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sábado, 5 de noviembre de 2016

Arturo Echeverría Loría.

Arturo Echeverría Loría. De artes y letras.
Edición: Víctor Julio Peralta. Portada: Manuel
de la Cruz González. Editorial Costa Rica. 1972.
Arturo Echeverría Loría (1909-1966) fue poeta, editor, crítico de arte, colaborador del Repertorio Americano y amigo cercano de don Joaquín García Monge, editor de la revista Brecha y director de la Editorial Costa Rica. Hombre de gran sensibilidad artística, supo aprovechar sus largos y frecuentes viajes para estudiar a fondo tanto las obras clásicas como las nuevas tendencias. El tiempo que vivió en la gran ciudad de New York le hizo descubrir una soledad por entonces desconocida en la bucólica población de San José de Costa Rica, donde había nacido y vivido toda su infancia y juventud. Tras un largo periodo de residencia en México, donde cultivó la amistad de pintores, escritores, poetas e intelectuales de renombre, regresó a su patria convertido en crítico de arte.
Don Francisco Amighetti dejó escrito que fue Arturo Echeverría Loría quien, por su gran entusiasmo, lo llevó a descubrir y valorar la poesía francesa. Ansioso de satisfacer su gran interés por el arte y la literatura, Echeverría Loría se convirtió en un lector voraz, en un erudito de cultura enciclopédica que leía mucho más de lo que escribía.
Bastante joven, en 1937, publicó Poesías y, tras este debut tempranero, pasarían casi veinte años hasta la aparición de su segundo libro.
En 1956, a propósito del centenario de la Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker, Arturo Echeverría Loría editó una obra titulada Juan Rafael Mora. El Héroe y su pueblo. en la que hacía una semblanza de su ilustre bisabuelo.  Doña Clemencia, la madre de Arturo, era hija de Juanita Mora Aguilar, la última hija de don Juanito Mora y doña Inés Aguilar Cueto.
Años después, vendrían Fuego y Tierra (1963), Himno a la esperanza (1964) y Elejía Desastillada (1966). Algunos de sus poemas fueron publicados en revistas mexicanas y sus artículos de crítica literaria y artística aparecían diversos periódicos. Dos años después de su muerte, la Editorial Costa Rica publicó su obra teatral La Espera. Sus relatos y gran parte de su obra poética quedaron inéditos.
En 1972, la Editorial Costa Rica decidió realizar cuatro entregas con la obra de Arturo Echeverría Loría. El primer libro con artículos, comentarios y ensayos sobre arte y literatura, el segundo con sus relatos y obras de teatro, el tercero con la poesía que dejó inédita y el cuarto con una recopilación de los libros de poesía que publicó en vida.
No sé si el proyecto llegó a concretarse o quedó a medias. El único de los cuatro libros que he logrado encontrar ha sido el primero, titulado De artes y de letras, en que aparecen comentarios sobre la obra de pintores y escultores costarricenses como Quico Quirós, Juan Manuel Sánchez, Max Jiménez, Margarita Bertheau, Francisco Amighetti, doña Flora Luján, Jorge Gallardo, Gonzalo Morales, Felo García, Francisco Alvarado Avella, Floria Pinto de Herrero, Luis Dael, Juan Rafael Chacón, Néstor Zeledón y Francisco Zúñiga.
Arturo Echeverría Loría. 1909-1966.
Poeta, narrador, dramaturgo y crítico de
arte y literatura.
En la parte literaria hay un ensayo sobre Rubén Darío, un recuerdo a su amigo don Joaquín García Monge, el obituario que escribió tras la muerte de Carmen Lyra, comentarios a la obra de Alfredo Cardona Peña y, para cerrar el libro, un escrito verdaderamente revelador sobre  Walt Whittman.
La figura del crítico está bastante desprestigiada. Para muchos, el crítico es un artista frustrado que, al ser incapaz de crear, se deleita en evaluar con severidad lo que otros hacen para señalar errores y torpezas. A los críticos, también, se les acusa de disfrazar con análisis sus gustos, simpatías y antipatías personales. Elogian a los amigos y denigran a los enemigos, se dice.
Arturo Echeverría Loría, en este libro, le lava la cara al oficio ya que ejerce la crítica de manera elevada y oportuna. Todos los artistas costarricenses a los que se refiere eran sus amigos personales pero en ninguna de sus notas hay complacencias ni elogios gratuitos. Echeverría Loría se enfoca en la obra, intenta comprenderla más que explicarla, llama la atención sobre aspectos que podrían pasarse por alto y muestra el valor, el sentido y el aporte que esa obra es capaz de brindar.
Don Paco Amighetti decía que las críticas de arte de Arturo Echeverría Loría no estaban "escritas con términos técnicos, sino con el  fervor de los enamorados".
El verdadero erudito no se pone a lucirse con palabras que nadie entiende, sino que logra hacer, de asuntos que supuestamente le interesan a pocos, un tema de discusión pública. El verdadero sabio, como decía Santo Tomás de Aquino, no busca brillar, sino iluminar.
Arturo Echeverría Loría era un hombre culto que había estudiado a fondo el arte y la literatura pero, más que eso y antes que eso, era un hombre de sensibilidad, pasión y entusiasmo contagiosos.
Decía don Paco Amighetti: "Arturo con su mística perseguía el realismo gótico y quería vivir la poesía antes que escribirla. Y aunque leía a los poetas, para él la poesía estaba más que en los anaqueles de libros, en los países desconocidos, en la soledad, en el amor frustrado y también en el hambre."
La verdadera cátedra de Arturo Echeverría Loría estaba, según recuerdan quienes lo conocieron, en su conversación inteligente, cálida y amena. En su extraordinario don de gentes. En el hecho de que la amplia cultura que llegó a alcanzar, en vez de alejarlo de sus semejantes lo aproximó más a ellos.
Mi buen amigo don Sergio Román me contaba que don Arturo fue de los primeros amigos que encontró al llegar a Costa Rica y que la tertulia con él era tan amena que acabó siendo cotidiana.
Verdadero Quijote, vivía metido en mil proyectos, pero el que más le ilusionaba era la edición de libros. Revisaba los textos, corregía las pruebas y estaba al cuidado de hasta el más mínimo detalle de contenido y diseño. En lo personal, él publicó poco, pero fue un editor amorosamente dedicado a los libros de otros. Supongo que la portada que hizo el artista Manuel de la Cruz González para la recopilación de sus artículos le habría gustado. Son solamente letras en un fondo amarillo, pero el diseño y el juego con la tipografía es muy agradable.
Nora Echeverría Loría (1916-2016).
Hermana de Arturo. Cuando la conocí
tenía 99 años de edad.
Arturo Echeverría Loría es de esos escritores que, por medio de la página impresa, logran establecer una conversación con el lector. He escuchado tantas anécdotas suyas que, con el tiempo, se ha convertido para mí en una figura familiar y cercana. Me habría gustado haberlo conocido pero la cita no se pudo dar porque llegué tarde. Murió antes de que yo naciera. Sin embargo, cuando uno menos lo piensa, ocurren encuentros inesperados.El 24 de diciembre de 2005, invitado por mi buena amiga la escritora Anabelle Aguilar Brealey, asistí a una celebración de Vísperas de Navidad. El grupo era pequeño y a mi lado se ubicó una señora mayor en silla de ruedas. Anabelle, al presentarnos, me informó que doña Nora Echeverría de Van der Laat era bisnieta de don Juanito Mora. Sorprendido, en vez decirle "Es un placer conocerla", di un salto y le pregunté de una vez: "¿Usted es hermana de Arturo?"
Cuando intenté disculparme por mi salida de tono, la viejita, sonriente, me dijo que eso le había pasado con frecuencia toda su vida. La presentaban como Nora y la reconocían como la hermana de Arturo.
Mientras esperábamos que empezara la Misa de Gallo, me contó historias de su hermano. No me habló del poeta, del escritor, del editor ni del crítico de arte, sino del niño travieso y el joven inquieto que siempre llenaba la casa de risas.
INSC: 2276

viernes, 27 de mayo de 2016

Eunice Odio en Guatemala.

Eunice Odio en Guatemala. Mario A.
Esquivel T. Ministerio de Cultura,
Juventud y Deportes. Costa Rica.
No indica el año de publicación.
Eunice Odio viajó a Guatemala a recoger un premio y acabó quedándose a vivir en ese país durante cinco años. En 1946, el gobierno guatemalteco convocó un premio centroamericano de poesía cuyo ganador sería anunciado el 15 de setiembre del año siguiente como parte de las celebraciones de la fiesta de independencia.
Una vez leídas las obras presentadas, los miembros del jurado, el periodista Flavio Herrera Hernández, el pintor Abelardo Velásquez y el escirtor Miguel Ángel Asturias, decidieron galardonar a la costarricense Eunice Odio por Los elementos terrestres y al salvadoreño Hugo Lindo por Libro de Horas. Cabe anotar que el premio no fue compartido sino duplicado. Cada uno de ellos recibió la medalla de oro y los ochocientos quetzales que fueron ofrecidos y sus respectivos libros fueron publicados, en 1948, por cuenta del Estado guatemalteco.
Los dos poetas premiados eran jóvenes pero no desconocidos. Hugo Lindo solamente había publicado un libro anteriormente, en 1943, pero su nombre ya gozaba de cierta fama. Algunos poemas de Eunice, por su parte, habían aparecido en Repertorio Americano, la revista que editaba don Joaquín García Monge y que circulaba por toda América Latina. 
Augusto Monterroso, al comentar el fallo del premio, celebra el triunfo de Eunice, cuyos pocos poemas publicados hasta entonces tal parece que le eran familiares.
En setiembre de 1947, Eunice recibió su premio en Guatemala, donde causó gran impresión, dictó conferencias y estableció contactos con revistas y periódicos locales que se mostraron dispuestos a publicar sus colaboraciones. Luego, aprovechando la notoriedad ganada con el Premio Centroamericano, emprendió una gira por los cinco países del istmo, que le permitió conocer en persona a los escritores de la región. Con Claudia Lars la amistad llegó a ser estrecha.
Los Elementos Terrestres, primer libro de poesía publicado de Eunice Odio, se imprimió el 15 de mayo de 1948 en Guatemala. La autora, que había viajado nuevamente a ese país para la ocasión, decidió quedarse a vivir allí. Los motivos de esta decisión no son difíciles de imaginar. Costa Rica estaba atravesando un período difícil. La confrontación entre los distintos grupos políticos, agresiva y violenta desde hacía años, había desembocado en una guerra civil en marzo de 1948. Aunque el conflicto duró apenas un mes, Eunice era opositora al bando ganador. Además, pese a ser colaboradora del Repertorio Americano, Eunice consideraba que en Costa Rica no había suficiente espacio para destacarse como escritora.
Guatemala, por el contrario, vivía en aquel tiempo la época del Dr. Juan José Arévalo, el presidente cuyas acciones en favor de la justicia social y el desarrollo de las artes despertaban entusiasmo entre las mentes progresistas y brindaban protagonismo a los artistas e intelectuales. Eunice Odio no fue la única escritora centroamericana que optó por residir en Guatemala en aquellos años. El poeta nicaragüense Alberto Ordóñez Argüello, por citar otro ejemplo, llegó incluso a ser colaborador cercano del Dr. Arévalo.
Durante los cinco años que vivió en Guatemala (1948-1953), Eunice escribió su segundo libro, Zona en territorio del alba, publicó crítica literaria y artística en periódicos y revistas locales, fue miembro de AGEAR (Asociación Guatemalteca de Escritores y Artistas Revolucionarios), participó en política y sostuvo memorables polémicas en la prensa.
El Licenciado Mario A. Esquivel T. recopiló varios documentos de esta época en una antología titulada Eunice Odio en Guatemala. El libro, publicado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, por un error de edición, no consigna el año en que fue publicado. Tras una semblanza de las actividades de Eunice en tierras chapinas, la obra está dividida en tres secciones. La primera es una colección de artículos publicados por Eunice en la prensa local, la segunda es una muestra de los poemas que escribió en aquellos años y la tercera consta de noticias que aparecieron sobre ella.
Verdaderamente interesante resulta leer Exposición sobre política actual de Costa Rica, un larguísimo artículo que Eunice publicó en diciembre de 1947, en el que expone sus punto de vista sobre la confrontación que vivía entonces su país. Aunque posteriormente cambió su posición, en aquellos años Eunice mantenía aún simpatía por las ideas de izquierda y sostiene que, en el fondo, lo que Costa Rica estaba viviendo era un conflicto entre fuerzas revolucionarias y reaccionarias. El artículo es detallado al enumerar los atentados contra la vida de Manuel Mora, pero no menciona nada de las acciones represivas y abusivas de los gobiernos del Dr. Calderón Guardia y del Lic. Teodoro Picado.
Eunice Odio. (1919-1974)
No podía imaginarse entonces que apenas tres meses después de publicado su artículo, el alzamiento de don José Figueres contaría con el apoyo, ni más ni menos, que del propio Dr. Arévalo.
En todo caso, Eunice acabó desilusionada del Dr. Arévalo y, en las elecciones de 1950, se opuso a Jacobo Árbenz y apoyó a Jorge García Granados. Participó activamente en la campaña y acompañó al candidato en sus giras. Tras el triunfo de Árbenz, Eunice, que ya se había distanciado de la izquierda, manifestó su preocupación por el avance del comunismo en Guatemala de la mano del dúo Arévalo-Árbenz.
En Biografía de una generación, Eunice declara que "Costa Rica no ha tenido, ni tiene, ni tendrá, un presidente que se interese por las letras y las artes" y, de nuevo, hace largo repaso histórico que se remonta hasta los tiempos del General don Tomás Guardia.
Ya en el plano literario y artístico, Eunice reseña con aprecio y entusiasmo la obra de Otto Raúl González,  se incluye su hermosa entrevista a don Francisco Gavidia así como su ensayo sobre la pintura de su prima Margarita Berthau.
Hace gala de su famosa y contundente ironía en el artítulo titulado Alejandro Sux corre tras un turista, que se refiere a un señor Cantala, "diz que autor de El insípido, libro idem."
Tras cinco años en Guatemala, Eunice se trasladó a México, donde murió en 1974. Los tres libros que publicó en vida aparecieron: el primero en Guatemala, el segundo en Argentina y el tercero en El Salvador.
Gran escritora y personaje atractivo y singular, a Eunice Odio los costarricenses empezamos a conocerla cuando ya no estaba en este mundo. Se marchó muy joven de nuestro país y nunca regresó. 
INSC: 2234

domingo, 27 de marzo de 2016

Don Joaquín García Monge.

El hombre del Repertorio Americano.
Eugenio García Carrillo. STVDIVM.
San José, Costa Rica. 1981
Aunque escribió tres novelas y numerosos cuentos, ensayos, discursos y artículos, la gran obra de don Joaquín García Monge fue su revista Repertorio Americano, que circuló por todos los países de habla española de 1919 a 1958. Quizá por ello, su hijo, Eugenio García Carrillo, decidió titular El hombre del Repertorio Americano a la semblanza biográfica que publicó, en 1981, para conmemorar el centenario del nacimiento de don Joaquín.
Educador, escritor, editor y periodista, la vida de don Joaquín García Monge, aunque tuvo momentos de angustia y de gloria, fue sencilla y discreta. Nació en Desamparados, el 20 de enero de 1881. Su padre, que también se llamaba Joaquín García, era originario de Cartago y fue contratado por Mariano Monge, rico cafetalero desamparadeño, para que fuera maestro de sus hijas. El joven tutor acabó casándose con Luisa, una de sus pupilas. 
El padre murió cuando Joaquín García Monge, su único hijo, tenía apenas seis años de edad. De herencia, solamente le dejó una modesta biblioteca en la que el pequeño huérfano, tímido y de temperamento discreto y sereno, acabó desarrollando una verdadera pasión por la lectura. Cabe mencionar que el censo de 1892 consignaba que, en la Costa Rica de aquel entonces, solamente una de cada cuatro personas sabía leer y escribir.
El primer relato publicado de Joaquín García Monge, titulado Cuadros, apareció en el periódico en 1898, cuando el joven autor solamente tenía diecisiete años de edad. A los diecinueve años, en 1900, escribió tres novelas: El Moto, Abnegación e Hijas del Campo y, curiosamente, nunca más volvió a escribir novelas.
Le dio a leer El Moto a su maestro, don Carlos Gagini, quien le recomendó que lo publicara. Fue a hablar entonces con doña María de Lines, quien imprimía los cuentos de Gagini, pero la señora lo desanimó al mostrarle la edición casi completa de Chamarasca, de Gagini, llena de polvo bajo el mostrador. "Si no se venden los libros del maestro", le dijo, "menos se van a vender los del discípulo."
Triste por el desaire, le comentó el hecho a José María Zeledón, quien le recomendó la imprenta Greñas. Le publicaron el libro por ciento veinticinco pesos. La edición se agotó en pocas semanas y  don Joaquín no solo recuperó la suma invertida, sino que tuvo una ganancia que le alcanzó para mandarse a hacer un traje a la medida. La segunda edición fue impresa en Barcelona y, en vista del talento literario demostrado, el Secretario de Instrucción Pública, el poeta don Justo A. Facio, lo envío a estudiar a Chile por cuenta del Estado. En Santiago, don Joaquín estudió Pedagogía, Gramática y Latín pero, al final de la administración de don Rafael Yglesias, el gobierno se olvidó de él y dejó de enviarle dinero, por lo que el joven estudiante tuvo que ingeniárselas por sí mismo allá tan lejos. Como ya estaba avanzado en los estudios, daba clases en un instituto a cambio de comida y una habitación donde dormir. Por la interrupción de la beca, no pudo, como era su deseo, cursar ninguna especialidad.
De vuelta en Costa Rica, fue nombrado profesor de la Escuela Normal. En 1909 contrajo matrimonio con Celia Carrillo Castro. Su buen amigo, Roberto Brenes Mesén, quien también había estudiado en Chile, se casó con Ana María Carrillo Castro, hermana de Celia y, gracias a ese parentesco, ambos intelectuales fueron muy cercanos toda su vida.
El mismo año de su matrimonio, don Joaquín, en sociedad con José María Zeledón, abrió en San José una librería llamada "Lectura Barata", en que ofrecían ediciones modestas de obras clásicas a precios populares.
Vinieron entonces unos años serenos hasta que en 1917, tras el golpe de Estado que dio Federico Tinoco contra don Alfredo González Flores, don Joaquín fue destituido de su cargo como Director de la Escuela Normal. Mientras Roberto Brenes Mesén se integraba, como Secretario de Instrucción, al gabinete tinoquista, don Joaquín optó por abandonar el país en un destierro voluntario.
Fue durante su estadía en New York que tuvo la idea de fundar una revista cultural que circulara en todo el continente. Decidió llamarla Repertorio Americano, en homenaje a la publicación que, con el mismo nombre y los mismos fines editó Andrés Bello de 1826 a 1827. 
Andrés Bello nació en 1781, cien años antes que don Joaquín. Ambos concibieron su Repertorio Americano en el exilio: Bello en Londres, en 1826 y don Joaquín en New York en 1919. El de Bello, sin embargo, solamente se publicó durante un año, mientras que el de don Joaquín se mantendría activo por casi cuarenta, de 1919 a 1958.
Al terminar la dictadura de los hermanos Tinoco, don Joaquín regresó a Costa Rica y ocupó el cargo de Secretario de Instrucción Pública durante el breve gobierno de Francisco Aguilar Barquero. 
El Repertorio Americano, revista internacional de cultura, arte y literatura, aunque fue ideada en Nueva York, se publicó, desde el primer hasta el último número en San José de Costa Rica. Es verdaderamente impresionante que, con las limitaciones y la lentitud de la comunicación de aquella época, don Joaquín solamente necesitara de un par de años para que su publicación lograra convertirse en un foro hispanoamericano con circulación continental y colaboradores de primer nivel.
El mexicano Alfonso Reyes se convirtió es columnista habitual. Estuviera donde estuviera, cada vez que Gabriela Mistral se encontraba con un joven cuyos versos consideraba que merecían ser publicados, le recomendaba que los enviara al Repertorio. Allí publicaban el colombiano José Eustasio Rivera y el venezolano Rómulo Betancourt, quienes ya eran escritores reconocidos, pero en las páginas del Repertorio tenían cabida también nuevos valores. En 1919, aparecieron en el Repertorio los primeros versos de la cubana Dulce María Loynaz y, en décadas posteriores, un artículo enviado por un joven mexicano llamado Octavio Paz. 
En 1921, a los dos años de haber aparecido, don Miguel de Unamuno decía: "El Repertorio Americano, excelente revista que publica en Costa Rica don Joaquín García Monge, es de lo más jugoso y de lo más ponderado y de lo más culto que conocemos de esas tierras."
Al estallar la Guerra Civil española, el Repertorio fue el primer periódico en publicar la noticia de la muerte de Federico García Lorca.
Los escritores costarricenses colaboraban asiduamente con don Joaquín. No solamente los ya consagrados, como Rogelio Sotela, Alejandro Alvarado Quirós o Ricardo Fernández Guardia, sino también los jóvenes como Joaquín Gutiérrez o Fabián Dobles, que en aquel tiempo eran poetas y con el pasar de los años acabaron convirtiéndose en novelistas. El ensayo ¿Qué hora es? de Yolanda Oreamuno, apareció en el Repertorio cuando ella era estudiante de secundaria. Francisco Zúñiga, Juan Manuel Sánchez, don Paco Amighetti y Max Jiménez, ilustraban el Repertorio con sus dibujos.
Visto a la distancia de los años y, especialmente, de los avances tecnológicos, uno se pregunta qué habría sido capaz de hacer don Joaquín si hubiera contado con teléfono, fax o correo electrónico. Pero don Joaquín no tenía ni siquiera un ayudante. "Yo tengo que hacerlo todo", decía, "escojo el material, corrijo las pruebas, rotulo los paquetes, llevo la contabilidad y la correspondencia". Su oficina, situada en la Avenida Segunda (en la cuesta donde hoy está la Caja del Seguro Social) era una habitación iluminada por un único bombillo cuya puerta daba directamente a la acera. Quienes pasaban por enfrente podían ver a don Joaquín en su escritorio o bien, salir cargado de paquetes rumbo al correo. 
Además del Repertorio, don Joaquín publicó varias colecciones literarias. La dirigida a jóvenes se llamaba La Edad de Oro, en homenaje a José Martí. En la Colección Ariel (inspirada en el arielismo de José Enrique Rodó) publicó obras de Renán, Carlyle, Ruskin y Emerson entre otros. Publicó una serie de autores costarricenses y otra de autores centroamericanos con los sellos de El Convivio y Ediciones de Repertorio Americano. Entre otros muchos méritos de importancia, hay que destacar que don Joaquín fue quien abrió las puertas de su revista y su editorial a escritoras mujeres, hasta entonces relegadas. Entre ellas, como botón de muestra, Carmen Lyra. Los historiadores de la literatura costarricense, de hecho, identifican toda una etapa como La generación del Repertorio.
A pesar de su sonado éxito, don Joaquín nunca logró hacer dinero ni con el Repertorio ni con la editorial. Don Avelino Alsina y Lloveras, propietario de la imprenta de donde salían tanto la revista como los libros, además de hacerle un considerable descuento en la factura, soportaba con paciencia el atraso en los pagos. Rogelio Sotela anunciaba en el Repertorio sus servicios de abogado, mientras que Max Jiménez publicaba avisos para vender los terneros nacidos en su finca. Sobra decir que la intención de tal "publicidad" no tenía más propósito que ayudar económicamente a don Joaquín. Hubo también mecenas que le brindaron aportes significativos, como Mr. John M. Keith, el peruano Rafael Larco desde Lima y, muy especialmente, la Sociedad Tournón, propietaria de un beneficio de café, que siempre que don Joaquín necesitaba dinero, se lo prestaba sin garantía, sin fiador, sin pagaré, sin plazo y sin intereses. 
En 1935, don Joaquín viajó Ginebra, Suiza, invitado por la Liga de las Naciones. Aprovechando su permanencia en Europa, don Salvador de Madariaga lo invitó a visitar España, donde fue recibido por Azorín, Américo Castro, Ramón Gómez de la Serna, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y León Felipe y tuvo oportunidad de participar en el XXVI Congreso Interancional de Americanistas, presidido por Gregorio Marañón. Durante ese viaje, don Joaquín reafirmó su apoyo a la República Española y su rechazo al fascismo de Mussolini y a la Alemania Nazi.
Ya de regreso en Costa Rica, en 1936, al ser electo como Presidente de la República León Cortés Castro, se le notificó que sería destituido de su cargo de maestro. Para evitar el despido, se acogió a su pensión. Al año siguiente, Francisco Marín Cañas publicó en el Repertorio una diatriba contra Mussolini y el gobierno de León Cortés, ante una protesta de la representación diplomática italiana, demandó judicialmente a don Joaquín, pero los tribunales fallaron a su favor.
"Una de mis amarguras ha sido la de haber vivido siempre como empleado público y no haber quedado bien con nadie". Expresó don Joaquín.
Finalizada la II Guerra Mundial, la celebración de los veinticinco años del Repertorio coincidió con la publicación del número mil, el 20 de enero de 1946.
Mucho se ha hablado de las ideas políticas de don Joaquín pero, a decir verdad, lo dicho no pasa de ser pura especulación. Don Joaquín era en verdad discreto en este aspecto. Apoyó a su coterráneo, el también desamparadeño Máximo Fernández, todas las veces que fue candidato. Esperaba que su amigo el Dr. Ricardo Moreno Cañas llegara a ser presidente en 1940, pero el asesinato del médico truncó sus planes y nunca volvió a manifestarse a favor de ningún candidato o partido. Se declaró contrario a los gobiernos de Ascención Esquivel (1902-1906), Federico Tinoco (1917-1919) y León Cortés Castro (1936-1940). Sobre los demás gobiernos que le tocó vivir, no se manifestó. Ni siquiera está clara su posición sobre el conflicto armado de 1948. 
Participó, en 1913, en la organización de la primera celebración del primero de mayo en Costa Rica, pero don Joaquín llamaba a los comunistas "el bando de los que estorban", porque se quejan de lo que otros hacen o pretenden hacer, pero no proponen nada en concreto.
Irónicamente, en las elecciones de 1953, don Joaquín García Monge fue candidato a diputado por el Partido Progresista Independiente, pero la agrupación fue proscrita por considerarse comunista.
En 1922 don Joaquín fue nombrado Académico Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua y, al año siguiente, formó parte del grupo fundador de la Academia Costarricense de la Lengua. Sin embargo, pese a ser el principal editor, educador y periodista de Costa Rica, además de la figura de mayor relevancia internacional en el país, don Joaquín  no fue llamado a formar parte de la Universidad de Costa Rica que se fundó en 1940.
En 1944 ganó el premio de periodismo Maria Moors Cabot, pero un quebranto de salud impidió que fuera a New York a recogerlo. Fue condecorado por Ecuador (1935), México (1941), Chile (1944), Nicaragua y Perú (ambos en 1958). El 26 de octubre de 1958, la Asamblea Legislativa de Costa Rica lo declara Benemérito de la Patria. Murió cinco días después, el 31 de octubre.
El Repertorio Americano murió con él.
A Gilbert Laporte, su amigo de muchos años, le manifestó su última voluntad:  "Nada de flores, ni iglesia, ni discursos. Sencillez en mi muerte, como en todo lo mío. Mi vida fue sencilla. Nada de complicaciones ni cumplidos."
El niño huérfano que alivió su soledad con los pocos libros que heredó de su padre, dejó al morir una biblioteca de unos diecisiete mil volúmenes que, al ser inventariada, reveló la sorpresa de que el sesenta por ciento de los libros estaban dedicados a don Joaquín de puño y letra del autor.
INSC: 2614

De pie: Arturo Echeverría Loría. Don Joaquín Gutiérrez Mangel. Julián Marchena.
Fernando Luján. Desconocido. Guillermo Padilla Castro. Don Joaquín García Monge.
Yolanda Oreamuno. Oscar Barahona Streber. Manuel Segura.
Sentados: Don Fabián Dobles. Doña Flora Luján. Doreen Vanstone. Desconocida.
Doña Cecilia Trejos de Dobles. Gilbert Laporte.

martes, 30 de septiembre de 2014

El título engaña.

Mujeres e identidades. Ruth Cubillo. EUCR.
Costa Rica, 2001.
Es poco probable que uno tome del estante del supermercado un frasco con una etiqueta que diga: "Mermelada de guayaba" y, al abrirlo ya en casa, llevarse la sorpresa de que contiene mostaza. Sin embargo, con los libros, situaciones de este tipo ocurren con frecuencia. Una vez fui a visitar a un tío y me regaló un libro titulado Historias de San Francisco. Al preguntarle el motivo del obsequio, me explicó que él quería leer historias de San Francisco de Asís, pero el libro era de historias de San Francisco, California. El venezolano Arturo Gutiérrez Plaza tituló uno de sus libros de poemas Principios de contabilidad, y él mismo se pregunta cuántos pequeños comerciantes lo habrán comprado por error.
A mí me ha ocurrido repetidas veces. Veo un libro en el estante y, con solo leer el título, decido llevármelo. En más de una ocasión el título no tenía absolutamente nada que ver con el contenido.
Una vez vi un libro titulado Mujeres e identidades, con el subtítulo Las escritoras del Repertorio Americano. Esta ha sido una de las pocas veces que he comprado un libro por el subtítulo. Sobre mujer e identidades se ha escrito tanto que resulta absolutamente imposible encontrarse una idea nueva en el tercer libro que uno lea sobre el tema. Sobre las escritoras del Repertorio Americano, hasta donde yo sé, no se ha escrito nada.
El tema es, sin embargo, muy importante. El Repertorio Americano fue, me atrevo a decir, la revista literaria más importante en lengua española en la primera mitad del siglo XX. La editaba don Joaquín García Monge, tenía colaboradores en España y todos los países latinoamericanos. Los ejemplares del Repertorio circulaban por todo el continente. El primer poema publicado de Dulce María Loinaz, cuando era apenas una muchachita de dieciséis años, apareció en el Repertorio, que también publicó una colaboración de un jovencísimo escritor mexicano llamado Octavio Paz. En otro momento, me referiré ampliamente al Repertorio que merece un artículo aparte.
Dentro de las muchas novedades que introdujo el Repertorio, fue la publicación de textos escritos por mujeres. Aunque hubo casos aislados de mujeres escritoras anteriores (María Fernández de Tinoco es quizá el caso más conocido) lo cierto es que fue en las páginas del Repertorio en que las mujeres entraron a la literatura costarricense. Evidentemente, un libro con el subtítulo Las escritoras del Repertorio Americano, no solo había que leerlo, sino que divulgarlo. Con esa intención lo adquirí. Sin embargo, el libro resultó ser uno más de los muchos libros de teoría de género que abundan en el mercado. Uno, además, sin la más mínima aportación original. Los libros de teoría de género son como los centros comerciales globalizados: quien ha visto uno, los ha visto todos.
Para quienes no estén familiarizados con este asunto del género, se los resumo. 
El esquema suele ser más o menos así: se arranca señalando el hecho de que las mujeres, desde tiempos inmemoriales, no solo han sido excluidas del ejercicio del poder y marginadas de los estudios superiores, sino que no han tenido la oportunidad real de regir sus propias vidas. Tras los ejemplos, casi siempre exhaustivos, se llega a la conclusión de que la sociedad patriarcal y falocrática ha hecho que los hombres ejercieran la autoridad y las mujeres solamente la acataran. Seguidamente, se muestra que esta situación ha venido siendo definida con argumentos que, valiéndose de criterios de todo tipo (desde religiosos hasta biológicos), pretendían demostrar la inferioridad de inteligencia y capacidad de las mujeres. Con esa premisa, se concluye que, por no haber contado nunca con voz ni poder, las mujeres han venido definiéndose a sí mismas de acuerdo con los parámetros de la sociedad que las somete. Tras esta argumentación, los libros suelen terminar llamando la atención sobre el hecho de que las situaciones de discriminación ancestrales aún persisten y proponiendo un trabajo reivindicador que favorezca los cambios necesarios que aún están pendientes.
Naturalmente, no discuto estos argumentos. Es más, los suscribo. Lo que me incomoda es que, lo que acabo de resumir en dos párrafos sea el tema de cientos de libros publicados y, a pesar de ello, sigan publicándose más libros para decir lo mismo. Las feministas más críticas, también consideran preocupante esta situación puesto que la repetición de lugares comunes, en vez de fortalecer el mensaje, lo arrala. 
Volviendo al libro, la autora, Ruth Cubillo,  en vez de arrancar de una vez y tomar al toro por los cuernos sin mucho preámbulo, se dejó seducir por tres temas que, en los libros de género, resultan de lo más repetitivos: la maternidad, la mujer en política y la apreciación de la mujer autora de textos literarios.
¿Cuántas mujeres publicaron en el Repertorio Americano? ¿Quiénes eran? ¿De qué nacionalidad? ¿Sobre qué escribieron? ¿Cuáles eran sus temas recurrentes? ¿Llegaron a generar algún tipo de polémica? Estas y muchas otras preguntas por el estilo quedan sin respuesta tras la lectura del libro.
En vez de brindar datos bibliográficos o historiográficos que pudieran servir de referencia para estudios posteriores, la autora se toma la molestia, en una de las páginas más lamentables del libro, que "la lucha de la mujer por liberarse no debe ser contra el hombre como ser humano, sino contra el sistema masculinizante que oprime a la mujer como individuo".
A fin de cuentas, el libro no hizo más que repetir lugares comunes sobre la teoría de género y solo tangencialemente se refirió a los artículos escritos por mujeres en el Repertorio Americano. Las citas de los artículos vienen en función del discurso, de manera que dejan de ser tema central para servir solo de ejemplo.
Con frecuencia machacona en el estudio aparecen asomos de datos como "según los artículos analizados", "solo dos de los artículos analizados", e, incluso, en la parte en que se refiere a la mujer autora da el interesante dato de que encontró veinticuatro artículos escritos por hombres sobre mujeres poetisas, pero solamente dos sobre mujeres ensayistas. El problema es que en ninguna parte consigna cuáles fueros esos artículos, en qué fecha aparecieron ni quién los suscribió. Solamente el dato de las fechas de aparición serviría de mucho para estudios posteriores. El libro que, por su subtítulo, parecía destinado a convertirse en libro de referencia, no da ninguna referencia.
Flaco favor le hizo este libro a los estudios de género, ya que, sobre las mujeres en el Repertorio Americano, una recopilación de fichas habría sido un aporte mucho más valioso que la repetición de lugares comunes harto conocidos ya expuestos en innumerables obras que, como esta, han cometido el error de poner la prédica por encima de la investigación.
Las escritoras del Repertorio Americano, lamentablemente continúan siendo desconocidas. 

Agrego un dato anecdótico. Este libro fue publicado en 2001 y a pocas semanas de su publicación, apareció un artículo mío en el periódico con las consideraciones que acabo de consignar aquí. No conocía entonces, ni he conocido después, a Ruth Cubillo. A pesar de que mi crítica fue dura, porque no hay nadie más duro que un lector interesado y desilusionado, albergaba la esperanza de que la investigadora recapacitara sobre el hecho señalado y ofreciera, de alguna forma, los datos que había recopilado sobre escritoras del Repertorio que, inexplicablemente, olvidó incluir en el libro. No lo hizo.

El libro tiene una dedicatoria: "A Ronny, porque su amor transformó mi vida."
Pues bien, quien le escribió furioso al director del periódico que publicó mi nota, fue Ronny, el del amor transformador, quien, no muy amorosamente, en su extenso mensaje me cubrió de insultos. Ni el director del periódico ni yo le dimos importancia al asunto. En la correspondencia típica de un crítico literario hay desde declaraciones de amor hasta amenazas de muerte. Ronny el amoroso pidió que se publicara su diatriba como un derecho de respuesta. El director le explicó que el derecho de respuesta se aplica solamente en dos casos: cuando hay ofensas personales o cuando se publican datos erróneos. Señalar una falta de información no es una ofensa. Y en cuanto a los datos erróneos, si la lista de artículos analizados está en el libro, que diga en qué pagina está, porque el ejemplar que yo tengo no la trae por ninguna parte.
Menciono la anécdota porque me pareció curioso que una mujer que defiende la autonomía femenina en el campo académico y literario, no haya contestado una crítica, sino que lo haya hecho su marido.

INSC: 1085





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