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lunes, 19 de septiembre de 2016

Don Julio Sánchez Lépiz.

Julio Sánchez. José Marín Cañas.
Ministerio de Cultura, Juventud
y Deportes. Costa Rica. 1972.
Apenas sabía leer y escribir y desde muy joven trabajó como boyero transportando café del Valle Central a Puntarenas, pero el herediano Julio Sánchez Lépiz (1862-1934) llegó a ser uno de los hombres más ricos de Costa Rica durante las primeras décadas del Siglo XX. Hombre de sólidos principios, actuó con justicia y rectitud en sus negocios y se negó a intervenir en la vida política.
Su padre, Juan de la Rosa Sánchez, tenía toda una legión de carretas de bueyes con las que transportaba los sacos de café desde los beneficios de Cartago, Tres Ríos, San José, Heredia y Alajuela rumbo a Atenas, Orotina y, finalmente, el Puerto de Puntarenas, donde eran embarcados. Según el Libro sobre la Carreta Típica Costarricense, un viaje de San José a Puntarenas tardaba de once a quince días. Se avanzaba de madrugada, se descansaba cuando el Sol estaba en alto y se reanudaba la marcha al caer la tarde. El cuidado de los bueyes requería. además. varias paradas para alimentarlos con caña de azúcar.
Cuando el General Tomás Guardia firmó el contrato con Minor Cooper Keith para construir el ferrocarril al Atlántico, dispuso que las obras iniciaran en Alajuela. Don Juan de la Rosa fue el encargado de transportar, en carretas de bueyes, los rieles y las piezas de la locomotora y los vagones desde Puntarenas hasta Alajuela.
Desde muy joven don Julio se integró a la empresa de carretas de su padre, por lo que no pudo ir a la escuela más que lo estrictamente indispensable para aprender a leer, escribir y las nociones fundamentales de aritmética. 
La construcción del ferrocarril iba a paso lento, pero el joven Julio comprendió que, una vez terminada la obra, las caravanas de carretas rumbo al Pacífico pasarían a la historia. El negocio ya no era acarrear el café, como había hecho su padre, sino más bien cultivarlo y procesarlo, que fue a lo que él se dedicó.
Mantuvo siempre, eso sí, el chuzo detrás de la puerta de su casa, como un recordatorio de que debería estar dispuesto, si no le iba bien, a volver a dirigir una carreta de bueyes.
Su negocio cafetalero tuvo éxito. A la muerte de su padre, Juan de la Rosa, en 1906, ya don Julio exportaba veinte mil quintales de café al año y sus cafetales alcanzaban, en conjunto, una extensión mayor a las dos mil manzanas. Importó maquinaria para modernizar la industrialización de sus beneficios y extendió sus actividades a la ganadería y el cultivo de caña de azúcar en la Hacienda Taboga, en Guanacaste, que medía, en sus tiempos, unas veinticinco mil manzanas.
Aunque era sumamente rico, don Julio creía que un hombre sin crédito se expone a que se les cierren puertas en momentos de necesidad. Por ello, tenía la costumbre de solicitar préstamos que no necesitaba y pagaba puntualmente las cuotas y los intereses acordados. De esa forma, si llegara a darse el caso de verse en apuros, tendría a quién recurrir.
Don Juan de la Rosa Sánches, padre
de don Julio Sánchez Lépiz.
En 1972, el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes publicó una pequeña biografía de don Julio, de apenas cien páginas, escrita por José Marín Cañas. El libro tiene sus limitaciones, entre las que cabe destacar los excesivos rodeos. El nombre de don Julio se menciona por primera vez en la página veintisiete y al final aparece el recuento de una entrevista que Marín Cañas le hizo a don Julio, en que el autor se concentra más en sí mismo que en el entrevistado.
Pero, con todo y eso, el libro recoge varios episodios a los que vale la pena prestar atención.
Don Julio fue un hombre generoso y caritativo que contribuyó con las instituciones de beneficencia de manera discreta y, en la mayoría de los casos, anónima. Diversas personas y organizaciones se vieron favorecidas con su generosidad sin que se enterara nadie más que los propios beneficiados. Un caso en particular, debe constar en la historia. Cuando fue derrocado por Federico Tinoco, el presidente Alfredo González Flores se trasladó a Estados Unidos donde, entre otras cosas, publicó varios artículos denunciando las actuaciones de Lincoln Valentine, un agente petrolero a quien don Alfredo consideraba promotor del golpe de Estado. En 1920, cuando ya el régimen de los Tinoco había caído, Lincoln Valentine demandó a don Alfredo por injurias y calumnias ante los tribunales estadounidenses. El juzgado que llevaba el caso le puso al expresidente una fianza de veinticinco mil dólares que debía ser pagada para que don Alfredo pudiera regresar a Costa Rica. El gobierno de don Julio Acosta conoció el caso sin llegar a una decisión concreta. Unos decían que el Gobierno debía hacerse cargo de pagar la fianza y otros consideraban que el asunto era estrictamente personal. La situación económica de la Hacienda Pública no andaba muy bien como para soltar esa suma de buenas a primeras. Don Alfredo, además, solamente quería regresar al país y no tenía la intención de hacerle frente a la demanda de Valentine, por lo que el dinero de la fianza inevitablemente se perdería. Enterado de la situación, don Julio Sánchez Lépiz mandó depositar, en un banco de New York, los veinticinco mil dólares de la fianza para que don Alfredo pudiera regresar a Costa Rica. Solamente pidió un favor a cambio: que su nombre y su acto no fueran conocidos por el público. Su deseo fue respetado y, cuando el asunto se supo, ya don Julio había muerto.
En 1922, don Julio fue electo diputado, pero nunca se presentó al Congreso ya que consideraba que sus suplentes estaban mejor calificados que él para legislar. Sus palabras merecen citarse textualmente:

"Dejemos que don Cleto resuelva los problemas nacionales y dediquémonos nosotros a sembrar maiz y frijoles. El mayor mal de Costa Rica está en la mania que tenemos de opinar sobre todos los problemas."
"Yo solamente conozco de café y ganado, en eso radica mi aptitud. El error consiste en pensar que los que hemos hecho cuatro reales tenemos el derecho de opinar sobre todo y la pretensión de saberlo todo. Si fuera un congreso de agricultores yo iría, pero es de legisladores y esa es una función para la que yo no me siento preparado. Para ser diputado es necesario tener un poco de escuela, a la que yo no pude asistir. ¿No ve usted que mis suplentes son un médico y un abogado? Que vayan ellos. Yo desde aquí los aconsejo, si quieren oír mis consejos. Cuando llega un diputado campesino lo ridiculizan. Yo soy de ese pueblo, yo soy de los que dicen ansina y enainas."
"Yo vivo dedicado a mis fincas y mis trabajos. Estudio mis finanzas sin preocuparme de las ajenas. En una caja pongo las entradas y en otra las jaranas y voy adelante sin meterme en lo que no entiendo."

Julio Sánchez Lépiz. (1862-1934).
En el año 1927, los grandes beneficiadores de café se reunieron para decidir el precio en que le iban a recibir el grano a los pequeños productores. Tras muchas deliberaciones, el precio se fijó en ochenta colones la fanega. Al finalizar la reunión, don Julio, que había permanecido en silencio todo el rato, tomó la palabra para anunciar que, en sus beneficios, iba a pagar a cien colones la fanega. Para él, no era justo castigar a los pequeños campesinos para obtener más ganancias. Su decisión de pagar más, explicó, no era caprichosa ni antojadiza. Los precios internacionales de los mercados a los que exportaba le permitían pagar a cien colones la fanega y mientras la situación se lo permitiera, continuaría pagando ese monto. Además, recalcó: "si pago bien puedo exigir calidad y si pago mal tengo que aceptar lo que me lleven".
El sentido de justicia de don Julio quedó patente un par de años después, cuando se descubrió que un grupo de campesinos sin tierra había ocupado un sector de la Hacienda Taboga en Guanacaste. Lo normal, en estos casos, es que el propietario del terreno utilice la fuerza para expulsar a los invasores, pero el 9 de enero de 1934 don Julio le dirigió una carta con instrucciones a Rafael Rodríguez, el administrador de la finca, en la que escribió:

"La tierra debe ser para quien la cultiva, no para quien tenga la escritura. Yo cultivo mis otras fincas, pero no puedo hacer lo mismo con Taboga, porque allí poseo veinticinco mil manzanas y está fuera de mis posibilidades cultivarlas. Por eso creo que debemos conformarnos con lo que podamos cercar, limpiar y atender. Lo demás debe ser para que lo vayan sembrando los que puedan. Con eso no me hacen daño, puesto que yo no ocupo ese campo y sí me hacen bien porque se avecinan, producen y mejoran el lugar."

Más adelante le recuerda la vez en que el Señor José Sing llegó a venderle una finca llamada Brazo Seco que, irónicamente, formaba parte de unos terrenos que, desde hacía tiempo, don Julio tenía registrados a su nombre. Es decir, José Sing, que no tenía papeles, sin saberlo, ofreció venderle una finca a quien  ya era el dueño registral de la propiedad. Cuando don Julio adquirió el terreno, no era más que un campo lleno de malezas, pero cuando Sing llegó a vendérselo, tenía casa, milpas, repastos y tierra limpia rodeada por cercas. Don Julio acabó comprando una propiedad que ya era suya y pagó sin regateos el precio solicitado, porque consideró que actuar así era lo justo.

La carta termina con palabras llenas de sabiduría: "No nos pongamos a pelear contra los que, sin escritura que los ampare, tienen deseos de trabajar y se meten en tierras abandonadas. Yo poseo bastante, pero de lo que estoy convencido es de que uno no necesita más tierra que el pedacillo donde lo han de enterrar. Yo quiero vivir en paz para que cuando muera no tenga nadie derecho de revolcarme ese pedazo de tierra al que aspiro."

Don Julio Sánchez Lépiz nació en Heredia, el 22 de julio de 1862, hijo de Juan de la Rosa Sánchez y Josefa Lépiz. Contrajo matrimonio el 4 de julio de 1886 con Florentina Alvarado Arce, de quien enviudó. En segundas nupcias, casó con Emilia Cortés Arce. Dejó una numerosa descendencia pero sufrió el fallecimiento de dos hijos y una hija. Don Julió murió, poco antes de cumplir los setenta y un años, el 26 de marzo de 1934.
Como solamente pudo asistir a la escuela muy poco tiempo, la educación se convirtió en una de sus grandes preocupaciones. Sufría mucho al ver un pueblo sin escuela o sin maestro y contribuía con lo que le solicitaran para remediar la situación. Su amplia casona esquinera, en San Francisco de Heredia, es hoy una escuela.
INSC: 2727

domingo, 21 de febrero de 2016

Máximo Fernández.

Máximo Fernández. Orlando Salazar
Mora. Ministerio de Cultura, Juventud
y Deportes. Costa Rica, 1975.
Prólogo de Oscar Aguilar Bulgarelli.
Construyó el Castillo Azul, publicó la primera antología de poesía costarricense, fue desterrado tres veces, se postuló para la presidencia de la República en tres oportunidades, la tercera de las cuales ganó las elecciones, pero nunca fue presidente. 
Máximo Fernández Alvarado (1858-1933), fue el político más influyente y poderoso en Costa Rica en las última década del Siglo XIX y la primera del XX, pero su figura ha sido completamente olvidada. Salvo la biografía realizada por Orlando Salazar Mora, publicada por el Ministerio de Cultura en 1976, pocos libros se ocupan de él a fondo.
Nació en Desamparados, octavo y último hijo de una familia de escasos recursos. Su padre era maestro y su madre poseía un pequeña parcela. Cursó la enseñanza primaria en la escuela del General Máximo Jerez. Se destacó en sus estudios de Derecho y, tras recibir su título de abogado con honores, de manos de José María Castro Madriz, logró hacer una considerable fortuna en el ejercicio de su profesión. Hombre extraordinariamente culto, reunió la biblioteca privada más amplia y completa de su época. Pese a ser un intelectual, le gustaba también trabajar con las manos. No solo se arrollaba las mangas para realizar faenas del campo, al lado de sus peones, en sus fincas de café, caña de azúcar y ganado, sino que también era un hábil ebanista que elaboró con sus propias manos los elegantes muebles de su casa.
Indignado porque un libro sobre poesía hispanoamericana, editado en España, no incluía ni un solo poeta costarricense, publicó, en 1890, La Lira Costarricense, primer libro de poesía impreso en Costa Rica. En aquellos años se decía que en Costa Rica no se cultivaba la poesía, sino que solo se cultivaba el café. En realidad, en Costa Rica se escribían versos desde los tiempos de Domingo Jiménez, el coplero, en época de la Colonia, pero ningún poeta tico había publicado nunca un libro. Los poemas aparecían en los periódicos o circulaban impresos en hojas sueltas. En los dos tomos de La Lira Costarricense, aparecen poemas de Jenaro Cardona, Justo A. Facio, José María Alfaro, Rafael Carranza, Félix Mata Valle, Carlos Gagini y Aquileo Echeverría entre otros. Con la publicación de este libro, don Máximo se ganó un lugar insoslayable en la historia de la literatura costarricense, pero lo suyo no era la literatura, sino la política.
Con apenas veintiún años de edad, junto con otros jóvenes rebeldes, publicó el periódico El Preludio, en que criticaba el gobierno del General Tomás Guardia. Don Tomás, que no se distinguía precisamente por su tolerancia a la crítica, mandó apresarlo y dispuso que el joven Máximo fuera desterrado a la Isla del Coco. En el camino a Puntarenas, con la complicidad de unos amigos, logró zafársele a los guardias y tomó rumbo a Chiriquí. Este primer destierro, como los que vendrían luego, fue breve. Don Máximo fue arrestado el 5 de julio de 1879, se escapó al día siguiente, el 15 de setiembre el General decreta una amnistía y el 2 de octubre don Máximo desembarca de regreso en Puntarenas.
Tras graduarse de abogado, en 1891, empieza a desarrollar tanto su carrera pública como privada. Su bufete atrajo grandes clientes que le depararon cuantiosos ingresos. Fue secretario particular del Presidente Bernardo Soto y, tras este modesto cargo, ocuparía los de munícipe, magistrado, diputado y ministro de diversas carteras. Cuando logró hacerse de extensas y productivas fincas, don Máximo siempre reservó algún espacio para cultivar flores exóticas, entre las que destacaban los tulipanes, introducidos por él en el país. Entre sus características personales más destacadas, estaba su extraordinaria memoria. No solamente podía recitar poemas, fragmentos de libros y códigos enteros sin fallar en una sola palabra, sino que también era capaz de saludar por el nombre y preguntar por los miembros de la familia (también por el nombre) a personas con las que se había encontrado solamente en una ocasión y varios años atrás. Su puntualidad era asombrosa. Si enviaba una carta desde Cartago diciendo "Llego a Liberia tal día a tal hora", aparecía justo en el minuto anunciado.
Por su cultura, capacidad demostrada y prestigio, su nombre empezó a sonar para la presidencia de la República. Fue precandidato en 1893, pero perdió la convención del partido por tres votos ante don Carlos Durán.  Las elecciones de 1894 las ganó don Gregorio Trejos, pero el Presidente José Joaquín Rodríguez, mandó arrestar al candidato ganador e impuso como presidente a su yerno Rafael Yglesias Castro. En la localidad de Grecia, hubo un intento de revolución, liderado por el párroco, que dejó catorce muertos.
Se cree que don Máximo fue el fundador del Partido Republicano, pero no es cierto.  El fundador del Partido Republicano fue el herediano Dr. Juan J. Flores, pero don Máximo acabó siendo el líder de la agrupación. Como la bandera republicana era azul, don Máximo pintó de ese color la mansión que construyó en el alto de Cuesta de Moras. El Castillo Azul es actualmente la sede de la Presidencia de la Asamblea Legislativa y sirvió también de Casa Presidencial durante los gobiernos de Alfredo González Flores, Federico Tinoco y Julio Acosta.
Para las elecciones de 1902, don Máximo se postula como candidato, pero el Presidente Rafael Yglesias, siguiendo el ejemplo de su suegro, lo destierra a New Orleans para poder reelegirse. Algo similar ocurre en las elecciones de 1906, cuando el presidente Ascensión Esquivel lo despacha a New York.  En ese año, hasta el expresidente Bernardo Soto acaba en un calabozo, convirtiéndose en el primer expresidente de la República en ser encarcelado.
Máximo Fernández (1858-1933)
Todo parecía indicar que 1910 iba a ser el año en que don Máximo llegaría al poder, pero el caudillo republicano cede la candidatura a don Ricardo Jiménez Oreamuno, quien gana las elecciones. Nadie, ni en ese entonces ni ahora, ha logrado explicar por qué don Máximo no se postuló cuando la tenía segura. Durante el gobierno de don Ricardo, don Máximo se encargó de renegociar la deuda externa de Costa Rica y contó, en esa labor, con la colaboración de su gran amigo Minor Cooper Keith.  La afinidad de don Máximo con el magnate norteamericano empezó a generar sospechas. Especialmente por el hecho de que don Máximo recibió del Estado costarricense una jugosa comisión por sus servicios. Las ideas sociales de don Máximo era progresistas y, para el criterio de la época, hasta revolucionarias. Don Cleto y don Ricardo decían que las reformas sociales que proponía don Máximo para favorecer a los campesinos y trabajadores eran "impracticables". Los críticos de don Máximo, entonces, lo atacaban desde los dos extremos. Para unos, era un revolucionario de ideas socialistas peligrosas y, para otros, un amigo cercano de Keith y los millonarios norteamericanos. Lo irónico es que ambas afirmaciones eran ciertas. El partido Republicano, de tendencia progresista, era financiado por la firma Lindo Brothers.
Las elecciones de 1914 fueron las primeras que se realizaron por la modalidad de voto directo. Anteriormente, el pueblo elegía delegados que no estaban obligados a respetar la voluntad popular. Esta vez, los votantes decidirían quién sería el gobernante y, solamente en el caso de que ninguno de los candidatos obtuviera el cincuenta por ciento de los votos, el congreso elegiría entre los dos candidatos con mayor apoyo. Los resultados de las elecciones populares fueron: Don Máximo 42 %, el Dr. Carlos Durán 30% y don Rafael Yglesias 28%.
Empezaron entonces las componendas. Todos con todos y todos contra todos. Se decía que el Dr. Durán renunciaría a su candidatura y los duranistas votarían por Yglesias. También que don Máximo se aliaría con Yglesias (su enemigo) contra Durán (su adversario). Fueron tantos los pactos negociados bajo la mesa que en la sesión del Congreso del 1 de mayo, que el diputado don Arturo Volio Jiménez calificó como "una farsa", se conocieron las renuncias de los tres candidatos y se eligió como Presidente de la República a don Alfredo González Flores que ni siquiera había sido candidato. Días antes, para garantizar la elección de González Flores, el presidente Ricardo Jiménez le había hecho entrega de los cuarteles a Federico Tinoco Granados.
Tanto González Flores como Federico Tinoco eran simpatizantes de don Máximo, quien acabó como Presidente del Congreso. Es realmente difícil de comprender por qué don Máximo, en vez de ocupar la presidencia, decidió ocupar el poder detrás del trono. Tal vez supuso que manejaría González Flores y a Tinoco, pero si fue así, las cosas no salieron como esperaba.
Como no contaba con el apoyo ni de su propio partido, cuando quebró el Banco Comercial, don Alfredo González se apoderó de los pagarés en que constaban las deudas de los miembros del Congreso, incluido don Máximo. Si los diputados se portaban bien, don Alfredo conservaría los pagarés hasta que prescribieran. Si se le ponían insolentes, los hacía ejecutar (los pagarés, por supuesto, no a los diputados).
La mayor polémica en esa administración, además del debate por la creación de un banco estatal y la creación de impuestos directos, fue el contrato Pinto-Greulich para la explotación petrolera en Costa Rica. El contrato fue aprobado gracias a que el agente de la compañía petrolera en Costa Rica, Lincoln Valentine, sobornó casi al plenario completo. El Sr. Valentine dejó un reporte detallado de las mordidas y los historiadores que han investigado el caso sostienen que es más fácil decir a quién no sobornó que a quién sobornó. Naturalmente, muchos diputados, ministros y funcionarios pidieron que el cheque o el contrato se girara a nombre de otra persona, por aquello de cuidar las apariencias. El de don Máximo consta con nombre, apellidos y firma. Sin embargo, don Máximo no recibió ni un solo centavo del soborno, ya que el contrato estipulaba que el primer giro se haría tres meses después de que la compañía iniciara operaciones en Costa Rica y eso nunca ocurrió.
Las relaciones entre González Flores, Presidente de la República, Máximo Fernández, Presidente del Congreso y Federico Tinoco, Ministro de Guerra, que antes habían sido muy estrechas y cordiales, se rompieron. Don Máximo defendía el contrato con la petrolera, González Flores se oponía y Tinoco prefería buscar opciones con otras compañías. Cuando, en Enero de 1917, Federico Tinoco derrocó a González Flores, don Máximo corrió a refugiarse en la Legación de los Estados Unidos y allí se encontró con González Flores que buscó cobijo bajo el mismo alero. Don Alfredo no quiso reunirse con Tinoco y partió rumbo a Washington a presionar al Presidente Woodrow Wilson para que no reconociera el nuevo régimen de facto. Don Máximo no solo se reunió con Federico Tinoco, quien, en un gesto de buena voluntad, le hizo entrega de los pagarés del Banco Comercial que don Alfredo guardaba en su caja fuerte. Tinoco, vale anotarlo, le devolvió los pagarés a todos los deudores. La última declaración política de don Máximo fue el 30 de marzo de 1917, en que insta a todos sus amigos y antiguos partidarios a que voten por Tinoco.
Tras esta declaración, el viejo líder se retiró a la vida privada y, aunque su nombre fue mencionado en muchas polémicas de la prensa durante los dieciséis años más que vivió, nunca respondió a los cuestionamientos que se le hicieron.
La biografía de don Máximo Fernández fue el trabajo de graduación del historiador Orlando Salazar Mora. La lectura de este libro, además de permitirnos conocer un personaje polémico y fascinante, nos demuestra que la historia de Costa Rica, que consideramos ha sido un modelo de democracia estable durante más de un siglo, ha estado llena de arrestos, decisiones arbitrarias, destierros y componendas bajo la mesa. Máximo Fernández y Gregorio Trejos ganaron las elecciones y nunca fueron presidentes. Rafael Yglesias no ganó las elecciones y fue presidente dos veces.
INSC: 1907                                                                                                                          


sábado, 15 de agosto de 2015

Juan Bosch brinda su interpretación de la historia de Costa Rica.

Una interpretación de la historia
costarricense. Juan Bosch. Editorial
Juricentro. Costa Rica. 1980.
Juan Bosch fue un escritor muy prolífico. Además de sus dos novelas, La mañosa (1936) y El oro y la paz (1975), publicó cuentos, crónicas de viajes y numerosos ensayos históricos y políticos. Este dominicano, hijo de catalán y puertorriqueña, fue además uno de los más activos opositores del dictador Rafael Leonidas Trujillo y, por ello, debió pasar varios años fuera de su patria. Estuviera donde estuviera, Bosch no dejaba de orquestar planes para derrocar al tirano. El mayor intento fue la famosa incursión en Cayo Confites en 1947 que, pese a contar con el apoyo militar y económico de distintos gobiernos de la zona, acabó en fracaso. Gran parte de las armas que quedaron en poder de los rebeldes fueron cedidas al año siguiente por el propio Bosch a don Pepe Figueres para la guerra civil en Costa Rica.  
A inicios de los años cincuenta, Bosch estableció su residencia en Cuba donde por algún tiempo pudo vivir sin grandes sobresaltos. En La Habana, Bosch encontró el centro de operaciones apropiado para hacer negocios y mantener a su familia (su vida personal), para leer, investigar, participar en foros y debates y escribir artículos y ensayos (su vida intelectual) y para continuar realizando planes para lograr establecer una democracia en la República Dominicana (su vida política). Sin embargo, cuando Fulgencio Batista tomó el poder tras derrocar al presidente Prío Socarrás, una de sus primeras disposiciones fue meter a Bosch a la cárcel. El encierro, gracias a la presión internacional, duró poco y, apenas quedó libre, Bosch se trasladó a vivir a Costa Rica.
Las islas del Caribe, las pequeñas repúblicas del istmo centroamericano y los países de América del Sur, tenían en común una historia llena de dictadores, golpes de Estado y enfrentamientos armados. Costa Rica, en cambio, aunque acababa de pasar por una guerra civil, había vivido desde tiempos coloniales con gran estabilidad en que los conflictos internos, además de escasos, fueron breves.  A Bosch le interesó el fenómeno, recopiló información, leyó e investigó todo lo que pudo, reflexionó al respecto y, en 1963, publicó un ensayo titulado Una interpretación de la historia costarricense.
El libro apareció el mismo año en que Bosch llegó a ser Presidente de la República Dominicana, pero no fue muy leído ni comentado. El gobierno de Bosch, vale la pena recordarlo, duró apenas unos meses antes de ser derrocado. En 1980, la editorial Juricentro, de don Gerardo Trejos, reeditó el ensayo pero tampoco esta vez llamó mucho la atención.
La democracia costarricense tiene varias explicaciones tan idílicas que rayan en lo mitológico. Bosch no toma ese camino. En su estudio, concentrado principalmente en la influencia de las actividades económicas sobre las estructuras políticas, plantea una versión que, aunque discutible, tiene el mérito de ser novedosa y poco explorada.
Empieza afirmando que la historia de Costa Rica, aunque es mucho menos dramática, es mucho más interesante que la de los países vecinos, ya que se explica mejor bajo la superficie de los hechos que sobre los hechos mismos. Durante la colonia, Costa Rica era un territorio aislado en que sus escasos habitantes, tan huraños que preferían vivir aislados unos de los otros, apenas cultivaban lo que necesitaban para vivir. La dificultad de acceso desde el exterior y de tránsito entre las pequeñas y alejadas poblaciones no favorecía el comercio. Costa Rica, pese a su nombre, no era un buen lugar para hacerse rico. En el Siglo XVIII, los habitantes del Valle Central, pese a la distancia y lo difícil del viaje, empezaron a cultivar cacao en Matina con verdadero entusiasmo. Consta que en 1775 había en la zona 179.400 matas y doce años después, en 1787 ya había 353.254. Bosch hace notar que los datos, tan minuciosos sobre el número de matas, no dejan claro si pertenecían a trescientas cincuenta familias pobres o a treinta y cinco familias ricas. Los cultivos de cacao, en todo caso, fracasaron por las invasiones de los misquitos y de los piratas. Según Bosch, este fracaso debe tomarse como una bendición. Esas plantaciones eran atendidas por esclavos y, de haber sido exitosas, habrían requerido mayor número de esclavos lo que, a la larga, habría creado diferencias sociales de manera temprana con terribles consecuencias en el largo plazo.
La declaración de independencia no cambió las condiciones de vida en el país. La noticia de la independencia simplemente llegó por correo desde Guatemala y tomó por sorpresa a los integrantes de los cabildos. 
Don Braulio Carrillo hizo bien en sustituir la legislación colonial por una nueva que favoreciera el desarrollo de la agricultura y el comercio, pero cometió el error de intentar establecer un régimen dictatorial y eso provocó que los cartagos favorecieran a Morazán, quien, aunque se presentaba como liberal, no garantizaba las libertades que los costarricenses estaban acostumbrados a disfrutar y, además, pretendía llevarlos a la guerra. Carrillo acabó en el exilio y Morazán fusilado. Queda claro, entonces, desde el inicio de la vida independiente, que los ticos no estaban dispuestos a soportar una dictadura.
El cultivo del café cambió el panorama económico. La exportación del grano introdujo a Costa Rica en el comercio mundial y, poco a poco acabó generando una división entre ricos y pobres. Los pequeños productores recibían, por supuesto, sus ganancias, pero los más favorecidos eran los beneficiadores y comerciantes. Según Bosch, la caída de don Juanito Mora se debió a que afectó los intereses tanto del sector agrícola como del comercial. Don Juanito, además, se mostró muy aferrado al poder, realizó desplantes autoritarios como la expulsión del obispo Anselmo Llorente y La Fuente y sus negocios privados fueron demasiado audaces como para que los ricos (que ya había muchos) los pasaran por alto. Vicente Aguilar, el hombre más rico de Costa Rica, cuñado y socio de don Juanito, acabó convirtiéndose en su enemigo. En 1858 ya había varios millonarios en la tierra donde medio siglo atrás todos eran humildes campesinos que trabajaban para mantener a sus familias. Los grupos económicamente poderosos no tolerarían un gobernante que amenazara de alguna forma sus intereses.
En este sentido, don Tomás Guardia fue verdaderamente sabio. Logró mantenerse en el poder hasta su muerte porque, pese a su temperamento autoritario, no entró en conflicto ni con los agricultores ni con los comerciantes. Bosch aporta el dato curioso de que el café, en tiempos de Guardia, parecía haber alcanzado un techo. El valor de las exportaciones del grano fue prácticamente el mismo en todos los años desde 1869 hasta 1881. 
En tiempos de Guardia, entra en escena Minor Cooper Keith, quien no solo realizaría la empresa de construir el ferrocarril que comunicaría todas las ciudades del interior con Puerto Limón en el Caribe, sino que acabaría convirtiéndose en propietario de las plantaciones bananeras de la costa. En febrero de 1880, Keith realizó la primera exportación de 360 racimos de banano y su presencia y poder en Costa Rica acabaría transformando la vida del país.
Hasta la aparición de la compañía bananera, los peones agrícolas eran también pequeños propietarios que se trataban de igual a igual con el patrón. Los trabajadores de la compañía eran simples asalariados de una corporación enorme. Con el tiempo, las tierras de la compañía llegaron a ser prácticamente un mundo aparte del resto del país.
Bosch sostiene que el gran error de don Alfredo González Flores fue haberse enfrentado a cafetaleros y comerciantes al pretender regular la banca, que era controlada por ellos. Curiosamente, Bosch no dice ni una palabra sobre el régimen de Federico Tinoco.  
Siguiendo con sus explicaciones puramente económicas, Bosch sostiene que la guerra civil de 1948 no se debió a las razones aludidas de pureza del sufragio, sino a la necesidad de un cambio de estructuras que favoreciera el desarrollo industrial. La emergente clase media de profesionales no podía seguir tolerando que el país fuera controlado por finqueros y comerciantes. Bosch sostiene que iniciativas como la nacionalización bancaria o el desarrollo de la energía eléctrica, realizadas por Figueres, tenían como fin desarrollar la industria. Figueres, tras triunfar en la guerra civil, gobernó por decreto durante dieciocho meses en los que replanteó el modelo de país. No logró, sin embargo, una Constitución de acuerdo con su plan, ya que la Asamblea Constituyente acabó siendo controlada por grupos conservadores. 
Según Bosch, la sociedad igualitaria eminentemente agrícola de la Colonia evolucionó a formas más diversificadas en su economía sin abandonar nunca su aspiración de libertades individuales y su rechazo a gobiernos autoritarios. Los momentos más tensos de la vida del país responden, no a los conflictos políticos que se argumentan en los libros de historia, sino a cambios de la estructura económica. 
Bosch escribió un ensayo, es decir, una reflexión personal cuyo propósito no es demostrar sino proponer. A su interpretación se le pueden discutir muchos puntos específicos, pero no deja de ser, en conjunto, una visión interesante y original a la que vale la pena prestarle atención. 
INSC: 0531
Juan Bosch. (1909-2001). Autor de dos novelas y numerosos libros de
cuentos y ensayos. Presidente de la República Dominicana en 1963.

lunes, 3 de agosto de 2015

Minor Cooper Keith. Fundador de la United Fruit Company.

Keith y Costa Rica. Watt Stewart.
Editorial Costa Rica. 1991.
Aunque le advirtieron que el futuro de quienes abandonan los estudios no suele ser muy halagüeño, a los dieciséis años de edad Minor Cooper Keith decidió no volver a la escuela y dedicarse a trabajar como dependiente de una sastrería en la que le pagaban tres dólares a la semana. En 1863 esa suma era un estupendo salario y el muchacho, nacido en Brooklyn, New York, ahorró todo lo que pudo y, cuando logró reunir un modesto capital, se trasladó a Texas, donde tanto las tierras como los animales se conseguían a precios tan bajos que muy pronto logró tener cuatro mil cabezas de ganado.
Keith era un hombre con suerte. En cierta ocasión un huracán hizo que un buen número de reses acabaran hundidas en el Golfo de México y, sin tener tiempo de lamentarse por la pérdida, pudo ver cómo los animales regresaron a la playa. Un pariente suyo se había dedicado a construir ferrocarriles en Ecuador y Perú, entre ellos, el tren a Cuzco, que fue una verdadera obra maestra de ingeniería. El general Tomás Guardia, presidente de Costa Rica, le propuso un contrato para construir un ferrocarril que comunicara San José con la costa caribe del país y fue entonces cuando el joven Minor recibió la carta que cambiaría su vida. Su pariente le escribió para decirle que haría más dinero en Costa Rica, en tres años, del que podría hacer en Texas durante todo el resto de su vida. Ni lerdo ni perezoso, Keith vendió su finca y su ganado y se trasladó a Costa Rica. Llegó en barco a Colón, cruzó el istmo y se embarcó en Panamá rumbo Puntarenas y, de allí, subió a caballo hasta la capital. A su tío, Henry Meiggs, el contrato no le pareció atractivo. El proyecto era complicado y requeriría muchos años. Aunque, vista en un mapa, la distancia entre San José y la costa caribe parezca pequeña, los kilómetros de selva virgen que había que atravesar, llena de altos cerros y profundos y caudalosos ríos, desanimaban a cualquiera. A cualquiera menos a Keith, quien convenció a su tío de firmar el contrato y dejar el asunto en sus manos. Definitivamente una propuesta audaz, puesto que Keith no sabía nada de trenes y tenía solamente veintitrés años de edad. 
Un capricho de Guardia complicó el proyecto desde el inicio. Lo lógico habría sido empezar las obras en la costa y, poco a poco, irse acercando a la capital, pero el general se opuso. De hacerlo así, pasarían años antes de que el pueblo pudiera ver el proyecto terminado y, para dar un golpe de efecto, dispuso que la construcción se iniciara en Alajuela. No hubo manera de convencerlo de lo caro y complicado que sería hacerlo como él quería, por lo que, las piezas de la primera locomotora que vino a Costa Rica debieron ser trasladadas, en carretas de bueyes, desde Puntarenas hasta Alajuela.  El plan de Guardia era que la línea del tren avanzara Alajuela, Heredia, San José y Cartago y, luego, que buscara la ruta hacia el Caribe. Keith no tuvo más remedio que complacerlo, pero decidió que el proyecto avanzara paralelamente desde el otro extremo. Como el valle central era terreno conocido, dejó el proyecto en manos de subalternos y se fue personalmente a la costa a ver cómo y por dónde lograba llegar hasta Cartago.
Fue Keith quien escogió construir el muelle y el campamento en el lugar en que actualmente se encuentra Puerto Limón. El contrato, firmado en 1871, establecía que la línea debía estar terminada en 1884, pero no fue posible ya que constantemente faltaban el dinero y la mano de obra. Al llegar a Costa Rica, el capital personal de Keith, fruto de la venta de sus activos en Texas, era de cuarenta mil dólares, que no alcanzaban ni para empezar. El gobierno tampoco andaba bien de reales. Por esa situación, Keith, que había abandonado la escuela a los dieciséis años y no tenía más diploma que el de la primaria, debió hacer de diplomático y ministro de hacienda en la sombra durante los gobiernos de Tomás Guardia, Próspero Fernández y Bernardo Soto, para negociar con bancos ingleses y americanos el financiamiento del proyecto.
Por otra parte, la población de Costa Rica, en 1871, era de apenas ciento cincuenta mil habitantes, por lo que había que traer trabajadores de otros países. Los primeros setecientos que logró convencer fueron contratados en New Orleans y entre ellos venían cuarenta hombres que habían militado en las filas de William Walker. Además de americanos, Keith, que se había comprado su propio barco, trajo también obreros chinos, italianos y jamaiquinos. La malaria y otras enfermedades tropicales acababan con ellos. Se calcula que solamente durante la construcción del tramo entre Puerto Limón y Matina murieron cuatro mil trabajadores. Por otra parte, Keith pagaba un dólar al día y en la construcción del Canal de Panamá pagaban cinco dólares al día, por lo que muchos se le fueron. Para un chino, un americano o un europeo, no importaba moverse unos cientos de kilómetros al sur para ganar cinco veces más. Para colmo de males, escaseaba el dinero. En una ocasión no había para pagar los sueldos y el general Guardia, para evitar que todos los trabajadores se fueran en estampida, militarizó los campamentos y los peones debieron trabajar diez horas diarias durante nueve meses sin recibir salario. Para el honor de Keith y de Guardia ante la historia, hay que anotar que los salarios atrasados fueron pagados posteriormente.
Minor Cooper Keith y su esposa doña
Cristina Castro Fernández.
El 31 de octubre de 1883 (fiesta de Haloween) Minor Cooper Keith contrajo matrimonio con Cristina Castro Fernández, hija del Dr. José María Castro Madriz. El enlace se celebró en Brooklyn, New York y la pareja fue de viaje de bodas a Londres, donde Keith debía renegociar el financiamiento para la construcción del ferrocarril. Doña Cristina estaba muy impresionada porque en el hotel en que se hospedaron había un elevador, el primero que veía en su vida. Un día doña Cristina desapareció y tras largas horas de búsqueda la encontraron tirada en el fondo de la maravilla tecnológica. Doña Cristina entró al elevador cuando el elevador no estaba allí y cayó desde una altura de varios pisos. Milagrosamente sobrevivió pero, a raíz del incidente, sufrió de desmayos y episodios frecuentes de amnesia toda su vida.
En 1886, en el acto solemne de inauguración del tramo Cartago Turrialba, al presidente Bernardo Soto le alcanzaron una pala para que, simbólicamente, iniciara las obras y, no está claro si el presidente era muy fuerte o la herramienta era muy frágil, pero lo cierto es que la pala se quebró. 
Dos años después, los trabajadores italianos se declararon en huelga, la primera en la historia de Costa Rica. Keith exigía a los tribunales que obligara a los italianos a volver a sus labores, mientras que los trabajadores demandaban que Keith mejorara las condiciones en que vivían. Los jueces a cargo trataron de dictar una sentencia salomónica y, después de que se conoció el veredicto, ni Keith ni los huelguistas se mostraron conformes y se negaron a acataron lo dispuesto. Quedó claro que tanto al empresario americano como a los trabajadores italianos, las leyes y los tribunales costarricenses los tenían sin cuidado. Sobra decir que no hubo manera de hacerlos ceder en sus posiciones. 
Finalmente, en setiembre de 1890, la línea que venía de la costa y la que venía del interior del país llegaron al río Birrís. Se construyó el puente, de doscientos metros de largo y cien metros de alto, pero el maquinista de cada lado le cedía al otro el honor de inaugurarlo. Como estaba claro que nadie confiaba en la resistencia de la estructura, Keith pidió que un operario pusiera en marcha la locomotora e inmediatamente se bajara y que, cuando la máquina estuviera al otro lado, alguien se subiera a detenerla. Así se hizo y Keith cruzó el río como único pasajero del tren, ondeando por la ventana una bandera de los Estados Unidos. Cuando el hecho fue conocido en San José surgió la pregunta lógica: ¿No había una bandera de Costa Rica?
El 7 de diciembre de 1890 llegó a San José la primera locomotora (la 15) que hizo el recorrido desde Puerto Limón. La noche de año nuevo de 1890 a 1891 se organizó una gran fiesta en el Palacio Nacional para agasajar a Keith. Además del banquete y del baile, amenizado por una orquesta dirigida por Manuel María Gutiérrez, el compositor del Himno Nacional, hubo numerosos y prolongados discursos. Todos querían dar su aporte a la avalancha oratoria. Cleto González Víquez hasta se soltó con un poema de su propia inspiración. Todos hablaron, excepto Keith. Cuando alguien hizo notar ese detalle, lo empujaron al podio y allí Minor Cooper Keith pronunció el único discurso de su vida, un discurso de apenas doce palabras que fue muy comentado. Simplemente dijo: "Señores, suplico darme su perdón. Yo no ser hablador, ser puramente trabajador".
Keith era el héroe nacional (hasta se propuso erigirle un monumento) pero, días después, cuando sacó la factura, se convirtió en villano. Al hacer los números de cierre del proyecto, Keith solicitó que el gobierno de Costa Rica le pagara doscientas mil libras esterlinas por pérdidas, aportes personales y gastos no previstos. Aquello desató un escándalo. ¿Cómo se atrevía el hombre más rico, no solamente de Costa Rica, sino de todo el Caribe, a exigirle semejante cantidad a este pobre país? En todos los periódicos se recordaba que, fruto del contrato del ferrocarril, Keith había recibido tres mil doscientos kilómetros cuadrados en tierras, que equivalían a más del seis por ciento del territorio nacional. Keith, que trajo a Costa Rica las primeras cepas de banano procedentes de Panamá, ya tenía en plena producción numerosas fincas y, por medio del monopolio de los comisariatos, dominaba todo el comercio del Caribe. Keith tenía una flota de barcos que hacía rutas por Nueva Orleáns y las Antillas. Había firmado un contrato con Estrada Cabrera para la construcción del ferrocarril en Guatemala y controlaba la producción de hule, zarzaparrilla y carey en Honduras y Belice.
Keith, definitivamente, no se había quedado quieto. Además del ferrocarril, había recibido otros contratos del gobierno costarricense. Construyó los mercados de Heredia y Cartago, así como los acueductos, el sistema de cloacas y el tajamar de Limón, donde también pavimentó las carreteras. Instaló la red de tranvías de San José y Cartago y el primer sistema de energía eléctrica de la capital. En el campo privado, sus actividades agrícolas no se limitaban al banano. Asociado con don Federico Tinoco Yglesias, estableció la hacienda Juan Viñas en Turrialba. Dicha hacienda pasó luego a manos de don Cecilio Lindo y, más tarde, a don Manuel Francisco (don Lico) Jiménez Ortiz. Con su amigo don Pablo Quirós, desarrolló plantaciones de Cacao y, con otros socios, fundó en Guanacaste la hacienda Sardinal, en Puntarenas la finca Chomes, en Cartago los enormes cafetales de Concepción de Tres Ríos y de El Molino. Hubo quienes, incluso con cálculos conservadores, llegaron a la conclusión de que Keith era dueño de la sexta parte del territorio nacional y de al menos la tercera parte del comercio y de la banca. Las inversiones de Keith rayaban en lo asombroso. Instaló un criadero de tortugas para exportar carey. Un huracán rompió la cerca y las tortugas se fueron al mar pero, a diferencia de las vacas de Texas, nunca regresaron.
Muchos se hicieron ricos a su sombra. Cecilio Lindo, un muchacho jamaiquino de dieciocho años que vino a Costa Rica a trabajar con Keith por un sueldo de $40 al mes, veinte años después recibió del propio Keith cinco millones de dólares por los bananales que había cultivado.
Para Keith, cobrarle las doscientas mil libras esterlinas al gobierno no era un abuso, sino, simplemente, un asunto de cierre de contrato. Se defendía argumentando que, independientemente de su fortuna personal, que ya para entonces era enorme, él había hecho sus números y el gobierno costarricense le debía doscientas mil libras. Sin embargo, por la avalancha de hostilidad hacia su persona que se desató, retiró la solicitud que había presentado. No se fue, sin embargo, con las manos vacías. El presidente José Joaquín Rodríguez le giró, sin autorización del Congreso, ochenta mil libras esterlinas del tesoro público. El pago trascendió y hubo un escándalo en la prensa, pero al presidente Rodríguez, tanto la prensa como la Constitución y las leyes, lo tenían sin cuidado.
Keith se estableció en Babylon, Long Island, New York, y continuó construyendo trenes y estableciendo proyectos agrícolas en todo el Caribe. Aunque no volvió a residir en Costa Rica, su sombra, como el hombre más rico del país, se hizo sentir por más de cincuenta años. En Brasil, construyó más de 1200 kilómetros de línea férrea. Su ingenio azucarero, en Cuba, procesaba mil quinientos quintales diarios. Don Ángel Castro Argiz, el padre de Fidel Castro, hizo su fortuna gracias a contratos con la United Fruit Company. Keith poseía grandes extensiones de tierra en Cuba, República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Brasil, Venezuela y Colombia. Su finca más famosa, al menos entre los amantes de la literatura, estaba situada en la cuenca del río Magdalena y se llamaba Macondo.
Keith prefería los monopolios a la competencia y, por ello, estaba dispuesto a establecer alianzas. El 30 de marzo de 1899, en New Jersey, fundó, junto con Andrew Preston, la United Fruit Company, la poderosísima Mamita Yunai que acabó siendo personaje principal en la historia y la literatura de numerosos países. Preston ocupó la presidencia y Keith la vicepresidencia. El par de magnates no se llevaba bien, desconfiaban el uno del otro y se toleraban por pura conveniencia. 
Pese a haber llegado a ser uno de los hombres más ricos del mundo, Keith no dejaba pasar ninguna oportunidad. Ya viejo, al ver las gallinas que picoteaban en el patio de su casa, tuvo la idea de desarrollar el asunto y, a los pocos meses, la granja que instaló en su propiedad era la principal proveedora de huevos de la ciudad de Nueva York.
Keith, como él mismo se definió en su único discurso, no era hablador. No se detenía mucho en analizar situaciones ni en barajar posibilidades. Era un hombre de pocas palabras. Cerraba los tratos en cinco minutos. Cuando vendía, estaba dispuesto a bajar el precio y, cuando compraba, aceptaba pagar lo que le pidieran. Todo con tal de no perder mucho tiempo. A pesar de su enorme fortuna, mantuvo siempre un estilo de vida modesto. Comía siempre en casa, se acostaba y se levantaba temprano y no tenía vicios. Le gustaba la música, pero rara vez iba al teatro. No ofrecía ni asistía a fiestas. Era un hombre tan austero que incluso sus propios amigos y familiares lo consideraban aburrido. Tampoco mostraba inclinaciones intelectuales. Una vez, doña Cristina, su esposa, lo miró leyendo un libro y cuándo le preguntó qué estaba leyendo Keith le contestó: "¿Usted cree que yo me acuerdo de lo que leo?"
Minor Cooper Keith fue un millonario sin escándalos ni extravagancias. Su única pasión surgió casi por casualidad. Durante la construcción del ferrocarril a Limón, en las excavaciones aparecían frecuentemente entierros indígenas. A Keith le hicieron gracia aquellas piezas de oro, jade y cerámica y quiso conservarlas. A la larga, acabó reuniendo la colección más grande, amplia y valiosa de objetos precolombinos. La colección, mientras vivió, estuvo en su casa y actualmente se encuentra repartida entre el Museo de Broklyn y el Museo de Historia Natural de New York. 
Doña Cristina, su esposa, hizo donaciones importantes a hospitales, escuelas y centros de beneficencia. El Hospital San Juan de Dios y el Asilo Carlos María Ulloa fueron de los más favorecidos en Costa Rica. Naturalmente, el dinero venía de Keith, puesto que doña Cristina no tenía ingresos propios. Sin embargo, a Keith no le hacía mucha gracia dar dinero a organizaciones. Prefería ayudar a individuos. Cada vez que una institución le pedía un donativo, Keith arrugaba la cara y soltaba una excusa, pero cuando alguien, incluso un desconocido, le exponía una necesidad personal, ahí mismo firmaba el cheque.
Solamente una vez en su vida, a los setenta y cinco años de edad,  Keith visitó a un médico. Luego calificó el encuentro como inútil e innecesario. Minor Keith murió poco después de haber cumplido 81 años el 14 de junio de 1929 y fue sepultado en el cementerio de Greenwood en Brooklyn.
Aunque no hay libro de historia de Costa Rica que no lo mencione, cuesta mucho encontrar una biografía suya. En Estados Unidos se han hecho varios estudios de su obra y figura desde los tiempos en que aún vivía. En 1964 Watt Stewart publicó una detallada investigación titulada Keith y Costa Rica que, pese a lo minuciosa, solo puede considerarse un capítulo de una biografía que aún está por escribirse de manera integral. Ignoro si hay investigaciones similares sobre sus actividades en Guatemala, Cuba, República Dominicana, Brasil y el largo etcétera. Sobre la United Fruit Company, hay numerosas investigaciones históricas pero, como es fácil de suponer, están más concentradas en números que en personas.
Minor Cooper Keith. 1848-1929.
Minor Keith y doña Cristina no tuvieron hijos. ¿A dónde fue a parar su fortuna? Ese es un misterio sin resolver. En su testamento, Keith empieza declarando que ni él mismo tiene idea de cuál es el monto total de sus activos. Haciendas, propiedades, edificios, maquinaria, depósitos bancarios y participación en acciones en al menos una veintena de países. Pese a no tener claro el total de su fortuna, Keith legó sumas a sus sobrinos, familiares, amigos y empleados cercanos. A la persona a la que le heredó el monto más bajo le dejó diez mil dólares. Luego dispuso que, una vez entregadas esas sumas, el capital restante se dividiera entre cien y dejó especificado el destino que debería dársele a cada porción. 
Keith murió en junio de 1929. Cuatro meses antes de su muerte, en febrero, redactó su testamento. Cuatro meses después de su muerte, en octubre, colapsó la Bolsa de Valores de Nueva York. La fortuna de Keith, como la de muchos otros, simplemente desapareció. Las investigaciones se prolongaron por años y no hubo manera de recuperar nada. Ninguna de las personas mencionadas en su testamento recibió un solo centavo. 
INSC: 1288

viernes, 27 de febrero de 2015

El hacendado gallego don Ángel Castro Argiz, padre de Fidel Castro.

Todo el tiempo de los cedros. Paisaje
familiar de Fidel Castro Ruz. Katiuska
Blanco, Casa Editora Abril, Cuba, 2003.
Aunque Fidel Castro fue un dictador comunista y Francisco Franco fue un dictador fascista,  ambos personajes tienen varias características en común. Por su longevidad, ambos llegaron a ser fantasmas en vida y los dos perdieron su batalla contra el tiempo, al que no pudieron detener. En su último discurso, pronunciado en 1975, treinta años después de la derrota del fascismo, Franco seguía hablando de la "conspiración judeo masónica comunista que pretende destruir la civilización occidental". En Cuba, más de un cuarto de siglo después del desplome de lo que se llamó el socialismo real, siguen empeñados en sostener un sistema que generó pobreza, perpetró grandes atropellos contra la libertad individual y cuyo fracaso fue más que evidente. Franco pretendía que el calendario se detuviera en 1939 y Fidel en 1959, pero el tiempo siguió su marcha y sus respectivos países, convertidos en una muestra anacrónica de una realidad que el resto del mundo había dejado atrás, debieron esperar varios años para salir del prolongado paréntesis que la dictadura impuso en su historia.
Tanto los admiradores como los detractores de ambos personajes suelen concentrarse en lo acertado o erróneo de sus actos como gobernantes y, por ello, sus biografías generalmente arrancan a partir del momento en que se levantaron en armas, brindan poca información sobre sus años de infancia y juventud y no suelen ser generosas en detalles sobre su vida personal o familiar. Ambos dictadores alcanzaron una edad avanzada, por lo que sus vidas acabaron siendo más largas que sus biografías.
Francisco Franco y Fidel Castro comparten además su origen gallego. Franco nació en El Ferrol y Fidel Castro es hijo de don Ángel Castro Argiz, quien nació en Láncara, pequeña aldea de Lugo.
Lápida en la casa natal de don Ángel en Láncara.
Los diplomáticos cubanos suelen regalar libros y, hace ya bastantes años, Amado Riol Pírez, un simpático periodista cubano del Centro de Prensa Internacional de La Habana, que estuvo trabajando un tiempo en el Consulado cubano en Costa Rica, tuvo la gentileza de obsequiarme varias obras históricas y literarias recién publicadas en la isla. En el paquete venía Todo el tiempo de los cedros. Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz de Katiuka Blanco. El libro, escrito con un estilo poético, romántico y bucólico, cuenta la historia de don Ángel Castro, el gallego que se enamoró de Cuba y logró fundar y hacer crecer la próspera hacienda El Birán, así como la de Lina Ruz, la joven muchachita campesina con quien don Ángel tuvo siete hijos, el tercero de los cuales fue el Fidel Castro que todos conocemos. Aunque, como dije, el libro está narrado en clave sentimental, salta a la vista que es fruto de una investigación minuciosa que incluyó, además de consultas en archivos, entrevistas con miembros de la familia y viejos trabajadores de la hacienda. En las páginas finales aparecen reproducciones de numerosos documentos y fotografías de gran interés. Naturalmente, por tratarse de un libro publicado en Cuba, hasta la más mínima anécdota de Fidel es presentada como heroica y admirable y, en las numerosas fotos familiares que se incluyen no aparece Juanita, la hermana de Fidel que, junto con miles de cubanos, abandonó la isla en los primeros años de la revolución y acabó radicada en Miami por no estar de acuerdo con el rumbo que estaba tomando el nuevo régimen. Las confiscaciones y expropiaciones eran lo de menos. Los arrestos arbitrarios, los juicios sumarios, los fusilamientos y los campos de concentración para reeducar a los disidentes fueron lo que horrorizó a todos los que huyeron al exilio, entre quienes iba la hermana menor del comandante.
Casa natal de don Ángel Castro Argiz. Láncara, Lugo, Galicia.
Pero hagamos a un lado a Fidel por un momento y concentrémonos en su padre, cuya historia es poco conocida. Don Ángel era un campesino pobre que apenas si sabía leer y escribir y no tenía un horizonte muy prometedor por delante. La guerra en Cuba, a finales del siglo XIX, le dio la oportunidad de cruzar el Atlántico. En aquellos años era práctica común que los hijos de familias ricas, al ser llamados a filas, les pagaran a un muchacho pobre para que fuera a la guerra en su lugar. Don Ángel fue uno de esos sustitutos.
En calidad de soldado, estuvo en Cuba de 1896 a 1898 y, a pesar de las crueles experiencias que debió haber vivido durante el conflicto, se enamoró de la isla. Al regresar a Galicia, aquel joven veinteañero había decidido radicarse en Cuba. Trabajó duro, ahorró todo lo que pudo y el día de su cumpleaños número treinta desembarcó en La Habana. No traía más que una maleta y sus sueños. Los primeros años fueron los más duros, pero logró contar con la solidaridad de muchos paisanos, ya que la migración de gallegos a Cuba a principios del Siglo XX fue enorme. En aquel tiempo, un hombre de treinta años ya era considerado viejo, pero don Ángel nunca le arrugó la cara al trabajo. Fue peón agrícola en haciendas y campamentos mineros. Su búsqueda de un mejor salario lo fue llevando cada vez más al oriente de la isla. Aficionado a las peleas de gallos, logró hacer algún dinero con esta actividad. Su hijo Raúl, quien sucedió a Fidel en el ejercicio del poder, es aficionado a los gallos de pelea desde niño.
La casona de la hacienda El Birán. Oriente. Cuba.
En Oriente, don Ángel encontró la oportunidad de convertirse en hacendado. Eran muchos los pequeños propietarios de aquellas tierras remotas que estaban dispuestos a vender sus fincas para irse a vivir a La Habana o a Santiago. Don Ángel, quien además de trabajador y ahorrativo era muy prudente y cuidadoso en el manejo del dinero, fue comprando propiedades primero con sus ahorros y luego recurriendo al crédito. Tuvo que endeudarse para lograr su sueño (en el libro constan los montos, plazos e intereses de los pagarés que firmó), pero gracias a la eficiente administración de sus activos y a su austero estilo de vida, pronto quedó libre de deudas y, al unir todas sus fincas en una sola hacienda, ya podía considerarse un hombre rico. Su prosperidad en gran medida se debió a que pudo convertirse en proveedor de caña de azúcar para la United Fruit Company, la poderosísima compañía fundada por Andrew Preston y Minor Cooper Keith
Algunos enemigos de Fidel Castro han pretendido crear una leyenda negra sobre la figura de don Ángel. Sostienen que don Ángel formó parte del batallón español, al mando del comandante Ciruela, que atacó e hirió mortalmente al prócer de la independencia Antonio Maceo, el 7 de diciembre de 1896. También afirman que don Ángel se hizo de sus tierras de manera truculenta y que fue un explotador de sus peones.
El vagón de don Ángel. OTE es la abreviatura de Oriente.
Sin embargo, todo parece indicar que estos ataques no tienen fundamento. No hay registros detallados de los soldados españoles en la guerra de Cuba que permitan ubicar las acciones en las que participaron. Don Ángel mantuvo excelentes relaciones con los hacendados vecinos, con la Compañía y con las autoridades locales. De hecho era un hombre que, además de una gran fortuna, llegó a gozar de gran prestigio. Prueba de ello es el tratamiento de don, bastante poco común en Cuba. A Fidel y a Raúl se les llama simplemente Fidel y Raúl. Pero don Ángel, desde antes del nacimiento de sus hijos, ya era don Ángel. Es verdad que no les pagaba el sueldo a sus peones con dinero en efectivo, sino con vales canjeables únicamente en el comisariato, la tienda y la cantina de su propiedad, de manera que el pago que les daba a sus trabajadores como patrón inevitablemente volvía a él como comerciante, pero esa práctica, establecida por la Compañía, era común en todas las grandes haciendas aisladas. Por otra parte, don Ángel creía en el progreso e instaló correo, telégrafo, escuela pública, energía eléctrica, tubería de agua y hasta un cine en su hacienda. Los trabajadores de El Birán vivían en casitas limpias y bien construidas, sus hijos tenían escuela y dispensario médico y, los días libres, disfrutaban de películas y peleas de gallos. 

El escritor Carlos Alberto Montaner, quien no deja pasar una semana sin publicar un severo artículo para criticar a Fidel Castro, en varias ocasiones refutó los argumentos de la campaña de desprestigio contra don Ángel que, en todo caso, nunca fue tomada muy en serio y acabó diluyéndose.
Además del cultivo de caña, que era el negocio principal, en El Birán se criaban vacas, cabras y cerdos; las gallinas ponedoras y los pollos de engorde eran numerosísimos; se elaboraba queso y  se cultivaban árboles frutales y hortalizas para el consumo doméstico. Al alcanzar una situación económica verdaderamente holgada, don Ángel, que siempre tuvo buenos gallos, se hizo además de excelentes caballos. 
La casa natal de don Ángel, en Galicia, era pequeña y estaba construida en piedra. En El Birán edificó una amplia y alta casona de madera, muy bien ventilada e iluminada. A los guajiros locales les sorprendió que don Ángel dispusiera que vacas, cerdos, cabras y gallinas se ubicaran bajo el piso de su vivienda, protección que, en el trópico sin crudo invierno, además de extraña era innecesaria. 
Otra afición de don Ángel era sembrar árboles y los alrededores de El Birán se llenaron de bosques de cedros que el patrón veía crecer con gran alegría.
Fidel, en El Birán, ante el retrato de sus padres. Los mejo-
res amigos de don Ángel en Cuba eran Fidel Pino Santos,
su socio, y el cónsul haitiano Hippólite Hibbert. Se dice
que en honor a ellos, el tercer hijo de don Ángel con Lina
Ruz se llama Fidel Hipólito. Otros dicen que se llama Fidel
Alejandro. Pero en el libro de Katiuska Blanco aparece
una fotografía de su diploma escolar con el nombre
de Fidel Casiano Castro Ruz.
Don Ángel contrajo matrimonio con la maestra María Luisa Argota en 1911 y, entre 1913 y 1918, de esa unión nacieron cinco hijos.  La pareja se divorció en 1925, cuando don Ángel ya tenía dos hijos, Angelita (1923-2012) y Ramón (1924), con Lina Ruz González, una muchacha veintiocho años menor que él que trabajaba en su casa. Más tarde nacerían Fidel (1926), Raúl (1931), Juanita (1933), Enma (1935) y Agustina (1938).
Con Generosa Mendoza, don Ángel procreó a su hijo Martín, nacido en 1930.
La vida de don Ángel y Lina fue feliz. Eran personas de gustos e ideas sencillas, satisfechos con la vida aislada y próspera en El Birán. Todos sus hijos hicieron la primaria en la escuela pública de la hacienda junto con los hijos de los peones. El mayor, Ramón, verdaderamente disfrutaba participar en la administración de El Birán y acabó convirtiéndose en el gran apoyo de don Ángel, quien, inevitablemente, estaba envejeciendo. Ramón, al igual que sus otros hermanos, realizó su educación secundaria en colegios religiosos privados pero en vez de ir a la universidad prefirió quedarse en la finca ayudando a sus padres.
Las mujeres estudiaron en colegios de monjas en Santiago y Fidel y Raúl fueron a la Universidad de La Habana. Muy pronto Fidel, joven estudiante de Derecho, se involucró en la convulsa y agitada vida política de la capital cubana, que se desarrollaba en un agitado y violento debate permanente. En La Habana, por ese entonces, abundaban oradores callejeros, protestas, manifestaciones, discusiones y discursos interminables, alianzas, complots y componendas. Definitivamente, el revuelto y acalorado ambiente habanero era algo muy distinto a la vida austera y tranquila de El Birán. Fidel se involucró en la política de manera apasionada y activa a tiempo completo. Por andar en mitines, asambleas y reuniones de comités, no disponía ni de un minuto para trabajar. Con su título de abogado, casado y con un hijo, seguía viviendo del dinero que le enviaba don Ángel. Fidel no heredó los hábitos austeros de su padre y su viaje de bodas fue una prolongada estadía de varios meses en Nueva York.
Todos sabemos lo que vino luego. El asalto al Cuartel Moncada en 1953, por el que Fidel fue a la cárcel y, luego, al exilio.
Don Ángel Castro Arguiz murió de una obstrucción intestinal el 21 de octubre de 1956. Curiosamente, Fidel, a los ochenta años, la misma edad a la que falleció su padre, tuvo la misma enfermedad.
La muerte de don Ángel ocurrió cuarenta y dos días antes de que Fidel regresara clandestinamente a Cuba para iniciar su lucha armada. Vale la pena mencionar que las autoridades militares del gobierno de Batista nunca molestaron a Lina ni a Ramón. Fidel y Raúl estaban en la Sierra como guerrilleros rebeldes, pero Lina y Ramón, su madre y su hermano, eran hacendados que hacían negocios sin meterse en política.
Después del triunfo de la revolución, han circulado versiones en las que Lina y Ramón aparecen como revolucionarios muy activos pero, al igual que en el caso de la leyenda negra de don Ángel, pareciera que esas versiones son más propagandísticas que históricas.
El libro Todo el tiempo de los cedros, de Katiuska Blanco, se concentra en la historia de amor de don Ángel y Lina, en su experiencia al frente de El Birán y en la infancia y juventud de Fidel Castro. Naturalmente, mucho de lo que he mencionado en esta nota lo he tomado de otras fuentes ya que en este libro, como en cualquier otro publicado en Cuba, la persona de Fidel, así como todo lo que haga o diga, es tratado en tono reverencial. Sin embargo, a pesar de esta comprensible limitación, el libro brinda un atractivo retrato de don Ángel Castro, que es el héroe de esta historia. Engendrar a Fidel Castro no es, ni de lejos, lo más destacable en la vida de don Ángel. Su hijo, en todo caso, no se le parece. Don Ángel era callado, discreto, sencillo, trabajador, ahorrativo, buen administrador y, aunque esta es una palabra que no les gusta a los comunistas, fue un hombre exitoso. Al llegar a Cuba, don Ángel no tenía estudios, ni dinero, ni amigos. Solamente tenía un sueño. Su fortuna no se debió a un golpe de suerte. Fue el fruto de años de trabajo duro, de ahorro, de prudencia, de austeridad y de disciplina. Don Ángel supo descubrir  y aprovechar las oportunidades que la vida le puso por delante. En Estados Unidos, a personajes como él los llaman self made men,  hombres que se hacen a sí mismos, personas emprendedoras de origen humilde que logran formar un gran patrimonio a base de esfuerzo. Los self made men, curiosamente, son los héroes del capitalismo. Don Ángel tuvo que trabajar en el campo en Galicia durante años para reunir el dinero necesario para viajar a Cuba. No tuvo, como su hijo Fidel, un padre que lo matriculara en colegios privados, lo enviara a la universidad, le financiara una estadía de meses en Nueva York a todo lujo y lo mantuviera después de graduado y casado. Por algo se dice que entre los millonarios, los magnates fundadores por lo general son simpáticos, mientras que sus herederos con frecuencia son antipáticos. El que empezó sin nada sabe lo mucho que cuesta hacerse de un patrimonio, pero el que se lo encontró hecho piensa que la vida es fácil.
Don Ángel llegó a Cuba con una maleta y, al morir, dejó un capital de seis millones de dólares. No tengo una idea exacta de cuánto sería el equivalente de seis millones de dólares de 1956 en la actualidad. Tampoco me interesa averiguarlo. Lo importante es que don Ángel empezó de cero.
Los admiradores de Fidel le elogian que, al expropiar a los terratenientes, para darles parcelas a los campesinos, repartió hasta la hacienda El Birán, patrimonio suyo, de su madre y de sus hermanos. Sus adversarios, por el contrario, afirman que Fidel, al destruir todo lo que en Cuba era productivo, destruyó hasta aquello que con tanto esfuerzo levantó su padre.
En la Cuba de Fidel, desaparecieron tanto las haciendas como las compañías agroindustriales privadas. La agricultura de planificación estatal centralizada tuvo en Cuba las mismas consecuencias que en la Unión Soviética y Europa del Este. Afortunadamente, don Ángel no vivió para verlo. Lina murió muy dolida porque su hijo Fidel desmembrara El Birán, fruto del esfuerzo de su marido.
El hijo menor de Fidel Castro, Ángel Castro Soto,
nacido en 1974, lleva el nombre de su abuelo.
Hay quienes dicen que la manía por el poder absoluto de Fidel Castro se puede rastrear en su infancia y juventud. En El Birán, donde Fidel nació y pasó su infancia, el patrón era don Ángel, se hacía lo que él decía y se acabó. En los colegios religiosos donde estudió en su juventud, el director era la máxima autoridad, se hacía lo que el director dijera y se acabó. Los gobiernos de Cuba, salvo honrosos y breves intentos democráticos, se caracterizaron por ser autoritarios y represivos. Como nunca tuvo la oportunidad de conocer la democracia, Fidel gobernó su país durante medio siglo como si fuera su finca.
En El Birán, actualmente, no hay tantos cultivos ni tanto ganado como en los tiempos de don Ángel, pero los árboles que sembró el viejo gallego siguen en pie. La casona fue restaurada para ser convertida en un museo dedicado a la infancia y juventud de Fidel Castro. Muchas cosas están cambiando en Cuba últimamente. Silvio Rodríguez, tras una vida entera defendiendo lo indefendible, recientemente ha descubierto que en La Habana hay familias pobres. Pablo Milanés ha ido más allá y mencionó que estuvo preso, de 1965 a 1967, en una UMAP (Unidades Militares de Apoyo a la Producción) que eran los campos de concentración de corte stalinista que había en Cuba para que disidentes políticos, homosexuales y personas con creencias religiosas se reeducaran por medio de trabajos forzados. A estas alturas, Silvio Rodríguez quiere integrarse al grupo de los críticos y Pablo Milanés al de las víctimas.  Con semejantes cambios de postura no me sorprendería que, en un futuro no muy lejano, la casona de El Birán deje de ser un museo en honor a la infancia de Fidel Castro y se convierta en un museo dedicado al espíritu emprendedor de don Ángel Castro Argiz.

Don Ángel Castro Argiz. 1875-1956.
INSC: 1935
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