martes, 3 de febrero de 2015

Los cuentos de Magón: un clásico de la literatura costarricense.

Cuentos de Magón. Manuel González
Zeledón Magón. Editorial Costa Rica,
2001.
En el prólogo de este libro, León Pacheco afirma que nadie es más tico que Magón. Tal vez esté en lo cierto. Durante el siglo XIX y principios del XX, varios autores escribieron cuadros de costumbres sobre la vida en Costa Rica, pero los cuentos de Magón y las Concherías de Aquileo Echeverría fueron las obras que llegaron a convertirse en fundamentales. Costa Rica es un país tan joven que los autores de los clásicos de nuestra literatura nacieron en el siglo XIX y murieron en el XX.
Manuel González Zeledón, que firmaba sus cuentos como Magón, nació en San José en la noche buena de 1864. En 1906 se trasladó a los Estados Unidos, donde fue Cónsul de Costa Rica en Nueva York y Ministro y Encargado de Negocios de nuestra embajada en Washington. En 1936, ya muy enfermo, regresó a Costa Rica solamente para morir en su tierra.
Además de su trabajo como abogado y diplomático, Magón escribía cuentos en los que, con tanto cariño como ironía, retrataba la vida modesta y sencilla de aquella sociedad austera y un tanto primitiva que era nuestro país en aquel entonces. Nadie recuerda hoy las labores profesionales de Magón, pero sus cuentos siguen leyéndose y continúan generando sonrisas ya que, como las Concherías de Aquileo, están llenos de personajes pintorescos y situaciones absurdas. Cuando miro a Cuba, con su gran José Martí, o a Nicaragua con su sublime Rubén Darío, me llama poderosamente la atención el hecho de que en la literatura costarricense se considere como nuestros dos grandes autores a Magón y Aquileo, dos escritores modestos que cultivaban sabrosamente el humorismo sin tomarse muy en serio a sí mismos. Eran escritores sin grandes pretensiones que tenían como tema y como público a una comunidad pequeña también sin pretensiones de grandeza. Magón publicaba sus cuentos en los periódicos y la primera edición que los recopiló todos en un solo libro apareció en 1947, nueve años después de su muerte.
Recuerdo como si hubiera sido ayer el día que don Álvaro Arana Ballar, mi maestro de tercer grado de primaria, leyó en clase Para justicias el tiempo, un cuento en el que un hombre abusivo engaña a un niño para quitarle su asiento en el circo sin sospechar que, varios años después, el niño tendría la oportunidad de vengarse. Ya en la secundaria, leí El clis de sol. Un campesino de piel morena bastante oscura, le presenta a Magón a sus dos hijas, unas gemelitas rubias como la cerveza.  La madre es también morena. La razón por la que las niñas nacieron rubias, explica el orgulloso padre, es que durante el embarazo hubo un eclipse de sol. Magón, intrigado, le pregunta de dónde sacó esa idea y el campesino declara que eso fue lo que le dijo el maestro italiano rubio que come en su casa desde hace años. También en la secundaria leí la conmovedora novelita La propia, el más extenso de sus relatos, sobre un hombre que pierde su fortuna y eventualmente hasta su libertad, por una infidelidad que acabó en crimen pasional. Arruinado y preso, aquel mal marido que se comportó como un idiota y un patán, recibe la visita de su esposa que, a pesar de todo lo que le hizo, de alguna manera seguía amándolo.
Verdaderamente humorísticos son Quiere usted quedarse a comer, sobre los apuros que se pasan cuando se debe preparar a toda prisa una comida más o menos presentable para un visitante inesperado y Usufructo, sobre unos candelabros de plata que donde menos estaban era en casa de la dueña, ya que todo el mundo los pedía prestados para decorar rezos y velorios.
Manuel González Zeledón. Magón.
1864-1936
Los Cuentos de Magón incluyen también sabrosas anécdotas sobre acontecimientos históricos. En Mi primer empleo se menciona al General Tomás Guardia y al Obispo Bernardo Augusto Thiel. En Qué hora es se cuenta cómo el General Antonio Maceo logró salir de Costa Rica rumbo a Cuba, para sumarse a la lucha por la independencia, mientras un doble que ni siquiera hablaba español se paseaba por San José haciéndose pasar por él.
Magón escribe sus cuentos deleitándose en el repaso de los detalles y reproduciendo la manera de hablar de sus personajes. Con cierta frecuencia, el lector se encuentra con palabras cuyo significado desconoce. Hay expresiones que aunque eran comunes hace un siglo y se escucharon hasta hace poco, han caído totalmente en el desuso. Además, es probable que los lectores más jóvenes no sepan qué es un horcón o un atado de dulce. Por ello, las ediciones más recientes de los Cuentos de Magón incluyen un glosario en las páginas finales.
Curiosamente, mientras el vocabulario de estos relatos se vuelve cada vez más difícil de comprender, los títulos de los Cuentos de Magón se han convertido en expresiones que forman parte del vocabulario del costarricense. Cuando un tico se entera de que alguien que hizo una trastada finalmente recibió su merecido exclama "Para justicias el tiempo". Cuando mira un niño que no se parece a sus padres dice que es "un clis de sol" y cuando tiene una relación seria y estable con una mujer la llama "la propia".
No me atrevería a calificar ninguno de los cuentos de Magón como mi favorito, pero cada vez que tengo el libro en mis manos hay uno que siempre leo de primero. Se trata de Un día de mercado en la Plaza Principal. El relato es muy simple, solamente cuenta que el saco donde llevaba la compra se le rompió y dejó frutas y verduras regadas por el suelo. Lo que me fascina de este relato es la descripción detallada y minuciosa que hace del lugar, los vendedores, el público, la mercadería y la dinámica con que funcionaba todo. En aquellos años el mercado no era un lugar, sino un día. Un día en que los pobladores de San José se despertaban muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, por el ruido que hacían las ruedas de las carretas de bueyes que venían cargadas a la capital desde lugares tan lejanos como Santa Ana. El mercado se montaba frente a la Catedral y cada vendedor levantaba un puesto con armazones de madera y techo de manta. En un sector estaban las frutas, en otro las verduras, en otro los herreros que ofrecían hachas, machetes y herramientas. Aparte estaban los hojalateros con ollas, sartenes, cuchillos y tijeras. El jabón lo elaboraban en grandes bloques y los vendedores, armados de una regla y un cuchillo, partían trozos a gusto del cliente. Los compradores llevaban un canasto y un saco. Con el canasto iban de puesto en puesto y, cuando el canasto estaba lleno, vaciaban su contenido en el saco. Mientras hacían sus compras, dejaban el saco en cualquier esquina sin nadie que lo cuidara. "Andá compráte las vainicas; aquí te espero, y si no me hallás aquí, las echás al saco y te me juntás en la venta de cacao de ñor Bejarano."
Magón escribe sobre una Costa Rica que yo no conocí. Desde que tengo memoria el parque frente a la Catedral tiene su quiosco enorme y me resulta difícil imaginármelo como mercado. Sí alcancé a bañarme en la poza de un río y a ver pasar carretas de bueyes frente a mi casa. Las nuevas generaciones de ticos, para poder nadar en un río deben ir bastante lejos de San José y solamente ven carretas de bueyes el día del desfile. Esa Costa Rica que ya no existe no podemos añorarla quienes no la conocimos, pero por alguna extraña circunstancia, tal vez por una fibra de memoria colectiva que se tensa, los cuentos de Magón provocan nostalgia.
Magón fue declarado Benemérito de la Patria en 1953. Desde 1961, el máximo reconocimiento y homenaje que otorga el Estado de  Costa Rica a quien haya dedicado su vida entera a la promoción de la cultura se llama Premio Magón.
INSC: 1299

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