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domingo, 1 de noviembre de 2015

Pío XII. Papa durante la II Guerra Mundial.

El Papa de Hitler. John Cornwell. Editorial
Planeta. España. 2001.
Dice el viejo refrán que no hay que juzgar un libro por la portada. El Papa de Hitler, de John Cornwell, es un buen ejemplo. El título y la fotografía de cubierta son tan osados como engañosos.
Sobre la figura de Eugenio Pacelli, Nuncio Apostólico en Alemania de 1917 a 1929, Secretario de Estado del Vaticano de 1929 a 1939 y Papa, con el nombre de Pío XII, desde 1939 hasta 1958, se han publicado cualquier cantidad de obras que van desde estudios históricos serios y documentados hasta panfletos llenos de afirmaciones sin fundamento.
En vida, el Papa Pacelli gozó de gran prestigio, pero cinco años después de su muerte una obra teatral, El Vicario de Rolf Hochcuth,  abrió un debate que aún hoy está lejos de agotarse. El punto central de la discusión es que, aunque Pacelli realizó, en repetidas ocasiones, actos no solo valientes sino hasta heroicos a nivel personal y movilizó a todo el aparato de la Santa Sede y de la Iglesia europea en general,  para socorrer a los civiles durante la II Guerra Mundial, nunca pronunció un mensaje que, de manera clara y directa, condenara los atropellos cometidos por la Alemania Nazi. 
Quienes lo critican, sostienen que su silencio ante hechos que debió haber censurado, no obedeció a la prudencia ni a la falta de información, sino que respondía un pacto oculto entre la Santa Sede y el III Reich. Los más atrevidos, llegan a afirmar que Pacelli, a nivel personal, simpatizaba con los nazis. Quienes lo defienden, argumentan que así como no hay palabras contra los nazis, tampoco las hay a favor y que Pío XII, en todo caso, hizo mucho más de lo que dijo y sus acciones son más elocuentes que cualquier discurso. Ambos bandos tienen numerosos hechos para poner sobre el tapete.  Entre los innumerables libros y artículos que se han escrito sobre el tema, no se ha escuchado aún una voz desapasionada. Para unos fue un héroe que actuó con sabiduría y prudencia, mientras que para otros fue un cómplice de las atrocidades que no denunció.
En las polémicas sobre figuras históricas es común encontrar, entre otros muchos, tres tipos de autores: el torero de café, el profeta a posteriori y el sabelotodo. En España llaman toreros de café a quienes, cómodamente sentados alrededor de una mesa, dicen lo que debió haber hecho el matador en el ruedo. Sobra decir que ninguno de ellos ha tenido nunca un toro al frente. En el plano de la historia, hay quienes, con la misma facilidad de la tauromaquia de tertulia, juzgan a los protagonistas de los hechos sin considerar la complejidad del momento que debieron enfrentar.
Por otra parte, es muy fácil calificar las decisiones como acertadas o erróneas cuando todo ha pasado y se sabe en qué paró el asunto. Cualquiera es profeta a posteriori, pero quienes debieron tomar decisiones en determinado momento no contaban, como sus severos jueces, con la ventaja de saber cómo iban a terminar las cosas. Es absurdo que años, décadas o siglos después de los hechos, se les reclame a las figuras históricas el no haber sido capaces de ver el futuro.
El historiador sabelotodo, por su parte, es aquel que no se conforma con investigar y exponer una versión bien sustentada y razonable, sino que aspira a decir la última palabra. En historia, como en muchas otras áreas, es más serio hablar de posibilidades que de verdades. Ante hechos no probados o dudosos, confío mucho más en un historiador que sugiera "lo que pudo haber ocurrido..." que en uno que afirme "lo que en verdad ocurrió..."
Pero volvamos al libro de Cornwell. El título y el subtítulo, El Papa de Hitler, la verdadera historia de Pío XII, son, por decir lo menos, poco serios. La ilustración de la portada, además, podría generar confusiones. Se trata de una foto de 1929, en que el nuncio Pacelli abandona el Palacio Presidencial en Berlín. La capa episcopal puede confundirse fácilmente con el tabarro pontificio y los oficiales de guardia con uniforme prusiano tocados con el stahlhelm parecen soldados nazis. La combinación del título y la fotografía me pareció grotescamente engañosa. Sin embargo, recordando el adagio de no juzgar un libro por la portada, emprendí la lectura y me bastaron pocas páginas para convencerme de que, pese a su cubierta ciertamente cuestionable, tenía en mis manos una investigación profunda y minuciosamente documentada.
El autor de este libro no cae nunca en el error de editorializar como torero de café, ni como profeta a posteriori ni como historiador sabelotodo. Se limita a consignar hechos, proponer análisis y sugerir conclusiones.
Por su estilo conciso, fluido y claro, es capaz de brindar avalanchas de datos y meter en la danza a cientos de personajes sin abrumar al lector. Cornwell tiene la meritoria y rara habilidad de ofrecer un panorama integral de situaciones complejas de manera breve y diáfana. El libro se lee con interés creciente y tiene el enorme mérito de ser comprensible fácil de seguir para cualquier lector, incluyendo uno no muy familiarizado con los acontecimientos que se reseñan. Pocos historiadores son tan amigables con el público en general. Los comentarios y las apreciaciones personales que el autor se permite expresar, esporádicamente pero a todo lo largo del libro, dejan claro que Pío XII no le simpatiza. Sin embargo, Cornwell  se limita a consignar su opinión en pocas palabras y sin mayores alegatos. Me agrada el hecho de que un historiador opine francamente sobre lo que escribe. Dejar por escrito la posición personal me parece mucho más honesto que fingir imparcialidad. Lo que no debe hacer nunca el historiador es alterar datos o presentar como hechos lo que son suposiciones, pero si el material que ha reunido lo ha llevado a formarse una opinión, tiene todo el derecho de expresarla. Cornwell, en todo caso y como ya se dijo, nunca suelta el editorial y se concentra en exponer los acontecimientos tal y como constan en los documentos que consultó. Sus opiniones, como las de cualquiera, son discutibles, pero la rigurosidad de su investigación es muy respetable incluso para quienes, como yo, no compartan sus puntos de vista.
Tanto el personaje principal como la época en que le tocó vivir, son de una complejidad fascinante. Tanto en los histórico como en lo biográfico, Cornwell logra pintar un retrato verdaderamente completo y revelador.
Eugenio Pacelli, hijo de una familia de la aristocracia romana, era un hombre severo, misterioso y reservado que practicaba un misticismo ascético y llevaba una vida espartana. Era un lector infatigable, buen jinete, tocaba el violín y hablaba varios idiomas. Organizado y metódico hasta extremos obsesivos, planificaba su rutina diaria minuto a minuto, dormía solamente cinco horas, comía solo, no tenía amigos personales y nunca participaba en conversaciones ociosas. Tanto en sus discursos y correspondencia oficiales como en sus declaraciones improvisadas, solía expresarse con un estilo elíptico, muy elegante pero poco claro. A este hombre alto, pálido, flaco y de voz aguda, que hablaba lentamente pronunciando las palabras sílaba por sílaba, de salud frágil y modales refinados, le correspondió ser Papa en unos años en que el mundo se sumergió en una espiral de violencia que parecía de nunca acabar.
Había trabajado desde muy joven en la diplomacia vaticana. Vivió doce años en Alemania, primero en Munich y luego en Berlín y, como Nuncio Apostólico, fue el artífice del concordato con el Reich. Hitler había ocupado la Cancillería en enero de 1933 y el acuerdo se firmó en julio de ese año. Sin embargo, Pacelli y Hitler nunca se conocieron en persona ya que, en 1929, Pacelli había retornado a Roma al ser nombrado Cardenal Secretario de Estado del Vaticano.
El Concordato entre la Santa Sede y el III Reich le daba a la Iglesia católica ciertos beneficios, tales como un salario para los curas por parte del Estado así como garantías y subsidios para los centros de enseñanza católicos. A cambio, la iglesia se comprometía a ciertas concesiones, algunas de ellas verdaderamente pintorescas, como que en Alemania todo el clero estuviera formado exclusivamente por alemanes y no se permitiera el ministerio de sacerdotes de otras nacionalidades. Sin embargo, el punto más delicado del acuerdo fue la disolución del partido Zentrum. Desde la época de Bismark, a finales del Siglo XIX, los católicos alemanes tenían este partido político que llegó a ser la mayor fuerza política durante la República de Weimar, tras la I Guerra Mundial.
El partido liberal y el social demócrata eran minoritarios, por lo que la mayoría siempre la obtenía Zentrum, que era el que formaba gobierno. Poco a poco los votantes alemanes se fueron radicalizando y tanto el partido nazi como el comunista empezaron a contar con más apoyo popular. Estaba claro que si alguno de los dos llegaba al poder se acabaría la democracia parlamentaria. Los socialdemócratas intentaron realizar una coalición con los comunistas, pero los comunistas no aceptaron por que Stalin en persona se los prohibió. Los liberales eran minoría y a quien le tocaba inclinar la balanza era al partido Zentrum. Heinrich Brüning, líder del Zentrum, sostenía que, puestos a elegir, había que aliarse con los comunistas contra los nazis. Franz Von Pappen, otra importante figura del partido, sostenía la tesis contraria, que había que aliarse con los nazis contra los comunistas. El presidente del partido, Monseñor Ludwig Kaas, vivía en el Vaticano y desde allí dirigía por control remoto a la mayor fuerza política alemana.
El prelado Kaas, al igual que una amplia mayoría del alto clero europeo de entonces, apoyaba el fascismo. Aliado históricamente a las monarquías (de hecho era una de ellas), el papado desconfiaba de las democracias republicanas liberales y aborrecía el comunismo. En esas circunstancias, el fascismo que rechazaba las libertades características de la democracia, adversaba el comunismo y no se mostraba hostil a la Iglesia, gozó, al menos en su primera etapa, del apoyo de la diplomacia papal. Mussolini fue quien creó el Estado del Vaticano en 1929 y, poco después de fundado, el diminuto estado pontificio se entendió bien con las dictaduras fascistas, mientras que con los países democráticos las relaciones eran distantes y con los comunistas inexistentes.
Todos sabemos lo que pasó. Hitler llegó a ocupar la cancillería impulsado por Von Pappen quien, ingenuamente, creyó que podría manejarlo. El concordato fue firmado y el partido Zentrum acabó disuelto. Heinrich Brüning, que salió profeta, abandonó Alemania y se fue a Londres a pegar el grito al cielo. De todos los líderes políticos de la época, Brüning fue el único capaz de vaticinar lo que se iba a venir encima a la vuelta de unos años. Tras la muerte de Hindenburg y el incendio del Reichtag, Hitler tomó el poder absoluto y se desentendió tanto de la nobleza (Von Pappen y sus secuaces) como del concordato. Pío XI publicó la encíclica Mit Brennender Sorge, en que manifiestó su preocupación por el rumbo que estaba tomando Alemania, pero Hitler no iba a hacerle caso a un simple papel.
Pacelli, Secretario de Estado Vaticano, viajó a los Estados Unidos y se entrevistó con el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1936. El 2 de marzo de 1939, el día de su cumpleaños número sesenta y tres, Pacelli fue electo Papa. En setiembre de ese mismo año, tras la invasión nazi a Polonia, Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania. Días antes, Pío XII pronunció el famoso discurso en que dijo: "Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra."
Al menos en los primeros años, Pío XII creyó posible una solución negociada al conflicto. Mantuvo canales abiertos con todas las potencias beligerantes. La correspondencia con la Alemania nazi estaba llena de protestas y contraprotestas, pero nunca se rompió. También se mantuvieron las relaciones con la Italia fascista. Dentro del Vaticano había embajadas de Francia e Inglaterra. Cuando ya los Estados Unidos habían entrado en la guerra, el presidente Roosevelt envió un delegado permanente a la Santa Sede y, poco después, al propio Secretario de Estado americano a entrevistarse con el Papa. Lo asombroso del caso es que, como el Vaticano no tiene aeropuerto y era un país neutral, el Estado italiano, en guerra declarada con los Estados Unidos, debió permitir que un avión americano aterrizara en el aeropuerto de Roma y facilitar el paso de los enviados diplomáticos por las calles de su capital hasta el palacio apostólico.
Mientras la diplomacia vaticana mantenía comunicación con todas las potencias involucradas en la guerra, excepto, naturalmente, con la Unión Soviética, se estableció al mismo tiempo un servicio de asistencia para civiles desplazados. La residencia papal de Castelgandolfo acabó convertida, por disposición directa del Papa, en un albergue de refugiados. La capital italiana, durante los años de la guerra, empezó gobernada por el fascismo, luego fue ocupada por tropas alemanas, sufrió prácticamente una guerra civil entre distintos bandos revolucionarios y luego fue tomada por el ejército americano sin que el Papa se moviera de su sitio. Exigió, eso sí, que los cardenales salieran de Roma y se mantuvieran en un lugar seguro para que, en caso de que lo mataran, no tuvieran dificultad de reunirse para elegir a su sucesor.
En 1943, cuando Roma fue bombardeada, el Papa abandonó el Vaticano y se trasladó al sector bajo fuego para acompañar a los habitantes de la zona. A los pocos días, al efectuarse un segundo bombardeo, volvió a hacerlo. Era evidente que el Papa estaba dispuesto a morir al lado del pueblo romano. Tras esos dos gestos, los bombardeos cesaron. Se hicieron incluso bromas sobre el hecho de que aquel hombre, extremadamente flaco, fuera capaz de servir como escudo protector de una ciudad entera.
El retrato que hace Cromwell de Pío XII lo muestra como un hombre de carácter fuerte, amplia cultura y mente brillante, pero frío, poco emotivo, totalmente encerrado en su mundo interno, incapaz de realizar un gesto o pronunciar una palabra de manera espontánea. Pacelli pensaba en blanco y negro sin matices. Su visión de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto era tajante pero, a la hora de expresarse, calculaba el alcance que podrían tener sus declaraciones, así como todas las posibles interpretaciones que se les pudieran atribuir. Sus discursos, sus cartas y hasta sus conversaciones, como ya se dijo, estaban planteados de una forma tan elíptica y enigmática que, con frecuencia, parecían indescifrables.
Si esa fue su manera de expresarse durante toda su vida, ¿Por qué se le reclama el no haber pronunciado un discurso contundente durante la guerra? Reflexionar sobre la figura de Pío XII, no consiste en ponerse a especular sobre lo que pudo haber pasado si hubiera actuado de una manera distinta a cómo lo hizo. Imaginar otra historia alternativa puede ser un ejercicio de fantasía divertido pero no ayuda a comprender. Tampoco se trata de dictar cátedra de torero de café sobre lo que debió haber hecho o dejar de hacer. Es muy fácil juzgar lejos del lugar, lejos del momento, lejos de la responsabilidad y lejos de las consecuencias.
Para muchos, la prudencia de Pío XII fue complicidad y su ecuanimidad fue indiferencia. Pero para comprender su actitud, independientemente de como se la quiera calificar, el propio Papa dejó claras, desde el inicio de la guerra, las normas que regirían sus acciones y sus palabras. En cuanto a las acciones, procuraría aliviar el sufrimiento de todos de manera efectiva y discreta. En cuanto a las palabras, repetiría el mensaje eterno de Cristo, de amor, perdón, fraternidad, justicia y paz, pero no se referiría a ningún hecho en particular. En cada discurso, en cada aparición pública o transmisión radial, Pío XII, siempre en su estilo poético e indirecto, predicó los altos valores del Evangelio de manera general. Hablaba sobre la supeditación de lo político a lo moral, e insistía en la supremacía del individuo sobre el sistema. Los regímenes políticos son temporales mientras que el alma de cada persona es eterna. No condenó las deportaciones ni los asesinatos en masa, ni el bombardeo alemán sobre Londres, ni el bombardeo inglés sobre Dresden, ni el ataque japonés a Pearl Harbour, ni las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Ni siquiera dijo una palabra sobre el bombardeo aliado sobre Roma que tuvo la oportunidad de vivir muy de cerca. Pensándolo bien, si se hubiera puesto a mencionar una por una todas las atrocidades que ocurrieron durante su pontificado, no habría tenido tiempo de hacer otra cosa. 
La actitud de Pío XII durante la guerra genera y seguirá generando controversia.  Para unos, una figura misteriosa, fría y calculadora hasta extremos increíbles. Para otros, un hombre cuya profunda espiritualidad le permitió mantenerse ecuánime en una época convulsa en la que las masacres llegaron a ser parte de la vida diaria.
INSC: 2115

Eugenio Pacelli (1876-1958) Papa Pío XII (1939-1958).

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Una novela policiaca.

En nombre de Dios. David Yallop.
Oveja Negra, Colombia, 1986.
Al escribir un libro sobre un acontecimiento o un personaje histórico se abren dos posibilidades: apegarse a los hechos y limitarse a consignar aquello sobre lo que se tiene certeza, o elaborar una historia que, aunque utilice los hechos reales como base y referencia, los altere y los mezcle con episodios imaginarios.
Cuando Alejo Carpentier se propuso escribir El siglo de las luces, sobre las andanzas de Víctor Hughes en las Antillas, en vez de lamentarlo, más bien se alegró al descubrir que los documentos que brindaban información sobre su héroe eran escasos y tenían grandes lagunas. Sería más difícil, decía Carpentier, hacer una novela sobre un personaje histórico cuya vida estuviera totalmente documentada, que sobre uno del que se supieran solamente retazos de sus aventuras. La falta de información, que frustra al historiador, más bien estimula al novelista. El investigador histórico puede suponer y sugerir posibilidades, pero no inventar ni presentar como un hecho algo que sería incapaz de confirmar. El novelista, en cambio, es autor de su obra y en ella no solo tiene total libertad de meter en la danza situaciones y personajes que son fruto exclusivo de su imaginación, sino hasta de ignorar o alterar los hechos reales que no encajen con la historia que quiere contar.
El público, en literatura como en muchas otras cosas, con frecuencia come gato por liebre. 
Sobre la repentina muerte del papa Juan Pablo I, a solo treinta y tres días de haber sido electo, circulan cualquier cantidad de teorías y se han publicado innumerables libros. El primero en aparecer, que fue el que desató la avalancha de los que vendrían luego, fue En nombre de Dios, de David Yallop. El Papa Luciani murió en 1978 y el libro de Yallop fue publicado en 1984. Tuvo un éxito de ventas impresionante, fue traducido a numerosas lenguas y reeditado constantemente. El ejemplar que tengo es de la sexta edición que publicó la editorial Oveja Negra, de Colombia, en 1986.
El libro enlaza básicamente dos hechos muy sonados que causaron verdaderos escándalos periodísticos en su momento.
En la madrugada del 29 de setiembre de 1978, Sor Vincenza Taffarel, religiosa que trabajaba como enfermera y servidora doméstica del Papa, entró a su habitación y lo encontró muerto con unos papeles en la mano. La oficina de prensa del Vaticano, al dar el anuncio, alteró los hechos. Para no decir que una religiosa había entrado al dormitorio del pontífice de madrugada, dijo que quien lo había encontrado muerto había sido el sacerdote John Magee en primeras horas de la mañana. No es posible decir una sola mentira porque, quién sabe por qué, cuando se suelta la primera viene al menos otra a hacerle compañía. Puestos a inventar, para darle un toque místico al asunto, la oficina de prensa cambió un poco más el hecho y, en vez de unos papeles, informó que el Papa tenía en sus manos La imitación de Cristo, de Tomás de Kempis. De paso, anunciaron que la causa de la muerte había sido un infarto agudo al miocardio sin que ningún médico lo hubiera certificado.
Aquel retoque informativo fue descubierto casi de inmediato. En el Vaticano, como en todas partes, las paredes oyen y la gente habla. El cuerpo del Papa estaba aún sin sepultar y ya se discutía si había sido encontrado en el baño, en la cama o en el escritorio, si estaba en pijamas o llevaba puesta la sotana, y si había muerto la noche del día 28 o la madrugada del día 29.
La oficina de prensa metió la pata hasta el fondo. La principal labor de los voceros de las instituciones es dar a conocer los hechos y evitar que circulen especulaciones. La información oficial se rectificó, se aclaró que fue Sor Vincenza quien lo encontró con unos papeles en la mano. Pero era demasiado tarde y la oficina de prensa no gozaba de credibilidad ni ante los corresponsales ni, mucho menos, ante el público. Cuando uno descubre que le han mentido, no cree en nada o está dispuesto a creer cualquier cosa.
El otro hecho sonado y escándalo mediático se refiere a los extraños y misteriosos manejos del IOR (Instituto per le Opere di Religione) popularmente conocido como Banco Vaticano. En 1972, el IOR vendió la Banca Cattolica di Vénetto, una institución financiera que pertenecía la diósesis de Venecia, al Banco Ambrosiano dirigido por Roberto Calvi, sin cosultar al Patriarca de Venecia, que era el cardenal Albino Luciani, quien seis años después sería electo Papa con el nombre de Juan Pablo I. Luciani, en público y en privado e incluso cara a cara con el aludido, manifestó su desacuerdo con la forma en que el Arzobispo Paul Marcinkus dirigía el IOR. 
En 1984 estalló el escándalo. El Banco Ambrosiano lavaba dinero y custodiaba capitales de una organización mafiosa. Roberto Calvi, el director general, apareció muerto colgado en un puente de Londres. Se dijo que "lo suicidaron" y no se fue solo porque hubo otros asesinatos, que ni siquiera fueron maquillados como suicidios, de personas involucradas en el asunto. Los que siguieron con vida, fueron apresados y debieron hacer frente a un proceso judicial que ocupó los titulares de los periódicos de todo el mundo y fue foco de una gran controversia. El único personaje principal de esta historia que ni murió ni rindió cuentas a la justicia, fue el arzobispo Marcinkus, director del IOR, inmune por el hecho de que el Vaticano es un Estado soberano y sus ciudadanos y su banco no pueden ser objeto de investigaciones ni de juicios por parte de autoridades de otros países.
Albino Luciani (1912-1978)
Papa Juan Pablo I del 26 de agosto
al 29 de setiembre de 1978.
Con estos precedentes, resulta fácil suponer la hipótesis que sostiene el libro. Luciani, quien estaba al tanto desde 1972, de las misteriosas y poco claras maniobras del IOR, una vez electo Papa decidió poner orden, pero la mafia lo mató para evitar que se destapara el asunto que, a fin de cuentas, acabó estallando cuatro años después de su muerte. Los papeles que el Papa sostenía en sus manos al ser hallado muerto serían, según Yallop, su plan de acción para sacar a los mercaderes del templo.
En nombre de Dios, cuya primera edición apareció en 1984, el mismo año en que las noticias del escándalo del Banco Ambrosiano eran el tema del día, fue recibido por el público como un amplio reportaje basado tanto en investigación documental como en entrevistas. El libro, de hecho, viene presentado con el subtítulo: Investigación sobre el asesinato de Juan Pablo I que así, de primera entrada y desde la misma portada, da por un hecho que el Papa fue asesinado.
Sin embargo, a pesar del contundente subtítulo, al leer el libro se tiene la sensación de estar frente a una novela más que ante una investigación. Curándose en salud ante un posible lector desconfiado y atento, Yallop explica en el prólogo que en su libro aparecen conversaciones privadas porque quienes participaron en ellas se las contaron a otros que, a su vez, se las contaron a él. 
En todo el libro no hay una línea clara entre lo que Yallop averiguó y lo que supuso. Llega a consignar, con número exactos de votos, nombres de los candidatos y motivos de cambio de decisión de los electores, todos los detalles del cónclave en que fue electo el Papa Luciani. Esta audacia es, por decir lo menos, poco seria. Se sabe que en un cónclave los cardenales electores están aislados, juran no revelar lo ocurrido y, una vez que el Papa es electo, todas las papeletas y los apuntes, junto con cualquier otro escrito, son arrojados al fuego antes de que termine el aislamiento. Nada de lo que se diga de un cónclave podría ser confirmado. Brindar hasta los más mínimos detalles, como hace Yallop, desacredita su obra como investigación.
El libro, además, está lleno de inexactitudes y exageraciones. Para no entrar en temas delicados ni polémicos pongo este ejemplo. Yallop afirma que: "A muy temprana edad, Albino Luciani ya era un voraz lector. A los siete años, ya se había devorado las obras completas de Julio Verne, Dickens y Mark Twain". Ante semejante afirmación, uno se pregunta a qué edad aprendió a leer, puesto que los tres autores que cita escribieron tanto que sus obras completas requieren bastantes años para ser leídas. Es cierto que Luciani era un lector voraz y tenía una amplia cultura literaria, pero era hijo de una familia pobre que vivía en un pueblito de las montañas Dolomitas. A los diez años le escribió una carta a su padre, que trabajaba como obrero de la construcción en Alemania, en la que le solicitaba que le comprara Corazón, de Edmundo de Amicis, que fue el primer libro que tuvo. 
No cabe duda que Yallop debió haber investigado, pero se tomó tantas licencias que su libro definitivamente no puede ser considerado una investigación. Recrea episodios de las vidas de todos los personajes que definitivamente no pudieron ser averiguados, sino imaginados. Reproduce conversaciones secretas y personales. Conoce los temores, motivaciones y planes que están en lo más hondo de la mente de los protagonistas. Además del desarrollo paso a paso del cónclave, Yallop parece estar al tanto de todas las actividades de la mafia, de todas las transacciones bancarias y de todas las operaciones criminales.
Al mezclar, en esta obra de ficción, hechos y nombres conocidos, logró cierta credibilidad. Al lanzar la obra en el momento justo en que el escándalo del Banco Ambrosiano era el centro de la atención, consiguió que fuera divulgada internacionalmente. El audaz subtítulo hizo que las ventas se dispararan. Los aficionados a teorías de conspiración, que no suelen ser muy meticulosos con la confirmación de datos siempre y cuando la historia sea emocionante y llena de intrigas oscuras, quedaron fascinados con el libro de Yallop. Otros autores han seguido su ejemplo y, con la misma mezcla de datos reales adobados con imaginación desbordada, han realizado nuevas publicaciones al punto que hoy, la muerte del papa Luciani tiene tantas versiones como libros se han hecho. Cada nuevo autor que toca el tema hace más grande el asunto y, además de la mafia, han acabado metidos en la danza la CIA, la KGB y hasta las dictaduras latinoamericanas de los años setenta.
El libro de Yallop no es una investigación, es una novela. Y ni siquiera es una novela histórica, es una novela policiaca. Una novela policiaca que inauguró toda una serie de réplicas posteriores.
Jamás se habría imaginado el Papa Luciani, gran aficionado a la literatura, que su muerte acabaría siendo tema de un tipo de literatura a la que él no era aficionado.

INSC: 0370

domingo, 19 de octubre de 2014

El Papa Montini.

Pablo VI. Carlo Cremona. Ediciones
Palabra, España, 1995.
En 1954, cuando se anunció que Monseñor Montini, quien había trabajado durante treinta y dos años en el Vaticano, había sido nombrado Arzobispo de Milán, la reacción de la Curia Romana fue: "¿Y ahora quién va a escribir?"
Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini era, además de un sacerdote devoto y piadoso, un hombre extraordinariamente culto. Hablaba con fluidez varios idiomas y no solo dominaba los clásicos sino que leía, en su lengua original, a los principales filósofos y novelistas del Siglo XX. Era un hombre de una exquisita cortesía y se expresaba en una prosa elegante y elevada, en que sopesaba cuidadosamente el alcance de cada palabra. Sus escritos tenían además el mérito de transmitir el mensaje de manera clara, concisa y sin ambigüedades. Con tal capacidad no es de extrañar, entonces, que a pesar de su juventud (entró a la Curia con veintitrés años de edad), todos los documentos importantes de la Santa Sede, desde la correspondencia diplomática hasta los discursos del Papa, fueran sometidos a su criterio antes de hacerse públicos. Los papas Pío XI y Pío XII, de quienes fue colaborador cercano, se sorprendían al ver cómo sus discursos, cuyos borradores ellos mismos habían escrito, lograban mayor concisión y se adornaban con una retórica más elevada luego de haber pasado por las manos de don Montini.
El talento era heredado. Su padre, Giorgio Montini, era abogado y periodista, director del Cittadino di Brescia, un importante periódico de la Lombardía, al norte de Italia, su tierra natal. Desde muy joven, Giovanni Batista escribía artículos en el periódico de su padre bajo el pseudónimo de Gibieme, que ciertamente no ocultaba a los vecinos la identidad de su autor, ya que eran las iniciales de su nombre: Giovanni Battista Montini. Más tarde, don Battista publicó, con el apoyo paterno, su propia revista, titulada La Fionda (La Honda). 
La familia era pequeña: una abuela, el padre, la madre y tres hijos. Cuando, por algún motivo, alguno debía ausentarse de la casa, así fuera por pocos días, se escribían cartas, costumbre que mantuvieron toda la vida. Las cartas de don Montini eran verdaderas obras de arte literario. Un prelado francés, Monseñor Jacques Martin, quien era subalterno de Montini en la Curia Romana, recuerda que el día que los nazis ocuparon Francia, muy tarde en la noche recibió una carta de Montini en que le manifestaba que no quería que terminara ese día sin compartir con él unas palabras de aliento y esperanza. A pesar de que su trabajo consitía en leer y revisar documentos todo el día, en sus ratos de ocio se dedicaba a leer vorazmente y a escribir con prosa exquisita. De no haber sido clérigo, seguramente Montini habría sido poeta. Aunque, a decir verdad, de hecho lo fue, ya que sus discursos y correspondencia tienen una tensión y una musicalidad que solo pueden calificarse de poéticas. 
Don Giovanni Battista Montini, desde muy
joven trabajó puliendo los textos de la
Curia Romana.
No se crea sin embargo que don Montini era un ratón de archivo y biblioteca alejado de la acción y de sus semejantes. Fue el fundador y director de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana), donde entabló una amistad de toda la vida con Alcide de Gasperi, Aldo Moro y Giulio Andreotti, quienes serían en los años de posguerra, los líderes de la Democracia Cristiana italiana, partido por el cual, dicho sea de paso, fue electo diputado su hermano Lodovico Montini. Los jóvenes de la FUCI creían en la democracia y abogaban por un régimen de libertades. Los fascistas, naturalmente, adversaban esas ideas y la única forma de discutir que conocían era a garrotazos. En una asamblea de la FUCI irrumpieron los fascistas y don Montini, al igual que sus muchachos, recibió una paliza. Irónicamente, aún adolorido por los golpes, le tocó trabajar en los documentos del concordato entre la Santa Sede y la Italia fascista que crearía, en 1929, el Estado del Vaticano. 
Durante la II Guerra Mundial, el trabajo de Montini fue arduo y diverso. Coordinó la oficina de información y beneficencia, encargada de contactar a las familias con sus parientes prisioneros así como de brindar ayuda humanitaria a refugiados y desplazados. Estuvo a cargo además de la correspondencia diplomática de alto nivel con la familia real italiana y, especialmente, con las autoridades civiles y militares de los Estados Unidos. Su prudencia lo hizo ganarse la absoluta confianza del papa y su honestidad la de sus interlocutores.
Incluso en el caso de que no hubiera llegado a ser papa, la figura de Montini habría ocupado en la historia eclesiástica un lugar protagónico.
Un detalle poco conocido. Pablo VI indicó que el  
cardenal Luciani sería su sucesor. Cuando estuvo de
visita en Venecia, ante la multitud, se quitó la estola
pontificia y la colocó en los hombros de Luciani.
Luciani fue electo papa Juan Pablo I en el primer
día del cónclave.
En 1954, como se dijo, Pío XII lo nombró Arzobispo de Milán, considerada la diósesis más importante del mundo. Como obispo, don Montini realizó una evangelización audaz y moderna. Sin embargo, don Montini no fue nombrado cardenal. Pío XII solamente nombró cardenales en dos ocasiones, en 1946 y en 1953, ambas anteriores al nombramiento episcopal de Montini. Juan XXIII, en su primer consistorio, puso el nombre de Montini como primero de la lista de nuevos cardenales. Cuando le entregó la birreta le dijo: "Todos sabemos que si usted hubiera sido cardenal en este cónclave, usted estaría ahora en mi lugar."
Vino luego la enorme aventura del Concilio.  El papa Juan lo convocó casi por pura inspiración, sin preocuparse demasiado por los detalles. Don Montini fue quien le dio un marco estructural, definió los temas, la integración de las comisiones, el reglamento para los debates, las normas y el procedimiento para la inclusión de propuestas. Durante la primera sesión del Concilio, Montini apenas hizo uso de la palabra. Tanto a conservadores como a reformistas la apertura de Montini a escuchar y considerar los distintos planteamientos les inspiraba respeto y confianza. A la muerte del Papa Juan, el cónclave se reunió sin que nadie esperara una sorpresa. En el desfile de cardenales, las cámaras se enfocaban en Montini, quien avanzaba rezando con las manos juntas y la cabeza baja. Apenas empezó a salir el humo blanco, un reportero de televisión pasó entre la multitud preguntando, antes de que se hiciera el anuncio: "¿Quién es el papa?" Todos los que estuvieron al frente del micrófono contestaron, con absoluta seguridad: "Montini".
Su pontificado empezó con la enorme tarea de continuar y cerrar el Concilio. Un detalle que con frecuencia se olvida es que, aunque el Concilio fue convocado por el Papa Juan, en su pontificado el Concilio no produjo ningún documento. Todos los documentos del Concilio fueron promulgados por el Papa Montini, Pablo VI, quien, naturalmente, revisó minuciosamente la redacción final. Veamos un botón de muestra: los documentos vaticanos no llevan título, sino que son conocidos por las primeras palabras del texto. La Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno empezaba: "La alegría y la tristeza, la esperanza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo..."  A Pablo VI le incomodó que el documento fuera conocido como Gaudium et luctus (Alegría y tristeza), por lo que cambió el orden de las palabras por: "La alegría y la esperanza, la tristeza y la angustias etc. de manera que el documento fue conocido como Gaudium et spes (Alegrías y esperanzas).
Al finalizar el Concilio, ocurrió lo que siempre ha ocurrido cuando termina un Concilio. Unos se resistieron a acatar sus enseñanzas y otros pusieron al Concilio a decir cosas que nunca dijo. A Pablo VI, como a todos los papas postconciliares a lo largo de la historia, le tocó la dura tarea de apurar a quienes no querían ponerse en marcha y de detener a los que marchaban en otra dirección. El resultado fue que perdió el favor de ambos. Por eso encontramos artículos que tildan a Pablo VI de papa revolucionario que rompió con la tradición y otros que lo califican como papa conservador que detuvo el proceso de apertura. Su labor no fue otra más que mantener la unidad.
Por la gran reforma del Concilio, en muchos aspectos Pablo Vl fue el primero y el último. Fue el primer papa en celebrar misa en italiano, en inglés y portugués, ya que anteriormente la misa solo se celebraba en latín. Fue el último papa en ser coronado y el primero en visitar los cinco continentes. En algunos aspectos, era un hombre del Siglo XX, no solo inauguró el Aula Nervi (hoy conocida como Sala Pablo VI) el gran edificio para las audiencias generales cuya arquitectura amplia, blanca y curva contrasta con el neoclásico de la Basílica, que está al lado, sino que también incluyó obras de arte moderno en las galerías vaticanas. En otros aspectos, Pablo VI parece un hombre de otra época, por ejemplo utilizaba cilicio, el instrumento con púas atado al cuerpo para mortificarse. 
Me confieso gran admirador de este papa. Cuando era niño y lo veía en televisión, me impresionaba mucho su rostro, de nariz, orejas y cejas enormes, siempre con una expresión solemne y dolorosa, incluso cuando sonreía. Más tarde, cuando leí sus escritos, su prosa llegó a conmoverme no solo en el plano espiritual sino, especialmente, en el estético. Sus páginas eran una obra maestra literaria. Pocas veces coincide un pensamiento tan profundo con una exposición tan hermosa. Pablo VI escribía sus discursos a mano y como dije, era cuidadoso con cada palabra. Después de pronunciar su discurso, entregaba las hojas manuscritas de su puño y letra para que fueran mecanografiadas. Los encargados de transcribirlos prestaban mucha atención a los tachones. En una ocasión en que celebró misa en un templo pequeño pidió al Señor que escuchara las oraciones de:  "...todos los aquí reunidos, incluyendo las de aquellos que no encontraron lugar dentro de estos muros." Los transcriptores descubrieron que originalmente había escrito "los que están afuera", pero lo había tachado para cambiarlo por la redacción ya dicha. A mí, este tipo de delicadeza me conmueve. Jamás Pablo VI habría podido decir que aquellos fieles "estaban afuera".
Merecería un artículo aparte citar los discursos de Pablo VI que son verdaderas joyas literarias. Su famoso sermón en que dijo que "el humo de Satanás ha entrado en el templo de Cristo", el precioso discurso que dirige a los artistas, la dramática carta que le envió a los terroristas de las Brigadas Rojas que secuestraron a su amigo Aldo Moro y la oración fúnebre en el funeral de Moro son verdaderos poemas. Su testamento es un texto maravilloso.
En estos días, he repasado un libro en que se presenta otra faceta de Pablo Vl. Es una biografía escrita por Carlo Cremona, un sacerdote que lo trató de cerca desde joven. La cercanía con el pontífice que disfrutó el autor, le permite revelar detalles personales muy simpáticos. Pablo VI tenía en un gato en el Vaticano. Los guardias y los monseñores de la Curia le cedían el paso porque era "el gato pontificio". Una vez, un prelado le comentó a un guardia suizo que le extrañaba que el Papa no le hubiera puesto nombre a su gato y el guardia, extrañado, preguntó: "¿Cómo? ¿No se llama Pontificio?" Cuando se enteró del breve diálogo, Pablo VI, en vez de nombre, le puso al gato en el cuello dos cintas, una amarilla y una blanca, para hacer el nombramiento oficial. En la villa de Castelgandolfo, la residencia campestre de los papas, lo que tenía era un perro enorme. Cuando el Papa llegaba, en la puerta principal de la casa lo esperaba un camarero con una sotana blanca limpia, ya que desde que se bajaba del automóvil el perro, al darle la bienvenida, estampaba sus huellas en la que llevaba puesta. Era también amigo de un indigente. En Milán, cuando era Arzobispo, visitó una cárcel para enfermos mentales y uno de los internos se encariñó con él. Cuando quedó en libertad fue a visitarlo al palacio episcopal y don Montini lo recibió. Pocas semanas después de ser electo Papa, el loquito se apareció en el Vaticano y pidió verlo. Un asistente milanés del Papa lo reconoció y lo pasó adelante. Al estar frente al papa le dijo: "Don Battista, ¿Por qué se vino a vivir a Roma? Me ha costado mucho encontrarlo."  Aquel pobre hombre se quedó a vivir en Roma para estar cerca de su amigo, a quien visitaba con frecuencia. Vivía en un albergue de indigentes en donde todos creían que el don Battista del que hablaba era un amigo imaginario. Se burlaron de él cuando les señaló el retrato del Papa que había en el vestíbulo y les dijo que ese era don Battista, su amigo. A la muerte del loquito se enteraron que la amistad era real.
Pablo VI, en su momento, fue un papa incomprendido y muy criticado dentro de la misma iglesia. Su inteligencia, su gran cultura, su espiritualidad y su delicadeza, evitaron que una institución de dos mil años de antigüedad y más de setecientos millones de miembros acabara fraccionándose. Su figura, inevitablemente, se irá haciendo más grande con el tiempo.

Hoy, 19 de octubre de 2014, el Papa Francisco celebró la beatificación de Pablo VI.
INSC: 1950
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