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sábado, 17 de octubre de 2015

Edward VIII y Wallis Simpson. Dos vidas y dos versiones de la historia.

La mujer que el rey amó. Ralph Martin.
Editorial Pomaire, España, 1975-
Sobre esta historia circulan dos versiones: la dulce y la amarga. Según la primera, el rey Edward VIII estaba tan perdidamente enamorado de Wallis Simpson, que renunció al trono de Inglaterra para poder casarse con ella. Desde 1936, año de la abdicación que fue noticia de primera plana en todo el mundo, esta historia de un amor intenso que se enfrenta a los prejuicios y tradiciones de una sociedad puritana y conservadora, llegó a alcanzar la categoría de cuento de hadas. Algo así como una variación real, moderna y dolorosa de la Cenicienta. El rey se enamoró de una norteamericana divorciada dos veces. La nobleza, el gobierno, la iglesia, el parlamento y la prensa de su país se opusieron al enlace y él acabó dejándolo todo para irse con ella.
Con el tiempo apareció la segunda versión, según la cual, lo del romance con Wallis Simpson fue solo la excusa que aprovecharon los políticos ingleses para deshacerse de Edward, que era simpatizante de los nazis. La maniobra no les pudo haber salido mejor. Lo destronaron sin tener que revelar, ni a Inglaterra ni al mundo, los verdaderos motivos de su caída.
Quienes han estudiado el tema a fondo sostienen que ambas versiones son ciertas. Desde el instante mismo en que conoció a Wallis Simpson, el rey experimentó una fascinación por ella que, con los años, acabó convirtiéndose en una dependencia que rayaba en lo enfermizo. Cuando pronunció la famosa frase de que no podía seguir adelante sin contar con la compañía de "la mujer que amo", estaba siendo honesto. Desde la boda hasta su muerte, estuvo a su lado. No soportaba tenerla lejos, al punto de que, mientras la peinaban y maquillaban, era capaz de estar sentado inmóvil durante horas en los salones de belleza.
Sus imprudentes declaraciones, antes, durante y después de haber ocupado el trono, dejaban muy claras sus simpatías por la Alemania Nazi. Como muchos otros de su generación, desconfiaba de la democracia y le tenía miedo al comunismo, por lo que acabó simpatizando con los regímenes autoritarios fascistas que,  al menos durante sus primeros años, daban muestras de ser capaces de garantizar tanto el orden como el progreso. En su favor puede decirse que no fue el único que se tragó el cuento y creyó en el espejismo.
Edward, a quien llamaban David cuando fue Príncipe de Gales, no se destacó en los estudios, ni en la milicia ni en el deporte. Tampoco daba muestras de estar interesado en la política, ni en los negocios, ni en la historia, ni en el arte, ni en la música. Desde muy joven quedó claro que el heredero de la corona no era inteligente, ni prudente, ni culto, ni talentoso. Cuando creció se volvió frívolo, aficionado a las fiestas y reacio a cumplir con sus deberes. Las ceremonias oficiales, a las que asistía obligado y casi arrastrado por su familia y los funcionarios de la casa real, eran para él un verdadero fastidio.  Como es fácil de suponer, sus amistades eran de costumbres y personalidades similares a las suyas. Su padre, el rey George V, preocupado porque su heredero no se tomara en serio la vida, afirmó que David era tan incapaz y tan irresponsable que, cuando accediera al trono, no llegaría a cumplir ni un año en el puesto. El señor salió profeta: Edward VIII fue rey de Inglaterra del 20 de enero al 11 de diciembre de 1936.
Para hacer el cuadro completo, el joven príncipe que no era inteligente, ni culto, ni talentoso ni cumplidor del deber, tampoco era muy simpático. Creía (así se lo habían enseñado) que la dignidad de su persona era superior a la de los otros. Cualquier llamada al orden era, para él, un atropello y una falta de respeto. Durante la I Guerra Mundial prestó servicio militar, pero los oficiales de su unidad se encargaron de mantenerlo lejos de los disparos. Cansado de sus constantes berrinches y actitud arrogante, el comandante de la tropa le dijo en su cara: "Si yo tuviera la seguridad de que lo van a matar, lo enviaría al frente ahora mismo. No lo hago solamente porque me preocupa que lo tomen prisionero."
Cuando se convirtió en rey, el personal de la corte le indicaba qué hacer, a dónde ir, cómo vestirse y cómo comportarse. El propio Edward consignó en sus memorias que, en los discursos que le tocaba leer, a él no lo dejaban poner ni una sola palabra.   Cansado de ser una marioneta de la corte, exclamó: "Ni siquiera como rey puedo hacer lo que quiero." Uno de los oficiales le explicó que, en esta vida, nadie hace lo que quiere. Todas las personas hacen lo que tienen que hacer.
Edward, Duque de Windsor y su esposa Wallis Simpson,
con Adolfo Hitler, en Alemania durante su viaje de bodas.
A lo largo de la historia han sido numerosos los casos de príncipes poco brillantes, pero en Inglaterra, en 1936, esa circunstancia, además de molesta, era peligrosa. En los círculos sociales que frecuentaba el nuevo rey, además de figuras tan frívolas como él, había numerosos agentes nazis. Joachim Von Ribbentrop, quien luego sería ministro de Relaciones Exteriores del III Reich, estaba entonces en Londres y era de uno de los asiduos a las cenas y fiestas privadas del monarca. El gobierno británico desconfiaba tanto de esa amistad, que llegó a restringir la información que suministraban al rey. Para hacer la pantomima, lo mantenían al tanto de asuntos de poca importancia pero nunca compartieron con él temas diplomáticos, militares, industriales ni financieros.
Cuando se destapó el romance del rey con la señora Simpson, el gobierno y la nobleza aprovecharon la oportunidad que les cayó del cielo. Hicieron entonces el papel de nacionalistas y puritanos: rechazaron a Wallis por ser americana y divorciada dos veces. El público se distrajo en el asunto personal, el rey abdicó envuelto en una aureola de simpatía y no sería sino hasta muchos años después que los motivos políticos del asunto saldrían a flote.
Sobre el tema, en su dos versiones, romántica y política, se ha publicado muchísimo. De vez en cuando siguen apareciendo artículos con nuevas revelaciones. Tanto quienes se concentran en la historia personal de la pareja, como quienes se ocupan de la trama conspirativa, han llegado a extremos de especulación que rayan en lo descabellado. Un título imprescindible sobre este asunto es La mujer que el rey amó, de Ralph Martin. El libro, publicado tras la muerte de Edward, pero mientras Wallis aún vivía, brinda una generosa imagen de ambos personajes. El autor se esfuerza por pintar un retrato agradable de ambos y trata de justificar, o al menos hacer comprensible, sus controversiales actitudes. Martin tuvo la oportunidad de entrevistar a la señora Simpson y declara que era una dama agradable, elegante y cortés. Tal parece que ella y su marido fueron felices juntos, pero sus vidas, pese a la forma benévola en que son presentadas, son bastante difíciles de mirar con simpatía.
Todas las biografías tienen su toque heroico y, de alguna manera, al leerlas, se va desarrollando cierta fascinación por los personajes. Conforme se va conociendo la historia de su vida, poco a poco el biografiado se va haciendo más cercano al lector. Incluso en los casos de que se trate de un personaje oscuro o perverso, cuya vida esté muy lejos de ser admirable, de alguna manera sus acciones se tornan comprensibles o explicables al saber más de su paso por este mundo. En este caso, sin embargo, tras leer una biografía de 600 páginas, cuanto más se conoce sobre las vidas de Edward y Wallis, más difícil resulta comprenderlas.
Edward y Wallis vivieron en vacaciones permanentes. Iban a esquiar a los Alpes, realizaban cruceros por el Mediterráneo, asistían casi a diario a cenas y recepciones, vivían en mansiones amplias, exquisitamente amuebladas y decoradas, vestían modelos exclusivos, eran atendidos por una legión de sirvientes, compraban joyas y disfrutaban de su vida como pareja. Además de todo esto, eran felices juntos. Sin embargo, y esto es algo verdaderamente difícil de explicar, sus vidas, de alguna forma, inspiran lástima.
Aunque había nacido en el seno de una familia modesta de Baltimore, Wallis tenía en común el príncipe su falta de interés por temas serios, su incapacidad de cumplir deberes y su afición al lujo y las diversiones. Era muy cuidadosa, eso sí, por estar siempre arreglada. Su cita diaria con el peluquero, el masajista y la maquilladora ocupaba la mitad de su día. Era exigente en la selección de sus vestidos y, ya fuera como invitada o como una anfitriona, se conducía de manera impecable y agradable. Daba órdenes precisas a la servidumbre y solía estar al tanto de hasta el más mínimo detalle del menú que se iba a degustar, los licores que serían servidos y la música que se iba a bailar.
Definitivamente, tal para cual. Con el dinero que la familia real ponía a su disposición, pudieron haber vivido discretamente, dedicados exclusivamente a divertirse. Pero en su burbuja color de rosa, la pareja ni siquiera se daba cuenta del mundo en que vivía y acabó convirtiéndose en un dolor de cabeza para el gobierno británico. Tras su boda, celebrada en Francia, decidieron realizar, como parte de su luna de miel, una visita a la Alemania nazi. La foto de su entrevista con Hitler hizo que muchos recordaran las palabras del oficial encargado de cuidarlo durante la I Guerra Mundial: "no me preocupa que lo maten, sino que lo hagan prisionero". La posibilidad de que Edward fuera secuestrado era una preocupación constante para los servicios de inteligencia británicos.
La pareja se estableció en París, dedicada a ofrecer y asistir a fiestas. Cuando Francia fue invadida por Alemania, al inicio de la II Guerra Mundial, Edward, que ya no era príncipe ni rey, sino que tenía el título de Duque de Windsor, dio unas declaraciones en que dejó clara su simpatía por Hitler. Winston Churchill le escribió una carta en la que, de manera oblicua y entre líneas, le ordenó que se quedara callado. Casi a la fuerza, la diplomacia y la inteligencia británicas trasladaron a Edward y Wallis a Portugal, que era un país neutral.
En su libro Lisboa 1939-1945, Neill Lochery cuenta que los agentes nazis se mantenían cerca del Duque y que el gobierno británico temía que los alemanes lograran convencerlo de pretender recuperar el trono de Inglaterra para convertirlo en su monarca títere y aliado. Definitivamente, había que enviarlo bien lejos. Churchill entonces le hizo saber que debía salir inmediatamente de Portugal y le presentaba dos opciones a escoger. Aceptar el cargo de Gobernador de las Islas Bahamas o retornar a Inglaterra. Aunque Edward no era muy inteligente, comprendió que si volvía a Inglaterra, así lo hospedaran en un lujoso palacio, sería prácticamente un prisionero, por lo que optó por trasladarse hacia el Caribe.
Mientras la guerra iba calentándose en Europa, con escasez de alimentos, bombardeos aéreos, movilizaciones de tropas y desplazamientos de civiles, Edward se quejaba de que, en Bahamas, la mansión en que debía vivir  era una casona vieja de madera, la servidumbre era incompetente, el calor era insoportable y había muchos mosquitos. La alta sociedad de Bahamas, además, no parecía interesada en organizar bailes y fiestas.
Debido a la guerra, el gobierno británico decidió nombrar un nuevo embajador en Washington y Edward se ofreció para el puesto. En su opinión, él era la persona indicada para representar a Inglaterra en las recepciones de la Casa Blanca y jugar golf con los senadores. Sobra decir que su propuesta no fue tomada en serio. Ni siquiera le respondieron. Edward no era capaz de comprender que la embajada británica en Washington era, en aquellos momentos, de vital importancia y que debía ser ocupada por un hombre con experiencia y amplia visión global, discreto, inteligente, hábil negociador y, muy especialmente, enemigo declarado de los nazis. El duque se mostró ofendido e indignado cuando supo que el nuevo embajador inglés ante los Estados Unidos sería Lord Halifax. No lograba explicarse por qué nombraron a un ex virrey de la India, en vez de a un ex rey de Inglaterra.
Como se aburría espantosamente en las Bahamas, de vez en cuando solía pasear con su esposa en Florida. El vuelo era brevísimo y allí, ya fuera en Miami o en Tampa, había buenos hoteles, tiendas, joyerías, salones de belleza y, lo más importante, personas alegres dispuestas a bailar hasta la madrugada.
Durante la guerra, los ingleses llegaron a olvidarse de Edward. Su hermano, el rey George VI, que lo sustituyó en el trono, pese a ser tímido y tartamudo, logró ganarse la simpatía del pueblo, no solo por su discreción y austeridad sino por la manera en que cumplió su papel en aquellos difíciles años. A pesar de los bombardeos diarios, se negó a abandonar Londres y su hija, la actual reina Elizabeth, que era entonces una muchachita, prestó servicio en las fuerzas armadas. Elizabeth no solamente aprendió a manejar automóvil, algo raro para una princesa en aquella época, sino que además era muy buena arreglando desperfectos mecánicos y reparando motores.
En los primeros años de la posguerra, Edward y Wallis volvieron a despertar preocupaciones en la familia real. En sus fiestas ya no se codeaban con agentes nazis, sino con mafiosos norteamericanos. El rey George, pese a ser su hermano menor, debió hablarle como un padre y exigirle que se alejara de ciertas amistades antes de que su nombre se viera envuelto en un escándalo. Poco después de la advertencia, un buen número de compañeros de parranda de Edward y Wallis fueron a parar a la cárcel.
La pareja montó su residencia en París, pero con frecuencia pasaba largas temporadas en Nueva York. Se hospedaban en una suite del Waldorf Astoria en compañía de sus numerosos y muy mimados perros. Se levantaban a eso del medio día. Mientras Wallis era peinada, maquillada y masajeada, Edward esperaba sentado sin hacer nada. En la tarde bebían cócteles, luego cenaban vestidos de etiqueta, a veces en su casa donde recibían invitados, otras en casa de amigos que los agasajaban y en algunas ocasiones en restaurantes o clubes. Tras la cena, que solía terminar tarde, bailaban hasta el amanecer. A principios de los años sesenta el duque se quejó de que justo cuando había logrado dominar el swing, debió aprender a bailar twist.  Con cierta frecuencia solía jugar golf o asistír a excursiones. Fue invitado por Francisco Franco a participar en una cacería. La pareja era asidua a los desfiles de modas y a los casinos. Cuando empezaron a envejecer, redujeron su vida social y ocuparon su tiempo en jugar con los perros y armar enormes rompecabezas. La única actividad de Wallis era ser una socialitee, pero el duque tenía dos pasatiempos: le gustaba tejer y sembrar plantas en el jardín.
La historia de lo que llegó a ser conocido como "el romance del siglo" de vez en cuando era recordada en las revistas, que repetían aquello del rey que renunció al trono por amor y terminaban con el infaltable "...y fueron felices para siempre." Se llegaron a hacer reportajes, películas y documentales para televisión. En 1961, en una entrevista, el duque se quejó del desprecio con que había sido tratado por el gobierno inglés, que había desaprovechado su talento y rechazado sus servicios.
Charles Curran, miembro del Parlamento por el Partido Conservador, se apresuró a contestarle.
"¿Cómo se atreve?" fue el título del contundente artículo que el legislador publicó en la prensa. La nota empezaba diciendo que el Duque pudo haber hecho cualquier cosa que se hubiera propuesto. Cuando dejó el trono era joven, sano y rico. Pudo haber estudiado una profesión, pudo haberse dedicado al comercio, a la agricultura o a la industria, pudo haber fundado o comprado una empresa, pudo haber sido un patrocinador o un mecenas, pudo haberse dedicado a una causa. Pero, continuaba el escrito, el duque ha dedicado los últimos veinticinco años a no hacer nada. Ha pasado un cuarto de siglo entretenido en su vida social. La conclusión del artículo de Curran era cruel. Terminaba diciendo que su vida era absurda, inútil y sin sentido.
Tal vez Curran fue demasiado severo. Hay personas que no han hecho nada por la humanidad o por la patria, pero al menos han hecho algo por sí mismos. El caso de Edward y Wallis es extraño porque nunca tuvieron la ambición de emprender un proyecto al cual dedicar sus energías. Si no les interesaba ganar dinero, que en todo caso no les hacía falta, al menos pudieron estar motivados por la ilusión de hacer y lograr algo por sí mismos. Sus defensores argumentaron que por su dignidad, un rey no podía rebajarse a trabajar, sin percatarse de que el trabajo no disminuye, sino que aumenta la dignidad de la persona. Edward y Wallis eran incapaces de asumir ninguna responsabilidad y, por ello, resulta un tanto injusto reclamárselo.
Quienes insisten en recordar las simpatías pronazis de Edward, suelen referirse a él como "un hombre peligroso". Lo peligroso, sin embargo, era más bien que un hombre definitivamente tonto estuviera en aquella posición en aquel preciso momento. A nivel personal, a pesar de su arrogancia y sus limitaciones, existe consenso de que Edward no era un hombre de malos sentimientos. Incapaz de hacer cualquier cosa, era también incapaz de hacerle deliberadamente daño a nadie.
Aunque ya estaba demasiado viejo para meterse en enredos, los servicios de inteligencia británicos vigilaban sus movimientos. Por canales confidenciales le llegó a la reina Elizabeth la noticia de que Edward había comprado dos espacios en el cementerio de Baltimore, Maryland, la tierra de Wallis. Un emisario de la casa real se puso en contacto con él. Con la excepción de cinco (cuatro en Francia y uno en Alemania) todos los reyes de Inglaterra estaban sepultados en suelo inglés. Tras la abdicación, Edward solamente había regresado a Inglaterra tres veces: al funeral de su madre, al funeral de su hermano y a la inauguración de un monumento a su madre. El emisario le manifestó el deseo de la reina, su sobrina, de que cuando llegara el momento, él fuera sepultado cerca de sus familiares. Edward dijo que aceptaba si permitían que Wallis fuera enterrada a su lado. Su deseo fue concedido y Edward vendió los lotes del cementerio de Baltimore.
Cuando Edward agonizaba en un hospital de París, la reina fue a visitarlo acompañada de Phillip, su esposo, y el príncipe Charles, su hijo. Pocos días después falleció. Su funeral fue privado y solamente asistieron cuarenta miembros de la familia, muchos de los cuales ni siquiera lo habían conocido. Para todos, incluyendo a Wallis, la viuda, estaba claro lo que significaba un funeral privado: Era un funeral sin honores.
Apenas finalizado el entierro, Wallis le anunció a la reina que quería partir de Inglaterra de inmediato. La reina le preguntó por qué. "Porque quiero irme", fue la simple respuesta.
Wallis se fue y no volvió a Inglaterra sino hasta doce años después, ya muerta, para ser sepultada al lado de su marido.
¿Una historia de amor como para arrancar suspiros? ¿Una trama detectivesca llena de espías y conspiraciones subterráneas? O, tal vez, las dos versiones de esta historia no sean más que especulaciones levantadas sobre dos personajes inocuos, simples y bobalicones que, por azares del destino, estuvieron en el ojo del huracán sin comprender lo que ocurría a su alrededor.
INSC: 2562
Wallis Simpson (1896-1986) y su esposo Edward Duque de Windor (1894-1972).

domingo, 17 de mayo de 2015

Historia oculta de los reyes.

Historia oculta de los reyes. De Jaime I de
Aragón a Carlos II el Hechizado. Óscar
Herradón Ameal. Akásico Libros.
España, 2010.
Al ser derrocado, en 1953, Faruk el rey de Egipto afirmó: "En el futuro solamente habrá cinco reyes: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra."  Poco antes, el mismo Faruk, procurando recuperar algo del respeto perdido, se había declarado descendiente del profeta Mahoma pero nadie, que se sepa, lo tomó en serio. Proclamar semejante parentesco, en la segunda mitad del Siglo XX, era algo que hasta los más fieles monárquicos considerarían absurdo y ridículo. Sin embargo, en gran medida el poder de los reyes se sostuvo gracias a la idea de que su autoridad tenía origen divino.
Actualmente, las monarquías que han llegado al siglo XXI son apreciadas como una tradición histórica inofensiva de ceremonias llamativas,  o criticadas como una carga anacrónica que no tiene sentido y se mantiene por pura inercia. En el debate actual, tanto los críticos como los admiradores de la monarquía se concentran en el papel ceremonial de la corona, su limitada área de acción y la conducta, constantemente vigilada y no siempre intachable, de los miembros de la realeza.
Para una mente del Siglo XXI no hay razón que justifique un puesto vitalicio y hereditario en ningún cargo, y muy especialmente en el de Jefe de Estado. Al echar la vista atrás y repasar la historia, uno acaba sorprendido de que numerosas monarquías hubieran llegado al Siglo XX sostenidas en una concepción medieval. La familia imperial rusa o austriaca, por ejemplo, en medio de la I Guerra Mundial todavía creían que su autoridad era de Derecho Divino. 
Cuando uno se pone a leer libros sobre reyes se encuentra con complicados árboles genealógicos, alambicadas intrigas, alianzas y traiciones, juegos de poder e intereses por ganar territorios y riquezas por medio de las armas. Sin embargo, todas estas apreciaciones pasan por un alto un elemento fundamental, que es el trasfondo mágico que sostenía todo aquello.
Tras la Ilustración, la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa, tenemos claro que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y derechos y que el poder viene del pueblo. Cada vez leo en un libro de historia que Fulanito de Tal tenía derecho al trono, tengo problemas para comprenderlo porque nadie tiene derecho a trono alguno.   De hecho, una de los retos más complejos a la hora de leer historia es tratar de comprender la mentalidad de la época. No solo el pretendiente creía tener "derecho" a reinar, sino que el mismo pueblo, dividido en bandos, también creía alguien tenía "derecho" a reinar sobre ellos.
En este sentido, ha sido muy ilustrativo para mí leer el libro Historia oculta de los reyes de Óscar Herradón Ameal, que consta de un ensayo introductorio verdaderamente interesante y cinco sorprendentes biografías de monarcas españoles.
El ensayo con que empieza el libro deja claro que el poder de los reyes, más allá de sus armas y riquezas, estuvo basado en la creencia generalizada de que la autoridad del monarca venía directamente de Dios y su persona era sagrada. Incluso en el caso de que un rey fuera derrotado por las armas, acabara en la bancarrota o diera muestras de ser incapaz para ejercer el cargo, la superstición que existía alrededor de su persona y figura habría sido suficiente para sostener la lealtad de sus súbditos.
En ciertas culturas antiguas, Egipto, Japón o China por ejemplo, el monarca, más que una autoridad puesta por Dios, era considerado una deidad en sí mismo. Recuerdo que en la biografía que escribió Emil Ludwig sobre Cleopatra, se menciona lo difícil que era para ella comprender el gobierno de Roma, que era una república y se contrariaba al ver que su amado Julio César no tenía una autoridad incuestionable, sino que tenía que vivir atento e inmerso en las movidas del Senado. No fue sino hasta muchos años después que los césares fueron considerados, en vida, criaturas divinas. Los césares que pretendieron recibir culto como dioses se cuentan literalmente con los dedos de una mano: Calígula, Domiciano, Aurelio, Heliogábalo y Diocleciano.
El libro menciona que en el pueblo Shilluk de Sudán, cuando notaban algún síntoma de debilidad en su rey como, por ejemplo, que no pudiera satisfacer sexualmente a las mujeres, optaban por matarlo. Esta referencia me hizo recordar la novela El reino de este mundo de Alejo Carpentier. En África, la tierra de Ti Noel, el rey era sacerdote, padre, guerrero y cazador, mientras que en Francia, el rey cazaba con la ayuda de monteros, podía ser regañado por un confesor, veía la guerra de lejos y con gran dificultad lograba ser padre de un principito tan enclenque y debilucho como él.
Como en la Biblia se cuenta que Saúl fue ungido rey por Samuel, los reyes cristianos, a partir de Carlomagno, empezaron también a ser ungidos. De hecho, durante toda la edad media y hasta los tiempos de la contrarreforma, los monarcas no eran considerados clérigos ni laicos, sino que se ubicaban en lo que podríamos llamar un estado intermedio, porque su vida era secular pero su misión era sacerdotal. La corona, el cetro, el globo, la espada, así como otras joyas y objetos propios de su oficio, tenían carácter de talismán y representaban poderes sobrenaturales.
Se consideraba que los reyes tenían el don de la profecía y, por ello, se le prestaba mucha atención a sus sueños. Las biografías de reyes antiguos están llenas de eventos extraordinarios. Al rey de Inglaterra Eduardo el Confesor, por ejemplo, se le apareció San Juan Evangelista. Se creía que los sétimos hijos varones de un monarca podían ser curanderos con poderes asombrosos, aunque existía también la posibilidad de que se convirtieran en hombres lobo.
A los reyes se les atribuía también el don de sanar imponiendo sus manos. San Luis, rey de Francia, tocaba las llagas de los heridos para curarlos. Luego se lavaba las manos en una tina y esa agua se la bebían los mismos enfermos para terminar de curarse. Luis XVI, el decapitado por la revolución, fue el último monarca en imponer las manos para curar. Años después, en 1825, a la muerte de Luis XVIII, Carlos X subió al trono de Francia y en una visita a un hospital se le solicitó que impusiera sus manos para sanar enfermos. La superstición había sobrevivido tras la Revolución Francesa y había llegado al Siglo XIX.
Tras la exposición detallada de los poderes mágicos que se atribuían a los reyes, el libro incluye cinco notas biográficas sobre Jaime de Aragón, Alfonso X el Sabio, Felipe II, Felipe IV y Carlos II el Hechizado.
Hay que aclarar que el título del libro es algo ambiguo. Historia oculta de los reyes, no se refiere, como uno pensaría de primera entrada, en datos poco conocidos, sino en la presencia del ocultismo en la vida de estos monarcas.
Jaime de Aragón dejó escritas, o mandó escribir, unas memorias donde deja clara su convicción de que tanto él como sus antepasados estaban emparentados con la divinidad. Su padre, Pedro II, era bastante mujeriego, pero a su esposa María de Montpellier la aborrecía de tal forma que no soportaba mirarla a la cara. Para que el matrimonio fuera consumado, debieron recurrir a una trampa. Le dijeron que una de sus amantes lo esperaba en una habitación oscura. María, que tampoco sentía afecto por Pedro, consintió en recibirlo solamente por cumplir con su deber de darle un heredero. Cuando el acto estuvo consumado aparecieron notarios alumbrados con candelas. El rey Pedro se indignó al ver que la mujer que tanto lo había complacido era su esposa y, del disgusto, se marchó y no volvió a verla nunca más. El encuentro, en todo caso, dio fruto, ya que nació don Jaime quien, a los diez años se puso la armadura para no volvérsela a quitar hasta su muerte, acaecida cuando había alcanzado la avanzada edad de sesenta y un años.
Alfonso X el Sabio era hijo de Fernando III, proclamado santo por matar infieles, y bisnieto materno de Federico I Barbarroja. En una batalla se le apareció el apóstol Santiago, para echarle una mano a las tropas cristianas en su matanza. De ahí viene aquello de "Matamoros". Alfonso X impulsó la lengua castellana, frente al latín, y concedió también importancia al catalán y al gallego, que utilizó en sus composiciones poéticas. Fundó en Toledo, su ciudad natal, la Escuela de Traductores, donde acogió grandes sabios cristianos, judíos y musulmanes con el fin de que tradujeran del latín al castellano textos de la más variada índole. También fue el impulsor de dos grandes obras de historia, una universal y otra de España. Sus Siete partidas regularon el derecho civil, penal y eclesiástico durante siglos. Alfonso creía en la intervencion divina en cualquier acto de la vida cotidiana, le daba gran importancia a los nombres y a los números y, como parte de su curiosidad científica, histórica y literaria, estudió también la magia, las piedras y los minerales, así como la astrología y la alquimia.   Recibió una embajada del sultán de Egipto que le llevó como obsequio, una jirafa, con la que acabó inaugurando un zoológico con animales nunca antes vistos en España. 
Felipe II, el rey burócrata, religioso y coleccionista de relojes, presidía un corte excéntrica en la que la demencia era cosa común. Su madre, Isabel de Portugal, comía sola y en silencio mientras tres damas arrodilladas junto a su mesa le alcanzaban los alimentos. Su hijo don Carlos, con el lado derecho de su cuerpo paralizado, era sádico, torturador de animales y perennemente enfermo pese a los cuidados de su médico Andrés Vesalio. Los tiempos de Felipe II fueron los de la Inquisición y los libros prohibidos. Prohibió que los españoles estudiaran en universidades de otros países para evitar que se contagiaran de nuevas ideas. Era un hombre incapaz de delegar y creía que su deber era tomar todas las decisiones. Construyó El escorial porque en la zona había una mina de hierro que en sus excavaciones, había alcanzado tal profundidad que llegó hasta las puertas del infierno y, con el edificio, pretendía evitar la salida de los demonios. Para hacer más eficiente el sello, reunió una impresionante colección de reliquias, entre las que había, desde cabellos de Cristo y de la Santísima Virgen María, hasta el cuerpo entero de uno de los santos inocentes. Entre huesos, cráneos, brazos y piernas, supuestamente de santos, los armarios de El Escorial acabaron llenos de restos humanos. En sus últimos tiempos, tuvo al lado de su cama el ataúd en que debía ser enterrado. 
Felipe IV tuvo cuarenta y tres hijos con distintas mujeres, incluyendo una religiosa recluida en el convento de San Plácido. Hay quienes dicen que esa intromisión de un mujeriego en un convento fue la acabó generando el mito de Don Juan. De hecho, El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, fue publicado poco después de la incursión de Felipe IV en el claustro. Sin embargo, la consecuencias más inmediatas del hecho no fueron literarias, sino satánicas. El convento de San Plácido fue escenario de una posesión demoníaca colectiva: las monjas gritaban blasfemias mientras corrían desnudas por las instalaciones, comían basura y una fuerza oculta las inducía al suicidio. El escándalo, que tardó en calmarse, fue uno de los procesos judiciales, gubernamentales y religiosos más sonados de su momento. 
Para rematar, el libro se refiere a Carlos II el hechizado, cuya madre almacenaba en su dormitorio una pluma del arcángel Gabriel, el báculo de Santo Domingo de Silos, el cuerpo de San Isidro Labrador y el manto de María Magdalena. De poco le valieron los amuletos, porque su hijo a los tres años no era capaz de caminar y los huesos de su cráneo no se habían cerrado. A los cuatro años no había dejado de mamar y más de una docena de mujeres prestaron sus pechos para alimentarlo durante tan largo periodo. Para que se mantuviera en pie, lo sostenían con cuerdas, como una marioneta. A los nueve no había logrado aprender a leer ni a escribir y no está del todo claro si en algún momento lo logró. Carlos II no solía asearse y llevaba el cabello largo. Lo casaron con María Luisa de Orleans, quien nunca lo había visto, pero fue advertida por el embajador francés de que el rey era "feo como para causar espanto". La pobre muchacha hizo lo posible por atrasar la comitiva que, finalmente debió llegar a su destino. María Luisa no logró quedar encinta, sufrió mucho en la corte y murió al poco tiempo de haber llegado. Eligieron como nueva consorte a Mariana de Neoburgo, porque las mujeres de su familia eran famosas por prolíficas. Su madre había tenido catorce hijos. Tampoco logró darle un heredero. En el botiquín de medicinas del rey había, entre otras cosas, cuernos de unicornio y pezuñas de alce. Ante la inutilidad de tales medicinas, se creyó que el rey Carlos II estaba hechizado y con ese apodo pasó a la historia. La muerte de Carlos II en 1700, puso fin a la dinastía de los Austrias en España.
Definitivamente, aunque ha habido monarcas de respetable memoria que lograron brindar aportes a la cultura y el bienestar de sus pueblos, hay otros que se sostuvieron solamente porque la superstición imperante los hacía intocables. Eran otros tiempos y otra mentalidad. La autoridad no era solamente un asunto práctico, sino mágico. 
INSC: 2624


sábado, 11 de octubre de 2014

Fernando Vallejo y el rey Juan Carlos de España.

Peroratas. Fernando Vallejo.
Alfaguara, España, 2013. Entre otros
artículos, en este libro se incluye 
Bienvenida al rey, pero con el título
Osos y Reyes.
En el año 2007, el rey Juan Carlos visitó Colombia para participar en un congreso de Academias de la Lengua. A propósito de la visita, la revista Soho publicó un artículo de Fernando Vallejo titulado Bienvenida al Rey. Aunque en las páginas de Soho aparecen desnudos y escritos subidos de tono, el escándalo que armó el escrito de Vallejo no solo sacudió el país, sino que le dio vuelta al mundo entero.
Como los monarcas europeos son poco conocidos al oeste del Atlántico, Vallejo lo presentó con pocas pero contundentes palabras. Dijo que Juan Carlos era idiota, buen vividor, borracho, mujeriego, corrupto y cazador. A pesar de lo duro de sus calificativos, el autor pasó de inmediato a disculparse. Lo de idiota, buen vividor y borracho, era asunto personal del rey y Vallejo, por tanto, no entraba a comentarlo. Lo de mujeriego, era un problema privado del rey y su esposa y el escritor tampoco quería meterse allí. Lo de corrupto, es algo que le compete solamente a los españoles y Vallejo también prefirió pasar de largo sobre este punto aunque, como quien no quiere la cosa, hizo un repaso del impresionante aumento de la riqueza de Juan Carlos quien, gracias a amistades poco recomendables, pasó de ser un pobretón a un millonario. 
Pero Vallejo, gran defensor de los animales, dijo que lo de cazador sí era algo que lo afectaba directamente y en este punto concentró su artículo. Para quienes no estén familiarizados con las campañas que Vallejo ha emprendido para la protección de los animales, vale mencionar que, además de numerosos y apasionados escritos sobre el tema, también ha realizado obras tan generosas que no dejan lugar a dudas de su compromiso real y sincero en el asunto. Una vez donó cien mil dólares a una organización dedicada al rescate, cuidado médico y alimentación de los perros callejeros. Cuando en una entrevista le preguntaron por qué lo había hecho, simplemente respondió: "Porque me agradan los perros". A la pregunta siguiente, "¿Por qué no donó el dinero a los pobres?", soltó otra respuesta simple: "Porque no me agradan los pobres."   
Volviendo al artículo de bienvenida, Vallejo, sin medirse en palabras, como es característico en él, da rienda suelta a todo su desprecio por alguien que mata a hermosos animales que nada le han hecho. No se remonta a las cacerías domésticas del joven príncipe al lado del Caudillo, ni a las también remotas y juveniles expediciones de Juan Carlos en África. Se concentra, exclusivamente, en dos cacerías de osos, una en Rumania y otra en Rusia.
El artículo, como se dijo, dio la vuelta al mundo. Como era de esperarse, fue muy leído en España, único país del hemisferio occidental en que está penado con cárcel publicar críticas al Jefe de Estado en los medios de comunicación. Digo único país del hemisferio occidental porque en Cuba tal acción no se considera delito porque ni siquiera existe la posibilidad de realizarla.
Hubo casos, bastante pocos pero muy sonados a este lado del Atlántico, de periodistas y caricaturistas españoles condenados en los tribunales por irrespetar la sagrada figura del rey. 
Probablemente ni el rey ni su corte le prestaron mucha atención al artículo de Vallejo en el 2007. Pero debieron haberlo hecho.  La popularidad del monarca no se vino al suelo por la cacería de osos denunciada en esa oportunidad, sino por la caza de un elefante en 2012. A raíz de ese hecho, los medios de comunicación españoles ignoraron la mordaza legal que pendía sobre ellos y empezaron a criticar y caricaturizar a don Juan Carlos como si esa ley, una de las pocas herencias que, además del propio rey, dejó Franco, no existiera. El comentario de Vallejo sobre la caza del elefante fue publicado, esta vez, en el diario El País.
Nunca pudo imaginarse que aquel tiro,
además de abatir al elefante, mató su
popularidad.
Más tarde, las andanzas financieras de su yerno, dieron el puntillazo al viejo monarca. El rey no pudo ver que, siete años antes de su abdicación, un escritor colombiano le hizo una advertencia que debió haber escuchado. La cacería y los manejos financieros misteriosos no son bien vistos. El estilo de vida a todo tren, tampoco.
Los españoles en el paro, los jóvenes que no encontraban un trabajo fijo, las familias que se veían en apuros para llegar a fin de mes, cuando supieron el platal que costaba darse el gusto de ir a África para matar un hermoso elefante, recordaron que ellos pagaron el capricho. 
Un dato lingüístico. Es interesante que el inicio de esta historia haya ocurrido en un congreso de Academias de la Lengua. Uno de los temas que más estudian, analizan y registran los académicos de todos los países hispanohablantes, es la diversidad de nuestro idioma. El español que se habla en México es muy diferente al de Argentina. Las variaciones no solo son nacionales, sino regionales. No es lo mismo escuchar a un andaluz que a un asturiano, a un peruano de la costa que a uno de la sierra. Los académicos, con sus estudios, sus diccionarios y sus gramáticas, tienen la doble tarea de fijar las normas que mantengan la unidad y de consignar los usos particulares de la variedad. Tarea difícil porque, con frecuencia, los que hablamos español utilizamos palabras muy diferentes para referirnos a lo mismo. Un ejemplo: cuando el rey Juan Carlos soltaba un exabrupto y decía palabrotas, en España le reían la gracia y lo disculpaban calificándolo de campechano y sencillo. Definitivamente, el español que se habla a cada lado del Atlántico utiliza diferentes palabras. En los países latinoamericanos, a esa conducta no se le llama campechanía ni sencillez sino, simplemente, vulgaridad. Gracias a lo fácil que es, en la actualidad, compartir información, los que hablamos español nos estamos influenciando mutuamente unos a otros y con frecuencia, uno mismo se sorprende utilizando palabras o expresiones que aprendió de un amigo que habla español de otras latitudes. Al referirse a su familia real, algunos españoles están abandonando los términos de la península y empiezan a utilizar los de otros países. Los de Colombia, por ejemplo.
Don Juan Carlos, bastante joven, en Angola. El leopardo muerto también se ve
bastante joven.

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