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viernes, 26 de marzo de 2021

Los ojos del antifaz. Novela de Adriano Corrales.

Los ojos del antifaz.
Adriano Corrales.
BBB. Costa Rica. 2020

En determinado momento, David, el protagonista de la novela Los ojos del antifaz, de Adriano Corrales, se mira al espejo y no se reconoce. Aún joven, le cuesta creer que aquel rostro envejecido, maltratado, doloroso y amargo, sea el suyo. No hace mucho que era un muchacho alegre, curioso y enamoradizo que, a falta de un balón de verdad, jugaba con sus amigos utilizando como pelota una vejiga de chancho bien inflada y bien cosida.

Creció en el campo, tan cerca de la naturaleza virgen que, en las noches, se escuchaban los gruñidos de manadas de saínos salvajes que se atrevían a curiosear cerca de la casa. Estaba pequeño cuando, cargada dentro de una carreta de bueyes, venía enroscada una enorme serpiente muerta. Los habitantes del lugar se congregaron curiosos y, para que pudieran verla mejor, la colgaron de un poste. Se aprovechó todo. El cuero, que parecía inagotable, sirvió para hacer zapatos, cinturones y billeteras, la grasa, para remedios caseros y la carne para hacer chicharrones.

Su infancia y juventud las vivió en un lugar mágico, en que los fantasmas hacían visitas para anunciar su propia muerte, las brujas se entretenían anudando apretadas trenzas en las crines de los caballos y el Dr. Ricardo Moreno Cañas operaba en sueños a sus devotos. Las oportunidades de divertirse y socializar eran pocas, pero se aprovechaban al máximo, como la vez aquella en que tuvo su primera, brevísima, pero inolvidable conquista amorosa con la muchachita que hacía fila delante de él para montarse en la rueda de Chicago.

Guy de Maupassant decía que una novela es un ciclo completo de vida, que se toman los personajes en un momento de sus vidas y se les acompaña, durante la transición, hasta el momento siguiente. El David joven, fuerte, sano, juguetón, idealista y soñador que respiraba el aire puro del monte y se bañaba en los ríos, no es el mismo David, joven aún, que se mira al espejo y se percata que, aunque actuó movido por las mejores intenciones y con el propósito de hacer lo correcto, el sueño al que dedicó todas sus energías, por el que hizo enormes sacrificios y en el que hasta puso en riesgo su vida, no fue más que un espejismo.

De mente inquieta, David desde pequeño se cuestionaba todo, hasta la doctrina del catecismo. Era inteligente y curioso, pero acabó volviéndose rebelde y revoltoso, hasta el punto que, siendo apenas un adolescente, Cuzuco, el director del colegio, lo expulsó por haber afeado, con protestas estudiantiles, la visita del Presidente de la República. Fuera de las aulas, sin derecho a matricularse en ninguna institución estatal de segunda enseñanza, David, que podía ser constante cuando se lo proponía, terminó la secundaria y abandonó su verde y mágica tierra natal para ir a estudiar a la universidad.

Deambuló por distintas carreras, se hizo de amigos y, además de compartir parrandas juveniles, acabó involucrándose en una agrupación política que, en la novela, se llama simplemente "La orga". Aunque en el grupo había unos cuantos intelectuales y hasta algunos miembros de otros países, que tenían amplia experiencia en tácticas de agitación, labores de espionaje y hasta de guerilla, lo cierto es que la gran mayoría de los compañeros eran revolucionarios de camiseta y boina. Muchachos que se proponen cambiar el mundo, sin ser capaces de cambiar sus propios hábitos, que pretenden establer otro orden de cosas, sin tener su propia vida en orden.

Los ojos del antifaz.
Adriano Corrales.
Primera edición.
Perro Azul. Costa Rica. 1999.

Aquellos jóvenes, aunque cumplían con entusiasmo las tareas que les asignaban los dirigentes, la mayor parte del tiempo eran simplemente compañeros de tertulia y de parranda. Acabaron viviendo todos juntos en una casa alquilada pero el asunto no funcionó muy bien, porque todos comían y solamente unos pocos aportaban. Los recursos llegaron a ser tan escasos que, en una ocasión, todos intervinieron en el debate oral y público de un juicio que se improvisó por la desaparición de un plátano. En la convivencia quedó claro que la tan cacareada palabra "solidaridad", unos (pocos) la consideraban un deber, mientras que otros (muchos) la aprovechaban como una ventaja gratuita. 

Era el final de los años setenta y como David era uno de los más entusiastas de la orga, le propusieron entrenarlo para que fuera a luchar como guerrillero sandinista en el frente sur de Nicaragua.  David tenía su novia y sus planes. Fue duro decidir entre Lucía y la lucha revolucionaria pero, se dijo, la lucha está por encima de todo. Además, pensó: "Si me niego, quedaré como un farsante."

Se fue entonces como "voluntario" y, ya en la montaña, llegó a entablar buena amistad con sus compañeros de armas. Eran en verdad muy distintos a los revolucionarios de la universidad y poco a poco fue conociendo sus historias, reales o inventadas, así como las razones por las que explicaban, tanto a los otros como a sí mismos, el que estuvieran allí. Entre los guerrilleros había personajes de todo tipo y hasta niños de doce años de edad, cuya estatura apenas era ligeramente más alta que el fusil que cargaban. Los más viejos, tenían sus razones, pero en cuanto a los chavalitos, aunque eran valientes y arrojados, resultaba difícil de creer que fueran "voluntarios".

A la hora de escoger su nombre de guerrillero, tras descartar muchas opciones, David decidió llamarse Aquiles. Lo más terrible del tiempo de lucha en la montaña no fue el hambre, ni el frío, ni la lluvia, ni el sol, ni las largas caminatas con el equipo a cuestas. Ni siquiera fueron los tiroteos ni la conciencia de que se arriesgaba la vida a cada paso. Lo más terrible fue la muerte, tanto de los compañeros como del enemigo porque, tras los combates, David o, más bien, Aquiles, descubrió que los muertos no solamente tienen un aspecto impactante, que impresiona por lo grotesco, sino también un olor penetrante que queda impregnado por dentro y por fuera de quien se les acerca demasiado.

Cuando Anastasio Somoza abandonó el poder en Nicaragua y los guerrilleros fueron recibidos en las principales poblaciones del país como héroes, por todo lo sufrido, el sabor de la victoria fue amargo y llegó a prestarse para ironías. Hasta la consigna revolucionaria "Hasta la Victoria, siempre", era repetida por los mismos guerrilleros con otro significado, porque en Nicaragua, Victoria es una marca de cerveza.

La madre se curó de todos los males que la tenían postrada en una cama cuando su hijo volvió a la casa. El retorno fue difícil. "¿Cómo se hace para volver?"  A petición de los curiosos, David contaba sus andanzas como si el protagonista de su relato fuera otro y no él mismo. Su mente estaba en otra parte. No le interesaba hacerse el interesante con relatos de aventuras, sino retomar de nuevo su vida, sus planes, volver a encontrarse con su novia, buscar una ruta a seguir, hacer algo después de ese paréntesis en su vida. A veces se preguntaba qué habría sido si nunca hubiera salido del pueblo. Tal vez peón de finca, trabajador del aserradero o dependiente de comercio. 

David quería retomar su vida, pero "La orga", tenía otros planes para él. Decidieron, sin consultarle, aprovechar su experiencia para realizar lo que llamaban "operaciones de recuperación financiera", eufemismo rimbombante que, en buen castellano, significa, simple y llanamente, realizar asaltos para obtener un botín. Bien mirado, la tergiversación de las palabras es hasta irónica. Solamente se puede recuperar lo que a uno le pertenece. Recuperar algo que pertenece a otro es, por feo que suene, robar.

El asalto a una sucursal bancaria salió bien. No hubo heridos, ni muertos ni detenidos. Pero en el segundo golpe las cosas se complicaron y David acabó arrestado e interrogado. Los cuerpos policiales estaban alarmados y tensos. A inicios de los años ochenta estaban sucediendo hechos cada vez más violentos. secuestros de empresarios de otras nacionalidades residentes en el país, tiroteos, asaltos y acciones de organizaciones armadas con algún tipo de connotación política, como las del grupo La Familia, que dejó la muerte de dos guardias civiles durante un enfrentamiento y de la joven Viviana Gallardo Camacho, ametrallada en una celda mientras esperaba presentarse a juicio.

David llegó a pensar que no saldría vivo del interrogatorio. Nadie, ni siquiera él mismo, sabía dónde se encontraba. Pero a fin de cuentas lo dejaron ir. Pudo dormir y, a la mañana siguiente, mientras se aseaba, se miró al espejo.

"Allí, frente a mí, estaba parado un tipo con los ojos amoratados y la cara de una palidez violácea. Un tipo barbado y golpeado por días y años de lucha inútil consigo mismo y con la muerte. Un tipo desconocido, envejecido por los años a la interperie y a salto de mata. No un guerrero, sino un transeúnte por la vía de los que nunca se descubrieron...Ese era el antifaz que había llevado hasta siempre... Ese tipo no era yo, era otro. Los ojos, mis ojos, al fin podían mirar el antifaz. O el antifaz mirar a mis ojos."

En Centroamérica abundan las obras testimoniales de guerrilleros pero, por lo general, son de corte propagandístico o apologético en las que el protagonista es retratado como héroe o como víctima. Los ojos del antifaz no va por ahí. Es una novela en la que, más que en la referencia histórica, la atención está concentrada en el drama humano, más que en la lucha social, el argumento se concentra en la experiencia individual. Independientemente de las posiciones políticas o ideológicas que pudiera tener quien la lea la novela, acabará comprendiendo a David y, hasta me atrevería a afirmar que, conforme avance el lectura, llegará hasta a sentirle afecto.

No sé si Adriano los escogió deliberadamente o si ni siquiera se dio percató del detalle, pero encontré profundamente simbólicos los dos nombres del protagonista. David, como el pastorcillo que, siendo apenas un niño, derribó con su honda a un guerrero gigante armado hasta los dientes, y Aquiles, el invencible que tenía, sin embargo, un punto vulnerable.  A pesar de la fortaleza de sus palabras, sus ideas y sus acciones, de alguna forma es evidente que, en el fondo, el personaje que está detrás del antifaz es una criatura frágil. A la larga, él mismo se percata que el punto débil de su ser es más que el talón y que el enemigo que pretendía derribar es mucho más grande que Goliat.

Los ojos del antifaz.
Adriano Corrales.
EUNED. Costa Rica. 2007.

El sueño se volvió una pesadilla de la que fue triste despertar. A lo largo del libro hay reflexiones filosóficas, éticas, estéticas e históricas de gran interés y profundidad. Hasta las alucinaciones, o premoniciones, de la vez que durmió tres días seguidos son fascinantes. David sufrió al lado de la sarta de vagos de la universidad, en los duros tiempos de la guerrilla y en las operaciones clandestinas en las que lo involucró "la orga", pero disfrutó de la serenidad de las nostálgicas charlas con sus caseros doña Luz y don Toño. David, en el fondo, era un pensador y un artista más que un guerrilero o un redentor de la sociedad.

Mientras leía Los ojos del antifaz,  reafirmé mi convicción de que los movimientos de izquierda, pese a su prédica contra la discriminación de clase, en la práctica son bastante clasistas. Están, para empezar por lo más alto, los que llamo "los comunistas gourmet" o, como les dicen en Europa, "La gauche", que son pura pose, como las preciosas ridículas de la comedia de Moliére. Luego están los dirigentes, que dan la cara y pronuncian discursos, pero nunca se ensucian las manos. Y, en lo más bajo de la pirámide, están quienes, como el David de la novela, hacen cualquier cosa que les manden y son capaces de poner a un lado hasta sus aspiraciones personales con tal de contribuir a la causa.

Los de arriba son una farsa. Los de abajo de verdad se creen el cuento. Su idealismo y su compromiso son auténticos, pero acaban siendo utilizados como peones de una partida en la que otros deciden sus movimientos. Uno no puede dejar de preguntarse cómo alguien que, siendo apenas un muchacho, ponía en apuros a la maestra de religión por cuestionar la doctrina y el catecismo, luego, ya más crecido, no solo abrazó sin objeciones de ningún tipo la religión, la doctrina y el catecismo de "la orga", sino que hasta cumplió sus órdenes sin cuestionarlas en lo más mínimo.

El ideal por la justicia social lo llevó a la delincuencia. Se jugó el riesgo de matar, de que lo mataran o de ir a parar la cárcel, con tal de obtener un botín del que ni siquiera recibiría una parte, puesto que debía entregarlo a los de arriba, a los que dan órdenes sin arriesgar nada.

Lo irónico, y lo triste, es que los más comprometidos y obedientes, cuanto todo acabó, fueron los más olvidados. Los otros, los que hablaban de revolución pero tuvieron el cuidado de mantenerse lejos de los disparos, hospedados en buenos hoteles mientras sus compañeros se escondían en charrales con el enemigo al frente, al final siguieron politiqueando y encontraron su campito en los partidos que antes combatían.

Sereno, sin dolor y sin resentimientos, David llega a decir que si un largo periodo de su juventud se puede considerar como un montón de años perdidos, confía al menos que no acabe siendo también una memoria perdida. Y se propone entonces escribir su historia personal novelada.

Una vez, le pregunté a Adriano si este libro se podía considerar como unas memorias o un testimonio de su experiencia personal. Tras un profundo respiró, simplemente me respondió: "Los ojos del antifaz es una novela."

Una novela, por cierto, que lleva años generando interés y atrayendo lectores. Su primera edición fue publicada en 1999 por Perro Azul, en 2001 fue editada en Argentina por el sello Piel de leopardo, la EUNED la incluyó en sus colección de literatura costarricense en 2007 y la edición más reciente la realizó BBB en el año 2020.

INSC: 1091, 2777

lunes, 31 de agosto de 2020

Todos los cuentos de Juan Aburto.

Cuentos Completos. Juan Aburto.
Hispamer. Nicaragua, 2018
Casi como un acto deliberado de rebeldía, el escritor nicaragüense Juan Aburto no quiso ser, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, un poeta más en la tierra de Rubén Darío. En lugar de versos, se puso a escribir relatos que publicaba, inicialmente, en periódicos y revistas. En 1969 apareció Narraciones, su primer libro, que fue muy bien recibido por los lectores, no solamente por lo agradable de su prosa, sino por la mirada, general y a la vez profunda, con la que observaba los pequeños y grandes dramas que se pueden encontrar en las calles de ya populosa ciudad de Managua. Aburto apostó, no solamente por ser narrador en vez de poeta, sino por ser escritor urbano, en lugar de campesino costumbrista. Su apuesta tal parece que fue acertada porque, especialmente a partir de su libro Se alquilan cuartos, de 1973, Aburto llegó a ser considerado figura clave y verdadero referente de la literatura nicaragüense
En un plazo de apenas diecinueve años, llegó a publicar seis libros de relatos. Narraciones, de 1969, como ya se dijo, fue el primero, mientras que Los recuerdos simultáneos, de 1988, fue el último. Juan Aburto nació en 1918 y, a propósito del centenario de su nacimiento, en el año 2018 apareció, publicado por HIspamer, el libro Juan Aburto Cuentos Completos, que reúne, en un solo volumen, los seis libros que publicó en vida, así como otros relatos dispersos que no fueron incluidos en ninguno de sus libros y una interesante secuencia de reseñas y semblanzas sobre su vida y obra. 
De primera entrada, lo que más llama la atención y llega a ser hasta sorprendente, es que la obra completa de Juan Aburto sea tan breve. De las trescientas quince páginas del libro, más de cien corresponden a textos introductorios escritos por otros. Este hecho encierra una gran lección. En literatura, el reconocimiento no se obtiene arrojándole al público puñados de páginas de manera insistente y constante. A Juan Aburto le bastó escribir doscientas páginas para  alcanzar un puesto fundamental en la narrativa de su país.
Verdaderamente emotiva, y hasta conmovedora, es la semblanza biográfica que hace su hija Alfonsina, en que deja claro que aquel señor metódico, que trabajó cuarenta años como modesto ejecutivo bancario, era, en el plano familiar y doméstico, un padre ingenioso y divertido, que llamaba con nombres exóticos a los alimentos más cotidianos y que, con solamente su imaginación y buen humor, lograba convertir un rutinario paseo dominical en una aventura inolvidable. 
Sergio Ramírez Mercado, quien, cuando era un joven estudiante universitario en León, viajaba semanalmente a Managua para tomar prestados libros de la biblioteca de Aburto y devolverle los de la semana anterior, destaca que más que un cambio de escenario, la obra de Aburto representaba un cambio de visión. Los relatos campesinos, populares por entonces, eran falsos, caricaturescos y puramente folcóricos, mientras que las escenas urbanas de Aburto, eran tan genuinas y auténticas que  sus personajes saltaban a la vista en el propio barrio en que vivía el escritor. Don Sergio cuenta una anécdota simpática. Uno de los cuentos de Aburto, escrito en primera persona, relata un episodio en que, el propio narrador,  acabó siendo seducido por una mujer casada, del barrio Buenos Aires, quien lo pasó adelante para que escampara. No había de qué preocuparse, puesto que el marido de la hospitalaria  señora, estaba destinado, como guardia nacional, en el puerto de Corinto. El cuento era ficción pero el hecho era perfectamente posible. Don Sergio, entonces, quiso jugarle una broma al autor y le escribió una carta haciédose pasar por el guardia cornudo. No solamente consiguió una máquina de escribir, tinta y papel como las que usaba la Guardia Nacional, sino que, gracias a la ayuda de un cómplice, logró que el sobre fuera despachado con el sello de la oficina de correos de Corinto. Juan Aburto anduvo oculto por un buen rato, temeroso de encontrarse en la calle con el personaje salido del cuento que él mismo había escrito.
Juan Aburto.
(1918-1988)
Julio Valle Castillo, por su parte, de manera muy sustentada, se refiere ampliamente a la importancia de la obra de Juan Aburto en la narrativa nicaragüense. El libro incluye también ensayos de crítica académica escritos por Erick Blandón Guevara, Fernando Burgos Pérez, Víctor Ruiz, Ana Ilce Gómez, Lisandro Chávez Alfaro y Marcel Jaentschke. Naturalmente, aunque estos estudios muestran interesantes puntos de vista, no considero adecuado aventurarme en un comentario del comentario y prefiero referirme directamente a los cuentos de Aburto.
Cada una de sus narraciones es una obra individual, planteada y cerrada en sí misma, que nada tiene que ver con las otras. Sin embargo, al tener la oportunidad de leer todos sus cuentos, me ha parecido encontrar, no solamente un denominador común, sino también una evolución verdaderamente fascinante.
Al desarrollar sus historias y mostrar sus personajes, Aburto mantiene, en todos sus cuentos, una expresión contenida, de emoción atenuada. Ya sean cómicos o trágicos, divertidos o dolorosos, el escritor no pretende provocar carcajadas ni lágrimas. Simplemente narra los hechos sin retruécanos, sin florituras, sin malabarismos retóricos, sin distracciones. Incluso en los relatos extensos, no hay ni una línea superflua o prescindible.
Esta condición de narrador puro, de llegar a ser alguien que nada más cuenta una historia es, para todos los cuentistas, una cima difícil y, para muchos de ellos, hasta  imposible de alcanzar.
Aunque todos  los cuentos de Aburto tienen en común el mérito de ser narrados con naturalidad y fluidez, sin adornos ni decorados, llama la atención que sus temas fueran pasando de lo cotidiano a lo fantástico.
En Narraciones, su primer libro, Aburto es un observador, un caminante atento que recorre las calles como un fotógrafo dispuesto a captar las escenas que encuentra desde un buen ángulo. Atento al paisaje en general y al detalle en particular, logra curiosear sin inmiscuirse, escudriñar sin acercarse demasiado. Escribe en primera persona, ya que lo único que sabe de los hechos y los protagonistas es lo que percibe con su ojos. Más que acontecimientos, muestra imágenes. La descripción es amplia.
Pero en su segundo libro, El convivio (1972), ya aparecen micro cuentos. Relatos brevísimos como una ráfaga de viento a la que basta un segundo para volcar lo que llevaba rato de estar quieto. En Se alquilan cuartos (1973), el escritor que antes solamente observaba se hace a un lado para darle voz a los personajes y dejarlos hablar por sí mismos. Aparecen entonces cuentos planteados, desarrollados y resueltos a puro diálogo, como los que escribía su amigo granadino Fernando Silva. Contame amor contame y El hijo pródigo, son dos maravillosas muestras de que basta mostrar lo que alguien dice para que quede claro lo que siente o lo que piensa.
Aburto poco a poco se va convirtiendo, de un narrador testigo, en un narrador omnisciente, al punto que sabe, desde que era solamente una ramita que asomaba en el suelo, que aquello no era un árbol de jocote.
También poco a poco la imaginación va sustituyendo a la observación. Siempre dentro de los barrios capitalinos azotados por el sol y el polvazal, los personajes siguen siendo tan simples y familiares como el vecino de al lado, pero cada vez ofrecen mayores sorpresas. Un hombre que se arrancó un diente flojo, por seguir traveseándose la boca, acabó sacándose la mandíbula y, yendo cada vez más profundo, continuó sacándose todos los huesos. Sin ponerse folclórico, Aburto escribe sobre figuras populares de espanto, como la Cegua o la carreta nagua pero, en vez de irse al terreno de la leyenda, se los trae al suyo, al mundo cotidiano en que hasta lo más extraño ocurre con la mayor naturalidad. 
No acostumbro etiquetar las obras literarias, pero para utilizar el lenguaje de quienes ponen etiquetas, diría que lo más asombroso de la obra de Aburto es que, desde el realismo, pasó a la literatura fantástica, sin dejar por eso de ser realista. Empezó como un fotógrafo que sale a la calle sin más intención que lograr el retrato fiel, pero cuando le dio rienda suelta a su imaginación y creó situaciones y personajes fantásticos, sus cuentos no perdieron nada del realismo que les es característico y hasta las situaciones más descabelladas son escritas (y leídas) como un episodio cotidiano que le puede pasar a cualquiera.
Figura fundamental del cuento, no solo nicaragüense, sino centroamericano, Juan Aburto, a un siglo de su nacimiento, tiene mucho que contar, mostrar, demostrar y enseñar, a los lectores de hoy y mañana que, sin lugar a dudas, disfrutarán de su obra refrescante, amena y sorprendente. No sé, y el libro no lo menciona, si alguna vez Aburto se atrevió a escribir un poema. En todo caso, hizo bien en no ser un poeta más en un país de poetas. La narrativa era lo suyo.
Esta edición de sus cuentos completos, recopilada por sus hijas Alfonsina y Gilda, en cooperación con Sergio Ramírez Mercado y Erick Blandón Guevara, en verdad se agradece. Es maravilloso tener la oportunidad de adquirir la obra completa de un escritor cuando vale la pena leer toda su obra completa.

domingo, 21 de octubre de 2018

Las tentaciones de la luz. Poesía de Zingonia Zingone.

Las tentaciones de la Luz. Zingonia
Zingone. Anamá Editores.
Nicaragua, 2018.
El mayor contraste que podemos encontrar en este mundo (y muy probablemente en el otro también) es el de la luz y la oscuridad. En esta vida, cuando nos toca recorrer zonas oscuras, nos movemos temerosos y dudamos al elegir la ruta porque los peligros podrían estar cerca sin que lo sepamos. Al transitar por un espacio iluminado, en cambio, avanzamos con confianza al poder ver con claridad no solamente el terreno donde vamos a posar nuestro siguiente paso, sino también, a lo lejos, el destino al que aspiramos arribar.
Al final de esta existencia, no habrá otra opción más que el resplandor más intenso o las tinieblas más absolutas. Unos creen que, cuando su vida termine, acabarán sumidos en la profunda oscuridad de la nada. Otros esperamos alcanzar la luz eterna que aclarará todos los misterios y hará desaparecer todas las dudas y temores.
Tanto la luz como la oscuridad tienen su atractivo. De lo oscuro nos atrae el misterio, el ansia de descubrimiento, el cosquilleo de correr riesgos, la curiosidad de enfrentarse a lo inesperado, el reto de enfrentarse cara a cara con lo desconocido.
La luz, por su parte, también nos tienta, pero de una forma distinta. Nos llama a encontrar un lugar sereno para el descanso en que la paz y la armonía con todo y con todos no sea una sensación pasajera, sino un estado permanente. 
En su libro de poemas Las tentaciones de la Luz, Zingonia Zingone, con profunda sabiduría y delicada dulzura, muestra que el ansia de sumirse en lo luminoso, más que a un deseo, una necesidad o un capricho, responde a un destino ineludible marcado en lo más profundo del ser desde el propio origen.
Creemos, equivocadamente, que andamos en busca de algo que nunca tuvimos, cuando en realidad, más bien, todos nuestros esfuerzos responden al anhelo de recuperar algo que perdimos, pero que, definitivamente, una vez fue nuestro. En esta vida llena de confusión y sorpresas, que a veces aturde, a veces cansa y a veces aburre, que en momentos parece avanzar a toda prisa y en otros da la impresión de haberse detenido en una interminable pausa, hay en nuestra memoria un eco lejano, un recuerdo borroso, de una vida más alta, más completa, más intensa y más serena. 
Una vez leí que hay ciertas personas (entre ellas los verdaderos poetas), que son capaces de recordar el inicio del tiempo, cuando los primeros seres humanos vivían en el Paraíso en perfecta armonía con el Creador y las otras criaturas y que, precisamente, la nostalgia por el Paraíso acabó marcando sus vidas con una gran sensación de vacío y, a la vez, con un gran sentido de plenitud.
Adán, el primer hombre, en este libro es un personaje cansado de andar errante por sitios a los que no pertenece, ansioso de recuperar aquel feliz estado en que él mismo era una rama de árbol y podía pasear desnudo bajo el sol sin temor ni deseos de ocultarse.
Al igual que Adán, Zingonia ha tenido una vida errante. Los poemas de este libro han sido escritos en distintos sitios, en los que ha compartido diversas experiencias con toda clase de personas que se ha encontrado en su camino. Pero ya sea en el paisaje solitario o en las ciudades llenas de multitudes, el eco paradisiaco que resuena en su memoria de poeta, la ha hecho comprender que, pese a que el retorno no está permitido y se debe avanzar sin volver el rostro, correr hacia el destino es correr hacia el origen. La meta, a la larga, es el punto de partida.
En este mundo en que todo tuvo principio y todo tendrá final, hay una luz que nos permite comprender que, de alguna forma, todo tiene un sentido y un propósito. La vida terrenal, esa gran aventura de recorrer este mundo cambiante y sorprendente, no es más que un breve paseo que empezó cuando el Creador nos llamó a la existencia y que terminará el día que nos llame de nuevo a su lado.
Los poemas de Las tentaciones de la luz, tienen un alto contenido espiritual, pero no son, de ninguna manera, ni exaltaciones místicas, ni alegorías religiosas ni especulaciones teológicas. El libro, aunque evoca directamente pasajes de las Sagradas Escrituras, nunca se desvía en doctrinas, prédicas ni alabanzas. Quien escribe, no se dirige al Creador que le dio la vida ni a los prójimos con quienes la comparte, sino más bien al fondo de su propia alma, capaz de descubrir que, en el largo camino recorrido en las afueras del Edén, aún en medio de la duda y el cansancio, le han sido reveladas verdades luminosas.
Un auténtico creyente solamente habla de Dios desde su experiencia. No se trata de lo que piensa, de lo que sabe, de lo que supone y, ni siquiera, de lo que cree. Va más allá: trata de lo que ha vivido en carne propia. El libro cita episodios bíblicos, no para evocar acontecimientos que ocurrieron hace mucho tiempo, sino más bien para mostrar su fresca actualidad. No son historias que Zingonia haya leído, sino experiencias que ha vivido. Y al repasar su camino, a lo largo del cual fue descubriendo que origen, rumbo y destino son una sola cosa, logró que esa bitácora íntimamente personal, llegara a ser universalmente humana. Quien entra en contacto con lo eterno, logra comprender su propia vida. Y quien comparte su experiencia espiritual con absoluta franqueza, logra narrar la vida de quienes lo escuchan.
La reacción en cadena, aunque clara, no deja de ser misteriosa. El dolor, la esperanza, la angustia, la duda, la alegría o la tristeza de cualquiera de los poemas de este libro, son los de Zingonia. Y, al leerlos, fueron los míos. Zingonia escribió el libro porque pudo hacer propias la tragedia o la dicha de los otros. Yo, cuando leí el libro, encontré que sus páginas parecían tener origen en mis propias vivencias.
En la última parte del libro, verdaderamente conmovedora, hay un Via Crucis que, a diferencia de los tradicionales, es más glorioso que doloroso. Al evocar la Pasión de Cristo, Zingonia no quiso enfocarse en lo sangriento del hecho, sino en el profundo acto de amor que se muestra en cada episodio. A cada estación del Via Crucis dedica un poema en que invita a posar la mirada sobre detalles poco apreciados de cada escena.
Leer Las tentaciones de la luz fue para mí una profunda experiencia espiritual que logró hasta iluminar ciertos momentos oscuros de mi memoria.
El libro, publicado por Ediciones Anamá, en Nicaragua, ha tenido muy buena acogida. Ha sido ampliamente comentado y ha logrado atraer la atención de un numeroso y variado público en distintos países de América Latina y Europa. Estoy muy agradecido con Zingonia por haberme concedido el honor de presentar su libro en Costa Rica. Sin embargo, lo que más le agradezco, casi tanto como el libro mismo, es la escueta dedicatoria de la primera página. Quizá para muchos ese sencillo: "a SFN" que aparece al inicio les parezca enigmático. Si ella no quiso poner su nombre completo, no voy a revelarlo, pero reconocí de inmediato, con gran alegría, que el libro está dedicado a un queridísimo amigo que tenemos en común, verdaderamente luminoso.
INSC: 2750
Osvaldo Sauma, Zingonia Zingone y yo, Carlos Porras, en la presentación de
Las tentaciones de la Luz. San José, Costa Rica. Setiembre 2018.

domingo, 20 de agosto de 2017

Materia jubilosa. Poesía de Julio Valle Castillo.

Materia Jubilosa. Julio Valle Castillo.
Editorial Nueva Nicaragua, 1986.
El libro Materia Jubilosa, de Julio Valle Castillo, fue publicado en 1986 pero, de acuerdo con las fechas que aparecen al final de algunos de los poemas, tal parece que fue escrito entre 1977 y 1982, es decir, poco antes y poco después de la caída de Anastasio Somoza Debayle y la toma del poder por el Frente Sandinista de Liberación Nacional. 
Pese al dolor acumulado por una larga lucha en que se perdieron muchísimas vidas, después de la caída de una dictadura tan prolongada que parecía eterna, por primera vez en décadas en Nicaragua empezaba a mirarse el futuro con optimismo. Lo que pasó luego ya es otra historia, así que concentrémonos en el momento. Terminaba un largo y doloroso capítulo en la vida del país y empezaba una nueva etapa que, de primera entrada, parecía prometedora.
La alegría, el júbilo, era el sentimiento imperante en medio de los destrozos que habían dejado los enfrentamientos armados y el luto que se guardaba por los seres queridos que habían perecido en ellos. Los caídos, cuyos nombres eran recordados con admiración y agradecimiento, adquirieron categoría de héroes. La memoria se remontaba muchos años atrás, hasta el héroe principal, Augusto César Sandino, llamado El General de los hombres líbres, primera víctima del primer Somoza.
La vida de Sandino fue trágica desde antes de su nacimiento. Su padre, Gregorio Sandino, era un rico hacendado que tuvo hijos con varias campesinas que trabajaban en sus tierras. La Margarita Calderón, madre de Sandino, fue una de ellas. Aunque fue reconocido por su padre y llevó su apellido, por ser hijo de una aventura extramarital, la categoría del niño Augusto fue, en la casa paterna, apenas algo más alta que la de los numerosos peones. 
Augusto César Sandino. (1895-1934)
Durante los últimos años veinte y primeros años treinta del siglo pasado, Sandino lideró una rebelión armada contra la presencia de tropas militares norteamericanas en su país. Invitado por el presidente Juan Bautista Sacasa a firmar la paz, Sandino acudió a la cita pero fue secuestrado y asesinado poco después del encuentro. El General Anastasio Somoza García, quien tendió la trampa, acabó derrocando al poco tiempo al presidente Sacasa.
Hubo repetidos intentos por sacar a Somoza del poder, pero todos fracasaron. A la larga, Somoza murió durante una cirugía tras recibir los disparos de Rigoberto López Pérez quien fue ametrallado inmediatamente después del atentado y tal parece que actuó solo. Los hijos de Somoza, Luis y Anastasio, lograron controlar el gobierno durante más de veinte años tras la muerte de su padre, pero finalmente, Anastasio Somoza Debayle acabó abandonando el poder y el país en 1979.
Todo el dolor de la lucha y toda la alegría del triunfo es lo que Julio Valle Castillo logró plasmar en su libro Materia Jubilosa. Pero no se trata de una crónica, ni de un ensayo histórico, ni, mucho menos, de un manifiesto político o un panfleto progandístico, sino de un libro de poemas verdaderamente hermosos, con tenue sabor agridulce, que parece escrito con sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos.
Bellísima es la dedicatoria. "A todos los muertos porque ellos han puesto la vida", como también es bellísima, definitivamente bellísima, es la primera parte, titulada Ronda tribal para el nacimiento de Sandino, en que con imágenes bucólicas retrata el parto y la infancia del héroe, en cuyos labios pone un monólogo impresionante.
Se ocupa luego, hombre por hombre, de los hombres del Estado Mayor de Sandino, nicaragüenses, salvadoreños y hondureños. Salta luego en el tiempo hasta la matanza de Monimbó, en que la Guardia Nacional atacó la población poco después del asesinato del Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Continúa con epitafios de los caídos en la lucha contra la tiranía, dedica a cada uno un poema. Desde los más conocidos, como Rigoberto López y Leonel Rugama, hasta aquel cuyo nombre se ignora. La última parte es la más personal, en que menciona a seres queridos cercanos, amigos y familiares, con quien compartió angustias e ilusiones.
La alegría y el optimismo tras el fin de la dictadura de Somoza fueron intensos, aunque hayan durado poco. No creo que haya hoy nadie que soporte leer los discursos, proclamas, manifiestos, ni propuestas gubernamentales de aquella época. Todo lo dicho entonces, ya se sabe, terminó en letra muerta. Pero quien se acerque a los poemas de Materia Jubilosa, de Julio Valle Castillo, inevitablemente entrará en sintonía con las emociones, tanto dolorosas como alegres, que, en determinado momento de su historia, estremecieron a todo un pueblo.
INSC: 1990

Augusto César Sandino.
Mientras la Margarita cumple el oficio 
de la mujer preñada que es soñar despierta
hace los menesteres del día: lava y tiende
cocina y vuelve, va y viene y anda dormida
se le caen los párpados, bosteza y bosteza
refriega los ojos llorosos de leña verde.

Otro hijo nacerá sólo de mujer
que la madre es madre para cien hijos
que el hombre padre para ninguno

Si el padre desmemoriado alguna vez lo reconoce, 
recuerda la aventurita
el desliz de la carne
si ya el cabeza de familia honorable teme la mancha
en la solapa y el corbatín
al instante que posa para la foto
con botines de charoles y zapatos blancos de tango,
busca al niño y mete al hijo por el zaguán de la casa
a ser hijo-de-casa, a comer con los criados y conciertos
a vestir ropa vieja, en desuso, de los hermanos.
Y así llega a la adolescencia
y el adolescente a hombre correcto:
capaz de guardar los negocios del padre.
Manojo de zacate, güate, perro bueno, fiel y moto.

El poeta Julio Valle Castillo.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Poesía del padre Azarías H. Pallais.

Antología. Azarías H. Pallais.
Selección y prólogo: Ernesto Cardenal.
Editorial Nueva Nicaragua, 1986.
Azarías H. Pallais era alto y enjuto, pero esa no es la razón por la que es recordado como una figura quijotesca. Sacerdote, poeta, protector de los necesitados, punzante periodista, dirigente obrero y severo crítico de la dictadura, tal parece que el padre Pallais, como el Ingenioso Hidalgo, se había propuesto dedicar su vida a enderezar tuertos y deshacer agravios. 
Catequista desde que era niño y profesor desde que era estudiante, cursó sus estudios de Filosofía, Derecho Canónico y Teología en Francia, Bélgica y Roma, donde obtuvo su Doctorado. Autor de numerosos libros de poesía y colaborador habitual en los periódicos, era un sabio al que no le gustaba relacionarse con intelectuales, un poeta que prefería no formar parte de los círculos literarios, un líder popular que no pertenecía a partido alguno y un sacerdote que hacía y decía lo que le parecía correcto sin darle mayor importancia a lo que pudiera pensar, decir o hacer, su obispo.
En 1911, el mismo año que regresó de Europa con su título bajo el brazo, pronunció un sermón tan audaz que, no solo escandalizó a los feligreses más conservadores, sino que le generó una suspención por parte de sus superiores. 
Poco después, en 1917, debutó como poeta con su libro Bajo la sombra del agua y en 1923 lo encontramos arengando a los obreros a no claudicar en la lucha por sus derechos. Los últimos catorce años de su vida los pasará en la costera población de Corinto.
El padre Pallais nació el 3 de noviembre de 1884 en León, Nicaragua, hijo del Dr. Santiago Desiderio Pallais y de doña Jesús Bermúdez Jerez, sobrina del General Máximo Jerez quien, además de caudillo liberal, fue el padrino de bautizo de Rubén Darío. En honor a su abuelo paterno, Henri Pallais, un francés que había emigrado a Nicaragua a principios del Siglo XIX, firmaba como Azarías H. Pallais.
Durante los años que pasó en la Universidad de Lovaina fue pupilo del Cardenal Désiré Joseph Mercier quien es recordado tanto por su profundo misticismo como por sus rigurosos estudios, sus vehementes llamados y sus audaces acciones en favor de la justicia social. Bajo la tutela de su mentor, el padre Pallais hizo una gran amistad con su condiscípulo, el costarricense Jorge Volio, otro sacerdote quijotesco con quien se volvería a encontrar en Nicaragua, luchando contra la invasión de los marines americanos. Durante su permanencia en Europa, por cierto, conoció a Darío.
Junto con Alfonso Cortés (1893-1969) y Salomón de la Selva (1893-1959), el padre Azarías H. Pallais forma parte de la generación de poetas nacidos en León, Nicaragua, inmediatamente posteriores a Rubén Darío. Sus libros, sin embargo, son bastante difíciles de conseguir.
Tras su muerte, en 1954, sus poemas siguieron leyéndose y comentándose, pero no fueron reeditados hasta que, en 1986, Ernesto Cardenal, recopiló toda la poesía de Pallais en una Antología que fue publicada por la Editorial Nueva Nicaragua en un tiraje masivo.
En el prólogo, el Padre Cardenal, quien comparte con Pallais la doble condición de poeta y sacerdote, afirma que, en la vida y obra de Pallais, no pueden separarse esas dos facetas. "Su poesía es sacerdotal y su sacerdocio fue poético." Tampoco se pueden separar su vida y su obra: "Escribió lo que vivió y vivió lo que escribió."
También cuenta impresionantes anécdotas, no solamente las más conocidas, como la vez que fue vetado para un Doctorado Honoris Causa o cuando Anastasio Somoza frustró su viaje a Europa porque: "Si así me ataca dentro del país, ¿Cómo lo hará afuera?"
El retrato que hace Cardenal de Pallais, más que de un Quijote, parece de un Francisco de Asís o Felipe Neri. Llega a afirmar que Pallais era un verdadero santo y, por eso, las personas muy religiosas no lo comprendían.
Azarias H. Pallais. (1884-1954)
Extremada y voluntariamente pobre, Pallais no tenía más posesiones materiales que sus libros, su cama y su escritorio. Todos los regalos que recibía iban a dar, casi de inmediato, a las manos de sus protegidos: los presos, los niños lustradores de zapatos, las prostitutas, los vagos, los borrachines. En su casa no había nada guardado con llave porque los cerrojos, decía, son un invento demoniaco. Daba albergue a quien no tuviera un lugar donde dormir y si, a la mañana siguiente, descubría que le habían robado algo, no le importaba. Una vez le regalaron unos números de lotería y pegó el premio mayor. La persona que le había dado los boletos le escribió para rogarle que guardara algo para él, que no lo regalara todo, pero el padre Pallais le respondió que su carta había llegado demasiado tarde.
Los pequeños comentarios que publicaba en el periódico, con el título de Glosas, iban al grano sin muchos rodeos. Simplemente mencionaba el hecho y cerraba con su opinión. En el libro aparece una formidable.  Unos jóvenes, a los que llama "pequeños ladrones, hermanitos parvulillos que para vivir tienen que robar",  tras ser atrapados por las autoridades, fueron rapados y obligados a caminar por las calles en un desfile ruidoso para que los vecinos los reconocieran. Ante la humillación de que fueron objeto los delincuentes, el padre Pallais da una explicación de los hechos: "¿Qué pasó? Que los verdaderos y grandes ladrones hicieron caminar por la calle a ladroncillos inifinitesimalmente más pequeños."
Con todo y la admiración que muestra por él, Cardenal anota que Pallais se declaraba socialista pero, al mismo tiempo, era un enemigo declarado de los bolcheviques. Doctor en Teología y practicamente de un cristianismo puro e intenso, apoyaba, propiciaba y se deleitaba en las manifestaciones de religiosidad popular que rayaban en la superstición. Críticaba duramente la dictadura de Somoza, pero era admirador de Francisco Franco. Como cualquier otra persona, Pallais en algunos aspectos fue un personaje adelantado a su época y, en otros, un hombre de su tiempo.
Su poesía, como es fácil de suponer, tiene una fuerte carga ética. Alaba la bondad y denuncia las malas acciones. Celebra todo lo bello que hay en la naturaleza y las personas, a la vez que desprecia la vanidad y el egoísmo. También, por supuesto, hay poemas de tema religioso, especialmente en su libro Bello Tono Menor, pero Pallais es mucho más que un cura que escribe poesía. Es un observador atento a todo lo interno y lo externo, lo visible y lo invisible, lo material y lo espiritual.
Sus poemas no son pretenciosos ni grandilocuentes. Todo lo contrario: el vocabulario es simple y las composiones son breves, muchas de ellas de apenas dos versos rimados. Nada de retruécanos, florituras ni imágenes artificiales puramente decorativas. Sus poemas se limitan a plasmar con palabras lo deseado, lo visto, lo vivido o lo pensado. Hubo quienes en su momento, tildaron de absurdo y rebuscado el título de su primer libro Bajo la sombra del agua, sin saber que Pallais compuso la mayoría de esos poemas, escondido detrás de una cascada.
Ideas, imágenes, sentimientos y emociones que se arrojan como lanzas o dardos. Instantes capturados con pocas palabras. Suspiros y anhelos de un alma noble.  Los poemas de Azarías H. Pallais no son los de alguien que vive en su propio mundo, sino los de quien, como Don Quijote, es capaz de ver, detrás de lo ordinario, lo sublime.
INSC: 2414

domingo, 26 de junio de 2016

Rubén Darío, primer gran escritor latinoamericano.

Antología Poética. Rubén Darío.
Prólogo de Carlos Cortés.
Editorial Legado, Costa Rica, 2016.
La obra de Rubén Darío no pierde actualidad. Un siglo después de su muerte, ocurrida en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916, el Príncipe de las Letras Castellanas continúa ganando lectores y admiradores. Constantemente aparecen nuevas ediciones de sus cuentos y poemas, el encanto de su personalidad no se ha opacado y hasta los más mínimos detalles de su vida siguen despertando gran interés. Aunque los críticos, académicos e historiadores de la literatura no han dejado de repasar sus escritos ni un minuto en los últimos cien años, siguen encontrando en ellos facetas inexploradas llenas de revelaciones sorprendentes. 
Siempre he considerado que Darío ilustra a la perfección el antiguo aforismo que reza ARS LONGA VITA BREVIS. Su paso por este mundo fue breve (murió catorce días después de haber cumplido los cuarenta y nueve años de edad). pero el impacto de su arte marcó todo el Siglo XX. En vida fue considerado el maestro de maestros y, tanto en España como en América Latina, no había un solo poeta que no se quitara el sombrero ante él. Eventualmente, la poesía fue tomando luego otros rumbos, cambió el tono, exploró nuevos recursos y optó por formas de expresión muy distintas a las de Darío. Las nuevas generaciones de poetas iban tomando cada vez más distancia de él, pero Darío, bien instalado en su pedestal, fue capaz de sobrevivir el parricidio.
A propósito del centenario de la muerte del gran escritor, la Editorial Legado, que dirige Sebastián Vaquerano, ha publicado una antología muy bien escogida en que se incluyen los poemas más conocidos de Azul, Prosas Profanas, Cantos de Vida y Esperanza y otros libros. Allí están Walt Whitman, A Roosevelt, Salutación del Optimista, Lo fatal, A Margarita Debayle, Los motivos del lobo, entre otros. Quienes deseen tener en su biblioteca una selección de las más célebres páginas de Darío, no deberían desaprovechar la oportunidad de adquirir esta antología.
Le agradezco mucho a Carlos Cortés, autor del prólogo, que haya tenido la gentileza de obsequiarme un ejemplar recién salido de imprenta.
Sobre la poesía de Darío no tengo mucho que decir. Me limito a invitar a leerla a quienes no la conocen e instar a repasarla a quienes ya la han leído. 
Me interesa, eso sí, mencionar, y hasta agregar un par de palabras, al texto introductorio de Carlos Cortés, que nos recuerda una gran verdad que debe ser repetida y subrayada: Rubén Darío fue el primer gran escritor latinoamericano. 
Una analogía lo deja claro desde la primera línea. Al referirse a la música popular del Siglo XX, John Lennon dijo que antes de Elvis Presley no había nada. Lo mismo puede decirse de Rubén Darío en cuanto a la literatura latinoamericana.  
Acertadamente, Carlos llama "despistados" a quienes tratan de regatearle méritos a Darío.
Lector voraz desde su más tierna infancia, Darío llegó a alcanzar un nivel de erudición universal. Conocía a fondo la Sagrada Escritura y la Historia, los clásicos griegos y latinos, las tradiciones orientales y el Siglo de Oro español. Además de Safo o Píndaro, Ovidio o Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Góngora o Quevedo, leía también con entusiasmo a los autores de tiempos más recientes, como Víctor Hugo, Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe o Walt Whitman, así como a contemporáneos suyos como Verlaine o Juan Valera.
Cito a Carlos Cortés: "Darío fue mucho más que un escritor excepcional. Fue una literatura o, como diría Lezama Lima, un sistema poético hecho a imagen y semejanza de su absoluto poder verbal."
Niño prodigio que escribía poemas desde su infancia y empezó a trabajar como periodista en la adolescencia, Darío, con apenas veintiún años, publica Azul (1888), su primera obra maestra, a la que siguieron Prosas Profanas (1896) y Cantos de Vida y Esperanza (1905).
Los libros de Darío lograron, como se dice ahora, éxito de público y de crítica. A los lectores, Darío los fascinaba y a los autores Darío los influenciaba. José Martí y José Asunción Silva nunca llegaron a alcanzar la fama continental y trasatlántica de Darío, cuya legión de admiradores incluía a Lorca, Machado y Juan Ramón Jiménez.
Al principio, sus admiradores eran también imitadores, pero luego vinieron quienes, como Vicente Huidobro, César Vallejo u Octavio Paz, pese a ser profundamente darianos, exploraron nuevos rumbos. Como bien reconocieron en su momento tanto Octavio Paz como Jorge Luis Borges, quienes supuestamente renegaban de Darío, lejos de destruir su obra, acabaron dándole continuidad. Los cuentos fantásticos de Darío, inauguran un género en que muchos, en décadas posteriores, acabarían destacándose. Los poetas que se nutrieron de tradiciones de otras latitudes y se expresaron de manera novedosa, no hicieron más que seguir el ejemplo del maestro al que declaraban rechazar.
Hoy en día, a algunos lectores les resulta difícil comprender la estatura de Darío. Es verdad que la estética de su poesía puede resultar bastante alejada del gusto de nuestra época, pero no por ello deja de impresionar y conmover. Su obra continúa editándose y leyéndose porque, pese a ser ya antigua, nunca ha dejado de ser fresca. Algunos poetas jóvenes se atreven a afirmar que no le deben nada a Darío, sin reparar en el hecho de que fue él quien, hace más de un siglo, abrió el cauce que pronto se convirtió en torrente.
La lista de grandes escritores latinoamericanos es larga. Solo el tiempo dirá cuántos y cuáles de ellos seguirán atrayendo a los lectores y dando de qué hablar cien años después de su muerte.
INSC: 2733

viernes, 1 de abril de 2016

León Nuñez de Acoyapa.

Figuras, Figurantes, Figurines y
Figurones. León Núñez. 
Nicaragua, 2011.
El Dr. León Núñez es un abogado nicaragüense que observa atentamente los acontecimientos y personajes de su país para luego
comentarlos en su muy leída columna del diario La Prensa. 
A veces publica experiencias u opiniones a título personal pero muy frecuentemente deja constancia que ha recibido apoyo de sus amigos, los analistas políticos de Acoyapa y los artistas de la Peña El Bejuco, a cuyo criterio sometió los temas antes de escribir el artículo. 
Núñez escribe sin rodeos y sin pelos en la lengua. Va directamente al grano y siempre plantea, desarrolla y cierra los temas en clave cómica. Ante situaciones que harían a otros columnistas rasgarse las vestiduras y soltar protestas llenas de indignación, Núñez opta por esbozar (y provocar) una sonrisa burlona. La concisión, contundencia y, muy especialmente, el sentido tan ingenioso como punzante, del que hace gala, lo han convertido en uno de los columnistas más populares de Nicaragua durante los últimos veinte años.
Su trabajo periodístico ya ha sido recopilado en dos libros: El síndrome del figuero, con columnas publicadas entre 1990 y 2002, y Figuras, Figurantes, Figurines y Figurones, que recoge las que aparecieron entre 2001 y 2010. El propio autor llama la atención sobre el hecho de que, a pesar del paso de los años, los personajes protagónicos de la escena política nicaragüense siguen siendo los mismos. Como no tengo el primer libro, no sé exactamente a quiénes se refiere, pero puedo imaginarlo. Daniel Ortega, el Cardenal Obando y Bravo y el Comandante Edén Pastora han sido figuras principales desde los años setenta. Arnoldo Alemán, quien fue Presidente de la República de 1997 a 2002, no ha dejado de ser, por diversos motivos, personaje de primera fila.
He tratado de conseguir el primer libro de Núñez, pero tal parece que la edición se agotó casi inmediatamente después de su aparición. El segundo, lo adquirí apenas salido de imprenta. Entré a una librería en Granada y el encargado, sin haberme permitido curiosear ni siquiera unos segundos en los estantes, se me acercó con el libro en la mano. "Si busca algo interesante para leer, le recomiendo éste".  
No tuvo que insistirme. El título, Figuras, Figurantes, Figurines y Figurones, hizo que me decidiera a comprarlo sin abrirlo siquiera. Hacía menos de un año que yo había publicado un libro titulado Figuras y Figurones y, además de la feliz coincidencia, me pareció casi un designio del destino que el vendedor me lo ofreciera apenas crucé la puerta del establecimiento. 
Los artículos de León Núñez son una buena muestra de la sabiduría del viejo adagio que reza "Es preferible reír que llorar." Las páginas de opinión de los periódicos están llenas de quejas y lamentos. Quizá por ello muchos lectores les pasan de largo. La corrupción, el irrespeto a la ley y los abusos de poder desatan la ira de los columnistas apasionados que, por repetitivos, acaban cansando. Núñez, sabiamente, descubre y demuestra que todas las situaciones injustificables o abusivas son también absurdas y, enfocadas desde ese ángulo, más que indignantes resultan risibles.
Quienes escriben sobre la lentitud de los trámites burocráticos suelen narrar su experiencia en las oficinas gubernamentales como un calvario y clamar por mayor eficiencia. Núñez, en cambio, opta por familiarizar a sus lectores con ciertas palabras clave. Como abogado que es, en una oportunidad debió presentar un documento en una institución, donde le informaron que el trámite se demoraría seis meses pero, si pagaba agilización, estaría listo en tres meses. Como no podía esperar tanto, consultó si había otras opciones y entonces le dijeron que, en forma rápida, podría pasar a recogerlo en dos meses. "¿Cuánto debo pagar para que me lo entreguen en un mes?" preguntó. "¡Ah!", le respondió el burócrata, "Usted ocupa un trámite veloz."
Ya enterado de la terminología (normal en seis meses, ágil en tres, rápido en dos y veloz en uno), le explicó al funcionario que necesitaba el documento en una semana.  "Entonces lo que usted quiere es que se lo entreguemos balazo. Se lo podemos entregar balazo, pero tenemos que ponernos de acuerdo con el precio y todo trámite balazo es caro."
Cuando al presidente Enrique Bolaños le dio la manía de andar repartiendo condecoraciones a diestra y siniestra, León Núñez le dedicó una columna titulada Don Enrique ¿Y mi condecoración?
Mientras otros columnistas comentaban, con palabras técnicas, las conclusiones de los más recientes estudios sociológicos, Núñez llamaba la atención sobre el hecho que no hay, en Nicaragua, ni un solo problema social que no haya sido estudiado. Lamentaba que, en vez de poner manos a la obra, cada cierto tiempo se encargara la realización de un nuevo estudio, pero se consolaba con la certeza de que, en el país, desde hace tiempo, todo está teóricamente resuelto.
Cuando el expresidente Arnoldo Alemán fue condenado a prisión, Núñez propuso que la pena fuera más breve, pero más severa. Como es sabido, el Comandante Edén Pastora fue quien lideró la famosa Operación Chancera, en la que un grupo guerrillero bajo su mando logró tomar el Palacio Nacional. El golpe fue en verdad osado y, pese a sus riesgos, acabó siendo un éxito para los rebeldes frente a la dictadura de Somoza. Esa hazaña fue tan importante para Pastora que desde ese día (22 de agosto de 1978), no habla de otra cosa. Núñez entonces propone que el expresidente Alemán, en vez de cárcel, sea condenado a reunirse diariamente con Pastora durante un año. Las mañanas estarían dedicadas a repasar los planes de la operación, las tardes al desarrollo de las de los acontecimientos dentro del Palacio y las noches a la evacuación del recinto.
La descripción que hace del panorama político nicaragüense no puede ser más clara. Aunque los sandinistas, por un lado, y los liberales, por otro, tienen pequeños grupos disidentes, lo verdaderamente importante no son los partidos sino los líderes, Arnoldo Alemán y Daniel Ortega. Ni siquiera se trata de una división ideológica ya que hay arnoldistas de izquierda, de centro y derecha y orteguistas de izquierda, de centro y derecha. En ambos bandos es común que haya personas honestas que trabajan a las órdenes de un sinvergüenza así como sinvergüenzas que trabajan a las órdenes de una persona honesta. 
Núñez se alarma cuando el grupo de analistas de Acoyapa, su pueblo, se reúne en varias ocasiones consecutivas sin tocar el tema de la política. Una vez, para mantener vivas las deliberaciones, propuso dividir el comité de rumores en dos subcomités: el de los rumores falsos y el de los rumores verdaderos. La idea no prosperó puesto que la línea entre verdad y mentira es tan tenue que resulta inexistente.
La peña El Bejuco, por su parte, con frecuencia improvisa representaciones teatrales cuyos diálogos Núñez comparte en su columna. Montan en escena, por ejemplo, un diálogo de Daniel Ortega con su médico o de George W. Bush con el embajador de Nicaragua en Washington. Un personaje recurrente en estos espectáculos es el Cardenal Miguel Purificación Obando y Bravo, antiguo arzobispo de Managua, cuyas posiciones políticas, a lo largo de las últimas tres décadas, no han sido precisamente constantes. Ha sido aliado de sus enemigos de la víspera y viceversa. Núñez lo disculpa porque la naturaleza humana es cambiante. En Nicaragua hay un refrán muy sabio (que le encanta al cardenal) que dice que la tortilla que no se da vuelta se quema. En la ocasión en que la peña El Bejuco, representó un encuentro de Obando y Bravo con el Papa Benedicto XVI, el pontífice alemán, de inmaculada cabellera blanca, abre el diálogo preguntándole al arzobispo que es de su misma edad: "¿Usted se pinta el pelo?" "No me lo pinto, Santidad", responde el prelado, "me lo pintan." El tono rojizo, casi naranja, del tinte, definitivamente no es muy afortunado.
León Núñez explica que sus artículos nacen de sus observaciones de la realidad. No escribe sobre lo que debería ser ni sobre teorías o análisis políticos porque no mira las personas, ni las situaciones en que se ven envueltas, desde una perspectiva abstracta. Confiesa que no tiene visión universal, ni nacional. Ni siquiera provinciana. "La provincia es muy grande para mí", afirma. "Yo escribo con ojos burlescos de aldeano."
Como columnista, ha procurado evitar términos como Estado de Derecho, Democracia Participativa o Representativa, Gobernabilidad, Institucionalidad, Modernización del Estado o de la Economía etc. Se burla abiertamente del uso que hacen los tecnócratas de la palabra escenario y no entra en las discusiones cuasi esotéricas de los analistas. "Si yo escribiera sobre esos temas, acabaría repitiendo todo lo que han dicho y siguen diciendo quienes abordan los grandes temas de nuestro tiempo." 
Núñez escribe libremente, como quiere, cuando quiere y de lo quiere. "Tal vez sería más cómodo escribir de otra manera", declara, "pero no puedo." Al escribir, ni siquiera se pregunta con quién va a quedar bien, o mal. Le tiene sin cuidado si su artículo lo puede beneficiar o perjudicar. Ni siquiera piensa en lo que gana como colaborador del periódico porque, aunque La Prensa le ofreció que se hiciera cargo de una columna semanal pagada, no aceptó la oferta. Con tal de publicar cuando le plazca y sin compromiso, optó por seguir escribiendo sin cobrar un centavo.
INSC: 2509

sábado, 12 de marzo de 2016

Centroamérica e Italia. Ensayos de Franco Cerutti.

Centroamérica e Italia. Franco Cerutti.
Asociación Cultural Dante Alighieri.
Costa Rica, 1984.
Las primeras obras del historiador y crítico literario genovés Franco Cerutti fueron sobre la Edad Media italiana. Cuando se trasladó a Mallorca se convirtió en un acucioso hispanista y durante los últimos treinta años de su vida, que vivió primero en Nicaragua y finalmente en Costa Rica, se dedicó a estudiar la historia y la literatura centroamericanas. 
Escritor prolífico y de estilo ameno, Cerutti era capaz de gastar el tiempo que fuera necesario rebuscando en los archivos para ofrecer a su público, tal vez no muy numeroso pero sí muy atento y agradecido, verdaderas revelaciones.
Una colección de artículos suyos, bajo el título de Centroamérica e Italia, fue publicada por la Asociación Cultural Dante Alighieri en 1984. 
Algunos de los artículos son exclusivamente de tema italiano, como el que dedica al Resurgimento. Otros son más bien puramente centroamericanos, como los que se refieren al teatro en Guatemala o a la novela en El Salvador.
Particularmente interesante, es la comparación que realiza de tres cuentos de tres épocas y autores distintos, sobre el mismo tema y casi con la misma trama. El ángel caído de Amado Nervo (1912), El ángel pobre de Joaquín Pasos (1947) y Un hombre muy viejo con unas alas enormes de Gabriel García Márquez (1968), cuentan la historia de una criatura de la corte celestial que, por algún motivo que ninguno de los tres menciona, acaba vagabundeando en esta tierra. Sus alas, al inicio, sorprenden a quienes lo miran pero, con el paso del tiempo, los ángeles acaban convirtiéndose en un personaje más de la aldea. Joaquín Pasos admitió que su cuento estaba inspirado en el de Nervo. Gabriel García Márquez dijo desconocer tanto el cuento de Nervo como el de Pasos y atribuyó la semejanza a una pura coincidencia. El artículo de Cerutti analiza los tres cuentos y llega a la conclusión de que el ángel de Nervo es el más celestial, el de Pasos es el más terrenal y el de García Márquez Márquez no es ni divino ni humano.
Ya en la parte histórica, Cerutti muestra distintas conexiones de Italia con Centroamérica. Menciona a los misioneros italianos en Matagalpa, al obispo Castellani, a médicos como el Dr. Fedele Nobili, a geólogos cono Tito Laganá o el florentino Daniele Del Guidice. Recuerda que Rodrigo Peñalba recibió su formación artística en Italia, que Fabio Garnier tradujo los discursos de Carducci y el poeta Alfonso Cortés los versos de Dante.
Curiosamente no dice nada de los italianos contratados por Minor Cooper Keith que vinieron a Costa Rica a trabajar en la construcción del ferrocarril y protagonizaron la primera huelga de nuestra historia, ni del proyecto de colonización agrícola liderado por el Comandante Vito Sansonetti.
Supongo que la omisión se debe a que son temas muy estudiados y conocidos y Cerutti prefirió referirse a figuras muy importantes pero casi olvidadas, como el Marqués de Lorenzana, por ejemplo. Nacido en México, pero criado en Roma desde pequeño, el Marqués de Lorenzana fue embajador en Roma de Costa Rica, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Ecuador, El Salvador, Guatemala, etc. Vale aclarar que lo de "etcétera" lo he copiado del artículo de Cerutti quien, acucioso investigador como era, tal parece que no pudo ofrecer la lista completa de países latinoamericanos que el Marqués representó en Europa como embajador. Importantísima figura en su momento, hoy, al Marqués de Lorenzana, nadie lo recuerda. 
El personaje más llamativo del libro no es, en todo caso, el bigotón aristócrata y diplomático sino el militar y periodista Fabio Carnevalini.
Nacido en Roma en 1829, republicano y de ideas liberales, Carnevalini se une al ejército y lucha como artillero en la guerra contra Austria, tras la cual, se dedica al Derecho. Recibe entusiasta la proclamación de la República Romana, pero cuando el Papa Pío IX recibe apoyo militar de los franceses y napolitanos y regresa triunfante a Roma, Carnevalini decide emigrar.
El 17 de julio de 1853 se despide de su familia, parte rumbo a Francia y de allí se embarca hacia a los Estados Unidos, donde permanece por un par de años. En los primeros días de abril de 1856 llega a Nicaragua. El 11 de abril, a pocos días de su arribo, ocurre la Batalla de Rivas entre el ejército costarricense y las tropas de William Walker. El día 21 del mismo mes, llega un nuevo contingente de filibusteros a Granada.
Don Fabio, instalado en Managua, solamente una vez tuvo oportunidad de ver en persona a William Walker.
No está claro cómo, cuándo, dónde y en calidad de qué, don Fabio se integra al ejército nicaragüense. Lo cierto es que su experiencia como artillero resulta un apoyo muy valioso y oportuno. En el libro Historia de los filibusteros, de Jeffrey Roche, se cuenta, en el capítulo XIV, un duelo a cañonazos protagonizado en 1857, en la tercera batalla de Rivas por Henningsen, en un lado, y un artillero italiano, en el otro.  No se puede afirmar que dicho artillero fuera don Fabio, pero las posibilidades son del cincuenta por ciento, ya que en el ejército nicaragüense solamente había dos artilleros italianos: Fabio Carnevalini y Alessandro di Ricaditi, que fue el que bombardeó las torres de la iglesia de La Merced en Granada.
Finalizada la guerra contra los filibusteros, Carnevalini se traslada a vivir a León, donde ejerce de profesor de latín y griego en una escuela en que Máximo Jerez daba clases de matemáticas y de gramática castellana.
Durante su permanencia en León, que duró diez años, don Fabio se casa con la joven alemana Virginia Lena.
En 1867 se instala en Managua, donde trabaja como redactor del diario oficial La Gaceta. Al año siguiente renuncia a su cargo periodístico al ser nombrado comandante del puerto de Corinto, pero no tardaría en volver a la ciudad capital y a la actividad periodística.
Movido por la nostalgia, en 1873 regresa a Italia y, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, considera la posibilidad de establecerse en New York. Este largo viaje le permite darse cuenta de que ya ha echado raíces en Nicaragua, su patria adoptiva, a la que retorna con intención de quedarse hasta el final de sus días. Logra alcanzar un considerable éxito en los negocios y compra el periódico El porvenir, al que cambia el nombre por El porvenir de Nicaragua. Intervino activamente en política. Pese a haber amasado una gran fortuna, no deja nunca de dar clases. Escribió numerosas obras didácticas, ensayos, cuentos, poemas y una novela de la que se hablará más adelante. Tradujo al español La guerra de Nicaragua, de William Walker. Don Fabio Carnevalini murió en Managua el 25 de marzo de 1896. Al momento de fallecer, tenía cuarenta años exactos de residir en Nicaragua. Fue más el tiempo que vivió en su Nicaragua adoptiva que en su Italia natal. Toda la obra de Carnevalini fue escrita en español y publicada en Nicaragua. 
Aunque perdida, se sostiene que Amor y constancia, de José Dolores Gámez, publicada en 1878, es la novela más antigua de Nicaragua. Sin embargo, Cerutti llama la atención sobre el hecho de que La juventud de Bismark, de Fabio Carnevalini, publicada por entregas en El porvenir de Nicaragua, en 1876 es dos años anterior. De Amor y constancia no queda ni una página. Como no hay una colección completa del periódico en que fue publicada, de La juventud de Bismark no hay tampoco una versión íntegra, pero sí se conservan varios capítulos. El tema de la obra, como el mismo título lo indica, es europeo. 
Siempre es complicado hablar de nacionalidades en asuntos literarios. Podrá discutirse si La juventud de Bismark es una novela nicaragüense, o si Fabio Carnevalini puede considerarse un escritor nicaragüense. Lo que es un hecho indiscutible es que la primera novela escrita y publicada en Nicaragua, es obra de un escritor nacido en Roma.
INSC: 0495

miércoles, 2 de marzo de 2016

Rubén Darío Periodista.

Rubén Darío Periodista. Ministerio de
Educación. Nicaragua. 1964.
Para poder ganarse la vida, todos los poetas tienen otro oficio. En el caso de los narradores, si llegan a ser populares, es posible que los derechos que perciban por la venta de sus obras les permitan, no solo vivir dignamente, sino incluso hasta hacerse ricos. Pero ningún poeta puede vivir de sus versos. En cualquier sociedad, los aficionados a la lectura son una minoría y los lectores de poesía, a su vez, son una minoría dentro de la minoría. 
Hasta los poetas más célebres y admirados se han visto en apuros para cubrir sus necesidades. El caso de Rubén Darío llega a ser hasta conmovedor. El príncipe de las letras castellanas, el renovador de la expresión poética cuyo estilo fue referencia a ambos lados del Atlántico durante medio siglo, pasó su vida entera agobiado por apremiantes necesidades económicas. Para vivir, trabajó desde muy joven como periodista. A los catorce años de edad, ya era el redactor estrella de La Verdad, periódico de León, Nicaragua. Su talento era reconocido y apreciado en cualquier sitio al que llegara y, como no disponía de otras herramientas de trabajo además de su pluma, ejerció el periodismo en Chile, Argentina, Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Uruguay, España y Francia. 
La vida de un colaborador de periódico no es fácil. No todos los días se reciben encargos y no todos son bien pagados. La única manera de medio rebuscarse ingresos decentes es tomar lo que ofrezcan sin mucho miramiento. Durante la permanencia de Rubén Darío en Costa Rica, por ejemplo, el poeta, que ocupó la dirección de La Prensa Libre y colaboró con El Heraldo de Pío Víquez, publicó naturalmente cuentos, poemas y artículos sobre literatura, pero también realizó entrevistas, escribió editoriales, reseñó acontecimientos y hasta redactó notas sobre deporte y salud. 
El Doctor Emilio Mitre, propietario del diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina, contrató a Darío como redactor y corresponsal. Gracias a este trabajo, Darío pudo contar con un ingreso estable. Estuviera donde estuviera, París, Madrid, Roma, New York, Río de Janeiro o La Habana, Darío enviaba semanalmente crónicas y reportajes a Buenos Aires. El Dr. Mitre, por su parte, nunca le falló y le hacía llegar su salario puntualmente. El pago que recibía del periódico argentino, era el sustento de su familia. 
Darío se veía muy elegante con su traje de embajador, pero el gobierno de Nicaragua le atrasaba los sueldos y, en más de una ocasión, Darío debía tomar dinero de sus ingresos personales como periodista para cubrir los gastos de la Embajada. Se topó también, lamentablemente, con personas inescrupulosas que lo explotaban. Organizadores de giras de conferencias que le daban una parte mínima de lo recaudado o revistas y editoriales que, además de aprovecharse de su nombre y su prestigio, lo ponían a trabajar jornadas extenuantes y le pagaban menos de lo que merecía.
Con todo y sus penurias, Darío disfrutaba el periodismo. Se estima que el grueso de su producción escrita son artículos publicados en periódicos y revistas. Hasta las semblanzas de escritores de su libro Los Raros fueron publicadas originalmente como artículos periodísticos. Algunos especialistas darianos sostienen que dos terceras partes de la obra de Darío fueron notas de periódico y solamente un tercio lo constituyen poemas y cuentos. Hay quienes estiman que la proporción es mucho mayor. Es difícil determinarlo porque, como ya se dijo, Darío escribió en muchos periódicos de distintos países y su obra, a un siglo de su muerte, sigue sin contar con un índice exhaustivo.
Curiosamente, su obra periodística no es muy conocida. Azul, Cantos de vida y esperanza y selecciones de sus cuentos y poemas están presentes casi en cualquier librería. La publicación de artículos suyos, en cambio, es esporádica y escasa. Ignoro si en Argentina, donde Darío publicó más en la prensa, habrá mayor facilidad de encontrar recopilaciones de sus crónicas y reportajes. Un hecho confirmado por los estudiosos es que, desde 1889, año en que empezó a colaborar con el periódico, hasta su muerte, en 1916, ningún otro redactor o colaborador de La Nación de Buenos Aires publicó más notas que Darío.
En 1964, con motivo del aniversario número cuarenta y ocho de la muerte del poeta, el Ministerio de Educación de Nicaragua editó el libro Rubén Darío Periodista, en que reúne una pequeña muestra de los artículos que Darío enviaba a La Nación. 
Su prosa es cautivante, podría decirse que hipnótica. Las descripciones que hace de su paso por Barcelona, Madrid, París, Roma, Londres y Berlín brindan un retrato profundo de esas ciudades en que se combina tanto la información histórica y social, como el dato curioso y las impresiones personales.  Notas de este tipo, hoy en día, vendrían acompañadas con fotos. Pero como en aquella época la fotografía se usaba poco en los periódicos, los artículos son extensos ya que hasta el aspecto visual debía ser escrito. Dicen que una imagen vale por mil palabras, pero las imágenes creadas con palabras son las más impresionantes. Me imagino a los argentinos de principios del Siglo XX viajando con la imaginación por las capitales europeas mientras leían aquellas columnas de letra diminuta.
Particularmente emotivo es el relato de su encuentro con el Papa León XIII, a quien llamó "Beatísimo Padre y querido colega", ya que Gioacchino Pecci (su nombre real) escribió bellísimas poesías, tanto en italiano como en latín. Aunque su público era hispanoparlante, Darío cita, en su nota, los versos del papa en su lengua original. De haberlos traducido, se habría perdido el ritmo y la musicalidad. Darío, que apreciaba la poesía tanto por el contenido como por el sonido, jamás habría contribuido a opacar el brillo de un poema. 
En todo caso, supongo que debió haber pensado, en Argentina había ya entonces numerosos inmigrantes italianos que podrían explicarle el significado al vecino gallego.
Además de crónicas de viaje, el libro incluye artículos sobre nuevas teorías educativas y sobre los bailes tradicionales de Nicaragua. Darío hace una exposición clara, profunda y didáctica sobre El Güegüense.
Dominar diferentes estilos es como hablar varios idiomas. El reportaje sobre el conflicto entre los gobiernos británico y nicaragüense por la región de Bluefields es conciso, objetivo, concentrado en reseñar los hechos y analizar su posible desarrollo y consecuencias. La prosa es pura y estrictamente  periodística: escrito de manera impersonal, con recuento total del contenido al inicio, párrafos y oraciones breves, citas de fuentes consultadas, tono imparcial, nada de opinión, nada de especulación, nada de ornamentación. Este reportaje de hace más de un siglo podría servir hoy, y por muchos años más, como modelo de estilo para periodistas que deban escribir sobre temas polémicos y complejos.  La pluma del Darío poeta es totalmente distinta a la del Darío periodista. La norma de que el estilo debe ajustarse a lo que se escribe y no a quien lo escribe, es una noción que algunos periodistas tardan años en aprender y la gran mayoría ni siquiera la logra comprender nunca.                                                                       
Aunque las referencias de nombres, compañías y proyectos corresponden a otra época, el artículo sobre el canal interoceánico, eterno tema de Nicaragua, es tan actual que pudo haber sido escrito esta mañana.
Darío, el gran poeta, narrador y literato, fue también un gran periodista. Para él, el periodismo y la literatura son una sola cosa. Sobre este punto, cito sus palabras textualmente:

"Hoy y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. Séneca, Montaigné y de Maitre son periodistas en un amplio sentido de la palabra. Todos los observadores y comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente a la parte mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan solo merecerían el nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos diarios; y hasta ellos pueden ser muy buenos escritores que hagan sobre un asunto árido una página interesante. Hay editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que son verdaderos capítulos de libros fundamentales. Hay crónicas, descripciones de fiestas o ceremoniales escritas por reporters que son artistas, las cuales, aisladamente, tendrían cabida en obras antológicas. El periodista que escribe con amor lo que escribe, no es sino un escritor como otro cualquiera. Solamente merece la indiferencia y el olvido aquel que, premeditadamente, se propone escribir, para el instante, palabras sin lastre e ideas sin sangre."
Rubén Darío (1867-1916) Además de poeta y narrador, prolífico periodista.
Publicó en periódicos y revistas de Nicaragua, Chile, El Salvador, Guatemala,
Costa Rica, Uruguay, España y Francia. Pero su relación más estable y duradera
fue con el diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina, con el que colaboró
más de veinte años.
INSC: 2402
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