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jueves, 23 de abril de 2015

Manglar. Primera novela de Joaquín Gutiérrez Mangel.


Manglar. Joaquín Gutiérrez Mangel
Editorial Nascimento, Chile, 1947.
En esta novela es muchísimo más lo que se insinúa que lo que se cuenta. En sus pocas páginas, porque es un libro breve, todo está insinuado más que expuesto, sugerido más que descrito. Las pocas palabras con que se presentan los personajes bastan para hacerlos reconocibles y memorables. El paisaje se pinta con pocos trazos y hasta los acontecimientos se retratan con imágenes y situaciones fugaces. No hay ni una descripción exhaustiva, ni un solo diálogo extenso, ni una sola escena que se limite a un momento y un lugar determinado. Cada sitio evoca otro, cada hecho del presente lanza la memoria al pasado, cada reflexión despierta otra nueva. 
Pese a estar narrada de manera elíptica, la historia se sigue sin tropiezos ni complicaciones. Cecilia es una joven maestra recién graduada que, en vez de buscar un puesto en una escuela de la capital, decide irse a trabajar a una pequeña comunidad de Guanacaste. Solamente llegar hasta allá fue una aventura que casi le cuesta la vida. Resbaló en el embarcadero y mientras estuvo sumergida bajo el agua, mirando las burbujas, cada vez más grandes que se le escapaban de la boca, su mente se disparó en diversas direcciones: hacia su pasado, hacia su entorno y, muy especialmente, hacia el interior de ella misma. Esa será una constante en todo el libro. Ya sea que esté descansando sobre la rama de un árbol de naranja mirando el enorme y silencioso paisaje despoblado, o en medio de un tumulto en un baile amenizado con marimba y quijongo, o en el silencio de la primera noche lejos de casa en el destartalado cuarto de una pensión, la mente de Cecilia inevitablemente repasa lo poco que ha vivido y lo mucho que no logra comprender. 
Frágil, joven e inexperta, viaja sola hacia un mundo que no conoce y al que no pertenece. Tiene claro que su trabajo será difícil pero está dispuesta a asumir lo que venga sin arrugar la cara. Los compañeros de viaje tratan de ser amistosos. Una señora le aconseja ahuecar el alma para que los golpes no le den de frente. "Claro que para esto hay que saber vivir, y para saber vivir hay que vivir y viviendo es como se aprende."
Cecilia trata de ser cortés, pero en el fondo le molesta que le den consejos cuando ella en realidad lo que quería (y necesitaba) era equivocarse por sí misma para ir aprendiendo. Ella quiere llegar a ser ella misma y aunque aún no tenga claro quién es.
En la escuela (una casa destartalada con un pizarrón y unos cuantos bancos) ella será la única maestra de niños y adultos de todas las edades. El primer día, al pasar lista, le informaron que uno de los estudiantes se había ahogado en el río, pero que su hijo seguiría yendo a la escuela en su lugar. El muchacho le explica que su padre decía que con uno que leyera en la casa era suficiente. Aunque sus estudiantes son pocos, es difícil preparar las clases y realizar actividades que sean de interés tanto para los niños pequeños como para las señoras y señores mayores. También cuesta mantener el orden porque los muchachos jóvenes quieren hacerse los graciosos ante la maestrita. Los recursos son mínimos, las dificultades son muchos y los progresos, si los hay, apenas se notan. Como maestra siempre tuvo predilección por los torpes: niños frente al pizarrón con la tiza en la mano cariacontecidos
Fidel, un muchachito sin familia, huraño pero obediente, que también le ayudaba al maestro anterior, vive con ella en la escuela.  Aunque la diferencia de edad es poca, Cecilia considera a Fidel algo así como un hijo y, al ir observando y conociendo la vida de animalito libre del aquel muchacho, la suya llega a parecerle una burbuja de vidrio. El cura del pueblo considera impropio que ella, tan joven, viva sola con ese muchacho y así se lo manifiesta, pero si lo echa, ¿a dónde iría esa pobre criatura que no tiene familia? 
Grajales, uno de los estudiantes, bueno con el lazo y experto en curar las reses, se interesa por la maestra y un día logra que le acepte una invitación para ir de caza. Fidel los acompaña. Grajales desprecia la agricultura, por considerarla una actividad femenina. Para él, el trabajo de un hombre es con el ganado. El chino de la pensión le debe la vida, porque una vez, en la Línea, Grajales le quitó de encima una serpiente que se le había enroscado sobre el vientre mientras dormía. El rudo sabanero le hace un regalo a la maestra, pero no logra que Cecilia le corresponda. 
En aquella remotidad vive, desterrado por sus padres, un hombre de San José que estudió en París y regresó casado con una francesa que no fue muy bien recibida por su familia. La visita que le hace Cecilia a esta pareja es, como todo lo que vive Cecilia por esos lares, una experiencia extraña, un tanto absurda, entre cómica y horrible.
De regreso en San José, por un azar del destino, Cecilia debe curar a un hombre herido de bala y, con una navaja, logra extraerle el proyectil. También se ve involucrada en actividades políticas clandestinas y vive un par de experiencias en las que ella fue la mayor sorprendida por su propia reacción. 
Aunque ni ella sabe quién es ni qué pretende, intenta comprender a sus padres quienes, desde mucho antes de su larga ausencia en Guanacaste, le parecían un par de desconocidos misteriosos. Su padre, casi hablando para sí mismo, le dice que todo, absolutamente todo, las angustias, los odios, los rencores... todo debemos convertirlo en inteligencia. Solo así podremos ser algo algún día.
Manglar, la primera novela de don Joaquín Gutiérrez Mangel, es una delicia de principio a fin. Antes de esta obra, había publicado dos libros de poemas y al incursionar por primera vez en la narrativa, que sería a la larga su fuerte, don Joaquín mantuvo la concisión, la musicalidad, la fuerza de las imágenes visuales y la profundidad y altura de reflexión propias de los poetas. Manglar es una novela fascinante, conmovedora, transparente y enigmática al tiempo.
Para mí, el título mismo de la novela es un misterio. La he leído varias veces y en ninguna parte he encontrado ninguna mención a un manglar.
Los historiadores de la literatura costarricense han señalado como importantes el hecho de que la protagonista principal de la obra sea una mujer y que la acción se desarrolle en Guanacaste, porque antes de Manglar, publicada en 1947, ni los personajes femeninos ni la región noroeste del país habían sido protagonistas de primera línea. Los aficionados a repetir lugares comunes, por su parte, analizan los contrastes entre ambiente rural y urbano y destacan el compromiso del autor con la denuncia social. 
Como yo no leo para analizar, ubicar, clasificar ni etiquetar, prefiero concentrarme en otros méritos de esta obra. Su estilo, por ejemplo, es impecable. Como decía el Marqués de Te acordás hermano, las palabras tienen que amarse unas a otras y detrás de cada una de ellas debe estar la vida palpitando. Ese principio se cumple plenamente en Manglar. Por cierto, es en Manglar donde aparecen las aves que "se desgajan" al ser abatidas, tal como lo recomendó el Marqués.
Por otra parte, el mayor contraste que encuentro en esta novela es entre el mundo exterior y el mundo interior de Cecilia. Alrededor de ella ocurren muchos acontecimientos interesantes y sorpresivos, pero me parece que la novela narra, principalmente, la enorme transformación que ocurre muy al fondo de ella misma.
Hay una metáfora en el mismo libro que lo expone de manera hermosa. En la infancia somos como una flor y en la juventud la flor se transforma en fruto. Conforme el tiempo pasa, el aspecto y la textura del fruto se deteriora pero, por dentro, la semilla se endurece. Al final el fruto acabará marchitándose y pudriéndose, pero eso no importa, porque la semilla, que es lo que permanecerá, estará lista para seguir adelante. Al principio del libro, Cecilia es tan joven como un fruto fresco. Al final del libro también, pero en el fondo de su personalidad el hueso de su fruta se había endurecido.
INSC 0686

viernes, 31 de octubre de 2014

El maravilloso Marqués.

Te acordás hermano. Joaquín Gutiérrez,
Editorial Costa Rica, 1982.
Todo escritor joven debería leer esta novela. Pedro Ignacio, un joven que a duras penas se gana la vida, además de la lucha, bastante dura, por la subsistencia, saca tiempo para departir con sus amigos y para escribir cuentos. Una tarde cualquiera, al entrar a la habitación alquilada en donde vive, lo recibe una humareda apestosa. Tras abrir la ventana descubre, sentado en la cama, a un personaje extraño, que nunca había visto antes. "¿Cómo entró?" le pregunta, pero el personaje aquel, de cuya pipa había salido el humarascal que hacía el aire de la habitación casi irrespirable, sin responderle, simplemente se presenta como "El Marqués" y le explica que el motivo de su visita es tenía curiosidad por sus cuentos.
A Pedro Ignacio lo halagó que alguien estuviera interesado en su incipiente y totalmente inédita obra literaria, pero seguía molestándole que un perfecto desconocido hubiera entrado a su pieza sin permiso.
El marqués se negaba a dar explicaciones y le insistía Pedro Ignacio que le leyera sus cuentos. "No te la pierdas", le dijo.
"¿Qué cosa?" replicó Pedro Ignacio.
"La crítica que te voy a hacer", contestó El Marqués, apurándolo a empezar de una vez.
Pudo más la vanidad que el asombro. Pedro Ignacio comenzó a leer uno de sus cuentos mientras El marqués fumaba con la vista fija en el cielo raso. Lo interrumpió cuando una palabra no le pareció apropiada. En un cuento, un cazador le dispara a una garza que iba volando y la garza "cayó" del cielo. El verbo, en opinión del Marqués, era inapropiado por seco, por carente de emoción. Tras pensarlo unos instantes, exclamó victorioso: "La garza se desgajó del cielo". Se desgaja algo vivo, una rama o un brazo, y lo que se desgaja muere. La garza herida no podía solamente haber caído. Utilizar el verbo caer, en este caso, se le podría perdonar a un redactor, a un cronista, pero no a un literato.
El Marqués le soltó una pequeña cátedra sobre el arte de escribir que merece ser transcrita:

Escucha: Para hacer un cuento, tú, o yo, o Chejov, o quien sea, solo contamos con tres o cuatro mil palabras. No nos dan más. Y con ese puñado nos obligan a crear seres vivos, urdir una intriga, ambientarlos y más encima estrujarle el corazón al lector. Es un lector que nos leerá en la peluquería, o cagado de sueño antes de dormirse, pero esa impresión le debe durar por lo menos un día. O un año. O mil, si acaso somos geniales. Por eso no podemos darnos el lujo de derrochar, de desperdiciar ni una sola palabra. Cada una debe ser de terciopelo o de cuero de culebra; vibrar, vociferar o susurrar. Además, deben amarse todas entre sí, como en una colmena; besarse, arder juntas. ¿Me estás oyendo? Porque solo así lograremos meterle al lector una brasa en el pecho, dejarle una cicatriz permanente, quemarle algunas neuronas. ¡Joderlo!
Además, detrás de cada palabra debe estar la vida acechando. Y el lector debe sentir de algún modo eso: que detrás de cada palabra está palpitante la vida. ¿Está claro? ¿Entendiste? Pues ojalá. Ojalá porque hay boludos que escriben cincuenta años y se mueren sin haberlo entendido nunca.

El Marqués llegó a la vida de Pedro Ignacio como un gato que se le enredó en las piernas en medio de un pleito de perros. Además de su lector más fiel más atento y su crítico más implacable, se convirtió en su amigo. Era un fastidio, pero un fastidio que llegó para quedarse. Todo en su vida era un misterio. Pedro Ignacio ni siquiera logró averiguar su nombre y al absurdo de su figura, debía sumarle el absurdo de llamar Marqués a un vago que no nunca tenía un centavo encima, que se vestía de harapos, comía por cuenta ajena y no se le conocía domicilio alguno. De su historia, solo circulaban fragmentos tan inversosímiles que no eran dignos de ser tomados en serio.
Pero en Te acordás hermano, hay mucho más que la amistad entre Pedro Ignacio y el Marqués. La novela, ambientada en Chile en tiempos del dictador Gabriel González Videla nos permite conocer a una pléyade de jóvenes idealistas, soñadores, comprometidos con el arte y con el desarrollo social que, aunque no tenían mayores recursos materiales, disfrutaban de la vida como si fuera una fiesta porque, jóvenes al fin, la alegría los desbordaba, el mundo mejor con el que soñaban lo creían posible y tenían todo el futuro por delante. 
Uno de los momentos de la novela que más disfruto al repasarla, es la fiesta en casa de una viuda excéntrica. Aquella señora era tan aficionada a amontonar objetos extraños que los invitados solían permanecer inmóviles en los sillones ya que el ambiente saturado los hacía temer que si estiraban las piernas inevitablemente acabarían botando algo. Los jóvenes de la pandilla se acomodan donde pueden, se sientan en el piso y celebran con una ovación el sonido de cada corcho que sale disparado de la botella. El marido de la anfitriona había muerto asesinado y, presidiendo aquel salón colmado de cosas raras, estaba el corazón de su difunto marido dentro de un frasco de alcohol. La fiesta se extendió tanto y fue tan alegre, que estuvieron a punto de beberse hasta el alcohol del frasco. 
No me sorprendería que aquella fiesta, aquella viuda y aquella sala, no hayan salido de la imaginación de don Joaquín, sino de su experiencia. El tiempo que vivió en Chile, don Joaquín se hospedó en la casa de doña Margarita Aguilar Machado, costarricense, bastante excéntrica, viuda del poeta peruano José Santos Chocano, quien murió asesinado.
Volviendo al Marqués, de la misma forma en que se introdujo en la vida de Pedro Ignacio hasta el punto de ser parte integral de ella, su figura, ridícula y solemne, tan digna de admiración como de lástima, se va introduciendo en los sentimientos del lector. Cuando le llegaron a avisar que había recibido una herencia, el Marqués, que pasaba hambre con frecuencia, despidió a los emisarios con un desplante. Cuando, por una vez en su vida, el Marqués abandona su actitud de superioridad y se lamenta por lo que sufre, al final del discurso sale corriendo por la calle. Como todo en él, su carrera fue absurda, corría como alguien que no hubiera corrido nunca en su vida. Cuando asiste al velorio de Luchito, los amigos se indignan al notar que el Marqués llevaba puesto el abrigo del difunto, robado de su armario. "Lo que les molesta es que todos lo pensaron, pero yo lo hice", se justificó. Para ver mejor al muerto, se alumbró con una vela arrancada del candelabro que acabó chorreando sobre el cadáver. Aquel velorio, como todas las aventuras de la pandilla, fue memorable. Para evitar dormirse, mientras esperaban que amaneciera, jugaron un partido de fútbol en el callejón. Partieron al cementerio en tres taxis. Sobre el techo del primero iba, amarrado, el ataúd de Luchito. Los peatones se volvían a mirarlo. Aquel cortejo fúnebre les parecía tan pobre, tan triste, tan estrafalario. 
Las conversaciones sobre la vida, el arte y la literatura que sostenían el Marqués y Pedro Ignacio se asemejan, en la profundidad de su sabiduría, a las de los filósofos griegos pero les ganan en humor, alegría y sarcasmo. Pedro Ignacio y el Marqués se habían conocido en mayo. En el funeral de Luchito, el enero siguiente, fue la última vez que hablaron. Al despedirse, el Marqués le dijo al oído a Pedro Ignacio: "Si quieres, úsame como personaje." Era lo único en su vida que podía regalar. El lector más atento y el crítico más severo de un escritor, acabaría convirtiéndose en uno de los personajes de sus obras.
Escribir una novela, más que contar historias, es crear personajes. Esto me lo dijo el propio don Joaquín Gutiérrez. Cuando lo escuché, recordé inmediatamente al Marqués y, en mi ingenuidad, le pregunté: "Don Joaquín, ¿cómo hizo usted para crear un personaje tan maravilloso como el Marqués?"
Don Joaquín después de suspirar hondo me respondió: "A un personaje como el Marqués no hay escritor que pueda crearlo." Y tras unos segundos de silencio, como si me contara un secreto agregó: "El marqués existió."
INSC: 1997 
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