sábado, 4 de octubre de 2014

Un pequeño mundo.

Don Camilo. Giovanni
Guareschi. Editorial Kraft
Argentina, 1967.
Giovanni Guareschi empezó a publicar los cuentos de don Camilo y Pepone en 1948. Toda Italia se reía a carcajadas con sus aventuras. Los libros se tradujeron a diversas lenguas y hasta se hicieron películas que llegaron a ser tan populares como los libros. Hoy somos pocos los que recordamos la eterna lucha de estos dos simpáticos personajes. 
En una aldea remota del norte de Italia, don Camilo, un cura fortachón, fumador de puros, boxeador, iracundo y violento, mantiene una guerra permanente con Pepone, el alcalde comunista, que lleva bigotes a lo Stalin y que también, como el párroco, pierde la paciencia con facilidad. El enfrentamiento entre don Camilo y Pepone no es el que podría esperarse entre conservador contra revolucionario, católico contra comunista y Estado contra Iglesia. Ambos, con muchísima frecuencia, van más allá de las palabras: se dan de puñetazos y patadas, se tienden emboscadas, se hacen bromas pesadas.
Una vez, don Camilo fue a abrir la puerta de su oficina y se percató (demasiado tarde), que la manija estaba untada de mierda. Para limpiarse la mano, fue a buscar a Pepone y le pegó una bofetada capaz de nublarle la vista a un elefante. En otra ocasión, don Camilo asaltó a Pepone en el campo para robarle una ametralladora. Por más que el alcalde insistió, don Camilo no quiso devolvérsela. "¿Para qué quiere una ametralladora un cura?" preguntó Pepone. Don Camilo simplemente le advirtió: "El día que estalle la revolución proletaria con la que sueñas, te aconsejo que no pases frente a mi casa."
Ambos personajes son fanáticos (uno religioso y el otro comunista), ambos son intransigentes, bruscos y violentos. Ninguno cede un ápice de su autoridad y es celoso ante cualquier avance del contrario. Sin embargo, ambos también son sentimentales y de gran corazón. Es evidente, aunque lo disimulen con ofensas y agresiones, que en el fondo cada uno siente aprecio por el otro. Ninguno considera al otro su enemigo. En los cuentos de Guareschi no hay un súper héroe contra un súper villano y la simpatía, tanto de Pepone como de don Camilo, permite que el lector disfrute lo cómico de cada batalla sin tomar partido. De hecho, en casi todas las aventuras ambos salen perdiendo un poco y, cuando alguno logra un triunfo, lo invade la culpa y acaba compensando al adversario.
Guareschi publicó en vida tres libros de cuentos de don Camilo y Pepone. Después de la muerte del autor, se publicaron cinco libros más que dejó escritos. Los cuentos eran tan populares que el ejemplar que tengo de Don Camilo (el de la imagen de arriba), publicado por la Editorial Kraft, en Argentina, es la trigésimo quinta edición. Con el tiempo, logré hacerme de toda la colección. Un pequeño mundo, Don Camilo, La vuelta de don Camilo, El año de don Camilo, Ciao don Camilo, etc.
Cuando yo era niño, leía las aventuras de don Camilo y Pepone solamente para divertirme. Antes de cumplir los quince años de edad, los había leído todos y nunca más volví a repasarlos. Después de muchísimos años, recientemente los leí de nuevo. Volvieron a hacerme reír, por supuesto, pero me sucedió lo que pasa siempre cuando un adulto relee los libros de su infancia: pude descubrir en ellos cosas que como niño jamás habría notado.
Giovanni Guareschi. 1908-1968
Periodista, caricaturista y escritor. Autor de
los cuentos de don Camilo y Pepone.
Toda la vida, había considerado los libros de don Camilo como obras cómicas. Ahora, tras la relectura, me he percatado que el humor es la miel con la que el autor endulza toda una sutil caricatura de la realidad política italiana de su época.
Con lo que he ido aprendiendo de historia desde los lejanos años juveniles en que dejé de leer a Guareschi, me he percatado que el conflicto entre comunismo y catolicismo fue el principal en la política italiana de la posguerra. La Unión Soviética y sus países satélites, eran regímenes de partido único. Solo existía el partido comunista. Pero en los países democráticos occidentales, en que hay pluralidad de partidos, el partido comunista más grande que ha habido, fue el italiano. Mientras en los países europeos y americanos, los comunistas eran una minoría que apenas se hacía sentir en la toma de decisiones, en Italia los comunistas eran una fuerza poderosa e influyente, ganaban alcaldías y numerosos escaños en el poder legislativo. En cuanto al catolicismo, además de que en Roma está el Papa, los líderes de la Democracia Cristiana Italiana (De Gasperi, Moro, Andreotti etc.) fueron históricamente personas muy ligadas a la Santa Sede. 
Don Camilo y Pepone, patriotas y nacionalistas los dos, consideran a Rusia y al Vaticano, respectivamente, potencias extrañas que no deberían inmiscuirse en los asuntos de Italia. 
Los lectores de otros países y otras lenguas, disfrutamos de las historias de don Camilo y Pepone por lo humorístico. Supongo que los lectores italianos de hace cincuenta o sesenta años, además de deleitarse con las aventuras de los simpáticos personajes, encontraban en ellas muchas referencias a la sociedad en que vivían.
El primer libro de don Camilo se tituló Mondo Piccolo (mundo pequeño) y una de las historias retrata magistralmente lo distintas que pueden ser las cosas en el mundo grande y en el mundo pequeño. 
En el pueblo vivía una viejecita a quien todos, incluyendo don Camilo y Pepone, le tenían respeto y temor. Había sido la maestra de escuela que le había enseñado a leer y escribir a cuatro generaciones de los aldeanos. Era una vieja regañona y cascarrabias, pero todos la querían. La consideraban, como suele ocurrir con muchas maestras, una segunda madre.  Cuando la viejita iba a morir, le manifestó su última voluntad al cura y al alcalde. Quería que la llevaran al cementerio abrigada con la bandera. "¡Por supuesto!" Le respondieron. Pero la viejita aclaró que quería ser abrigada con "su" bandera, la bandera que siempre había tenido en su salón de clase, que era la bandera real con el escudo de la casa de Saboya.
Cuando la viejita murió, su última voluntad fue objeto de una profunda discusión en la que participaron todos los líderes políticos del pueblo. La petición era complicada. Italia era una república y sería extraño utilizar la bandera con corona y escudo reales en un funeral. Por otra parte, la familia real italiana había quedado mal con todos, con los fascistas, con los liberales, con los demócratas, con los socialistas, con los comunistas y hasta con la Iglesia. Uno a uno, los líderes fueron objetando el uso de bandera. Incluso hubo quien llegó a decir que si la maestra deseaba ser enterrada con esa bandera debió haberse muerto antes. Después de escucharlos a todos, Pepone tomó la palabra y sentenció: "Pues yo respeto más a la maestra muerta que a todos ustedes vivos" y el ataúd de la viejita, cubierto con la bandera real, entró al templo en hombros de  los comunistas. En el mundo grande, esta situación habría sido absurda, ilógica, inexplicable. Pero en el mundo pequeño valen más los sentimientos y los afectos personales que las ideologías.
Yo soy de Costa Rica que es también, como la comarca de don Camilo y Pepone, un mundo pequeño. La historia de mi país está llena de absurdos. Nadie, que no sea costarricense, podría comprender nuestra guerra civil. Tuvimos un presidente de simpatías nazis que impuso como sucesor, junto a los sectores más conservadores, a un médico que, ya en el poder, fue muy cercano a la Iglesia y se alió con el partido comunista para impulsar reformas que beneficiaran a los trabajadores. En las elecciones siguientes, los sectores socialdemócratas impulsaron la candidatura del nazi. Luego el médico desconoció la elección de un periodista apoyado por los ricos del país. Un líder socialdemócrata se alzó en armas para defender la elección del periodista y, pocos años después, el médico y el periodista se unieron contra el líder revolucionario.  Para resumir, casi de la noche a la mañana los aliados se volvieron enemigos y los enemigos, aliados. Personas de bandos opuestos, eran amigos personales que se tenían gran estima y había personas del mismo bando con enemistades tan grandes que no soportaban ni verse. 
Quienes escriben la historia del mundo, el grande, pueden explicarla con choques de ideologías e intereses. Pero para explicar la historia de un pequeño mundo, como Costa Rica y la comarca de don Camilo, hay que entrar con frecuencia en el diminuto espacio de las simpatías y antipatías personales, capaces de generar reacciones sentimentales más poderosas que las frías ideas o conveniencias.
Muchos, a la hora de valorar obras literarias, desprecian los melodramas y el humorismo, como si los difíciles artes de hacer llorar o hacer reír rebajaran la literatura. Mi relectura de los libros de Guareschi, me ha reafirmado en mi posición de hacer a un lado el prejuicio. El humorismo puede estar lleno de sabiduría y despertar reflexiones esclarecedoras. 
El actor francés Fernadel y el actor italiano Gino Cervi, protagonizaron numerosas
películas como Don Camilo y Pepone. Los libros son ahora difíciles de conseguir, pero las
películas están disponibles en Youtube.



INSC: 0707 2041




viernes, 3 de octubre de 2014

Las memorias de Mastroianni

Sí, ya me acuerdo. Marcello Mastroianni
Ediciones B, España, 1999.
Marcello Mastroianni fue un actor que interpretó todo tipo de papeles en todo tipo de películas. Hizo de galán y de villano, cómico y trágico, protagonizó dos obras maestras de Federico Fellini y estelarizó comedias ligeras de Hollywood. En todas sus actuaciones, sin embargo, Mastroianni mantuvo siempre su estilo de interpretación único e inimitable: el medio tono. En las películas vemos a Mastroianni conmovido, alegre, angustiado, excitado, furioso, pero nunca, lo que se dice nunca, ni su voz ni sus gestos se alejan más de allá de unos pocos pasos de una imagen comedida y casi neutra. Su presencia escénica es estática, sus movimientos, mínimos; el tono de su voz, estable incluso en los momentos de mayor dramatismo. 
Mastroainni nunca necesitó dar alaridos, para convencernos que su corazón estaba destrozado. Nunca tuvo que hacer muecas, para que supiéramos que se había llevado la sorpresa de su vida. Nunca tuvo que levantar la voz, para recalcar su ira. Y nunca tuvo que jadear para demostrar que estaba como loco por llevarse la chica a la cama. 
Además, fue un galán que supo envejecer con elegancia. Hace cincuenta años, las parejas de enamorados jóvenes veían las películas tomadas de la mano. La novia sabía que su novio estaba babeando por Sofía Loren, pero se lo disculpaba, porque el novio también sabía, y también le disculpaba, que ella estuviera babeando por Mastroianni. El latin lover de aspecto desganado y misterioso, con el paso de los años se convirtió en un viejito jorobado. La espectacular morena, de boca sensual, ojos rasgados, grandes pechos, y espectaculares piernas, acaba de cumplir ochenta años. Pero mientras la Loren debió retirarse en cuanto sus acciones de mujerón empezaron a cotizarse a la baja, Mastroainni actuó hasta el final de sus días tanto en cine como en teatro porque era un grande cuya estelaridad nunca dependió de su aspecto.
Con el mismo medio tono de su actuación, Mastroianni cuenta sus memorias en un libro titulado Sí, ya me acuerdo.
Ya fuera como latin lover o como abuelito
 jorobado, la carrera actoral de Mastroianni
nunca dependió de su aspecto. 
Las memorias, no las escribió sino que las recitó ante una cámara de cine. Luego, el material fue recogido en un libro publicado por Ediciones B.
El medio tono, capaz de ser expresivo sin abandonar la mesura de una serenidad imperturbable, que fue la marca característica de Marcello como actor, es también la más destacable característica del libro.
Mastroianni recuerda la pobreza de su infancia, sin dramatizar, y las fiestas de gala de Hollywood, sin presumir. Todo se cuenta con la mayor naturalidad.
Recuerda que cuando era niño, en Roma, él, junto a los demás niños, pasaba las horas jugando futbol en la calle. Como no tenían un balón, improvisaban uno con un montón de periódicos atados con una cuerda. Cada cierto tiempo, era necesario detener el partido para arreglar la pelota, que empezaba a desintegrarse. Mastroianni afirma que lo recuerda claramente, pero duda que su memoria esté apegada por completo a la realidad ya que, en sus recuerdos, aquella pelota rebotaba, cosa que, ya viejo, reconoce que es imposible.
Cuando pudo comprarse una mansión en Roma, le fastidiaba el hecho de que desde su dormitorio podía escuchar al guía turístico del autobús que pasaba al frente diciendo: "Y aquí, a su derecha, está la casa de Marcello Mastroiani". 
En el libro habla de sus sueños, de los papeles que quiso y nunca pudo protagonizar, de simpáticas anécdotas de su carrera y de locas aventuras al lado de Fellini. Una vez, Marcello estaba trabajando en una producción cuando Fellini lo llamó para que participara en un nuevo proyecto que tenía entre manos. Fellini insistió tanto, que Marcello rompió el contrato que tenía firmado y debió pagar una indemnización a los productores. Él, que trabajaba para ganar dinero, en esa ocasión tuvo que pagar por no trabajar. Para colmo de males, el proyecto de Fellini nunca se terminó. Cuando Fellini estuvo enfermo de gravedad, Marcello le propuso: "Federico, cuando hayamos muerto los dos, si allá en el otro mundo no tenemos nada mejor qué hacer ¿podríamos terminar la película que dejamos a medias?"
Son tantos los momentos de este libro que valdría mencionar, que si uno intentara repasarlo, acabaría repitiéndolo. Una sola anécdota, sin embargo, refleja la humildad y sencillez de Mastroianni.
En una ocasión recibió tres llamados y no podía aceptarlos todos porque eran simultáneos. Tres producciones teatrales lo solicitaban, en distintos sitios, para la misma temporada. Pidió los guiones y se puso a revisarlos. Al final, se decidió por la producción más modesta. Era la obra de un escritor y director nuevo, valioso pero todavía sin éxito. La razón por la que Mastroianni lo escogió, fue porque se identificó con el protagonista. Era una obra teatral muy sencilla. Un hombre viejo, viudo, discute con su hijo que quiere internarlo en un asilo porque cree que ya no es capaz de cuidarse solo. El viejo defiende su autonomía y, en sueños, evoca a su esposa muerta. Con solamente tres personajes en escena, el viejo, el hijo y la muerta, la obra tenía diálogos hermosos y momentos conmovedores. Mastroainni firmó, participó en los ensayos y, la noche de estreno, tuvo una revelación y una duda.
Estaba en el camerino preparándose, se sentó frente al espejo y, con un lápiz, empezó a marcarse las arrugas del rostro. En determinado momento se detuvo. "Ya estoy viejo" se dijo "¿Qué estoy haciendo?" El maquillaje no era necesario para que representara en escena a un viudo solitario. Entonces lo asaltó la duda. "¿Quién irá a venir a ver esta obra?" se preguntó. "¿Los viejos? No creo. ¿Los jóvenes? Tampoco."
Se llevó la sorpresa de que el teatro, en esa noche de estreno y en todas las de la temporada que debió extenderse por la enorme afluencia de espectadores, estuvo lleno de un público joven. Mastroianni, al comentar el hecho, se muestra sorprendido de que el drama de un viejo haya sido de interés para los jóvenes.
Leyendo entre líneas, hubo dos hechos que me impactaron de esta historia. Primero: cualquier actor, cuando recibe varias propuestas, elige la que le dé más fama o más dinero. Mastroianni escogió la que le pareció más interesante, aunque fuera una producción modesta, porque fama y dinero ya tenía. Segundo: Mastroianni se pregunta por qué un público joven asistía en masa a ver el drama de un viejo. Al leer las explicaciones que brinda, salta a la vista que nunca le pasó por la mente la verdadera razón de la afluencia de público. Sencillamente, iban a verlo a él.
Así es este libro, unas memorias honestas de una gran estrella, que no presume ni tampoco se disfraza con falsa modestia.
El pensamiento con que abre y cierra el libro es una gran gota de sabiduría. Empieza diciendo que cuando era joven la vida le parecía larga, larguísima, porque no tenía idea de qué podría pasar en el largo camino que tenía por delante. Ya viejo, al repasarla, la vida le parece corta, cortísima, porque ya pasó todo lo que tenía que pasar. Es como tener que cabalgar al otro pueblo. En el camino el otro pueblo parece lejano, pero cuando se llega, uno se percata que el pueblo que parecía lejano, en realidad estaba cerca.
Marcello Mastroianni, 1924-1996. Un actor grande entre los grandes.
INSC: 1408

jueves, 2 de octubre de 2014

Un poema de Felipe Granados.

Soundtrack. Felipe Granados.
Perro Azul, Costa Rica, 2005.
Felipe Granados fue en vida, y sigue siendo tras su muerte, difícil de olvidar. Era ruidoso, inquieto, sarcástico, mordaz e irreverente y, aunque con frecuencia trataba de evitarlo, siempre acaba siendo el centro de atención.
Era de una honestidad transparente. De primera entrada, a quienes lo acababan de conocer, les parecía que Felipe estaba haciendo un papel, que se había inventado un personaje. Al tratarlo más a fondo y más de cerca, quedaba claro que Felipe hizo de todo en esta vida, excepto actuar.
Su risa era escandalosa y frecuente porque eran muchas las cosas que lo hacían reír. Como era un voraz lector y, además, poeta, frecuentaba los recitales, las conferencias, los encuentros literarios, las presentaciones de libros. En esas actividades encontraba siempre motivos para soltar sus sonoras carcajadas.  Cada vez que ante Felipe alguien se ponía sabihondo, dramático o vanidoso, él se encargaba de bajarlo de la nube. En los recitales de poesía, ovacionaba o abucheaba a quienes leían. Le gustaba mucho leer a Charles Bukowski quizá porque ambos tenían en común la rara característica de vivir y escribir sin ninguna pose.
Felipe, cuya vida fue, en muchos sentidos, improvisada y sin reglas, tenía sin embargo una gran disciplina para leer y para escribir. Su curiosidad por conocer mejor el mundo y los humanos que lo habitan, lo hizo explorar por todas latitudes. Su mirada atenta y profunda descubría, hasta en los detalles más simples y los sitios menos recomendables, grandes revelaciones.
Su vida fue breve. Vivió apenas treinta y tres años en que, además de amar y sufrir, llorar y reír, tuvo hijos, logró el éxito como cronista periodístico y publicó un único libro de poemas.
Hace ya bastantes años que Felipe se marchó. Lo recuerdo con frecuencia porque le tuve mucho cariño. Joan Bernal fue quien me lo presentó y juntos los tres compartimos una gran amistad y pasamos largas horas, en diversos momentos y sitios, riéndonos de todo lo que nos hiciera reír.
Una vez le dije a Felipe que la vida hay que celebrarla porque solo puede ser eterna. La idea, le expliqué, tiene su origen en un poema suyo en que se pregunta quién quiere vivir para siempre.

Who wants to live forever
                               Queen

Felipe Granados

¿Y qué si pinto
cacerías de animales feroces
y tiro la flecha
y asesino al padre
de otro clan
y reparto su carne entre todos?

¿Qué si le doy
fuego al metal
y aprendo a moverme
sobre ruedas
y conjuro a la tierra
para que nazca pan,
moho
y veneno?

¿Qué si habito
las mismas cavernas
y agujeros
de los topos mayores
y dejo a los hijos
vagar
entre las bestias
para que aprendan de ellas
la sabiduría inefable
de lo vivo
y lo muerto?

¿Qué si construyo el Olimpo
y lo lleno de dioses
repletos de defectos
y egos difíciles?

¿Y qué si dejo Itaca
y no vuelvo en mucho tiempo?
¿Qué si tenso el arco
y soy la cuerda,
la punta de la flecha
y asesino a todos
tus amantes?

Qué si voy a circo
y grito
¡Muerte! ¡Muerte!

¿Qué si sostengo
La llave del imperio
y si tomo, por ejemplo,
al caballo
y lo obligo
a romperse las rodillas
a fuerza de recorrer
todos esos caminos
que ahora no
conducen nunca a Roma?

¿Qué si soy el grumete
más feo e incapaz
de las tres carabelas?

¿Y qué si seducido
por la magia de este lugar
donde todo es nuevo
y corrompible,
corrompo
y lo añejo todo?

¿Qué si le quemo
los pies a cualquier príncipe azteca
mientras al mismo
tiempo
reduzco la cabeza
de un viajero europeo?

¿Qué si digo Satán
y digo Amor
y me declaro culpable
de ambos crímenes?

¿Qué si te condeno
a morir en la hoguera
y soy el humo,
la pira
y el verdugo?

¿Qué si grito libertad
y grito no
y te parto la cabeza
y muero odiándote?

¿Qué si quemo
las grandes bibliotecas
sin ningún tipo de remordimiento
y en ese mismo instante
guardo de memoria
y para mí
los libros quichés
el de Job
y el de los muertos?

¿Qué si fumo marihuana
en mitad de la plaza
y soy un policía
y me persigo
hasta dar conmigo
y castigarme?

¿Qué si asesino a trescientos
y busco culpables
y me suicido
y nazco
y digo: todo está bien?

¿Qué si dejo caer la bomba
y la recibo en plena frente
y pido perdón
y sonrío
y soy ceniza
y animal?

¿Qué si desnudo a una mujer
de grandes tetas
y me siento halagado
Felipe Granados. 1976-2009
Poeta y amigo inolvidable.
por el regalo de estas palabras?

¿Qué si te sirvo el café
y me lo bebo
y sientes que me debes la propina
y de doy las monedas que me sobran
y me marcho
dejándote triste
frente a otra noche
sin que pase nada?

¿Qué si llego a casa
y me encuentro conmigo
y digo: Hombre
qué tiempo
llueve
y ambos mojados?

¿Y qué si muero
y cargo mi ataúd
y digo que fui bueno
y me marcho
y digo: Buenas noches
y apago la luz?



INSC: 1976

miércoles, 1 de octubre de 2014

Encerrado en la casona.

Casablanca la bella. Fernando Vallejo.
Alfaguara.
Un hombre sin familia y ya viejo, tras una larga ausencia, decide regresar a Bogotá, su ciudad de origen. Se enamora a primera vista de una mansión señorial y, como tiene dinero, la compra. Es una casona de las de antes, cuando la gente que podía darse el lujo de vivir bien sabía, además, vivir bien. El nuevo propietario sueña con lo feliz que va a ser en su nueva residencia de aposentos y pasillos amplios, cuando el jardín, que cuenta hasta con un par de palmeras, esté arreglado a su gusto.
Sin embargo, desde la primera noche que pasa en ella, se percata que, como ocurre siempre en el amor a primera vista, la realidad no es tan bella como la primera impresión. La instalación eléctrica no funciona y debe salir a las calles oscuras y afrontar los riesgos del tráfico y la delincuencia, en busca de un lugar donde pueda comprar candelas para alumbrarse. Aquello era solo el inicio. La cañería del agua y del gas tampoco funcionaban, el techo goteaba, las paredes tenían grietas, la pintura se descascaraba y hasta los cimientos estaban debilitados.
A sabiendas de que ninguno es honrado, contrata a unos trabajadores para reparar la casa. En la remodelación, los problemas estructurales, lejos de disminuir, aumentan. Los trabajadores le roban tiempo, materiales y dinero. Contrata a un hombre para que los vigile y a otro hombre para que vigile al vigilante. Todos lo engañan. Se ve obligado a recorrer la ciudad en busca de materiales. La ciudad es otra y no le gusta. Bogotá ya no es como la recordaba, ningún rincón le parece reconocible. Le molestan los rascacielos, los tumultos y los embotellamientos de tráfico. Nunca encuentra lo que busca. No tiene ni un amigo ni un pariente. La casa de sus sueños, se convirtió en su mayor pesadilla.
Empieza entonces a recordar. Recuerda a la abuela loca, a la prima ninfómana, a los vecinos víctimas de los actos violentos más descabellados. Todos están muertos. Las casas, los barrios, las fincas, los negocios que recuerda, también desaparecieron. A veces, asomado a la ventana del taxi, logra ubicarse: "Aquí era donde estaba tal cosa." El paisaje es distinto. La ciudad es distinta. Pero él se considera el mismo.
Cuando está en la casa, piensa en todas las diligencias que debe hacer afuera. Cuando anda en la calle, sabe que debe regresar pronto a ver qué nueva estupidez hicieron los trabajadores. Una vez, donde iba una puerta, le pusieron una ventana. "¿Y cómo se supone que voy a entrar?" Gritó. "No se preocupe, patrón, ya le pusimos tres escalones por fuera y tres por dentro." Así de absurdo es el mundo en que transcurre la novela Casablanca la bella, de Fernando Vallejo.
En las noches, el protagonista habla con las ratas, su única compañía en la mansión. Aunque, pese a la desconfianza inicial, logra llevarse bien con ellas, no las alimenta porque no quiere que se multipliquen. Las ratas lo escuchan relatar sus historias de otros tiempos y sus peroratas contra todo lo que odia. El humor, en este libro, es corrosivo, impúdico, violento. El protagonista no logra conseguir un inodoro apropiado a su estatura. Visita los depósitos de materiales de construcción, se sienta en varios y nunca logra sentirse cómodo. Sus piernas son demasiado largas y los inodoros demasiado pequeños. Busca uno grande, alto, que suelte toneladas de agua. Quiere uno de los antes, pero de los antes ya no hay. Los modernos son más ecológicos porque gastan menos agua. "¿Y qué hay más antiecológico que una mujer pariendo?" cruza por su mente al escuchar la explicación.
El protagonista de la novela es un amargado pero, curiosamente, un amargado simpático. Todo le molesta, todo le incomoda, todo lo irrita pero sus interminables monólogos llenos de quejas y protestas, como vienen colmados de sorpresas ingeniosas, lejos de molestar, resultan placenteros y divertidos.
De tanto pensar en ellos, los fantasmas de las personas que recuerda lo visitan. Hasta la muerte llega a buscarlo, pero él no le abre. Al cerrar el libro, uno queda con la duda de si el protagonista, también, es un fantasma atrapado en el infierno. 
INSC: 2664

Dos libros de Sansonetti.

Don Vito y su esposa, doña Olivia, están a la derecha. A la izquierda, una
estudiante. El caballero alto es Umberto I de Saboya, último Rey de Italia.
El Rey estuvo de visita en San Vito de Coto Brus para saludar a los
inmigrantes italianos que empezaron una nueva vida en Costa Rica.
Hace ya bastantes años, entré al aula donde iba a dictar clases y, en la lista de estudiantes, reparé en un nombre: Gabriel Montenegro Sansonetti. Su segundo apellido no es común en Costa Rica. Pedí que se levantara y le pregunté: "¿Es usted familiar de don Vito?" "Soy su nieto." Me contestó.
Le pedí entonces que fuera portador de un mensaje. "Dígale a su abuelo que le mando saludos. Que lo admiro y lo respeto."
En la clase siguiente, Gabriel me sorprendió con un regalo. "Aquí le manda mi abuelo." Era su libro Quemé mis naves en estas montañas, que venía con una simpática dedicatoria: "Al profesor Carlos Eduardo Porras, con la esperanza de que no encuentre errores. Cordialmente. Vito Sansonetti."
En ese libro, el Comandante hace un recuento de las mil peripecias que debió afrontar en el proceso de colonización de Coto Brus, una empresa digna de ser recordada con agradecimiento y admiración.
Vito Sansonetti Clarini, nació en Roma en 1916. Su padre era almirante y Vito, siguiendo sus pasos, decidió dedicar su vida a la marina militar italiana. Ya como oficial, a bordo de la nave Duque de Aosta, realizó un viaje alrededor del mundo. Cuando el barco pasó por Panamá, el presidente Belisario Porras, que estaba casado con una costarricense, doña Alicia Castro Gutiérrez, ofreció un baile en honor de la tripulación. En esa fiesta, don Vito conoció al amor de su vida Olivia Tinoco Castro,  una muchacha costarricense, sobrina de la primera dama, que por casualidad se encontraba de visita en Panamá. Como en una novela romántica, en ese primer encuentro don Vito le propuso matrimonio. Le pidió que esperara a que su barco terminara su gira y, apenas regresara a Italia, pediría unos días libres y se casarían. El plan, sin embargo, sufrió un serio inconveniente. Ni más ni menos que la II Guerra Mundial. Don Vito debió servir a la marina italiana durante el conflicto y la espera por reencontrarse con su novia, se alargó por siete años en que su única comunicación fue por carta. En tiempos de guerra, el correo circulaba con serias dificultades y largas demoras. Cada vez que don Vito recibía una carta de Olivia, confirmaba que la promesa seguía vigente. Cada vez que Olivia recibía una carta de Vito, se enteraba de que su novio seguía con vida. Finalmente se casaron, en Roma, sin haberse visto ni una sola vez desde su primer encuentro en Panamá, siete años atrás. 
Al finalizar la guerra, Italia estaba en ruinas y su marina, destruida. La joven pareja decidió establecerse en Costa Rica. Aquel hombre que quería dedicar su vida al mar, acabó anclado en tierra, se convirtió en empresario agrícola e industrial y fue el artífice de un ambicioso proyecto de colonización, tan novelesco como su noviazgo. Tanto su historia de amor como su historia de trabajo parecen sacadas de una novela.
Cuando don Vito llegó a Costa Rica, la población del país entero no había alcanzado el millón de habitantes. El valle central, Guanacaste, Puntarenas, Limón y la zona norte tenían poblaciones considerables. El sur, sin embargo, estaba despoblado. De San Isidro del General a la frontera con Panamá no había ninguna comunidad ni siquiera mediana. Las tierras de Coto Brus, altas y fértiles, ofrecían grandes posibilidades de explotación agrícola. Habitaban en la zona diversos grupos indígenas y un pequeño grupo de colonos, provenientes de San Isidro, en la zona de Agua Buena.
La idea de don Vito era poblar esa zona con inmigrantes italianos. Su padre, el Almirante Luigi Sansonetti, se encargaría, en Italia, de buscar familias que quisieran rehacer sus vidas al otro lado del mundo. El gobierno costarricense, presidido por Otilio Ulate, se comprometía a abrir caminos y brindar las condiciones para que el proyecto de colonización fuera exitoso. Se fundó la Sociedad Italiana de Colonización Agrícola, se escogió el sitio para el nuevo poblado y se puso manos a la obra.
Ni siquiera había carretera. Era imposible que un vehículo motorizado llegara al lugar. Tras subir los cerros a caballo, el primer trabajo de los colonos fue abrir, en medio del bosque, con hacha y pala, una pista en que pudieran aterrizar avionetas. Hasta los materiales de construcción debían ser transportados por aire. Los inmigrantes italianos trabajaron hombro a hombro con los colonos de Agua Buena y con los indígenas del lugar para levantar el poblado, el templo, la escuela, el dispensario y, al mismo tiempo, para preparar las tierras para el cultivo del café y la cría de ganado. De las diez mil hectáreas que dio el gobierno, solamente tres mil se adjudicaron a italianos. Aunque muchas familias venidas de Italia levantaron sus casas y se identificaron con su nueva patria, algunos de sus paisanos no soportaron las condiciones y decidieron abandonar el lugar. Es verdad que en la Italia de la posguerra pasaban hambre, pero el trabajo del sitio de las abras, como diría don Fabián, superaba cualquier esfuerzo que hubieran imaginado. La comunidad se llamó San Vito, no en honor de su fundador, Vito Sansonetti, sino porque San Vito es el santo patrón de los inmigrantes. El empeño de los colonos pronto hizo que fuera un centro de población con electricidad, cañería de agua potable, escuela primaria y secundaria, clínica del Seguro Social y hasta banco. De hecho, la primer agencia bancaria, fuera del valle central, fue la inaugurada en San Vito por don Claudio Volio Guardia, gerente del Banco Anglo, que había sido, además, el Ministro de Agricultura e Industrias del gobierno de Ulate que impulsó el proyecto de colonización.
En su libro, don Vito afirma que la Sociedad Italiana de Colonización Agrícola cumplió con su parte del contrato, pero que el gobierno costarricense no cumplió con la suya. En una ocasión, en que se lo comenté a don Claudio, él simplemente me dijo: "Es verdad."
Pasaron los duros años de abrir montaña. Los habitantes de San Vito de Coto Brus prosperaron gracias al comercio de su café, de excelente calidad, y a su arraigado sentido comunitario. El propio don Vito menciona en su libro detalles tan pequeños, pero importantes, como el que cuando mira que hasta las familias más pobres tienen una humilde lavadora eléctrica de ropa, recuerda a las señoras de los primeros tiempos doblándose la espalda sobre una piedra cuando lavaban la ropa en el río.
Cumplida la colonización de San Vito, don Vito incursionó en otras actividades. Importó maquinaria agrícola y fue artífice de numerosos proyectos de colaboración entre Italia y Costa Rica. Como filántropo, contribuyó con trabajo y con recursos a proyectos educativos, culturales y de atención a jóvenes en riesgo social. 
No tuve el placer de conocer en persona al Comandante Vito Sansonetti. La culpa fue mía. Quería ir a visitarlo para escuchar, directamente de sus labios, las historias que tanto me habían impresionado de su libro. Quería hacerle tantas preguntas, comentar con él tantos temas. "Un día de estos tengo que ir a visitar a don Vito", me decía, pero nunca le puse fecha a ese deseado encuentro.
Vito Sansonetti, murió en 1999 a los ochenta y tres años de edad. Yo escribí su obituario en el periódico. El mismo día que el artículo salió publicado, Gabriel, el nieto de don Vito que fue mi estudiante y a quien tenía tiempo de no ver, se apareció en mi oficina con un regalo. "Aquí le manda mi mamá", me dijo. Era el libro Cuentos de guerra a un país de paz, con una dedicatoria que decía: "En agradecimiento del lindo artículo que escribió sobre mi padre".
En este libro, don Vito rememora sus años de servicio en la marina y reflexiona con hondura y excelente prosa sobre los valores que marcaron a su generación.
Hasta en su final, la vida de don Vito parece sacada de una novela. Fue sepultado, al lado de Olivia, en San Vito de Coto Brus. En su tumba está el ancla del Duque de Aosta, el buque en que dio la vuelta al mundo. La lápida, simplemente dice: "Vito Sansonetti. Marinaio d`Italia."
Aunque los libros de mi biblioteca están ordenados por tema, tengo una sección donde están apartados los libros con los que tengo que salir en carrera en caso de un incendio. Allí atesoro los dos libros del Comandante Sansonetti.
Gracias a él, he adoptado una política en mi vida. Cuando quiero conversar con un señor mayor, no me tardo en ponerle fecha a la visita.

INSC 0829 0945
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...