martes, 16 de diciembre de 2014

Paul Johnson. Brillante y ameno columnista.

Al diablo con Picasso. Paul Johnson.
Javier Vergara Editor, Argentina, 1997.
Mi parte favorita del periódico son los artículos de opinión. Para empezar, es la mejor escrita y, con frecuencia, uno acaba comprendiendo mejor lo que está pasando por medio de los comentarios más que por las notas y reportajes. Además, prefiero que me informen con franqueza. El periodista, supuestamente imparcial y objetivo, me genera más desconfianza que el columnista que simplemente dice lo que piensa. A pesar de esta preferencia, debo admitir que en la actualidad los buenos periodistas abundan mientras que los buenos columnistas escasean.
Los columnistas actuales aburren por monótonos. Está el indignado que, con las vestiduras permanentemente rasgadas, sobrerreacciona airado sobre todo lo que denuncia; el analista con ganas de explicarlo todo que produce bostezos desde la primera línea; el sabihondo que quiere impresionarnos con lo mucho que sabe y lo mucho que piensa; el divo que cree que su vida social y personal merece ser escrita y leída y, finalmente, el chistoso cuyo ingenio es una verdadera prueba de paciencia.
Un buen columnista, en mi opinión, debe tener amplia cultura, sensibilidad, experiencia e inteligencia, así como la discreción necesaria para no arrojárselas al lector a la cara. Lo que se espera de un columnista, en todo caso, es que manifieste su opinión sin mucho rodeo y que se exprese de forma clara y amena. El columnista no se supone que sea un profesor de clase avanzada, ni un orador de tribuna, ni un predicador de púlpito sino, simplemente, un contertulio amigable, alguien a quien nos agrada leer porque nos fascina su forma de expresarse, aunque no siempre compartamos sus puntos de vista.
Los columnistas actuales, y quienes aspiren a serlo algún día, harían bien en leer Al diablo con Picasso y otros ensayos, del inglés Paul Johnson, un verdadero maestro del oficio, quien escribe columnas desde 1953 y recopiló, en este libro, una selección de sus colaboraciones semanales publicadas en el periódico The Spectator en la década de los noventa.
Aunque Johnson es un hombre de mundo, gran viajero, historiador y crítico de arte  que se mueve en altas esferas sociales, en sus columnas no hay desplantes de erudición ni intenciones didácticas. Convencido de que una de las funciones más importantes de la lectura es generar ideas, Johnson expone sin tapujos las suyas para que el lector las confronte con las propias. Tiene claro que si escribiera un tratado sobre retratistas o paisajistas ingleses del siglo XVIII, por ser un tema que a él lo apasiona, podría hacerlo de manera brillante pero ninguno de los lectores de sus columnas se tomaría la molestia de leerlo completo. También tiene claro que un columnista es una figura pública menor -muy menor- y que a nadie le importa la demora que tuvo en el aeropuerto, el buen o mal servicio que haya tenido en un establecimiento ni la discusión que sostuvo con el oficial de tránsito que lo detuvo. Por otra parte, la experiencia le ha enseñado que los vaivenes de la política, por intensos que lleguen a ser en su momento, son un tema temporal que todo el mundo habrá olvidado en el corto plazo.
Paul Johnson.
Al escoger el tema de sus columnas, Johnson mira alrededor, a sabiendas de que sus lectores muy probablemente estén mirando lo mismo. Escribe entonces sobre la disposición de los productos en el supermercado, el uso de cosméticos, la costumbre de saludar con un beso, lo inoportuno que es el sentido del humor en el sexo y otros temas cotidianos. Como es una persona mayor (nació en 1928), ha visto cómo muchos usos, sitios y dinámicas han cambiado y, con aguda mirada comenta esos cambios.
No se crea, sin embargo, que las columnas de Johnson son una lectura ligera. No es cierto que los artículos sobre el gobierno y los Derechos Humanos son serios y profundos mientras que los que se refieren a la vida cotidiana son frívolos y superficiales. Muchas veces ocurre a la inversa. La profundidad de un artículo no depende del tema, sino de la forma en que se aborde. Gracias a su gran cultura e inteligencia, así sea sobre el tema más trivial, Johnson es capaz de escribir una columna memorable, digna de ser repasada durante años.
Por ser conservador, católico y de gusto clásico, las opiniones de Johnson nadan contra corriente. A sabiendas de que quizá la mayoría de sus lectores no estará de acuerdo con él, lejos de asumir una actitud discreta, muestra su posición sin tapujos, de manera enfática y contundente, y la expone haciendo gala de una enorme jovialidad. El título del libro es un buen ejemplo. Para Johnson, Picasso es un farsante que, sin ser un pintor meritorio, logró vivir del cuento. Cree en la conveniencia de que se vuelva a la antigua práctica de que a los miembros de la familia real no se les permita escoger su cónyuge por sí mismos y considera que la educación universitaria es una pérdida de tiempo.
Johnson tiene el mérito, bastante poco común, de escribir sobre lo que le molesta o le incomoda con gran sentido del humor y amenidad. Sus opiniones sorprenden, pero no irritan al lector. Johnson es como ese amigo querido que todos tenemos, con quien no estamos de acuerdo en nada, pero a quien nos fascina escuchar y al que nunca vamos a dejar hablando solo.
Hay personas tan cerradas en su punto de vista y tan rudas al exponerlos, que solo pueden compartirlos con sus afines ya que cualquier otro se levantaría indignado de la mesa. En el primer capítulo del libro, titulado El arte de escribir columnas,   Johnson comparte las normas que sigue y los trucos que ha ido aprendiendo para mejorar el oficio. La columna periodística, como la poesía, el cuento, la novela y el ensayo, es un género literario. Para los lectores, no hay nada más fácil en el mundo que dejar de leer. Cuando se trata de un libro, lo cierran, pero en el caso de una columna en el periódico, basta que dirijan su mirada a otro extremo de la página, cosa que no ocurre con las columnas de Johnsos que, se traten sobre lo que se traten y digan lo que digan, es imposible abandonarlas sin haberlas leído completas.
INSC: 1947

1 comentario:

  1. Como fan de Reverte que soy, he de leer este libro porque él también lo cito. Me encantan las columnas de opinión; para escribir es lo mejor.

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