martes, 25 de noviembre de 2014

Bitácora del iluso.

Bitácora del iluso. Osvaldo Sauma.
Perro Azul, 2000

La sabiduría está tan lejos de la candidez como de la amargura. Quien, de espaldas a la realidad, levanta castillos en el aire y cree con certeza que el universo cambiará sus reglas para que no se le derrumben, no ha descubierto aún que los sueños solamente se hacen realidad en parte y que cada fracción que queda sin cumplir provoca el profundo dolor de lo que pudo ser y no fue. Quien, en el extremo opuesto, tras haber probado repetidas veces el trago amargo de la derrota, renuncia a soñar y se limita a lamentarse de que las cosas sean como son, sin permitirse aspirar a más, ha olvidado que quien rechaza sus sueños se rechaza a sí mismo. El primero aún no se ha llevado la lección. El segundo no la aprendió. 
Los que, seguros de lograrlo, se disponen a emprender la tarea de comerse el mundo, escriben poemas dulces, cándidos e ingenuos. Quienes ya se llevaron el golpe y acabaron más bien comidos por el entorno que pretendían doblegar, escriben poemas amargos con el sabor de la derrota aún en los labios. 
No muy frecuentemente, pero cada cierto tiempo se levanta la voz de un poeta que nos habla de sus sueños e ilusiones con los pies bien puestos en la tierra, tanto como de los golpes, fracasos y derrotas que ha sufrido sin haber renunciado a su ideal. Bitácora del Iluso, de Osvaldo Sauma, es uno de esos libros de poesía que dejan huella profunda y acaban convirtiéndose en compañía inseparable y referencia constante.

Tal vez en otra vida 

soñaba con ser un guerrero
que sabiéndose muerto
perdiera el miedo y ya sin miedo
tan solo le preocupara
no engrandecerse en su grandeza.

es decir
     sobrepasar
la banalidad de los días
y alzarme como Prometeo
con el pecho ya cerrado
a los buitres de la discordia

y así extranjero
entre los dioses y los hombres
me abocara a la existencia
                             amparado
al libre albedrío de los nómadas

y heme aquí
regañado por una mujer
cumpliendo con los menesteres
                              que exigen
el diablo y su banda de muertos laboriosos
perdido dentro de mí
persiguiendo aventuras carnales
que no acaban
por derrotar al tedio y sus herrumbres

La segunda edición, del año 2005.
Tras este poema inicial, deja claro que no trae respuestas, sino solo sus manos para defenderse del infortunio, que tiene atrás el sol y el viento y no distingue al frente un horizonte. De nada vale quejarse, porque el nudo siempre es el mismo en la garganta y el mundo zozobra aunque uno no quiera.
El que escribe es un guerrero que no alcanzó la victoria, pero combatió una buena batalla en la que lo único que ganó fue sabiduría para comprender mejor su desencanto al mirar sueños rotos. Alguien que sabe por qué tropieza tantas veces en la misma piedra y que va a tientas entre lo que debe ser y lo que es. Un hombre que ya no se pregunta por qué, para qué, ni hacia donde va, que ha sabido aprender las lecciones del pasado y no quiere fantasear sobre las promesas del mañana. Es capaz de verse cómo es frente al espejo, ha dejado de estar sometido al péndulo de las emociones y sonríe, con cierta tristeza, al comprender el retozar del viento en sus canas.
Con la experiencia de haber sufrido y gozado con ellas, dedica poemas a la soledad, la poesía y la mujer, consciente de que nunca logrará comprenderlas plenamente pero que han sido, y serán siempre, parte de su vida. Tiene claro que los abrazos terminan siempre en el propio silencio de uno mismo, pero sabe que nunca se está solo, cuando se está solo.
En su viejo corazón no caben más heridas. Sospecha que ha amado más a la mujer que una mujer en particular, que quizá lo que tanto busca en ella sea una réplica de sí mismo porque ella es la distancia que debe recorrer para alcanzarse.
Este libro es, como bien indica su título, la bitácora de un iluso, pero de un iluso que completado el ciclo, que ha recorrido tantas veces el camino que separa los sueños de la realidad, que ha logrado finalmente comprender y aceptar serenamente las reglas del juego. Sueña aunque sabe que la realidad sigue su curso ajeno a sus ilusiones. Sufre, pero conoce y comprende la causa de su dolor.
Un libro como este no se escribe de la noche a la mañana, porque no es fruto solo de la sabiduría, la experiencia y la madurez, sino también del oficio. Osvaldo Sauma lo trabajó durante años. Cada vez que asistía a un recital, a una lectura, a un encuentro de poetas, Osvaldo iniciaba su participación diciendo: "Voy a leerles unos poemas del libro inédito que estoy preparando". Y hubo quienes llegaron a creer que ese libro no se publicaría nunca. De escucharlos de recital en recital, ya eran conocidos Una mujer baila, Ninguna mujer es mejor que el mar, Consejos a un joven poeta y Tríptico de la buhardilla
Bitácora del iluso apareció en el año 2000 y, además de haber sido traducido a diversas lenguas, fue editado y comentado en toda América Latina. El poeta Raúl Zurita declaró: "A través de Bitácora del iluso de Osvaldo Sauma he sentido el orgullo de pertenecer a esa generación que en medio de tantos sueños convertidos en polvo, de tantas derrotas, de tantos quiebres y rupturas, ha sido capaz no obstante de escribir poemas como estos."

Puesta en claro
Osvaldo Sauma ha publicado Las huellas del 
desencanto (1982), Retrato en familia (1985),
Asabis (1993), Madre fértil tierra nuestra (1997),
Bitácora del Iluso (2000), El libro del adiós (2006)
y La canción del oficio (2013). Ha realizado también
numerosas antologías de poetas latinoamericanos.

jamás me sedujeron
las consignas ni credo alguno
desde niño abdiqué
de todas las iglesias
                               y los curas
no pudieron cercarme en el redil
ni por las buenas ni por las malas

tampoco me sedujeron
los siete pecados capitales
y de los diez mandamientos
solo hay dos que no he cumplido

por lo demás
                   no añoro
tener lo que otros tienen
me conformo
con esta habitación en desorden
con este montón de libros
que trepan las paredes
con esta pobreza
que me enriquece
                          que me incita
a mostrarle a Dios mi último poema

Una mujer baila

una mujer baila
amparada a la noche
despliega sus brazos
como decir sus alas
desde el centro del aire
hacia las afueras del aire
en diagonal a los espacios de la luz
entre los costados de la sombra

una mujer gira
como un astro
y sobre sí misma
                          esboza
la ruta del azar y sus conjugaciones
gira
      baila
              alza un tiempo magnético
como quien alza un pájaro
desde la tierra que lo atrapa
y traza con un carbón encendido
el lenguaje bermejo de las cavernas

baila
       y con ello sacude
los miedos de la infancia
que aterrados todavía
nos llaman desde su adentro

una mujer baila
sobre el corazón de la madera
para enardecer
el latido ciego de la vida
baila sobre mis heridas
para recrudecerme 
el camino del remordimiento

una mujer baila
sola contra la adversidad
baila sobre el planeta errante
sobre un contratiempo de la memoria
y se fuga en esa fuga de la música
y vuelve sobre sí misma
para revelarnos
un deseo desterrado del Paraíso terrenal

INSC: 1150 2000

lunes, 24 de noviembre de 2014

Un par de botas nuevas.

El paso del tiempo. Danilo Jiménez
Veiga. Ministerio de Cultura,
Costa Rica, 1985.
Finalizaba el año de 1938 y aquel joven lleno de energía acaba de terminar su bachillerato y, al pensar en su futuro, consideró dos posibilidades. Una era quedarse en San José, buscar un trabajito más o menos en que la llevara suave y, sin mucho esfuerzo, se ganara un sueldito para ir pasando. La otra opción era irse a laborar en las nuevas plantaciones de la Compañía Bananera en la zona sur, matarse trabajando durante un par de años, hacerse de unos ahorros y regresar con un pequeño capital para iniciar su propio negocio. Los sueldos de la Compañía eran mucho mayores a los mejores que podría encontrar en San José. La Compañía daba casa y comida y en aquellas remotidades, en donde solamente había bananales, no había ni en qué gastar la plata. Se contaban historias de paludismo, jornadas extenuantes, serpientes venenosas y trabajo ingrato pero, después de todo, él era bachiller, iría de oficinista y no de peón y su fortaleza, energía y, especialmente, su juventud, bien le permitían soportar un par de años de sacrificios para lograr el capital necesario para empezar su propio sueño. 
No lo pensó mucho, hizo las gestiones necesarias y consiguió un puesto en Palmar Sur, donde hacía apenas dos años se habían iniciado las plantaciones y era todavía un territorio selvático que poco a poco se iba abriendo a golpe de hacha. Ni siquiera había carretera. Palmar Sur era un campamento, Ciudad Cortés se llamaba El Pozo y para llegar allá había que viajar en un avión que aterrizaba en un pastizal lleno de grandes charcos. 
Bajando apenas la escalerilla, miró que entre los paquetes y pasajeros que esperaban abordar la aeronave en su viaje de vuelta a la capital, había un ataúd y un hombre con las manos a la espalda custodiado por dos policías. Luego averiguó que el día anterior había habido una bronca de borrachos en la cantina.
La distancia entre Ciudad Cortés y Palmar Sur era corta pero el viaje en tren fue largo ya que hubo que hacer muchas paradas. Al llegar, aquel muchacho, con las alforjas a hombro, caminó dando pasos largos, haciendo sonar con fanfarronería sus botas nuevas contra los carcomidos tablones del piso. Tenía solamente dieciocho años. Toda su corta vida había transcurrido en San José y Cartago, en la casa de la familia o en el internado del Seminario con la estricta disciplina de los padres paulinos alemanes. Ahora tenía otro panorama al frente: hombres sucios y con el torso desnudo, calor asfixiante, cientos de sapos croando en los charcos y un olor acre, mezcla de barro podrido y orines y excremento, tanto de caballos como de humanos. Los barracones mal pintados, tanto en los que trabajaba como en los que dormía, no tenían ninguna comodidad. Aquel muchacho tenía sus ilusiones y devolverse a San José sería aceptar una derrota. La primera de su vida de adulto. No tardó en acostumbrarse a los malos olores, a los piquetes de insectos,
la mala comida, el mal dormir y la lluvia eterna. Las botas nuevas estaban permanentemente llenas de barro. Cada mañana, sin bañarse, volvía a ponerse la camisa manchada de sudor que había usado la víspera. Le molestaba que las casas en que vivían los gringos, que hacían lo mismo que ellos, pero en inglés, y ganaban lo mismo que ellos, pero en dólares, fueran más espaciosas, con menos habitantes por cuarto y tuvieran refrigeradora y cedazo en las ventanas.
El único entretenimiento era emborracharse los fines de semana. Con aire desafiante, los sábados entraba a la cantina junto con sus nuevos amigos, cada uno de distinta edad y procedencia. Un litro de guaro y una lata de leche condensada les servía para preparar una bebida tan fuerte como dulce que en pocos minutos los embriagaba. Empezaban a hablar con voz cada vez más fuerte, soltaban palabrotas y, cuando ya estaban animados, se daban de puñetazos con quien estuviera disponible, a veces entre ellos mismos, ya que la borrachera y el ruido de la lluvia sobre el techo de zinc exigía que el cuerpo liberara energía. Una vez terminada la pelea, era común ver a los contrincantes, con cejas, labios y puños sangrantes, conversar ya serenos, luego de haberse propinado mutuamente una golpiza.
En busca de mejores condiciones de trabajo, aquel muchacho, junto con sus nuevos amigos, participó en la organización de una huelga. Cuando fueron a negociar, Mr. Thorpe, el mandamás a cargo, los insultó y los despidió. Uno de los líderes huelguistas, al ver que el gringo no negociaba nada y los había dejado sin trabajo, le soltó un puñetazo que lo hizo caer de espaldas, al mismo tiempo que la camisa del contador, que estaba a su lado, se salpicaba de sangre. La oficina se convirtió en campo de batalla.
Un año y medio estuvo en la zona. Sus ilusiones se habían desvanecido. No ahorró ni un centavo. Para poder reunir el dinero que necesitaba para volver a casa, tuvo que buscar trabajo como peón con un nombre falso. Lo contrataron para aplicar en los bananales el caldo bordelés, pesticida para combatir la sigatoka, que tiñó de verde su ropa, su sombrero y su piel. También tuvo que cavar pozos a pico y pala. Regresó a San José enfermo y con nada más que su ropa en las alforjas. A la vuelta, sus botas ya viejas ni siquiera sonaban cuando caminaba sobre los tablones del piso de la estación. La sacudida del tren, cuando empezó a andar, lo sacó de sus pensamientos. Había perdido su primera batalla en la vida, pero aquel muchacho, que aún no había cumplido los veinte años, regresaba a su casa convertido en un hombre.
Esta es, en forma resumida, la trama del primer relato de El paso del tiempo, de Danilo Jiménez Veiga, publicado por el Ministerio de Cultura en 1985. El libro consta de veinte relatos, todos en mayor o medida autobiográficos en que don Danilo evoca sus años de juventud convirtiendo sus recuerdos en cuentos trágicos o jocosos. La suya fue una juventud con tranvía, matiné en los cines capitalinos y meriendas en el Trianón. Hay narraciones verdaderamente divertidas, pero la que más me llamó la atención fue la primera sobre su breve experiencia de trabajador en la compañía bananera. Para los miembros de mi generación, que recordamos a don Danilo como Ministro de la Presidencia y Embajador en Washington, la imagen que tenemos de él es vestido de traje y corbata y peinado con su cabello canoso hacia atrás. Cuesta imaginarlo joven paleando en las fincas de la Compañía. Cuando don Danilo fue Ministro de Trabajo, le tocó hacer de negociador en distintas huelgas de trabajadores bananeros, en las que siempre apoyó las demandas de los sindicatos. Ahora sabemos por qué.

INSC: 2091

Memorias propias y ajenas.

Memorias propias y ajenas. Alberto
Mata Oreamuno. COVAO,
Costa Rica, 1984.
El padre Alberto Mata Oreamuno era un cura de los de antes. Vestía su sotana negra todo el día y en todas partes, usaba sombrero y recitaba las oraciones secretas de la misa en latín. Era muy serio y tenía fama de ser un tanto regañón y malhumorado, pero en realidad, quienes lo trataban descubrían que tenía un fino sentido del humor. Le gustaba la música clásica, la historia de Costa Rica, la poesía y era también aficionado a escribir. Publicó numerosos artículos, biografías y catecismos.
Cuando cumplió ochenta años, en 1984, publicó un simpático y entretenido libro titulado Memorias propias y ajenas, ya que al hacer un repaso por su vida, quiso compartir tanto recuerdos suyos como de otros. 
Empieza contando que cuando estaba en tercer grado de primaria, en 1913, recibió su primera carta. Se la enviaba su padrino de confirma, el Dr. Valeriano Fernández Ferraz, y era la respuesta a una carta que el niño Alberto le había escrito para saludarlo. El Dr. Ferraz le decía en la carta: "Su letra es mala, pero se acordará de mí, cuando maduren las uvas que usted para las letras será bueno."
Aquel sabio español resultó profeta, porque los libros del padre Mata son amenísimos y quien se encuentra con uno en las manos acaba casi siempre leyéndolo de un tirón. 
El primer gran acontecimiento de su vida fue el terremoto que destruyó la ciudad de Cartago en 1910. Aunque era pequeño, guarda recuerdos de cómo era la ciudad antes de la tragedia y cuenta que cuando empezó el enjambre de temblores, los habitantes de la ciudad tomaron la precaución de dormir en improvisados ranchos y tiendas de campaña en un lote vacío situado donde actualmente se encuentra el edificio del Poder Judicial. Para un niño, la experiencia de ir cada noche de campamento era divertida, pero el terremoto ocurrió cuando la familia estaba en la casa que, solamente gracias a que la evacuaron rápidamente, no les cayó encima. 
Brinda un retrato cariñoso de sus padres, el poeta Félix Mata Valle, autor del libro de versos Brisas del Irazú, quien fue diputado en repetidas ocasiones y doña María Josefa Oreamuno Ortiz, de quien fue el último de nueve hijos y, al momento de escribir el libro, el único que sobrevivía. Hace un recuento genealógico para mostrar la lista de parientes suyos que fueron sacerdotes, entre los que se cuenta Anselmo Llorente y La Fuente, el primer obispo de Costa Rica. Cuenta que a los quince años, de poca gana y obligado, se convirtió en monaguillo del fraile capuchino Fray Remigio de Papiol y al ver de cerca el fervor con que celebraba la Santa Misa, se le despertó el deseo de convertirse en sacerdote. Fray Remigio era español, había vivido en México, Nicaragua y Costa Rica, estuvo un tiempo en la Cartuja de Miraflores en Burgos y murió asesinado durante la Guerra Civil española. 
El padre Mata estudió primero en el San Luis Gonzaga y posteriormente en el Colegio Seminario, regentado por padres paulinos alemanes, donde fue compañero de don Pepe Figueres, de Francisco Orlich y de Paco Calderón Guardia. Además de divertidas anécdotas de su época de estudiante, en el libro se refiere a su amistad con Monseñor Sanabria, quien fue el monaguillo de su primera misa, así como a sus experiencias jocosas en distintas parroquias.
Monumento al Padre Mata, en los jardines
de la parroquia de Guadalupe de Goicoechea.
La guerra civil de 1948 ocurrió mientras el padre Mata era párroco en Heredia y tenía como coadjutor al padre Armando Alfaro Paniagua. Todo el mundo sabía que el padre Mata era calderonista y el padre Alfaro figuerista, así que la casa cural fue objeto, en repetidas ocasiones, de registros minuciosos por parte de las fuerzas de ambos bandos por la sospecha de que allí se ocultaran hombres o armas del bando opuesto. 
Se refiere ampliamente, por supuesto, a los más de veinte años en que fungió como párroco de Guadalupe de Goicoechea. Cuando estaba construyendo el nuevo templo de esta comunidad, el padre Mata, vestido con su infaltable sotana negra, entraba a las cantinas a vender números de rifas para financiar las obras. Los parroquianos, además de comprar números, convidaban al padre a tomar un trago, pero él declinaba la invitación alegando que si tomara un trago en cada cantina, regresaría a la casa cural gateando.
El libro tiene varios anexos, entre los que están el poema que don Félix Mata Valle, padre del autor, escribió en homenaje al Obispo Bernardo Augusto Thiel y fue recitado por el propio autor el día del funeral del prelado. También se incluyen poemas escritos por el propio padre Mata.
Tenía razón el Dr. Ferraz: cuando maduraron las uvas, Alberto Mata Oreamuno fue bueno para las letras. 

INSC: 0183


sábado, 22 de noviembre de 2014

Explicación no es justificación.

Maternidad, feminidad y muerte. Carmen
Caamaño Morúa y Ana Constanza Rangel.
Universidad de Costa Rica, 2002.
La noticia, impactante, dolorosa y horrible de que un niño ha sido asesinado por su propia madre, lamentablemente aparece con cierta frecuencia en los periódicos pero, además de informarnos del hecho, la prensa nunca presta atención al antes y después del terrible suceso.
Ningún acto de violencia es aislado. La violencia es más bien una cadena compleja cuyos orígenes, tanto como sus consecuencias, son difíciles de sintetizar y de comprender. Las páginas de sucesos nos informan solamente del punto detonante, pero nunca se asoman a la complejidad del proceso que sufrieron tanto la víctima como quien cometió el crimen.
La reflexión sobre este tema es no solo necesaria sino urgente. El libro Maternidad, feminidad y muerte de Carmen Caamaño Morúa y Ana Constanza Rangel, publicado por el Instituto de Investigaciones de la Universidad de Costa Rica, me dio mucho que pensar.
Se trata de una investigación sobre el infanticidio, entendiéndolo como la muerte de un menor de cero a doce años ocasionada por su madre.
Con gran seriedad y rigor científico, el libro presenta, de forma bastante clara, sintética y oportunamente segmentada, casos concretos de mujeres que han asesinado a sus hijos. Se refiere en forma separada a los casos en que el asesinato ha ocurrido días o años después del parto y cuando ha sido ocasionado por agresión o por falta de cuidado. En apartados posteriores se ocupa de la forma en que la prensa cubre este tipo de hechos, en los procesos judiciales subsiguientes y en la experiencia de la sanción, ya sea en la cárcel o en el Hospital Psiquiátrico. El libro incluye además un ensayo sobre el instinto maternal así como sobre la situación de la mujer en la familia y la mujer víctima de violencia.
Esta investigación, indudablemente valiosa e interesante, cierra con unas conclusiones y recomendaciones controversiales ya que, extrañamente, aunque el tema central sea el infanticidio, no menciona ni en una sola oportunidad el derecho a la vida de los niños y, en las recomendaciones, en vez de abogar por medidas preventivas que protejan a los menores en riesgo, cierra con un llamado a "ponernos en el lugar de a quienes va dirigido el control social establecido".
El estudio es una muestra palpable de cómo la profundidad no está reñida con la brevedad. En apenas 119 páginas las autoras logran exponer entrevistas, tablas de gráficos y consideraciones teóricas sobre la construcción social del concepto de maternidad.
En los primeros apartados, dedicados al propio hecho del infanticidio, aparecen datos reveladores, como por ejemplo que la gran mayoría de mujeres que lo cometieron inmediatamente después del parto eran solteras y menores de edad. A través de fragmentos de entrevistas sobresale el hecho de que el embarazo fue ocultado y que, incluso después del parto y el asesinato del recién nacido, las madres prefieren no mencionar el tema. Por lo general se trata de mujeres agredidas y constantemente en riesgo, que ven en su hijo una amenaza para su integridad ya de por sí bastante vulnerable y vulnerada. El asesinato del recién nacido, entonces, es un acto de desesperación que no podría calificarse como voluntario sino más bien provocado por las circunstancias.
Más adelante se refiere a aquellas madres que han asesinado a sus hijos ya mayores, por agresión, por descuido o, de nuevo, como un acto desesperado ante una realidad hostil a la que no le veían salida.
Seguidamente, el libro se ocupa del proceso de penalización y en este apartado vienen reveladoras evidencias de cómo las leyes y la prensa estimulan la insensibilidad de la opinión pública ante un acontecimiento que está muy lejos de la simpleza con que es presentado.
Particularmente valiosas son las consideraciones sobre la cobertura periodística de infanticidios, que por lo general tiende a reducir la complejidad del hecho. Los periodistas recurren a la medicatura forense del O.I.J. en busca de información, de manera que lo que aparece en los periódicos son detalladas descripciones de heridas y causa de muerte, sin informar adecuadamente sobre el antes y el después de lo ocurrido. Otro dato revelador es que en este tipo de tipo de noticias, que deberían ser solo informativas, se incluyen juicios de valor que de alguna manera afectan su percepción.
Revelador también es el hecho de que nuestra legislación, en el artículo 113 del Código Penal, toma en cuenta la "buena fama" de la imputada para calificar su delito, de manera que una mujer que mate a su primer hijo para ocultar su deshonra, recibirá una sanción menor a otra que ya tenga hijos en el momento de cometer infanticidio. Los párrafos citados de sentencias presentan también juicios de valor que, en más de una ocasión, son profundamente subjetivos.
Para las madres infanticidas sometidas a proceso judicial solamente hay dos caminos: la cárcel o el Hospital Psiquiátrico. Las entrevistas realizadas tanto a reclusas como al personal de los centros hospitalarios o penitenciarios demuestran que en ninguno de los casos se lleva a cabo un proceso de recuperación emocional que le permita a la afectada dejar atrás el episodio para poder seguir adelante con su vida.
Los ensayos sobre Maternidad, feminidad y poder y sobre Mujer, familia y violencia, brindan la explicación teórica y sociológica a los datos expuestos con anterioridad.
Sin lugar a dudas, este libro sensibiliza sobre el drama de las mujeres que cometen un terrible acto de violencia, precisamente porque solo violencia experimentan tanto antes como después de su delito.
Hablar de culpabilidad, tras la lectura de este libro, es ingenuo, ya que en estos casos como en muchos otros, la culpabilidad en buena medida es colectiva.
Las conclusiones indican que el infanticidio es parte de una continua cadena de control social con diversos matices que incluyen, entre sus extremos más violentos, desigualdades de clase y de género. Más adelante, se afirma que la sociedad "asesina" a estas mujeres, sometiéndolas a un proceso en que se les roba la palabra, la historia y se les da un "constructo" estereotipado a cambio. Este proceso por el que atraviesan cumple el papel "resocializador" de legitimación del ser en cuanto madre, excluyéndola de su posibilidad de "construirse".
Respeto, aprecio y considero muy valioso este libro. Sin embargo, no comparto sus conclusiones. El problema es más bien que un fenómeno social envolvente no le permita a ciertas mujeres "construirse" y, a la vez, ser madres si desean serlo. Por otra parte, las circunstancias sociales no eximen de la responsabilidad individual por los propios actos.
El libro es una maravillosa explicación del fenómeno del infanticidio. Pero explicación no es justificación y ciertamente sorprende que no se haga referencia a la vida del niño, la víctima más indefensa, que en este tema debería ser primordial.

INSC: 1456

Costa Rica en los años 50.

Solamente una vez. Eduardo Oconitrillo
García. Editorial Costa Rica, 2003.
Este es un libro interesante pero extraño. De primera entrada parece un libro de memorias, luego una crónica de acontecimientos y, finalmente, una lista de hechos. No queda clar qué era exactamente lo que pretendía lograr Eduardo Oconitrillo García al componer este libro ni tampoco a qué clase de público era su intención dirigirse.
Nacido en San José, en 1934, además de su profesión de economista, Oconitrillo ha llegado a convertirse en un respetable investigador histórico gracias a numerosos trabajos de investigación, dentro de los que destacan su libro sobre los hermanos Tinoco y las biografías que escribió de Alfredo González Flores, Rogelio Fernández Güell, Julio Acosta y Ricardo Moreno Cañas.
Con menor notoriedad e impacto, el autor ha incursionado también en la narrativa y tiene dos novelas publicadas: Un tango llamado nostalgia (1990) y Un dictador en el exilio (2001).
Como historiador, Oconitrillo es cuidadoso con los datos y ciertamente ameno en la exposición, aunque a veces suele adoptar una actitud emocional ante los hechos y ese desliz lo ha llevado, en más de una ocasión, a adoptar una actitud acrítica. Su biografía de Julio Acosta, por ejemplo, desde el mismo título El hombre de la providencia, despierta la sospecha de que se trata de un acto de veneración más que de un estudio objetivo. Tras la lectura del libro, de hecho, la sospecha se confirma.
Su libro Solamente una vez es, como ya se dijo, interesante pero algo extraño. Es presentado como "crónicas" y viene dividido a capítulo por año. El primero dedicado a 1952 y el último a 1963.
El libro empieza en el momento en que el autor se gradúa de bachiller en el Liceo de Costa Rica y termina cuando inicia los preparativos para su boda. De primera entrada, repito, parece un libro de memorias, pero tal parece que el autor, ya sea por timidez o discreción, se niega a convertirse a sí mismo en personaje y a utilizar su propia vida como trama. El dilema, planteado en la introducción misma, lleva a un resultado indefinible.
Si alguien cree que sus memorias merecen ser conocidas, pues que las escriba y las publique. Si, por el contrario, considera impropio hablar de sí mismo, pues que guarde silencio. Pero la decisión hay que tomarla, cosa que no sucedió en este caso.
Aunque arranca con sus recuerdos personales del fin de la secundaria, pronto el narrador se invisibiliza y cede el paso al recuento de lo que ocurría en la época, tanto a nivel nacional como universal. De hecho, salvo unas cuantas anécdotas más que esporádicas, las únicas menciones que hace Oconitrillo sobre su vida se refieren a su experiencia estudiantil y laboral.
Una vez descartada la posibilidad de que se trate de un libro de memorias, da la impresión de que la obra lo que busca es retratar una época, posibilidad que pronto también llega a descartarse.
Solamente se debe pretender ser exhaustivo cuando se dispone del espacio para lograrlo. Oconitrillo, al hacer el recuento de lo que ocurre año con año, trata de ser minucioso y, al mismo tiempo, de abarcarlo todo, desde las luchas electorales hasta la canción de moda, desde los hechos locales mínimos hasta los grandes sucesos internacionales.
Esa pretensión de no dejar nada por fuera, lo que logra es una inmensa dispersión, al punto de que son muchas las páginas en que se habla de un tema distinto en cada párrafo. Más que una crónica, el libro va convirtiéndose en una lista. Son realmente pocos los asuntos referidos que van más allá de una simple mención. El más amplio es la célebre estafa con exportaciones de café de Emil Savundra, a la que dedica varias páginas. Los encuentros de fútbol y los estrenos de cine son los dos temas recurrentes año con año.
Surge entonces la duda de a quién pretendía dirigirse Oconitrillo con esta obra. Aunque el libro está dedicado a sus nietos, lo cierto del caso es que hablarle a las nuevas generaciones de futbolistas, políticos o estrellas de cine que no conocieron, sin brindarles mayores referencias, es como hablarles en otra lengua. El vistazo rápido que se ofrece de la época, más que a los nietos, podría ser de interés para quienes sean capaces de recordar los hechos y, por ello, no necesiten que los personajes o las circunstancias les sean presentados.
Imaginémonos a alguien de la edad de los nietos del autor leyendo que en las elecciones de 1962 el partido Liberación Nacional obtuvo 192.850 votos, el Republicano Nacional 135.533 y el Acción Democrática Popular 3.339, para, en el párrafo siguiente, enterarse que, en enero de 1962, se estrenó Juicio de Nurenberg con las actuaciones de Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland y Montgomery Clift y encontrarse, en el párrafo siguiente, que Alvarito Murillo volvió a vestir la camiseta del Orión, en un partido en el que alternó con el delantero Guido Peña.
Otra observación que debe hacerse es que pese a su concentración en los datos, en el libro aparece un buen número de inexactitudes, algunas verdaderamente notorias y una que otra realmente simpática. 
Como botón de muestra valdría llamar la atención sobre el siguiente párrafo de la página 142: "Los gobernantes comunistas de la Alemania Occidental, desesperados por la huida de refugiados al lado este, comenzaron a construir un muro en Berlín, que dividiría a las dos Alemanias."
En cuanto a la primera parte, está al revés: la Alemania comunista era la oriental y los refugiados huían al oeste. En cuanto a la segunda parte, el muro no dividió las dos Alemanias, sino solamente a la ciudad de Berlín que, aunque quedaba en el este, tenía un sector de administración occidental.
Solamente una vez, pese a lo rápido del recuento, no deja de ser una lectura interesante y un ejercicio de nostalgia que podrán disfrutar quienes estén al tanto de los hechos y sean capaces de descubrir los gazapos.
INSC: 1765 
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