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sábado, 25 de octubre de 2014

Leni Riefensthal.

Five Lives. Leni Riefensthal. Excelente libro de
fotografías publicado por Taschen, Alemania
en el año 2000.
Tal vez su nombre no sea muy reconocido actualmente, pero en los años treinta Leni Riefensthal era admirada en todo el mundo por las innovaciones que introdujo a las tomas cinematográficas. A mediados de los años cuarenta fue totalmente olvidada, al punto que su nombre dejó de pronunciarse y su trabajo dejó de verse. En los setentas volvió a llamar la atención por sus fotografías y a finales de los ochenta, con la publicación de sus memorias, volvió a despertar discusiones que tenían medio siglo apagadas. 
Hija de un industrial bastante rico, Leni, nacida en 1903, decidió desde muy pequeña dedicarse al arte. Fue bailarina, y actriz tanto en teatro como en películas.
El cine la fascinó y apenas estuvo delante de una cámara, quiso también estar detrás, no solo de la cámara sino de todo el proceso. En 1932 cumplió su sueño y estrenó la película La luz azul de la que fue directora, productora, guionista y actriz principal. Entre los muchos espectadores que llegaron a considerar La luz azul su película favorita estaba un controversial líder político llamado Adolfo Hitler quien, al año siguiente, llegaría ser Canciller del Reich, primero y Führer con plenos poderes, poco después.
Hitler convocó a Leni a una cita y ella asistió sin saber para qué quería verla. Estuvo sentada esperando más de un cuarto de hora antes de que una puerta se abriera de golpe y apareciera Hitler caminando a paso apresurado hacia ella y con el rostro descompuesto por una expresión de angustia. Hitler estaba, más que contrariado, avergonzado. Le pidió disculpas repetidas veces. Nadie le avisó que ella ya había llegado y a eso se debió la espera. Una y otra vez, durante la entrevista e incluso en la despedida, Hitler se disculpó por la demora, consideraba imperdonable que una gran artista como ella lo hubiera tenido que esperar y, como si fuera un niño ante su maestra, llegó a prometer que no volvería a ocurrir. 
Aquel día nació una amistad que no se quebraría nunca. Hitler quería que Leni produjera películas propagandísticas que serían generosamente remuneradas por el Estado. Leni aceptó la propuesta inmediatamente. La cercanía de Leni con Hitler llegó a ser tan estrecha desde el inicio, que sus producciones cinematográficas fueron coordinadas enteramente por ella, sin la más mínima ingerencia del Dr. Goebbelsministro de propaganda del régimen por quien Leni tuvo siempre cierto recelo. El sentimiento, por cierto, era recíproco. 
Leni Riefensthal y Adolfo Hitler, una
amistad que nunca se rompió.
Las dos películas más famosas que realizó fueron La victoria de la fe, en 1933 y El triunfo de la voluntad, en 1934. Un detalle interesante, que no fue revelado sino muchos años después, es que en muchas de las concentraciones masivas Leni filmaba al público, pero no a Hitler. Las tomas de sus discursos se hacían posteriormente en un estudio en el que Hitler, como un actor subordinado a las indicaciones de la directora, hacía todo lo que Leni dispusiera ya que era ella, y solo ella, quien sabía cómo lograr la mejor imagen y el mejor efecto. 
En 1936 se celebraron en Berlín los juegos olímpicos y Leni filmó a los atletas de todas las disciplinas con miras a realizar el documental Olympia que fue estrenado en 1938. Con Olympia el nombre de Leni Riefensthal fue conocido y admirado en todo el mundo ya que logró llevar el lenguaje cinematográfico a un nivel hasta entonces insospechado. Las películas, todavía en los años treinta, fotografiaban a los actores de frente y de cuerpo entero. En Olympia, Leni ensayó diferentes perspectivas. Llegó al extremo de mandar a cavar un agujero en la pista de salto largo para que la cámara captara al atleta desde abajo. La edición y la calidad de la fotografía eran asombrosas. La creatividad y originalidad de las secuencias alcanzaban el nivel de una verdadera obra de arte. Leni decidió mudarse a Hollywood para continuar su carrera, pero llegó a los Estados Unidos casi al mismo tiempo que las noticias de la Kristallnacht (Noche de cristales rotos) que fue el acontecimiento que dio inicio a una oleada de agresión contra civiles y que puso al mundo en alerta sobre lo perverso y peligroso que podía ser el régimen nazi.
El cantante de los Rolling Stones, Mick
Jagger, con Leni en los tiempos en que
ella hacía retratos de famosos.
Varios personajes de la industria americana del cine, entre ellos Walt Disney, le manifestaron a Leni la admiración y respeto que tenían por ella como cineasta, pero le explicaron que, por las obras de propaganda que realizó para el partido nazi, jamás podría trabajar en Hollywood. 
Leni regresó a Europa e, incluso durante la guerra, recibió el apoyo financiero de Hitler para producir un par de películas. Ella siempre dispuso de todo el dinero que quiso, su sueldo era uno de los más altos del régimen, superior incluso al de los ministros. Cuando ya la derrota era evidente, tuvo la oportunidad de visitar y despedirse de Hitler, su gran amigo. Más tarde, declaró sin ningún pudor que lloró cuando se enteró de su muerte.
Al finalizar la guerra, Leni se quedó sin un lugar en el mundo, dividido entre democracias liberales y dictaduras comunistas, en ninguna de las cuales había espacio para una nazi. Debió hacer frente a acusaciones de haber utilizado prisioneros de campos de concentración como extras en sus películas. En cada interrogatorio y en cada entrevista, recalcaba su simpatía por Hitler y por la dictadura nazi.
Sin poder hacer películas, por no tener quien le financiara la producción, Leni se dedicó a la fotografía. Sus imágenes del pueblo africano Numa, publicadas en los setenta, son extraordinarias. Realizó también bellísimas fotografías submarinas. Por esa época, grandes celebridades pagaban lo que fuera por ser retratados por la cámara de Leni. Aunque los nazis generaban repudio, los historiadores del sétimo arte ya eran capaces de valorar por separado la obra de Leni entre lo propagandístico y lo cinematográfico. Por más nazi que fuera, su lugar en la historia del desarrollo del cine era innegable. 
Versión en español de las memorias
de Leni, publicadas por Lumen en 2013.
Se llegó a discutir, en el plano ético, si era justo castigar a una gran artista por haber puesto su arte al servicio de un tirano. Los estudiosos de la historia del cine no solo la elogiaban sino que recomendaban a los aspirantes a cineastas a aprender de ella. Sus películas de ficción y el documental Olympia, empezaron a ser proyectados, no solo para especialistas sino para el público en general. De sus películas de propaganda nazi, solamente se mostraban fragmentos para ilustrar determinada técnica. Tanto las escuelas como las salas de cine consideraban que sería imprudente ofrecer al público la proyección de una de esas películas completa. Tal presentación podría ser malinterpretada.
Conforme pasaban los años, se atenuaban los comentarios: "Sí, fue la propagandista de Hitler, pero indiscutibles es una de las grandes directoras de cine del siglo XX."
Cuando parecía que su figura y su obra serían reivindicadas y valoradas sin tomar en cuenta su faceta política, Leni publica, en 1986, sus memorias en las que no deja lugar a dudas de su constante simpatía por Hitler y su adhesión al régimen nazi. De hecho, publicó sus memorias en buena medida para contar esa otra versión de la historia (la de los perdedores) que nadie escribe, nadie publica y, por tanto, nadie conoce.
Pero la vida de Reifensthal fue larga. Cuando cumplió cien años, en 2003, permanecía, a pesar de su avanzada edad, fuerte, lúcida y activa. Las autoridades del sector cultural del gobierno alemán, analizaron durante meses si debían o no realizarle un homenaje. La guerra había terminado hacía cincuenta y ocho años, ella era una gran artista alemana pero... siempre estaba el pero. ¿Qué era lo más justo? ¿Homenajearla o dejarla sin homenaje? Las universidades, las academias de cine, los periódicos y las revistas se planteaban el mismo dilema. Al final, Leni celebró sus cien años con una fiesta privada, aparecieron reportajes muy cuidadosamente escritos en los medios, pero no hubo ningún homenaje.
Leni alcanzó a vivir más de un año más y murió en 2004 a los ciento un años de edad. La polémica sobre su persona, su obra su posición ideológica sigue, y probablemente seguirá, abierta e intensa.

Leni Riefensthal celebra su cumpleaños 101. Moriría pocas semanas después.




viernes, 19 de septiembre de 2014

El desinformador.

Doctor Goebbles. Roger Manwell.
Tempus, España, 2010.
Esta biografía de Joseph Goebbles, escrita por Roger Manvell y Heinrich Fraenkel, además de brindar un vistazo profundo y documentado a la vida de un hombre cuya frustración y resentimiento lo llevaron al más ciego fanatismo, evidencia las luchas de poder dentro de la cúpula del partido nazi y brinda valiosos datos sobre el arte de la desinformación. 
Joseph Goebbles (1897-1945) fue el ministro de propaganda de la Alemania Nazi. Se involucró con el partido cuando era solamente un grupo agitador con pocas probabilidades de alcanzar el poder. Gracias a su facilidad de palabra, tanto oral como escrita, Goebbles empezó a escalar posiciones. Fue uno de los primeros diputados nazis electos, llegó a ser Gautelier de Berlín y, más tarde, cuando estuvo al frente del Ministerio de Propaganda, supo orquestar un combinado de legislación, burocracia y represión para que ninguna actividad informativa o cultural se saliera de los límites del corral en que él las había encerrado. Acompañó a Hitler en la derrota hasta el final. Fue el encargado de incinerar el cadáver del Führer y, horas después, tanto él como su esposa cometieron suicidio luego de haber envenado a sus hijos.
Definitivamente, Goebbles no era una persona normal. La biografía, elaborada a partir de documentos, testimonios y los extensos diarios del protagonista, muestran a un hombre extraño, tan lleno de complejos y temores como de ambición y ansias de control. Goebbles era un resentido, un acomplejado, un vanidoso que, al mismo tiempo, era capaz de ubicarse por encima de sus emociones, analizar la realidad, realizar los planes siempre con la cabeza fría y de trabajar sin descanso todo el tiempo que fuera necesario para alcanzar su objetivo.
La piel de su rostro estaba llena de orificios. Bajo de estatura y con una pierna severamente dañada por una enfermedad infantil y una operación que no resultó según lo planeado, Goebbles no era precisamente un hombre hermoso.  A pesar de ello, o quizá precisamente por ello, el arreglo de su presentación personal era obsesivo. Tenía una cita semanal con el peluquero y en su armario almacenaba por docenas camisas y corbatas de seda, zapatos de diseñador, perfumes y mucho más de 365 trajes a la medida, de manera que podía vestir uno distinto cada día durante más de un año. Le gustaba hacer de seductor y sus conquistas fueron numerosas y, al menos en un par de casos, escandalosas. El propio Hitler tuvo que llamarlo al orden y obligarlo a dejar a una de sus queridas para salvar su matrimonio.
Obsesionado con el control, todo en su vida estaba planificado. Hasta la cantidad de cigarrillos que consumía al día tenían establecido su lugar y su momento. Hasta la siesta de media hora que dormía tras el almuerzo había sido ubicada en determinado sillón. Tenía cronometrado el número exacto de minutos que debía ocupar en asearse por las mañanas o en desplazarse de unas dependencias a otras. Había hasta una norma escrita que especificaba a cuántos centímetros de distancia del borde de la mesa debía ser colocado su maletín.
Curiosamente, lo que mejor hacía este personaje vanidoso y obsesionado por el orden, era mentir. Pero Goebbles no era un mentiroso compulsivo, de esos que deforman tanto la realidad que la falsificación resulta evidente.  Las mentiras de Goebbles, fruto de la planificación minuciosamente estudiada, tenían propósito, método y estrategia, contaban con herramientas y recursos, se desarrollaban de acuerdo con un programa ejecutado en el momento preciso y sin fallar ni el más mínimo detalle. Al final del proceso, una mentira fabricada por Goebbles era aceptada como cierta hasta por los más desconfiados. Quizá su mentira más famosa fuera la manipulación de la muerte de  Horst Wessel. En los barrios bajos de Berlín, dos proxenetas muy dados a las peleas callejeras, se enfrentan y uno de ellos, Wessel, es asesinado. El hecho, por lo común y corriente en esos ámbitos, apenas mereció una pequeña nota en la sección de sucesos. La mente de Goebbles vio una oportunidad y, gracias al hábil manejo con que puso a circular su propia versión, logró convertir a Wessel en un mártir de la causa nazi, al punto que “La canción de Horst Wessel” llegó a ser el himno oficial del partido.
Existe una cita falsa que le atribuye a Goebbels la frase: “Miente, miente, que algo queda.” Goebbles nunca dijo eso. No era su estilo. Nunca confiaba nada ni al azar ni a la improvisación. Lo que hacía Goebbles era precisamente lo opuesto: primero decidía qué era lo que quería que quedara y luego acomodaba las mentiras en función de lograrlo.
Goebbles era un solitario. Necesitaba mucho personal para ejecutar sus planes, pero no era capaz de trabajar en equipo. Lo mismo sucedía con otros líderes nazis, empezando por el propio Hitler. Eran personas cerradas a escuchar el punto de vista de los otros y solamente aspiraban a ser obedecidos. Cuando se estudian los años del III Reich, se tiene la impresión de que toda la Alemania nazi marchaba al unísono. En realidad, los nazis, aunque tenían adeptos incondicionales entre la canalla, nunca lograron el apoyo de los círculos de poder. Los nobles, los industriales, los terratenientes y la parte más adinerada de la burguesía, siempre consideró demasiado ambiguos los postulados sociales nazis. De hecho, entre los malabarismos que tuvo que hacer Goebbles, antes de que los nazis tomaran el poder, estuvo redactar mensajes que no minaran el apoyo de los desempleados, pero que tampoco espantaran a los poderosos. Los oficiales de carrera del ejército y del servicio diplomático, también miraban el régimen con reservas.
Lo interesante, y el libro lo ilustra muy claramente, es que la desconfianza y la división estaba presente también entre los miembros de la cúpula del partido. Goebbles y Himmler se odiaban entre sí desde que se conocieron. Goering y Goebbles no se hablaban, curiosamente porque Goering no compartía el antisemitismo de Goebbles. Las diferencias de Goebbles, ministro de propaganda, con Joachim Von Ribbentrop, ministro de exteriores, eran tan abismales que en las embajadas alemanas de todo el mundo llegó a haber un agregado de propaganda (nombrado por Goebbles) que actuaba a contrapelo de los embajadores (que eran de carrera) y del resto del personal (nombrado por Ribbentrop).
Cuando uno ve un grupo por fuera, le parece sólido y unido. Cuando lo estudia por dentro descubre que es frágil y fraccionado.
Sin embargo, más allá del retrato del individuo o del grupo del que formó parte, lo más valioso del libro es la forma en que muestra cómo Goebbles logró concentrar en sus manos todo el flujo de información de un país entero. A los intelectuales, productores de teatro, de cine o de radio, Goebbles se les acercaba con la chequera abierta, ofreciendo el mecenazgo oficial, porque todo el mundo sabe que el que paga manda. Goebbles consideraba que el fin de las conferencias de prensa no era informar a los periodistas, sino dirigir la opinión del público por medio de ellos. Creía, además, que el mejor camino para llegar al corazón de un periodista era su estómago y, por ello, cada reunión o entrevista venía con banquete y agasajo.
Con el cuento de “poner orden” ahogó la actividad cultural e informativa con una serie de leyes, decretos, reglamentos, normas y disposiciones y estableció penas severas, de multa y de cárcel, a quien osara quebrantarlos. Estableció listas de personas autorizadas a ser periodistas, escritores, actores, músicos, camarógrafos, locutores etc. y prohibió el ejercicio ilegal de cualquiera de estas ocupaciones.
Cuando hubo actos violentos y represivos, saqueo de establecimientos, quema de libros, destrucción de obras de arte, arrestos masivos e, incluso, palizas y matanzas, Goebbles se encargó de que las páginas de los periódicos vinieran llenas de accidentes de tránsito, detalladas descripciones de robos o crímenes pasionales y muchas notas ilustradas de estrellas de cine y de la canción. Hasta los corresponsales de prensa americanos, ingleses y franceses, tardaron bastante en abrir los ojos y darse cuenta de que formaban parte de toda una orquestada plataforma de desinformación.
Una biografía de Goebbles puede catalogarse, sin exagerar, como un libro de terror. Lo más terrorífico es que, tantos años después de su muerte, uno observa las limitaciones y las manipulaciones de la prensa en ciertos países y se da cuenta de que el método de Goebbles acabó creando escuela.



INSC: 2627
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