lunes, 17 de agosto de 2015

Las múltiples facetas de Monseñor Víctor Manuel Sanabria.

Monseñor Sanabria. Apuntes biográficos.
Ricardo Blanco Segura.
Editorial Costa Rica, 1971.
Víctor Manuel Sanabria Martínez, el segundo Arzobispo de San José, Costa Rica, hablaba varios idiomas, fue profesor de literatura, empresario periodístico, historiador, genealogista y autor de numerosos libros. Sin embargo, es recordado principalmente por su participación activa, pública y notoria, en los hechos políticos de la década de los cuarenta. Aprobó que los católicos militaran en las filas del partido Vanguardia Popular, liderado por comunistas. Trabajó activamente al lado del Dr. Calderón Guardia en la promulgación de las leyes sociales. Se ofreció como mediador para evitar el conflicto armado de 1948 e influenció en varios aspectos la Constitución promulgada tras la guerra civil.
Octavo y último hijo de don Zenón Sanabria Quirós y doña Juana Martínez Brenes, nació el 17 de enero de 1898 en San Rafael de Oreamuno. Sus padres y hermanos eran agricultores por lo que, desde niño, trabajó en el campo. Era hábil y rápido con la pala y el machete y, a lo largo de toda su vida, cada vez que visitaba su tierra, incluso ya siendo arzobispo, disfrutaba trabajar al lado de sus parientes en los cultivos de la parcela familiar.  A los catorce años manifestó su deseo de ser sacerdote y fue admitido en el Seminario, donde se destacó por su inteligencia. Tras finalizar su bachillerato fue enviado a Roma y allá obtuvo un doctorado en Derecho Canónico y recibió la ordenación sacerdotal. Tuvo la intención de ingresar a la Compañía de Jesús, pero el arzobispo Rafael Ottón Castro no se lo permitió. De vuelta en Costa Rica, fundó, junto con otros socios, El Correo Nacional, cuya primera edición apareció el 2 de julio de 1925. Sanabria era el director y gerente del periódico, pero su aventura periodística duró apenas poco más de tres meses. El 31 de octubre apareció el último número editado por Sanabria. La empresa fue vendida a don Luis Cartín, quien continuó publicando el diario hasta 1934. El clérigo, con más amargura que resignación, solía repetir: "Soy un mal administrador y un periodista frustrado."
Pasó entonces a la docencia. Impartía clases de teología a los seminaristas y de literatura a los estudiantes de secundaria.
En aquellos tiempos era común que las clases de literatura dictadas por un sacerdote fueran más o menos una farsa. Lo común era que el cura advirtiera a los estudiantes sobre los peligros y desviaciones morales o intelectuales que les podría generar la lectura de ciertos libros que ni él mismo había leído nunca. Ese no era el caso de Sanabria. Don Joaquín Gutiérrez Mangel, que fue su alumno en el Colegio Seminario, recuerda que Sanabria recitaba de memoria a los poetas del Siglo de Oro y al referirse a cualquier autor, antiguo o moderno, lo hacía con amplitud y conocimiento de causa. Sus clases de literatura, en vez de asustar con peligros, despertaban curiosidad e interés por las obras comentadas.
Sanabria, que tenía una inteligencia aguda y una memoria prodigiosa, era un lector voraz al que todo le interesaba. Leía los periódicos del día, así como obras literarias, históricas y filosóficas. Como si eso fuera poco, solía pasar horas en los archivos leyendo documentos antiguos.
Dominaba perfectamente el latín, el inglés, el francés y el italiano. Cuando se puso a investigar la historia de la Iglesia en Costa Rica, se topó con una obstáculo. El segundo y el tercer obispo, Bernardo Augusto Thiel y Juan Gaspar Storck, así como los vicarios de Limón y los padres paulinos que regentaban el seminario, eran alemanes y, entre los documentos que dejaron, había varios escritos en alemán. Cuando se topaba con alguno de ellos, llamaba al padre Cornelio Nacken para que se lo tradujera. Como le daba pena molestarlo, pensó que no debía ser tan difícil aprender alemán, se compró un diccionario y una gramática y empezó a traducir por sí mismo los documentos. Cuando se sintió seguro, le habló al padre Nacken en alemán. Su pronunciación, naturalmente, tenía errores, pero las oraciones estaban no solo bien construidas, sino que eran hasta elegantes. Nacken consideró asombroso que alguien pudiera aprender una lengua por sí mismo y, para ayudarle con su pronunciación, tanto él como todos los curas alemanes que había en Costa Rica, que eran varios, continuaron conversando con Sanabria en alemán de ahí en adelante. En 1943 publicó el libro Cuarto viaje de Colón, de Felipe Valentini, que él tradujo directamente del alemán.
El Doctor Calderón Guardia, Rigoberto Pacheco Tinoco, el
Arzobispo Sanabria y el poeta Rogelio Sotela colocan
 la primera piedra de la Universidad de Costa Rica. 1940.
Las obras históricas de Sanabria son numerosas. Desde su primer libro, Datos Cronológicos para la historia eclesiástica de Costa Rica, publicado en 1927, demostró ser un investigador minucioso y un escritor de prosa elegante. Publicaría después las biografías de Anselmo Llorente y de Bernardo Augusto Thiel, así como un recuento de los acontecimientos que sucedieron antes y durante la primera vacante episcopal de San José. Al investigar el culto a la Virgen de los Ángeles, de la que era muy devoto, no logró hallar ningún documento en que constara el nombre de la campesina que encontró la imagen pero, como el apellido más común en la Puebla de los Pardos era Pereira y el nombre más frecuente entre las mujeres era Juana, decidió llamarla Juana Pereira. A partir de 1932, Sanabria fue publicando por entregas los datos que se conservaban en la Curia sobre los muertos en la Campaña Nacional de 1856. En la lista, el héroe nacional Juan Santamaría no estaba registrado como caído en batalla, sino como víctima del cólera. Entre los historiadores de su época, ninguno le reclamó a Sanabria que se hubiera tomado la libertad de inventarle un nombre a un personaje sin contar con un documento que lo respaldara, pero sí lo criticaron por reproducir un documento que ponía en duda la gesta heroica del soldado Juan en la batalla de Rivas.
Esa no fue la única polémica que levantaron sus investigaciones. Como tenía su disposición los registros de matrimonios y nacimientos desde la época colonial, se puso a hacer genealogías hasta completar las de San José y Heredia y dejar muy avanzadas las de Alajuela y Cartago. Al igual que en el caso de Juan Santamaría, publicó los datos que había encontrado en los archivos y numerosos miembros de las familias de abolengo se molestaron al percatarse que, entre sus ancestros, además de los hidalgos españoles de los que presumían descender, había numerosos indígenas y esclavos negros.
Por modestia y como restándole importancia, Sanabria siempre dijo que sus investigaciones no eran más que apuntes, esbozos, anotaciones o simples recopilaciones de datos y como tales los publicaba. Siguiendo su ejemplo, don Ricardo Blanco Segura tituló "apuntes biográficos" al libro que escribió sobre Sanabria, a quien conoció y trató de cerca. Don Ricardo, como Sanabria, es investigador meticuloso y escritor de estilo elegante. Las obras de ambos autores, además, tienen en común el que no disimulan simpatías ni antipatías por determinados personajes. Esta subjetividad, que quizá en el gremio de los historiadores pueda ser considerada un defecto, acaba siendo, para el lector común y silvestre, un aderezo delicioso en medio de tanto dato.
En 1938, Sanabria fue consagrado obispo de Alajuela, diócesis que en aquel tiempo comprendía todo el norte del país, incluyendo Guanacaste y media provincia de Puntarenas. Apenas tuvo tiempo de recorrer todo el territorio y visitar, al menos una vez, cada parroquia, puesto que en 1940 fue nombrado Arzobispo de San José.
Sanabria tomó posesión de su cargo el 28 de abril de 1940. Pocos días después, el 8 de mayo, el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia asumió la presidencia de la República. El arzobispo y el presidente no eran los únicos hombres jóvenes en cargos de importancia. Toda una nueva generación, que había nacido alrededor del cambio de siglo, estaba relevando a las viejas figuras. Eran los años cuarenta y quienes tenían las riendas del país eran hombres de cuarenta años de edad. La parsimonia de los liberales de antaño parecía haber quedado atrás. Había una voluntad de emprender proyectos ambiciosos y de verlos convertidos en realidad lo más pronto posible.   
La iniciativas que Sanabria puso en marcha eran audaces. Iban desde la fundación de sindicatos católicos, hasta la creación de la emisora Radio Fides, que fundó como reacción a Radio Faro del Caribe, fundada poco antes. Inició la construcción del Seminario en Paso Ancho (donde soñaba retirarse, cuando dejara el cargo, para dedicarse por completo a la historia), así como de la Casa de Ejercicios Espirituales en Calle Blancos. 
El Dr. Calderón Guardia, quien había estudiado en la universidad de Lovaina, declaró que las acciones de su gobierno estarían inspiradas en la Doctrina Social de la Iglesia, lo cual le atrajo la simpatía y el apoyo del Arzobispo. El gobierno también tenía como aliado al partido comunista.  Eran los años de la II Guerra Mundial, en que los Estados Unidos y la Unión Soviética luchaban en el mismo bando, por lo que ni los comunistas eran antiyanquis ni las democracias occidentales consideraban enemigos a los comunistas.
El 13 de junio de 1943, el partido comunista, en una asamblea plenaria, tomó la decisión de cambiar de estatutos y de nombre. A partir de esa fecha se llamaría Partido Vanguardia Popular. Manuel Mora, quien había fundado el partido comunista en 1931 y era el líder indiscutible de la agrupación, le dirigió una carta a Monseñor Sanabria, en la que le consultaba si encontraba algún obstáculo para que los católicos militaran en su partido. El Arzobispo le contestó el mismo día que no encontraba obstáculo alguno.
Manuel Mora, Luis Demetrio Tinoco Castro, Monseñor Sanabria,
Teodoro Picado y el Dr. Calderón Guardia el día de la
promulgación de las Garantías Sociales. 15 de setiembre de 1943.
El hecho fue, por decir lo menos, bastante extraño. ¿Por qué el partido comunista decidió cambiar de nombre? ¿Por qué el mismo día que el partido cambió de nombre Manuel Mora se dirigió al Arzobispo? ¿Por qué el Arzobispo contestó en el mismo día? El escándalo que se armó trascendió las fronteras. El gobierno de Guatemala, por ejemplo, no le permitió a Sanabria asistir al Congreso Eucarístico por considerarlo un obispo comunista.
Poco después, el 15 de setiembre de 1943, fueron promulgadas las Garantías Sociales y, para festejar el acontecimiento, se organizó una manifestación masiva en la capital. El presidente de la República invitó al Arzobispo a sumarse a la celebración y ambos acabaron paseando por San José en un Jeep descubierto al lado de Manuel Mora, el líder comunista, y Teodoro Picado, el candidato oficialista para las elecciones del año siguiente. Por esa época, además, Calderón Guardia, desde la presidencia, y Manuel Mora, desde el Congreso, lograron la derogatoria de las leyes liberales que había promulgado Próspero Fernández en 1884, que limitaban la influencia de la Iglesia en la educación pública. El arzobispo, por su parte, había participado activamente en la elaboración del recién promulgado Código de Trabajo.
Lo curioso es que el candidato de la oposición, León Cortés Castro, junto con su esposa doña Julia Fernández, había sido padrino de la consagración episcopal de Sanabria. Don León no dijo una palabra, pero muchos de sus seguidores criticaron duramente al Arzobispo. 
Ante los cuestionamientos, Sanabria respondió de una manera un tanto esquiva. Dijo que las acciones de un obispo solamente pueden ser juzgadas por Dios, por el Papa y por la Historia. Como en aquel tiempo Roma estaba ocupada por los nazis y era bombardeada por los Estados Unidos, Pío XII no tenía mucho tiempo que dedicarle a las andanzas de un arzobispo centroamericano y a nadie se le ocurrió elevar la protesta a la Santa Sede. 
En las elecciones de 1944, en que salió electo don Teodoro Picado, hubo hasta muertos. En las parlamentarias de 1946, también. Los ánimos estaban más que caldeados. Había violencia en las calles. En las presidenciales de 1948, el Dr. Calderón Guardia fue derrotado por don Otilio Ulate, pero la elección fue anulada. Don Pepe Figueres se levantó en armas. Tras un ataque armado a la casa en que se encontraba el candidato ganador, que le costó la vida al anfitrión, el Dr. Fernando Valverde Vega, el gobierno le ofreció a Ulate la posibilidad de ir a la cárcel o refugiarse en una embajada. Su delito era simplemente haber ganado las elecciones. Ulate optó por ir a la cárcel y Monseñor Sanabria, para proteger su vida, lo acompañó a la Penitenciaría. Ante la guerra civil inminente, el Arzobispo no solo se ofreció como mediador, sino que propuso a las partes en conflicto que dejaran la solución en sus manos. Solamente Ulate aceptó la propuesta. Monseñor Sanabria llegó incluso a viajar hasta La Lucha, donde estaban los rebeldes, para entrevistarse con don Pepe. Tal vez la participación del Arzobispo parezca un tanto extraña en la actualidad pero en aquel momento él era la única persona en el país que le hablaba a todos. Calderón, Picado, Ulate y Figueres lo respetaban y lo escuchaban, pero sus esfuerzos por evitar el conflicto fueron en vano.
Las relaciones de Sanabria con la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por don Pepe, no fueron cordiales. Cuando se instaló la Asamblea Nacional Constituyente, se cantó un Te Deum en la Catedral y el Vicario General, el padre Alfredo Hidalgo, que era calderonista, pronunció un discurso que molestó al gobierno. Los diputados que redactaban la nueva Constitución recibieron presiones públicas y privadas del Arzobispo, quien defendía el Estado confesional, la participación de la Iglesia en los programas de educación pública y el derecho de los clérigos a ser electos diputados. Logró que todas sus propuestas fueran incluidas en el texto constitucional. 
Cuando, en diciembre de 1948, el Dr. Calderón Guardia junto con un grupo de seguidores y con el apoyo de Anastasio Somoza, invadió desde Nicaragua la provincia de Guanacaste y tomó la población fronteriza de La Cruz, el arzobispo condenó el hecho.
Sanabria contó siempre con el apoyo del clero y de los fieles, pero perdió simpatías entre los políticos. Cada uno lo consideraba del bando contrario. Unos decían que era cortesista, o comunista, o calderonista o ulatista. Había hasta quienes creían que era figuerista. Todas sus actuaciones públicas eran cuestionadas y criticadas. Aunque aún era un hombre joven, estaba muy enfermo. Una afección cardiaca lo hacía respirar con dificultad. En 1950 viajó a Roma para presentar su renuncia personalmente ante el Papa, pero Pío XII no se la aceptó. Interrumpió su viaje y regresó de inmediato a Costa Rica en cuanto se enteró de la profanación en la Basílica de Los Ángeles. Las joyas habían sido robadas, la imagen de la Virgen había desaparecido y el vigilante había sido asesinado. Cuando apareció la imagen de la Negrita, que tal parece nunca salió del templo, el arzobispo organizó solemnes celebraciones litúrgicas.

Monseñor Dr. Víctor Manuel Sanabria Martínez.
(1898-1952)
II Obispo de Alajuela y II Arzobispo de San José.
La última batalla pública de Monseñor Sanabria es bastante controversial. En mayo de 1952, el pastor bautista Adolfo Robleto empezó a publicar en La Nación un espacio dominical. Monseñor Sanabria le escribió al director y gerente del periódico, don Ricardo Castro Beeche (el famoso Cacayo). En su carta no solo lo instaba a no admitir publicaciones de iglesias protestantes en el periódico, sino que lo amenazaba con prohibirle a los católicos leer o anunciarse en La Nación. Cacayo le respondió recordándole el derecho a la libertad de expresión y a la libertad de culto y le dejó claro que las publicaciones que tanto le incomodaban no eran producidas por la redacción del periódico, sino que eran espacios pagados por la Iglesia Bautista, que él, como director y gerente del medio, no tenía ninguna razón para rechazar. Sanabria replicó que la libertad de expresión y de culto tienen límites y que al ser católica la mayoría del país esa "propaganda" era ofensiva y recalcó su intención de crear un boicot contra el periódico si continuaba brindándole espacio a la Iglesia Bautista. Don Ricardo, como habría hecho cualquier otro director de periódico, le contestó que no cedía ante presiones y que no aceptaba que nadie le dijera lo que debía publicarse o no en el medio a su cargo y, para dejarlo bien claro ante todos, publicó las cuatro cartas. Don Adolfo Robleto, el pastor bautista, al leer aquel cruce epistolar, decidió dejar de publicar su espacio.
Dos días después, Monseñor Sanabria murió de un ataque al corazón a los cincuenta y cuatro años de edad. Es el único Arzobispo de San José que no está enterrado en la Catedral Metropolitana, ya que dispuso ser sepultado en su pueblo natal de San Rafael de Oreamuno.
En 1959, la Asamblea Legislativa declaró a Monseñor Sanabria Benemérito de la Patria, pero la declaratoria tuvo cinco votos en contra. El Colegio Técnico Vocacional de Desamparados y el Hospital de Puntarenas, llevan su nombre. 
INSC: 0668

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