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viernes, 18 de marzo de 2016

Elena Gutiérrez y su Caja Negra.

La caja negra. Elena Gutiérrez.
Ediciones Perro Azul, Costa Rica, 2001.
La bailarina y coreógrafa Elena Gutiérrez sorprendió, en el año 2001, al incursionar en la poesía. En La caja negra, su primer libro de poemas, con lenguaje depurado y expresión contenida, esta artista plantea una profunda mirada introspectiva como autointerrogatorio en que las preguntas con frecuencia revelan más que las respuestas. La perspectiva femenina e infantil de cada página, hace que el lector se sienta guiado por una niña curiosa durante todo el texto.
El libro es pequeño, los temas profundos y el lenguaje claro y directo. Tras una vida entera dedicada al escenario, Elena Gutiérrez, al menos por esta vez, ha decidido que su fuerza expresiva no se manifestara en las tablas, sino en el papel.
Resulta palpable que las reflexiones que llenan La caja negra no fueron fruto de la improvisación sino del repaso continuo de divagaciones acariciadas durante años que logran, admirablemente, retratar una vida en menos de un centenar de páginas.
Los poemas vienen separados en cinco apartados temáticos y la obra cierra con el cuento titulado La fiesta del velorio. Muy interesante resulta el hecho de que los poemas aparezcan sin título, como si fueran solamente una fracción de un texto más amplio.
El primer tema que plantea es la existencia. Allí vienen once poemas que, a partir de imágenes cotidianas y, solo aparentemente diminutas, plantean interrogantes sobre el sentido de la vida. Hay una mirada curiosa y una voz insistente que no deja de preguntarse sobre la esencia, el origen y el destino de todo lo que la rodea y, antes de dejarse vencer por sollozos, admite que debe fortalecer las murallas. El sentido trágico de la soledad se manifiesta contundentemente: Has nacido y has muerto./ nadie lo sabrá/ es un secreto.
Pero haciendo a un lado tantas dudas sin respuesta, la protagonista ofrece abrir la caja negra que encierra los motivos de su canto.
Viene entonces De la niña, una serie de poemas que conmueven por lo indefensa que se muestra la voz de la protagonista. Es una voz inocente que mira el vacío dentro de otro vacío, que se pregunta si ella misma será otra dentro del espejo y quien, ante el mar, experimenta la frustración de no haber nacido sirena.
Estos poemas son todo un canto a la inocencia y candidez infantiles que, una vez perdidas, ya nunca se recuperan. La mujer, se nos dice más adelante, jugó, danzó, cantó y amó como una niña, pero sus ojos crecieron grandes y de sus ojos escapó la pena.
El poeta Osvaldo Sauma ha dicho: "De La caja negra me encanta especialemente esa niña que recorre todo el libro. Siempre está presente una mirada femenina e inocente, infantil, que dialoga con el lector y consigo misma y que siempre toca puntos medulares de toda existencia como el amor que no se alcanza o el dolor que no se acaba."
Precisamente, la tercera sección, titulada Del amor, trata de la eterna lucha por interrumpir, así sea momentáneamente, la soledad que sufren todos los que han perdido la inocencia. Los poemas de amor de Elena Gutiérrez no están llenos de suspiros ni palabras dulces. Son más bien poemas dolorosos, con un cierto toque de frustración y denuncia. Se supone que alcanzar el amor es fundamental para que una vida sea completa, pero establecer puentes con el ser amado es siempre una tarea compleja.
Retoma entonces el tema de la existencia, esta vez con un tono más amargo que curioso, pero sin caer en el derrotismo. La vida, para quien la asume a plenitud, llega a ser, como el amor, un trabajo duro.
Esa sensación de lucha desigual, a pesar del despliegue de energía y fortaleza que uno sea capaz de lograr, sigue presente en el último grupo de poemas titulados con la frase de Pablo Neruda "Para nacer he vivido."
Allí el poema, después de recordarnos que el llanto tiene voz de llanto, nos confiesa: "Caminé/ descalza/ huérfana/ adormecida./ A donde Dios me llevara./ Los infantiles días- un huevo podrido/ revuelto en el basurero."
Tras una mirada final sobre el entorno contemporáneo, los poemas cierran con la idea de que los finales existen gracias a los principios.
El libro termina con un cuento breve titulado La fiesta del velorio, que nos permite adentrarnos en el universo particular de una niña que crece rodeada de sombras y dudas. A pesar de las gigantescas presencias de su padre y de su novio, a pesar de su intensa pasión por todo lo que hacía y a pesar de al menos otro ser que habitaba dentro de ella misma, la niña crece, madura y envejece marcada por la inseguridad y sintiéndose desprotegida.
Ese sentimiento de desproporción entre el individuo y el mundo que lo rodea es, precisamente, el queda más marcado en el lector a la hora de cerrar el libro. No se crea sin embargo que se trata de un libro autocompasivo. Nada de eso. Elena Gutiérrez ha podido retratar los temores e inseguridades que en algún momento nos han envuelto a todos, así como la fuerza y determinación con las que todos también debimos hacerles frente.
Leer La caja negra, con su profunda mirada introspectiva,  constituye toda una experiencia de autoexamen de la propia realidad, que viene acompañada con una simbología tan sugerente como sutil. El libro es capaz de contener todo un universo en sí mismo, así como de sostener un diálogo intenso en el que, tanto el texto como el lector, están permanente interrogándose y contestándose.
El enfrentamiento con el mundo se plantea con grandes dosis de desilusión y desencanto, pero salpicado por buenos toques de cinismo.
En cuanto a la forma, resulta admirable el lenguaje depurado y el lirismo contenido que favoreció la concreción de un libro sólido como una roca.
INSC: 1048

martes, 11 de noviembre de 2014

El espía tico.

El secreto encanto de la KGB. Las cinco
vidas de Iosif Grigulievich. Marjorie Ross
Grupo Norma, Costa Rica, 2004.
La historia de la Guerra Fría tardará muchos años en ser escrita. A diferencia de todas las guerras anteriores en la historia de la humanidad, en la Guerra Fría no hubo enfrentamientos que tuvieran miles de testigos. Las batallas, los momentos tensos, los frentes abiertos, los escenarios de las acciones y hasta los héroes victoriosos o luchadores derrotados se mantuvieron y, siguen estando, en secreto. Desde la conferencia de Yalta, en 1945, quedó claro que los Estados Unidos y la Unión Soviética terminaron la Segunda Guerra Mundial como aliados, pero no como amigos. La clase de sociedad que querían establecer y sus planes para el futuro del mundo una vez terminado el conflicto armado eran antagónicos. En aquellos años circuló el rumor de que, una vez vencida la Alemania Nazi, las tropas aliadas continuarían la guerra contra la URSS. 
La guerra, sin embargo, por prudencia y actitud responsable de los líderes de ambos bandos, nunca estalló, pero durante casi medio siglo el mundo vivió en un estado de tensión constante. 
La Guerra Fría no fue una guerra clásica, de toma de posiciones y avance de tropas. Fue una guerra silenciosa, de acciones encubiertas, de agentes secretos, de infiltraciones, de robo de información, de paranoia generalizada. En la URSS, había purgas y reorganización de altos mandos constantes por temor a traidores. En Estados Unidos se desató la cacería de brujas del Mcarthismo, que creía ver agentes rusos por todas partes.
Salvo la crisis de los misiles, en 1962, ninguna otra batalla de esta guerra, más que fría silenciosa y secreta, llegó a ocupar titulares en los medios de comunicación. Recientemente se ha sabido que durante las presidencias de Johnson y de Nixon hubo también momentos en que se estuvo a punto de abrir fuego sin que nadie, a ninguno de los lados de la cortina de hierro, se enterara.
Poco a poco se irán abriendo archivos y publicando documentos que, en manos de investigadores que tengan la paciencia de atar cabos, nos permitirán ir conociendo las nombres y las acciones de quienes participaron en esta larga, silenciosa y atípica guerra.
Algunos de ellos han sido ya descubiertos, como Iosif Romualdovich Grigulievich cuya vida, o mejor dicho cinco vidas, es el personaje central del libro El secreto encanto de la KGB de Marjorie Ross. Esta obra, aunque es fruto de una rigurosa investigación, está escrita como una intrigante y misteriosa novela de espionaje. Lo asombroso es que todo lo que se cuenta en realidad ocurrió.
Estamos frente al feliz encuentro de un personaje fascinante y una escritora talentosa: Grigulievich y Marjorie Ross. 
Grigulievich nació en 1913 en Vilnius, una población que se encuentra en la actual Lituania y que por entonces formaba parte del imperio ruso. Sus padres emigraron a Argentina, donde nuestro personaje pasó buena parte de su juventud, aunque cursó estudios en La Sorbona. En la década de 1930, ya como espía soviético, tuvo algunas misiones en la convulsa España republicana con la meta, que no se logró, de liberar a la península del fascismo. Trabajó luego bajo las órdenes del general Orlov, especialista en aniquilar enemigos del pueblo, y logró hacer méritos suficientes para que su carrera continuara en ascenso. 
Iosif Grigulievich 1913-1988 por la época
en que era Teodoro B. Castro.
El libro explica en detalle operaciones delicadas, que incluían hasta asesinatos, en cuya logística participaron, cerca de Orlov Griguliévich, figuras reconocidas como la fotógrafa Tina Modotti, el pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, el poeta chileno Pablo Neruda y el líder histórico del comunismo español Santiago Carrillo.
Grigulievich formó parte importante en el plan para asesinar a León Trotsky en México. Durante la Segunda Guerra Mundial, Griguliévich trabajó, encubierto y con nombre falso en Argentina, Chile y Uruguay, monitoreando y, en la medida de los posible, saboteando las actividades nazis en el Cono Sur. Durante esta época tuvo gran libertad de acción y manejó cantidades enormes de dinero. 
En Chile, entabla amistad con don Joaquín Gutiérrez Mangel quien, además de escritor y militante comunista, ostentaba el cargo de Cónsul de Costa Rica. El padre de don Joaquín, Francisco de Paula Gutiérrez Ross, don Paco, había ocupado por esos años los cargos de Ministro de Hacienda y Embajador de Costa Rica en los Estados Unidos. 
Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, la prioridad de los servicios de inteligencia soviéticos era infiltrar sus agentes en puestos clave de terceros países con el fin de obtener información. El libro atribuye a don Joaquín Gutiérrez una participación fundamental para hacer pasar a Griguliévich por costarricense, primero, y conseguir que se le asignara un cargo diplomático después. Era necesario, antes que nada, crearle una identidad. El nombre, de nuevo según el libro, fue propuesto por el propio don Joaquín. Griguliévich pasaría a llamarse Teodoro Castro Bonefill. Teodoro, para rendir homenaje al abuelo materno de don Joaquín, Monsieur Theodore Mangel, ciudadano francés, concesionario del famoso Café de la Paix, en París, quien tras haber conocido a cafetaleros ticos en una feria mundial, se trasladó a Costa Rica donde se casó y vivió el resto de sus días. Castro es uno de los apellidos más comunes en Costa Rica y la familia Bonefill, de origen francés, estaba emparentada también, por la parte materna, con don Joaquín. 
Juntos, don Joaquín y Griguliévich, repasaron todo lo necesario para hacer creíble la identidad y en Santiago de Chile, el espía soviético obtuvo su pasaporte costarricense. Con su nuevo nombre, Teodoro B. Castro (escribía su nombre a la usanza anglosajona) pasó una temporada en Brasil, para informarse sobre el cultivo y proceso del café y luego se instaló en Roma, haciéndose pasar por un cafetalero costarricense que había vivido largas temporadas en Brasil y Uruguay.
En la Ciudad Eterna tuvo la oportunidad de conocer a don Pepe Figueres, que viajó a Europa precisamente para abrir mercados al café costarricense, principal producto de exportación y base de la economía nacional por aquel entonces. Tanto don Pepe, como don Chico Orlich, que lo acompañaba, eran empresarios cafetaleros y Griguliévich logró impresionarlos con su conocimiento sobre el grano de oro. En Roma, además, Griguliévich cultiva amistades con altas figuras tanto de la política italiana como de la Santa Sede. Llegó a reunirse con el Papa Pío XII en quince ocasiones y obtuvo audiencias papales para ciudadanos costarricenses de paso en Roma. Durante el gobierno de Otilio Ulate, siendo don Mario Echandi ministro de Relaciones Exteriores, Griguliévich fue nombrado Ministro de Costa Rica en Roma. El dinero que le llegaba de Moscú le permitió desempeñar el cargo no solamente con altura, sino hasta con derroche. Daba fiestas por todo lo alto y agasajaba de manera espléndida a los costarricenses que visitaban Roma.
El libro es amplio en detalles de la labor diplomática de Griguliévich. Además de una intensa correspondencia y vida social, su trabajo en lo político y lo comercial fue más que satisfactorio para la cancillería costarricense, donde nadie sospechaba que el Ministro de Costa Rica en Roma ni siquiera era costarricense. De Moscú le llegan órdenes para asesinar a Tito, el líder de Yugoslavia y, para facilitar las cosas, logra que el gobierno costarricense lo nombre como representante diplomático en aquel país. La muerte de Stalin hace que el plan de asesinar a Tito se abandone.  El reacomodo de fichas en la inteligencia soviética, hace que Griguliévich retorne a su patria y así Teodoro B. Castro, uno de los mejores funcionarios en la historia diplomática de Costa Rica, desaparece sin dejar huellas en 1953.
En Rusia y con su verdadero nombre, con sendos trabajos sobre las finanzas del Vaticano y sobre la revolución cultural en Cuba, obtuvo un Doctorado en Historia y trabajó en el departamento de América Latina del Comité de Estado para las Relaciones Culturales. A la larga lista de personajes históricos con quienes Griguliévich mantuvo una amistad cercana, se sumó Ernesto el Che Guevara. El espía ruso que vivió en tantos países bajo nombres falsos y que realizó tareas verdaderamente delicadas, murió a los setenta y cinco años de edad, en 1988, apenas dos años antes de que desapareciera el sistema para el que había trabajado y al que había dedicado su vida.
El libro de doña Marjorie causó sorpresa y polémica. Sorpresa, porque un espía soviético había sido diplomático costarricense valiéndose de una falsa identidad. Y polémica por presentar a nuestro querido escritor, don Joaquín Gutiérrez Mangel, involucrado con matráfulas de la KGB. El propio don Joaquín en sus memorias Los Azules Días, en el capítulo dedicado a don Manuel Mora Valverde, recuerda que juntos visitaban en Rusia a Grigulievich.
Muy probablemente, conforme se sigan abriendo archivos secretos, surgirán más historias asombrosas, sorprendentes y polémicas sobre la Guerra Fría. Una guerra cuya historia y cuyos protagonistas tardaremos años en conocer.
El libro de Marjorie Ross es una valiosa muestra de las sorpresas para las que debemos estar preparados.

jueves, 9 de octubre de 2014

Una vida en media hora.

La hoja de aire. Joaquín Gutiérrez.
1era edición. Editorial Nascimento,
Chile, 1968.
A todos nos ha ocurrido. Un buen día salimos a caminar por el centro, nos encontramos con alguien a quien teníamos tiempo, tal vez años de no ver, nos detenemos a conversar un momento y, en un ratito, esa persona nos cuenta qué ha sido de su vida. Ese encuentro callejero, esa conversación breve, puede estar, y con frecuencia lo está, lleno de sorpresas.
En media hora de charla puede comprimirse hasta una vida entera. En media hora, también, puede leerse una novelita de apenas cuarenta y ocho páginas.
En la escuela primaria, yo había leído Cocorí, de don Joaquín Gutiérrez Mangel, esa hermosa novela en que un niño, al enfrentar su primera experiencia con la muerte (la muerte de una rosa), se pregunta por qué su rosa solamente vivió un día y se interna en la jungla en busca de una respuesta. Luego, en la secundaria, leí Murámonos Federico, también de don Joaquín, el drama de un hombre valiente al que la vida se le cae a pedazos. 
Don Joaquín era mi vecino. No recuerdo cuándo fue que supe que aquel señor alto, de bigotes y melena blanca, era el autor de aquellos dos libros que tanto me habían impresionado. Con frecuencia lo veía subir al autobús. Tenía que andar encorvado para no pegar la cabeza en el techo y, cuando se sentaba, lo hacía de lado, para dejar sus largas piernas en el pasillo. Yo quería saludarlo, pero solamente lo veía en el autobús y él siempre andaba un libro o algún otro papel y, apenas se sentaba, se ponía leer. Nunca quise interrumpirlo.
Un buen día, estaba yo en el primer año de la universidad, me contaron que don Joaquín iba a participar, esa misma tarde, en un acto cultural. Aunque lo veía casi a diario en el autobús, me emocionó la idea de hablar con él por primera vez. Quise también pedirle un autógrafo. Corrí a la librería más cercana y pregunté si tenían algo de don Joaquín. Compré La hoja de aire, un librito pequeño y delgadísimo, de apenas cincuenta y nueve páginas. La historia empezaba en la página once, ya que abría el libro un prólogo de Pablo Neruda. Faltaba una hora para que empezara el acto y de pronto pensé qué haría si, al darle el libro para que me lo firmara, don Joaquín me preguntara qué me había parecido y yo tuviera que responderle que no lo había leído. Para evitar la vergüenza y prepararme adecuadamente, me fui a sentar en la banca de un parque y empecé a leer.
"Una hoja de aire, un sueño grande del que nacen otros sueños menores y de éstos otros cada vez más modestos, hasta llegar al último, el pequeñito, el que se lleva el viento. Así ha sido mi vida, mi viejo, como una hoja de aire."
Imaginé que el protagonista estaba sentado a mi lado, en la banca del parque, contándome su historia. Alfonso me contaba su vida. Quería ser actor, se fue a México y allá hizo de todo. Fue hasta payaso en un circo. Paf, recibía una bofetada y los niños se reían, caía al suelo, se levantaba, otra bofetada, Paf, y los niños volvían reírse. Los golpes del número del circo, no fueron los únicos que se llevó. Cuando las cosas se pusieron realmente mal, decidió regresar a Costa Rica. En autobús, desde México a Nicaragua, donde durmió una noche en un parque y, al día siguiente, en el automóvil de un amigo que le hizo el favor de traerlo a San José. Ya en la patria, su meta era encontrar a Teresa, el amor de su vida al que solamente había visto tres veces, la primera, bailando con un vestido azul cuando era niña, la segunda, jugando en el patio con una bolsa llena de lagartijas y la tercera, la inolvidable, ya grandes bañándose en el mar. No sabía ni dónde buscarla. A la que sí encontró fue a su hermana, que lo daba por muerto. Algo pasó y acabó solo, sin nada más que lo que llevaba puesto. Entonces, antes de leer los últimos párrafos del libro, hice una pausa.
Yo me había estado imaginando a Alfonso sentado conmigo en la banca del parque contándome su historia y, pocos párrafos antes del final, me percaté que todo su monólogo, Alfonso se lo estaba soltando a don Joaquín Gutiérrez la tarde en que se encontraron y se sentaron un momento en la banca de un parque.
Terminé de leer y, todavía conmovido e impresionado, fui a la actividad con don Joaquín. Mis compañeros me dijeron luego que yo me veía muy cómico hablándole. Yo soy bajo o, como dicen los mexicanos, chaparrito, y don Joaquín era altísimo. Cuando hablaba con él, yo miraba para arriba. Así lo vi siempre, muy en alto. No solo me firmó el libro, sino que, cuando supo que éramos vecinos, me dijo que fuera a verlo a su casa. Muy frecuentemente, con motivo o sin él, pasaba a saludarlo. Mi madre le mandaba de la repostería que ella horneaba, yo se la entregaba y me quedaba tomando café con don Joaquín y doña Elena, su esposa. Una vez le pregunté por la metáfora de la hoja de aire, la hoja pequeña a la que le salen hojitas cada vez más pequeñas hasta que la última se la lleva el viento. "Ninguna metáfora", me contestó, "esas hojas existen, ¿No las conocés?" Cuando le respondí que no, dijo que iba a ver si por casualidad tenía una. Regresó casi inmediatamente, "No tengo ninguna, pero buscalas, existen. Lo que encontré fue esto. Tomá." Y me regaló un ejemplar de la primera edición de La hoja de aire.
Todavía hay gente a la que no le salen las cuentas cuando digo que don Joaquín escribió seis novelas. Siempre se les olvida La hoja de aire, tal vez por ser un libro pequeñito. El poeta Mauricio Molina, dice que es la obra de narrativa más bella escrita por un costarricense. El poeta Felipe Granados, leyó La Hoja de aire en el autobús y, al llegar a su casa, lo primero que hizo fue buscar en el directorio el teléfono de don Joaquín, lo llamó y le dio las gracias. Otro poeta, el chileno Pablo Neruda, escribió en el prólogo de La Hoja de aire: "En mis lecturas desordenadas y acríticas he leído pocos relatos como éste, con tanta capacidad de amarrarnos en el hilo del sueño y la desventura."
INSC: 0709 0991 
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