domingo, 26 de abril de 2015

Otilio Ulate recordado por Mariano Sanz.

Otilio Ulate antes, durante y después del
48. Mariano Sanz. Memorias. Imprenta
Lil, Costa Rica, 2001.
Conforme pasan los años, la figura de Otilio Ulate se torna cada vez más opaca. Fue electo presidente de Costa Rica en 1948 y la anulación de esas elecciones desencadenó la guerra civil. Sin embargo, al conmemorarse los cincuenta años del conflicto, en 1998, el nombre de Ulate ni siquiera se mencionó. En buena medida motivado por esta omisión, su amigo el periodista Mariano Sanz, quien fue muy cercano al expresidente toda su vida, publicó el libro Otilio Ulate antes, durante y después del 48.
En el caso de Otilio Ulate, su anecdotario es mucho más amplio que su ideario. Ulate no era un intelectual, aunque fingía serlo. En sus artículos y discursos citaba libros que no había leído, opinaba sobre temas que no dominaba, lanzaba serias acusaciones sin más fundamento que el de su imaginación y era capaz de escribir párrafos enteros, enrevesados y grandilocuentes, sin llegar a decir nada trascendente. El propio Mariano Sanz cuenta en el libro que don Otilio presumía de haber escrito un largo artículo sobre el abacá, sin saber si el abacá era un animal, un vegetal o un mineral. Ulate fue periodista desde muy joven y llegó a ser propietario de varios periódicos. Sin haber escrito ni un solo libro en su vida, llegó a formar parte de la Academia Costarricense de la Lengua.
Otilio Ulate tenía un verbo aguerrido y no se medía a la hora de agraviar a sus oponentes. Durante los convulsos años cuarenta, cuando los ánimos políticos estaban más que caldeados, soltó su famosa frase: "No le compre, no le venda", en que instaba a sus seguidores a romper todo tipo de relación con los del bando contrario.
Sin embargo, a pesar de su agresividad verbal, de la que no escapó casi nadie, Otilio Ulate era un personaje al que sus contemporáneos consideraban simpático. Contaba chistes, coqueteaba con las mujeres y bebía de pie en el mostrador de las cantinas. Una de sus anécdotas más conocidas es la de cuando, siendo presidente, fue atropellado por un hombre en bicicleta. Don Otilio vivía en Barrio Amón y todas las mañanas se iba caminando a la Casa Presidencial. Al cruzar la calle, justo frente a la Presidencia, un ciclista que venía demasiado rápido chocó con él y ambos cayeron al suelo. El guardia de la puerta, que no había reconocido al Presidente, se le acercó diciéndole "¡Fue su culpa! ¡Fue su culpa!" pero, cuando vio que era don Otilio el que estaba tirado en el suelo, aclaró que el "¡Fue su culpa!" se refería al ciclista. La noticia que circuló internacionalmente se concentró en el hecho de que el Presidente de Costa Rica caminaba por la calle sin escolta alguna. Como veinte años después, el presidente guatemalteco Miguel Ydígoras Fuentes estuvo a punto de ser golpeado por una bicicleta durante su visita a Costa Rica y, recordando el hecho, le dijo al ciclista: "No me confunda, yo soy Presidente de Guatemala, no de Costa Rica."
Mariano Sanz Soto. Periodista y gran
amigo y colaborador de don Otilio Ulate.
Tal vez por lo muy conocida que es, Mariano Sanz no incluye la anécdota de la bicicleta en su libro, pero cuenta otras verdaderamente divertidas. Sanz y Ulate viajaron juntos a Europa como periodistas al final de la II Guerra Mundial. En Inglaterra les mostraron las zonas destruidas por las bombas y en Alemania les mostraron más bien las zonas que no fueron destruidas por las bombas. Sanz notó que la coquetería del presidente, quien nunca revelaba su edad, lo hacía quitarse un par de años cada vez que en un documento oficial debía consignar su fecha de nacimiento. Como Ulate llegaba siempre tarde, uno de los anfitriones ingleses lo reprendió: "Ulate (lo pronunció en inglés U late) You are always late!"
En Berlín, tuvieron la oportunidad de visitar al matrimonio puntarenense de don Orlando Grütter y doña Lía Jiménez, cuya hija, Virginia Grütter,  era una niña que le enseñaba a sus amiguitas alemanas a cantar La Cucaracha. Aunque Ulate no hablaba inglés, cada día le echaba un vistazo a los periódicos y, fiel a su costumbre de sacar sus propias conclusiones a partir de lo que suponía haber comprendido, en una ocasión le dijo a Sanz que en Inglaterra se celebraba la navidad en julio. Sanz tomó el periódico y descubrió que lo que se celebraba era el Día de la Marina, Navy Day, que en su traducción libre Ulate había tomado por Navidad.
Tras observar por unos días los juicios de Nurenberg, regresaron a Costa Rica. Como recuerdo, Ulate se trajo dos jeeps, una para su finca La Vieja, en San Carlos, y otro para su periódico El diario de Costa Rica.
Sanz, además de colega periodista, se convirtió en su amigo, asistente, chofer, guardaespaldas y hombre de confianza.
En 1948 Ulate fue candidato a la presidencia de la República. Su contrincante era el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, quien había sido presidente de 1940 a 1944. Ulate ganó holgadamente las elecciones pero el voto salvado de un magistrado del Tribunal Electoral hizo que, de acuerdo con la Constitución de entonces, el resultado de las elecciones debiera ser decidido en el Congreso, donde había una amplia mayoría calderonista. El Congreso anuló las elecciones y, debido a esa decisión, don José Figueres se levantó en armas. Al mencionar este momento tan delicado, Mariano Sanz consigna una información equivocada. Dice que "los 27 diputados oficialistas han tenido el descaro de anular la elección", olvidando la honrosa excepción de don Arturo Volio Guardia quien, pese a ser diputado oficialista, votó a favor de que se respetara el veredicto popular.  Esta omisión es inexplicable, puesto que un hermano de don Arturo, mi queridísimo amigo don Claudio Antonio Volio Guardia, fue Ministro de Agricultura e Industrias durante la administración de Ulate.
Ulate estaba junto con Sanz y otros compañeros en la casa del Dr. Carlos Luis Valverde Vega cuando se supo que las elecciones habían sido anuladas. Una patrulla del gobierno, al mando de Tavío, llegó a las puertas de la residencia, cuando el Dr. Valverde, dueño de la casa, salió a decirles que no les permitiría entrar, fue asesinado con ráfagas de ametralladora. Ulate y los demás ocupantes debieron salir a través de casas vecinas.
Al día siguiente ocurre un hecho insólito. El Arzobispo Víctor Manuel Sanabria visita a Ulate y le plantea un ultimatum del Presidente Teodoro Picado: "Puede escoger entre refugiarse en la Embajada de Venezuela mientras sale al exilio o ir a la cárcel."
¿Por qué debe ir al exilio o a la cárcel quien ha ganado las elecciones? ¿Por qué el Arzobispo se prestó como mensajero para esta propuesta?
Don Otilio, sin reparar en lo extraño de la situación, escogió ir a la cárcel. Tavío llegó a buscarlo a la Penitenciaría, pero los guardias, que sabían a lo que iba, no lo dejaron entrar.
Días después, con la guerra civil ya en marcha, Monseñor Sanabria hace una propuesta a todos los bandos en conflicto. Les pide que lo acepten a él como árbitro y dejen en sus manos la solución. Pese a lo extraño de la propuesta, Ulate es el único en aceptarla.
El libro entra luego en un tema polémico que, seguramente, nunca será aclarado. Figueres se levantó en armas para derrocar al gobierno por la anulación de las elecciones. ¿Por qué Ulate no se unió a la lucha armada? Figueres, en sus memorias, sostiene que Ulate no se integró porque no quiso y, de manera un tanto irónica, sostiene que su "prudencia" lo mantuvo al margen. Mariano Sanz sostiene que Ulate que no se integró a la lucha armada porque los mismos revolucionarios no se lo permitieron. En todo caso, cuando el triunfo de Figueres era evidente, don Jaime Solera Bennet reunió en su casa a Ulate y Figueres, quienes firmaron el pacto por medio del cual Ulate aceptaba que Figueres integrara la Junta Fundadora de la II República que convocaría a una Constituyente y gobernaría sin congreso durante dieciocho meses, al final de los cuales Ulate asumiría la presidencia. Así se hizo.
El gobierno de Ulate, de 1949 a 1953, se caracterizó por la prudencia en la administración de los fondos públicos. Se realizaron importantes obras, como el aeropuerto internacional El Coco, sin recurrir a endeudamiento. Se fundaron instituciones como la Contraloría General de la República y el Banco Central y, tras los convulsos años cuarenta, llenos de intrigas, corrupción y violencia, Costa Rica retornó a la vida serena y tranquila que permitía que, apenas saliendo de una guerra civil, el Presidente de la República caminara por la calle sin escolta.
Un dato interesante es que tanto el Dr. Calderón Guardia como don Pepe Figueres, fueron seriamente cuestionados por malos manejos de fondos públicos. En la administración Ulate, por el contrario, la administración de los recursos del Estado fue impecable, al punto de ser el último gobierno costarricense en dejar las arcas del Estado con superávit en vez de déficit. Sin embargo, las simpatías políticas costarricenses se dividieron entre la Democracia Cristiana de Calderón y la Social Democracia de Figueres. Hasta los colaboradores más cercanos de Ulate optaron por integrarse a una de estas dos fuerzas y, al final de la vida del expresidente, el ulatismo no era más que su grupo de amigos íntimos.
Como periodista, Ulate fue severo y crítico con la labor del gobierno. Mientras fue presidente, los dos periódicos de su propiedad, El Diario de Costa Rica y La Hora, fueron totalmente complacientes con la labor del gobierno, por lo que perdieron credibilidad y llegaron a desaparecer poco después de que su propietario abandonara la presidencia.
Cada vez son menos quienes recuerdan y conocen algo de la vida de Otilio Ulate. Quizá por ello Mariano Sanz escribió y publicó por sus propios medios este libro.
El monumento a Otilio Ulate, en el costado suroeste de la Sabana, nunca es objeto de homenajes y la casa de Ulate en Barrio Amón, 25 metros al sur del Bar Limón, del que era buen cliente, ha sido convertido en un hotel que alquila habitaciones por horas.
INSC: 2613
Otilio Ulate regresa a su casa después de la ceremonia de investidura como Presidente
de la República. El inmueble, ubicado en Barrio Amón, 25 al sur del Bar Limón, es
actualmente un hotel que alquila habitaciones por horas.





jueves, 23 de abril de 2015

Manglar. Primera novela de Joaquín Gutiérrez Mangel.


Manglar. Joaquín Gutiérrez Mangel
Editorial Nascimento, Chile, 1947.
En esta novela es muchísimo más lo que se insinúa que lo que se cuenta. En sus pocas páginas, porque es un libro breve, todo está insinuado más que expuesto, sugerido más que descrito. Las pocas palabras con que se presentan los personajes bastan para hacerlos reconocibles y memorables. El paisaje se pinta con pocos trazos y hasta los acontecimientos se retratan con imágenes y situaciones fugaces. No hay ni una descripción exhaustiva, ni un solo diálogo extenso, ni una sola escena que se limite a un momento y un lugar determinado. Cada sitio evoca otro, cada hecho del presente lanza la memoria al pasado, cada reflexión despierta otra nueva. 
Pese a estar narrada de manera elíptica, la historia se sigue sin tropiezos ni complicaciones. Cecilia es una joven maestra recién graduada que, en vez de buscar un puesto en una escuela de la capital, decide irse a trabajar a una pequeña comunidad de Guanacaste. Solamente llegar hasta allá fue una aventura que casi le cuesta la vida. Resbaló en el embarcadero y mientras estuvo sumergida bajo el agua, mirando las burbujas, cada vez más grandes que se le escapaban de la boca, su mente se disparó en diversas direcciones: hacia su pasado, hacia su entorno y, muy especialmente, hacia el interior de ella misma. Esa será una constante en todo el libro. Ya sea que esté descansando sobre la rama de un árbol de naranja mirando el enorme y silencioso paisaje despoblado, o en medio de un tumulto en un baile amenizado con marimba y quijongo, o en el silencio de la primera noche lejos de casa en el destartalado cuarto de una pensión, la mente de Cecilia inevitablemente repasa lo poco que ha vivido y lo mucho que no logra comprender. 
Frágil, joven e inexperta, viaja sola hacia un mundo que no conoce y al que no pertenece. Tiene claro que su trabajo será difícil pero está dispuesta a asumir lo que venga sin arrugar la cara. Los compañeros de viaje tratan de ser amistosos. Una señora le aconseja ahuecar el alma para que los golpes no le den de frente. "Claro que para esto hay que saber vivir, y para saber vivir hay que vivir y viviendo es como se aprende."
Cecilia trata de ser cortés, pero en el fondo le molesta que le den consejos cuando ella en realidad lo que quería (y necesitaba) era equivocarse por sí misma para ir aprendiendo. Ella quiere llegar a ser ella misma y aunque aún no tenga claro quién es.
En la escuela (una casa destartalada con un pizarrón y unos cuantos bancos) ella será la única maestra de niños y adultos de todas las edades. El primer día, al pasar lista, le informaron que uno de los estudiantes se había ahogado en el río, pero que su hijo seguiría yendo a la escuela en su lugar. El muchacho le explica que su padre decía que con uno que leyera en la casa era suficiente. Aunque sus estudiantes son pocos, es difícil preparar las clases y realizar actividades que sean de interés tanto para los niños pequeños como para las señoras y señores mayores. También cuesta mantener el orden porque los muchachos jóvenes quieren hacerse los graciosos ante la maestrita. Los recursos son mínimos, las dificultades son muchos y los progresos, si los hay, apenas se notan. Como maestra siempre tuvo predilección por los torpes: niños frente al pizarrón con la tiza en la mano cariacontecidos
Fidel, un muchachito sin familia, huraño pero obediente, que también le ayudaba al maestro anterior, vive con ella en la escuela.  Aunque la diferencia de edad es poca, Cecilia considera a Fidel algo así como un hijo y, al ir observando y conociendo la vida de animalito libre del aquel muchacho, la suya llega a parecerle una burbuja de vidrio. El cura del pueblo considera impropio que ella, tan joven, viva sola con ese muchacho y así se lo manifiesta, pero si lo echa, ¿a dónde iría esa pobre criatura que no tiene familia? 
Grajales, uno de los estudiantes, bueno con el lazo y experto en curar las reses, se interesa por la maestra y un día logra que le acepte una invitación para ir de caza. Fidel los acompaña. Grajales desprecia la agricultura, por considerarla una actividad femenina. Para él, el trabajo de un hombre es con el ganado. El chino de la pensión le debe la vida, porque una vez, en la Línea, Grajales le quitó de encima una serpiente que se le había enroscado sobre el vientre mientras dormía. El rudo sabanero le hace un regalo a la maestra, pero no logra que Cecilia le corresponda. 
En aquella remotidad vive, desterrado por sus padres, un hombre de San José que estudió en París y regresó casado con una francesa que no fue muy bien recibida por su familia. La visita que le hace Cecilia a esta pareja es, como todo lo que vive Cecilia por esos lares, una experiencia extraña, un tanto absurda, entre cómica y horrible.
De regreso en San José, por un azar del destino, Cecilia debe curar a un hombre herido de bala y, con una navaja, logra extraerle el proyectil. También se ve involucrada en actividades políticas clandestinas y vive un par de experiencias en las que ella fue la mayor sorprendida por su propia reacción. 
Aunque ni ella sabe quién es ni qué pretende, intenta comprender a sus padres quienes, desde mucho antes de su larga ausencia en Guanacaste, le parecían un par de desconocidos misteriosos. Su padre, casi hablando para sí mismo, le dice que todo, absolutamente todo, las angustias, los odios, los rencores... todo debemos convertirlo en inteligencia. Solo así podremos ser algo algún día.
Manglar, la primera novela de don Joaquín Gutiérrez Mangel, es una delicia de principio a fin. Antes de esta obra, había publicado dos libros de poemas y al incursionar por primera vez en la narrativa, que sería a la larga su fuerte, don Joaquín mantuvo la concisión, la musicalidad, la fuerza de las imágenes visuales y la profundidad y altura de reflexión propias de los poetas. Manglar es una novela fascinante, conmovedora, transparente y enigmática al tiempo.
Para mí, el título mismo de la novela es un misterio. La he leído varias veces y en ninguna parte he encontrado ninguna mención a un manglar.
Los historiadores de la literatura costarricense han señalado como importantes el hecho de que la protagonista principal de la obra sea una mujer y que la acción se desarrolle en Guanacaste, porque antes de Manglar, publicada en 1947, ni los personajes femeninos ni la región noroeste del país habían sido protagonistas de primera línea. Los aficionados a repetir lugares comunes, por su parte, analizan los contrastes entre ambiente rural y urbano y destacan el compromiso del autor con la denuncia social. 
Como yo no leo para analizar, ubicar, clasificar ni etiquetar, prefiero concentrarme en otros méritos de esta obra. Su estilo, por ejemplo, es impecable. Como decía el Marqués de Te acordás hermano, las palabras tienen que amarse unas a otras y detrás de cada una de ellas debe estar la vida palpitando. Ese principio se cumple plenamente en Manglar. Por cierto, es en Manglar donde aparecen las aves que "se desgajan" al ser abatidas, tal como lo recomendó el Marqués.
Por otra parte, el mayor contraste que encuentro en esta novela es entre el mundo exterior y el mundo interior de Cecilia. Alrededor de ella ocurren muchos acontecimientos interesantes y sorpresivos, pero me parece que la novela narra, principalmente, la enorme transformación que ocurre muy al fondo de ella misma.
Hay una metáfora en el mismo libro que lo expone de manera hermosa. En la infancia somos como una flor y en la juventud la flor se transforma en fruto. Conforme el tiempo pasa, el aspecto y la textura del fruto se deteriora pero, por dentro, la semilla se endurece. Al final el fruto acabará marchitándose y pudriéndose, pero eso no importa, porque la semilla, que es lo que permanecerá, estará lista para seguir adelante. Al principio del libro, Cecilia es tan joven como un fruto fresco. Al final del libro también, pero en el fondo de su personalidad el hueso de su fruta se había endurecido.
INSC 0686

lunes, 20 de abril de 2015

Autobiografía de Rubén Darío.

Autobiografía de Rubén Darío. Edición
escolar. No indica Editorial ni año de
publicación.
Rubén Darío, el Príncipe de las Letras Castellanas, nació en un pueblito que se llamaba entonces Chocoyos, luego se llamó Metapa y desde 1920, en su honor, lleva el nombre de Ciudad Darío. El poblado está actualmente en el Departamento de Matagalpa, Nicaragua, pero en los tiempos en que nació el poeta toda la zona formaba parte de Las Segovias. En Ciudad Darío se conserva como una reliquia la casa en que Darío vino al mundo, pero la verdadera casa del poeta, a la que llegó siendo un bebé recién nacido, a la que volvía cada vez que estaba en su patria y en la que finalmente lo sorprendió la muerte, se encuentra en la ciudad de León. Es una casa esquinera con un hermoso patio interior que, convertida actualmente en un museo dedicado a su memoria, conserva muchos muebles originales así como cartas, documentos y objetos personales del escritor.
En León, a pocas calles de su casa, me encontré en una venta de libros usados su autobiografía en una edición tan sencilla que ni siquiera indica la editorial ni el año de publicación. Tal parece que el libro iba dirigido a escolares, puesto que al final incluye un cuestionario de comprobación de lectura.
Darío escribió su autobiografía a los cuarenta y cuatro años, cuando ya era un poeta admirado e imitado a ambos lados del Atlántico. A la larga, como todos sabemos, la poesía de Rubén Darío acabaría siendo referencia fundamental durante casi todo el Siglo XX. Hay quienes recalcan el hecho de que los escritores latinoamericanos del Siglo XIX se tardaron en encontrar un estilo propio y muchos de ellos no hacían más que imitar a los autores españoles. Con Darío, la corriente de la influencia dio vuelta y sus admiradores e imitadores estaban no solamente en toda América Latina, sino también en España. Dicha apreciación me ha parecido siempre un tanto regionalista y la consigno solamente para discutirla. Juzgar la importancia de una obra literaria por el lugar de origen del autor no es, en mi opinión, un buen punto de partida ni de conclusión.
La casa de Rubén Darío en León, Nicaragua.
Numerosos biógrafos y estudiosos de Darío se han mostrado desilusionados con su autobiografía, tanto por la forma como por el contenido. El estilo dariano, musical y solemne, no aparece por ninguna parte en estas páginas, escritas con concisión y limpia simpleza. Por otra parte, aunque habla de sí mismo, Darío es muy discreto y no hace grandes revelaciones.
Al inicio, se refiere a su nacimiento y sus primeros recuerdos. Era hijo de don Manuel García y doña Rosa Sarmiento y fue bautizado con el nombre de Félix Rubén García Sarmiento. El general Máximo Jerez fue su padrino. Sus padres se separaron antes de que él naciera y fue confiado al cuidado de su tío el coronel Félix Ramírez, por lo que, de niño, en sus cuadernos escolares escribía su nombre como Félix Rubén Ramírez. Un tatarabuelo se llamaba Darío y en la ciudad de León todos sus descendientes eran conocidos como "los daríos", al punto que su bisabuela ya firmaba Rita Darío. 
El niño Rubén era inteligente, curioso, asustadizo y enamoradizo. Por las noches la casa se llenaba de lechuzas y de fantasmas. Le costaba conciliar el sueño y sufría de pesadillas. Algunas escenas de su infancia lo aterrorizaron toda su vida, como la vez que presenció un pleito a machetazos en que el ganador le cortó la mano al contrincante. También le horrorizaban un par de enanos, madre e hijo, que vivían en casa de don Pedro Alvarado, cónsul de Costa Rica en León. Enamorado de una saltimbanqui, cuyo nombre nunca pudo olvidar (Hortensia Buislay), quiso unirse al circo, pero fue rechazado. Cuando no leía, Rubén se entretenía adivinando figuras en las brasas del fuego o jugando con Laberinto, su perro.
Aprendió a leer a los tres años y en un armario encontró la Biblia, el Quijote, los Oficios de Cicerón y otras obras que él mismo califica como "extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño". Leyó todos esos clásicos mucho antes de que le compraran libros de cuentos con dibujos.  Ni él mismo es capaz de recordar a qué edad escribió sus primeros versos, pero supone que fueron coplas para ser declamadas en las procesiones de Semana Santa. Siendo un niño le pedían que escribiera obituarios en verso y poemas para bodas y eventos sociales.  
Rubén Darío (1867-1916) 
Educado en un ambiente profundamente religioso, entró al colegio de los jesuitas y los padres estimularon su talento orientando sus lecturas. Muy joven, por su madurez precoz y su inteligencia excepcional, fue admitido en la logia masónica.
Ya era un adolescente cuando un día llegó a su casa una señora vestida de negro que, llorando, lo abrazó y lo cubrió de besos. Era su madre, que no lo había visto desde que era un bebé recién nacido y a quien, después de esa ocasión, no volvería a ver en más de veinte años. Averiguando, supo que don Manuel García, conocido como Manuel Darío, el señor que visitaba a veces en su tienda, era su padre. 
A los catorce años empezó a trabajar como redactor en La Verdad, el periódico local. Unos señores importantes, impresionados por la fama del "poeta niño" se lo llevaron a la capital, Managua, donde gozó de la protección del granadino don Pedro Joaquín Chamorro, del guatemalteco Lorenzo Montúfar y del cubano Antonio Zambrana. 
Se trasladó luego a El Salvador, donde el presidente Rafael Zaldívar le encargó el discurso en honor del centenario de Simón Bolívar. Fue don Juan Cañas quien le recomendó: "Vete a Chile". "¿Cómo me voy a ir a Chile si no tengo recursos?" "Pues vete a nado, aunque te ahogues en el camino."
A partir de este punto, el libro deja de ser un relato para convertirse en recuento de los países que visitó, de los periódicos en que trabajó, de las amistades que hizo y de los personajes interesantes que llegó a conocer. La lista es tan larga que el autor no entra en muchos detalles. A uno le gustaría saber más de sus impresiones sobre los países en que pasó largas temporadas, los amigos que tuvo o los encuentros afortunados que pudo disfrutar, pero todas las menciones son breves.
Casa donde nació Rubén Darío. Ciudad Darío, Nicaragua.
En El Salvador, además de su amistad con Francisco Gavidia, tuvo bajo sus órdenes, cuando era director del periódico La Unión, a Aquileo Echeverría. Durante los meses que vivió en Costa Rica nació su primogénito Rubén Álvaro Darío Contreras, trabajó con Pío Víquez, gozó del mecenazgo de don Lesmes Jiménez y conoció a Antonio Maceo. Un dato curioso es que los amigos que más frecuentaba en San José, Rafael Yglesias, Ricardo Jiménez, Cleto González Víquez y Tomás Regalado, llegaron a ser presidentes, los tres primeros de Costa Rica y el último de El Salvador. Cuando estuvo en Guatemala, Darío logró que Enrique Gómez Carrillo viajara a España y fue el propio escritor guatemalteco quien, años después, hizo posible que Darío se estableciera en Madrid, donde trató de cerca a la Pardo Bazán, a Pedro de Alarcón, a Benito Pérez Galdós, a Ramón de Campoamor, a Juan Valera, a Marcelino Meléndez Pelayo, a Gaspar Núñez de Arce y a José  Zorrilla, con quienes entabló una amistad estrecha. Darío, muy lejos de ser, como podría suponerse, un humilde escritor centroamericano en medio de las estrellas de la literatura española del momento, era más bien el centro de atención y la voz cantante del grupo y llegó a sentirse abrumado, aunque agradecido, por las constantes muestras de admiración que recibía. El colombiano Vargas Vila y el mexicano Amado Nervo, eran también sus grandes amigos. 
Sin llegar a desarrollar una amistad, Darío tuvo encuentros casuales con otras figuras. Pasó una tarde entera con José Martí en Panamá. Participó en un par de tertulias con Verlaine.  Cuando le presentó credenciales a Alfonso XIII, el monarca elogió su obra literaria. En su audiencia con el papa León XIII fue presentado como redactor del diario del general Mitre de Argentina, pero el Papa, quien escribía poemas en latín, sabía a quién tenía al frente. En París, sostuvo una conversación con Oscar Wilde que verdaderamente lo impresionó. "Rara vez he encontrado una distinción mayor, una cultura más elegante y una urbanidad más gentil." 
No se crea, sin embargo, que el largo recuento de viajes y encuentros es una crónica de las altas esferas sociales y culturales en que Darío se desenvolvía. Darío gozó de fama, de prestigio, de reconocimiento, de éxitos literarios y periodísticos; su talento era reconocido en cualquier país al que llegara, las puertas de los círculos más exclusivos estaban siempre abiertas para él pero, en medio de esta agenda social intensa, el poeta muestra sin pudor y sin complejos una vida económicamente inestable, llena de angustias y de apuros. Darío nunca fue un hombre rico. Ni siquiera tuvo ingresos regulares. Le atrasaban los sueldos, no sabía rendir el dinero cuando lo tenía y en muchas ocasiones, en todos los países en que vivió, se vio en la necesidad de comer de fiado. En las fondas y las pensiones le daban crédito y el poeta, aunque estaba siempre en apuros, había aprendido a llevar su vida adelante con resignación, optimismo y buen humor. Una vez, en Argentina, Darío estaba sin un céntimo y, aunque el suizo del restaurante en que comía no le cobraba las cuentas atrasadas, ya lo atendía con mal semblante. En eso lo llaman de La Nación y le piden el obituario de Mark Twain, que estaba muriéndose. Más de una vez, la muerte de un escritor famoso le había salvado la vida, ya que le pagaban muy bien las notas necrológicas. Darío preparó el artículo y, contando con el dinero que iba a recibir, invitó a sus amigos a una cena "opípara y bien humecida". Pero el artículo no fue publicado. En su lugar apareció en el periódico una nota que informaba que Mark Twain había recobrado la salud. Dice Darío que el escritor norteamericano, con su recuperación, le había propinado una broma del humor negro que lo hizo famoso. Felizmente, logró modificar el artículo para que fuera publicado (y pagado) días después.
En su autobiografía, Darío tiene la altura y la nobleza de no mencionar nunca a quienes lo maltrataron, lo ofendieron o le hicieron daño. No habla muy bien del escritor José Etchegaray ni de Crisanto Medina, su jefe en España, pero lo que dice de ellos no llega ni a una línea. Con honestidad, pero también con gran discreción y delicadeza, Darío menciona en un par de ocasiones las serias crisis que sufrió por su alcoholismo. Salta a la vista que, además de gran poeta, Darío fue un hombre de nobles sentimientos y de temperamento alegre. De joven se interesó por el espiritismo, práctica que estuvo de moda entre los intelectuales de principios del Siglo XX, pero pronto abandonó esas andanzas porque descubrió que él era una poderosa antena que captaba mucho más de lo que podía soportar. Lo que para otros era un entretenimiento morboso y, en buena medida, una farsa, para él era una fuente de experiencias terroríficas de un realismo espantoso. Definitivamente, Darío tenía además un espíritu muy elevado.
Al final de su libro dice: "Y aquí pongo término a estas comprimidas memorias que, como dejo escrito, he de ampliar más tarde." No podía saber el poeta que solamente le quedaban cinco años de vida y, contra su deseo, nunca pudo ampliar el relato de sus recuerdos.
Darío vivió en El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Honduras, Chile, Argentina, Brasil, México, Cuba, España, Francia y los Estados Unidos. Visitó Italia, Alemania, Venezuela y Colombia. Pero su hogar era León, Nicaragua. 
Muy enfermo, Darío regresó a Nicaragua para pasar sus últimos días abrigado por las paredes de la casa en que había crecido. Murió en febrero de 1916, pocas semanas después de haber cumplido cuarenta y nueve años de edad y fue sepultado en la catedral de León. 
Tumba de Rubén Darío. Catedral de León, Nicaragua.
INSC: 2010




domingo, 12 de abril de 2015

Vivir para contarla. Memorias de Gabriel García Márquez.

Vivir para contarla. Gabriel García
Márquez. Memorias. Grupo Editorial
Norma, Colombia, 2002.
Gabriel García Márquez tenía la intención de escribir sus memorias en tres tomos pero solamente llegó a publicar uno, Vivir para contarla, en que se refiere exclusivamente a sus años de infancia y juventud. El libro, publicado en el 2002, fue recibido con severas críticas. Hubo quienes se atrevieron a afirmar que García Márquez había llegado al punto de imitarse a sí mismo y que sus últimas obras, entre las que incluían sus memorias, no eran más que concesiones a un público numeroso y poco exigente que no esperaba de él más que paisajes exóticos, personajes pintorescos y situaciones inverosímiles narradas en prosa ingeniosa y cantarina. En mi opinión, esos críticos solamente leyeron los primeros capítulos del libro que, en verdad, son de un estilo recargado y efectista que, con frecuencia, fastidia al punto de querer abandonar la lectura. El largo viaje de retorno a la casa familiar que se relata en las primeras páginas, no solo parece que no va acabar nunca, sino que no va a ninguna parte. Sin embargo, conforme el libro avanza empieza a tomar buen ritmo, se abandonan los decorados innecesarios y la acción pasa a primer plano. 
Por tratarse de las memorias de sus primeros años de vida, la obra hace un recuento de personajes y anécdotas de su familia, de sus compañeros y profesores del colegio y de la universidad, de sus primeros amores, de sus amigos y de su ingreso al mundo del periodismo y de la literatura. Aunque no es amplio en detalles, los breves trazos con que retrata la vida de los diferentes sitios en que vivió en aquellos años son verdaderamente hermosos. Aracataca, Medellín, Santa Marta, Bogotá y Cartagena de Indias son ahora poblaciones muy distintas de cómo eran cuando aquel muchacho curioso e inquieto que ya se había dejado el bigote, deambulaba por ellas tratando de rendir al máximo los pocos centavos que llevaba en el bolsillo. Tenía solamente dos calzoncillos, el que llevaba puesto y el que estaba secándose, vivía en pensiones que toleraban su atraso en los pagos y trabajaba como colaborador en periódicos que le disimulaban y corregían sus faltas de ortografía. Vale la pena mencionar que, con los años, su situación económica mejoró sustancialmente, pero su dominio de las reglas ortográficas se mantuvo como en sus tiempos de estudiante, al punto que el propio autor agradece que los correctores de sus obras tengan siempre la gentileza de suponer que las palabras mal escritas son solamente torpezas de mecanógrafo. 
El libro está lleno de sabrosas anécdotas. Una hermana compró un número de lotería y otro hermano, solamente para molestarla, lo escondió. Cuando la muchacha llegó gritando a la casa porque había ganado, el pobre hermano, de la impresión, olvidó dónde había escondido el billete y tuvieron que volver la casa al revés para encontrarlo. García Márquez no tiene empacho en contar algunas aventuras de alcoba con sus primeras amantes, entre quienes hubo al menos un par de mujeres casadas. Una era la esposa de un marino que, para saludarla, tocaba el pito de la nave cuando llegaba a puerto, por lo que había tiempo para salir sin prisa y evitar el encuentro con el cornudo. Otra era la esposa de un policía que, al descubrirlos in fraganti, retó al joven galán a jugar ruleta rusa. Un dato curioso y poco conocido: Rodrigo, el primer hijo de García Márquez, fue bautizado por Camilo Torres, el cura que acabó siendo guerrillero, y el padrino fue Plinio Apuleyo Mendoza. La amistad con Álvaro Mutis es repasada con cariño y agradecimiento. Las páginas dedicadas al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, son un verdadero testimonio histórico escrito por un testigo de primera línea.
Quienes sean aficionados a los detalles curiosos que hay detrás de los libros, encontrarán material abundante en estas memorias. Se sabe que Macondo era el nombre de una finca cercana a Aracataca y que el coronel Nicolás Márquez, abuelo materno del escritor, le sirvió de modelo para su novela El coronel no tiene quien le escriba. Tanto La hojarasca, la primera novela que escribió cuando tenía solamente veintidós años de edad, como El amor en los tiempos del cólera, que apareció mucho después, están basadas en viejas historias familiares. Cuando se dedicó a estudiar a fondo la guerra de los mil días con miras a escribir una novela, su amigo Manuel Zapata Olivella le regaló un testimonio de un veterano de aquel conflicto, cuyo nombre hasta el propio García Márquez confiesa haber olvidado, pero cuyo apellido, Buendía, acabó siendo mundialmente conocido. La casa, el título original de Cien años de soledad, definitivamente no sonaba tan interesante como el definitivo. 
Con La mala hora, tercera novela del escritor, sucedieron varios hechos inauditos. García Márquez envió el único manuscrito que tenía a un concurso. Ganó, pero el padre Félix Restrepo, presidente de la Academia Colombiana de la Lengua, que había presidido el jurado, exigió que le cambiara el título original de Este pueblo de mierda. Más tarde, el mismo padre Restrepo le pidió a García Márquez que cambiara dos palabras inadmisibles: "preservativo" y "masturbación". Salomónicamente, García Márquez accedió a cambiar solo una y permitió que el censor escogiera cuál. El libro fue publicado en España, pero el corrector de pruebas, además de corregir las faltas de ortografía, le metió mano al estilo. Cuando García Márquez lo leyó impreso, desautorizó la edición y mando destruir los ejemplares que no se hubieran vendido. Como ya no tenía el manuscrito, debió volver a escribir la novela tomando como base la edición alterada. Esta versión reescrita y corregida fue publicada en México por la editorial Era como primera edición.
García Márquez quedó tan impresionado por el asesinato de Cayetano Gentile que quiso utilizarlo como tema literario. Su madre, doña Luisa Santiaga, se lo prohibió rotundamente. Cayetano y su familia eran amigos y escribir sobre su muerte era faltarle el respeto a personas cercanas y queridas. Treinta años después de los hechos, doña Luisa Santiaga le informó a su hijo que doña Julieta Chimento, la madre de Cayetano, había muerto y finalmente dio su visto bueno para que Gabriel escribiera sobre el tema. Puso una condición: "Trátalo como si Cayetano fuera hijo mío". El relato Crónica de una muerte anunciada se publicó dos años después, pero doña Luisa Santiaga no quiso leerlo porque "Una cosa que salió tan mal en la vida no puede salir bien en un libro".
Entre las anécdotas periodísticas que cuenta, mi favorita es la de Comprimido, el periódico más pequeño del mundo.  Era una hoja con las noticias del día que podía ser leído en diez minutos. García Márquez lo escribía en una hora antes del medio día. Tras la corrección ortográfica de rigor pasaba a imprenta y era distribuido a las cinco de la tarde, cuando los trabajadores regresaban a sus hogares. Comprimido fue un verdadero éxito, pero solamente durante tres días. Al cuarto día abandonaron el proyecto por insostenible. Incluso si publicaran anuncios comerciales, serían tan pequeños y tan caros que no habría forma de seguir publicándolo.
García Márquez no era muy bueno para bailar. Tomó clases con las señoritas Loiseau, seis hermanas inválidas de nacimiento que daban clases de baile sin levantarse de sus mecedoras. Sin embargo, aunque el baile no era su fuerte, desde niño cantaba muy bien, al punto que decidió participar en un concurso de radio. Hasta entonces se había identificado como Gabriel José García, pero su madre, ilusionada por que su hijo cantara en un programa tan prestigioso, le pidió que se presentara con su apellido materno. Desde entonces eliminó el José y pasó a llamarse Gabriel García Márquez. 
En el Colegio de San José, regentado por los padres jesuitas, García Márquez escribía poemas satíricos sobre sus compañeros y profesores. El padre Arturo Mejía capturó uno, lo leyó con el ceño fruncido y se lo guardó en el bolsillo. Días después, el mismo sacerdote le propuso que las sátiras decomisadas fueran publicadas en la revista Juventud, órgano oficial de los alumnos del colegio. Aunque la propuesta lo llenó de una combinación extraña de sorpresa, vergüenza y felicidad, García Márquez simplemente respondió "Son bobadas mías." Y con el título de Bobadas mías y la firma de Gabito, las sátiras aparecieron en el siguiente número. Fue su primera publicación.
Ya siendo estudiante de Derecho en Bogotá, poco a poco fue leyendo obras fundamentales de la literatura. Tras leer por primera vez La metamorfosis de Kafka, quiso retomar el tema del cadáver consciente y escribió el cuento La tercera resignación y, por un impulso inexplicable, fue a dejarlo al periódico El Espectador, donde no conocía a nadie. Cuando el cuento salió publicado, García Márquez no tenía los cinco centavos que costaba el periódico y debió pedirle a un señor que se bajaba de un taxi, con El Espectador bajo el brazo, que se lo regalara. El Espectador siguió publicando sus colaboraciones, sin pagárselas, hasta que un día el director le pidió que le hiciera el favor de escribirle una nota pequeña que necesitaba, le señaló un pequeño escritorio con una vieja máquina de escribir ante la cual el escritor permaneció sentado durante años.
El libro termina evocando la historia de amor de García Márquez con Mercedes Barcha, a quien el escritor le propuso matrimonio desde que era un niño de trece años y, pese a esquivarlo diciendo: "Mi papá dice que no ha nacido el príncipe que se case conmigo", acabó siendo su compañera de toda la vida.
Es una verdadera lástima que García Márquez no haya tenido oportunidad de publicar los otros dos tomos de memorias que tenía en mente. Habría sido interesante conocer sus impresiones sobre los años en que fue un escritor famoso y popular. Creo que fue Hemingway quien dijo que toda la obra de un escritor está siempre relacionada con sus primeros años de vida. Quizá sea cierto. En todo caso, Gabriel García Márquez nos dejó las memorias de sus años juveniles. Lo que vino luego de alguna manera es materia conocida.
INSC: 1516
Gabriel García Márquez. (1927-20014)

miércoles, 8 de abril de 2015

El retrato de Dorian Gray. Única novela de Oscar Wilde.

El retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde.
Salvat, España, 1970
El pintor Basil Hallward, profundamente impresionado por la belleza juvenil de Dorian Gray, le hace un retrato en que logra plasmar, además de su lozana imagen, la pureza y candidez de su alma. Dorian Gray, además de apuesto, es ingenuo, inocentón y de nobles sentimientos. Basil está orgulloso de su obra en la que, dice, ha puesto mucho de sí mismo. Su amigo, Lord Henry Wotton, se burla de la afirmación del artista, ya que el joven retratado en el lienzo es un Adonis y el pintor está muy lejos de parecérsele. Basil le explica que más allá de la imagen, ha logrado vertir en ella de forma particularmente intensa sus sentimientos más profundos.
Aunque es amigo de ambos, Basil no quiere que Lord Henry y Dorian se conozcan. Dorian, ya se dijo, es un muchachito inocente y noble que da sus primeros pasos en la vida. Lord Henry es un viejo aristócrata lleno de misterios, cínico, escéptico, de ironía punzante y, aunque es un hombre culto, refinado y encantador, no es precisamente un dechado de virtudes. Su escala de valores está diametralmente opuesta a la de la sociedad en que se desenvuelve. Suele desdeñar las preocupaciones profundas y prestarle gran atención a las más mínimas frivolidades. En su opinión, el placer es una prioridad antes que el deber, los jóvenes son más sabios que los viejos porque están delante en la vida y la belleza es un atributo más valioso que la inteligencia. Las sentencias lapidarias de Lord Henry generan risas nerviosas en las reuniones sociales porque, más que convincentes, suenan como indiscutibles.
Basil cree que Lord Henry sería una mala influencia para Dorian. Sin embargo, por un encuentro casual en su propio estudio, el pintor se ve obligado a presentarlos. Lord Henry, al elogiar el juvenil aspecto de Dorian, logra hacerlo sentir celos por el retrato. Inevitablemente, Dorian irá envejeciendo mientras el retrato se mantendrá siempre joven. En algún momento, por tanto, contemplar su propio retrato, más que placer le producirá envidia. "En un mes", le dice, "ya el retrato será más joven que usted".
Para tristeza de Basil, Dorian y Lord Henry se hacen buenos amigos y, tal y como había supuesto, la influencia del aristócrata de alguna manera empujó a Dorian por caminos oscuros. Poco a poco Dorian fue convirtiéndose en un hombre egoísta, frívolo y sin escrúpulos, pero su belleza se mantenía tan lozana y fresca como cuando era un inocente joven puritano. Un noche, tras un percance trágico, Dorian descubre en su retrato una mueca desagradable. Poco a poco iría notando más cambios. Cuando se percató que el retrato estaba envejeciendo mientras que él se mantenía joven, lo descolgó del salón y lo almacenó bajo llave en un recinto al que solamente él tenía acceso. De vez en cuando iba a verlo. Su deteriorado aspecto era consecuencia de la vida que llevaba. Pero, frente al espejo, Dorian era el mismo de siempre. Una vez, un hombre que había jurado matarlo se lo encontró en la calle pero, al tenerlo al frente, lo dejó ir. La afrenta que quería cobrar había ocurrido hacía muchos años y aquel muchacho, aunque era idéntico al que odiaba, no podía ser quien andaba buscando.
La novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, fue publicada en la revista mensual Lippincotts en 1890. La versión definitiva, ampliada y corregida, apareció como libro al año siguiente y, desde entonces, no ha dejado de ser leída y comentada.   Además de ser un relato fascinante, esta obra es también todo un manifiesto estético y filosófico. Irónicamente, a pesar del protagonismo constante de Lord Henry y sus sentencias provocadoras, es también, de alguna forma, una obra de intención moralista. 
Jorge Luis Borges le criticaba a esta novela la abrumadora saturación de epigramas y el excesivo lujo. Ciertamente las numerosas páginas que dedica a determinados temas como los perfumes, los rituales sagrados y las piedras preciosas, pueden resultar una lectura un tanto pesada. Las frases lapidarias de Lord Henry son tan contundentes, numerosas y frecuentes que apenas dejan tregua para asimilarlas.  
Sin embargo esta novela, como el propio Dorian Gray, se mantiene joven y fresca a pesar de los años. Ha sido una lectura placentera e imprescindible durante ya más de un siglo y son muchos los nuevos lectores que se acercan a ella para sumergirse en su mundo que es tan refinado como grotesco, tan brutal como fantástico.
Por lo general, las novelas suelen publicarse sin preámbulos. El capítulo uno aparece inmediatamente después de la portada. En una novela, las palabras preliminares sobran. Pero esta regla, como todas, tiene sus excepciones. El prólogo de Alejo Carpentier a su novela El reino de este mundo, o el de Guy de Maupassant a Pedro y Juan son imprescindibles. Así mismo, el prefacio introductorio de Oscar Wilde a El retrato de Dorian Gray es un documento que no puede pasarse por alto. En estos tres libros, tanto la crítica como el público han rechazado las ediciones que omiten las páginas introductorias por ofrecer una obra mutilada.
Oscar Wilde, como se sabe, escribía cuentos y obras de teatro. El retrato de Dorian Gray es su única novela. Escribir una novela es crear un mundo. Logro difícil y complejo que muchos autores de grandes méritos han tardado en alcanzar o no han logrado del todo. Por eso siempre me han impresionado quienes han logrado crear una gran novela en su primer y único intento. Emily Bronte y Margaret Mitchel, por citar un par de ejemplos, solamente escribieron un libro, Cumbres Borrascosas Lo que el viento se llevó. Roque Dalton, poeta y ensayista, también escribió una única y formidable novela Pobrecito poeta que era yo.
Volviendo al retrato de Dorian Gray, pese a su trama llena de crímenes y excesos, cerca del final, en un diálogo tan breve que hasta puede pasar inadvertido, aparece la nota moralista.
Lord Henry, conversando con Dorian, como quien no le da importancia al asunto le dice: "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde... ¿Cómo sigue la frase?"
Dorian, sorprendido, se sobresalta: "¿Por qué me lo pregunta a mí?"
Y Lord Henry simplemente suspira: "Porque creo que usted podría contestarme."
INSC: 0708
Oscar Wilde. (1854-1900) Autor de poemas, cuentos, obras de teatro y una única
novela El retrato de Dorian Gray.

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