viernes, 3 de junio de 2016

Francois Garron Lafond. Fundador de la famila Garrón en Costa Rica.

Fracois Garron Larfond.
Victoria Garrón de Doryan.
Servicios Técnicos Publicitarios.
Segunda Edición.
Costa Rica, 1989.
Francois Garrón Lafond nació el 25 de diciembre de 1843 en Villefranche, población situada a poco más de veinte kilómetros de la ciudad francesa de Lyon. Su padre, que era propietario de unos viñedos y fabricaba excelentes vinos, murió en mayo de 1853, cuando Francois no había cumplido aún los diez años de edad.
Pese a que era brillante en los estudios y su madre le insistía que terminara alguna carrera, tras unos cuantos años en un internado, Francois abandonó las aulas para ponerse al frente del negocio familiar. Cuando tanto su madre como su hermana contrajeron matrimonio, y en vista de que el administrador del viñedo era de su entera confianza, Francois decidió emigrar a América.
En la biografía que escribió su nieta, doña Victoria Garrón de Doryan, se reproduce el diario de viaje del joven aventurero, en que anotaba las peripecias de su larga travesía. A bordo de un velero, zarpó de Burdeos el 24 de noviembre de  1867, tomó rumbo al Atlántico sur, le dio la vuelta al Cabo de Hornos y ya en el océano Pacífico, viró hacia el norte y arribó a San Francisco, California, el 15 de abril del año siguiente.
Según el joven emigrante, sus conocimientos sobre la elaboración de vino le permitirían encontrar trabajo como enólogo, pero no topó con suerte y, cansado de tocar puertas, se dio cuenta de que ninguna de las numerosas haciendas vinícolas californianas estaba interesada en contratar sus servicios.
Eran los años de la fiebre del oro y, joven y fuerte como era, se arrolló las mangas y empezó a trabajar en una mina. Aunque los yacimientos eran abundantes y generosos, lo que ganaba apenas le daba para vivir. El único ahorro que logró hacer en ese trabajo consistió en una piedra, más amarilla que gris, que guardó como recuerdo.
En California, hizo amistad con la familia francesa Lermitte Bulland, cuya hija, Victoria, de apenas nueve años, escuchaba atenta y maravillada las aventuras del joven soñador que había recorrido medio mundo. 
Durante tres años, Francois trató de encontrar alguna oportunidad de negocio en San Francisco o Sacramento pero, al no hallarla, decidió abandonar los Estados Unidos y trasladarse a México. Como no tenía dinero, se movilizaba en el primer medio de transporte que apareciera, dormía en donde lo sorprendiera la noche y realizaba trabajos ocasionales para poder comer y continuar su camino. En abril de 1870 estaba en Guaymas, luego pasó por Jalisco, Colima, Puebla, Chiapas y, siete meses después, en noviembre, arribó a Guatemala. De allí se embarcó hacia Colón, en Panamá, cruzó el istmo por tierra y luego tomó un barco a Perú, donde permaneció dos años trabajando en una fábrica de embutidos.
Como el sueño americano no parecía concretarse, Francois decidió retornar a Europa. En el puerto de Colón, ya dispuesto a irse, conoció a otro francés, Maurice Naute, quien le recomendó que no se fuera sin visitar Costa Rica, ya que tal vez ese pequeño país podría ser la tierra prometida que andaba buscando. Picado por la curiosidad, Francois arribó a Limón el 22 noviembre de 1872. Aunque ya se hablaba del ferrocarril, todavía era apenas una ilusión que demoraría en concretarse. Para conocer San José, la ciudad capital, había que atravesar espesas junglas y caudalosos ríos a lomo de mula en un viaje que tardaba varios días. Francois hizo el recorrido y el 25 de diciembre de ese año, además de la Navidad, celebró su cumpleaños número veintinueve rodeado de sus nuevos amigos ticos. El país le gustó, decidió quedarse y, como signo de su nueva vida, hizo algo que no había hecho ni en los Estados Unidos, ni en México, ni en Guatemala, ni en Panamá, ni en Perú. Se cambió el nombre. Ya no sería más Francois, sino Francisco. En poco tiempo, por el respeto que inspiraba, fue llamado don Francisco y, como con el paso de los años, además de respeto se ganó el cariño de quienes lo trataban, al final de su vida fue conocido como don Chico.
En la Costa Rica de aquel entonces no se conocían los embutidos, así que don Chico aprovechó los conocimientos adquiridos en Perú y montó, en la Uruca, una carnicería en la que elaboraba salchichón, mortadela y salami. Aunque las muestras gratis que repartió fueron muy apreciadas, fue necesario solicitarle que no utilizara carne de caballo en sus productos. En Francia, el salchichón se hace de caballo, pero en Costa Rica no se acostumbra comer ese animal. Atendiendo la solicitud del público, sus embutidos tuvieron como única materia prima los cerdos que se criaban en Santa María de Dota, alimentados con bellotas y no con guineos.
Don Chico logró firmar un contrato con Minor Cooper Keith para abastecer de alimentos a los trabajadores que construían el ferrocarril a Limón. No solamente les proveía embutidos, sino también carne cruda. Tras destazar reses o cerdos, colocaba la posta y las vísceras en barriles que luego rellenaba con manteca derretida. Cuando la manteca se enfriaba y se endurecía, la carne podía pasar días, semanas y hasta meses enteros sin descomponerse. Bastaba simplemente con derretir la manteca y los trozos de carne aparecían tan frescos como el día de la matanza. El sistema, que había sido utilizado por las tropas de Napoleón, era desconocido en Costa Rica y sorprendió por lo ingenioso.
En cinco años, don Chico se hizo de una buena fortuna y en un viaje que realizó a Francia para visitar a su madre, se reencontró con la familia Lermitte Bulland, sus amigos de San Francisco. La niña Victoria que escuchaba sus historias ya había crecido y Don Chico, rico empresario centroamericano, le propuso matrimonio. La boda se celebró en Francia, él tenía treinta y cuatro años y ella dicienueve.
La piedra dorada que aún guardaba como recuerdo de sus tiempos de minero en California, dio el material necesario para hacerle a su esposa anillo, pulsera, collar, aretes y prendedor de oro puro.
Con los baúles llenos de regalos y enseres para su casa, la joven pareja arribó a Limón. El tren seguía sin concretarse, así que en una caravana de carretas de bueyes tomaron la ruta de Siquirres, Guácimo, Guápiles, el río Toro Amarillo, Carrillo, el Bajo de la Hondura, el Alto de la Palma, San Jerónimo, Santa Rosa, Moravia y Guadalupe, hasta llegar a la Aduana Principal de San José, donde terminaba el camino de piedra.
A pesar de su juventud, doña Victoria llegó molida por el viaje, pero le gustó San José y la casa donde vivían, a dos cuadras del mercado. Aunque los franceses suelen mantenerse fieles a su gastronomía estén donde estén, don Chico, por sus viajes, había llegado a la conclusión de que la mejor manera de mantener la salud era comer, en cada lugar, lo mismo que los habitantes locales comían. A doña Victoria nunca le gustaron las tortillas de maíz ni los plátanos verdes pero, salvo esas dos excepciones, se adaptó perfectamente a la comida tica. Por su lengua francesa, solía poner el acento en la última sílaba de cada palabra y, al ir de compras, decía: "Chayoté, camoté, zapalló, tacacó o tiquisqué".
Don Chico hizo el experimento de sembrar manzanas y uvas en el trópico, pero le salieron, además de diminutas, muy ácidas.
Hypolite Tournón.
Cansado de hacer embutidos, se puso a fabricar jabón en el patio de su casa. Los vecinos se quejaron porque el jabón, que tan bien huele una vez terminado, suelta un olor muy desagradable cuando está en proceso. Por influencia de dos acaudalados franceses, Hipólito Tournón y su administrador Amón Facileau de Plantie, don Chico empezó a cultivar café en Cartago. Actualmente, la zona al norte del río Torres se llama Barrio Tournón y la que está al sur se llama Barrio Amón, en honor a estos dos personajes que utilizaban las aguas del río, entonces claras y limpias, para beneficiar su café. Otra actividad en la que don Chico incursionó fue el cultivo de caña de azúcar en Turrubares.
La familia empezó a crecer. Después de Margarita, la primogénita que murió en la infancia sin haber cumplido el primer año de vida, Don Chico y doña Victoria tuvieron cuatro hijos varones: Estanislao, Eugenio, Francisco y Enrique que, al crecer, resultaron buenos para el baile y el deporte. Todos ellos eran atletas, nadaban, corrían y saltaban con garrocha. Además, los cuatro formaron parte de los primeros clubes de fútbol que hubo en el país. Los dos mayores jugaban con el Club Sport Costarricense y los dos menores con el equipo La Estrella.
En 1900, don Chico se llevó a toda la familia a París, entre otras cosas para conocer la Torre Eiffel, (edificada en 1889), y acabaron quedándose en la capital francesa todo el año de 1901.
De vuelta en Costa Rica, las empresas de don Chico sufrieron un serio revés que, aunque no lo dejó en la pobreza, sí redujo considerablemente su capital. Perdió los cafetales y los cañales y solo le quedó la fabricación de jabón para ganarse la vida. El ánimo del viejo decayó y llegó a sufrir una depresión, pero los muchachos, alegres por naturaleza, no le dieron importancia al hecho de que no tenían herencia que esperar y mantuvieron el optimismo de cara al futuro.
En 1913, Eugenio contrajo matrimonio con Margarita Salazar. Estanislao tenía planeado casarse al año siguiente con Claudia Orozco Casorla. Por ello, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, decidieron quedarse en Costa Rica. Los dos hermanos menores, Francisco y Enrique, que estaban solteros, sí consideraron su deber presentarse a servir en el ejército francés. Francisco, que fue destacado en una división de infantería, murió en el campo de batalla. Enrique, luchó en el frente de 1914 a 1919, sobrevivió y fue condecorado, pero murió en un trágico accidente de regreso en Costa Rica. En Limón, estaba a la orilla de la línea mirando pasar un tren cargado de tucas, las cadenas se reventaron y acabó aplastado por los enormes troncos. El poeta Rafael Cardona escribió su obituario.
Don Chico, que nunca más regresó a Francia, se quedó en Costa Rica rodeado de sus nietos. Del matrimonio de su hijo Eugenio con Margarita Salazar nacieron Francisco (1915), Hernán (1918) y Eugenie (1920). El más reconocido es don Hernán Garrón Salazar, finquero limonense, diputado y ministro en varias ocasiones, Presidente de la Asamblea Legislativa y precandidado presidencial en 1978.
Un dato curioso: el día antes de la boda de su hijo Estanislao con Claudia Orozco Casorla, falleció la vecina de al lado, doña Olivia Castro de Tinoco. Por respeto al duelo, a los contrayentes les pareció inapropiado realizar una fiesta en el barrio y la ceremonia se reprogramó a última hora en casa de don Joaquín García Monge. Del matrimonio de don Estanislao con doña Claudia nacieron Jorge Enrique (1916), Miguel Alberto (1918) y Victoria (1920). Doña Victoria Garrón Orozco de Doryan, escribió poesía tanto en francés como en español, fue directora del Liceo Anastasio Alfaro y Vicepresidente de la República de 1986 a 1990.
Aunque don Chico era quince años mayor que su esposa, ella murió primero, en 1924 a los sesenta y cinco años de edad.
En 1927, al enterarse que Charles Lindberg había volado sobre el Atlántico y había aterrizado en París tan solo treinta y tres horas y veintinueve minutos después de haber partido, don Chico se mostró muy impresionado. "La primera vez que viajé de Europa a América, en un velero, tardé cuatro meses y tres semanas. La última vez, en un buque de vapor, fueron cinco semanas. Ahora este muchacho hace el viaje en poco más de un día. ¿Me pregunto cómo será en el futuro?"
Ni él ni nadie en aquella época podía suponer que unas cuantas décadas después, el Concorde haría el viaje entre París y New York en dos horas y media.
A los noventa y cinco años de edad, en setiembre de 1939, don Chico recibió con dolor el anuncio del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Esa fue la última noticia que leyó. "Recuerdo tantas guerras a lo largo de mi vida, que ya no quiero saber más de la destrucción de la humanidad."
Unas semanas más tarde, el 17 de octubre de 1939, don Chico falleció. Su muerte fue muy sentida y, además de sus actividades en la industria, la agricultura y el comercio, se recordó su faceta altruista, ya que don Chico, tanto durante los tiempos de vacas gordas como de vacas flacas, fue siempre un generoso benefactor del Hospicio de Huérfanos.
La obra de Victoria Garrón de Doryan sobre su abuelo es verdaderamente emotiva, está escrita con gran afecto y brinda datos tan abundantes como sorprendentes. Sus páginas incluyen fotografías, mapas, cartas, notas de prensa y páginas de diario. La biografía fue recibida con tanto interés que debió realizarse una segunda edición. De hecho, lo único desagradable del libro es el prólogo, escrito por Lilia Ramos. Como si se tratara de una profesora que corrige las composiones de los alumnos, la prologuista se atreve a mencionar que ha detectado en el libro "algunas fallas", sin tomarse la molestia de señalar ninguna. Quien tenga acceso a un borrador antes de ser publicado, si descubre alguna "falla" tiene la oportunidad (y el deber) de corregirla. Por otra parte, si uno quiere ponerse melindroso con un texto, puede hacerlo en una reseña pero no en el libro mismo. Al asunto, en todo caso, no hay que darle mucha importancia ya que los lectores de biografías, por lo general, se saltan el prólogo.
En Costa Rica, la mayoría de los apellidos tiene su origen en una sola persona. Todos los Jiménez, Solano, Bonilla y Torres, por ejemplo, descienden de conquistadores españoles que, al establecerse en territorio costarricense, eran los únicos en ostentar su apellido. Lo mismo sucedió con inmigrantes posteriores. Todos los Volio de Costa Rica descienden del marino genovés Carlo Volio, quien tuvo un único hijo, José María y luego, con el paso de los años llegaron a ser numerosos. Aunque el apellido Garrón no es muy común, el clan fundado por Don Chico, sus cinco hijos (de los cuales solamente dos tuvieron descendencia) y sus seis nietos, ya se ha hecho grande.
INSC: 1725
Al centro, don Chico Garrón con su esposa doña Victoria.  A la izquierda,
Estanislao y Francisco. A la derecha, Eugenio y Enrique.

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