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lunes, 10 de abril de 2017

Luis Dobles Segreda recopiló documentos de Juan Santamaría.

El libro del héroe. Luis Dobles Segreda.
Asociación para el estudio de la historia
patria. Costa Rica, 1991.
Juan Santamaría, el humilde tambor del ejército costarricense que el 11 de abril de 1856 prendió fuego al Mesón de Guerra durante la batalla de Rivas, es el héroe nacional de Costa Rica. Sin embargo, su figura está envuelta en una nebulosa de leyenda. Su nombre, su nacimiento, su muerte, la importancia de su acción y hasta su existencia misma ha sido constante tema de debate entre historiadores.
La Campaña Nacional contra los filibusteros ocurrió en 1856 y 1857, pero no fue sino hasta más de diez años después que se le empezó a brindar importancia al nombre y sacrificio de Juan Santamaría. El primero en elevarlo a la categoría de héroe fue don José de Obaldía quien, en un discurso pronunciado el 15 de setiembre de 1864, llamó la atención sobre lo que consideraba "un hecho que no debe ser olvidado"
Según dijo, las tropas costarricenses estaban siendo amenazadas por los tiros de los filibusteros, que se habían encerrado en el Mesón de Guerra y "uno de los jefes de la República" se dirigió a los soldados para pedir un voluntario que cruzara la plaza y le prendiera fuego a la edificación donde se concentraba el enemigo. La misión, de más está decirlo, era suicida. 
Luego vino lo que todos los ticos hemos escuchado en la escuela: Juan Santamaría se ofreció de voluntario y, antes de caer muerto por los disparos de los que era blanco fácil, logró incendiar la esquina de la techumbre y obligó a los filibusteros a evacuar el sitio.
El discurso de Obaldía tuvo gran éxito y quienes quedaron impresionados por este admirable gesto de sacrificar la vida por la patria, se encargaron de que el hecho no cayera en el olvido. En 1865 se recogieron testimonios de combatientes y todos recordaron haber presenciado la hazaña. Veinte años después, se llamó Juan Santamaría a uno de los primeros buques guardacostas del país. En 1887 se dispuso levantarle un monumento en Alajuela, ciudad natal del héroe, pero hubo alguna demora y el monumento fue inaugurado en 1891. En 1918, el Presidente Alfredo González declaró feriado el 11 de abril para conmemorar la gesta heroica de Juan Santamaría cuya historia, ya para entonces, era conocida por todos los costarricenses.
Pese a la admiración general, no faltaron quienes elevaran cuestionamientos. Para empezar, no hay en Alajuela registros de nadie llamado Juan Santamaría. Además, ni William Walker ni don Juan Rafael Mora Porras le dieron gran importancia a la quema del Mesón durante la batalla de Rivas. En sus memorias, tituladas La Guerra de Nicaragua, William Walker simplemente dice: "...quemaron algunas casas..." y lo único que lamenta es que el humo haya impedido que sus hombres, situados en los techos, pudieran comunicarse entre sí. Por otra parte, Walker, sus oficiales y el mayor número de sus hombres no se encontraban en el Mesón de Guerra sino justo al otro lado de la plaza, en el Templo Parroquial.
En el Parte de Batalla que escribió don Juanito Mora, declara que los filibusteros controlaban la iglesia, el cabildo y todas las calles aledañas a la plaza, así como el Mesón de Guerra y la casa de la señora Abarca. Menciona que: "...los nuestros habían incendiado un ángulo del Mesón de Guerra..." sin brindar mayores detalles.  Más que los incendios, lo que don Juanito celebra es el arribo de tropas de refuerzo lideradas por Juan Alfaro Ruiz.
Ya entrado el siglo XX, Monseñor Víctor Manuel Sanabria publicó que, en el libro de fallecidos durante la Campaña Nacional, realizado por el Padre Francisco Calvo, capellán del ejército, hay una anotación sobre "Juan Santamaría, soltero, de Alajuela"  en la que se consigna que murió de cólera y fue sepultado en el camino de regreso entre Nicaragua y Costa Rica.
Luis Dobles Segreda.(1889-1956).
En 1926, don Luis Dobles Segreda, para aclarar la discusión, reunió una serie de documentos sobre Juan Santamaría que publicó con el título El libro del héroe. Se trata de una antología en que aparecen testimonios de combatientes y declaraciones oficiales, así como ensayos, poemas, discursos y artículos de diversos autores. El libro del héroe tuvo una segunda edición en 1991, que es la que tengo y, lamentablemente, no ha sido reeditado desde entonces.
Aunque la intención del libro era despejar dudas sobre temas controversiales, su lectura más bien acaba acentuándolas. 
En las primeras páginas aparece la certificación de que en el Libro de Bautizos de la parroquia de Alajuela (número 5, folio 63) consta que el 29 de agosto de 1831, el padre José Antonio Oreamuno bautizó a Juan María, nacido en esa misma fecha, hijo de Manuela Gayego. 
Según Dobles Segreda, esta es el acta de bautismo de Juan Santamaría. Sin embargo, el documento es en sí mismo bastante extraño. Dice: "Yo, el presbítero José Antonio Oreamuno..." pero, apenas un par de líneas después, firma el padre Gabriel Padilla.
Por otra parte, ¿Cómo fue que Juan María Gayego acabó llamándose Juan Santamaría? En su libro Tradiciones Costarricenses, Gonzalo Chacón Trejos intenta una explicación. Según él, por respeto a la Santísima Virgen, las personas de entonces no podían pronunciar el nombre de María sin anteponerle el Santa, por lo que el nombre de nuestro héroe habría sido Juan María Gayego. El argumento es bastante débil. Precisamente por la gran devoción mariana de entonces, eran muchos los varones que tenían María como segundo nombre. Allí están, como muestra entre las figuras de la época, Manuel María Gutiérrez, Francisco María Iglesias Llorente y el propio General José María Cañas, sin que a ninguno de ellos lo llamaran Santa María.
Aparece también la carta que la madre de Juan Santamaría le dirige a don Juanito Mora en 1857 solicitándole una pensión. No está firmada, porque la señora era analfabeta y alguien escribió por ella, pero la solicitud no está a nombre de Manuela Gayego, sino de Manuela Santamaría. La pensión fue concedida (tres pesos al mes), pero salió a nombre de Manuela Carvajal. En 1865, tras el famoso discurso de Obaldía, le subieron la pensión a doce pesos. En 1926, dos señoras que atravesaban una situación económica difícil, Ramona y Francisca Santamaría, solicitaron una pensión por ser primas de Juan Santamaría y también se les concedió. A propósito del hecho, Alejandro Alvarado Quirós pronunció un florido discurso de homenaje patriótico que tuvo una amarga réplica del General Jorge Volio, en cuya opinión el Estado no debía seguir dando confirmación a un hecho que no está del todo comprobado.
Este fue el modelo utilizado por
el escultor francés Aristide Croisy
para el monumento a Juan
Santamaría.
En cuanto al documento en que consta la muerte de Juan Santamaría a causa del cólera, don Eladio Prado llama la atención sobre el hecho de que, aunque el padre Francisco Calvo acompañó a las tropas durante toda la campaña, el libro de defunciones que escribió no tiene secuencia cronológica y está escrito con pulcritud y buena letra, lo cual lo hace suponer que fue realizado después de finalizada la guerra. Sostiene que quizá el Padre Calvo anotaba los nombres en un borrador y luego, al pasarlos en limpio, descuidara los detalles. De hecho, la gran mayoría de las defunciones no tiene fecha y, en cuanto a lugar, solamente dice: en Nicaragua, de Nicaragua a Costa Rica, de la frontera a Liberia y de Liberia al interior. Por otra parte, el propósito del registro era puramente notarial. No se pretendía dejar constancia del día, lugar y causa de la muerte de cada fallecido, sino simplemente anotar su defunción para efectos testamentarios, reclamos de pensiones o nuevo matrimonio de las viudas.
El libro recopila testimonios del Dr Andrés Sáenz, del General Víctor Guardia Gutiérrez y de otra decena de personas que estuvieron en la batalla de Rivas y presenciaron los hechos, pero, aunque coinciden en lo esencial, sus versiones son bastante contradictorias en los detalles. No se trata solamente de si la tea era una caña o un palo, con trapos empapados en alcohol o en aguarrás, o que si el héroe fue baleado de ida o de vuelta. Todo eso se puede pasar por alto. Pero hay hechos de importancia que son recordados de manera bastante distinta. Unos dicen que fue el propio General Cañas quien solicitó el voluntario, otros afirman que fue Pedro Rivera y hay quienes sostienen que la orden fue transmitida por un ayudante que no conocían. La gran mayoría de los testimonios declara que Juan Santamaría fue el primero en ofrecerse, algunos cuentan que ya había habido intentos anteriores y solamente uno menciona a Luis Pacheco, quien logró prender un pequeño fuego en el Mesón que no llegó a extenderse y terminó apagándose. 
Hay quienes sostienen que los filibusteros estaban dentro del Mesón y que pretendían obligarlos a salir con el fuego. Otros coinciden con la versión de Walker y declaran que los filibusteros estaban sobre el tejado. Dispararle desde el techo a quien está en la calle es cosa fácil. Lo contrario es prácticamente imposible. De ahí la necesidad de incendiar el alero de la casa. 
Es importante recordar que los filibusteros tenían ciertas ventajas y la experiencia era la mayor de ellas. Sabían atacar sin exponerse. Las tropas costarricenses en Rivas eran de dos mil quinientos hombres. Walker llegó a la ciudad al amanecer del día 11 de abril al mando de quinientos americanos y doscientos nicaragüenses. La batalla empezó cerca de las ocho de la mañana. Poco después del medio día fue el incendio del Mesón. Como a las cuatro de la tarde ambos bandos, totalmente exhaustos, espontáneamente y sin acordarlo, hicieron un alto al fuego. Walker abandonó la ciudad al amanecer del día doce. En sus filas se contaban cincuenta y ocho muertos, treinta y dos heridos y trece desaparecidos. Entre los costarricenses, los muertos fueron ciento diez y los heridos más de setecientos. Por inexperiencia, más que por arrojo, los ticos corrieron en espacios abiertos exponiéndose a las balas. Acabó siendo famosa la muerte del General José Manuel Quirós quien fue blanco fácil por creer que agacharse era indigno de un general.
En su camino de regreso a Granada, William Walker lamentaba con su hermano James, el que Norval, su hermano menor, hubiera desaparecido durante el combate. Sin embargo, Norval estaba a salvo. Se había quedado dormido en el campanario de la iglesia y al despertarse se percató que sus compañeros se habían ido. Antes de regresar a pie a Granada, dio una vuelta por la plaza y pudo ver a los ticos enterrando los muertos y curando los heridos. A nadie le pasó por la mente que aquel muchachito adolescente, casi un niño, que deambulaba por las calles, era el hermano del comandante enemigo.
Por la proporción de las bajas en ambos bandos, la duración del combate y el retiro de Walker al amanecer del día siguiente, tal parece que el incendio del Mesón no fue determinante.
Todos sabemos lo que vino luego. La peste del cólera obligó a los ticos a regresar y la guerra se reanudó al año siguiente.
Volviendo al libro de don Luis Dobles Segreda, no deja de ser irónico que el primer poema que aparece sobre la gesta heroica de Juan Santamaría, sea precisamente la letra al Himno Patriótico a Juan Santamaría, escrita por Emilio Pacheco Cooper, quien era pariente de Luis Pacheco, el primero que logró iniciar un fuego en el Mesón y a quien hoy nadie recuerda.
En el libro hay textos de Anastasio Alfaro, Máximo Soto Hall, Ricardo Fernández Guardia, Rafael Calderón Muñoz, Pío Víquez, Ricardo Jiménez Oreamuno, Antonio Zambrana, Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno entre otros muchos autores.
También incluye el artículo Bronce al soldado Juan, escrito por Rubén Darío durante su residencia en Costa Rica a propósito de la inauguración del monumento en Alajuela. En ese acto, por cierto, además de Darío, estuvieron presentes Rafael Yglesias, Ricardo Jiménez Oreamuno, Carlos Gagini, el escritor salvadoreño Francisco Gavidia y hasta el prócer de la independencia cubana Antonio Maceo.
Desde entonces, 1891, la figura de Juan Santamaría generaba polémica. Darío, en su artículo, se refiere de pasada a la discusión de si el héroe había nacido en Alajuela o Barva de Heredia y agrega, con gran sabiduría, que los héroes son hijos sencillos del pueblo que acaban mereciendo el canto de los bardos y los monumentos inmortales. Surgen de los campos o de las montañas y, como en el caso de Wilhelm Tell, el héroe de Suiza, "su enorme perfil se pierde entre las vagas nieblas de la leyenda."
INSC: 2734
Monumento a Juan Santamaría 1891. La escultura fue realizada en Francia por
Aristide Croisy. El pedestal es obra de Giuseppe Bulgarelli Paiani.

sábado, 9 de enero de 2016

Viajes de Carl Hoffmann en Costa Rica.

Carl Hoffmann Viajes por Costa Rica.
Notas, prólogo y selección por
Carlos Meléndez Chaverri.
Ministerio de Cultura, Juventud y
Deportes. Costa Rica. 1976
Además de haber sido el médico de las tropas costarricenses que lucharon contra los filibusteros de William Walker en 1856, el Dr. Carl Hoffmann fue quien dio a conocer a la comunidad científica de su época, el pueblo, la flora, la fauna y la geografía de Costa Rica.
Nació el 7 de diciembre de 1823 en Stettin, un poblado que en aquella época formaba parte del reino de Prusia. Antes había pertenecido a Suecia y actualmente es la ciudad de Szcecin, en Polonia. 
Estudió en la Universidad de Berlín, fundada por Wilhelm von Humboltd (el hermano de Alexander), donde obtuvo su título de médico y cirujano en 1846. Recién graduado, debió participar en la atención de enfermos de cólera morbus, peste que hacía estragos en la Europa de aquel entonces y a la que le correspondió volver a combatir en Costa Rica una década después.
Las cosas no andaban bien en el viejo continente y los jóvenes europeos, ya fueran campesinos, artesanos o profesionales, buscaban nuevos horizontes con mayores oportunidades. La gran mayoría emigraba a los Estados Unidos pero, a la hora de dar el paso, Hoffmann optó por Costa Rica. Desde hacía tiempo mantenía correspondencia con Fernando Streber, un abogado alemán que residía en San José y le contaba maravillas del país.  El propio Alexander von Humboltd acabó de convencerlo. Cuando Hoffmann le consultó si sería una buena idea trasladarse a aquel remoto y pequeño país centroamericano, el gran naturalista lo alentó a emprender el viaje. Gracias a su profesión de médico tendría trabajo asegurado y, en el plano científico, gozaría de la oportunidad de hacer investigaciones en una región poco explorada. 
En compañía de dos amigos, el Dr. Alexander von Frantzius y el Sr. Julián Carmiol Grasneck, el joven médico se embarcó rumbo a Costa Rica. En el bolsillo traía una carta de recomendación de Humboltd dirigida al Presidente de la República, don Juan Rafael Mora Porras. No se trataba de un viaje de exploración. Aquellos tres valientes alemanes habían decidido hacer de Costa Rica su hogar y, de hecho, salieron de Alemania para nunca más volver.
El barco los dejó en San Juan del Norte, entonces también llamado Greytown. Allí quedaron asombrados por la inmensa altura de los árboles. Hoffman le disparó a un pajarito de colores que estaba en una rama alta y, segundos después, cayó a sus pies un enorme papagayo. En una embarcación pequeña remontaron el río San Juan y entraron a territorio costarricense por Sarapiquí. Siguieron luego por Vara Blanca, Barva, la Villa y Heredia. Allí los tres alemanes se separaron. Frantzius se fue a vivir a Alajuela, Carmiol se estableció por un tiempo en Puntarenas y Hoffmann continuó hasta la capital, San José.
Apenas llegó, empezó a ejercer la medicina y el comercio. Casi de inmediato logró ganarse el respeto y el aprecio de los vecinos. Como no lo dominaba la avaricia, cuando atendía pacientes, era más que razonable a la hora de cobrar sus servicios y, en su actividad comercial, vendía productos de calidad a precios accesibles. Gran apasionado de la democracia, trataba a todas las personas con el mismo respeto y cortesía.
El 1 de marzo de 1856, día de la movilización general decretada por don Juanito Mora contra William Walker, Hoffmann cerró su tienda y se puso a las órdenes del presidente, quien lo nombró médico en jefe del ejército.
En la batalla de Rivas, el 11 de abril de 1856, Hoffmann tomó un fusil y logró matar al artillero enemigo que operaba el cañón. En sus memorias, La Guerra de Nicaragua, William Walker no le da ninguna importancia al incendio que provocó Juan Santamaría. Simplemente dice "Quemaron algunas casas". Pero el filibustero sí lamenta, y mucho, la muerte del artillero, ya aquel cañón pudo haber jugado un papel decisivo aquel día.
A la mañana siguiente, mientras los sobrevivientes enterraban a cerca de quinientos muertos, Hoffmann debió atender a más de trescientos heridos. En las siete amputaciones que realizó en aquella dura jornada tuvo como asistente a Pancha Carrasco. Poco después, como se sabe, vino la peste del cólera, que obligó al ejército costarricense a regresar a la capital trayendo consigo la propagación de la enfermedad. Hoffmann, como es fácil de suponer, tuvo mucho que hacer por entonces. Recomendaba, para combatir el mal, el alcanfor.
En lo que se refiere a sus exploraciones científicas por territorio costarricense, solamente se conservan tres escritos suyos. Uno sobre un viaje al volcán Irazú, otro al volcán Barva y un tercero sobre Orosi y Cartago. Los tres fueron publicados en Alemania en 1856, 1858 y 1860 respectivamente.
En 1976, el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes publicó Karl Hoffmann Viajes por Costa Rica, un libro en que, además de una traducción al español de los tres artículos que dejó el alemán, se incluye una reseña biográfica elaborada por don Carlos Meléndez Chaverri y se trascriben la carta de recomendación de Humboltd y la que Hoffmann le dirigió a don Juanito Mora una hora antes de su muerte.
La lectura de este libro es fascinante. Hoffmann, que escribe dirigiéndose a científicos alemanes, procura ser detallado en sus descripciones. Por tratarse de un documento ya bastante antiguo, las unidades de medida que menciona con frecuencia son indescifrables. Habla de pies ingleses y millas alemanas. Dice que la temperatura del Valle Central es de 40 grados R. Quienes vivimos aquí, sabemos que nunca ha estado tan frío como 40 grados Farenheit ni tan caliente como 40 grados centígrados. En un primer momento supuse que R significaba Rankine, pero luego me di cuenta de que la escala Rankine es de 1859 y el artículo de Hoffmann fue escrito en 1855. Luego averigué que la R en realidad significaba Reamur, que era la escala que se utilizaba para medir la temperatura desde 1731. Menciono el dato solamente como curiosidad, ya que, actualmente, los escritos de Hoffmann, más que por sus mediciones científicas, llaman la atención por su valor histórico y testimonial.
Dr. Carl Hoffmann. (1823-1859)
Las poblaciones de Curridabat, Tres Ríos y La Uruca, son descritas como pequeñas aldeas de apenas un puñado de casas. Menciona grandes cultivos de plátanos, en Heredia, y de caña de azúcar, en Cartago. Cerca de la hacienda de don Jesús Jiménez, por el lado de Paraíso, había una mina de cobre. Los ríos Torres y Virilla eran caudalosos y limpios. En Ochomogo había una enorme laguna llena de garzas blancas. La población de Barva, donde Hoffman por primera vez miró un quetzal y probó el palmito, estaba habitada exclusivamente por indígenas y, en sus alrededores, era común toparse con monos y tapires, así como encontrar abundantes anonas y fresas silvestres. Le llamó mucho la atención que las cercas que delimitaban las propiedades fueran de setos vivos. Los más utilizados eran el poró, el güitite, el jocote y el itabo. No había, en aquel tiempo, ni un solo hotel ni restaurante, por lo que tanto para comer como para dormir debía recurrir a la hospitalidad de los vecinos, quienes, no solo lo atendían lo mejor que podían sino que, con frecuencia, lo acompañaban en su expedición.
Algunas cosas, sin embargo, no han cambiado. Ya en aquel entonces en Cartago se cultivaban las papas para todo el país y la impuntualidad tica era la norma. El alemán, muy metódico, preparaba un plan y siempre, por algún inconveniente de último momento, la partida se demoraba de una a varias horas.
En la subida al volcán Irazú, Hoffman anota que ningún árbol le es conocido. Tiembla de frío en la altura, especialmente cuando la niebla lo empapa y le impide mirar hasta el suelo donde va a dar el paso. Descubre, sorprendido, que en aquella montaña hay senderos que los indios utilizan para caminar hasta el mar Caribe. Descansó cerca de la cima, en la Hacienda San Juan (imagino que el actual San Juán de Chicuá), que estaba entonces abandonada. Cuando llegó al cráter del volcán la mañana estaba despejada y Hoffmann y sus acompañantes permanecieron largo rato en silencio, asombrados por el hermoso paisaje. Tras beber un trago "para aclarar la vista", fue capaz de mirar desde allí tanto el Caribe como el océano Pacífico.
Además del reporte escrito, Hoffman, al igual que sus amigos Frantzius y Carmiol, quienes exploraron otras regiones del país, enviaban muestras de plantas, pieles de animales y pájaros disecados al museo de Berlín. Particularmente valioso fue el envío de pieles de pumas y jaguares, ya que en aquel tiempo en las universidades europeas se enseñaba que en Centroamérica no había grandes felinos.
Hoffman deja claro que gatos siempre han habido, de todos colores y tamaños. Lo que no había eran ratones. Los ratones llegaron la década de 1830 y las ratas en las de 1840, en embarques de mercadería procedentes de Inglaterra.
En una región de bosque cerrado y tupido, Hoffman relata lo duro que es abrir un espacio para la agricultura o la ganadería. Se empieza talando con hacha los grandes árboles. Los troncos se retiran con yuntas de bueyes o son aserrados en el sitio. Luego se le prende fuego al lugar. Cuando se apaga el fuego, se riega maíz en el campo. Después de recoger las mazorcas, se mete ganado para que se coma la maleza y pise el terreno. Se intenta sacar entonces las raíces de los árboles. La rutina de fuego, maíz y ganado, se repite una y otra vez y así, al cabo de unos tres o cuatro años, se obtiene un terreno limpio para ser arado o mantener como pastizal.
Hoffmann anota que la recolección del grano
de café era realizada por mujeres, como aparece
en la famosa pintura del Teatro Nacional.
Hoffman destaca que el cultivo del café es la principal actividad del país y que la inmensa mayoría de terrenos de Heredia, San José y Cartago está cubierta de cafetales. La recolección del grano, en tiempos de cosecha, era realizada exclusivamente por mujeres y niños.
En su expedición a Barva, Hoffmann se interesa en los casos de personas que, por haber sido picadas por serpientes en repetidas ocasiones, han llegado a ser inmunes al veneno.
Aunque sus intereses más marcados son la geografía, la botánica y la zoología, en su artículo sobre Orosi, brinda valiosas observaciones sociológicas. Alrededor del convento, fundado en 1790, y al que llama "el edificio mejor construido que he visto en Costa Rica", los indígenas de la zona, pese a estar bautizados con nombres españoles, mantenían su estilo de vida tradicional. Los hombres cazaban y pescaban y las mujeres se ocupaban de la agricultura. Las tierras de Cachí y Orosi le pertenecían a la comunidad y no había títulos de propiedad a nivel individual. Los indígenas no utilizaban dinero y de los artículos que podían ofrecerles los criollos a cambio de sus productos solamente había dos que aceptaban: las hachas y los machetes. En sus casas no había ni un solo clavo, ya que las construían atando los troncos con bejucos. Hoffman tuvo oportunidad de observarlos pescando en los ríos. Como había un cierto tipo de pez, muy apetecido, que no picaba el anzuelo, lo pescaban con lanza.
Los indígenas elaboraban preciosas vasijas de cerámica, pero Hoffmann afirma que nunca los vio usarlas para cocinar. Sobre las brasas, sin recipiente alguno, ponían los peces, la carne, la yuca, las mazorcas, las papas y los plátanos.
En Orosi, Hoffman escuchó la leyenda de "La loba negra que aúlla", una combinación del Cadejos con La Llorona.
El médico eminente, ciudadano distinguido, héroe de guerra e incansable explorador, era un hombre fuerte, alto y corpulento, pero acabó enfermo de un mal pulmonar que, se supone, era tuberculosis. En busca de un clima más benigno se trasladó a vivir a Puntarenas. Mientras agonizaba, justo una hora antes de su muerte, dicta una carta a su amigo, el Presidente Juan Rafael Mora, para felicitarlo por su reelección. "He nacido en un suelo muy distante", le dice antes de manifestar su agradecimiento a la república que "tan benignamente" lo acogió. Hoffman estaba tan débil que ni siquiera pudo firmar la carta. Murió el 11 de mayo de 1859, con apenas treinta y cinco años de edad. Fue sepultado en Esparza. En 1929, año en que se inauguró el monumento a don Juanito Mora frente al correo, los restos del Dr. Carl Hoffmann fueron trasladados al cementerio general de San José.
INSC: 2720

lunes, 17 de agosto de 2015

Las múltiples facetas de Monseñor Víctor Manuel Sanabria.

Monseñor Sanabria. Apuntes biográficos.
Ricardo Blanco Segura.
Editorial Costa Rica, 1971.
Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, segundo Arzobispo de San José, Costa Rica, hablaba varios idiomas, fue profesor de literatura, empresario periodístico, historiador, genealogista y autor de numerosos libros. Sin embargo, es recordado principalmente por su participación activa, pública y notoria, en los hechos políticos de la década de los cuarenta. Aprobó que los católicos militaran en las filas del partido Vanguardia Popular, liderado por comunistas. Trabajó activamente al lado del Dr. Calderón Guardia en la promulgación de las leyes sociales. Se ofreció como mediador para evitar el conflicto armado de 1948 e influenció en varios aspectos la Constitución promulgada tras la guerra civil.
Octavo y último hijo de don Zenón Sanabria Quirós y doña Juana Martínez Brenes, nació el 17 de enero de 1898 en San Rafael de Oreamuno. Sus padres y hermanos eran agricultores por lo que, desde niño, trabajó en el campo. Era hábil y rápido con la pala y el machete y, a lo largo de toda su vida, cada vez que visitaba su tierra, incluso ya siendo arzobispo, disfrutaba trabajar al lado de sus parientes en los cultivos de la parcela familiar.  A los catorce años manifestó su deseo de ser sacerdote y fue admitido en el Seminario, donde se destacó tanto por su inteligencia como por su piedad. Tras finalizar su bachillerato fue enviado a Roma y allá obtuvo un doctorado en Derecho Canónico y recibió la ordenación sacerdotal. Tuvo la intención de ingresar a la Compañía de Jesús, pero el arzobispo Rafael Ottón Castro no se lo permitió. De vuelta en Costa Rica, fundó, junto con otros socios, El Correo Nacional, cuya primera edición apareció el 2 de julio de 1925. Sanabria era el director y gerente del periódico, pero su aventura periodística duró apenas poco más de tres meses. El 31 de octubre apareció el último número editado por Sanabria. La empresa fue vendida a don Luis Cartín, quien continuó publicando el diario hasta 1934. El clérigo, con más amargura que resignación, solía repetir: "Soy un mal administrador y un periodista frustrado."
Pasó entonces a la docencia. Impartía clases de teología a los seminaristas y de literatura a los estudiantes de secundaria.
En aquellos tiempos era común que las clases de literatura dictadas por un sacerdote fueran más o menos una farsa. La práctica general era que el cura advirtiera a los estudiantes sobre los peligros y desviaciones morales o intelectuales que les podría generar la lectura de ciertos libros que ni él mismo había leído nunca. Ese no era el caso de Sanabria. Don Joaquín Gutiérrez Mangel, que fue su alumno en el Colegio Seminario, recuerda que Sanabria recitaba de memoria a los poetas del Siglo de Oro y al referirse a cualquier autor, antiguo o moderno, lo hacía con amplitud y conocimiento de causa. Sus clases de literatura, en vez de asustar con peligros, despertaban curiosidad e interés por las obras comentadas.
Sanabria, que tenía una inteligencia aguda y una memoria prodigiosa, era un lector voraz al que todo le interesaba. Leía los periódicos del día, así como obras literarias, históricas y filosóficas. Como si eso fuera poco, solía pasar horas en los archivos leyendo documentos antiguos.
Dominaba perfectamente el latín, el inglés, el francés y el italiano. Cuando se puso a investigar la historia de la Iglesia en Costa Rica, se topó con una obstáculo. El segundo y el tercer obispo, Bernardo Augusto Thiel y Juan Gaspar Storck, así como los vicarios de Limón y los padres paulinos que regentaban el seminario, eran alemanes por lo que, entre los documentos que dejaron, había varios escritos en alemán. Cuando se topaba con alguno de ellos, llamaba al padre Cornelio Nacken para que se lo tradujera. Como le daba pena molestarlo, pensó que no debía ser tan difícil aprender alemán, se compró un diccionario y una gramática y empezó a traducir por sí mismo los documentos. Cuando se sintió seguro, le habló al padre Nacken en alemán. Su pronunciación, naturalmente, tenía errores, pero las oraciones estaban no solo bien construidas, sino que eran hasta elegantes. Nacken consideró asombroso que alguien pudiera aprender una lengua por sí mismo y, para ayudarle con su pronunciación, tanto él como todos los curas alemanes que había en Costa Rica, que eran varios, continuaron conversando con Sanabria en alemán de ahí en adelante. En 1943 publicó el libro Cuarto viaje de Colón, de Felipe Valentini, que él tradujo directamente del alemán.
El Doctor Calderón Guardia, Rigoberto Pacheco Tinoco, el
Arzobispo Sanabria y el poeta Rogelio Sotela colocan
 la primera piedra de la Universidad de Costa Rica. 1940.
Las obras históricas de Sanabria son numerosas. Desde su primer libro, Datos Cronológicos para la historia eclesiástica de Costa Rica, publicado en 1927, demostró ser un investigador minucioso y un escritor de prosa elegante. Publicaría después las biografías de Anselmo Llorente Lafuente y de Bernardo Augusto Thiel, así como un recuento de los acontecimientos que sucedieron antes y durante la primera vacante episcopal de San José. Al investigar el culto a la Virgen de los Ángeles, de la que era muy devoto, no logró hallar ningún documento en que constara el nombre de la campesina que encontró la imagen pero, como el apellido más común en la Puebla de los Pardos era Pereira y el nombre más frecuente entre las mujeres era Juana, decidió llamarla Juana Pereira. A partir de 1932, Sanabria fue publicando por entregas los datos que se conservaban en la Curia sobre los muertos en la Campaña Nacional de 1856. En la lista, el héroe nacional Juan Santamaría no estaba registrado como caído en batalla, sino como víctima del cólera. Entre los historiadores de su época, ninguno le reclamó a Sanabria que se hubiera tomado la libertad de inventarle un nombre a un personaje sin contar con un documento que lo respaldara, pero sí lo criticaron por reproducir un documento que ponía en duda la gesta heroica del soldado Juan en la batalla de Rivas.
Esa no fue la única polémica que levantaron sus investigaciones. Como tenía su disposición los registros de matrimonios y nacimientos desde la época colonial, se puso a hacer genealogías hasta completar las de San José y Heredia y dejar muy avanzadas las de Alajuela y Cartago. Al igual que en el caso de Juan Santamaría, publicó los datos que había encontrado en los archivos y numerosos miembros de las familias de abolengo se molestaron al percatarse que, entre sus ancestros, además de los hidalgos españoles de los que presumían descender, había numerosos indígenas y esclavos negros.
Por modestia y como restándole importancia, Sanabria siempre dijo que sus investigaciones no eran más que apuntes, esbozos, anotaciones o simples recopilaciones de datos y como tales los publicaba. Siguiendo su ejemplo, don Ricardo Blanco Segura tituló "apuntes biográficos" al libro que escribió sobre Monseñor Sanabria, a quien conoció y trató de cerca. Don Ricardo, como Sanabria, es investigador meticuloso y escritor de estilo elegante. Las obras de ambos autores, además, tienen en común el que no disimulan simpatías ni antipatías por determinados personajes. Esta subjetividad, que quizá en el gremio de los historiadores pueda ser considerada un defecto, acaba siendo, para el lector común y silvestre, un aderezo delicioso en medio de tanto dato.
En 1938, Sanabria fue consagrado obispo de Alajuela, diócesis que en aquel tiempo comprendía todo el norte del país, incluyendo Guanacaste y media provincia de Puntarenas. Apenas tuvo tiempo de recorrer todo el territorio y visitar, al menos una vez, cada parroquia, puesto que en 1940 fue nombrado Arzobispo de San José.
Sanabria tomó posesión de su cargo el 28 de abril de 1940. Pocos días después, el 8 de mayo, el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia asumió la presidencia de la República. El arzobispo y el presidente no eran los únicos hombres jóvenes en cargos de importancia. Toda una nueva generación, que había nacido alrededor del cambio de siglo, estaba relevando a las viejas figuras. Eran los años cuarenta y quienes tenían las riendas del país eran hombres de cuarenta años de edad. La parsimonia de los liberales de antaño parecía haber quedado atrás. Había una voluntad de emprender proyectos ambiciosos y de verlos convertidos en realidad lo más pronto posible.   
La iniciativas que Sanabria puso en marcha eran audaces. Iban desde la fundación de sindicatos católicos, hasta la creación de la emisora Radio Fides, que decidió instalar como reacción a Radio Faro del Caribe, fundada poco antes. Inició la construcción del Seminario en Paso Ancho (donde soñaba retirarse, cuando dejara el cargo, para dedicarse por completo a la historia), así como de la Casa de Ejercicios Espirituales en Calle Blancos. 
El Dr. Calderón Guardia, quien había estudiado en la universidad de Lovaina, declaró que las acciones de su gobierno estarían inspiradas en la Doctrina Social de la Iglesia, lo cual le atrajo la simpatía y el apoyo del Arzobispo. El gobierno también tenía como aliado al partido comunista.  Eran los años de la II Guerra Mundial, en que los Estados Unidos y la Unión Soviética luchaban en el mismo bando, por lo que ni los comunistas eran antiyanquis ni las democracias occidentales consideraban enemigos a los comunistas.
El 13 de junio de 1943, el partido comunista, en una asamblea plenaria, tomó la decisión de cambiar de estatutos y de nombre. A partir de esa fecha se llamaría Partido Vanguardia Popular. Manuel Mora, quien había fundado el partido comunista en 1931 y era el líder indiscutible de la agrupación, le dirigió una carta a Monseñor Sanabria, en la que le consultaba si encontraba algún obstáculo para que los católicos militaran en su partido. El Arzobispo le contestó el mismo día que no encontraba obstáculo alguno.
Manuel Mora, Luis Demetrio Tinoco Castro, Monseñor Sanabria,
Teodoro Picado y el Dr. Calderón Guardia el día de la
promulgación de las Garantías Sociales. 15 de setiembre de 1943.
El hecho fue, por decir lo menos, bastante extraño. ¿Por qué el partido comunista decidió cambiar de nombre? ¿Por qué el mismo día que el partido cambió de nombre Manuel Mora se dirigió al Arzobispo? ¿Por qué el Arzobispo contestó en el mismo día? El escándalo que se armó trascendió las fronteras. El gobierno de Guatemala, por ejemplo, no le permitió a Sanabria asistir al Congreso Eucarístico por considerarlo un obispo comunista.
Poco después, el 15 de setiembre de 1943, fueron promulgadas las Garantías Sociales y, para festejar el acontecimiento, se organizó una manifestación masiva en la capital. El presidente de la República invitó al Arzobispo a sumarse a la celebración y ambos acabaron paseando por San José en un Jeep descubierto al lado de Manuel Mora, el líder comunista, y Teodoro Picado, el candidato oficialista para las elecciones del año siguiente. Por esa época, además, Calderón Guardia, desde la presidencia, y Manuel Mora, desde el Congreso, lograron la derogatoria de las leyes liberales que había promulgado Próspero Fernández en 1884, que limitaban la influencia de la Iglesia en la educación pública. El arzobispo, por su parte, había participado activamente en la elaboración del recién promulgado Código de Trabajo.
Lo curioso es que el candidato de la oposición, León Cortés Castro, junto con su esposa doña Julia Fernández, había sido padrino de la consagración episcopal de Sanabria. Don León no dijo una palabra, pero muchos de sus seguidores criticaron duramente al Arzobispo. 
Ante los cuestionamientos, Sanabria respondió de una manera un tanto esquiva. Dijo que las acciones de un obispo solamente pueden ser juzgadas por Dios, por el Papa y por la Historia. Como en aquel tiempo Roma estaba ocupada por los nazis y era bombardeada por los Estados Unidos, Pío XII no tenía mucho tiempo que dedicarle a las andanzas de un arzobispo centroamericano y a nadie se le ocurrió elevar la protesta a la Santa Sede. 
En las elecciones de 1944, en que salió electo don Teodoro Picado, hubo hasta muertos. En las parlamentarias de 1946, también. Los ánimos estaban más que caldeados. Había violencia en las calles. En las presidenciales de 1948, el Dr. Calderón Guardia fue derrotado por don Otilio Ulate, pero la elección fue anulada. Don Pepe Figueres se levantó en armas. Tras un ataque armado a la casa en que se encontraba el candidato ganador, que le costó la vida al anfitrión, el Dr. Fernando Valverde Vega, el gobierno le ofreció a Ulate la posibilidad de ir a la cárcel o refugiarse en una embajada. Su delito era simplemente haber ganado las elecciones. Ulate optó por ir a la cárcel y Monseñor Sanabria, para proteger su vida, lo acompañó a la Penitenciaría. Ante la guerra civil inminente, el Arzobispo no solo se ofreció como mediador, sino que propuso a las partes en conflicto que dejaran la solución en sus manos. Solamente Ulate aceptó la propuesta. Monseñor Sanabria llegó incluso a viajar hasta La Lucha, donde estaban los rebeldes, para entrevistarse con don Pepe. Tal vez la participación del Arzobispo parezca un tanto extraña en la actualidad pero en aquel momento él era la única persona en el país que le hablaba a todos. Calderón, Picado, Ulate y Figueres lo respetaban y lo escuchaban, pero sus esfuerzos por evitar el conflicto fueron en vano.
Las relaciones de Sanabria con la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por don Pepe, no fueron cordiales. Cuando se instaló la Asamblea Nacional Constituyente, se cantó un Te Deum en la Catedral y el Vicario General, el padre Alfredo Hidalgo, que era calderonista, pronunció un discurso que molestó al gobierno. Los diputados que redactaban la nueva Constitución recibieron presiones públicas y privadas del Arzobispo, quien defendía el Estado confesional, la participación de la Iglesia en los programas de educación pública y el derecho de los clérigos a ser electos diputados. Logró que todas sus propuestas fueran incluidas en el texto constitucional. 
Cuando, en diciembre de 1948, el Dr. Calderón Guardia junto con un grupo de seguidores y con el apoyo de Anastasio Somoza, invadió desde Nicaragua la provincia de Guanacaste y tomó la población fronteriza de La Cruz, el arzobispo condenó el hecho.
Sanabria contó siempre con el apoyo del clero y de los fieles, pero perdió simpatías entre los políticos. Cada uno lo consideraba del bando contrario. Unos decían que era cortesista, o comunista, o calderonista o ulatista. Había hasta quienes creían que era figuerista. Todas sus actuaciones públicas eran cuestionadas y criticadas. Aunque aún era un hombre joven, estaba muy enfermo. Una afección cardiaca lo hacía respirar con dificultad. En 1950 viajó a Roma para presentar su renuncia personalmente ante el Papa, pero Pío XII no se la aceptó. Interrumpió su viaje y regresó de inmediato a Costa Rica en cuanto se enteró de la profanación en la Basílica de Los Ángeles. Las joyas habían sido robadas, la imagen de la Virgen había desaparecido y el vigilante había sido asesinado. Cuando apareció la imagen de la Negrita, que tal parece nunca salió del templo, el arzobispo organizó solemnes celebraciones litúrgicas.

Monseñor Dr. Víctor Manuel Sanabria Martínez.
(1898-1952)
II Obispo de Alajuela y II Arzobispo de San José.
La última batalla pública de Monseñor Sanabria es bastante controversial. En mayo de 1952, el pastor bautista Adolfo Robleto empezó a publicar en La Nación un espacio dominical. Monseñor Sanabria le escribió al director y gerente del periódico, don Ricardo Castro Beeche (el famoso Cacayo). En su carta no solo lo instaba a no admitir publicaciones de iglesias protestantes en el periódico, sino que lo amenazaba con prohibirle a los católicos leer o anunciarse en La Nación. Cacayo le respondió recordándole el derecho a la libertad de expresión y a la libertad de culto y le dejó claro que las publicaciones que tanto le incomodaban no eran producidas por la redacción del periódico, sino que eran espacios pagados por la Iglesia Bautista, que él, como director y gerente del medio, no tenía ninguna razón para rechazar. Sanabria replicó que la libertad de expresión y de culto tienen límites y que al ser católica la mayoría del país esa "propaganda" era ofensiva y recalcó su intención de crear un boicot contra el periódico si continuaba brindándole espacio a la Iglesia Bautista. Don Ricardo, como habría hecho cualquier otro director de periódico, le contestó que no cedía ante presiones y que no aceptaba que nadie le dijera lo que debía publicarse o no en el medio a su cargo y, para dejarlo bien claro ante todos, publicó las cuatro cartas. Don Adolfo Robleto, el pastor bautista, al leer aquel cruce epistolar, decidió dejar de publicar su espacio.
Dos días después, Monseñor Sanabria murió de un ataque al corazón a los cincuenta y cuatro años de edad. Es el único Arzobispo de San José que no está enterrado en la Catedral Metropolitana, ya que dispuso ser sepultado en su pueblo natal de San Rafael de Oreamuno.
En 1959, la Asamblea Legislativa declaró a Monseñor Sanabria Benemérito de la Patria, pero la declaratoria tuvo cinco votos en contra. El Colegio Técnico Vocacional de Desamparados y el Hospital de Puntarenas, llevan su nombre. 
INSC: 0668

lunes, 29 de septiembre de 2014

La muerte siempre está cerca.

Mitomanías. Rodrigo Soto. EUNED.
Costa Rica. 2002.
Todos los cuentos de Mitomanías tienen un tono trágico y muchos de ellos concluyen o transcurren alrededor de una muerte. No se trata, sin embargo, de un ejercicio morboso centrado en el dolor, sino más bien en una demostración de cómo los hechos más tristes suceden por lo general en un día cualquiera y sin previo aviso.
La serenidad en que parece desarrollarse la vida de los protagonistas es rota de repente por una tragedia imprevista, tan sorpresiva que no deja espacio a la reacción.
El narrador no se concentra en la descripción de detalles ni emociones, sino que, tranquilamente y con la mayor naturalidad, se limita a relatar hechos y consignar diálogos.
Una niña recuerda lo doloroso que fue abandonar su casa tras el suicidio del abuelo quien, contrariado por apuros económicos, un día apareció colgado en su dormitorio. Además del abuelo, perdieron la casa llena de recuerdos y debieron trasladarse a una zona rural, lejos del barrio de la infancia. Muchos años después, ya casada y envuelta en la vida nómada de las familias pobres, siempre en busca de un alquiler más barato, su marido le anuncia que se mudarán a un cuartito de una vieja casona. El día de la mudanza, la niña convertida en señora se lleva la sorpresa de que va a vivir en la misma casa de su infancia, cuyos cuartos están convertidos ahora en apartamentos donde se apretujan familias numerosas de escasos recursos. No resiste la tentación de asomarse al cuarto del abuelo y descubre, en medio del tumulto de chunches de los actuales habitantes, que la soga continúa colgando de una viga del techo y, sin haberla siquiera notado, hay unniño jugando debajo.
Un trabajador recuerda con admiración y cariño a un hombre de espíritu libre que quién sabe por qué extrañas circunstancias acabó siendo compañero suyo en el taller. Melenudo y ajeno a todo convencionalismo, era un hombre que soñaba con alejarse de las máquinas y vivir en libertad lo más cerca posible de la naturaleza. Sus compañeros no lo comprendían, ya que ellos eran más bien hijos de campesinos que nacieron y crecieron al lado de la tierra pero que, a diferencia del melenudo, creían que vivir en la ciudad y trabajar con máquinas era el primer paso hacia una vida mejor. Pese a tener aspiraciones y visiones de mundo distintas, los operarios lo admiraban y, con frecuencia, hasta le hacían rueda para oírlo hablar de sus ideas y andanzas. El taller no era lugar para él. Todos sabían que no le gustaba estar allí y cuando empezó a trabajar horas extras, todos supieron que lo hacía solamente para juntar el dinero que le permitiera adelantar su marcharse tras sus sueños. Nunca lo pudo hacer porque una noche, mientras trabajaba completamente solo, el torno atrapó su melena y al día siguiente sus compañeros comprendieron que su agonía fue breve, apenas tan larga como su cabello.
Más adelante encontramos cuentos de bebés que, tras su nacimiento, en vez de acabar en una cuna llena de almohadas, terminaron en un frasco con alcohol; crímenes pasionales absolutamente inevitables porque, ante el estado de las cosas, si él no la mataba a ella, ella lo mataba a él y reflexiones nihilistas de fuerte sabor amargo.
Lo dicho: Mitomanías es un libro de cuentos lleno de dolor, de tono trágico, en que la muerte es protagonista principal. Sin embargo, el manejo que Soto le dio a las narraciones, evitó que cayeran en lo morboso o lo grotesco.
Con una prosa de gran sobriedad, ajena a cualquier pretensión grandilocuente, el autor supo dosificar acertadamente los silencios. A pesar de lo terrible de los temas que trata, Soto supo qué tenía que decir y qué tenía que callar para poder invitar al lector a observar, más que el acontecimiento mismo, el trasfondo emocional y vital en que ocurrió.
Pero no todo se va en recuento de desgracias. Un par de relatos son de construcción más experimental y acaban en reflexiones tal vez demasiado extensas y divagatorias en las que, curiosamente, es donde queda en evidencia la juventud e inexperiencia del autor. Aunque hay quienes admiran a Rodrigo Soto precisamente por sus incursiones en la prosa poética, al menos en Mitomanías resulta claro que los mayores aciertos se pueden hallar en los cuentos de factura convencional.
Particularmente dignos de mención resultan los siete cuentos brevísimos que, recogidos bajo el título de Microcosmos cierran el libro. Comprimidos a la mínima expresión, aparecen allí, entre otras cosas, la tragedia que significa la muerte del perro de un ciego, la verdadera razón de sacrificio de Juan Santamaría y y una broma de mal gusto que la dura realidad vengó después.
En el terreno de la brevedad es, por cierto, donde Rodrigo Soto muestra más vivamente la habilidad de su pluma. En el relato corto, más que en el extenso, es también donde este escritor ha cosechado sus mayores triunfos de crítica y de público.
Publicado en 1982, cuando el autor solamente tenía veinte años de edad, Mitomanías fue su primer libro. Tras varios años de silencio, Soto publicó después los libros de cuentos Dicen que los monos éramos felices (1996) y Figuras en el espejo (2001), así como las novelas La estrategia de la araña y Mundicia y el libro de poemas La muerte lleva anteojos.
En Costa Rica, publicar un libro es toda una odisea pero, bien que mal, es un logro que no está pegado al cielo. Para que aparezca la segunda edición de un libro, hay que esperar sentado. Mitomanías fue reeditado en el 2002, veinte años después de su aparición y es, hasta el momento, el único libro de Rodrigo Soto con segunda edición.
El libro viene con un acertado prólogo de Alfonso Chacón. No sé si es el mismo que se consigna como encargado de la revisión de pruebas. De tratarse de la misma persona, es evidente que hizo mucho mejor trabajo como prologuista que como corrector, puesto que el libro viene con cierto número de erratas, un par de ellas bastante divertidas.

INSC: 1542
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