domingo, 5 de noviembre de 2017

Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica.

Anselmo Llorente y Lafuente, primer
obispo de Costa Rica. Víctor Manuel
Sanabria Martínez. Prólogo de Carlos
Meléndez Chaverri. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 1972.
La extensa biografía de Mons. Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica, fue la primera investigación histórica que realizó Mons. Víctor Manuel Sanabria Martínez. quien, con exceso de modestia, la presentó como Apuntamientos históricos, cuando en realidad se trata de una obra verdaderamente rica, tanto en datos como en análisis. Fue publicada en 1933 pero la edición completa, ya impresa, fue mandada a destruir por el arzobispo Rafael Ottón Castro Jiménez, a quien no le hizo ninguna gracia que un cura joven (Sanabria tenía apenas treinta y cinco años), hubiera publicado un libro en que Monseñor Llorente era retratado como un hombre de carne y hueso, que cometió errores de tacto y que en ocasiones fue incapaz de comprender las circunstancias en que vivía inmerso.
Pese a la censura que sufrió su primera obra, Sanabria, apasionado de revisar libros y documentos antiguos, continuó investigando. En 1935 publicó el libro sobre La primera vacante y en 1941 la biografía de Bernardo Augusto Thiel y los Documentos sobre la Virgen de los Angeles.
Irónicamente, cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo de San José, se convirtió en el inmediato sucesor de Mons. Castro Jiménez, quien había mandado destruir su primer libro.
La segunda edición de la biografía de Anselmo Llorente fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1972, cuando ya Sanabria cumplía veinte años de muerto. En el prólogo, don Carlos Meléndez Chaverri destaca la rigurosidad que caracteriza a Mons. Sanabria como historiador, así como su labor de pionero en ese campo. Sanabria, por cierto, dedicó su primer libro a don Cleto González Víquez quien también fue un gran investigador que llegó publicar numerosos trabajos sobre la historia de Costa Rica.
Cabe señalar que Anselmo Llorente Lafuente no solo fue el primer obispo de Costa Rica, sino también el primer obispo costarricense. El segundo costarricense en ser consagrado obispo fue Mons. Guillermo Rojas Arrieta, primer Arzobispo de Panamá. El segundo y tercer obispo de Costa Rica, Mons Bernardo Augusto Thiel y Mons. Juan Gaspar Stork, eran alemanes. Así que, desde la muerte de Llorente, en 1871, hasta la consagración de Mons. Castro Jiménez, en 1921, pasaron cincuenta años en que la Iglesia de Costa Rica no fue gobernada por un obispo nacido en el país.
El primer intento por establecer una sede episcopal en Costa Rica tuvo lugar en 1560, cuando se propuso para ocuparla al misionero Juan Estrada Rávago, pero la iniciativa no tuvo éxito por la escasa población de la provincia. Costa Rica dependía, en lo eclesiástico, de la Diócesis de León, Nicaragua. Los obispos de León realizaban la visita pastoral al alejado territorio de Costa Rica. Fueron memorables las visitas de Mons. Pedro Morel de Santa Cruz y Mons. Esteban Lorenzo de Tristán, pero lo cierto es que ninguno de los obispos de León llegó a emprender el pesado viaje una segunda vez. 
Tras la independencia, tanto el clero como las autoridades civiles de Costa Rica consideraron importante contar con un obispo propio. Braulio Carrillo solicitó formalmente a la Santa Sede el nombramiento, haciendo la salvedad de que prefería que el elegido no fuera costarricense ni centroamericano. Su solicitud, en todo caso, no fue atendida.
En 1848, tras la proclamación de Costa Rica como República soberana e independiente, el Dr. José María Castro Madriz le escribió al Papa Pío IX, manifestándole que no era conveniente que la Iglesia costarricense dependiera de la de Nicaragua, "un país que nos hostiliza y vive casi anarquizado."
El Dr. Castro trató de presentar como candidato a obispo a su tío materno y mentor intelectual, el padre Juan de los Santos Madriz Cervantes, primer rector de la Universidad de Santo Tomás que había sido también presidente del Congreso y era un verdadero sabio. Sanabria declara, en su libro, que en su investigación no encontró el expediente de vida y costumbres del padre Madriz. Tal vez se trate de una mentirilla de su parte, porque todo el mundo en Costa Rica sabía que el padre Madriz tenía hijos con varias mujeres y uno de ellos, por cierto, era sacerdote, cosa que Sanabria debió haber sabido también y que pesó en que su candidatura no prosperara.
Don Juan Rafael Mora Porras, por su parte, trató de impulsar la candidatura del padre Rafael del Carmen Calvo, hermano de su ministro y hombre de confianza Joaquín Bernardo Calvo, pero cuando se percató que su candidato no tenía muchas posibilidades, le pidió al Papa que nombrara en su lugar a un obispo español o romano. Por alguna razón don Juanito, al igual que Braulio Carrillo, no quería que el deseado obispo de Costa Rica fuera tico.
Sin embargo, cuando en 1850 el Papa Pío IX creó la Diócesis de Costa Rica, nombró como primer obispo a don Anselmo Llorente Lafuente, nacido en Cartago el 21 de abril de 1800 y que se desempeñaba como rector del Seminario Tridentino de Guatemala. La noticia de la creación de un obispado en Costa Rica, cayó como una bomba en Nicaragua, no solo porque la Iglesia costarricense se desligaba administrativamente de Nicaragua y pasaba a ser sufragánea del arzobispado de Guatemala, sino porque el Papa, al establecer los límites de la Diócesis de Costa Rica, reconoció la soberanía costarricense sobre todo Guanacaste, territorio que, pese a la anexión proclamada en 1824, todavía Nicaragua seguía reclamando.
Anselmo Llorente Lafuente (1800-1871).
Primer obispo de Costa Rica.
En Costa Rica, el nombre del primer obispo fue una verdadera sorpresa, ya que nadie lo conocía. Tenía un año de edad cuando murió su padre y siete cuando murió su abuelo y, siendo niño, se había trasladado a Guatemala con sus hermanos varones. Allá estudió, se ordenó sacerdote, fue testigo de la proclamación de independencia el 15 de setiembre de 1821, llegó a ser presidente del hospital, rector del Seminario y hasta diputado en la Asamblea Constituyente de Guatemala en 1848.
Desde que partió, en la infancia, hasta su nombramiento de obispo, cuando ya había cumplido los cincuenta años, Anselmo Llorente Lafuente solamente había regresado a Costa Rica en dos ocasiones, en 1823 y 1830, para visitar a su madre y sus hermanas que vivían en Cartago.
Aunque nació en Costa Rica, Mons. Llorente era de una familia española por tres de los cuatro costados. Su padre, Ignacio Llorente Arcedo, era hijo de Manuel Llorente y Petronila Arcedo, naturales de Vizcaya, en el país Vasco. Su madre, Feliciana Lafuente Alvarado, era hija del teniente español Antonio de la Fuente, nacido en Castilla y de María Francisca Alvarado, criolla, descendiente de Jorge de Alvarado, el hermano de don Pedro de Alvarado, adelantado de Guatemala.
Algunos se preguntan por qué, si hay dos distritos nombrados en memoria del obispo (Llorente de Tibás, en San José y Llorente de Flores, en Heredia), el apellido Llorente haya desaparecido de Costa Rica. La razón es muy sencilla: todos los varones Llorente Lafuente se fueron a vivir a Guatemala. Cuatro de ellos, además, fueron ordenados sacerdotes. Ignacio y Anselmo fueron curas seculares, Nicolás ingresó a la Orden de Predicadores y Juan Tomás a la orden franciscana. Del otro hermano, Domingo, no se tienen registros en el país, por lo que es probable que se hayan radicado en Guatemala.
Las únicas que se quedaron en Costa Rica fueron sus hermanas que, aunque se casaron y tuvieron hijos, no transmitieron el apellido. Su descendencia, sin embargo, es muy numerosa. De su hermana Petronila Llorente Lafuente, casada con Joaquín Yglesias, descienden, entre otros muchos, los expresidentes Rafael Yglesias Castro, Federico Tinoco Granados y Abel Pacheco,  así como don Arturo Volio Jiménez y su hermano el general Jorge Volio, don Luis Demetrio Tinoco Castro, el escritor Joaquín Gutiérrez Mangel, el Lic. Fernando Soto Harrison y el Dr. Longino Soto Pacheco. De su hermana Margarita Llorente Lafuente, casada con Francisco Sáenz, descienden el Dr. Carlos Sáenz Herrera y don Guido Sáenz González. Don Guido, por cierto, me contó una vez que entre sus reliquias familiares tenía el reloj de oro del obispo Llorente y lo donó al Museo Nacional.
Una anécdota, contada por Sanabria en el libro, le resultó muy simpática a don Guido, quien fue dueño de Ladrillera La Uruca. Resulta que Mons. Llorente estaba tan ilusionado con la construcción del Seminario, que se ponía a amasar barro para fabricar los ladrillos que se usarían en la obra. Un día, al lavarse las manos al final de la jornada, se percató que no tenía su anillo pastoral, que debió haber quedado en alguno de los ladrillos. 
El libro de Sanabria sobre Llorente es exhaustivo hasta detalles inesperados. Llega a mencionar incluso los libros de texto que utilizó durante sus estudios en Guatemala, cita sus cartas pastorales una por una, se refiere a su correspondencia oficial y privada y hace un recuento bien documentado de los asuntos administrativos que le tocó atender. También intenta delinear un retrato psicológico del prelado. Sanabria pinta al obispo como huraño, rencoroso e irascible. Cita a Castro Madriz, quien mencionó que Llorente tenía "arrebatos pasajeros y violentos, acaloramientos momentáneos de su sangre ardiente." No se ofrecen detalles, pero con cierta frecuencia se subraya el hecho de que Llorente tenía muy mal genio.
Sin embargo, todos los testimonios coinciden en que era un hombre muy recto. Exigía disciplina en el clero y predicaba con el ejemplo. La austeridad con que vivía rayaba en la pobreza. El viajero irlandés Thomas Francis Meagher, que dejó escritos sus recuerdos del encuentro que sostuvo con él, lo describe como muy serio, muy alto, muy flaco, con dedos huesudos, el cabello blanco y la tez amarillenta. Su único vicio era fumar cigarrillos que enrollaba él mismo y su única distracción era jugar, con la baraja española, malilla y tresillo. Era aficionado a la mecánica y, aunque en la Costa Rica de aquel tiempo había pocas máquinas, cuando alguna se descomponía llamaban al obispo para que la arreglara.
A la izquierda, don Julián Volio Llorente y, a la derecha, don
Francisco María Yglesias Llorente, sobrinos y asesores del
obispo y adversarios políticos de don Juan Rafael Mora.
Sanabria deja claro que Llorente, quien tomó posesión de su cargo el 27 de diciembre de 1851, no logró entenderse bien ni con el pueblo, ni con el clero, ni con el gobierno. Su hermano, el padre Ignacio Llorente, fue su vicario desde 1852 y sus dos colaboradores más cercanos eran sus sobrinos, Julián Volio Llorente y Francisco María Yglesias Llorente, ambos enemigos políticos de don Juanito Mora. Por la cercanía de sus parientes, los curas criticaban al obispo de nepotismo. La palabra nepotismo, por cierto, viene de nepote, que en italiano significa sobrino, por lo que, en este caso, calzaba a la perfección.
El obispo y el presidente se guardaban la cortesía debida, pero se miraban uno al otro con recíproca desconfianza. Don Juanito, paranoico sobre las conspiraciones que pudieran hacer sus adversarios, creía ver, en cada palabra del obispo, la influencia de sus sobrinos. Llorente, por su parte, era supersensible ante cualquier acción, disposición o declaración de don Juanito.
Monseñor Llorente se escandalizaba ante el hecho de que hubiera curas moristas. El padre Nereo Bonilla llegó a afirmar: "Solo tres sacerdotes están con el obispo, los demás estamos con el gobierno."
Amargado y cansado de intrigas, Llorente escribió su carta de renuncia en setiembre de 1854. El documento fue conocido de manera pública, se logró una reconciliación más o menos amistosa y el obispo continuó en su puesto.
Por su experiencia como presidente de un hospital en Guatemala, Llorente fue nombrado presidente de la Junta Edificadora del Hospital San Juan Dios en San José. Costa Rica, había llegado a la mitad del siglo XIX sin hospital. El único intento anterior, el Hospital San Juan de Dios de Cartago, fundado por el obispo Tristán, apenas funcionó doce años, de 1782 a 1794. Llorente puso gran dedicación al proyecto, pero se molestó cuando el gobierno utilizó las instalaciones recién construidas como cárcel para reos comunes y asilo para enfermos mentales. Renunció entonces a la presidencia del hospital. Los galerones de abobe levantados, en todo caso, fueron muy útiles durante la epidemia del cólera.
En 1853, a petición del gobierno, el Papa Pío IX le dio el título de pontificia  a la Universidad de Santo Tomás. La declaratoria implicaba brindarle atribuciones y poderes al obispo sobre la institución y esto acabó desencadenando una agria polémica. Curiosamente, la iniciativa de declarar pontificia la universidad no surgió del Papa del ni del obispo, sino de las autoridades civiles, que solamente cuando el hecho estuvo consumado se percataron de lo que habían hecho.
Por esos años, don Juanito inauguró el Teatro Mora, primera sala de espectáculos cómicos, dramáticos y musicales en San José. El obispo Llorente, austero en sus costumbres hasta el extremo, no miró con buenos ojos esa actividad e instó a los fieles católicos a no asistir al teatro. Adolphe Marie, redactor del gaceta oficial, le hizo ver en un artículo que en la propia Roma, gobernada por el Papa, había teatros y hasta los monseñores de la curia asistían a ellos, pero el obispo Llorente, se negó a levantar la prohibición.
Llorente le resentía a don Juanito Mora el que, con tal de mantenerse en el poder, metiera a la cárcel y desterrara a quienes sospechaba que eran sus enemigos políticos. Entre las víctimas de la represión oficial hubo, en diversas oportunidades, familiares cercanos del obispo. El presidente y el obispo también chocaron por asuntos de dinero, ya que don Juanito pretendía que los fondos de diezmos que percibía la Iglesia, pasaran a disposición del Estado. Pero, pese a las diferencias y constantes encontronazos, el obispo Llorente apoyó a Mora cuando se dispuso a emprender la guerra contra los filibusteros de William Walker.
La proclama con que el obispo arengó a las tropas e instó a los costarricenses a enlistarse en la lucha, parece el anuncio de una cruzada, en que llama a "defender la religión de nuestros padres", amenazada por unos enemigos sobre los cuales no se ahorra insultos. El hecho que un obispo llame a la guerra no parece muy acorde con el Evangelio, pero Llorente, temperamental como era, se dejó llevar por el calor del momento. Un sobrino suyo, el Dr. Andrés Sáenz Llorente, acompañó las tropas en calidad de médico. A su sobrino predilecto, don Julián Volio Llorente, don Juanito se lo llevó y acabó nombrándolo comandante de Liberia. No quería tenerlo cerca, pero tampoco creyó conveniente dejarlo en la capital. Dos sacerdotes, don Raimundo Mora y don Francisco Calvo, acompañaron el ejército costarricense como capellanes. 
Tras el primer encuentro con los filibusteros, el 11 de abril de 1856 en la batalla de Rivas, don Juanito le pidió al padre Calvo que, en su informe al obispo, no presentara los hechos como una derrota. Aunque posteriormente el 11 de abril llegó a ser fiesta nacional para celebrar el triunfo de la batalla de Rivas, lo cierto fue que, en el momento y por la enorme cantidad de muertos y heridos, el resultado de la expedición fue considerado catastrófico. Para colmo de males, los soldados que regresaron trajeron con ellos la peste del cólera.
Durante la epidemia, por temor a que las aglomeraciones de personas facilitaran el contagio, Monseñor Llorente dispuso que la Santa Misa dominical se celebrara al aire libre, en la puerta de los templos. Algunos curas se negaban a impartir los sacramentos a los moribundos por miedo a resultar contagiados. Llorente los obligó a cumplir con su deber y él mismo administró la Unción de los enfermos a numerosos afectados. Para rogar por el fin de la peste, se estableció la procesión del Dulce Nombre.
En el plano puramente religioso, hubo una ampliación de patronazgo. La Catedral estaba dedicada a San José pero, después de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción de María, en 1856, Llorente declaró patrona de la Catedral a María Inmaculada. Por eso, la imagen de la Virgen preside la nave central del templo. Curiosamente, en la Catedral se celebra solemnemente el 19 de marzo, día de San José, pero no hay fiestas tan sonadas el 8 de diciembre, día de la Inmaculada.
Para 1858, las relaciones entre el obispo y don Juanito Mora habían llegado a ser insostenibles. Don Juanito preparaba su nueva reelección y el obispo era de los muchos que consideraba que esas reelecciones, en circunstancias no del todo claras, no eran más que la pantalla de don Juanito para quedarse indefinidamente en el poder. Incluso un buen número de ciudadanos que habían sido moristas por años consideraban que había llegado el momento de que don Juanito abandonara la presidencia. 
Tras un intercambio de documentos escritos en tono diplomático, pero de duro contenido, el 24 de diciembre de 1858 don Juanito tomó la decisión de expulsar "a perpetuidad" a Monseñor Llorente de Costa Rica. Le dio veinticuatro horas para abandonar el país. Llorente se trasladó a Nicaragua y se estableció en Rivas. Lo acompañó su asistente, el joven seminarista Domingo Rivas, que fue ordenado por Llorente en Nicaragua. Rivas, posteriormente, obtuvo el título de Doctor, fue Rector de la Universidad de Santo Tomás y vicario de Mons. Llorente con miras a ser su sucesor. 
El destierro "a perpetuidad" a fin de cuentas duró menos de un año. Mora fue derrocado y Monseñor Llorente regresó a Costa Rica el 8 de setiembre de 1859, llamado por el nuevo presidente, el Dr. José María Montealegre.
Montealegre nombró a don Julián Volio Llorente, sobrino del obispo, como ministro de Relaciones Exteriores y Culto, por lo que le correspondía ser el enlace del gobierno con las autoridades de la Iglesia. Su sucesor, el Dr. Jesús Jiménez Zamora, mantuvo a don Julián en el puesto.
Monseñor Llorente tenía una relación muy cercana con el Dr. Montealegre, que era su médico personal y se llevó muy bien con el Dr. Jesús Jiménez, que ni se metía en los asuntos de la Iglesia ni habría permitido jamás que el obispo se metiera en los asuntos del gobierno. Según Sanabria, con solamente una pizca de diplomacia por ambas partes, Llorente y don Juanito Mora se habrían comprendido mejor, pero el hecho es que no fue así. 
De izquierda a derecha: Padre José María Brenes,
don Vicente Segreda, Mons. Anselmo Llorente y
el Dr. Carlos María Ulloa. Grupo que viajó al
Concilio Vaticano en 1869.
La masonería apareció en Costa Rica entre 1824 y 1825, pero fue durante el episcopado de Llorente que alcanzó verdadero auge. El Dr. Castro Madriz, así como don Julián Volio, eran miembros activos. El padre Francisco Calvo, considerado fundador de la primera Logia en San José, atrajo a la hermandad a otro sacerdote, el Dr. Carlos María Ulloa, que también fue iniciado. En 1867, el obispo Llorente obligó a los dos curas a retractarse y abandonar la masonería, lo cual le valió severas críticas por parte del Dr. Lorenzo Montúfar en la prensa.
Aficionado a declarar condenas, sanciones, suspensiones y excomuniones a diestra y siniestra, en la lista de penas declaradas por Llorente hay una en verdad simpática. En 1868 condenó con excomunión a quienes dañaran los postes de telégrafo que empezaban a instalarse en el país.
En 1869 viajó por primera y única vez a Europa para asistir a las sesiones del Concilio Vaticano. Lo acompañaban los sacerdotes José María Brenes y el Dr. Carlos María Ulloa, e iba como secretario don Vicente Segreda. No se sabe exactamente qué pasó, pero tal parece que el mal genio de Mons. Llorente salió a relucir. Se enojó con los dos sacerdotes y los mandó de vuelta a Costa Rica. El Dr. Carlos María Ulloa declaró a su regreso que Llorente había salido llorando de la audiencia que tuvo con el Papa Pío IX y que se lamentaba diciendo: "De todos los obispos que hay aquí, solo yo me encuentro en esta situación".
El 18 de agosto de 1871, Monseñor Llorente fue a Alajuela a bendecir la inauguración de los trabajos del ferrocarril y a administrar el sacramento de la Confirmación. Exactamente un mes después, el 17 de setiembre, declaró sentirse muy enfermo y, por primera vez en su vida, se quedó en cama. Murió el 22 de setiembre de 1871. El acta de defunción, firmada por su médico de cabecera, el Dr. José María Montealegre y por su sobrino, el Dr. Andrés Sáenz, estableció como causa de su muerte la fiebre tifoidea. El funeral se efectuó el 24 de setiembre en la antigua iglesia de la Merced y su cuerpo fue sepultado en el atrio de la Catedral que estaba en construcción.
Ultima fotografía de Monseñor Anselmo
Llorente, en 1871, año de su fallecimiento.
En su testamento, Mons. Llorente lega su biblioteca al Seminario, su casa de Cartago a una comunidad religiosa, sus ornamentos y todos sus bienes a la Iglesia y solamente le deja algunos objetos a sus parientes. Establece una partida para que sea distribuida entre mendigos y otorga la por entonces astronómica suma de cien pesos a sus servidores domésticos, Gregorio Cruz, Margarita Valverde y Casilda Sandí. Hay también, en el documento, un dato curioso. Establece una beca para que un hijo de su sobrino Carlos Volio Llorente, vaya al Seminario a prepararse para el sacerdocio. El hijo mayor de don Carlos Volio, a la muerte de Mons. Llorente, era Juan Bautista Volio Jiménez, que entonces solamente tenía diez años de edad y que, posteriormente, se convertiría en el primer jesuita costarricense. Otros dos hijos de don Carlos, nacidos ya cuando Mons. Llorente había muerto, fueron ordenados sacerdotes, Mons. Claudio María Volio, obispo de Santa Rosa de Copán, Honduras, y Jorge Volio Jiménez quien fue luego fundador del Partido Reformista. Sin embargo, ninguno de los tres estudió en el Seminario de San José. Juan Bautista se formó en California y Claudio María y Jorge en Bélgica.
Para la nueva catedral se mandaron a traer de Europa altares de mármol. El amplio y sólido altar de madera en que Mons. Llorente celebraba la Santa Misa fue trasladado a la Iglesia del Carmen, donde aún se encuentra. El 7 de julio de 1882, Mons. Thiel dispuso trasladar los restos de Mons. Llorente al presbiterio de la Catedral ya concluida. A las ocho de la noche, rodeado de los familiares de Llorente, antes de darle sepultura, Thiel ordenó que se abriera la urna. Pese a los once años transcurridos desde su muerte, el cuerpo de Mons. Llorente estaba conservado y Thiel pudo contemplar el rostro de su antecesor, a quien no había conocido en vida. La exposición se prolongó durante dos horas y Monseñor Llorente fue sepultado, a las diez de la noche, frente al altar de San José, al lado del Evangelio.
INSC: 2740

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