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miércoles, 9 de marzo de 2016

Cundila. Novela de Iván Molina.

Cundila. Iván Molina. Varitec.
Costa Rica, 2002.
A veces la realidad se involucra caprichosamente con la fantasía. Las primeras noticias sobre la aparición de la novela Cundila, de Iván Molina, circularon por correo electrónico y da la casualidad de que la obra cierra con uno de ellos. La novela se refiere a las vicisitudes de un investigador que debe tener fe y paciencia antes de encontrar la información que busca. Curiosamente, cuando ya la novela fue publicada, al inicio fue bastante difícil de conseguir. Los rumores, que nunca son de fiar, brindaban diferentes versiones: mientras unos sostenían que Iván Molina había escrito la segunda parte de El Moto, de García Monge, otros decían que se trataba de la recuperación de un documento antiguo o, al menos, del relato de su hallazgo. De esa forma, los lectores interesados en Cundila, acabaron, al igual que Froylán Figueroa, el protagonista de la novela, persiguiendo pistas que a veces desembocaban en un descubrimiento y a veces en un espejismo.
La primera novela del prolífico historiador Iván Molina es, digámoslo de una vez, una obra de suspenso y, como es sabido, siempre resulta difícil reseñar un libro de este tipo porque se corre el riesgo de revelar detalles que hagan que el lector se entere de las claves del enigma antes de su debido momento.
Con el cuidado de no adelantar más hechos que los estrictamente necesarios para una semblanza, la trama va más o menos así: Froylán Figueroa, un antiguo militante de izquierda transformado al cabo de los años en un sereno investigador, descubre el manuscrito de la segunda parte de El moto, de Joaquín García Monge, y se dedica entonces a la tarea de averiguar datos sobre su autenticidad.
Publicada en 1900 y, aunque hubo anteriores, considerada la primera novela costarricense, El moto cuenta la historia de José Blas, un muchacho huérfano y pobre, pero trabajador y de buenas costumbres, enamorado de Cundila, hija de uno de los señores del pueblo. Sus sentimientos son correspondidos y todo parece indicar que el asunto acabará en el clásico "y fueron felices para siempre". Sin embargo, un humilde peón no era lo que el padre de Cundila quería como yerno y, mientras José Blas estaba en cama recuperándose de un accidente con un caballo, Cundila acata obedientemente la orden de su padre de casarse con otro. Recuperado de sus heridas y enterado del compromiso de su amada, el muchacho se va el pueblo.
Ahora bien, según la supuesta segunda parte, más acorde con la corrección política actual de la independencia femenina, Cundila, poco después de la boda y sin haber consumado el matrimonio, abandona a su marido y se va del pueblo en busca de su querido José Blas, a quien encuentra, dormido, en el Parque Nacional al pie del Monumento.
De primera entrada, resulta hasta cierto punto desconcertante que, en el 2002, se le pretenda dar a El moto, el desenlace romántico y decimonónico que García Monge no quiso darle en 1900.  Obviamente, el final feliz propio de la novela romántica del Siglo XIX, habría sido la imagen de los amantes alejándose veloces tras el secuestro dramático que acabó dejando a todos con la boca abierta. Precisamente, uno de los méritos que más se le ha reconocido a El moto a lo largo de más de cien años ha sido su realismo. García Monge, en vez del previsible final lacrimógeno y colmado de suspiros propios de las novelas románticas de su época, optó por pintar las cosas tal y como eran en una sociedad en que la autoridad de quienes tenían el poder, ya sea familiar, político, económico o religioso, se acataba sin chistar a pesar de los injustas que fueran sus disposiciones.
El manuscrito de marras, entonces, no podría ser obra de García Monge quien, en esta novela, optó por el realismo, sino de alguna otra pluma amiga del final feliz, entonces imperante, que quiso darle a El moto el final que creyó que debía tener.
Lo cierto es que en la novela de Molina, esa segunda parte apócrifa de El moto es algo así como el convidado de piedra, ya que, pese a ser el centro de todo el tinglado, nunca se muestra. Se busca, se menciona, se comenta y se cuestiona, pero la verdad es que nunca se encuentra. La búsqueda de ese manuscrito, conocido por referencias pero nunca hallado, genera, conforme la novela avanza, más preguntas que respuestas.
Es decir, contrario a los rumores que anunciaron a Cundila como la segunda parte de El moto, en realidad nos encontramos con que la novela de Molina tiene bastante poco que ver con la de García Monge. Es más bien un relato sobre la búsqueda, sobre las largas horas en el archivo que debe pasar un investigador en espera de que en medio de alguna de las cientos de páginas amarillentas que repasa, aparezca la pieza faltante del rompecabezas que lleva años armando.
Cundila es una novela construida con recursos diversos y narrada por distintas voces. Aunque buena parte la relata el propio protagonista, sus interlocutores, ya sean de carne y hueso o de papel y tinta, toman también la palabra para ir resolviendo juntos un enigma que, hayq ue decirlo, queda abierto. Al terminar de leer la novela, la primera reacción es que el libro quedó inconcluso pero, reposando la sorpresa, se comprende que en el terreno de la investigación y del rastreo del pasado olvidado o desconocido, siempre se avanza pero nunca se culmina.
Un lector de novelas exigente podría reclamarle muchas cosas a este libro. Pero aunque plantee un conflicto único, los personajes no estén construidos a profundidad y con más frecuencia de la comúnmente tolerable se suelten chanitas inoportunas, lo cierto es que Cundila se lee con gusto e interés creciente y su lectura invita a reflexionar sobre el país en que realmente vivimos en contraposición a aquel en que creemos vivir.
Ya sea con lo más inmediato, como las protestas callejeras por el Combo del ICE, o lo más lejano, como los conflictos políticos de inicios del siglo pasado, la "Suiza centroamericana" de nuestras clases de Educación Cívica aparece como una sociedad de reacciones convulsas frente a las transformaciones.
Iván Molina, quien a través de sus múltiples investigaciones históricas ha hecho gala de un estilo sobrio y elegante, accesible y capaz de despertar y mantener el interés del lector, quizá por la rigurosidad propia del oficio de historiador, ha incursionado en la literatura, que es terreno de la fantasía, con demasiada timidez. Muestra de ello es la última página del libro, titulada "Créditos", totalmente fuera de lugar en una novela, en la que no solo aparece la innecesaria explicación de que todos los personajes y acontecimientos son ficticios, sino que además se molesta en identificar los hechos históricos con referencias bibliográficas, así como manifestar la intención que lo motivó a escribir el libro.
La investigación es científica. La literatura es artificio. El historiador, como cualquier investigador riguroso, debe mostrar las bases en que apoya sus conclusiones. El literato, como un mago, nunca debe revelar cómo hace sus trucos. Una de las sensaciones más espinosas que dejan las obras literarias es, precisamente, el no saber nunca cuánto de lo que hay en ella el autor tomó de su experiencia y cuánto de su imaginación.
INSC: 1620

domingo, 16 de noviembre de 2014

¿Qué leían los abuelos?

El que quiera divertirse. Iván Molina.
EUNA EUCR, Costa Rica, 1995.
Este libro me sacó de una duda. Siempre me había preguntado por qué, en la literatura costarricense, la poesía no había llegado tan alto como la novela. Mientras en otros países latinoamericanos las grandes figuras literarias son poetas, en Costa Rica son novelistas. Rubén Darío llegó a decir que en Costa Rica la poesía no se daba bien y hay que reconocer que tenía razón. A principios del Siglo XX los poetas eran escasos y poco interesantes. Para entonces ya teníamos, en cambio, bastantes novelas meritorias. La generación del cuarenta fue eminentemente de novelistas: don Joaquín Gutiérrez, Fabián Dobles, Carlos Luis Fallas y Yolanda Oreamuno. Max Jiménez es más audaz como novelista que como poeta. Todos ellos nos legaron novelas formidables.
En la poesía no nos ha ido tan bien. Nunca tuvimos un gran romántico, ni un gran postromántico, ni un gran modernista, ni un gran vanguardista, como sí los hubo, en abundancia, en otros países vecinos. En materia de poesía no es sino hasta muy recientemente que han aparecido voces de peso.
Tras las grandes novelas de los años cuarenta, en Costa Rica continúan apareciendo novelas de gran valor. La poesía escrita por ticos, a pesar de las honrosas y cada vez más numerosas excepciones, continúa siendo desabrida y anticuada.
¿Por qué en Costa Rica se desarrolló más la novela que la poesía?
Encontré la respuesta, o al menos una explicación digna de tomarse en cuenta, en el libro El que quiera divertirse, de Iván Molina. Es un libro sobre libros, verdaderamente interesante.
La investigación muestra las obras que formaban parte de las colecciones privadas más antiguas de que se tiene noticia, cuáles eran los temas y títulos más frecuentes y cómo la composición de las bibliotecas fue variando dependiendo de ciertos acontecimientos como la independencia, la exportación de café, la introducción de la primera imprenta y la consolidación del Estado Nacional.
Molina expone paso a paso cómo el libro fue sufriendo una metamorfosis que, partiendo de ser un objeto valioso, llega a bifurcarse en arma ideológica, fuente de información útil o de estímulo recreativo.
Durante la Colonia, eran pocos los que sabían leer y escribir e, incluso entre ellos, más pocos los que tenían libros. El libro era un objeto tan raro como una joya. Se atesoraban como los candelabros de plata, no tanto para usarlos como para venderlos y heredarlos. En la investigación se consigna que un cura le dejó de herencia veintiocho libros a una pareja analfabeta. En aquella época, la mayoría de los libros de los que se tiene noticia eran religiosos.
En 1814, con la fundación de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, era de imaginarse que la circulación de libros aumentaría, pero no fue así. El presupuesto se iba en cubrir el sueldo de los maestros y, solamente si sobraba algo, se mandaba a traer algún libro. La Casa de Enseñanza de Santo Tomás nunca tuvo una gran biblioteca. Los estudiantes y los maestros tampoco eran aficionados a consultarla. Se conserva el testimonio de un viajero alemán que pudo ver los libros en armarios con puertas de vidrio pero, como nadie sabía dónde estaba la llave, tuvo que hacerse una idea de la biblioteca revisando las grasientas páginas del catálogo.
Hubo también por esa época una biblioteca abandonada en un galerón en el que se almacenaba carne de cerdo.
Gracias a Ricardo Jiménez Oreamuno y Pedro Pérez Zeledón, entonces dos jóvenes abogados, la biblioteca de Santo Tomás se vio enriquecida con libros de ensayos laicos, modernos e ilustrados.
La Universidad de Santo Tomás cerró en 1888 y sus tres mil seiscientos cincuenta y tres volúmenes se convirtieron en el arranque de la Biblioteca Nacional.
Unas décadas antes, en 1856, se fundó en San José la librería El Álbum y hubo un momento en que había más ejemplares y más títulos en esta librería que en la biblioteca.
Gracias al establecimiento de El Álbum, empezó a despertar en Costa Rica el gusto de la lectura como una forma de entretenimiento. Hasta entonces los libros eran vistos como objetos vendibles y heredables (por los que no leían) o como fuentes de información (por los que leían).
La literatura de ocio no fue recibida con buenos ojos. El obispo Bernardo Augusto Thiel advertía que "ningún género de escrito infiltra más suave y mañosamente el veneno de la incredulidad y de la corrupción que el de la mala novela, que ha sido piedra de escándalo contra la cual se han estrellado la fe y las buenas costumbres de una gran parte de nuestra sociedad." Los liberales también tacharon de superfluo el pasatiempo de leer, pero las clases altas, enriquecidas por el café, queriendo darse aires de gran mundo, se deleitaban con las novelas de Dumas y Sir Walter Scott.
En la Librería Española, fundada por el catalán Vicente Lines en 1884, se vendían libros de Tostoi y de otros autores europeos. Desde cincuenta años antes, por cierto, en los periódicos aparecían novelas por entregas.
No solo la importación, sino la impresión de libros en Costa Rica, creció constantemente debido a la demanda de un público aficionado a leer en las tardes de lluvia. Tomando en cuenta el alto analfabetismo que tuvo nuestro país hasta bien entrado el Siglo XX, y considerando también el hecho de que los libros no eran baratos, resulta asombrosa la producción editorial en la segunda mitad del Siglo XIX. En la década de 1850 se publicaron en nuestro país cincuenta y un libros. Setenta y uno en la década de 1860. Noventa y siete en la de 1870. Ciento sesenta y ocho en la de 1880 y trescientos dos en la de 1890. Entre 1903 y 1914, por otra parte, se publicaron ciento un revistas y ochenta y seis periódicos.
¿Qué era lo que tanto leían los abuelos? Ante todo, y sobre todo, novelas. En la oferta de la librería El Álbum, en 1858, figuraban ciento sesenta y tres títulos de novelas y solamente veintidós títulos de libros de poesía. Ese dato, considerando el desarrollo posterior de nuestra literatura, es más que elocuente. Los escritores costarricenses estaban familiarizados con distintos tipos de novelas de diversos autores y disponían de poca información sobre los nuevos caminos que se había abierto la poesía. Eso explica por qué, en Costa Rica, las grandes novelas se cuentan por docenas y los libros de poesía realmente valiosos con los dedos de la mano.

INSC: 1191



jueves, 25 de septiembre de 2014

Un pleito de monos.

La ciudad de los monos. Iván Molina.
EUNA EUCR. Costa Rica, 2001. 
El 20 de abril de 1907, José María Orozco Casorla, profesor de ciencias del Liceo de Heredia, dedicó su clase a explicar la teoría de la evolución. El tema formaba parte del programa de estudios avalado por el Ministerio de Educación, de manera que, aunque hubiera alguna polémica en el aula, el asunto no tenía por qué trascender más allá de la clase. Sin embargo, la lección darwiniana del profesor acabó generando todo un escándalo nacional, una agria y prolongada polémica en la que todos los que se involuncraron acabaron siendo insultados por los otros.
Arrancó como un debate entre el párroco local, don Rosendo de Jesús Valenciano, y el director del liceo, don Roberto Brenes Mesén. Luego empezaron a circular panfletos anónimos de ambos bandos. Varios intelectuales comentaron el asunto en periódicos de circulación nacional. Empezaron los insultos y ataques personales. La polémica fue subiendo de tono y cambiando de tema. De la teoría de la evolución se  fue pasando a la práctica religiosa, la conducta del clero, el patriotismo de los intelectuales radicales, los impuestos a las compañías extranjeras y cualquier otra cosa que se pusiera por delante. El intercambio de opiniones, réplicas y contraréplicas, tardó más de un año antes de empezar a diluirse.
Aún hoy, ocurre que líderes religiosos y profesores de ciencias discuten sobre si debe enseñarse en las aulas que Dios modeló al hombre con sus manos del barro o si el ser humano evolucionó a partir de otras especies. Esa discusión, hoy, es poco frecuente y solo ocurre en algunos sitios. Hace cien años, la misma discusión estaba encendida en todas partes y a todo momento. En muchísimos sitios alrededor del mundo ocurrió lo mismo que pasó en la tranquila provincia de Heredia. El historiador Iván Molina investigó este caso particular en Costa Rica y escribió el libro La ciudad de los monos. A esta obra hay que agradecerle, además de haber rescatado un episodio poco conocido de nuestra historia, el brindarnos la oportunidad de reflexionar acerca de una actitud intolerante y un modo particular de hacer polémica que, tal parece, no ha cambiado mucho en más de un siglo.
Lo de la clase de ciencias fue solo el detonante. La Iglesia Católica llevaba más de veinte años enfrentada con la educación pública. En 1884, el presidente Próspero Fernández, además de haber expulsado al obispo Thiel y a los jesuitas, había prohibido las órdenes religiosas, había introducido el matrimonio civil y el divorcio y había secularizado los cementerios y la enseñanza. La Iglesia, golpeada con esas disposiciones, se mantenía a la defensiva frente a las instituciones del Estado, a las que consideraba hostiles.
Por otra parte, al asumir la dirección del Liceo de Heredia, Roberto Brenes Mesén, que era masón y aficionado a las sesiones espiritistas, había sido recibido con sospechas por parte de los católicos heredianos.
Dos semanas después de la clase del profesor Orozco, el padre Rosendo de Jesús Valenciano denunció, en un periódico católico, que en el Liceo se enseñaba que el hombre descendía del mono y, por medio de unas Cartas a una señorita colegiala, invitaba a las muchachas a refutar esa enseñanza. El artículo venía con la chanita de mentar a un "chilenoide" y, como tanto el profesor como el director del Liceo habían estudiado en Chile, se sintieron aludidos.
El libro recoge los distintos momentos que atravesó la polémica, pero más allá de los argumentos esgrimidos y las firmas que los suscribieron, llama la atención las armas que utilizaron.
La alusión personal estuvo presente desde el inicio. Lo primero que se desató, como era de esperarse en un pueblo chico e infierno grande, fue una guerra de chismes. Se dijo que en Liceo se proferían inmoralidades en clase. Una familia sacó a su hija de la institución porque le hablaron de amor libre. Un profesor varón tuvo la osadía de explicar, frente a las señoritas, lo antihigiénico que resultaba el uso de corsé.
El humor y el uso de anónimos no tardó en aparecer. Primero circuló una hoja suelta con el título de Viva Heredia, firmada por "Eduardo Chimpancé", en la que, unos versos con rima, hacían burla de los católicos heredianos. La respuesta no se hizo esperar y, firmadas por "Monillo Tití", aparecieron otras rimas contra el Liceo. Se desató una guerra de panfletos con ataques cada vez más frontales.
Como en toda polémica tica, llegó el momento de poner a asolear los chuicas sucios. Se mencionaron prácticas indecorosas de los sacerdotes que iban, desde avances sexuales con hombres y mujeres, hasta malos manejos de dinero. Los curas devolvieron las pedradas con buena puntería. En este punto, ya nadie se acordaba de la clase de ciencias. La polémica, que había llegado a los periódicos, se ocupaba en calificar a los clérigos o a los profesores (dependiendo del bando de quien escribiera), como unos monstruos perversos e inmorales que solo hacen daño a la sociedad.
En la mejor tradición inquisitorial, se prendieron hogueras en las puertas de los templos para arrojar al fuego las publicaciones del enemigo. Brenes Mesén, mientras tanto, no tenía fuego en su casa porque los católicos campesinos se negaban a venderle leña. Su esposa tenía que recurrir a sus amistades para que le compraran el diario en el mercado.
Alguien señalaría en un artículo que todo ese debate no era más que una cortina de humo deliberadamente provocada para distraer la atención de asuntos realmente importantes, como la situación de la Compañía bananera y la Northern. Al que insinuó semejante complot, también le llovió.
En el libro hay dos figuras principales: Brenes Mesén y el padre Valenciano. La imagen que queda de ambos, no es muy favorable. Ambos tenían en común una actitud autoritaria, intransigente y llena de prejuicios. Ambos, además, estaban equivocados.
Hoy, un siglo después, los aficionados a la historia de Costa Rica sabemos que Brenes Mesén no era un monstruo inmoral satánico que quería destruir la moralidad de la juventud, como creía el padre Valenciano. Hoy sabemos que Brenes Mesén era un intelectual seriamente preocupado por el desarrollo del país y, paradójicamente, tenía ideas muy conservadoras.
Hoy, un siglo después, los aficionados a la historia de Costa Rica sabemos que el padre Valenciano no era un inquisidor oscurantista y medieval enemigo de la ciencia, como creía Brenes Mesén. Hoy sabemos que el padre Valenciano fue un hombre culto, poeta y músico, que trabajó por el bienestar espiritual, educativo y material de las comunidades a su cargo y, paradójicamente, tenía ideas muy progresistas.
Ninguno de los dos pudo ver a quién tenía al frente. Como don Quijote arremetiendo contra los molinos, no lucharon contra un enemigo real, sino imaginario.
La ciudad de los monos muestra claramente cómo los prejuicios nos vendan los ojos.
La lectura del libro, de alguna forma nos remite a polémicas recientes o actuales en las que, pese al alto nivel intelectual de los antagonistas, en vez de un debate de altura, hubo un intercambio de golpes bajos.
Los prejuicios, la intransigencia y la intolerancia siempre echan a perder las discusiones más interesantes y necesarias.

INSC: 1123

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