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sábado, 11 de abril de 2020

Literatura juancarlista.

Jun Carlos I esperanza de España.
No indica autor. Publicaciones Españolas.
Madrid, España. 1975.
Durante toda su larga dictadura, Francisco Franco no solamente acaparó todo el poder, sino también toda la atención. Cualquier realización estatal, desde las obras más ambiciosas hasta las más realizaciones más modestas, era fruto de la iniciativa y esfuerzo del Caudillo. Los ministros y demás funcionarios del gobierno eran casi invisibles. Su sucesor no fue la excepción. En 1969, Franco anunció que su sucesor en la jefatura de Estado sería, con título de rey, don Juan Carlos de Borbón, pero desde ese anuncio, hasta su proclamación como monarca, en 1975, solamente de manera muy esporádica el joven príncipe aparecía en las noticias. Mientras Franco viviera, nadie, ni su sucesor, podía tener protagonismo.
Juan Carlos, o don Juanito, como lo llamaban entonces, era un misterio. Joven, alto, rubio y atlético, el príncipe era bien recibido dondequiera que llegara. Se mostraba sencillo, abierto y natural, bromeaba con los interlocutores y los hacía reír pero, pese a su simpatía y don de gentes, sus discursos no pasaban de un saludo amable y breve. Nadie sabía lo que pensaba del pasado, del presente ni del futuro.
Más que el heredero de la corona, era considerado el heredero de Franco. De hecho, lo llamaban don Juanito porque don Juan era su padre, don Juan de Borbón quien, como hijo del rey Alfonso XIII, aspiraba a ser algún día rey de España. El nombre completo del príncipe era Juan Carlos Alfonso Víctor María y, al ser nombrado sucesor de Franco, se le empezó a llamar don Juan Carlos en vez de don Juanito. Si lo hubieran seguido llamando solamente por su primer nombre, habría llegado a ser el rey Juan III, lo que habría hecho más evidente el salto dinástico sobre don Juan, su padre.
Juan Carlos nació en Roma, en 1938, cuando la guerra civil española estaba candente y la II Guerra Mundial ya se veía venir. Fue bautizado por el cardenal Eugenio Pacelli quien, al año siguiente, se convertiría en el Papa Pío XII. Por la entrada de Italia en la guerra, su familia se traslada a Suiza, donde don Juan Carlos cursa los primeros años de escuela. Una vez finalizada la guerra, la familia se instala en Portugal.  
No fue sino hasta que Franco y don Juan llegaron a un acuerdo, que el príncipe, que ya había cumplido los diez años de edad, logró pisar suelo español por primera vez. Alejado de su familia, a la que visitaba solamente cuando estaba de vacaciones, don Juanito fue educado por preceptores escogidos personalmente por Franco. El caudillo se reunía con frecuencia con el príncipe que, llegado el momento, cursó estudios militares.
Cuando, tras la muerte de Franco, el  príncipe simpático y misterioso fue proclamado rey en noviembre de 1975, todavía no estaba claro qué se podía esperar de él. Ante unas Cortes no electas, juró su cargo para mantener los principios del Movimiento Nacional. Cuando tomó posesión, Franco todavía estaba insepulto y el primer acto oficial que le tocó presidir, como rey, fue precisamente el funeral del caudillo. Aunque había quienes albergaban la esperanza de que se pudiera mantener un franquismo sin Franco, la gran mayoría, tanto de derechas como de izquierdas, tenía claro que aquello inevitablemente iba a cambiar. Lo que no se sabía era cómo, ni que papel jugaría el rey en el asunto.
Tengo en mi biblioteca un pequeño libro titulado Juan Carlos I Esperanza de España que, curiosamente, no menciona en ninguna parte el nombre del autor pero, por lo que se dice en el prólogo, fue escrito por uno de los maestros que estuvieron a cargo de la formación del príncipe apenas llegó a España. Publicado en 1975, en el libro se elogia a Franco, "el hombre indiscutido e indiscutible", "que gobernó con gran dignidad y grandes aciertos durante treinta y nueve años", sin embargo, también insiste en que los tiempos han cambiado y que la gran mayoría de los españoles, incluyendo al recién proclamado monarca, no recuerdan la guerra civil porque o eran muy pequeños por entonces o ni siquiera habían nacido.  El libro invita a mirar hacia el futuro e insiste, de manera machacona en que Juan Carlos ser un líder de cambio. Al final se incluye una recopilación de opiniones, todas muy elogiosas, sobre la sabiduría, capacidad e integridad del nuevo Jefe de Estado sobre el que hasta hacía poco no se sabía nada.
Juan Carlos I el rey que reencontró América.
Carlos Seco Serrano.
Anaya. Madrid, España. 1988.
Pasar de un régimen dictatorial, represivo y caudillista a una democracia parlamentaria no es tarea fácil, pero la transición española se desarrollo sin grandes tropiezos. Se establecieron partidos, se convocó a elecciones, se formó gobierno y se votó una nueva Constitución. La intentona de golpe del 23 de febrero de 1981, tuvo al país en vilo y al Congreso secuestrado por varias horas. Aunque entre los cabecillas golpistas estaba Alfonso Armada, que era muy cercano al rey, la figura de don Juan Carlos salió muy fortalecida por haberse pronunciado a favor de la Constitución y la opinión favorable sobre él llegó a ser casi unánime. Hasta los republicanos acabaron declarándose "juancarlistas". Como entre quienes alababan al rey se hallaba también Santiago Carrillo, en son de broma se hablaba del "Real partido comunista español."
Mientras la imagen del rey se elevaba a las alturas, la de Franco, quien una vez fue "el hombre indiscutido e indiscutible" empezó a opacarse. En su última aparición pública, una multitud inmensa lo vitoreaba pero, a poco después de cinco años de su muerte, no se encontraba en España un solo franquista ni nadie que reconociera haberlo sido. 
Surgió entonces una mitología, la de Juan Carlos liberal, progresista, democrático que, desde su juventud, no hizo más que planear la manera de lograr que en España se instalara un régimen de libertad y prosperidad. Su mutismo, durante los años de dictadura franquista, fue interpretado como estratégico. Dentro de esta línea está el libro Juan Carlos I el rey que reencontró América, de Carlos Seco Serrano, publicado en 1988, que no se mide a la hora de soltar elogios. Juan Carlos no solamente es un gobernante ideal, sino también un militar ejemplar, un hombre de cultura extraordinaria con una concepción visionaria del panorama político español y universal, un padre de familia perfecto, un servidor de la patria intachable y, en fin, todo lo bueno imaginable.
Las mejores anécdotas del rey.
Ricardo Parrotta. Planeta, España. 1982.
Los libros de este tipo no solo se volvieron frecuentes, sino que acabaron siendo muy populares. El juancarlismo tenía un público numeroso. Prueba de ello es Las mejores anécdotas del rey, una obrita bastante ligera, del periodista argentino Ricardo Parrotta, publicada por Planeta. El ejemplar que tengo destaca en la portada que va por la tercera edición y lleva trece mil ejemplares vendidos. Además del anecdotario, en el que hay algunas historias en verdad divertidas, el libro incluye un capítulo titulado "Así ven al rey" en el que políticos, periodistas, militares, artistas y escritores  sueltan palabras de verdadera idolatría por el monarca.
Planeta publicó también en el año 2000, bajo el sello Booket, en edición de bolsillo, Las anécdotas de don Juan Carlos el quinto rey de la baraja, del periodista Marius Carol. El título, por cierto, es de un optimismo desbordado. Cuando el rey Faruk de Egipto fue derrocado, en 1952, al llegar al exilio soltó una afirmación que acabó siendo famosa: "En el futuro, solamente habrá cinco reyes: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra." España no tiene, por cierto, una estable tradición monárquica ya que dos veces, en el pasado reciente, se ha declarado la república y la familia real ha acabado en el exilio.
Las anécdotas de don Juan Carlos, en todo caso, se leen con deleite. No cabe duda que es un hombre simpático, relajado, que tutea a todo el mundo, sonríe y parece estar siempre de buen humor. Solamente una vez tuve la oportunidad de verlo en persona en un acto que, se suponía, debía de ser solemne. Los organizadores no contaron con la espontaneidad desbordada de algunos asistentes y la supuesta solemnidad acabó en un tumulto en que todos, especialmente el rey, sufrieron empujones y pisotones. Sus escoltas estaban tensos y apurados por restablecer el orden, pero el rey, sonriente, más bien parecía disfrutar el momento y correspondía con bromas ingeniosas a quienes lo rodeaban. Ha habido ocasiones, también, en que don Juan Carlos ha perdido la paciencia y hasta la compostura, no solamente al punto de mandar a callar a quien lo tenía harto con sus majaderías, sino  incluso también hasta soltar alguna palabrota. Tal vez sea esta naturalidad lo que más lo diferencia de Franco. Franco era un personaje tieso, planchado y almidonado, rígido y solemne. Juan Carlos es totalmente casual y espontáneo. 
Las anécdotas de don Juan Carlos el quinto
rey de la baraja. Marus Carol.
Booket. Planeta, España, 2000.
Ahora bien, ser simpático y dicharachero ("campechano", dicen los españoles), no significa necesariamente ser el mejor jefe de Estado imaginable. Estos cuatro libros de mi biblioteca son solamente una pequeña muestra de la literatura juancarlista, que los lectores españoles consumían para acabar de convencerse de su rey era algo así como la octava maravilla del mundo.
El nivel de adulación hacia el rey no tenía límites y lo curioso es que la gran mayoría del pueblo español se tragaba el cuento sin cuestionarlo.
Los gobernantes de otras latitudes, apaleados a diario en la prensa de sus respectivos países, envidiaban el pacto de silencio no escrito que parecía tener la prensa española al referirse al rey. Pero la verdad es que, más que un pacto de silencio, era una complicidad de culto a su persona. Revistas y periódicos serios, analíticos y cuestionadores, perdían toda objetividad y sentido crítico cuando se referían al rey, al que arrojaban flores y quemaban incienso a diestra y siniestra.
A aquello no se le podía llamar publicidad, porque no era comercial, ni propaganda, porque no era ideológica. Era, simple y sencillamente, literatura. Don Juan Carlos, el hombre de carne y hueso, había sido convertido también un personaje de ficción, el más popular de España, cuyas aventuras, narradas por una multitud de autores, se podían leer en libros, periódicos y revistas.
Tal vez porque ese mundo ilusiorio había llegado a calar muy hondo en la imaginación del público, fue tan duro para los españoles ver romperse el espejismo y descubrir que aquella fantasía no calzaba con la realidad. Descubrieron que el rey que le tenía respeto y afecto a Franco (cosa que, bien pensado, no debería sorprender a nadie), así como que su monarca idealizado no era en el fondo muy brillante y que muchas actuaciones suyas, que fueron ocultadas en su momento pero que han salido a la luz, eran bastante cuestionables.
A Franco lo vitoreaban, pero cinco años después de su muerte no quedaba un solo franquista en España. A Juan Carlos lo amaban, pero cinco años después de su abdicación tal parece que el juancarlismo no tiene defensores. Más bien, las librerías y las páginas de la prensa se están llenando de un nuevo género literario, el antijuancarlismo, en el que don Juan Carlos ha pasado de ser héroe a convertirse en villano. Los juancarlistas, más que destacar el papel que tocó jugar en la transición, lo elevaron a un pedestal. Los antijuancarlistas, más que criticar sus errores y desaciertos, denigran agresivamente su persona.
Algún día, el personaje histórico será analizado con objetividad. Hasta ahora, el personaje literario ha sido distorsionado y caricaturizado, tanto por quienes ayer lo ovacionaban como por los que hoy lo abuchean.
INSC: 1650, 1660, 1975, 1977.

sábado, 9 de noviembre de 2019

El diario de mamá. Novela de Alfonso Ussía.

El diario de mamá. Alfonso Ussía. Planeta.
España. 2009.
Cuando la madre del marqués de Sotoancho murió, le dejó a su hijo mucho dinero y un poco de tranquilidad. La relación que mantuvieron entre ellos nunca fue buena y, a decir verdad, el marqués llegó a considerar el fallecimiento de su progenitora como un verdadero alivio.
Sin embargo, la madre acabaría incomodando a su hijo incluso después de muerta. Registrando sus pertenencias, el marqués encontró un diario del que él mismo era protagonista principal. El hecho de que su madre no lo quisiera no era, en todo caso, una noticia nueva para él. Los desprecios, ofensas y maltratos que le había dirigido constantemente a lo largo de toda su vida se lo habían dejado claro. Lo que llegó a sorprenderlo fue descubrir que su madre lo aborrecía casi desde el instante mismo en que había nacido. En el diario descubrió que a ella le daba asco amamantarlo y que, al referirse a él, lo llamaba simplemente "la cosa."
Por el diario, supo también que recién nacido, el día que recibió el sacramento del Bautismo, se cayó de los brazos de una ama que lo sostenía y se dio un gran golpe de cabeza contra el suelo. Su madre creyó que a raíz del accidente, "la cosa" seguramente quedaría idiota para toda su vida y así lo consignó en su diario.
Es fácil imaginar el drama al que se enfrentó el pobre marqués. Leer el diario sin lugar a dudas le resultará doloroso y, posiblemente, en algún momento, tras leer apenas un par de páginas, debió haber pensado en destruirlo. Sin embargo, como la curiosidad es poderosa y, aunque le duela cada línea que lea, es posible que no pueda resistir la tentación de revisarlo de cuando en cuando hasta terminarlo. "Sus páginas rezuman tanta maldad que no pueden leerse de un tirón."
Encontré El diario de mamá en una librería, que más parecía tienda de regalos, ubicada en un centro comercial. Nunca había escuchado hablar de esa novela ni de su autor, Alfonso Ussía. El libro estaba envuelto en plástico transparente, por lo que no tuve oportunidad de picotear un poco en su interior. Sin embargo, el texto de la parte de atrás me hizo decidirme, no solamente a comprar un ejemplar para mí, sino incluso a adquirir otro para regalárselo a un amigo que, por alguna razón, siempre reacciona con risa ante las historias trágicas.
Es conocido el viejo refrán de que no hay que comprar un libro por la portada. Con El diario de mamá aprendí que tampoco es buena idea comprarlo por la contraportada.
Me preguntaba, al romper el plástico que lo envolvía, cómo sería la novela. No sabía qué esperar, pero el argumento era prometedor. Un hombre viejo que conoce lo que pensaba su madre acerca de él desde que era niño. Tal vez ella sufría de depresión post parto y sus crueles anotaciones iniciales eran solo el reflejo de su estado de ánimo en aquel momento. Tal vez, conforme el niño iba creciendo, sus sentimientos cambiarían. O, tal vez, aunque ella empezó odiándolo sin motivo aparente, poco a poco el hijo, quizá sin darse cuenta, con sus palabras y acciones acabaría dándole a su madre motivos para reafirmar su animadversión hacia él. Sin haber leído ni siquiera la primera página, estaba seguro que el libro, en algún momento, me daría una sorpresa. En algún momento, suponía, se revelaría la causa de tanto odio y el marqués podría finalmente comprender la actitud hostil de su madre ya muerta. También, por supuesto, me interesaba saber cuál sería la reacción final del marqués al terminar de leer el diario. La lectura podría cicatrizar heridas o abrir otras nuevas.
La gran sorpresa que me llevé, al leer el libro, fue que el autor, pese a haber ideado un argumento tan atractivo, complejo y rico en posibilidades, simplemente se olvidó de él. El descubrimiento del diario y la lectura del diario, se toca solamente en las páginas iniciales. Luego se vienen en cascada una serie de acontecimientos inconexos sobre situaciones en buena medida absurdas. La novela acabó volviéndose convirtiéndose en una historieta llena de chistes sacados de la manga. Resistí la tentación de abandonarla porque guardaba la esperanza de que todo aquello no fuera más que un largo y, tal vez necesario rodeo para regresar al diario. Pero no. El diario nunca se vuelve a mencionar y otras cosas, un viaje, una boda, ciertos compromisos sociales, pasan a primer plano. 
No comprendía por qué un escritor es capaz de plantear una buena historia para luego no escribirla.
Alfonso Ussía.
Luego averigüé que Alfonso Ussía es un periodista madrileño que escribe sin parar desde su juventud. Ha sido columnista de numerosos periódicos españoles, colabora con gran cantidad de revistas y es, además, comentarista de radio y televisión. Por si todo esto fuera poco, desde 1979 ha venido publicando prácticamente un libro al año.
También me enteré que El diario de mamá, primer libro suyo que cayó en mis manos, era la décima novela, de una larga serie que en total suma catorce libros, sobre las andanzas del Marqués de Sotoancho.  La primera, La Albariza de los Juncos, fue publicada en 1979 y la última, o al menos la más reciente, titulada El rapto de la novicia, los cañones de los Pujol y Monsieur Pipet de Lagarde, apareció en 2018. 
No sería justo emitir un juicio sobre una colección de catorce libros cuando solamente se ha leído uno de ellos, pero El diario de mamá, pese a lo llamativo que me pareció de primera entrada su argumento, no es más que un libro que pretende ser chistoso sin lograrlo. Es una obra de puro entretenimiento, que resultaría apropiada en la mesita de centro de una sala de espera, pero de la que no se puede esperar más que un chistecillos y salidas de tono que se olvidan de inmediato. Sospecho, porque no me consta, que la poco más de la docena de libros que Ussía ha dedicado al marqués de Sotoancho deben de ser de similar tono y contenido. Me quedaré con la duda de averiguar si mi sospecha es acertada o no, ya que, tras mi primer encuentro con el marqués, he perdido todo interés por seguir sus aventuras.
No tengo nada contra el humorismo puro. Si un autor escribe por puro afán de divertir, habrá lectores que disfruten sus libros sin más pretensión que divertirse. Lo que me duele, de hecho, no es tanto que yo, como lector, me haya tragado el anzuelo del marketing,  sino que Alfonso Ussía, como escritor, tuvo una idea que pudo haberse convertido en una novela interesante y la desaprovechó.
INSC: 2622 

sábado, 2 de abril de 2016

Cuando un milagro es noticia.

El milagro costarricense de Juan
Pablo II. Valentina Alazraki.
Planeta. México. 2014.
La Iglesia tiene sus creencias y el periodismo tiene sus reglas. Para los creyentes, la posibilidad de que Dios intervenga y responda a los ruegos de los fieles con un milagro está siempre abierta. Los periodistas, aunque muchos de ellos lo olviden, por norma ética y profesional deben dar a conocer solamente hechos confirmados. ¿Cómo se supone, entonces, que un periodista (creyente o no) deba cubrir la noticia de un milagro?
Me he planteado esa pregunta tras leer El milagro costarricense de Juan Pablo II, libro escrito por la periodista mexicana Valentina Alazraki, quien desde 1974, es corresponsal de Televisa en el Vaticano.
Antes de entrar a comentarlo, vale la pena mencionar unos cuantos datos. Los cristianos de los primeros siglos se llamaban entre sí "Santos" y cuando alguno moría, especialmente si era martirizado, consideraban que iba directamente al Cielo, le rendían culto a su memoria y le solicitaban su intercesión ante Dios. Es decir, los primeros santos fueron declarados como tales por el propio pueblo. Luego se estableció que fueran los obispos los encargados de hacer la declaratoria de santidad, sistema que aún se mantiene en las iglesias orientales. 
En 1558, la Iglesia Católica Romana creó la Sagrada Congregación para la causa de los Santos, que sería a partir de entonces la institución encargada de estudiar, aprobar y rechazar los procesos de canonización. La declaratoria de santidad, originalmente rápida, local y decidida por el pueblo, pasó a estar reservada exclusivamente al Papa y el sistema se volvió lento y exigente.
Tras el fallecimiento de la persona que en vida tuvo fama de santidad, si sus devotos proponían que se le abriera una causa, se recopilaban testimonios y se estudiaban a fondo hasta sus más mínimas acciones y dichos. Si el asunto prosperaba, se le declaraba "Venerable", lo que significa que la Iglesia acepta que, en vida, esa persona practicó virtudes cristianas en grado heroico. Cuando, por intercesión del "Venerable", alguien era favorecido por un milagro, entonces se le declaraba "Beato". Si ocurría un segundo milagro, entonces se le declaraba "Santo", se le asignaba una fiesta en el calendario y se autorizaba a los fieles a rezarle.
Los escrutinios eran tan minuciosos que hasta la más mínima acción cuestionable podía retardar el proceso por siglos o cancelarlo por completo. Juan Pablo II suavizó bastante las normas, al punto que él canonizó más santos que todos sus antecesores juntos. Algunos de los personajes que elevó a los altares generaron, por diversos motivos, acalorados debates y cuestionamientos.
Cuando el papa polaco murió, en 2005, en el propio día de su funeral hubo personas que mostraban pancartas con la leyenda "Santo Súbito". Su proceso de canonización fue abierto ese mismo año y, en 2011, tras la aceptación de un primer milagro por su intercesión, fue declarado Beato. El segundo milagro aceptado por la causa y que remató el proceso de canonización tuvo como protagonista a una costarricense llamada Floribeth Mora.
La señora Mora padecía de un aneurisma que desapareció sin dejar secuelas. Ella atribuyó su curación a las oraciones que había elevado al Papa Juan Pablo II, de quien es gran devota y sostiene que fue curada el propio día de la beatificación del papa polaco. La señora Floribeth escribió su testimonio en una página en Internet que no requería de información de contacto para escribir en ella y, por eso, cuando los postulantes de la causa se interesaron en saber más sobre su caso, tuvieron ciertas dificultades en localizarla. Una vez en contacto con ella, le solicitaron dictámenes médicos en que constara tanto que había padecido el aneurisma como que ya no lo tenía. Médicos neurólogos, tanto en Costa Rica como en Roma, donde viajó para someterse a exámenes, consideraron inexplicable la situación. 
Cuando se dio a conocer el caso, fue tema de numerosos reportajes. Aunque hubo, inevitablemente, una que otra declaración salida de tono y algunas notas que explotaron lo insólito y melodrámatico de la situación, los periodistas costarricenses serios le dieron cobertura a la noticia con profesionalismo y distancia. Supieron informar sin involucrarse y consignar declaraciones sin suscribirlas. En el fondo, como ocurre con frecuencia en comunicación, todo es cuestión de forma. El asunto es saber separar lo que firma el periodista y lo que declaran las personas que consultó. Existe una gran diferencia entre decir "Ocurrió un milagro" y "La Iglesia considera milagroso tal acontecimiento". Y así como es importante dejar clara la diferencia entre los hechos que el periodista reporta y las interpretaciones que otros les den, es fundamental separar la opinión personal del reportero de la información que cubre. No se supone que el periodista discuta las creencias personales de una creyente, ni que cuestione la normas de la Iglesia, ni que ponga en duda los dictámenes médicos. Pero tampoco se supone que los consigne por escrito bajo su firma. Un profesional de la comunicación  tiene claro que su mayor arma (y su mayor escudo) es la distancia. Deberá escribir sobre Bancos, sin tener mayor conocimiento de Economía y Finanzas, sobre la Iglesia, sin saber de Teología o Derecho Canónico o sobre temas de salud, sin ser médico. Su trabajo, como comunicador, consiste en confirmar los datos que reporta, escribir con concisión y claridad, utilizar los términos adecuados incluso al referirse a disciplinas que no domine y consultar las fuentes idóneas para analizar e interpretar los hechos.
En este sentido, los estudiantes de periodismo deberían estudiar a fondo el libro de Valentina Alazraki para tomar nota de todo lo que no deben hacer. Resulta en verdad increíble que esta obra, pésimamente estructurada y terriblemente mal escrita, sea fruto de una periodista con más de treinta años de experiencia.
Alazraki falla hasta en lo más elemental, como es la confirmación de datos. Dice que, durante su visita a Costa Rica, en 1983, Juan Pablo II pernoctó en el Seminario Central (participó en una reunión allí, pero no pasó la noche), que oficio una misa con los jóvenes (tuvo un encuentro con ellos en el estadio, pero sin misa), que estuvo tres días en Costa Rica (fueron cuatro) entre otras docenas de datos erróneos que, en verdad, no eran tan difíciles de confirmar.
Por otra parte, pese a haber sido corresponsal en el Vaticano por más de treinta años, salta a la vista que no domina ciertos términos elementales. Un ejemplo: Todos los sacerdotes religiosos son clérigos, pero no todos los clérigos son religiosos. Se llaman religiosos a los sacerdotes que pertenecen a una orden. Alazraki, que por lo visto en treinta años no ha notado esta sutileza, en su libro llama "religiosos" a curas del clero secular. Ni siquiera tiene claro el significado de la palabra "laico", que define como: "gente no relacionada directamente con el clero".
La estructura gramatical de cada párrafo de este libro requiere con urgencia los auxilios de un corrector de estilo. Algunas torpezas son simples descuidos, como cuando aparece "entonces decidió entonces", pero hay otras en que la redacción atropellada se mezcla con el dato mal consignado hasta el punto de hacer casi imposible la comprensión. Vale la pena citar un botón de muestra: "Ese hombre, nacido en el mismo país que Juan Pablo II, fue posteriormente nombrado secretario del cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia, y luego secretario de Karol Wojtyla." Stanislaw Dziwisz fue secretario de Wojtyla desde 1966 hasta 2005. Tras la muerte del papa polaco, Dziwisz fue nombrado Arzobispo de Cracovia en 2005 y creado cardenal en 2006. Entonces, si "ese hombre" fue secretario del Cardenal Dziwisz, no pudo haber sido nombrado "luego" secretario de Karol Wojtyla. Ahora, si el final de la oración se refiere al propio Dziwisz, Alazraki enumera sus cargos en orden inverso al cronológico.
Pese a sus limitaciones estilísticas, Alazraki hace frecuentes intentos por darle un toque literario a la historia que cuenta y, en vez de escribir como periodista, lo hace como narradora omnisciente.
"Edwin estaba desesperado, no entendía por qué los médicos..." "Mientras, en su casa, Floribeth dormía después de recordar..."
En una novela es normal que el narrador lo sepa todo, incluyendo lo que piensan, sueñen o hagan sus personajes cuando están solos, pero un periodista que escribe sobre un hecho real no se supone que se permita esas licencias.
Cuando se refiere propiamente al milagro, queda claro que, además de por un corrector de estilo, habría sido conveniente que el libro hubiera sido revisado por un teólogo. La Iglesia misma es muy prudente y cuidadosa al hablar de asuntos milagrosos e inexplicables, pero Alazraki, a quien tal parece la tienen sin cuidado tanto el fondo como la forma de lo que escribe, se permite hacer afirmaciones que contradicen hasta la doctrina católica sobre el tema.
La cercanía que desarrolla la periodista con Floribeth (de quien sabe hasta lo que piensa o siente), es muy poco profesional. Alazraki declara que, después de conocerla, con frecuencia hablaba con ella para informarle cómo iba el proceso de canonización en Roma. ¿Y la sana distancia? ¿Y la reserva discrecional debida a las fuentes? Alazraki trabaja para Televisa, como corresponsal en el Vaticano. Como periodista acreditada debe cubrir un proceso y, a título personal, comparte información con alguien que es parte del proceso que cubre. La situación, para ciertos ingenuos, como yo, es grave. Pero bueno, de quien no domina ni las reglas elementales de gramática no se puede esperar que conozca normas de ética periodística.
El milagro costarricense de Juan Pablo II no es más que un libro de temporada. Todos sus errores y defectos, desde la primera página hasta la última, quizá se deban a que fue escrito a toda prisa. Si este libro no hubiera estado a la venta en Costa Rica en el año 2014, cuando Floribeth Mora y la canonización del Papa polaco eran la noticia del día, no se habría vendido. Disponible en librerías en el momento y lugar correcto, el público corrió a adquirirlo por ser el tema del momento. 
Valentina Alazraki es autora de otros libros: Juan Pablo II, viajero de Dios, Juan Pablo II y la Virgen de Guadalupe, La luz eterna de Juan Pablo II, México siempre fiel, Juan Pablo II, el santo que conquistó el corazón del mundo y En nombre del amor, memoria íntima de un hombre santo. Este último título, según consta en la información de la solapa, fue publicado por Planeta y ha sido un éxito de ventas.
No he leído ninguno de esos otros libros ni creo que llegue a hacerlo. Sospecho que si ha escrito repetidas veces sobre el mismo personaje, es porque sabe que hay un público numeroso dispuesto a comprar cuanto libro se publique sobre él. El hecho de que el sétimo libro suyo sobre Juan Pablo II sea tan descuidado, me lleva a pensar que Alazraki no considera que el público al que se dirige sea muy exigente.
INSC: 2728

domingo, 1 de noviembre de 2015

Pío XII. Papa durante la II Guerra Mundial.

El Papa de Hitler. John Cornwell. Editorial
Planeta. España. 2001.
Dice el viejo refrán que no hay que juzgar un libro por la portada. El Papa de Hitler, de John Cornwell, es un buen ejemplo. El título y la fotografía de cubierta son tan osados como engañosos.
Sobre la figura de Eugenio Pacelli, Nuncio Apostólico en Alemania de 1917 a 1929, Secretario de Estado del Vaticano de 1929 a 1939 y Papa, con el nombre de Pío XII, desde 1939 hasta 1958, se han publicado cualquier cantidad de obras que van desde estudios históricos serios y documentados hasta panfletos llenos de afirmaciones sin fundamento.
En vida, el Papa Pacelli gozó de gran prestigio, pero cinco años después de su muerte una obra teatral, El Vicario de Rolf Hochcuth,  abrió un debate que aún hoy está lejos de agotarse. El punto central de la discusión es que, aunque Pacelli realizó, en repetidas ocasiones, actos no solo valientes sino hasta heroicos a nivel personal y movilizó a todo el aparato de la Santa Sede y de la Iglesia europea en general,  para socorrer a los civiles durante la II Guerra Mundial, nunca pronunció un mensaje que, de manera clara y directa, condenara los atropellos cometidos por la Alemania Nazi. 
Quienes lo critican, sostienen que su silencio ante hechos que debió haber censurado, no obedeció a la prudencia ni a la falta de información, sino que respondía un pacto oculto entre la Santa Sede y el III Reich. Los más atrevidos, llegan a afirmar que Pacelli, a nivel personal, simpatizaba con los nazis. Quienes lo defienden, argumentan que así como no hay palabras contra los nazis, tampoco las hay a favor y que Pío XII, en todo caso, hizo mucho más de lo que dijo y sus acciones son más elocuentes que cualquier discurso. Ambos bandos tienen numerosos hechos para poner sobre el tapete.  Entre los innumerables libros y artículos que se han escrito sobre el tema, no se ha escuchado aún una voz desapasionada. Para unos fue un héroe que actuó con sabiduría y prudencia, mientras que para otros fue un cómplice de las atrocidades que no denunció.
En las polémicas sobre figuras históricas es común encontrar, entre otros muchos, tres tipos de autores: el torero de café, el profeta a posteriori y el sabelotodo. En España llaman toreros de café a quienes, cómodamente sentados alrededor de una mesa, dicen lo que debió haber hecho el matador en el ruedo. Sobra decir que ninguno de ellos ha tenido nunca un toro al frente. En el plano de la historia, hay quienes, con la misma facilidad de la tauromaquia de tertulia, juzgan a los protagonistas de los hechos sin considerar la complejidad del momento que debieron enfrentar.
Por otra parte, es muy fácil calificar las decisiones como acertadas o erróneas cuando todo ha pasado y se sabe en qué paró el asunto. Cualquiera es profeta a posteriori, pero quienes debieron tomar decisiones en determinado momento no contaban, como sus severos jueces, con la ventaja de saber cómo iban a terminar las cosas. Es absurdo que años, décadas o siglos después de los hechos, se les reclame a las figuras históricas el no haber sido capaces de ver el futuro.
El historiador sabelotodo, por su parte, es aquel que no se conforma con investigar y exponer una versión bien sustentada y razonable, sino que aspira a decir la última palabra. En historia, como en muchas otras áreas, es más serio hablar de posibilidades que de verdades. Ante hechos no probados o dudosos, confío mucho más en un historiador que sugiera "lo que pudo haber ocurrido..." que en uno que afirme "lo que en verdad ocurrió..."
Pero volvamos al libro de Cornwell. El título y el subtítulo, El Papa de Hitler, la verdadera historia de Pío XII, son, por decir lo menos, poco serios. La ilustración de la portada, además, podría generar confusiones. Se trata de una foto de 1929, en que el nuncio Pacelli abandona el Palacio Presidencial en Berlín. La capa episcopal puede confundirse fácilmente con el tabarro pontificio y los oficiales de guardia con uniforme prusiano tocados con el stahlhelm parecen soldados nazis. La combinación del título y la fotografía me pareció grotescamente engañosa. Sin embargo, recordando el adagio de no juzgar un libro por la portada, emprendí la lectura y me bastaron pocas páginas para convencerme de que, pese a su cubierta ciertamente cuestionable, tenía en mis manos una investigación profunda y minuciosamente documentada.
El autor de este libro no cae nunca en el error de editorializar como torero de café, ni como profeta a posteriori ni como historiador sabelotodo. Se limita a consignar hechos, proponer análisis y sugerir conclusiones.
Por su estilo conciso, fluido y claro, es capaz de brindar avalanchas de datos y meter en la danza a cientos de personajes sin abrumar al lector. Cornwell tiene la meritoria y rara habilidad de ofrecer un panorama integral de situaciones complejas de manera breve y diáfana. El libro se lee con interés creciente y tiene el enorme mérito de ser comprensible fácil de seguir para cualquier lector, incluyendo uno no muy familiarizado con los acontecimientos que se reseñan. Pocos historiadores son tan amigables con el público en general. Los comentarios y las apreciaciones personales que el autor se permite expresar, esporádicamente pero a todo lo largo del libro, dejan claro que Pío XII no le simpatiza. Sin embargo, Cornwell  se limita a consignar su opinión en pocas palabras y sin mayores alegatos. Me agrada el hecho de que un historiador opine francamente sobre lo que escribe. Dejar por escrito la posición personal me parece mucho más honesto que fingir imparcialidad. Lo que no debe hacer nunca el historiador es alterar datos o presentar como hechos lo que son suposiciones, pero si el material que ha reunido lo ha llevado a formarse una opinión, tiene todo el derecho de expresarla. Cornwell, en todo caso y como ya se dijo, nunca suelta el editorial y se concentra en exponer los acontecimientos tal y como constan en los documentos que consultó. Sus opiniones, como las de cualquiera, son discutibles, pero la rigurosidad de su investigación es muy respetable incluso para quienes, como yo, no compartan sus puntos de vista.
Tanto el personaje principal como la época en que le tocó vivir, son de una complejidad fascinante. Tanto en los histórico como en lo biográfico, Cornwell logra pintar un retrato verdaderamente completo y revelador.
Eugenio Pacelli, hijo de una familia de la aristocracia romana, era un hombre severo, misterioso y reservado que practicaba un misticismo ascético y llevaba una vida espartana. Era un lector infatigable, buen jinete, tocaba el violín y hablaba varios idiomas. Organizado y metódico hasta extremos obsesivos, planificaba su rutina diaria minuto a minuto, dormía solamente cinco horas, comía solo, no tenía amigos personales y nunca participaba en conversaciones ociosas. Tanto en sus discursos y correspondencia oficiales como en sus declaraciones improvisadas, solía expresarse con un estilo elíptico, muy elegante pero poco claro. A este hombre alto, pálido, flaco y de voz aguda, que hablaba lentamente pronunciando las palabras sílaba por sílaba, de salud frágil y modales refinados, le correspondió ser Papa en unos años en que el mundo se sumergió en una espiral de violencia que parecía de nunca acabar.
Había trabajado desde muy joven en la diplomacia vaticana. Vivió doce años en Alemania, primero en Munich y luego en Berlín y, como Nuncio Apostólico, fue el artífice del concordato con el Reich. Hitler había ocupado la Cancillería en enero de 1933 y el acuerdo se firmó en julio de ese año. Sin embargo, Pacelli y Hitler nunca se conocieron en persona ya que, en 1929, Pacelli había retornado a Roma al ser nombrado Cardenal Secretario de Estado del Vaticano.
El Concordato entre la Santa Sede y el III Reich le daba a la Iglesia católica ciertos beneficios, tales como un salario para los curas por parte del Estado así como garantías y subsidios para los centros de enseñanza católicos. A cambio, la iglesia se comprometía a ciertas concesiones, algunas de ellas verdaderamente pintorescas, como que en Alemania todo el clero estuviera formado exclusivamente por alemanes y no se permitiera el ministerio de sacerdotes de otras nacionalidades. Sin embargo, el punto más delicado del acuerdo fue la disolución del partido Zentrum. Desde la época de Bismark, a finales del Siglo XIX, los católicos alemanes tenían este partido político que llegó a ser la mayor fuerza política durante la República de Weimar, tras la I Guerra Mundial.
El partido liberal y el social demócrata eran minoritarios, por lo que la mayoría siempre la obtenía Zentrum, que era el que formaba gobierno. Poco a poco los votantes alemanes se fueron radicalizando y tanto el partido nazi como el comunista empezaron a contar con más apoyo popular. Estaba claro que si alguno de los dos llegaba al poder se acabaría la democracia parlamentaria. Los socialdemócratas intentaron realizar una coalición con los comunistas, pero los comunistas no aceptaron por que Stalin en persona se los prohibió. Los liberales eran minoría y a quien le tocaba inclinar la balanza era al partido Zentrum. Heinrich Brüning, líder del Zentrum, sostenía que, puestos a elegir, había que aliarse con los comunistas contra los nazis. Franz Von Pappen, otra importante figura del partido, sostenía la tesis contraria, que había que aliarse con los nazis contra los comunistas. El presidente del partido, Monseñor Ludwig Kaas, vivía en el Vaticano y desde allí dirigía por control remoto a la mayor fuerza política alemana.
El prelado Kaas, al igual que una amplia mayoría del alto clero europeo de entonces, apoyaba el fascismo. Aliado históricamente a las monarquías (de hecho era una de ellas), el papado desconfiaba de las democracias republicanas liberales y aborrecía el comunismo. En esas circunstancias, el fascismo que rechazaba las libertades características de la democracia, adversaba el comunismo y no se mostraba hostil a la Iglesia, gozó, al menos en su primera etapa, del apoyo de la diplomacia papal. Mussolini fue quien creó el Estado del Vaticano en 1929 y, poco después de fundado, el diminuto estado pontificio se entendió bien con las dictaduras fascistas, mientras que con los países democráticos las relaciones eran distantes y con los comunistas inexistentes.
Todos sabemos lo que pasó. Hitler llegó a ocupar la cancillería impulsado por Von Pappen quien, ingenuamente, creyó que podría manejarlo. El concordato fue firmado y el partido Zentrum acabó disuelto. Heinrich Brüning, que salió profeta, abandonó Alemania y se fue a Londres a pegar el grito al cielo. De todos los líderes políticos de la época, Brüning fue el único capaz de vaticinar lo que se iba a venir encima a la vuelta de unos años. Tras la muerte de Hindenburg y el incendio del Reichtag, Hitler tomó el poder absoluto y se desentendió tanto de la nobleza (Von Pappen y sus secuaces) como del concordato. Pío XI publicó la encíclica Mit Brennender Sorge, en que manifiestó su preocupación por el rumbo que estaba tomando Alemania, pero Hitler no iba a hacerle caso a un simple papel.
Pacelli, Secretario de Estado Vaticano, viajó a los Estados Unidos y se entrevistó con el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1936. El 2 de marzo de 1939, el día de su cumpleaños número sesenta y tres, Pacelli fue electo Papa. En setiembre de ese mismo año, tras la invasión nazi a Polonia, Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania. Días antes, Pío XII pronunció el famoso discurso en que dijo: "Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra."
Al menos en los primeros años, Pío XII creyó posible una solución negociada al conflicto. Mantuvo canales abiertos con todas las potencias beligerantes. La correspondencia con la Alemania nazi estaba llena de protestas y contraprotestas, pero nunca se rompió. También se mantuvieron las relaciones con la Italia fascista. Dentro del Vaticano había embajadas de Francia e Inglaterra. Cuando ya los Estados Unidos habían entrado en la guerra, el presidente Roosevelt envió un delegado permanente a la Santa Sede y, poco después, al propio Secretario de Estado americano a entrevistarse con el Papa. Lo asombroso del caso es que, como el Vaticano no tiene aeropuerto y era un país neutral, el Estado italiano, en guerra declarada con los Estados Unidos, debió permitir que un avión americano aterrizara en el aeropuerto de Roma y facilitar el paso de los enviados diplomáticos por las calles de su capital hasta el palacio apostólico.
Mientras la diplomacia vaticana mantenía comunicación con todas las potencias involucradas en la guerra, excepto, naturalmente, con la Unión Soviética, se estableció al mismo tiempo un servicio de asistencia para civiles desplazados. La residencia papal de Castelgandolfo acabó convertida, por disposición directa del Papa, en un albergue de refugiados. La capital italiana, durante los años de la guerra, empezó gobernada por el fascismo, luego fue ocupada por tropas alemanas, sufrió prácticamente una guerra civil entre distintos bandos revolucionarios y luego fue tomada por el ejército americano sin que el Papa se moviera de su sitio. Exigió, eso sí, que los cardenales salieran de Roma y se mantuvieran en un lugar seguro para que, en caso de que lo mataran, no tuvieran dificultad de reunirse para elegir a su sucesor.
En 1943, cuando Roma fue bombardeada, el Papa abandonó el Vaticano y se trasladó al sector bajo fuego para acompañar a los habitantes de la zona. A los pocos días, al efectuarse un segundo bombardeo, volvió a hacerlo. Era evidente que el Papa estaba dispuesto a morir al lado del pueblo romano. Tras esos dos gestos, los bombardeos cesaron. Se hicieron incluso bromas sobre el hecho de que aquel hombre, extremadamente flaco, fuera capaz de servir como escudo protector de una ciudad entera.
El retrato que hace Cromwell de Pío XII lo muestra como un hombre de carácter fuerte, amplia cultura y mente brillante, pero frío, poco emotivo, totalmente encerrado en su mundo interno, incapaz de realizar un gesto o pronunciar una palabra de manera espontánea. Pacelli pensaba en blanco y negro sin matices. Su visión de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto era tajante pero, a la hora de expresarse, calculaba el alcance que podrían tener sus declaraciones, así como todas las posibles interpretaciones que se les pudieran atribuir. Sus discursos, sus cartas y hasta sus conversaciones, como ya se dijo, estaban planteados de una forma tan elíptica y enigmática que, con frecuencia, parecían indescifrables.
Si esa fue su manera de expresarse durante toda su vida, ¿Por qué se le reclama el no haber pronunciado un discurso contundente durante la guerra? Reflexionar sobre la figura de Pío XII, no consiste en ponerse a especular sobre lo que pudo haber pasado si hubiera actuado de una manera distinta a cómo lo hizo. Imaginar otra historia alternativa puede ser un ejercicio de fantasía divertido pero no ayuda a comprender. Tampoco se trata de dictar cátedra de torero de café sobre lo que debió haber hecho o dejar de hacer. Es muy fácil juzgar lejos del lugar, lejos del momento, lejos de la responsabilidad y lejos de las consecuencias.
Para muchos, la prudencia de Pío XII fue complicidad y su ecuanimidad fue indiferencia. Pero para comprender su actitud, independientemente de como se la quiera calificar, el propio Papa dejó claras, desde el inicio de la guerra, las normas que regirían sus acciones y sus palabras. En cuanto a las acciones, procuraría aliviar el sufrimiento de todos de manera efectiva y discreta. En cuanto a las palabras, repetiría el mensaje eterno de Cristo, de amor, perdón, fraternidad, justicia y paz, pero no se referiría a ningún hecho en particular. En cada discurso, en cada aparición pública o transmisión radial, Pío XII, siempre en su estilo poético e indirecto, predicó los altos valores del Evangelio de manera general. Hablaba sobre la supeditación de lo político a lo moral, e insistía en la supremacía del individuo sobre el sistema. Los regímenes políticos son temporales mientras que el alma de cada persona es eterna. No condenó las deportaciones ni los asesinatos en masa, ni el bombardeo alemán sobre Londres, ni el bombardeo inglés sobre Dresden, ni el ataque japonés a Pearl Harbour, ni las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Ni siquiera dijo una palabra sobre el bombardeo aliado sobre Roma que tuvo la oportunidad de vivir muy de cerca. Pensándolo bien, si se hubiera puesto a mencionar una por una todas las atrocidades que ocurrieron durante su pontificado, no habría tenido tiempo de hacer otra cosa. 
La actitud de Pío XII durante la guerra genera y seguirá generando controversia.  Para unos, una figura misteriosa, fría y calculadora hasta extremos increíbles. Para otros, un hombre cuya profunda espiritualidad le permitió mantenerse ecuánime en una época convulsa en la que las masacres llegaron a ser parte de la vida diaria.
INSC: 2115

Eugenio Pacelli (1876-1958) Papa Pío XII (1939-1958).

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El antihomenaje a Camilo José Cela.

Desmontando a Cela. Tomás García Yebra
Ediciones Libertarias, España, 2002.
Me basto leer un par de páginas para percatarme que adquirir este libro había sido un error. Supuse ingenuamente que sería una biografía o un reportaje y resultó ser, como bien dice José Luis de Vilallonga en el prólogo, un texto en que más que frases hay puñetazos. Yo agregaría que también hay varios golpes bajos. El autor, Tomás García Yebra, tal parece que tiene una extraña fijación con Camilo José Cela o, al menos, le pone mucha atención tanto a su obra literaria como a su vida pública y privada, hasta el punto de escribir un libro contra él. El libro estaba a medio hacer cuando Cela murió y García Yebra, según confiesa en la primera página, pensó por un instante en abandonar el proyecto pero, finalmente, acabó terminándolo y publicándolo.
Soy respetuoso de las opiniones ajenas. Cada uno está en su derecho de sentir simpatía o antipatía por cualquier otro y de manifestar públicamente lo que piensa. Sin embargo, siempre me ha resultado fastidioso prestarle atención a alguien que solo quiere hablar mal de otro. Por un momento, pensé en abandonar la lectura pero, cuando uno tiene un libro en las manos, lo lógico es leerlo y, al terminarlo, uno siempre tiene algún comentario que hacer. No es un libro que recomiende así que, para ahorrarle a otros la lectura, lo resumo.
El libro toca varios temas. Empieza con el caso, bastante conocido, de la novela La cruz de San Andrés, con la que Cela obtuvo el Premio Planeta y que, tal parece, fue reescrita sobre la novela Carmen, Carmela, Carmiña (Fluorescencia) que la escritora gallega Carmen Formoso presentó al mismo certamen. Se refiere al trabajo de Cela como censor en los primeros años de la dictadura de Franco. Muy de pasada menciona La Catira, novela que Cela escribió por encargo del dictador venezolano Pérez Jiménez. Recuerda el hecho de que en el I Congreso Internacional de la Lengua, en Zacatecas, México y en el II Congreso Internacional de la Lengua, en Valladolid, Cela leyó el mismo discurso. Hace una lista de declaraciones de Cela que son contradictorias con otras declaraciones suyas anteriores. Sugiere la posibilidad de que Cela recurriera a "negros" para sus colaboraciones periodísticas. Consigna datos sobre la Fundación Camilo José Cela en Galicia. Reproduce conversaciones que tuvo con el hijo y la segunda esposa del escritor. Cuenta el par de veces que lo vio en persona. Juzga como falsa y oportunista la amistad que Francisco Umbral le profesó a Cela en vida. Comenta, con buen criterio y amplia visión, los primeros libros del escritor. Y, con frecuencia y a lo largo del libro, se refiere a situaciones de la vida personal y familiar de Cela.
Mi primera impresión, tras la lectura de este libro, es que García Yebra cayó en la trampa de prestarle demasiada atención al autor de los libros que lo habían fascinado, en vez de concentrarse en los libros mismos. Cuando uno lee un libro que logra impresionarlo, es natural que se despierte la curiosidad por saber algo más acerca de quien lo escribió, pero la figura del autor, en muchos casos, puede llegar a ser una distracción para su obra misma. Todos los aficionados a lectura tenemos alguna experiencia en este sentido. En algunos casos, ha sido un verdadero placer conocer en persona a los autores de los libros que nos han fascinado. En otros, ha sido una verdadera desilusión. También ocurre con frecuencia que conocemos a un escritor simpático, encantador como persona, cuyos libros no nos despiertan el más mínimo interés. 
A fin de cuentas, con el pasar de los años, los autores se olvidan y los libros permanecen. Cuando leemos las obras inmortales de la literatura universal, de autores anónimos o antiguos, no sabemos nada acerca de quien las escribió ni nos hace falta. 
Ponerle atención al autor, repito, es una distracción. Los enredos personales del final de la vida de Cela, los divorcios, cacerías y el suicidio de Hemingway o el proceso judicial que debió enfrentar Oscar Wilde, por citar solo unos casos, con frecuencia se ponen en primer plano al mencionar a estos maestros de la literatura, cuando lo que debería estar en primer plano son las brillantes páginas que escribieron y que seguirán leyéndose incluso cuando sus biografías dejen de ser tema de controversia. 
Con Shakespeare, no existe el riesgo de distraerse. ¿Alguien ha visto una biografía de Shakespeare? No hay biografías de Shakespeare porque todo lo que sabe de su vida es poco más de tres docenas de datos específicos sin detalles. Toda la información disponible que existe sobre la vida de Shakespeare (47 datos concretos) cabe en un par de páginas. Ahí están, eso sí, sus tragedias, sus comedias y sus sonetos. 
Hay personas que se declaran aficionados al cine o interesados en la política, cuando, en realidad, lo que le gusta es el chisme. Las páginas de los periódicos están llenas de chismes de estrellas de cine y de chismes políticos. También, con frecuencia, los suplementos culturales traen una buena dosis de chismes literarios. 
Volviendo al libro, de la página 141 a la 163, García Yebra comenta La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria, La colmena y el artículo que escribió Cela a la muerte de Pío Baroja. Son reseñas escritas con verdadera admiración. Camilo José Cela es un gran novelista que escribió verdaderas obras maestras. García Yebra es, sin lugar a dudas, uno de sus lectores más atentos y también, a pesar de este libro, uno de sus grandes admiradores. Es evidente que García Yebra ha dedicado tiempo, atención y paciencia en la lectura de las obras del gran escritor gallego, al punto de convertirse en una autoridad en materia celiana. Sabe hasta cuáles trayectos del viaje a la Alcarria Cela realizó a pie o en autobús. ¿Este dato aporta algo a la lectura de ese libro de viajes? Pues no, y hay que decirlo. Es un dato de fanático para fanáticos.
Cuando Cela murió, García Yebra, que es periodista, escribió un artículo necrológico de un tirón en que consignó los datos de memoria. Esa nota, incluida en el libro, es perfecta. Combina información biográfica con apreciación literaria, es comedida, equilibrada, profesional, seria e informativa.
Si todo el libro hubiera sido como esa nota, García Yebra habría escrito un formidable estudio sobre la vida y obra de Camilo José Cela. Un estudio que no tenía por qué haber sido necesariamente un homenaje, sino un texto justo y balanceado, informativo y justificado, que no apartara la vista de lo controversial pero que tampoco se concentrara solamente en ello. Ese libro, está en mi imaginación y no es, definitivamente, el que tengo en mis manos. García Yebra, por razones que solo él sabrá, optó por hacer un antihomenaje. 
A fin de cuentas, debo retractarme de lo dicho en la primera línea de esta nota. Adquirir este libro no fue un error. Leerlo y comentarlo tampoco. Los libros, todos los libros, lo hacen uno pensar y, al menos en mi caso, esa es la principal razón por la que leo.


INSC: 2561  



viernes, 17 de octubre de 2014

¿Y ahora qué?

Las uvas de la ira. John Steinbeck.
Editorial Planeta, España, 1981.
Leer Las uvas de la ira, de John Steinbeck, fue para mí una experiencia dolorosa. Una familia de Oklahoma, en los tiempos de la Gran Depresión, lo pierde todo y emprende un largo viaje hasta California en busca de una nueva vida. Su caso no es aislado. Por la carretera abundan automóviles destartalados, cargados de hombres, mujeres, ancianos y niños que a duras penas se acomodan en medio de trastos viejos, baúles y colchones. El viaje es largo y tanto el alimento como el dinero disponible, ambos escasos, debe administrarse con cautela. Pasan hambre, sufren tragedias, pero el sueño de que cuando lleguen "allá" las cosas serán distintas, les mantiene viva la esperanza. Ni siquiera se dan cuentan de que forman parte de un desfile de miserables desesperados y que cuando lleguen "allá", para obtener hasta el más humilde puesto de trabajo de recolector de fruta, al que aspiran, deberán competir con los otros miles de desplazados que, al igual que ellos, al ser tirados a la calle por la pobreza dirigieron sus pasos hacia las enormes plantaciones californianas. 
El libro nos permite adentrarnos en el drama cuadro a cuadro. Al principio, valga como advertencia a quien lo lea por primera vez, uno no comprende ese afán de describirlo todo en detalle. Hay un episodio, bastante largo por cierto, dedicado enteramente a una tortuga que cruza la calle. El lector debe tener paciencia. En el libro hay más descripción que acción, pero esa peculiaridad tiene un propósito. Steinbeck no solo quiere que leamos la historia, sino que la vivamos. Es natural que uno se aburra al leer sobre un hombre, en medio de la nada, rodeado de pastizales a la orilla de la carretera. ¿Por qué? Pues sencillamente porque es aburrido estar solo en medio de la nada, rodeado de pastizales a orilla de la carretera. Steinbeck quiere llevarnos hasta allí, hacernos sentir la potente luz del sol que nos hace cerrar los ojos, escuchar la brisa monótona que es la única que rompe el silencio y demostrarnos cómo, hasta el más mínimo ruido o movimiento en medio de ese paisaje estático nos sorprende y sobresalta. Cuando uno ya está metido en el asunto, lejos de incomodar, esa descripción acaba siendo reveladora. 
Tom, uno de los personajes principales del libro, recién salido de la cárcel vuelve a su hogar y apenas logra encontrar a su familia se entera que su pequeña propiedad fue embargada por el banco y se une a los suyos en el viaje al oeste. Antes de abandonar su casa, una humilde barraca de tablas torcidas y sin pintar ajustadas con clavos viejos que debieron ser enderezados a golpes antes de ser utilizados, la madre de Tom revisa un montón de papeles que guardaba celosamente en una caja. Entre los papeles hay cartas amarillentas por el paso de los años, fotografías de seres queridos, recortes de periódico sobre el juicio de Tommy. Esa caja de papeles viejos es su baúl de recuerdos. Los mira detenidamente por largo rato como para grabarlos en su memoria, luego los aprieta fuertemente contra su pecho y, finalmente, los tira al fuego. El camión es pequeño y ellos son muchos. Solo hay espacio para lo estrictamente indispensable.
Cuando los tractores  avanzan, destruyendo a su paso los sembradíos, graneros y casas de las propiedades embargadas, uno de los arruinados espera con su rifle cargado. Amenaza con matar al tractorista si avanza. El tractorista le recomienda que no diga tonterías, que si lo mata iría a la cárcel y su familia quedaría peor. El granjero reconoce al tractorista, es hijo de un vecino. "Eres uno de los nuestros", le dice, "¿Por qué nos haces esto?" El tractorista responde: "Es mi trabajo. Me pagan por hacerlo. ¿Cree usted que me gusta hacer esto? Yo no soy el responsable de que usted haya perdido su propiedad, pero sí soy el responsable de llevar comida a mi casa." El granjero amenaza entonces con ir a matar al presidente del Banco. El tractorista le aclara: "Y usted cree que a él le agrada hacer esto. Si lo mata, usted irá a la cárcel y ese mismo día el Banco tendrá un nuevo presidente que hará lo que tenga que hacer para mantener su trabajo."
Ese granjero aturdido, confundido, arruinado, con el rifle cargado en sus brazos, dispuesto a matar al responsable  de su tragedia, que se queda con la boca abierta frente a su casa a punto de ser destruida sin saber hacia dónde ni hacia quién apuntar su arma es, para mí, una de las imágenes de esta novela que no olvidaré nunca. Su impotencia ante una realidad que no logra comprender, su sed de venganza imposible de ser saciada, su vida destruida por las reglas de un juego en el que él es solamente un peón, me hizo quedarme, como él, estático y boquiabierto.
El camino a California es largo. El abuelo muere apenas iniciada la travesía y debió ser enterrado al borde del camino. Las provisiones empiezan a escasear. Cuando solamente les quedó un saco de harina y un poco de aceite, se alimentaron de masa frita. La muchacha embarazada, flaca, ojerosa y mal nutrida, acabó dando a luz una mole deforme que nació muerta. 
John Steinbeck.  1902-1968
No se crea, sin embargo, que Las uvas de la ira es un libro en que se explota el dolor de manera morbosa. Nada de eso. La experiencia del viaje se cuenta tal y como fue: difícil y llena de golpes pero, al mismo tiempo, iluminada por la pequeña llamita de la esperanza y amenizada por las risas y los juegos de dos niños que, trepados en lo alto del camión reciben con una sonrisa el golpe del viento en sus caritas sucias.
La novela está llena de pasajes conmovedores y hermosos. En una cafetería frecuentada por camioneros, el cocinero realiza su trabajo en silencio. Escucha pero no participa en las conversaciones. Sonríe si el chiste es bueno, pero nunca habla. Su esposa es el alma del negocio, coquetea con los camioneros a sabiendas de que ellos nunca se pasarán de la raya. La amena tertulia se interrumpe cuando llega unos de los camiones de inmigrantes. El padre, un viejo sin afeitar vestido con un overall sucio, pide permiso para tomar un poco de agua. La mujer, tras concedérselo, le dice a su marido: "Vigilaré la manguera". Tras refrescarse pasándose por la nuca el pañuelo empapado, el hombre da de beber a sus hijos pequeños y entra de nuevo en el establecimiento. Necesita comprar un pan. La propietaria del negocio le explica que aquello es una cafetería, no una tienda, que el pan es solamente para hacer sandwiches, no para venderlo. El cocinero, que nunca habla, en esta ocasión levanta la voz: "¡Véndele el pan!" Al enterarse del precio, el viejo, que tenía en su mano billetes arrugados y grasientos además de un poco de monedas, le pregunta a la mujer si es posible venderle solo parte del pan, ya que no puede comprarlo todo. El camino a California es largo, faltan muchos días para llegar, deben comprar gasolina y comer todos los de la familia. No pueden gastar mucho. De nuevo el cocinero grita: "¡Dáselo!" Al pagar, una moneda de un centavo cae en el mostrador. El hombre la toma en su mano y, justo cuando la iba a guardar, se percata que sus dos hijos miran con la boca abierta un frasco lleno de caramelos. Tras reflexionar un momento, como si estuviera sopesando los pros y los contras de una gran decisión, pregunta: "¿Por casualidad esos caramelos valen un centavo?"  "No", responde la mujer, "son a dos por centavo." 
El hombre compró los caramelos para sus hijos y, con su pan en la mano, dio las gracias y se fue. Cuando se perdió de vista, uno de los parroquianos se dirigió a la dueña del negocio: "Esos caramelos no son a dos por centavo, valen cinco centavos cada uno." La mujer, como única respuesta le soltó: "Y eso, a ti, ¿Qué te importa?"
Ante ese desplante, el cliente paga y se va. Cuando ya iba por la puerta, la mujer le grita: "Espera, se te olvida el cambio". Y el hombre aquel, como si se tratara de una venganza, se marcha diciendo: "Vete al diablo".
Este tipo de solidaridad, sin discursos panfletarios ni sermones melodramáticos, es la que está presente en Las uvas de la ira. De hecho, es un libro en que no hay ira sino, más bien, resignación. Los protagonistas no son víctimas que levantan la voz y el puño en demanda de justicia, son seres humanos fuertes, valientes y solidarios. Cuando la vida nos está moliendo a golpes, es cuando nos percatamos que nuestra fortaleza era mucho mayor de lo que suponíamos. Cuando lo hemos perdido todo y no nos quedan más que las últimas reservas, es cuando resulta más fácil desprenderse de lo material para compartirlo con quienes lo necesitan. Cuando el presente es oscuro, pero se tiene una perspectiva de esperanza, así sea lejana, en el horizonte, es cuando nos atrevemos a correr tras un sueño.
Las uvas de la ira es un libro doloroso y esperanzador a un mismo tiempo. Solo hubo, en todo el texto, una línea, de apenas tres palabras, que me sacó las lágrimas. Era tanto lo que habían sufrido que ya su ánimo había echado callos. No es lo mismo que la desventura golpee, una única vez, a alguien que lleva una vida cómoda y segura, a que se ensañe en acribillar a quien, por propia experiencia, sabe que lo más probable es que después de una tragedia, venga otra peor. Acostumbrarse a sufrir al menos tiene la ventaja de que cada nueva herida duele menos. Después de todo lo que pasaron, los niños se acercan a su padre para comunicarle, una vez más, malas noticias. El padre, que descubre en sus rostros que algo malo había pasado, simplemente pregunta: "¿Y ahora qué?"
Esas tres palabras, "¿Y ahora qué?" fueron las que me sacaron las lágrimas. No por lástima sino por admiración. 

INSC: 0472
Las uvas de la ira, de John Steinbeck, novela publicada en 1939 es una obra
maestra de la literatura. Las uvas de la ira, la película de John Ford, estrenada
en 1940, es una obra maestra del cine.


domingo, 28 de septiembre de 2014

Una caricatura.

Pura vida. José María Mendiluce. Planeta.
1998.
Ariadna, una joven funcionaria de la ONU, con el fin de tomar distancia de su novio, se traslada a "trabajar" (es un decir) a Costa Rica, país en que la vida consiste en sexo salvaje al aire libre, consumo de cocaína y marihuana, prostitución masculina y femenina y borracheras y bailongos continuos. Este es el contenido de Pura vida, novela de José María Mendiluce publicada por Planeta.
En España, tal parece que el libro tuvo buena acogida. En Costa Rica, fuimos pocos los que la leímos y a nadie le gustó. No se trata de prejuicio nacionalista. Los lectores costarricenses estamos abiertos a todo y una novela, ubicada en nuestro país, que se ocupara de hurgar en lo oscuro (consumo de drogas, prostitución, vida nocturna etc.) podría haber sido bien acogida. El problema es que Pura Vida es una novela pobre en todo sentido. Mal planteada, mal escrita, mal resuelta y llena de errores de todo tipo.
La leí, porque me despertó la curiosidad el hecho de que un autor europeo explorara nuestra realidad underground y quise ver qué lograba descubrir. El autor ni explora ni descubre nada y deja de manifiesto su terriblemente pobre y superficial nivel de observación y su absoluta incapacidad de construir una novela.
Para comprenderlo mejor, pongamos la situación a la inversa. Imaginemos que un autor costarricense escribe un libro sobre prostitución y consumo de drogas en, digamos, Sevilla, por ejemplo. A los sevillanos no les choca el tema y se acercan a la novela con la actitud abierta del lector libre de prejuicios pero descubren que, en la novela, los sevillanos hablan de vos, como los argentinos y que la catedral queda justo al lado del Museo del Prado. Las inexactitudes geográficas y lingüisticas acabarán siendo un tropiezo molesto en la lectura.
En Pura Vida, un negro de Limón usa el pronombre "vosotros", cuando cualquier persona medianamente culta sabe que no se usa en toda América Latina. Cuando en la novela se reproducen modismos del habla costarricense, son ridículos. Dice "aguatamal" en vez de "agualotal" y la lista de palabras de connotación sexual que, según el autor son comunes, las copió del libro de Láscaris sin enterarse de que están en desuso desde hace más de treinta años. Las nuevas, por supuesto, ni las escuchó, cono no escuchó ni vio nada de lo nuestro.
Haciendo uso de la mejor buena voluntad, estas torpezas podrían pasarse por alto. Mendiluce no tiene capacidad de reproducir nuestra variante del español y en materia de geografía, simplemente, está perdido. Podemos disculpar su ignorancia considerándola una licencia de la novela. Después de todo, si en una obra ficción, para seguir con el ejemplo, el Museo del Prado se ubica en Sevilla y los sevillanos hablan de vos sería, en todo caso, porque es una obra de ficción.
Que nadie espere, de este libro, ni la más mínima referencia histórica o sociológica sobre Costa Rica. En esta novela, Costa Rica es solo el decorado, el telón de fondo para que una muchachita tonta, drogadicta, promiscua y borracha pueda broncearse. La única razón de la existencia de los negros de Limón es satisfacer las fantasías sexuales de las aburridas europeas que cruzan el Atlántico en busca de emociones. Mendiluce no puede ver más allá ni más a fondo de lo evidente. Su visión, es la de un turista de paso. Sus imágenes, son las de una tarjeta postal. La poca información que brinda sobre Costa Rica, es la que puede encontrarse en cualquier folleto de turismo.
Pero hagamos todo eso a un lado. Si Pura Vida no tiene el más mínimo valor antropológico, histórico o social, ¿Cuáles son sus méritos literarios? Es difícil encontrarlos, puesto que incluso un lector no costarricense (que no se distraería con las inexactitudes) acabaría aburrido con esta novela cursi, lineal y predecible, en la que no hay ni un solo personaje bien construido ni una sola línea que valga la pena recordar.
Tal vez el único mérito de este libro, sea el mostrar que los funcionarios de los organismos internacionales, además de ser los burócratas mejor pagados del mundo, son los más inútiles. Ariadna, la protagonista, como Mendiluce, el autor, tienen en común el trabajar para esas organizaciones que, en el papel, se dedican a salvar al mundo pero que todos sabemos que, en la realidad, no hacen más que tener a sus funcionarios haciendo turismo a costa de otros. Este libro es una caricatura. Una caricatura mal dibujada, pero una caricatura al fin. Nada más que eso.
INSC: 0978 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Un ídolo con pies de barro.

Yo soy el Diego. Diego Armando Maradona.
Planeta. 2001.
La palabra ídolo se usa tan indiscriminadamente que con frencuencia se vacía de significado. Nunca falta quien califique de ídolo a un figura de temporada que acaba siendo olvidada a la vuelta de un par de años. El verdadero ídolo es el que es capaz de generar una idolatría, el que sin buscarlo ni pretenderlo logra que sus seguidores conviertan su admiración en culto, su fanatismo en religión.
Diego Armando Maradona fue, por bastante tiempo, un ídolo, no solo en Argentina, sino en el mundo entero. Sus caídas y errores fueron duramente señalados por la prensa mundial precisamente por lo alto del pedestal al que ella misma lo había elevado. Que un jugador salga positivo en la prueba de doping es algo que, aunque suceda en una copa mundial, podría anunciarse sin mayor escándalo. Que una persona retirada pierda la batalla contra el sobrepeso ni siquiera es noticia. Que alguien tenga problemas de adicción a las drogas es un asunto personal y privado. Pero en el caso de Maradona todo aquello era diferente. Tener debilidades y problemas es algo que se le tolera a las personas comunes y silvestres, no a los dioses, semidioses o titanes de la mitología.
Que una persona de carne y hueso como cualquier otra, con temores, defectos y virtudes como cualquier otra sepa que una multitud lo mira elevado en un altar, es una carga abrumadora. Maradona declaró repetidas veces que él era un jugador de futbol, no un ídolo ni un modelo para nadie. El mensaje no fue escuchado y fue necesario un desplome estrepitoso para que la fanaticada pudiera ver finalmente a Diego en su dimensión real: un hombre no muy inteligente, casi sin educación, con serios problemas de salud, cuya vida ha atravesado verdaderos malos momentos. Los idólatras de Maradona tuvieron que abrir los ojos. Todo ídolo es imaginario y no se puede evitar una decepción al confrontar su imagen idealizada con la triste realidad.
El mundo conoció a Maradona, el jugador de futbol. Sin embargo, pese a los cientos (quizá miles) de entrevistas y reportajes, Maradona el ser humano permanecía oculto. En el año 2000, en La Habana, ante los periodistas deportivos Ernesto Cherquis y Daniel Arcucci, Maradona habló sobre sí mismo. "A veces pienso que toda mi vida está en las revistas", les dijo, "pero no es así. Hay cosas que están solo dentro de mi corazón y nadie las sabe."
El fruto de esas entrevistas fue recogido en un libro, publicado por Planeta, titulado Yo soy el Diego, una obra importante para conocer a alguien que, pese a ser famoso en todo el mundo, nadie tenía claro quién era.
No soy aficionado al futbol. Nunca he pateado un balón y ni siquiera he visto  un partido completo en mi vida. Mi buen amigo, el poeta Joan Bernal, sí es muy futbolero y un buen día me dijo: "A vos no te gusta el futbol, pero sí te gustan los libros de memorias. Este tenés que leerlo".
Maradona no escribió el libro, sino que se lo contó a los periodistas. Tal vez por esa circunstancia, el encanto principal de esta obra es su tono íntimo, que hace que las páginas pasen y pasen como pasan las horas cuando uno tiene al frente a alguien que está abriendo su corazón. Al frente está un Maradona honesto, tranquilo, que ni presume de los logros ni se disculpa por los errores. Toda su vida la relata con serenidad. Se refiere, inevitablemente, a sus malos momentos y a los tragos amargos que le ha tocado sufrir, pero el repaso es apacible, con los sentimientos ya enfriados. "Nunca le perdonaré a Menotti el no haberme incluido en la selección de Argentina 78. Nunca se lo perdonaré, nunca. Pero no lo odio al Flaco. Eso no. Odiar es muy distinto de no perdonar, al menos para mí".
Maradona nació en el Fiorito, un barrio tan pobre que, en sus propias palabras, "si se podía comer, se comía y si no, no." Su casa tenía tres aposentos. Uno era la sala, comedor, cocina (todo junto), el otro era el cuarto de los papás y el tercero, de dos por dos metros, el dormitorio de los ocho hermanos. No tenían baño y el agua para cocinar y para asearse había que traerla en baldes de un tubo que estaba un tanto lejos. La única recreación para los muchachos (los pibes, dice él), era jugar futbol todo el día. El paso de la cancha sin pasto del Fiorito a la selección argentina y, de allí, al estrellato mundial fue rapidísimo. Empezó en la novena división. Al año siguiente, la octava y, casi inmediatamente, pasó a la sétima. En sétima jugó dos partidos y pasó a la quinta. Cuatro partidos ahí y pasó a tercera. Dos partidos más y llegó a la primera división. Tres meses después de haber debutado en primera, integró la selección argentina. El resto es historia conocida.
Cuando debutó en primera, Maradona era tan pobre que solamente tenía un pantalón de corduroy y al enterarse del dinero que iba a ganar, en lo primero que pensó fue en comprarse más pantalones. El dinero alcanzó para más que pantalones. Compró automóvil y se llevó a toda la familia a vivir en un condominio espacioso con cuarto privado para cada uno. Logró cumplir, además, dos sueños: pedirle a su padre, que era obrero de fábrica, que no trabajara más y llevar a toda la familia a conocer el mar. 
A pesar de lo duro de las condiciones en que pasó su infancia y juventud, el recuerdo de aquellas épocas tiene más añoranzas y menos reclamos que el de los años de gloria.
Este libro revela a un hombre sencillo, inocentón, espontáneo hasta el límite de lo rústico que, por su talento natural, acabó en la cúspide sin abandonar nunca su simpleza y que, viejo, pasado de peso y con una dolencia cardiaca, añora la época en que pasaba todo el día jugando en una cancha sin pasto.
No se refiere a sus escándalos porque, según él, no ha defraudado a nadie ni tiene que darle explicaciones a personas que no conoce. "No soy ni quiero ser un ejemplo. En todo caso, para mis hijas sí. A ellas me debo. Solo ellas tienen derecho a juzgarme."

domingo, 14 de septiembre de 2014

La multidud.

Antes creía, ingenuamente, que el objeto de la Historia era ser constantemente reinterpretada y reescrita. Nuevas investigaciones, bajo nuevos métodos y nuevos criterios, llevarían a nuevas conclusiones que brindarían una interpretación distinta del pasado que, a su vez, obligaría a reescribir la historia de otra forma.
Todavía lo creo, pero ahora reconozco que la idea es ingenua porque pasa por alto la manía, bastante común y frecuente, de falsificar el pasado para adaptarlo al presente.
La Historia, en buena medida, es un invento que, inevitablemente, se fabrica a posteriori y está lleno de falsificaciones.
Si algo sale bien, sobrarán quienes se atribuyan haber contribuido al logro. Si algo acaba mal, nadie aceptará haber participado en el asunto. Al éxito le sobran padres y el fracaso es huérfano. Tanto los que quieran cubrirse de méritos, como quienes pretendan negar sus errores, falsearán el pasado a su conveniencia.
Un buen lector de Historia debe estar atento para evitar tragarse testimonios con versiones falsificadas.
Dos libros de memorias, de dos personajes bastante distintos, acabaron brindándome, cada uno por su lado, dos buenos ejemplos para ilustrar lo dicho.
El cantante español Raphael, publicó con Plaza & Janés sus memorias ¿Y mañana qué? El futbolista Diego Armando Maradona, por su parte, publicó las suyas con Planeta tituladas Yo soy el Diego de la gente. Los dos libros son muy amenos e interesantes. Ambos personajes, que comparten orígenes bastante humildes, lograron superar los tropiezos del camino y alcanzar el éxito, cada uno en su campo.
Cuenta Raphael que, en los años sesenta y setenta, durante la dictadura de Francisco Franco, se realizaban con cierta frecuencia funciones de gala en honor del Caudillo y su esposa. Sin mencionar nombres, Raphael recuerda que a esas galas asistía todo el mundo: cantantes, músicos, deportistas, figuras de la televisión y la radio, empresarios, intelectuales, periodistas, escritores, etcétera. Todo el que era alguien, o aspiraba a serlo, participaba de aquellas actividades que, en el fondo, se realizaban como homenaje al dictador. Raphael recuerda que, en esos actos, el teatro estaba repleto, tanto en el área de butacas como en el escenario. Con toda franqueza, Raphael cuenta que, cada vez que lo invitaron, él fue, cantó y saludó a Franco. Lo extraño, dice, es que aunque recuerda el teatro repleto, conforme la imagen histórica de Franco ha venido en picada, cada vez más asistentes niegan rotundamente haber participado y, de creerles, resultaría que no iba nadie, salvo él, que lo admite. 
El caso de Maradona es totalmente opuesto. Afirma que recuerda claramente que el día que debutó en primera división el estadio estaba casi vacío pero, con el paso de los años, son tantísimas las personas que afirman haber estado allí aquel día que, de creerles, en el estadio no habría cabido un alfiler.
Raphael recuerda un teatro lleno y nadie, en España, reconoce haber ido. Maradona recuerda un estadio vacío y todos, en Argentina, afirman haber estado allí. 
Lo curioso es que, en el futuro, el pasado seguirá cambiando. Una multitud continuará creciendo y, la otra, encogiéndose.



INSC: 1349

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