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lunes, 11 de diciembre de 2017

Las anécdotas del padre Alberto Mata Oreamuno.

Semblanzas y anécdotas eclesiásticas.
Alberto Mata Oreamuno.
Costa Rica, 1988.
Cuando estaba cerca de cumplir los ochenta y cinco años de edad, Monseñor Alberto Mata Oreamuno acató la recomendación que recibía constantemente de parte de sacerdotes jóvenes y escribió un libro sobre personajes que había conocido y hechos que había presenciado o protagonizado durante su ya larga vida.
No se trata de sus memorias, que ya había publicado unos años antes, sino más bien de una recopilación de recuerdos, anécdotas y semblanzas que valía la pena dejar escritas para que fueran conocidas cuando ya no estuviera él para contarlas.
El libro, titulado Semblanzas y anécdotas eclesiásticas, que tiene tanto páginas jocosas como emotivas, está lleno de sorpresas. Algunas son francamente divertidas y otras son verdaderas revelaciones de gran importancia histórica.
Nacido en Cartago en 1904, el padre Mata era bisnieto, por el lado paterno, de Jacinta de la Fuente, hermana de Feliciana, la madre del obispo Anselmo Llorente La Fuente, primer obispo de Costa Rica, quien, según cuenta, se entretenía jugando partidas de naipe con sus tíos abuelos. Por el lado materno tenía cierto parentesco con Mons. Luis Javier Muñoz, el obispo de Guatemala que fue expulsado por el dictador Jorge Ubico.
Las primeras páginas están dedicadas a breves notas biográficas de los papas, de Pío IX a Juan Pablo II y, tras una nota sobre el cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930), vienen apartados sobre los obispos de San José, desde Mons. Llorente hasta Mons. Carlos Humberto Rodríguez Quirós.
Cuenta que era un niño de doce años de edad la primera vez que vio a los padres paulinos alemanes con quienes posteriormente recibiría su formación sacerdotal. El obispo Juan Gaspar Stork llegó a Cartago acompañado de los sacerdotes Carlos Trapp y Agustín Blessing, en agosto de 1916, para celebrar la fiesta de la Virgen de los Angeles. El santuario era entonces un amplio galerón de madera ya que el templo (como prácticamente toda la ciudad) había sido destruido por el terremoto de mayo de 1910 que solamente dejó media docena de casas en pie.
Alberto Mata Oreamuno.
(1904-1996)
Con sincera admiración y profundo afecto, menciona uno por uno los nombres de todos los paulinos alemanes que vinieron a Costa Rica. Aquellos religiosos eran serios, severos, estrictos, estudiosos, trabajadores, austeros y cultos. Hablaban varios idiomas y constantemente hacían gala de tener una memoria prodigiosa. No solo porque citaban la Sagrada Escritura, los cánones y las sentencias de los Padres y Doctores de la Iglesia sin consultar ningún libro, sino porque se sabían los nombres y los apodos de cada uno de los estudiantes de la secundaria y de los mayoristas. Cuando felicitaban a algún estudiante, lo llamaban por el nombre, pero cuando lo regañaban lo llamaban por el apodo. Tenían además un sexto sentido para darse cuenta de todo lo que ocurría dentro del Seminario. Una vez, en la biblioteca donde hacían la tarea, un estudiante cometió una falta de urbanidad (con ruido y mal olor) y el padre Felipe Vetter, desde el otro extremo del salón, señaló al responsable y le gritó: "Pezuña, ¡No sea cochino!"
El rector, padre José Ohlemüller, era una verdadera eminencia pero, en sus últimos años, ya senil, decía incongruencias. Una vez, un sacerdote joven se atrevió a mencionar el deterioro mental del padre Ohlemüller y el padre Wilhelm Hennicken, al oírlo, le espetó: "El padre Ohlemüller leyó y estudió muchísimo durante toda su vida, así que esté tranquilo porque eso no le va a pasar a usted."
Además del Seminario, había paulinos alemanes en distintos puntos del país. Dos residían permanentemente en Talamanca y otros dos estaban a cargo de todo el territorio de la actual diócesis de San Isidro de El General. El vicariato apostólico de Limón fue confiado también a ellos porque la Misa, que se celebraba en latín, tenía tres homilías: una en español, otra en inglés y otra en francés. El hecho de que sacerdotes tan bien preparados con títulos de prestigiosas universidades europeas se hubieran trasladado como misioneros a los lugares más remotos de Costa Rica fue siempre una gran inspiración para los seminaristas.
En cuanto al clero local, se menciona que, curiosamente, siempre han habido curas con el mismo apellido. Simultáneamente hubo tres Badilla, tres Volio que eran hermanos, tres Valenciano que eran primos, cuatro Zúñiga y cuatro Mata. Las anécdotas que se cuentan de ellos son bien divertidas. El padre Rafael Badilla era lo que podría llamarse un cura maicero. Párroco rural, le predicaba a los campesinos en su propio lenguaje porque él también era uno de ellos. En aquellos tiempos había unas ollas de hierro o de barro que, para manterlas estables sobre la leña del fogón, tenían tres patitas diminutas que eran como picos. Una vez el sermón del padre Badilla fue interrumpido por el llanto de un recién nacido y, para indicarle a la madre que lo amamantara, le gritó desde el púlpito: "¡Dale la pata de olla!"
Francisco de Paula Castillo Arcas, uno de los tres Castillos, era un sacerdote andaluz dicharachero y que tocaba la guitarra, que fue párroco de San Rafael de Oreamuno. Allí encausó y alentó la vocación de un jovencito llamado Víctor Manuel Sanabria Martínez. Cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo, el padre Castillo se jactaba de que, gracias a él, la Iglesia costarricense había llegado a tener tan brillante prelado. Sin embargo, Monseñor Sanabria, medio en broma medio en serio solía decir: "En el clero tenemos tres Castillos, pero de los tres no se hace un rancho."
Beato Fray Remigio de Papiol.
(1885-1937)
Naturalmente, no todo el libro está escrito en clave humorística. Verdaderamente emotivo es el recuerdo de Fray Remigio de Papiol, sacerdote capuchino al que el Padre Mata le servía de monaguillo cuando era niño. Ver de cerca el recogimiento con que el fraile celebraba la Santa Misa fue uno de los grandes estímulos que despertaron su vocación sacerdotal.
Nacido en Barcelona en 1885 con el nombre de Esteban Santacana Armengol, Fray Remigio de Papiol ejerció su ministerio en Filipinas, México, Bluefields en Nicaragua, Colón en Panamá y Cartago en Costa Rica. Compañero suyo de viaje fue el hermano Fray Casiano de Madrid, que acabó desarrollando una gran obra social en Puntarenas. Fray Remigio regresó a España y, tras haber ingresado durante un breve período a la Orden Cartuja, acabó residiendo en Madrid.
Cuando el padre Mata fue ordenado, le escribió comunicándoselo y Fray Remigio le respondió que rezaba constantemente por su monaguillo. Fray Remigio de Papiol murió mártir en 1937, víctima de la represión contra la Iglesia durante la Guerra Civil Española y fue beatificado por el Papa Francisco el 21 de noviembre de 2015.
En cuanto a datos importantes para la historia de Costa Rica, el libro reproduce la homilía que pronunció el padre Alfredo Hidalgo (reconocido calderonista) en el Te Deum cantado a propósito de la instalación de la Junta Fundadora de la Segunda República presidida por don José Figueres y que acabó generando un serio disgusto entre Monseñor Sanabria y el gobierno.
Monumento a Mons. Alberto Mata Oreamuno
en los jardines del Templo Parroquial de
Guadalupe de Goicoechea.
Sorprendente es la revelación de que Monseñor Carlos Gálvez, nacido en 1910, cuando tenía apenas nueve años de edad, mientras jugaba con sus amiguitos en una acera de Barrio Amón, fue testigo del asesinato del General Joaquín Tinoco y, por ser el mayor de los niños allí presentes, lo llamaron a brindar declaración ante el juzgado.
Las menciones que el padre Mata hace de su familia son en verdad conmovedoras. Último hijo de una familia numerosa, cuenta que nunca pudo ver sano a su padre, el poeta Félix Mata Valle, quien era abogado, fue diputado en varias oportunidades y pronunció un poema escrito por él mismo en el funeral del obispo Bernardo Augusto Thiel ya que, desde que tuvo memoria, ya su padre yacía postrado por el cáncer que, lentamente, acabó con su vida.
Don Félix Mata Valle le hizo la declaración de amor a la que sería su esposa, doña María Josefa Oremuno Ortiz, por medio de una carta. El libro reproduce el texto de la misiva, de octubre de 1878, en la que el joven enamorado le confiesa que desde hace tiempo la admira, que ha llegado a amarla y que fuera de ella no encuentra cómo llenar su alma y hacer latir su corazón. Le confiesa que es pobre pero que nunca le ha huido al trabajo y que sabe cuánto cuesta la vida como para alcanzar, no la riqueza, sino al menos cierta comodidad. Insiste en que no quiere incomodarla y se despide pidiéndole que disculpe su atrevimiento.
Al final viene el breve discurso pronunciado por el padre Mata el 24 de abril de 1988 en la inauguración del monumento que el pueblo de Guadalupe de Goicoechea erigió en su honor en los jardines del templo cuando era párroco don Oscar Fernández, quien luego sería obispo de Puntarenas. Aunque al principio se opuso a la idea, acabó aceptando el homenaje de la comunidad citando, eso sí, un versículo de Evangelio de San Lucas: "Siervos inutiles somos y hemos hecho lo que debiamos."
Por más cuidada que esté la edición, inevitablemente todos los libros tienen erratas, dedazos o palabras mal escritas. Guardo mi ejemplar con mucho cariño porque lo recibí directamente de las manos del padre Mata quien, antes de dármelo, corrigió con un lapicero los pequeños errores que se le habían escapado.
INSC: 1466

sábado, 19 de agosto de 2017

Mons. José Vicente Salazar y la JOC de Costa Rica.

Memorial a Mons. Dr. José V. Salazar
Fundador de la Juventud Obrera Católica
de Costa Rica. Francisco Vindas Chaves.
Ediciones CECOR, Costa Rica, 1995.
Existen numerosos estudios históricos sobre la acción social de la Iglesia católica en Costa Rica, pero la mayoría de ellos suele concentrarse en las figuras de los obispos Bernardo Augusto Thiel y Víctor Manuel Sanabria, así como en el reformismo del General Jorge Volio y, salvo la honrosa excepción de La Iglesia y el sindicalismo en Costa Rica, de James Backer, suelen pasar por alto la obra y figura de Monseñor José Vicente Salazar Arias (1913-1962), quien fue el lider la Juventud Obrera Católica, dirigió un agerrido semanario, fundó un instituto secular y construyó el templo de la Medalla Milagrosa en calle 20.
En 1995, la Conferencia Episcopal de Costa Rica publicó una investigación realizada por el Dr. Francisco Vindas Chaves sobre la vida y obra de este prelado. El libro brinda un retrato bastante completo de este singular personaje, así como de sus múltiples y, en ocasiones, polémicas actividades.
José Vicente Salazar Arias nació en San José, el 8 de abril de 1913. Fue el primero de los tres hijos que tuvieron José Joaquín Salazar Peraza y Melchora Arias Porras. La familia era muy católica. Siendo joven, su madre quiso ingresar como religiosa en la congregación de las Hermanas de Sión, e incluso viajó a Francia con tal propósito pero, por motivos de salud, regresó a Costa Rica y eventualmente acabó contrayendo matrimonio. Su abuelo paterno, Dionisio Salazar, era ebanista y le enseñó el oficio a su hijo, José Vicente Aguilar Peraza quien era además sacerdote. Los confesionarios de la catedral metropolitana de San José fueron elaborados por el padre José Vicente Salazar Peraza, cuyo nombre sonó como posible candidato al episcopado tras la muerte de Monseñor Thiel en 1901.
Al igual que su tío y tocayo, José Vicente Salazar Arias, optó por el sacerdocio. Como tenía la cara redonda y colorada, en el Seminario le pusieron el apodo de "Manzanita" que, muchos años después y por las mismas razones, también se le dio a Monseñor Román Arrieta Villalobos.
Como el joven seminarista destacó en los estudios, el arzobispo Rafael Ottón Castro lo envío a Europa, en 1938, para que obtuviera un doctorado. En Bélgica, su primera parada en el viejo continente, José Vicente Salazar conoce a quien sería su modelo y mentor, Monseñor Joseph Cardijn (1882-1967), fundador de la Juventud Obrera Católica, gran figura del catolicismo de acción social, quien, casi al final de su vida, fue nombrado cardenal.
La II Guerra Mundial estalló al año siguiente de su arribo a Europa y, aunque logró culminar con éxito su doctorado, sufrió penurias por el conflicto. Cinco jóvenes estudiantes costarricenses quedaron atrapados en Italia por la guerra: el padre Salazar, Otto Jiménez Quirós, que estudiaba arquitectura, Carmelo Calvosa Chacón, Fernando Escalante Pradilla y Carlos Collado Martínez, que estudiaban medicina. Salvo Carlos Collado Martínez, que fue asesinado por los nazis y en cuya memoria se levantó un monumento frente al edificio metálico, los demás estudiantes lograron volver al país, pero a su regreso estaban tan flacos que hasta a sus propios familiares les fue difícil reconocerlos.
Mons. José Vicente Salazar Arias.
(1913-1962)
El padre Salazar regresó en 1942 y tuvo oportunidad de acompañar a sus padres en sus últimos días. Ambos murieron, con una semana de diferencia, en 1943.
Solamente durante un tiempo, y bastante breve por cierto, el padre Salazar ejerció un curato. Fue párroco de Heredia. En Europa, además de aprender a hablar italiano, francés y alemán, estudió a fondo la Doctrina Social de la Iglesia y quiso dedicar sus energías a la promoción cultural e intelectual de los jóvenes trabajadores. La Juventud Obrera Católica (JOC) nació en Bélgica en 1924, fundada por Mons. Cardijn. El 27 de noviembre de 1942, el mismo año de su retorno a la patria, el padre Salazar fundó la JOC de Costa Rica, que pronto logró atraer a numerosos afiliados. Como tribuna y medio de comunicación, publicaba un periódico, El luchador, que circuló sin interrupción cada sábado, desde el 29 de mayo de 1943 hasta el 28 de junio de 1959. El semanario se identificaba como "Organo de combate de las organizaciones obreras católicas" y tenía como propósito "la elevación cultural, religiosa, moral, económica y social de los trabajadores de Costa Rica."
En el libro aparecen reproducidos varios artículos de tono encendido y vehemente, con llamadas a la acción más que a la reflexión. Los temas iban desde las secuelas del divorcio hasta la incoveniencia de los contratos del Estado con las compañías privadas generadoras de energía eléctrica. Las propuestas eran en alguna medida de tono socialista, pero la posición era claramente antibolchevique. Se criticaba al capitalismo y al mercado tanto como al marxismo y a la Unión Soviética. Pese al contenido incendiario de su periódico, el padre Salazar sostenía que la JOC no era, ni sería jamás, un movimiento político.
El 15 de setiembre de 1943, en el desfile a propósito de la promulgación de las Garantías Sociales, los jóvenes de la JOC desfilaron separados de los trabajadores afiliados a la confederación sindical Rerum Novarum, que dirigía el padre Benjamín Núñez y que contaba con el apoyo de Monseñor Sanabria.
Aunque ambos mantenían cierta cortesía en su trato, las diferencias del padre Salazar con Monseñor Sanabria eran profundas y frecuentes. Salazar no estuvo de acuerdo con la decisión del obispo de retirar a los padres paulinos del Seminario y nombrar en su lugar, como formadores, a sacerdotes locales con menor preparación intelectual. También le preocupaba la cercana relación de Sanabria con el líder comunista Manuel Mora Valverde. El padre Salazar mantenía correspondencia con Monseñor Giovanni Battista Montini (el futuro Papa Pablo VI) a quien había conocido en Roma en sus tiempos de estudiante y se dice que escribió a Roma (no se sabe si a Montini o a alguien de menor jerarquía), acusando a su obispo de comunista. 
Entre otras actividades, el padre Salazar fundó La Casa de la Juventud, una pensión para estudiantes y jóvenes trabajadores, el Instituto Vocacional San Pío X y el Instituto Secular Opus Mariae, conocido como "los pericos", por su hábito verde. También creó una organización católica de Boy Scouts para, según él, contrarrestrar la influencia masónica de la organización. Entonces aún no estaba claro si Sir Robert Baden-Powell, el fundador de los Boy Scouts, era masón, pero tras una polémica que sostuvo el padre Salazar con el escritor Roberto Brenes Mesén, Monseñor Sanabria le ordenó mantenerse fuera del escultismo.
Pese a la situación tensa que mantenía con el padre Salazar, Monseñor Sanabria acogió calurosamente la visita que realizó Monseñor Cardijn, fundador de la JOC, a Costa Rica y participó, junto con el Presidente Teodoro Picado, en el congreso nacional de la organización.
En 1948, sin comprometer a los miembros de la JOC en la declaración, el padre Salazar manifestó clara y abiertamente su apoyo a don José Figueres Ferrer. Una vez instalada la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por don Pepe, el padre Salazar participó en una fallida iniciativa de la Junta para solicitar a la Santa Sede que creara más diócesis en Costa Rica. Unos vieron en esta actuación un intento de remover a Sanabria, mientras que otros consideraron que Salazar, en el fondo, no hacía más que procurar su propio nombramiento como obispo.
Tras la muerte de Monseñor Sanabria, su sucesor, Monseñor Rubén Odio tuvo, al menos al inicio, una buena relación con el padre Salazar. Lo nombró canónigo y le brindó total apoyo a sus iniciativas. Sin embargo, tras un incidente en el congreso mundial de la JOC, en Roma, el arzobispo destituyó al padre Salazar de su cargo y puso en su lugar al padre Francisco Herrera Mora. Al momento del cambio, la JOC de Costa Rica estaba ya prácticamente disuelta. El padre Salazar quedó aislado en su Casa de la Juventud, contigua al templo, dedicado a la Medalla Milagrosa, que había construido en calle 20. Cuando alguien lo visitaba solía responder que se encontraba a gusto en su "caracolito".
Monseñor Odio murió el 21 de agosto de 1959 y pasaron más de ocho meses antes de que se anunciara su sucesor. Durante ese periodo, se pensó que existían posibilidades de que Monseñor Salazar fuera nombrado obispo. Era joven y había demostrado estar lleno de energía, tenía título de Doctor, hablaba varios idiomas y, pese a sus conflictos con los obispos Sanabria y Odio, tenía buenas relaciones con el clero, su conducta era intachable y su apego a la doctrina indiscutible. Contaba, además, con poderosas amistades, entre ellas el cardenal Montini, con quien se carteaba y el cardenal Carlo Chiarlo, que había sido Nuncio Apostólico en Costa Rica y le tenía en alta estima.
Pero todas las ilusiones de los simpatizantes del padre Salazar se vinieron abajo el 7 de mayo de 1960, cuando fue anunciado el nombramiento de Monseñor Doctor Carlos Humberto Rodríguez Quirós, como nuevo arzobispo de San José.
Si las relaciones del padre Salazar fueron tensas con Sanabria y Odio, con Monseñor Rodríguez Quirós alcanzaron puntos de verdadera confrontación, ya que no compartían puntos de vista en casi ningún asunto. Mucho más enérgico y mucho menos paciente que sus predecesores, Monseñor Rodríguez Quirós no estuvo dispuesto a tolerar un cura que actuara por la libre como si no hubiera autoridad sobre él y lo tuvo a mecate corto y bajo estricta vigilancia.
En 1961, el padre Salazar celebró sus veinticinco años de sacerdocio con un almuerzo al que invitó a trescientas personas pobres, entre las que había mendigos e indigentes, a quienes atendió espléndidamente y despidió con regalos. Al año siguiente falleció a la edad de cuarenta y nueve años.
Poco antes de morir, viajó a Italia y visitó al Padre Pío de Pieltrecina. El libro recoge el testimonio de alguien que afirma que el padre Pío se le acercó a Monseñor Salazar y le dijo: "Nunca serás obispo. Regresa a tu tierra, porque tu hora está próxima."
INSC:  2736

domingo, 7 de septiembre de 2014

Café que pele.

Arbol criollo. Otto Jiménez Quirós. (En la portada
aparece "Ocho-ji-kiros"). Editorial Irazú, 1964.
Esta edición se conoce como "La recogida" porque
fue retirada de las librerías.
Otto Jiménez Quirós (1918-1989) nació en el seno de una familia adinerada y prestigiosa que, como tenía varios personajes históricos en su árbol genealógico, presumía de formar parte de la aristocracia tica. Don Otto, por otra parte, tenía un agudo sentido del humor, era capaz de tomarse la vida en broma y, además, tenía gracia para escribir y para dibujar.
Aprovechando su familia, su temperamento y sus talentos, en 1964 publicó el libro Árbol criollo, en el que retrató las facetas más cómicas y absurdas de sus parientes,  incluyendo a su abuelo el general, don Justo Quirós;  a su primo el arzobispo, Monseñor Carlos Humberto Rodríguez Quirós;  y a su otro primo que llegaría a ser Presidente de la República, Daniel Oduber Quirós. El libro es  una lectura sabrosa, divertida e inocente, pero causó escándalo en su época, ya que sus parientes se tomaban muy en serio su genealogía, rango y abolengo. Que uno de los suyos se burlara de prácticamente todo el linaje y que, además, hiciera públicos secretos familiares guardados bajo llave, no fue de su agrado. De hecho, la primera edición de Árbol criollo, fue recogida de las librerías. Esa edición, hoy conocida precisamente como "la recogida", se ha convertido en pieza de coleccionistas. Pero como en Tiquicia no hay escándalo que dure tres días, en 1985 el libro fue reeditado por la Editorial Costa Rica.
El Arzobispo Carlos Humberto Rodríguez Quirós
y el Presidente de la República Daniel Oduber
Quirós, fueron caricaturizados por su primo
Otto Jiménez Quirós.
Inevitablemente, el público que leyó Árbol criollo recién salido de la imprenta, hace más de cincuenta años, se acercó a él con curiosidad morbosa en busca de material de primera mano para chismorrear sobre esa numerosa tropa de gente bien conocida como “toda la quirosada”. El autor confiesa: “He buscado entre mis amigos y parientes cultos un presentador para este libro, pero, aunque se hayan divertido de lo lindo leyendo el texto, todos sistemáticamente se han rehusado a hacerlo”. Cuenta también que le dio el manuscrito a alguien para que se lo corrigiera, pero las correcciones fueron tantas que, de autor, acabó convertido en lector.
Costa Rica se quedó con la boca abierta al enterarse que a la abuelita del arzobispo y del futuro presidente, la habían casado a la fuerza con su tío al que nunca quiso, mientras que al verdadero amor de su vida lo tenían sujeto a un cepo llevando sol en el patio del cuartel. O que en esa distinguida familia hubiera un miembro tan borracho que, cuando hizo un buen negocio y se ganó una enorme cantidad de dinero, como él mismo sabía que inevitablemente iba a acabar bebiéndosela, optó por comprar una cantina para encerrarse en ella hasta dejarla seca.
En todo caso, el escándalo ya pasó. Para un lector actual, los personajes ya no son identificables o, al menos, pertenecen ya a un pasado cada vez más remoto. Hechos a un lado el chisme y el escándalo, en Árbol criollo descubrimos hoy una novela audaz, atípica, vanguardista si se quiere, que con desenfado rompe cualquier convencionalismo. Una novela escrita con prosa fluida,  de ritmo alegre y de tono sonriente y desenfadado. Tiene el mérito, además, de venir ilustrada con dibujos del propio autor. 
Arbol Criollo. Otto Jiménez Quirós.
Editorial Costa Rica, 1985.
También, ironías que depara el tiempo, para cualquier lector actual es evidente que la novela, más que una afrenta, es un tributo a una familia que, por mantener su imagen respetable, se negaba a reconocer lo divertida y simpática que era. La caricatura, no siempre es una burla. Puede tener su origen incluso en la admiración. Habría sido una lástima que todas esas sabrosas historias hubieran quedado solamente reservadas a los parientes quienes, con tal no repetirlas, las habrían dejado desaparecer para siempre.
Paía, el tío del autor que es el personaje sobre cuyos flacos hombros se sostiene medio libro, es sencillamente encantador. Flaco, solitario, hipocondriaco y paranoico, pasa por la vida lleno de fobias, ideas y creencias extrañas. Creía que lo que hacía daño a la salud no era el tabaco, sino el fósforo y, por ello, cuando prendía sus cigarros lo hacía manteniendo el fósforo alejado. Todas las mañanas, a las seis en punto (siempre puntual aunque amaneciera lloviendo), llegaba a la casa del autor a pedir una taza de café caliente, que nunca estaba tan caliente como él quería. Cuando la empleada le traía el café, venía quemándose los dedos con el jarro. Pero Paía, después de beberlo de un solo trago, decía: “Está frío”. A las nueve de la mañana regresaba por la segunda taza del café del día. Sus instrucciones eran claras: “Dame un café que pele.” La empleada se lo traía hirviendo y Paía, después de tomárselo decía desilusionado: “Más helado que el de la mañana.” Al mediodía, después del almuerzo, contaba la historia del terremoto de Cartago, todos los días la misma historia, que solamente la escuchaban atentos aquellos que la oían por primera vez, que eran cada vez menos. Como era hipocondriaco, su tema de conversación favorito eran las enfermedades. “¿Cómo están los chiquitos? ¿Están enfermos?” Y al escuchar que no, que estaban bien, insistía: “¿No están ni siquiera resfriados?” Y cuando le confirmaban que estaban totalmente sanos, Paía daba por terminada la charla.
Aunque es comprensible el enojo de los parientes por las indiscreciones de don Otto, también es comprensible la valentía del autor al publicar su libro. Quien tuviera esa clase de tío, esa clase de abuelos y esa clase de primos, si además tuviera la capacidad de escribir, no podría aguantarse las ganas de inmortalizarlos en una obra literaria.

INSC: 2620
INSC: 2621
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