domingo, 14 de septiembre de 2014

Rogelio Sotela y su camino a la sencillez.

Comerciante, educador, abogado, historiador y divulgador literario, diputado, Gobernador de San José y de Puntarenas, empresario radial, editor de la revista Athenea, diplomático, estudioso de la teosofía, conferencista internacional, académico de la lengua, patriota y poeta, Rogelio Sotela es, en cada una de sus facetas, y más aún al considerarlas todas en conjunto, una de las figuras más interesantes y atractivas de Costa Rica en la primera mitad del Siglo XX. Paradójicamente, es también una de las más desconocidas.
El legado de Sotela como abogado, legislador, gobernador y empresario es tan amplio que resulta sorprendente que no haya sido aún objeto de los estudios que se merece. Ojalá pronto los historiadores salden la gran deuda de atención que tienen con el primer secretario general de la Universidad de Costa de Rica, con el reformador del Derecho de Familia y con el constructor del Paseo Colón.
Su faceta literaria tampoco ha gozado del estudio y la difusión que ameritaría. Cosa, de más está decir, para nada extraña, puesto que en Costa Rica los poetas desaparecidos en verdad desaparecen. Aquileo Echeverría, Julián Marchena y Jorge Debravo son los tres únicos poetas ticos que gozan del raro privilegio de que sus libros hayan seguido editándose y leyéndose tras su muerte. La regla general es que muerto el poeta su obra se aleje del público y quede reservada para los estudiosos. Esa práctica ha generado que, al entrar en contacto con la poesía costarricense, a los lectores les resulte difícil concebir una visión de conjunto, ya que tienen que lidiar con una cadena, además de rota, con muchos eslabones perdidos.
El rescate de la poesía de Rogelio Sotela, sin embargo, más que contribuir con la estructuración de la historia literaria costarricense, al recuperar un eslabón sin duda importante en nuestro desarrollo poético, lo que pretende ante todo es reencontrar al poeta con el público. Pese a haber sido escrita hace más de medio siglo y pese a su temperamento, estructura y vocabulario quizá alejados de la sensibilidad estética de un lector contemporáneo, la poesía de Sotela sigue teniendo mucho que decir y que mostrar en el Siglo XXI.
Sotela fue en vida un poeta apreciado no solamente en Costa Rica sino más allá de nuestras fronteras. Publicó en diversos países en donde obtuvo tanto el favor del público como de la crítica. Su obra fue aplaudida por Juana de Ibarbouru y Gabriela Mistral y su correspondencia con literatos latinoamericanos y la gran cantidad de publicaciones en revistas extranjeras da fe de su prestigio.
Fue además un gran investigador y difusor de nuestras letras. Fue el primero en escribir una historia de la literatura costarricense (1927). Además, con gran sentido ecuménico recopiló una antología de escritores y poetas costarricenses que tuvo dos ediciones (1920 y 1923) y cuya selección, más que restrictiva para excluir a algunos, pretendía ser exhaustiva para incluirlos a todos.
Su producción bibliográfica es amplísima y extensa. Publicó cientos de artículos, ensayos, textos de educación, historia, derecho y hasta silabarios y manuales de gramática, pero su obra poética se limita a tres libros publicados en vida, uno póstumo y menos de medio centenar de poemas que fueron publicados en revistas y no se incluyeron en ninguno de sus libros.
Empezó a publicar sus poesías en periódicos en 1911. Hábil en la rima y certero en el dominio de los recursos y el alcance de los efectos más celebrados por entonces, ganó diversos certámenes literarios locales.
En 1918 publicó su primer libro, La senda de Damasco y, estableciendo desde entonces una práctica que mantendría posteriormente, presentó los poemas separados en secciones bajo distintos títulos, en segmentos muy inteligentemente seleccionados por su tema o su tono.
En La senda de Damasco, como ocurre casi siempre en el primer libro de cualquier poeta, hay un poco de todo. Lo particular de su caso es que, al entregar a la imprenta, como es típico en un poeta debutante, una muestra de las diferentes exploraciones que ha emprendido, Sotela supo estructurar su ópera prima en segmentos autónomos logrando, con ello, mayor solidez en la propuesta.
Pero más que su inteligencia para plantear armazones, en La senda de Damasco ya se vislumbran señales de su estilo, de sus temas recurrentes y, lo más importante y que sería lo que acabaría distinguiéndolo, de su tono emocional.
La senda de Damasco es un libro con vocación de grandeza y logra llegar a ser conmovedor a pesar de ello. Allí encontramos al hábil versificador, al efectista de los finales dramáticos, al erudito de vocación y de cultura universal que narra un viaje imaginario a China y Japón, que rinde tributo a José Asunción Silva y a Rubén Darío y que relata un encuentro entre San Francisco de Asís, Juana de Arco y Don Quijote. Las sedas, las ovejas y los cisnes, tan llevados y traídos por los modernistas, también están presentes.
Rogelio Sotela, en La senda de Damasco, muestra que su habilidad está a la altura de las exigencias y los gustos de su época pero además, ya desde su primer libro, da evidencias de que los temas que lo inquietan se relacionan con el mundo espiritual y que el tono de su voz y de su canto, aunque se adorne con retahílas de esdrújulas, tendrá como signo característico la serenidad.
En 1926 publica El libro de la hermana, obra dedicada a su compañera de toda una vida Amalia Montagné Carazo, compuesta por poemas dedicados a la esposa y a la convivencia y que recoge, en una segunda parte, los elogios que grandes personalidades del país como don Cleto y don Ricardo, García Monge, Brenes Mesén, Julián Marchena, Rafael Cardona y otros, estamparon de su puño y letra en el álbum de su esposa.
 Sotela continúa escribiendo y publicando poesía en periódicos y revistas tanto dentro como fuera de Costa Rica. Realiza numerosos viajes. Es invitado a Washington y dicta una serie de conferencias en diversas universidades de los Estados Unidos. Viaja como embajador de Costa Rica en misión especial a Perú y el contacto personal le permite establecer y estrechar contactos con poetas y editores de distintos países suramericanos. Publica poesía en América del Sur.
Sotela declamando poesía en Radio Atenea.
Afortunadamente, las grabaciones se conservan.
En San José, funda su propia revista a la que da el nombre de Athenea, el mismo con que llamó a la emisora de radio de su propiedad en la que leía poemas todas las tardes después de terminar sus labores de abogado en el bufete. Para evitar que un contratiempo retrasara el inicio de su programa vespertino de poesía, que al parecer era muy escuchado, dejaba material grabado y, gracias a esa previsión, hoy es posible escuchar su voz leyendo tanto sus propias creaciones como poemas de Darío, Gutiérrez Nájera o José Santos Chocano.
La voz de Sotela es fuerte y clara y su entonación tiene una carga emocional impresionante. Sus dotes de orador lo hacen destacarse en el Congreso y es invitado a hablar en los actos y ante los auditorios más diversos.
Ya con la estatura de poeta reconocido, Sotela publica en 1934 su antología personal, titulada Rimas Serenas. Además de nuevas creaciones, incluye poemas que ya habían aparecido en La Senda de Damasco y en El Libro de la Hermana, así como otros que había publicado en revistas. Por tratarse de una antología seleccionada por el propio autor vale la pena prestar atención a lo que incluyó tanto como a lo que no incluyó de sus libros anteriores. Mucho más revelador resulta observar las correcciones y los cambios que hizo a sus poemas, ya que todas las variaciones evidencian su voluntad de emprender el camino a la sencillez. A las creaciones más ambiciosas y grandilocuentes se les retiró el exceso de ornamentación. Los poemas La Senda de Damasco y la Oda a España, dos de los más extensos de su primer libro, fueron reproducidos en Rimas Serenas luego de pasar por un severo recorte en el que muchas de sus estrofas fueron eliminadas. Sotela estaba buscando un lenguaje más claro y directo, un lenguaje más a tono con los temas y el temperamento de su poesía. El vocabulario también le fue cambiando; siguió siendo elevado pero dejó de ser rebuscado.
Rogelio Sotela con Gabriela Mistral
y Justo A. Facio.
Aunque en mucho Sotela continuaba siendo un poeta plegado a los recursos estilísticos y la sensibilidad estética de su época, en Rimas Serenas ya su verbo ocasionalmente fluye a ritmo y en código propios, lo que le permite alcanzar cumbres de concisión y estremecimiento a las que solo llegan los grandes poetas. Su formidable poema Dios no se asoma a las pupilas turbias, cuyo solo título en sí mismo es una obra maestra, es una de las más evidentes muestras de su estatura poética.
En este punto, todo parecía que pronto, quizá en su próximo libro, Sotela rompería la caparazón de estrofas contadas y versos rimados, dentro de la cual se las había ingeniado para contener una sabiduría y una profundidad de reflexión que quizá se habrían manifestado de forma más intensa de haberse permitido una expresión más libre.
Pero Sotela no llegaría a publicar otro libro en vida. La muerte lo sorprendió en 1943. El poeta de tono sereno y reflexión profunda se marchó de manera discreta. Completamente sano y sin quejas de molestia alguna, con gran sentido del humor disfrutó de la compañía de su familia hasta muy tarde y, luego, murió mientras dormía.
En 1949, su esposa y sus hijos publican Sin Literatura, una colección de poemas que don Rogelio tenía anotados a mano en un cuaderno diminuto.
Rogelio Sotela, en vida, fue esclavo de la métrica y de la rima y en su evolución poética no tuvo tiempo de librarse de la presión de la forma que, por lo demás, dominaba hábilmente. Sin Literatura nos muestra, sin rima y sin métrica, lo profundo de su pensamiento y lo elevado de sus sentimientos, una profundidad y una elevación que más de una vez debió atajar para acomodarlas dentro de la rigurosa obediencia a los cánones que practicaba.
Es en Sin Literatura donde encontramos al Sotela más intenso, más puro, el menos apegado a la forma y el más apegado al concepto. Poemas sin rima, en verso libre, de una expresividad intensa, concretos, concisos, brevísimos. En Sin Literatura queda al descubierto que, en su camino a la pureza expresiva, Rogelio Sotela había roto unos esquemas a los que, por motivos de generación, había sido muy fiel.
El título lo dice todo: Sin Literatura. Pero para dejarlo aún más claro, el propio poeta advierte en la primera página que va a decir allí las cosas íntimas, sin literatura, sin sujeción a nada. “Yo, que he sido tan adicto al ritmo justo y a todo lo que hace del verso el instrumento de belleza por excelencia, aquí soy un hereje, rompo a veces toda regla, que fue ineludible en mí”. Y remata diciendo que ese es, después de todo, “el producto de un estado del alma, simple, sin anhelos retóricos”.
Mientras en la forma avanza hacia la sencillez, en el contenido avanza hacia la profundidad. Cuanto más sencillos se vuelven su lenguaje y su estructura, más hondo se torna su pensamiento, más inquietante su mirada.
Rogelio Sotela fue el profesor de español de Isaac Felipe Azofeifa en el Liceo de Costa Rica y el maestro de sus primeros pasos en la poesía. Fue Isaac Felipe, junto con Eunice Odio, quien de alguna forma favoreció que la poesía costarricense, tan conservadora, empezara a apartarse de los cánones modernistas y decimonónicos en que permanecía atrapada y se acercara a otras formas de expresión más libres. La historia es lo que fue y no lo que pudo haber sido. No podemos saber qué papel habría jugado Rogelio Sotela en la metamorfosis que experimentó la poesía costarricense pocos años después de su muerte. Pero ya sea que la hubiera aplaudido o la hubiera objetado, quizá para él habría sido reconfortante observar que se podía escribir “sin literatura” sin tener que incluir la disculpa previa.
Carlos Gagini, el poeta Rogelio Sotela y el
dramaturgo español Jacinto Benavente.
En toda la obra Rogelio Sotela, hay tres características que deben señalarse y subrayarse. Primero, su actitud serena, tranquila, ecuánime, tan lejos de los tonos exaltados como desesperados que son comunes en los poetas líricos que buscan la intensidad por medio de la exageración. En Sotela encontramos serenidad ante la muerte, ante la traición, ante las dificultades, tanto como ante el amor, la felicidad o el heroísmo.
Segundo, la profundidad de su pensamiento. Las reflexiones que plantea nunca son superficiales sino, por el contrario, sumamente incisivas. Obsesionado con la vida, su sentido y su destino, lejos de irse a las nubes es capaz de echar mano de alegorías sencillas para plantear grandes preocupaciones.
Y, tercero, el alto contenido espiritual de su poesía. Concentrado en los ideales, en el espíritu y en el alma, se muestra convencido de que lo verdaderamente valioso no es la piel sino el alma, al punto de que en un poema dedicado a su madre sobre la enfermedad, plantea que lo importante es alcanzar la inmaterialidad. Su preocupación, en muchos poemas planteada, de alcanzar la armonía refiere a un mundo espiritual que da la impresión que, al menos en su faceta literaria, le interesaba más que el mundo real.
En otras facetas, comerciante, educador, abogado, historiador y divulgador literario, diputado, gobernador, empresario radial, editor, diplomático, catedrático o académico, la obra de Sotela respondía, naturalmente, a otra dinámica y otras motivaciones.
Resulta asombrosa la cantidad de áreas en que Rogelio Sotela logró destacarse y, más asombroso aún, considerar el hecho de que no llegó a cumplir los cincuenta años. Murió de cuarenta y nueve.
INSC: 2170
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