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miércoles, 2 de marzo de 2016

Rubén Darío Periodista.

Rubén Darío Periodista. Ministerio de
Educación. Nicaragua. 1964.
Para poder ganarse la vida, todos los poetas tienen otro oficio. En el caso de los narradores, si llegan a ser populares, es posible que los derechos que perciban por la venta de sus obras les permitan, no solo vivir dignamente, sino incluso hasta hacerse ricos. Pero ningún poeta puede vivir de sus versos. En cualquier sociedad, los aficionados a la lectura son una minoría y los lectores de poesía, a su vez, son una minoría dentro de la minoría. 
Hasta los poetas más célebres y admirados se han visto en apuros para cubrir sus necesidades. El caso de Rubén Darío llega a ser hasta conmovedor. El príncipe de las letras castellanas, el renovador de la expresión poética cuyo estilo fue referencia a ambos lados del Atlántico durante medio siglo, pasó su vida entera agobiado por apremiantes necesidades económicas. Para vivir, trabajó desde muy joven como periodista. A los catorce años de edad, ya era el redactor estrella de La Verdad, periódico de León, Nicaragua. Su talento era reconocido y apreciado en cualquier sitio al que llegara y, como no disponía de otras herramientas de trabajo además de su pluma, ejerció el periodismo en Chile, Argentina, Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Uruguay, España y Francia. 
La vida de un colaborador de periódico no es fácil. No todos los días se reciben encargos y no todos son bien pagados. La única manera de medio rebuscarse ingresos decentes es tomar lo que ofrezcan sin mucho miramiento. Durante la permanencia de Rubén Darío en Costa Rica, por ejemplo, el poeta, que ocupó la dirección de La Prensa Libre y colaboró con El Heraldo de Pío Víquez, publicó naturalmente cuentos, poemas y artículos sobre literatura, pero también realizó entrevistas, escribió editoriales, reseñó acontecimientos y hasta redactó notas sobre deporte y salud. 
El Doctor Emilio Mitre, propietario del diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina, contrató a Darío como redactor y corresponsal. Gracias a este trabajo, Darío pudo contar con un ingreso estable. Estuviera donde estuviera, París, Madrid, Roma, New York, Río de Janeiro o La Habana, Darío enviaba semanalmente crónicas y reportajes a Buenos Aires. El Dr. Mitre, por su parte, nunca le falló y le hacía llegar su salario puntualmente. El pago que recibía del periódico argentino, era el sustento de su familia. 
Darío se veía muy elegante con su traje de embajador, pero el gobierno de Nicaragua le atrasaba los sueldos y, en más de una ocasión, Darío debía tomar dinero de sus ingresos personales como periodista para cubrir los gastos de la Embajada. Se topó también, lamentablemente, con personas inescrupulosas que lo explotaban. Organizadores de giras de conferencias que le daban una parte mínima de lo recaudado o revistas y editoriales que, además de aprovecharse de su nombre y su prestigio, lo ponían a trabajar jornadas extenuantes y le pagaban menos de lo que merecía.
Con todo y sus penurias, Darío disfrutaba el periodismo. Se estima que el grueso de su producción escrita son artículos publicados en periódicos y revistas. Hasta las semblanzas de escritores de su libro Los Raros fueron publicadas originalmente como artículos periodísticos. Algunos especialistas darianos sostienen que dos terceras partes de la obra de Darío fueron notas de periódico y solamente un tercio lo constituyen poemas y cuentos. Hay quienes estiman que la proporción es mucho mayor. Es difícil determinarlo porque, como ya se dijo, Darío escribió en muchos periódicos de distintos países y su obra, a un siglo de su muerte, sigue sin contar con un índice exhaustivo.
Curiosamente, su obra periodística no es muy conocida. Azul, Cantos de vida y esperanza y selecciones de sus cuentos y poemas están presentes casi en cualquier librería. La publicación de artículos suyos, en cambio, es esporádica y escasa. Ignoro si en Argentina, donde Darío publicó más en la prensa, habrá mayor facilidad de encontrar recopilaciones de sus crónicas y reportajes. Un hecho confirmado por los estudiosos es que, desde 1889, año en que empezó a colaborar con el periódico, hasta su muerte, en 1916, ningún otro redactor o colaborador de La Nación de Buenos Aires publicó más notas que Darío.
En 1964, con motivo del aniversario número cuarenta y ocho de la muerte del poeta, el Ministerio de Educación de Nicaragua editó el libro Rubén Darío Periodista, en que reúne una pequeña muestra de los artículos que Darío enviaba a La Nación
Su prosa es cautivante, podría decirse que hipnótica. Las descripciones que hace de su paso por Barcelona, Madrid, París, Roma, Londres y Berlín brindan un retrato profundo de esas ciudades en que se combina tanto la información histórica y social, como el dato curioso y las impresiones personales.  Notas de este tipo, hoy en día, vendrían acompañadas con fotos. Pero como en aquella época la fotografía se usaba poco en los periódicos, los artículos son extensos ya que hasta el aspecto visual debía ser escrito. Dicen que una imagen vale por mil palabras, pero las imágenes creadas con palabras son las más impresionantes. Me imagino a los argentinos de principios del Siglo XX viajando con la imaginación por las capitales europeas mientras leían aquellas columnas de letra diminuta.
Particularmente emotivo es el relato de su encuentro con el Papa León XIII, a quien llamó "Beatísimo Padre y querido colega", ya que Gioacchino Pecci (su nombre real) escribió bellísimas poesías, tanto en italiano como en latín. Aunque su público era hispanoparlante, Darío cita, en su nota, los versos del papa en su lengua original. De haberlos traducido, se habría perdido el ritmo y la musicalidad. Darío, que apreciaba la poesía tanto por el contenido como por el sonido, jamás habría contribuido a opacar el brillo de un poema. 
En todo caso, supongo que debió haber pensado, en Argentina había ya entonces numerosos inmigrantes italianos que podrían explicarle el significado al vecino gallego.
Además de crónicas de viaje, el libro incluye artículos sobre nuevas teorías educativas y sobre los bailes tradicionales de Nicaragua. Darío hace una exposición clara, profunda y didáctica sobre El Güegüense.
Dominar diferentes estilos es como hablar varios idiomas. El reportaje sobre el conflicto entre los gobiernos británico y nicaragüense por la región de Bluefields es conciso, objetivo, concentrado en reseñar los hechos y analizar su posible desarrollo y consecuencias. La prosa es pura y estrictamente  periodística: escrito de manera impersonal, con recuento total del contenido al inicio, párrafos y oraciones breves, citas de fuentes consultadas, tono imparcial, nada de opinión, nada de especulación, nada de ornamentación. Este reportaje de hace más de un siglo podría servir hoy, y por muchos años más, como modelo de estilo para periodistas que deban escribir sobre temas polémicos y complejos.  La pluma del Darío poeta es totalmente distinta a la del Darío periodista. La norma de que el estilo debe ajustarse a lo que se escribe y no a quien lo escribe, es una noción que algunos periodistas tardan años en aprender y la gran mayoría ni siquiera la logra comprender nunca.                                                                       
Aunque las referencias de nombres, compañías y proyectos corresponden a otra época, el artículo sobre el canal interoceánico, eterno tema de Nicaragua, es tan actual que pudo haber sido escrito esta mañana.
Darío, el gran poeta, narrador y literato, fue también un gran periodista. Para él, el periodismo y la literatura son una sola cosa. Sobre este punto, cito sus palabras textualmente:

"Hoy y siempre, un periodista y un escritor se han de confundir. Séneca, Montaigné y de Maitre son periodistas en un amplio sentido de la palabra. Todos los observadores y comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente a la parte mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan solo merecerían el nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos diarios; y hasta ellos pueden ser muy buenos escritores que hagan sobre un asunto árido una página interesante. Hay editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que son verdaderos capítulos de libros fundamentales. Hay crónicas, descripciones de fiestas o ceremoniales escritas por reporters que son artistas, las cuales, aisladamente, tendrían cabida en obras antológicas. El periodista que escribe con amor lo que escribe, no es sino un escritor como otro cualquiera. Solamente merece la indiferencia y el olvido aquel que, premeditadamente, se propone escribir, para el instante, palabras sin lastre e ideas sin sangre."
Rubén Darío (1867-1916) Además de poeta y narrador, prolífico periodista.
Publicó en periódicos y revistas de Nicaragua, Chile, El Salvador, Guatemala,
Costa Rica, Uruguay, España y Francia. Pero su relación más estable y duradera
fue con el diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina, con el que colaboró
más de veinte años.
INSC: 2402

lunes, 11 de enero de 2016

El arpa y la sombra de Alejo Carpentier: dos vidas y un encuentro de fantasmas.

El arpa y la sombra.
Alejo Carpentier. Editores
Mexicanos Unidos, México, 1980. 
A finales del siglo XIX, hubo tres intentos por declarar santo a Cristóbal Colón. Pese a que la iniciativa contó con el apoyo entusiasta de los papas Pío IX y León XIII, secundados por ochocientos cincuenta obispos, no logró superar el minucioso examen de los expertos consultados y el expediente fue archivado con un NO rotundo. 
La biografía de Colón, en muchos aspectos impresionante, tenía grandes misterios y numerosos episodios muy cuestionables. Colón era reconocido como explorador osado y hombre rudo, valiente y terco, pero ni en vida ni tras su muerte se le llegó a atribuir fama de santo. No se supone que haya un santo sin devotos y Colón, fallecido en 1506, durante más de trescientos años no había tenido ninguno. 
La propuesta de su canonización no surgió en Italia, ni en España ni en ninguno de los países americanos sino, curiosamente, en Francia. En 1851 el conde Roselly de Lorges, por encargo del papa Pío IX, publicó el libro Historia de Cristóbal Colón, en que retrataba al Almirante como un instrumento de la Divina Providencia. Con entusiasmo desbordado, Roselly se atrevió a afirmar: "Cristobal Colón fue un santo, ofrecido por la voluntad del Señor, allí donde Satanás era un rey."
Como suele ocurrir, cuando alguien llega demasiado lejos, no tarda en aparecer otro que puede ir aún más allá. En 1884, ya durante el pontificado de León XIII, su tocayo, León Bloy, publica El revelador del Globo. Cristóbal Colón ante los toros, una minuciosa biografía del Almirante, escrita en tono de alabanza, en que sostiene que todas las acciones de Colón, incluyendo la introducción de la esclavitud en el Nuevo Mundo, fueron admirables. "La esclavitud" afirma Bloy, "fue una escuela de abnegación y mansedumbre."
Con semejantes defensores, no sorprende que la causa haya fracasado en sus tres intentos. El asunto no volvió a mencionarse y cayó en el olvido. 
En 1937, mientras preparaba una adaptación para radio de El libro de Cristóbal Colón de Paul Claudel, Alejo Carpentier se topó con la obra de Roselly, que atribuía virtudes sobrehumanas al Almirante y con el increíble libro de Bloy, en que, al referirse a la historia sagrada, ponía a Cristóbal Colón al mismo nivel que Moisés y San Pedro.
La lectura de ambas obras lo dejó perplejo y, de primera entrada, indignado. Sin embargo, como Carpentier era un gran apasionado de la historia y, muy especialmente, de los episodios más descabellados e inverosímiles de la historia, acabó interesándose en el tema. Estudió a fondo el proceso, investigó detenidamente la biografía de Colón y del Papa Pío IX, repasó documentos durante cuarenta años y, en 1978, publicó El arpa y la sombra, su novena y última novela.
La obra está dividida en tres partes: El arpa, La mano y La sombra. No recuerdo a quién le escuché la interpretación de que el arpa podría representar al Reino de los Cielos, la mano al mundo terrenal y la sombra a la oscuridad de la muerte.
El libro arranca con la historia del clérigo Giovanni María Mastai Ferreti, quien nació, hijo de un conde empobrecido, en Senigallia, Italia, en 1792, apenas un par de años después de la Revolución Francesa. Creció, por tanto, en un mundo de ideas nuevas y audaces. Los reyes, que habían tenido aseguradas las coronas sobre sus cabezas durante siglos, temblaban ante la posibilidad de perder, no solo la corona, sino también la cabeza. Se inventaban nuevas máquinas y la industria se desarrollaba a ritmo vertiginoso. Los estudiosos prestaban más atención a los filósofos ilustrados que a los padres de la escolástica. Napoleón mantenía a Europa en una zozobra constante. En América, la fundación de los Estados Unidos y la independencia de los países latinoamericanos demostraban que era posible prescindir de la monarquía y adoptar una legislación basada en la libertad individual. El joven Mastai, que era piadoso y devoto, pero también inteligente, culto y curioso, trataba de comprender la complejidad de esa época cambiante en que le había tocado nacer. 
A los treinta y un años de edad, tuvo la oportunidad de ver la otra cara del mundo. La Iglesia, en la América hispanoparlante, dependía de la corona española. Tras lograr la independencia política, las nuevas naciones procuraron también la independencia eclesiástica y, pese a que los próceres fundadores eran de pensamiento liberal y, en buena medida, anticlerical, se interesaron por establecer relaciones directas con la Santa Sede. La primera misión que envió el Papa a la América independiente tuvo como destino Chile y estuvo a cargo de monseñor Giovanni Muzi, quien se llevó al joven Mastai como secretario. 
Ni en sus más desbocadas fantasías había imaginado aquel cura que el mundo fuera tan grande. Primero, atravesar todo el océano Atlántico en un barco con tablas que crujían. Semanas enteras avanzando entre las olas sin más vista que un horizonte redondo y lejano. Al llegar a Buenos Aires, Mastai quedó con la boca abierta al contemplar el enorme río de la Plata. Tras unos días de descanso, de nuevo semanas enteras en medio de un horizonte redondo, esta vez en carreta, cruzando la pampa argentina hasta toparse con la barrera colosal de los Andes con sus cimas nevadas. Ya fuera en el mar, en la pampa o remontando la cordillera, parecía que aquel viaje era interminable. La misión llegó finalmente a Santiago de Chile, donde permanecería por dos años en medio de una comunidad católica, devota y obediente al Papa que estaba en Roma, allá, tan lejos.
De vuelta en Europa, durante el resto de su vida Mastai presumiría de su viaje a América y evocaría, con descripciones asombrosas, aquel océano, aquel río, aquella pampa y aquella cordillera. 
Giovanni María Mastai Ferreti. (1792-1878)
Papa Pío IX (1852-1878)
Cuando Giovanni María Mastai Ferreti llegó a ser Papa con el nombre de Pío IX, al recibir peregrinos sonreía complacido cuando le recordaban que él era el primer Papa en haber estado en el nuevo mundo. Su pontificado (1846-1878), fue el más largo de la historia y, también, uno de los más complejos. Fue el último Papa rey y el primer papa en ser fotografiado. Al inicio de la novela, Carpentier nos hace acompañarlo en la salida de una solemne ceremonia pontificia. El enorme cortejo se va arralando de salón en salón hasta que, tras quitarse los ornamentos, el papa queda solo en su despacho. Sobre la mesa descansa un expediente que ha repasado muchísimas veces. Esperan su firma y nadie se atreve apurarlo, pero el papa tiene sus dudas. Muchas veces ha tomado la pluma y se ha detenido antes de estampar el primer trazo. Recuerda su viaje y considera que sí, que se requiere un santo que sea como un coloso de Rodas con un pie a cada lado del océano y, aunque algo en su conciencia le indica que no debería hacerlo, finalmente firma el documento para iniciar el proceso de canonización de Cristóbal Colón.
En la segunda parte, viene un monólogo largo e intenso. Cristóbal Colón, el almirante de la Mar Océano, viejo, enfermo, amargado y lleno de rencores, siente que se acerca su hora y manda a llamar al confesor. Está dispuesto a decirle todo. Él, que ha escrito diarios minuciosos, que ha abierto querellas interminables, que ha mantenido correspondencia abundante y que, en fin, ha estampado su firma en cientos de folios, siempre se ha cuidado de no brindar ningún tipo de información referente a su persona. A nadie le ha revelado dónde nació ni qué hacía antes de recorrer las cortes en busca de patrocinio para emprender su viaje hacia el oeste más allá de las columnas de Hércules, donde se acababa el mundo. Tampoco ha dicho nunca por qué estaba tan seguro del éxito de su empresa cuando nadie más creía en ella. 
Colón, además de callar, ha mentido. Siempre, sobre todo y ante todos, ha mentido. La verdad de su vida, de sus viajes, de sus secretos, solamente él la conoce. Le mintió a la Reina Isabel, a los frailes, a los hermanos Pinzón. Rodrigo de Triana fue el primero en ver tierra, pero Colón dijo que no, que él la había visto antes, porque no podían ser otros ojos, sino los suyos, los primeros en contemplar la prueba de su éxito. Le mentía a la tripulación, para que creyera que aún estaban cerca de las Azores. Alteraba documentos, mapas, cuentas, reportes de gastos. En su informe a los reyes católicos, tras el viaje, exageró todo lo visto. Vivió en dos realidades. La que solamente él conocía y la que le comunicaba a los otros. Su mayor temor era ser descubierto, pero había jugado bien sus cartas.  Las autoridades se atrevieron a hacerlo a un lado en la administración de los dominios que él había ganado para la corona española. "Si le hubiera entregado las indias a los moros, no podrían en la corte mostrarme mayor desprecio". ¡Hasta le habían puesto cadenas! La corte le había otorgado su título de Almirante y le pagaba rentas, pero para él toda recompensa era poca.
Cristóbal Colón. Personaje fascinante y misterioso.
Escribió detalladas bitácoras, innumerables cartas y
documentos oficiales, pero nunca brindó mayor
información sobre sí mismo.
Así como exageró al hablar de sus hazañas, exageró  también al describir su pobreza. A veces ni él mismo podía distinguir lo que había vivido en realidad y lo que había inventado.
Pero Colón, en su lecho de muerte, está dispuesto a decir, por una vez en su vida, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Hace examen de conciencia y descubre, orgulloso, que de los siete pecados capitales solamente uno le ha sido siempre ajeno: el de la pereza. La soberbia, la avaricia, la codicia, la lujuria, la envidia y la gula han formado siempre parte de su vida, pero la pereza, jamás.
Magistralmente, Carpentier hace a Colón repasar toda su vida y reproduce, en el monólogo, el estilo, los giros y las expresiones que el propio Colón utilizaba en los diarios de sus viajes, al punto que, más que una novela escrita por un cubano en el siglo XX, a uno le parece estar leyendo un documento del propio navegante del siglo XV.
Finalmente, el confesor llega, pero Colón, aunque sabe que el cura está obligado al silencio por el secreto sacramental, no se atreve a asumir ni el más mínimo riesgo de que su imagen quede manchada ante la posteridad y, cuando acerca sus labios al oído del sacerdote, una vez más, empieza a mentir.
La tercera parte recopila los debates del fallido proceso de beatificación. La discusión se torna intensa y, en ocasiones, hasta violenta. Los apasionados argumentos de los postuladores de la causa no hacen más que acrecentar la resistencia de los opositores. Hay momentos en que las deliberaciones son verdaderamente ridículas pero, por increíble que parezca, así fueron. El fantasma de Colón, acompañado por el fantasma de Andrea Doria, presencia la discusión con interés, pero sin emoción. De todas formas, él ya está fuera del mundo.
La prosa de Carpentier, sobra decirlo, es una delicia. Musical, impactante, sorprendente. Todas sus novelas, de alguna u otra forma, están basadas tanto en la historia como en lo fantástico. Lo real maravilloso, decía él.
El intento de canonización de Cristóbal Colón es hoy, y lo será cada vez más en el futuro, difícil de comprender. Cristobal Colón es una figura histórica misteriosa. No hay certeza sobre el lugar dónde nació, ni siquiera su hijos supieron nunca lo que significaban los símbolos de su firma y, como siguió viajando después de muerto, tampoco se sabe en cuál de sus cuatro tumbas está sepultado. El propio Papa Mastai es un personaje complejo. Fue en un tiempo defensor de las libertades y luego promulgó el Sylabus. Benévolo en algunas aspectos y drástico en otros, cultivó tanto fieles devotos como enemigos violentos. Tuvo que salir huyendo disfrazado de Roma y, el día de su funeral, unos manifestantes intentaron apoderarse del ataúd para tirarlo al río. 
El papa Mastai, Cristóbal Colón y el fallido proceso de canonización, definitivamente merecían ser plasmados en una novela. ¿Qué más se le puede pedir a una novela además de personajes fascinantes e historias cautivadoras? Y si esos personajes existieron y esas historias ocurrieron, el deleite viene aderezado con el asombro. 
INSC: 1568
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