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miércoles, 9 de septiembre de 2015

El cacique Garabito.

Garavito nuestra raíz perdida.
Oscar Bakit. Jiménez y Tanzi,
Costa Rica, 1981.
Todas las biografías tienen su dosis de ficción. No hay ni un solo personaje histórico cuyas andanzas en este mundo estén fuera de duda. Hasta los historiadores más serios deben echar mano de su imaginación para reconstruir episodios sobre los que no hay muchos documentos. Cuanto más antiguo sea el personaje biografiado, menor será la información disponible y, por tanto, mayor será la carga legendaria basada únicamente en suposiciones. 
El libro Garabito nuestra raíz perdida, de Oscar Bakit es un buen ejemplo. Sobre Garabito no hay más referencias que las pocas menciones consignadas por los conquistadores españoles. No sabe cuándo nació ni cuándo murió, ni cuáles eran sus dominios, ni a cuál comunidad pertenecía. Ninguno de los conquistadores lo vio en persona y existen dudas sobre su verdadero nombre. Con todo y esta carencia de datos, Garabito es un personaje fascinante precisamente por lo misterioso.
La teoría comúnmente aceptada es que Garabito era el cacique que regía la costa pacífica de Costa Rica por la época en que inició la conquista española. Al norte, en territorio chorotega, se fundó Nicoya en 1522. Francisco Hernández de Córdoba, en 1524, el mismo año en que había fundado León y Granada en Nicaragua, fundó el primer poblado español en Costa Rica, llamado Villa Bruselas, en algún lugar entre Chomes y Orotina. La hermosa ciudad de Granada sigue en el mismo sitio, de León Viejo quedaron algunas ruinas, pero de Villa Bruselas no quedó nada. La población desapareció antes de cumplir cinco años de haber sido instalada. 
Las atrocidades de Pedrarias Dávila circulaban de boca en boca entre los distintos grupos indígenas de la zona y tal parece que al territorio de la actual Costa Rica, la mala fama de los conquistadores llegó antes que ellos. 
Por los tiempos de la corta vida de Villa Bruselas, el cacique Garabito debió haber sido un niño o hasta es probable que no hubiera nacido aún. Quien sí consta que estuvo en Villa Bruselas fue un capitán español llamado Andrés de Garabito, que servía a las órdenes de Hernández de Córdoba. Al igual que su tocayo indígena, se sabe poco de él. Protagonizó un par de escándalos, fue enjuiciado, escapó y se le perdió la pista. 
Tras el fracaso de Villa Bruselas, los españoles tardaron varios años en intentar una nueva incursión. En 1561, arriba Juan de Cavallón acompañado de una tropa numerosa y bien armada que incluía hasta un sacerdote, don Juan de Estrada Rávago, quien ya había hecho algo de fortuna y, en vez de regresar a España, financió la expedición. Se supone que la primera misa celebrada en Costa Rica la ofició el padre Estrada, pero no sabe cuándo ni dónde.
Cavallón y sus hombres exploraron Orotina y llegaron hasta Esparza, pero no les fue muy bien ya que el cacique Garabito les puso las cosas cuesta arriba. Los ataques eran sorpresivos, frecuentes y rápidos. Los hombres de Garabito aparecían de repente, causaban bajas a los españoles, se retiraban y volvían a emboscarlos a los pocos días. Garabito nunca logró ser identificado porque, para despistar, varios de sus hombres se hacían pasar por él. Cavallón llegó a atrapar y a ejecutar a uno de esos falsos Garabitos. 
A pesar de los constantes ataques, Cavallón logró llegar hasta el valle central del país, donde fundó Garcimuñoz, en recuerdo a su pueblo natal en Castilla La Mancha. Uno de sus exploradores, Ignacio de Cota, atravesó la cordillera y llegó hasta el Guarco. El sargento portugués Antonio Álvarez Pereira le salvó la vida a Cavallón en uno de los tantos ataques de Garabito. Se dice que Álvarez Pereira, además, logró secuestrar a la esposa y dos hijos de Garabito, pero ni así logró capturar al cacique. Cavallón, con total honestidad, dejó por escrito el testimonio de todas las veces que tuvo que salir huyendo. Como sabía que Garabito la tenía contra él, Cavallón decidió mudarse a México.
El nuevo conquistador, don Juan Vásquez de Coronado, en una carta a Felipe II le dice: "Esté Vuestra Majestad cierto que en Costa Rica no hay indio de paz... el más dañoso para la pacificación de esta provincia es un cacique llamado Garabito."
Vásquez de Coronado envió un centenar de hombres a atrapar a Garabito, pero fracasaron. Es imposible capturar a alguien que no se puede identificar. Para contrarrestar la mala fama de Pedrarias y no sufrir las constantes derrotas de Cavallón, Vásquez de Coronado optó por la vía diplomática y se dispuso a hacer amigos. En sus relaciones con los pueblos indígenas, prefería negociar a imponerse. Llegó a establecer una buena relación con el cacique Corohore, a quien describió como "el indio más lindo que he visto". A Garabito, de más está decirlo, nunca lo vio. 
Dulcehe, la hermana de Corohore, estaba secuestrada por un grupo rival. Vásquez de Coronado logró liberarla y en vez de castigar a los secuestradores, les pagó el rescate que pedían para quedar bien tanto con los vencidos como con los aliados. Dulcehe, bautizada luego como doña Inés, acabó emparejándose con Antonio Álvarez Pereira, que ya era capitán y de esa unión descienden grandes familias de la aristocracia costarricense. 
Don Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno, en su libro Noticias de antaño, publicado en 1948, trata de contar la historia de sus ilustres ancestros, pero se acaba confundiendo nombres y afirma que Dulcehe era la esposa de Garabito. Don Norberto Castro Tossi realizó un estudio sobre el tema, pero murió antes de publicarlo y el manuscrito se perdió. A Garabito, que se supone era el señor de la costa pacífica, algunos autores le atribuyen ser el padre del cacique de Turrialba. 
Poco a poco la presencia de españoles en Costa Rica fue aumentando, se logró establecer una coexistencia con los pobladores indígenas y los ataques de Garabito cesaron. No se sabe si el cacique guerrero murió, fue derrocado o se aisló con su gente.
Los documentos sobre Garabito, además de escasos son contradictorios. Perafán de Rivera confunde a Garabito con Coyoche, el cacique chorotega. Gil González Dávila, por su parte, al remontar el río grande Tárcoles, tuvo noticias del cacique Huetara y llamó al pueblo de Garabito "los huetares". Los conquistadores españoles, en todo caso, no estaban aquí haciendo investigaciones etnográficas y, ante esos nombres nuevos para sus oídos, confunden caciques con poblaciones o grupos sociales enteros. Las investigaciones sobre los pueblos indígenas costarricenses son aún escasas y recientes y en ellas las crónicas de los conquistadores han aportado más confusión que claridad. 
Hace bastantes años, en Ecuador, se estableció un parque dedicado a guerreros indígenas. Óscar Bákit realizó la escultura de Garabito que representaría a Costa Rica. Una réplica de dicha escultura estuvo durante algún tiempo en el Parque Central de San José antes de ser trasladada al parque del Barrio Don Bosco. El día de la inauguración del monumento, asistieron representantes de la municipalidad, de ministerios y de la universidad que, según declara el propio Bákit en su libro, saltaba a la vista que no tenían idea de quien fue Garabito. La placa, además, repetía el error de Perafán de Rivera y confundía a Garabito con Coyoche. 
Además de que la información sobre Garabito es mínima y confusa, los investigadores la cuestionan. En 1572, Fray Diego Guillén declara en una carta que el cacique rebelde y misterioso tomó su nombre del capitán Andrés de Garabito. Trescientos años después, el Marqués de Peralta desacredita el documento al afirmar: "Esa carta desfigura los hechos". Carlos Gagini sostuvo, en su momento, que es poco probable que un cacique indígena que lucha contra los españoles haya tomado su nombre de uno de ellos. Bákit tampoco lo cree y dedica varias páginas de su libro a especulaciones sobre el posible significado de la palabra Garabito en una lengua indígena que ni siquiera se molesta en determinar. 
El caso da para pensar. Hay un documento de la época que dice una cosa y tres investigadores, el Marqués de Peralta, Gagini y Bákit, le restan credibilidad porque no calza con la historia que quieren contar. Especialmente atrevida, por decir lo menos, es la afirmación del Marqués que habla de "hechos" a tres siglos de distancia.
Es sabido que, por motivos que podríamos llamar mágicos, algunos indígenas prefieren no revelar su nombre. En ese caso, no tendría nada de raro que el guerrero hubiera escogido un nombre del enemigo para mantener en secreto el propio.
El libro de Bákit, divagatorio y lleno de suposiciones, no logra definirse entre la historia y la ficción. Si hubiera optado por narrar una vida legendaria, debería haber sido una novela. Si se hubiera limitado a los hechos, habría sido de muchas menos páginas. 
INSC: 2206

domingo, 7 de junio de 2015

Yvonne Clays Spoelders.

El otro Calderón Guardia. Guillermo
Villegas Hoffmeister. Casa Gráfica,
Costa Rica, 1985.
Yvonne Clays nació en Bélgica en 1906 y allí conoció al joven médico costarricense con quien se casó. Su padre, según confiesa ella misma, no estaba de acuerdo con el enlace. No le simpatizaba el novio y tampoco le agradaba la idea de que su hija se fuera a vivir al otro lado del mundo. "Vuelva divorciada" fue su consejo al despedirla. El matrimonio duró diecisiete años y acabó en divorcio, pero nunca volvió a ver a su padre, que había muerto durante su ausencia y, aunque regresó a Bélgica y vivió una temporada en los Estados Unidos, doña Yvonne decidió establecerse en Costa Rica, donde murió, a los ochenta y ocho años, en 1994. 
El Dr. Calderón Guardia, su marido, apenas regresó de Europa, además de trabajar como médico y cirujano, se involucró en política. Fue munícipe, diputado, presidente del Congreso y, sin haber cumplido aún los cuarenta años, fue electo Presidente de la República. Su gobierno, ciertamente rico en logros, fue bastante controversial, al punto que más de medio siglo después el debate sobre su gestión continúa abierto. Quien estudie serena y desapasionadamente la historia de los años cuarenta en Costa Rica, acabará, casi inevitablemente, con una impresión bastante ambigua del Dr. Calderón Guardia. Por un lado, reabrió la Universidad, estableció el Seguro Social, promulgó el Código de Trabajo y desarrolló iniciativas para mejorar la condición de vida de los trabajadores. Por otro lado, su gobierno se caracterizó también por ser corrupto y represivo. Cuando terminó su periodo presidencial, la mitad de Costa Rica lo amaba como a un héroe, mientras que la otra mitad lo odiaba como a un tirano. Los libros y artículos que se han escrito sobre el Dr. Calderón Guardia no tienen término medio: lo elogian o lo denigran. Es un personaje al que se pinta en blanco inmaculado o negro intenso. Su figura, su personalidad y su gestión son, sin lugar a dudas y como ya se dijo, bastante ambiguas. Fue sumiso y obediente a los Estados Unidos, realizó una alianza con el Partido Comunista, se declaraba abanderado de la Doctrina Social de la Iglesia, obtuvo el apoyo del arzobispo Monseñor Sanabria y mantuvo una cercana amistad con el dictador Anastasio Somoza.
Pero volvamos con doña Yvonne. En aquellos años la esposa del presidente no tenía ningún tipo de protagonismo. De hecho, ni los periódicos de la época ni los estudios históricos posteriores la mencionan. Sin embargo, gracias a su dominio del idioma inglés, doña Yvonne hizo de traductora en la entrevista que sostuvo su marido en Washington, con el presidente Franklin Delano Roosevelt.   La desenvoltura, la simpatía y el buen inglés de doña Yvonne la llevó a establecer una relación cercana, podría decirse que amistosa, con la primera dama Eleanor Roosevelt y con el Secretario de Estado Summer Wells. Entre 1940 y 1944, los años de gobierno de su marido, doña Yvonne debió viajar a los Estados Unidos en repetidas ocasiones para gestionar asuntos de diversa índole con el gobierno americano y, por ello, el Ministerio de Relaciones Exteriores considera a doña Yvonne la primera mujer en haber laborado para la diplomacia costarricense. Se dice que fue ella quien logró el establecimiento, en 1943, del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas con sede en Turrialba. Además, la fundación de la Orquesta Sinfónica Nacional, en 1940, fue una iniciativa personal de doña Yvonne que, al principio, no fue gozó de apoyo oficial.
A los pocos días de que su marido se juramentara como Presidente, los nazis invadieron Bélgica. En diciembre de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Costa Rica le declaró la guerra al eje. La guerra, naturalmente, afectó el comercio exterior de los productos nacionales, así como el abastecimiento de bienes importados. Hasta para ella, Primera Dama de la República, era difícil conseguir llantas o gasolina para su vehículo en aquellos días. Como los Estados Unidos se habían aliado con la Unión Soviética contra el fascismo, en Costa Rica funcionó un comité antifascista en el que figuraban Manuel Mora Valverde, fundador del Partido Comunista, y Arthur Bliss Lane, Embajador de los Estados Unidos. 
La política interna no iba muy bien. En medio de la escasez ocasionada por la guerra, en vez de austeridad y manejo racional de recursos, en las personas cercanas al gobierno se desató una corrupción desmedida y descarada. Alfredo Volio Mata, el Ministro de Fomento, encargado de las obras públicas, renunció a su cargo al verse incapaz de detener el saqueo. Las reformas sociales impulsadas por el gobierno, que en el largo plazo dieron excelentes resultados, no fueron bien recibidas en su momento. Por la paranoia de la guerra, se intervinieron las propiedades de ciudadanos costarricenses de origen alemán, muchas de las cuales fueron a dar, por esas vueltas de la vida, a manos de personas cercanas al gobierno. También por la guerra se restringieron las garantías individuales, entre ellas la libertad de reunión y de expresión. José Figueres fue arrestado mientras hablaba en la radio y fue expulsado del país. Las simpatías pronazis del presidente anterior, León Cortés Castro, quien pretendía retomar el poder, hicieron de la campaña electoral de 1944 una confrontación violenta en la que hasta hubo muertos. León Cortés, en todo caso, perdió las elecciones. Se dice que hubo fraude pero, definitivamente, durante la II Guerra Mundial no podía haber un presidente pronazi en ninguna república del continente americano, por más pequeña y remota que fuera.
Yvonne Clays Spoelders. (Bélgica 1906-
Costa Rica 1994). Primera Dama de Costa
Rica de 1940 a 1944. Fundadora de la Orquesta
Sinfónica Nacional. Primera mujer en el
servicio diplomático costarricense.
Tanto el gobierno como el matrimonio del Dr. Calderón Guardia terminaron en 1944. Doña Yvonne no podía regresar a Bélgica debido a la guerra. El divorcio no fue muy amistoso y de la herencia paterna quedó poco menos que nada. Tras la guerra civil de 1948, las propiedades de doña Yvonne (dos casas y un automóvil) fueron intervenidas. Aunque eventualmente logró recuperar sus bienes, casi de inmediato debió venderlos, irónicamente para pagar los impuestos acumulados.  Vinieron entonces años muy difíciles, hasta que en el gobierno de Daniel Oduber, cuando ya doña Yvonne era una señora mayor, el Estado costarricense le otorgó una modesta pensión. 
No tuvo hijos, no volvió a casarse, perdió contacto con sus parientes en Bélgica y no hacía vida social. La jovencita de treinta y cuatro años que fue recibida en la Casa Blanca por el presidente Roosevelt, envejecía sola y su nombre fue pasando al olvido. Muy pocos la recordaban y solo un puñado de amigos cercanos sabía que continuaba viviendo en Costa Rica. 
En 1985, con el título de El otro Calderón Guardia apareció un libro que recoge una larga conversación que sostuvo la otrora primera dama con el investigador Guillermo Villegas Hoffmeister. La entrevista prometía ser atractiva, especialmente por el hecho de que Villegas no era calderonista sino un excombatiente del bando contrario. Sin embargo, el libro no es más que una charla casual en que se salta de un tema al otro sin profundizar en ninguno. 
Una buena entrevista debe ser más que una conversación transcrita. Hay entrevistas de una página que son ricas en revelaciones y perspectivas. También hay, como en este caso, entrevistas de cien páginas que no hacen más que andarse por las ramas sin ton ni son. Tal vez peco de metódico pero, en mi opinión, por más sabroso, fluido y atractivo que sea el estilo coloquial, en una entrevista los temas deben plantearse con cierta estructura para llegar a un objetivo. Doña Yvonne le menciona a Villegas el encuentro con Roosevelt, sus viajes de misión a Washington ante el Departamento de Estado, así como la visión que tenía su marido de la corrupción en su gobierno, la oposición, Figueres, los "glostoras" del Centro de Estudio Para los Problemas Nacionales y su alianza con los comunistas. Cada uno de estos temas, de haberse ahondado un poco, habrían hecho de la entrevista un verdadero documento testimonial. Pero Villegas los dejó pasar por alto. 
Tímidamente, Villegas, cuyo segundo apellido es Hoffmeister, le toca el tema de la intervención de las propiedades de ciudadanos de origen alemán, pero ni en este punto hizo que la señora fuera más allá de una simple mención.   En una entrevista, tan importante es la pregunta como la repregunta. Un buen entrevistador se acerca al entrevistado con un propósito definido que, definitivamente, debe ser algo más que disfrutar de un rato de charla amena. Recuerdo una vez que, en una entrevista por televisión, el poeta Alfredo Cardona Peña, en unos instantes en que hubo un silencio incómodo, le dijo al entrevistador: "¡Seguí! ¡Poneme banderillas!" Siguiendo con la alegoría taurina, Villegas no hizo una buena faena, no puso banderillas, ni la picó, ni logró sacarle verónicas y la entrevista, finalmente, terminó sin estocada ni puntillazo.
Me explico. No se trata de ser irrespetuoso ni agresivo. Tampoco de exigirle explicaciones a quien no corresponde darlas. Pero Yvonne Clays Spoelders vivió de cerca, como testigo de primera línea, momentos históricos de gran importancia y su testimonio personal, en este libro, no fue recopilado adecuadamente.  
Un último botón de muestra. En el libro aparece una fotografía del Dr. Calderón Guardia y doña Yvonne junto a Anastasio Somoza y su esposa, Salvadorita Debayle. En 1943, el Dr. Calderón Guardia y su esposa fueron los padrinos de bodas de Lilliam Somoza Debayle, la hija de Tacho, pero en el libro no se menciona ni una palabra de cómo surgió la amistad entre los dos gobernantes. Cuando Villegas le pregunta a doña Yvonne sobre la visita del Vicepresidente de los Estados Unidos Henry Wallace, ella solo menciona un par de palabras sobre la cena que se le ofreció.
La señora, educada y chapada a la antigua, es muy discreta. A veces da la impresión de que lo reduce todo a una dinámica de simpatías y antipatías. Cuando Villegas le pide que hable de León Cortés, ella solamente recuerda que se llevaba bien con doña Julia, su esposa.
Si uno se pone a leer entre líneas, un par de cosas quedan bastante claras. En primer lugar salta a la vista que, pese al fracaso de su matrimonio, ella guarda un gran respeto por la figura y la obra del Dr. Calderón Guardia. En segundo lugar, es evidente que ella  estaba al margen de muchas cosas durante la administración de su marido. Las anécdotas que cuenta revelan que su relación con el Doctor, mientras fue presidente, eran distantes y frías. Menciona que tanto el líder comunista Manuel Mora, como el Arzobispo Sanabria, que eran personas muy cercanas a su marido, a ella apenas la saludaban por compromiso y nunca mantuvo con ninguno de ellos una conversación de más de un par de minutos. 
El otro Calderón Guardia, aunque tiene sus flaquezas como documento, tiene un gran mérito como esfuerzo. La historia tiene muchas versiones y es de sabios mirar el otro lado de la moneda. Que un combatiente figuerista haya buscado a la esposa del líder contra el cual él empuñó las armas treinta años atrás, es una muestra de madurez, altura moral y buena voluntad. Que la señora lo haya recibido, también.
El prólogo y el diseño de la portada es de Óscar Bákit, un calderonista que militó en las filas contrarias a las de Villegas. No deja de ser simbólico que en la portada aparezcan dos balanzas en blanco y negro. Poco a poco, los resentimientos de la guerra civil de 1948 van quedando atrás. Quienes vivieron los hechos, en todo caso, ya son pocos. Doña Yvonne, Villegas y Bákit ya murieron. Serán las nuevas generaciones quienes, con ánimo sereno y sin emociones intensas, lograrán encontrar matices donde solamente ha habido blanco y negro. Los libros que en los últimos años se han venido publicando sobre la convulsa década de los cuarenta, ya no pretenden ni elogiar ni denigrar a los protagonistas, sino que tratan de comprender y explicar los hechos. 
INSC: 0346

miércoles, 28 de enero de 2015

Óscar Bakit en sus Cuentos Mariachis narra su testimonio de la Guerra Civil de 1948.

Cuentos mariachis. Óscar Bákit.
Editorial Costa Rica, 1991.
Es importante hacer la aclaración de que los Cuentos Mariachis de Óscar Bakit no tienen nada que ver con un alegre grupo de músicos mexicanos. En 1948, cuando estalló la guerra civil en Costa Rica, el gobierno reclutó a numerosos trabajadores de las regiones costeras para que vigilaran la ciudad capital. Aquellos hombres, oriundos de tierras cálidas y soleadas, temblaban  al tener que pasar la noche a la interperie. Para protegerse del frío de San José, se calaban hasta las cejas sus sombreros de ala ancha y se arropaban con una cobija. Vista de lejos, su silueta similaba la de un charro envuelto en un sarape. De ahí surgió el apodo de mariachis. El Doctor Rafael Ángel Calderón Guardia gobernó de 1940 a 1944 y lo sucedió don Teodoro Picado de 1944 a 1948. Esas dos administraciones fueron conocidas posteriormente como el régimen de los ocho años, contra el que se alzó en armas don Pepe Figueres. 
En Costa Rica, desde entonces, se llama mariachi a los partidarios del bando perdedor de la contienda, es decir, a quienes apoyaban a Calderón y Picado. Óscar Bakit, además de pintor, escultor, escritor y publicista, era mariachi y, en este libro, relata su testimonio personal sobre el conflicto y las duras consecuencias que este hecho histórico nacional generó en su vida. 
El gran valor del libro radica precisamente en ser un testimonio personal de alguien que militó en el bando perdedor. La historia la escriben los ganadores, mientras los perdedores guardan silencio. Ya se trate de la Guerra Civil costarricense o de cualquier otro conflicto humano, la versión de los ganadores se impone y se repite, mientras que la versión de los perdedores es ignorada al punto que, con el tiempo, llega a ser desconocida.  Al estudiar determinado hecho histórico, uno puede encontrarse decenas o centenares de libros que dicen lo mismo con distintas palabras y solamente muy pocos que miran los hechos desde otra perspectiva.
Por otra parte, la historia la escriben los investigadores, no los protagonistas. Siempre me ha intrigado que la versión de historiadores que no vivieron los hechos, goce de mayor credibilidad que la de los ancianos que los recuerdan. Los libros de Historia quedan en la biblioteca y los cuentos del abuelo terminan olvidándose.
Quizás consciente de estas circunstancias, Óscar Bákit empieza su libro de una manera verdaderamente atípica. "A usted que ya empezó a leer esto" dice en las primeras páginas "le recomiendo que no siga adelante. Nada de lo que afirmo en este libro se puede probar."  Y más adelante agrega: "Si a alguien se le ocurre hacer una afirmación contando los hechos que ha vivido, pero de los cuales no tiene más documentos que su propia vida, los historiadores se levantarán olímpicamente y dirán: Eso no es Historia."
Bákit era un joven estudiante de Derecho que trabajaba en el Ministerio de Gobernación en los tiempos de Calderón Guardia. Cuando llegó a la presidencia don Teodoro Picado (profesor suyo en la facultad) lo trasladaron a Relaciones Exteriores. Pudo presenciar en primera fila varios entretelones del complicado fin de la administración Picado. Don Teodoro, por la confianza que le tenía, lo envió en misión especial y secreta a Guatemala para entrevistarse con el Doctor Arévalo. Cuando estalló el conflicto armado, Bákit presenció situaciones que relata tal y como las recuerda, con generosas menciones de detalles y de nombres. Allí aparecen don Fernando Soto Harrison, don Julio Acosta y el escritor Carlos Luis Fallas, entre otros. Cuenta también su encuentro personal con don Pepe Figueres cuando entró victorioso a la Casa Amarilla. 
Poco antes del triunfo definitivo de don Pepe, el Doctor Calderón Guardia y don Teodoro Picado, junto con sus familias y colaboradores más cercanos, abandonaron el país rumbo a Nicaragua. Muchos mariachis los siguieron, entre ellos Bákit quien llegó a Managua con un colón y veinticinco céntimos en el bolsillo.  En Nicaragua, los mariachis pasaron verdaderas necesidades que fueron capaces de sobrevivir gracias a la ayuda recíproca. El que conseguía un trabajo, así fuera muy modesto y mal pagado, ayudaba en lo que podía a los otros. A Bákit en un par de ocasiones lo echaron de la pensión en que vivía por no poder pagar la pieza y sus primeras noches en la ciudad de Granada durmió en una banca del parque de la estación.
Gracias al apoyo del artista Rodrigo Peñalba, Bákit obtuvo un puesto como profesor, hizo amigos y, a pesar de la amargura de no estar en su patria, teniéndola tan cerca, tal parece que hizo amigos y disfrutó su tiempo en Nicaragua.
El Doctor Calderón Guardia, con el apoyo de Anastasio Somoza realizó dos intentos armados para retomar el poder, uno en diciembre de 1948 y otro en 1955. Ambos fracasaron y poco a poco los mariachis retornaron a Costa Rica. De vuelta en San José, Bákit montó su agencia de publicidad y denuncia que sufrió alguna persecución política que, sin embargo, no le impidió lograr buenos contratos con instituciones del Estado. 
Bákit tiene versiones muy particulares sobre diversos hechos. Menciona que el Doctor Moreno Cañas iba a ser candidato en las elecciones de 1940, un rumor que circuló con fuerza en su momento, pero del que no hay evidencia documental. Afirma que el movimiento armado de Figueres contó con el apoyo de la oligarquía para derogar las Garantías Sociales y que en las filas del movimiento lucharon cientos de mercenarios de varios países del Caribe. Ambas afirmaciones son falsas. Las Garantías Sociales no solo no fueron derogadas sino reforzadas por Figueres y los combatientes no costarricenses del bando figuerista fueron solamente dieciocho. Por haberse encontrado por casualidad a don Gonzalo Facio en Managua, Bákit sostiene la tesis de que hubo un arreglo entre Figueres y Somoza contra los mariachis, una posibilidad que, más que remota, es absurda. En el libro hay numerosas inexactitudes fácilmente refutables. El tono en que están escritas las historias es en ocasiones apasionado y vehemente. Bákit no disimula ni sus simpatías ni sus antipatías. En un libro de historia, escrito por un investigador metódico, cuidadoso, desprejuiciado y desapasionado, estos deslices serían criticables. Pero en un testimonio personal la pasión, la inexactitud y las afirmaciones contundentes sin respaldo documental son más bien méritos dignos de destacar. No importa que sea subjetivo y apasionado porque, a final de cuentas, dice lo que piensa y lo que siente. No importa que sostenga suposiciones que el tiempo y los hechos demostraron ser falsas, si en verdad eso era lo que creía. Nadie, por otra parte, puede discutirle a una persona lo que vivió o presenció. 
Aparte de su valor como documento histórico y testimonio personal, el libro de Bákit está lleno de historias fascinantes. Las anécdotas son sabrosas e inagotables. Bákit fue gran amigo de Manolo Cuadra y fue huésped de Yolanda Oreamuno en México. Un relato que me impresionó profundamente es el de un joven tico que dejó embarazada a su novia nica cuando ambos tenían apenas quince años de edad. El hijo se casó antes de cumplir los dieciséis y la primera hija de su matrimonio se casó a los trece. Debido a tal precocidad, el tico amigo de Bákit fue bisabuelo a los cuarenta y seis años de edad.
Como aficionado a la historia, me gusta leer investigaciones bien fundamentadas pero también disfruto enormemente prestarle atención a los recuerdos de los señores mayores.  Ellos no se andan con muchas prudencias a la hora de compartir su versión de la historia y, además, saben contarla con pasión.
INSC: 0955



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