viernes, 31 de julio de 2020

Biografía polaca del joven Karol Wojtyla.

Juan Pablo II. George Blazynski.
Cuarta edición en español.
Lasser Press. México. 1983
La gran mayoría de las biografías del papa Juan Pablo II que se han escrito hasta ahora y, muy probablemente, todas las que se escriban en el futuro, están y estarán concentradas en reseñar y analizar su largo pontificado de más de veinteséis años. Admirado por unos y criticado por otros, el papa polaco llegó a ser conocido mundialmente a partir de su elección como Pontífice Romano y será recordado por su desempeño en ese cargo.  Pero Karol Wojtyla fue papa solamente en las últimas décadas de su vida y pocos de los que se ocupan de su figura suelen prestarle mayor atención al hombre detrás del personaje, a sus raíces y las circunstancias en que nació, creció y se formó.
En este sentido, encontré particularmente valiosa y muy interesante la información que brinda el autor polaco George Blazynski en su libro titulado Juan Pablo II, cuya primera edición fue publicada en 1979, apenas un año después de la elección de Wojtyla como papa. En ese momento no había aún mucho que decir sobre su pontificado, que apenas iniciaba, de manera que la mayor parte del libro se ocupa precisamente en reseñar las primeras etapas de la vida del biografiado con el fin de mostrar quién era y de dónde venía este personaje que, por entonces, aún era un desconocido.
La narración es amena y fluida aunque, en la edición que tengo, publicada en México en 1983 por Lasser Press, la traducción tiene algunos tropiezos (verdaderamente pocos, a decir verdad), que supongo se deben a conceptos polacos a los que resultaba difícil encontrarle un equivalente en español. Otro detalle que llamó la atención fue que gran parte de las personas entrevistadas eran citadas como el Sr. M, la señora S, o el padre F. Por alguna razón, el autor o los propios entrevistados, consideraron conveniente que esas personas, que vivían en Polonia, gobernada entonces por un régimen comunista que era bastante policiaco, no fueran identificables a pesar de que sus declaraciones no tuvieran nada de políticas y fueran puramente anecdóticas.  
De hecho, una de las afirmaciones más repetidas en el momento de la elección de Wojtyla era que venía de un país comunista en que la Iglesia era perseguida. Al brindar coordenadas históricas y nacionales, el propio autor aclara que esa afirmación no es del todo exacta. En Polonia, a finales de la década de los setenta, de treinta y cuatro millones de habitantes, más de treinta y tres millones se declaraban católicos, estaban bautizados y frecuentaban la catequesis y los sacramentos. Dentro de esa apabullante mayoría estaban, irónicamente, hasta los propios cuadros, dirigentes y funcionarios del Partido Comunista. Los polacos estaban convencidos de que el sistema comunista era algo impuesto desde afuera y, por ello, consideraban que quienes desempeñaban cargos en el gobierno o en el partido comunista local, eran en el fondo patriotas que hacían lo mejor que podían dentro de las circunstancias existentes. Aunque hasta el propio Cardenal Primado Stefan Wyszynski, así como muchos otros sacerdotes incómodos, fueron arrestados y pasaron temporadas como prisioneros, lo cierto es que las autoridades eclesiásticas, con el propio Wyszynski a la cabeza, también hacían lo que podían dentro de las circunstancias existentes. Más que confrontación, entre la Iglesia y el Estado polaco existía un permanente estado de negociación en que cada parte calculaba en qué puntos podía ceder, hasta dónde y en qué momento. Esas negociaciones dieron sus frutos. En Polonia cada diócesis tenía su propio seminario, los aspirantes al sacerdocio eran tantos que muchos candidatos no eran admitidos, la Iglesia tenía editoriales, medios de comunicación y, como la cereza del pastel, la Universidad de Lublin, tenía la peculiaridad de ser la única universidad católica del mundo que funcionaba normalmente dentro del bloque comunista.
La explicación de este extraño fenómeno se encuentra en la historia. Como es sabido la II Guerra Mundial empezó con Polonia ocupada por la Alemania de Adolfo Hitler y terminó con Polonia ocupada por la Unión Soviética de Josef Stalin. Y si nos vamos más para atrás, vemos que durante siglos Polonia ha sufrido, alternativamente, el ataque del este y el ataque del oeste. Las fronteras polacas se han movido por las incursiones de los vecinos y hasta hubo épocas en que el país simplemente desapareció del mapa, al ser anexado a otras potencias. Buena parte de la identidad nacional polaca radica, precisamente, en su catolicismo, frente a los rusos, que son ortodoxos, y los alemanes, que son protestantes. Como el país no se vio sacudido ni por la Reforma ni por la Ilustración, desde tiempos medievales, los obispos polacos, además de pastores religiosos, han sido considerados por el pueblo como líderes sociales, sea cual sea el régimen político imperante.
Por cierto, una de las críticas que se le han hecho a Juan Pablo II es que en ocasiones parecía no comprender, como Pastor Universal, que la Iglesia, en distintas partes del mundo, Africa, Asia, América Latina, los Estados Unidos, los distintos países de Europa e, incluso, la misma Italia, a nivel social e histórico se había desarrollado de manera muy distinta a la de su Polonia natal, por lo que obispos, clero y fieles (incluyendo los más apegados al Magisterio) se movían dentro de una dinámica que a él, con frecuencia, le resultaba difícil de aceptar.
Karol Wojtyla junto a su padre, que se llamaba también Karol Wojtyla.
Pero no nos distraigamos con el Papa y concentrémonos en el hombre. Karol Josef Woytila nació en 1920, apenas dos años después de que Polonia, tras la Primera Guerra Mundial, volviera a aparecer como Estado independiente y soberano en el mapa de Europa. Fue parte entonces de la primera generación de niños nacidos con nacionalidad polaca en más de siglo y medio. Su padre, que también se llamaba Karol, era un capitán del ejército austrohúngaro que se había retirado con una pensión bastante baja, por lo que mantenía la familia con cierta estrechez económica. El abuelo paterno, Maciej Wojtyla, trabajaba como sastre en una aldea rural.  Su madre, Emilia Kaczorowska, era de Silesia, por lo que desde que aprendió a hablar pudo hacerlo en tres idiomas: polaco, alemán y checo. Aunque el pequeño Karol nació en una remota aldea de apenas quince mil habitantes donde todos hablaban polaco, su madre le hablaba mayormente en alemán y a veces también en checo, por lo que el niño, al igual que ella, creció hablando varios idiomas. Por ser políglota de nacimiento y por herencia, en la escuela secundaria, destacó en las clases, que eran verdaderamente difíciles para otros, de latín y griego clásico. Antes de cumplir los veinte años ya hablaba francés. Fascinado por los textos de San Juan de la Cruz, aprendió español. Recién ordenado sacerdote fue enviado a estudiar a Roma donde aprendió italiano. Pronto llegó a dominar también el inglés, el holandés y el portugués y, como era aficionado a las obras literarias, históricas y filosóficas, por su facilidad para los idiomas, desde joven tuvo oportunidad de leer los libros que le interesaban en la lengua original en que fueron escritos.
Su conducta juvenil, sin embargo, no era la del típico ratón de biblioteca. Como fue electo papa a los cincuenta y ocho años de edad, el autor del libro tuvo oportunidad de entrevistar a numerosos amigos, vecinos y compañeros de escuela, quienes lo recordaban como un muchacho alegre que cantaba bien, bailaba bien, tenía gracia para contar chistes, le gustaba ir de excursión y acampar en las montañas, era bueno nadando y remando, cuando jugaba futbol lo hacía como portero y era en verdad difícil meterle un gol y, como si fuera la cosa más normal del mundo, organizaba con sus amigos paseos de ciento cuarenta kilómetros en bicicleta. Tanto él como sus amigos eran pobres, pero se las arreglaban para divertirse. Por ejemplo, jugaban hockey con cualquier pelota, empujándola con la escoba que cada uno había tomado prestada de la casa.
Aunque ya era Papa, todos los entrevistados se referían a él como Lolek, el diminutivo de su nombre. Karol es Carlos en polaco, por lo que Lolek sería Carlitos. 
La casa donde nació Karol Wojtyla, hoy convertida en un museo en su memoria, es una mansión de varios pisos. Naturalmente, una residencia así estaba fuera del alcance de los recursos de un capitán retirado con una pensión mínima. En realidad, la construcción era un edificio de apartamentos en que numerosas familias alquilaban cuartos estrechos, mal ventilados y mal iluminados, muchos de los cuales no contaban ni siquiera con cañería y los habitantes debían traer el agua en baldes desde una pila común que había en el patio.
La madre de Karol murió cuando él tenía nueve años. Su único hermano, Edmundo, murió cuatro años después. Al quedarse solos padre e hijo, se trasladaron a vivir a la cercana ciudad de Cracovia, donde alquilaron una habitación en un sótano. El lugar era tan oscuro y estrecho que los vecinos lo llamaban "Las catacumbas". Al principio, el padre limpiaba, lavaba y cocinaba para que el hijo se dedicara a sus estudios, pero el señor enfermó y debió quedarse en cama. Por ese tiempo, Karol trabajaba en una cantera picando piedras con mazo y, al cobrar el sueldo, iba al mercado a comprar comida, pero debía recurrir a familias amigas, o a sus primas que vivían en el piso de arriba, para que le cocinaran lo que había conseguido y después poder llevárselo a su papá. Una tarde que fue a dejarle la cena, lo encontró muerto. Con apenas veinte años de edad, ya había perdido a toda su familia más cercana. De parientes, solamente le quedaban su tía Estefanía (hermana de su padre), con quien pasaba la Navidad y la Pascua, así como algunas primas. Una de ellas, María Wisdrowska, era su madrina. La señora aún vivía cuando su ahijado se convirtió en Papa y le parecía increíble que aquel niño recién nacido que ella había sostenido en sus brazos cuando recibía el agua del Bautismo se hubiera convertido en pastor universal de la Iglesia.
Karol Wojtyla en la Legión Académica, servicio militar
que debía cumplirse para entrar a la universidad.
El libro aclara dos puntos importantes. Hay una fotografía en que Karol Wojtyla aparece con uniforme, alineado con otros soldados. La imagen se ha prestado para interpretaciones erróneas y algunos han supuesto que el futuro Papa participó en la defensa de Polonia ante la ocuapción nazi. En realidad la foto es anterior al inicio de la guerra y se trata de lo que se llamaba "La legión académica", un breve servicio militar que debían prestar los estudiantes antes de ser admitidos a la universidad. El segundo punto es la razón por la que Karol trabajó, primero como peón en una cantera y luego como obrero en una fábrica de productos químicos. Además de la necesidad económica, ya que la devaluada y ya de por sí baja pensión del padre apenas daba para cubrir lo más elemental, en la Polonia ocupada por los nazis, si una patrulla alemana detenía en la calle a un hombre joven que no tuviera un trabajo fijo, corría el riesgo de que lo arrestaran y lo enviaran a un centro de trabajos forzados en condición de esclavo. El temible campo de concentración de Auschwitz era la opción más cercana. 
Cuando entró a la universidad, Karol, que era gran lector y hablaba ya varios idiomas, eligió la carrera de Filología polaca. Las clases del profesor Urbanczyk, gran autoridad en lingüística y literatura, eran muy exigentes y ponían a los estudiantes a sudar frío en cada examen oral. Karol admiraba la erudición del profesor pero no estaba de acuerdo con su método. En la Facultad de letras, entabló una gran amistad con un compañero de su misma edad, Juliusz Kydrynski, quien llegaría a convertirse en un escritor muy popular en Polonia. Poco después de la guerra, Kydrynski publicó una novela autobiográfica titulada Tapima, en que su amigo Karol aparece como personaje. El Karol de la novela es un joven alegre y optimista que trabaja en una cantera volando mazo y llevando piedras en carretillo.  
A diferencia de su amigo Kydrynski, Karol no escribía narrativa, sino poesía. Hay un poema juvenil suyo sobre las manos callosas y agrietadas de un peón que resulta en verdad conmovedor, entre otras cosas por el hecho de que el poema no tiene nada de pose artificial ni visión idílica, sino que en realidad fue escrito por Wojtyla con sus manos callosas y agrietadas de trabajador.
Desde que estaba en la primaria, además, Wojtyla era actor de teatro y, en su época de estudiante universitario llegó también a escribir obras dramáticas. En 1940, durante la ocupación nazi, se integró a un grupo llamado Rhapsody, que organizaba veladas para representar obras clásicas de la literatura polaca. Las funciones, que eran clandestinas, se realizaban en recintos pequeños y, en vista de que no contaban con escenografía, utilería, vestuario y ni siquiera espacio para moverse, se hacían solamente recitadas. Lo que se quería presentar, en todo caso, era el texto.
Karol Wojtyla en sus tiempos de obrero.
Después de la guerra, Wojtyla publicó sus poemas, obras teatrales, así como artículos de opinión y crítica literaria con el pseudónimo de Andrzej Jawien. No los publicaba con su nombre porque, como ya para entonces era sacerdote, no le parecía apropiado que sus feligreses se enteraran que su párroco dedicaba parte de su tiempo a escribir y comentar literatura, sobre todo por el hecho de que los más beatos de su comunidad le recriminaban sus constantes salidas al cine y al teatro.
Políglota, lector voraz y de intereses muy amplios, aficionado a las películas, los conciertos y las representaciones escénicas, Wojtyla, curiosamente, nunca tuvo radio ni televisor, porque consideraba que esos aparatos solamente servían para perder el tiempo.
Era muy sociable, le gustaba conversar con todo el mundo. Disfrutaba conocer gente nueva y no perdía el contacto con amigos de otros tiempos. Su mejor amigo de la infancia, Kluger, a quien visitaba todos los días, era judío hijo de rabino. Tenía amigos de barrio, de escuela, de deporte, de literatura, de teatro, de filología, de excursiones y estaba pendiente que ninguno se le desapareciera por mucho tiempo. Todos los años se reunía con sus compañeros de escuela primaria y, cuando fue nombrado obispo y, posteriormente, cardenal, la cita anual se celebraba en el Palacio Episcopal. Nunca olvidaba una cara ni un nombre y, cuando conocía a alguien se interesaba por saber detalles de su vida. En su afán de mantenerse al tanto de la andanzas de todas las personas que conocía, a veces se ponía demasiado preguntón y sus amigos de más confianza, para detener el interrogatorio, le hacían ver, en su propia cara, que uno de sus principales defectos era que le gustaba mucho el chismorreo.
Todos los que lo trataban sabían que Karol era creyente, que iba a Misa, que se detenía todos los días un momento en una iglesia para orar, pero ninguno creyó nunca que tuviera intenciones de ordenarse sacerdote. Con lo hablantín que era, se mostraba muy reservado con su espiritualidad, que procuraba mantener en privado, casi en secreto. En lo religioso, su gran guía y mentor no fue un cura sino un laico, Jan Tyranowski, un hombre viejo, pobre y sin estudios, que vivía solo, trabajaba de sastre y reparaba zapatos, con quien se reunía para rezar el rosario y compartir devociones. El estudiante brillante, el gran intelectual lector de filosofía, el erudito que dominaba más de media docena de idiomas, consideraba que aquel anciano analfabeto que vivía en la miseria era quien le mostraba la verdad de la fe y quien realmente lo acercaba a Cristo. El primer artículo publicado de Wojtyla, titulado "El apóstol" fue escrito en memoria de Tyranowski.
Nadie sabía que Wojtyla había tomado la decisión de ser sacerdote. Por el día trabajaba en la fábrica, vivía solo en un cuarto alquilado y los estudios eclesiásticos los realizaba a escondidas, en citas clandestinas con los formadores, que apenas daban tiempo para recibir textos, entregar la tarea y compartir unas cuantas palabras. El 6 de agosto de 1944, cuando ya los nazis la estaban viendo fea en todos los frentes, las patrullas de la Gestapo y de las SS se tiraron a las calles de Cracovia y, con sus ametralladoras, realizaron una matanza en la que solamente les perdonaron la vida a las mujeres, los niños y los ancianos. Los cadáveres de todos los hombres adultos que encontraron a su paso quedaron tendidos en la calle. Por si hechos como los de ese día, que fue conocido como Domingo Negro, llegaran a repetirse, el Arzobispo Adam Sapieha dispuso que todos los jóvenes que de manera secreta se preparaban para el sacerdocio, se trasladaran a vivir en el Palacio Episcopal.
Karol Wojtyla desapareció de la fábrica y del cuarto que alquilaba. En noviembre de 1946 fue ordenado sacerdote. Tuvo la intención de ingresar a la orden carmelita, pero el Arzobispo Sapieha tenía otros planes. Lo envió a Roma a sacar un doctorado y lo que vino luego ya es conocido. Fue profesor universitario, obispo, arzobispo, cardenal y finalmente, fue electo papa con el nombre de Juan Pablo II.
La imagen que ha quedado de él es la de un anciano que fue en vida, y sigue siendo tras su muerte, objeto de discusiones y controversias. Pero quienes se ocupan de él, hablan de Juan Pablo II, el papa, y no de Karol Wojtyla, el joven lector, deportista, dramaturgo, poeta, actor y políglota que nació y creció en la pobreza y que a los veinte años ya había perdido a su familia inmediata. Si no hubiera sido electo papa y, es más, incluso si no se hubiera ordenado sacerdote, tal vez no habría llegado a ser conocido más allá de Cracovia pero, en todo caso, seguiría siendo un personaje interesante.
INSC: 0175
Karol Wojtyla en una de sus habituales excursiones.

jueves, 11 de junio de 2020

Henri Pitter. Científico suizo que trabajó en Costa Rica.

Henri Pittier.
Adina Conejo.
Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.
San José, Costa Rica. 1975
El científico Henri Pittier realizó valiosas investigaciones sobre la flora, la fauna y los pueblos autóctonos en Costa Rica, México, los Estados Unidos, Panamá, Guatemala, Colombia, Ecuador y Venezuela. Nació el 13 de agosto de 1857 en Suiza, en el cantón de Vaut, y desde niño se mostró tan obsesionado por la naturaleza que dejó de ir a la escuela para poder dedicar todo su tiempo a enriquecer sus colecciones de piedras, hojas, raíces, insectos y partes de cuerpo de animales. Sus padres y maestros debieron convencerlo de que, si en verdad le interesaba tanto la ciencia, en vez de abandonar los estudios, más bien debería procurar profundizarlos. Un poco a regañadientes y sin dejar de lado sus excursiones por la montaña y su cada vez mayor colección de muestras animales, vegetales y minerales, terminó con éxito la primaria y la secundaria. 
Curiosamente, al entrar a la universidad, no optó por estudiar biología, botánica, entomología, zoología, ni agronomía, sino que se graduó como Ingeniero Civil en la Universidad de Jena, en Alemania. Años después, de regreso en Suiza, obtuvo el Doctorado en Filosofía en la Universidad de Laussana. De alguna forma, el niño rebelde se salió con la suya, ya que, aunque obtuvo títulos universitarios, las áreas de conocimiento a las que se dedicó y en las que se destacó, las estudió por si mismo de manera autodidacta, tanto en libros como en investigaciones de campo. 
En Suiza, investigó el cerebro y lo hábitos de los cuervos y dirigió un centro meteorológico. Realizó también viajes de investigación a Africa y Asia Menor.
Su traslado a Costa Rica fue fruto de una coincidencia bastante trágica. El famoso Marqués de Peralta, don Manuel María Peralta Alfaro, Embajador de Costa Rica en Europa, recibió el encargo de contratar un profesor de ciencias para que viniera al país a impartir clases en el Liceo de Costa Rica y el Colegio Superior de Señoritas. El elegido fue un señor de apellido Wettstein, quien aceptó el cargo y firmó el contrato, pero semanas antes de la fecha fijada para el viaje, salió a dar un paseo por el bosque y no apareció nunca más. Cuando se le dio definitivamente por perdido, Henri Pittier, entonces un joven de apenas treinta años,  se dirigió al Marqués y le manifestó su interés en el puesto. Naturalmente, a Pittier lo que lo ilusionaba no era dar clases de secundaria, sino tener la oportunidad de explorar la selvas del trópico, que conocía solamente por los libros. El Marqués tuvo sus dudas. Le habían pedido un profesor de ciencias y Pittier era un ingeniero civil con Doctorado en Filosofía. Cuando un candidato no está calificado para un puesto, simplemente se le dice que no y se acabó, pero cuando más bien está sobrecalificado, si insiste, lo obtiene. Pittier insistió y el Marqués, muy satisfecho, lo envió a Costa Rica. El científico suizo desembarcó en Limón, con su esposa e hijos, el 27 de noviembre de 1887.
Como es fácil de suponer, Pittier apenas impartió clases solamente unas cuantas semanas. Con toda la naturaleza que lo rodeaba, era imposible mantenerlo encerrado en un aula. Las aulas, en todo caso, desde niño no le gustaban. 
Recién llegado, por cierto, casi corre que la misma suerte que el profesor Wettstein, el que se perdió en los Alpes. Recorriendo Costa Rica con un pequeño grupo de siete hombres, por la bruma, se perdieron durante todo un mes en el Cerro de la Muerte, que entonces se llamaba Cerro Buenavista. Ya los daban por muertos cuando aparecieron. En otra ocasión, se encontró en el monte unas hojas que pensó que eran familia de una variedad europea muy similar, se las comió y acabó intoxicado. Estos gajes del oficio no lo desanimaron y Pittier recorrió todo el país. Y al decir todo el país, es literalmente todo el territorio nacional, ya que no solo anduvo por las cordilleras de cerros y volcanes, Talamanca, Térraba, las llanuras de San Carlos, la pampa Guanacasteca y las penínsulas de Nicoya y de Osa, sino que fue también hasta la isla del Coco. En sus giras, fiel a su costumbre de toda la vida, recolectaba hojas, cortezas, muestras de suelos, rocas, insectos y animales disecados. Estas colecciones las almacenaba, cuidadosamente clasificadas, en el Museo Nacional, fundado por iniciativa suya en 1888. Cuando Pittier salió de Costa Rica, dejó dieciocho mil colecciones de plantas en las que se registraban unas cinco mil especies. Lamentablemente, todas esas muestras, por no haber sido conservadas adecuadamente, se las comió el comején. Lo más triste y vergonzoso, es que un herbario de proporciones mayores, que Pittier realizó en Venezuela, aún se conserva.
Pittier fue también el fundador del Instituto Meteorológico Nacional y del Instituto Físico Geográfico.
En 1901, Pittier dejó de trabajar para el gobierno de Costa Rica y, sin su consentimiento y sin que el gobierno se molestara en informárselo, fue cedido a la United Fruit Company. Con la compañía bananera realizó estudios fitológicos y de suelos hasta 1904, año en que se traslada a los Estados Unidos para trabajar como funcionario federal en el Departamento de Agricultura en Washington. Naturalmente, no estuvo sentado en un escritorio, sino que fue enviado a largas misiones en México, Guatemala, Panamá, Colombia y Ecuador. En Guatemala, realizó importantes descubrimientos que sirvieron para combatir las plagas que afectaban el cultivo de algodón. En Panamá, investigó y catalogó los árboles maderables. Como además de la naturelaza le interesaban los pueblos y su cultura, aquel suizo que cuando llegó a Limón no hablaba una sola palabra de español, llegó a dominar las lenguas indígenas centroamericanas. Le llamó la atención que su conocimiento de lenguas indígenas le permitía comunicarse más o menos fluidamente con los aborígenes de México a Costa Rica. Con los de Panamá, ya el asunto se complicaba, porque había diferencias notables, y cuando habló con indígenas del Valle del Cauca, en Colombia, se percató que su lengua era totalmente otra, sin relación alguna con las que ya conocía. En Ecuador, ni siquiera intentó buscar coincidencias, porque sabía que, si quería hablar con los indígenas en su lengua, tenía que empezar de cero.
En 1913 visita por primera vez Venezuela, país en el que radicaría permanentemente desde 1919 hasta su muerte en 1950. Aunque se instaló en Venezuela cuando ya tenía sesenta y dos años edad, su labor en ese país fue asombrosa como botánico y fitogeógrafo. En Venezuela, una reserva natural lleva su nombre, sus obras completas fueron publicadas y sus colecciones son conservadas como un tesoro.
Henri Pittier.
Nació en Vaud, Suiza, el 13 de agosto de 1857.
Murió en Venezuela el 27 de enero de 1950.
Vivió en Costa Rica de 1887 a 1904.
Es triste decirlo, pero en Costa Rica el trabajo de Pittier no fue apreciado. El asunto va más de que el comején se comiera su herbario. Pocos costarricenses le han prestado atención a su figura. Hay algunos artículos de José Antonio Echeverría, Federico Gutiérrez Braun, Octavio Castro Saborío y Luis Felipe González Flores sobre Pittier, pero no se ha publicado una buena biografía suya y su nombre no ha sido tan destacado como en Venezuela, donde reconocidos escritores, entre los que se puede nombrar hasta a Arturo Uslar Pietri, se han ocupado de él.
Por algunas cartas que se conservan de Pittier, ha quedado constancia de que, mientras estuvo en Costa Rica, sufrió en carne propia la serruchada de piso. Sobre el asunto, vale la pena prestarle atención a un dato anecdótico. Las exploraciones científicas las realizaba Pittier con dos compatriotas suyos, Paul Biolley y Adolphe Tonduz. Los suizos tenían como asistente a don Anastasio Alfaro quien, a la larga (y sin que él tuviera nada que ver en ello), acabó llevándose las flores. Son numerosos los artículos y hasta libros que indican que don Anastasio fue quien fundó el Museo Nacional, el Instituto Meteorógico y el Instituto Geográfico, que fueron fundados por Pittier. Las investigaciones se le atribuyen al tico mientras que el suizo que se fue y nunca más volvió cayó en el olvido.
Los esfuerzos que hubo por ensalzar su memoria fracasaron. En 1949, la Universidad de Costa Rica tuvo la intención de publicar las obras completas de Pittier, pero nunca lo hizo. El Ministerio de Educación iba a ponerle su nombre a una escuela, pero cambió de parecer al último momento ya que los vecinos del lugar preferían que la escuela llevara el nombre de un líder comunal y no de un suizo que ni sabían quién era. Don Manuel Bonilla, admirador de Pittier, donó un terreno para que se hiciera un parque y se le levantara un monumento, pero al final el terreno se utilizó para otros fines. Hasta donde sé, el ensayo Plantas usuales de Costa Rica, publicado en Washington en 1908, no ha tenido una edición costarricense.
Henri Pittier. Naturalista, botánico y etnógrafo.
Dentro de lo poco que se ha publicado sobre Pittier en Costa Rica, hay un libro de Adina Conejo, publicado por el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes en 1975, que además de una breve biografía, incluye una pequeña antología de cartas y varios artículos suyos. Me hizo mucha gracia que, precisamente cuando estaba leyendo su artículo sobre las frutas de Costa Rica, fui al supermercado y me encontré que estaba en oferta una "ensalada exótica" de palmito y pejibaye. Aquello debió haberse llamado más bien "ensalada autóctona",. porque,. como bien dice Pittier,. la mayoría de las frutas que se consumen en Costa Rica son exóticas. El mango, el banano, la piña, la sandía, el durazno, el higo, las dos clases de mamones, el limón, la naranja, la mandarina y la toronja, entre otras, son exóticas, es decir, fueron traídas de otro lado. Mientras que el palmito, el pejibaye, el marañón, el zapote y el caimito, por citar algunos, no tienen nada de exótico, son más bien autóctonos porque siempre han estado aquí.
Son verdaderamente fascinantes su descripción del río Térraba, la explicación que da sobre el origen de la Laguna de Fraijanes y las observaciones que hace sobre la conducta de los monos cara blanca. Hasta al escribir textos científicos Pittier logra ser ameno y entretenido. Pero los artículos que más disfruté fueron los etnográficos, los que tienen que ver con la gente y sus costumbres. Particularmente interesante es lo que cuenta de los ritos funerarios de los bribris. Al muerto le hacían dos entierros. Primero lo enterraban durante unos meses en un terreno húmedo, cerca de la casa, para que el cuerpo se pudriera rápido. Luego sacaban los huesos, los hacían un paquete compacto y le hacían un segundo entierro, ya definitivo, en la montaña, lejos del poblado. Cuando estuvo de visita en Nicoya, en 1904, entrevistó a José Silverio Gómez, un hombre sano, fuerte y lúcido, que había nacido en 1801 y tenía, por tanto, ciento tres años de edad. Recordaba claramente la independencia y la anexión. En el pueblo había viejitas que no sabían que edad tenían, pero se acordaban de él cuando era niño. Pittier no se atreve a plantear una hipótesis sobre la causa del fenómeno, pero  en Nicoya se encontró con hombres y mujeres de ochenta, noventa, cien años y aún más, montando a caballo, trepando a los árboles y picando leña con hacha. Para quien no conozca la zona tal vez resulte difícil de creer, pero la longevidad en Nicoya aún se mantiene sin que nadie sepa por qué.
INSC: 1902

sábado, 23 de mayo de 2020

Todas las que eres. Poesía de Joan Bernal.

Todas las que eres. Joan Bernal.
Editorial Arboleda. Costa Rica. 2019.
Cuando a un hombre le preguntan si ha habido muchas mujeres en su vida, generalmente se asume que el recuento se limita a las protagonistas de historias románticas o eróticas. Sin embargo, además de las amadas y las amantes, que no suelen ser, por cierto, las más importantes ni memorables, en la vida de todo hombre hay muchas otras mujeres: la madre, la abuela, las tías, la maestra, las compañeritas de escuela y las vecinas del barrio. Están también las que provocaron, sin enterarse nunca de ello, las primeras fascinaciones, los primeros enamoramientos. Y la lista continúa con mujeres que fueron un alivio y mujeres que fueron un tropiezo. La que nos hizo perder la cabeza, la que nos volvió locos en todo el sentido de la palabra, la que nos despertó sentimientos de admiración, ternura, sensibilidad o pasión que ni siquiera sabíamos que cargábamos dentro. Aquella a la que queríamos aproximarnos y aquella otra de la que procurábamos alejarnos. La inalcanzable y la alcanzada. La que nos abandonó y la que abandonamos. La que era como una sombra que nunca llegamos a conocer. La que nunca ni siquiera supo de nuestra existencia ni, mucho menos, de la altura del pedestal al que la habíamos elevado. Y también, por supuesto, la cercana, la confidente y queridísima, con la que no hubo fascinación, atracción ni deseo, pero que llegó a ser una verdadera amiga.
La mujer no es una idea abstracta, sino una realidad concreta o, más bien, muchas realidades individuales. Los prejuicios son fruto de las generalizaciones. Cuando se concentra la atención en un ser individual se descubre que es único, por lo que colgarle una etiqueta resultaría, además de injusto, inexacto. 
El libro Todas las que eres, de Joan Bernal, publicado por la Editorial Arboleda en 2019, reúne textos, la gran mayoría breves, dedicados a mujeres concretas. A lo largo de su vida, Joan se ha encontrado en su camino a muchas mujeres cuya presencia o ausencia, lo ha impactado al punto de hacerlo escribir poemas. No se trata de uno de esos libros que tanto abundan, en que el escritor asume el papel de versificador inspirado o de macho alfa y se refiere a "la mujer" que, como la Dulcinea de don Quijote, es una criatura inventada que solamente existe en su imaginación. Todo lo contrario. Más que escribir este libro, podría decirse que Joan lo recopiló, ya que la mayor parte de los poemas incluidos ya habían sido publicados en otros libros suyos. Visto así, podría decirse que este es su primera obra temática. 
Por las páginas del libro desfila una variada secuencia de mujeres que van desde la madre agonizante que no acaba de tomar la decisión de partir, hasta la actriz de películas para adultos, ya muerta, cuya carne se pudre en la tierra porque la enfermedad no respeta ni la belleza más espectacular.  Allí esta Gina, cuyos ojos le pide a Dios poder ver al menos una vez más, la escritora Ana Istarú y su impresionante presencia, una muchacha de Texas y otra de Iowa, la misma Laura con la que compartía el cansancio de sentirse más perfectos que los otros y la tipa, "sucia y fétida, que se cree más que yo, y lo es". Allí está la que es capaz de iluminar lo más oscuro y la que acaba oscureciendo hasta lo más claro. Está hasta la vecina de enfrente, casada y con hijos, que siempre se mostró curiosa pero nunca se atrevió a quitarse la curiosidad y no era más que una sombra que se movía tras la cortina cada vez que el solterón del otro lado de la calle, mirándola de reojo, se demoraba arreglando el jardín.
Con unas la cercanía fue breve pero, aunque desaparecieron tan abruptamente como aparecieron, dejaron huella y hasta cicatriz. La compañía de otras llegó a ser prolongada y, de alguna manera, hasta permanente. Con algunas de ellas alcanzó una unión plena, pero otras ni se dejaron conocer o ni daban ganas de conocerlas. Algunas (el poeta lo dice con franqueza) no eran más que un cuerpo. 

"Tu alma no importa aquí. 
Tu alma es un avalorio. 
Un cuerpo. Fuiste un cuerpo.
Juzgada por la carne
merecés la gloria."

Hay remembranzas de relaciones dispares en que cada miembro de la pareja pretendía obtener del otro algo distinto de lo que el otro podía darle. "Amor no hubo, y sin embargo lo nombro."
A alguna se atreve a decirle "Quédate. Acompáñame los días que yo viva", pero, realista y resignado declara: "Yo sigo agradecido con todas las mujeres que no quieren perder su tiempo conmigo."
Joan Bernal hace tiempo dejó de ser lo que se suele llamar "un poeta joven". Sus libros demuestran que su poesía no promete, sino que cumple. Las vanguardias infantiles, los malabares y florituras, las audacias para la gradería o las provocaciones gratuitas nunca lo sedujeron. Como poeta, Joan ha logrado plasmar su rica experiencia de vida en la página en blanco con un lenguaje esmerado que logra tanto mostrar como insinuar. Sus amplias, numerosas y bien asimiladas lecturas de poetas de distintas épocas, le han permitido definir un estilo propio, en que tal vez se pueda descubrir alguna influencia pero nunca una imitación. Tiene el enorme mérito, bastante difícil de alcanzar, de ser expresivo, sin caer en lo retórico; ser contenido y breve, sin caer en lo tosco; y ser capaz de utilizar un lenguaje directo y hasta, en ocasiones, áspero, sin caer en lo grotesco. 
Pero, aunque la poesía se exprese con palabras, lo verdaderamente importante no es la técnica ni la habilidad sino, más bien, lo que está detrás de las palabras: la experiencia vivida, la emoción experimentada y el sentimiento con que se evoca todo aquello para plasmarlo de manera total en apenas unas cuantas líneas. En este sentido, Joan logra alcanzar cimas de expresividad y concisión a los que pocos llegan.
Cada página de este libro es un mundo aparte. Al evocar las mujeres de su vida, Joan no se concentró en sus amadas y sus amantes, sino que brindó un abanico amplio de figuras femeninas inolvidables. Sería inexacto, entonces, calificar esta obra como poesía romántica o erótica ya que, en conjunto es mucho más que eso. Sin embargo, a la hora de escoger un pequeño botón de muestra para compartir, opté por las últimas líneas del poema titulado Desvelo.


Desvelo

(Fragmento)

En tu casa huele a que los dos deseábamos
tocarnos con las manos
que ahora se completan húmedas
de pura agua de zozobra.
Suelto una pequeña lágrima en tu espalda
y en tu piel se hacen ondas mientras veo
mi cara en las mitades
de tu espalda y tu pelo.
En lo que va de estas horas
te has sentado y tendido
de pie desde que el lápiz se paró en su punta.
Si esta es la alegría
siempre estuve triste.



INSC: 2775

sábado, 11 de abril de 2020

Literatura juancarlista.

Jun Carlos I esperanza de España.
No indica autor. Publicaciones Españolas.
Madrid, España. 1975.
Durante toda su larga dictadura, Francisco Franco no solamente acaparó todo el poder, sino también toda la atención. Cualquier realización estatal, desde las obras más ambiciosas hasta las más realizaciones más modestas, era fruto de la iniciativa y esfuerzo del Caudillo. Los ministros y demás funcionarios del gobierno eran casi invisibles. Su sucesor no fue la excepción. En 1969, Franco anunció que su sucesor en la jefatura de Estado sería, con título de rey, don Juan Carlos de Borbón, pero desde ese anuncio, hasta su proclamación como monarca, en 1975, solamente de manera muy esporádica el joven príncipe aparecía en las noticias. Mientras Franco viviera, nadie, ni su sucesor, podía tener protagonismo.
Juan Carlos, o don Juanito, como lo llamaban entonces, era un misterio. Joven, alto, rubio y atlético, el príncipe era bien recibido dondequiera que llegara. Se mostraba sencillo, abierto y natural, bromeaba con los interlocutores y los hacía reír pero, pese a su simpatía y don de gentes, sus discursos no pasaban de un saludo amable y breve. Nadie sabía lo que pensaba del pasado, del presente ni del futuro.
Más que el heredero de la corona, era considerado el heredero de Franco. De hecho, lo llamaban don Juanito porque don Juan era su padre, don Juan de Borbón quien, como hijo del rey Alfonso XIII, aspiraba a ser algún día rey de España. El nombre completo del príncipe era Juan Carlos Alfonso Víctor María y, al ser nombrado sucesor de Franco, se le empezó a llamar don Juan Carlos en vez de don Juanito. Si lo hubieran seguido llamando solamente por su primer nombre, habría llegado a ser el rey Juan III, lo que habría hecho más evidente el salto dinástico sobre don Juan, su padre.
Juan Carlos nació en Roma, en 1938, cuando la guerra civil española estaba candente y la II Guerra Mundial ya se veía venir. Fue bautizado por el cardenal Eugenio Pacelli quien, al año siguiente, se convertiría en el Papa Pío XII. Por la entrada de Italia en la guerra, su familia se traslada a Suiza, donde don Juan Carlos cursa los primeros años de escuela. Una vez finalizada la guerra, la familia se instala en Portugal.  
No fue sino hasta que Franco y don Juan llegaron a un acuerdo, que el príncipe, que ya había cumplido los diez años de edad, logró pisar suelo español por primera vez. Alejado de su familia, a la que visitaba solamente cuando estaba de vacaciones, don Juanito fue educado por preceptores escogidos personalmente por Franco. El caudillo se reunía con frecuencia con el príncipe que, llegado el momento, cursó estudios militares.
Cuando, tras la muerte de Franco, el  príncipe simpático y misterioso fue proclamado rey en noviembre de 1975, todavía no estaba claro qué se podía esperar de él. Ante unas Cortes no electas, juró su cargo para mantener los principios del Movimiento Nacional. Cuando tomó posesión, Franco todavía estaba insepulto y el primer acto oficial que le tocó presidir, como rey, fue precisamente el funeral del caudillo. Aunque había quienes albergaban la esperanza de que se pudiera mantener un franquismo sin Franco, la gran mayoría, tanto de derechas como de izquierdas, tenía claro que aquello inevitablemente iba a cambiar. Lo que no se sabía era cómo, ni que papel jugaría el rey en el asunto.
Tengo en mi biblioteca un pequeño libro titulado Juan Carlos I Esperanza de España que, curiosamente, no menciona en ninguna parte el nombre del autor pero, por lo que se dice en el prólogo, fue escrito por uno de los maestros que estuvieron a cargo de la formación del príncipe apenas llegó a España. Publicado en 1975, en el libro se elogia a Franco, "el hombre indiscutido e indiscutible", "que gobernó con gran dignidad y grandes aciertos durante treinta y nueve años", sin embargo, también insiste en que los tiempos han cambiado y que la gran mayoría de los españoles, incluyendo al recién proclamado monarca, no recuerdan la guerra civil porque o eran muy pequeños por entonces o ni siquiera habían nacido.  El libro invita a mirar hacia el futuro e insiste, de manera machacona en que Juan Carlos ser un líder de cambio. Al final se incluye una recopilación de opiniones, todas muy elogiosas, sobre la sabiduría, capacidad e integridad del nuevo Jefe de Estado sobre el que hasta hacía poco no se sabía nada.
Juan Carlos I el rey que reencontró América.
Carlos Seco Serrano.
Anaya. Madrid, España. 1988.
Pasar de un régimen dictatorial, represivo y caudillista a una democracia parlamentaria no es tarea fácil, pero la transición española se desarrollo sin grandes tropiezos. Se establecieron partidos, se convocó a elecciones, se formó gobierno y se votó una nueva Constitución. La intentona de golpe del 23 de febrero de 1981, tuvo al país en vilo y al Congreso secuestrado por varias horas. Aunque entre los cabecillas golpistas estaba Alfonso Armada, que era muy cercano al rey, la figura de don Juan Carlos salió muy fortalecida por haberse pronunciado a favor de la Constitución y la opinión favorable sobre él llegó a ser casi unánime. Hasta los republicanos acabaron declarándose "juancarlistas". Como entre quienes alababan al rey se hallaba también Santiago Carrillo, en son de broma se hablaba del "Real partido comunista español."
Mientras la imagen del rey se elevaba a las alturas, la de Franco, quien una vez fue "el hombre indiscutido e indiscutible" empezó a opacarse. En su última aparición pública, una multitud inmensa lo vitoreaba pero, a poco después de cinco años de su muerte, no se encontraba en España un solo franquista ni nadie que reconociera haberlo sido. 
Surgió entonces una mitología, la de Juan Carlos liberal, progresista, democrático que, desde su juventud, no hizo más que planear la manera de lograr que en España se instalara un régimen de libertad y prosperidad. Su mutismo, durante los años de dictadura franquista, fue interpretado como estratégico. Dentro de esta línea está el libro Juan Carlos I el rey que reencontró América, de Carlos Seco Serrano, publicado en 1988, que no se mide a la hora de soltar elogios. Juan Carlos no solamente es un gobernante ideal, sino también un militar ejemplar, un hombre de cultura extraordinaria con una concepción visionaria del panorama político español y universal, un padre de familia perfecto, un servidor de la patria intachable y, en fin, todo lo bueno imaginable.
Las mejores anécdotas del rey.
Ricardo Parrotta. Planeta, España. 1982.
Los libros de este tipo no solo se volvieron frecuentes, sino que acabaron siendo muy populares. El juancarlismo tenía un público numeroso. Prueba de ello es Las mejores anécdotas del rey, una obrita bastante ligera, del periodista argentino Ricardo Parrotta, publicada por Planeta. El ejemplar que tengo destaca en la portada que va por la tercera edición y lleva trece mil ejemplares vendidos. Además del anecdotario, en el que hay algunas historias en verdad divertidas, el libro incluye un capítulo titulado "Así ven al rey" en el que políticos, periodistas, militares, artistas y escritores  sueltan palabras de verdadera idolatría por el monarca.
Planeta publicó también en el año 2000, bajo el sello Booket, en edición de bolsillo, Las anécdotas de don Juan Carlos el quinto rey de la baraja, del periodista Marius Carol. El título, por cierto, es de un optimismo desbordado. Cuando el rey Faruk de Egipto fue derrocado, en 1952, al llegar al exilio soltó una afirmación que acabó siendo famosa: "En el futuro, solamente habrá cinco reyes: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra." España no tiene, por cierto, una estable tradición monárquica ya que dos veces, en el pasado reciente, se ha declarado la república y la familia real ha acabado en el exilio.
Las anécdotas de don Juan Carlos, en todo caso, se leen con deleite. No cabe duda que es un hombre simpático, relajado, que tutea a todo el mundo, sonríe y parece estar siempre de buen humor. Solamente una vez tuve la oportunidad de verlo en persona en un acto que, se suponía, debía de ser solemne. Los organizadores no contaron con la espontaneidad desbordada de algunos asistentes y la supuesta solemnidad acabó en un tumulto en que todos, especialmente el rey, sufrieron empujones y pisotones. Sus escoltas estaban tensos y apurados por restablecer el orden, pero el rey, sonriente, más bien parecía disfrutar el momento y correspondía con bromas ingeniosas a quienes lo rodeaban. Ha habido ocasiones, también, en que don Juan Carlos ha perdido la paciencia y hasta la compostura, no solamente al punto de mandar a callar a quien lo tenía harto con sus majaderías, sino  incluso también hasta soltar alguna palabrota. Tal vez sea esta naturalidad lo que más lo diferencia de Franco. Franco era un personaje tieso, planchado y almidonado, rígido y solemne. Juan Carlos es totalmente casual y espontáneo. 
Las anécdotas de don Juan Carlos el quinto
rey de la baraja. Marus Carol.
Booket. Planeta, España, 2000.
Ahora bien, ser simpático y dicharachero ("campechano", dicen los españoles), no significa necesariamente ser el mejor jefe de Estado imaginable. Estos cuatro libros de mi biblioteca son solamente una pequeña muestra de la literatura juancarlista, que los lectores españoles consumían para acabar de convencerse de su rey era algo así como la octava maravilla del mundo.
El nivel de adulación hacia el rey no tenía límites y lo curioso es que la gran mayoría del pueblo español se tragaba el cuento sin cuestionarlo.
Los gobernantes de otras latitudes, apaleados a diario en la prensa de sus respectivos países, envidiaban el pacto de silencio no escrito que parecía tener la prensa española al referirse al rey. Pero la verdad es que, más que un pacto de silencio, era una complicidad de culto a su persona. Revistas y periódicos serios, analíticos y cuestionadores, perdían toda objetividad y sentido crítico cuando se referían al rey, al que arrojaban flores y quemaban incienso a diestra y siniestra.
A aquello no se le podía llamar publicidad, porque no era comercial, ni propaganda, porque no era ideológica. Era, simple y sencillamente, literatura. Don Juan Carlos, el hombre de carne y hueso, había sido convertido también un personaje de ficción, el más popular de España, cuyas aventuras, narradas por una multitud de autores, se podían leer en libros, periódicos y revistas.
Tal vez porque ese mundo ilusiorio había llegado a calar muy hondo en la imaginación del público, fue tan duro para los españoles ver romperse el espejismo y descubrir que aquella fantasía no calzaba con la realidad. Descubrieron que el rey que le tenía respeto y afecto a Franco (cosa que, bien pensado, no debería sorprender a nadie), así como que su monarca idealizado no era en el fondo muy brillante y que muchas actuaciones suyas, que fueron ocultadas en su momento pero que han salido a la luz, eran bastante cuestionables.
A Franco lo vitoreaban, pero cinco años después de su muerte no quedaba un solo franquista en España. A Juan Carlos lo amaban, pero cinco años después de su abdicación tal parece que el juancarlismo no tiene defensores. Más bien, las librerías y las páginas de la prensa se están llenando de un nuevo género literario, el antijuancarlismo, en el que don Juan Carlos ha pasado de ser héroe a convertirse en villano. Los juancarlistas, más que destacar el papel que tocó jugar en la transición, lo elevaron a un pedestal. Los antijuancarlistas, más que criticar sus errores y desaciertos, denigran agresivamente su persona.
Algún día, el personaje histórico será analizado con objetividad. Hasta ahora, el personaje literario ha sido distorsionado y caricaturizado, tanto por quienes ayer lo ovacionaban como por los que hoy lo abuchean.
INSC: 1650, 1660, 1975, 1977.

viernes, 13 de marzo de 2020

Una biografía inexacta de don Pepe Figueres.

José Figueres una vida por la justicia social.
Tomás Guerra. Cedal. San José, Costa Rica.
1987
Sobre don José Figueres Ferrer, como sobre cualquier otro personaje histórico, circulan opiniones encontradas. Figura fundamental de la política costarricense del Siglo XX, fue siempre objeto de controversia y sus actuaciones, alabadas por unos y criticadas por otros, han sido tema de innumerables polémicas. Aunque se han publicado varios libros sobre su vida, obra y pensamiento, soy de la opinión de que no ha aparecido aún una biografía suya que lo retrate de manera integral.
Quienes han escrito sobre él, lo han hecho sin matices ni balance desde la más completa admiración o desde el más abierto rechazo. Son abundantes las investigaciones históricas sobre la guerra civil de 1948 y el gobierno de la Junta Fundadora de la Segunda República, pero verdaderamente escasas las que se ocupan de sus dos gobiernos posteriores. Por otra parte, don Pepe, además de tres veces presidente de Costa Rica, fue un hombre de amplia cultura, un gran pensador, un filósofo, un apreciable ensayista y un notable escritor. Al concentrar la atención en el gobernante, se suele pasar por alto su categoría de hombre de letras, así como sus facetas, también importantes, de empresario agrícola e industrial.
Cuando don Pepe aún vivía, justo al año siguiente de que cumpliera los ochenta años de edad, el Centro de Estudios Democráticos de América Latina CEDAL publicó un libro titulado José Figueres Ferrer Una vida por la justicia social, en el que, además de su biografía, se exploraba también a su trayectoria, obra y pensamiento. De primera entrada, me pareció que el libro podría ser interesante por el hecho de que su autor, el abogado y periodista salvadoreño Tomás Guerra, no fuera costarricense, de manera que, supuse, la obra estaría estaría libre pasiones locales y se concentraría en analizar los hechos investigados. Lamentablemente, muy pronto me percaté que, no solamente las interpretaciones que plantea eran audaces, superficiales y sin fundamento sino que, lo más grave, hasta muchos de los hechos que consigna son erróneos.
Tomás Guerra afirma, por ejemplo, que, en Costa Rica, don Cleto González Víquez fue el padre de la democracia liberal, mientras que don Pepe fue el padre de la democracia social, sin molestarse en explicar con qué criterios llegó a semejante conclusión. En Costa Rica el liberalismo es bastante anterior a don Cleto y las reformas sociales son bastante anteriores a don Pepe. En todo caso, sin embargo, si Tomás Guerra, a fin de cuentas, no hace más que expresar su punto de vista personal, esa opinión, como todas las opiniones, por más discutible que sea, debe respetarse aunque no se comparta.
Algo muy distinto ocurre cuando, para poner otro ejemplo, Tomás Guerra afirma que, como medida previa la nacionalización bancaria, se fundó el Banco Central. En este caso, simplemente se equivoca.  El decreto de nacionalización bancaria es del 29 de diciembre de 1948 y la fundación del Banco Central tuvo lugar el 28 de enero de 1950.
Opinar, incluso sin justificación o fundamento, es totalmente válido. Brindar datos equivocados sobre hechos concretos y comprobables es un descuido que, en una obra seria, no debe ser frecuente.
Algunas de las inexactitudes son hasta divertidas. Como tanto don Pepe como don Julio Acosta García nacieron en San Ramón,  Tomás Guerra dice que fueron amigos cercanos. Es verdad que ambos eran ramonenses, pero cuando don Pepe nació, creció y vivió en San Ramón, don Julio estaba en El Salvador, como cónsul en tiempos de don Cleto, en San José, como ministro de Alfredo González Flores, o en Nicaragua durante la dictadura de Federico Tinoco. Don Pepe tenía apenas catorce años de edad cuando don Julio fue electo presidente y, años después, don Julio fue el primer jerarca de la Caja Costarricense de Seguro Social, fundada por el Dr. Rafael Angel Calderón Guardia y ministro de Relaciones Exteriores de don Teodoro Picado, es decir, estaba con el bando que combatió don Pepe.
También dice que don Pepe fue seguidor del Partido Reformista de Jorge Volio, cuando en realidad, no solo don Pepe en persona declaró que, en su juventud, simpatizaba con el Partido Agrícola de don Alberto Echandi Montero, adversario de Jorge Volio, sino que durante la guerra civil Jorge Volio combatió contra las fuerzas figueristas y, tras el conflicto, fue destituido tanto de su cargo de director del Archivo Nacional como de su cátedra en la Universidad de Costa Rica.
De manera similar, todo lo que menciona sobre la independencia, el período liberal, la reforma social de los años cuarenta, la guerra civil, la abolición del ejército y la constituyente está equivocado. Insisto en que no se trata de apreciaciones de juicio que respondan a su particular punto de vista, sino de una interminable secuencia de datos erróneos. Vale la pena citar un último ejemplo. El partido comunista fue fundado en 1931 y, doce años después, por iniciativa de sus propios dirigentes, cambió de nombre y pasó a llamarse Vanguardia Popular. Tomás Guerra afirma que el cambio de nombre tuvo lugar en 1932 por orden del Congreso.
Cansado de tropezarme en cada página con errores de este tipo, hubo un momento en que estuve a punto de suspender la lectura. Sin embargo, acabé leyendo el libro completo. De hecho, si se toma con buen humor, para quienes, como yo, son aficionados a la historia patria, marcar con un lápiz los errores de este libro podría tomarse como una manera de divertida de examinarse en la materia.
Aunque el dominio de Tomás Guerra sobre historia de Costa Rica sea, por decir lo menos, bastante pobre, con toda ligereza se deja llevar por su entusiasmo y, en tono de prédica, se echa un editorial lleno de prejuicios y lugares comunes. Según él, el periodo liberal propició la acumulación de grandes capitales en manos de unos pocos, la reforma social de los años cuarenta no representó ningún cambio estructural, la CIA propició la invasión de 1955, los dictadores centroamericanos tenían una red de conspiración oculta llena de alianzas que cambiaban constantemente
Por más que uno esté dispuesto a escuchar e intentar comprender, con todo respeto, las opiniones ajenas, algunas de las que Tomás Guerra plantea llegan a ser incomprensibles. Afirma, por ejemplo, que "el pueblo costarricense es dócil y sumiso pero sabe utilizar la violencia con más justificación que otros." 
Es triste decirlo pero lo mejor de este libro, lo único en que no hay ni inexactitudes ni afirmaciones gratuitas, es en las citas textuales de declaraciones de don Pepe que, afortunadamente, son abundantes.
La biografía de don Pepe es un libro que aún no se ha escrito. Entre los muchos intentos que se han emprendido hasta ahora, el de Tomás Guerra es, sin lugar a dudas, el peor logrado. Es verdad que quienes se han referido a la vida y obra de don Pepe lo han hecho desde una perspectiva parcializada, pero tanto sus críticos como sus admiradores, aunque difieran en sus apreciaciones, han tenido el cuidado de ofrecer al público investigaciones serias, a las que se les pueden cuestionar las conclusiones, pero no los datos sobre los hechos.
INSC: 2204
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