lunes, 31 de agosto de 2015

Los "pienses" de don Beto.

La exterminación de los pobres y otros
pienses. Alberto Cañas. Editorial
Costa Rica, 1979.

A mi amigo Sergio Arroyo.


Al igual que muchos otros, este señor compraba un número de lotería cada domingo pero nunca había logrado pegarse el premio mayor. Lo que hacía su caso muy particular era que en cada sorteo salía premiado el número que él había jugado la semana anterior. Cuando descubrió el fenómeno, trató de repetir el mismo número, pero en esa ocasión ganó el número que él había pensado comprar, pero no compró. Después de varios años de soportar esa barbaridad, llegó al punto de saber con certeza el número del premio mayor, pero sin poder ganarlo nunca. Los amigos con los que compartió el secreto, algo le daban de lo que obtenían y el señor siguió jugando, no por avaricia sino solamente para ayudar a otros.
Don Alberto Cañas fue quien imaginó esta trama pero, en vez de escribir el cuento, solamente compartió la idea.  Cuando don Beto era joven, departía en los ratos de ocio con sus vecinos de barrio Amón. A las reuniones llegaba un músico que decía cosas inverosímiles e incomprensibles y se ponía a improvisar melodías con la guitarra. Cuando alguien le preguntaba sobre unas y otras respondía: "Son pienses".
Si hacemos a un lado la teoría romántica de la inspiración, podríamos afirmar que el origen de toda obra literaria es un piense. Al escritor se le mete una idea en la cabeza y, tras darle vueltas, se percata de que esa idea, si se planteara y se desarrollara adecuadamente, podría convertirse en un buen relato. Lo único que faltaría sería escribirlo, pero a los escritores, como a todos los mortales, a veces les da pereza escribir.
El mismo don Beto pone este ejemplo: una señora va al mercado y, con la bolsa pesada en la que sobresalen ramas de apio, lechugas, berros y, tal vez, hasta un repollo, toma un taxi para volver a casa y el taxista la secuestra. No sabemos por qué lo hace. Pongámonos melodramáticos y supongamos que el marido de la señora ha tenido un enredo con la hija o la esposa del taxista, quien, al enterarse, decide secuestrar a la doña para asustarlo, sentirse poderoso, cobrarle un rescate u obligarlo a venir a verlo. Ustedes escogen. El secuestro dura un par de horas que, con diálogos ingeniosos, daría buen material para una breve, simpática y entretenida obra de teatro. Hay distintas posibilidades para plantear, desarrollar y cerrar la situación. Don Beto confiesa que ha analizado e intentado todas las que pasaron por su mente. Sin embargo, cualquiera que sea el rumbo que se le dé a la trama, inevitablemente acabará en el retorno de la señora sana y salva a su casa. Tal vez por ese inevitable y previsible final, don Beto, en vez de escribir el cuento o la obra de teatro, de nuevo, solamente comparte el piense. 
La exterminación de los pobres y otros pienses, publicado en 1979, es un libro atípico. Lo normal es que los escritores publiquen los relatos que han escrito y no las ideas sobre las que en algún momento pensaron escribir pero que finalmente renunciaron a hacerlo. No tengo noticia de que otro escritor haya hecho algo parecido. Siempre quise preguntarle a don Beto la motivación que lo empujó a publicar este libro pero, cuando me encontraba con él, nos poníamos a hablar de otras cosas y acabé quedándome con la duda. Supongo que los pienses se fueron acumulando en su cabeza; que escribió y destruyó varios borradores y que, finalmente, cuando desistió de la idea de desarrollarlos, se percató de que la única manera de quitárselos de encima era publicarlos. Una vez, Jorge Luis Borges le preguntó a Alfonso Reyes "¿Por qué publicamos?" y don Alfonso le respondió: "Publicamos para no pasarnos la vida entera corrigiendo borradores".
En el libro hay un poco de todo: historias románticas y trágicas, de contenido social, de ciencia ficción, distópicas y, muy especialmente, absurdas. Vale la pena hacer un repaso rápido. El relato que le da título al libro trata de una sociedad que, para acabar con la pobreza, esterilizó a todos los pobres. Los pobres se fueron muriendo sin que vinieran otros pobres a ocupar su lugar. Cuando murió el último pobre, al que le hicieron un entierro que acabó siendo famoso, la sociedad estaba compuesta solamente por ricos que trabajaban como pobres. 
Una maestra estaba enamorada del supervisor y el día que pretendía entregársele, el supervisor (hay que decir, en su favor, que tartamudeando y asustado) le propuso trasladarla a un mejor puesto a cambio de cierto favorcito. La maestra se rehusó, ofendida e indignada y el pobre supervisor nunca supo lo que se perdió.
Cierto personaje creía que la única manera de que una democracia funcionara era que en cada elección ganara el partido contrario al gobierno, de manera que fuera cual fuera el partido que resultara electo, al día siguiente de las votaciones este personaje se alineaba con la oposición. Al principio nadie le hacía caso, pero con el tiempo se volvió elocuente y todo el país siguió su ejemplo, por lo que, a pesar de que ningún partido logró reelegirse, la mismas personas gobernaron el país por años. 
En una sociedad del futuro, cuando alguien está hundido en deudas, opta por congelar a su esposa y sus hijos por unos cuantos meses. De esa forma gasta menos y logra nivelar sus finanzas. 
Un político viaja fuera del país y muere en un accidente. Todos los periódicos se llenan de artículos en que, hasta sus más enconados enemigos, elogian su talento, su inteligencia, su integridad y su gran valor humano. Tras una semana en que todo el país lamenta la irreparable pérdida, el político, que había fingido su muerte, regresa a lanzar su candidatura presidencial. 
En apenas 107 páginas, de las cuales siete tienen dibujos de Hugo Díaz y veintiuna están en blanco, este libro contiene treinta y ocho pienses. Se trata de cuentos propuestos pero no narrados. El asunto da para pensar. Uno agradece que los grandes autores hayan escrito sus narraciones en vez de publicarlas como pienses. Habría sido una lástima que Borges simplemente hubiera dicho: un hombre lo recordaba todo y otro escribió el Quijote de manera idéntica, palabra por palabra, a como lo hizo Cervantes.  La trama de los cuentos de James Joyce, de Edgar Allan Poe, de John Steinbeck o del mismo Anton Chejov, podría comprimirse en un par de líneas. Pero el mérito está en escribir los cuentos y no en pensarlos. 
Por otra parte, abundan los libros llenos de buenas ideas que, literariamente, no lograron cuajar. Los narradores torpes, escriben malos cuentos basados en buenos pienses. En su caso, más bien se les habría agradecido que se hubieran limitado a consignar el piense. 
De un tiempo acá se ha puesto de moda el microrrelato. Algunos son verdaderas joyitas a las que nada les falta ni les sobra, pero otros no son más que ideas sueltas que el autor no asumió el riesgo de desarrollar más a fondo. 
Volviendo al libro de don Beto, su lectura deja una sensación ambigua. No se trata de cuentos propiamente dichos, pero tampoco de ocurrencias sacadas de la manga. En cada piense, don Beto muestra el potencial creativo que ofrece la historia a quien estuviera dispuesto a contarla. El abanico de posibilidades es amplio y colorido. Sin embargo, y aquí está lo curioso, las narraciones de este libro no dan ganas de escribirlas, sino de pensarlas. Son llamativas como propuesta pero no como proyecto.
Siempre he creído que cada idea viene con la forma en que debe ser expresada. Hay quienes se ponen a escribir cuentos y luego se percatan de que están escribiendo una novela. Otros, que pretenden escribir una novela, a la larga desisten pero se dan cuenta que en el camino escribieron cuentos valiosos.  Abundan los casos en que un poema se convierte en relato, o una narración con muchos diálogos acaba transformándose en una obra teatral. El escritor no elige, sino que descubre, la forma que debe darle a las ideas que resuenan en su cabeza. De ser así, quizá el destino de las situaciones consignadas en este libro no podía ser otro más que pienses.
INSC: 0986 

1 comentario:

  1. Un título muy sugerente, que da para pensar y reflexionar sobre el proceso creativo, como has hecho en tu estupenda reseña. Me gusta aquello de los "pìenses", que no dejan de ser la primera fase de lo que luego será un relato o una novela. O idea sobre la que rumiar hasta agotarla.

    Jorge Luis Borges le preguntó a Alfonso Reyes "¿Por qué publicamos?" y don Alfonso le respondió: "Publicamos para no pasarnos la vida entera corrigiendo borradores", jajaja, buenísimo.

    Un saludo.

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