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miércoles, 23 de noviembre de 2022

Presentación para el homenaje a Rafael Cardona.

Rafael Cardona.
1892-1973

Hay varias razones para que un poeta acabe siendo olvidado y, en el caso de Rafael Cardona, se cumplen todas. En primer lugar, está muerto. Mientras un poeta vive, tanto el propio poeta como sus amigos se mueven para que sus creaciones obtengan un poco de atención. Después de que el poeta muere, si sus obras no se reeditan, ni se incluyen en antologías, ni se mencionan en estudios históricos,  a la larga es como si esas obras no hubieran existido. Por otra parte, la poesía, como todas las creaciones artísticas, cambia de temas y de técnicas de generación en generación. Con el paso de los años, lo novedoso acaba siendo anticuado, la sensibilidad y el foco de atención de los lectores cambia con el tiempo y, lo que se admiraba en una época es lo que se rechaza en otra. Son innumerables los ejemplos que podrían citarse de poetas que fueron aplaudidos por sus contemporáneos y acabaron siendo objeto de burla en la generación siguiente.

Todo lo dicho se cumple en el caso de Cardona. Muerto en 1973, sus obras no se reeditan, ni se incluyen en antologías, sus poemas son difíciles de encontrar, quienes han escrito sobre la historia de la literatura costarricense ni siquiera lo mencionan y, para rematar, tanto los temas de los que se ocupa como la forma en que escribe, están a un siglo de distancia de las preocupaciones, los intereses y los gustos de los lectores actuales. A todo esto habría que agregar que. siendo aún joven, Cardona se marchó de Costa Rica, se estableció por un breve periodo en Guatemala y acabó radicándose definitivamente en México. Por otra parte, en determinado momento de su vida, Cardona abandonó la creación poética, se sumió en un profundo aislamiento del mundillo literario en particular y del mundo en general y no se preocupó por difundir su obra. 

El propio año de su muerte, 1973. apareció, publicado por la Editorial Costa Rica, el libro Obra Poética de Rafael Cardona, que el poeta no alcanzó a ver impreso. Se hizo famosa la afirmación que Rómulo Garzunier incluyó en el obituario del poeta, publicado en la prensa mexicana, que decía:"Ojalá que su obra se dé a conocer ahora que no está el para oponerse".

La obra de Cardona, en todo caso, no es extensa. Consta de solamente tres libros: Oro de la mañana (1916) prologado por Ricardo Fernández Guardia, Medallones de la Conquista (1918) y Estirpe (1949) prologado y editado por Joaquín García Monge.  Poco antes de publicar su primer libro, ya Cardona había sido uno de los galardonados en los Juegos Florales de 1914, certamen en que compartió honores no solamente con otra gran revelación, entonces tan joven como él, el gran poeta Rogelio Sotela, sino también con su propio padre, don Genaro Cardona, notable novelista, autor de El primo y La esfinge del sendero.

Porque a la hora de hablar de cualquier Cardona, además de la biografía, resulta inevitable mencionar la genealogía. Don Alejandro Cardona Llorens, español nacido en las Baleares, abuelo del poeta y fundador de su familia en Costa Rica, llegó al país justo a tiempo para sumarse a las filas del ejército que marchó a luchar contra las tropas de William Walker, y fue el compositor del himno patriótico que cantaba la tropa antes de entrar en batalla. Su hijo, Ismael Cardona Valverde fue también compositor y notable violinista. Su otro hijo, Genaro Cardona Valverde, como ya se dijo, fue novelista. Dos hijos de Genaro, Jorge y Alvaro, fueron también escritores. Jorge Cardona Jiménez, por cierto, fue el padre del poeta Alfredo Cardona Peña. Alvaro Cardona Hine fue quien escribió Hombres y máquinas. Figuras contemporáneas de esta familia son el compositor Alejandro Cardona y la violinista Dylana Jenson. Un dato curioso que vale la pena mencionar es que José Luis Cardona Cooper, quien fue durante muchos años director general de protocolo de la Cancillería, fue actor en El Retorno, la primera película costarricense filmada en 1930 y, además, tenía un programa de radio llamado El hombre de la luna, en que contaba relatos a los niños. Rafael Cardona Lynch, hijo del poeta Rafael Cardona Jiménez, llegó a ser un reconocido empresario radial en México, país en que su padre decidió establecerse y donde finalmente murió. Aunque, a diferencia de sus ancestros, tíos y primos, no es recordado por sus dotes en la literatura o la música, otro miembro de esta familia que acabó siendo conocido fue don Edgar Cardona Quirós, sobrino del poeta, combatiente de la revolución de 1948, ministro de seguridad de la Junta Fundadora de la II República, quien intentó darle un golpe de Estado a don Pepe, evento que acabó siendo conocido como El Cardonazo.

Aunque no hace mucho todas estas figuras mencionadas estaban vivas y activas, sus nombres, sus obras y sus andanzas, evocados hoy, parecen salir de un pasado remoto que solamente pocos recuerdan. Sin embargo, aunque a veces resulte difícil observar con claridad la conexión, lo que hayan hecho quienes estuvieron antes, constituye la base de lo que nosotros podamos hacer ahora.

Hay poetas jóvenes que creen que no le deben nada a Rubén Darío, como hay músicos que creen que no le deben nada a Mozart. A quienes así piensan, hay que recordarles que no descubrieron el fuego, sino que recogieron una antorcha que ya venía encendida. Es natural que la juventud tenga su mirada puesta en el futuro, pero debe tener claro que si va a lograr llegar hasta extremos a los que no se había llegado antes, se lo deben en parte a que, quienes los precedieron, empujaron hacia adelante el punto de partida.

Me alegró muchísimo, cuando el poeta Mateo Desolá me contactó para informarme que un grupo de escritores jóvenes estaba organizando un homenaje al poeta Rafael Cardona. El hecho de que poetas activos en la segunda década del Siglo XXI le presten atención a un poeta que surgió en la primera década del Siglo XX es alentador. En la apreciación de la poesía, como en todas las artes, debe prevalecer el criterio antes que el gusto o la afinidad. Naturalmente, en estos tiempos, a estas alturas del partido, es poco probable que algún poeta joven quisiera imitar el estilo de Cardona, pero saben que su obra y su figura son dignos de respeto y, precisamente para formar criterio, tienen claro que vale la pena conocerlo.

Cardona escribía sobre temas que los poetas de hoy no desarrollarían, en un estilo que los poetas de hoy no estarían dispuestos a imitar. Cada generación tiene sus propias preocupaciones y su manera particular de expresarlas. Pero quienes estén haciendo algo hoy, deben estar al tanto de qué fue lo que se hizo antes. Un creador que se tome en serio su oficio, no debe darle la espalda a quienes hacen las cosas de manera distinta a cómo él las hace. Para tener una idea del ancho panorama, no hay que mantenerse en la afinidad, sino más bien prestarle atención a la diversidad.

Felicito y saludo a los organizadores del homenaje a Rafael Cardona, un poeta que cumple todas las condiciones para estar sumido en el olvido y, sin embargo, aún se le recuerda

viernes, 10 de enero de 2020

Perfiles al aire. Semblanzas de Luis Ferrero.

Perfiles al aire. Luis Ferrero.
Museo Histórico Juan Santamaría.
Costa Rica. 1986.
Don Luis Ferrero nació en Orotina pero estaba muy pequeño cuando su familia se trasladó a San José. Recuerda que la Niña Claudia Brenes Montero, su maestra de la Escuela Porfirio Brenes, solía traer invitados para que les hablaran a los niños.
A su aula llegaron de visita Carmen Lyra, Rogelio Sotela, Roberto Brenes Mesén, Anastasio Alfaro y Luis Dobles Segreda entre otros. Los alumnos, que acababan de aprender a escribir y todavía leían con dificultad, escuchaban atentos las palabras de aquellas personas mayores que habían escrito los libros que su maestra les leía en clase.
Cuando cursaba el tercer grado, el pequeño Luis Ferrero quedó particularmente impresionado con la figura y personalidad de un hombre bajito y medio calvo que hablaba y caminaba muy lentamente. Era don Joaquín García Monge, de quien, pocos años después, acabaría convirtiéndose en colaborador cercano.
Niño inquieto y curioso, lector voraz desde pequeño, cuando Luis Ferrero se interesaba en algún libro, se ponía a vender melcochas y cajetas hasta reunir el dinero para comprarlo. La revista Repertorio Americano, que publicaba don Joaquín,  la leía completa apenas empezaba a circular.
Poco después de terminar la primaria, con apenas doce años de edad, se presentó en la oficina de don Joaquín con la intención de ayudarle en lo que le hiciera falta. Don Joaquín lo puso a amarrar paquetes de revistas, a ordenar un poco su archivo y a mecanografiar su correspondencia, seguramente creyendo que el entusiasmo del chiquillo pasaría pronto y en cualquier momento dejaría de llegar por allí. Pero Luis Ferrero, que llegó a su oficina un día de 1942, estuvo al lado de su maestro y mentor hasta el día de su muerte, en 1958. La última carta que escribió don Joaquín, en su lecho de muerte, iba dirigida a "Ferrerito". Le decía  que ya estaba en las últimas y le encargaba que apresurara la nueva edición que estaba preparando de su novela El Moto, aunque sabía que él difícilmente la iba a llegar a ver impresa.
La historia de esta entrañable amistad, así como el texto de la carta, aparecen en el libro Perfiles al aire, escrito por Luis Ferrero y publicado en 1986 por el Museo Histórico Juan Santamaría.
Durante los dieciséis años que Luis Ferrero colaboró con el Repertorio Americano, tuvo oportunidad de conocer y tratar de cerca a todos los intelectuales, escritores, poetas y artistas de Costa Rica que publicaban en la revista. El trato era amistoso y llano porque, según afirma, don Joaquín, con su hablar pausado, su actitud serena y sus movimientos lentos, era un maestro de humildad. Comprensivo con todos, pero exigente consigo mismo, don Joaquían creía que cada uno viene a este mundo a hacer algo que valga la pena y se angustiaba cuando creía no ser capaz de lograr lo que se hubiera propuesto. Aunque su revista circulaba en España y todos los países de América Latina, era un hombre sencillo que iba caminando a dejar los paquetes de su publicación al correo. Mantenía correspondencia con renombrados escritores y artistas de muchísimos países, pero era un hombre de hábitos modestos que vivía modestamente en su casita de adobe en Desamparados. El gran riesgo de los intelectuales, escritores y artistas, decía, era volverse narcisistas y acabar integrando grupos cerrados, como si fueran una casta elevada que despreciara que despreciara al pueblo. Si algo así llegara a suceder, el pueblo, para corresponder, no los despreciaría sino que, simplemente, acabaría ignorándolos como si no existieran.
Los intelectuales y escritores de la época, a los que precisamente los críticos literarios posteriores han llegado a llamar "la generación del Repertorio", eran personas tan humildes y sencillas como el propio don Joaquín, que hacían lo que hacían con el propósito de que valiera la pena, pero no se creían dioses del Parnaso y estaban siempre dispuestos a compartir interminables tertulias con jóvenes curiosos e inquietos, como el propio Ferrerito.
En Perfiles al aire, Luis Ferrero evoca la memoria de otros diez personajes a los que tuvo la oportunidad de tratar de cerca. Siendo muy joven, solía ir a visitar al historiador Ricardo Fernández Guardia, quien ya era un señor de edad avanzada. También dedica un capítulo a otro historiador a quien conoció ya mayor, don Francisco María Núñez, quien tuvo la mala suerte de que todos los ejemplares de su primer libro, Tierra Nativa, se hubieran perdido, el mismo día que estaban listos para ser retirados, por un incendio que destruyó la imprenta donde los hicieron.
Se ocupa de figuras conocidas, como León Pacheco y Carlos Salazar Herrera, pero también se refiere con amplitud a escritores no tan conocidos como Reinaldo Soto Esquivel, autor de Mi Pajarera, un libro que, en su momento fue muy popular entre niños de escuela primaria, el maestro normalista José de Jesús Sánchez Sánchez, así como a su pariente Eulogio Porras Ramírez, que publicaba con el pseudónimo de Aníbal Reni. 
Permanente interesado en la difusión cultural, don Luis dedica un apartado también a la periodista Norma Loaiza de Chacón, quien fue directora del suplemento Ancora del periódico La Nación, que había fundado poco antes Carlos Morales.  Don Luis, con auténtica satisfacción, cuenta que colaboró estrechamente con Norma Loaiza para hacer de Ancora un suplemento con rico y amplio contenido.
Muy simpática resulta la nota que dedica a Arturo Echeverría Loría.  Se conocieron en la galería de arte que regentaba Arturo y a la que el joven Luis, de apenas quince años, entró, obviamente, en calidad de curioso y no de cliente. Arturo, destacado crítico de arte, lo hizo apreciar las pinturas de Max Jiménez y, cuando ya iba, le informó que Max era también poeta y le regaló todos los libros que había publicado. Arturo Echeverría era un Quijote que, aunque no era rico, con todo gusto entregaba generosamente su energía, su tiempo y su escaso dinero, en proyectos literarios que se sabía de antemano que no recompensarían lo invertido en ellos. Tuvo una editorial en la que publicó obras muy selectas y cuando fundó la revista Brecha, tuvo a Luis Ferrero como colaborador permanente desde el primer número. Don Luis, muchos años después, siguió sus pasos y fundó la Editorial Don Quijote, con similares resultados a los que obtuvo Arturo.
El libro está lleno de revelaciones sorprendentes. Cuenta que Carlos Salazar Herrera era un escultor y grabador obsesivo. Cuando tenía un tronco de madera en frente, no descansaba hasta verlo convertido en escultura y cuando tenía una tabla de madera, tomaba sus gubias y hacía un grabado. Apenas terminaba, buscaba otra tabla u otro tronco para empezar una nueva creación. Pero cuando escribía lo hacía muy lentamente, corregía todo palabra por palabra una y otra vez y solamente muy de vez en cuando se aparecía por el Repertorio Americano con un cuento.
Perfiles al aire es un libro muy agradable y emotivo. Cada una de las personas que menciona es recordada con respeto y admiración pero, muy especialmente, con aprecio y cariño. Desde pequeño, gracias a su maestra, don Luis Ferrero, el lector voraz, tuvo oportunidad de conocer a los autores de los libros que leía. Al recordar a aquellos con quienes tuvo trato más estrecho, inevitablemente acaba evocándolos, no solo como escritores sino, especialmente, como amigos.
INSC: 2003
Luis Ferrero Acosta. (1930-2005)






domingo, 29 de diciembre de 2019

José María Zeledón escribió algo más que el Himno Nacional de Costa Rica.

José María Zeledón. Poesía y Prosa Escogida.
Alfonso Chase. Editorial Costa Rica.
San José, Costa Rica. 1979
Además de la letra del Himno Nacional de Costa Rica, José María Zeledón Brenes (1877-1949), publicó dos libros de poemas, algunos pocos relatos y numerosos artículos de opinión en periódicos y revistas. Esta otra producción literaria es bastante poco conocida. Algo similar ocurre en el caso de don Manuel María Gutiérrez (1829-1887), autor de la música del Himno Nacional, quien también compuso marchas, baladas y hasta piezas de música bailable.
Sin embargo, cuando, en los primeros grados de la escuela primaria, se les enseña a los niños a cantar el Himno Nacional, se les informa de los nombres del autor de la música y la letra sin brindarles más referencia y, a la larga, queda la impresión errónea que el Himno fue lo único que hicieron. 
Lamentablemente, casi toda la producción musical de Manuel María Gutiérrez nunca fue publicada y los manuscritos acabaron perdiéndose. Pero los escritos de José María Zeledón, que publicaba con frecuencia sus poemas y artículos de opinión en la prensa, siguen disponibles en archivos y bibliotecas.
Al cumplirse los cien años de su nacimiento, en 1977, don José María Zeledón fue declarado Benemérito de la Patria. Todos los ticos sabían que era el autor de la letra del Himno Nacional pero, aparte de ese único dato, el nuevo Benemérito era una figura prácticamente desconocida. Para compensar ese vacío de información, poco después de la declaratoria de benemeritazgo, se publicaron dos libros:  José María Zeledón (Billo), de doña Victoria Garrón de Doryan, editado por el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes en 1978; y José María Zeledón Poesía y Prosa Escogida, de Alfonso Chase, editado por la Editorial Costa Rica en 1979. El primero es una semblanza biográfica y el segundo una antología de textos literarios y periodísticos escritos por don José María Zeledón. Ninguno de los dos libros ha sido reeditado desde entonces.
Don José María Zeledón Brenes fue un hombre modesto y sencillo que tuvo una vida modesta y sencilla. Nació el 27 de abril de 1877. Su madre murió en el parto y su padre cuando él tenía siete años de edad. Tras quedar huérfano, fue criado por unas tías paternas. Aunque su familia era de escasos recursos, con su propio esfuerzo logró llegar a ser propietario de una pequeña finca pero nunca logró reunir una fortuna. A lo largo de su vida realizó distintos trabajos y ocupó diversos puestos tanto en la empresa privada como en la función pública, sin embargo, como afirmaba Francisco María Núñez, "en ningún lado llegó a calentar el asiento". La expresión tiene doble sentido. No llegó a calentar el asiento porque desempeñaba muy en serio su trabajo y no llegó a calentar el asiento porque en ninguno de los sitios en que trabajó se quedó mucho tiempo.
Desde muy joven empezó a enviar artículos de opinión a los periódicos que aparecían publicados con los pseudónimos de Billo o Merlín.  A la larga, el primero acabaría imponiéndose y don José María acabaría siendo conocido como Billo Zeledón.
José María Zeledón. (1877-1949)
Autor de la letra del Himno Nacional de Costa Rica.
Fue diputado en dos ocasiones. La primera, de 1920 a 1928, durante el período presidencial de don Julio Acosta García, tras la caída de la dictadura de Federico Tinoco Granados. La segunda, en 1949, cuando tras la revolución del año anterior, fue electo miembro de la Asamblea Nacional Constituyente. Esta segunda vez, don Billo no alcanzó a cumplir todo el periodo. Renunció por motivos de salud el 11 de octubre de 1949, la nueva Constitución entró en vigencia el 7 de noviembre de 1949 y don Billo murió en Esparza, a los setenta y dos años de edad, el 6 de diciembre de 1949.
Al repasar la antología de textos recopilados por Alfonso Chase, salta a la vista que don Billo, como escritor, no era ni un erudito ni un esteta. El propio don don Billo confesó que leía muy poco y que su cultura general estaba muy lejos de ser amplia. Por otra parte, no creía que los poetas debían ser lumbreras de conocimiento ni artistas de estilo rebuscado. En lo literario, apostaba por la sencillez y la espontaneidad. Su poesía es bastante simple, sin gran profundidad ni gran belleza. Pero esta característica corresponde con la visión que el propio autor, que renegaba de los círculos intelectuales cultos y elevados, tenía del oficio de poeta.
Solamente publicó dos libros. El primero fue Musa Nueva, en 1907, que apareció en la colección Ariel que editaba don Joaquín García Monge. El segundo fue Jardín para niños, en 1916, también de la colección Ariel, compuesto casi exclusivamente por canciones infantiles bastante largas, apareció con comentarios del propio don Joaquín García Monge y de Omar Dengo.
Se sabe que tenía en mente publicar dos libros más, cuyos títulos eran Campo de Batalla y Germinal. Al primero lo llamó "prosas de combate" y al segundo "poemas de fuerza", pero los manuscritos fueron destruidos, junto con casi todas sus pertenencias, en un incendió que arrasó su casa de habitación.
En cuanto a sus artículos de opinión, en que hacía referencia a preocupaciones sociales y a las circunstancias políticas del momento, debe señalarse que el pensamiento de José María Zeledón era en gran medida bastante ambiguo. A algunas ocasiones secundaba ideas revolucionarias bastante audaces y, en otras, se manifestaba por la defensa de valores tradicionales. Escribía tanto "poesía proletaria" como "poesía cívica".Se oponía al liberalismo tradicional costarricense, pero su actitud rebelde ante la autoridad rozaba un nivel casi anárquico. De hecho, la mayor parte de sus poemas fueron publicados en la revista anarquista Renovación. Fue uno de los que desfilaron, el 1 de mayo de 1913, en la primera celebración del Día del Trabajador en Costa Rica. Políticamente, militó en el Partido Reformista de Jorge Volio desde su fundación, pero fue un duro crítico del Partido Comunista de Manuel Mora Valverde, así como de los gobiernos de Rafael Angel Calderón Guardia y Teodoro Picado. Se manifestaba a favor de los trabajadores en tono vehemente y casi de prédica, pero los obreros que formaban parte de los sindicatos de la época, en algún momento le criticaron su posición paternalista y lo acusaron de profesar un "socialismo lírico", alejado de las luchas sociales que realmente estaban en marcha.
El libro recoge unas páginas en que el propio don Billo recuerda cómo fue la creación de la letra del Himno Nacional. La música fue compuesta en 1852 y, a lo largo de medio siglo, había tenido tres letras. La primera, del poeta colombiano José Manuel Lleras, que se cantó desde 1873 hasta 1882. Esta letra era en homenaje al General Tomás Guardia, por lo que, una vez muerto Guardia, no se volvió a usar. Las otras dos letras eran del español Juan Fernández Ferraz y del sacerdote cartaginés don Juan Garita Guillén. En unas escuelas se cantaba la letra de Ferraz y en otras la letra de Garita. El gobierno de Ascensión Esquivel convocó en 1903 a un concurso para dotar de letra oficial al Himno Nacional. Don Juan Fernández Ferraz y el Padre Garita participaron con nuevas propuestas.  Aquileo Echeverría y José María Alfaro Cooper también enviaron sus creaciones. Pero los miembros del jurado, compuesto por Alejandro Alvarado Quirós, Alberto Brenes Córdoba y Ricardo Fernández Guardia, así como el maestro italiano Alvice Casteganaro, que dictaminaría la adaptación musical, declararon ganadora la letra "Noble Patria tu hermosa bandera", cuyo autor la había presentado a concurso con el pseudónimo de "Labrador". Sin embargo, cuando se supo que el autor era José María Zeledón, ni al jurado ni al presidente Esquivel les pareció bien darle el premio, por lo que trataron de anularlo y, como no pudieron, demoraron mucho la declaratoria oficial y la entrega de los quinientos colones prometidos al ganador.
Recuerda don Billo que escribió el Himno Nacional de manera espontánea en apenas unos pocos minutos. Una vez listo, en la sala de su casa, con su esposa y otros amigos y parientes que lo acompañaban en ese momento, lo cantaron y, al ver que sonaba bien, se abrazaron y lo enviaron a concurso. En la primera estrofa, don Billo había escrito "bajo el manto azul de cielo", pero como faltaba una sílaba, después del fallo "manto" se cambió por "límpido". Esa palabra, "límpido", definitivamente no debió haber sido del agrado de don José María Zeledón, un hombre modesto y sencillo, que escribía sin utilizar términos rebuscados y que en el Himno Nacional que escribió, rinde homenaje a todos los que, como él, "en la lucha tenaz de fecunda labor", no solamente han vivido de su trabajo sino que han encontrado en encontrado en él la fuente de su prestigio, estima y honor.
INSC: 2113

domingo, 10 de diciembre de 2017

Carlomagno Araya, poeta ramonense.

Bandera y viento. Poemas de Carlomagno
Araya. Imprenta Nacional. Costa Rica, 1965.
Carlomagno Araya solamente estudió hasta el cuarto grado de primaria porque su abuela y tutora, Anacleta Lopez, no creyó que aquel niño flaco y asmático tuviera aptitud para seguir estudiando. Siendo apenas un muchachito pequeño empezó a trabajar como peón de finca y, a lo largo de su vida, acabaría desempeñando los más variados oficios. Fue arriero de ganado, leñador, minero, carpintero, ebanista, conserje, panadero, bibliotecario, fabricante de ataúdes y, además, poeta. 
Aunque durante toda su larga vida sus ingresos fueron siempre modestos, cuando le quedaba algún dinero disponible lo dedicaba a comprar libros y copiaba en un cuaderno las imágenes o ideas que más llamaban su atención.
Su talento literario fue descubierto a edad temprana. Antes de cumplir los veinte años de edad, ya su nombre se mencionaba como una joven promesa en el periódico "El ramonense".
En 1922 empieza a ganar certámenes literarios y, en ese mismo año, don Joaquín García Monge le consiguió un puesto en la sección de revistas de la Biblioteca Nacional.
Por haber nacido en San Ramón de Alajuela, tierra de poetas, no faltaron quienes lo señalaran como el heredero de Lisímaco Chavarría, el gran poeta ramonense quien, por cierto, también había trabajado en la sección de revistas de la Biblioteca Nacional. En sus primeras obras, no solamente imitaba el estilo de Lisímaco, autor de Manojo de Guarias,  sino también su observación sentimental de la naturaleza. Más tarde, Carlomagno se convirtió en lector de José Santos Chocano y acabó introduciendo en su poesía un tono épico.
No sé si el joven poeta habrá tenido oportunidad de conocer en vida a sus admirados modelos literarios. Lisímaco murió en 1913, cuando Carlomagno tenía apenas dieciséis años y la residencia de José Santos Chocano en Costa Rica no fue muy prolongada.
Toda su vida, Carlomagno Araya se mantuvo fiel a las normas clásicas de la poesía y censuró las innovaciones, experimentaciones, libertades y audacias de los poetas de las nuevas generaciones, al punto de polemizar en la prensa con los partidarios de la vanguardia.  En este sentido, en el año de 1954 le sucedió una anécdota memorable. Los académicos que sostenían posiciones distintas a la suya organizaron un concurso de poesía. Carlomagno, solamente por mortificarlos, envió al certamen un texto que había escrito en son de broma en el que hizo todo lo que él creía que no debía hacerse en poesía y, para su sorpresa, aquel enrevesado e impenetrable escrito acabó recibiendo una mención honorífica.  Sorprendido por el fallo, le confesó a un amigo: "Si continúo haciendo lo que considero un papanatismo artístico, los catedráticos me van a levantar un monumento."
Carlomagno Araya López nació el 5 de noviembre de 1897 y publicó un total de doce libros. Uno de ensayo y once de poesía. Su primer poemario, Primavera, fue publicado en 1930, mientras que el último, Cedro Amargo, apareció en 1977. Después de su muerte, ocurrida el 9 de julio de 1979, su familia publicó otros escritos suyos que habían quedado inéditos.
En mi biblioteca solamente tengo un libro de Carlomagno Araya, Bandera y viento de 1965 que, por esas vueltas de la vida, tiene una dedicatoria muy cariñosa escrita del puño y letra del autor. El autógrafo, naturalmente, no está dirigido a mí sino al propietario anterior del libro, don Cristián Tattenbach, quien era un gran lector de poesía. Cuando don Cristián murió, su hermana, doña Manuela, tuvo la gentileza de obsequiarme una buena cantidad de sus libros y este venía en el paquete.
El poeta empieza diciendo que su bandera no es un pedazo de tela policroma en un asta, sino el alma que lleva dentro. Bandera y viento, declara, "Es todo cuanto queda de lo que fui en la vida: juglar de las estrellas, cantor del arco iris, cansino peregrino sin meta ni salida, a quien el sino adverso corporizó en suicida de lentos ahorcamientos y cruentos harakiris."
El libro incluye composiciones de diverso tipo. Empieza con poemas emotivos y sentimentales, algunos verdaderamente conmovedores, como los que dedica a la muerte de su esposa y dos de sus nietos. Hay también, por supuesto, una buena carga de nostalgia, especialmente al recordar la casa de piso de tierra en que nació, así como frecuentes miradas bucólicas a la fresca naturaleza de su tierra. Aunque explora diversas formas, los sonetos, de impecable factura por cierto, aparecen con frecuencia.
Por haber cursado solamente hasta cuarto grado de escuela, salta a la vista de que Carlomagno Araya, como autodidacta, fue un lector voraz que llegó a alcanzar una gran cultura histórica y literaria, ya que en sus versos abundan las referencias clásicas tanto latinas como griegas.
Vienen luego varios cuentos breves con mensaje idealista, seguidos por un extenso diálogo titulado Escenas para ser radiodifundidas.
El libro cierra con el discurso que el poeta pronunció en 1963 como homenaje a su paisano Lisímaco Chavarría, al cumplirse los cincuenta años de su muerte.
En su alocución, critica a Roberto Brenes Mesén quien aconsejaba ser sobrio en el estímulo que se le debe dar a obras que, en sus palabras, "ni siquiera se pueden considerar como mediocres" y, en cambio, elogia al poeta Rogelio Sotela, "quien siempre tuvo el corazón colmado de agasajos para las producciones de nuestros intelectuales."
Brinda datos valiosos y desconocidos sobre la obra y figura de Lisímaco Chavarría y, por tratarse de un homenaje a un poeta ramonense pronunciado por otro poeta ramonense, asumiendo el riesgo de que lo acusen de localista, se atreve a afirmar que "San Ramón ha sido uno de los lugares escogidos para recibir los resplandores de la generosa y divina llama; ribera salpicada por las aguas del espíritu; surco sobre el que las manos del demiurgo platónico se abrieron en gesto de siembra, para arrojar semillas de inteligencia y de emoción creadora." 
Declara que los ramonenses acostumbran darles a sus hijos nombres sonoros, Alcione, Corina, Ahías, Fulmen, Lisímaco, Olger, Rulamán y Carlomagno, porque les importa más tener nombre que apellido.
"San Ramón tiene un Parnaso: el cerro del Tremendal, y una fuente Castalia: la poza de ñor Concho y quien se moja la cabeza en el agua de ese remanso, recibe el bautismo de Apolo y queda iluminado por el Espíritu Santo de la inspiración."
San Ramón de Alajuela es un cantón considerado tierra de poetas, al punto de que, en Costa Rica, cuando alguien es oriundo de esa zona, en lugar de decir que es ramonense, se dice que es poeta. Lisímaco Chavarría, el mayor poeta local, sigue siendo muy recordado. Carlomagno Araya, su reemplazo en la antorcha, no tanto.
A la izquierda, el poeta Carlomagno Araya retratado cuando tenía doce años.
A la derecha, la casa en que nació el 5 de noviembre de 1897.

INSC: 0135

domingo, 13 de agosto de 2017

La obra en prosa de Eunice Odio.

La obra en prosa de Eunice Odio.
Rima de Vallbona. Editorial Costa Rica
Costa Rica, 1980
Aunque su vida fue corta y solamente llegó a publicar tres libros de poesía, Eunice Odio ha llegado a ser considerada una de las grandes figuras de la literatura costarricense. Se le han erigido dos monumentos, uno en la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica y otro en los jardines del Teatro Nacional. En los años noventa, su nombre identificó a un memorable taller de poesía activa en que figuraron valiosos escritores jóvenes del momento. Convertida en figura de referencia, cada cierto tiempo algún artículo mantiene despierto el interés por esta gran escritora. Su poesía, pese a lo enigmática que pueda resultar en ciertos momentos, no deja de cautivar a los lectores que entran en contacto con ella.
En una de sus cartas, Eunice comentó, con cierta amargura y hasta resentimiento, que Octavio Paz le dijo "en el colmo de la solemnidad", que su poesía, como la de Blake, Saint John o Pound, al crear una mitología propia, es de la que nadie entiende hasta años, o incluso siglos, después de que los autores han muerto.
Lamentablemente y sin que hubiera que esperar tanto, la poesía de Eunice Odio empezó a ser conocida en Costa Rica cuando ella ya había fallecido.
Nacida en San José, en 1919, Eunice fue una niña curiosa e inquieta que, desde muy pequeña, solía escaparse de la casa para explorar el mundo. Aunque la ciudad de San José no pasaba de ser un pueblo grande en que todos se conocían, sus padres sufrían cada vez que tenían que salir a buscarla. Sin embargo, en cuanto aprendió a leer, dejó de vagabundear sola por las calles y comenzó a sumergirse en el mundo de los libros. Pocos años después de la muerte de su madre, Eunice, muy joven aún, contrajo matrimonio pero la unión no duró mucho.
En 1945, como casi todos los jóvenes inquietos de su generación, publicó algunos escritos suyos en el Repertorio Americano que dirigía don Joaquín García Monge. 
Su primer libro de poesía. Los elementos terrestres (1948), ganó un premio centroamericano en Guatemala. Eunice fue a recogerlo y, fascinada por la intensa actividad social y cultural del gobierno del Dr. Juan José Arévalo. se estableció en Guatemala de 1948 a 1953. Adoptó la ciudadanía guatemalteca, viajó por todo el istmo centroamericano, entabló amistad con Claudia Lars, Miguel Angel Asturias, Augusto Monterroso y Otto Raúl González, y hasta participó activamente en política. En Guatemala, escribió su segundo libro Zona en territorio del alba, que acabaría siendo publicado en Argentina en 1953. Desilusionada de la izquierda guatemalteca del Dr. Arévalo y de su sucesor, el Dr. Arbenz, Eunice se trasladó a vivir a México, país del que también adoptó la nacionalidad y donde escribió su tercer libro, considerado por muchos su obra maestra, El tránsito de fuego, que fue publicado en El Salvador en 1957.
Eunice Odio en su vestido de novia.
Eunice Odio se marchó de Costa Rica cuando era joven y nunca regresó. Los costarricenses, por su parte, le perdieron la pista y, como ya se dijo, su obra empezó a ser conocida en el país cuando ya ella había muerto. Hay quienes han interpretado esta circunstancia como un conflicto entre la escritora y sus coterráneos. En una de sus cartas, Eunice se refiere a sus paisanos como "los costarrisibles", pero el asunto se ha sobredimensionado. Es verdad que Eunice fue severa y tajante en su ensayo sobre la historia de Costa Rica, pero también lo fue al referirse a la realidad de Guatemala o de México, los tres países de los que fue ciudadana. Tenía una mente con gran sentido crítico y no se andaba con rodeos a la hora de expresar sus opiniones. Sin embargo, sus argumentaciones siempre fueron inteligentemente sustentadas y nunca se rebajaron al nivel de resentimientos personales que otros han querido encontrar en sus escritos. De hecho, Eunice estaba muy ilusionada con publicar en Costa Rica y revisó personalmente las pruebas de Territorio del alba y otros poemas, el primer libro suyo que iba a aparecer en el país, editado por EDUCA. Lamentablemente, no pudo llegar a verlo a impreso. En la triste fecha del 23 de marzo de 1974, Eunice fue encontrada muerta en su apartamento de la ciudad de México. El único poema suyo, publicado durante su vida en Costa Rica, fue Proyecto de un caballo, incluido en la antología Poesía Contemporánea de Costa Rica, compilada por Carlos Rafael Duverrán y editada por la Editorial Costa Rica en 1973.
Si Eunice no recibió en su país natal la atención que se merecía, se podrían encontrar otros motivos para explicarlo, además de su ausencia. Aunque las creadoras de leyendas han querido pintarla como mujer rebelde, Eunice se declaraba antifeminista, defendía valores familiares tradicionales y consideraba una farsa y una majadería los resentimientos de las mujeres contra la sociedad en que fueron criadas. Rechazaba también el compromiso político en la obra literaria y, a pesar de sus juveniles simpatías por los gobiernos de izquierda en Guatemala, pronto se desencantó de sueños revolucionarios y llegó a manifestar que la simpatías por el comunismo eran una forma ingenua o perversa de promover una tiranía totalitaria. Por otra parte, su poesía, misteriosa y llena de símbolos, se asomaba, hasta en sus episodios eróticos, a un mundo místico lleno de referencias mitológicas, mágicas y bíblicas.
Ella misma dijo: "Tal como entiendo el poeta, es lo contrario de un buscador de sí mismo. El poeta anda buscando a Dios y solo lo encuentra en el fondo de todos los hombres. Y solo es poeta cuando sabe de todos los hombres posibles."
En El tránsito de fuego,  llegó a inventar la palabra pluránimo, porque: "Si un poeta no es la suma de todas las almas, va mal."
Pues bien, una escritora que no era ni feminista ni de izquierdas y cuyos poemas, además, tenían un alto contenido espiritual y estaban construidos con imágenes misteriosas, no calzaba precisamente con el tipo de literatura que se elogiaba en los años sesentas y setentas. Solamente quienes pudieron elevar su visión más allá de la moda del momento, fueron capaces de reconocer en la poesía de Eunice Odio la gran riqueza, belleza y sabiduría que de que estaba llena.
De la poesía no se vive y, por eso, todos los poetas tienen otro oficio. Tanto en Guatemala como en México, Eunice trabajó como periodista. La reconocida investigadora literaria Rima de Vallbona, escuchó por primera vez el nombre de Eunice Odio en labios de un profesor de la Universidad de Middbury, en el Estado de Vermont, cerca de la frontera con Canadá. Hasta allá había llegado la fama de esta escritora a quien los costarricenses desconocían. Deslumbrada al descubrir la obra de esta compatriota de la que no tenía noticias previas, se puso a rastrear, además de sus poemas, sus artículos periodísticos y, en 1980, publicó La obra en prosa de Eunice Odio, en que aparecen ensayos, reseñas de libros, relatos y algunas de las muchas cartas que Eunice le escribió a su amigo, el editor venezolano Juan Lizcano.
Eunice Odio. (1919-1974)
Lamentablemente, el libro no incluye el ensayo que publicó en 1948 sobre la historia de Costa Rica, que es en verdad valioso. Además, como la gran mayoría de obras que se han publicado sobre Eunice, comete el error de ubicar su nacimiento en 1922, cuando en realidad tuvo lugar en 1919. Pero, aparte de estos dos pequeños detalles, el libro es una buena muestra de la amplia cultura, la clara inteligencia, el fuerte temperamento y el estilo contundente y sincero de esta gran escritora costarricense.
En sus comentarios sobre arte y literatura, tanto los elogios como los reclamos están sólidamente argumentados. Fustiga a Siquerios y denuncia que el muralismo mexicano ha llegado a un punto de estancamiento. La reseña que hace de Estirpe Sangrienta, de Pedro Joaquín Chamorro, es tan amplia como emotiva. Al comentar Las buenas conciencias, de Carlos Fuentes, considera que, tras La región más transparente, en esta segunda novela hay un progreso evidente y cierra diciendo que Fuentes, "bien podría depararnos algo que, viéndolo bien, no sería del todo una sorpresa."
Logra ser punzante, irónica y hasta humorística, cuando la situación lo amerita. Al comentar los cuentos de la escritora Guadalupe Amor, (cuyo apellido es antónimo al suyo) los califica como "genuina cursilería" e invita a verla hundirse en "un pantano de mermelada". Sus cuentos, dice, "son, ni más ni menos, chismes de diversos matices y del peor gusto. Homosexuales, solteronas, amantes frustradas, desfilan por el libro, no como una galería de títeres -¡ojalá lo fueran!- sino como una colección de trajes y sombreros pasados de moda,"
La poesía de Eunice Odio, por su complejidad y riqueza simbólica, es posible que requiera algún tipo de esfuerzo, o al menos voluntad y apertura, para entrar en sintonía con ella. Pero sus ensayos, relatos y reseñas son de una contundencia transparente. En cada página, no desaprovecha la oportunidad de compartir su manera personal de comprender el arte, en general, y la literatura, en particular.
En poesía, afirma, oscuro es lo que no trasciende. Hay obras que se llaman oscuras, pero son más bien difíciles de penetrar. Eunice Odio descreía en el arte a la moda, en el éxito taquillero, en seguir la cantaleta del momento. Más que complacer al lector con un texto entretenido, amigable y de fácil digestión, prefería invitarlo a realizar un pequeño esfuerzo por alcanzar una sintonía que acabaría deparándole emociones intensas y reflexiones profundas.
INSC: 1185

sábado, 5 de noviembre de 2016

Arturo Echeverría Loría.

Arturo Echeverría Loría. De artes y letras.
Edición: Víctor Julio Peralta. Portada: Manuel
de la Cruz González. Editorial Costa Rica. 1972.
Arturo Echeverría Loría (1909-1966) fue poeta, editor, crítico de arte, colaborador del Repertorio Americano y amigo cercano de don Joaquín García Monge, editor de la revista Brecha y director de la Editorial Costa Rica. Hombre de gran sensibilidad artística, supo aprovechar sus largos y frecuentes viajes para estudiar a fondo tanto las obras clásicas como las nuevas tendencias. El tiempo que vivió en la gran ciudad de New York le hizo descubrir una soledad por entonces desconocida en la bucólica población de San José de Costa Rica, donde había nacido y vivido toda su infancia y juventud. Tras un largo periodo de residencia en México, donde cultivó la amistad de pintores, escritores, poetas e intelectuales de renombre, regresó a su patria convertido en crítico de arte.
Don Francisco Amighetti dejó escrito que fue Arturo Echeverría Loría quien, por su gran entusiasmo, lo llevó a descubrir y valorar la poesía francesa. Ansioso de satisfacer su gran interés por el arte y la literatura, Echeverría Loría se convirtió en un lector voraz, en un erudito de cultura enciclopédica que leía mucho más de lo que escribía.
Bastante joven, en 1937, publicó Poesías y, tras este debut tempranero, pasarían casi veinte años hasta la aparición de su segundo libro.
En 1956, a propósito del centenario de la Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker, Arturo Echeverría Loría editó una obra titulada Juan Rafael Mora. El Héroe y su pueblo. en la que hacía una semblanza de su ilustre bisabuelo.  Doña Clemencia, la madre de Arturo, era hija de Juanita Mora Aguilar, la última hija de don Juanito Mora y doña Inés Aguilar Cueto.
Años después, vendrían Fuego y Tierra (1963), Himno a la esperanza (1964) y Elejía Desastillada (1966). Algunos de sus poemas fueron publicados en revistas mexicanas y sus artículos de crítica literaria y artística aparecían diversos periódicos. Dos años después de su muerte, la Editorial Costa Rica publicó su obra teatral La Espera. Sus relatos y gran parte de su obra poética quedaron inéditos.
En 1972, la Editorial Costa Rica decidió realizar cuatro entregas con la obra de Arturo Echeverría Loría. El primer libro con artículos, comentarios y ensayos sobre arte y literatura, el segundo con sus relatos y obras de teatro, el tercero con la poesía que dejó inédita y el cuarto con una recopilación de los libros de poesía que publicó en vida.
No sé si el proyecto llegó a concretarse o quedó a medias. El único de los cuatro libros que he logrado encontrar ha sido el primero, titulado De artes y de letras, en que aparecen comentarios sobre la obra de pintores y escultores costarricenses como Quico Quirós, Juan Manuel Sánchez, Max Jiménez, Margarita Bertheau, Francisco Amighetti, doña Flora Luján, Jorge Gallardo, Gonzalo Morales, Felo García, Francisco Alvarado Avella, Floria Pinto de Herrero, Luis Dael, Juan Rafael Chacón, Néstor Zeledón y Francisco Zúñiga.
Arturo Echeverría Loría. 1909-1966.
Poeta, narrador, dramaturgo y crítico de
arte y literatura.
En la parte literaria hay un ensayo sobre Rubén Darío, un recuerdo a su amigo don Joaquín García Monge, el obituario que escribió tras la muerte de Carmen Lyra, comentarios a la obra de Alfredo Cardona Peña y, para cerrar el libro, un escrito verdaderamente revelador sobre  Walt Whittman.
La figura del crítico está bastante desprestigiada. Para muchos, el crítico es un artista frustrado que, al ser incapaz de crear, se deleita en evaluar con severidad lo que otros hacen para señalar errores y torpezas. A los críticos, también, se les acusa de disfrazar con análisis sus gustos, simpatías y antipatías personales. Elogian a los amigos y denigran a los enemigos, se dice.
Arturo Echeverría Loría, en este libro, le lava la cara al oficio ya que ejerce la crítica de manera elevada y oportuna. Todos los artistas costarricenses a los que se refiere eran sus amigos personales pero en ninguna de sus notas hay complacencias ni elogios gratuitos. Echeverría Loría se enfoca en la obra, intenta comprenderla más que explicarla, llama la atención sobre aspectos que podrían pasarse por alto y muestra el valor, el sentido y el aporte que esa obra es capaz de brindar.
Don Paco Amighetti decía que las críticas de arte de Arturo Echeverría Loría no estaban "escritas con términos técnicos, sino con el  fervor de los enamorados".
El verdadero erudito no se pone a lucirse con palabras que nadie entiende, sino que logra hacer, de asuntos que supuestamente le interesan a pocos, un tema de discusión pública. El verdadero sabio, como decía Santo Tomás de Aquino, no busca brillar, sino iluminar.
Arturo Echeverría Loría era un hombre culto que había estudiado a fondo el arte y la literatura pero, más que eso y antes que eso, era un hombre de sensibilidad, pasión y entusiasmo contagiosos.
Decía don Paco Amighetti: "Arturo con su mística perseguía el realismo gótico y quería vivir la poesía antes que escribirla. Y aunque leía a los poetas, para él la poesía estaba más que en los anaqueles de libros, en los países desconocidos, en la soledad, en el amor frustrado y también en el hambre."
La verdadera cátedra de Arturo Echeverría Loría estaba, según recuerdan quienes lo conocieron, en su conversación inteligente, cálida y amena. En su extraordinario don de gentes. En el hecho de que la amplia cultura que llegó a alcanzar, en vez de alejarlo de sus semejantes lo aproximó más a ellos.
Mi buen amigo don Sergio Román me contaba que don Arturo fue de los primeros amigos que encontró al llegar a Costa Rica y que la tertulia con él era tan amena que acabó siendo cotidiana.
Verdadero Quijote, vivía metido en mil proyectos, pero el que más le ilusionaba era la edición de libros. Revisaba los textos, corregía las pruebas y estaba al cuidado de hasta el más mínimo detalle de contenido y diseño. En lo personal, él publicó poco, pero fue un editor amorosamente dedicado a los libros de otros. Supongo que la portada que hizo el artista Manuel de la Cruz González para la recopilación de sus artículos le habría gustado. Son solamente letras en un fondo amarillo, pero el diseño y el juego con la tipografía es muy agradable.
Nora Echeverría Loría (1916-2016).
Hermana de Arturo. Cuando la conocí
tenía 99 años de edad.
Arturo Echeverría Loría es de esos escritores que, por medio de la página impresa, logran establecer una conversación con el lector. He escuchado tantas anécdotas suyas que, con el tiempo, se ha convertido para mí en una figura familiar y cercana. Me habría gustado haberlo conocido pero la cita no se pudo dar porque llegué tarde. Murió antes de que yo naciera. Sin embargo, cuando uno menos lo piensa, ocurren encuentros inesperados.El 24 de diciembre de 2005, invitado por mi buena amiga la escritora Anabelle Aguilar Brealey, asistí a una celebración de Vísperas de Navidad. El grupo era pequeño y a mi lado se ubicó una señora mayor en silla de ruedas. Anabelle, al presentarnos, me informó que doña Nora Echeverría de Van der Laat era bisnieta de don Juanito Mora. Sorprendido, en vez decirle "Es un placer conocerla", di un salto y le pregunté de una vez: "¿Usted es hermana de Arturo?"
Cuando intenté disculparme por mi salida de tono, la viejita, sonriente, me dijo que eso le había pasado con frecuencia toda su vida. La presentaban como Nora y la reconocían como la hermana de Arturo.
Mientras esperábamos que empezara la Misa de Gallo, me contó historias de su hermano. No me habló del poeta, del escritor, del editor ni del crítico de arte, sino del niño travieso y el joven inquieto que siempre llenaba la casa de risas.
INSC: 2276

viernes, 3 de junio de 2016

Francois Garron Lafond. Fundador de la famila Garrón en Costa Rica.

Fracois Garron Larfond.
Victoria Garrón de Doryan.
Servicios Técnicos Publicitarios.
Segunda Edición.
Costa Rica, 1989.
Francois Garrón Lafond nació el 25 de diciembre de 1843 en Villefranche, población situada a poco más de veinte kilómetros de la ciudad francesa de Lyon. Su padre, que era propietario de unos viñedos y fabricaba excelentes vinos, murió en mayo de 1853, cuando Francois no había cumplido aún los diez años de edad.
Pese a que era brillante en los estudios y su madre le insistía que terminara alguna carrera, tras unos cuantos años en un internado, Francois abandonó las aulas para ponerse al frente del negocio familiar. Cuando tanto su madre como su hermana contrajeron matrimonio, y en vista de que el administrador del viñedo era de su entera confianza, Francois decidió emigrar a América.
En la biografía que escribió su nieta, doña Victoria Garrón de Doryan, se reproduce el diario de viaje del joven aventurero, en que anotaba las peripecias de su larga travesía. A bordo de un velero, zarpó de Burdeos el 24 de noviembre de  1867, tomó rumbo al Atlántico sur, le dio la vuelta al Cabo de Hornos y ya en el océano Pacífico, viró hacia el norte y arribó a San Francisco, California, el 15 de abril del año siguiente.
Según el joven emigrante, sus conocimientos sobre la elaboración de vino le permitirían encontrar trabajo como enólogo, pero no topó con suerte y, cansado de tocar puertas, se dio cuenta de que ninguna de las numerosas haciendas vinícolas californianas estaba interesada en contratar sus servicios.
Eran los años de la fiebre del oro y, joven y fuerte como era, se arrolló las mangas y empezó a trabajar en una mina. Aunque los yacimientos eran abundantes y generosos, lo que ganaba apenas le daba para vivir. El único ahorro que logró hacer en ese trabajo consistió en una piedra, más amarilla que gris, que guardó como recuerdo.
En California, hizo amistad con la familia francesa Lermitte Bulland, cuya hija, Victoria, de apenas nueve años, escuchaba atenta y maravillada las aventuras del joven soñador que había recorrido medio mundo. 
Durante tres años, Francois trató de encontrar alguna oportunidad de negocio en San Francisco o Sacramento pero, al no hallarla, decidió abandonar los Estados Unidos y trasladarse a México. Como no tenía dinero, se movilizaba en el primer medio de transporte que apareciera, dormía en donde lo sorprendiera la noche y realizaba trabajos ocasionales para poder comer y continuar su camino. En abril de 1870 estaba en Guaymas, luego pasó por Jalisco, Colima, Puebla, Chiapas y, siete meses después, en noviembre, arribó a Guatemala. De allí se embarcó hacia Colón, en Panamá, cruzó el istmo por tierra y luego tomó un barco a Perú, donde permaneció dos años trabajando en una fábrica de embutidos.
Como el sueño americano no parecía concretarse, Francois decidió retornar a Europa. En el puerto de Colón, ya dispuesto a irse, conoció a otro francés, Maurice Naute, quien le recomendó que no se fuera sin visitar Costa Rica, ya que tal vez ese pequeño país podría ser la tierra prometida que andaba buscando. Picado por la curiosidad, Francois arribó a Limón el 22 noviembre de 1872. Aunque ya se hablaba del ferrocarril, todavía era apenas una ilusión que demoraría en concretarse. Para conocer San José, la ciudad capital, había que atravesar espesas junglas y caudalosos ríos a lomo de mula en un viaje que tardaba varios días. Francois hizo el recorrido y el 25 de diciembre de ese año, además de la Navidad, celebró su cumpleaños número veintinueve rodeado de sus nuevos amigos ticos. El país le gustó, decidió quedarse y, como signo de su nueva vida, hizo algo que no había hecho ni en los Estados Unidos, ni en México, ni en Guatemala, ni en Panamá, ni en Perú. Se cambió el nombre. Ya no sería más Francois, sino Francisco. En poco tiempo, por el respeto que inspiraba, fue llamado don Francisco y, como con el paso de los años, además de respeto se ganó el cariño de quienes lo trataban, al final de su vida fue conocido como don Chico.
En la Costa Rica de aquel entonces no se conocían los embutidos, así que don Chico aprovechó los conocimientos adquiridos en Perú y montó, en la Uruca, una carnicería en la que elaboraba salchichón, mortadela y salami. Aunque las muestras gratis que repartió fueron muy apreciadas, fue necesario solicitarle que no utilizara carne de caballo en sus productos. En Francia, el salchichón se hace de caballo, pero en Costa Rica no se acostumbra comer ese animal. Atendiendo la solicitud del público, sus embutidos tuvieron como única materia prima los cerdos que se criaban en Santa María de Dota, alimentados con bellotas y no con guineos.
Don Chico logró firmar un contrato con Minor Cooper Keith para abastecer de alimentos a los trabajadores que construían el ferrocarril a Limón. No solamente les proveía embutidos, sino también carne cruda. Tras destazar reses o cerdos, colocaba la posta y las vísceras en barriles que luego rellenaba con manteca derretida. Cuando la manteca se enfriaba y se endurecía, la carne podía pasar días, semanas y hasta meses enteros sin descomponerse. Bastaba simplemente con derretir la manteca y los trozos de carne aparecían tan frescos como el día de la matanza. El sistema, que había sido utilizado por las tropas de Napoleón, era desconocido en Costa Rica y sorprendió por lo ingenioso.
En cinco años, don Chico se hizo de una buena fortuna y en un viaje que realizó a Francia para visitar a su madre, se reencontró con la familia Lermitte Bulland, sus amigos de San Francisco. La niña Victoria que escuchaba sus historias ya había crecido y Don Chico, rico empresario centroamericano, le propuso matrimonio. La boda se celebró en Francia, él tenía treinta y cuatro años y ella dicienueve.
La piedra dorada que aún guardaba como recuerdo de sus tiempos de minero en California, dio el material necesario para hacerle a su esposa anillo, pulsera, collar, aretes y prendedor de oro puro.
Con los baúles llenos de regalos y enseres para su casa, la joven pareja arribó a Limón. El tren seguía sin concretarse, así que en una caravana de carretas de bueyes tomaron la ruta de Siquirres, Guácimo, Guápiles, el río Toro Amarillo, Carrillo, el Bajo de la Hondura, el Alto de la Palma, San Jerónimo, Santa Rosa, Moravia y Guadalupe, hasta llegar a la Aduana Principal de San José, donde terminaba el camino de piedra.
A pesar de su juventud, doña Victoria llegó molida por el viaje, pero le gustó San José y la casa donde vivían, a dos cuadras del mercado. Aunque los franceses suelen mantenerse fieles a su gastronomía estén donde estén, don Chico, por sus viajes, había llegado a la conclusión de que la mejor manera de mantener la salud era comer, en cada lugar, lo mismo que los habitantes locales comían. A doña Victoria nunca le gustaron las tortillas de maíz ni los plátanos verdes pero, salvo esas dos excepciones, se adaptó perfectamente a la comida tica. Por su lengua francesa, solía poner el acento en la última sílaba de cada palabra y, al ir de compras, decía: "Chayoté, camoté, zapalló, tacacó o tiquisqué".
Don Chico hizo el experimento de sembrar manzanas y uvas en el trópico, pero le salieron, además de diminutas, muy ácidas.
Hypolite Tournón.
Cansado de hacer embutidos, se puso a fabricar jabón en el patio de su casa. Los vecinos se quejaron porque el jabón, que tan bien huele una vez terminado, suelta un olor muy desagradable cuando está en proceso. Por influencia de dos acaudalados franceses, Hipólito Tournón y su administrador Amón Facileau de Plantie, don Chico empezó a cultivar café en Cartago. Actualmente, la zona al norte del río Torres se llama Barrio Tournón y la que está al sur se llama Barrio Amón, en honor a estos dos personajes que utilizaban las aguas del río, entonces claras y limpias, para beneficiar su café. Otra actividad en la que don Chico incursionó fue el cultivo de caña de azúcar en Turrubares.
La familia empezó a crecer. Después de Margarita, la primogénita que murió en la infancia sin haber cumplido el primer año de vida, Don Chico y doña Victoria tuvieron cuatro hijos varones: Estanislao, Eugenio, Francisco y Enrique que, al crecer, resultaron buenos para el baile y el deporte. Todos ellos eran atletas, nadaban, corrían y saltaban con garrocha. Además, los cuatro formaron parte de los primeros clubes de fútbol que hubo en el país. Los dos mayores jugaban con el Club Sport Costarricense y los dos menores con el equipo La Estrella.
En 1900, don Chico se llevó a toda la familia a París, entre otras cosas para conocer la Torre Eiffel, (edificada en 1889), y acabaron quedándose en la capital francesa todo el año de 1901.
De vuelta en Costa Rica, las empresas de don Chico sufrieron un serio revés que, aunque no lo dejó en la pobreza, sí redujo considerablemente su capital. Perdió los cafetales y los cañales y solo le quedó la fabricación de jabón para ganarse la vida. El ánimo del viejo decayó y llegó a sufrir una depresión, pero los muchachos, alegres por naturaleza, no le dieron importancia al hecho de que no tenían herencia que esperar y mantuvieron el optimismo de cara al futuro.
En 1913, Eugenio contrajo matrimonio con Margarita Salazar. Estanislao tenía planeado casarse al año siguiente con Claudia Orozco Casorla. Por ello, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, decidieron quedarse en Costa Rica. Los dos hermanos menores, Francisco y Enrique, que estaban solteros, sí consideraron su deber presentarse a servir en el ejército francés. Francisco, que fue destacado en una división de infantería, murió en el campo de batalla. Enrique, luchó en el frente de 1914 a 1919, sobrevivió y fue condecorado, pero murió en un trágico accidente de regreso en Costa Rica. En Limón, estaba a la orilla de la línea mirando pasar un tren cargado de tucas, las cadenas se reventaron y acabó aplastado por los enormes troncos. El poeta Rafael Cardona escribió su obituario.
Don Chico, que nunca más regresó a Francia, se quedó en Costa Rica rodeado de sus nietos. Del matrimonio de su hijo Eugenio con Margarita Salazar nacieron Francisco (1915), Hernán (1918) y Eugenie (1920). El más reconocido es don Hernán Garrón Salazar, finquero limonense, diputado y ministro en varias ocasiones, Presidente de la Asamblea Legislativa y precandidado presidencial en 1978.
Un dato curioso: el día antes de la boda de su hijo Estanislao con Claudia Orozco Casorla, falleció la vecina de al lado, doña Olivia Castro de Tinoco. Por respeto al duelo, a los contrayentes les pareció inapropiado realizar una fiesta en el barrio y la ceremonia se reprogramó a última hora en casa de don Joaquín García Monge. Del matrimonio de don Estanislao con doña Claudia nacieron Jorge Enrique (1916), Miguel Alberto (1918) y Victoria (1920). Doña Victoria Garrón Orozco de Doryan, escribió poesía tanto en francés como en español, fue directora del Liceo Anastasio Alfaro y Vicepresidente de la República de 1986 a 1990.
Aunque don Chico era quince años mayor que su esposa, ella murió primero, en 1924 a los sesenta y cinco años de edad.
En 1927, al enterarse que Charles Lindberg había volado sobre el Atlántico y había aterrizado en París tan solo treinta y tres horas y veintinueve minutos después de haber partido, don Chico se mostró muy impresionado. "La primera vez que viajé de Europa a América, en un velero, tardé cuatro meses y tres semanas. La última vez, en un buque de vapor, fueron cinco semanas. Ahora este muchacho hace el viaje en poco más de un día. ¿Me pregunto cómo será en el futuro?"
Ni él ni nadie en aquella época podía suponer que unas cuantas décadas después, el Concorde haría el viaje entre París y New York en dos horas y media.
A los noventa y cinco años de edad, en setiembre de 1939, don Chico recibió con dolor el anuncio del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Esa fue la última noticia que leyó. "Recuerdo tantas guerras a lo largo de mi vida, que ya no quiero saber más de la destrucción de la humanidad."
Unas semanas más tarde, el 17 de octubre de 1939, don Chico falleció. Su muerte fue muy sentida y, además de sus actividades en la industria, la agricultura y el comercio, se recordó su faceta altruista, ya que don Chico, tanto durante los tiempos de vacas gordas como de vacas flacas, fue siempre un generoso benefactor del Hospicio de Huérfanos.
Victoria Garrón Orozco de Doryan,
(1920-2005)
La obra de Victoria Garrón de Doryan sobre su abuelo es verdaderamente emotiva, está escrita con gran afecto y brinda datos tan abundantes como sorprendentes. Sus páginas incluyen fotografías, mapas, cartas, notas de prensa y páginas de diario. La biografía fue recibida con tanto interés que debió realizarse una segunda edición. De hecho, lo único desagradable del libro es el prólogo, escrito por Lilia Ramos. Como si se tratara de una profesora que corrige las composiones de los alumnos, la prologuista se atreve a mencionar que ha detectado en el libro "algunas fallas", sin tomarse la molestia de señalar ninguna. Quien tenga acceso a un borrador antes de ser publicado, si descubre alguna "falla" tiene la oportunidad (y el deber) de corregirla. Por otra parte, si uno quiere ponerse melindroso con un texto, puede hacerlo en una reseña pero no en el libro mismo. Al asunto, en todo caso, no hay que darle mucha importancia ya que los lectores de biografías, por lo general, se saltan el prólogo.
En Costa Rica, la mayoría de los apellidos tiene su origen en una sola persona. Todos los Jiménez, Solano, Bonilla y Torres, por ejemplo, descienden de conquistadores españoles que, al establecerse en territorio costarricense, eran los únicos en ostentar su apellido. Lo mismo sucedió con inmigrantes posteriores. Todos los Volio de Costa Rica descienden del marino genovés Carlo Volio, quien tuvo un único hijo, José María y luego, con el paso de los años llegaron a ser numerosos. Aunque el apellido Garrón no es muy común, el clan fundado por Don Chico, sus cinco hijos (de los cuales solamente dos tuvieron descendencia) y sus seis nietos, ya se ha hecho grande.
INSC: 1725
Al centro, don Chico Garrón con su esposa doña Victoria.  A la izquierda,
Estanislao y Francisco. A la derecha, Eugenio y Enrique.

viernes, 27 de mayo de 2016

Eunice Odio en Guatemala.

Eunice Odio en Guatemala. Mario A.
Esquivel T. Ministerio de Cultura,
Juventud y Deportes. Costa Rica.
No indica el año de publicación.
Eunice Odio viajó a Guatemala a recoger un premio y acabó quedándose a vivir en ese país durante cinco años. En 1946, el gobierno guatemalteco convocó un premio centroamericano de poesía cuyo ganador sería anunciado el 15 de setiembre del año siguiente como parte de las celebraciones de la fiesta de independencia.
Una vez leídas las obras presentadas, los miembros del jurado, el periodista Flavio Herrera Hernández, el pintor Abelardo Velásquez y el escirtor Miguel Ángel Asturias, decidieron galardonar a la costarricense Eunice Odio por Los elementos terrestres y al salvadoreño Hugo Lindo por Libro de Horas. Cabe anotar que el premio no fue compartido sino duplicado. Cada uno de ellos recibió la medalla de oro y los ochocientos quetzales que fueron ofrecidos y sus respectivos libros fueron publicados, en 1948, por cuenta del Estado guatemalteco.
Los dos poetas premiados eran jóvenes pero no desconocidos. Hugo Lindo solamente había publicado un libro anteriormente, en 1943, pero su nombre ya gozaba de cierta fama. Algunos poemas de Eunice, por su parte, habían aparecido en Repertorio Americano, la revista que editaba don Joaquín García Monge y que circulaba por toda América Latina. 
Augusto Monterroso, al comentar el fallo del premio, celebra el triunfo de Eunice, cuyos pocos poemas publicados hasta entonces tal parece que le eran familiares.
En setiembre de 1947, Eunice recibió su premio en Guatemala, donde causó gran impresión, dictó conferencias y estableció contactos con revistas y periódicos locales que se mostraron dispuestos a publicar sus colaboraciones. Luego, aprovechando la notoriedad ganada con el Premio Centroamericano, emprendió una gira por los cinco países del istmo, que le permitió conocer en persona a los escritores de la región. Con Claudia Lars la amistad llegó a ser estrecha.
Los Elementos Terrestres, primer libro de poesía publicado de Eunice Odio, se imprimió el 15 de mayo de 1948 en Guatemala. La autora, que había viajado nuevamente a ese país para la ocasión, decidió quedarse a vivir allí. Los motivos de esta decisión no son difíciles de imaginar. Costa Rica estaba atravesando un período difícil. La confrontación entre los distintos grupos políticos, agresiva y violenta desde hacía años, había desembocado en una guerra civil en marzo de 1948. Aunque el conflicto duró apenas un mes, Eunice era opositora al bando ganador. Además, pese a ser colaboradora del Repertorio Americano, Eunice consideraba que en Costa Rica no había suficiente espacio para destacarse como escritora.
Guatemala, por el contrario, vivía en aquel tiempo la época del Dr. Juan José Arévalo, el presidente cuyas acciones en favor de la justicia social y el desarrollo de las artes despertaban entusiasmo entre las mentes progresistas y brindaban protagonismo a los artistas e intelectuales. Eunice Odio no fue la única escritora centroamericana que optó por residir en Guatemala en aquellos años. El poeta nicaragüense Alberto Ordóñez Argüello, por citar otro ejemplo, llegó incluso a ser colaborador cercano del Dr. Arévalo.
Durante los cinco años que vivió en Guatemala (1948-1953), Eunice escribió su segundo libro, Zona en territorio del alba, publicó crítica literaria y artística en periódicos y revistas locales, fue miembro de AGEAR (Asociación Guatemalteca de Escritores y Artistas Revolucionarios), participó en política y sostuvo memorables polémicas en la prensa.
El Licenciado Mario A. Esquivel T. recopiló varios documentos de esta época en una antología titulada Eunice Odio en Guatemala. El libro, publicado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, por un error de edición, no consigna el año en que fue publicado. Tras una semblanza de las actividades de Eunice en tierras chapinas, la obra está dividida en tres secciones. La primera es una colección de artículos publicados por Eunice en la prensa local, la segunda es una muestra de los poemas que escribió en aquellos años y la tercera consta de noticias que aparecieron sobre ella.
Verdaderamente interesante resulta leer Exposición sobre política actual de Costa Rica, un larguísimo artículo que Eunice publicó en diciembre de 1947, en el que expone sus punto de vista sobre la confrontación que vivía entonces su país. Aunque posteriormente cambió su posición, en aquellos años Eunice mantenía aún simpatía por las ideas de izquierda y sostiene que, en el fondo, lo que Costa Rica estaba viviendo era un conflicto entre fuerzas revolucionarias y reaccionarias. El artículo es detallado al enumerar los atentados contra la vida de Manuel Mora, pero no menciona nada de las acciones represivas y abusivas de los gobiernos del Dr. Calderón Guardia y del Lic. Teodoro Picado.
Eunice Odio. (1919-1974)
No podía imaginarse entonces que apenas tres meses después de publicado su artículo, el alzamiento de don José Figueres contaría con el apoyo, ni más ni menos, que del propio Dr. Arévalo.
En todo caso, Eunice acabó desilusionada del Dr. Arévalo y, en las elecciones de 1950, se opuso a Jacobo Árbenz y apoyó a Jorge García Granados. Participó activamente en la campaña y acompañó al candidato en sus giras. Tras el triunfo de Árbenz, Eunice, que ya se había distanciado de la izquierda, manifestó su preocupación por el avance del comunismo en Guatemala de la mano del dúo Arévalo-Árbenz.
En Biografía de una generación, Eunice declara que "Costa Rica no ha tenido, ni tiene, ni tendrá, un presidente que se interese por las letras y las artes" y, de nuevo, hace largo repaso histórico que se remonta hasta los tiempos del General don Tomás Guardia.
Ya en el plano literario y artístico, Eunice reseña con aprecio y entusiasmo la obra de Otto Raúl González,  se incluye su hermosa entrevista a don Francisco Gavidia así como su ensayo sobre la pintura de su prima Margarita Berthau.
Hace gala de su famosa y contundente ironía en el artítulo titulado Alejandro Sux corre tras un turista, que se refiere a un señor Cantala, "diz que autor de El insípido, libro idem."
Tras cinco años en Guatemala, Eunice se trasladó a México, donde murió en 1974. Los tres libros que publicó en vida aparecieron: el primero en Guatemala, el segundo en Argentina y el tercero en El Salvador.
Gran escritora y personaje atractivo y singular, a Eunice Odio los costarricenses empezamos a conocerla cuando ya no estaba en este mundo. Se marchó muy joven de nuestro país y nunca regresó. 
INSC: 2234

domingo, 27 de marzo de 2016

Don Joaquín García Monge.

El hombre del Repertorio Americano.
Eugenio García Carrillo. STVDIVM.
San José, Costa Rica. 1981
Aunque escribió tres novelas y numerosos cuentos, ensayos, discursos y artículos, la gran obra de don Joaquín García Monge fue su revista Repertorio Americano, que circuló por todos los países de habla española de 1919 a 1958. Quizá por ello, su hijo, Eugenio García Carrillo, decidió titular El hombre del Repertorio Americano a la semblanza biográfica que publicó, en 1981, para conmemorar el centenario del nacimiento de don Joaquín.
Educador, escritor, editor y periodista, la vida de don Joaquín García Monge, aunque tuvo momentos de angustia y de gloria, fue sencilla y discreta. Nació en Desamparados, el 20 de enero de 1881. Su padre, que también se llamaba Joaquín García, era originario de Cartago y fue contratado por Mariano Monge, rico cafetalero desamparadeño, para que fuera maestro de sus hijas. El joven tutor acabó casándose con Luisa, una de sus pupilas. 
El padre murió cuando Joaquín García Monge, su único hijo, tenía apenas seis años de edad. De herencia, solamente le dejó una modesta biblioteca en la que el pequeño huérfano, tímido y de temperamento discreto y sereno, acabó desarrollando una verdadera pasión por la lectura. Cabe mencionar que el censo de 1892 consignaba que, en la Costa Rica de aquel entonces, solamente una de cada cuatro personas sabía leer y escribir.
El primer relato publicado de Joaquín García Monge, titulado Cuadros, apareció en el periódico en 1898, cuando el joven autor solamente tenía diecisiete años de edad. A los diecinueve años, en 1900, escribió tres novelas: El Moto, Abnegación e Hijas del Campo y, curiosamente, nunca más volvió a escribir novelas.
Le dio a leer El Moto a su maestro, don Carlos Gagini, quien le recomendó que lo publicara. Fue a hablar entonces con doña María de Lines, quien imprimía los cuentos de Gagini, pero la señora lo desanimó al mostrarle la edición casi completa de Chamarasca, de Gagini, llena de polvo bajo el mostrador. "Si no se venden los libros del maestro", le dijo, "menos se van a vender los del discípulo."
Triste por el desaire, le comentó el hecho a José María Zeledón, quien le recomendó la imprenta Greñas. Le publicaron el libro por ciento veinticinco pesos. La edición se agotó en pocas semanas y  don Joaquín no solo recuperó la suma invertida, sino que tuvo una ganancia que le alcanzó para mandarse a hacer un traje a la medida. La segunda edición fue impresa en Barcelona y, en vista del talento literario demostrado, el Secretario de Instrucción Pública, el poeta don Justo A. Facio, lo envío a estudiar a Chile por cuenta del Estado. En Santiago, don Joaquín estudió Pedagogía, Gramática y Latín pero, al final de la administración de don Rafael Yglesias, el gobierno se olvidó de él y dejó de enviarle dinero, por lo que el joven estudiante tuvo que ingeniárselas por sí mismo allá tan lejos. Como ya estaba avanzado en los estudios, daba clases en un instituto a cambio de comida y una habitación donde dormir. Por la interrupción de la beca, no pudo, como era su deseo, cursar ninguna especialidad.
De vuelta en Costa Rica, fue nombrado profesor de la Escuela Normal. En 1909 contrajo matrimonio con Celia Carrillo Castro. Su buen amigo, Roberto Brenes Mesén, quien también había estudiado en Chile, se casó con Ana María Carrillo Castro, hermana de Celia y, gracias a ese parentesco, ambos intelectuales fueron muy cercanos toda su vida.
El mismo año de su matrimonio, don Joaquín, en sociedad con José María Zeledón, abrió en San José una librería llamada "Lectura Barata", en que ofrecían ediciones modestas de obras clásicas a precios populares.
Vinieron entonces unos años serenos hasta que en 1917, tras el golpe de Estado que dio Federico Tinoco contra don Alfredo González Flores, don Joaquín fue destituido de su cargo como Director de la Escuela Normal. Mientras Roberto Brenes Mesén se integraba, como Secretario de Instrucción, al gabinete tinoquista, don Joaquín optó por abandonar el país en un destierro voluntario.
Fue durante su estadía en New York que tuvo la idea de fundar una revista cultural que circulara en todo el continente. Decidió llamarla Repertorio Americano, en homenaje a la publicación que, con el mismo nombre y los mismos fines editó Andrés Bello de 1826 a 1827. 
Andrés Bello nació en 1781, cien años antes que don Joaquín. Ambos concibieron su Repertorio Americano en el exilio: Bello en Londres, en 1826 y don Joaquín en New York en 1919. El de Bello, sin embargo, solamente se publicó durante un año, mientras que el de don Joaquín se mantendría activo por casi cuarenta, de 1919 a 1958.
Al terminar la dictadura de los hermanos Tinoco, don Joaquín regresó a Costa Rica y ocupó el cargo de Secretario de Instrucción Pública durante el breve gobierno de Francisco Aguilar Barquero. 
El Repertorio Americano, revista internacional de cultura, arte y literatura, aunque fue ideada en Nueva York, se publicó, desde el primer hasta el último número en San José de Costa Rica. Es verdaderamente impresionante que, con las limitaciones y la lentitud de la comunicación de aquella época, don Joaquín solamente necesitara de un par de años para que su publicación lograra convertirse en un foro hispanoamericano con circulación continental y colaboradores de primer nivel.
El mexicano Alfonso Reyes se convirtió es columnista habitual. Estuviera donde estuviera, cada vez que Gabriela Mistral se encontraba con un joven cuyos versos consideraba que merecían ser publicados, le recomendaba que los enviara al Repertorio. Allí publicaban el colombiano José Eustasio Rivera y el venezolano Rómulo Betancourt, quienes ya eran escritores reconocidos, pero en las páginas del Repertorio tenían cabida también nuevos valores. En 1919, aparecieron en el Repertorio los primeros versos de la cubana Dulce María Loynaz y, en décadas posteriores, un artículo enviado por un joven mexicano llamado Octavio Paz. 
En 1921, a los dos años de haber aparecido, don Miguel de Unamuno decía: "El Repertorio Americano, excelente revista que publica en Costa Rica don Joaquín García Monge, es de lo más jugoso y de lo más ponderado y de lo más culto que conocemos de esas tierras."
Al estallar la Guerra Civil española, el Repertorio fue el primer periódico en publicar la noticia de la muerte de Federico García Lorca.
Los escritores costarricenses colaboraban asiduamente con don Joaquín. No solamente los ya consagrados, como Rogelio Sotela, Alejandro Alvarado Quirós o Ricardo Fernández Guardia, sino también los jóvenes como Joaquín Gutiérrez o Fabián Dobles, que en aquel tiempo eran poetas y con el pasar de los años acabaron convirtiéndose en novelistas. El ensayo ¿Qué hora es? de Yolanda Oreamuno, apareció en el Repertorio cuando ella era estudiante de secundaria. Francisco Zúñiga, Juan Manuel Sánchez, don Paco Amighetti y Max Jiménez, ilustraban el Repertorio con sus dibujos.
Visto a la distancia de los años y, especialmente, de los avances tecnológicos, uno se pregunta qué habría sido capaz de hacer don Joaquín si hubiera contado con teléfono, fax o correo electrónico. Pero don Joaquín no tenía ni siquiera un ayudante. "Yo tengo que hacerlo todo", decía, "escojo el material, corrijo las pruebas, rotulo los paquetes, llevo la contabilidad y la correspondencia". Su oficina, situada en la Avenida Segunda (en la cuesta donde hoy está la Caja del Seguro Social) era una habitación iluminada por un único bombillo cuya puerta daba directamente a la acera. Quienes pasaban por enfrente podían ver a don Joaquín en su escritorio o bien, salir cargado de paquetes rumbo al correo. 
Además del Repertorio, don Joaquín publicó varias colecciones literarias. La dirigida a jóvenes se llamaba La Edad de Oro, en homenaje a José Martí. En la Colección Ariel (inspirada en el arielismo de José Enrique Rodó) publicó obras de Renán, Carlyle, Ruskin y Emerson entre otros. Publicó una serie de autores costarricenses y otra de autores centroamericanos con los sellos de El Convivio y Ediciones de Repertorio Americano. Entre otros muchos méritos de importancia, hay que destacar que don Joaquín fue quien abrió las puertas de su revista y su editorial a escritoras mujeres, hasta entonces relegadas. Entre ellas, como botón de muestra, Carmen Lyra. Los historiadores de la literatura costarricense, de hecho, identifican toda una etapa como La generación del Repertorio.
A pesar de su sonado éxito, don Joaquín nunca logró hacer dinero ni con el Repertorio ni con la editorial. Don Avelino Alsina y Lloveras, propietario de la imprenta de donde salían tanto la revista como los libros, además de hacerle un considerable descuento en la factura, soportaba con paciencia el atraso en los pagos. Rogelio Sotela anunciaba en el Repertorio sus servicios de abogado, mientras que Max Jiménez publicaba avisos para vender los terneros nacidos en su finca. Sobra decir que la intención de tal "publicidad" no tenía más propósito que ayudar económicamente a don Joaquín. Hubo también mecenas que le brindaron aportes significativos, como Mr. John M. Keith, el peruano Rafael Larco desde Lima y, muy especialmente, la Sociedad Tournón, propietaria de un beneficio de café, que siempre que don Joaquín necesitaba dinero, se lo prestaba sin garantía, sin fiador, sin pagaré, sin plazo y sin intereses. 
En 1935, don Joaquín viajó Ginebra, Suiza, invitado por la Liga de las Naciones. Aprovechando su permanencia en Europa, don Salvador de Madariaga lo invitó a visitar España, donde fue recibido por Azorín, Américo Castro, Ramón Gómez de la Serna, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y León Felipe y tuvo oportunidad de participar en el XXVI Congreso Interancional de Americanistas, presidido por Gregorio Marañón. Durante ese viaje, don Joaquín reafirmó su apoyo a la República Española y su rechazo al fascismo de Mussolini y a la Alemania Nazi.
Ya de regreso en Costa Rica, en 1936, al ser electo como Presidente de la República León Cortés Castro, se le notificó que sería destituido de su cargo de maestro. Para evitar el despido, se acogió a su pensión. Al año siguiente, Francisco Marín Cañas publicó en el Repertorio una diatriba contra Mussolini y el gobierno de León Cortés, ante una protesta de la representación diplomática italiana, demandó judicialmente a don Joaquín, pero los tribunales fallaron a su favor.
"Una de mis amarguras ha sido la de haber vivido siempre como empleado público y no haber quedado bien con nadie". Expresó don Joaquín.
Finalizada la II Guerra Mundial, la celebración de los veinticinco años del Repertorio coincidió con la publicación del número mil, el 20 de enero de 1946.
Mucho se ha hablado de las ideas políticas de don Joaquín pero, a decir verdad, lo dicho no pasa de ser pura especulación. Don Joaquín era en verdad discreto en este aspecto. Apoyó a su coterráneo, el también desamparadeño Máximo Fernández, todas las veces que fue candidato. Esperaba que su amigo el Dr. Ricardo Moreno Cañas llegara a ser presidente en 1940, pero el asesinato del médico truncó sus planes y nunca volvió a manifestarse a favor de ningún candidato o partido. Se declaró contrario a los gobiernos de Ascención Esquivel (1902-1906), Federico Tinoco (1917-1919) y León Cortés Castro (1936-1940). Sobre los demás gobiernos que le tocó vivir, no se manifestó. Ni siquiera está clara su posición sobre el conflicto armado de 1948. 
Participó, en 1913, en la organización de la primera celebración del primero de mayo en Costa Rica, pero don Joaquín llamaba a los comunistas "el bando de los que estorban", porque se quejan de lo que otros hacen o pretenden hacer, pero no proponen nada en concreto.
Irónicamente, en las elecciones de 1953, don Joaquín García Monge fue candidato a diputado por el Partido Progresista Independiente, pero la agrupación fue proscrita por considerarse comunista.
En 1922 don Joaquín fue nombrado Académico Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua y, al año siguiente, formó parte del grupo fundador de la Academia Costarricense de la Lengua. Sin embargo, pese a ser el principal editor, educador y periodista de Costa Rica, además de la figura de mayor relevancia internacional en el país, don Joaquín  no fue llamado a formar parte de la Universidad de Costa Rica que se fundó en 1940.
En 1944 ganó el premio de periodismo Maria Moors Cabot, pero un quebranto de salud impidió que fuera a New York a recogerlo. Fue condecorado por Ecuador (1935), México (1941), Chile (1944), Nicaragua y Perú (ambos en 1958). El 26 de octubre de 1958, la Asamblea Legislativa de Costa Rica lo declara Benemérito de la Patria. Murió cinco días después, el 31 de octubre.
El Repertorio Americano murió con él.
A Gilbert Laporte, su amigo de muchos años, le manifestó su última voluntad:  "Nada de flores, ni iglesia, ni discursos. Sencillez en mi muerte, como en todo lo mío. Mi vida fue sencilla. Nada de complicaciones ni cumplidos."
El niño huérfano que alivió su soledad con los pocos libros que heredó de su padre, dejó al morir una biblioteca de unos diecisiete mil volúmenes que, al ser inventariada, reveló la sorpresa de que el sesenta por ciento de los libros estaban dedicados a don Joaquín de puño y letra del autor.
INSC: 2614

De pie: Arturo Echeverría Loría. Don Joaquín Gutiérrez Mangel. Julián Marchena.
Fernando Luján. Desconocido. Guillermo Padilla Castro. Don Joaquín García Monge.
Yolanda Oreamuno. Oscar Barahona Streber. Manuel Segura.
Sentados: Don Fabián Dobles. Doña Flora Luján. Doreen Vanstone. Desconocida.
Doña Cecilia Trejos de Dobles. Gilbert Laporte.
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