miércoles, 27 de diciembre de 2017

Los regalos de Navidad de Aquileo J. Echeverría.

A doña Marilyn Echeverría Zurcher de Sauter, hija de Gonzalo.


Aquileo Echeverría. Anécdotas,
Oscar Rosabal Echeverría. Universidad Nacional.
Costa Rica, (No indica el año).
Famoso por su ingenio y gran sentido del humor, Aquileo Echeverría fue siempre capaz de ponerle al mal tiempo buena cara. Con la audacia y rapidez de su mente, incluso en las situaciones más adversas, cada vez que estuvo en aprietos encontró la manera de caer de pie y salirse con la suya.
Las anécdotas que se cuentan de él son ingeniosas y algunas han llegado a ser ampliamente conocidas. Entre las más famosas esta aquella de que llegaba tarde a su trabajo cuando era funcionario del gobierno. Enterado de la situación, el propio Presidente don Cleto González Víquez quiso confirmar por sí mismo la impuntualidad de Aquileo.  Una mañana llegó temprano a la oficina y se sentó ante su escritorio. Las horas pasaban y el poeta no aparecía. Cuando, ya casi a la hora de salir a almorzar, Aquileo llegó y vio que el Presidente lo estaba esperando, sin inmutarse le dijo: "Don Cleto: ¡Aquí esta usted! ¡Toda la mañana he estado buscándolo!"
En otra oportunidad la situación fue a la inversa. Aquileo fue a visitar a don Cleto para solicitarle un pequeño préstamo que necesitaba con urgencia. Lo pasaron a su oficina pero esta vez era don Cleto quien tardaba en llegar. Sobre el escritorio había varias monedas de a peso. Cuando Aquileo finalmente optó por irse, dejó, bajo el montoncito de monedas, una pequeña nota: "Lo estuve esperando pero tuve que marcharme. Al irme, le he quitado un peso de encima."
La vida de Aquileo Echeverría fue breve. Como murió a los cuarenta y tres años de edad, cuando sus hijos estaban aún pequeños, ninguno de sus nietos tuvo oportunidad de conocerlo, pero las historias del abuelo fallecido eran repetidas constantemente en el seno familiar. 
Claudia, la hija mayor de Aquileo, contrajo matrimonio con el famoso futbolista Eladio Rosabal Cordero y de esa unión nació Oscar Rosabal Echeverría, maestro de escuela que solía repetir incansablemente las anécdotas que le contaron de su abuelo. Por iniciativa de Edwin León Villalobos, don Oscar escribió esas memorias familiares que fueron publicadas por la Universidad Nacional, de la que don Edwin era rector. 
El libro, como era de esperarse, se lee con una sonrisa de principio a fin. Una vez, en Heredia, organizaron un baile para el que los asistentes debían hacer alguna contribución. Aquileo se comprometió a llevar las flores. No estuvo claro al principio, pero se refería a su novia María Dolores y a su cuñada Delia, cuyos apellidos eran Flores Zamora. 
Como periodista, escritor de crónicas y poeta, Aquileo gozó de gran popularidad. Su gran amigo Rubén Darío, con quien había trabajado en el periódico La Unión, en San Salvador en 1889, llegó a decir, en el prólogo a la segunda edición de las Concherías publicada en 1909, que Aquileo era el único poeta de Costa Rica. Como comerciante, sin embargo, no tuvo éxito. La cantina La Amistad que montó en Guatemala, acabaron bebiéndosela sus amigos, a quienes no les cobraba. Su pulpería en el barrio la Pithaya de Heredia, cuyo rótulo decía: "Se venden escobas y otros comestibles", era realmente pobre. Un amigo que lo fue a visitar pudo hacer el inventario de un solo vistazo. Solamente había una escoba, dos latas de sardinas, dos botellas de guaro, confites y bollos de pan.
En Guatemala, una vez que estaba sin un centavo, fue a uno de los clubes más aristocráticos de la ciudad y tomó el bastón con empuñadura de oro que el general Orellana Estrada había dejado en la entrada mientras jugaba una partida de billar.  Lo mostró a los señorones que estaban en otro salón, a quienes les dijo que, por un apuro muy urgente, debía rifarlo. Todos le compraron números de la rifa que se efectuaría inmediatamente. Una vez hecho el sorteo, Aquileo anunció: "El ganador es... ¡El general Orellana Estrada! ¡Voy a entregárselo!"
Aquileo Echeverría Zeledón. (1866-1909).
De espíritu noble y temperamento sereno, Aquileo era muy amoroso con su familia. Una vez su hijo Gonzalo le respondió a la mamá y Aquileo, como castigo, empezó a azotarlo, cosa que nunca antes había hecho. Asustada por el llanto del niño, doña Dolores le pidió a Aquileo que dejara de pegarle. Aquileo le aclaró que todo era una farsa: "Le estoy pegando con su pantalón, lo que pasa es que este chiquito es muy gritón." Entonces el pobre niño le aclaró que en verdad le dolía, porque los bolsillos de su pantalón estaban llenos de piedras ya que había salido a cazar pájaros. Aquileo se disculpó por haberlo lastimado y lo recriminó diciéndole: "Bueno, Gonzalo, ahora sabe lo que sienten los pajaritos cuando usted les tira piedras."
El libro está lleno de revelaciones. Bautizado como Adolfo Aquileo Dolores de la Trinidad, incluso para sus contemporáneos era un misterio por qué firmaba Aquileo J. Echeverría. Cuando alguien le preguntó que significaba la jota, Aquileo le aclaró que no significaba nada, pero esa letra le salía muy bonita.
Entre las memorias familiares aparecen, desde una detallada crónica de la boda, hasta la triste despedida de Aquileo a sus hijos. Cuando partió a España, en procura de recuperar su salud quebrantada, Aquileo le dio a cada uno de sus hijos una cajita llena de monedas de cinco céntimos. Les dijo que no los gastaran todos de una vez, sino que cada día tomaran un cinco para comprar melcochas o cajetas y les prometió que regresaría antes de que los cincos se acabaran. Asomado a la ventana del tren, Aquileo lloraba mientras agitaba su sombrero para despedirse de sus hijos, a quienes no volvió a ver. Ellos sin embargo, cada día contaron las cincos esperando su regreso.
Solo quedaron los recuerdos. Algunos realmente hermosos, como el de los regalos de Navidad. En la Nochebuena, Aquileo estaba sin un centavo y, con verdadera angustia, supo que Claudia le había pedido al Niño Dios una muñeca y Gonzalo, una bola. Los niños se fueron a acostar con la esperanza de encontrar sus regalos al día siguiente. A altas horas de la noche se levantaron sobresaltados al escuchar a sus padres gritando. "¡Cogélo!¡No lo dejés ir!" Le decía Aquileo a su esposa. Cuando los niños fueron a ver lo que ocurría, Aquileo les dijo que habían visto al Niño Dios entrar en la casa, trataron de atraparlo pero se les escapó. "Hicimos lo que pudimos", se disculpó.
Resignados a no tener regalos esa Navidad, los niños volvieron a la cama. Pero al despertar la mañana siguiente se llevaron la sorpresa de encontrar la muñeca y la bola que habían pedido. Con sus juguetes nuevos en las manos, Aquileo los llevó a dar un paseo. Entraron a un hospicio que había cerca de la Iglesia del Carmen en Heredia. Claudia y Gonzalo les prestaron sus juguetes a los huérfanos y, cuando llegó la hora de volver a casa, Aquileo les dijo que ellos debían estar agradecidos con Dios porque tenían papá y mamá, mientras que los huerfanitos no tenían familia. Entonces les pidió que dejaran sus juguetes en el hospicio, la bola para los niños y la muñeca para las niñas. Con cierta tristeza, los niños accedieron. Esa tarde, todos permanecieron en silencio. Claudia y Gonzalo en su cuarto y doña Dolores en la cocina. Tras dejar a los niños en casa, Aquileo había salido de nuevo. A la hora de la cena, Aquileo le pidió a sus hijos que le alcanzaran una caja de fósforos que había dejado sobre la cómoda y, para su sorpresa, se encontraron una muñeca y una bola más grandes que las que habían encontrado en la mañana. Aquileo entonces les dijo que Dios siempre recompensa a con creces a las personas generosas y solidarias.
¿Qué había pasado? Aquileo no tenía dinero esa Navidad y fue su hermano Félix quien había regalado la muñeca y la bola originales. Cuando el 25 de diciembre en la tarde volvió a recurrir a él, el asunto era más complicado porque los comercios estaban cerradas. "¿Cómo se te ocurrió hacer semejante cosa?" Le dijo su hermano, quien creía que el asunto no tendría arreglo. Sin embargo, tras contarle la historia a los dueños de la tienda, abrieron el establecimiento en día feriado solamente un momento para reponer los juguetes.
En muchos aspectos, la vida de Aquileo no fue fácil. En política, se alineó con el bando perdedor. No ganó dinero con su obra literaria y su trabajo como periodista tampoco fue bien pagado. Sus intentos por establecer algún tipo de negocio propio fracasaron y, siendo joven aún, tuvo serios problemas de salud que llevándolo a la tumba. Sin embargo, el recuerdo que dejó fue el de una persona permanentemente alegre. En medio de sus apuros y congojas encontraba siempre una razón para reír y hacer reír. No perdía la calma porque siempre tuvo claro que todo problema tiene solución y que las dificultades, aunque sean muchas, no son motivo para perder la alegría.
INSC:  2748

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