martes, 4 de noviembre de 2014

Conferencias de Alejo Carpentier

La cultura en Cuba y en el mundo.
Alejo Carpentier. Letras cubanas,
Cuba, 2003.
En el año 2004, me invitaron a decir unas palabras en un homenaje a Alejo Carpentier que ser realizó para celebrar el centenario de su nacimiento. Mi intervención fue breve, pero Amado Riol Pírez, un simpático funcionario del Consulado Cubano, que estaba presente en el acto, quiso recompensarla y días después recibí, con una amable dedicatoria, el libro La cultura en Cuba y en el mundo, que recoge una serie de conferencias radiales que pronunció Alejo Carpentier en 1964.
El libro es sencillamente maravilloso y, para mí, fue una verdadera revelación. Tengo en mi biblioteca todas las novelas de Carpentier, pero este es el primer libro de artículos suyos que tuve la oportunidad de leer. 
Los temas son variados y abarcan literatura, música, arquitectura y pintura.
El libro incluye su maravilloso ensayo La ciudad de las columnas, sobre La Habana, así como extensos y valiosos escritos sobre el poeta Roberto Fernández Retamar, el pintor Wifredo Lam y tres largas notas dedicadas al compositor Heitor Villa-Lobos. También, no podía faltar en un libro publicado en Cuba, hay un capítulo dedicado a Fidel Castro que, curiosamente, es en el que Carpentier es más escueto. Se limita a citar párrafos enteros del larguísimo discurso con el que Fidel se defendió en el juicio por el asalto al cuartel Moncada y, tras dos o tres líneas sin mayores comentarios, pone otra cita del discurso y de esa forma cumplió con el inevitable tributo al tirano sin comprometerse demasiado. Otro personaje infaltable, en un libro editado en Cuba, es José Martí, cuyas obras completas fueron editadas por la Editorial Nacional de Cuba, que dirigía Carpentier.
Con estas conferencias he conocido una nueva faceta de Carpentier. El narrador erudito y barroco también tenía la capacidad de ser didáctico. 
Particularmente interesante me resultaron las conferencias sobre la novela latinoamericana. Carpentier arranca su exposición remontándose hasta la prehistoria y sostiene que, en las primeras comunidades humanas, el arte surgió en conjunto. La poesía, la música y la danza debieron haber nacido juntas y fueron inseparables para los pueblos más antiguos. Los poemas épicos de Homero, La Iliada y la Odisea, nacieron posteriormente para grabar en la memoria acontecimientos tanto históricos como fantásticos. El teatro representaba las historias para el pueblo y la narración de historias de ficción resulta entonces, la última manifestación literaria en aparecer. Existen ejemplos aislados de narraciones en la antigüedad, como el Satiricón, de Petronio o la Vida de Apolonio de Tiana de Filóstrato, pero como bien dice Carpentier,  "un árbol no hace un bosque".
Sostiene la tesis, comúnmente aceptada, que los cronistas como Bernal Díaz del Castillo y el Inca Garcilaso de la Vega deben ser considerados los primeros autores de literatura latinoamericana. Comenta luego las obras, en muchos sentidos fundacionales, Don Segundo Sombra (argentina), La Vorágine (colombiana) y Doña Bárbara (venezolana). La apreciación que hace Carpentier de María, de Jorge Isaacs, aunque comparte la opinión general de que es una novela cursi que no hace más que invitar al llanto, destaca su aporte e influencia en la consolidación de la novela latinoamericana. Es bastante extenso a la hora de comentar a dos contemporáneos suyos, el venezolano Arturo Uslar Pietri y el Guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Sobre Asturias, cuenta una anécdota muy interesante. En una ocasión Asturias le comentó a Carpentier que tenía casi lista una novela titulada Malevolge. "¿Por qué Malevolge", preguntó el cubano, "¿Qué cosa es un Malevolge?" Asturias le explicó que en los cantos del Infierno de la Divina Comedia de Dante, los condenados estaban sumidos en unos agujeros llamados Volge y que el peor de todos era el Malevolge. Carpentier le dijo a Asturias lo mismo que le habríamos dicho usted o yo: que ese título no servía, que nadie lo iba a entender y que se buscara otro. Al final la novela se llamó El señor presidente.
Personalmente, no me gusta ponerle atención a un autor cuando habla de su obra. Me parece que un pintor al hablar de sus pinturas, un compositor de su música o un autor de sus libros se están ubicando en un lugar que no les corresponde y en el que poco pueden aportar. Sin embargo, las páginas en que Carpentier se refiere una por una a sus novelas son verdaderamente reveladoras. Se refiere a El Reino de este mundo, Los pasos perdidos, La guerra del tiempo, El acoso y El Siglo de las luces. Cuenta desde la idea inicial que despertó su interés por el tema, la forma en que esa idea fue tomando forma, la manera en que seleccionó, acomodó y descartó los elementos que quería incluir en la trama y su apreciación, como autor, del resultado obtenido. Cualquier aprendiz de escritor, como yo, escucha con la boca abierta a un maestro cuando habla sobre el oficio. Como muchas otras cosas importantes en la vida, la idea que acaba convirtiéndose en una gran novela aparece por casualidad y sin previo aviso. En 1956, Carpentier, que por entonces residía en Venezuela, acababa de publicar Los pasos perdidos, había tenido buena respuesta del público y de la crítica y hasta se había ganado un premio y se dirigía a Francia con la idea de escribir algo sobre la Revolución Francesa. El avión aterrizó en la isla de Guadalupe y allí el aparato tuvo un desperfecto. Una de las hélices quedó inservible y en la isla no había un respuesto, por lo que nuestro escritor quedó atrapado en un hotelito en el que, un compañero de mesa, para meterle conversación, le hablo de Victor Hughes, el misterioso personaje que había traído las ideas de la Revolución Francesa al Caribe. Carpentier quedó encantado con el personaje y decidió escribir sobre la Revolución Francesa pero ubicando la historia a miles de kilómetros de París y Victor Hughes acabó siendo el personaje principal de su gran novela El siglo de las luces. 
En sus apreciaciones sobre la novela latinoamericana, Carpentier llega hasta los últimos exponentes. Un escritor mexicano que a sus treinta y seis ya había conseguido cierto renombre, llamado Carlos Fuentes y un jovencísimo peruano de veintiocho años llamado Mario Vargas Llosa, cuya novela La ciudad y los perros logró ganar la atención y los elogios del gran maestro cubano.
No menciona a Gabriel García Márquez por una razón muy sencilla. Cien años de Soledad se publicó en 1967 y el libro recopila conferencias de 1964.
Alejo Carpentier (1904-1980). Musicólogo, erudito, formidable novelista y,
además, excelente conferencista.

El emperador Tertuliano.

El emperador Tertuliano y la legión de los
superlimpios. Rodolfo Arias. EDUCA,
Costa Rica, 1991. Primera edición.
Recuerdo aquella tarde de 1991 en que conversaba con mi buen amigo el poeta Mauricio Molina y él, con una gran sonrisa me dijo: "Un profesor de informática acaba de publicar una novela. Deberías leerla." Además del largo título El emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios, no me dio más detalles. Cuando le mencioné que Tertuliano no era emperador, simplemente me repitió: "Deberías leerla."
No podía suponer entonces que Tertuliano llegaría ser uno de los libros más leídos y comentados en Costa Rica y que su autor, Rodofo Arias, aquel profesor de infórmatica, llegaría a ser, gracias a las otras tres novelas y el libro de cuentos que publicaría luego, uno de los narradores más destacados del país. Los admiradores de Rodolfo y, especialmente, de Tertuliano, forman legión.
Me costó conseguirlo. Visité varias veces la librería Macondo, de Dante Polimeni, quien siempre me salía con la excusa de que había recibido unos ejemplares pero se le habían acabado. Sin reseñas en los periódicos, sin publicidad, solamente con el boca en boca, el libro estaba despertando un entusiasmo contagioso. Lo más impresionante es que la cadena de recomendaciones lleve ya más de veinte años sin detenerse. Ciertamente son pocos los escritores que son su primera obra logran matar tantos pájaros de un tiro. El emperador Tertuliano es un hito en la literatura costarricense, durante más de dos décadas ha sido leído y comentado, impresionó tanto a los intelectuales como al público de la calle y ha conmovido, entretenido y divertido a dos generaciones de costarricenses.
A la primera edición de un libro se le llama "Edición Príncipe". Aunque le corresponde llevar ese nombre tan aristocrático, lo cierto es que la primera edición de Tertuliano no podía ser más humilde. Un librito pequeño de tapas de cartón y páginas interiores en papel periódico.
A pesar de ese soporte tan modesto, su contenido es deslumbrante. Aunque es un libro ameno, divertido y, de primera entrada bastante cómico, sería injusto considerar al Emperador Tertuliano como una obra simplemente entretenida. Quienes han atribuido todo su éxito al humorismo pecan de miopes.
Tertuliano es una novela tan rica que, definitivamente, no hay que quedarse con la primera impresión. La primera lectura de esta obra está marcada por la sorpresa. Todo es impactante, tan impactante que no permite mirar nada entre líneas. Está construida con párrafos aislados sin signos de puntuación que son como cápsulas narrativas en que cada una tiene su planteo, su clímax y su cierre. Los nombres de los personajes es una de las cosas que más llama la atención en el primer encuentro con el libro. El empleado que nunca llega tarde se llama es Asceta Minofén y la joven prostituta la Barbie Quiú. Otros nombre memorables son Creso Quema, el Típico Calvo con Bigote y el Roco Estándar y su homólogo. Altura y Pelos, Sexy Tos y Mao Menon, las secretarias, comparten jornada laboral con el Capitán Austerín y Vespasiano, el mensajero que, naturalmente, se moviliza en una Vespa. El emperador Tertuliano recuerda con frecuencia al gran amor de su vida, cuyo nombre no es revelado ya que la llama solamente ELLA. En la vida de todo hombre, hay una mujer que se recuerda como ELLA con todas letras en mayúscula.
En cada párrafo salta un pacho. La risa resulta incontenible y a las pocas páginas el lector acaba convencido de que el libro es un vacilón y, casi sin pausa, lo devora de principio a fin.
Pero cuando ya nos hemos reído de todas las salidas ingeniosas, cuando nos sabemos todos los chiles de memoria y cuando nos hemos familiarizado con los nombres estrafalarios, una segunda lectura de la obra nos muestra nuevos descubrimientos.
Al repasar Tertuliano, ya curados del impacto inicial, le prestamos atención al impresionante dominio del lenguaje, a la contundencia de cada línea y a la fuerza de las imágenes que transmite.
Descubrimos entonces que toda aquella colección de párrafos y frases sueltas, aparentemente inconexos, forman un entramado complejo en el que ninguna palabra sobra ni está fuera de lugar.
El autor, en vez de contar las historias "en orden", las fragmentó en instantes para entregarlas revueltas como las piezas de un rompecabezas.
Edición de 1997. Editorial Universitaria
Centroamericana EDUCA.
Si de primera entrada nos cautivó el efecto inmediato de cada frase, ya recuperados del impacto inicial nos impresiona la precisión del engranaje que hace que todo confabule para que nos asomemos a un mundo del que solamente hemos visto retazos.
Pero lo verdaderamente impactante ocurre cuando, tal vez años después, retomamos Tertuliano y ya sin prestarle mucha atención ni al humor, ni a las palabras, ni a la estructura, nos adentramos en lo que se cuenta y descubrimos, con gran asombro, que lo que allí se cuenta no tiene nada de cómico.
Es un fenómeno que a lo largo de todos estos años muchos lectores han experimentado. El libro que de primera entrada nos hizo reír a mandíbula batiente, repasado a la distancia descubrimos que está lleno de tragedias. Lo que conocemos de los personajes, todos ellos pobres diablos y fracasados, son precisamente sus derrotas. Las historias empiezan y acaban mal. Con cierta culpa descubrimos que hemos estado riéndonos de que a los pobres no les alcance la plata, de que una mujer aborte, de que otra se prostituya, que a un hombre se le muera la madre y, a otro, una hija. Nos reímos de que haya alguien tan enamorado que acabe criando hijos que no son suyos, porque cada vez que se separa del amor de su vida, ella regresa embarazada. Entonces comprendemos el epígrafe de Cortázar que abre el libro: "Que risa, todos lloraban". Las tragedias, por alguna extraña razón, parecen comedias para el que no las sufre. Sin darse cuenta, uno ha estado riéndose de los que lloran.
Estamos frente a una novela de gran valor psicológico y sociológico. Tertuliano, más que un retrato, es una radiografía de la clase media baja, con todas sus ilusiones y frustraciones, escrita, además, en su propio lenguaje.
Por el paso de los años, ya a Tertuliano se le notan ciertas canas. El lenguaje popular ha cambiado y muchos lugares de la ciudad de San José que se mencionan en la obra han desaparecido. Sin embargo, todavía quien lea Tertuliano sentirá que los personajes del libro se sientan a su lado en el autobús todos los días. Con diferentes rostros, nombres y broncas, la política y el fútbol siguen siendo como se pintan en el libro y la vida, que está tan dura, sigue metiendo en apuros a quienes viven de un salario.
Tras la primera edición de 1991, que se vendió completa, la Editorial Universitaria Centroamericana EDUCA, publicó una segunda edición de gran tirada, con mejor presentación y mejor papel, en 1997. Como EDUCA desapareció, la tercera edición, en 2009. La primera edición, venía con un prólogo verdaderamente desafortunado en que alguien que hizo una lectura muy superficial del libro, proponía leerlo de la misma forma en que él lo hizo. La segunda edición, afortunadamente, apareció sin prólogo. Cuando se preparaba la tercera edición, el autor, Rodolfo Arias, quizá en agradecimiento por algunos artículos y un par de conferencias que había realizado sobre su obra, me pidió que escribiera un prólogo. Lo escribí, pero mi prólogo no fue incluido ya que un miembro del Consejo Directivo de la Editorial quiso hacerlo. Este prólogo de la tercera edición fue más lamentable que el de la primera. Todos sabemos que, a fin de cuentas, la mayoría de los lectores no leen los prólogos de las novelas y, los que los leen, lo hacen después de leer la novela.
Edición de la Editorial Costa Rica 2009.
No hace mucho, pasé una agradable tarde conversando con Rodolfo Arias en un café cerca de la Universidad. Cuando nos levantamos para irnos, noté que en la mesa de al lado una muchachita estaba leyendo Tertuliano. Era una muchachita joven, que tal vez había nacido después de la primera edición del libro. La saludé y le dije: "Esta usted leyendo Tertuliano, este señor que está a mi lado lo escribió, ¿quiere que se lo firme?"
Aquella joven estaba tan sorprendida como Rodolfo. Cuando nos despedimos, la muchacha confesó: "Apenas estoy empezando a leerlo. Una amiga me lo recomendó".
Recordé entonces la tarde de 1991 en que Mauricio me recomendó leer Tertuliano, me alegré que la cadena de recomendaciones no se hubiera detenido en más de veinte años y supuse en aquel momento que muy probablemente, al terminar de leer el libro, aquella joven estudiante acabaría recomendándoselo a alguien.




Fragmento de El Emperador Tertuliano.

Hace un rato se cumplieron siete años exactos de la tarde 
de miércoles aquella en que el Típico Calvo con Bigote que
aún tenía bastante pelo miró hasta el fondo de unos ojos
aterrorizados y de unos labios temblorosos que hablaron por 
fin desde un rincón del consultorio siento mucho decirle
que su niña tiene leucemia.

Suave angustia silenciosa del deseo de un ya.

Acodado en cubierta
asomado al borde los labios
perpetuo fluir sin chistar del deseo de un ya.

Un ya no sé de qué pero un ya.

Un ya cualquiera
como el que sería posible si encontrara
en mi camino un tronco caído
o una silla de esas que traquean
o un lujoso sillón mullido donde cayera sentado
y pudiera murmurar para mí mismo que ya.
Rodofo Arias Formoso. Autor de la novela El Emperador
Tertuliano y la Legión de los superlimpios (1991).


INSC: 0742 1711 2469

domingo, 2 de noviembre de 2014

Los pasos de Armando.

Pasos de gato. Armando Rodríguez
Ballesteros. Perro Azul, Costa Rica, 2003.
Empujado al exilio, el poeta, profesor universitario y fundador del Festival de Poesía de Bogotá Armando Rodríguez Ballesteros se trasladó en 2001 a Costa Rica. Desde su arribo, su acoplamiento a lo que él llama, con su característico sentido del humor, "el poetariado", se dio rápidamente y sin mayores sobresaltos. Apenas llegó inauguró, con gran éxito, su ciclo de Lunadas Poéticas, publicó decenas de plaquetes de poetas debutantes y consagrados, dictó conferencias, publicó artículos en la prensa, participó en diversos foros y se convirtió en uno de los personajes más queridos del mundillo literario tico.
Armando, quien cultiva también la pintura, no está particularmente interesado en acrecentar su dosis de protagonismo. Le gusta hacer cosas, pero no necesariamente figurar por hacerlas. Sus pasos en Costa Rica han sido como pasos de gato: constantes, firmes y enfocados a un destino, pero discretos y silenciosos.
Pasos de gato es el título de su primer libro publicado en Costa Rica en el 2003. Aunque es hombre de muchas experiencias y muchas lecturas, Armando es autor de pocos libros. Presagios y Migraciones (1986), Lubros (1988) y Ojos de ritual (1997), son los tres anteriores publicados en Colombia.
Pasos de gato está compuesto por cuarenta y cuatro poemas sobre temas muy diversos, desde nostalgia por el país de origen, denuncia social, angustia existencial, romances consumados y fracasados, vistazos fugaces al entorno y hasta un caligrama ciertamente simpático.
No hay propuesta de conjunto y al terminar un poema no se tiene idea de qué esperar en la página siguiente.Cada poema debe ser apreciado como una obra independiente del resto.
El estilo de Armando es absolutamente limpio y conciso. Va directamente al grano sin distraerse ni en la más mínima floritura. Su poesía es contundente, casi cortante, y cargada a dosis iguales de sensibilidad y de cinismo.
Su sentido del humor salta a la vista en muchas páginas, como en el díptico Alegna y el poeta o en Grafiti del pendenciero. La nostalgia por Colombia, el dolor por el sufrimiento de su país que "se empeña en sangrar" y el trago amargo del exilio ocupan la mayoría de los poemas del inicio del libro.
Hay también fuertes dardos irónicos contra quienes detentan el poder y, además, lo disfrutan, así como una mordaz caricatura de una señorita de alta sociedad con toda su vida planificada por sus progenitores.
Ya se trate de nostalgia o ironía, de romance o de denuncia, de humor o de dolor, todo el libro está escrito en un tono sereno, alejado tanto de la grandilocuencia como del exabrupto.
Los poemas de Pasos de gato, se disfrutan cada uno con su sabor y su tensión particular, avanzando, tal vez
en dirección distinta, pero a paso firme y sin hacer más ruido del necesario.

INSC: 1728

El credo de Carlos Fuentes.

En esto creo. Carlos Fuentes.
Seix Barral. México, 2002.
La producción literaria de Carlos Fuentes es asombrosa por la belleza de su estilo, por la profundidad de las reflexiones en que se sumerge, por la riqueza de sus imágenes y por la sabiduría que contiene. Abrir cualquier libro de Carlos Fuentes despierta en el lector pensamientos inquietantes. En sus novelas, Carlos Fuentes es un maravilloso constructor de mundos extraños y asombrosos en los que el mundo real aparece distorsionado pero claramente reconocible. En sus ensayos, Carlos Fuentes es un erudito con vocación didáctica. Sus obsesiones son numerosas y variadas. Es un hombre que ha pasado su vida estudiando, informándose y reflexionando sobre los más diversos temas y, a pesar de lo elevado o complejo que sea el asunto al que se refiera, logra despertar la curiosidad y el interés de cualquier lector que, quizá, nunca antes se había interesado en el tema. 
Fuentes tiene el doble mérito de ser un escritor de altos vuelos y, a la vez, ser accesible y amigable con el lector. Por esa dualidad logró ese doble éxito, tan difícil de lograr, de ser apreciado por la crítica más exigente y haber alcanzado una gran popularidad. 
La obra de Fuentes no solo es asombrosa por su calidad y contenido, sino también por su amplitud. Cuentos, novelas, ensayos, artículos periodísticos, conferencias, críticas literarias, de arte y de cine, escritos históricos y filosóficos forman parte de las miles y miles de páginas publicadas por este mexicano universal. Me imagino que el día en que se editen sus obras completas, los tomos conformarán una biblioteca entera. Muy probablemente los compiladores decidan, llegado el caso y por razones obvias, hacerlas accesibles por medio de Internet en vez de publicarlas en papel.
Fuentes, además de escritor y literato, fue un pensador pero sus ideas resultan en ocasiones algo difíciles de ubicar. Sus posiciones sociales, éticas, estéticas y políticas fueron, con mucha frecuencia, ambiguas. Las opiniones sobre su figura, como literato y como pensador, están divididas. Hay quienes lo admiran y quienes lo denigran. También están, cosa que no es de extrañar por su obra tan vasta, quienes separan al "Primer Carlos Fuentes" del "Carlos Fuentes de la última época".
Carlos Fuentes nunca escribió sus memorias. En muchos de sus artículos acostumbraba soltar uno que otro detalle anecdótico sobre experiencias personales, pero tal parece que no quiso tomarse a sí mismo como personaje central de uno de sus libros. Lo que sí escribió y publicó Carlos Fuentes fue su credo personal, un bello libro titulado precisamente En esto creo, que reúne cuarenta y un escritos, presentados en orden alfabético, que van de la A a la Z. Amistad, es el primero, y Zurich, el último.
Carlos Fuentes (1928-2012)
Fotografía de Faustino Desinach.
Quien nunca publicó una autobiografía, como resumen de su vida, quiso ofrecer al público un resumen de su pensamiento. 
¿Qué cree Carlos Fuentes del amor, de la familia, de los hijos, de la muerte, de las mujeres o del sexo? En un plano más filosófico: ¿Qué cree de Dios, de Jesús, de la libertad o de la belleza? Y si nos vamos a lo social ¿Qué cree de la educación, de la globalización, de la izquierda o de la política? En el libro no podían faltar apartados sobre Balzac, Faulkner, Kafka, Shakespeare y el Quijote. También se refiere al cine de Buñuel y a la pintura de Velásquez y, por supuesto, a su eterno tema: México.
Como es usual en él, por aquí y por allá hay una que otra anécdota personal, pero el libro es más sobre sus ideas que sobre su vida. El apartado titulado "Yo" no es, como podría suponerse, sobre sí mismo, sino sobre el yo como concepto. El único capítulo que es más narrativo que reflexivo es el último, Zurich, en que cuenta la vez que miró de lejos a Thomas Mann.
En esto creo es un libro rico en contenido y ameno en la lectura. Al mejor estilo de los filósofos griegos, Carlos Fuentes no dicta cátedra, sino que dialoga. El libro es como una conversación que acabará brindándole, a quienes lo lean, ricos y variados temas de conversación.
INSC: 1669 

sábado, 1 de noviembre de 2014

Habitante de los cinco continentes del arte.

Y aunque es de noche. Enrique Fernández
Morales. Editorial Nueva Nicaragua,
 1994. Prólogo de Julio Valle Castillo.
Nicaragua es tierra de lagos, volcanes y poetas. Numerosos y formidables poetas, empezando por el príncipe de las letras castellanas, Rubén Darío. Hay poetas nicaragüenses famosos y desconocidos. Durante todo el Siglo XX y lo que va del XXI, los poetas surgen en esta tierra por camadas numerosas. Algunos logran alcanzar fama y renombre, sus libros se publican y se traducen, sus versos se incluyen en antologías y se repiten de boca en boca. Otros quedan ocultos casi al borde del olvido. El motivo de que corran distinta suerte, como dije, es el gran número. Destacarse como poeta, en Nicaragua, es como destacarse como árbol, en el Amazonas. Cuando uno se asoma a la poesía nicaragüense, queda deslumbrado por las grandes figuras de primera fila pero, si uno mira entre ellos a los poetas de segundo plano, también llega a descubrir verdaderas maravillas.
Enrique Fernández Morales (1918-1982) es uno de esos grandes árboles que, por estar situados en medio de un bosque espeso, resulta difícil de ver a pesar de su hermosura y grandeza. Poeta, narrador, dramaturgo, crítico de arte, amigo de los contemporáneos y maestro de nuevos valores, místico, soñador y revolucionario, tuvo una formación artística e intelectual de primer orden, vivió rodeado de libros y obras de arte y supo hacer de su vida un apostolado por las causas en que creyó: la religión, la poesía, el arte y la democracia.
Entre sus poemas, hay que destacar sus retratos de personajes históricos de Granada, la ciudad hermosa, antigua y pequeña, situada entre un volcán y un lago, que fue su patria y su hogar. Sus escritos místicos, los que se refieren a los ángeles y su monólogo Judas, son de una profundidad filosófica impresionante. 
Don Enrique, además de poeta, fue un hombre de acción. Participó en un intento armado por derrocar a Somoza, en 1944, estableció una compañía teatral y trabajó arduamente en la difusión y organización de museos, bibliotecas, talleres literarios y academias de arte. Muchos de sus discípulos y compañeros de luchas, alcanzaron la fama y el prestigio que él, pese a merecerlos, no llegó a tener.
Por razones puramente circunstanciales, no llegó a formar parte ni de la Vanguardia Granadina ni de la Post Vanguardia. Cuando la poesía nicaragüense fue de gran interés internacional, ninguno de sus poemas fue incluido en antologías. Su obra literaria, en buena parte inédita y dispersa en periódicos y revistas, corría el riesgo de perderse pero, en 1977 un grupo de amigos compilaron un libro con sus poemas titulado Y aunque es de noche. Con el mismo título, en 1994, su hijo Francisco de Asís Fernández en colaboración con Julio Valle Castillo, publicaron sus poemas, cuentos, obras teatrales y críticas de arte en un solo tomo con el objetivo de "hacerle feliz y duradero el nombre".

Soneto para morir
Enrique Fernández Morales. 1918-1982.
Retrato de Róger Pérez de la Rocha.

No me apures, Señor, que ya me entrego;
espera un poco mientras me acomodo;
es en este morir tan nuevo todo,
que siento en mí un fugaz desasosiego.

No es temor de la muerte; no es apego
a este cuerpo que hiciste con el lodo,
pero quiero morirme yo a mi modo,
haciendo que me muero como en juego.

Me tenderé en silencio mientras cuentas:
uno, dos, tres, despacio, a ver, empieza
mas no apagues la luz tan de repente

que es difícil así buscar a tientas
reposar en tus brazos mi cabeza:
Ahora sí... uno, dos... qué suavemente.

INSC: 1365
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