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lunes, 11 de diciembre de 2017

Las anécdotas del padre Alberto Mata Oreamuno.

Semblanzas y anécdotas eclesiásticas.
Alberto Mata Oreamuno.
Costa Rica, 1988.
Cuando estaba cerca de cumplir los ochenta y cinco años de edad, Monseñor Alberto Mata Oreamuno acató la recomendación que recibía constantemente de parte de sacerdotes jóvenes y escribió un libro sobre personajes que había conocido y hechos que había presenciado o protagonizado durante su ya larga vida.
No se trata de sus memorias, que ya había publicado unos años antes, sino más bien de una recopilación de recuerdos, anécdotas y semblanzas que valía la pena dejar escritas para que fueran conocidas cuando ya no estuviera él para contarlas.
El libro, titulado Semblanzas y anécdotas eclesiásticas, que tiene tanto páginas jocosas como emotivas, está lleno de sorpresas. Algunas son francamente divertidas y otras son verdaderas revelaciones de gran importancia histórica.
Nacido en Cartago en 1904, el padre Mata era bisnieto, por el lado paterno, de Jacinta de la Fuente, hermana de Feliciana, la madre del obispo Anselmo Llorente La Fuente, primer obispo de Costa Rica, quien, según cuenta, se entretenía jugando partidas de naipe con sus tíos abuelos. Por el lado materno tenía cierto parentesco con Mons. Luis Javier Muñoz, el obispo de Guatemala que fue expulsado por el dictador Jorge Ubico.
Las primeras páginas están dedicadas a breves notas biográficas de los papas, de Pío IX a Juan Pablo II y, tras una nota sobre el cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930), vienen apartados sobre los obispos de San José, desde Mons. Llorente hasta Mons. Carlos Humberto Rodríguez Quirós.
Cuenta que era un niño de doce años de edad la primera vez que vio a los padres paulinos alemanes con quienes posteriormente recibiría su formación sacerdotal. El obispo Juan Gaspar Stork llegó a Cartago acompañado de los sacerdotes Carlos Trapp y Agustín Blessing, en agosto de 1916, para celebrar la fiesta de la Virgen de los Angeles. El santuario era entonces un amplio galerón de madera ya que el templo (como prácticamente toda la ciudad) había sido destruido por el terremoto de mayo de 1910 que solamente dejó media docena de casas en pie.
Alberto Mata Oreamuno.
(1904-1996)
Con sincera admiración y profundo afecto, menciona uno por uno los nombres de todos los paulinos alemanes que vinieron a Costa Rica. Aquellos religiosos eran serios, severos, estrictos, estudiosos, trabajadores, austeros y cultos. Hablaban varios idiomas y constantemente hacían gala de tener una memoria prodigiosa. No solo porque citaban la Sagrada Escritura, los cánones y las sentencias de los Padres y Doctores de la Iglesia sin consultar ningún libro, sino porque se sabían los nombres y los apodos de cada uno de los estudiantes de la secundaria y de los mayoristas. Cuando felicitaban a algún estudiante, lo llamaban por el nombre, pero cuando lo regañaban lo llamaban por el apodo. Tenían además un sexto sentido para darse cuenta de todo lo que ocurría dentro del Seminario. Una vez, en la biblioteca donde hacían la tarea, un estudiante cometió una falta de urbanidad (con ruido y mal olor) y el padre Felipe Vetter, desde el otro extremo del salón, señaló al responsable y le gritó: "Pezuña, ¡No sea cochino!"
El rector, padre José Ohlemüller, era una verdadera eminencia pero, en sus últimos años, ya senil, decía incongruencias. Una vez, un sacerdote joven se atrevió a mencionar el deterioro mental del padre Ohlemüller y el padre Wilhelm Hennicken, al oírlo, le espetó: "El padre Ohlemüller leyó y estudió muchísimo durante toda su vida, así que esté tranquilo porque eso no le va a pasar a usted."
Además del Seminario, había paulinos alemanes en distintos puntos del país. Dos residían permanentemente en Talamanca y otros dos estaban a cargo de todo el territorio de la actual diócesis de San Isidro de El General. El vicariato apostólico de Limón fue confiado también a ellos porque la Misa, que se celebraba en latín, tenía tres homilías: una en español, otra en inglés y otra en francés. El hecho de que sacerdotes tan bien preparados con títulos de prestigiosas universidades europeas se hubieran trasladado como misioneros a los lugares más remotos de Costa Rica fue siempre una gran inspiración para los seminaristas.
En cuanto al clero local, se menciona que, curiosamente, siempre han habido curas con el mismo apellido. Simultáneamente hubo tres Badilla, tres Volio que eran hermanos, tres Valenciano que eran primos, cuatro Zúñiga y cuatro Mata. Las anécdotas que se cuentan de ellos son bien divertidas. El padre Rafael Badilla era lo que podría llamarse un cura maicero. Párroco rural, le predicaba a los campesinos en su propio lenguaje porque él también era uno de ellos. En aquellos tiempos había unas ollas de hierro o de barro que, para manterlas estables sobre la leña del fogón, tenían tres patitas diminutas que eran como picos. Una vez el sermón del padre Badilla fue interrumpido por el llanto de un recién nacido y, para indicarle a la madre que lo amamantara, le gritó desde el púlpito: "¡Dale la pata de olla!"
Francisco de Paula Castillo Arcas, uno de los tres Castillos, era un sacerdote andaluz dicharachero y que tocaba la guitarra, que fue párroco de San Rafael de Oreamuno. Allí encausó y alentó la vocación de un jovencito llamado Víctor Manuel Sanabria Martínez. Cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo, el padre Castillo se jactaba de que, gracias a él, la Iglesia costarricense había llegado a tener tan brillante prelado. Sin embargo, Monseñor Sanabria, medio en broma medio en serio solía decir: "En el clero tenemos tres Castillos, pero de los tres no se hace un rancho."
Beato Fray Remigio de Papiol.
(1885-1937)
Naturalmente, no todo el libro está escrito en clave humorística. Verdaderamente emotivo es el recuerdo de Fray Remigio de Papiol, sacerdote capuchino al que el Padre Mata le servía de monaguillo cuando era niño. Ver de cerca el recogimiento con que el fraile celebraba la Santa Misa fue uno de los grandes estímulos que despertaron su vocación sacerdotal.
Nacido en Barcelona en 1885 con el nombre de Esteban Santacana Armengol, Fray Remigio de Papiol ejerció su ministerio en Filipinas, México, Bluefields en Nicaragua, Colón en Panamá y Cartago en Costa Rica. Compañero suyo de viaje fue el hermano Fray Casiano de Madrid, que acabó desarrollando una gran obra social en Puntarenas. Fray Remigio regresó a España y, tras haber ingresado durante un breve período a la Orden Cartuja, acabó residiendo en Madrid.
Cuando el padre Mata fue ordenado, le escribió comunicándoselo y Fray Remigio le respondió que rezaba constantemente por su monaguillo. Fray Remigio de Papiol murió mártir en 1937, víctima de la represión contra la Iglesia durante la Guerra Civil Española y fue beatificado por el Papa Francisco el 21 de noviembre de 2015.
En cuanto a datos importantes para la historia de Costa Rica, el libro reproduce la homilía que pronunció el padre Alfredo Hidalgo (reconocido calderonista) en el Te Deum cantado a propósito de la instalación de la Junta Fundadora de la Segunda República presidida por don José Figueres y que acabó generando un serio disgusto entre Monseñor Sanabria y el gobierno.
Monumento a Mons. Alberto Mata Oreamuno
en los jardines del Templo Parroquial de
Guadalupe de Goicoechea.
Sorprendente es la revelación de que Monseñor Carlos Gálvez, nacido en 1910, cuando tenía apenas nueve años de edad, mientras jugaba con sus amiguitos en una acera de Barrio Amón, fue testigo del asesinato del General Joaquín Tinoco y, por ser el mayor de los niños allí presentes, lo llamaron a brindar declaración ante el juzgado.
Las menciones que el padre Mata hace de su familia son en verdad conmovedoras. Último hijo de una familia numerosa, cuenta que nunca pudo ver sano a su padre, el poeta Félix Mata Valle, quien era abogado, fue diputado en varias oportunidades y pronunció un poema escrito por él mismo en el funeral del obispo Bernardo Augusto Thiel ya que, desde que tuvo memoria, ya su padre yacía postrado por el cáncer que, lentamente, acabó con su vida.
Don Félix Mata Valle le hizo la declaración de amor a la que sería su esposa, doña María Josefa Oremuno Ortiz, por medio de una carta. El libro reproduce el texto de la misiva, de octubre de 1878, en la que el joven enamorado le confiesa que desde hace tiempo la admira, que ha llegado a amarla y que fuera de ella no encuentra cómo llenar su alma y hacer latir su corazón. Le confiesa que es pobre pero que nunca le ha huido al trabajo y que sabe cuánto cuesta la vida como para alcanzar, no la riqueza, sino al menos cierta comodidad. Insiste en que no quiere incomodarla y se despide pidiéndole que disculpe su atrevimiento.
Al final viene el breve discurso pronunciado por el padre Mata el 24 de abril de 1988 en la inauguración del monumento que el pueblo de Guadalupe de Goicoechea erigió en su honor en los jardines del templo cuando era párroco don Oscar Fernández, quien luego sería obispo de Puntarenas. Aunque al principio se opuso a la idea, acabó aceptando el homenaje de la comunidad citando, eso sí, un versículo de Evangelio de San Lucas: "Siervos inutiles somos y hemos hecho lo que debiamos."
Por más cuidada que esté la edición, inevitablemente todos los libros tienen erratas, dedazos o palabras mal escritas. Guardo mi ejemplar con mucho cariño porque lo recibí directamente de las manos del padre Mata quien, antes de dármelo, corrigió con un lapicero los pequeños errores que se le habían escapado.
INSC: 1466

lunes, 24 de noviembre de 2014

Memorias propias y ajenas.

Memorias propias y ajenas. Alberto
Mata Oreamuno. COVAO,
Costa Rica, 1984.
El padre Alberto Mata Oreamuno era un cura de los de antes. Vestía su sotana negra todo el día y en todas partes, usaba sombrero y recitaba las oraciones secretas de la misa en latín. Era muy serio y tenía fama de ser un tanto regañón y malhumorado, pero en realidad, quienes lo trataban descubrían que tenía un fino sentido del humor. Le gustaba la música clásica, la historia de Costa Rica, la poesía y era también aficionado a escribir. Publicó numerosos artículos, biografías y catecismos.
Cuando cumplió ochenta años, en 1984, publicó un simpático y entretenido libro titulado Memorias propias y ajenas, ya que al hacer un repaso por su vida, quiso compartir tanto recuerdos suyos como de otros. 
Empieza contando que cuando estaba en tercer grado de primaria, en 1913, recibió su primera carta. Se la enviaba su padrino de confirma, el Dr. Valeriano Fernández Ferraz, y era la respuesta a una carta que el niño Alberto le había escrito para saludarlo. El Dr. Ferraz le decía en la carta: "Su letra es mala, pero se acordará de mí, cuando maduren las uvas que usted para las letras será bueno."
Aquel sabio español resultó profeta, porque los libros del padre Mata son amenísimos y quien se encuentra con uno en las manos acaba casi siempre leyéndolo de un tirón. 
El primer gran acontecimiento de su vida fue el terremoto que destruyó la ciudad de Cartago en 1910. Aunque era pequeño, guarda recuerdos de cómo era la ciudad antes de la tragedia y cuenta que cuando empezó el enjambre de temblores, los habitantes de la ciudad tomaron la precaución de dormir en improvisados ranchos y tiendas de campaña en un lote vacío situado donde actualmente se encuentra el edificio del Poder Judicial. Para un niño, la experiencia de ir cada noche de campamento era divertida, pero el terremoto ocurrió cuando la familia estaba en la casa que, solamente gracias a que la evacuaron rápidamente, no les cayó encima. 
Brinda un retrato cariñoso de sus padres, el poeta Félix Mata Valle, autor del libro de versos Brisas del Irazú, quien fue diputado en repetidas ocasiones y doña María Josefa Oreamuno Ortiz, de quien fue el último de nueve hijos y, al momento de escribir el libro, el único que sobrevivía. Hace un recuento genealógico para mostrar la lista de parientes suyos que fueron sacerdotes, entre los que se cuenta Anselmo Llorente y La Fuente, el primer obispo de Costa Rica. Cuenta que a los quince años, de poca gana y obligado, se convirtió en monaguillo del fraile capuchino Fray Remigio de Papiol y al ver de cerca el fervor con que celebraba la Santa Misa, se le despertó el deseo de convertirse en sacerdote. Fray Remigio era español, había vivido en México, Nicaragua y Costa Rica, estuvo un tiempo en la Cartuja de Miraflores en Burgos y murió asesinado durante la Guerra Civil española. 
El padre Mata estudió primero en el San Luis Gonzaga y posteriormente en el Colegio Seminario, regentado por padres paulinos alemanes, donde fue compañero de don Pepe Figueres, de Francisco Orlich y de Paco Calderón Guardia. Además de divertidas anécdotas de su época de estudiante, en el libro se refiere a su amistad con Monseñor Sanabria, quien fue el monaguillo de su primera misa, así como a sus experiencias jocosas en distintas parroquias.
Monumento al Padre Mata, en los jardines
de la parroquia de Guadalupe de Goicoechea.
La guerra civil de 1948 ocurrió mientras el padre Mata era párroco en Heredia y tenía como coadjutor al padre Armando Alfaro Paniagua. Todo el mundo sabía que el padre Mata era calderonista y el padre Alfaro figuerista, así que la casa cural fue objeto, en repetidas ocasiones, de registros minuciosos por parte de las fuerzas de ambos bandos por la sospecha de que allí se ocultaran hombres o armas del bando opuesto. 
Se refiere ampliamente, por supuesto, a los más de veinte años en que fungió como párroco de Guadalupe de Goicoechea. Cuando estaba construyendo el nuevo templo de esta comunidad, el padre Mata, vestido con su infaltable sotana negra, entraba a las cantinas a vender números de rifas para financiar las obras. Los parroquianos, además de comprar números, convidaban al padre a tomar un trago, pero él declinaba la invitación alegando que si tomara un trago en cada cantina, regresaría a la casa cural gateando.
El libro tiene varios anexos, entre los que están el poema que don Félix Mata Valle, padre del autor, escribió en homenaje al Obispo Bernardo Augusto Thiel y fue recitado por el propio autor el día del funeral del prelado. También se incluyen poemas escritos por el propio padre Mata.
Tenía razón el Dr. Ferraz: cuando maduraron las uvas, Alberto Mata Oreamuno fue bueno para las letras. 

INSC: 0183


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