viernes, 31 de julio de 2015

Puerto Limón. Novela de Joaquín Gutiérrez Mangel.

Puero Limón. Joaquín Gutiérrez Mangel.
Editorial Costa Rica, 1985.
Guy de Maupassant decía que una novela es un ciclo completo de vida. Se toman unos personajes en un determinado momento de su existencia y se les acompaña, durante la transición, hasta el momento siguiente. Eso fue lo que hizo don Joaquín Gutiérrez Mangel en su novela Puerto Limón. En las primeras páginas conocemos a Silvano, el protagonista, un muchacho internado en un colegio de la capital que obtiene buenas notas, es inteligente, atrevido y de carácter fuerte, pero no sabe nada del mundo ni de la vida y no tiene la más mínima idea de lo que quiere hacer en el futuro. Al terminar el libro, Silvano ha madurado y se dispone a enfrentar un destino lleno de incertidumbre, pero escogido por él mismo.
Silvano estaba a punto de terminar sus estudios cuando un telegrama lo lanzó de cabeza al mundo real. Su tío, don Héctor, lo manda a llamar y el muchacho, obediente, toma el tren a Puerto Limón. Se acabaron los tiempos de ir a clases, practicar deporte y vagabundear con los compañeros. Había llegado el momento de trabajar, ir ganando poco a poco su independencia hasta llegar a ser un adulto responsable. Por el momento, su destino no parecía ser otro que convertirse en finquero, como su tío.
Aunque respeta y, hasta cierto punto, admira y quiere a don Héctor, a Silvano no le parece nada atractivo seguir sus pasos. Ni siquiera le encuentra sentido a ese tipo de vida. Comprar tierras, sembrar bananos, venderle la fruta a la Compañía, invertir el dinero que se gana en comprar más tierras, para sembrar más bananos, para venderle más fruta a la Compañía, para ganar más dinero, para comprar más tierras y sembrar más bananos... ¿es ese el destino que le espera?
Tal vez si Silvano hubiera llegado al Caribe en tiempos normales, no habría tenido oportunidad de pensar mucho en ello. Simplemente se habría puesto a trabajar con su tío en las fincas y se habría adaptado pronto a la rutina. Pero Silvano llegó cuando una gran huelga tenía paralizada toda la producción bananera. En Puerto Limón no se hacía más que ver pasar el tiempo. Los peones permanecían horas conversando en las pulperías mientras el olor dulzón de las frutas madurándose en las matas flotaba en el ambiente. Los finqueros y los empleados de la Compañía no hacían más que calcular el valor de los racimos que se iban a perder. Quienes aún tenían dinero para distraerse, iban al cine, jugaban cartas, bebían tragos y hasta organizaban uno que otro baile, pero todos andaban con caras amargas. Eran muchos los trabajadores que no tenían ya ni qué comer, pero ninguno estaba dispuesto a reanudar sus labores mientras no se cumplieran las demandas de la huelga. Algunos, para matar el hambre, pescaban en los ríos o se iban a buscar tubérculos silvestres. Silvano, por su parte, no hallaba qué hacer en ese mundo paralizado. Hablaba con todos pero por su temperamento huraño, cada charla acababa convirtiéndose en una discusión rematada por un berrinche. La situación era tensa. En todo el país no se hablaba más que de la huelga y existía el temor de que en algún momento se desatara la violencia. Había quienes exigían que el gobierno tomara medidas drásticas. Se sabía que tanto los huelguistas como los finqueros estaban cada vez más dispuestos a echar mano de las armas que tenían ocultas.
El comentario típico que se escucha sobre esta novela, es que trata de la gran huelga bananera de 1934. Siempre he creído que quienes repiten este lugar común no han leído el libro o, si lo leyeron, acabaron prestándole más atención al decorado que a los acontecimientos. La huelga, en esta historia, no es más que el telón de fondo. Aunque en el libro hay un episodio sobre el encuentro (no sé si imaginario o real) que sostuvo el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno con el líder comunista Manuel Mora Valverde, se mencionan las demandas de los huelguistas y se deja claro el enorme poder de la Compañía, todo eso está en segundo plano. Puerto Limón no es, como muchos la han calificado, un obra histórica de denuncia social. Con semejante etiqueta, la novela hasta pierde atractivo. En América Latina abundan las novelas de lo que se llamó "Literatura comprometida", que consistía en narraciones basadas en hechos reales fuertemente aderezadas con propaganda ideológica. Los libros de este tipo no generaron mayor atención y el gran público acabó rechazándolos. Políticamente eran ineficaces y literariamente eran bastante pobres. Basta que un libro sea calificado dentro de este género para que nadie quiera leerlo.
La política y la economía preocupan, pero no conmueven. Los problemas sociales invitan a la reflexión y al análisis, pero son los pequeños y grandes dramas humanos los que tocan fibras emocionales verdaderamente sensibles. Y en Puerto Limón, lo que está en primer plano es la vida de un puñado de personajes magistralmente construidos, atrapados en medio de dos horizontes (el del Caribe y el de los bananales) en un momento en que parecía que el tiempo se había detenido.
La cosecha se va a perder, los peones se niegan a realizar la corta, los trenes y los barcos, detenidos, no van a ser cargados, las deudas se acumulan y la violencia puede estallar en cualquier momento. Todo eso es preocupante, pero no duele. Lo que duele es que una muchacha linda se quede sola en la playa mirando alejarse al hombre que terminó la charla dándole la espalda. Lo que duele es que Azucena, la empleada doméstica, se haya enfermado y en el hospital no le permitan a su hermano ir a visitarla. La huelga es un problema social grave, pero con huelga o sin huelga la vida continúa y cada uno tiene sus propias ilusiones y preocupaciones en qué pensar. Llega el punto en que uno, como lector, al igual que los propios personajes de la novela, llega a olvidarse de la Compañía, del gobierno y de los sindicatos. Toda la atención se concentra en don Héctor, en Paragüitas, en Tom Wilkenman, en Diana y, muy especialmente, en Silvano. Poco a poco los vamos conociendo más a fondo. Cada uno a su manera y por razones distintas, se siente solo. Don Héctor, el finquero, y Paragüitas, el cabecilla local de la huelga, cada uno con su historia personal y su particular visión del mundo y de la vida, no pueden ser más distintos. Silvano no se parece a ninguno de ellos, pero ambos le inspiran respeto y, en alguna medida, admiración. Ellos ya llegaron a ser quienes eran. Silvano no sabe ni hacia dónde va. Aunque no comparte las ideas ni los valores de su tío, reconoce en él un modelo de orden, disciplina y cumplimiento del deber. Por otra parte, Silvano considera justas las demandas de los huelguistas y está profundamente impresionado por la firmeza con que han reclamado sus derechos y la manera estoica en que han resistido largas semanas sin sueldo. Quienes leen sobre la huelga en los periódicos, podrán tomar posiciones intransigentes y abogar por medidas drásticas. Pero a quienes, como Silvano, conocen de cerca tanto a los finqueros como a los peones, no es tan fácil adoptar una posición radical.
En mi edición de Puerto Limón, don
Joaquín Gutiérrez me escribió:
"A Carlos con un tirón de orejas
Su amigo Joaquín".
Yolanda Oreamuno decía que el mayor mérito de Puerto Limón es que el gran conflicto social se va disminuyendo, mientras que los pequeños dramas humanos se van agrandando hasta alcanzar proporciones enormes. Tras recibir la primera edición de la novela, publicada en Chile en 1950 por la editorial Nascimento, Yolanda le escribe una carta a don Joaquín en la que le elogia el que haya dejado abierta y, en cierta medida, hasta sin resolver, la posición de Silvano. "Si lo hubieras definido", le dice, "le habrías dado orientación, pero no vida. En fin, que dejándolo así, con sus problemas irresolutos de semihombre, con su tendencia a la cobardía y a la emoción, has hecho de él un hombre ya definido, ya eterno, ya estable. No se trata de decir que Silvano por fin se portó bien, aprendió una lección y fue capaz de seguirla repitiéndola para ejemplo de la humanidad, sino de hacer un Silvano cuyos errores y caídas lo lleven a encontrar una solución que no eres tú quien debe dar, sino Silvano."
En Puerto Limón, como en todas las novelas de don Joaquín Gutiérrez, la vida palpita detrás de cada palabra. Y la vida, a diferencia de la Historia, no está marcada por grandes acontecimientos, sino tejida por pequeños instantes.  Al final del libro, Silvano sigue siendo un joven ingenuo, lleno de inseguridad y con más preguntas que respuestas sobre su porvenir pero, tras ciertos hechos dolorosos que es mejor no mencionar (para no estropearle la novela a quienes no la han leído), toma la decisión de dar el primer paso hacia lo que será el resto de su vida.
INSC: 0761



1 comentario:

  1. Magnífica reseña. Yo leí la novela recientemente y quedé enganchado con la calidez humana del trato que se le da a la historia de cada personaje. Sentí cada drama particular en el alma. Es ciertísimo que, en cierto punto, la huelga queda ahí como un fondo sobre el que se desarrollan las historias que de veras seducen la atención del lector. Sufrí, amé y me emocioné. ¿Qué más se le puede pedir a una novela?

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