lunes, 3 de agosto de 2015

Minor Cooper Keith. Fundador de la United Fruit Company.

Keith y Costa Rica. Watt Stewart.
Editorial Costa Rica. 1991.
Aunque le advirtieron que el futuro de quienes abandonan los estudios no suele ser muy halagüeño, a los dieciséis años de edad Minor Cooper Keith decidió no volver a la escuela y dedicarse a trabajar como dependiente de una sastrería en la que le pagaban tres dólares a la semana. En 1863 esa suma era un estupendo salario y el muchacho, nacido en Brooklyn, New York, ahorró todo lo que pudo y, cuando logró reunir un modesto capital, se trasladó a Texas, donde tanto las tierras como los animales se conseguían a precios tan bajos que muy pronto logró tener cuatro mil cabezas de ganado.
Keith era un hombre con suerte. En cierta ocasión un huracán hizo que un buen número de reses acabaran hundidas en el Golfo de México y, sin tener tiempo de lamentarse por la pérdida, pudo ver cómo los animales regresaron a la playa. Un pariente suyo se había dedicado a construir ferrocarriles en Ecuador y Perú, entre ellos, el tren a Cuzco, que fue una verdadera obra maestra de ingeniería. El general Tomás Guardia, presidente de Costa Rica, le propuso un contrato para construir un ferrocarril que comunicara San José con la costa caribe del país y fue entonces cuando el joven Minor recibió la carta que cambiaría su vida. Su pariente le escribió para decirle que haría más dinero en Costa Rica, en tres años, del que podría hacer en Texas durante todo el resto de su vida. Ni lerdo ni perezoso, Keith vendió su finca y su ganado y se trasladó a Costa Rica. Llegó en barco a Colón, cruzó el istmo y se embarcó en Panamá rumbo Puntarenas y, de allí, subió a caballo hasta la capital. A su tío, Henry Meiggs, el contrato no le pareció atractivo. El proyecto era complicado y requeriría muchos años. Aunque, vista en un mapa, la distancia entre San José y la costa caribe parezca pequeña, los kilómetros de selva virgen que había que atravesar, llena de altos cerros y profundos y caudalosos ríos, desanimaban a cualquiera. A cualquiera menos a Keith, quien convenció a su tío de firmar el contrato y dejar el asunto en sus manos. Definitivamente una propuesta audaz, puesto que Keith no sabía nada de trenes y tenía solamente veintitrés años de edad. 
Un capricho de Guardia complicó el proyecto desde el inicio. Lo lógico habría sido empezar las obras en la costa y, poco a poco, irse acercando a la capital, pero el general se opuso. De hacerlo así, pasarían años antes de que el pueblo pudiera ver el proyecto terminado y, para dar un golpe de efecto, dispuso que la construcción se iniciara en Alajuela. No hubo manera de convencerlo de lo caro y complicado que sería hacerlo como él quería, por lo que, las piezas de la primera locomotora que vino a Costa Rica debieron ser trasladadas, en carretas de bueyes, desde Puntarenas hasta Alajuela.  El plan de Guardia era que la línea del tren avanzara Alajuela, Heredia, San José y Cartago y, luego, que buscara la ruta hacia el Caribe. Keith no tuvo más remedio que complacerlo, pero decidió que el proyecto avanzara paralelamente desde el otro extremo. Como el valle central era terreno conocido, dejó el proyecto en manos de subalternos y se fue personalmente a la costa a ver cómo y por dónde lograba llegar hasta Cartago.
Fue Keith quien escogió construir el muelle y el campamento en el lugar en que actualmente se encuentra Puerto Limón. El contrato, firmado en 1871, establecía que la línea debía estar terminada en 1884, pero no fue posible ya que constantemente faltaban el dinero y la mano de obra. Al llegar a Costa Rica, el capital personal de Keith, fruto de la venta de sus activos en Texas, era de cuarenta mil dólares, que no alcanzaban ni para empezar. El gobierno tampoco andaba bien de reales. Por esa situación, Keith, que había abandonado la escuela a los dieciséis años y no tenía más diploma que el de la primaria, debió hacer de diplomático y ministro de hacienda en la sombra durante los gobiernos de Tomás Guardia, Próspero Fernández y Bernardo Soto, para negociar con bancos ingleses y americanos el financiamiento del proyecto.
Por otra parte, la población de Costa Rica, en 1871, era de apenas ciento cincuenta mil habitantes, por lo que había que traer trabajadores de otros países. Los primeros setecientos que logró convencer fueron contratados en New Orleans y entre ellos venían cuarenta hombres que habían militado en las filas de William Walker. Además de americanos, Keith, que se había comprado su propio barco, trajo también obreros chinos, italianos y jamaiquinos. La malaria y otras enfermedades tropicales acababan con ellos. Se calcula que solamente durante la construcción del tramo entre Puerto Limón y Matina murieron cuatro mil trabajadores. Por otra parte, Keith pagaba un dólar al día y en la construcción del Canal de Panamá pagaban cinco dólares al día, por lo que muchos se le fueron. Para un chino, un americano o un europeo, no importaba moverse unos cientos de kilómetros al sur para ganar cinco veces más. Para colmo de males, escaseaba el dinero. En una ocasión no había para pagar los sueldos y el general Guardia, para evitar que todos los trabajadores se fueran en estampida, militarizó los campamentos y los peones debieron trabajar diez horas diarias durante nueve meses sin recibir salario. Para el honor de Keith y de Guardia ante la historia, hay que anotar que los salarios atrasados fueron pagados posteriormente.
Minor Cooper Keith y su esposa doña
Cristina Castro Fernández.
El 31 de octubre de 1883 (fiesta de Haloween) Minor Cooper Keith contrajo matrimonio con Cristina Castro Fernández, hija del Dr. José María Castro Madriz. El enlace se celebró en Brooklyn, New York y la pareja fue de viaje de bodas a Londres, donde Keith debía renegociar el financiamiento para la construcción del ferrocarril. Doña Cristina estaba muy impresionada porque en el hotel en que se hospedaron había un elevador, el primero que veía en su vida. Un día doña Cristina desapareció y tras largas horas de búsqueda la encontraron tirada en el fondo de la maravilla tecnológica. Doña Cristina entró al elevador cuando el elevador no estaba allí y cayó desde una altura de varios pisos. Milagrosamente sobrevivió pero, a raíz del incidente, sufrió de desmayos y episodios frecuentes de amnesia toda su vida.
En 1886, en el acto solemne de inauguración del tramo Cartago Turrialba, al presidente Bernardo Soto le alcanzaron una pala para que, simbólicamente, iniciara las obras y, no está claro si el presidente era muy fuerte o la herramienta era muy frágil, pero lo cierto es que la pala se quebró. 
Dos años después, los trabajadores italianos se declararon en huelga, la primera en la historia de Costa Rica. Keith exigía a los tribunales que obligara a los italianos a volver a sus labores, mientras que los trabajadores demandaban que Keith mejorara las condiciones en que vivían. Los jueces a cargo trataron de dictar una sentencia salomónica y, después de que se conoció el veredicto, ni Keith ni los huelguistas se mostraron conformes y se negaron a acataron lo dispuesto. Quedó claro que tanto al empresario americano como a los trabajadores italianos, las leyes y los tribunales costarricenses los tenían sin cuidado. Sobra decir que no hubo manera de hacerlos ceder en sus posiciones. 
Finalmente, en setiembre de 1890, la línea que venía de la costa y la que venía del interior del país llegaron al río Birrís. Se construyó el puente, de doscientos metros de largo y cien metros de alto, pero el maquinista de cada lado le cedía al otro el honor de inaugurarlo. Como estaba claro que nadie confiaba en la resistencia de la estructura, Keith pidió que un operario pusiera en marcha la locomotora e inmediatamente se bajara y que, cuando la máquina estuviera al otro lado, alguien se subiera a detenerla. Así se hizo y Keith cruzó el río como único pasajero del tren, ondeando por la ventana una bandera de los Estados Unidos. Cuando el hecho fue conocido en San José surgió la pregunta lógica: ¿No había una bandera de Costa Rica?
El 7 de diciembre de 1890 llegó a San José la primera locomotora (la 15) que hizo el recorrido desde Puerto Limón. La noche de año nuevo de 1890 a 1891 se organizó una gran fiesta en el Palacio Nacional para agasajar a Keith. Además del banquete y del baile, amenizado por una orquesta dirigida por Manuel María Gutiérrez, el compositor del Himno Nacional, hubo numerosos y prolongados discursos. Todos querían dar su aporte a la avalancha oratoria. Cleto González Víquez hasta se soltó con un poema de su propia inspiración. Todos hablaron, excepto Keith. Cuando alguien hizo notar ese detalle, lo empujaron al podio y allí Minor Cooper Keith pronunció el único discurso de su vida, un discurso de apenas doce palabras que fue muy comentado. Simplemente dijo: "Señores, suplico darme su perdón. Yo no ser hablador, ser puramente trabajador".
Keith era el héroe nacional (hasta se propuso erigirle un monumento) pero, días después, cuando sacó la factura, se convirtió en villano. Al hacer los números de cierre del proyecto, Keith solicitó que el gobierno de Costa Rica le pagara doscientas mil libras esterlinas por pérdidas, aportes personales y gastos no previstos. Aquello desató un escándalo. ¿Cómo se atrevía el hombre más rico, no solamente de Costa Rica, sino de todo el Caribe, a exigirle semejante cantidad a este pobre país? En todos los periódicos se recordaba que, fruto del contrato del ferrocarril, Keith había recibido tres mil doscientos kilómetros cuadrados en tierras, que equivalían a más del seis por ciento del territorio nacional. Keith, que trajo a Costa Rica las primeras cepas de banano procedentes de Panamá, ya tenía en plena producción numerosas fincas y, por medio del monopolio de los comisariatos, dominaba todo el comercio del Caribe. Keith tenía una flota de barcos que hacía rutas por Nueva Orleáns y las Antillas. Había firmado un contrato con Estrada Cabrera para la construcción del ferrocarril en Guatemala y controlaba la producción de hule, zarzaparrilla y carey en Honduras y Belice.
Keith, definitivamente, no se había quedado quieto. Además del ferrocarril, había recibido otros contratos del gobierno costarricense. Construyó los mercados de Heredia y Cartago, así como los acueductos, el sistema de cloacas y el tajamar de Limón, donde también pavimentó las carreteras. Instaló la red de tranvías de San José y Cartago y el primer sistema de energía eléctrica de la capital. En el campo privado, sus actividades agrícolas no se limitaban al banano. Asociado con don Federico Tinoco Yglesias, estableció la hacienda Juan Viñas en Turrialba. Dicha hacienda pasó luego a manos de don Cecilio Lindo y, más tarde, a don Manuel Francisco (don Lico) Jiménez Ortiz. Con su amigo don Pablo Quirós, desarrolló plantaciones de Cacao y, con otros socios, fundó en Guanacaste la hacienda Sardinal, en Puntarenas la finca Chomes, en Cartago los enormes cafetales de Concepción de Tres Ríos y de El Molino. Hubo quienes, incluso con cálculos conservadores, llegaron a la conclusión de que Keith era dueño de la sexta parte del territorio nacional y de al menos la tercera parte del comercio y de la banca. Las inversiones de Keith rayaban en lo asombroso. Instaló un criadero de tortugas para exportar carey. Un huracán rompió la cerca y las tortugas se fueron al mar pero, a diferencia de las vacas de Texas, nunca regresaron.
Muchos se hicieron ricos a su sombra. Cecilio Lindo, un muchacho jamaiquino de dieciocho años que vino a Costa Rica a trabajar con Keith por un sueldo de $40 al mes, veinte años después recibió del propio Keith cinco millones de dólares por los bananales que había cultivado.
Para Keith, cobrarle las doscientas mil libras esterlinas al gobierno no era un abuso, sino, simplemente, un asunto de cierre de contrato. Se defendía argumentando que, independientemente de su fortuna personal, que ya para entonces era enorme, él había hecho sus números y el gobierno costarricense le debía doscientas mil libras. Sin embargo, por la avalancha de hostilidad hacia su persona que se desató, retiró la solicitud que había presentado. No se fue, sin embargo, con las manos vacías. El presidente José Joaquín Rodríguez le giró, sin autorización del Congreso, ochenta mil libras esterlinas del tesoro público. El pago trascendió y hubo un escándalo en la prensa, pero al presidente Rodríguez, tanto la prensa como la Constitución y las leyes, lo tenían sin cuidado.
Keith se estableció en Babylon, Long Island, New York, y continuó construyendo trenes y estableciendo proyectos agrícolas en todo el Caribe. Aunque no volvió a residir en Costa Rica, su sombra, como el hombre más rico del país, se hizo sentir por más de cincuenta años. En Brasil, construyó más de 1200 kilómetros de línea férrea. Su ingenio azucarero, en Cuba, procesaba mil quinientos quintales diarios. Don Ángel Castro Argiz, el padre de Fidel Castro, hizo su fortuna gracias a contratos con la United Fruit Company. Keith poseía grandes extensiones de tierra en Cuba, República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Brasil, Venezuela y Colombia. Su finca más famosa, al menos entre los amantes de la literatura, estaba situada en la cuenca del río Magdalena y se llamaba Macondo.
Keith prefería los monopolios a la competencia y, por ello, estaba dispuesto a establecer alianzas. El 30 de marzo de 1899, en New Jersey, fundó, junto con Andrew Preston, la United Fruit Company, la poderosísima Mamita Yunai que acabó siendo personaje principal en la historia y la literatura de numerosos países. Preston ocupó la presidencia y Keith la vicepresidencia. El par de magnates no se llevaba bien, desconfiaban el uno del otro y se toleraban por pura conveniencia. 
Pese a haber llegado a ser uno de los hombres más ricos del mundo, Keith no dejaba pasar ninguna oportunidad. Ya viejo, al ver las gallinas que picoteaban en el patio de su casa, tuvo la idea de desarrollar el asunto y, a los pocos meses, la granja que instaló en su propiedad era la principal proveedora de huevos de la ciudad de Nueva York.
Keith, como él mismo se definió en su único discurso, no era hablador. No se detenía mucho en analizar situaciones ni en barajar posibilidades. Era un hombre de pocas palabras. Cerraba los tratos en cinco minutos. Cuando vendía, estaba dispuesto a bajar el precio y, cuando compraba, aceptaba pagar lo que le pidieran. Todo con tal de no perder mucho tiempo. A pesar de su enorme fortuna, mantuvo siempre un estilo de vida modesto. Comía siempre en casa, se acostaba y se levantaba temprano y no tenía vicios. Le gustaba la música, pero rara vez iba al teatro. No ofrecía ni asistía a fiestas. Era un hombre tan austero que incluso sus propios amigos y familiares lo consideraban aburrido. Tampoco mostraba inclinaciones intelectuales. Una vez, doña Cristina, su esposa, lo miró leyendo un libro y cuándo le preguntó qué estaba leyendo Keith le contestó: "¿Usted cree que yo me acuerdo de lo que leo?"
Minor Cooper Keith fue un millonario sin escándalos ni extravagancias. Su única pasión surgió casi por casualidad. Durante la construcción del ferrocarril a Limón, en las excavaciones aparecían frecuentemente entierros indígenas. A Keith le hicieron gracia aquellas piezas de oro, jade y cerámica y quiso conservarlas. A la larga, acabó reuniendo la colección más grande, amplia y valiosa de objetos precolombinos. La colección, mientras vivió, estuvo en su casa y actualmente se encuentra repartida entre el Museo de Broklyn y el Museo de Historia Natural de New York. 
Doña Cristina, su esposa, hizo donaciones importantes a hospitales, escuelas y centros de beneficencia. El Hospital San Juan de Dios y el Asilo Carlos María Ulloa fueron de los más favorecidos en Costa Rica. Naturalmente, el dinero venía de Keith, puesto que doña Cristina no tenía ingresos propios. Sin embargo, a Keith no le hacía mucha gracia dar dinero a organizaciones. Prefería ayudar a individuos. Cada vez que una institución le pedía un donativo, Keith arrugaba la cara y soltaba una excusa, pero cuando alguien, incluso un desconocido, le exponía una necesidad personal, ahí mismo firmaba el cheque.
Solamente una vez en su vida, a los setenta y cinco años de edad,  Keith visitó a un médico. Luego calificó el encuentro como inútil e innecesario. Minor Keith murió poco después de haber cumplido 81 años el 14 de junio de 1929 y fue sepultado en el cementerio de Greenwood en Brooklyn.
Aunque no hay libro de historia de Costa Rica que no lo mencione, cuesta mucho encontrar una biografía suya. En Estados Unidos se han hecho varios estudios de su obra y figura desde los tiempos en que aún vivía. En 1964 Watt Stewart publicó una detallada investigación titulada Keith y Costa Rica que, pese a lo minuciosa, solo puede considerarse un capítulo de una biografía que aún está por escribirse de manera integral. Ignoro si hay investigaciones similares sobre sus actividades en Guatemala, Cuba, República Dominicana, Brasil y el largo etcétera. Sobre la United Fruit Company, hay numerosas investigaciones históricas pero, como es fácil de suponer, están más concentradas en números que en personas.
Minor Cooper Keith. 1848-1929.
Minor Keith y doña Cristina no tuvieron hijos. ¿A dónde fue a parar su fortuna? Ese es un misterio sin resolver. En su testamento, Keith empieza declarando que ni él mismo tiene idea de cuál es el monto total de sus activos. Haciendas, propiedades, edificios, maquinaria, depósitos bancarios y participación en acciones en al menos una veintena de países. Pese a no tener claro el total de su fortuna, Keith legó sumas a sus sobrinos, familiares, amigos y empleados cercanos. A la persona a la que le heredó el monto más bajo le dejó diez mil dólares. Luego dispuso que, una vez entregadas esas sumas, el capital restante se dividiera entre cien y dejó especificado el destino que debería dársele a cada porción. 
Keith murió en junio de 1929. Cuatro meses antes de su muerte, en febrero, redactó su testamento. Cuatro meses después de su muerte, en octubre, colapsó la Bolsa de Valores de Nueva York. La fortuna de Keith, como la de muchos otros, simplemente desapareció. Las investigaciones se prolongaron por años y no hubo manera de recuperar nada. Ninguna de las personas mencionadas en su testamento recibió un solo centavo. 
INSC: 1288

3 comentarios:

  1. Un viejo refrán de mi país <>
    Una interesante historia, gracias por contarla de una manera clara y agradable.
    ¡Hasta pronto!

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