domingo, 10 de diciembre de 2017

La invención de Costa Rica. Ensayos de Carlos Cortés.

La invención de Costa Rica. Carlos
Cortés. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 2003.
El libro La invención de Costa Rica, publicado en 2003, recoge una serie de artículos y conferencias de Carlos Cortés sobre diversos aspectos de la historia, la literatura y algunos escritores costarricenses.
El primer texto, que da título al libro, se refiere a los mitos presentes en la historia del país. Cabe aclarar que la historia, en general, está llena de mitos y la de Costa Rica no tendría por qué estar exenta de ese fenómeno. Inevitablemente la imaginación acaba infiltrándose en el relato de los acontecimientos que, con mucha frecuencia, no ocurrieron como comunmente se cree. Separar lo real de lo imaginario es tarea difícil, ya que hay mitos tan populares que acaban siendo repetidos automáticamente.
Algo así sucedió en este caso. Carlos Cortés plantea la construcción simbólica que puede haber detrás de Juan Santamaría, del culto a la Virgen de los Angeles, la arcadia tropical, el igualitarismo de los costarricenses y la democracia rural. Sin embargo, en su exposición, que pretende ser desmitificadora, acaba, tal vez inadvertidamente, repitiendo mitos.
Menciona que Cristóbal Colón llamó a esta tierra Costa Rica, cuando en realidad el nombre de Costa Rica aparece por primera vez treinta y siete años después de la breve visita del Almirante a Cariay. Llama Juana Pereira a la mujer que encontró la imagen de la Virgen de los Angeles, pese a que el nombre del personaje histórico es desconocido. Juana Pereira es un nombre que inventó Monseñor Víctor Manuel Sanabria. Señala al Dr. José María Montealegre como el artífice del derrocamiento de Juan Rafael Mora, cuando los responsables fueron, principalmente, Vicente Aguilar y Lorenzo Salazar. Al Dr. Montealegre le ofrecieron la presidencia cuando el golpe ya estaba consumado y ni siquiera el propio Juan Rafael Mora lo culpó por su caída. Declara que Costa Rica tiene una historia militar muy escasa, pasando por alto el hecho de que, desde la Independencia hasta el año 1900, hubo diez golpes de Estado y al menos cinco conflictos armados considerables.
Como se ve, los mitos son tan fuertes que hasta quienes pretenden cuestionar unos, no solo repiten otros sino que acaban creado mitos nuevos. Verdaderamente temeraria es la afirmación, incluida en el ensayo, de que Monseñor Anselmo Llorente Lafuente apoyó el derrocamiento de Mora. El obispo ni siquiera se encontraba en Costa Rica, la mayoría del clero era morista y no hay documento que implique a Llorente en los hechos, aunque, por supuesto, el que Mora hubiera desterrado al obispo pesó entre los múltiples motivos de su caída.
Algunos mitos tienen una base real. El caso de Juan Vásquez de Coronado, mencionado en el ensayo, es un buen ejemplo. Era, en verdad, conciliador más que conquistador y prefirió la negociación con los habitantes nativos más que la confrontación armada.
Otros mitos son más bien materia legendaria. El cacique Garabito, que no aparece en el ensayo, es casi un espejismo y tal parece que las tropas de Juan de Cavallón lucharon contra un enemigo inventado para confundirlos.
También están por supuesto, los mitos que son deformaciones deliveradamente manipuladas de la historia. En esta categoría, Carlos Cortés brinda un verdadero aporte al desenmascarar uno de los más sonados casos. En 1989, el gobierno decidió celebrar “El centenario de la democracia”, para conmemorar el alzamiento que, en 1889, obligó a dimitir al presidente Bernardo Soto y llevó al poder a José Joaquín Rodríguez Zeledón. Por alguna razón que nunca estuvo clara, la versión oficial era que Costa Rica había gozado de democracia desde 1889, cuando en realidad el gobierno del presidente Rodríguez Zeledón, instalado ese año, indiscutiblemente fue el más antidemocrático de la historia del país. Ignoró la Constitución, mandó desterrar y encarcelar ciudadanos, suspendió todas las garantías, cerró periódicos y llegó hasta el extremo de clausurar el Congreso. En aquellos años circulaba la broma de que lo peor que pudo haber hecho Rodríguez Zeledón fue desaparecer el poder legislativo porque, si un día recobraba la razón y se daba cuenta de que debía renunciar al cargo, no tendría ante quién presentar la renuncia. A los cuatro años, repudiado por todos los sectores, dejó como presidente a su yerno, Rafael Yglesias Castro quien, también atropellando la Constitución y la voluntad popular, se quedó en el cargo por dos periodos. Las elecciones de Ascención Esquivel Ibarra, la primera de don Cleto González Víquez (1906) y la de Alfredo González Flores no fueron tampoco nada democráticas y vino luego la dictadura de Federico Tinoco. En los comicios presidenciales de 1944 y 1948, así como en los de diputados de 1946, hubo fradude y hasta muertos.
Señalar 1889 como el año a partir del cual Costa Rica vive una democracia fue, definitivamente, un invento sacado de la manga. En toco caso, aunque en su momento el asunto sirvió de excusa para una celebración muy sonada, el mito acabó cayendo por su propio peso.
Este primer ensayo, en todo caso, es el único que se refiere a Historia. En los siguientes Carlos Cortés escribe sobre literatura, que es lo suyo. Hace un recuento de la producción literaria costarricense reciente en el que formula valoraciones verdaderamente dignas de considerar. Sin embargo, la época que pretendió abarcar es tan amplia que el texto acaba siendo una ráfaga de nombres de autores y títulos de libros en los que apenas se detiene unos instantes, cuando muchos de ellos merecerían una atención más reposada.
Me llamó la atención que dos de los ensayos sobre literatura empezaran con la misma afirmación planteada casi con las mismas palabras. “La ambición del escritor costarricense” dice, “es inscribirse en la literatura latinoamericana.”
Naturalmente, cuando alguien publica lo que escribe alberga la ilusión de que su obra llegue a un público amplio, pero no creo que todos los escritores compartan la ambición de convertirse en figuras continentales. El asunto hasta tiene sus riesgos, puesto que quien escribe con el propósito de ganar notoriedad y volverse famoso más allá de las fronteras, puede acabar produciendo literatura de exportación al gusto y estilo imperante en el mercado del momento. Mi punto de vista, tal vez más romántico y hasta ingenuo, es que quien escribe lo hace respondiendo a motivos más internos que externos. El escritor escribe sobre lo que lo apasiona, sobre lo que lo inquieta, sobre lo que le interesa. Si luego su obra logra apasionar, inquietar o interesar a otros, ojalá a muchos, esa ya es otra historia pero, en el fondo, la ambición del literato está más centrada en la obra misma que en el reconocimiento que podría obtener por ella.
Joge Luis Borges lo dijo de una forma muy hermosa al afirmar que “La mayor ambición del escritor es lograr unas páginas que valgan la pena de ser leídas. Solamente unas páginas”, recalcó, “porque un libro entero ya sería esperar demasiado.”
Es natural que un autor se alegre si su obra llega a ser traducida o editada en otros países, pero tampoco se amarga si no lo logra. Hay quienes ni siquiera lo intentan. Recuerdo en particular el caso de don Alberto Cañas. Fue ministro, fue diplomático, viajó mucho, tuvo relaciones de estrecha amistad con escritores europeos y latinoamericanos, sus obras teatrales se montaron en distintos países del continente pero, curiosamente, nunca ni siquiera intentó publicar fuera del país. Una vez le pregunté el motivo y me respondió que tenía claro que en sus novelas, Costa Rica era tanto su tema como su público.
Incluso hoy, en un mundo globalizado con grandes facilidades de comunicación, existen escritores que aspiran a escribir unas páginas dignas de ser leídas aunque vayan dirigidas casi exclusivamente a sus más allegados.
Volverse famoso, o rico, por medio de la literatura, es algo que puede ocurrir, pero con lo que no hay que contar. Si alguien se pone a escribir en busca de fama o fortuna, quizá sería mejor que dedicara su energía y talento a una empresa menos arriesgada.
Carlos Cortés es bastante severo en sus juicios sobre el panorama cultural y literario durante el cambio del siglo XX al XXI, especialmente en lo que se refiere al Ministerio de Cultura, una institución que, en sus inicios, desarrolló ambiciosos y exitosos proyectos, pero que acabó convertida en un aparato burocrático de alto costo y escasos frutos. Cuando se dio inicio a la reestructuración de la Orquesta Sinfónica, don Pepe Figueres soltó su famosa frase “¿Para qué tractores sin violines?” y, apenas treinta años después, la dura crítica del libro lleva por título “¿Para qué violines sin ideas?”
Las últimas páginas de La invención de Costa Rica están dedicadas a semblanzas de nueve escritores costarricenses, de los cuales solamente a dos, Max Jiménez y Eunice Odio, Carlos Cortés no tuvo oportunidad de conocer en persona. Las notas sobre los demás, don Joaquín Gutiérrez, don Fabián Dobles, don Alberto Cañas, doña Carmen Naranjo, Alfonso Chase, Mía Gallegos y Rodrigo Soto, además de la semblanza personal y literaria, vienen acompañadas de recuerdos personales.
Agradezco que mi nombre haya sido mencionado en la nota sobre don Beto, pero me sorprendió que Carlos Cortés, en otro ensayo, al mencionar su propia obra, pusiera: “Cruz de olvido, de Carlos Cortés logró darle...” No comprendo por qué optó por referirse a sí mismo en tercera persona, cuando habría sido más fácil, y hasta más natural, decir simplemente “En Cruz de olvido, logré darle...”
La invención de Costa Rica es un libro que merece ser leído con calma y hasta ser repasado con frecuencia. Como verdadero conocedor de la literatura costarricense, Carlos Cortés logró plantear su visión personal de lo escrito y publicado en la segunda mitad del Siglo XX con provocadoras valoraciones e interpretaciones. Sus puntos de vista, ya sea que se compartan o se discutan, definitivamente no pueden pasarse por alto.
INSC: 1815

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