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lunes, 10 de noviembre de 2014

El texto y su circunstancia.

Senderos de identidad. Juan Durán
Luzio. Editorial Costa Rica, 2003.
Sería interesante averiguar si la costumbre de llamar "ensayo" a lo que debería llamarse "investigación" o "ponencia", es un fenómeno local o internacional. Lo cierto del caso es que aquí, en Costa Rica, el ensayo como género literario le ha cedido el paso (y el nombre) a la producción académica.
Mientras la investigación académica debe sustentarse en una concepción teórica y abundante bibliografía, desarrollarse con fiel apego a un método y exponerse con una frialdad desapasionada que, quiérase o no, acabará perjudicando su estilo y su atractivo, el ensayo, género situado en las antípodas de la investigación, tiende a reflexionar más que a demostrar. Michel de Montaigné, el creador del ensayo, creo el género precisamente como alternativa a la pedantería y erudición de los pesados estudios de los académicos de su época.
Otra circunstancia los diferencia. Mientras la investigación académica va dirigida a un público iniciado y, en muchos casos, especialista, el ensayo, sin importar su tema, va dirigido al público en general que, para disfrutarlo y comprenderlo, no debe disponer de más requisitos que su curiosidad.
En este sentido, los diez ensayos del libro Senderos de identidad, de Juan Durán Luzio, constituyen un valioso rescate del género en su sentido tradicional. Aunque el autor es profesor universitario, no incurrió en el erro, bastante común entre sus colegas, de presentar como ensayos escritos que no lo son.
Los diez apartados de su libro son realmente ensayos en el sentido clásico del término y esa es la primera cualidad que debe destacarse, especialmente en estos tiempos en que hasta la palabra misma se ha vuelto engañosa.
Aunque el libro tiene con más frecuencia de la estrictamente necesaria un soberano desplante de erudición y pese al hecho de no haber renunciado a la molesta costumbre de las justificaciones con citas textuales y notas al pie de página, perfectamente prescindibles en el género y que en buena medida entorpecen la lectura, lo cierto del caso es que estos ensayos brindan interesantes puntos de vista sobre momentos clave en el desarrollo de nuestra literatura.
El libro se fue haciendo poco a poco. Cada uno de los apartados es un texto autónomo y todos ellos fueron publicados previamente en espacios y años distintos. Ha sido una feliz idea editarlos en un solo tomo, ya que la lectura de todos ellos, en conjunto, de alguna forma facilita una visión panorámica sobre etapas diversas de la literatura costarricense.
Agrupados cronológicamente, no por el año en que fueron escritos sino por el tema al que se refieren, el primero trata sobre la visita que, en 1502, realizó Cristóbal Colón en su cuarto viaje a la costa caribe de lo que después sería Costa Rica.
¿Qué tiene que ver eso con la literatura costarricense? Pues que esa página en el diario del Almirante sería, sin lugar a dudas, el primer texto sobre nuestra tierra escrito en español.
Durán Luzio se concentra en el hecho, poco conocido y ciertamente menos divulgado, que Colón recibió como regalo de los habitantes locales a un par de niñas que, luego de vestirlas y darles regalos, devolvió a tierra. Sobre este episodio existen cuatro versiones que Durán compara con considerable ingenio y sentido crítico, aunque tal vez excesivamente concentrado en los detalles más mínimos.
Los ensayos siguientes se ocupan de una carta de Juan Vásquez de Coronado, una semblanza del ilustrado costarricense Liendo y Goicoechea y un aporte ciertamente interesante de don Florencio del Castillo en las Cortes de Cádiz a favor de los derechos de autor. Viene luego un artículo sobre Manuel Argüello Mora, nuestro primer novelista.
Interesantísimos, valiosos como documentos y sin lugar a dudas fruto de un profundo y meticuloso estudio, a estos ensayos iniciales se les puede reclamar, sin embargo, el ser demasiado historiográficos, el prestar quizá más atención al dato que a su relevancia.
Curiosamente, en Senderos de identidad, cuanto más próximo está en el tiempo el tema, más profunda es la reflexión y, cuanto más antiguo es el asunto del que se trata, más frecuente es la digresión a partir del dato curioso.
El fenómeno no deja de resultar paradójico, puesto que se supone que la distancia brinda la perspectiva que facilita el análisis.
En ensayo sobre la novela El problema, del guatemalteco Máximo Soto Hall, publicada en Costa Rica y la que podría considerarse su réplica, La caída del águila de Carlos Gagini, permite conocer cómo se plasmó en la ficción un debate que fue casi cotidiano en el cambio del Siglo XIX al XX, cuando algunos latinoamericanos veían la penetración de los Estados Unidos de América como una agresión que debía resistirse, mientras otros la miraban como el avance hacia un futuro inevitable y prometedor.
El escrito sobre la relación de la obra literaria de don Joaquín García Monge con las posiciones estéticas de Emile Zolá, es un ensayo admirable que aporta luces sobre una influencia poco considerada.
Así mismo, Duran Luzio hace justicia a Max Jiménez, al aproximarse a su novela El Jaúl, no desde la perspectiva temática, que la acaba reduciendo a una más de las novelas sobre la realidad rural de un pequeño pueblo, sino desde una perspectiva estilística que permite descubrir, a través del descarnado y en buena medida grotesco modo de relatar y describir los hechos, el gran valor de vanguardia de esta obra, ciertamente distante del naturalismo en el que, con cierta majadería, ha tratado de ubicársele.
Bastante hermoso es el ensayo dedicado a don Joaquín Gutiérrez, sin lugar a dudas el más emotivo de todos, en el que valiéndose de imágenes del ajedrez, narra las andanzas de nuestro gran escritor por las tierras de sus amores: su Costa Rica natal y su Chile adoptivo.
El más audaz de los ensayos es, sin lugar a dudas, el último, en el que hace la semblanza de la obra poética de Laureano Albán. A diferencia de los anteriores, cuidadosos y comedidos, en este ensayo se sueltan afirmaciones elogiosas bastante desbordadas, expuestas y sostenidas de manera poco convincente.
Aunque el dedicado a don Joaquín Gutiérrez está, como se dijo, escrito en un tono emotivo al que podríamos llamar incluso cariñoso, el dedicado a Laureano es el único abiertamente cargado de elogios.
Pero eso es, en fin, lo bueno del ensayo. A diferencia de la investigación académica, en que ciertas actitudes estarían fuera de lugar, en el ensayo tienen cabida el humor, la ironía, el rechazo abierto y visceral y la admiración desbordada. El ensayo no demuestra, sino que propone. El investigador llega a conclusiones, el ensayista manifiesta su opinión. Estos ensayos de Durán Luzio proponen atractivos temas de reflexión a partir de originales puntos de vista.
Quizá el mayor mérito de esta obra, sea el equilibrio con que la atención se divide entre la obra literaria y su momento histórico. Los artículos sobre literatura suelen distraerse en anécdotas extraliterarias o, en el extremo opuesto, concentrarse  en el texto sin prestar atención a su entorno. Con este libro, parodiando a Ortega y Gasset, descubrimos como las obras literarias son el texto y su circunstancia.

INSC: 1759

martes, 30 de septiembre de 2014

La casa de citas.

Las cenizas del sentido. Jorge Ramírez
Caro. Editorial Costa Rica. 1999.
Me gusta leer ensayos, pero cuesta mucho conseguirlos. El ensayista, a diferencia del erudito o del académico, propone y desarrolla un tema sin más intención que la de compartir la secuencia de sus pensamientos y las conclusiones a que llegó. Es un género libre, subjetivo, que se ubica en las antípodas del estudio científico. Una obra académica debe ser metódica, seguir una teoría y demostrar, si puede, sus conclusiones. El ensayista no demuestra, simplemente propone. El padre del género, Michel de Montaigne, creó el ensayo para divagar libremente, sin tener que echar mano a los recursos eruditos propios de los pedantes de su tiempo. Durante más de tres siglos y medio se publicaron ensayos valiosos pero, más o menos desde mediados del siglo XX, se ha dado en llamar ensayos, paradójicamente, a obras académicas llenas de citas y bibliografía, escritas en una prosa profesoral imposible de tragar para un no iniciado.
A mí me gusta leer ensayos literarios, históricos y filosóficos. Pero en las librerías lo que hay son libros de literatura, historia y filosofía muy poco amigables con el lector común. 
Hace años, en 1999, la Editorial Costa Rica le otorgó su premio de ensayo a Las cenizas del sentido, de Jorge Ramírez Caro. Por tratarse de una obra que se refería a los libros y al hábito de la lectura me entró la curiosidad por leerla. La desilusión no pudo ser mayor. Es un libro cargado de citas hasta extremos enfermizos. La resumo para ahorrarle a cualquier curioso el disgusto de leerlo.
La obra está dividida en nueve apartados, cada uno bastante distinto a los otros.
El primer capítulo, titulado Sombras de mi lectura, que se refiere al papel activo del lector, acaba totalmente ahogado en un picadillo de citas. Para quien se sienta a disfrutar de la lectura de un ensayo, resulta inexplicable ese afán majadero de querer justificar cualquier afirmación citando a un autor reconocido. En cada párrafo aparece un "insiste Barthes", "reseña García Berio", "expone Eco", "define Ingarden", "anota Jauss", "según Iser", "señala Pozuelo Yvancos", y así, sucesivamente, ad nauseam.
Da la impresión de que la descarga de citas textuales no es más que un barato y artificial despliegue de erudición. Por buscar referencias, el autor no pudo haber escrito estas páginas fluidamente. ¿Cómo espera que el lector las lea con soltura si, en lugar de proponerle un camino, le pone tropiezos al frente? Este libro invita a desertar en las primeras páginas. Si lo único que brinda son citas de teóricos, la idea de leerlos directamente es a cada párrafo más tentadora.
Desde el principio, surge la duda de a qué clase de público pretendía dirigirse Ramírez Caro. Los estudiosos de la teoría literaria encontrarán en este libro pocas afirmaciones que no hayan escuchado antes y quienes leen por deleite, disfrutan de la prosa o la poesía pero no suelen detenerse a teorizar sobre el fenómeno literario o a hilar delgado en cuanto a su papel de lectores. Este primer apartado, además, está escrito con un tono erudito que, por lo artificial, resulta insoportable.
A partir del segundo capítulo titulado Desde dónde y para quién leemos, el libro empieza a tornarse un poco más ameno, con menos teoría y más ejemplos, aunque sin abandonar del todo el vicio de recurrir a las citas con más frecuencia de la necesaria. 
Otra cosa que llega a ser molesta, además de las citas, es el afán de explicarlo todo exhaustivamente, restando, con ello, el papel activo del lector que tanto defendió con citas de otros. El capítulo cinco, por ejemplo, arranca con una cita de Jorge Luis Borges, clara como el agua y concisa como una roca. Vienen luego veinticuatro páginas explicándola. Veinticuatro páginas absolutamente innecesarias porque la cita lo decía todo.
Ya en el capítulo siete el autor pierde completamente el norte y, lejos de focalizar, más bien atomiza. Salta de un tema a otro y, en reiterados momentos, se permite utilizar un tono digno del púlpito más panfletario. De la erudición fingida, pasó a la arenga desbocada. 
El penúltimo capítulo es repetitivo, ya que en él el autor no hace más que subrayar con rojo los argumentos ya largamente expuestos.
Finalmente, es en el noveno y último capítulo, en el que se confirma la sospecha de que Ramírez Caro no tiene la más mínima capacidad de síntesis. Cierra el libro con un picadillo de ideas, cuyo origen, según sus propias palabras, son las anotaciones que hizo al margen de sus libros favoritos. Definitivamente, el autor debe de tener un alto concepto de sí mismo, puesto que casi todos los lectores suelen escribir observaciones al margen de sus libros pero ciertamente son pocos, más bien poquísimos, los que llegan a considerar que esas notas merezcan ser publicadas. De hecho, aparte de Ramírez Caro, no sé de otro que lo haya hecho.
Resulta difícil emitir un juicio de conjunto sobre los nueve apartados, ya que lo más constante de este libro es su irregularidad.
De un despliegue de erudición para sustentar una aburridísima exposición teórica, pasa de repente a un acto de veneración al libro como objeto. Esa veneración, por cierto, llega a ser, en los momentos de mayor entusiasmo, hasta fetichista. Cabe apuntar que una cosa es ser bibliófilo y otra, muy distinta, bibliólatro.
De un tono profesoral, digno del catedrático más riguroso, pasa de repente a un tono exhaltado y emocional con arengas en pro de la lectura.
A veces se permite elevarse en temas y vocabularios doctorales, totalmente indescifrables para un no iniciado y, en otras, recurre a un lenguaje didáctico casi paternal.
En medio de una exposición serena, de repente se le desata el lirismo y suelta unas parrafadas melosas que, si bien en otro contexto podrían resultar apreciables para un lector sensible a ese tipo de manifestaciones, lo cierto es que donde están puestas desentonan.
Pero lo más extraño es la sobreabundancia, ya mencionada, de citas. Al principio, al menos se limitaba a utilizarlas como afirmaciones de autoridad, pero conforme avanza el libro, pasan de ser referencias para convertirse en eje central.
Particularmente exageradas, por lo extensas, resultan las citas que hace de Don Quijote, Fahrenheit 451, Mundo Feliz y sendos discursos de Joaquín García Monge y Omar Dengo. Una de esas citas es de más de tres páginas, seguida, como era de esperarse, por la consiguiente glosa.
Otra característica inexplicable del libro es su tono de prédica. "El poder" es un enemigo abstracto, que no se molesta en definir, sobre el que vuelve recurrentemente y ante el cual adopta un tono maniqueo en ocasiones exaltado.
En el caso de Las cenizas del sentido, lo que se le reclama no es el hecho de que esté constituido por escritos de la más diversa factura y no de ensayos en el más estricto sentido del término. Además de ese punto (que no pasa de ser una clasificación de género), lo más desconcertante en este libro es su insistencia en hacer llover sobre mojado, su obsesión por las citas y su escasa voluntad de síntesis y concentración.
Resulta paradójico, además, que un libro sobre la lectura, escrito por un amante de la lectura, no se haya esforzado por lograr una prosa que fuera accesible y atractiva para un público amplio.
Leer un ensayo, es un deleite intelectual. Leer este libro fue un verdadero dolor de cabeza.


POST SCRIPTUM
Esta nota la escribí en el 2001. No conocía entonces, ni he conocido hasta ahora, a Jorge Ramírez Caro. Poco después de publicada esta nota, fui jurado en un concurso literario de cuento. Las obras se presentaron bajo pseudónimo. El premio se otorgó por unanimidad y el ganador resultó ser Jorge Ramírez Caro quien, a mi juicio, pese a ser un fallido ensayista, como narrador tiene su mérito.

INSC: 1078


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