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viernes, 28 de febrero de 2020

Costa Rica en la II Guerra Mundial.

Costa Rica en la Segunda Guerra Mundial.
Carlos Calvo Gamboa.
Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
San José, Costa Rica. 1983
Los grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial se libraron en distintos países de Europa, el norte de Africa y diferentes puntos del Oceáno Pacífico. Los efectos del conflicto armado, sin embargo, se hicieron sentir en todo el mundo. Aunque no hubo ningún enfrentamiento en el continente americano, todos los países de la región, de alguna manera, se vieron afectados, no solamente en asuntos económicos o políticos, sino incluso en su vida cotidiana. 
Todas las personas mayores con las que en algún momento pude conversar sobre esa época, coincidían en recordar una gran escasez de productos elementales. Muchas panaderías cerraron porque no había harina. Era muy difícil conseguir llantas nuevas o gasolina. En los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, los costarricenses se percataron de que la gran mayoría de artículos de consumo cotidiano eran importados. Hasta la manteca para cocinar, que venía en grandes latas cuadradas y que vendían en las pulperías por libras, empezó a escasear. Además del comercio, la agricultura también se contrajo. Los bananales de la zona cercana a Parrita y Quepos, que fueron sembrados poco antes de la guerra, empezaron a dar frutos justo cuando los barcos cargueros dejaron de navegar por el Pacífico. La producción de café, que era la principal actividad económica de Costa Rica, perdió de golpe a su principal comprador, que era Alemania. 
Dos barcos de guerra del eje, uno alemán y otro italiano, fueron hundidos por su propia tripulación en Puntarenas y una explosión en un carguero anclado en Limón desató una paranoia colectiva. Las familias alemanas, italianas y hasta españolas residentes en Costa Rica fueron perseguidas, muchos de sus miembros fueron encarcelados y deportados mientras sus propiedades eran confiscadas. La población en general vio limitados sus derechos, las Garantías Individuales fueron suspendidas y la policía recibió órdenes de hacer uso de la fuerza para suprimir cualquier manifestación pública. La economía se vino al suelo y el ambiente en general se tornó tenso. Todo lo que ocurría, se decía entonces, era a causa de la guerra que, pese a librarse tan lejos de Costa Rica, acabó cubriendo el país como una densa y oscura sombra.
El historiador Carlos Calvo Gamboa explora ampliamente esa complicada época en su libro Costa Rica en la Segunda Guerra Munidal, publicado en 1983 por la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. La obra es breve y, aunque no llega a profundizar en muchos de los temas que plantea, brinda valiosas revelaciones.
De primera entrada, se le puede reclamar el que no se haya referido con mayor amplitud a las actividades del Club Alemán de Costa Rica, dentro del cual funcionó una agrupación nazi. El tema se menciona, pero con demasiada timidez. Es una verdadera lástima que no se haya atrevido a dar nombres, porque si lo hubiera hecho, habría mostrado una situación sorprendente. Contra lo que comúnmente se piensa y se ha dicho, solamente algunos, realmente pocos, de los alemanes o descendientes de alemanes residentes en Costa Rica eran simpatizantes nazis y la mayor parte de los integrantes del grupo nazi que se reunía en el Club Alemán eran ticos. Algunos de ellos, por cierto, de reconocido prestigio. En su defensa, cabe señalar que estos nazis de primera hora en los años treinta, dejaron de serlo en los años cuarenta. Si se tragaron el cuento con la propaganda de la época del inicio, abrieron los ojos al contemplar lo que vino luego. 
Arthur Bliss Lane. (1894-1956)
Embajador de Estados Unidos en Costa Rica
de 1941 a 1942.
Tampoco le presta la atención que debiera a la figura de Arthur Bliss Lane (1894-1956), embajador de Estados Unidos en Costa Rica de 1941 a 1942. Graduado de Yale y diplomático de Carrera, Bliss Lane ocupó diferentes puestos en las embajadas americanas de Roma (poco antes del ascenso del fascismo), Varsovia, Londres, México y París. Era el jefe de la legación americana en Nicaragua en el tiempo en que fue asesinado Augusto César Sandino. Cuando el Presidente Juan Bautista Sacasa le pidió explicaciones a Anastasio Somoza sobre ese lamentable suceso, Tacho le echó el muerto a Bliss Lane quien, según él, le había dado la orden. Naturalmente, Bliss Lane negó rotundamente haber ordenado semejante cosa y afirmó que Tacho había actuado por iniciativa propia. En todo caso, su participación en el asunto nunca quedó clara. Después de Costa Rica, Bliss Lane fue Embajador en Colombia de 1942 a 1944 y, finalmente, embajador en Polonia en el último año de la Segunda Guerra Mundial. Profundamente defraudado por el hecho de que Polonia hubiera quedado sometida al comunismo, consideró que Polonia había sido traicionada. La guerra, que empezó por liberar a Polonia de los nazis, acabó dejando a Polonia dominada por los soviéticos. Bliss Lane escribió duras críticas contra los acuerdos de Yalta y acabó enemistado con Franklin D. Roosevelt. El asunto es que Bliss Lane era un hombre que no se andaba con rodeos y, durante los dos años que fue Embajador en Costa Rica, que coincidieron con la entrada de los Estados Unidos en la guerra, acabó desempeñando un papel protagónico. El Dr. Rafael Angel Calderón Guardia, entonces Presidente de la República, se mostró siempre dispuesto a cumplir dócilmente todo lo que Bliss Lane le dijera que debía hacerse y esta actitud sumisa, le valió severas críticas de sus adversarios políticos.
Un punto verdaderamente serio, que el libro no explora con profundidad, es el de las famosas "Listas Negras", suscritas por el Gobierno, que aparecían en los periódicos, indicando los nombre de personas y empresas con las que se debía cortar todo trato por ser enemigas de la libertad, la democracia y la causa aliada. Al igual que en el asesinato de Sandino, la participación de Bliss Lane en este asunto no está del todo clara y hay quienes sospechan que Bliss Lane fue el autor de esas listas.
Cualquier costarricense sabía, por ejemplo, que los Federspiel, los Lehmann y los Sauter eran impresores y libreros, que los Niehaus tenían una industria azucarera, que los Peters comerciaban café y que los Musmanni eran panaderos, pero tal parece que el Embajador norteamericano recién llegado justo en el año que su país entraba en guerra se asustó por los apellidos. El propio don Ricardo Jiménez Oreamuno se manifestó en contra de las listas negras, argumentando que los nombres que aparecían en ellas como sujetos peligrosos, eran en realidad trabajadores y empresarios ejemplares, muchos de ellos nacidos en Costa Rica.
El alegato del patriarca liberal, tres veces Presidente de la República, no fue escuchado y el gobierno arrestó y confinó en un campo de concentración, situado donde ahora se encuentra el Mercado de Mayoreo, a cuanta persona apareciera en la lista negra. Entre los cautivos se contaron, desde un caballero de reconocida conducta ejemplar e intachable, como don Eberhard Steivorth, hasta el joven padre adoptivo de la escritora Virginia Grutter que, irónicamente, se había radicado en Puntarenas huyendo de la Alemania Nazi. Todos los bienes de los detenidos fueron confiscados sin indemnización y pasaron a ser administrados por un organismo llamado Junta de Custodia de la Propiedad Enemiga, que empezó tomando control de todas las actividades financieras, agrícolas, comerciales e industriales de las empresas intervenidas y, al final, acabó vendiendo los activos por mucho menos de su valor. Hasta a un pobre japonés que tenía una pequeña nave en Puntarenas dedicada a la pesca y al turismo, le decomisaron el barquito. Un buque mercante alemán, el Wesser, anclado en Puntarenas, logró salir a tiempo rumbo a México. Otro, el Stella, no tuvo tanta suerte y, tras ser decomisado, el gobierno lo vendió en Nicaragua.
Cuando los presos fueron muchos, empezaron a enviarlos a campos de concentración en Estados Unidos. Lo delicado del asunto es que iban acompañados de sus esposas e hijos, que eran costarricenses. La escritora Virginia Grutter, que pasó una larga temporada de su juventud en uno de esos campamentos, se refiere al asunto en sus memorias. Tristemente célebre fue el caso de doña Esther Pinto de Amrheim. Era una verdadera ironía histórica que una descendiente de Tata Pinto, el marino portugués que tanto sirvió a Costa Rica y que llegó hasta a gobernar el país por un breve período tras la caída de Morazán, fuera recluida como prisionera simplemente por el apellido de su marido. Don Herberh Knhor planteó un recurso de Habeas Corpus, que fue votado de manera favorable por la Corte Suprema de Justicia. Presionados por el gobierno, que tenía las Garantías Individuales suspendidas, los magistrados se echaron atrás y, en un acto de coherencia, ante lo que consideraba un atropello a los derechos fundamentales de un ciudadano, el Presidente de la Corte, don Víctor Guardia Quirós, renunció a su cargo.
El libro relata con gran amplitud el hundimiento de dos buques de guerra, el Eisenach y el Fella,  uno alemán y otro italiano, anclados en Puntarenas. Ambas embarcaciones navegaban por el Pacífico cuando se enteraron de la noticia de que los Estados Unidos habían entrado en la guerra. En espera de órdenes, decidieron refugiarse en el puerto más cercano. Su presencia, como es fácil de imaginar, generó intranquilidad. Tal parece que el propio Bliss Lane fue quien le ordenó al gobierno que confiscara los barcos y encarcelara a los tripulantes. Un grupo de cincuenta guardias civiles armados con rifles fue enviado en tren a Puntarenas a cumplir la orden. Aunque de primera entrada la situación pueda parecer cómica, pudo haber tenido un final trágico. ¿Qué podían hacer cincuenta policías ticos, que eran campesinos con uniforme, frente a dos tripulaciones de soldados bien armados y entrenados que los superaban en número? Afortunadamente no hubo enfrentamiento. Enterados de los planes, los capitanes pidieron instrucciones y recibieron la orden de entregarse y hundir las naves. El hecho, que sorprendió y defraudó a las autoridades costarricenses, es perfectamente normal en la marina de guerra, ya que es preferible hundir un barco que abandonarlo en otras manos. El gobierno quedó entonces sin las naves que pretendía confiscar y con un numeroso grupo de prisioneros a los que fue bastante complicado sacar del país.
En cuanto a la famoso caso del vapor San Pablo, anclado en Limón, en el que murieron veinticuatro personas por una explosión el 2 de julio de 1942, hay en este libro dos inexactitudes demasiado grandes como para pasarlas por alto. En primer lugar, menciona repetidas veces la palabra "hundimiento" y, como es sabido, el San Pablo no fue hundido. Ni siquiera quedó inservible, ya que casi inmediatamente después de la explosión, apenas le repararon los daños sufridos, navegó a Panamá y continuó funcionando sin problemas durante años. En segundo lugar, en el libro se da por un hecho la leyenda urbana que circuló en ese tiempo, de que que el San Pablo fue torpedeado por un submarino alemán. El asunto acabó siendo pieza clave de la historia política de la década de los cuarenta porque dos días después, el 4 de julio, hubo manifestaciones de protesta contra el supuesto ataque que acabaron en saqueos de los negocios de alemanes, italianos y españoles de San José, A raíz de estos saqueos fue que don José Figueres Ferrer pronunció el famoso discurso por el que fue arrestado y expulsado del país. Hay historias similares, de submarinos alemanes atacando barcos anclados en otros países latinoamericanos. Sin embargo, investigaciones posteriores no le encuentran sentido a que los pocos submarinos con que Alemania disponía en 1941, anduvieran tan al sur de la zona en conflicto realizando ataques de un único tiro.  Por otra parte, no hay manera de explicarse cómo un torpedo pudo haber causado una explosión en la bodega de un barco sin lastimar el casco, como fue en el caso del San Pablo. La verdadera tragedia del Vapor San Pablo, y esto el libro lo explica muy bien, es que murieron veinticuatro humildes trabajadores, no hubo una investigación sobre los hechos y los familiares de las víctimas no recibieron indemnización alguna.
Durante los años de la guerra se intentó establecer en Costa Rica el cultivo de abacá y madera de balsa, pero esas iniciativas se quedaron en la intención. El gobierno americano facilitó recursos financieros, técnicos y de maquinaria para la construcción de la carretera interamericana. Se decía entonces que el propósito era establecer una ruta terrestre hasta el Canal de Panamá, pero cuando la guerra terminó la carretera ni siquiera había llegado al Cerro de la Muerte. A propósito de la visita a Costa Rica del Vicepresidente de Estados Unidos Henry Wallace se estableció el CATIE en Turrialba. Sin embargo, a nivel de seguridad interna, el principal cambio durante la guerra fue el establecimiento de un cuerpo militarizado de policía, llamado la Unidad Móvil, que efectuó operaciones represivas y, años después, se enfrentó a los rebeldes de don Pepe durante la guerra civil de 1948. Tras ser vencida, la Unidad Móvil dejó de existir.
Verdaderamente reveladores son los datos que este libro ofrece sobre la economía durante los años de guerra. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Algo parecido podría decirse de los números. Las tablas que aparecen en el capítulo quinto pintan un panorama desolador. Para resumirlas, basta decir que, en apenas cuatro años, el costo de la vida se duplicó, el dinero circulante se triplicó, el déficit fiscal aumentó sin control, la deuda externa llegó al doble y la economía en general cayó en picada. Al terminar la guerra, Costa Rica, que antes tenía un comercio diversificado con distintos países, acabó dependiendo de las compras de Estados Unidos, que se convirtió en su principal socio comercial. La producción para consumo interno tampoco anduvo muy bien y, de manera frecuente y creciente, el país debió importar hasta arroz, frijoles y azúcar. 
La lectura del libro Costa Rica en la Segunda Guerra Mundial, de Carlos Calvo Gamboa, permite descubrir, entre líneas, una revelación verdaderamente esclarecedora.  El Dr. Rafael Angel Calderón Guardia fue electo en 1940 por una amplia mayoría. Era un médico graduado en Europa querido y respetado por todo el país. Su primer año de gobierno fue brillante, con la fundación de la Universidad de Costa Rica y la Caja Costarricense de Seguro Social, así como con el tratado limítrofe con Panamá. Sin embargo, ya a mediados de su segundo año de gobierno su popularidad caía en picada y era cada vez mayor el número de quienes lo criticaban y adversaban. Después de la declaratoria de guerra de Costa Rica a Japón, el 8 de diciembre de 1941, y a Alemania e Italia, el 11 de diciembre siguiente (las mismas fechas de las declaraciones de guerra de Estados Unidos), los costarricenses empezaron a sufrir situaciones que les resultaban inaceptables. Escasez de productos básicos, aumentos de precios, cierre de negocios, garantías individuales suspendidas, listas negras, arrestos sin derecho a Habeas Corpus, expulsiones del país de ciudadanos nacidos en Costa Rica y confiscaciones de propiedades sin indemnización. La policía, que miraba hacia otro lado ante los saqueos y el vandalismo, disolvía reuniones y manifestaciones políticas por la fuerza. Si alguien cuestionaba la situación en que se vivía, se le respondía que todo era debido a la guerra. Si alguien criticaba al gobierno, se le tildaba se simpatizante nazi. Antes de la guerra, el Dr. Calderón Guardia gozaba del apoyo general. Por las políticas locales, durante la guerra, fue perdiendo simpatizantes y ganando adversarios. 
Muchos de los temas que este libro plantea, merecerían ser desarrollados más ampliamente. En la obra hay, además, un capítulo pendiente que podría ser más bien un libro aparte. Esperaba encontrar algún apartado en que se refiriera a los costarricenses que combatieron en la Segunda Guerra Mundial pero, lamentablemente, en ninguna parte se refiere a este tema. El prestigioso genealogista don Guillermo Castro Echeverría, que sirvió en el ejército norteamericano en Europa y que, al respecto, publicó un libro de memorias noveladas, contaba que fueron muchos los ticos que prestaron servicio en la infantería y muchos más los que sirveron en la marina. Sus nombres han sido recogidos en listas. Yo tengo una a la que no termino de agregar nombres y fechas. El libro sigue aún pendiente.
INSC: 0317
8 de diciembre de 1941. Tras el ataque a Pearl Harbor Costa Rica declara la Guerra
a Japón. De izquierda a derecha: Alfredo Volio Mata, Alberto Echandi Montero, el
Presidente Rafael Angel Calderón Guardia, Luis Demetrio Tinoco Castro, Carlos Manuel
Escalante, Durán, Mario Luján Fernández y Francisco Calderón Guardia.



sábado, 28 de octubre de 2017

Robert Vesco: triste historia del millonario fugitivo.

Robert Vesco compra una república.
Julio Suñol Leal.
Trejos Hns, Costa Rica, 1974.
Robert Vesco nació en 1935 en el seno de una humilde familia trabajadora de Detroit, Michigan, pero gracias a su buen olfato, agresividad y audacia, antes de cumplir los treinta años ya era millonario. Muy joven llegó a ser propietario de una pequeña fábrica de válvulas en New Jersey. Utilizaba las ganancias para especular en la bolsa y, en 1965, fundó una corporación financiera llamada International Controls Corp. (ICC), que manejaba, en sus inicios, un capital de doscientos millones de dólares. Otro grupo importante, el International Investment Troust (ITT), fundado por Bernard Cornfelt, se vio en apuros por los malos manejos del propio fundador. Vesco compró la parte de Cornfelt en 1970 y pasó a convertirse en Presidente de ITT. El portafolio de inversiones que manejaba, con apenas treinta y cinco años de edad, era ya de seiscientos millones de dólares. Naturalmente, no todo ese capital era suyo, ya que buena parte estaba conformado por los depósitos de pequeños ahorrantes norteamericanos que invertían en compañías de fondos mutuos.
Vesco trasladó su oficina a Suiza, donde tomó el control de Investors Overseas Services (IOS) y, al abandonar los Estados Unidos, empezaron sus problemas. La Security Exchange Comission (SEC), organismo del gobierno norteamericano encargado de vigilar las operaciones financieras de empresas que manejan depósitos del público, consideró arriesgado que capitales tan grandes como los que las compañías de Vesco manejaban salieran de su jurisdicción. Vesco fue arrestado en Ginebra, Suiza, en 1971, pero fue liberado pronto, curiosamente gracias a gestiones de la propia Embajada Americana. En busca de una nueva base de operaciones, se trasladó a Bahamas, donde llegó a ser accionista mayoritario de varios bancos. Eventualmente, en Bahamas Vesco también fue arrestado en circunstancias realmente extrañas. Se le acusaba de haber defraudado cincuenta mil dólares de ICC, su propia compañía, y la multa que debió pagar, para salir de la cárcel, fue de setenta y cinco mil dólares. Los detalles no trascendieron, pero el caso resulta en verdad difícil de comprender. Se acusó al presidente de una organización que manejaba cientos de millones de haber defraudado cincuenta mil de su propia empresa y, además, la fianza fue mayor al monto en cuestión.
Muy pronto, además de la vigilancia de la SEC, Vesco fue objeto de la atención de la prensa. La revista Time publicó un amplio reportaje sobre sus maniobras financieras. La preocupación principal era que doscientos veinticuatro millones de dólares de ahorrantes de fondos mutuos hubieran salido de Estados Unidos y estuvieran, por tanto, fuera de la supervisión de la SEC. En el reportaje se mencionaron varias personas que trabajaban para IOS, como James Roosevelt, el hijo mayor del Presidente Franklin Delano Roosevelt (quien, irónicamente, había fundado la SEC), o Donald Nixon, joven de veintiséis años de edad, asistente de Vesco y sobrino del Presidente Richard Nixon. También salieron a relucir los nombres de otras figuras conocidas quienes, de alguna manera, habían realizado negocios con Vesco, entre ellos don Gonzalo de Borbón y Dampierre (nieto de Alfonso XIII), Rafael Díaz Balart, hermano de Mirta, la primera esposa de Fidel Castro, y don José Figueres Ferrer, entonces Presidente de Costa Rica.
Tal parece que fue Richard Pistell quien, en junio de 1972, presentó a Vesco a don Pepe. Otro millonario norteamericano, el tejano Clovis McAlpin, que había manejado grandes portafolios de inversión en Londres, había decidido establecer su oficina y residencia en Costa Rica. Ya con dos pesos pesados en el país, don Pepe propuso, en noviembre de 1972, la iniciativa de establecer en San José un distrito financiero internacional para atraer grandes capitales. El proyecto fue rechazado, tanto por la Asamblea Legislativa como por la opinión pública, que llegó a considerar inconveniente la presencia de los dos grandes capitalistas en el país y, lejos de aceptar que vinieran más, exigía que McAlpin y Vesco se marcharan. Un verdadero escándalo se armó cuando se supo que ambos norteamericanos habían realizado fuertes inversiones en empresas relacionadas con don Pepe. McAlpin tenía participación en la Sociedad Agrícola San Cristóbal, fundada por don Pepe y don Francisco Orlich en 1928, mientras que Vesco había invertido en un proyecto de casas prefabricadas que desarrollaba don Pepe. Trascendió además que Vesco, por medio de compra de bonos del Estado, había inyectado capital a proyectos del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo y al Servicio Nacional de Acueductos y Alcantarillados. Adquiriendo bonos del Estado, Vesco financió el aguinaldo de los empleados públicos en 1973. Un grupo financiero relacionado con Vesco, además, le otorgó un fuerte préstamo, en favorables condiciones, al Banco Popular y de Desarrollo Comunal.
Robert Vesco visita al periodista Julio Suñol, director del Diario de Costa Rica.
Curiosamente, a McAlpin pronto lo dejaron en paz y permaneció en el país dedicado a proyectos ganaderos, mientras que Vesco acabó acaparando toda la atención de los políticos y de la prensa. Julio Suñol Leal, director del Diario de Costa Rica, fue uno de sus más severos críticos. Los editoriales y reportajes que escribía, constamente alertaban sobre lo peligrosa que podría ser la presencia de Vesco en el país y lo inconveniente que podría resultar su cercanía con el Presidente de la República. En 1974, cuando el tema aún estaba en el tapete y Vesco residía en país, don Julio Suñol publicó el libro Robert Vesco compra una república, en que recopila artículos, no solo de su periódico, sino también los que Life, Time, Newsweek, Fortune, Wall Street Journal y The New York Times publicaron sobre el tema. El tiraje de la primera edición fue de cinco mil ejemplares y se agotó de inmediato. Aunque con cierta frecuencia don Julio entona un discurso de tono emocional y exaltado, como buen periodista que era, fue capaz de ofrecer un libro balanceado, en que incluye argumentos y versiones contrarios a los suyos. Vesco en persona fue a visitar a don Julio Suñol a la redacción de El Diario de Costa Rica y la conversación, recogida en el propio libro, estuvo llena de cortesía y caballerosidad. Don Julio le aclaró a Vesco que no tenía nada personal contra él, pero que le preocupaban su gran capital y su cercanía con el gobierno. "Usted es una ballena en la laguna", le dijo.
En una ocasión, don Pepe le propuso personalmente a Suñol que, en vez de combatir a Vesco, se aliara con él. Vesco podía inyectar capital al Diario de Costa Rica, que enfrentaba serios apuros económicos. Cuando Suñol hizo la propuesta del conocimiento público, don Pepe reconoció haberla hecho. Irónicamente, el ochenta por ciento de la publicidad que aparecía en el Diario de Costa Rica era pagado por instituciones estatales. "Esos anuncios no le generan ningún beneficio al Estado ni al gobierno que tanto critica ese periódico," afirmó don Pepe, "por lo que son mas bien un subsidio a la libertad de prensa."
El libro tiene episodios que, con el paso del tiempo, han llegado a ser olvidados. En julio de 1973, un numeroso grupo de catedráticos universitarios le dirigió una carta a los dos vicepresidentes de la República, el Dr. Manuel Aguilar Bonilla y don Jorge Rossi Chavarría, instándolos a establecer un tribunal de honor que juzgara a don Pepe por su amistad con Vesco. La respuesta, escrita con gran cortesía, aclaraba que juzgar al presidente no forma parte de las funciones de los vicepresidentes. La Constitución prohíbe, además, el establecimiento de tribunales para causas específicas, cosa que, se supone, los profesores universitarios deberían saber.
Un hecho verdaderamente descabellado y tragicómico tuvo que ver con el discurso que, el 6 de marzo  de 1973,  Vesco pronunció en cadena de radio y televisión.  No se sabe cómo, pero don Gerardo Fernandez Durán consiguió el borrador del discurso, escrito a mano por don Pepe Figueres, y se lo hizo llegar a Julio Suñol. En el libro se incluyen imágenes del manuscrito de don Pepe, con notas dirigidas a su jefe de prensa, Orlando Núñez Pérez, en el que le avisa que don Gonzalo Facio Segreda, el Canciller de la República, se va encargar de revisar los aspectos legales. Cuando se destapó el asunto, don Pepe simplemente dijo: "Es mejor que yo le escriba los discursos a él y no que él me los escriba a mí."
Don Pepe siempre defendió a Vesco y argumentó que todo lo que se decía de él no era más que sensacionalismo desatado por periodistas deseosos de crear escándalo. "A los periodistas", decía, "les gusta hacer bulla, pero al final todo se aclara". Al redactor de The Wall Street Journal que escribió un artículo sobre la relación entre Vesco y Figueres, don Pepe lo llamó por teléfono a Estados Unidos para, en sus propias palabras, "pegarle una gran trapeada." "El día que me lo encuentre se va a sacar la lotería", agregó, "porque la trapeada telefónica fue en inglés, pero si llego a tenerlo al frente, lo arreglo a la latinoamericana, o a la catalana."
El nombre de Vesco salió a relucir en el escándalo Watergate y el Partido Republicano acabó devolviéndole a Vesco la contribución de doscientos mil dólares que había entregado para la campaña de reelección de Richard Nixon. Donald Nixon, el asistente de Vesco y sobrino del presidente, no se separó de su cargo. La boda de Donald Nixon se celebró en Costa Rica ya que Vesco no podía, por las causas que contra él se realizaban en tribunales de New York, ir a Estados Unidos.
En la campaña presidencial de 1974, los dos candidatos mayoritarios, el Dr. Fernando Trejos Escalante y don Daniel Oduber Quirós, debieron pronunciarse sobre la permanencia de Vesco en Costa Rica. El millonario norteamericano había llegado a ser muy impopular, pero ambos candidatos fueron cautelosos en sus declaraciones. En Costa Rica, Vesco no había hecho nada indebido, los juicios que tenía abiertos en su contra en Estados Unidos eran complejos hasta para los especialistas en finanzas y las pocas inversiones de Vesco en Costa Rica, lejos de brindarle ganancias, eran más bien irrecuperables. Hasta se contaba un chiste que decía que, en Costa Rica, Vesco se había hecho millonario, porque antes de venir era multimillonario.
El 7 de mayo de 1974, un día antes de asumir la presidencia de la República, Oduber se reunió con Vesco y le entregó una extensa carta (reproducida en el libro) en que lo insta a mantenerse alejado de actividades públicas, a no establecer sociedades con funcionarios del gobierno, a no invertir en medios de comunicación (se decía que Vesco había aportado el capital inicial para la fundación del periódico Excelsior, que presidía el Dr. Luis Burstin y dirigía don Alberto Cañas) y a concentrar sus inversiones en agricultura, ganadería, industria y turismo, que era lo que necesitaba el país.
En 1978, el presidente Rodrigo Carazo Odio expulsó a Vesco de Costa Rica. No está claro si se había establecido en 1972 o 1973 pero, durante los pocos años que permaneció aquí, tal parece que llegó a invertir un mínimo de catorce y un máximo de cuarenta millones de dólares en proyectos locales. No se sabe si pudo liquidar su participación en empresas costarricenses o si dejó un apoderado a cargo.
Quienes defienden a Vesco argumentan que cometió dos grandes errores. Primero, haber sacado de los Estados Unidos dinero de ahorrantes norteamericanos ya que, con eso, se ganó la enemistad de la SEC, que procura que los fondos no salgan de su control. Lo normal (pero no necesariamente lo conveniente) es que el flujo sea a la inversa. Los capitales de todo el mundo, tanto de países ricos como pobres, fluyen a la bolsa de New York y allí son invertidos en acciones de compañías americanas. Eso se considera normal y seguro. Pero que dinero de ahorrantes norteamericanos sea invertido en otros países es algo que se considera peligroso e inconveniente. Su segundo gran error fue su proximidad con los políticos. Se dice que Vesco fue atacado, en los Estados Unidos, por los enemigos de Nixon y, en Costa Rica, por los enemigos de don Pepe.
Una de las últimas fotos de Robert Vesco en Cuba.
Tras su expulsión de Costa Rica, Vesco estableció su residencia en Cuba. Al comentar el hecho, Fidel Castro dijo: "No nos importa lo que haya hecho en los Estados Unidos y no nos interesa su dinero."
En Cuba, Vesco se presentaba con el nombre falso de Tom Adams y se hacía pasar por canadiense. Vestido de blanca guayabera, pudo disfrutar de poco más de una década de vida tranquila, hasta que, en 1996, fue acusado de haber estafado a Antonio Fraga Castro, sobrino de Fidel, en un laboratorio de biotecnología en el que eran socios. Suena extraño que un hombre que disponía de cientos de millones de dólares haya estafado a un ciudadano de un país comunista, donde todos, supuestamente, viven de su sueldo y comen de la libreta de racionamiento. En Cuba, en todo caso, las noticias se leen al revés. Cuando los titulares del Granma dicen que se superó una meta, es porque no se llegó ni a la mitad, cuando anuncian sobreproducción de algún artículo es porque escasea y cuando Fidel declara que su familia no tiene privilegios y vive como cualquier otro cubano es porque andan metidos en negocios gigantescos. En el juicio al que se vio sometido, Vesco fue acusado también de ser "un provocador y agente de servicios especiales extranjeros". Aunque la condena fue de trece años de prisión, solamente estuvo nueve en la cárcel. En 2005 fue liberado al cumplir setenta años de edad. Sus amigos dicen que los últimos años de su vida los pasó sin ser molestado en La Habana, luchando contra un cáncer de pulmón que, finalmente, acabó con él.
Su muerte, ocurrida el 23 de noviembre de 2007, fue dada a conocer con bastante demora varios días después. Las agencias de noticias informaron que sus restos fueron sepultados en el Cementerio de Colón de la Habana, pero no mencionaron si su esposa y sus dos hijos seguirían residiendo en Cuba. Sobre lo que haya quedado de su enorme fortuna tampoco hay información.
INSC: 0505
Robert Vesco (1935-2007).

domingo, 1 de noviembre de 2015

Pío XII. Papa durante la II Guerra Mundial.

El Papa de Hitler. John Cornwell. Editorial
Planeta. España. 2001.
Dice el viejo refrán que no hay que juzgar un libro por la portada. El Papa de Hitler, de John Cornwell, es un buen ejemplo. El título y la fotografía de cubierta son tan osados como engañosos.
Sobre la figura de Eugenio Pacelli, Nuncio Apostólico en Alemania de 1917 a 1929, Secretario de Estado del Vaticano de 1929 a 1939 y Papa, con el nombre de Pío XII, desde 1939 hasta 1958, se han publicado cualquier cantidad de obras que van desde estudios históricos serios y documentados hasta panfletos llenos de afirmaciones sin fundamento.
En vida, el Papa Pacelli gozó de gran prestigio, pero cinco años después de su muerte una obra teatral, El Vicario de Rolf Hochcuth,  abrió un debate que aún hoy está lejos de agotarse. El punto central de la discusión es que, aunque Pacelli realizó, en repetidas ocasiones, actos no solo valientes sino hasta heroicos a nivel personal y movilizó a todo el aparato de la Santa Sede y de la Iglesia europea en general,  para socorrer a los civiles durante la II Guerra Mundial, nunca pronunció un mensaje que, de manera clara y directa, condenara los atropellos cometidos por la Alemania Nazi. 
Quienes lo critican, sostienen que su silencio ante hechos que debió haber censurado, no obedeció a la prudencia ni a la falta de información, sino que respondía un pacto oculto entre la Santa Sede y el III Reich. Los más atrevidos, llegan a afirmar que Pacelli, a nivel personal, simpatizaba con los nazis. Quienes lo defienden, argumentan que así como no hay palabras contra los nazis, tampoco las hay a favor y que Pío XII, en todo caso, hizo mucho más de lo que dijo y sus acciones son más elocuentes que cualquier discurso. Ambos bandos tienen numerosos hechos para poner sobre el tapete.  Entre los innumerables libros y artículos que se han escrito sobre el tema, no se ha escuchado aún una voz desapasionada. Para unos fue un héroe que actuó con sabiduría y prudencia, mientras que para otros fue un cómplice de las atrocidades que no denunció.
En las polémicas sobre figuras históricas es común encontrar, entre otros muchos, tres tipos de autores: el torero de café, el profeta a posteriori y el sabelotodo. En España llaman toreros de café a quienes, cómodamente sentados alrededor de una mesa, dicen lo que debió haber hecho el matador en el ruedo. Sobra decir que ninguno de ellos ha tenido nunca un toro al frente. En el plano de la historia, hay quienes, con la misma facilidad de la tauromaquia de tertulia, juzgan a los protagonistas de los hechos sin considerar la complejidad del momento que debieron enfrentar.
Por otra parte, es muy fácil calificar las decisiones como acertadas o erróneas cuando todo ha pasado y se sabe en qué paró el asunto. Cualquiera es profeta a posteriori, pero quienes debieron tomar decisiones en determinado momento no contaban, como sus severos jueces, con la ventaja de saber cómo iban a terminar las cosas. Es absurdo que años, décadas o siglos después de los hechos, se les reclame a las figuras históricas el no haber sido capaces de ver el futuro.
El historiador sabelotodo, por su parte, es aquel que no se conforma con investigar y exponer una versión bien sustentada y razonable, sino que aspira a decir la última palabra. En historia, como en muchas otras áreas, es más serio hablar de posibilidades que de verdades. Ante hechos no probados o dudosos, confío mucho más en un historiador que sugiera "lo que pudo haber ocurrido..." que en uno que afirme "lo que en verdad ocurrió..."
Pero volvamos al libro de Cornwell. El título y el subtítulo, El Papa de Hitler, la verdadera historia de Pío XII, son, por decir lo menos, poco serios. La ilustración de la portada, además, podría generar confusiones. Se trata de una foto de 1929, en que el nuncio Pacelli abandona el Palacio Presidencial en Berlín. La capa episcopal puede confundirse fácilmente con el tabarro pontificio y los oficiales de guardia con uniforme prusiano tocados con el stahlhelm parecen soldados nazis. La combinación del título y la fotografía me pareció grotescamente engañosa. Sin embargo, recordando el adagio de no juzgar un libro por la portada, emprendí la lectura y me bastaron pocas páginas para convencerme de que, pese a su cubierta ciertamente cuestionable, tenía en mis manos una investigación profunda y minuciosamente documentada.
El autor de este libro no cae nunca en el error de editorializar como torero de café, ni como profeta a posteriori ni como historiador sabelotodo. Se limita a consignar hechos, proponer análisis y sugerir conclusiones.
Por su estilo conciso, fluido y claro, es capaz de brindar avalanchas de datos y meter en la danza a cientos de personajes sin abrumar al lector. Cornwell tiene la meritoria y rara habilidad de ofrecer un panorama integral de situaciones complejas de manera breve y diáfana. El libro se lee con interés creciente y tiene el enorme mérito de ser comprensible fácil de seguir para cualquier lector, incluyendo uno no muy familiarizado con los acontecimientos que se reseñan. Pocos historiadores son tan amigables con el público en general. Los comentarios y las apreciaciones personales que el autor se permite expresar, esporádicamente pero a todo lo largo del libro, dejan claro que Pío XII no le simpatiza. Sin embargo, Cornwell  se limita a consignar su opinión en pocas palabras y sin mayores alegatos. Me agrada el hecho de que un historiador opine francamente sobre lo que escribe. Dejar por escrito la posición personal me parece mucho más honesto que fingir imparcialidad. Lo que no debe hacer nunca el historiador es alterar datos o presentar como hechos lo que son suposiciones, pero si el material que ha reunido lo ha llevado a formarse una opinión, tiene todo el derecho de expresarla. Cornwell, en todo caso y como ya se dijo, nunca suelta el editorial y se concentra en exponer los acontecimientos tal y como constan en los documentos que consultó. Sus opiniones, como las de cualquiera, son discutibles, pero la rigurosidad de su investigación es muy respetable incluso para quienes, como yo, no compartan sus puntos de vista.
Tanto el personaje principal como la época en que le tocó vivir, son de una complejidad fascinante. Tanto en los histórico como en lo biográfico, Cornwell logra pintar un retrato verdaderamente completo y revelador.
Eugenio Pacelli, hijo de una familia de la aristocracia romana, era un hombre severo, misterioso y reservado que practicaba un misticismo ascético y llevaba una vida espartana. Era un lector infatigable, buen jinete, tocaba el violín y hablaba varios idiomas. Organizado y metódico hasta extremos obsesivos, planificaba su rutina diaria minuto a minuto, dormía solamente cinco horas, comía solo, no tenía amigos personales y nunca participaba en conversaciones ociosas. Tanto en sus discursos y correspondencia oficiales como en sus declaraciones improvisadas, solía expresarse con un estilo elíptico, muy elegante pero poco claro. A este hombre alto, pálido, flaco y de voz aguda, que hablaba lentamente pronunciando las palabras sílaba por sílaba, de salud frágil y modales refinados, le correspondió ser Papa en unos años en que el mundo se sumergió en una espiral de violencia que parecía de nunca acabar.
Había trabajado desde muy joven en la diplomacia vaticana. Vivió doce años en Alemania, primero en Munich y luego en Berlín y, como Nuncio Apostólico, fue el artífice del concordato con el Reich. Hitler había ocupado la Cancillería en enero de 1933 y el acuerdo se firmó en julio de ese año. Sin embargo, Pacelli y Hitler nunca se conocieron en persona ya que, en 1929, Pacelli había retornado a Roma al ser nombrado Cardenal Secretario de Estado del Vaticano.
El Concordato entre la Santa Sede y el III Reich le daba a la Iglesia católica ciertos beneficios, tales como un salario para los curas por parte del Estado así como garantías y subsidios para los centros de enseñanza católicos. A cambio, la iglesia se comprometía a ciertas concesiones, algunas de ellas verdaderamente pintorescas, como que en Alemania todo el clero estuviera formado exclusivamente por alemanes y no se permitiera el ministerio de sacerdotes de otras nacionalidades. Sin embargo, el punto más delicado del acuerdo fue la disolución del partido Zentrum. Desde la época de Bismark, a finales del Siglo XIX, los católicos alemanes tenían este partido político que llegó a ser la mayor fuerza política durante la República de Weimar, tras la I Guerra Mundial.
El partido liberal y el social demócrata eran minoritarios, por lo que la mayoría siempre la obtenía Zentrum, que era el que formaba gobierno. Poco a poco los votantes alemanes se fueron radicalizando y tanto el partido nazi como el comunista empezaron a contar con más apoyo popular. Estaba claro que si alguno de los dos llegaba al poder se acabaría la democracia parlamentaria. Los socialdemócratas intentaron realizar una coalición con los comunistas, pero los comunistas no aceptaron por que Stalin en persona se los prohibió. Los liberales eran minoría y a quien le tocaba inclinar la balanza era al partido Zentrum. Heinrich Brüning, líder del Zentrum, sostenía que, puestos a elegir, había que aliarse con los comunistas contra los nazis. Franz Von Pappen, otra importante figura del partido, sostenía la tesis contraria, que había que aliarse con los nazis contra los comunistas. El presidente del partido, Monseñor Ludwig Kaas, vivía en el Vaticano y desde allí dirigía por control remoto a la mayor fuerza política alemana.
El prelado Kaas, al igual que una amplia mayoría del alto clero europeo de entonces, apoyaba el fascismo. Aliado históricamente a las monarquías (de hecho era una de ellas), el papado desconfiaba de las democracias republicanas liberales y aborrecía el comunismo. En esas circunstancias, el fascismo que rechazaba las libertades características de la democracia, adversaba el comunismo y no se mostraba hostil a la Iglesia, gozó, al menos en su primera etapa, del apoyo de la diplomacia papal. Mussolini fue quien creó el Estado del Vaticano en 1929 y, poco después de fundado, el diminuto estado pontificio se entendió bien con las dictaduras fascistas, mientras que con los países democráticos las relaciones eran distantes y con los comunistas inexistentes.
Todos sabemos lo que pasó. Hitler llegó a ocupar la cancillería impulsado por Von Pappen quien, ingenuamente, creyó que podría manejarlo. El concordato fue firmado y el partido Zentrum acabó disuelto. Heinrich Brüning, que salió profeta, abandonó Alemania y se fue a Londres a pegar el grito al cielo. De todos los líderes políticos de la época, Brüning fue el único capaz de vaticinar lo que se iba a venir encima a la vuelta de unos años. Tras la muerte de Hindenburg y el incendio del Reichtag, Hitler tomó el poder absoluto y se desentendió tanto de la nobleza (Von Pappen y sus secuaces) como del concordato. Pío XI publicó la encíclica Mit Brennender Sorge, en que manifiestó su preocupación por el rumbo que estaba tomando Alemania, pero Hitler no iba a hacerle caso a un simple papel.
Pacelli, Secretario de Estado Vaticano, viajó a los Estados Unidos y se entrevistó con el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1936. El 2 de marzo de 1939, el día de su cumpleaños número sesenta y tres, Pacelli fue electo Papa. En setiembre de ese mismo año, tras la invasión nazi a Polonia, Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania. Días antes, Pío XII pronunció el famoso discurso en que dijo: "Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra."
Al menos en los primeros años, Pío XII creyó posible una solución negociada al conflicto. Mantuvo canales abiertos con todas las potencias beligerantes. La correspondencia con la Alemania nazi estaba llena de protestas y contraprotestas, pero nunca se rompió. También se mantuvieron las relaciones con la Italia fascista. Dentro del Vaticano había embajadas de Francia e Inglaterra. Cuando ya los Estados Unidos habían entrado en la guerra, el presidente Roosevelt envió un delegado permanente a la Santa Sede y, poco después, al propio Secretario de Estado americano a entrevistarse con el Papa. Lo asombroso del caso es que, como el Vaticano no tiene aeropuerto y era un país neutral, el Estado italiano, en guerra declarada con los Estados Unidos, debió permitir que un avión americano aterrizara en el aeropuerto de Roma y facilitar el paso de los enviados diplomáticos por las calles de su capital hasta el palacio apostólico.
Mientras la diplomacia vaticana mantenía comunicación con todas las potencias involucradas en la guerra, excepto, naturalmente, con la Unión Soviética, se estableció al mismo tiempo un servicio de asistencia para civiles desplazados. La residencia papal de Castelgandolfo acabó convertida, por disposición directa del Papa, en un albergue de refugiados. La capital italiana, durante los años de la guerra, empezó gobernada por el fascismo, luego fue ocupada por tropas alemanas, sufrió prácticamente una guerra civil entre distintos bandos revolucionarios y luego fue tomada por el ejército americano sin que el Papa se moviera de su sitio. Exigió, eso sí, que los cardenales salieran de Roma y se mantuvieran en un lugar seguro para que, en caso de que lo mataran, no tuvieran dificultad de reunirse para elegir a su sucesor.
En 1943, cuando Roma fue bombardeada, el Papa abandonó el Vaticano y se trasladó al sector bajo fuego para acompañar a los habitantes de la zona. A los pocos días, al efectuarse un segundo bombardeo, volvió a hacerlo. Era evidente que el Papa estaba dispuesto a morir al lado del pueblo romano. Tras esos dos gestos, los bombardeos cesaron. Se hicieron incluso bromas sobre el hecho de que aquel hombre, extremadamente flaco, fuera capaz de servir como escudo protector de una ciudad entera.
El retrato que hace Cromwell de Pío XII lo muestra como un hombre de carácter fuerte, amplia cultura y mente brillante, pero frío, poco emotivo, totalmente encerrado en su mundo interno, incapaz de realizar un gesto o pronunciar una palabra de manera espontánea. Pacelli pensaba en blanco y negro sin matices. Su visión de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto era tajante pero, a la hora de expresarse, calculaba el alcance que podrían tener sus declaraciones, así como todas las posibles interpretaciones que se les pudieran atribuir. Sus discursos, sus cartas y hasta sus conversaciones, como ya se dijo, estaban planteados de una forma tan elíptica y enigmática que, con frecuencia, parecían indescifrables.
Si esa fue su manera de expresarse durante toda su vida, ¿Por qué se le reclama el no haber pronunciado un discurso contundente durante la guerra? Reflexionar sobre la figura de Pío XII, no consiste en ponerse a especular sobre lo que pudo haber pasado si hubiera actuado de una manera distinta a cómo lo hizo. Imaginar otra historia alternativa puede ser un ejercicio de fantasía divertido pero no ayuda a comprender. Tampoco se trata de dictar cátedra de torero de café sobre lo que debió haber hecho o dejar de hacer. Es muy fácil juzgar lejos del lugar, lejos del momento, lejos de la responsabilidad y lejos de las consecuencias.
Para muchos, la prudencia de Pío XII fue complicidad y su ecuanimidad fue indiferencia. Pero para comprender su actitud, independientemente de como se la quiera calificar, el propio Papa dejó claras, desde el inicio de la guerra, las normas que regirían sus acciones y sus palabras. En cuanto a las acciones, procuraría aliviar el sufrimiento de todos de manera efectiva y discreta. En cuanto a las palabras, repetiría el mensaje eterno de Cristo, de amor, perdón, fraternidad, justicia y paz, pero no se referiría a ningún hecho en particular. En cada discurso, en cada aparición pública o transmisión radial, Pío XII, siempre en su estilo poético e indirecto, predicó los altos valores del Evangelio de manera general. Hablaba sobre la supeditación de lo político a lo moral, e insistía en la supremacía del individuo sobre el sistema. Los regímenes políticos son temporales mientras que el alma de cada persona es eterna. No condenó las deportaciones ni los asesinatos en masa, ni el bombardeo alemán sobre Londres, ni el bombardeo inglés sobre Dresden, ni el ataque japonés a Pearl Harbour, ni las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Ni siquiera dijo una palabra sobre el bombardeo aliado sobre Roma que tuvo la oportunidad de vivir muy de cerca. Pensándolo bien, si se hubiera puesto a mencionar una por una todas las atrocidades que ocurrieron durante su pontificado, no habría tenido tiempo de hacer otra cosa. 
La actitud de Pío XII durante la guerra genera y seguirá generando controversia.  Para unos, una figura misteriosa, fría y calculadora hasta extremos increíbles. Para otros, un hombre cuya profunda espiritualidad le permitió mantenerse ecuánime en una época convulsa en la que las masacres llegaron a ser parte de la vida diaria.
INSC: 2115

Eugenio Pacelli (1876-1958) Papa Pío XII (1939-1958).

miércoles, 29 de abril de 2015

Autobiografía de Eleanor Roosevelt.

Autobiografía de Eleanor Roosevelt.
Eleanor Roosevelt. Editorial Novaro,
México, 1964.
La vida de Eleanor Roosevelt es mucho más interesante de cómo ella la cuenta. Esta niña huérfana que fue educada para no aspirar a más que ser una abnegada madre y esposa, con los años deslumbró por su gran inteligencia, llegó a ser una de las columnistas más leídas de los Estados, se convirtió en figura mundial por sus luchas en favor de la erradicación de los prejuicios clasistas, sexistas y racistas y, como diplomática en la recién creada Organización de las Naciones Unidas, le correspondió redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos. 
Nació en el seno de una de las familias más antiguas, ricas y poderosas de la costa este de los Estados Unidos, llena de personajes pintorescos, historias extrañas y tradiciones absurdas. Su padre, Elliott, era el hermano menor del Presidente Theodor Roosevelt. Su madre, Ana Hall, era una delicada princesa de la alta sociedad de Nueva York, cuya fortuna y árbol genealógico no se podían abarcar ni con la más desbocada imaginación. El abuelo materno, Valentín Hall, era tan obscenamente rico que en toda su vida no hizo más que cultivar el ocio. Se construyó una enorme mansión de aspecto tenebroso sobre el río Hudson, en la que todos debían cumplir su santa voluntad. Y digo santa, porque Valentín Hall era un puritano religoso que tuvo siempre en su casa un clérigo, como en otras cosas se tiene un animal doméstico. A su esposa Mary la trataba como a una más de sus hijas. Le escogía los vestidos y las joyas y nunca le permitió contacto alguno con el mundo exterior, al punto que a la muerte de Valentín, la señora Mary, que heredó sus millones, no sabía ni cómo escribir un cheque. Las hijas de ese matrimonio, como es fácil de suponer, tocaban piano, se desenvolvían con modales impecables, paseaban con sombrero y sombrilla y no tenían más tema de conversación que la decoración de la casa y la vida social. 
La madre de Eleanor murió cuando ella era muy pequeña y su padre, Elliott, la dejó al cuidado de Mary, la abuela materna quien, fiel a la tradición familiar se dispuso a convertir a la niña en una decorativa muñeca de porcelana. Eleanor pasó su infancia en la mansión de la abuela, vestida de blanco con encajes, sin derecho a correr, jugar o ensuciarse. A la abuela solamente le importaba que la niña estuviera bien vestida, bien peinada y bien quieta y acabó descuidando otros aspectos de su educación. Por ejemplo, a los nueve años todavía la pequeña no sabía leer ni escribir porque la abuela había olvidado ese pequeño detalle.
El gran amor de su infancia fue su padre, al que idealizó de manera romántica. Le escribía cartas pero pocas veces iba a visitarla. Los ratos que pasaba con él eran para ella los más dichoso. "Durante mi infancia" decía Eleanor, "mi padre era el único que no me miraba como si yo fuera una criminal". Elliott Roosevelt y Ana Hall tuvieron tres hijos, pero la favorita de Elliot era Eleanor, la mayor. Nunca la corregía, nunca la regañaba, era cariñoso con ella, la sacaba a jugar y la llamaba "mi regalo del cielo". Aparte del hecho de que era la única persona que le mostraba amor, a la imaginación de la niña no debía de resultarle nada difícil idealizar al padre que adoraba y extrañaba. Elliott Roosevelt era un magnífico jinete y jugador de polo, nadie le ganaba remando ni nadando, su puntería era infalible tanto con rifle como con pistola y, cuando estuvo en la India, cazando tigres y elefantes, escaló los Himalayas.  La razón por la que Elliott no vivía con sus hijos era que, pese a ser un atleta, sufría desde pequeño de un tumor cerebral, inoperable en aquel entonces, que regularmente le provocaba mareos y dolores de cabezas que lo hacían pegar aullidos. Para superar sus crisis, no tenía más que remedio que abrir la botella de whisky y beber hasta caer inconsciente.
Eleanor y su padre Elliott Roosevelt en
1889. Su padre murió a los 34 años de edad
en 1894 poco antes de que la niña
cumpliera diez años.
En una visita, Eleanor encontró a su padre muy triste. Tras abrazar y besar a la niña, la sentó en su regazo y le informó que Elliot, su hermano, había muerto. Era el que le seguía a Eleanor y tenía solamente ocho años. Su padre le dijo que los únicos amores que le quedaban en el mundo, eran ella y su otra hija Gracie. Le prometió que cuando ella y su hermana fueran grandes las llevaría a viajar por todo el mundo y le pintó un futuro color de rosa.  Al despedirse, le pidió que se convirtiera en una persona de la que él podría estar orgulloso y le prometió visitarla con más frecuencia.  Nunca volvió a verlo. Poco antes de que Eleanor cumpliera los diez años, le avisaron que su padre había muerto. Durante varios días, Eleanor lloró desde que se despertaba hasta que se dormía. Más que su padre, sentía que había perdido su futuro.
Con los años, Eleanor, encerrada en su jaula de oro, llegó a convertirse en una princesita de alta sociedad. Sabía música y llegó a dominar el francés e italiano tras su permanencia en exclusivos internados europeos para señoritas. Pero Eleanor no fue nunca una muchacha bonita. Tenía los ojos y los dientes demasiado saltones, lo que le daba a su rostro un aspecto poco delicado. En una reunión familiar, habría pasado toda la velada sentada en una silla de no haber sido porque su primo Franklin Delano Roosevelt tuvo la gentileza de ser el único que la sacó a bailar.
No se sabe nada de cómo acabaron enamorándose pero lo cierto es que poco después de ese baile, Franlin y Eleanor decidieron casarse. Sara, la sobreprotectora madre de Franklin, se opuso al enlace y, para disuadir a su hijo, se lo llevó de paseo en un largo viaje que duró meses. Sin embargo, los jóvenes primos acabaron casándose. Ambos tenían en común el haber nacido y crecido en una burbuja. Franklin era de los Roosevelt de Hyde Park, también de la aristocracia neoyorkina y había pasado su infancia en la enorme mansión familiar y en el exclusivo internado para varones de Groton, de donde pasó a estudiar leyes en Harvard. Además del Derecho, a Franklin, quien hablaba francés, italiano y alemán, le interesaban la Filosofía, la Historia y la Economía. La joven pareja recibía muchos visitantes, casi todos de la élite intelectual y cultural de Nueva York y Eleanor se sentía incómoda porque no comprendía las conversaciones. Su formación académica era bastante deficiente. Tampoco sabía cocinar ni realizar tareas prácticas y tenía fama de darle a sus sirvientes, en un día, más órdenes de la que ella recibiría en toda su vida. Para no quedar como tonta en las conversaciones inventó un truco. Prestaba atención a lo que se decía y, si alguien le preguntaba su opinión, repetía algunos de los comentarios que había escuchado. Sin embargo, no debió echar mano de ese recurso por mucho tiempo. Se puso a leer, a escuchar y a pensar y se percató de que poco a poco no solo iba comprendiendo todo, sino que se iba formando su propia opinión al respecto. La princesita de alta sociedad, preparada exclusivamente para hacerle la vida agradable al marido, educar a los hijos y atender a los invitados, resultó ser una mujer de gran inteligencia. 
Franklin y Eleanor tuvieron seis hijos, Ana, James, Franklin, Elliott, el segundo Franklin y Johnnie. Una anécdota triste es que una vez, a un visitante un tanto indiscreto, le llamó la atención que llamaran a un niño "Segundo Franklin" y preguntó por qué no lo llamaban Franklin II o Franklin Junior. Debieron explicarle que el tercero de sus hijo, Frankin, había muerto antes de cumplir los ocho meses de edad y, cuando decidieron ponerle el mismo nombre al quinto de sus hijos, para tener presente al fallecido, en casa empezaron a llamarlo "Segundo Franklin".
La relación matrimonial de Franklin y Eleanor parece un drama de telenovela. Durante la Primera Guera Mundial, Frankin, que era Secretario de Marina del Presidente Woodrow Wilson, fue a Europa a visitar las tropas. A su regreso, Eleanor, mientras le desempacaba la maleta, encontró las cartas que le había enviado su amante Lucy Mercer, quien era ni más ni menos que la secretaria de Eleanor. Hubo reunión familiar con gabinete ampliado. Estuvieron presentes, además de Franklin, Eleanor y Lucy, la madre de Franklin, los niños y Louie Howe, mano derecha de Franklin. El divorcio era la única solución posible y todos estuvieron de acuerdo en ello. Todos menos Louie, quien dijo: "Si Franklin se divorcia, no podrá llegar a ser presidente". El propio Roosevelt, sorprendido, replicó: "Yo no pienso ser presidente". Pero Louie, proféticamente sentenció: "Un día vas a ser presidente" y tras la exposición de algunos breves argumentos concluyó: "A todos ustedes les conviene fingir".
Todos aceptaron fingir, salvo Lucy, quien esperaba convertirse en esposa de Franklin tras el inevitable divorcio. Lucy salió de la vida de Franklin y no volvió a encontrarse con él en muchos años. Cuando Franklin Roosevelt murió, Lucy estaba a su lado.
El acuerdo de fingimiento consistía en que Franklin y Eleanor llevarían vidas separadas. Eleanor dispondría de libertad total para hacer lo que quisiera y Franklin cubriría todos sus gastos. Nadie notaría la separación, puesto que tenían dos mansiones en Hyde Park, otra mansión en Monticello, así como apartamentos en las ciudades de Nueva York, Albany y Washington D.C.
Franklin y Eleanor Roosevelt eran primos. Él llegó a ser un
gran estadista que sacó a su país de la Gran Depresión,
lideró a Occidente en la II Guerra Mundial y diseñó el mundo
de la posguerra. Ella, escritora, periodista diplomática y
activista por los derechos de las minorías.
Las relaciones entre ellos, que ya no eran pareja, nunca dejaron de ser corteses. Siempre mantuvieron mutuo respeto y hasta sentían cierto grado de admiración el uno por el otro. Cuando Franklin quedó inválido, Eleanor se mantuvo más cerca de él. En silla de ruedas, Franklin llegó a ser senador, gobernador del Estado de Nueva York y, finalmente, Presidente de los Estados Unidos.
Mientras tanto, Eleanor empezó a brillar con luz propia como escritora gracias a su columna My Day que llegó a ser publicada por numerosos diarios en los Estados Unidos. Eleanor mantuvo My Day durante toda su vida y fue, mientras existió, la nota periodística más leída del país. Debido a que sus problemas de movilidad no le permitían atender muchas de las invitaciones que le hacían y por el hecho de que Eleanor era una mujer inteligente, culta y magnífica oradora, Franklin le encargaba que asistiera en su nombre a numerosos encuentros con todo tipo de organizaciones. Antes de ella, las esposas de los presidentes no solían hacer uso de la palabra en actividades públicas.
En su autobiografía, Eleanor menciona, discretamente, que muchas personas le dirigían cartas porque pensaban que ella podía influir en las decisiones del presidente cuando, en realidad, su marido y ella mantenían agendas separadas y casi nunca se consultaban uno al otro sobre sus asuntos. Franklin ni siquiera se molestó en avisarle que se lanzaría a la presidencia y ella acabó enterándose de las aspiraciones de su marido pocos días antes de la convención del partido demócrata. Por eso se sorprendió mucho cuando Franklin le pidió que preparara unas vacaciones a bordo de un yate con toda la familia. Eleanor se ilusionó con una reconciliación y, muy alegre por poder disfrutar de unos días de descanso con su esposo, sus hijos y sus nietos. Los fotógrafos de los periódicos retrataron a la familia presidencial al subir al yate, pero la ilusión de Eleanor se apagó apenas la embarcación abandonó la costa. Dentro de la nave había varios oficiales con quienes Franklin se encerró todo el día. A la mañana siguiente, ya en alta mar, al lado del yate había un enorme buque de guerra. Franklin ni siquiera se despidió al trasladarse con su hijo Elliott a la otra embarcación. El viaje familiar en yate era una farsa para la prensa. El presidente Roosevelt iba a entrevistarse en secreto, en algún lugar del Atlántico norte, con el Primer Ministro británico Winston Churchill. La reunión era tan secreta que ningún miembro de la familia (ni siquiera Elliott que acabó acompañando a su padre) estaba al tanto de ella.  Por supuesto, si se pone en un lado de la balanza a Hitler, la Alemania Nazi, el fascismo, la situación desesperada y frágil de Inglaterra ante los bombardeos, la ocupación de Francia y de los Países Bajos y la seguridad del mundo en general y, en el otro lado de la balanza, una reunión familiar largamente añorada, definitivamente está claro cuál es la prioridad, pero a Elanor le dolió profundamente la falta de confianza de su marido, quien no le informó cuál era la situación real. 
Cuando los Estados Unidos entraron en la Segunda Guerra Mundial, Eleanor sufrió un cruce de sentimientos encontrados similar al del paseo. Como madre, se angustió muchísimo al saber que sus cuatro hijos varones irían a la guerra sin ningún tipo de privilegio por ser hijos del presidente. Pese a sus justificados temores, tuvo claro que, al igual que las madres de los otros jóvenes soldados, no podría hacer nada para impedirlo y, en su caso, además, ni siquiera tenía derecho a manifestarle a nadie su preocupación.
Con el título de "Primera Dama del Mundo Libre", Eleanor visitó las tropas americanas en Europa, Asia y América Latina. Un dato curioso: Estados Unidos mantuvo numerosas tropas en algunos países latinoamericanos (Guatemala, Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá entre otros) no porque temiera que los alemanes o japoneses atacaran, sino solamente por si acaso surgía en algún país de América Latina un gobierno simpatizante de la causa nazi. A la Argentina fascista del General Perón, Roosevelt la mantenía bajo estrecha vigilancia. Eleanor cuenta que los soldados americanos más aburridos que visitó eran los que estaban acantonados en las Islas Galápagos, que no dispararon un tiro en toda la guerra. 
Aunque lo veía poco, Eleanor continuaba admirando la sabiduría de su marido. Lo que más la impresionaba era su capacidad de ser siempre oportuno. Franklin Delano Roosevelt sabía escoger siempre el mejor momento para hablar tanto como para actuar. Tras haber sacado a los Estados Unidos de la gran depresión se le había venido encima la Guerra Mundial. La inteligencia y el sentido del humor del Presidente se mantenían invariables, pero su estado físico se deterioraba aceleradamente. Roosevelt ha sido el único presidente de los Estados Unidos en ser electo más de dos veces. Fue electo en 1932, 1936, 1940 y 1944. En la última campaña electoral, se barajó la posibilidad de que cediera el puesto a otra persona, pero Roosevelt, pese a su enfermedad, no quería dejar la presidencia antes de que la guerra terminara. Eleanor lo acompañó en las giras y, confiesa, más que el triunfo electoral, que estaba seguro, lo que le preocupaba era que su marido se mojara con la lluvia, se expusiera a brisas frías o se cayera. El Roosevelt robusto y un poco pasado de peso de toda la vida, al final de sus días era un esqueleto pálido de solo huesos y pellejo.
Tras su cuarta juramentación como Presidente de los Estados Unidos, seguramente porque sabía que no le quedaba mucho tiempo, Franklin y Eleanor finalmente hicieron espacio en sus apretadas agendas para pasar unos días junto a sus cinco hijos y sus trece nietos.
Cuando partió para la conferencia de Yalta, en la que junto con Churchill y Stalin definirían el futuro de Europa y del mundo, ya Roosevelt estaba agonizando. Aunque no podía caminar, Roosevelt se ponía armazones de hierro en las piernas y pronunciaba sus discursos de pie. Cuando Eleanor vio que Roosevelt dio su último discurso ante el Congreso sentado, supo que el final estaba cerca.  
Franklin Roosevelt murió dos semanas antes que Adolfo Hitler. Cuando la guerra terminó, el nuevo presidente Harry Truman, en un arranque de euforia, llamó a Eleanor Roosevelt "la Primera Dama del Mundo". Y, consciente de que el sueño más grande de Franklin Roosevelt para cuando la guerra terminara era la creación de las Naciones Unidas, nombró a Eleanor en el equipo encargado de fundar el organismo.
Eleanor sostiene un afiche con la versión en Español de los
Derechos Humanos a la que ella le dio la redacción final.
Irónicamente, Eleanor fue una abanderada de las reivindicaciones
feministas y la versión en español dice "Derechos del Hombre"
en vez de Derechos Humanos. Eleanor hablaba, además de
inglés, francés e italiano, pero no español.
Aquella muchacha que debía memorizar frases ajenas para poder decir algo en ciertas conversaciones, acabó luciéndose como diplomática de alto nivel frente a líderes mundiales de los cinco continentes. Tras largos debates, no solo impuso su criterio sobre la necesidad de una Declaración Universal de Derechos Humanos, sino que se encargó de la redacción final. Los Derechos Humanos fueron la causa de Eleanor desde mucho antes de ser proclamados. Se manifestó en contra de la discriminación de la mujer y abogó por crear oportunidades para los sectores menos favorecidos de la sociedad. Su posición firme contra cualquier manifestación de racismo, hizo que el presidente Kennedy la pusiera al frente de organismos federales para los derechos civiles en un momento en que los conflictos raciales resurgieron con gran crudeza. 
Al quedar viuda, Eleanor no quiso seguir viviendo en la enorme mansión de Hyde Park, que donó al gobierno federal para que se hiciera un museo en memoria de su marido, cuya tumba está en los propios jardines de la propiedad. Ella se trasladó a una de las casitas pequeñas de la villa. La casita, además de los apartamentos para la servidumbre, contaba con dos vestíbulos, numerosos despachos, dos salones, un comedor y ocho habitaciones. 
Eleanor Roosevelt fue una intelectual, activista, escritora y periodista que, con los años, acabó convirtiéndose en un verdadero ícono de fortaleza y determinación. Es irónico que la primera Primera Dama, la primera esposa de presidente con agenda y voz propia, haya logrado un papel tan destacado, precisamente porque su matrimonio no anduvo bien.
Eleanor Roosevelt escribió sus memorias en cuatro entregas. Esta es mi historia, sobre su infancia y recuerdos familiares. Esto es lo que recuerdo, sobre su papel como figura pública. Por mi propia cuenta, sobre sus actividades diplomáticas y políticas tras la muerte de su marido. Y, finalmente, En busca de entendimiento, sobre sus impresiones de sus viajes a la Unión Soviética, sus ideas sobre el futuro de los Estados Unidos y las tareas pendientes que tiene la humanidad para crear un mejor futuro para todos. Las traducciones al español suelen reunir los cuatro libros en uno solo bajo el título Autobiografía de Eleanor Roosevelt.
Como inevitablemente, por la educación puritana que recibió, Eleanor fue una mujer discreta y reservada respecto a sí misma, sus memorias están escritas en un tono frío y analítico en el que se eluden muchos detalles de su vida personal y familiar. Para esta nota, además del libro de la señora Roosevelt, debí recurrir a los escritos de su hijo Elliot quien, bastantes años después de muertos sus padres, reveló sin tapujos en Los Roosevelt de Hyde Park, la compleja vida de su familia. 
Al igual que su marido, Eleanor Roosevelt fue una gran optimista. En sus luchas contras las situaciones injustas, más que por la denuncia, la queja y el recuento de problemas, optó por proponer soluciones e insistir en que el cambio, además de urgente y necesario, es posible. Las palabras de Franklin Delano Roosevelt, en su primer día como presidente, "No debemos tener miedo a nada más que al miedo mismo", acabaron siendo tan famosas, como las de Eleanor quien, dirigiéndose a los marginados dijo: "Debes hacer las cosas que crees que no puedes hacer y recuerda que nadie puede hacerte sentir inferior sin tu permiso".
Eleanor Roosevelt. (1884-1962)



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