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domingo, 22 de septiembre de 2019

La otra Talamanca.

La otra Talamanca. Luis Bruzón Delgado.
Jugen Ureña Arroyo. Inédito.
 Costa Rica, 2000.
Las dos Talamancas, la de Costa Rica y la de España, aunque son muy diferentes, tienen otras cosas en común, además del nombre. En ambas regiones, situadas a considerable distancia de grandes ciudades, los escasos habitantes, repartidos en un amplio paisaje natural, se dedican a labores del campo y mantienen vivas costumbres, tradiciones y modos de vida heredados de incontables generaciones de remotos ancestros.
Hubo una época, muy lejana en el tiempo, en que la pequeña villa de Talamanca de Jarama competía en influencia, estructura y comercio con la, por entonces, también pequeña villa de Madrid, situada a cincuenta kilómetros de distancia. El tiempo pasó y Madrid acabó convirtiéndose en la capital de España, mientras que Talamanca se mantuvo sin grandes cambios podría decirse que hasta el día de hoy.
Allí, en Talamanca de Jarama, nació en 1566 el conquistador español Diego de Sojo y Peñaranda, hijo de Juan de Sojo Peñaranda y Sabina de Artieda y Chirinos. Un hermano de su madre, don Diego de Artieda y Chirinos, fue nombrado por el rey gobernador tanto de Nicaragua como de Costa Rica y, al cruzar el Atlántico rumbo a su destino centroamericano, se trajo a su sobrino Diego de Sojo, que tenía apenas once años de edad.
Diego creció en Costa Rica nadando en ríos y trepando montañas. Cuando era joven, llegó hasta la cumbre del Chirripó y, ya siendo adulto, exploró las tierras situadas detrás de los volcanes Irazú y Turrialba, hasta salir al Caribe. Justo un año antes de cumplir los cuarenta años de edad, en lo alto de los cerros situados al noreste, cerca del río Sixaola, fundó, el 10 de octubre de 1605, una pequeña población de chozas y ermita con techo de paja, a la que llamó Santiago de Talamanca, en honor a su Santo Patrono (Santiago y Diego son el mismo nombre) y como un homenaje a su pueblo natal, del que salió siendo un niño y al que nunca regresaría.
Su tío el gobernador había hecho algo similar. En la costa pacífica fundó dos poblados. A uno lo llamó Artieda y al otro Espíritu Santo. Artieda se desocupó al poco tiempo, mientras que el poblado de Espíritu Santo, aunque la parroquia mantiene ese nombre, en el plano civil pasó a llamarse luego Esparza y aún existe en el mismo sitio.
La vida de la villa de Talamanca fue breve. Apenas duró cinco años. En 1610 una rebelión de indígenas acabó con ella pero, aunque el poblado desapareció, el nombre se mantuvo. Diego de Sojo, quiso establecerla de nuevo, pero no logró encontrar suficientes hombres dispuestos a acompañarlo en la empresa. Su esposa y sus hijos habían nacido en Cartago, ciudad en la que Diego de Sojo pasó la mayor parte de su vida y donde murió y fue enterrado en 1639.
Más de medio sigo después de su muerte, los colonos de Cartago establecieron de nuevo una población en Talamanca, que daba la impresión de que iba a prosperar. Allí se instalaron frailes misioneros y un buen número de familias criollas, pero la famosa rebelión de Pablo Presbere hizo que el lugar fuera abandonado de nuevo.
Durante años, el deseo de restablecer un poblado en Talamanca fue la obsesión de los gobernadores españoles. Son famosas las cartas del gobernador Diego de la Haya Fernández, en que habla de la dificultad de pacificar a "los talamancas". En aquellos tiempos, se acostumbraba llamar a las personas con el mismo nombre del lugar en que vivían. La palabra "costarricense", por ejemplo, no existía. Se decía simplemente "los costarricas", como también se decía "los heredias", "los esparzas", "los bagaces", "los ujarrás" o, naturalmente, "los cartagos". Curiosamente, solamente en el caso de "los cartagos" el uso se mantiene.  Las cartas del gobernador de la Haya Fernández acabaron, a la larga, generando una confusión. Como él se refería a "los talamancas", hubo quienes creyeron que ese era el nombre del pueblo indígena que habitaba en el lugar, cuyos nombres eran en realidad bribrí y cabécar. La creencia generalizada de que los indígenas de la zona eran "talamancas", llegó incluso a poner en ridículo a dos pretenciosos protolingüistas.
A finales del siglo XIX, a raíz de las investigaciones sobre lenguas indígenas costarricenses emprendidas por el obispo Bernardo Augusto Thiel, otros estudiosos, no tan metódicos ni tan serios como el obispo alemán, se interesaron en el tema. El profesor español Juan Fernández Ferraz, que no sabía nada de nahuatl, escribió un ensayo titulado Nahualtismos de Costa Rica. El método que utilizó, totalmente especulativo y para nada científico, fue simplemente calificar de nahuatl cualquier palabra que hubiera escuchado en Costa Rica y no le sonara castiza. El escritor Carlos Gagini, que tampoco dominaba el nahuatl, le hizo segunda y ambos intelectuales, que nunca habían puesto un pie en Talamanca, se pusieron a discutir en la prensa sobre el origen, significado y hasta pronunciación de la palabra Talamanca en lengua nahuatl. El que los hizo callar fue el periodista nicaragüense Enrique Guzmán, entonces residente en Costa Rica, quien era célebre tanto por su amplia cultura como por su punzante estilo satírico. En un artículo escrito con un evidente tono burlón, les hizo ver que su discusión sobre etimología nahuatl no tenía ningún fundamento y les informó, ya que daba la impresión de que no lo sabían, que Talamanca es el nombre de la villa castellana donde nació Diego de Sojo y Peñaranda, el conquistador español que, en honor a su pueblo natal, le puso Talamanca a la región sureste de Costa Rica.
Una cosa quedó clara, el nombre de Diego de Sojo y Peñaranda había sido olvidado y la existencia de la otra Talamanca, en España, era un dato que la mayoría de los costarricenses ignoraban. Poco más de cien años después de la polémica que protagonizaron Fernández Ferraz, Carlos Gagini y Enrique Guzmán, dos jóvenes, el español Luis Bruzón Delgado y el costarricense Jurgen Ureña, intentaron rescatar esa parte de nuestra historia tan poco conocida.
Luis Bruzón Delgado, era un periodista español de la agencia EFE que había sido cooperante en Costa Rica, mientras que Jurgen Ureña era un cineasta tico que había cursado estudios en España. Ambos habían tenido la oportunidad y el raro privilegio, que muy pocos pueden presumir de haber gozado, de conocer en persona y a fondo las dos Talamancas, la de España y la de Costa Rica.
Asomarse a la vida, la gente y el paisaje de ambas comunidades, con sus similitudes y diferencias, los impresionó de manera profunda. Naturalmente, el asunto iba mucho más allá del nombre. En España y América Latina es común que haya poblaciones que se llaman igual pero, por poner un ejemplo, las dos Cartagenas, la de España y la de Colombia, son ciudades grandes, conocidas y de población numerosa en las que hay gran actividad industrial, comercial y turística. Aunque cada Cartagena mantiene su personalidad propia, son ciudades con similar acceso a los avances tecnológicos en que se vive de manera, digamos, globalizada.
El caso de las dos Talamancas es distinto. Las dos son comunidades alejadas de la prisa y el ruido de la ciudad. Las dos son regiones poco conocidas y poco visitadas, a pesar de que ambas son ricas en historia y están llenas de paisajes asombrosos. Los habitantes de las dos Talamancas, viven de manera similar a como vivieron sus padres, sus abuelos y sus ancestros más remotos. En su aislamiento del mundo exterior, mantienen vivas antiguas tradiciones. Las dos Talamancas son poblaciones tan particulares, tan únicas, que, precisamente por ser tan singulares, a pesar de sus grandes diferencias, acaban pareciéndose una a la otra.
Luis Bruzón y Jurgen Ureña quisieron hacer un retrato en el que, como en una ventana que sirviera también de espejo, cada Talamanca pudiera asomarse a la otra. Su intención era realizar un documental de una hora para que fuera transmitido por televisión. La iniciativa fue planteada en el año 2000 y logró despertar entusiasmo, apoyo y hasta respaldo institucional a ambos lados del Atlántico. A propósito de este proyecto, fue que tuve oportunidad de conocer a Luis y Jurgen, con quienes llegué a establecer lo que podríamos llamar una fuerte amistad intermitente. Los veo poco, pero los aprecio mucho. Casi veinte años después, acomodando papeles en mi biblioteca, me encontré el cuadernillo en que planteaban su propuesta. Leerlo de nuevo, después de tanto tiempo, ha vuelto a despertar mi entusiasmo por el tema. Particularmente porque no pretendían hacer un material didáctico, lleno de fechas y datos, sino más bien compartir un documento testimonial a través de la mirada inocente de dos niños, uno talamanqueño (como se dice en Costa Rica), y otro talamanqués (como se dice en España), Cada niño corre por el monte, va a la escuela, juega con sus amiguitos y le ayuda a sus padres con las faenas del campo. El talamanqués nunca ha visto los pejibayes ni las matas de plátanos que abundan en la Talamanca de Costa Rica, así como el talamanqueño nunca ha visto trasquilar rebaños de ovejas, tarea común en la Talamanca de España. Las madres de cada uno les preparan alimentos con los frutos de la tierra y, los días de fiesta, los niños acompañan a sus mayores en los rezos, cantos y bailes. Ambos crecen libres, sin vigilancia, deambulan por horas en el campo sin encontrarse con un extraño. Viven en medio de la naturaleza, cerca de la tierra, los cultivos y los animales. Si se enferman, los abuelos les harán remedios con hojas y raíces. Los paisajes en que viven son diferentes. Sus vidas, no tanto.
Lamentablemente, el documental no llegó a realizarse. Se lograron, eso sí, algunos encuentros. Los habitantes de cada Talamanca supieron de la existencia de la otra. Llegó a circular, a ambos lados del Atlántico, una broma simpática. En la Talamanca de Costa Rica hay grandes ríos sin puente, mientras que en la Talamanca de España hay grandes puentes sin río. ¿No habrá alguna manera de que los españoles envíen un poco de puente y reciban a cambio un poco de río?
Jurgen Ureña se ha dedicado a la enseñanza y a la producción de cine. Luis Bruzón, por su parte, de periodista pasó a convertirse en centroamericanista y ha realizado investigaciones sociales e históricas en toda la región. Supongo que ambos, al igual que yo, en sus papeles deben conservar el proyecto audiovisual de La otra Talamanca. No sé si entre sus planes estará retomarlo en algún momento, pero sinceramente espero que lo hagan. Diego de Sojo y Peñaranda era un niño cuando salió de Talamanca. Sería hermoso que la gente, la vida y el paisaje de las dos Talamancas sean dados a conocer a través de los ojos de dos niños pequeños.

viernes, 6 de octubre de 2017

La primera vacante episcopal en Costa Rica. 1871-1880

La primera vacante de la Diócesis de
San José. Víctor Manuel Sanabria M.
Editorial Costa Rica, 1973.
Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica, murió el 23 de setiembre de 1871. Casi nueve años después, el 27 de febrero de 1880, Bernardo Augusto Thiel fue designado como su sucesor. Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, no solo escribió extensas biografías de los dos prelados, sino también un interesante estudio histórico sobre el largo periodo vacante que hubo entre ambos. El libro, publicado en primera edición por la imprenta Lehmann en 1935 y reeditado por la Editorial Costa Rica en 1973,  además de explicar las razones de la prolongada demora en el nombramiento episcopal, brinda valiosos datos e innumerables sorpresas sobre la letra menuda de la historia eclesiástica costarricense.
El Concordato vigente en aquel entonces le otorgaba al gobierno costarricense el beneficio de patronazgo, es decir, el Poder Ejecutivo tenía el derecho tanto de proponer como de vetar candidatos a la sede episcopal. Lo que sucedió, para hacer la historia corta, es que la Santa Sede y el gobierno no lograron ponerse de acuerdo. Un año antes del fallecimiento de monseñor Llorente, don Tomás Guardia había derrocado al presidente Jesús Jiménez Zamora. A la muerte del obispo, todo parecía indicar que el llamado a sucederlo iba a ser el Dr. Domingo Rivas Salvatierra quien, por cierto, fue designado vicario capitular y administrador de la Diócesis hasta el nombramiento del nuevo obispo. Sin embargo, el Dr. Rivas, que había sido miembro del Consejo de Gobierno de don Jesús Jiménez, era un reconocido adversario de don Tomás Guardia y el gobierno, por tanto, prefirió buscar otro candidato. El elegido fue el padre Ramón Isidro Cabezas Alfaro, que había sido cura de Esparza y quien no solo era ferviente partidario de don Tomás y padrino de una de sus hijas sino que, al momento de ser propuesto como candidato a obispo, ocupaba el cargo de diputado por la provincia de Heredia.
Mons. Dr. Domingo Rivas Salvatierra (1836-1900).
El asunto no prosperó porque el gobierno cometió tres errores en la propuesta. Primero, nunca consultó al Padre Cabezas si aceptaría el cargo; segundo, no incluyó un informe sobre los méritos del sacerdote propuesto y, tercero, presentó un único candidato, cuando lo normal, en estos casos, es presentar varios para que el Papa decida. Ante el tropiezo, se desató entonces una trama de intrigas y vanidades heridas en que se llegó hasta los ataques personales. En cuanto supo de las gestiones, el padre Cabezas manifestó que no le interesaba el cargo ya que no se consideraba capacitado para ejercerlo. Don Domingo Rivas envió un informe a Roma en que pintaba al padre Cabezas como ignorante, parrandero, usurero y vicioso. El padre Cabezas apenas había cursado un mínimo de estudios, se había enriquecido gracias al contrabando, bebía guaro y jugaba billar en las cantinas, prestaba plata con altos intereses y era implacable a la hora de cobrar. El hecho de que no vistiera nunca sotana y acostumbrara realizar salidas nocturnas para echarse una canita al aire también fue mencionado. Al enterarse de lo que se decía de él, el padre Cabezas cambió de actitud y decidió entonces proseguir con su candidatura episcopal. Una cosa era reconocer la incapacidad y los vicios ante los amigos y vecinos que, en todo caso, ya estaban enterados y otra, muy distinta, era que sus fechorías se expusieran por escrito ante la Santa Sede. El gobierno, entonces, mantuvo como único candidato al Padre Cabezas y el Dr. Domingo Rivas, por su parte, se dedicó a entorpecer la comunicación entre la diplomacia costarricense y el Vaticano. Con la cancha tan embarrialada, ni Cabezas ni Rivas tenían ninguna posibilidad de alcanzar el nombramiento episcopal, pero ninguno dio un paso atrás.
Luigi Bruschetti (1826-1881). Administrador de
la Iglesia costarricense de 1877 a 1880.
A los cinco años de sede vacante, el gobierno, en una maniobra subterránea hecha a espaldas de don Domingo Rivas (a quien querían quitarse de enmedio), le solicitó al Papa Pío IX que nombrara un administrador para la Diócesis. Al Papa, que ya debería de estar preocupado por la avalancha de correspondencia que recibía de Costa Rica, le pareció bien la propuesta y le encargó la difícil misión a Monseñor Luigi Bruschetti, diplomático de cincuenta años de edad que se encontraba entonces en Brasil. El gobierno y la Santa Sede mantuvieron el acuerdo en secreto y no se molestaron en notificar a Mons. Rivas, quien se enteró del envío de Bruschetti apenas unos días antes de que el obispo llegara al país. Monseñor Bruschetti desembarcó en Puntarenas el 17 de diciembre de 1876. Viajando a lomo de mula, dos días después llegó a Alajuela y de allí, ya más cómodamente, se trasladó en ferrocarril a San José. Monseñor Bruschetti era el primer representante de la Santa Sede con residencia en Costa Rica y, de 1876 a 1880, con el título de Administrador Apostólico, fue obispo de Costa Rica. Como al momento de su arribo no había en el país ni Nunciatura Apostólica ni Palacio Episcopal, el gobierno dispuso (para tenerlo de su lado o, al menos, para tenerlo cerca) hospedarlo en la Casa Presidencial.
La vieja catedral de San José estaba hecha una ruina. Durante los oficios, los murciélagos que volaban dentro cuiteaban a los fieles. Había innumerables goteras y las vigas estaban tan podridas que muchas personas habían dejado de asistir a Misa por miedo de que el techo les cayera encima. Monseñor Bruschetti, entonces, estableció como Catedral el antiguo templo de la Merced y puso toda su atención y esfuerzo en la construcción, ya iniciada, de la nueva catedral metropolitana en avenida segunda. Hizo también lo que pudo por mantener un mínimo de disciplina y armonía en el clero costarricense. Los sacerdotes, salvo raras excepciones, no eran cultos ni estudiosos. Tampoco se distinguían por ser piadosos o trabajadores. Pese a los intentos de Monseñor Llorente por corregir esa costumbre, los curas ticos casi nunca utilizaban sotana y preferían vestir como seglares sin distintivo alguno y, muchos de ellos, estaban involucrados en relaciones personales impropias, actividades políticas y negocios clandestinos. Cuando eran convocados a reunión o a Ejercicios Espirituales, más de la mitad se negaba a asistir alegando cualquier pretexto sacado de la manga. Bruschetti, ya en el terreno, se dio cuenta que no sería fácil encontrar la persona indicada, pero siempre tuvo claro que su principal deber era lograr, cuanto antes, el nombramiento de un nuevo obispo.
Circulaba por entonces la broma de que el Papa Pío IX había dicho que mientras él fuera la cabeza visible de la Iglesia, el padre Cabezas no sería la cabeza de la iglesia costarricense. No se sabe si el Papa en verdad dijo esas palabras o son parte de la leyenda, pero lo cierto es que apenas murió Pío IX, el gobierno costarricense hizo un nuevo intento por lograr el nombramiento del padre Cabezas, que tampoco prosperó. El Dr. Domingo Rivas, que tampoco se daba por vencido, fue más allá. Viajó a Roma y se entrevistó en persona con el Papa León XIII, pero su desesperado esfuerzo, al igual que el de sus adversarios, fue inútil.
Un cura de Cartago, de quien Sanabria no da el nombre y llama solamente XXX, intentó falsificar un milagro para demostrar que una señal del cielo indicaba que él debía ser nombrado obispo. Otro sacerdote intentó contraer matrimonio, y matrimonio por la Iglesia además, alegando que contaba con el permiso del General Guardia. La Logia Masónica, tuvo como fundador al Padre Francisco Calvo quien era, además de primo hermano de José María Castro Madriz, uno de los hombres de confianza del General Guardia, a quien acompañaba en sus viajes tanto dentro como fuera del país.
Por su doble condición de Representante del Papa y Administrador Apostólico, Mons. Bruschetti era la máxima autoridad eclesiástica en Costa Rica. Sin embargo, por el estado de Sede Vacante, legalmente no estaba autorizado a establecer cambios sustanciales. La única parroquia nueva que creó fue la de Santa María de Dota, el 4 de octubre de 1879, solamente porque el decreto ya estaba hecho, pero Monseñor Llorente murió antes de firmarlo.
El ocho de marzo de 1878, Bruschetti colocó la primera piedra del nuevo edificio del Hospital San Juan Dios. También recibió a las Hermanas de Sión, que había traído doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa del General Guardia, para instalar un colegio en San José. Doña Emilia, por cierto, era la presidente del comité de edificación de la nueva catedral. El 28 de marzo de 1878, nombró a los primeros sacerdotes que se establecerían en Puerto Limón, los capuchinos Fray Bernardino y Fray Fernando. En el camino, Fray Fernando se ahogó en el río Pacuare. Su cuerpo fue rescatado, así que el primer oficio religioso realizado por Fray Bernardino en Limón fue el funeral de su compañero.
Al mes siguiente, el 17 de abril 1878, Bruschetti bendijo y consagró la Catedral de San José, aunque aún faltaba ponerle el piso de terrazo y los vidrios a las ventanas. La obra estuvo totalmente terminada el 18 de noviembre de ese mismo año. Según los libros, el total invertido en la construcción fue de 210.158.97 pesos.
Bernardo Augusto Thiel Hoffman (1851-1901)
Segundo Obispo de Costa Rica de 1880 a 1901.
Pero quizá el acto más determinante que realizó ese año fue la inauguración del Seminario, el 3 de enero de 1878, para el que se habían mandado a traer, como formadores, a tres sacerdotes paulinos bastante jóvenes: don Juan Bautista Theilloud, don Tomás Gougnon y don Bernardo Augusto Thiel.
Debido al escaso nivel cultural del clero costarricense, así como a su relajada disciplina, Monseñor Bruschetti probablemente intentaba encontrar al obispo que andaba buscando entre los sacerdotes de otras nacionalidades miembros de órdenes religiosas. Los jesuitas, por disposición del propio General Guardia, regentaban desde 1876 el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago y había en el país un pequeño grupo de misioneros capuchinos, pero no era viable, por diversas razones, nombrar un obispo jesuita ni capuchino. Era poco probable, además, que alguno de ellos aceptara el cargo.
El joven Bernardo Augusto Thiel, nacido el 1 de abril de 1850 en Elbertfeld, Alemania, impresionó favorablemente a Bruschetti. Tenía título de Doctor, dominaba el latín y el griego y hablaba con fluidez, además de alemán, francés, inglés, italiano y español. Inteligente, estudioso y metódico, era además profundamente devoto y su estilo de vida era austero, recto e intachable. Thiel también llamó la atención del padre Francisco Calvo, del propio Dr. Rivas, del padre Cabezas y de prácticamente todo el clero y la intelectualidad josefina. Solo faltaba obtener el visto bueno del General Guardia.
La cita se programó para la tarde del 28 de junio de 1879. Don Tomás Guardia llegó de visita al Seminario acompañado por don Rafael Barroeta y Baca y el padre Francisco Calvo. La reunión fue de solamente dos horas, pero la amistad que establecieron don Tomás y Thiel duró para siempre.
Aunque el Papa León XIII también dio su visto bueno, fue necesario esperar un año para el nombramiento episcopal. Cuando Thiel fue propuesto como obispo de Costa Rica tenía solamente veintinueve años de edad. Haciendo una excepción a la edad mínima requerida, tras recibir los documentos oficiales desde Roma, Bruschetti consagró a Thiel el 5 de setiembre de 1880 en la catedral de San José y puso fin, entonces, al extenso periodo de sede vacante.
El libro de Monseñor Sanabria sobre este momento histórico está ampliamente documentado. Para poder reconstruir los hechos, Sanabria debió revisar artículos de prensa, memorias de ministerios, correspondencia oficial y privada, libros de actas y hasta una que otra hoja suelta impresa que circuló al respecto. La investigación histórica es minuciosa y detallada hasta extremos impresionantes. Sin embargo, se le puede criticar que su exposición no es para nada objetiva. En ocasiones entra en demasiados detalles y en otras omite brindar datos de importancia. Totalmente parcializado, la simpatía por el Dr. Domingo Rivas y la antipatía por las autoridades civiles son evidentes. Todo lo que pueda hacer quedar mal a don Lorenzo Zambrana o al Dr. José María Castro Madriz, lo expone. Todo lo que pueda afectar la reputacion de la Iglesia, lo calla. Llama testarudos a los de un bando, pero no a los de la acera de enfrente. Con mucha frecuencia, además, pierde el tono. Llama "liberal rabioso" al Dr. Zambrana y "curas farsantes" a quienes se oponían a Rivas. Al describir el torbellino de dimes y diretes desatado durante la vacante, llega incluso a meter causas sobrenaturales en la danza. Los liberales realizaban una "impía tarea" bajo "los estandartes de Satanás", mientras que las acciones del bando contrario eran "inspiradas por el Espíritu Santo" y "acuerpadas por la Divina Providencia."
Al cura cartaginés que montó la farsa de un milagro, lo llama XXX, pero a cuanta persona se manifestó contra las acciones de Rivas la cita por su nombre. Un caso concreto, en que el expediente era claro sobre faltas graves por parte del clero, Sanabria lo resumió diciendo: "Se dijo, se volvió a decir, se juró, se volvió a jurar, se citaron casos y cosas..." sin entrar en detalles que serían, definitivamente, bochornosos.
En un momento llega a justificar lo injustificable y defender lo indefendible. Ante la acusación de que el padre Cabezas se había enriquecido con el contrabando, Sanabria lo elogia porque eso demuestra su buen juicio, ya que muchos practicaron el contrabando sin enriquecerse. Llega hasta el punto de discutir los argumentos planteados por Castro Madriz a favor de la libertad de culto. Los liberales del Siglo XIX no fueron los come curas que Sanabria pinta. Ellos también, a nivel personal, eran católicos y así criaron a sus hijos pero, en la esfera civil, defendían la libertad de pensamiento, de expresión, de prensa y de culto.
Aunque fue un investigador histórico verdaderamente notable, Monseñor Sanabria, en sus libros, se expresa más como sacerdote defensor de la Iglesia que como historiador objetivo. Cosa que, de más está decirlo, se le puede señalar pero no reclamar.
La primera vacante, en todo caso, a pesar de su visión parcializada, es un libro lleno de datos sorprendentes. Vicente Herrera Zeledón y José Joaquín Rodríguez Zeledón, quienes llegaron a ocupar la presidencia de la República, fueron notarios de la curia. Don Félix Mata Valle, el padre del recordado sacerdote don Alberto Mata Oreamuno, era el tesorero. Los amantes de la historia del arte y de la arquitectura encontrarán en este libro datos reveladores. El altar en que celebraba Misa Monseñor Llorente es el que se encuentra actualmente en la iglesia del Carmen. Monseñor Llorente, por cierto, mandó destruir unas pinturas antiguas, de la época colonial, por feas. Y, en cuanto a la construcción de la catedral, se consignan los nombres de Miguel Angel Velásquez, que hizo los planos, de José Quirce, que estuvo a cargo de la construcción y hasta de los maestros de obras que trabajaron en ella.
Sin embargo, quizá el mayor aporte que realiza este libro para nuestra memoria histórica, sea el rescate de la figura de Monseñor Luigi Bruschetti, a quien nadie menciona y nadie recuerda. Su nombre no figura en la lista de obispos de Costa Rica. Por ser Administrador interino, pese a haber inaugurado la Catedral y el Seminario y haber puesto la primera piedra del San Juan de Dios, no podía poner en el muro una lápida conmemorativa con su nombre.
Hombre discreto y reservado, durante los tres años que estuvo en Costa Rica no hizo amistad con nadie. Prefirió mantenerse alejado de todos para que no lo metieran en enredos de chismes ni conflictos de bandos encontrados. Tal vez muchas de las cosas que pudo ver en nuestro país, tanto en materia de Iglesia, gobierno o costumbres, eran muy distintas a lo que él estaba acostumbrado o a lo que se había esperado. Sin embargo, Bruschetti vino, vio y calló. No dejó escrito ningún comentario negativo sobre su permanencia en San José. Sanabria tuvo ocasión de leer las cartas que Bruschetti le escribió a Thiel y en ellas no había reportes ni quejas, solamente consejos.
Una vez terminada su misión, que era nombrar un obispo para Costa Rica, Monseñor Bruschetti, mientras le llegaba de Roma el permiso para retirarse del país, decidió apartarse de todos, del gobierno, de los curas y hasta del nuevo obispo, y se instaló en una casa alquilada en San Pedro del Mojón (hoy San Pedro de Montes de Oca) que, por aquella época, era un sitio remoto, alejado de la capital. Cuando le llegó la carta con el llamado desde Roma, Thiel se encontraba de gira en una zona alejada del país y no pudo despedirse de él. Monseñor Bruschetti viajó a Europa, se entrevistó con el Papa León XIII y fue luego a Cingoli, Macerata, su pueblo natal, a visitar a su familia. Allí murió, el 27 de octubre de 1881, a los cincuenta y cinco años de edad. En su testamento, dejó un fondo al Colegio Pío Latino Americano, para que sus rentas fueran empleadas en brindar ayuda económica a jóvenes costarricenses que estudiaran en Roma.
INSC: 2700

sábado, 9 de septiembre de 2017

Pedro Morel de Santa Cruz recorre Costa Rica en 1751.

Costa Rica en 1751, Informe de una visita.
Pedro Morel de Santa Cruz. Con notas del
obispo Bernardo Augusto Thiel. Fray Vernor
M. Rojas O.P. Convento La Dolorosa.
Costa Rica, 1994.
Las observaciones que el obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz (1694-1768) dejó escritas en el reporte de su visita a Costa Rica en 1751 confirman el aislamiento en que vivían los escasos pobladores durante la época de la Colonia. En su recorrido, no solo visitó Cartago, San José, Heredia, Quepo, Esparza, Bagaces, Las Cañas y Nicoya (Alajuela todavía no se había fundado), sino que llegó hasta sitios realmente alejados y de difícil acceso, como el valle de Matina, en el Caribe y Térraba, Boruca o Talamanca en el sur. Se detuvo también en pueblos pequeños,  como Barba, Aserrí, Pacaca, Curridabat, Tucurrique, Cot, Quircot, Ujarrás o el diminuto La Unión de Tres Ríos, que constaba entonces de siete casas de paja en las que vivían cuarenta indígenas traídos de Talamanca.
Lamentablemente, se desconoce la ruta que siguió. En su informe, empieza por Cartago, la capital, y va citando las poblaciones de mayor a menor. Es de suponer que haya entrado por el Pacífico y, tras recorrer la provincia, haya salido por tierra por el norte, rumbo a León, Nicaragua, que era su sede. Algunas versiones sostienen que el poblado de Santa Cruz, en Guanacaste, lleva ese nombre en honor al ilustre visitante, quien mostró gran interés por el progreso de la región. Frente al templo parroquial de Santa Cruz hay un busto del obispo Morel, pero el origen del nombre del lugar sigue discutiéndose.
Hijo de Pedro Morel de Santa Cruz y de María Catalina de Lora, Pedro Agustín nació en Santo Domingo, en la Isla Española (hoy República Dominicana) en 1694. Se dice que sus padres eran originarios de Santa Cruz de Tenerife, en las Islas Canarias. Muy joven viajó a Cuba, donde fue ordenado sacerdote el 24 de abril de 1718 y se destacó tanto por su dedicación al estudio como por su inmensa capacidad de trabajo. Tras ocupar diversos cargos curiales, en 1749 fue designado por el Papa Benedicto XIV como obispo de Nicaragua y Costa Rica. Recibió la consagración episcopal en Cartagena de Indias el 13 de setiembre de 1750 y, tras cruzar el istmo de Panamá, entró a Costa Rica a inicios de 1751.
Desde la primera mirada, debió de haber cosiderado su diócesis como tierra de misión. Santo Domingo, Santiago de Cuba y Cartagena de Indias ya eran, en aquella época, ciudades con edificios de sólida construcción, iglesias de altos campanarios y calles empedradas, en las que había escuelas, hospitales, cuarteles y mercados llenos de actividad. En Cartago, en cambio, se encontró cuatro iglesias sin torre, con las campanas quebradas, las paredes sucias y el techo lleno de goteras, rodeadas de un puñado de casas de adobe "que causan oscuridad y tristeza", apiñadas en un cuadrante de apenas seis calles de este a oeste y ocho de norte a sur. El terreno era pantanoso, la población se enfermaba con frecuencia y no había médico. La puerta norte de los templos nunca se abría por el frío y el hielo que entraba y un gobernador le describió el clima del lugar como "once meses de invierno y uno de infierno".
Pedro Agustín Morel de Santa Cruz. (1694-1768)
Obispo de Nicaragua y Costa Rica (1749-1753) Arzobispo de Santiago y
La Habana, Cuba (1754-1798). Recorrió Costa Rica en 1751.
En el barrio de Los Angeles, donde vivían segregados los mulatos, las casas eran de paja y no formaban calles pero, anota: "La reina del cielo, que tanto se esmera en favorecer a los humildes, les ha hecho la honra de habitar entre ellos." Morel de Santa Cruz describe la efigie de Nuestra Señora de los Angeles como "de una cuarta de alto". que se venera en una pequeña iglesia. Por iniciativa propia, el obispo Morel dotó de sagrario a las iglesias de la Soledad y de los Angeles y dispuso que el Santísimo permaneciera permanentemente allí. Antes, solamente estaba el templo parroquial.
En el censo que realizó, llegó a estimar la población de Cartago en cuatro mil doscientas ochenta y nueve personas y el día que administró el sacramento de la Confirmación, cerca de la mitad desfilaron ante él para recibirlo.
En Quircot contó cuarenta y cinco personas, en Tobosi, cuarenta y siete y en Cot, setenta y ocho. Todos, anotó, eran muy pobres. En Ujarrás, donde encontró cuatrocientas noventa y seis personas, confirmó a trescientas y, tras el almuerzo, en que disfrutó los bobos que pescó en el río, les enseñó a rezar el rosario. En Curridabat, de las treinta y seis familias que allí vivían, solamente dos estaban compuestas por criollos, las demás eran de indígenas. En Aserrí, de tan solo quinientos sesenta y siete personas, encontró la mejor iglesia de la provincia y un cuartel con ciento cuarenta y siete soldados, de los cuales setenta y dos tenían caballo.
Se ha hecho tristemente célebre el comentario de Morel sobre la iglesia dedicada a San José en la Villita de la Boca del Monte, a la que llama: "la más estrecha, humilde e indecente de cuantas vi en esa provincia."
Los indígenas de Pacaca, que todavía sacaban oro en los ríos de Santa Ana, para no presentarse desnudos ante el obispo, llegaron cubiertos con cortezas de árboles que, en opinión de Morel, "bien pueden servir de cilicio al más penitente".
Se alarmó al no encontrar en Heredia, con tres mil ciento dieciséis personas, a ningún joven que supiera leer y escribir, por lo que ordenó al cura establecer una escuela. Declara haber consagrado óleos en Heredia, por lo que es de suponer que fue allí donde celebró la Misa Crismal de Jueves Santo. En Barba, dice: "los pueblos son incomodados por unos vientos muy furiosos que, en soplando, se siente el mismo frío que en Cartago, pero en suspendiéndose, se introduce un calor que mortifica lo bastante y al mismo tiempo el clima es de todos húmedo."
En Cartago tuvo oportunidad de ver el volcán Irazú y, en su ruta al norte, los que llama "tres volcanes de fuego": Votos, Tenorio y Miravalles.
Dice que Esparza, que en el pasado fue centro importante de comercio, "es hoy en día la mayor desdicha del universo." En Las Cañas contó doce casas y en Bagaces, nueve.
Le llamó mucho la atención que los habitantes de la provincia levantaran sus casas lejos de los caminos. En su viaje, podía pasar el día entero sin encontrarse a nadie, pese a que la zona estaba poblada. Morel no comprende que "quieran evitar la comunicación y la sociedad humana" y se angustia al pensar que, al morir, acabaran sepultados en los campos como si fueran animales.
Cabe anotar que el obispo Bernardo Augusto Thiel, que observó el mismo fenómeno más de siglo y medio después, encontró una explicación distinta. Los habitantes construían sus casas lejos de los caminos, no por afán de aislarse, sino para estar más cerca de sus animales y cultivos.
Tal vez citadas fuera de contexto, las impresiones de Morel de Santa Cruz podrían parecer un tanto despectivas, pero si se lee su reporte completo queda claro que lo que más lo impresionó de Costa Rica fue la pobreza en que vivían los habitantes. Cultivaban la tierra y comían, pero no tenían herramientas, ni muebles. Vio a algunas mujeres elaborar tejidos de algodón y coser vestidos, pero la gran mayoría no tenía ropa que ponerse. Los curas eran escasos. En Cartago había uno y en San José no había. Tampoco contaban los pobladores con médicos ni con maestros. Los libros parroquiales eran llevados con descuido y, hasta su visita, los pocos curas no se preocupaban por realizar censos. En el Valle de Matina, visitó las plantaciones de cacao que no podían prosperar por las incursiones de los Zambos Mosquitos y, en Nicoya, menciona que se estableció un comercio de cebo, vía marítima, con Panamá, que acabó casi exterminando todo el ganado de la zona. 
Grabado de Pedro Morel de Santa Cruz.
Dice Morel que, en sus sermones, consolaba a los habitantes por su situación y, repitiendo el término, declara haber abandonado la provincia con el "desconsuelo" de que gente tan buena no pudiera vivir mejor. Aunque menciona yacimientos de oro en Santa Ana, Morel de Santa Cruz, curiosamente, atribuye el nombre de Costa Rica, a la enorme producción de perlas que hubo en el Pacífico. Cien años después de su visita, durante el gobierno de don Juan Rafael Mora Porras, todavía Costa Rica exportaba perlas. En todo caso, Morel cree que, en algún momento, si se abrieran caminos adecuados para el comercio, el fértil suelo de Costa Rica le permitiría a sus habitantes elevar su nivel de vida.
Morel de Santa Cruz tomó posesión de su sede, en León, Nicaragua, en 1752. Tal parece que también recorrió todo el territorio nicaragüense pero apenas estuvo un año en el cargo, durante el cual puso especial empeño en la construcción del Seminario Tridentino de León y tuvo la experiencia de vivir un fuerte terremoto. En 1753 fue nombrado obispo de Santiago de Cuba, a donde arribó en 1754. Fue Morel de Santa Cruz quien trasladó la sede arzobispal de Santiago a La Habana. Cuando, en 1762, La Habana fue ocupada por los ingleses, Morel se trasladó exiliado a San Agustín, Florida, donde permaneció hasta abril de 1763. En Florida, Morel aprendió el manejo de colmenas y, a su regreso a Cuba, introdujo la apicultura en la isla.
El 7 de marzo de 1767, Morel obtuvo el doctorado en Derecho Canónigo por la Universidad de La Habana. Ya para entonces estaba muy enfermo y había debido solicitar un obispo auxiliar para que le ayudara con el gobierno de la diócesis.
Pedro Agustín Morel de Santa Cruz murió el 30 de diciembre de 1768 y fue enterrado al día siguiente en la parroquia mayor de San Cristóbal de La Habana. Dicho templo fue demolido en 1777 y no se sabe a dónde fueron trasladados sus restos.
El informe que realizó Pedro Morel de Santa Cruz sobre su visita a Costa Rica, fechado el 8 setiembre de 1752, iba dirigido al rey de España Fernando VI. En algunas páginas, incluso, Morel se atreve a pedirle al monarca que favorezca el progreso de esta remota provincia. Una copia del informe, que estaba en los archivos de la curia de San José, fue hallada por Monseñor Bernardo Augusto Thiel, quien la publicó por entregas de febrero a octubre del año 1900 en la revista El Mensajero del Clero.  En 1994, Fray Vernor M. Rojas O.P., publicó un libro con el informe completo de Morel, así como con las esclarecedoras notas aclaratorias de Thiel que son tan interesantes y mucho más extensas que el texto que comenta.
INSC: 2738

domingo, 6 de marzo de 2016

El padre Juan Garita.

El presbítero don Juan Garita.
Virginia Sandoval de Fonseca.
Ministerio de Cultura, Juventud y
Deportes. Costa Rica, 1977.
El padre Juan Garita, además de sacerdote devoto y dedicado, fue periodista, poeta, políglota y autor de tres pequeñas novelas. Fue también el primer costarricense en escribir una letra para el Himno Nacional. Su obra y su figura no es tan recordada como la de sus contemporáneos Pío Víquez, Aquileo Echeverría y Magón.
Rogelio Sotela, primer historiador de la literatura costarricense, en su obra Escritores de Costa Rica (1942), lo llama "precursor del realismo costarricense, poeta popular de fresca y sencilla musa". Deja constancia, además, que los versos de Garita llegaron a ser muy populares entre los campesinos de su época. Curiosamente no menciona su obra narrativa o periodística.
Abelardo Bonilla, en su Historia de la Literatura Costarricense (1957), considera que la obra de Garita cayó en el olvido porque era muy escasa y de calidad inferior a la de Aquileo o Magón. Álvaro Quesada Soto, por su parte, critica los relatos de Garita por el peso de lo religioso en su visión de mundo. ¿Ignoraría acaso que Garita era sacerdote? 
Pese a haber sido hecho a un lado en la historia de la literatura costarricense, la vida y obra de Juan Garita es verdaderamente interesante. Nació el 14 de febrero de 1859, unos dicen que en Tierra Blanca de Cartago y otros que en San Rafael de Oreamuno. Fue el hijo mayor de Juan Garita Víquez y Juana Guillén Mora. La mayoría de notas biográficas consignan, erróneamente, que su padre se llamaba Rosa Garita, cuando en realidad Rosa Garita Sánchez era su abuelo paterno.
Cursó el Bachillerato en el Colegio San Luis Gonzaga y los estudios eclesiásticos en el Seminario de León, Nicaragua. Las biografías suyas dicen que recibió la ordenación sacerdotal el 20 de diciembre de 1884, de manos del Obispo Bernardo Augusto Thiel, sin embargo, el dato genera ciertas dudas. El obispo Thiel fue expulsado de Costa Rica en julio de 1884 y no regresó sino hasta diciembre de 1886, de manera que no pudo haberlo ordenado en diciembre de 1884. Al menos no en Costa Rica. 
En el año 1885, ya como sacerdote en ejercicio, publicó una hoja suelta en que protestaba por la expulsión del país de los padres Rosero y Marino, profesores del Seminario. Dicha protesta le valió una pena de veinticuatro azotes y seis meses de prisión en la isla de San Lucas. 
Hijo de familia pobre, el padre Garita no disponía de recursos propios. Las comunidades en las que sirvió de párroco (Santa Ana, Santa María de Dota, Paraíso, Escazú, Tabarcia, Térraba, Puriscal, Piedras Negras y Tierra Blanca), eran tan pobres que las limosnas que recolectaba en el templo no le alcanzaban para vivir. Entonces, para ganar su sustento, después de celebrar la Misa al amanecer, se iba a las fincas a trabajar como peón. Cogía café, reparaba cercas y cavaba zanjas junto a las cuadrillas municipales. A los campesinos les impresionaba ver a su párroco trabajando a su lado por el mismo jornal que ellos recibían. El padre Garita, en un pedacito de terreno prestado, cultivaba el maíz y los frijoles que consumía.
En sus ratos libres se dedicaba a estudiar idiomas. En el seminario aprendió con facilidad griego y latín. Más tarde llegó a hablar inglés fluidamente. En una ocasión, mientras conversaba con el obispo Juan Gaspar Stork, empezó a intercalar en la charla palabras sueltas en alemán. El prelado intentó desanimarlo: "Padre Garita, ¿Piensa aprender alemán? Eso no le será muy fácil." 
El padre Garita tomó aquella advertencia como un reto y le pidió al obispo que le diera un año para preparar una conferencia en alemán. El obispo, con sonrisa burlona, le respondió: "Si puede hacerlo, queda autorizado." El humilde cura campesino logró dar su conferencia en alemán, no un año sino seis meses después. En sus últimos años de vida, estaba tratando de aprender chino.
Disfrutaba enormemente de la música. Compuso algunas canciones, tocaba violín y guitarra y formó una filarmónica en Tierra Blanca. 
La música del Himno Nacional, compuesta en 1852, no tenía letra. La primera que tuvo fue escrita en 1873 por el colombiano Juan Manuel Lleras. En 1879, mientras era seminarista, el Padre Garita escribió una letra para el Himno Nacional que poco a poco empezó a desplazar la de Lleras. En 1888, cuando ya la letra del padre Garita se había impuesto, el profesor español Valeriano Fernández Ferraz escribió otra letra. Desde 1888 hasta 1903, en los actos cívicos se cantaba el Himno con cualquiera de las dos letras, la de Garita o la de Ferraz. En 1903, por medio de un concurso, se eligió "Noble patria tu hermosa bandera" de José María, Billo Zeledón, que es la que se canta desde entonces. El himno nacional ha tenido entonces cuatro letras: dos de costarricenses (Garita y Zeledón), una de un colombiano (Lleras) y otra de un español (Fernández Ferraz).
Como periodista, el padre Garita, además de publicar colaboraciones en el Eco Católico y otros periódicos seglares, editaba su propia revista llamada Hogar Cristiano, en la que aparecían sus famosos Diálogos campesinos. En vez de soltar editoriales pesados o notas llenas de datos, el padre Garita se refería a los temas de actualidad por medio de conversaciones casuales de un par de amigos que se encontraban en la calle. Escritos en lenguaje popular, llenos de palabras y expresiones muy ticas, los Diálogos campesinos tenían con frecuencia como protagonista a un personaje llamado Tío Berrinche, especialista en poner el dedo en la llaga. Aunque en los diálogos era jocoso, sus artículos firmados sobre temas políticos eran bastante pesimistas.
El padre Garita escribió tres novelas breves, hoy prácticamente inconseguibles. Pude leerlas gracias a que el libro El presbítero don Juan Garita, de Virginia Sandoval de Fonseca, las incluye completas. Clemente Adán, fue publicada por entregas en el Eco Católico entre mayo y julio de 1901. Conchita fue editada como libro en 1904. Y Juanita Ruiz (Los héroes inéditos) apareció en El independiente en noviembre de 1911. Se dice que el padre Garita escribió una cuarta novela, pero no se conserva ni el título. 
Clemente Adán cuenta la historia de un subdiácono de la época de la Colonia que, tras un período de enfermedad, se interna en el bosque y acaba viviendo entre los indígenas de Guatuso. Tiene su toque de aventura y suspenso. Juanita Ruiz (Los héroes inéditos) está también cargada de aventuras. Una pareja joven de Esparza debe huir y acaba refugiándose en la Isla del Caño. Sin mencionar su nombre, en esta obra muestra cómo, en la época del General Tomás Guardia, hasta una denuncia anónima de conspiración podía llevar a un inocente a la cárcel. El obispo Thiel, este sí bien nombrado e identificado, es personaje de la novela. Conchita es un relato inspirado en un hecho real. Esta historia, sentimental y compleja, es, en mi opinión, la mejor lograda de las tres novelas de Garita. Imaginándome los escenarios, los personajes y los acontecimientos, me pareció perfecta para ser adaptada en una película breve.
Algunos críticos, Álvaro Quesada Soto entre ellos, han calificado como ingenuas y pobremente construidas las novelas de Garita. La misma crítica podría hacerse a las de Manuel Argüello Mora, otro narrador fundacional de la literatura costarricense, también hecho a un lado por los historiadores literarios. Tanto el interés del público como los recursos de edición disponibles en aquella época hacían imposible la publicación de obras extensas y complejas. 
Un dato interesante. Los historiadores literarios afirman que el costumbrismo estuvo limitado, tanto en temas, personajes, escenarios y público, a la meseta central y no sería sino hasta la generación del cuarenta, con Manglar (ambientada en Guanacaste) y Mamita Yunai y Puerto Limón (ambientadas en el Caribe), que la literatura costarricense se refirió a las costas. Pues bien, la historia de  Juanita Ruiz (Los héroes inéditos) empieza en Esparza, sigue en Puntarenas, pasa a Térraba, se detiene un momento en la isla del Caño, vuelve al puerto y termina en Esparza. Esta novela debería ser reconocida al menos como el primer paseo literario por la costa pacífica del país.
Juan Garita Guillén (1859-1914)
Sacerdote, periodista, poeta y narrador.
El padre Juan Garita escribió antes que Magón, que Aquileo o que Joaquín García Monge. Estos tres escritores muestran a los campesinos como personajes ingenuos y en gran medida pintorescos. Escriben sobre ellos con cariño y benevolencia pero, tal vez sin percatarse, en muchas ocasiones los caricaturizaron. Ni Magón, ni Aquileo, ni García Monge cogían café, ni cavaban zanjas, ni reparaban cercas, ni cultivaban la tierra. El padre Garita sí. Pese a dominar varios idiomas y haber estudiado Filosofía y Teología, el padre Garita, hijo de campesinos, fue toda su vida un campesino. No hay, en toda su obra, ni una sola burla a los peones descalzos. Si utiliza el lenguaje campesino, es porque era el suyo también.
Por cierto, me llamó poderosamente la atención que la palabra "salveque" o la expresión "no me cuadra" por "no me gusta", fueran comunes desde hace más de cien años.  
Los versos del padre Garita fueron publicados como libro en 1908 con el título Composiciones poéticas. Fábulas y fabulillas. Son, como dijo el poeta Rogelio Sotela, frescos y sencillos. Escribía poemas sobre gallinas, bueyes, yigüirros y otros animales para deslizar preocupaciones sociales o filosóficas. No hay en su poesía temas enigmáticos ni estructuras complejas. Dejó escritas críticas a los poetas grandilocuentes. "Yo les perdonaría ese modo de decir a los sabios de verdad, que siempre resultan claros, pero no a los aprendices, pues se me figura que ni ellos entienden lo que ponen. Yo me figuro que el escribir decente consiste en usar bien las reglas de la gramática y no en escoger palabras desconocidas para una cosa conocida."
En su poema Receta para componer versos, en tono irónico aconseja al aprendiz de poeta lo que debe hacer para conquistar la gloria: 

Entresaca un costal de consonantes
vengan o no con materia prima
ponlos en runflas, perlas y diamantes
y ellos solitos buscarán la rima.

De las cosas maldice y de los hombres
pero en lenguaje que ni tú comprendas
nunca llames las cosas por su nombre
así fama tendrás sin soltar prendas.

El poema Los cuatro borricos y el que dedica Al Aguacate son una verdadera delicia de ingenuo y humor. Su poema El mundo, dedicado a don Aquileo Echeverría, pese a ser de tono un tanto pesimista, tiene también sus guiños cómicos.
El padre Juan Garita Guillén murió el 18 de enero de 1914. Fue sepultado en el atrio de la iglesia de Tierra Blanca pero, en 1969, sus restos fueron trasladados al cementerio local. 
INSC: 1854

domingo, 19 de julio de 2015

Rubén Darío en Costa Rica.

Rubén Darío en Costa Rica. Diez cuentos
seleccionados por Luis Ferrero Acosta.
Ministerio de Educación Pública.
Costa Rica, 1967.
Rubén Darío estuvo en Costa Rica solamente una vez, pero su permanencia en el país se prolongó por nueve meses, del 24 de agosto de 1891 al 15 de mayo de 1892. Cuando arribó, Darío ya era una figura conocida debido a que los cuentos y poemas de su libro Azul, publicado en Chile en 1888, fueron reproducidos por numerosos periódicos tanto en España como en América Latina, incluidos, naturalmente, los de Costa Rica. En 1890 se había publicado en Guatemala una edición de Azul corregida y aumentada, de la cual Darío trajo varios ejemplares para vender en sus presentaciones.
Aunque su fama llegaba antes que él a donde fuera, Darío era por entonces un hombre joven. Vino recién casado y durante su estancia en San José cumplió sus veinticinco años de edad y nació su primer hijo. La historia de amor de Darío con su esposa, Rafaelita Contreras Cañas, empezó dulce y acabó trágica. Se conocían desde que eran niños en León, Nicaragua y, además de estar muy enamorados, compartían la pasión por la literatura. Con el pseudónimo de Stella, Rafaelita publicó cuentos en diversas revistas de Nicaragua, El Salvador y Guatemala. En El Salvador, Darío trabajaba para el  presidente Francisco Menéndez Valdivieso, quien le tenía gran afecto y respeto y, lo más importante, le pagaba bien. Con buenos ingresos y protegido a la sombra del poder, Darío contrajo matrimonio civil el 22 de junio de 1890. Pero ese mismo día, de manera sorpresiva, fue derrocado el presidente Menéndez. La joven pareja, que seguramente soñaba con una vida serena y estable, debió abandonar El Salvador al día siguiente de la boda. Darío, en su Autobiografía, se declara muy agradecido con el presidente Menéndez y, precisamente por ese agradecimiento, prefiere no referirse a las razones de su caída. 
Rubén Darío (1867-1916)
Rubén y Rafaelita se instalaron brevemente en Guatemala, donde celebraron su matrimonio por la Iglesia y el poeta fue nombrado director de El correo de la tarde, que era el diario que defendía las acciones del gobierno. Cuando ese periódico dejó de publicarse, Darío y su esposa debieron buscar buscar nuevos rumbos. Como la familia materna de Rafaelita era costarricense optaron por mudarse a Costa Rica.  A una semana de haber llegado, el poeta salvadoreño Francisco Gavidia, quien había sido testigo de la boda de Darío en El Salvador y era por entonces director de La Prensa Libre, le dio trabajo en la redacción. Días después (el 3 de setiembre de 1891), sin remover a Gavidia, Darío fue nombrado director del periódico. Curiosamente, en el vestíbulo de La Prensa Libre no hay ni placas ni retratos que recuerden a esos dos grandes escritores que ocuparon juntos la dirección del decano de la prensa nacional.
Como Darío no tenía más ingresos que las remuneraciones por sus artículos, pese a trabajar en La Prensa Libre, publicó numerosas colaboraciones en otros periódicos, entre ellos El Diario del Comercio y El Heraldo de Costa Rica, este último dirigido por Pío Víquez. Dio recitales y conferencias en Cartago, Heredia, San José y Alajuela. El 15 de setiembre de 1891 asistió a la inauguración del Monumento a Juan Santamaría y escribió un artículo titulado Bronce al soldado Juan, en que se refirió a la discusión, acalorada por aquel entonces, sobre si Juan Santamaría había nacido en Alajuela o en Barba de Heredia. Como parte de su labor periodística, Darío publicó editoriales, obituarios, reseñas de libros, reportajes, sus impresiones sobre los pueblos de Costa Rica que visitaba y, por supuesto, numerosos poemas y relatos. Escribía sobre cualquier tema y publicó, por ejemplo, un artículo sobre lo importante que es el ejercicio físico para mantener la salud. Al referirse a la política, era cuidadoso y trataba de no levantar roncha pero, a pesar de su prudente delicadeza y diplomacia, lograba dejar clara su posición e invitaba a los lectores a reflexionar sobre ciertos asuntos preocupantes. Darío y Gavidia, juntos, entrevistaron a Antonio Saldaña, el último rey bribrí de Talamanca.  Aunque Darío rehuía la confrontación, mantuvo dos polémicas por la prensa. Una con su compatriota el periodista granadino Enrique Guzmán, con quien había llegado a Puntarenas en el mismo barco, y otra con un sacerdote que firmaba con pseudónimo del que nunca se supo el nombre.
Rafaela Contreras Cañas. Stella. (1869-1993)
Primera escritora costarricense.
En su Autobiografía, Darío enumera a los amigos de su tiempo en Costa Rica: el Ingeniero Lesmes Jiménez, don Cleto González Víquez, don Ricardo Jiménez Oreamuno, don Rafael Yglesias Castro, Pío Víquez, el general cubano Antonio Maceo y el salvadoreño Tomás Regalado. En el grupo no menciona a su hermano del alma, Aquileo Echeverría, ya que a él lo conocía de mucho antes, cuando habían trabajado juntos en Guatemala y El Salvador. Aquileo publicó sus Concherías en Costa Rica en 1905, pero la edición que se realizó en Barcelona en 1909, así como todas las siguientes, vienen con el famoso prólogo de Rubén Darío que, después de elogiar todo lo que tiene Costa Rica en abundancia, dice: "Costa Rica tiene además un poeta: Aquileo Echeverría."
Otro gran amigo de Darío fue Jorge Castro Fernández, hijo del Dr. José María Castro Madriz. Cuenta la leyenda que, muchos años después, Jorge, que ya había fallecido, se le apareció a Darío para confirmarle que había vida después de la muerte. Esa, por cierto, no es la única anécdota legendaria de las muchas que se cuentan. Se le atribuye, por ejemplo, haber afirmado que los ticos no hacemos revoluciones armadas porque nos da miedo que los tiros rompan los vitrales del Teatro Nacional. Darío nunca dijo eso. La construcción del Teatro Nacional se inició en 1893, cuando Darío ya se había ido de Costa Rica. El Teatro Nacional, además, no tiene vitrales.
La ciudad de San José en la que vivió Darío era un pueblo de casas de adobe y teja. Los únicos edificios grandes eran la Catedral, la Fábrica de Licores, el Hospital San Juan de Dios, el Seminario y el Hospicio de Huérfanos. El comercio constaba de ocho almacenes, dieciséis tiendas, tres cervecerías, siete ventas de materiales de construcción, unas cien pulperías y cuatro librerías. Darío publicó un aviso, en La Prensa Libre, que decía: "Azul. Por Rubén Darío. El libro de moda! Se vende en la Librería de Montero. Hay pocos ejemplares."
Rubén Darío. Grabado de Francisco Amighetti.
El Club Internacional, donde se reunían los ricachones, tenía una biblioteca de cinco mil volúmenes, pero como Darío no era miembro del club, iba a leer a la Biblioteca Nacional, ubicada en la Universidad de Santo Tomás, que apenas tenía tres mil volúmenes. En la sala de lectura de la Biblioteca, Darío entabló amistad con los jóvenes estudiantes que la frecuentaban, entre ellos Roberto Brenes Mesén.
Había tres hoteles, pequeños pero muy elegantes. El Gran Hotel de G. de Benedictis, el Hotel Roma de don José Sacripanti y el Hotel Francés de José Vigne. Darío no tenía para hospedarse en un hotel, sino que alquilaba una casita pequeña en el número 265 de la Calzada del Paso de la Vaca, actual calle ocho norte. Allí, el 12 de noviembre de 1891, nació su primogénito Rubén Darío Contreras. El día anterior, Darío se había quedado sin trabajo ya que, junto con Gavidia, fue despedido de La Prensa Libre. Rafaelita, su esposa, había quedado muy débil tras el parto y Darío, desempleado, debió firmar pagarés por las consultas médicas y las medicinas. Aunque la situación de Darío empezaba a tornarse deseperada, mantenía buenas relaciones con las altas esferas sociales. Su hijo fue bautizado por el obispo Bernardo Augusto Thiel y sirvieron de padrinos don Lesmes Jiménez y doña Margarita Foxá, esposa de don Julio de Arellano, ministro español acreditado en Costa Rica.
Sin trabajo fijo, con la esposa enferma, alquilando casa y con un hijo recién nacido, la vida de Darío se hizo muy difícil en Costa Rica, donde no conseguía oportunidades para salir adelante. Quería viajar de nuevo a Guatemala, para ver si encontraba allá alguna forma de arreglar su situación, pero si no contaba con recursos ni para hacer frente a sus gastos ordinarios, mucho menos tenía para un pasaje en barco. Don Lesmes Jiménez, el padrino de su hijo, le dio a Darío el dinero para el viaje. Al entregárselo, puso en sus manos también un sobre en el que estaban todos los pagarés firmados por el poeta. Don Lesmes había pagado todas sus deudas que ascendían casi a los dos mil pesos.
Darío partió solo a Guatemala y envió a su esposa y a su hijo a El Salvador. Poco después, Darío viajó a España en 1892, como enviado del Presidente nicaragüense Roberto Sacasa con motivo de las fiestas del cuarto centenario del viaje de Cristóbal Colón. A su regreso a Nicaragua, recibió la noticia de que Rafaelita, su esposa, había fallecido en enero de 1893 en El Salvador. Tenía solamente veinticuatro años de edad. Rafaelita, hija del hondureño Álvaro Contreras y de la costarricense Manuela Cañas, había nacido en Costa Rica en 1869 y, por los numerosos cuentos que publicó en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, en los periódicos dirigidos por su marido, es considerada la primera escritora costarricense.
Darío, que nunca regresó a Costa Rica y no pudo despedirse de Rafaelita, perdió también contacto con su hijo.
Cuando Rubén Darío falleció, en 1916, su muerte fue muy lamentada en Costa Rica, donde se le recordaba con admiración y gran cariño. El tiempo que pasó en Costa Rica no fue nada fácil para él, pero todas las páginas que escribió sobre nuestro país están llenas de imágenes alegres y afirmaciones elogiosas.
Teodoro Picado Michalski (1900-1960)
Presidente de Costa Rica de 1944 a 1948.
Cuando era un joven estudiante de Derecho,
antes de cumplir veinte años de edad,
recopiló en dos tomos todos los artículos
que publicó Rubén Darío en Costa Rica.
Un joven estudiante de Derecho, gran admirador del poeta, se dio a la tarea de recopilar todas sus publicaciones en Costa Rica. Revisó uno por uno los ejemplares de los periódicos de la época y, con el auspicio de don Joaquín García Monge, publicó la antología completa de sus artículos en dos tomos, el primero de 150 páginas en 1919 y el segundo de 110 páginas en 1920, ambos con el título de Darío en Costa Rica. La recopilación es minuciosa. Cada artículo viene con la fecha y el nombre del periódico en que fue publicado. El primero está fechado el 2 de setiembre de 1991 y el último el 12 de junio de 1892.
Darío en Costa Rica, fue además la primera recopilación de la obra periodística del poeta. Pasarían muchos años antes de que en Nicaragua, Argentina, Chile, Guatemala, El Salvador o España, países en los que Darío ejerció el periodismo, se emprendiera un proyecto semejante.
El joven estudiante de Derecho que compiló las publicaciones de Darío en Costa Rica era Teodoro Picado Michalski, quien sería Presidente de la República de 1944 a 1948 y, tras la guerra civil que lo obligó a abandonar el cargo, se trasladó a vivir a Nicaragua, donde finalmente murió. Don Teodoro nunca fue invitado a formar parte de la Academia Costarricense de la Lengua, pero sí fue nombrado miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua.
El libro de Picado sobre Darío, de más está decirlo, no se consigue en ninguna parte. Hay que ir a consultarlo a la Biblioteca Nacional.
En 1967, centenario del nacimiento de Rubén Darío, por iniciativa de Luis Ferrero Acosta, el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica editó un pequeño folleto con diez de los cuentos que Darío publicó en Costa Rica. Supongo que algunos fueron escritos aquí, mientras que otros los trajo en la valija. Valdría la pena averiguar a cuántos y cuáles de sus relatos fueron concebidos, escritos y publicados por primera vez en Costa Rica.
INSC: 1771

martes, 3 de febrero de 2015

Los cuentos de Magón: un clásico de la literatura costarricense.

Cuentos de Magón. Manuel González
Zeledón Magón. Editorial Costa Rica,
2001.
En el prólogo de este libro, León Pacheco afirma que nadie es más tico que Magón. Tal vez esté en lo cierto. Durante el siglo XIX y principios del XX, varios autores escribieron cuadros de costumbres sobre la vida en Costa Rica, pero los cuentos de Magón y las Concherías de Aquileo Echeverría fueron las obras que llegaron a convertirse en fundamentales. Costa Rica es un país tan joven que los autores de los clásicos de nuestra literatura nacieron en el siglo XIX y murieron en el XX.
Manuel González Zeledón, que firmaba sus cuentos como Magón, nació en San José en la noche buena de 1864. En 1906 se trasladó a los Estados Unidos, donde fue Cónsul de Costa Rica en Nueva York y Ministro y Encargado de Negocios de nuestra embajada en Washington. En 1936, ya muy enfermo, regresó a Costa Rica solamente para morir en su tierra.
Además de su trabajo como abogado y diplomático, Magón escribía cuentos en los que, con tanto cariño como ironía, retrataba la vida modesta y sencilla de aquella sociedad austera y un tanto primitiva que era nuestro país en aquel entonces. Nadie recuerda hoy las labores profesionales de Magón, pero sus cuentos siguen leyéndose y continúan generando sonrisas ya que, como las Concherías de Aquileo, están llenos de personajes pintorescos y situaciones absurdas. Cuando miro a Cuba, con su gran José Martí, o a Nicaragua con su sublime Rubén Darío, me llama poderosamente la atención el hecho de que en la literatura costarricense se considere como nuestros dos grandes autores a Magón y Aquileo, dos escritores modestos que cultivaban sabrosamente el humorismo sin tomarse muy en serio a sí mismos. Eran escritores sin grandes pretensiones que tenían como tema y como público a una comunidad pequeña también sin pretensiones de grandeza. Magón publicaba sus cuentos en los periódicos y la primera edición que los recopiló todos en un solo libro apareció en 1947, nueve años después de su muerte.
Recuerdo como si hubiera sido ayer el día que don Álvaro Arana Ballar, mi maestro de tercer grado de primaria, leyó en clase Para justicias el tiempo, un cuento en el que un hombre abusivo engaña a un niño para quitarle su asiento en el circo sin sospechar que, varios años después, el niño tendría la oportunidad de vengarse. Ya en la secundaria, leí El clis de sol. Un campesino de piel morena bastante oscura, le presenta a Magón a sus dos hijas, unas gemelitas rubias como la cerveza.  La madre es también morena. La razón por la que las niñas nacieron rubias, explica el orgulloso padre, es que durante el embarazo hubo un eclipse de sol. Magón, intrigado, le pregunta de dónde sacó esa idea y el campesino declara que eso fue lo que le dijo el maestro italiano rubio que come en su casa desde hace años. También en la secundaria leí la conmovedora novelita La propia, el más extenso de sus relatos, sobre un hombre que pierde su fortuna y eventualmente hasta su libertad, por una infidelidad que acabó en crimen pasional. Arruinado y preso, aquel mal marido que se comportó como un idiota y un patán, recibe la visita de su esposa que, a pesar de todo lo que le hizo, de alguna manera seguía amándolo.
Verdaderamente humorísticos son Quiere usted quedarse a comer, sobre los apuros que se pasan cuando se debe preparar a toda prisa una comida más o menos presentable para un visitante inesperado y Usufructo, sobre unos candelabros de plata que donde menos estaban era en casa de la dueña, ya que todo el mundo los pedía prestados para decorar rezos y velorios.
Manuel González Zeledón. Magón.
1864-1936
Los Cuentos de Magón incluyen también sabrosas anécdotas sobre acontecimientos históricos. En Mi primer empleo se menciona al General Tomás Guardia y al Obispo Bernardo Augusto Thiel. En Qué hora es se cuenta cómo el General Antonio Maceo logró salir de Costa Rica rumbo a Cuba, para sumarse a la lucha por la independencia, mientras un doble que ni siquiera hablaba español se paseaba por San José haciéndose pasar por él.
Magón escribe sus cuentos deleitándose en el repaso de los detalles y reproduciendo la manera de hablar de sus personajes. Con cierta frecuencia, el lector se encuentra con palabras cuyo significado desconoce. Hay expresiones que aunque eran comunes hace un siglo y se escucharon hasta hace poco, han caído totalmente en el desuso. Además, es probable que los lectores más jóvenes no sepan qué es un horcón o un atado de dulce. Por ello, las ediciones más recientes de los Cuentos de Magón incluyen un glosario en las páginas finales.
Curiosamente, mientras el vocabulario de estos relatos se vuelve cada vez más difícil de comprender, los títulos de los Cuentos de Magón se han convertido en expresiones que forman parte del vocabulario del costarricense. Cuando un tico se entera de que alguien que hizo una trastada finalmente recibió su merecido exclama "Para justicias el tiempo". Cuando mira un niño que no se parece a sus padres dice que es "un clis de sol" y cuando tiene una relación seria y estable con una mujer la llama "la propia".
No me atrevería a calificar ninguno de los cuentos de Magón como mi favorito, pero cada vez que tengo el libro en mis manos hay uno que siempre leo de primero. Se trata de Un día de mercado en la Plaza Principal. El relato es muy simple, solamente cuenta que el saco donde llevaba la compra se le rompió y dejó frutas y verduras regadas por el suelo. Lo que me fascina de este relato es la descripción detallada y minuciosa que hace del lugar, los vendedores, el público, la mercadería y la dinámica con que funcionaba todo. En aquellos años el mercado no era un lugar, sino un día. Un día en que los pobladores de San José se despertaban muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, por el ruido que hacían las ruedas de las carretas de bueyes que venían cargadas a la capital desde lugares tan lejanos como Santa Ana. El mercado se montaba frente a la Catedral y cada vendedor levantaba un puesto con armazones de madera y techo de manta. En un sector estaban las frutas, en otro las verduras, en otro los herreros que ofrecían hachas, machetes y herramientas. Aparte estaban los hojalateros con ollas, sartenes, cuchillos y tijeras. El jabón lo elaboraban en grandes bloques y los vendedores, armados de una regla y un cuchillo, partían trozos a gusto del cliente. Los compradores llevaban un canasto y un saco. Con el canasto iban de puesto en puesto y, cuando el canasto estaba lleno, vaciaban su contenido en el saco. Mientras hacían sus compras, dejaban el saco en cualquier esquina sin nadie que lo cuidara. "Andá compráte las vainicas; aquí te espero, y si no me hallás aquí, las echás al saco y te me juntás en la venta de cacao de ñor Bejarano."
Magón escribe sobre una Costa Rica que yo no conocí. Desde que tengo memoria el parque frente a la Catedral tiene su quiosco enorme y me resulta difícil imaginármelo como mercado. Sí alcancé a bañarme en la poza de un río y a ver pasar carretas de bueyes frente a mi casa. Las nuevas generaciones de ticos, para poder nadar en un río deben ir bastante lejos de San José y solamente ven carretas de bueyes el día del desfile. Esa Costa Rica que ya no existe no podemos añorarla quienes no la conocimos, pero por alguna extraña circunstancia, tal vez por una fibra de memoria colectiva que se tensa, los cuentos de Magón provocan nostalgia.
Magón fue declarado Benemérito de la Patria en 1953. Desde 1961, el máximo reconocimiento y homenaje que otorga el Estado de  Costa Rica a quien haya dedicado su vida entera a la promoción de la cultura se llama Premio Magón.
INSC: 1299

domingo, 16 de noviembre de 2014

¿Qué leían los abuelos?

El que quiera divertirse. Iván Molina.
EUNA EUCR, Costa Rica, 1995.
Este libro me sacó de una duda. Siempre me había preguntado por qué, en la literatura costarricense, la poesía no había llegado tan alto como la novela. Mientras en otros países latinoamericanos las grandes figuras literarias son poetas, en Costa Rica son novelistas. Rubén Darío llegó a decir que en Costa Rica la poesía no se daba bien y hay que reconocer que tenía razón. A principios del Siglo XX los poetas eran escasos y poco interesantes. Para entonces ya teníamos, en cambio, bastantes novelas meritorias. La generación del cuarenta fue eminentemente de novelistas: don Joaquín Gutiérrez, Fabián Dobles, Carlos Luis Fallas y Yolanda Oreamuno. Max Jiménez es más audaz como novelista que como poeta. Todos ellos nos legaron novelas formidables.
En la poesía no nos ha ido tan bien. Nunca tuvimos un gran romántico, ni un gran postromántico, ni un gran modernista, ni un gran vanguardista, como sí los hubo, en abundancia, en otros países vecinos. En materia de poesía no es sino hasta muy recientemente que han aparecido voces de peso.
Tras las grandes novelas de los años cuarenta, en Costa Rica continúan apareciendo novelas de gran valor. La poesía escrita por ticos, a pesar de las honrosas y cada vez más numerosas excepciones, continúa siendo desabrida y anticuada.
¿Por qué en Costa Rica se desarrolló más la novela que la poesía?
Encontré la respuesta, o al menos una explicación digna de tomarse en cuenta, en el libro El que quiera divertirse, de Iván Molina. Es un libro sobre libros, verdaderamente interesante.
La investigación muestra las obras que formaban parte de las colecciones privadas más antiguas de que se tiene noticia, cuáles eran los temas y títulos más frecuentes y cómo la composición de las bibliotecas fue variando dependiendo de ciertos acontecimientos como la independencia, la exportación de café, la introducción de la primera imprenta y la consolidación del Estado Nacional.
Molina expone paso a paso cómo el libro fue sufriendo una metamorfosis que, partiendo de ser un objeto valioso, llega a bifurcarse en arma ideológica, fuente de información útil o de estímulo recreativo.
Durante la Colonia, eran pocos los que sabían leer y escribir e, incluso entre ellos, más pocos los que tenían libros. El libro era un objeto tan raro como una joya. Se atesoraban como los candelabros de plata, no tanto para usarlos como para venderlos y heredarlos. En la investigación se consigna que un cura le dejó de herencia veintiocho libros a una pareja analfabeta. En aquella época, la mayoría de los libros de los que se tiene noticia eran religiosos.
En 1814, con la fundación de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, era de imaginarse que la circulación de libros aumentaría, pero no fue así. El presupuesto se iba en cubrir el sueldo de los maestros y, solamente si sobraba algo, se mandaba a traer algún libro. La Casa de Enseñanza de Santo Tomás nunca tuvo una gran biblioteca. Los estudiantes y los maestros tampoco eran aficionados a consultarla. Se conserva el testimonio de un viajero alemán que pudo ver los libros en armarios con puertas de vidrio pero, como nadie sabía dónde estaba la llave, tuvo que hacerse una idea de la biblioteca revisando las grasientas páginas del catálogo.
Hubo también por esa época una biblioteca abandonada en un galerón en el que se almacenaba carne de cerdo.
Gracias a Ricardo Jiménez Oreamuno y Pedro Pérez Zeledón, entonces dos jóvenes abogados, la biblioteca de Santo Tomás se vio enriquecida con libros de ensayos laicos, modernos e ilustrados.
La Universidad de Santo Tomás cerró en 1888 y sus tres mil seiscientos cincuenta y tres volúmenes se convirtieron en el arranque de la Biblioteca Nacional.
Unas décadas antes, en 1856, se fundó en San José la librería El Álbum y hubo un momento en que había más ejemplares y más títulos en esta librería que en la biblioteca.
Gracias al establecimiento de El Álbum, empezó a despertar en Costa Rica el gusto de la lectura como una forma de entretenimiento. Hasta entonces los libros eran vistos como objetos vendibles y heredables (por los que no leían) o como fuentes de información (por los que leían).
La literatura de ocio no fue recibida con buenos ojos. El obispo Bernardo Augusto Thiel advertía que "ningún género de escrito infiltra más suave y mañosamente el veneno de la incredulidad y de la corrupción que el de la mala novela, que ha sido piedra de escándalo contra la cual se han estrellado la fe y las buenas costumbres de una gran parte de nuestra sociedad." Los liberales también tacharon de superfluo el pasatiempo de leer, pero las clases altas, enriquecidas por el café, queriendo darse aires de gran mundo, se deleitaban con las novelas de Dumas y Sir Walter Scott.
En la Librería Española, fundada por el catalán Vicente Lines en 1884, se vendían libros de Tostoi y de otros autores europeos. Desde cincuenta años antes, por cierto, en los periódicos aparecían novelas por entregas.
No solo la importación, sino la impresión de libros en Costa Rica, creció constantemente debido a la demanda de un público aficionado a leer en las tardes de lluvia. Tomando en cuenta el alto analfabetismo que tuvo nuestro país hasta bien entrado el Siglo XX, y considerando también el hecho de que los libros no eran baratos, resulta asombrosa la producción editorial en la segunda mitad del Siglo XIX. En la década de 1850 se publicaron en nuestro país cincuenta y un libros. Setenta y uno en la década de 1860. Noventa y siete en la de 1870. Ciento sesenta y ocho en la de 1880 y trescientos dos en la de 1890. Entre 1903 y 1914, por otra parte, se publicaron ciento un revistas y ochenta y seis periódicos.
¿Qué era lo que tanto leían los abuelos? Ante todo, y sobre todo, novelas. En la oferta de la librería El Álbum, en 1858, figuraban ciento sesenta y tres títulos de novelas y solamente veintidós títulos de libros de poesía. Ese dato, considerando el desarrollo posterior de nuestra literatura, es más que elocuente. Los escritores costarricenses estaban familiarizados con distintos tipos de novelas de diversos autores y disponían de poca información sobre los nuevos caminos que se había abierto la poesía. Eso explica por qué, en Costa Rica, las grandes novelas se cuentan por docenas y los libros de poesía realmente valiosos con los dedos de la mano.

INSC: 1191



lunes, 27 de octubre de 2014

La biografía que quiero leer.

Bernardo Augusto Thiel. Monseñor
Víctor Manuel Sanabria. Editorial
Costa Rica, 1982.
Benjamín Disraelí decía "Cuando quiero leer un libro, lo escribo." Ojalá uno pudiera decir lo mismo. Hay libros que me gustaría leer pero que sé que no puedo escribir. Uno de ellos es una biografía amplia y detallada del obispo Bernardo Augusto Thiel.
Monseñor Sanabria escribió un libro sobre Thiel, lo conozco y lo he leído con atención. Es interesante pero tanto como documento histórico como como biografía, se queda corto. El libro de Sanabria tiene varios lados flacos. Para empezar, es un libro sobre un obispo escrito por otro obispo, de manera que es totalmente acrítico y parcializado, casi hagiográfico. Thiel es el héroe que lucha contra las fuerzas del mal que pretenden destruir la Iglesia. Las posiciones de los liberales, muchas de ellas perfectamente razonables, no encuentran en la obra de Sanabria ni la más mínima voluntad de comprensión. Todo lo contrario, el autor llega al punto de permitirse tildar con calificativos burdos y hasta groseros, a los intelectuales que, en el Siglo XIX y como parte del proceso de consolidación de la República, buscaron establecer límites claros entre las esferas que competían al Estado y a la Iglesia. Un ejemplo: en 1888 el obispo Thiel se opuso a la creación del Registro Civil. En su opinión, el Estado no tenía por qué llevar el registro de nacimientos, matrimonios y defunciones ya que de eso se había encargado desde los tiempos de la Colonia, y bastante bien, la Iglesia. Que el Estado instalara su propio registro en nada afectaría la acción de la Iglesia, pero Thiel veía en la nueva institución un intento de hacer la Iglesia a un lado. A Thiel puede disculpársele esta falta de comprensión, a Sanabria, cuarenta años después, no.
El libro de Sanabria está abundantemente documentado. La afición de Sanabria a la historia eclesiástica no solo lo hizo pasar largas horas revisando el archivo eclesiástico, sino que lo organizó de manera tan eficiente que ha sido de mucha utilidad para investigadores posteriores. Sin embargo, su libro no puede ser considerado una biografía de Thiel ya que, al concentrarse en su ejercicio episcopal, deja por fuera todas sus otras interesantes facetas.
Vale la pena hacer un recuento. Además de clérigo, Monseñor Thiel era políglota y lingüista. Fue el primero en estudiar las lenguas indígenas en Costa Rica. Escribía obras de filosofía y teología que eran publicadas en Alemania por la prestigiosa editorial Herder. Era un lector y escritor compulsivo, amante de la información detallada. Realizó el primer estudio demográfico de Costa Rica con datos que se remontan hasta donde la documentación disponible se lo permitió. Dictaba clases y examinaba en persona a los estudiantes del seminario. Escribía diarios detallados sobre todas sus actividades. En tren, carreta, a caballo o a pie, visitó todas las poblaciones de su diócesis que abarcaba todo el país. Ya a nivel personal, coleccionaba monedas y estampillas, jugaba ajedrez y era muy hábil para los manejos financieros.
Thiel nació en Elberfeld, Alemania en 1850 y a los veinticuatro años, en París, fue ordenado sacerdote de la orden lazarista, fundada por San Vicente de Paul. Eran los años de la Kulturkampf de Bismark, cuyas reformas acabaron enfrentando al Estado alemán con el partido Zentrum de los católicos alemanes. Estuvo tres años en Ecuador, donde también había conflictos entre la Iglesia y el Estado, de 1874 a 1877, y luego fue trasladado a Costa Rica.
Aunque, como se dijo, Thiel era un hombre culto y estudioso, al igual que todo el clero de su época criticaba la democracia, el liberalismo y la Ilustración, estaba a la defensiva de cualquier avance de la esfera de acción del Estado que pudiera disminuir la influencia de la iglesia y añoraba los tiempos en la autoridad civil y la autoridad eclesiástica dirigían el mundo de común acuerdo. Durante la dictadura de Tomás Guardia, Thiel pudo experimentar en la práctica ese anhelo que luego se rompió, y de manera drástica, durante el gobierno de Próspero Fernández.
Fotografía de Thiel, recién consagrado obispo,
con apenas treinta años de edad.
Cuando Thiel llegó a Costa Rica, en 1877, el país no tenía obispo desde hacía seis años. La sede estaba vacante desde 1871, cuando falleció el primer obispo, Anselmo Llorente, quien también tuvo serios encontronazos con don Juanito Mora y otros presidentes precisamente porque el límite de autoridad eclesiástica y la civil no estaba del todo clara. Vale la pena hacer una aclaración histórica. Desde los primeros años de la conquista, el Papa delegó la autoridad de la Iglesia en los nuevos territorios a la corona española. Cuando los países de América Latina empezaron a independizarse, una de sus acciones más urgentes fue firmar concordatos con la Santa Sede para que las iglesias locales pasaran a depender directamente del Papa sin injerencia de las autoridades españoles que ya no pintaban nada a este lado del Atlántico. El concordato incluía entre sus cláusulas el patronazgo estatal a la Iglesia, lo que permitía al Jefe de Estado proponer y vetar nombres para el nombramiento de obispos. Muerto Llorente, la Santa Sede y el gobierno de Tomás Guardia no lograban ponerse de acuerdo para nombrar un sucesor. Cada parte se aferró tercamente a su candidato, a sabiendas de que la contraparte lo objetaba, y la vacante se extendió por nueve años.
El joven sacerdote alemán conquistó la simpatía de Tomás Guardia, al punto que propuso su nombre para que ocupara la silla episcopal costarricense. La Santa Sede estuvo de acuerdo pero fue necesario hacer una excepción a las normas y esperar un tiempo, ya que Thiel apenas había cumplido los treinta años de edad.
Aquella dupla armónica medieval de Papa y Emperador, se vivió en Costa Rica mientras don Tomás estuvo en el poder. Las relaciones de Guardia, que más que un dictador era un monarca, con Thiel, que más que un obispo era un papa, fueron excelentes no solo a nivel oficial sino personal. El el cuento Mi primer trabajo, Magón relata que a su graduación llegaron juntos don Tomás, vestido de uniforme de gala, y Thiel, vestido de púrpura. Aquellos dos, decía Magón, iban juntos a todas partes. Gonzalo Chacón Trejos, en Tradiciones costarricenses, se refiere a Thiel como inversionista en minas de oro. La señora Ana Isabel Herrera Sotillo, publicó un valioso trabajo sobre las visitas pastorales y la correspondencia de Thiel. 
Monseñor Thiel en Costa Rica. Visitas
Pastorales 1880-1901. Ana Isabel Herrera
Sotillo. Editorial Tecnológica, Costa Rica,
2009. Compilación de valiosos documentos.
La luna de miel era en verdad dulce. Ni Thiel se metía con lo que hacía el gobieno de Guardia, ni Guardia con lo que hacía la iglesia de Thiel. Ambos tenían pasión por las grandes obras. Mientras don Tomás arrancaba la gran empresa del ferrocarril, Thiel construyó (y cambió de sitio) la Catedral y la iglesia de la Merced. Construyó también el templo parroquial de San Ramón que sería posteriormente destruido por un terremoto. Durante la visita de Thiel a San Ramón, por cierto, ocurrió una anécdota simpática. En San Ramón había estado, desterrado por Guardia, don Julián Volio Llorente. Allá en el norte, don Julián se dedicó, además de al cultivo de café y de caña, a difundir la cultura entre los habitantes. Se dice que San Ramón se convirtió en tierra de poetas en buena medida por la presencia e influencia de don Julián. Cuando Thiel llegó de visita, los ramonenses, como para mostrarle la cultura del pueblo, lo llevaron a conocer la biblioteca pública, herencia de don Julián. Thiel revisó la colección y se mostró indignado de que estuvieran a disposición del público libros tan peligrosos para la moralidad y las buenas costumbres como, por ejemplo, Los tres mosqueteros. Dejó entonces, además de un donativo para formar una biblioteca con libros buenos, la advertencia de que no leyeran los que había dejado don Julián.
A la muerte de Tomás Guardia, en 1882, se desató una breve, pero encarnizada, lucha de sucesión. Ocupó la presidencia su cuñado, don Próspero Fernández con quien Thiel no logró establecer la estrecha relación que tuvo con don Tomás.
1884 fue el año de la drástica ruptura. Don Próspero introdujo en la legislación costarricense el matrimonio civil y el divorcio, secularizó la enseñanza y los cementerios, prohibió las órdenes religiosas y expulsó del país a los jesuitas y al propio Thiel. Don Ricardo Blanco Seguro publicó un libro titulado 1884 el Estado, la Iglesia y las reformas liberales, en que se refiere extensamente a todos estos acontecimientos. En países con una sociedad más amplia y compleja, un conflicto entre la Iglesia y el Estado podría ser analizado y explicado a partir de motivos ideológicos o choques de intereses. En Costa Rica, que era entonces y sigue siendo una aldea, en todos los conflictos sociales hay siempre un factor personal que no debe pasarse por alto. Al leer las cartas que, desde el exilio, le dirige el obispo a Bernardo Soto y sus correspondientes respuestas, salta a la vista que hay algo que no mencionan pero que los dos conocen. Soy de la idea de que el conflicto entre Próspero Fernández y Bernardo Augusto Thiel nació de algún tipo de roce personal bastante grave. Thiel llegó al extremo de regañar, por carta, al sacerdote que ofició el funeral de Próspero Fernández. Bernardo Soto, en sus cartas al prelado, en medio de una prosa diplomática y elegante, básicamente lo que le dice es que a Próspero no se le ha pasado el berrinche y no cree que se le pase pronto. Un sector del clero, que luego fue obligado a retractarse, se manifestó de acuerdo con la expulsión de Thiel.
Thiel regresó a Costa Rica cuando asumió la presidencia Bernardo Soto, el yerno de Próspero. Las relaciones de la Iglesia con el Estado, al retorno de Thiel, fueron frías y distantes, pero sin enfrentamientos. En 1891, el Papa León XIII publica su encíclica Rerum Novarum, que fue replicada don años después por la Carta Pastoral de Justo Salario de Thiel, que generó alguna polémica que no pasó a más. A imitación del Zentrum, partido católico alemán, Thiel propició la fundación del partido Acción Católica, que tuvo poco éxito y corta vida. 
Corta vida tuvo también Monseñor Thiel quien, al igual que su gran amigo Tomás Guardia, falleció poco después de haber cumplido los cincuenta años.
En verdad me gustaría leer una biografía completa de Thiel. Una biografía novelada, en la que el autor, aunque se documente minuciosamente, se permita llenar con imaginación los enlaces que sean necesarios y que consigne diálogos y situaciones que, aunque no ocurrieron, pudieron haber ocurrido. Aunque la figura de Thiel ha sido estudiada, creo que aún está por escribirse una biografía digna de su figura. Los historiadores profesionales hace rato que dejaron de hacer biografías, por lo que la tarea le tocará, muy probablemente a un literato. Me gustaría decir, como Disraelí, que cuando quiero leer un libro lo escribo, pero en este caso, conozco mis límites. Antes de escribir la primera línea de esta biografía, sería necesario haber pasado al menos un par de años en archivos y bibliotecas. La biografía de Thiel es una tarea que yo no haré como escritor pero confío, como lector, que alguien la haga o, mejor, que la esté haciendo.
   
INSC: 0330
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