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sábado, 7 de enero de 2017

Destacadas mujeres costarricenses.

Galería de Valores Femeninos
Costarricenses. Jorge Luis Soto Soto.
Costa Rica, 1975.
En la historia de Costa Rica, las mujeres destacadas son también las mujeres olvidadas. Pocos saben que, en nuestro país, las mujeres podían ejercer el Derecho y hasta ser jueces antes de que la Constitución de 1949 reconociera su derecho al voto. Debió transcurrir más de un siglo antes de que en las escuelas se mencionara el nombre de Pancha Carrasco, la humilde campesina de Cartago que acompañó añ ejército que fue a luchar contra los filibusteros de William Walker. En 1919, durante la dictadura de los Tinoco, las maestras de escuela (Carmen Lyra entre ellas), salieron a la calle para encabezar una marcha de protesta que acabó en el incendio del diario La Información, propagandista del régimen. 
Años más tarde, durante el gobierno de Teodoro Picado, cuando de nuevo la voluntad popular parecía que iba a ser burlada, ocho mil mujeres desfilaron hasta la Casa Presidencial para exigirle al mandatario garantías electorales. En el desfile participaron las esposas e hijas de los viejos patricios y hasta la propia hija del Presidente Picado. A pesar de la presencia de distinguidas damas de alta sociedad, la manifestación fue disuelta por la fuerza, con golpes y disparos al aire. Curiosamente, aquellas mujeres fueron atropelladas por la policía por pedir transparencia en unas elecciones en las que ellas no podrían votar.
Pero la participación política es solo una de las muchas facetas en que las costarricenses han tenido una actividad que, pareciera, a nadie le interesa recordar. 
Ante el desdén con que los libros de historia ignoran la participación femenina, el educador alajuelense Jorge Luis Soto Soto publicó, en 1975, un libro con setenta biografías de mujeres costarricenses titulado Galería de Valores Femeninos. El libro no tuvo la difusión apropiada y la mayor parte del tiraje quedó almacenado. Tras la muerte del autor, sus familiares encontraron varios ejemplares y dispusieron ponerlos en buenas manos. Estoy muy agradecido de que hayan tenido la gentileza de enviarme uno a mí.
La secuencia de biografías aparece en estricto orden alfabético y, por pura coincidencia, arranca con Angela Acuña Braun, la primera mujer costarricense en obtener el bachillerato en el Liceo de Costa Rica y la primera centroamericana en graduarse como abogada. La señora Acuña Braun, además, escribió el prólogo del libro.
De las setenta biografiadas, tuve la oportunidad de conocer en persona a seis. De las obras de algunas otras estaba ligeramente enterado, pero debo confesar que los nombres de la gran mayoría no los había escuchado nunca.
María Ester Amador León. (1902-1928)
Colaboradora del Repertorio Americano.
Su único libro Atardederes, fue publicado
póstumamente por don Joaquín García Monge.
Las sorpresan abundan. En literatura, naturalmente, se incluyen las biografías de Carmen Lyra, Yolanda Oreamuno, Amalia Montagné de Sotela y Carmen Naranjo. pero aparece también una joven que murió de apenas veintiséis años de edad, María Ester Amador León, discípula de Omar Dengo y vecina de San Pedro de Montes de Oca, cuyo único libro Atardeceres, publicado de manera póstuma en 1929 por don Joaquín García Monge, recibió elogios de Carmen Lyra y Carlos Luis Sáenz.
También menciona a la escritora y periodista Rosalía Muñoz Picado quien, en 1954, publicó una biografía de Florentino Castro.
Como la docencia era casi la única actividad en que una mujer talentosa podía destacarse, cerca de la mitad de las biografiadas son maestras. Aparecen no solamente las famosas, como Estercita Silva, Julia Lang, Vitalia Madrigal o Emma Gamboa, sino también docentes rurales como doña Livia Hernández Quesada, primera maestra del cantón de Atenas.
Se destacan los aportes de Margarita Esquivel Rohrmoser y Olga Franco Cao en danza, de Albertina Moya y Ana Poltronieri en teatro, de Margarita Bertheau en pintura, de Julita Araya Rojas, Lolita Castegnaro, Marcelina González y Zelmira Segreda en música, de Angelita Pacheco Zamora en escultura, de Carmen Granados en la radio y de Hilda Chen Apuy, Lilia Ramos y Victoria Garrón de Doryan en la investigación histórica y literaria,
Completan la lista Margarita Ortiz Alvarado (diplomática), Edith Chaverri (primera costarricense ingeniera agrónoma), Graciela Morales Flores (fundadora del Servicio Social de la Caja Costarricense del Seguro Social), además de una empresaria, una obstetra, una microbióloga, una socióloga, una farmacéutica, dos médicas y tres abogadas.
Me sorprendió un poco que no mencionara a doña Yvonne Clays Spoelders, primera diplomática del Servicio Exterior costarricense y fundadora, junto con un grupo compuesto exclusivamente por mujeres, de la Orquesta Sinfónica Nacional. Supongo que la omisión pudo deberse a que doña Yvonne no nació en Costa Rica, sino en Bélgica. Otra omisión notable fue la de la Doctora Concepción Cruz Meza de Coblentz, primera odontóloga de Costa Rica, graduada en la Universidad de Tulane, New Orleans, en 1905. Extrañé también una nota sobre doña Adela de Jiménez, la valiente mujer que, tras la muerte de su esposo, el Ing. Lesmes Jiménez, tomó las riendas de su empresa constructora.
A quienes estudian el aporte de mujeres destacadas en la historia suele molestarles, con toda razón, el hecho de que las mujeres no sean mencionadas por sus méritos propios sino por su parentesco con varones famosos. Cuando se menciona al ingeniero Jorge Manuel Dengo, por ejemplo, se hace referencia a su carrera personal y no se considera necesario recordar que era hijo de Omar Dengo. Sin embargo, doña María Teresa Obregón de Dengo y doña María Eugenia Dengo Obregón, a pesar de sus méritos individuales, son presentadas, respectivamente, como la esposa y la hija de Omar Dengo.
Marcelina González Zeledón. (1867-1930)
Cantante de ópera nacida en Costa Rica que
curso estudios y desarrolló toda su carrera en
la ciudad de Nueva York.
Hay casos en que ni siquiera la relación cercana con un hombre célebre ha salvado el nombre de una mujer del olvido. Todos los costarricenses estamos familiarizados con el nombre de Manuel González Zeledón, Magón, el ingenioso autor de los cuentos que se leen en la primaria y secundaria, pero casi nadie sabe que su hermana, Marcelina González Zeledón, era una cantante de voz privilegiada que estudió, vivió  y obtuvo grandes éxitos en la ciudad de Nueva York. Marcelina, nacida en 1867, se marchó de Costa Rica a los veinte años de edad y nunca más regresó. Antes de irse, como despedida a su pueblo, ofreció un concierto en la Catedral Metropolitana de San José, llena hasta el tope. Cuando Marcelina se fue, ni siquiera se había empezado a construir el Teatro Nacional. Su voz, lamentablemente, no tenía nada que hacer aquí. Mientras su nombre era olvidado en su patria, Marcelina logró triunfar ante el exigente público neoyorkino. Algo similar le ocurrió a Zelmira Segreda Solera (1879-1923), nacida en Heredia, quien llegó a cantar en la Scala de Milán.
Bastantes años después de ellas, apareció el tenor Melico Salazar, quien cantó también en Nueva York y Milán. Lo curioso es que el nombre de Melico Salazar pasó a la historia, se le levantó un monumento y un teatro lleva su nombre, pero nadie recuerda a Marcelina ni a Zelmira.
Berta González Quesada de Gerli, hija de Magón y sobrina de Marcelina, fue, por cierto, una de las fundadoras de la Orquesta Sinfónica Nacional y Julita Pacheco Pérez, la esposa de Alejandro Morera Soto, fue una gran impulsora de la educación técnica profesional para mujeres.
Angelita Pacheco Zamora. (1893-1979)
Escultora. Fue quien estableció la devoción
a San Pancracio en San José. Su casa,
conocida precisamente como "La casa de
San Pancracio", al costado norte de la
Iglesia de la Soledad, es actualmente
la sede de la Academia Costarricense
de Ciencias Genealógicas.
Otro caso interesante, esta vez sin parientes destacados, es el de la escultora Angelita Pacheco Zamora (1893-1979), quien cursó sus estudios de arte en España. Verdaderamente hábil con el modelaje, la talla directa y el vaciado, le encargaron realizar numerosos bustos de figuras históricas, entre los que cabe destacar el de Monseñor Stork (al costado norte de la Catedral), el del Dr. Ricardo Moreno Cañas (en el Hospital San Juan de Dios), el de Rafael Yglesias Castro (en el Ferrocarril al Pacífico), el del Marqués de Peralta (en Cartago) y el de don Cleto González Víquez (en Barba de Heredia), Pues bien, pese a que su obra es visible en distintos sitios públicos, ningún libro de historia de la escultura en Costa Rica menciona el nombre de Angelita Pacheco Zamora.
Su caso no es único. Los historiadores de la música en Costa Rica, suelen referirse a la labor pionera del Conservatorio Nacional de Música, dirigido por el pianista Guillermo Aguilar Machado, pero olvidan mencionar que Julita Araya Rojas era la codirectora.
Aunque las biografías que ofrece el libro son breves, tienen el doble mérito de dar a conocer figuras casi olvidadas y despertar la curiosidad por querer saber más sobre ellas.  Desde que el libro fue publicado, en 1975, el número de mujeres costarricenses destacadas ha crecido. Si alguien pretendiera, en estos días, emular el esfuerzo y ofrecer una edición aumentada y actualizada, el resultado sería verdaderamente voluminoso. Sin embargo, más que una nueva lista aparte, lo que verdaderamente valdría la pena esperar es una visión más equitativa de los personajes históricos, en la que las actuaciones de las mujeres dejen de ser menospreciadas.
INSC: 0964

Tres maestras. A la izquierda, Estercita Silva (1866-1957). Al centro, Vitalia
Madrigal (1882-1927). A la derecha, Julia Lang (1863-1907).


viernes, 13 de mayo de 2016

Costa Rica en los espejos de Stefan Baciu.

Costa Rica en seis espejos.
Stefan Baciu. Ministerio de Cultura,
Juventud y Deportes. Costa Rica.
1976.
No tengo claro cómo, cuándo ni por qué Stefan Baciu, un rumano que ejerció el periodismo en Brasil y luego fue profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Hawaii, se interesó en los escritores costarricenses. Según él mismo afirma, durante una recepción ofrecida por Rogelio Sinán, que entonces ocupaba un cargo diplomático en México, tuvo la oportunidad de conocer personalmente a Eunice Odio. También parece que visitó en repetidas ocasiones Costa Rica, donde frecuentaba a don Paco Amighetti, con quien mantuvo una asidua comunicación epistolar. Durante la década de los setenta y todavía incluso en los primeros años de los ochenta, de vez en cuando aparecía un artículo de Baciu en La Nación, casi siempre sobre artes o libros.
En 1976, el Departamento de Publicaciones del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, dentro de su serie Nos Ven, publicó Costa Rica en seis espejos, un libro de ensayos en que Baciu se ocupa de cinco poetas costarricenses. A Max Jiménez le dedica dos escritos y los restantes, uno por cabeza, tratan de Asdrúbal Villalobos, Francisco Amighetti, Jorge Debravo y Eunice Odio. 
La lectura, tanto del libro en general como de cada apartado en particular, es desconcertante por lo caótica. Salta a la vista que Baciu es un hombre culto que ha acumulado abundantes lecturas y experiencias, pero a la hora de consignar sus impresiones por escrito se le hace una maraña de referencias y acaba soltando ideas dispersas sin secuencia estructurada  ni argumento lógico. Mezcla impresiones y recuerdos personales con abundancia de citas textuales que, muchas veces, no vienen al caso. Intenta plantear una propuesta de lectura pero, ante la más mínima distracción, pierde el rumbo y salta de una cosa a la otra. 
El ensayo dedicado a Amighetti, por ejemplo, arranca con un rodeo tan extenso que acaba mencionado por primera vez a don Paco cuando ya lleva más de seis páginas de andarse por las ramas. En el de Jorge Debravo, nota en el poeta turrialbeño la influencia de Joaquín Pasos, Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal, la cual es bastante evidente, pero intenta establecer además un paralelismo con el expresionismo alemán (con el que Debravo difícilmente habría estado familiarizado) y se hunde en un intento de literatura comparada tan pesado como inoportuno. Con Eunice Odio y Max Jiménez se deja vencer por la carga anecdótica. Es verdad que Max Jiménez era un hombre muy adinerado y Eunice Odio tenía unos hermosos ojos verdes pero ¿eso qué tiene que ver con su poesía?
Don Paco Amighetti es el único de los autores que aún vivía en el momento en que el libro fue publicado. Asdrúbal Villalobos, un poeta herediano casi desconocido de las primeras décadas del Siglo XX, publicó solamente un libro en 1929. Max Jiménez, quien publicó su obra y expuso sus pinturas y esculturas en distintos países de Europa, Norte, Centro y Sur América, murió en Buenos Aires en 1947. Eunice Odio, quien no llegó a publicar un solo libro en Costa Rica (publicó en Guatemala, Argentina y El Salvador), murió en 1974 enMéxico, donde se dedicaba al periodismo y la crítica literaria y artística. La obra de Eunice no fue conocida en Costa Rica sino hasta varios años después de su muerte. Jorge Debravo, por su parte, falleció en un accidente de tránsito en 1967 con apenas veintinueve años de edad. De alguna forma, la vida de cada uno de estos poetas cuenta con material suficiente para convertirlos en leyenda. Allí están grandes artistas trotamundos (Max y don Paco), poetas poco conocidos (Villalobos y Eunice) y un hombre de orígenes humildes que logra notoriedad gracias a sus versos (Debravo). En Costa Rica, como en cualquier otro sitio, los poetas tienen orígenes y desarrollos diversos. Sin embargo, como ya se dijo, los ensayos de Baciu, carecen por completo de enfoque y de estructura y no pasan de ser un compendio de ideas sueltas que no logran brindar una imagen clara ni del autor, ni de su obra.
En escritura, como en docencia, la falta de esfuerzo en un extremo repercute en el lado opuesto. Los escritores y los maestros que se toman su trabajo en serio y preparan cuidadosamente sus exposiciones, reducen el esfuerzo de sus lectores y pupilos. Quienes, por el contrario, como Baciu, sueltan peroratas sin orden ni coherencia, acaban poniéndole el camino cuesta arriba al lector, quien debe esforzarse por entresacar, en medio de la palabrarería inoportuna, alguna idea o algún dato de interés.
En este libro se reproducen dos cartas que César Vallejo le escribió a Max Jiménez desde París. Una de noviembre de 1924 y la otra de diciembre de 1926. En ellas, Vallejo le agradece a Max su amistad y ciertos favores recibidos, entre ellos el que le haya permitido vivir en su apartamento parisino. El poeta peruano menciona que recibe constantemente el Repertorio Americano que editaba don Joaquín García Monge. Se incluye además una larga cita de Ernesto Moore, quien también fue huésped de Max en la capital francesa, que evoca detalles acerca de la amistad que existía entre los escritores latinoamericanos que vivían en París durante los años veinte.
Es triste decirlo pero, de no ser por la reproducción de estos documentos, el libro Costa Rica en seis espejos no tendría nada digno de ser recordado. Las únicas páginas que vale la pena leer, en este libro, son precisamente las que no escribió el autor.
INSC: 1165

jueves, 28 de abril de 2016

Mujeres ensayistas costarricenses.

Antología Femenina del Ensayo.
Leonor Garnier. Ministerio de
Cultura Juventud y Deportes.
Costa Rica, 1976.
No se supone que la producción literaria o académica sea antologada por separado si ha sido escrita por hombres o por mujeres. Sin embargo, dicha práctica no solamente ha sido común, sino hasta necesaria. Las mujeres escritoras, con frecuencia ignoradas por quienes hacen antologías, han debido buscar la manera de compensar esa discriminación.
En 1972, Luis Ferrero Acosta publicó su antología de Ensayistas costarricenses, en la que no incluyó ni una sola mujer. Cuatro años después, en 1976, Leonor Garnier publicó Antología Femenina del Ensayo, en la que solamente aparecían mujeres. Siempre he sospechado que el libro de Garnier surgió como una respuesta al de Ferrero. Ambas obras, en todo caso, comparten la misma limitación, aunque no con el mismo propósito. 
Mientras en el primer caso, al incluir solamente varones, por un descuido que no sabemos si fue casual o voluntario, se  acabaron ignorando obras de importancia. En el segundo caso, al tomar en cuenta solamente a mujeres por un criterio establecido deliberadamente, la intención no era ocultar a un sector, sino más bien mostrar al que no había recibido la atención que merecía.
No se trata de un asunto solamente de género. Con frecuencia las antologías incluyen solamente a autores consagrados y, por ello, también como reacción a ese criterio, los escritores jóvenes o debutantes son antologados en obras aparte. Uno, como lector, desearía que quienes hagan compilaciones opten por un criterio amplio en vez de restringido. Mientras haya discriminación, será necesario contrarrestarla, pero hay que mantener la esperanza de que esa práctica quede pronto en el pasado. No me parece conveniente ni apropiado el crear listas aparte y creo que combatir fuego con fuego no es la mejor forma de apagar un incendio. La discriminación, sobra decirlo, no se combate con discriminación sino, más bien, con integración.
Antología Femenina del Ensayo incluye escritos de diez escritoras, todas ellas nacidas en Costa Rica en el siglo XX. Mientras en el libro de Ferrero, el tema recurrente era el patriotismo y el nacionalismo, el tema recurrente en el de Garnier es la educación y la crítica literaria.
Emilia Prieto, además de un nota sobre el concho, en que critica la actitud arrogante de los habitantes de la ciudad al referirse a las personas del campo, comenta la novela Gentes y Gentecillas de Carlos Luis Fallas.
Lilia Ramos.
Lilia Ramos ofrece un encantador reportaje sobre recuerdos del San José de antaño asociados a la familia del poeta Genaro Cardona y comparte, además, recuerdos personales sobre la obra y figura de su amiga Yolanda Oreamuno.
Emma Gamboa, además de reflexionar sobre educación, hace un sentido homenaje a su maestro Omar Dengo. Margarita Castro Rawson, plantea consideraciones de crítica literaria sobre el costumbrismo costarricense. Virginia Sandoval de Fonseca se refiere, de manera teórica, a las características de la prosa y critica el uso del humor en los cuentos de Magón. María Rosa Picado de Bonilla analiza la poesía de Isaac Felipe Azofeifa, Inés Trejos de Montero se refiere a periodismo y política y María Eugenia Bozzoli brinda un estudio antropológico sobre el pueblo indígena Quepo.
De Yolanda Oremuno se incluyen ¿Qué hora es? y El ambiente tico y los mitos tropicales. Dos clásicos.
Los escritos de María Eugenia Dengo de Vargas son los más breves y personales. En el género de ensayo no se trata de demostrar un punto, sino de reflexionar alrededor de él. Los de Carmen Naranjo son propuestas que invitan al lector a prestarle atención a ciertos temas, sobre los cuales ella propone un planteamiento pero no impone una conclusión. 
La tendencia, que lamentablemente es cada vez más común, de llamar ensayo a lo que en realidad es una investigación metódica, impersonal y llena de citas, está presente tanto en el libro de Ferrero como en el de Garnier. En ambos casos, al final. Los textos de José Luis Vega Carballo, en Ensayistas costarricenses, y de María Eugenia Bozzoli, en Antología Femenina del Ensayo, son definitivamente estudios profusamente justificados y documentados pero, precisamente por ello, no cumplen plenamente con las características del género de ensayo. Les falta lo subjetivo, la sana dosis de opinión, la argumentación que, más que demostrar científicamente, busca convencer con argumentos.
Todas las antologías acaban siendo criticadas por sus inclusiones y exclusiones, que bien pueden ser involuntarias. En el libro de Ferrero, Ensayistas Costarricenses, al no incluir obras escritas por mujeres, se dejó por fuera a Carmen Lyra. Leonor Garnier, en Antología Femenina del Ensayo, tampoco la incluyó.
INSC: 1407

viernes, 31 de julio de 2015

Puerto Limón. Novela de Joaquín Gutiérrez Mangel.

Puero Limón. Joaquín Gutiérrez Mangel.
Editorial Costa Rica, 1985.
Guy de Maupassant decía que una novela es un ciclo completo de vida. Se toman unos personajes en un determinado momento de su existencia y se les acompaña, durante la transición, hasta el momento siguiente. Eso fue lo que hizo don Joaquín Gutiérrez Mangel en su novela Puerto Limón. En las primeras páginas conocemos a Silvano, el protagonista, un muchacho internado en un colegio de la capital que obtiene buenas notas, es inteligente, atrevido y de carácter fuerte, pero no sabe nada del mundo ni de la vida y no tiene la más mínima idea de lo que quiere hacer en el futuro. Al terminar el libro, Silvano ha madurado y se dispone a enfrentar un destino lleno de incertidumbre, pero escogido por él mismo.
Silvano estaba a punto de terminar sus estudios cuando un telegrama lo lanzó de cabeza al mundo real. Su tío, don Héctor, lo manda a llamar y el muchacho, obediente, toma el tren a Puerto Limón. Se acabaron los tiempos de ir a clases, practicar deporte y vagabundear con los compañeros. Había llegado el momento de trabajar, ir ganando poco a poco su independencia hasta llegar a ser un adulto responsable. Por el momento, su destino no parecía ser otro que convertirse en finquero, como su tío.
Aunque respeta y, hasta cierto punto, admira y quiere a don Héctor, a Silvano no le parece nada atractivo seguir sus pasos. Ni siquiera le encuentra sentido a ese tipo de vida. Comprar tierras, sembrar bananos, venderle la fruta a la Compañía, invertir el dinero que se gana en comprar más tierras, para sembrar más bananos, para venderle más fruta a la Compañía, para ganar más dinero, para comprar más tierras y sembrar más bananos... ¿es ese el destino que le espera?
Tal vez si Silvano hubiera llegado al Caribe en tiempos normales, no habría tenido oportunidad de pensar mucho en ello. Simplemente se habría puesto a trabajar con su tío en las fincas y se habría adaptado pronto a la rutina. Pero Silvano llegó cuando una gran huelga tenía paralizada toda la producción bananera. En Puerto Limón no se hacía más que ver pasar el tiempo. Los peones permanecían horas conversando en las pulperías mientras el olor dulzón de las frutas madurándose en las matas flotaba en el ambiente. Los finqueros y los empleados de la Compañía no hacían más que calcular el valor de los racimos que se iban a perder. Quienes aún tenían dinero para distraerse, iban al cine, jugaban cartas, bebían tragos y hasta organizaban uno que otro baile, pero todos andaban con caras amargas. Eran muchos los trabajadores que no tenían ya ni qué comer, pero ninguno estaba dispuesto a reanudar sus labores mientras no se cumplieran las demandas de la huelga. Algunos, para matar el hambre, pescaban en los ríos o se iban a buscar tubérculos silvestres. Silvano, por su parte, no hallaba qué hacer en ese mundo paralizado. Hablaba con todos pero por su temperamento huraño, cada charla acababa convirtiéndose en una discusión rematada por un berrinche. La situación era tensa. En todo el país no se hablaba más que de la huelga y existía el temor de que en algún momento se desatara la violencia. Había quienes exigían que el gobierno tomara medidas drásticas. Se sabía que tanto los huelguistas como los finqueros estaban cada vez más dispuestos a echar mano de las armas que tenían ocultas.
El comentario típico que se escucha sobre esta novela, es que trata de la gran huelga bananera de 1934. Siempre he creído que quienes repiten este lugar común no han leído el libro o, si lo leyeron, acabaron prestándole más atención al decorado que a los acontecimientos. La huelga, en esta historia, no es más que el telón de fondo. Aunque en el libro hay un episodio sobre el encuentro (no sé si imaginario o real) que sostuvo el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno con el líder comunista Manuel Mora Valverde, se mencionan las demandas de los huelguistas y se deja claro el enorme poder de la Compañía, todo eso está en segundo plano. Puerto Limón no es, como muchos la han calificado, un obra histórica de denuncia social. Con semejante etiqueta, la novela hasta pierde atractivo. En América Latina abundan las novelas de lo que se llamó "Literatura comprometida", que consistía en narraciones basadas en hechos reales fuertemente aderezadas con propaganda ideológica. Los libros de este tipo no generaron mayor atención y el gran público acabó rechazándolos. Políticamente eran ineficaces y literariamente eran bastante pobres. Basta que un libro sea calificado dentro de este género para que nadie quiera leerlo.
La política y la economía preocupan, pero no conmueven. Los problemas sociales invitan a la reflexión y al análisis, pero son los pequeños y grandes dramas humanos los que tocan fibras emocionales verdaderamente sensibles. Y en Puerto Limón, lo que está en primer plano es la vida de un puñado de personajes magistralmente construidos, atrapados en medio de dos horizontes (el del Caribe y el de los bananales) en un momento en que parecía que el tiempo se había detenido.
La cosecha se va a perder, los peones se niegan a realizar la corta, los trenes y los barcos, detenidos, no van a ser cargados, las deudas se acumulan y la violencia puede estallar en cualquier momento. Todo eso es preocupante, pero no duele. Lo que duele es que una muchacha linda se quede sola en la playa mirando alejarse al hombre que terminó la charla dándole la espalda. Lo que duele es que Azucena, la empleada doméstica, se haya enfermado y en el hospital no le permitan a su hermano ir a visitarla. La huelga es un problema social grave, pero con huelga o sin huelga la vida continúa y cada uno tiene sus propias ilusiones y preocupaciones en qué pensar. Llega el punto en que uno, como lector, al igual que los propios personajes de la novela, llega a olvidarse de la Compañía, del gobierno y de los sindicatos. Toda la atención se concentra en don Héctor, en Paragüitas, en Tom Wilkenman, en Diana y, muy especialmente, en Silvano. Poco a poco los vamos conociendo más a fondo. Cada uno a su manera y por razones distintas, se siente solo. Don Héctor, el finquero, y Paragüitas, el cabecilla local de la huelga, cada uno con su historia personal y su particular visión del mundo y de la vida, no pueden ser más distintos. Silvano no se parece a ninguno de ellos, pero ambos le inspiran respeto y, en alguna medida, admiración. Ellos ya llegaron a ser quienes eran. Silvano no sabe ni hacia dónde va. Aunque no comparte las ideas ni los valores de su tío, reconoce en él un modelo de orden, disciplina y cumplimiento del deber. Por otra parte, Silvano considera justas las demandas de los huelguistas y está profundamente impresionado por la firmeza con que han reclamado sus derechos y la manera estoica en que han resistido largas semanas sin sueldo. Quienes leen sobre la huelga en los periódicos, podrán tomar posiciones intransigentes y abogar por medidas drásticas. Pero a quienes, como Silvano, conocen de cerca tanto a los finqueros como a los peones, no es tan fácil adoptar una posición radical.
En mi edición de Puerto Limón, don
Joaquín Gutiérrez me escribió:
"A Carlos con un tirón de orejas
Su amigo Joaquín".
Yolanda Oreamuno decía que el mayor mérito de Puerto Limón es que el gran conflicto social se va disminuyendo, mientras que los pequeños dramas humanos se van agrandando hasta alcanzar proporciones enormes. Tras recibir la primera edición de la novela, publicada en Chile en 1950 por la editorial Nascimento, Yolanda le escribe una carta a don Joaquín en la que le elogia el que haya dejado abierta y, en cierta medida, hasta sin resolver, la posición de Silvano. "Si lo hubieras definido", le dice, "le habrías dado orientación, pero no vida. En fin, que dejándolo así, con sus problemas irresolutos de semihombre, con su tendencia a la cobardía y a la emoción, has hecho de él un hombre ya definido, ya eterno, ya estable. No se trata de decir que Silvano por fin se portó bien, aprendió una lección y fue capaz de seguirla repitiéndola para ejemplo de la humanidad, sino de hacer un Silvano cuyos errores y caídas lo lleven a encontrar una solución que no eres tú quien debe dar, sino Silvano."
En Puerto Limón, como en todas las novelas de don Joaquín Gutiérrez, la vida palpita detrás de cada palabra. Y la vida, a diferencia de la Historia, no está marcada por grandes acontecimientos, sino tejida por pequeños instantes.  Al final del libro, Silvano sigue siendo un joven ingenuo, lleno de inseguridad y con más preguntas que respuestas sobre su porvenir pero, tras ciertos hechos dolorosos que es mejor no mencionar (para no estropearle la novela a quienes no la han leído), toma la decisión de dar el primer paso hacia lo que será el resto de su vida.
INSC: 0761



domingo, 3 de mayo de 2015

La fugitiva. Novela de Sergio Ramírez Mercado.

La fugitiva. Sergio Ramírez Mercado.
Alfaguara, México, 2011.
Yolanda Oreamuno fue una escritora costarricense que, como otros jóvenes de su generación, era asidua colaboradora de El Repertorio Americano publicaba don Joaquín García Monge. Su vida fue breve y bastante complicada. De su obra literaria quedan una novela La ruta de su evasión y varios cuentos y ensayos. Yolanda era un mujer inteligente, atractiva y culta. Fue víctima de un secuestro, su primer marido, el diplomático chileno Jorge Molina Wood, se suicidó. Su segundo matrimonio, con el licenciado Oscar Barahona Streber acabó en un divorcio poco amistoso y Yolanda, que decidió rehacer su vida fuera de Costa Rica, en Guatemala, primero y en México después, perdió contacto con su único hijo. La obra literaria de Yolanda, escrita con una prosa esmerada, llena de imágenes sugerentes, se inclina profundamente hacia la introspección. Tanto en su novela como en sus cuentos, lo que ocurre en el interior de los personajes es mucho más rico y significativo que lo que ocurre a su alrededor. En sus ensayos y artículos, queda en evidencia su gran sentido crítico así como la fina ironía a la que recurre para expresarlo. Es suya la frase, que acabó siendo famosa, de que en Costa Rica, cuando alguien sobresale, en vez de cortarle la cabeza le bajan el piso.
En vida de Yolanda, eran más quienes prestaban atención a sus asuntos personales que a su obra literaria. Esta situación que se ha mantenido después de su muerte. Aunque hay quienes se han ocupado de analizar y difundir su obra, la mayoría de artículos que se han escrito sobre ella se enfocan casi morbosamente en asuntos biográficos.
A finales de los años noventa, Sergio Ramírez Mercado anunció, en una conferencia en el Teatro Nacional, que estaba preparando un libro sobre Yolanda Oreamuno. Vino luego una espera de más de una década y, finalmente, en el 2011, apareció la novela La fugitiva, publicada en México por Alfaguara.
Aunque el libro fue muy vendido, en Costa Rica, digámoslo de una vez, la novela desilusionó.
Pequeños detalles, que los lectores de otras nacionalidades ni se siquiera reconocerían, resultaron verdaderamente molestos para los lectores ticos. Tal parece que ningún costarricense leyó el borrador del libro y, si alguno lo hizo, no realizó un buen trabajo. Prácticamente todas las expresiones del habla costarricense, así como las referencias espaciales y los acontecimientos y personajes históricos, están llenos de errores e inexactitudes.
Dice "por dichas", en vez de por dicha. "Chivirri", en vez de chiverre. "Genízaro", en vez de cenízaro. "Río Tabaco", en vez de Tabacón. "Cuartel Buenavista", en vez de Bellavista. "Pellico Tinoco" en vez de Pelico Tinoco. Confunde el barrio Amón con el barrio Tournón, que además escribe "Turnón". Confunde el mercado Central con el mercado Borbón. La península de Osa, que está en el Pacífico, la ubica en el Atlántico. Dice que en los años sesenta empezaron a poblarse los barrios al oeste de la capital, Los Yoses, Escalante y Francisco Peralta, cuando esos barrios no están al oeste sino al este y no datan de los años sesenta sino de los cuarenta. Menciona las tres esculturas del Teatro Nacional como "la gloria, la fama y la danza", cuando son la fama, la música y la danza.
Los personajes históricos a los que se refiere a lo largo del libro, tales como el general Jorge Volio, don Ricardo Jiménez Oreamuno, Santos Matute Gómez, Monseñor Sanabria, Clorito Picado y el Dr. Ricardo Moreno Cañas, están desfigurados al punto de ser irreconocibles. La mayor parte de lo que se dice de ellos no corresponde a los hechos históricos. También están llenas de errores históricos las referencias a la guerra civil. Según el libro, don Pepe Figueres convocó la huelga de brazos caídos y el voto femenino se estableció en 1950.
Si hubo algún tipo de investigación para escribir esta obra, definitivamente fue muy descuidada. Según el libro, Luz Marina Goicoechea fue retratada por don Guido Sáenz, cuando el retrato famoso al que se refiere es de María Cristina Goicoechea y fue pintado por doña Luisa González de Sáenz, madre de don Guido. Pero allí no acaban los anacronismos. Llama Nelson Rockefeller a John D. Rockefeller y pone al General Tomás Guardia a interactuar con personas que llegaron a Costa Rica cincuenta años después de su muerte.
Algo verdaderamente extraño en este libro es el cambio de nombres. A Tomás Soley Güell, el ministro de hacienda de don Ricardo, lo llama Benito Solera Güell, sin que haya motivo que lo justifique, ya que lo menciona solamente de pasada. En cambio, el asesinato de Alberto González Lahmann y la enfermedad de doña Flora Luján si se cuentan con nombres y apellidos, lo cual es, por decir lo menos, una falta de delicadeza y de consideración a sus parientes.
A Yolanda Oreamuno la llama Amanda Solano. El cambio de nombre jugó en contra, porque la protagonista de la novela firma sus cartas como AS, lo cual no tiene el encanto de la firma real de Yolanda, que firmaba sus cartas como YO.
Yolanda murió en México en 1956. Poco después, por iniciativa de doña Olga de Benedictis, esposa del presidente Mario Echandi, sus restos fueron repatriados y sepultados en el cementerio general de San José. 
La novela arranca en ese cementerio, ante la tumba sin nombre de la brillante escritora fallecida lejos de su patria. En las primeras págnias, el narrador ofrece contar la vida de esa persona, pero la oferta no se cumple. En lugar de una novela con la escritora como protagonista, los capítulos posteriores del libro se limitan a tres largos monólogos. El primero, de doña Vera Tinoco Rodríguez, el segundo de Lilia Ramos y el tercero de Chavela Vargas. Naturalmente, ninguna de ellas aparece identificada con su verdadero nombre, pero cualquier lector tico las reconocería. No logro comprender por qué, si pretendía escribir sobre la vida de Yolanda, no le dio voz ni protagonismo, sino que la convirtió en un espectro reconstruido a retazos a partir de tres voces. Tampoco comprendo a qué clase de público pretendía dirigirse. Un lector español o latinoamericano difícilmente logrará enterarse de que este libro se refiere a una persona que realmente existió. Para un lector costarricense, como ya se dijo, la lectura está llena de tropiezos por la abundancia de errores e inexactitudes. Alguien que nunca haya oído hablar de Yolanda Oreamuno, no encontrará en estas páginas ninguna referencia que la acerque a ella. Quien conozca la vida y obra de Yolanda, este libro no tiene nada nuevo que decirle.
El libro de Sergio Ramírez Mercado, a fin de cuentas, no hace más que repetir los tres lugares comunes que han llegado a ser recurrentes cada vez que se habla de Yolanda. Se dice que era una mujer de talento extraordinario en un medio cultural aldeano y aburrido. Curiosamente, si alguna vez el medio cultural costarricense fue realmente activo y brillante, fue en la década de los cuarenta, cuando grandes escritores como la propia Yolanda, Max Jiménez, don Joaquín, don Fabián, Calufa, Carmen Lyra entre otros generaban un debate amplio y de altura en el Repertorio Americano de don Joaquín García Monge. Esa década de los cuarenta, muy lejos del aburrimiento adocenado con que la pintan, fue escenario de grandes reformas y conflictos políticos que acabaron en una guerra civil. En la artes plásticas, por su parte, ya surgían grandes talentos como don Paco Amighetti, Francisco Zúñiga, de nuevo Max Jiménez y toda la generación nacionalista.
Es verdad que la obra de Yolanda, a pesar de sus enormes méritos, no trascendió más allá del medio local. Sin embargo, su caso no es excepcional ni único. Todos los autores latinoamericanos fallecidos en la década de los cincuenta son poco recordados en su propio país y totalmente desconocidos fuera de sus fronteras.
En todo caso, la vida y obra de Yolanda brindan material abundante para escribir una novela. La fugitiva, de don Sergio Ramírez Mercado, quedó en un intento fallido.
Al final del libro aparece la leyenda: "Esta novela es una obra de ficción. Todos los personajes y situaciones han sido inventados y se deben a la imaginación del autor."  Dicha afirmación es falsa. La imaginación de don Sergio no inventó a Clorito Picado, ni a Moreno Cañas, ni a Monseñor Sanabria, ni a don Pepe Figueres. Los personajes de este libro no fueron inventados, sino alterados por el autor. Siendo así, tal vez mi apreciación de este libro esté totalmente equivocada. Le pedí peras al olmo. Quizá Sergio Ramírez no quiso escribir sobre Yolanda sino, usando su vida como base, escribir una novela con todas las licencias que la ficción otorga al autor.
INCS 2571

lunes, 17 de noviembre de 2014

Un poco de atención.

Yo soy Marlín. Edelmira González.
EUNED, Costa Rica,  2002.
Lo que más desean los escritores es que les pongan atención. Unos lo logran. Otros no. Edelmira González (1904-1988) definitivamente no lo logró. Escribió cuatro novelas. La primera y la segunda no llamaron la atención porque fueron publicadas cuando ya el estilo con que estaban escritas había pasado de moda. Su tercera y cuarta novela se publicaron catorce años después de su muerte y, por crueldad del destino, sufrieron la misma suerte que las dos anteriores. 
Su nombre y su obra son desconocidos. Es posible que sus novelas hubieran sido apreciadas de haberse publicado en su momento, pero todas las publicaciones se realizaron cuando ya era demasiado tarde. Además, destacarse como novelista en la Costa Rica de los años cuarenta no era nada fácil ya que había un puñado de escritores que, en materia de novela, eran capaces de hacerle sombra a un roble.
En 1946, la Universidad de Costa Rica convocó a un concurso de novela y Edelmira lo ganó con Alma Llanera, la primera novela costarricense ambientada en Guanacaste en la que, con el hilo conductor de un drama personal, se exponen los problemas sociales de la provincia. Pese a ser la premiada, la Universidad nunca publicó la novela. Edelmira, con sus propios medios, imprimió una edición modestísima en 1958 que no llegó ni a la esquina. En 1977 la Editorial Costa Rica la publicó, pero de los años cuarenta a los años setenta, mucho había cambiado el gusto literario y ya nadie estaba dispuesto a leer novelas paisajísticas y lineales.
En 1956, la Universidad vuelve a convocar al premio de novela y Edelmira lo gana de nuevo, esta vez con Mansión de mis amores, también ambientada en Guanacaste, en la que, además de historias románticas y familiares se ofrece un retrato amplio sobre la vida cotidiana y las tradiciones culturales y religiosas de quienes viven rodeados de cañales. La Universidad, de nuevo, no publicó el libro y la Editorial Costa Rica, de nuevo, hizo una edición en 1973 a la que nadie le prestó atención. Cierto personaje, al que le gustaba jugar de historiador de la literatura y soltar calificaciones lapidarias sin ningún fundamento, afirmó que Mansión de mis amores era "la gran novela guanacasteca".  Respeto el derecho de todos a manifestar su opinión y a llamar "gran" a lo que gusten, pero debo señalar el hecho de que en el momento en que profirió semejante sentencia, solo había tres novelas ambientadas en Guanacaste.
Los concursos de novela de la Universidad de Costa Rica de 1946 y 1956 fueron los únicos dos que se realizaron y ambos los ganó Edelmira. El premio no entregaba dinero, sino que consistía, únicamente, en la publicación de la obra galardonada. Pero la Universidad no cumplía ni eso, así que dejaron de convocarlo. De todas formas, un premio que se convoca cada diez años no parece muy serio. Quién sabe si de haberlo seguido convocando Edelmira lo hubiera seguido ganando.
Llamar la atención como novelista es difícil y el tiempo, como siempre, juega en contra. Joaquín Gutiérrez, Fabián Dobles, Yolanda Oreamuno y Carlos Luis Fallas, todos ellos casi veinte años más jóvenes que Edelmira, empezaron a publicar sus novelas, definitivamente más audaces y mejor logradas que las de la generación anterior, mientras Edelmira permanecía inédita.
En 1973, la Editorial Costa Rica convocó por primera vez su premio de novela. Edelmira envió Yo soy Marlín y, según don Beto Cañas, que era uno de los jurados, aquella historia de una niña limonense que tenía como sitio de juegos un viejo cementerio y como compañero de aventuras a su enamorado Clyton Preachard, se vislumbraba como ganadora segura del certamen. Pero entre los otros manuscritos apareció, participando con la furia de un huracán, Murámonos Federico y los jurados se olvidaron de Marlín y de todas las otras novelas concursantes y dieron el fallo por unanimidad.
Edelmira murió en 1988. En el 2002, don Beto Cañas, que siempre apreció su obra, se encargó de que la Universidad Estatal a Distancia  publicara sus cuatro novelas. La cuarta, que junto con Yo soy Marlín, Edelmira nunca vio impresa, se titula Las huellas del puma y es una novela histórica en la que un anciano profesor de Cartago evoca la figura de Gregorio José Ramírez y describe cómo era la ciudad antes del terremoto de 1910.
Hoy las cuatro novelas de Edelmira están disponibles en librerías a precio muy accesible, pero no hay quien las compre ni quien las lea. 
Yo leí las cuatro. Son novelas bastante sencillas, con pocos personajes, sin dramas complejos ni audacias narrativas o estructurales. Las historias, lineales y cronológicas, son claras como el agua. Los personajes nunca se salen del canasto. La observación del paisaje y la exploración de los sentimientos, imperan sobre la acción, siempre lenta, que se concentra en unos episodios que, para quien no se involucre a fondo con la trama, pueden parecer intrascendentes. 
Tras leer sus cuatro novelas, creo que Edelmira González, como escritora, merecía que se le hubiera prestado un poco de atención. Al menos un poco. Pero no tuvo ni eso.

INSC:  1511

jueves, 6 de noviembre de 2014

De la vida a la literatura.

Los azules días. Joaquín Gutiérrez Mangel.
Editorial de la Universidad de Costa Rica
Costa Rica, 2000.
Aunque la vida de don Joaquín Gutiérrez fue larga y rica en experiencias, sus memorias, tituladas Los azules días, es un libro breve en que la vida de don Joaquín apenas se asoma. El libro, más que una autobiografía, es una colección de relatos autónomos sobre diversos momentos y personajes. Hay, por supuesto, una que otra anécdota personal pero, además de escasas, todas están ubicadas en su infancia y juventud. Cuenta la vez que su madre, que pintaba cuadros, lo castigó por haber metido mano a una de sus obras. Don Joaquín, en ausencia de su madre, tomó el pincel para agregarle un par de detalles al cuadro que su madre estaba pintando, con la esperanza de que ella no se diera cuenta. Doña Stella lo castigó, no por haber pintado en su cuadro, sino por haberlo hecho tan mal. En la casa de Limón, la familia tenía un mono como mascota y un exministro de seguridad como vecino. El exministro era calvo y usaba peluca y tenía la costumbre de quitársela a la hora de leer el periódico en la mañana para que su cráneo recibiera algo de sol. Un buen día el mono saltó al patio vecino y le robó la peluca. La empleada doméstica del vecino tocó la puerta para decir que por favor le devolvieran "eso". Don Joaquín y su hermano, haciéndose los tontos, solamente preguntaban qué era "eso", pero la empleada contestaba simplemente "eso, eso".
Los azules días, como todos los libros de don Joaquín, está lleno de sonrisas. En el libro no menciona nada de sus tiempos en la Unión Soviética ni en Vietnam, tal vez por haberse ocupado de ellos en otros libros. Tampoco habla de su trabajo en la editorial Quimantú, en Chile, en tiempos de Allende ni de la proeza que fue salir del país tras el golpe de Pinochet. Tampoco menciona su estrecha amistad con Pablo Neruda ni sus triunfos en el ajedrez. Sobre su familia, su esposa y sus dos hijas, tampoco se ocupa. Al escribir sus memorias, don Joaquín optó por llamar la atención sobre otros más que sobre sí mismo. Dedica un capítulo aparte a cada uno de los grandes personajes de su vida: a Monseñor Sanabria, su profesor de literatura, a don Joaquín García Monge, el mentor literario de su generación y a sus contemporáneos Yolanda Oreamuno, Carmen Lyra, Max Jiménez, Francisco Amighetti, Carlos Luis Fallas, Manuel Mora y Juan Manuel Sánchez.
Por tratarse de las memorias de un escritor, encontré en el libro dos revelaciones sorprendentes. La primera fue la influencia de su tío Agustín Gutiérrez Ross, tío Tin, quien tenía una imaginación extraordinaria y al caer la tarde, cuando regresaba a casa del trabajo, reunía en torno suyo a los sobrinos (don Joaquín incluido) para contarles historias de aventuras. El tío Tin iba inventando las historias conforme las iba contando pero, antes de empezar, secreteaba con la tía Carmen para saber cuáles sobrinos se habían portado bien y cuáles mal. A los que se habían portado bien, los ponía de capitanes de barcos que resistían el ataque de los piratas y a los que se habían portado mal los dejaba solos en el globo en que estaban dando la vuelta al mundo, o los ponía de cocineros mientras los que se portaban bien iban a cazar tigres y elefantes. Me pregunto hasta dónde habrán influido las historias del tío Tin en la vocación literaria de su sobrino.
El otro detalle que me llamó la atención, fue que encontré, en las memorias de don Joaquín, a varios personajes de sus novelas. Estoy seguro de que don Joaquín se inspiró en su padre, don Paco Gutiérrez Ross, para construir el personaje de don Héctor, el finquero de la novela Puerto Limón. Otro personaje de la misma novela, que aparece en las memorias, es el negro Tom Wilkelman, a quien don Joaquín presenta como su ángel de la guarda. Era un gigante, alto, fuerte y musculoso, que tomaba al pequeño Joaquín y lo montaba sobre sus hombros. Desde allí arriba, bien agarrado al cabello del peón, el futuro escritor avanzaba por la finca esquivando las ramas. Un trabajo frecuente, en una zona tan lluviosa como Limón, consistía en hacer zanjas que sirvieran como desagüe. Cuando Tom paleaba, lanzaba por lo alto la pelota de barro. A los otros peones se les volvía a llenar la zanja con el siguiente aguacero, pero no a Tom, gracias a la distancia a que podía lanzar su paletada. En la novela Puerto Limón, Tom maneja un motocar, pero a quien lea las memorias y la novela, no le cabrá duda de que se trata del mismo Tom.
En las memorias, don Joaquín recuerda a una perrita, Pirula, que fue la mascota consentida de su casa. La perra favorita de Federico, en la novela Murámonos Federico, también se llama la Pirula y, al igual que la del mundo real era capaz de sonreír.
Don Joaquín se encontraba en Moscú cuando le avisaron que su padre, don Paco, se encontraba muy enfermo. Envío inmediatamente un telegrama que decía: "Salgo mañana, llego ayer" y fue tomando aviones que lo fueran acercando a Costa Rica. Tuvo buena suerte con las conexiones y al día siguiente estaba tocando la puerta de la casa en San José. Lo recibieron con gritos de sorpresa, ya que arrivó apenas pocos minutos después de que llegara el telegrama. Don Joaquín cuenta cómo vio morir a su padre. Esa misma escena, en todos sus detalles, está en Murámonos Federico para contar la muerte de Colacho.
En otra entrada mencioné que el propio don Joaquín me contó que al Marqués, el personaje de su novela Te acordás hermano, no lo inventó, sino que lo conoció.
A veces, ante un libro lleno de historias asombrosas y personajes memorables, uno se asombra ante la imaginación de escritor, cuando es muy probable que esas historias y esos personajes, el escritor no los haya inventado, sino que se los haya encontrado a lo largo de su vida.

INSC: 1703
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