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sábado, 5 de noviembre de 2016

Arturo Echeverría Loría.

Arturo Echeverría Loría. De artes y letras.
Edición: Víctor Julio Peralta. Portada: Manuel
de la Cruz González. Editorial Costa Rica. 1972.
Arturo Echeverría Loría (1909-1966) fue poeta, editor, crítico de arte, colaborador del Repertorio Americano y amigo cercano de don Joaquín García Monge, editor de la revista Brecha y director de la Editorial Costa Rica. Hombre de gran sensibilidad artística, supo aprovechar sus largos y frecuentes viajes para estudiar a fondo tanto las obras clásicas como las nuevas tendencias. El tiempo que vivió en la gran ciudad de New York le hizo descubrir una soledad por entonces desconocida en la bucólica población de San José de Costa Rica, donde había nacido y vivido toda su infancia y juventud. Tras un largo periodo de residencia en México, donde cultivó la amistad de pintores, escritores, poetas e intelectuales de renombre, regresó a su patria convertido en crítico de arte.
Don Francisco Amighetti dejó escrito que fue Arturo Echeverría Loría quien, por su gran entusiasmo, lo llevó a descubrir y valorar la poesía francesa. Ansioso de satisfacer su gran interés por el arte y la literatura, Echeverría Loría se convirtió en un lector voraz, en un erudito de cultura enciclopédica que leía mucho más de lo que escribía.
Bastante joven, en 1937, publicó Poesías y, tras este debut tempranero, pasarían casi veinte años hasta la aparición de su segundo libro.
En 1956, a propósito del centenario de la Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker, Arturo Echeverría Loría editó una obra titulada Juan Rafael Mora. El Héroe y su pueblo. en la que hacía una semblanza de su ilustre bisabuelo.  Doña Clemencia, la madre de Arturo, era hija de Juanita Mora Aguilar, la última hija de don Juanito Mora y doña Inés Aguilar Cueto.
Años después, vendrían Fuego y Tierra (1963), Himno a la esperanza (1964) y Elejía Desastillada (1966). Algunos de sus poemas fueron publicados en revistas mexicanas y sus artículos de crítica literaria y artística aparecían diversos periódicos. Dos años después de su muerte, la Editorial Costa Rica publicó su obra teatral La Espera. Sus relatos y gran parte de su obra poética quedaron inéditos.
En 1972, la Editorial Costa Rica decidió realizar cuatro entregas con la obra de Arturo Echeverría Loría. El primer libro con artículos, comentarios y ensayos sobre arte y literatura, el segundo con sus relatos y obras de teatro, el tercero con la poesía que dejó inédita y el cuarto con una recopilación de los libros de poesía que publicó en vida.
No sé si el proyecto llegó a concretarse o quedó a medias. El único de los cuatro libros que he logrado encontrar ha sido el primero, titulado De artes y de letras, en que aparecen comentarios sobre la obra de pintores y escultores costarricenses como Quico Quirós, Juan Manuel Sánchez, Max Jiménez, Margarita Bertheau, Francisco Amighetti, doña Flora Luján, Jorge Gallardo, Gonzalo Morales, Felo García, Francisco Alvarado Avella, Floria Pinto de Herrero, Luis Dael, Juan Rafael Chacón, Néstor Zeledón y Francisco Zúñiga.
Arturo Echeverría Loría. 1909-1966.
Poeta, narrador, dramaturgo y crítico de
arte y literatura.
En la parte literaria hay un ensayo sobre Rubén Darío, un recuerdo a su amigo don Joaquín García Monge, el obituario que escribió tras la muerte de Carmen Lyra, comentarios a la obra de Alfredo Cardona Peña y, para cerrar el libro, un escrito verdaderamente revelador sobre  Walt Whittman.
La figura del crítico está bastante desprestigiada. Para muchos, el crítico es un artista frustrado que, al ser incapaz de crear, se deleita en evaluar con severidad lo que otros hacen para señalar errores y torpezas. A los críticos, también, se les acusa de disfrazar con análisis sus gustos, simpatías y antipatías personales. Elogian a los amigos y denigran a los enemigos, se dice.
Arturo Echeverría Loría, en este libro, le lava la cara al oficio ya que ejerce la crítica de manera elevada y oportuna. Todos los artistas costarricenses a los que se refiere eran sus amigos personales pero en ninguna de sus notas hay complacencias ni elogios gratuitos. Echeverría Loría se enfoca en la obra, intenta comprenderla más que explicarla, llama la atención sobre aspectos que podrían pasarse por alto y muestra el valor, el sentido y el aporte que esa obra es capaz de brindar.
Don Paco Amighetti decía que las críticas de arte de Arturo Echeverría Loría no estaban "escritas con términos técnicos, sino con el  fervor de los enamorados".
El verdadero erudito no se pone a lucirse con palabras que nadie entiende, sino que logra hacer, de asuntos que supuestamente le interesan a pocos, un tema de discusión pública. El verdadero sabio, como decía Santo Tomás de Aquino, no busca brillar, sino iluminar.
Arturo Echeverría Loría era un hombre culto que había estudiado a fondo el arte y la literatura pero, más que eso y antes que eso, era un hombre de sensibilidad, pasión y entusiasmo contagiosos.
Decía don Paco Amighetti: "Arturo con su mística perseguía el realismo gótico y quería vivir la poesía antes que escribirla. Y aunque leía a los poetas, para él la poesía estaba más que en los anaqueles de libros, en los países desconocidos, en la soledad, en el amor frustrado y también en el hambre."
La verdadera cátedra de Arturo Echeverría Loría estaba, según recuerdan quienes lo conocieron, en su conversación inteligente, cálida y amena. En su extraordinario don de gentes. En el hecho de que la amplia cultura que llegó a alcanzar, en vez de alejarlo de sus semejantes lo aproximó más a ellos.
Mi buen amigo don Sergio Román me contaba que don Arturo fue de los primeros amigos que encontró al llegar a Costa Rica y que la tertulia con él era tan amena que acabó siendo cotidiana.
Verdadero Quijote, vivía metido en mil proyectos, pero el que más le ilusionaba era la edición de libros. Revisaba los textos, corregía las pruebas y estaba al cuidado de hasta el más mínimo detalle de contenido y diseño. En lo personal, él publicó poco, pero fue un editor amorosamente dedicado a los libros de otros. Supongo que la portada que hizo el artista Manuel de la Cruz González para la recopilación de sus artículos le habría gustado. Son solamente letras en un fondo amarillo, pero el diseño y el juego con la tipografía es muy agradable.
Nora Echeverría Loría (1916-2016).
Hermana de Arturo. Cuando la conocí
tenía 99 años de edad.
Arturo Echeverría Loría es de esos escritores que, por medio de la página impresa, logran establecer una conversación con el lector. He escuchado tantas anécdotas suyas que, con el tiempo, se ha convertido para mí en una figura familiar y cercana. Me habría gustado haberlo conocido pero la cita no se pudo dar porque llegué tarde. Murió antes de que yo naciera. Sin embargo, cuando uno menos lo piensa, ocurren encuentros inesperados.El 24 de diciembre de 2005, invitado por mi buena amiga la escritora Anabelle Aguilar Brealey, asistí a una celebración de Vísperas de Navidad. El grupo era pequeño y a mi lado se ubicó una señora mayor en silla de ruedas. Anabelle, al presentarnos, me informó que doña Nora Echeverría de Van der Laat era bisnieta de don Juanito Mora. Sorprendido, en vez decirle "Es un placer conocerla", di un salto y le pregunté de una vez: "¿Usted es hermana de Arturo?"
Cuando intenté disculparme por mi salida de tono, la viejita, sonriente, me dijo que eso le había pasado con frecuencia toda su vida. La presentaban como Nora y la reconocían como la hermana de Arturo.
Mientras esperábamos que empezara la Misa de Gallo, me contó historias de su hermano. No me habló del poeta, del escritor, del editor ni del crítico de arte, sino del niño travieso y el joven inquieto que siempre llenaba la casa de risas.
INSC: 2276

jueves, 28 de abril de 2016

Mujeres ensayistas costarricenses.

Antología Femenina del Ensayo.
Leonor Garnier. Ministerio de
Cultura Juventud y Deportes.
Costa Rica, 1976.
No se supone que la producción literaria o académica sea antologada por separado si ha sido escrita por hombres o por mujeres. Sin embargo, dicha práctica no solamente ha sido común, sino hasta necesaria. Las mujeres escritoras, con frecuencia ignoradas por quienes hacen antologías, han debido buscar la manera de compensar esa discriminación.
En 1972, Luis Ferrero Acosta publicó su antología de Ensayistas costarricenses, en la que no incluyó ni una sola mujer. Cuatro años después, en 1976, Leonor Garnier publicó Antología Femenina del Ensayo, en la que solamente aparecían mujeres. Siempre he sospechado que el libro de Garnier surgió como una respuesta al de Ferrero. Ambas obras, en todo caso, comparten la misma limitación, aunque no con el mismo propósito. 
Mientras en el primer caso, al incluir solamente varones, por un descuido que no sabemos si fue casual o voluntario, se  acabaron ignorando obras de importancia. En el segundo caso, al tomar en cuenta solamente a mujeres por un criterio establecido deliberadamente, la intención no era ocultar a un sector, sino más bien mostrar al que no había recibido la atención que merecía.
No se trata de un asunto solamente de género. Con frecuencia las antologías incluyen solamente a autores consagrados y, por ello, también como reacción a ese criterio, los escritores jóvenes o debutantes son antologados en obras aparte. Uno, como lector, desearía que quienes hagan compilaciones opten por un criterio amplio en vez de restringido. Mientras haya discriminación, será necesario contrarrestarla, pero hay que mantener la esperanza de que esa práctica quede pronto en el pasado. No me parece conveniente ni apropiado el crear listas aparte y creo que combatir fuego con fuego no es la mejor forma de apagar un incendio. La discriminación, sobra decirlo, no se combate con discriminación sino, más bien, con integración.
Antología Femenina del Ensayo incluye escritos de diez escritoras, todas ellas nacidas en Costa Rica en el siglo XX. Mientras en el libro de Ferrero, el tema recurrente era el patriotismo y el nacionalismo, el tema recurrente en el de Garnier es la educación y la crítica literaria.
Emilia Prieto, además de un nota sobre el concho, en que critica la actitud arrogante de los habitantes de la ciudad al referirse a las personas del campo, comenta la novela Gentes y Gentecillas de Carlos Luis Fallas.
Lilia Ramos.
Lilia Ramos ofrece un encantador reportaje sobre recuerdos del San José de antaño asociados a la familia del poeta Genaro Cardona y comparte, además, recuerdos personales sobre la obra y figura de su amiga Yolanda Oreamuno.
Emma Gamboa, además de reflexionar sobre educación, hace un sentido homenaje a su maestro Omar Dengo. Margarita Castro Rawson, plantea consideraciones de crítica literaria sobre el costumbrismo costarricense. Virginia Sandoval de Fonseca se refiere, de manera teórica, a las características de la prosa y critica el uso del humor en los cuentos de Magón. María Rosa Picado de Bonilla analiza la poesía de Isaac Felipe Azofeifa, Inés Trejos de Montero se refiere a periodismo y política y María Eugenia Bozzoli brinda un estudio antropológico sobre el pueblo indígena Quepo.
De Yolanda Oremuno se incluyen ¿Qué hora es? y El ambiente tico y los mitos tropicales. Dos clásicos.
Los escritos de María Eugenia Dengo de Vargas son los más breves y personales. En el género de ensayo no se trata de demostrar un punto, sino de reflexionar alrededor de él. Los de Carmen Naranjo son propuestas que invitan al lector a prestarle atención a ciertos temas, sobre los cuales ella propone un planteamiento pero no impone una conclusión. 
La tendencia, que lamentablemente es cada vez más común, de llamar ensayo a lo que en realidad es una investigación metódica, impersonal y llena de citas, está presente tanto en el libro de Ferrero como en el de Garnier. En ambos casos, al final. Los textos de José Luis Vega Carballo, en Ensayistas costarricenses, y de María Eugenia Bozzoli, en Antología Femenina del Ensayo, son definitivamente estudios profusamente justificados y documentados pero, precisamente por ello, no cumplen plenamente con las características del género de ensayo. Les falta lo subjetivo, la sana dosis de opinión, la argumentación que, más que demostrar científicamente, busca convencer con argumentos.
Todas las antologías acaban siendo criticadas por sus inclusiones y exclusiones, que bien pueden ser involuntarias. En el libro de Ferrero, Ensayistas Costarricenses, al no incluir obras escritas por mujeres, se dejó por fuera a Carmen Lyra. Leonor Garnier, en Antología Femenina del Ensayo, tampoco la incluyó.
INSC: 1407

lunes, 18 de abril de 2016

Libro sobre la carreta típica costarricense.

La carreta costarricense. Constantino
Láscaris y Guillermo Malavassi.
Editorial Costa Rica. Tercera edición.
1985.
La carreta típica costarricense, tirada por bueyes y pintada con alegres diseños, fue durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, instrumento fundamental en el desarrollo del comercio. Actualmente, elevado a la categoría de símbolo nacional por su valor artístico e histórico, este hermoso vehículo de carga sigue presente en la vida de los agricultores costarricenses, quienes, pese a trabajar ya con camiones y tractores, mantienen la tradición de contar con una yunta de fornidos bueyes y una carreta bien decorada.
En tiempos de la Colonia el comercio era mínimo y los caminos estrechos, por lo que las mercancías se transportaban a lomo de mula. Las yuntas de bueyes se utilizaban en aquella época para arrastrar los enormes troncos de árboles que debían ser removidos cuando se abría, en la selva virgen, un espacio para la agricultura.
La cureña (plataforma sin cajón tirado por bueyes) se utilizó mucho antes que aparecieran las carretas. Quizá por ello, se impuso la palabra "Boyero" en lugar de "Carretero".
Cuando se extendió el cultivo del café y su consecuente exportación, las mulas resultaron poco prácticas para transportarlo. Empezaron a verse entonces las largas caravanas de carretas que iban y venían, desde los beneficios de las tierras altas hasta Puntarenas. En 1844, un viaje de San José al puerto tardaba de once a quince días. Los boyeros evitaban caminar bajo el sol de mediodía. Iniciaban la marcha a las cuatro de la mañana y la suspendían a las nueve, luego la retomaban a las dos de la tarde y avanzaban hasta que los venciera el sueño. Para transportar pasajeros, bastaba acondicionar la carreta con un colchón y un toldo.
Una de las cosas que más llamaron la atención de los viajeros que visitaron Costa Rica en el siglo XIX fue el constante tránsito de carretas por todas las vías del país. Solamente los campesinos extremadamente pobres no tenían carreta. Cuando una muchacha quería que su pretendiente la visitara en la casa, el padre le decía: "Si tiene carreta, que pida la entrada.
Durante la peste del cólera, las carretas de bueyes recorrían los poblados para recoger cadáveres y llevarlos a enterrar en la fosa común situada donde hoy se encuentra la Iglesia de las Ánimas.
Como la construcción del ferrocarril se inició en Alajuela, los rieles y la locomotora desarmada en piezas, fueron transportados en carreta desde Puntarenas.
Además de su protagonismo en la historia, la carreta ha estado presente en nuestra literatura y nuestra pintura y se ha convertido, por su decoración, en una pieza de arte característica de Costa Rica.
Dos filósofos, Constantino Láscaris y Guillermo Malavassi Vargas, realizaron un valioso estudio sobre la carreta costarricense  en que recopilaron prácticamente todo lo que hay que saber sobre ella. El libro, publicado cuando la carreta aún se utilizaba en ciertas zonas del país pero ya venía siendo desplazada por los camiones, está lleno de datos interesantes. Al inicio las ruedas tenían rayos, pero se atascaban en el barro. Luego se cortaron de una sola pieza de tronco de árbol, pero finalmente se optó por hacerlas de cuñas rodeadas de un aro metálico. En el yugo se acostumbra poner un espejo, el buey más fuerte se enyuga a la izquierda y los bueyes deben pesar más que la carreta cargada. El estudio incluye croquis de la estructura, una lista de palabras propias del oficio y documentos históricos reveladores, como reglamentos para el tránsito de carretas decretados por el Dr. Castro Madriz, un intento de monopolio de la actividad propuesto por don Juanito Mora y las disposiciones de don Cleto González Víquez para evitar que las carretas dañaran los caminos de macadam.
Aparece también toda una antología de textos literarios y periodísticos sobre la carreta, escritos por Joaquín García Monge, Arturo Agüero Chaves, Francisco Amighetti, Emilia Prieto, Gilbert Laporte, Carmen Lyra y Mario González Feo entre otros.
El tema más interesante es el relativo a la decoración. Las fotografías antiguas muestran carretas sin pintar incluso en las primeras décadas del siglo XX. En Costa Rica funcionaban varias fábricas de carretas. La de Isaías Delgado en Puriscal, la de Antonio Muñoz en Zapote, la de Fermín Bozzoli en San Isidro del General y la de don Isidro Chaverri fundada en 1870 y situada en Sarchí.
Aunque existen testimonios de que en Cartago se pintaban las carretas desde 1912, tal parece que fue la fábrica de Chaverri la que popularizó la decoración. Originalmente, todas las carretas se pintaban de rojo, con el mismo producto que se utilizaba para pintar los portones de los cafetales. Alrededor  de 1910, Fructuoso Chaverri (hijo de Isidro) empezó a decorar las ruedas con estrellas de picos. Luego vinieron las flores y los diseños caprichosos. Se llegaron a formar dos escuelas artísticas distintas y los campesinos, con solamente ver las pinturas de una carreta, sabían si había sido decorada en Sarchí o en Puriscal. José León Sánchez sostiene que la decoración de carretas se debió a la presencia de inmigrantes italianos, ya que solamente en Sicilia y Costa Rica las carretas se pintan de manera tan primorosa. Sin embargo, esta hipótesis ha sido refutada, entre otros, por Manuel de la Cruz González, ya que los diseños son bien distintos. En las primeras oleadas de inmigrantes italianos, además, no había sicilianos.
Los primeros en estudiar el arte de las carretas fueron Emilia Prieto y Gilbert Laporte, quienes acabaron interesando en el asunto a Carmen Lyra. El artículo de Prieto, publicado en 1931, dice que "desde hace muchos años" se acostumbra pintar las carretas. En realidad no eran tantos, puesto que la práctica de decorar carretas inició en 1912 y se popularizó hacia 1920.
Carmen Lyra, por su parte, aunque se muestra impresionada al visitar una fábrica de carretas y observar el proceso que, tanto en lo artesanal como en lo artístico requiere un cuidado minucioso, declara que nunca había imaginado que la vanidad humana pudiera llegar hasta una carreta.
El arte de la carreta típica costarricense no es solo visual, sino también musical. La selección de la madera de las ruedas y la armazón del eje, procuran que el sonido que produzca al avanzar sea agradable al oído. Así como no hay dos carretas pintadas con el mismo diseño, tampoco hay dos que suenen igual.
La lectura del libro de Láscaris y Malavassi inevitablemente provoca nostalgia por un pasado no tan lejano. Mientras repasaba sus páginas, recordaba los tiempos en que era niño en Sabanilla de Montes de Oca, cuando todas las urbanizaciones de hoy en día eran aún cafetales y desde lejos escuchaba acercarse a Lencho Vargas, un simpático vecino, siempre sonriente, que con el chuzo al hombro, caminaba despacio frente a su carreta de bueyes, complacido por la alegría que provocaba en todos los pequeños que salíamos a la calle solamente para verlo pasar.
INSC: 0312
Carreta cargada con cacao. La foto no tiene fecha, pero es de los tiempos
en que se pintaban solamente de rojo.







lunes, 29 de febrero de 2016

Páginas de Amalia Montagné de Sotela.

Páginas. Amalia Montagné de Sotela.
Lehmann, Costa Rica, 1972.
Amalia Montagné Carazo de Sotela fue maestra, escritora, diplomática, divulgadora cultural y una de las mujeres más cultas y destacadas  de la primera mitad del siglo XX en Costa Rica. Hija de don Ruperto Montagné Rojas y doña Elena Carazo Aguilar, nació en San José el 3 de agosto de 1894. Sus primeras letras las recibió en París, de donde era oriunda su familia paterna. Muy joven trabajó como maestra en la Escuela Julia Lang, bajo la dirección de Estercita Silva, rodeada de un grupo selecto de colaboradoras entre las que se encontraban Carmen Lyra, María Teresa Obregón de Dengo, Lilya González y Marcelina de Loría. El 22 de diciembre de 1917 contrajo matrimonio con el poeta Rogelio Sotela, a quien acompañó en sus giras internacionales como conferencistas y con quien colaboró estrechamente en los programas de difusión cultural de la emisora Radio Athenea, fundada por ambos. 
Tuvo una participación activa en diversas causas sociales y benéficas. Realizó campañas por la paz y la justicia social, para la prevención del alcoholismo y en apoyo a la recuperación de los afectados por esa enfermedad, así como por el reconocimiento del derecho al voto de las mujeres. Formó parte de la Liga Interamericana de Mujeres, llegó a ser secretaria de prensa y protocolo de la Unión de Mujeres de América, fundadora de la Mesa Redonda Panamericana y Presidenta del Comité Antillano de la Asociación de Escritores y Artistas que dirigió don Roberto Brenes Mesén. Integró además la directiva del Círculo de Amigos del Arte que presidía Abelardo Bonilla. 
Junto con sus amigas Inés de Mezerville y María Fernández de Tinoco, integró el grupo fundador de la Sociedad Teosófica de Costa Rica. Tuvo la oportunidad de conocer personajes singulares como José Santos Chocano, Jacinto Benavente, Gabriela Mistral y Krishnamurti. 
Sirvió en el cargo diplomático de Canciller de la Embajada de Costa Rica en México, durante el período de don Carlos Jinesta como Embajador.
Publicó numerosos artículos en periódicos y revistas, especialmente en Repertorio Americano, Ariel, Brecha y la Revista de los Archivos Nacionales de Costa Rica. Era también colaboradora habitual de Horizontes de América (La Habana, Cuba), Elite (Panamá), Espiral (Guatemala), Luz de Oriente (Nicaragua) y Ala (Washington). 
Su obra escrita habría quedado dispersa de no haber sido porque su hijo menor, Hiram Sotela Montagné, hizo una compilación originalmente destinada exclusivamente para los familiares. Al ver sus artículos reunidos, doña Amalia se entusiasmó con la idea de publicar su primer libro y una selección muy bien escogida fue publicada, en 1972, con el título de Páginas. Lamentablemente doña Amalia, quien falleció el 11 de noviembre de 1971, no alcanzó a verlo impreso. Su primer y único libro acabó siendo un tributo póstumo.
El artista Manuel de la Cruz González leyó el borrador y, profundamente impresionado por el artículo sobre el árbol de durazno que crecía en el patio, pintó la imagen de la portada. El prólogo lo escribió el abogado y ajedrecista Rogelio Sotela Montagné, hijo mayor de doña Amalia. La autora dedicó el libro a su nieta Marlene Sotela Borbón y fue precisamente Marlene quien tuvo la gentileza de obsequiarme el ejemplar que tengo.
Páginas, de Amalia Montagné Carazo de Sotela, es un libro verdaderamente atractivo. La prosa de doña Amalia es tan concisa como profunda. Los textos son breves y sobre temas sencillos pero llenos de imágenes sugerentes capaces de despertar sensaciones distintas en cada relectura. Ante los lugares en que se encuentra y los objetos que la rodean, doña Amalia observa y reflexiona. Es capaz de pintar el cuadro completo en tan solo un par de líneas y plasmar sus impresiones sin rodeos o divagaciones innecesarias.
La sección titulada Para Rogelio, en que recuerda a su amado esposo, muerto a los cuarenta y nueve años de edad, fue para mí particularmente emotiva. Lo que más me impresiona de la poesía de Rogelio Sotela, además de su gran sabiduría y profunda espiritualidad, es lo sereno de su tono. El poeta mantiene la serenidad tanto ante la muerte, el sufrimiento o las dificultades, como ante las alegrías y las satisfacciones. No hay, en la obra poética de Sotela, ninguna reacción emotiva pregonada con altavoz. Por algo el poeta tituló su antología personal Rimas Serenas. Por otra parte, siempre que leo los poemas de Sotela, incluso los más tristes, me ha parecido que tras todos ellos está la leve sonrisa de quien, por tener un espíritu elevado, es capaz de atravesar los momentos dolorosos de la vida sin perder la calma. 
Nadie conoció mejor a don Rogelio que doña Amalia y, al leer las páginas que dedica a su recuerdo, he podido confirmar que la personalidad del poeta era como la imaginamos todos los que, como yo, solo tuvimos la oportunidad de conocerlo a través de su poesía: un hombre de lágrima fácil y sonrisa permanente. 
Amalia Montagné de Sotela. 
El libro incluye también crónicas de viajes y artículos sobre literatura. Leer el recuento de las travesías de doña Amalia por distintos países es como viajar con ella. En cuanto a sus opiniones literarias, es admirable su capacidad de aceptar como natural e inevitable la evolución que hace que los gustos y los temas varíen con el paso del tiempo. Ella, amiga de Gabriela Mistral y de José Santos Chocano, lee con profunda atención a los poetas jóvenes que escriben de una manera bastante distinta a los de su época. En vez de comparar, juzgar o criticar, sabiamente opta por prestar atención a la novedad con la intención de comprenderla. Generosamente, elogia el talento fresco de las nuevas generaciones y, entre los jóvenes escritores que sueltan sus primeras letras, se muestra particularmente entusiasta por dos, una muchacha y un muchacho, a quienes les vaticina un gran futuro. A ella, en la investigación y a él en la literatura. La muchacha se llamaba Hilda Chen Apuy y el muchacho Joaquín Gutiérrez Mangel. 
INSC: 1812

jueves, 6 de noviembre de 2014

De la vida a la literatura.

Los azules días. Joaquín Gutiérrez Mangel.
Editorial de la Universidad de Costa Rica
Costa Rica, 2000.
Aunque la vida de don Joaquín Gutiérrez fue larga y rica en experiencias, sus memorias, tituladas Los azules días, es un libro breve en que la vida de don Joaquín apenas se asoma. El libro, más que una autobiografía, es una colección de relatos autónomos sobre diversos momentos y personajes. Hay, por supuesto, una que otra anécdota personal pero, además de escasas, todas están ubicadas en su infancia y juventud. Cuenta la vez que su madre, que pintaba cuadros, lo castigó por haber metido mano a una de sus obras. Don Joaquín, en ausencia de su madre, tomó el pincel para agregarle un par de detalles al cuadro que su madre estaba pintando, con la esperanza de que ella no se diera cuenta. Doña Stella lo castigó, no por haber pintado en su cuadro, sino por haberlo hecho tan mal. En la casa de Limón, la familia tenía un mono como mascota y un exministro de seguridad como vecino. El exministro era calvo y usaba peluca y tenía la costumbre de quitársela a la hora de leer el periódico en la mañana para que su cráneo recibiera algo de sol. Un buen día el mono saltó al patio vecino y le robó la peluca. La empleada doméstica del vecino tocó la puerta para decir que por favor le devolvieran "eso". Don Joaquín y su hermano, haciéndose los tontos, solamente preguntaban qué era "eso", pero la empleada contestaba simplemente "eso, eso".
Los azules días, como todos los libros de don Joaquín, está lleno de sonrisas. En el libro no menciona nada de sus tiempos en la Unión Soviética ni en Vietnam, tal vez por haberse ocupado de ellos en otros libros. Tampoco habla de su trabajo en la editorial Quimantú, en Chile, en tiempos de Allende ni de la proeza que fue salir del país tras el golpe de Pinochet. Tampoco menciona su estrecha amistad con Pablo Neruda ni sus triunfos en el ajedrez. Sobre su familia, su esposa y sus dos hijas, tampoco se ocupa. Al escribir sus memorias, don Joaquín optó por llamar la atención sobre otros más que sobre sí mismo. Dedica un capítulo aparte a cada uno de los grandes personajes de su vida: a Monseñor Sanabria, su profesor de literatura, a don Joaquín García Monge, el mentor literario de su generación y a sus contemporáneos Yolanda Oreamuno, Carmen Lyra, Max Jiménez, Francisco Amighetti, Carlos Luis Fallas, Manuel Mora y Juan Manuel Sánchez.
Por tratarse de las memorias de un escritor, encontré en el libro dos revelaciones sorprendentes. La primera fue la influencia de su tío Agustín Gutiérrez Ross, tío Tin, quien tenía una imaginación extraordinaria y al caer la tarde, cuando regresaba a casa del trabajo, reunía en torno suyo a los sobrinos (don Joaquín incluido) para contarles historias de aventuras. El tío Tin iba inventando las historias conforme las iba contando pero, antes de empezar, secreteaba con la tía Carmen para saber cuáles sobrinos se habían portado bien y cuáles mal. A los que se habían portado bien, los ponía de capitanes de barcos que resistían el ataque de los piratas y a los que se habían portado mal los dejaba solos en el globo en que estaban dando la vuelta al mundo, o los ponía de cocineros mientras los que se portaban bien iban a cazar tigres y elefantes. Me pregunto hasta dónde habrán influido las historias del tío Tin en la vocación literaria de su sobrino.
El otro detalle que me llamó la atención, fue que encontré, en las memorias de don Joaquín, a varios personajes de sus novelas. Estoy seguro de que don Joaquín se inspiró en su padre, don Paco Gutiérrez Ross, para construir el personaje de don Héctor, el finquero de la novela Puerto Limón. Otro personaje de la misma novela, que aparece en las memorias, es el negro Tom Wilkelman, a quien don Joaquín presenta como su ángel de la guarda. Era un gigante, alto, fuerte y musculoso, que tomaba al pequeño Joaquín y lo montaba sobre sus hombros. Desde allí arriba, bien agarrado al cabello del peón, el futuro escritor avanzaba por la finca esquivando las ramas. Un trabajo frecuente, en una zona tan lluviosa como Limón, consistía en hacer zanjas que sirvieran como desagüe. Cuando Tom paleaba, lanzaba por lo alto la pelota de barro. A los otros peones se les volvía a llenar la zanja con el siguiente aguacero, pero no a Tom, gracias a la distancia a que podía lanzar su paletada. En la novela Puerto Limón, Tom maneja un motocar, pero a quien lea las memorias y la novela, no le cabrá duda de que se trata del mismo Tom.
En las memorias, don Joaquín recuerda a una perrita, Pirula, que fue la mascota consentida de su casa. La perra favorita de Federico, en la novela Murámonos Federico, también se llama la Pirula y, al igual que la del mundo real era capaz de sonreír.
Don Joaquín se encontraba en Moscú cuando le avisaron que su padre, don Paco, se encontraba muy enfermo. Envío inmediatamente un telegrama que decía: "Salgo mañana, llego ayer" y fue tomando aviones que lo fueran acercando a Costa Rica. Tuvo buena suerte con las conexiones y al día siguiente estaba tocando la puerta de la casa en San José. Lo recibieron con gritos de sorpresa, ya que arrivó apenas pocos minutos después de que llegara el telegrama. Don Joaquín cuenta cómo vio morir a su padre. Esa misma escena, en todos sus detalles, está en Murámonos Federico para contar la muerte de Colacho.
En otra entrada mencioné que el propio don Joaquín me contó que al Marqués, el personaje de su novela Te acordás hermano, no lo inventó, sino que lo conoció.
A veces, ante un libro lleno de historias asombrosas y personajes memorables, uno se asombra ante la imaginación de escritor, cuando es muy probable que esas historias y esos personajes, el escritor no los haya inventado, sino que se los haya encontrado a lo largo de su vida.

INSC: 1703
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