lunes, 13 de junio de 2016

Inmigración española en Costa Rica.

Españoles en Costa Rica. Jesús Oyamburu,
compilador. Centro Cultural de España.
Costa Rica, 1997.
Los latinoamericanos tenemos orígenes culturales diversos y múltiples que se pueden resumir en cuatro abuelos: el indígena, el español, el africano y el inmigrante. Nuestros primeros ancestros son los pueblos indígenas que habitaban estas tierras y que luego se mestizaron con los colonos españoles que vinieron a hacer aquí sus vidas y con los africanos que fueron traídos a la fuerza.  Siglos más tarde, empezaron a llegar inmigrantes procedentes de todos los rincones del mundo. 
Dentro de los inmigrantes, además de chinos, japones, alemanes, árabes, franceses, italianos, rusos, polacos y el largo etcétera, hay también españoles. Durante la Conquista y la Colonia, media España se vino para acá, pero llegó el momento en que el flujo cesó. Tras el enorme éxodo del Siglo XVI, los españoles, no solo dejaron de venir, sino que tuvieron prohibido emigrar. La prohibición se levantó en 1853, por lo que los descendientes de españoles en América Latina se dividen en dos grupos: los criollos y mestizos descendientes de la primera oleada y los hijos y nietos de los que llegaron hace ciento cincuenta años o menos.
Las últimas décadas del Siglo XIX y las primeras del XX no fueron tiempos felices para España. Sumida en una sitiuación económica y social muy difícil, la que alguna vez fue una gran potencia, debió soportar las guerras carlistas, el aislamiento durante la I Guerra Mundial, la dictadura de Primo de Rivera, la convulsa época de la República, la guerra civil, la dictadura de Franco y, de nuevo, el aislamiento internacional durante y después de la II Guerra Mundial. 
Es explicable que al buscar nuevos horizontes para hacer sus vidas, los emigrantes optaran por trasladarse a países en que se hablara su misma lengua. Los destinos más comunes fueron México, Argentina, Uruguay y Cuba, a los que arribaron verdaderas oleadas de españoles, pero todos los países latinoamericanos acabaron recibiendo también a un número considerable de ellos.
En el caso de Costa Rica, en 1852 vivían solamente veintinueve españoles. Diez años después ya eran noventa y en 1883 había cuatrocientos sesenta, en su gran mayoría navarros, asturianos y gallegos, con unos pocos canarios y andaluces. Los catalanes no tardarían en llegar. 
Las relaciones diplómaticas entre Costa Rica y España se establecieron en 1850 y, como dato curioso, cabe anotar que los representantes consulares de la península, supuestamente de paso, acabaron quedándose en el país y fueron fundadores de reconocidas familias. José Ventura Espinach, Garpar Ortuño y Adrián Collado son algunos de ellos.
De Cuba vinieron, todos jóvenes, muchos solteros y otros casados con hijos pequeños, los primeros Odio, Pochet, Urbina y Guell. 
Por la migración española a Costa Rica, que de 1850 a 1930 fue masiva, empezaron a nacer ticos con apellidos que eran nuevos en el país, tales como Uribe, Urgellés, Pagés, Penón, Apéstegui, Pozuelo, Rovira, Raventós, Batalla, Crespo, Pastor, Roig, Figuls o Herrero. Entre las familias catalanas, se pueden citar Terán, Ollé, Llobet, Guilá, Llachs, Gomis, Grau y, por supuesto, Figueres.
En 1997, la Embajada y el Centro Cultural de España en Costa Rica organizaron una serie de reuniones para estudiar la historia y la influencia de los inmigrantes españoles en el país. Las ponencias, conferencias y testimonios que se pronunciaron acabaron siendo recopiladas, por iniciativa de Jesús Oyamburu, en Españoles en Costa Rica, un libro tan interesante como agradable, lleno de datos reveladores y sorprendentes.
Tras el prólogo del embajador Ignacio Aguirre Borrel, Pilar Cagiano, Angel Ríos, Miguel Guzmán Stein, don Mario Zaragoza Aguado, Guiselle Marín y Chester Urbina se refieren al tema desde diferentes perspectivas y enfoques.
Me llamó mucho la atención que Miguel Guzmán Stein incluyera entre los inmigrantes a la familia Fournier que, según él, vino de Puerto Rico. La versión que conozco, sustentada en las crónicas de Adolphe Marie, es que los Fournier eran franceses y llegaron a Costa Rica, con su compañía teatral, a mediados del Siglo XIX. 
También me sorprendió que don Mario Zaragoza Aguado, a quien admiro y aprecio mucho, al referirse al atentado que en 1894, frente al Teatro Variedades, estuvo a punto de acabar con la vida del prócer cubano Antonio Maceo, identifique a los involucrados como "don Isidro Incera" y "un tal Enrique Loynaz". Es decir, el español que acabó muerto en la balacera era "don" y el partidario de la independencia de Cuba, que defendió la vida de Maceo, era "un tal". El fallecimiento de don Isidro Incera es lamentable, pero creo que el nombre del general Enrique Loynaz del Castillo merece citarse con respeto.
El aporte de la inmigración española de fines del Siglo XIX y principios del XX fue significativo de muy diversas áreas. Los hermanos Juan y Valeriano Fernández Ferraz, canarios procedentes de Cuba que vinieron al país contratados por el gobierno, dejaron su huella en la educación pública. El andaluz Tomás Povedano fue el primer director de la Escuela de Bellas Artes. Don Gaspar Ortuño y Ors, fundador del Banco de la Unión (que en su tiempo, estuvo autorizado para emitir billetes), fue también uno de los fundadores del Banco de Costa Rica y de la Cruz Roja Costarricense. Su rostro, hasta no hace muchos años, aparecía en los billetes de cincuenta colones. El arquitecto catalán Lluis Llach construyó edificios verdaderamente emblemáticos, entre los que se cuenta la Basílica a Nuestra Señora de los Angeles.
Un dato poco conocido es que el Himno Patriótico al 15 de setiembre, que se canta para celebrar la independencia de España, fue compuesto y escrito por dos españoles. La letra es de Juan Fernández Ferraz y la música de José Campabadal.
Dos actividades en la que destacaron los españoles fueron el comercio y la imprenta. Además de los almacenes Luis Ollé y Francisco Llobet, que llevan el nombre de sus fundadores, estaban Tienda La Gloria, de los Crespo, Abonos Agro, de los Pujol y Almacén La Granja, de la familia Terán.
Las cuatro mayores imprentas de principio de siglo XX eran de los españoles Lines, Canalías, Borrasé y Falcó. La Librería Española, ubicada en avenida central y calle primera, tenía, en sus buenos tiempos, más títulos y más libros que la Biblioteca Nacional. Curiosamente, esa librería española, propiedad de María viuda de Lines, pronto fue superada por otras dos que le pusieron la competencia, una media cuadra al este y otra media cuadra al oeste, ambas de alemanes: la librería e imprenta Lehmann y la Universal de los Federspiel.
En 1866 se fundó la Sociedad Española de Beneficencia que tuvo, entre sus principales impulsores, a los señores Ortuño y Espinach junto con don Bartolomé Casalmigia, padre de Eduardo, el poeta al que le tocó viajar a Barcelona para repatriar los restos de su gran amigo Aquileo Echeverría.
Cuando el número de españoles en Costa Rica alcanzó los dos mil, como la inmensa mayoría era comerciante, hubo un intento, en 1919, de fundar un banco español, pero la idea no prosperó. La quiebra reciente del Banco Comercial, el derrocamiento de Alfredo González Flores, la dictadura de los hermanos Federico y Joaquín Tinoco, las protestas y la tensa situación interna, así como la disminución del comercio internacional por la guerra europea, definitivamente indicaban que aquel no era un buen momento para meterse en aventuras financieras.
Otra actividad en la que se destacaron fue el deporte. La Gimnástica Española, fundada en 1913, no solo fue uno de los primeros clubes de fútbol en Costa Rica, sino que, a partir de 1915, introdujo en el país el baloncesto. También trataron de popularizar la pelota vasca, pero ese juego no llamó tanto la atención de los ticos como los otros dos.
Para quienes gusten de datos genealógicos, el primer Batalla que vino a Costa Rica se llamaba Laureano, el primer Herrero, Gorgonio, el primer Gomis, Lluis, el primer Grau, Francesc y el primer Figueres, Mariano. Don Mariano Figueres Forges, que llegó al país con su esposa embarazada, doña Francesca Ferrer Minguella, quien daría a luz en San Ramón de Alajuela, a don José Figueres Ferrer, fundador de la Segunda República, quien transformó Costa Rica las tres veces que la gobernó.
Aunque don Pepe Figueres, hijo de un médico catalán, tiene sus admiradores y detractores, si tomamos en cuenta que Fidel Castro es también hijo de un inmigrante español, el hacendado gallego Angel Castro Arguiz, no cabe duda que tuvimos mejor suerte que Cuba.
El Día de la Raza, que se celebraba desde 1920 como celebración de la Hispanidad, pasó a convertirse en fiesta oficial en 1924 gracias a la iniciativa de Angela Acuña Braun. En 1992, justo al cumplirse el quinto centenario del primer viaje de Cristóbal Colón, la celebración cambió de nombre y pasó a llamarse Día de las Culturas. En Costa Rica, cada 12 de octubre, no se celebra solamente al ancestro español, sino también al indígena, al africano, al chino, al francés, al alemán, al libanés y a todos los demás que haya.
El libro cierra con testimonios de los propios emigrantes. Don Nicolás Lapeira, hijo del malagueño Rafael Lapeira Picasso, primo del famoso pintor (las madres de ambos eran hermanas), recuerda los años en que su padre estableció la cervecería Gambrinus, que fue la última cervecería independiente que compitió con la Cervecería Costa Rica, fruto de la fusión de las cervecerías Traube (que producía Pilsen y Selecta) y Ortega (que producía Imperial y Bavaria). Los propietarios de la cervecería Ortega, don Antonio y don Manuel, también eran españoles.
Don José Llobet Comadrán cuenta que llegó a Costa Rica de catorce años de edad, en el año 1930, y que conoció en poco tiempo hasta las comunidades rurales más alejadas distribuyendo mercadería lomo de caballo. Don José, a quien tuve el placer de conocer en persona, fue presidente de la Liga Deportiva Alajuelense de manera continua de 1956 a 1965 y, luego, en otras ocasiones hasta 1976, en que se retiró. También fue presidente de la Casa España y de la Cruz Roja de Alajuela. Cuando inauguró su edificio, celebró el acontecimiento con un baile con orquesta en cada piso. Con el dinero recaudado, adquirió la primera ambulancia que hubo en Alajuela. 
Otro de los emigrantes a los que tuve la oportunidad de tratar fue a don Ricardo Alvarez, nacido en 1912. Cuando lo conocí, era un viejito que hablaba en voz baja, propietario de una floristería y gran conocedor de asuntos filatélicos. Gracias al testimonio incluido en el libro, me enteré de los difíciles momentos que pasó en su juventud, de su participación en la Guerra Civil Española en el bando Repúblicano y de las impresionantes circunstancias de su sálida a México y su posterior traslado a Costa Rica. Don Ricardo, quizá por la serenidad y la madurez que dan los años, narra sus experiencias sin dramatismos. Al mencionar la guerra civil, por ejemplo, solamente dice cinco palabras: "Ustedes saben lo que pasó."
El filósofo Francisco Alvarez González, discípulo de José Ortega y Gasset, anduvo por Chile y por Ecuador antes de llegar a Costa Rica, donde murió poco después de haber cumplido los cien años de edad.
Estos inmigrantes ancianos, pronunciaron sus testimonios de viva voz sentados a la misma mesa. Entre ellos había monárquicos, replublicanos, falangistas y franquistas. Unos lucharon defendiendo al gobierno de la República y otros por el bando nacional. Aunque cada uno expuso de manera franca y clara su posición, no entraron en conflictos, ni cuestionamientos, ni discusiones. Aquel drama intenso que afectó sus vidas en gran medida era, a fin de cuentas, un tema español que ellos miraban con distancia. No solamente por el tiempo transcurrido sino porque, para la fecha del encuentro, ya todos eran costarricenses.
INSC: 1176
El cónsul español Gaspar Ortuño y Ors decidió quedarse en Costa Rica, donde
fundó el Banco de la Unión, el Banco de Costa Rica y la Cruz Roja Costarricense.
Su retrato aparecía en los billetes de cincuenta colones.

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