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lunes, 28 de septiembre de 2015

Dos libros sobre cine de Mario Giacomelli.

Cine ´93. Mario Giacomelli.
Multimedios, Costa Rica, 1993.
La tecnología avanza a un ritmo tan acelerado que hasta cosas relativamente nuevas se convierten, en poco tiempo, en verdaderas antigüedades. Un buen ejemplo son estos dos libros. Fueron publicados no hace muchos años, ni siquiera tienen las páginas amarillas y ya son verdaderas piezas de museo. Se trata de dos recopilaciones de las críticas de cine publicadas por Mario Giacomelli en 1993 y 1994.
Giacomelli inició su carrera de comentarista en 1983 en Padova, Italia, su ciudad natal, con artículos sobre rock, jazz y crítica de cine que publicaba en periódicos y revistas como Week End Veneto, Splash, Il matino de Padova, entre otros. También participó en la elaboración del libro Il cinema de John Milius.
En 1986 se trasladó a vivir en Costa Rica, donde ha comentado cine desde entonces en diversos periódicos (Semanario Universidad, La Prensa Libre, La República) así como en radio y televisión. 
El cine ha cambiado mucho en su poco más de un siglo de historia. Empezó como una simple atracción de feria que iba de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo asombrando a todos con imágenes en movimiento. El entusiasmo que despertó hizo que pronto se convirtiera en industria y llegara a ser, en la primera mitad del Siglo XX, no solo una de las principales formas de entretenimiento y una efectiva herramienta de propaganda sino, también, un verdadero arte. En la segunda mitad del siglo, el cine pasó por tres etapas. Primero, se iba a ver a los directores, luego a los actores y, finalmente, los efectos especiales. Hay quienes lamentan que los espectadores que hoy llenan las salas de cine no vayan a apreciar las propuestas de brillantes directores ni la interpretación de grandes estrellas, sino solamente a dejarse impresionar por todo lo que la tecnología actual en luces y sonido es capaz de lograr.  Nunca hay que olvidar el origen porque al origen siempre se vuelve. El cine, que nació como atracción de feria, nunca ha dejado de serlo.
La forma de ver películas también ha cambiado. Los curiosos que hace cien años quisieron ver llegar el tren a la estación o a las obreras salir de la fábrica, debieron apretujarse en cobertizos estrechos presididos por la gran sábana blanca. Luego surgieron por todas partes los cines de barrio, hoy desaparecidos. Con las grandes superproducciones se construyeron las enormes salas de cine que, sin importar lo grandes que fueran, solían estar llenas a reventar los fines de semana. La televisión, primero, y las videocaseteras, después, se encargaron de vaciarlas. En los barrios residenciales, donde desde hacía muchos años no había cines, empezaron a aparecer los videoclubes que alquilaban películas. La vida de estos establecimientos, debido a la Internet, fue corta.
En los años noventa, todas las salas de cine de San José seguían abiertas, exhibiendo grandes afiches a la entrada. El Teatro Moderno aún no se había quemado. Todos los sábados había una pequeña multitud frente al Cine Rex a pesar de que ya muchos habían optado por la comodidad y elegancia del Magaly. Los de gusto clásico seguían yendo al Variedades y quienes se habían perdido la película mientras estuvo de moda, tenían una última oportunidad de verla en el Cinema Real. En esos años, además de sus artículos en los periódicos, Mario Giacomelli tenía su popular programa de radio Cinema 90 en que trasmitía música de películas alternada con sus comentarios llenos de datos curiosos.
Mario tiene un verdadero talento para comentar cine. Sabe contar la trama de una película sin echarle a perder sorpresas a quien no la ha visto. Evita referirse a aspectos técnicos. Hacer crítica de cine, comentando la forma en que se suceden los encuadres, es como hacer crítica literaria destacando la habilidad del escritor para poner los signos de puntuación. El comentario va dirigido al público curioso, no al realizador. El público en general inevitablemente se aburre cuando el crítico, en vez de comentar, se pone a evaluar. Toda opinión es personal y discutible, de ahí la importancia de saber justificarla. Ya sea que la película lo haya deslumbrado o desilusionado, Mario siempre deja claras las razones de su impresiones. Sus gustos, como los de todo crítico, acaban a la larga siendo conocidos por sus lectores. Le agrada la ciencia ficción, lo aburren los dramas y no le simpatizan las comedias tontas. A veces, por sus preferencias, ha sido injusto. Con frecuencia ha sobrevalorado películas de ciencia ficción y ha sido severo con producciones que, aunque no sean de su agrado como espectador, debería haber sabido apreciar como comentarista. Sin embargo, Mario siempre ha tenido claro que su trabajo, más que proclamar sus preferencias personales, es informar y orientar a un público que, en muchos casos, busca cosas distintas a las que él recomendaría.
No soy aficionado al cine. Hubo una época en que iba con frecuencia pero, recientemente, ha habido años enteros en los que no he ido ni una sola vez. Sin embargo, no me pierdo los comentarios de Giacomelli ni de su colega Erik Fallas. Ambos son cultos, escriben con concisión y soltura, tienen ideas claras que, por bien pensadas, son capaces de exponer y justificar con propiedad. Se dice que para ser crítico literario no hace falta leer, sino haber leído. Además de haber visto mucho cine, Mario y Erik han reflexionado a fondo más allá de cada película en particular y tienen un criterio formado al que vale la pena prestarle atención, independientemente de que uno vaya al cine o no.  El crítico, si escribe de manera atractiva y dice cosas que merezcan ser atendidas, llega a ser leído por quienes no tienen mayor interés en lo que comenta. Conocí a muchas personas que no iban al teatro ni a los conciertos de la Sinfónica, que no se perdían las notas de Andrés Sáenz. A mí nunca me ha interesado el boxeo, pero disfrutaba leer los comentarios de Esteban Gil Girón.
Cine ´94. Mario Giacomelli.
Multimedios, Costa Rica, 1994.
La labor de los comentaristas suele quedar dispersa y olvidada. No hay nada más viejo que el periódico de ayer. Mario Giacomelli tuvo la feliz idea de publicar en un libro cien de sus reseñas de las películas exhibidas en 1993. En el prólogo dice que se trata del primer ejemplar de una serie de obras anuales que representarán una cita editorial con todos los cinéfilos. Al año siguiente, apareció la segunda entrega, que sería la última. La serie de obras anuales fue de solamente dos títulos: Cine ´93 y Cine ´94. Cuando estos libros aparecieron, un amigo me dijo que eran ideales para ponerlos sobre el televisor, al lado de la videocasetera. Ya nadie tiene videocaseteras y el televisor se ha vuelto tan delgado que no se puede poner un libro sobre él. Las fichas técnicas incluidas en cada reseña, que en aquel tiempo eran una información difícil de conseguir, hoy están a la mano con una simple búsqueda en Internet. En el prólogo de Cine ´94, Mario pide a los lectores que le hagan llegar sus observaciones y comentarios y, para que le escriban, ofrece su dirección de apartado postal.
Lo dicho: el avance de la tecnología ha convertido a estos libros en piezas de museo. Quienes hoy comentan cine, o cualquier otra cosa, lo hacen a través de plataformas digitales, lo comparten por medio de redes sociales y todo queda almacenado en la nube disponible para quien lo busque. 
Hoy, muchos periódicos y revistas han reducido, o eliminado del todo, sus ejemplares impresos en papel pero, simultáneamente, han visto crecer el número de lectores en sus versiones digitales. 
Cuando repaso los libros de Giacomelli, que son de lectura tan agradable, no puedo evitar sentir un poco de nostalgia, pero no al punto de suspirar por los tiempos idos. Las carretas de bueyes son muy lindas, pero hoy las mercancías deben transportarse en camiones. Si Mario tuvo la audacia y la paciencia de recopilar y publicar sus comentarios en dos libros, espero que eche mano de las nuevas oportunidades tecnológicas y pronto suba sus comentarios a la red. De esa forma, un público más amplio tendría acceso a sus valiosas reseñas. Ojalá Erik también lo haga. Ambos, conmigo, ya cuentan con un fiel lector.
INSC: 2004 INSC: 1996

sábado, 25 de octubre de 2014

Leni Riefensthal.

Five Lives. Leni Riefensthal. Excelente libro de
fotografías publicado por Taschen, Alemania
en el año 2000.
Tal vez su nombre no sea muy reconocido actualmente, pero en los años treinta Leni Riefensthal era admirada en todo el mundo por las innovaciones que introdujo a las tomas cinematográficas. A mediados de los años cuarenta fue totalmente olvidada, al punto que su nombre dejó de pronunciarse y su trabajo dejó de verse. En los setentas volvió a llamar la atención por sus fotografías y a finales de los ochenta, con la publicación de sus memorias, volvió a despertar discusiones que tenían medio siglo apagadas. 
Hija de un industrial bastante rico, Leni, nacida en 1903, decidió desde muy pequeña dedicarse al arte. Fue bailarina, y actriz tanto en teatro como en películas.
El cine la fascinó y apenas estuvo delante de una cámara, quiso también estar detrás, no solo de la cámara sino de todo el proceso. En 1932 cumplió su sueño y estrenó la película La luz azul de la que fue directora, productora, guionista y actriz principal. Entre los muchos espectadores que llegaron a considerar La luz azul su película favorita estaba un controversial líder político llamado Adolfo Hitler quien, al año siguiente, llegaría ser Canciller del Reich, primero y Führer con plenos poderes, poco después.
Hitler convocó a Leni a una cita y ella asistió sin saber para qué quería verla. Estuvo sentada esperando más de un cuarto de hora antes de que una puerta se abriera de golpe y apareciera Hitler caminando a paso apresurado hacia ella y con el rostro descompuesto por una expresión de angustia. Hitler estaba, más que contrariado, avergonzado. Le pidió disculpas repetidas veces. Nadie le avisó que ella ya había llegado y a eso se debió la espera. Una y otra vez, durante la entrevista e incluso en la despedida, Hitler se disculpó por la demora, consideraba imperdonable que una gran artista como ella lo hubiera tenido que esperar y, como si fuera un niño ante su maestra, llegó a prometer que no volvería a ocurrir. 
Aquel día nació una amistad que no se quebraría nunca. Hitler quería que Leni produjera películas propagandísticas que serían generosamente remuneradas por el Estado. Leni aceptó la propuesta inmediatamente. La cercanía de Leni con Hitler llegó a ser tan estrecha desde el inicio, que sus producciones cinematográficas fueron coordinadas enteramente por ella, sin la más mínima ingerencia del Dr. Goebbelsministro de propaganda del régimen por quien Leni tuvo siempre cierto recelo. El sentimiento, por cierto, era recíproco. 
Leni Riefensthal y Adolfo Hitler, una
amistad que nunca se rompió.
Las dos películas más famosas que realizó fueron La victoria de la fe, en 1933 y El triunfo de la voluntad, en 1934. Un detalle interesante, que no fue revelado sino muchos años después, es que en muchas de las concentraciones masivas Leni filmaba al público, pero no a Hitler. Las tomas de sus discursos se hacían posteriormente en un estudio en el que Hitler, como un actor subordinado a las indicaciones de la directora, hacía todo lo que Leni dispusiera ya que era ella, y solo ella, quien sabía cómo lograr la mejor imagen y el mejor efecto. 
En 1936 se celebraron en Berlín los juegos olímpicos y Leni filmó a los atletas de todas las disciplinas con miras a realizar el documental Olympia que fue estrenado en 1938. Con Olympia el nombre de Leni Riefensthal fue conocido y admirado en todo el mundo ya que logró llevar el lenguaje cinematográfico a un nivel hasta entonces insospechado. Las películas, todavía en los años treinta, fotografiaban a los actores de frente y de cuerpo entero. En Olympia, Leni ensayó diferentes perspectivas. Llegó al extremo de mandar a cavar un agujero en la pista de salto largo para que la cámara captara al atleta desde abajo. La edición y la calidad de la fotografía eran asombrosas. La creatividad y originalidad de las secuencias alcanzaban el nivel de una verdadera obra de arte. Leni decidió mudarse a Hollywood para continuar su carrera, pero llegó a los Estados Unidos casi al mismo tiempo que las noticias de la Kristallnacht (Noche de cristales rotos) que fue el acontecimiento que dio inicio a una oleada de agresión contra civiles y que puso al mundo en alerta sobre lo perverso y peligroso que podía ser el régimen nazi.
El cantante de los Rolling Stones, Mick
Jagger, con Leni en los tiempos en que
ella hacía retratos de famosos.
Varios personajes de la industria americana del cine, entre ellos Walt Disney, le manifestaron a Leni la admiración y respeto que tenían por ella como cineasta, pero le explicaron que, por las obras de propaganda que realizó para el partido nazi, jamás podría trabajar en Hollywood. 
Leni regresó a Europa e, incluso durante la guerra, recibió el apoyo financiero de Hitler para producir un par de películas. Ella siempre dispuso de todo el dinero que quiso, su sueldo era uno de los más altos del régimen, superior incluso al de los ministros. Cuando ya la derrota era evidente, tuvo la oportunidad de visitar y despedirse de Hitler, su gran amigo. Más tarde, declaró sin ningún pudor que lloró cuando se enteró de su muerte.
Al finalizar la guerra, Leni se quedó sin un lugar en el mundo, dividido entre democracias liberales y dictaduras comunistas, en ninguna de las cuales había espacio para una nazi. Debió hacer frente a acusaciones de haber utilizado prisioneros de campos de concentración como extras en sus películas. En cada interrogatorio y en cada entrevista, recalcaba su simpatía por Hitler y por la dictadura nazi.
Sin poder hacer películas, por no tener quien le financiara la producción, Leni se dedicó a la fotografía. Sus imágenes del pueblo africano Numa, publicadas en los setenta, son extraordinarias. Realizó también bellísimas fotografías submarinas. Por esa época, grandes celebridades pagaban lo que fuera por ser retratados por la cámara de Leni. Aunque los nazis generaban repudio, los historiadores del sétimo arte ya eran capaces de valorar por separado la obra de Leni entre lo propagandístico y lo cinematográfico. Por más nazi que fuera, su lugar en la historia del desarrollo del cine era innegable. 
Versión en español de las memorias
de Leni, publicadas por Lumen en 2013.
Se llegó a discutir, en el plano ético, si era justo castigar a una gran artista por haber puesto su arte al servicio de un tirano. Los estudiosos de la historia del cine no solo la elogiaban sino que recomendaban a los aspirantes a cineastas a aprender de ella. Sus películas de ficción y el documental Olympia, empezaron a ser proyectados, no solo para especialistas sino para el público en general. De sus películas de propaganda nazi, solamente se mostraban fragmentos para ilustrar determinada técnica. Tanto las escuelas como las salas de cine consideraban que sería imprudente ofrecer al público la proyección de una de esas películas completa. Tal presentación podría ser malinterpretada.
Conforme pasaban los años, se atenuaban los comentarios: "Sí, fue la propagandista de Hitler, pero indiscutibles es una de las grandes directoras de cine del siglo XX."
Cuando parecía que su figura y su obra serían reivindicadas y valoradas sin tomar en cuenta su faceta política, Leni publica, en 1986, sus memorias en las que no deja lugar a dudas de su constante simpatía por Hitler y su adhesión al régimen nazi. De hecho, publicó sus memorias en buena medida para contar esa otra versión de la historia (la de los perdedores) que nadie escribe, nadie publica y, por tanto, nadie conoce.
Pero la vida de Reifensthal fue larga. Cuando cumplió cien años, en 2003, permanecía, a pesar de su avanzada edad, fuerte, lúcida y activa. Las autoridades del sector cultural del gobierno alemán, analizaron durante meses si debían o no realizarle un homenaje. La guerra había terminado hacía cincuenta y ocho años, ella era una gran artista alemana pero... siempre estaba el pero. ¿Qué era lo más justo? ¿Homenajearla o dejarla sin homenaje? Las universidades, las academias de cine, los periódicos y las revistas se planteaban el mismo dilema. Al final, Leni celebró sus cien años con una fiesta privada, aparecieron reportajes muy cuidadosamente escritos en los medios, pero no hubo ningún homenaje.
Leni alcanzó a vivir más de un año más y murió en 2004 a los ciento un años de edad. La polémica sobre su persona, su obra su posición ideológica sigue, y probablemente seguirá, abierta e intensa.

Leni Riefensthal celebra su cumpleaños 101. Moriría pocas semanas después.




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