Yo no comparto esa opinión. Para mí las novelas de don Beto, Los Molinos de Dios, Feliz año Chaves Chaves y Una casa en el barrio del Carmen son obras realmente meritorias, tanto en estilo como en contenido. En estas tres novelas, la sociedad costarricense es tanto el tema como el público. Don Beto escribe sobre Costa Rica para los costarricenses y, en las tres novelas, el tema central es la transformación. Las cosas ya no son como antes y nunca volverán a serlo. Todo lo que aprendimos en el pasado que dejamos atrás, apenas nos sirve para lograr sobrevivir en la realidad que tenemos por delante. Nada detiene el paso del tiempo ni los cambios que su marcha trae consigo. Esta novela es un buen ejemplo. Fue publicada en 1965 cuando todavía quedaban algunos ancianos habitando las casonas señoriales del centro de San José. Al final de la novela, Chebito y Brígida se mudan al barrio Escalante y la misa diaria de Brígida pasa de la iglesia del Carmen a la de Santa Teresita. Lo irónico es que hoy, el avance de la actividad comercial josefina ya ha llegado hasta barrio Escalante, donde muchas de las casonas han sido convertidas en bares, restaurantes, tiendas y oficinas. Los barrios de San José son barrios casi sin niños y sin jóvenes. Muchas de las casonas espaciosas son habitadas por ancianos como Eusebio y Brígida, que ni reciben visitas ni frecuentan a sus parientes, pero que sospechan que en algún momento su casa acabará convertida en edificio de oficinas o estación de gasolina.
INSC: 0670

lunes, 17 de noviembre de 2014

Un poco de atención.

Yo soy Marlín. Edelmira González.
EUNED, Costa Rica,  2002.
Lo que más desean los escritores es que les pongan atención. Unos lo logran. Otros no. Edelmira González (1904-1988) definitivamente no lo logró. Escribió cuatro novelas. La primera y la segunda no llamaron la atención porque fueron publicadas cuando ya el estilo con que estaban escritas había pasado de moda. Su tercera y cuarta novela se publicaron catorce años después de su muerte y, por crueldad del destino, sufrieron la misma suerte que las dos anteriores. 
Su nombre y su obra son desconocidos. Es posible que sus novelas hubieran sido apreciadas de haberse publicado en su momento, pero todas las publicaciones se realizaron cuando ya era demasiado tarde. Además, destacarse como novelista en la Costa Rica de los años cuarenta no era nada fácil ya que había un puñado de escritores que, en materia de novela, eran capaces de hacerle sombra a un roble.
En 1946, la Universidad de Costa Rica convocó a un concurso de novela y Edelmira lo ganó con Alma Llanera, la primera novela costarricense ambientada en Guanacaste en la que, con el hilo conductor de un drama personal, se exponen los problemas sociales de la provincia. Pese a ser la premiada, la Universidad nunca publicó la novela. Edelmira, con sus propios medios, imprimió una edición modestísima en 1958 que no llegó ni a la esquina. En 1977 la Editorial Costa Rica la publicó, pero de los años cuarenta a los años setenta, mucho había cambiado el gusto literario y ya nadie estaba dispuesto a leer novelas paisajísticas y lineales.
En 1956, la Universidad vuelve a convocar al premio de novela y Edelmira lo gana de nuevo, esta vez con Mansión de mis amores, también ambientada en Guanacaste, en la que, además de historias románticas y familiares se ofrece un retrato amplio sobre la vida cotidiana y las tradiciones culturales y religiosas de quienes viven rodeados de cañales. La Universidad, de nuevo, no publicó el libro y la Editorial Costa Rica, de nuevo, hizo una edición en 1973 a la que nadie le prestó atención. Cierto personaje, al que le gustaba jugar de historiador de la literatura y soltar calificaciones lapidarias sin ningún fundamento, afirmó que Mansión de mis amores era "la gran novela guanacasteca".  Respeto el derecho de todos a manifestar su opinión y a llamar "gran" a lo que gusten, pero debo señalar el hecho de que en el momento en que profirió semejante sentencia, solo había tres novelas ambientadas en Guanacaste.
Los concursos de novela de la Universidad de Costa Rica de 1946 y 1956 fueron los únicos dos que se realizaron y ambos los ganó Edelmira. El premio no entregaba dinero, sino que consistía, únicamente, en la publicación de la obra galardonada. Pero la Universidad no cumplía ni eso, así que dejaron de convocarlo. De todas formas, un premio que se convoca cada diez años no parece muy serio. Quién sabe si de haberlo seguido convocando Edelmira lo hubiera seguido ganando.
Llamar la atención como novelista es difícil y el tiempo, como siempre, juega en contra. Joaquín Gutiérrez, Fabián Dobles, Yolanda Oreamuno y Carlos Luis Fallas, todos ellos casi veinte años más jóvenes que Edelmira, empezaron a publicar sus novelas, definitivamente más audaces y mejor logradas que las de la generación anterior, mientras Edelmira permanecía inédita.
En 1973, la Editorial Costa Rica convocó por primera vez su premio de novela. Edelmira envió Yo soy Marlín y, según don Beto Cañas, que era uno de los jurados, aquella historia de una niña limonense que tenía como sitio de juegos un viejo cementerio y como compañero de aventuras a su enamorado Clyton Preachard, se vislumbraba como ganadora segura del certamen. Pero entre los otros manuscritos apareció, participando con la furia de un huracán, Murámonos Federico y los jurados se olvidaron de Marlín y de todas las otras novelas concursantes y dieron el fallo por unanimidad.
Edelmira murió en 1988. En el 2002, don Beto Cañas, que siempre apreció su obra, se encargó de que la Universidad Estatal a Distancia  publicara sus cuatro novelas. La cuarta, que junto con Yo soy Marlín, Edelmira nunca vio impresa, se titula Las huellas del puma y es una novela histórica en la que un anciano profesor de Cartago evoca la figura de Gregorio José Ramírez y describe cómo era la ciudad antes del terremoto de 1910.
Hoy las cuatro novelas de Edelmira están disponibles en librerías a precio muy accesible, pero no hay quien las compre ni quien las lea. 
Yo leí las cuatro. Son novelas bastante sencillas, con pocos personajes, sin dramas complejos ni audacias narrativas o estructurales. Las historias, lineales y cronológicas, son claras como el agua. Los personajes nunca se salen del canasto. La observación del paisaje y la exploración de los sentimientos, imperan sobre la acción, siempre lenta, que se concentra en unos episodios que, para quien no se involucre a fondo con la trama, pueden parecer intrascendentes. 
Tras leer sus cuatro novelas, creo que Edelmira González, como escritora, merecía que se le hubiera prestado un poco de atención. Al menos un poco. Pero no tuvo ni eso.

INSC:  1511

domingo, 9 de noviembre de 2014

La faceta romántica y nostálgica de don Beto.

Crisantema. Alberto Cañas Escalante.
Editorial de la Universidad Estatal a
Distancia. Costa Rica, 1990.
Uno de los aforismos de don Beto Cañas reza: "Si un escritor no quiere que lo entiendan es absurdo que escriba".
Consecuente como es, don Beto predica con el ejemplo. Naturalmente, deben de haber lectores que objeten o abandonen sus obras, pero resulta casi impensable suponer que en algún caso las objeciones o el abandono se hayan debido a alguna dificultad de comprensión. Ni siquiera en sus proyectos más ambiciosos, como las novelas Feliz Año Chaves Chaves, en que el tiempo y los lugares se suceden de forma elíptica, o en Los molinos de Dios, en que mete en la danza cinco generaciones de una familia y ciento cincuenta años de historia de Costa Rica, don Beto le ha puesto las cosas cuesta arriba al lector.
Al comentar un libro de don Beto, no es necesario insistir mucho en la comunicabilidad de su estilo ya que, así sea en el drama, la novela, el cuento, el ensayo o el artículo de opinión, logra siempre que sus escritos sean amenos, entretenidos y comprensibles.
Escribir distintos géneros es como hablar diversos idiomas y don Beto, como narrador, se toma muy en serio aquella vieja analogía de que la novela es como una película y el cuento es como una fotografía. En sus novelas ya dichas, así como en Una casa en el barrio del Carmen y La Soda y el F.C., se desarrollan muchos conflictos en muchos frentes y las relaciones entre los numerosos personajes, solo aparentemente distantes, no dejan de sorprender al quedar al descubierto. Al escribir novela don Beto nos muestra un mundo complejo, alambicado, y trata de ponernos al tando hasta de los detalles mínimos, sin lugar a dudas simpáticos e interesantes, aunque poco decisivos dentro del funcionamiento de ese mundo. Al escribir cuento don Beto es breve, más bien brevísimo, y no se permite ni la más mínima distracción para hacer más corta la distancia entre el planteo y el desenlace. 
Sus cuentos, fríamente delimitados y esmeradamente cuidados en su estilo, no podrían haber sido escritos a prisa, pero parecen destinados a ser leídos de un tirón, a ser tragados de golpe sin necesidad de masticarlos.
Ese afán de concisión ha llegado al extremo de impedirle hasta el hecho mismo de escribir el cuento. En 1974 publicó La exterminación de los pobres y otros pienses, porque los relatos allí incluidos, en la opinión del propio autor, ni siquiera llegaban a cuentos. Eran solamente "pienses", algunos de apenas un par de párrafos.
La ironía, tan sorpresiva y divertida como aguda y filosa, es casi inevitable en la pluma y los labios de este reconocido escritor.
Todas estas características apuntadas: estilo ameno y comprensible, extensión reducida hasta el límite de lo posible, ritmo apresurado e ironía afilada, son evidentes en Crisantema, la colección de cuentos que le publicó la EUNED en 1990 y que, tal vez por haber coincidido con el lanzamiento de su novela Los molinos de Dios, no recibió mucho atención y en sus primeros trece años no fue objeto de ninguna reseña.
Aunque Crisantema se ha mantenido en la oscuridad por años, sería injusto calificar este libro como una obra menor o poco significativa dentro de la amplia producción literaria de don Beto.
Muy por el contrario, Crisantema nos muestra quizá la faceta más sentimental de su obra. Conocido durante medio siglo por sus dotes de polemista, resultaría poco menos que imposible imaginarse a don Beto contando historias de enamorados llenas de suspiros y lagrimones. De hecho, las historias de parejas presentes en su obra narrativa se caracterizan por ser amores totalmente imposibles o definitivamente ridículos que son, hablando francamente, los más intensos.
En lugar del corazón flechado grabado a cuchilla en el tronco de un árbol, en el cuento que da título al libro, don Beto nos habla de un extraño grafiti que rezaba "Aquí se amaron Rodolfo y Crisantema", escrito en la pared de un hotelito barato que sirve de refugio a parejas jóvenes. Reflexiona luego sobre lo públicos que resultan a veces los lugares destinados a actividades privadas y en el hecho de que lo que hicieron Rodolfo y Crisantema en esa habitación no fue precisamente amarse. Otros visitantes, con palabras muy distintas, suelen ser más específicos al dejar constancia en las paredes sobre lo que hicieron.
Un hombre, por motivos de trabajo, vuelve a caminar por las calles del barrio de su infancia, convertido ahora en un rincón más de la zona roja y descubre que en la casa en que vivía la primera muchacha de la que se enamoró a la distancia funciona un prostíbulo. En las mañanas, las humildes trabajadoras, que deben prestar sus servicios a campesinos o hampones, ya que la casa no tiene pretensiones de grandeza, se asoman a la puerta a ver pasar el tiempo y los transeúntes. Una de ellas se le parece a la muchacha de sus recuerdos, definitivamente perdida para siempre, y el pobre hombre apresurado cada mañana al verla siente que vuelve a vivir la época en que, siendo chiquillo, se sentaba con sus amigos a intercambiar postalitas en la acera de enfrente solo para verla.
Un humilde tenedor de libros desempleado, acaba viendo la misma película tres veces el mismo día para eludir convidar a la muchacha que le gusta a la salida del cine ya que la plata no le alcanza. Una jovencita de San Luis (¿de dónde más?) ve alejarse el bus que va para San José, dentro del cual viaja un noviecillo de temporada, uno de esos muchachos que van a San Luis solo de vacaciones y que, durante su estadía, acaba emparejándose con una lugareña en un romance provisional solamente para tener con quién bailar al aire libre con la música de un radio de transistores.
Sí, los amores de los que nos habla don Beto en Crisantema siguen siendo imposibles o ridículos, pero en este libro, como en ningún otro de los suyos, es evidente una sensualidad que, en algunos momentos, alcanza niveles de tensión conmovedores, como en el cuento aquel en que narra la primera, y única, infidelidad de una maicerita con una tendencia imperceptible a la obesidad controlada a base de dietas, contra su marido bigotón, con quien compartía la misma tendencia, solo que en el caso de él no era ni imperceptible ni controlada, que al final ni se enteró de lo ocurrido.
En este libro también, en más de una oportunidad se negó a escribir el cuento y solo nos dejó el piense, el anteproyecto de un relato que quiso escribir pero luego, por alguna razón, no llegó a concretar. La expresión de dolor de un niño, hijo de un carretonero, atropellado por un automóvil podría haber sido un magnífico motivo literario. El autor lo sabe y lo declara, valora su potencial pero el cuento no cuaja porque nada de lo que escriba, ningún artificio imaginario que agregue al drama real presenciado podría aproximarse siquiera remotamente a la expresión del rostro del niño que había que verla para vivirla. El autor, entonces, en vez de escribir el cuento nos habla de su primera intención de escribirlo y su decisión definitiva de abandonar el proyecto. En otros cuentos, también, el narrador se salta su papel y dialoga con el lector sugiriéndole su complicidad para seguir adelante pasando por alto todo lo previsible e inevitable.
Las referencias a hechos contemporáneos de los cuentos es también sabrosa para quien sea capaz de recordarlos. El patatús que acabó matando a dos viejitas al ser enteradas, por un niño accidentalmente iluminado por un rayo de sol, de la visita pontifica a Costa Rica o la explicación que otra viejita, también beata, brinda sobre el triunfo de la selección de fútbol de Costa Rica frente a la de Italia en los juegos olímpico de Los Ángeles en 1984, forman parte, sin lugar a dudas, de las páginas más simpáticas del libro.

INSC: 1144

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