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sábado, 27 de febrero de 2016

Ensayistas costarricenses.

Ensayistas costarricenses. Luis Ferrero.
Imprenta Lehmann, Costa Rica, 1972.
En 1971, como parte de la celebración del aniversario número setenta y cinco de la imprenta Lehmann, Luis Ferrero publicó con el auspicio de esa empresa una antología de ensayistas costarricenses. El libro, que incluye textos de dieciséis autores, tuvo buena acogida y, a pesar de que el tiraje inicial fue bastante grande, fue reeditado al año siguiente de su aparición. 
La larga presentación de las páginas iniciales, escrita por Ferrero, es más interesante en lo histórico que en lo teórico. Al definir y describir el género de ensayo, el compilador cae con frecuencia en ambigüedades y contradicciones. Con cierta frecuencia, además, se permite soltar afirmaciones verdaderamente difíciles de sostener o sustentar. La parte histórica, aunque tiene también sus pifias (dice que la Universidad de Santo Tomás tuvo "tres lustros" de existencia, cuando en realidad fueron poco más de cuatro décadas), ofrece un recuento panorámico de publicaciones desde El Noticioso Universal, que aparecía cada dos semanas en 1833, hasta los tiempos en que la antología fue publicada.
Los autores incluidos son Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge, Omar Dengo, Rómulo Tovar, Rafael Cardona, Mario Sancho, Moisés Vincenzi, León Pacheco, Carlos Monge Alfaro, Rodrigo Facio, Abelardo Bonilla, Mario Alberto Jiménez, Luis Barahona, Isaac Felipe Azofeifa, Guillermo Malavassi y José Luis Vega Carballo.    
Cada vez que aparece una antología, las críticas se centran en el criterio de selección. Nunca falta un escritor menor que se cuela y otro de grandes méritos que se queda por fuera. A veces llega a cansar la discusión de por qué tales autores fueron incluidos y tales otros excluidos pero, inevitablemente, el tema sale a flote. El trabajo del compilador suele tener como recompensa el agradecimiento de pocos y el resentimiento de muchos. 
En este caso en particular, la primera objeción que se hizo escuchar, y con fuerza, fue que no incluyó a ninguna mujer pese a que había de dónde escoger. En la bibliografía sobre el ensayo en Costa Rica, que aparece en las páginas finales, se mencionan obras de Lilia Ramos y Emma Gamboa, pero Carmen Lyra y Yolanda Oreamuno, entre otras muchas, fueron totalmente ignoradas. 
La selección tiene otros desbalances también en cuanto a época y estilo. Todos los autores incluidos publicaron en el Siglo XX. Don Luis sostiene que Brenes Mesén y García Monge fueron los primeros ensayistas costarricenses, ignorando, por citar algunos, a Carlos Gagini, Ricardo Fernández Guardia, el Doctor Zambrana, don Ricardo Jiménez Oreamuno y su hermano Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno, que son bastante anteriores.  
Las modas y los gustos cambian en todo, incluyendo la prosa. A un lector de la segunda mitad del Siglo XX es posible que le resulten melosos (y hasta empalagosos), los sobreadjetivados, rebuscados y alambicados escritos del Dr. José María Castro Madriz, Alejandro Aguilar Machado o Alejandro Alvarado Quirós, pero estos autores, en medio de su prosa florida y ornamentada, desarrollaron propuestas dignas de atención, así sea como mera curiosidad. 
El ensayo es un género tan amplio que caben en él los más diversos temas. Tomás Soley Güell escribió valiosos ensayos sobre economía y Rogelio Sotela sobre literatura y derecho. 
La ausencia de mujeres y la falta de diversidad temática y estilística hacen que Ensayistas costarricenses no sea un muestrario representativo sobre el ensayo en Costa Rica.
Ni siquiera representa bien a los autores. Los escritos incluidos de Carlos Monge Alfaro, quien dejó valiosos ensayos históricos, y Rodrigo Facio, quien escribió in extenso sobre la Social Democracia, son sendas propuestas sobre la función de la universidad que resultan verdaderamente soporíferas para quien no tenga vocación de burócrata educativo. De la inmensa producción de estos dos intelectuales, Ferrero escogió lo de menor interés general.
Verdaderamente inexplicable es que Ferrero, tras haber hecho a un lado ensayos que, en su momento, despertaron discusiones memorables, decidiera publicar uno inédito. El de Guillermo Malavassi es el único que no había sido publicado previamente a su inclusión en esta antología.
El último, de José Luis Vega Carballo, es una buena muestra de la tendencia, que acabó imponiéndose posteriormente, de llamar ensayo a las investigaciones académicas. 
El texto de Brenes Mesén, de tema filosófico, y el de Moisés Vincenzi, sobre ética, son los más interesantes del libro.
Los demás se refieren a patriotismo tico o, como anuncia Ferrero, "la costarriqueñidad". Allí están Ante el Monumento Nacional, de García Monge, Hagamos política de Omar Dengo, Exhortación Patriótica de Rómulo Tovar, Abel y Caín en el ser histórico de la nacionalidad costarricense de Abelardo Bonilla, Los ticos y la máscara de Mario Alberto Jiménez, Tres notas sobre el carácter costarricense de Luis Barahona, y La isla que somos de Isaac Felipe Azofeifa. Estas obras, muy populares y aplaudidas en su momento, son más emotivas que profundas y sirvieron de base al mito de la excepcionalidad del costarricense. La sociedad costarricense, sostienen, es muy especial porque los individuos que la forman comparten una "personalidad nacional" que, tanto en sus virtudes como defectos, está hondamente marcada en el fondo de su ser. Dicen que la historia (de la cual suelen omitir los episodios más escabrosos) demuestra que los ticos tenemos una manera única de hacer las cosas que nos distingue de los demás pueblos de la Tierra y todos los logros y desgracias que sufrimos están asociados con nuestra singular personalidad colectiva que, inevitablemente, acabará por definir nuestro futuro.
Estos postulados fueron, por años, el discurso tradicional de los actos cívicos en escuelas y colegios. Alexander Jiménez Matarrita, en su libro El imposible país de los filósofos, publicado en 2002, llama a estos autores "los nacionalistas metafísicos" y señala que conceptos como "el ser nacional", "la identidad nacional" y "la singularidad de la Patria" son propios de discursos fascistas. Si existe un "ser nacional" definido, quien no calce con el modelo será un intruso, en el mejor de los casos, o un enemigo, en el peor. Recordemos a Francisco Franco quien creía que su país estaba dividido en dos bandos: España y la Anti España. Cada país, como cada individuo, tiene su historia singular y única, ha tenido ventajas y desventajas particulares y ha atravesado problemas, también muy particulares, que ha debido resolver a su modo. Cada país, con su historia y sus tradiciones es único. Tal vez al observar sus hábitos y forma de actuar como sociedad en conjunto sea posible descubrir patrones de conducta mayoritarios, pero de ahí a sostener que existe una "identidad nacional" hay mucho trecho.
Ensayistas costarricenses, de Luis Ferrero, es, en su mayor parte, una antología de nacionalismo metafísico. Un ensayo tan crítico como El ambiente tico y los mitos tropicales, de Yolanda Oreamuno, habría desentonado. En el caso de Mario Sancho, que es uno de los autores incluidos, no se seleccionó su amargo ensayo Costa Rica Suiza Centroamericana, sino uno más potable y acorde con el conjunto.
Siempre le tuve gran aprecio a don Luis Ferrero y respeto mucho su obra y labor divulgadora pero me parece que este libro no es muy afortunado. En todo caso, no ha vuelto a editarse y es ya una verdadera rareza bibliográfica. Si cayera en manos de algún joven estudiante, es muy probable que le daría la impresión de que el ensayo es un género literario pesado, lleno de argumentos complejos escritos en tono de prédica.
Nunca me he atrevido a escribir una reseña sobre un libro sin haberlo leído completo pero debo confesar que, en este caso, no leí el cien por ciento de la obra. La omisión, aclaro, no fue voluntaria. Mi ejemplar, supongo que por errores de imprenta, tiene numerosas páginas en blanco.  Todas esas interrupciones y saltos abruptos en la lectura, lejos de incomodarme, las tomé como un recreo.
INSC: 1397

miércoles, 12 de noviembre de 2014

A ras del suelo.

A ras del suelo. Luisa González.
Editorial Costa Rica, 1970.
Luisa González tuvo una vida larga y sencilla. Vivió noventa y cinco años. Fue maestra de escuela, atendió una librería y escribió un único libro: A ras del suelo. Con ese único libro, sin embargo, ella logró lo que muchos escritores de oficio no logran nunca: atrapar al lector desde la primera línea, transportarlo a distintas épocas y lugares, hacerlo estremecerse con los dramas de los protagonistas, conmoverlo con solo decir grandes y simples verdades, abrirle los ojos para que se asome a la otra cara de la moneda, meterle una brasa en el pecho que le dejará una cicatriz duradera y hacer que hunda sus pies en unos barreales que ningún ángel de la guarda se atrevería pisar.
A ras del suelo es un libro inclasificable. Mientras unos dicen que es una novela, otros lo consideran una colección de cuentos. Como la protagonista principal es la propia Luisa, hay quienes consideran que este libro es una autobiografía o unas memorias. No faltan tampoco quienes califican la obra como un manifiesto político con fines propagandísticos. Pero en libros como este, la etiqueta que se le ponga es lo de menos. Lo verdaderamente importante es que en sus páginas la vida palpita detrás de cada palabra, de cada letra. Y no podía ser de otra forma, porque lo que hizo Luisa González fue mostrar, sin ahorrarse detalles, la pobreza en que vivió su infancia y juventud, para contarnos luego cómo, gracias al apoyo y sacrificio de toda su familia, logró salir de esas duras condiciones hasta alcanzar el nivel de vida de una modesta clase media, sin que ello significara la separación de sus sentimientos y de su trabajo con los más humildes. Luisa González tenía como lema la frase de Martí: "Con los pobres de la Tierra, quiero mi suerte echar."
Mientras otros escritores contemporáneos suyos creaban mundos idílicos o dramáticos en ambientes campesinos, ella nos ubica en un paisaje urbano, el barrio de la Puebla en 1915, donde en medio de calles de tierra llenas de charcos, los pobres vivían en tugurios estrechos y tenían como vecinas a "mujeres pecadoras". Los que allí vivían lavaban la ropa, preparaban alimentos y servían en la casa de los ricos. Al señalar las grandes diferencias sociales, la autora tiene el cuidado de destacar, no solo la separación entre ricos y pobres sino la barrera, más difícil de superar aún que la económica, entre la cultura y la ignorancia.
La infancia de Luisa transcurrió en ese barrio, en una casa diminuta en la que vivía con su abuela, sus padres, sus tíos y tías y una enorme tropa de niños. Todos trabajaban para generar ingresos al hogar. Hacían tamales y bizcochos para vender, los tíos reparaban zapatos, las mujeres eran lavanderas y cosían y a los niños los ponían a ayudar en lo que pudieran. Se trabajaba de sol a sol y, al llegar la noche, caían exhaustos y, solo debido a su terrible cansancio, eran capaces de conciliar el sueño en cualquier rincón disponible de esa casucha superpoblada y mal ventilada y resistir el frío abrigados únicamente con un gangoche.
La edición en inglés tiene en la
portada una foto de Luisa,
cuando era joven.
"La verdad es que nosotros tuvimos, desde muy niños, que aprender solos a darnos de golpes contra la vida" -dice Luisa en su libro- "corriendo de aquí para allá, ganándonos el pan de cada día a como hubiera lugar, sin remilgos, sin saber si detrás de nosotros había o no un ángel guardián cuidando nuestros pasos. Cuando recuerdo algunas de las crudas y grotescas aventuras vividas por nosotros, criaturas inocentes, hasta llego a sentir lástima por aquel pobre ángel indefenso, cuyas alas puras no lo dejaban andar sobre la tierra."
El futuro de aquella niña que crecía sin ángel de la guarda parecía estar determinado: se convertiría en una de esas miles de personas que deben trabajar toda su vida sin descanso solamente para medio comer. Los niños de su clase social iban a la escuela únicamente para aprender a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir y, en cuanto más o menos dominaban estos conocimientos elementales, abandonaban las aulas y sumaban sus brazos al trabajo de la familia, que bastante los necesitaba. Un día, en el mercado, el padre de Luisa se encuentra por casualidad con la maestra de escuela, quien le dice que la niña es muy inteligente y que debería seguir estudiando. Al llegar a casa, aquel comentario de la maestra desató toda una discusión familiar. Para unos, era una vagabundería que Luisa se hiciera grande andando con libros para arriba y para abajo, a ellos no les había hecho falta estudiar para ganarse la vida. Otros decían que no había que hacerse ilusiones imposibles de cumplir: "¿De dónde vamos a sacar para los útiles, si apenas tenemos para comer?" En esa discusión sobre el futuro de Luisa todos tenían algo que decir, todos opinaban. Todos menos ella, que escuchaba las deliberaciones como si hablaran de otra persona. La madre puso fin al debate con una afirmación contundente: "¡No quiero que mi hija sea otra mula de carga!"
Toda la familia, que lo que menos tenía era dinero, hizo un esfuerzo para que Luisa tuviera los útiles y ropa y zapatos adecuados para seguir estudiando. El primer día de clases, el padre de Luisa la acompañó a la escuela. Los otros padres dejaban a sus hijas en la puerta, pero el de Luisa la dejó en la esquina. Ella comprendió y hasta le agradeció el detalle. Lo que no comprendió, ni ese día ni nunca, es por qué da vergüenza ser pobre.
En un rincón de la casucha, Luisa clavó en la pared un cajón de madera en el que colocó La edad de oro, de José Martí, que le había obsequiado su maestro Omar Dengo, sin sospechar que aquel sería el primer libro en entrar en aquella casa. Luego su padre le compró un Larousse de segunda y su madre le regaló Platero y yo. Aquellos tres libros, junto con los papeles del Repertorio Americano que publicaba don Joaquín García Monge, eran el tesoro más preciado de la futura maestra. Aunque las condiciones económicas seguían siendo más o menos las mismas de siempre, solo el hecho de que en su casa hubiera una biblioteca, así fuera de solo tres libros, significaba que la cultura era parte de su vida y aquello era suficiente estímulo para seguir adelante.
La mayor preocupación de la familia era que Luisa, de tanto leer y estudiar, acabara olvidando sus orígenes y, convertida en una intelectual, los olvidara o los despreciara. Todos los días, al volver a casa, se cambiaba su ropa bonita de estudiante por un vestido viejo y ayudaba en todo lo que podía en las mil faenas que hacían posible sus estudios. 
Siempre tuvo claro que una cosa es lo que dicen los libros y otra lo que se vive en la realidad. Recordaba la contradicción que sintió cuando en la escuela le enseñaron una canción dedicada al "hogar, dulce hogar", cuando para ella su hogar era un sitio estrecho y sucio, mal oliente y lleno de pulgas en el que se sentía sofocada. Su interés creciente por la cultura nunca la hizo despegar los pies de la tierra.
El día de su graduación, todos sus familiares, vestidos y arreglados como nunca los había visto antes, se acomodaron en los asientos de la última fila del auditorio. Al terminar el acto, en vez de felicitarla, le arrebataron el diploma para verlo. Aquel título lo habían ganado todos.
Al describir su infancia, en medio de la pobreza, Luisa admite que aún en esas condiciones la niñez era algo maravilloso. "Éramos como todos los niños del mundo, unos chiquillos buenos, sentimentales, generosos y agradecidos. Crecíamos en aquel barrio como crecen tantas plantas entre la tierra seca y dura."
Con niños muy parecidos a ella le tocó ejercer su profesión de maestra. Las frustraciones se venían en cascada. Las madres les decían a las maestras que no les enseñaran "mañas" a sus hijos, como lavarse los dientes por ejemplo, ya que ellas no podían comprarles el cepillo. La niña que se dormía en clase resultó ser hija de una prostituta que la hacía esperar en la puerta hasta que se fuera el último cliente. Las maestras les decían a los niños que por su salud durmieran con las ventanas abiertas, y muchos de ellos vivían en cajones de latas sin ventanas. Y tras de ver, día tras día sus conocimientos pedagógicos estrellarse contra la realidad, periódicamente debía asistir a congresos de profesores, en el Teatro Nacional, a escuchar a los jerarcas de educación teorizar sobre unos niños abstractos que en nada se parecían a los que ella se encontraba en su aula.
Luisa González, con su vida y su libro, que son la misma cosa, nos dejó un gran mensaje y un gran ejemplo. Nacer a ras del suelo no significa necesariamente quedarse allí toda la vida. Hay que tener valor para enfrentar los problemas y optimismo para mirar al futuro. La educación y la cultura no apartan a las personas de su realidad sino que les permiten comprenderla mejor. La pobreza y la injusticia nunca deben asumirse como inevitables. Todos estos mensajes nos los dejó Luisa dentro una historia deliciosa, tan llena de dolor como de esperanza.
Don Joaquín Gutiérrez, refiriéndose a A ras del suelo, expresó: "Pocas veces se encuentra tanta vida en tan pocas páginas, tanta nobleza interior en un exterior tan modesto y sencillo. Luisa González debe estar orgullosa con su libro pues, como quien no quiere la cosa, ha llegado muy hondo y de modo sensible y vibrante al corazón del pueblo. Por lo demás, ella es eso también: sufrido pueblo, maternal, sabio y generoso. Y escribir así, interpretando tan fielmente el alma del pueblo es, como quien dice, agarrar a Dios por la lengua."
Luisa González. 1904-1999. Maestra de escuela, dependiente de librería y autora
de un único libro: A ras del suelo.


INSC: 0078 / 0595

martes, 30 de septiembre de 2014

La casa de citas.

Las cenizas del sentido. Jorge Ramírez
Caro. Editorial Costa Rica. 1999.
Me gusta leer ensayos, pero cuesta mucho conseguirlos. El ensayista, a diferencia del erudito o del académico, propone y desarrolla un tema sin más intención que la de compartir la secuencia de sus pensamientos y las conclusiones a que llegó. Es un género libre, subjetivo, que se ubica en las antípodas del estudio científico. Una obra académica debe ser metódica, seguir una teoría y demostrar, si puede, sus conclusiones. El ensayista no demuestra, simplemente propone. El padre del género, Michel de Montaigne, creó el ensayo para divagar libremente, sin tener que echar mano a los recursos eruditos propios de los pedantes de su tiempo. Durante más de tres siglos y medio se publicaron ensayos valiosos pero, más o menos desde mediados del siglo XX, se ha dado en llamar ensayos, paradójicamente, a obras académicas llenas de citas y bibliografía, escritas en una prosa profesoral imposible de tragar para un no iniciado.
A mí me gusta leer ensayos literarios, históricos y filosóficos. Pero en las librerías lo que hay son libros de literatura, historia y filosofía muy poco amigables con el lector común. 
Hace años, en 1999, la Editorial Costa Rica le otorgó su premio de ensayo a Las cenizas del sentido, de Jorge Ramírez Caro. Por tratarse de una obra que se refería a los libros y al hábito de la lectura me entró la curiosidad por leerla. La desilusión no pudo ser mayor. Es un libro cargado de citas hasta extremos enfermizos. La resumo para ahorrarle a cualquier curioso el disgusto de leerlo.
La obra está dividida en nueve apartados, cada uno bastante distinto a los otros.
El primer capítulo, titulado Sombras de mi lectura, que se refiere al papel activo del lector, acaba totalmente ahogado en un picadillo de citas. Para quien se sienta a disfrutar de la lectura de un ensayo, resulta inexplicable ese afán majadero de querer justificar cualquier afirmación citando a un autor reconocido. En cada párrafo aparece un "insiste Barthes", "reseña García Berio", "expone Eco", "define Ingarden", "anota Jauss", "según Iser", "señala Pozuelo Yvancos", y así, sucesivamente, ad nauseam.
Da la impresión de que la descarga de citas textuales no es más que un barato y artificial despliegue de erudición. Por buscar referencias, el autor no pudo haber escrito estas páginas fluidamente. ¿Cómo espera que el lector las lea con soltura si, en lugar de proponerle un camino, le pone tropiezos al frente? Este libro invita a desertar en las primeras páginas. Si lo único que brinda son citas de teóricos, la idea de leerlos directamente es a cada párrafo más tentadora.
Desde el principio, surge la duda de a qué clase de público pretendía dirigirse Ramírez Caro. Los estudiosos de la teoría literaria encontrarán en este libro pocas afirmaciones que no hayan escuchado antes y quienes leen por deleite, disfrutan de la prosa o la poesía pero no suelen detenerse a teorizar sobre el fenómeno literario o a hilar delgado en cuanto a su papel de lectores. Este primer apartado, además, está escrito con un tono erudito que, por lo artificial, resulta insoportable.
A partir del segundo capítulo titulado Desde dónde y para quién leemos, el libro empieza a tornarse un poco más ameno, con menos teoría y más ejemplos, aunque sin abandonar del todo el vicio de recurrir a las citas con más frecuencia de la necesaria. 
Otra cosa que llega a ser molesta, además de las citas, es el afán de explicarlo todo exhaustivamente, restando, con ello, el papel activo del lector que tanto defendió con citas de otros. El capítulo cinco, por ejemplo, arranca con una cita de Jorge Luis Borges, clara como el agua y concisa como una roca. Vienen luego veinticuatro páginas explicándola. Veinticuatro páginas absolutamente innecesarias porque la cita lo decía todo.
Ya en el capítulo siete el autor pierde completamente el norte y, lejos de focalizar, más bien atomiza. Salta de un tema a otro y, en reiterados momentos, se permite utilizar un tono digno del púlpito más panfletario. De la erudición fingida, pasó a la arenga desbocada. 
El penúltimo capítulo es repetitivo, ya que en él el autor no hace más que subrayar con rojo los argumentos ya largamente expuestos.
Finalmente, es en el noveno y último capítulo, en el que se confirma la sospecha de que Ramírez Caro no tiene la más mínima capacidad de síntesis. Cierra el libro con un picadillo de ideas, cuyo origen, según sus propias palabras, son las anotaciones que hizo al margen de sus libros favoritos. Definitivamente, el autor debe de tener un alto concepto de sí mismo, puesto que casi todos los lectores suelen escribir observaciones al margen de sus libros pero ciertamente son pocos, más bien poquísimos, los que llegan a considerar que esas notas merezcan ser publicadas. De hecho, aparte de Ramírez Caro, no sé de otro que lo haya hecho.
Resulta difícil emitir un juicio de conjunto sobre los nueve apartados, ya que lo más constante de este libro es su irregularidad.
De un despliegue de erudición para sustentar una aburridísima exposición teórica, pasa de repente a un acto de veneración al libro como objeto. Esa veneración, por cierto, llega a ser, en los momentos de mayor entusiasmo, hasta fetichista. Cabe apuntar que una cosa es ser bibliófilo y otra, muy distinta, bibliólatro.
De un tono profesoral, digno del catedrático más riguroso, pasa de repente a un tono exhaltado y emocional con arengas en pro de la lectura.
A veces se permite elevarse en temas y vocabularios doctorales, totalmente indescifrables para un no iniciado y, en otras, recurre a un lenguaje didáctico casi paternal.
En medio de una exposición serena, de repente se le desata el lirismo y suelta unas parrafadas melosas que, si bien en otro contexto podrían resultar apreciables para un lector sensible a ese tipo de manifestaciones, lo cierto es que donde están puestas desentonan.
Pero lo más extraño es la sobreabundancia, ya mencionada, de citas. Al principio, al menos se limitaba a utilizarlas como afirmaciones de autoridad, pero conforme avanza el libro, pasan de ser referencias para convertirse en eje central.
Particularmente exageradas, por lo extensas, resultan las citas que hace de Don Quijote, Fahrenheit 451, Mundo Feliz y sendos discursos de Joaquín García Monge y Omar Dengo. Una de esas citas es de más de tres páginas, seguida, como era de esperarse, por la consiguiente glosa.
Otra característica inexplicable del libro es su tono de prédica. "El poder" es un enemigo abstracto, que no se molesta en definir, sobre el que vuelve recurrentemente y ante el cual adopta un tono maniqueo en ocasiones exaltado.
En el caso de Las cenizas del sentido, lo que se le reclama no es el hecho de que esté constituido por escritos de la más diversa factura y no de ensayos en el más estricto sentido del término. Además de ese punto (que no pasa de ser una clasificación de género), lo más desconcertante en este libro es su insistencia en hacer llover sobre mojado, su obsesión por las citas y su escasa voluntad de síntesis y concentración.
Resulta paradójico, además, que un libro sobre la lectura, escrito por un amante de la lectura, no se haya esforzado por lograr una prosa que fuera accesible y atractiva para un público amplio.
Leer un ensayo, es un deleite intelectual. Leer este libro fue un verdadero dolor de cabeza.


POST SCRIPTUM
Esta nota la escribí en el 2001. No conocía entonces, ni he conocido hasta ahora, a Jorge Ramírez Caro. Poco después de publicada esta nota, fui jurado en un concurso literario de cuento. Las obras se presentaron bajo pseudónimo. El premio se otorgó por unanimidad y el ganador resultó ser Jorge Ramírez Caro quien, a mi juicio, pese a ser un fallido ensayista, como narrador tiene su mérito.

INSC: 1078


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