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sábado, 5 de septiembre de 2015

Una mirada profunda a la vida y obra de Frida Kahlo.

Frida Kahlo, una experiencia de límites.
Roxana Pinto López. Editorial de la
Universidad de Costa Rica. Editorial
Plaza y Valdés, México, 2001.
El libro Frida Kahlo, una experiencia de límites, de la escritora costarricense Roxana Pinto, brinda interesantes aproximaciones a la obra y figura de la controversial artista mexicana. Fruto de una investigación rigurosa, al estudio hay que reconocerle, ante todo, el haber evitado la explotación de lo anecdótico para poder entrar más a fondo en el universo simbólico de los autorretratos y el diario de la pintora.
La figura de Frida Kahlo (1907-1954) genera reacciones tan diversas que van desde la más completa devoción hasta el rechazo más contundente. Si bien es cierto que, durante su vida, sus cuadros fueron expuestos en salones de renombre y merecieron críticas entusiastas, lo cierto es que no fue sino varias décadas después de su muerte que su popularidad empezó a extenderse. A raíz de la publicación de varias biografías de la artista que aparecieron en la década de los setenta, su imagen empezó a transformarse en ícono.
La vida de Frida Kahlo, de hecho, brinda una excelente materia prima para la construcción de un mito. No han faltado, sin embargo, quienes ante la fridamanía desatada en años recientes hayan externado su voz de protesta.
En opinión de sus detractores, Frida ha sido convertido en bandera proselitista. Christopher Domínguez Michael, en su ensayo No todos somos Frida Kahlo, menciona que la popularidad de la pintora se debe a su condición de mujer, latina, homosexual, minusválida y comunista, de manera que encarna todas las facetas de la marginalidad que debe ser reivindicada.  Lo cierto del caso es que en las librerías abundan biografías de la Kahlo que no hacen más que describir en detalle su accidente de tránsito y sus chismes de alcoba. 
Por ese motivo, la lectura de Frida Kahlo, una experiencia de límites, de Roxana Pinto, resulta de una frescura digna de agradecerse. Pinto, psicóloga y Máster en Literatura, en vez de explotar el anecdotario de la Kahlo para complacer la curiosidad de los morbosos, optó por explorar a fondo el universo simbólico que encierran tanto el diario como los autorretratos de la artista mexicana. En la introducción del libro la propia autora declara que su intención nunca fue escribir una biografía, "pues ya las hay suficientes y bien documentadas", sino descubrir cómo el lenguaje de la mexicana no se haya solamente a nivel empírico, sino que guarda toda una ficción poética.
Para acercarse a la obra de Kahlo, Roxana Pinto echa mano del psicoanálisis, la sociocrítica y las teorías de género. A lo largo del estudio, la investigadora va analizando diversas pinturas a partir de un marco teórico previamente expuesto. Las conclusiones a las que llega son ciertamente reveladoras y enriquecen, en mucho, la visión de quien, con conocimiento previo de la obra de Kahlo, se acerque al libro en busca de una apreciación más profunda. 
Debe señalarse que este libro, si bien no es un documento estrictamente para iniciados, tampoco constituye un trabajo que pudiera considerarse introductorio. El interés de Pinto por Kahlo data de varios años y, de hecho, esta obra tiene su origen en su propia tesis de Maestría en Literatura. Cuando Roxana presentó su tesis, recibió la sugerencia de "traducirla" a un lenguaje menos académico con miras a compartir sus apreciaciones con un público más amplio.
Inevitablemente, las tesis de grado requieren de marcos teóricos, citas y notas que justifiquen hasta la más mínima afirmación. Los trabajos dirigidos al público en general, en cambio, pueden prescindir de mencionar las fuentes sin dejar por ello de ser rigurosos. En este punto, el libro de Roxana deja un sabor ambiguo.
Por una parte, el libro está escrito en forma fluida y amena, con un tono más cercano al de una charla que al de una conferencia. Por otra parte, especialmente al inicio, las digresiones sobre asunto teóricos son demasiado extensas. El capítulo dedicado a "El sujeto", por ejemplo, es una larga disertación teórica y, sin no fuera por una breve mención en el antepenúltimo párrafo, habría terminado sin mentar a Frida. El peso predominante de lo teórico, más marcado al inicio que al final del libro, hacen que el lector recuerde a cada párrafo el origen universitario de las páginas que está leyendo.
Las reflexiones que incluye el libro sobre diferentes aspectos descubiertos en la pintura de Kahlo son verdaderamente reveladores. La idea generalizada es que Frida Kahlo era una mujer excéntrica, esposa de Diego Rivera, que no hizo más que pintarse a sí misma en unos autorretratos muy particulares.
Los ensayos de Octavio Paz y Carlos Fuentes sobre la artista vinieron a redimensionarla y a llamar la atención sobre lo mucho que hay que observar, y no ha sido observado, en sus cuadros.
El trabajo de Roxana Pinto es tanto un profundo ejercicio de observación como una atractiva invitación a observar. A observar la columna rota como un símbolo de significados diversos; a observar todos los mensajes que están tan ocultos como evidentes en sus autorretratos; a observar cómo, mientras se retrataba a sí misma, la Kahlo retrató también grandes conflictos sociales, históricos, psicológicos, mexicanos, éticos, femeninos, sexuales o, en una palabra, humanos.
Frida Kahlo, una experiencia de límites, fue publicado en coedición por la Universidad de Costa Rica y la Editorial Plaza y Valdés de México. En medio de tantos libros que han aparecido y seguirán apareciendo sobre esta artista, el de Roxana Pinto logró ir más allá de la anécdota. Quien lo lea con atención, acabará descubriendo, en cada pintura de Frida Kahlo, una variedad de mensajes que abarcan mucho más que su excéntrica personalidad y su complicada vida.
INSC: 1181
Frida Kahlo (1907-1954)


sábado, 10 de enero de 2015

Juan Ramón Bonilla el escultor que no hizo un monumento.

Juan Ramón Bonilla. Luis Ferrero.
Prólogo de Carlos Francisco Echeverría.
Editorial Mesén, Costa Rica, 1999.
Un gran artista puede nacer en cualquier sitio, pero para destacarse y dar a conocer su obra, muchas veces es necesario que se desplace a otro. El arte, como todas las actividades humanas, ha tenido y sigue teniendo sus capitales. Son muy respetables los pintores, músicos y escultores de comarca pero, si alguien tiene un talento verdaderamente extraordinario, es una lástima que se quede donde las posibilidades de desarrollar su arte son limitadas. Cuando era niño leí una biografía de Francisco de Goya y la primera anécdota me dejó tan impactado que aún la recuerdo. Goya nació en un pueblito rural y, cuando tenía quince años, tomó un trozo de carbón y se puso a dibujar un cerdo en una pared. Un fraile que pasaba por allí se detuvo para mirar lo que el muchacho estaba haciendo. Cuando Goya terminó de dibujar el cerdo y tiró el carbón al suelo, el fraile le preguntó quién era su maestro. No tenía ninguno, dibujaba solamente para divertirse. El fraile acompañó a Goya a su casa y convenció a sus padres de que lo enviaran a Zaragoza para que estudiara pintura formalmente. Tras una temporada en Zaragoza, Goya se trasladó a Madrid y no hace falta contar el resto de la historia porque todos sabemos quién fue Goya.
La historia de Juan Ramón Bonilla es algo distinta. Nació en Cartago, Costa Rica, en 1882. Mientras cursaba sus estudios en el Colegio San Luis Gonzaga, tuvo su primera aproximación al arte por influencia del padre Santiago Páramo S.J. quien era un hábil pintor colombiano. Como Juan Ramón mostró una facilidad enorme para el dibujo, la pintura y la escultura, la Municipalidad de Cartago propuso su nombre para que el Estado costarricense le concediera una beca para que estudiara en Italia. Costa Rica ya tenía su Escuela de Bellas Artes, fundada y dirigida por Tomás Povedano, pero tal parece que las relaciones de Bonilla nunca fueron buenas con Povedano.
Héroes de miseria. Juan Ramón Bonilla.
Vestíbulo del Teatro Nacional de Costa Rica.
Bonilla primero estudió en Carrara y luego en el Instituto de Bellas Artes de Roma, donde obtuvo su diploma de escultor. Sus años de estudio fueron de 1905 a 1909. Al año de haber llegado, en 1906, el Marqués de Peralta, Embajador de Costa Rica en Europa, publicó un artículo en La Prensa Libre para informar que Bonilla había obtenido un primer premio, dos medallas de plata y dos accesit por sus trabajos. En la LXXXIX Exposición Internacional de Roma, en 1909, en la que participaron destacados escultores, entre los que estaba Rodin, Bonilla ganó la Medalla de Oro con su escultura El caminante.  Ignoro qué habrá sido de esta escultura, de la que desconozco el paradero y nunca he visto ni en fotografías. La escultura que sí es muy conocida es Héroes de miseria, que se encuentra en el vestíbulo del Teatro Nacional. En su momento, algunas personas, Omar Dengo entre ellas, consideró inapropiado que la escultura de una mujer pidiendo limosna con su niño en brazos se ubicara en el vestíbulo del Teatro que era el sitio en que los ricos, vestidos de frac, disfrutaban de la música sinfónica, la ópera y la zarzuela como una forma de hacer vida social. Tal vez suene antipatriótico, pero si Bonilla había ganado premios y buenas críticas en Italia debió haberse quedado allá. ¿Para qué regresar a Costa Rica? En el país solamente había una escuela de Bellas Artes y sus relaciones con el director no eran buenas. Tal vez Bonilla pensó que tendría la oportunidad de hacer monumentos. A principios del Siglo XX ya el gobierno empezaba a erigir monumentos, pero los primeros el Monumento Nacional y el de Juan Santamaría fueron encargados en Europa porque no había un escultor tico que los realizara. El bloque de mármol para Héroes de miseria lo había financiado el Estado costarricense y, tal vez, eso le pareció a Bonilla una buena señal para volver. También estaba en juego una cuestión de honor, ya que todos los becados regresaban. Como botón de muestra, cabe mencionar que Carlos Durán Cartín fue a estudiar medicina en Londres. Resultó ser un estudiante tan destacado que su profesor, médico de la reina Victoria, lo presentó a la soberana. A la reina le simpatizó aquel muchacho costarricense y, cuando se graduó, le ofreció que se quedara a su servicio ya que su médico, el profesor, pronto se jubilaría, pero don Carlos regresó a Costa Rica. La reina dispondría de otros médicos, pero en Costa Rica había muy pocos. Es verdad que en Costa Rica hacían falta médicos pero ¿un escultor?
Juan Ramón Bonilla. 1882-1944.
Bonilla regresó a Costa Rica y, para ganarse la vida, dio clases de dibujo en una escuela primaria de 1910 a 1917. De 1912 hasta 1943, año de su jubilación, fue profesor de Arte en el Colegio San Luis Gonzaga. Mi queridísimo amigo don Claudio Volio Guardia, quien estudió en el San Luis, me contaba que en las clases Juan Ramón Bonilla se desesperaba porque los alumnos eran incapaces de dibujar una naranja. Era un profesor exigente y estricto que se tomaba muy en serio sus clases pero, definitivamente, estaba en el lugar equivocado. Los muchachitos de primaria y secundaria lo admiraban y lo respetaban, hacían su mejor esfuerzo para evitar desilusionarlo pero, la verdad, ninguno de ellos tenía ni habilidad ni interés por el arte.
Tomás Povedano, el director de la Escuela de Bellas Artes, en cuanta ocasión tenía, criticaba severamente el trabajo de Bonilla.
El presidente Federico Tinoco organizó la Exposición Nacional en 1917 y 1918. Era una feria variopinta en que, además de arte, se exponían artesanías, productos industriales, como los vinos de la Fábrica de Licores y las cervezas de Traube, mosaicos de Doninelli y hasta los artículos farmacéuticos de la Botica Francesa. Entre los artistas participantes estaban Enrique Echandi, Luisa González Feo y su futuro esposo don Adolfo Sáenz González, Juan Rafael Chacón y otros. Juan Ramón Bonilla ganó la Medalla de Oro y fue comisionado para diseñar y elaborar el monumento al educador Mauro Fernández quien era, por cierto, padre de María Fernández Le Capellain y, por tanto, suegro de Tinoco.
Bonilla trabajando en el busto de Juan Rafael
Mora Porras.
El monumento se inauguró el 15 de setiembre de 1917, pero estuvo poco tiempo en pie. El 13 de junio de 1919, un grupo de manifestantes adversos a la dictadura de Tinoco, como parte de las protestas, quemaron el diario La Información, afín al régimen y, de paso, destrozaron la estatua del suegro del dictador, que quedaba a la vuelta. Es irónico que la protesta fue organizada por maestros (liderados por Carmen Lyra) que conocían y respetaban la obra de Mauro Fernández pero, como ya se dijo, no destruyeron el monumento a Mauro Fernández, sino al suegro del tirano que, daba la casualidad eran la misma persona.
Aunque presentó propuestas para los monumentos de Cleto González Víquez, el obispo Thiel y hasta uno que iban a erigirle a Cristóbal Colón en Limón, nunca más Juan Ramón Bonilla recibió el encargo de hacer otro monumento. El de Juan Mora Fernández, frente al Teatro Nacional, lo realizó Verlet en 1921. El del obispo Bernardo Augusto Thiel, al costado sur de la catedral, lo hizo el italiano Adriático Froli en 1923 y el de Juan Rafael Mora, frente al correo se le encargó a Pietro Piraino. Costa Rica tenía un gran escultor nacional pero el Estado, que lo había becado, hacía como si no existiera. De hecho, algunas de sus estatuas en bronce, en poder del Estado, fueron fundidas para darle el material a otro escultor.
Busto en mármol de don Juan Rafael Mora
Porras en la sala de Próceres de la OEA en
Washington. Foto cortesía del Sr. Armando
Vargas Araya.
En el libro Juan Ramón Bonilla, el historiador Luis Ferrero Acosta sostiene que la marginación de Bonilla se debió a sus ideas políticas ácratas. Sin entrar a discutirle a don Luis, creo que más que ácrata (anarquista), a Juan Ramón le pudieron haber cobrado todo lo contrario: haber sido tinoquista. En todo caso, el genial escultor dedicó su vida a dar clases en primaria y secundaria. Aunque no recibió encargos del Estado, a pedido de particulares realizó los bustos de Cecilio Umaña y Rafael Barroeta (que se encuentran en el parque España), así como los de Adolfo Carit, Carlos Durán (el que estuvo a punto de ser médico de la reina Victoria), Rafael Ángel Calderón Muñoz, Manuel María Gutiérrez, León Fernández y otros. Realizó también un busto de Juan Rafael Mora Porras, del que hizo dos copias, una en bronce, que decora la tumba del prócer en el Cementerio General, y otra en mármol que está en la sala de héroes de la Organización de Estados Americanos OEA en Washington D.C.
Don Joaquín García Monge lideró la iniciativa de hacerle un pequeño monumento al maestro Marcelino García Flamenco. El dinero no alcanzó para hacerle una estatua así que lo que se hizo fue una fuente con una placa, cuyo texto redactó el propio don Joaquín, y un friso de unas cabecitas de niños que realizó Juan Ramón Bonilla en 1926.
Juan Ramón no participó en las exposiciones de arte que, en la década de los treinta, organizaba el Diario de Costa Rica, pero en las de 1931 y 1932 fue miembro del jurado que galardonó a Francisco Zúñiga y Juan Manuel Sánchez, jóvenes artistas que llegarían a ser grandes escultores, aunque con destino distinto. Francisco Zúñiga se fue a México y allá logró fortuna y renombre. Juan Manuel Sánchez se quedó en Costa Rica trabajando, al igual que Bonilla, como humilde maestro de arte en un colegio de secundaria.
Además de una injusticia, fue un desperdicio que Juan Ramón, por las razones que fuera, no haya tenido la oportunidad de lucir su talento con grandes obras. La historia es lo que fue y no lo que pudo haber sido. De nada vale suponer un desarrollo de la historia alternativo pero, así sea sin responderlas, hay casos en que es interesante hacerse preguntas como esta: ¿Qué habría sido de Bonilla si se hubiera quedado en Europa? ¿Qué habría sido de Goya si nunca hubiera salido de la comarca?
INSC: 2457
El friso de cabecitas de niños, en el monumento a Marcelino García Flamenco.

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