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viernes, 27 de mayo de 2016

Julio Cortázar y su Vuelta al día en ochenta mundos.

La vuelta al día en ochenta mundos. Julio Cortázar.
Siglo XXI. México. 1986.
En noviembre y diciembre de 1872, el periódico Les Temps publicó por entregas la novela La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne. Al mes siguiente, enero de 1873, apareció la primera edición del libro con la versión completa. Poco antes de que transcurriera un siglo, Julio Cortázar le dio vuelta al título y llamó La vuelta al día en ochenta mundos al collage gráfico-literario que presentó en 1967. 
Además de la coincidencia de que ambos escritores fueran tocayos, no hay ninguna otra relación entre ambas obras. En la primera página del libro de Cortázar se menciona Phileas Fogg, el protagonista de la novela de Verne, pero los dos libros, como se dijo, son cosas totalmente distintas. El que le da la vuelta al mundo en ochenta días es una novela de aventuras con personajes protagónicos y una trama que se desarrolla paso a paso, mientras que el que le da la vuelta al día en ochenta mundos es una variada colección de dibujos, fotografías, recuerdos personales y notas sobre literatura, música y otros temas ociosos.
Tengo entendido que originalmente el libro de Cortázar apareció en dos tomos, pero no he podido averiguar hasta dónde llegaba el primero y dónde empezaba el segundo. El dato, en todo caso, carece de importancia, dado que la obra no tiene unidad y cada página se refiere a un asunto distinto. 
La vuelta al día en ochenta mundos es un verdadero cajón de sastre. Da la impresión de que Cortázar arrancó páginas al azar de su libreta de apuntes y de su álbum de recortes, las metió en una carpeta y se las entregó a su editor. El resultado es un libro que no puede reseñarse en conjunto, sino página por página. Ya sea que uno esté leyéndolo con agrado o con fastidio, al dar la vuelta a la hoja se encontrará en otro mundo. Tras una reflexión sobre los horarios viene una nota de boxeo, seguida por un artículo de jazz y, luego, por gajes del oficio de traductor. Hay una nota dedicada a Carlos Gardel y otra Jack el destripador. Se salta de lo sentimental a lo trágico y de lo cómico a lo sangriento. 
Contra lo que uno pudiera suponer por el título, no son ochenta artículos, sino cuarenta y seis, de los cuales hubo algunos que realmente disfruté. El chiste del velorio es muy divertido y la nota sobre el dilema de escoger entre "estimado" y "querido" cuando se escribe una carta a alguien que uno no conoce en persona es realmente ameno. Mi llamó particularmente la atención el de Hay que ser verdaderamente idiota, en que Cortázar se refiere a quienes van al teatro a disfrutar de lo que ven y no a filosofar sobre el contenido ni a evaluar el montaje. 
Cuando Cortázar escribe sobre música o deporte, lo hace con intensa pasión y amplio conocimiento. En cambio, cuando escribe sobre literatura, aunque suene contradictorio, se pone pesado y superficial al mismo tiempo. El comentario sobre Mallarmé es tan denso que no fluye y en el que se refiere a la novela Paradiso, de José Lezama Lima,  no fue más allá de lo evidente.
Por estar profudamente ilustrado con dibujos y fotografías, el libro, además de agradable, es bonito. La edición que tengo, realizada en México por Siglo XXI, es de letra grande, impresa en buen papel, con cubierta de tapa dura y generosa en imágenes a página completa. Como desde el inicio queda claro no es necesario ir en orden desde el principio hasta el final, uno tiene la libertad de picotear por aquí y por allá, pasando la mirada en zigzag y leyendo distraídamente como se hace con las revistas en la barbería o el consultorio del dentista.
No creo haber sido el único en haber leído este libro por partes, en diferentes momentos y a saltos para detrás y para adelante. Confieso que no leí completos varios artículos, simplemente porque, tras apenas un par de líneas, no lograron atrapar mi atención. La nota dedicada a la máquina para leer Rayuela, que incluye planos e instrucciones de uso, figura entre las de menor atractivo.
Irónicamente, La vuelta al mundo en ochenta días, apareció originalmente en el periódico, pero era un libro, mientras que La vuelta al día en ochenta mundos, ha tenido ediciones de lujo como libro, pero se lee como un periódico.
Julio Cortázar, autor de memorables cuentos, es hábil en el relato breve. Sus propuestas experimentales, como la novela Rayuela (en que los capítulos se pueden leer en cualquier orden) o 62 Modelo para armar (basada en el capítulo 62 de Rayuela, en que no sabe ni el motivo de los hechos ni las relaciones que existen entre los personajes), aunque fueron populares y atractivas en su momento, una vez pasado el asombro de la novedad, el público ha ido perdiendo el entusiasmo que alguna vez tuvo por ellas,  
La vuelta al día en ochenta mundos es una verdadera rareza en la que se encuentran episodios brillantes, Soy de la opinión de que el gran prestigio de Julio Cortázar no se debe a los libros sino a las páginas que escribió.
INSC:2179
Julio Cortázar. (1914-1984)

lunes, 11 de enero de 2016

El arpa y la sombra de Alejo Carpentier: dos vidas y un encuentro de fantasmas.

El arpa y la sombra.
Alejo Carpentier. Editores
Mexicanos Unidos, México, 1980. 
A finales del siglo XIX, hubo tres intentos por declarar santo a Cristóbal Colón. Pese a que la iniciativa contó con el apoyo entusiasta de los papas Pío IX y León XIII, secundados por ochocientos cincuenta obispos, no logró superar el minucioso examen de los expertos consultados y el expediente fue archivado con un NO rotundo. 
La biografía de Colón, en muchos aspectos impresionante, tenía grandes misterios y numerosos episodios muy cuestionables. Colón era reconocido como explorador osado y hombre rudo, valiente y terco, pero ni en vida ni tras su muerte se le llegó a atribuir fama de santo. No se supone que haya un santo sin devotos y Colón, fallecido en 1506, durante más de trescientos años no había tenido ninguno. 
La propuesta de su canonización no surgió en Italia, ni en España ni en ninguno de los países americanos sino, curiosamente, en Francia. En 1851 el conde Roselly de Lorges, por encargo del papa Pío IX, publicó el libro Historia de Cristóbal Colón, en que retrataba al Almirante como un instrumento de la Divina Providencia. Con entusiasmo desbordado, Roselly se atrevió a afirmar: "Cristobal Colón fue un santo, ofrecido por la voluntad del Señor, allí donde Satanás era un rey."
Como suele ocurrir, cuando alguien llega demasiado lejos, no tarda en aparecer otro que puede ir aún más allá. En 1884, ya durante el pontificado de León XIII, su tocayo, León Bloy, publica El revelador del Globo. Cristóbal Colón ante los toros, una minuciosa biografía del Almirante, escrita en tono de alabanza, en que sostiene que todas las acciones de Colón, incluyendo la introducción de la esclavitud en el Nuevo Mundo, fueron admirables. "La esclavitud" afirma Bloy, "fue una escuela de abnegación y mansedumbre."
Con semejantes defensores, no sorprende que la causa haya fracasado en sus tres intentos. El asunto no volvió a mencionarse y cayó en el olvido. 
En 1937, mientras preparaba una adaptación para radio de El libro de Cristóbal Colón de Paul Claudel, Alejo Carpentier se topó con la obra de Roselly, que atribuía virtudes sobrehumanas al Almirante y con el increíble libro de Bloy, en que, al referirse a la historia sagrada, ponía a Cristóbal Colón al mismo nivel que Moisés y San Pedro.
La lectura de ambas obras lo dejó perplejo y, de primera entrada, indignado. Sin embargo, como Carpentier era un gran apasionado de la historia y, muy especialmente, de los episodios más descabellados e inverosímiles de la historia, acabó interesándose en el tema. Estudió a fondo el proceso, investigó detenidamente la biografía de Colón y del Papa Pío IX, repasó documentos durante cuarenta años y, en 1978, publicó El arpa y la sombra, su novena y última novela.
La obra está dividida en tres partes: El arpa, La mano y La sombra. No recuerdo a quién le escuché la interpretación de que el arpa podría representar al Reino de los Cielos, la mano al mundo terrenal y la sombra a la oscuridad de la muerte.
El libro arranca con la historia del clérigo Giovanni María Mastai Ferreti, quien nació, hijo de un conde empobrecido, en Senigallia, Italia, en 1792, apenas un par de años después de la Revolución Francesa. Creció, por tanto, en un mundo de ideas nuevas y audaces. Los reyes, que habían tenido aseguradas las coronas sobre sus cabezas durante siglos, temblaban ante la posibilidad de perder, no solo la corona, sino también la cabeza. Se inventaban nuevas máquinas y la industria se desarrollaba a ritmo vertiginoso. Los estudiosos prestaban más atención a los filósofos ilustrados que a los padres de la escolástica. Napoleón mantenía a Europa en una zozobra constante. En América, la fundación de los Estados Unidos y la independencia de los países latinoamericanos demostraban que era posible prescindir de la monarquía y adoptar una legislación basada en la libertad individual. El joven Mastai, que era piadoso y devoto, pero también inteligente, culto y curioso, trataba de comprender la complejidad de esa época cambiante en que le había tocado nacer. 
A los treinta y un años de edad, tuvo la oportunidad de ver la otra cara del mundo. La Iglesia, en la América hispanoparlante, dependía de la corona española. Tras lograr la independencia política, las nuevas naciones procuraron también la independencia eclesiástica y, pese a que los próceres fundadores eran de pensamiento liberal y, en buena medida, anticlerical, se interesaron por establecer relaciones directas con la Santa Sede. La primera misión que envió el Papa a la América independiente tuvo como destino Chile y estuvo a cargo de monseñor Giovanni Muzi, quien se llevó al joven Mastai como secretario. 
Ni en sus más desbocadas fantasías había imaginado aquel cura que el mundo fuera tan grande. Primero, atravesar todo el océano Atlántico en un barco con tablas que crujían. Semanas enteras avanzando entre las olas sin más vista que un horizonte redondo y lejano. Al llegar a Buenos Aires, Mastai quedó con la boca abierta al contemplar el enorme río de la Plata. Tras unos días de descanso, de nuevo semanas enteras en medio de un horizonte redondo, esta vez en carreta, cruzando la pampa argentina hasta toparse con la barrera colosal de los Andes con sus cimas nevadas. Ya fuera en el mar, en la pampa o remontando la cordillera, parecía que aquel viaje era interminable. La misión llegó finalmente a Santiago de Chile, donde permanecería por dos años en medio de una comunidad católica, devota y obediente al Papa que estaba en Roma, allá, tan lejos.
De vuelta en Europa, durante el resto de su vida Mastai presumiría de su viaje a América y evocaría, con descripciones asombrosas, aquel océano, aquel río, aquella pampa y aquella cordillera. 
Giovanni María Mastai Ferreti. (1792-1878)
Papa Pío IX (1852-1878)
Cuando Giovanni María Mastai Ferreti llegó a ser Papa con el nombre de Pío IX, al recibir peregrinos sonreía complacido cuando le recordaban que él era el primer Papa en haber estado en el nuevo mundo. Su pontificado (1846-1878), fue el más largo de la historia y, también, uno de los más complejos. Fue el último Papa rey y el primer papa en ser fotografiado. Al inicio de la novela, Carpentier nos hace acompañarlo en la salida de una solemne ceremonia pontificia. El enorme cortejo se va arralando de salón en salón hasta que, tras quitarse los ornamentos, el papa queda solo en su despacho. Sobre la mesa descansa un expediente que ha repasado muchísimas veces. Esperan su firma y nadie se atreve apurarlo, pero el papa tiene sus dudas. Muchas veces ha tomado la pluma y se ha detenido antes de estampar el primer trazo. Recuerda su viaje y considera que sí, que se requiere un santo que sea como un coloso de Rodas con un pie a cada lado del océano y, aunque algo en su conciencia le indica que no debería hacerlo, finalmente firma el documento para iniciar el proceso de canonización de Cristóbal Colón.
En la segunda parte, viene un monólogo largo e intenso. Cristóbal Colón, el almirante de la Mar Océano, viejo, enfermo, amargado y lleno de rencores, siente que se acerca su hora y manda a llamar al confesor. Está dispuesto a decirle todo. Él, que ha escrito diarios minuciosos, que ha abierto querellas interminables, que ha mantenido correspondencia abundante y que, en fin, ha estampado su firma en cientos de folios, siempre se ha cuidado de no brindar ningún tipo de información referente a su persona. A nadie le ha revelado dónde nació ni qué hacía antes de recorrer las cortes en busca de patrocinio para emprender su viaje hacia el oeste más allá de las columnas de Hércules, donde se acababa el mundo. Tampoco ha dicho nunca por qué estaba tan seguro del éxito de su empresa cuando nadie más creía en ella. 
Colón, además de callar, ha mentido. Siempre, sobre todo y ante todos, ha mentido. La verdad de su vida, de sus viajes, de sus secretos, solamente él la conoce. Le mintió a la Reina Isabel, a los frailes, a los hermanos Pinzón. Rodrigo de Triana fue el primero en ver tierra, pero Colón dijo que no, que él la había visto antes, porque no podían ser otros ojos, sino los suyos, los primeros en contemplar la prueba de su éxito. Le mentía a la tripulación, para que creyera que aún estaban cerca de las Azores. Alteraba documentos, mapas, cuentas, reportes de gastos. En su informe a los reyes católicos, tras el viaje, exageró todo lo visto. Vivió en dos realidades. La que solamente él conocía y la que le comunicaba a los otros. Su mayor temor era ser descubierto, pero había jugado bien sus cartas.  Las autoridades se atrevieron a hacerlo a un lado en la administración de los dominios que él había ganado para la corona española. "Si le hubiera entregado las indias a los moros, no podrían en la corte mostrarme mayor desprecio". ¡Hasta le habían puesto cadenas! La corte le había otorgado su título de Almirante y le pagaba rentas, pero para él toda recompensa era poca.
Cristóbal Colón. Personaje fascinante y misterioso.
Escribió detalladas bitácoras, innumerables cartas y
documentos oficiales, pero nunca brindó mayor
información sobre sí mismo.
Así como exageró al hablar de sus hazañas, exageró  también al describir su pobreza. A veces ni él mismo podía distinguir lo que había vivido en realidad y lo que había inventado.
Pero Colón, en su lecho de muerte, está dispuesto a decir, por una vez en su vida, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Hace examen de conciencia y descubre, orgulloso, que de los siete pecados capitales solamente uno le ha sido siempre ajeno: el de la pereza. La soberbia, la avaricia, la codicia, la lujuria, la envidia y la gula han formado siempre parte de su vida, pero la pereza, jamás.
Magistralmente, Carpentier hace a Colón repasar toda su vida y reproduce, en el monólogo, el estilo, los giros y las expresiones que el propio Colón utilizaba en los diarios de sus viajes, al punto que, más que una novela escrita por un cubano en el siglo XX, a uno le parece estar leyendo un documento del propio navegante del siglo XV.
Finalmente, el confesor llega, pero Colón, aunque sabe que el cura está obligado al silencio por el secreto sacramental, no se atreve a asumir ni el más mínimo riesgo de que su imagen quede manchada ante la posteridad y, cuando acerca sus labios al oído del sacerdote, una vez más, empieza a mentir.
La tercera parte recopila los debates del fallido proceso de beatificación. La discusión se torna intensa y, en ocasiones, hasta violenta. Los apasionados argumentos de los postuladores de la causa no hacen más que acrecentar la resistencia de los opositores. Hay momentos en que las deliberaciones son verdaderamente ridículas pero, por increíble que parezca, así fueron. El fantasma de Colón, acompañado por el fantasma de Andrea Doria, presencia la discusión con interés, pero sin emoción. De todas formas, él ya está fuera del mundo.
La prosa de Carpentier, sobra decirlo, es una delicia. Musical, impactante, sorprendente. Todas sus novelas, de alguna u otra forma, están basadas tanto en la historia como en lo fantástico. Lo real maravilloso, decía él.
El intento de canonización de Cristóbal Colón es hoy, y lo será cada vez más en el futuro, difícil de comprender. Cristobal Colón es una figura histórica misteriosa. No hay certeza sobre el lugar dónde nació, ni siquiera su hijos supieron nunca lo que significaban los símbolos de su firma y, como siguió viajando después de muerto, tampoco se sabe en cuál de sus cuatro tumbas está sepultado. El propio Papa Mastai es un personaje complejo. Fue en un tiempo defensor de las libertades y luego promulgó el Sylabus. Benévolo en algunas aspectos y drástico en otros, cultivó tanto fieles devotos como enemigos violentos. Tuvo que salir huyendo disfrazado de Roma y, el día de su funeral, unos manifestantes intentaron apoderarse del ataúd para tirarlo al río. 
El papa Mastai, Cristóbal Colón y el fallido proceso de canonización, definitivamente merecían ser plasmados en una novela. ¿Qué más se le puede pedir a una novela además de personajes fascinantes e historias cautivadoras? Y si esos personajes existieron y esas historias ocurrieron, el deleite viene aderezado con el asombro. 
INSC: 1568

viernes, 14 de noviembre de 2014

Rigoberta Menchú mentiras y verdades.

Me llamo Rigoberta Menchú y así me
nació la conciencia. Elizabeth Burgos.
Observen que Burgos aparece como
autora y observen la esquina: "Quince
años de ediciones ininterrumpidas.
Un día, tal vez no muy lejano, alguien va a escribir un libro sobre la historia de este libro. La resumo para no hacer el cuento largo. En enero de 1982, Rigoberta Menchú viajó a Europa como vocera del Comité de Unidad Campesina de Guatemala. En París conoció a la venezolana Elisabeth Burgos. En un monólogo maratónico que duró doce días, Menchú le contó su vida a Burgos, quien grabó todo lo dicho. Aquellas grabaciones acabaron convirtiéndose en el libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. El libro tenía un objetivo propagandístico: denunciar la violencia en Guatemala y promover la solidaridad internacional con los grupos insurgentes de ese país. Fue hecho a toda prisa. Las conversaciones grabadas tuvieron lugar en enero de 1982 y el manuscrito definitivo estuvo listo en septiembre de ese mismo año. Casi de inmediato se firmó el contrato con Gallimard y al año siguiente el libro fue publicado en español. En 1984 aparecieron las traducciones al inglés y al francés y, no mucho después, las ediciones en alemán, italiano, holandés, japonés, danés, sueco, noruego y ruso.
El libro es una tragedia de principio a fin. Es la autobiografía, narrada en primera persona, de Menchú, pobre indígena analfabeta, hija de campesinos sin tierra, explotada trabajadora del campo en plantaciones de café y algodón, humillada empleada doméstica en la capital, que por haber nacido en la miseria vio a un hermano morir de hambre y cuya familia indígena era acosada por los terratenientes ladinos. Menchú fue testigo presencial de masacres y asesinatos y en repetidas ocasiones estuvo a punto de perder la vida. Me ahorro los detalles porque los detalles siempre son grotescos, especialmente en este caso.
Cuando alguien habla de sus tragedias, pretende hacerse pasar por héroe o por víctima. En el caso de Menchú, por ambos. Tanto en el papel de héroe como en el de víctima, no hay quien le gane.
El libro cumplió su propósito. El mundo entero quedó, más que estupefacto, horrorizado por las barbaridades que ocurrían en Guatemala. Menchú se convirtió en celebridad y su libro llegó a ser de lectura obligatoria en prestigiosas universidades.
Yo lo leí en 1989, confieso que sin prestarle mucha atención, aunque hubo dos cosas que me hicieron dudar de su veracidad. Una era solamente una sospecha y en la otra estaba totalmente seguro de que Menchú mentía. Me pareció sospechoso que todos los acontecimientos narrados hubieran sido vividos por solo una persona que, además, tenía solamente veintitrés años de edad. Sin embargo, para otorgarle el beneficio de la duda, lo acepté como posible. Lo que definitivamente llegué a considerar absolutamente falso fue la experiencia de Menchú como recolectora de café. Su cuento puede engañar a un europeo que solo ha visto café en su taza, pero no a un costarricense que nació y creció rodeado de cafetales. Cuando leí su descripción de cómo se cosechan los granos me quedó clarísimo que Rigoberta no ha visto una mata de café en su vida. 
David Stoll hizo una lectura más detallada que la mía y descubrió que casi toda la autobiografía es falsa. Rigoberta no solo fue a la escuela, sino que estudió en un internado privado, no se le murió ningún hermano de hambre, nunca trabajó ni como empleada doméstica ni en las plantaciones, su padre, el campesino sin tierra, tenía una finca de más de dos mil hectáreas y sus pleitos no fueron con terratenientes ladinos sino con los parientes, también indígenas, de su esposa. Rigoberta, además, nunca estuvo donde dijo que estuvo ni presenció lo que asegura haber visto.
Stoll desenmascaró la farsa con el libro Rigoberta Menchú y los pobres de Guatemala, publicado en 1999, que consiste en entrevistas con parientes, amigos y vecinos de la Menchú. Para evitar ser víctima de una tomadura de pelo, Stoll, a diferencia de Burgos, sí tuvo el cuidado de confirmar la información recibida.
En cuanto se destapó el tamal, surgieron dos enfrentamientos dignos de una telenovela. Los adeptos a la Menchú respondieron fuego con fuego y señalaron inconsistencias y errores en el libro de Stoll. Quien escriba sobre este asunto, de ahora en adelante, ya está advertido de que lo que publique va a ser leído con lupa. Por otra parte, Menchú, para quitarse el muerto de encima, afirmó que la autora del libro no era ella, sino Burgos, quien editó el texto sin consultarla. Burgos por su parte, afirma que conserva las grabaciones y que lo que hizo no fue más allá de poner lo dicho en orden cronológico y corregir el mal uso de algunos tiempos verbales.
Menchú y Burgos, en todo caso, llevaban tiempo distanciadas a causa del dinero. Quien firmó el contrato con la editorial Gallimard fue Burgos. Cuando el libro se convirtió en una verdadera mina de oro, Menchú le pidió a Burgos que renunciara a sus derechos para que ella pudiera hacer sus propios contratos, pero la editorial, que ya había negociado el manuscrito en medio mundo, dijo que un traspaso no era viable. Menchú entonces acusó a Burgos de no darle la mitad de los derechos de autor. Burgos, en respuesta, mostró los recibos firmados por Menchú y luego, indignada por sus declaraciones, dejó de enviarle su mitad.
Rigoberta Menchú y los pobres de
Guatemala. David Stoll, 1999.
Oscar Wilde, genial dramaturgo, decía que las obras de teatro no deben ser muy extensas porque, si se alargan demasiado, las comedias acaban en tragedia y las tragedias terminan dando risa. Eso fue lo que sucedió en este caso. El libro sobre matanzas, torturas y violaciones a los Derechos Humanos acabó convertido en un sainete cómico. Para evitar que la comedia del libro acabara restándole atención a la tragedia vivida por Guatemala en los setentas, se puso a circular la versión de que Menchú lo que había hecho era contar, como si fuera su vida, la vida de todo el pueblo. Uno de sus incondicionales soltó esta perla de la retórica: "Cuando Menchú miente dice la verdad."
Varios críticos literarios (no cito nombres porque no sé quién fue el primero en acuñar el concepto) han calificado el libro de Menchú como: "La mayor broma pesada literaria, intelectual y académica del Siglo XX".
Hubo quienes llegaron a solicitar que a Menchú le fuera retirado el Premio Nobel de la Paz que le fue otorgado. El Comité del Premio Nobel se negó a sancionarla porque, como decía Mark Twain: "Es más fácil engañar a alguien que convencerlo que acepte que ha sido engañado."
Ya para ir cerrando, porque esta entrada se me hizo larga, comparto cinco consideraciones.
1. Si alguien cuenta su vida de viva voz a otra persona que la graba y la escribe, cuando el libro esté listo, el autor es el narrador, no el grabador y transcriptor. En las memorias y autobiografías, el autor no es quien escribe el libro, sino quien lo vivió, porque solo él puede responder por su contenido. Abundan los ejemplos de figuras de la política, de la ciencia, de los negocios, del arte o del deporte, que son muy destacados en su campo, pero que han requerido que alguien con habilidad para escribir convierta sus recuerdos en libro. En ninguno de esos casos, que yo sepa, el colaborador se va a ofrecer el manuscrito a una editorial como si fuera suyo.
2. Desde el primer momento en que surgió la idea de publicar el libro de Menchú, estaba claro que la intención era que sirviera de propaganda a una causa. No se supone que la propaganda sea objetiva. En la propaganda los hechos se acomodan al mensaje pero ¿Hasta qué punto? A un libro propagandístico se le puede disculpar que unos hechos aparezcan subrayados y otros ni siquiera se mencionen, que haya exageraciones y omisiones. Mentir, aceptémoslo, es también una de las herramientas de la propaganda.
3. El Cid, Wilhelm Tell y el rey Ricardo Corazón de León, realmente existieron, pero durante siglos a los hechos reales que vivieron se les han venido añadiendo episodios imaginarios. Hoy, es imposible saber cuánto de lo que se dice de ellos realmente ocurrió y cuánto es inventado. La mezcla de realidad y fantasía los ha convertido en personajes mitológicos. El mito del Cid, de Wilhelm Tell y de Ricardo Corazón de León no fue inventado por ellos, sino por sus pueblos, los españoles, los suizos y los ingleses, a lo largo de cientos de años. Menchú, a los veintitrés años de edad, quiso convertirse, por sí misma, en mito. 
4. Conozco a un simpático anciano italiano a quien le gusta hablarme de su vida. Tiene historias maravillosas. Vio a Ava Gardner patear a Frank Sinatra. Tomaba café con Lucky Luciano y jugaba cartas con el rey Faruk de Egipto. Estoy tentado a encerrarme doce días con él, ponerle una grabadora al frente, transcribir las grabaciones y firmar un contrato con Gallimard. En la de menos ahí está mi oportunidad de hacerme millonario.
5. Finalmente, se me ocurre una solución salomónica para todo este caso. En Estados Unidos los libros se clasifican en dos categorías: Ficción y No Ficción. Pues no hay más que hablar, para resolverlo todo solamente hay que cambiar el libro de Menchú de estante en la librería y, para hacerla completa, cambiarle su Premio Nobel de la Paz por un Premio Nobel de Literatura y asunto resuelto.
Rigoberta Menchú Tum. Nació en 1959. Saltó a la fama con el libro escrito por Elisabeth
Burgos en 1983. Premio Nobel de la Paz en 1992. Premio Príncipe de Asturias en 1998.
Candidata presidencial en 2007 y 2011.

martes, 7 de octubre de 2014

El libro de las lamentaciones de Eduardo Galeano.

Las venas abiertas de América Latina.
Eduardo Galeano, Siglo XXI, México, 1984.
La primera edición fue en 1971. En 1984 ya
iban por la trigésimo octava edición.
Tuve que leer este libro dos veces y, en ambas ocasiones, por obligación. La primera, en la secundaria y, la segunda, en un curso en la universidad. Los dos profesores que nos impusieron su lectura acabaron un tanto frustrados. Ellos esperaban que, tras leer el libro, los estudiantes reaccionáramos indignados ante la injusticia y la opresión de nuestros pueblos pero, tanto mis compañeros como yo, llegamos al examen bostezando y quejándonos de una lectura tan aburrida. Los exámenes, en ambas ocasiones, fueron minuciosos, lo cual aumentó la frustración de los profesores. Comprobaron que de hecho habíamos leído atentamente el libro al punto de contestar preguntas muy específicas sobre su contenido, pero que no nos había impresionado en lo más mínimo. En ambos cursos nos llevamos sendas regañadas por ser jóvenes sin sensibilidad ni conciencia social, incapaces de conmoverse ante la realidad injusta de los explotados, que éramos jóvenes sin ideales y varios largos etcéteras, tan aburridos como el libro mismo.
Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, que nuestros profesores consideraban una brillante exposición de historia económica, a nosotros los estudiantes nos pareció un melodrama lacrimógeno, un ejercicio de autocompasión, una lluvia de quejas que acababa en pura lloradera. 
Según el libro, los países de América Latina son pobres porque, en la división internacional del trabajo, hay países que ganan y otros que pierden y los nuestros han estado históricamente del lado de los perdedores. Los países de América Latina son pobres porque los españoles los explotaron durante la conquista y la colonia, porque luego sirvieron de proveedores de materias primas con un trato comercial injusto a la industrializada Inglaterra y, finalmente, porque las compañías y el gobierno norteamericano no los deja surgir. Durante siglos, los países de América Latina han sido los perdedores y explotados, mientras España, Inglaterra y los Estados Unidos han sido los ganadores y explotadores. Si ha habido, a lo largo de la historia, latinoamericanos que lograron hacer fortuna, fue por su papel de cómplices con el explotador foráneo.
En el libro no hay, de más está decir, ningún análisis que justifique o explique esos planteamientos. Tal argumentación habría que buscarla en aquellos ensayos de Teoría de la dependencia que, hasta hace poco, fueron las sagradas escrituras de las facultades de Ciencias Sociales en América Latina. En el libro de Galeano lo que hay son anécdotas históricas sobre injusticias, narradas en tono trágico, sensacionalista y lastimero. 
Entendámonos.Si alguien dice que el colonialismo es injusto, tendría muy poco que agregar. ¿A quién tendría que convencer? ¿Quién se lo discutiría? Si alguien afirma que a lo largo de la historia se han cometido injusticias, nadie se levantaría a negarlo. Ahora bien, tras la denuncia, lo lógico sería esperar un análisis o una propuesta, no una larga lista de ejemplos que, en el fondo, no buscan más que una reacción emocional. Es natural solidarizarse con quien ha sufrido un atropello, pero a la larga resulta cansado escuchar a quien se complace en representar su papel de víctima. 
Imaginemos a alguien que diga: "Pobrecito yo porque sufro mucho, los demás se aprovechan de mí y todo lo malo que me pasa es culpa de otros, no mía".
El libro, además de llorón es, no solo pesimista, sino determinista. La pobreza de América Latina, más que una circunstancia, parece una maldición. Las riquezas naturales de nuestras tierras, existen para que las disfruten otros, así ha sido siempre y seguirá siéndolo.
Mis compañeros de clase y yo éramos jóvenes entusiastas que veíamos el futuro lleno de retos, oportunidades y, en el corto plazo, logros y satisfacciones. Y, en medio de ese optimismo juvenil, nos ponen a leer un libro que machaconamente repetía que ser latinoamericano implicaba ser pobre y explotado. 
Me alegra que nuestro optimismo juvenil, aunque más tarde se viera golpeado por las circunstancias difíciles y los tragos amargos de la vida, no se oscureciera tempranamente por una lectura lastimera y pesimista.
Con el tiempo, además, le he encontrado otro defecto, y bastante grave, a este libro. Es espantosamente simplista.
La realidad es compleja y en ella intervienen muchos factores. Quien pretenda analizarla o retratarla debe tener el cuidado de abarcar la mayor cantidad de factores posible. Desconfío, por tanto, de todos esos autores que pretenden dividir el mundo en dos. 
Quienes dividen el mundo entre ricos y pobres, si se tomaran la molestia de mirar alrededor, encontrarían muchos casos de ricos que se han arruinado y de pobres que han hecho fortuna. Los papeles, en el gran teatro del mundo, son variables.
Galeano tuvo la simpleza de dividir el mundo entre explotadores y explotados. Los países de América Latina, son los explotados. España, Inglaterra y Estados Unidos, los explotadores.
Dice Galeano que la conquista y la colonia española se caracterizaron por leyes arbitrarias y castigos crueles. ¿Era diferente la situación en España? Allá también regían las mismas autoridades despóticas con las mismas reglas.
Según Galeano, la revolución industrial hizo de nuestros países productores de materias primas para que los consumidores ingleses disfrutaran de productos manufacturados. ¿Es que nunca ha leído las novelas de Dickens? Los obreros de las fábricas de los centros industriales del siglo XIX no vivían exactamente en el paraíso.
Y en cuanto a los Estados Unidos, ¿No habrá leído tampoco Las uvas de la ira de Steinbeck?
Los ricos y los pobres, los ganadores y los perdedores, los favorecidos y los desfavorecidos, están en todas partes. Ubicar a los explotados en una región del mundo y a los explotadores en otra sería razón suficiente para negarle a este libro cualquier valor como análisis histórico.
Este año 2014, Eduardo Galeano declaró que "la realidad cambió", que escribió Las Venas abiertas de América Latina sin tener conocimientos de economía y política, que no tenía la información necesaria, que no sería capaz de leer el libro de nuevo y que, aunque no se arrepiente de haberlo escrito, lo considera una etapa superada.
Por estas declaraciones, la extrema izquierda  ha acusado a Galeano de traición y la extrema derecha ha hecho leña del árbol caído. En vez de censurarlo o ridiculizarlo desde posturas extremas, su honestidad intelectual debe ser agradecida y respetada.
En el futuro lejano, Las venas abiertas de América Latina o, como prefiero llamarlo El libro de las lamentaciones, será leído solamente por quienes se interesen en la arqueología literaria. En el futuro próximo, me temo y lo lamento, no faltarán profesores que, como los míos, insistan en poner a sus estudiantes a leer este libro, que ya ni su autor puede soportar.
INS: 0226
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