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sábado, 5 de noviembre de 2016

Arturo Echeverría Loría.

Arturo Echeverría Loría. De artes y letras.
Edición: Víctor Julio Peralta. Portada: Manuel
de la Cruz González. Editorial Costa Rica. 1972.
Arturo Echeverría Loría (1909-1966) fue poeta, editor, crítico de arte, colaborador del Repertorio Americano y amigo cercano de don Joaquín García Monge, editor de la revista Brecha y director de la Editorial Costa Rica. Hombre de gran sensibilidad artística, supo aprovechar sus largos y frecuentes viajes para estudiar a fondo tanto las obras clásicas como las nuevas tendencias. El tiempo que vivió en la gran ciudad de New York le hizo descubrir una soledad por entonces desconocida en la bucólica población de San José de Costa Rica, donde había nacido y vivido toda su infancia y juventud. Tras un largo periodo de residencia en México, donde cultivó la amistad de pintores, escritores, poetas e intelectuales de renombre, regresó a su patria convertido en crítico de arte.
Don Francisco Amighetti dejó escrito que fue Arturo Echeverría Loría quien, por su gran entusiasmo, lo llevó a descubrir y valorar la poesía francesa. Ansioso de satisfacer su gran interés por el arte y la literatura, Echeverría Loría se convirtió en un lector voraz, en un erudito de cultura enciclopédica que leía mucho más de lo que escribía.
Bastante joven, en 1937, publicó Poesías y, tras este debut tempranero, pasarían casi veinte años hasta la aparición de su segundo libro.
En 1956, a propósito del centenario de la Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker, Arturo Echeverría Loría editó una obra titulada Juan Rafael Mora. El Héroe y su pueblo. en la que hacía una semblanza de su ilustre bisabuelo.  Doña Clemencia, la madre de Arturo, era hija de Juanita Mora Aguilar, la última hija de don Juanito Mora y doña Inés Aguilar Cueto.
Años después, vendrían Fuego y Tierra (1963), Himno a la esperanza (1964) y Elejía Desastillada (1966). Algunos de sus poemas fueron publicados en revistas mexicanas y sus artículos de crítica literaria y artística aparecían diversos periódicos. Dos años después de su muerte, la Editorial Costa Rica publicó su obra teatral La Espera. Sus relatos y gran parte de su obra poética quedaron inéditos.
En 1972, la Editorial Costa Rica decidió realizar cuatro entregas con la obra de Arturo Echeverría Loría. El primer libro con artículos, comentarios y ensayos sobre arte y literatura, el segundo con sus relatos y obras de teatro, el tercero con la poesía que dejó inédita y el cuarto con una recopilación de los libros de poesía que publicó en vida.
No sé si el proyecto llegó a concretarse o quedó a medias. El único de los cuatro libros que he logrado encontrar ha sido el primero, titulado De artes y de letras, en que aparecen comentarios sobre la obra de pintores y escultores costarricenses como Quico Quirós, Juan Manuel Sánchez, Max Jiménez, Margarita Bertheau, Francisco Amighetti, doña Flora Luján, Jorge Gallardo, Gonzalo Morales, Felo García, Francisco Alvarado Avella, Floria Pinto de Herrero, Luis Dael, Juan Rafael Chacón, Néstor Zeledón y Francisco Zúñiga.
Arturo Echeverría Loría. 1909-1966.
Poeta, narrador, dramaturgo y crítico de
arte y literatura.
En la parte literaria hay un ensayo sobre Rubén Darío, un recuerdo a su amigo don Joaquín García Monge, el obituario que escribió tras la muerte de Carmen Lyra, comentarios a la obra de Alfredo Cardona Peña y, para cerrar el libro, un escrito verdaderamente revelador sobre  Walt Whittman.
La figura del crítico está bastante desprestigiada. Para muchos, el crítico es un artista frustrado que, al ser incapaz de crear, se deleita en evaluar con severidad lo que otros hacen para señalar errores y torpezas. A los críticos, también, se les acusa de disfrazar con análisis sus gustos, simpatías y antipatías personales. Elogian a los amigos y denigran a los enemigos, se dice.
Arturo Echeverría Loría, en este libro, le lava la cara al oficio ya que ejerce la crítica de manera elevada y oportuna. Todos los artistas costarricenses a los que se refiere eran sus amigos personales pero en ninguna de sus notas hay complacencias ni elogios gratuitos. Echeverría Loría se enfoca en la obra, intenta comprenderla más que explicarla, llama la atención sobre aspectos que podrían pasarse por alto y muestra el valor, el sentido y el aporte que esa obra es capaz de brindar.
Don Paco Amighetti decía que las críticas de arte de Arturo Echeverría Loría no estaban "escritas con términos técnicos, sino con el  fervor de los enamorados".
El verdadero erudito no se pone a lucirse con palabras que nadie entiende, sino que logra hacer, de asuntos que supuestamente le interesan a pocos, un tema de discusión pública. El verdadero sabio, como decía Santo Tomás de Aquino, no busca brillar, sino iluminar.
Arturo Echeverría Loría era un hombre culto que había estudiado a fondo el arte y la literatura pero, más que eso y antes que eso, era un hombre de sensibilidad, pasión y entusiasmo contagiosos.
Decía don Paco Amighetti: "Arturo con su mística perseguía el realismo gótico y quería vivir la poesía antes que escribirla. Y aunque leía a los poetas, para él la poesía estaba más que en los anaqueles de libros, en los países desconocidos, en la soledad, en el amor frustrado y también en el hambre."
La verdadera cátedra de Arturo Echeverría Loría estaba, según recuerdan quienes lo conocieron, en su conversación inteligente, cálida y amena. En su extraordinario don de gentes. En el hecho de que la amplia cultura que llegó a alcanzar, en vez de alejarlo de sus semejantes lo aproximó más a ellos.
Mi buen amigo don Sergio Román me contaba que don Arturo fue de los primeros amigos que encontró al llegar a Costa Rica y que la tertulia con él era tan amena que acabó siendo cotidiana.
Verdadero Quijote, vivía metido en mil proyectos, pero el que más le ilusionaba era la edición de libros. Revisaba los textos, corregía las pruebas y estaba al cuidado de hasta el más mínimo detalle de contenido y diseño. En lo personal, él publicó poco, pero fue un editor amorosamente dedicado a los libros de otros. Supongo que la portada que hizo el artista Manuel de la Cruz González para la recopilación de sus artículos le habría gustado. Son solamente letras en un fondo amarillo, pero el diseño y el juego con la tipografía es muy agradable.
Nora Echeverría Loría (1916-2016).
Hermana de Arturo. Cuando la conocí
tenía 99 años de edad.
Arturo Echeverría Loría es de esos escritores que, por medio de la página impresa, logran establecer una conversación con el lector. He escuchado tantas anécdotas suyas que, con el tiempo, se ha convertido para mí en una figura familiar y cercana. Me habría gustado haberlo conocido pero la cita no se pudo dar porque llegué tarde. Murió antes de que yo naciera. Sin embargo, cuando uno menos lo piensa, ocurren encuentros inesperados.El 24 de diciembre de 2005, invitado por mi buena amiga la escritora Anabelle Aguilar Brealey, asistí a una celebración de Vísperas de Navidad. El grupo era pequeño y a mi lado se ubicó una señora mayor en silla de ruedas. Anabelle, al presentarnos, me informó que doña Nora Echeverría de Van der Laat era bisnieta de don Juanito Mora. Sorprendido, en vez decirle "Es un placer conocerla", di un salto y le pregunté de una vez: "¿Usted es hermana de Arturo?"
Cuando intenté disculparme por mi salida de tono, la viejita, sonriente, me dijo que eso le había pasado con frecuencia toda su vida. La presentaban como Nora y la reconocían como la hermana de Arturo.
Mientras esperábamos que empezara la Misa de Gallo, me contó historias de su hermano. No me habló del poeta, del escritor, del editor ni del crítico de arte, sino del niño travieso y el joven inquieto que siempre llenaba la casa de risas.
INSC: 2276

lunes, 29 de febrero de 2016

Páginas de Amalia Montagné de Sotela.

Páginas. Amalia Montagné de Sotela.
Lehmann, Costa Rica, 1972.
Amalia Montagné Carazo de Sotela fue maestra, escritora, diplomática, divulgadora cultural y una de las mujeres más cultas y destacadas  de la primera mitad del siglo XX en Costa Rica. Hija de don Ruperto Montagné Rojas y doña Elena Carazo Aguilar, nació en San José el 3 de agosto de 1894. Sus primeras letras las recibió en París, de donde era oriunda su familia paterna. Muy joven trabajó como maestra en la Escuela Julia Lang, bajo la dirección de Estercita Silva, rodeada de un grupo selecto de colaboradoras entre las que se encontraban Carmen Lyra, María Teresa Obregón de Dengo, Lilya González y Marcelina de Loría. El 22 de diciembre de 1917 contrajo matrimonio con el poeta Rogelio Sotela, a quien acompañó en sus giras internacionales como conferencistas y con quien colaboró estrechamente en los programas de difusión cultural de la emisora Radio Athenea, fundada por ambos. 
Tuvo una participación activa en diversas causas sociales y benéficas. Realizó campañas por la paz y la justicia social, para la prevención del alcoholismo y en apoyo a la recuperación de los afectados por esa enfermedad, así como por el reconocimiento del derecho al voto de las mujeres. Formó parte de la Liga Interamericana de Mujeres, llegó a ser secretaria de prensa y protocolo de la Unión de Mujeres de América, fundadora de la Mesa Redonda Panamericana y Presidenta del Comité Antillano de la Asociación de Escritores y Artistas que dirigió don Roberto Brenes Mesén. Integró además la directiva del Círculo de Amigos del Arte que presidía Abelardo Bonilla. 
Junto con sus amigas Inés de Mezerville y María Fernández de Tinoco, integró el grupo fundador de la Sociedad Teosófica de Costa Rica. Tuvo la oportunidad de conocer personajes singulares como José Santos Chocano, Jacinto Benavente, Gabriela Mistral y Krishnamurti. 
Sirvió en el cargo diplomático de Canciller de la Embajada de Costa Rica en México, durante el período de don Carlos Jinesta como Embajador.
Publicó numerosos artículos en periódicos y revistas, especialmente en Repertorio Americano, Ariel, Brecha y la Revista de los Archivos Nacionales de Costa Rica. Era también colaboradora habitual de Horizontes de América (La Habana, Cuba), Elite (Panamá), Espiral (Guatemala), Luz de Oriente (Nicaragua) y Ala (Washington). 
Su obra escrita habría quedado dispersa de no haber sido porque su hijo menor, Hiram Sotela Montagné, hizo una compilación originalmente destinada exclusivamente para los familiares. Al ver sus artículos reunidos, doña Amalia se entusiasmó con la idea de publicar su primer libro y una selección muy bien escogida fue publicada, en 1972, con el título de Páginas. Lamentablemente doña Amalia, quien falleció el 11 de noviembre de 1971, no alcanzó a verlo impreso. Su primer y único libro acabó siendo un tributo póstumo.
El artista Manuel de la Cruz González leyó el borrador y, profundamente impresionado por el artículo sobre el árbol de durazno que crecía en el patio, pintó la imagen de la portada. El prólogo lo escribió el abogado y ajedrecista Rogelio Sotela Montagné, hijo mayor de doña Amalia. La autora dedicó el libro a su nieta Marlene Sotela Borbón y fue precisamente Marlene quien tuvo la gentileza de obsequiarme el ejemplar que tengo.
Páginas, de Amalia Montagné Carazo de Sotela, es un libro verdaderamente atractivo. La prosa de doña Amalia es tan concisa como profunda. Los textos son breves y sobre temas sencillos pero llenos de imágenes sugerentes capaces de despertar sensaciones distintas en cada relectura. Ante los lugares en que se encuentra y los objetos que la rodean, doña Amalia observa y reflexiona. Es capaz de pintar el cuadro completo en tan solo un par de líneas y plasmar sus impresiones sin rodeos o divagaciones innecesarias.
La sección titulada Para Rogelio, en que recuerda a su amado esposo, muerto a los cuarenta y nueve años de edad, fue para mí particularmente emotiva. Lo que más me impresiona de la poesía de Rogelio Sotela, además de su gran sabiduría y profunda espiritualidad, es lo sereno de su tono. El poeta mantiene la serenidad tanto ante la muerte, el sufrimiento o las dificultades, como ante las alegrías y las satisfacciones. No hay, en la obra poética de Sotela, ninguna reacción emotiva pregonada con altavoz. Por algo el poeta tituló su antología personal Rimas Serenas. Por otra parte, siempre que leo los poemas de Sotela, incluso los más tristes, me ha parecido que tras todos ellos está la leve sonrisa de quien, por tener un espíritu elevado, es capaz de atravesar los momentos dolorosos de la vida sin perder la calma. 
Nadie conoció mejor a don Rogelio que doña Amalia y, al leer las páginas que dedica a su recuerdo, he podido confirmar que la personalidad del poeta era como la imaginamos todos los que, como yo, solo tuvimos la oportunidad de conocerlo a través de su poesía: un hombre de lágrima fácil y sonrisa permanente. 
Amalia Montagné de Sotela. 
El libro incluye también crónicas de viajes y artículos sobre literatura. Leer el recuento de las travesías de doña Amalia por distintos países es como viajar con ella. En cuanto a sus opiniones literarias, es admirable su capacidad de aceptar como natural e inevitable la evolución que hace que los gustos y los temas varíen con el paso del tiempo. Ella, amiga de Gabriela Mistral y de José Santos Chocano, lee con profunda atención a los poetas jóvenes que escriben de una manera bastante distinta a los de su época. En vez de comparar, juzgar o criticar, sabiamente opta por prestar atención a la novedad con la intención de comprenderla. Generosamente, elogia el talento fresco de las nuevas generaciones y, entre los jóvenes escritores que sueltan sus primeras letras, se muestra particularmente entusiasta por dos, una muchacha y un muchacho, a quienes les vaticina un gran futuro. A ella, en la investigación y a él en la literatura. La muchacha se llamaba Hilda Chen Apuy y el muchacho Joaquín Gutiérrez Mangel. 
INSC: 1812
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