viernes, 5 de diciembre de 2014

Un testimonio de la revolución cubana.

La historia cambió en la sierra. Manuel Rojo
del Río. Costa Rica, 1970.
Manuel Rojo del Río, además del nombre, tuvo una vida digna de una novela de aventuras. Su vida tuvo tantos altos y bajos como sus saltos en paracaídas. Luchó en la guerra civil española, primero con los republicanos y luego en el bando nacional. Colaboró en repeler la invasión somocista a Costa Rica en 1955 y llevó luego un cargamento de armas a los rebeldes cubanos en la Sierra Maestra. Cuando triunfó la revolución cubana, se convirtió en asistente personal de Camilo Cienfuegos y logró salir de la isla, tras la desaparición de su jefe, para escapar de un seguro fusilamiento.
Fue en una compra y venta de libros usados, dentro de los cajones en que se almacenaban los libros a precio de remate, donde me encontré un ejemplar de portada desteñida y páginas amarillentas de su libro La historia cambió en la sierra, publicado, según el colofón en 1969, aunque en la portada dice 1970. Lo compré por la portada, en que aparecían fotos del autor con Raúl y Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos. En el interior del libro vienen muchas otras fotografías y copias de documentos. Leer el libro me convenció, una vez más, de que la realidad supera la ficción. Las memorias de este argentino hijo de españoles nacido en Buenos Aires en 1915 son, como ya dije, una verdadera novela de aventuras. 
La familia en que nació Rojo era numerosa y pobre. Su madre murió a los treinta y seis años, cuando Manuel tenía apenas once, por lo que su padre tuvo que hacer milagros para sacar adelante a sus hijos huérfanos. Todos en la familia trabajaron desde pequeños. Se casó muy joven, pero su esposa murió a los dos años. Tuvo problemas con la policía y debió salir huyendo hacia Paraguay. De allí se trasladó a Brasil para ofrecerse como voluntario en una oficina de la República Española en Brasil. Fue reclutado y luego de cruzar el Atlántico hasta Marruecos y pasar por Argelia y Francia, finalmente llegó a Barcelona, donde se integró al ejército republicano. Ya en España, sus convicciones cambiaron y se formó una mala opinión de la República. Se trasladó a Francia y se enroló en la Legión Extranjera. Desertó al poco tiempo y se trasladó a Portugal, donde actuó como extra en unas películas. Luego volvió a luchar en España, pero esta vez del lado nacionalista. Se hizo miembro de la Falange Española y participó en batallas en Galicia y el País Vasco. Sus compañeros de armas bromeaban de que un Rojo (su apellido) fuera combatiente de las tropas de Franco.
Al finalizar la contienda, se metió de polizón en un buque que lo llevó hasta Cuba y, luego de saltar a República Dominicana y Puerto Rico, llegó finalmente a Venezuela, donde se incorporó a la fuerza aérea y se destacó como hábil paracaidista. Abandonó el servicio activo y trató de hacer fortuna como comericante pero, en 1942, se vio envuelto en un escándalo. Fue acusado de haber asesinado a Luis Zarzalejo, ex campeón venezolano de boxeo.
Se dedicó entonces a brindar espectáculos de paracaidismo en los que su caída libra se prolongaba hasta el límite. Solía abrir su paracaídas cien metros antes de llegar al suelo. Cada presentación le generaba buen dinero y recorrió distintos países de Centro y Sur América. En Costa Rica las cosas no salieron muy bien y cuando cayó en La Sabana, justo en el cerrito donde actualmente se encuentra la Cruz, se fracturó un brazo. Una familia tica lo acogió en su convalecencia y la muchacha que lo cuidaba se convirtió en su esposa. En 1955, Rojo del Río formó parte de una improvisada Fuerza Aérea que se organizó para repeler la invasión del país por parte de fuerzas calderonistas apoyadas por la Guardia Nacional de Somoza. Rojo del Río estaba dispuesto a echar raíces y tener una vida serena. Empezaron a llegar los hijos y, para mantenerlos, obtuvo un trabajo tranquilo y un sueldo modesto. Una llamada de don Pepe Figueres, volvió a llenar su vida de aventuras. Varios cubanos, enemigos de Batista, entre ellos el comandante Huber Matos, se encontraban en Costa Rica. Don Pepe tenía armas y municiones que quería hacerle llegar a Fidel Castro en la Sierra Maestra, pero no sabía cómo enviárselas. Rojo del Río fue elegido para la misión. La aeronave con el cargamento aterrizó en un claro de la selva y Rojo pasó varias semanas con Fidel, Raúl y el Che Guevara, quienes estaban muy contentos con la ayuda recibida. Cuenta Rojo que Ernesto Rafael Guevara de la Serna, el Che, se ganó su apodo porque siempre, al dirigirse a cualquier persona, antes que nada le decía "Che". Como es sabido, el Che era asmático pero tal parece que no le afectaba fumar puro. Reírse, en cambio, lo hacía ahogarse y, tal vez por ello, las conversaciones con él eran siempre muy serias. Como los chismes vuelan y llegan hasta los sitios más remotos, los guerrilleros de la Sierra Maestra, empezando por Fidel y el Che, mantenían cierta desconfianza hacia Rojo ya que estaban al tanto de su participación en la Guerra Civil Española con las tropas de Franco. En determinado momento, Fidel abrazó a Rojo y le dijo: "Tú te quedas con nosotros hasta la victoria final", pero el vaticinio no se cumplió. Lo mandaron en autobús y sin documentos hacia La Habana, a que buscara refugio en una embajada. Fue rechazado tanto en la legación argentina como en la salvadoreña. Nadie creía su historia. El consulado tico, tras consulta a don Pepe, le giró un pasaporte y Rojo regresó a Costa Rica donde, de nuevo en busca de una vida tranquila, se puso un pequeño negocio de encomiendas. 
Cuando triunfó la revolución, Rojo fue invitado a viajar a La Habana en uno de los vuelos gratuitos que había para repatriar a cubanos en el exilio simpatizantes de la causa. En la capital cubana fue recibido por el Che y entabló una gran amistad con Camilo Cienfuegos, quien lo nombró su asistente personal y hombre de confianza. Con rango militar, buena casa, buenos contactos y cercano a los círculos de poder, Rojo decidió dedicar su vida a la revolución cubana y se estableció en La Habana con su esposa y sus cinco hijos pequeños. Pero las cosas no tardaron en descomponerse. El Che Guevara se dedicó, en la fortaleza de La Cabaña, a fusilar a los simpatizantes de Batista. Como los grandes capitalistas habían salido del país, cualquier mediano y hasta pequeño comerciante o empresario era declarado enemigo del pueblo y puesto contra el paredón. Camilo Cienfuegos se dedicó a darse la gran vida en la mansión confiscada que había pertenecido al magnate de la televisión Gaspar Pumarejo. Allí tenía a su disposición una inagotable bodega de excelentes vinos y licores, se relajaba en la enorme piscina, comía manjares exquisitos y gozaba de complacientes visitas femininas que el propio Rojo era el encargado de reclutar. Mientras el Che hacía el papel de Robespierre (con paredón en vez de guillotina) y Camilo se dedicaba a la dolce vita de millonario, Fidel Castro no perdía el tiempo y empezaba a consolidar su absolutismo. Cada vez eran más los líderes del Movimiento 26 de julio que eran arrestados, fusilados o, en el mejor de los casos, puestos a un lado. En su lugar iban trepando incondicionales de Fidel dispuestos a seguir ciegamente sus órdenes y mantener un perfil bajo que no opacara su gloria. Ocho meses después del triunfo de la revolución, Huber Matos denunció el rumbo que estaba tomando el nuevo régimen y fue encarcelado. El propio Camilo Cienfuegos advirtió a Rojo que su pasado franquista era conocido y que no sería raro que, por la paranoia reinante, acabara frente al paredón. Varios personajes importantes, con muchísimos más méritos en la lucha que Rojo, ya habían sido fusilados. Cuando la avioneta en que viajaba Camilo desapareció sin dejar rastro, Rojo tuvo claro que tenía que irse cuanto antes. Lo arrestaron, lo interrogaron y, gracias a que nunca estuvo dispuesto a escuchar a quienes le proponían participar en un complot contra Fidel, probablemente enviados por él mismo, logró salir de la cárcel pero tuvo claro que su vida pendía de un hilo. Envió a su familia a Costa Rica y poco después, con el cuento de ir a verlos, se dispuso a partir. En el aeropuerto, el propio Fidel Castro le advirtió que "el brazo de la revolución llega lejos". 
Rojo tenía esposa y cinco hijos que mantener y no tenía un centavo. Periódicos y revistas de distintos países publicaron sus artículos y sus fotos, pero no ganó dinero con ello. Para ganarse la vida, acabó trabajando en una fábrica en un puesto tan ingrato que incluía entre sus tareas regañar a los operarios cuando tardaban un minuto más de lo establecido en el baño. Tras un largo periodo de muchas penurias y largas noches de insomnio, Rojo logró colocarse como periodista. Ignoro que habrá sido de su vida posteriormente. Tengo entendido que su libro tuvo una segunda edición en 1981 realizada por la editorial Texto, pero ni en librerías ni en las compra y ventas he logrado encontrarla. Tengo la esperanza de que en algún momento este libro sea reeditado. Además de un testimonio histórico y biográfico de gran valor como documento, la vida de Rojo del Río, contada por él mismo, es un fascinante libro de aventuras.
INSC:  25206

1 comentario:

  1. Y así es cómo comienza el régimen dictatorial más grande del siglo XX apoyado e incluso alabado por la izquierda española. Qué asco.

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