jueves, 11 de junio de 2020

Henri Pitter. Científico suizo que trabajó en Costa Rica.

Henri Pittier.
Adina Conejo.
Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.
San José, Costa Rica. 1975
El científico Henri Pittier realizó valiosas investigaciones sobre la flora, la fauna y los pueblos autóctonos en Costa Rica, México, los Estados Unidos, Panamá, Guatemala, Colombia, Ecuador y Venezuela. Nació el 13 de agosto de 1857 en Suiza, en el cantón de Vaut, y desde niño se mostró tan obsesionado por la naturaleza que dejó de ir a la escuela para poder dedicar todo su tiempo a enriquecer sus colecciones de piedras, hojas, raíces, insectos y partes de cuerpo de animales. Sus padres y maestros debieron convencerlo de que, si en verdad le interesaba tanto la ciencia, en vez de abandonar los estudios, más bien debería procurar profundizarlos. Un poco a regañadientes y sin dejar de lado sus excursiones por la montaña y su cada vez mayor colección de muestras animales, vegetales y minerales, terminó con éxito la primaria y la secundaria. 
Curiosamente, al entrar a la universidad, no optó por estudiar biología, botánica, entomología, zoología, ni agronomía, sino que se graduó como Ingeniero Civil en la Universidad de Jena, en Alemania. Años después, de regreso en Suiza, obtuvo el Doctorado en Filosofía en la Universidad de Laussana. De alguna forma, el niño rebelde se salió con la suya, ya que, aunque obtuvo títulos universitarios, las áreas de conocimiento a las que se dedicó y en las que se destacó, las estudió por si mismo de manera autodidacta, tanto en libros como en investigaciones de campo. 
En Suiza, investigó el cerebro y lo hábitos de los cuervos y dirigió un centro meteorológico. Realizó también viajes de investigación a Africa y Asia Menor.
Su traslado a Costa Rica fue fruto de una coincidencia bastante trágica. El famoso Marqués de Peralta, don Manuel María Peralta Alfaro, Embajador de Costa Rica en Europa, recibió el encargo de contratar un profesor de ciencias para que viniera al país a impartir clases en el Liceo de Costa Rica y el Colegio Superior de Señoritas. El elegido fue un señor de apellido Wettstein, quien aceptó el cargo y firmó el contrato, pero semanas antes de la fecha fijada para el viaje, salió a dar un paseo por el bosque y no apareció nunca más. Cuando se le dio definitivamente por perdido, Henri Pittier, entonces un joven de apenas treinta años,  se dirigió al Marqués y le manifestó su interés en el puesto. Naturalmente, a Pittier lo que lo ilusionaba no era dar clases de secundaria, sino tener la oportunidad de explorar la selvas del trópico, que conocía solamente por los libros. El Marqués tuvo sus dudas. Le habían pedido un profesor de ciencias y Pittier era un ingeniero civil con Doctorado en Filosofía. Cuando un candidato no está calificado para un puesto, simplemente se le dice que no y se acabó, pero cuando más bien está sobrecalificado, si insiste, lo obtiene. Pittier insistió y el Marqués, muy satisfecho, lo envió a Costa Rica. El científico suizo desembarcó en Limón, con su esposa e hijos, el 27 de noviembre de 1887.
Como es fácil de suponer, Pittier apenas impartió clases solamente unas cuantas semanas. Con toda la naturaleza que lo rodeaba, era imposible mantenerlo encerrado en un aula. Las aulas, en todo caso, desde niño no le gustaban. 
Recién llegado, por cierto, casi corre que la misma suerte que el profesor Wettstein, el que se perdió en los Alpes. Recorriendo Costa Rica con un pequeño grupo de siete hombres, por la bruma, se perdieron durante todo un mes en el Cerro de la Muerte, que entonces se llamaba Cerro Buenavista. Ya los daban por muertos cuando aparecieron. En otra ocasión, se encontró en el monte unas hojas que pensó que eran familia de una variedad europea muy similar, se las comió y acabó intoxicado. Estos gajes del oficio no lo desanimaron y Pittier recorrió todo el país. Y al decir todo el país, es literalmente todo el territorio nacional, ya que no solo anduvo por las cordilleras de cerros y volcanes, Talamanca, Térraba, las llanuras de San Carlos, la pampa Guanacasteca y las penínsulas de Nicoya y de Osa, sino que fue también hasta la isla del Coco. En sus giras, fiel a su costumbre de toda la vida, recolectaba hojas, cortezas, muestras de suelos, rocas, insectos y animales disecados. Estas colecciones las almacenaba, cuidadosamente clasificadas, en el Museo Nacional, fundado por iniciativa suya en 1888. Cuando Pittier salió de Costa Rica, dejó dieciocho mil colecciones de plantas en las que se registraban unas cinco mil especies. Lamentablemente, todas esas muestras, por no haber sido conservadas adecuadamente, se las comió el comején. Lo más triste y vergonzoso, es que un herbario de proporciones mayores, que Pittier realizó en Venezuela, aún se conserva.
Pittier fue también el fundador del Instituto Meteorológico Nacional y del Instituto Físico Geográfico.
En 1901, Pittier dejó de trabajar para el gobierno de Costa Rica y, sin su consentimiento y sin que el gobierno se molestara en informárselo, fue cedido a la United Fruit Company. Con la compañía bananera realizó estudios fitológicos y de suelos hasta 1904, año en que se traslada a los Estados Unidos para trabajar como funcionario federal en el Departamento de Agricultura en Washington. Naturalmente, no estuvo sentado en un escritorio, sino que fue enviado a largas misiones en México, Guatemala, Panamá, Colombia y Ecuador. En Guatemala, realizó importantes descubrimientos que sirvieron para combatir las plagas que afectaban el cultivo de algodón. En Panamá, investigó y catalogó los árboles maderables. Como además de la naturelaza le interesaban los pueblos y su cultura, aquel suizo que cuando llegó a Limón no hablaba una sola palabra de español, llegó a dominar las lenguas indígenas centroamericanas. Le llamó la atención que su conocimiento de lenguas indígenas le permitía comunicarse más o menos fluidamente con los aborígenes de México a Costa Rica. Con los de Panamá, ya el asunto se complicaba, porque había diferencias notables, y cuando habló con indígenas del Valle del Cauca, en Colombia, se percató que su lengua era totalmente otra, sin relación alguna con las que ya conocía. En Ecuador, ni siquiera intentó buscar coincidencias, porque sabía que, si quería hablar con los indígenas en su lengua, tenía que empezar de cero.
En 1913 visita por primera vez Venezuela, país en el que radicaría permanentemente desde 1919 hasta su muerte en 1950. Aunque se instaló en Venezuela cuando ya tenía sesenta y dos años edad, su labor en ese país fue asombrosa como botánico y fitogeógrafo. En Venezuela, una reserva natural lleva su nombre, sus obras completas fueron publicadas y sus colecciones son conservadas como un tesoro.
Henri Pittier.
Nació en Vaud, Suiza, el 13 de agosto de 1857.
Murió en Venezuela el 27 de enero de 1950.
Vivió en Costa Rica de 1887 a 1904.
Es triste decirlo, pero en Costa Rica el trabajo de Pittier no fue apreciado. El asunto va más de que el comején se comiera su herbario. Pocos costarricenses le han prestado atención a su figura. Hay algunos artículos de José Antonio Echeverría, Federico Gutiérrez Braun, Octavio Castro Saborío y Luis Felipe González Flores sobre Pittier, pero no se ha publicado una buena biografía suya y su nombre no ha sido tan destacado como en Venezuela, donde reconocidos escritores, entre los que se puede nombrar hasta a Arturo Uslar Pietri, se han ocupado de él.
Por algunas cartas que se conservan de Pittier, ha quedado constancia de que, mientras estuvo en Costa Rica, sufrió en carne propia la serruchada de piso. Sobre el asunto, vale la pena prestarle atención a un dato anecdótico. Las exploraciones científicas las realizaba Pittier con dos compatriotas suyos, Paul Biolley y Adolphe Tonduz. Los suizos tenían como asistente a don Anastasio Alfaro quien, a la larga (y sin que él tuviera nada que ver en ello), acabó llevándose las flores. Son numerosos los artículos y hasta libros que indican que don Anastasio fue quien fundó el Museo Nacional, el Instituto Meteorógico y el Instituto Geográfico, que fueron fundados por Pittier. Las investigaciones se le atribuyen al tico mientras que el suizo que se fue y nunca más volvió cayó en el olvido.
Los esfuerzos que hubo por ensalzar su memoria fracasaron. En 1949, la Universidad de Costa Rica tuvo la intención de publicar las obras completas de Pittier, pero nunca lo hizo. El Ministerio de Educación iba a ponerle su nombre a una escuela, pero cambió de parecer al último momento ya que los vecinos del lugar preferían que la escuela llevara el nombre de un líder comunal y no de un suizo que ni sabían quién era. Don Manuel Bonilla, admirador de Pittier, donó un terreno para que se hiciera un parque y se le levantara un monumento, pero al final el terreno se utilizó para otros fines. Hasta donde sé, el ensayo Plantas usuales de Costa Rica, publicado en Washington en 1908, no ha tenido una edición costarricense.
Henri Pittier. Naturalista, botánico y etnógrafo.
Dentro de lo poco que se ha publicado sobre Pittier en Costa Rica, hay un libro de Adina Conejo, publicado por el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes en 1975, que además de una breve biografía, incluye una pequeña antología de cartas y varios artículos suyos. Me hizo mucha gracia que, precisamente cuando estaba leyendo su artículo sobre las frutas de Costa Rica, fui al supermercado y me encontré que estaba en oferta una "ensalada exótica" de palmito y pejibaye. Aquello debió haberse llamado más bien "ensalada autóctona",. porque,. como bien dice Pittier,. la mayoría de las frutas que se consumen en Costa Rica son exóticas. El mango, el banano, la piña, la sandía, el durazno, el higo, las dos clases de mamones, el limón, la naranja, la mandarina y la toronja, entre otras, son exóticas, es decir, fueron traídas de otro lado. Mientras que el palmito, el pejibaye, el marañón, el zapote y el caimito, por citar algunos, no tienen nada de exótico, son más bien autóctonos porque siempre han estado aquí.
Son verdaderamente fascinantes su descripción del río Térraba, la explicación que da sobre el origen de la Laguna de Fraijanes y las observaciones que hace sobre la conducta de los monos cara blanca. Hasta al escribir textos científicos Pittier logra ser ameno y entretenido. Pero los artículos que más disfruté fueron los etnográficos, los que tienen que ver con la gente y sus costumbres. Particularmente interesante es lo que cuenta de los ritos funerarios de los bribris. Al muerto le hacían dos entierros. Primero lo enterraban durante unos meses en un terreno húmedo, cerca de la casa, para que el cuerpo se pudriera rápido. Luego sacaban los huesos, los hacían un paquete compacto y le hacían un segundo entierro, ya definitivo, en la montaña, lejos del poblado. Cuando estuvo de visita en Nicoya, en 1904, entrevistó a José Silverio Gómez, un hombre sano, fuerte y lúcido, que había nacido en 1801 y tenía, por tanto, ciento tres años de edad. Recordaba claramente la independencia y la anexión. En el pueblo había viejitas que no sabían que edad tenían, pero se acordaban de él cuando era niño. Pittier no se atreve a plantear una hipótesis sobre la causa del fenómeno, pero  en Nicoya se encontró con hombres y mujeres de ochenta, noventa, cien años y aún más, montando a caballo, trepando a los árboles y picando leña con hacha. Para quien no conozca la zona tal vez resulte difícil de creer, pero la longevidad en Nicoya aún se mantiene sin que nadie sepa por qué.
INSC: 1902

sábado, 23 de mayo de 2020

Todas las que eres. Poesía de Joan Bernal.

Todas las que eres. Joan Bernal.
Editorial Arboleda. Costa Rica. 2019.
Cuando a un hombre le preguntan si ha habido muchas mujeres en su vida, generalmente se asume que el recuento se limita a las protagonistas de historias románticas o eróticas. Sin embargo, además de las amadas y las amantes, que no suelen ser, por cierto, las más importantes ni memorables, en la vida de todo hombre hay muchas otras mujeres: la madre, la abuela, las tías, la maestra, las compañeritas de escuela y las vecinas del barrio. Están también las que provocaron, sin enterarse nunca de ello, las primeras fascinaciones, los primeros enamoramientos. Y la lista continúa con mujeres que fueron un alivio y mujeres que fueron un tropiezo. La que nos hizo perder la cabeza, la que nos volvió locos en todo el sentido de la palabra, la que nos despertó sentimientos de admiración, ternura, sensibilidad o pasión que ni siquiera sabíamos que cargábamos dentro. Aquella a la que queríamos aproximarnos y aquella otra de la que procurábamos alejarnos. La inalcanzable y la alcanzada. La que nos abandonó y la que abandonamos. La que era como una sombra que nunca llegamos a conocer. La que nunca ni siquiera supo de nuestra existencia ni, mucho menos, de la altura del pedestal al que la habíamos elevado. Y también, por supuesto, la cercana, la confidente y queridísima, con la que no hubo fascinación, atracción ni deseo, pero que llegó a ser una verdadera amiga.
La mujer no es una idea abstracta, sino una realidad concreta o, más bien, muchas realidades individuales. Los prejuicios son fruto de las generalizaciones. Cuando se concentra la atención en un ser individual se descubre que es único, por lo que colgarle una etiqueta resultaría, además de injusto, inexacto. 
El libro Todas las que eres, de Joan Bernal, publicado por la Editorial Arboleda en 2019, reúne textos, la gran mayoría breves, dedicados a mujeres concretas. A lo largo de su vida, Joan se ha encontrado en su camino a muchas mujeres cuya presencia o ausencia, lo ha impactado al punto de hacerlo escribir poemas. No se trata de uno de esos libros que tanto abundan, en que el escritor asume el papel de versificador inspirado o de macho alfa y se refiere a "la mujer" que, como la Dulcinea de don Quijote, es una criatura inventada que solamente existe en su imaginación. Todo lo contrario. Más que escribir este libro, podría decirse que Joan lo recopiló, ya que la mayor parte de los poemas incluidos ya habían sido publicados en otros libros suyos. Visto así, podría decirse que este es su primera obra temática. 
Por las páginas del libro desfila una variada secuencia de mujeres que van desde la madre agonizante que no acaba de tomar la decisión de partir, hasta la actriz de películas para adultos, ya muerta, cuya carne se pudre en la tierra porque la enfermedad no respeta ni la belleza más espectacular.  Allí esta Gina, cuyos ojos le pide a Dios poder ver al menos una vez más, la escritora Ana Istarú y su impresionante presencia, una muchacha de Texas y otra de Iowa, la misma Laura con la que compartía el cansancio de sentirse más perfectos que los otros y la tipa, "sucia y fétida, que se cree más que yo, y lo es". Allí está la que es capaz de iluminar lo más oscuro y la que acaba oscureciendo hasta lo más claro. Está hasta la vecina de enfrente, casada y con hijos, que siempre se mostró curiosa pero nunca se atrevió a quitarse la curiosidad y no era más que una sombra que se movía tras la cortina cada vez que el solterón del otro lado de la calle, mirándola de reojo, se demoraba arreglando el jardín.
Con unas la cercanía fue breve pero, aunque desaparecieron tan abruptamente como aparecieron, dejaron huella y hasta cicatriz. La compañía de otras llegó a ser prolongada y, de alguna manera, hasta permanente. Con algunas de ellas alcanzó una unión plena, pero otras ni se dejaron conocer o ni daban ganas de conocerlas. Algunas (el poeta lo dice con franqueza) no eran más que un cuerpo. 

"Tu alma no importa aquí. 
Tu alma es un avalorio. 
Un cuerpo. Fuiste un cuerpo.
Juzgada por la carne
merecés la gloria."

Hay remembranzas de relaciones dispares en que cada miembro de la pareja pretendía obtener del otro algo distinto de lo que el otro podía darle. "Amor no hubo, y sin embargo lo nombro."
A alguna se atreve a decirle "Quédate. Acompáñame los días que yo viva", pero, realista y resignado declara: "Yo sigo agradecido con todas las mujeres que no quieren perder su tiempo conmigo."
Joan Bernal hace tiempo dejó de ser lo que se suele llamar "un poeta joven". Sus libros demuestran que su poesía no promete, sino que cumple. Las vanguardias infantiles, los malabares y florituras, las audacias para la gradería o las provocaciones gratuitas nunca lo sedujeron. Como poeta, Joan ha logrado plasmar su rica experiencia de vida en la página en blanco con un lenguaje esmerado que logra tanto mostrar como insinuar. Sus amplias, numerosas y bien asimiladas lecturas de poetas de distintas épocas, le han permitido definir un estilo propio, en que tal vez se pueda descubrir alguna influencia pero nunca una imitación. Tiene el enorme mérito, bastante difícil de alcanzar, de ser expresivo, sin caer en lo retórico; ser contenido y breve, sin caer en lo tosco; y ser capaz de utilizar un lenguaje directo y hasta, en ocasiones, áspero, sin caer en lo grotesco. 
Pero, aunque la poesía se exprese con palabras, lo verdaderamente importante no es la técnica ni la habilidad sino, más bien, lo que está detrás de las palabras: la experiencia vivida, la emoción experimentada y el sentimiento con que se evoca todo aquello para plasmarlo de manera total en apenas unas cuantas líneas. En este sentido, Joan logra alcanzar cimas de expresividad y concisión a los que pocos llegan.
Cada página de este libro es un mundo aparte. Al evocar las mujeres de su vida, Joan no se concentró en sus amadas y sus amantes, sino que brindó un abanico amplio de figuras femeninas inolvidables. Sería inexacto, entonces, calificar esta obra como poesía romántica o erótica ya que, en conjunto es mucho más que eso. Sin embargo, a la hora de escoger un pequeño botón de muestra para compartir, opté por las últimas líneas del poema titulado Desvelo.


Desvelo

(Fragmento)

En tu casa huele a que los dos deseábamos
tocarnos con las manos
que ahora se completan húmedas
de pura agua de zozobra.
Suelto una pequeña lágrima en tu espalda
y en tu piel se hacen ondas mientras veo
mi cara en las mitades
de tu espalda y tu pelo.
En lo que va de estas horas
te has sentado y tendido
de pie desde que el lápiz se paró en su punta.
Si esta es la alegría
siempre estuve triste.



INSC: 2775

sábado, 11 de abril de 2020

Literatura juancarlista.

Jun Carlos I esperanza de España.
No indica autor. Publicaciones Españolas.
Madrid, España. 1975.
Durante toda su larga dictadura, Francisco Franco no solamente acaparó todo el poder, sino también toda la atención. Cualquier realización estatal, desde las obras más ambiciosas hasta las más realizaciones más modestas, era fruto de la iniciativa y esfuerzo del Caudillo. Los ministros y demás funcionarios del gobierno eran casi invisibles. Su sucesor no fue la excepción. En 1969, Franco anunció que su sucesor en la jefatura de Estado sería, con título de rey, don Juan Carlos de Borbón, pero desde ese anuncio, hasta su proclamación como monarca, en 1975, solamente de manera muy esporádica el joven príncipe aparecía en las noticias. Mientras Franco viviera, nadie, ni su sucesor, podía tener protagonismo.
Juan Carlos, o don Juanito, como lo llamaban entonces, era un misterio. Joven, alto, rubio y atlético, el príncipe era bien recibido dondequiera que llegara. Se mostraba sencillo, abierto y natural, bromeaba con los interlocutores y los hacía reír pero, pese a su simpatía y don de gentes, sus discursos no pasaban de un saludo amable y breve. Nadie sabía lo que pensaba del pasado, del presente ni del futuro.
Más que el heredero de la corona, era considerado el heredero de Franco. De hecho, lo llamaban don Juanito porque don Juan era su padre, don Juan de Borbón quien, como hijo del rey Alfonso XIII, aspiraba a ser algún día rey de España. El nombre completo del príncipe era Juan Carlos Alfonso Víctor María y, al ser nombrado sucesor de Franco, se le empezó a llamar don Juan Carlos en vez de don Juanito. Si lo hubieran seguido llamando solamente por su primer nombre, habría llegado a ser el rey Juan III, lo que habría hecho más evidente el salto dinástico sobre don Juan, su padre.
Juan Carlos nació en Roma, en 1938, cuando la guerra civil española estaba candente y la II Guerra Mundial ya se veía venir. Fue bautizado por el cardenal Eugenio Pacelli quien, al año siguiente, se convertiría en el Papa Pío XII. Por la entrada de Italia en la guerra, su familia se traslada a Suiza, donde don Juan Carlos cursa los primeros años de escuela. Una vez finalizada la guerra, la familia se instala en Portugal.  
No fue sino hasta que Franco y don Juan llegaron a un acuerdo, que el príncipe, que ya había cumplido los diez años de edad, logró pisar suelo español por primera vez. Alejado de su familia, a la que visitaba solamente cuando estaba de vacaciones, don Juanito fue educado por preceptores escogidos personalmente por Franco. El caudillo se reunía con frecuencia con el príncipe que, llegado el momento, cursó estudios militares.
Cuando, tras la muerte de Franco, el  príncipe simpático y misterioso fue proclamado rey en noviembre de 1975, todavía no estaba claro qué se podía esperar de él. Ante unas Cortes no electas, juró su cargo para mantener los principios del Movimiento Nacional. Cuando tomó posesión, Franco todavía estaba insepulto y el primer acto oficial que le tocó presidir, como rey, fue precisamente el funeral del caudillo. Aunque había quienes albergaban la esperanza de que se pudiera mantener un franquismo sin Franco, la gran mayoría, tanto de derechas como de izquierdas, tenía claro que aquello inevitablemente iba a cambiar. Lo que no se sabía era cómo, ni que papel jugaría el rey en el asunto.
Tengo en mi biblioteca un pequeño libro titulado Juan Carlos I Esperanza de España que, curiosamente, no menciona en ninguna parte el nombre del autor pero, por lo que se dice en el prólogo, fue escrito por uno de los maestros que estuvieron a cargo de la formación del príncipe apenas llegó a España. Publicado en 1975, en el libro se elogia a Franco, "el hombre indiscutido e indiscutible", "que gobernó con gran dignidad y grandes aciertos durante treinta y nueve años", sin embargo, también insiste en que los tiempos han cambiado y que la gran mayoría de los españoles, incluyendo al recién proclamado monarca, no recuerdan la guerra civil porque o eran muy pequeños por entonces o ni siquiera habían nacido.  El libro invita a mirar hacia el futuro e insiste, de manera machacona en que Juan Carlos ser un líder de cambio. Al final se incluye una recopilación de opiniones, todas muy elogiosas, sobre la sabiduría, capacidad e integridad del nuevo Jefe de Estado sobre el que hasta hacía poco no se sabía nada.
Juan Carlos I el rey que reencontró América.
Carlos Seco Serrano.
Anaya. Madrid, España. 1988.
Pasar de un régimen dictatorial, represivo y caudillista a una democracia parlamentaria no es tarea fácil, pero la transición española se desarrollo sin grandes tropiezos. Se establecieron partidos, se convocó a elecciones, se formó gobierno y se votó una nueva Constitución. La intentona de golpe del 23 de febrero de 1981, tuvo al país en vilo y al Congreso secuestrado por varias horas. Aunque entre los cabecillas golpistas estaba Alfonso Armada, que era muy cercano al rey, la figura de don Juan Carlos salió muy fortalecida por haberse pronunciado a favor de la Constitución y la opinión favorable sobre él llegó a ser casi unánime. Hasta los republicanos acabaron declarándose "juancarlistas". Como entre quienes alababan al rey se hallaba también Santiago Carrillo, en son de broma se hablaba del "Real partido comunista español."
Mientras la imagen del rey se elevaba a las alturas, la de Franco, quien una vez fue "el hombre indiscutido e indiscutible" empezó a opacarse. En su última aparición pública, una multitud inmensa lo vitoreaba pero, a poco después de cinco años de su muerte, no se encontraba en España un solo franquista ni nadie que reconociera haberlo sido. 
Surgió entonces una mitología, la de Juan Carlos liberal, progresista, democrático que, desde su juventud, no hizo más que planear la manera de lograr que en España se instalara un régimen de libertad y prosperidad. Su mutismo, durante los años de dictadura franquista, fue interpretado como estratégico. Dentro de esta línea está el libro Juan Carlos I el rey que reencontró América, de Carlos Seco Serrano, publicado en 1988, que no se mide a la hora de soltar elogios. Juan Carlos no solamente es un gobernante ideal, sino también un militar ejemplar, un hombre de cultura extraordinaria con una concepción visionaria del panorama político español y universal, un padre de familia perfecto, un servidor de la patria intachable y, en fin, todo lo bueno imaginable.
Las mejores anécdotas del rey.
Ricardo Parrotta. Planeta, España. 1982.
Los libros de este tipo no solo se volvieron frecuentes, sino que acabaron siendo muy populares. El juancarlismo tenía un público numeroso. Prueba de ello es Las mejores anécdotas del rey, una obrita bastante ligera, del periodista argentino Ricardo Parrotta, publicada por Planeta. El ejemplar que tengo destaca en la portada que va por la tercera edición y lleva trece mil ejemplares vendidos. Además del anecdotario, en el que hay algunas historias en verdad divertidas, el libro incluye un capítulo titulado "Así ven al rey" en el que políticos, periodistas, militares, artistas y escritores  sueltan palabras de verdadera idolatría por el monarca.
Planeta publicó también en el año 2000, bajo el sello Booket, en edición de bolsillo, Las anécdotas de don Juan Carlos el quinto rey de la baraja, del periodista Marius Carol. El título, por cierto, es de un optimismo desbordado. Cuando el rey Faruk de Egipto fue derrocado, en 1952, al llegar al exilio soltó una afirmación que acabó siendo famosa: "En el futuro, solamente habrá cinco reyes: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra." España no tiene, por cierto, una estable tradición monárquica ya que dos veces, en el pasado reciente, se ha declarado la república y la familia real ha acabado en el exilio.
Las anécdotas de don Juan Carlos, en todo caso, se leen con deleite. No cabe duda que es un hombre simpático, relajado, que tutea a todo el mundo, sonríe y parece estar siempre de buen humor. Solamente una vez tuve la oportunidad de verlo en persona en un acto que, se suponía, debía de ser solemne. Los organizadores no contaron con la espontaneidad desbordada de algunos asistentes y la supuesta solemnidad acabó en un tumulto en que todos, especialmente el rey, sufrieron empujones y pisotones. Sus escoltas estaban tensos y apurados por restablecer el orden, pero el rey, sonriente, más bien parecía disfrutar el momento y correspondía con bromas ingeniosas a quienes lo rodeaban. Ha habido ocasiones, también, en que don Juan Carlos ha perdido la paciencia y hasta la compostura, no solamente al punto de mandar a callar a quien lo tenía harto con sus majaderías, sino  incluso también hasta soltar alguna palabrota. Tal vez sea esta naturalidad lo que más lo diferencia de Franco. Franco era un personaje tieso, planchado y almidonado, rígido y solemne. Juan Carlos es totalmente casual y espontáneo. 
Las anécdotas de don Juan Carlos el quinto
rey de la baraja. Marus Carol.
Booket. Planeta, España, 2000.
Ahora bien, ser simpático y dicharachero ("campechano", dicen los españoles), no significa necesariamente ser el mejor jefe de Estado imaginable. Estos cuatro libros de mi biblioteca son solamente una pequeña muestra de la literatura juancarlista, que los lectores españoles consumían para acabar de convencerse de su rey era algo así como la octava maravilla del mundo.
El nivel de adulación hacia el rey no tenía límites y lo curioso es que la gran mayoría del pueblo español se tragaba el cuento sin cuestionarlo.
Los gobernantes de otras latitudes, apaleados a diario en la prensa de sus respectivos países, envidiaban el pacto de silencio no escrito que parecía tener la prensa española al referirse al rey. Pero la verdad es que, más que un pacto de silencio, era una complicidad de culto a su persona. Revistas y periódicos serios, analíticos y cuestionadores, perdían toda objetividad y sentido crítico cuando se referían al rey, al que arrojaban flores y quemaban incienso a diestra y siniestra.
A aquello no se le podía llamar publicidad, porque no era comercial, ni propaganda, porque no era ideológica. Era, simple y sencillamente, literatura. Don Juan Carlos, el hombre de carne y hueso, había sido convertido también un personaje de ficción, el más popular de España, cuyas aventuras, narradas por una multitud de autores, se podían leer en libros, periódicos y revistas.
Tal vez porque ese mundo ilusiorio había llegado a calar muy hondo en la imaginación del público, fue tan duro para los españoles ver romperse el espejismo y descubrir que aquella fantasía no calzaba con la realidad. Descubrieron que el rey que le tenía respeto y afecto a Franco (cosa que, bien pensado, no debería sorprender a nadie), así como que su monarca idealizado no era en el fondo muy brillante y que muchas actuaciones suyas, que fueron ocultadas en su momento pero que han salido a la luz, eran bastante cuestionables.
A Franco lo vitoreaban, pero cinco años después de su muerte no quedaba un solo franquista en España. A Juan Carlos lo amaban, pero cinco años después de su abdicación tal parece que el juancarlismo no tiene defensores. Más bien, las librerías y las páginas de la prensa se están llenando de un nuevo género literario, el antijuancarlismo, en el que don Juan Carlos ha pasado de ser héroe a convertirse en villano. Los juancarlistas, más que destacar el papel que tocó jugar en la transición, lo elevaron a un pedestal. Los antijuancarlistas, más que criticar sus errores y desaciertos, denigran agresivamente su persona.
Algún día, el personaje histórico será analizado con objetividad. Hasta ahora, el personaje literario ha sido distorsionado y caricaturizado, tanto por quienes ayer lo ovacionaban como por los que hoy lo abuchean.
INSC: 1650, 1660, 1975, 1977.

viernes, 13 de marzo de 2020

Una biografía inexacta de don Pepe Figueres.

José Figueres una vida por la justicia social.
Tomás Guerra. Cedal. San José, Costa Rica.
1987
Sobre don José Figueres Ferrer, como sobre cualquier otro personaje histórico, circulan opiniones encontradas. Figura fundamental de la política costarricense del Siglo XX, fue siempre objeto de controversia y sus actuaciones, alabadas por unos y criticadas por otros, han sido tema de innumerables polémicas. Aunque se han publicado varios libros sobre su vida, obra y pensamiento, soy de la opinión de que no ha aparecido aún una biografía suya que lo retrate de manera integral.
Quienes han escrito sobre él, lo han hecho sin matices ni balance desde la más completa admiración o desde el más abierto rechazo. Son abundantes las investigaciones históricas sobre la guerra civil de 1948 y el gobierno de la Junta Fundadora de la Segunda República, pero verdaderamente escasas las que se ocupan de sus dos gobiernos posteriores. Por otra parte, don Pepe, además de tres veces presidente de Costa Rica, fue un hombre de amplia cultura, un gran pensador, un filósofo, un apreciable ensayista y un notable escritor. Al concentrar la atención en el gobernante, se suele pasar por alto su categoría de hombre de letras, así como sus facetas, también importantes, de empresario agrícola e industrial.
Cuando don Pepe aún vivía, justo al año siguiente de que cumpliera los ochenta años de edad, el Centro de Estudios Democráticos de América Latina CEDAL publicó un libro titulado José Figueres Ferrer Una vida por la justicia social, en el que, además de su biografía, se exploraba también a su trayectoria, obra y pensamiento. De primera entrada, me pareció que el libro podría ser interesante por el hecho de que su autor, el abogado y periodista salvadoreño Tomás Guerra, no fuera costarricense, de manera que, supuse, la obra estaría estaría libre pasiones locales y se concentraría en analizar los hechos investigados. Lamentablemente, muy pronto me percaté que, no solamente las interpretaciones que plantea eran audaces, superficiales y sin fundamento sino que, lo más grave, hasta muchos de los hechos que consigna son erróneos.
Tomás Guerra afirma, por ejemplo, que, en Costa Rica, don Cleto González Víquez fue el padre de la democracia liberal, mientras que don Pepe fue el padre de la democracia social, sin molestarse en explicar con qué criterios llegó a semejante conclusión. En Costa Rica el liberalismo es bastante anterior a don Cleto y las reformas sociales son bastante anteriores a don Pepe. En todo caso, sin embargo, si Tomás Guerra, a fin de cuentas, no hace más que expresar su punto de vista personal, esa opinión, como todas las opiniones, por más discutible que sea, debe respetarse aunque no se comparta.
Algo muy distinto ocurre cuando, para poner otro ejemplo, Tomás Guerra afirma que, como medida previa la nacionalización bancaria, se fundó el Banco Central. En este caso, simplemente se equivoca.  El decreto de nacionalización bancaria es del 29 de diciembre de 1948 y la fundación del Banco Central tuvo lugar el 28 de enero de 1950.
Opinar, incluso sin justificación o fundamento, es totalmente válido. Brindar datos equivocados sobre hechos concretos y comprobables es un descuido que, en una obra seria, no debe ser frecuente.
Algunas de las inexactitudes son hasta divertidas. Como tanto don Pepe como don Julio Acosta García nacieron en San Ramón,  Tomás Guerra dice que fueron amigos cercanos. Es verdad que ambos eran ramonenses, pero cuando don Pepe nació, creció y vivió en San Ramón, don Julio estaba en El Salvador, como cónsul en tiempos de don Cleto, en San José, como ministro de Alfredo González Flores, o en Nicaragua durante la dictadura de Federico Tinoco. Don Pepe tenía apenas catorce años de edad cuando don Julio fue electo presidente y, años después, don Julio fue el primer jerarca de la Caja Costarricense de Seguro Social, fundada por el Dr. Rafael Angel Calderón Guardia y ministro de Relaciones Exteriores de don Teodoro Picado, es decir, estaba con el bando que combatió don Pepe.
También dice que don Pepe fue seguidor del Partido Reformista de Jorge Volio, cuando en realidad, no solo don Pepe en persona declaró que, en su juventud, simpatizaba con el Partido Agrícola de don Alberto Echandi Montero, adversario de Jorge Volio, sino que durante la guerra civil Jorge Volio combatió contra las fuerzas figueristas y, tras el conflicto, fue destituido tanto de su cargo de director del Archivo Nacional como de su cátedra en la Universidad de Costa Rica.
De manera similar, todo lo que menciona sobre la independencia, el período liberal, la reforma social de los años cuarenta, la guerra civil, la abolición del ejército y la constituyente está equivocado. Insisto en que no se trata de apreciaciones de juicio que respondan a su particular punto de vista, sino de una interminable secuencia de datos erróneos. Vale la pena citar un último ejemplo. El partido comunista fue fundado en 1931 y, doce años después, por iniciativa de sus propios dirigentes, cambió de nombre y pasó a llamarse Vanguardia Popular. Tomás Guerra afirma que el cambio de nombre tuvo lugar en 1932 por orden del Congreso.
Cansado de tropezarme en cada página con errores de este tipo, hubo un momento en que estuve a punto de suspender la lectura. Sin embargo, acabé leyendo el libro completo. De hecho, si se toma con buen humor, para quienes, como yo, son aficionados a la historia patria, marcar con un lápiz los errores de este libro podría tomarse como una manera de divertida de examinarse en la materia.
Aunque el dominio de Tomás Guerra sobre historia de Costa Rica sea, por decir lo menos, bastante pobre, con toda ligereza se deja llevar por su entusiasmo y, en tono de prédica, se echa un editorial lleno de prejuicios y lugares comunes. Según él, el periodo liberal propició la acumulación de grandes capitales en manos de unos pocos, la reforma social de los años cuarenta no representó ningún cambio estructural, la CIA propició la invasión de 1955, los dictadores centroamericanos tenían una red de conspiración oculta llena de alianzas que cambiaban constantemente
Por más que uno esté dispuesto a escuchar e intentar comprender, con todo respeto, las opiniones ajenas, algunas de las que Tomás Guerra plantea llegan a ser incomprensibles. Afirma, por ejemplo, que "el pueblo costarricense es dócil y sumiso pero sabe utilizar la violencia con más justificación que otros." 
Es triste decirlo pero lo mejor de este libro, lo único en que no hay ni inexactitudes ni afirmaciones gratuitas, es en las citas textuales de declaraciones de don Pepe que, afortunadamente, son abundantes.
La biografía de don Pepe es un libro que aún no se ha escrito. Entre los muchos intentos que se han emprendido hasta ahora, el de Tomás Guerra es, sin lugar a dudas, el peor logrado. Es verdad que quienes se han referido a la vida y obra de don Pepe lo han hecho desde una perspectiva parcializada, pero tanto sus críticos como sus admiradores, aunque difieran en sus apreciaciones, han tenido el cuidado de ofrecer al público investigaciones serias, a las que se les pueden cuestionar las conclusiones, pero no los datos sobre los hechos.
INSC: 2204

viernes, 6 de marzo de 2020

El continente imaginario de Montaner.

Para un continente imaginario.
Carlos Alberto Montaner.
Libro Libre. San José, Costa Rica. 1985
No es lo mismo ser un comentarista que un analista. Para hacer un comentario, basta con observar una situación y decir los primero que venga a la mente. Del comentarista, se espera, simplemente, que sea ingenioso y conciso. El análisis es otra cosa. Para empezar, requiere que quien lo realice cuente con amplia información previa y, más allá de valorar lo evidente, sea capaz de mostrar causas tanto las causas como las consecuencias que no saltan a la vista.
Durante años, décadas más bien, Carlos Alberto Montaner ha sido un activo comentarista en la prensa latinoamericana. Sus columnas de opinión, que se publican en periódicos de varios países, han llegado a ser muy leídas, tanto por quienes comparten como por quienes adversan sus puntos de vista.
Ingenioso y ameno, Montaner es capaz de dejar caer una gota de humor incluso cuando comenta situaciones verdaderamente serias y hasta dramáticas. Sus columnas son por lo general breves y en ellas logra plantear su punto de vista de manera clara y concisa.
Sin embargo, pese a ser un efectivo escritor de artículos de opinión, Montaner, que ha llegado a ser popular como comentarista, se queda en verdad corto cuando pretende ser analista.
Es perfectamente normal y aceptable que un comentarista exponga sus esperanzas, suposiciones y temores, pero del analista se espera más bien que sea capaz de hacerlos a un lado. Es válido que el comentarista haga propaganda para su causa, pero del analista se espera que brinde una explicación bien fundamentada sobre una realidad, indiferentemente si esa realidad le gusta o no.
La reflexión viene al caso porque, aunque leo con interés desde hace años sus columnas en la prensa, quedé francamente defraudado por su libro Para un continente imaginario, publicado por la Editorial Libro Libre, en 1985. La publicación, en todo caso, no se trata de un estudio que fuera concebido y desarrollado como una obra de conjunto, sino que es, más bien, una recopilación de artículos y conferencias que datan de diferentes épocas.
El libro está dividido en tres secciones. La primera, sobre América Latina, la segunda, sobre Centroamérica y la tercera sobre Cuba. En los tres apartados salta a la vista que la opinión de Montaner no es más que una apreciación personal y superficial, que no está basada en un estudio metódico y profundo de los hechos ni de las ideas sino, simplemente, en sus propios prejuicios y suposiciones.
Para empezar, no se puede escribir sobre una sociedad partiendo del menosprecio. América Latina ha tenido su historia particular que debe ser estudiada y comprendida tal. y como fue.  Montaner, con verdadera insistencia, se lamenta que América Latina sea tan diferente a Europa y a los Estados Unidos y, también de manera insistente, plantea que los países latinoamericanos, más que desarrollar soluciones a sus propios problemas, deben imitar el modelo de sociedad norteamericano o europeo. Los países latinoamericanos, según él, no son más que sociedades inmaduras que requieren que otras sociedades, más desarrolladas y exitosas, les señalen el camino a seguir.
Esta visión colonialista llega rozar extremos de verdadero racismo. Los comentarios que hace sobre los pueblos indígenas, en contraposición a lo que llama "la cultura europea", parecieran sugerir que tanto la pobreza como la riqueza está determinada por los genes. Repite prejuicios, tan comunes como poco fundamentados, como que América Latina es capaz de producir artistas, pero no es terreno propicio para que se desarrolle la ciencia ni la técnica. Su "continente imaginario" al que hace alusión en el título, es uno guiado por "la razón y el sentido común" que, según él, han estado ausentes de la historia latinoamericana.
Si, en su mundo de fantasía, espera que un buen día los latinoamericanos amanezcan convertidos en blancos sin sangre indígena que decidan de pronto olvidar su historia y tradiciones y adaptar su sociedad a imagen y semejanza de Estados Unidos, definitivamente está delirando. Al plantear esa propuesta como algo posible y hasta deseable, Montaner es un propagandista más que un analista y no hace más que evidenciar sus prejuicios.
Su visión histórica es, no solo superficial, sino también, en muchos aspectos, abiertamente errónea. Las inexactitudes históricas de este libro, que elevan habladurías a la categoría de hechos, son tan frecuentes que resultan innumerables. Las afirmaciones que hace en este libro sobre los presidentes de Estados Unidos James Folk y Theodore Rossevelt parecen sacadas de folletines humorísticos y poco serios y no corresponden, en absoluto, con la figura, el pensamiento y el actuar de los aludidos.
Cada vez que Montaner hace una mención histórica, queda en evidencia que no tiene la más mínima idea del contexto.
Precisamente por su escaso conocimiento histórico, con frencuencia Montaner se deja llevar por sus temores. Escrito a mediados de la década de los años ochenta del siglo pasado, cuando aún existía la Unión Soviética, el libro es un buen ejemplo de la paranoia que imperó durante la Guerra Fría. Al referirse a la realidad centromericana, una vez más Montaner comete el grave error de pretender explicar algo que no comprende y acaba reduciéndo toda la situación a un choque de fuerzas ideológicas manejadas desde fuera.  Para Montaner, lo que ocurría en Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala y Costa Rica no era más que el reflejo de la confrontación de la influencia norteamericana con la influencia soviética. Esta interpretación, además de simplista, es errónea. El complejo escenario político de cada uno de los países centroamericanos durante los años ochentas, respondía a circunstancias más locales que globales.
Montaner escribe sobre América Latina con menosprecio, sobre Centroamérica con desinformación y sobre Cuba con resentimiento. Su explicación sobre la caída de Fulgencio Batista y la entronización de Fidel Castro, es más terrorífica que exacta. La advertencia de las páginas finales, escrita en un tono verdaderamente alarmista, sobre el peligro inminente de que Cuba esté "al acecho" de Puerto Rico es, por decir lo menos, desmesurada.
Carlos Alberto Montaner es un propagandista más que un analista. Un narrador más que un pensador. Ha llegado a ser altamente popular como columnista porque al comentar la realidad suelta frases ingeniosas y se luce con su buen humor pero su superficial conocimiento histórico y su inclinación a dejarse vencer por el pánico, lo convierten en un comediante que no debe ser tomado en serio.
INSC: 1867
Carlos Alberto Montaner.


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